El linaje maldito

Rafaela Cano

Fragmento

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1

El día había amanecido en Crato con una niebla tan espesa que apenas se distinguía la gran mole de piedra del monasterio de Santa María de Flor da Rosa, perteneciente a la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Rodeado por un largo muro, se alzaba majestuoso en una extensión inmensa de tierras en la región del Alentejo. Frente a su grandiosidad, las pocas casas que constituían la aldea de Flor da Rosa, algunas adosadas al propio muro, parecían minúsculas dependencias del propio monasterio.

A mediodía, con el tibio sol de enero esforzándose por asomar entre los jirones de niebla, los pelados y retorcidos troncos de las vides comenzaron a emerger como grandes muñones de la tierra.

Las figuras de los hermanos se recortaron encorvadas sobre las viejas cepas, pero llevaban allí desde tercia. Los más expertos se aplicaban en el manejo de la podadera, cortando minuciosamente sarmientos y zarcillos; los más jóvenes los recogían y los amontonaban para luego retirarlos en carretillas, antes de que alguna planta enferma de yesca infectara al resto.

Cuando la campana tocó para el rezo del ángelus, se dejó oír por todo el monasterio y llegó hasta las viñas, donde los freires interrumpieron el trabajo y, persignándose, se arrodillaron y rezaron con devoción.

Una vez cumplido el precepto, volvieron a la tarea.

—Un día, a no faltar mucho, dejaré de sentir las manos y me las cortarán —murmuró frey Tadeo mientras se echaba el aliento en ellas.

—Vamos, hermano, aún le quedan a vuestra paternidad muchos frutos que arrancarles a estas vides antes de quedaros sin manos —comentó sonriente uno de los freires jóvenes al tiempo que recogía un haz de sarmientos.

Frey Tadeo se detuvo un momento con la podadera en la mano y miró hacia los ventanales de la biblioteca. Los hermanos reanudaban también su tarea sentándose junto a las ventanas para aprovechar mejor la claridad del día.

—Se debe de trabajar bien con el sol entrando por las ventanas y el brasero calentándote los pies, y no con este frío congelándote los miembros. ¿No predicamos que todos somos iguales? Entonces ¿por qué unos son caballeros y nosotros sus sirvientes? —preguntó al resto.

Ninguno de los freires le contestó. Ya estaban acostumbrados a sus quejas sobre el trabajo, el frío que pasaban en los campos o lo poco agradecida que se mostraba la comunidad con quienes realizaban las tareas más ingratas como la de cuidar las viñas, aunque luego fueran los primeros en beberse el vino.

—¡Vaya! ¡No sabía yo que habíamos acatado la orden de san Bruno que prohíbe hablar! —añadió burlón al ver cómo los freires se afanaban en el trabajo sin contestarle.

—Dios encomienda a cada uno de nosotros una labor, démosle gracias por ello —contestó al fin frey Dionisio, un joven freire que a pesar de llevar poco tiempo en el monasterio era un gran entendido de la vid.

—¿Nos la encomienda Dios o el prior? ¿O mejor dicho, los caballeros nobles? Estoy cansado, ¿me oyen vuestras paternidades? —preguntó de nuevo, sabiendo, ahora sí, que ninguno contestaría a su pregunta.

A pesar de todo, frey Tadeo siguió podando las últimas cepas, las que llegaban hasta el muro del monasterio. De pronto se quedó con la podadera en la mano y la voz se le ahogó en la garganta. Repuesto del susto, gritó con todas sus fuerzas y los hermanos acudieron raudos en su auxilio. Cuando llegaron, pudieron contemplar horrorizados el cuerpo de frey Andrés, el boticario, semienterrado en un montón de hojarasca.

En la biblioteca del monasterio, los freires dedicados a la restauración y encuadernación de libros, a su copiar y a organizar documentos interrumpieron su trabajo al oír la campana y posaron las rodillas en las frías losas del suelo.

Frey Armando, el encargado de la biblioteca desde hacía años, se apoyó en un pupitre y consiguió casi tocar el suelo con una rodilla. Aún no estaba en la ancianidad, pero los fríos del invierno, decía, se le metían en los huesos y apenas podía caminar apoyándose en frey Eugenio, su ayudante. Había días en que los dolores menguaban y entonces se manejaba solo, pero últimamente parecían no darle tregua.

Angelus Domini nuntiavit, Mariae. —Su voz cadenciosa se dejó oír en la estancia.

Et concepit de Spiritu Sancto —contestaron los freires.

Cuando acabaron la oración siguieron con las rodillas en el suelo, sabían que su maestro aún no había dado por terminado el rezo.

—Líbranos, Señor, del Maligno que acecha en cada rincón de esta casa, en cada rincón de nuestra celda y en cada rincón de nuestro corazón. Haz, Señor, que seamos capaces de reconocerlo si es que habita entre nosotros —dijo elevando la voz y subiendo los brazos hacia el cielo—. Mirad que el diablo ha de meter a alguno de vosotros en la cárcel, para que seáis tentados en la fe.

—¡Líbranos, Señor! —recitaron los freires al unísono.

Dos freires jóvenes se miraron y contuvieron un amago de sonrisa.

—Hermano Miguel, ¿acaso el Maligno os incita a la risa? ¿Acaso se ha encarnado en vuestra persona y se burla de las revelaciones de san Juan? —le reprendió frey Armando con voz potente.

Al aludido se le borró la sonrisa de golpe y un escalofrío le recorrió la espalda; sabía cómo se las gastaba su maestro en las cuestiones relacionadas con el Apocalipsis y con Satanás.

—Pido perdón a vuestra paternidad.

Todos volvieron a su tarea, pero los gritos provenientes de la viña hicieron que acudieran prestos a las ventanas. Des­de allí vieron a los hermanos correr despavoridos.

En el palacio del monasterio, la imponente chimenea, alimentada por sirvientes con grandes troncos de encina, caldeaba la estancia del prior.

Don Luis de Avís, hermano del rey don Juan, era desde hacía unos meses el prior del monasterio más rico de Portugal, pero lo había visitado pocas veces, y cuando lo hacía, acostumbraba a quedarse en el palacio anexo al monasterio. Tenía veintiún años y, a pesar de que se había ordenado como diácono primero y luego como presbítero, solo estaba dispuesto a cumplir uno de los cuatro votos de la Orden: el de tomar las armas para la defensa de los cristianos; los otros tres, pobreza, obediencia y castidad, aunque tuvo que prometerlos, no tenía intención de cumplirlos. Ya pediría a Dios perdón por ello las veces que hicieran falta.

El sonido de la campana se coló en la estancia donde el prior departía con sus primos frey Duarte de Braganza, administrador del monasterio, y don Alfonso. Al escucharlo, los tres se arrodillaron y rezaron el ángelus. Luego volvieron a sentarse en los sillones fraileros, cerca del hogar, y continuaron con la conversación.

Unos golpes en la puerta los interrumpieron. Un freire joven, alto y fuerte, asomó la cabeza y pidió licencia para entrar.

—¿Me ha mandado llamar vuestra ilustrísima? —preguntó.

—Pasad, pasad, frey Atilio, tomad asiento —dijo el prior haciendo un gesto con la mano para que el recién llegado ocupara el lugar que le indicaba.

El freire entró un poco cohibido, no porque estuviera ante el prior sino porque nunca olvidaba que este era hijo del rey don Manuel.

—Este caballero es mi primo don Alfonso de Braganza, hermano de frey Duarte. Acaba de sufrir la pérdida de su joven esposa y lo he invitado a pasar unos días en el monasterio.

El caballero saludó con una inclinación de cabeza.

—Espero encontrar entre estos muros el consuelo y la resignación que necesito —dijo don Alfonso.

—Bien, sin más preámbulos, voy a hablar del motivo por el que os he reunido. Ya sabéis que mis obligaciones en Lisboa me impiden pasar todo el tiempo que desearía en el monasterio. Por eso he decidido aliviaros de la carga que os impuse cuando llegué, querido primo. Organizar y administrar este monasterio y atender a sus noventa freires es una tarea demasiado ardua, incluso para vuestra paternidad —dijo dirigiéndose a frey Duarte.

Este le agradeció la deferencia de llamarle «primo» con una leve inclinación de cabeza e intentó tragar el nudo que se le estaba formando desde que frey Atilio había entrado por la puerta.

—Recordad lo que dijo Mateo, ilustrísima: «Mi yugo es llevadero y mi carga ligera» —consiguió decir por fin.

—Os agradezco la disposición, frey Duarte. De todos modos, no debemos abusar del cuerpo. He decidido que vuestra paternidad se ocupe de la disciplina del claustro, seréis el pastor que apaciente al rebaño, por lo que os nombro prior claustral. Y frey Atilio se encargará de la administración y organización del monasterio, será el rector o bailío menor en mi ausencia. Ya sabe vuestra paternidad en la estima que le tengo.

Al nuevo prior claustral se le demudó el semblante, aunque el prior pareció no darse cuenta. Pero lo sabía, como lo sabían todos en el monasterio. Frey Atilio, el hijo de un sirviente que por un azar había podido estudiar junto al hijo del rey en los prestigiosos colegios y universidades, ahora llegaba a lo más alto… Administrar el monasterio más rico del reino, organizar nada menos que el Priorato de Crato, la sede principal en Portugal de la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Frey Duarte de Braganza se esforzó por dibujar una sonrisa en su rostro, pero solo pudo esbozar una mueca.

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Palacios Viejos de Alcaçova, Lisboa

Primero de octubre de 1577

Yo, María de Avís y Habsburgo, infanta de Portugal y duquesa de Viseu por la gracia de Dios, hija de Manuel I, rey de Portugal, y Leonor de Habsburgo, y, por tanto, sobrina del emperador Carlos, tengo a bien escribir y dejar aquí estas mis vivencias, estando mi cuerpo enfermo mas con el seso y el entendimiento sanos.

En este estado en el que ahora me hallo, intermedio entre esta vida mortal y la otra duradera, y próxima a entregar mi alma al Altísimo, quiero encomendarme a Dios Todopoderoso para que Él juzgue lo que hice bien y los pecados que cometí, y suplicándole que la tenga a su diestra si soy merecedora de su infinita misericordia.

Pido también al Señor que me dé días para recordar los hechos que acontecieron en el discurrir de mi vida. Ojalá acudan a mi memoria y así pueda hacer el último examen de conciencia y pedir al Señor clemencia por aquellos yerros que cometí y que Él, en su infinita misericordia, se muestre piadoso con este maltrecho cuerpo mío y benevolente con esta alma pecadora.

Como el poeta castellano, yo también consiento en mi morir porque creo llegada mi hora, pero antes quiero recordar mi vida y a los míos.

Mi familia, la corte de mi querido Reino de Portugal, en el pasado tan abundante en infantes y reales personas, ahora se reduce a tres ancianos, contando mi agotado cuerpo, y a un joven y alocado rey que, como los cuatro jinetes del Apocalipsis, arrastramos nuestras desdichas in hac lacrimarum valle.

Estos somos los que sobrevivimos a aquella grande y poderosa corte que pretendió ser la más poderosa de Occidente, la corte de los Avís.

Los Avís y los Trastámara, los Avís y los Habsburgo, Castilla y Portugal, siempre mirándose de reojo y destinados a unirse por lazos de sangre. Tengo para mí que esas uniones fueron las causantes de las prematuras muertes que hicieron del reino más rico de la cristiandad, también el más desgraciado.

No conocí a ninguno de mis cuatro abuelos, a los de Portugal porque fallecieron antes de venir yo al mundo y a los de Aragón porque mi abuelo Felipe de Habsburgo, Felipe el Hermoso le decían en Castilla, murió muy joven y mi abuela Juana, la Loca la llamaban, murió en Castilla encerrada en Tordesillas. De modo que con ninguno tuve trato como se suele hacer en otras cortes.

En cuanto a mis progenitores, mi padre, el rey Manuel I, abandonó este mundo cuando yo apenas tenía cumplidos seis meses de edad y mi madre, Leonor de Habsburgo, desolada y sin consuelo, tuvo que elegir entre quedarse en Portugal deso­bedeciendo a su hermano o retornar a Castilla dejándome en manos de mis ayas. Optó por lo segundo porque el emperador ya tenía trazados otros planes para ella cuando el cadáver de mi padre aún no se había enfriado ni ella repuesto de su pena.

Si damos pábulo a las hablillas, mi hermano pidió en matrimonio a mi madre cuando quedó viuda, pero ella lo rechazó. Dolido, se negó a que yo saliera del reino alegando que era una infanta de Portugal. Así que tuve que quedarme aquí y, al igual que mi madre se debía al Reino de España, yo me debía a este.

Cuando yo nací, mi padre ya tenía ocho hijos habidos con su primera esposa, de forma que yo era su novena descendiente; pero no por ello se alegró menos de mi venida al mundo, pues amaba mucho a mi madre que era joven y hermosa.

En mi vida siempre estuvieron presentes Castilla y mi familia castellana, a pesar de que solo una vez puse los pies en esa tierra, y mi trato con los Austrias se limitó a mi madre durante los pocos meses que me crio, a mi tía la reina Catalina, hermana de mi madre, y a mi prima Juana, la hija del emperador.

La muerte ha formado parte de mi vida, pues desde niña, mientras jugaba y crecía, he visto morir a mis seres queridos. Luego siempre estuvo cerca y asistí impotente a la partida de otros muchos parientes. A todos los lloré desconsoladamente. Debo decir que no todas las lágrimas que derramé fueron de dolor; algunas, las más amargas, fueron de remordimiento.

Fui la mujer más rica de Occidente, y por eso mi hermano el rey Juan III y otros notables del reino se negaron a mi casamiento con algún rey o príncipe, por temor a que el tesoro real menguara sin mi inmensa fortuna. Todos ellos deben de estar reconcomiéndose donde Dios tuvo a bien llevarlos, porque ahora toda esa riqueza ha de ser repartida entre los más necesitados y quizá el trono ha de quedar vacante, y los Habsburgo, por fin, unirán los dos reinos. Aunque las esperanzas están puestas en mi alocado sobrino Sebastián, nieto de mi hermano y del emperador, tengo para mí que no matrimoniará nunca, pues no mira a las mujeres como hombre.

No debería tener recuerdos de mis primeros años, pero mis ayas, sobre todo Juana Blasfelt, me contaron tantas veces la llegada de mi madre a la corte, así como su salida, que en algún momento mi mente soñadora creyó haber estado presente.

Con lágrimas en los ojos, me hablaban de su dolor, su pena y su desconsuelo por tener que dejarme en Lisboa para ella partir hacia Castilla porque así lo había mandado mi tío el emperador. No entendía yo por qué no pudo llevarme con ella o por qué no pudo quedarse a mi lado y así se lo hacía saber, pero ellas contestaban siempre que yo era una infanta de Portugal y ella una infanta de Castilla.

Mi madre fue reina de Portugal apenas tres años, los mismos que duró su matrimonio con mi padre, el rey Manuel, pues este murió dejándola desamparada y sola. De esta unión nacimos dos hijos; mi hermano murió muy niño y yo aún mantengo la vida gracias al Altísimo. Ella tenía diecinueve años cuando aceptó su destino para desposarse con un rey que casi le triplicaba la edad, sin ilusión por darle un heredero, pues como ya he dicho él tenía ocho hijos, de los cuales seis eran varones; se sacrificó solo para que el Reino de Castilla prosperara al lado de Portugal.

Ahora, quizá porque estoy a las puertas de la muerte, veo las cosas con una clarividencia que no tuve en otro tiempo a causa del rencor y el resquemor.

Como digo, de los Avís quedamos mi hermano el cardenal Enrique, mi sobrino nieto el rey Sebastián y yo, unidos, además de por lazos indisolubles de sangre, por la misma mala fortuna; y también mi tía, la reina Catalina.

Ruego al Altísimo que la luz de la verdad se escape entre los nubarrones negros que acechan ya mi alma y mortifican este pobre cuerpo mío.

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2

Frey Atilio salió de la estancia del prior sin que en su cara se reflejase la alegría que lo embargaba. A lo largo de los años había aprendido a disimular tanto la dicha como la desgracia, pero también a leer en el rostro de las personas, y lo que reflejaba el de frey Duarte le preocupaba.

Fue el azar el que lo llevó a donde estaba, el que hizo que estuviese en el lugar y el momento justos, cuando el cuarto hijo del rey, el infante don Luis, que por entonces tenía seis años, se cayó del caballo y a punto estuvo de morir ahogado.

Vio al animal galopar desbocado una fría mañana de diciembre mientras apilaba el heno en las tierras de Crato. Tiró la horca y salió corriendo detrás porque sabía que en algún momento de la carrera el caballo lanzaría por los aires al jinete. Así fue. Lo vio volar y caer en la laguna llena de carámbanos. No se lo pensó; se desnudó y se tiró al agua, y cuando el infante comenzaba a hundirse, lo agarró y lo arrastró hasta la orilla. Ya a salvo, le quitó la ropa empapada y le puso la suya. Vio a lo lejos que el caballo se había parado y, desnudo y tiritando, fue hasta el animal e intentó hacerse con la manta que llevaba debajo de la montura. Pensó que no lo lograría, pues los dedos se le estaban congelando. Por fin consiguió liberar la correa, pero uno de los dedos se le prendió en la hebilla y se lo destrozó. Se echó la manta por encima y, sin pararse siquiera a contener la hemorragia del dedo, volvió hasta donde estaba el infante, se lo cargó sobre los hombros y echó a correr. Tenía once años, pero era alto y fuerte. Quería salvar al hijo del rey, pero hubiera hecho lo mismo por cualquier otro.

El recién nombrado rector entró en su celda, se arrodilló en el suelo y dio gracias a Dios por la merced que el prior acababa de hacerle.

No pudo evitar que se le apareciera la imagen del rey don Manuel sonriendo y recordó lo sucedido hacía muchos años.

—Tu hijo ha salvado la vida al infante don Luis, aun a riesgo de perder la suya —dijo el rey cuando tuvo a padre e hijo delante—. Pídeme lo que quieras y lo tendrás.

—Vuestra majestad ya me da suficiente teniéndonos a los dos bajo vuestra protección.

—Seguro que hay algo con lo que siempre has soñado y que no pensaste que podrías tener, Andrés. Me sirves bien, tu hijo acaba de exponer su vida y ha perdido un dedo por salvar al mío —añadió sonriente don Manuel.

Entonces su padre le miró y, con la humildad del sirviente que le debe todo a su señor, se atrevió a pedirle al rey lo que cambiaría la vida de Atilio para siempre.

—Mi muchacho es listo, majestad, listo y voluntarioso, no tengo sino que decirle una vez las cosas para que las haga mejor que yo. Siempre he lamentado que no pudiera ir a la escuela. Aprovechándome de la generosidad de vuestra majestad, os pediría que alguien en palacio le enseñara a leer y a escribir.

El rey cumplió su palabra y a partir de aquel día el bibliotecario del monasterio, frey Armando, recibió dos veces por semana al hijo del criado y le enseñó a leer, junto a otro muchacho que tras unos días, sin más, dejó de asistir a las clases. También le enseñó gramática y ortografía, y era tal el interés que ponía que el maestro comenzó con el latín. Todos los días Atilio sorprendía a su maestro con alguna cuestión sobre una materia que no habían tratado.

Cuando los carámbanos de la laguna desaparecieron y los almendros comenzaron a florecer, el rey, que aún permanecía en el palacio de Crato, preguntó al freire si el muchacho de Andrés ya sabía leer.

—El muchacho, majestad, sabe leer y escribir en latín y en portugués, tiene nociones de matemáticas que ha aprendido él solo y ha leído todos los libros de historia que tenemos en la biblioteca. Nunca he conocido a nadie que tuviese ese afán por aprender y una mente tan despierta.

Don Manuel mandó llamar a Atilio y le preguntó qué era lo que más le gustaba hacer.

—Estudiar, majestad.

No esperaba el rey esa respuesta, no conocía a nadie que no fuera clérigo cuya vocación fuera el estudio.

Tuvo que remover mucho el rey para que el hijo del criado siguiera formándose. Cuando pasó el verano, Atilio se trasladó a Lisboa para ingresar en el Studium Generale y unos años después a Salamanca, donde estudió Teología y coincidió con el infante don Luis, quien pronto descubrió su bonhomía y lo hizo merecedor de su amistad y confianza. Pero antes había aprendido por su cuenta el griego y conocía en profundidad las obras de Cicerón y Quintiliano.

Durante todos esos años nunca pretendió el joven estudiante ocultar sus orígenes humildes. Y si algún orgulloso alumno lo trataba con desprecio, aunque no era la norma, sus compañeros, hijos todos de nobles castellanos y portugueses, lo defendían por su bondad, su sencillez y sobre todo por su inteligencia, cualidades que hacían olvidar que el alumno más brillante de la universidad era hijo de un simple criado.

Cuando don Luis fue nombrado prior lo quiso junto a él, pero no como sirviente, lo que no suponía ninguna dificultad para entrar en la Orden, sino como Caballero Magistral, cuya admisión solo concedía el Gran Maestre. Tuvo que remover Roma con Santiago para que su amigo fuese aceptado, pues no cumplía el requisito imprescindible: pertenecer a la nobleza.

Siempre tuvo presentes el joven estudiante las palabras que le repetía su padre: «El éxito o el fracaso, los forja uno paso a paso». A sus veintinueve años acababa de dar un paso de gigante: el infante don Luis, el niño al que un día le salvara la vida, le había nombrado rector y ponía en sus manos la administración del priorato más rico de Portugal. Su padre llevaba muerto muchos años, pero él seguía recordando sus palabras.

De pronto, hasta su celda llegaron las voces alarmadas de algunos hermanos que interrumpieron sus recuerdos.

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Palacios Viejos de Alcaçova

Primero de octubre de 1577

Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia son la llegada de mi tía Catalina, hermana de mi madre, como esposa de mi hermano el rey Juan, y los viajes que la corte hacía por todos los palacios del reino: Sintra, Almeirim, Évora, Muge.

Son recuerdos felices. La reina era muy joven, recién cumplidos los dieciocho, y muy hermosa. Yo andaba por los cuatro años, por tanto debió de ser en el año del Señor de 1525, y el saber que venía de Castilla, de vivir con mi abuela Juana, me llenó de gozo y la recibí como si mi propia madre hubiera regresado.

Mi tía sonreía a todas horas, quizá porque durante la época de su doncellez, encerrada en Tordesillas junto a su madre y abuela mía Juana, llamada la Loca, no fue muy feliz; digo que siempre tenía la sonrisa en los labios y se sorprendía mucho y bien con cualquier nadería que yo le regalaba: una flor del jardín, una cinta para el sombrero… Muchos años después, cuando conocí su historia y las carencias que hubo de soportar en Castilla, comprendí que todo le llamara la atención y que todo fuera causa de regocijo.

Yo holgaba de tenerla junto a mí y le pedía que me cepillara el cabello, y gustaba oír de sus labios que tenía el rostro muy parecido al de mi madre, cuyo retrato siempre me acompañó.

Los meses pasaban felices con fiestas y jolgorios en el palacio. Todos querían conocer a la bella reina castellana que, como una princesa mora, acababa de ser rescatada de su encierro por el bizarro rey portugués. El año de 1526 comenzó con el anuncio de la llegada del primer hijo de los reyes. Toda la corte se llenó de alegría y mi hermano Juan, el rey, henchido de amor y orgullo, encargó dieciocho misas, una por cada año que tenía su amada esposa. Pero entonces apareció la peste en Lisboa y la corte se dio prisa en salir de la ciudad. Fuimos a Almeirim.

A pesar de que la pandemia asolaba Lisboa, fue la época más feliz de mi tía la reina, aunque a veces yo la veía llevarse el lienzo a los ojos y enjugárselos al recordar cómo había quedado de desamparada su pobre madre en aquel caserón de Tordesillas. Y es que mi abuela Juana, a la que nunca llegué a conocer, llevaba dieciséis años encerrada por orden primero de mi bisabuelo Fernando el Católico y luego de mi tío el emperador. Cuán dolorosa debió de ser la separación entre mi abuela y mi tía Catalina. Muchas veces me contó el desgarro que sintió su madre al verla partir para ser reina de Portugal, y cómo sus lamentos no dejaron de oírse hasta que el carruaje estuvo muy lejos de Tordesillas. Pero aun con el recuerdo de su madre lacerándole el alma, mi tía Catalina intentaba ser feliz.

El palacio de Almeirim era un lugar maravilloso, tenía un hermoso jardín y una gran extensión de tierras lo circundaban. Vinieron todos mis hermanos para despedir a nuestra hermana Isabel que marchaba para Castilla a contraer nupcias con el emperador, aunque entonces solo era rey de las Españas.

Pero poco duró la felicidad en la corte. Yo, aunque muy niña, tomaba cuenta de todo, pues si bien no sabía lo que significaba la muerte, veía a mi tía llorar, esta vez a todas horas, y andar por los corredores de palacio como un alma en pena. Los paños negros cubrían los espejos, y es que mi sobrino Alfonso, el primero de los hijos de mi tía Catalina, murió a los pocos meses de nacer.

De vuelta en Lisboa pudimos ver que la peste seguía haciendo estragos, por lo que mi hermano el rey decidió, sin apenas deshacer los baúles, volver a Almeirim. Mi tía tornó a sonreír porque de nuevo llevaba un hijo en sus entrañas. En el verano nos trasladamos a Coímbra y en el otoño Dios le envió una hija, María Manuela, que vino a alegrar a la reina y a toda la corte. Yo me holgaba de tener una primita y le cantaba y la cubría de besos haciendo reír a su madre, la reina, y a todas las damas. Durante tres años fuimos felices en el palacio de Ribeira en Lisboa. Las fiestas y saraos se alternaban con los nacimientos reales.

Pero más desgracias vinieron a enturbiar tanta felicidad, pues pareciera que Dios o la fortuna no quisieran ver a la reina reír. Recuerdo el año que cumplí nueve años como de especial tristeza, pues mis dos sobrinas, Isabel y Beatriz, de muy corta edad, subieron al cielo con dos meses de diferencia, de manera que la reina Catalina sufría la muerte de tres de los cuatro hijos que había traído al mundo.

Todo a mi alrededor era desconsuelo, pero mis ayas, especialmente Juana Blasfelt, lograban distraerme junto a mi prima María Manuela, con la que solo me llevaba seis años. Nuestras alborozadas risas inundaban los jardines de palacio y arrancaban una tímida sonrisa a la reina.

Recuerdo también con cariño que por aquellos años comencé mi instrucción. Ponía mucho empeño en aprender y mi curiosidad era tanta que mis preceptores le daban parabienes a la reina, con lo que quedaba ella muy satisfecha y yo con harto contentamiento.

Como digo, yo me aplicaba en las distintas disciplinas que mis maestros y preceptores me enseñaban y así progresaba rápidamente en gramática y retórica, historia, geografía y matemáticas. Lo que más me gustaba, y en lo que sobresalía, era en el estudio de las lenguas: leía y escribía el latín de corrido; dominaba la lengua de Castilla igual que el portugués, pues aquella se empleaba también en la corte y todos mis hermanos y mi tía la hablaban con mucha precisión y soltura, y en esos años me esmeré en aprender el francés por ser esta la lengua que mi querida madre usaba en su nuevo estatus de reina de Francia, ya que se había casado con Francisco I, y yo quería dominarla para ser tan feliz como lo era ella.

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3

Todos los hermanos se hallaban en la iglesia rezando de rodillas por el alma del difunto.

De pronto, frey Armando se levantó.

—«¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo bajó a vosotros lleno de furor, sabiendo que le queda poco tiempo».

La voz del bibliotecario recitando las palabras del Apocalipsis de san Juan sorprendió y sobrecogió a los freires, y algunos, los más jóvenes, se echaron a temblar.

No así el rector que, conociendo sus artimañas y su obsesión por el Apocalipsis, esperó pacientemente a que la calma volviese. Terminado el oficio, se acercó al prior y solicitó permiso para iniciar las pesquisas sobre el suceso.

Don Luis accedió a que frey Demetrio, el ayudante del hermano difunto, acompañara a frey Atilio.

Los dos freires se dirigieron a la botica y allí, observaron con atención el cuerpo sin vida de su hermano.

—A frey Andrés tuvieron que matarlo ayer. He visto muchos cadáveres y, por el rigor mortis, diría que lleva muerto veinticuatro horas. La helada de la noche ha conservado el cuerpo. Debió de ser antes de tercia, que es cuando comienzan los trabajos en la viña. ¿Por qué nadie lo echó en falta en los rezos o en el refectorio? —preguntó extrañado el rector.

—Frey Andrés llevaba resfriado unos días y permanecía en cama. Ayer por la mañana, cuando fui a llevarle una escudilla de vino caliente y miel no estaba en su celda. Un rato después lo vi en el huerto, y pensé que se habría sentido mejor y había vuelto a sus quehaceres. Si dice vuestra paternidad que murió ayer, puede que fuese cuando salió a buscar hierbas. Está claro que fue un fuerte golpe en la cabeza lo que le produjo la muerte —dijo el ayudante.

—Sí, lo sorprendieron por detrás y lo desnucaron.

Frey Demetrio miró con estupor al bailío.

—¿Está pensando vuestra paternidad que lo han matado? ¿No pudo tropezar y caer?

—No, de haberse caído no le habría sucedido nada puesto que estaba sobre un colchón de hojas. Como mucho se habría roto algún hueso, pero no hasta el punto de quebrarse la cabeza.

—¡Dios mío! Eso quiere decir que hay un asesino en nuestra comunidad. —Frey Demetrio se estremeció al pronunciar esas palabras.

—Fijaos en el golpe. Se lo dieron por detrás. —El administrador del monasterio se situó a espaldas de su hermano—. Si doy a vuestra paternidad un estacazo desde aquí, ¿cómo caería?

—De bruces, claro.

—¡Exacto! Sin embargo, se encontró el cuerpo boca arriba. No había tampoco mucha sangre en el montón de hojas, aunque la herida debió de sangrar con profusión. Lo que quiere decir que al hermano Andrés no lo mataron en el sitio en el que apareció el cadáver.

—Entonces tendremos que buscar en otro sitio.

—Sí, el monasterio es muy grande, pero estoy seguro de que en algún lugar hallaremos restos de sangre.

Frey Atilio seguía inspeccionando el cadáver.

—¿Qué es esto que tiene en la mano? —preguntó el rector sacando de entre los dedos rígidos una especie de baya.

—Es una cápsula de amapola —contestó el ayudante.

—¿De amapola? ¿De adormidera, quiere decir vuestra paternidad? —interrogó extrañado el administrador—. ¿No está prohibido hacer medicinas con estas plantas en el monasterio? ¿De dónde las sacan?

—Yo nunca vi a mi maestro recogerlas, pero sé que las usaba porque alguna vez las vi escondidas en la botica.

—Tengo entendido que de ellas se extrae el jugo de amapolas. Ingerido en pequeñas cantidades calma el dolor, pero si se abusa produce alucinaciones o placer. Mirad en la bolsa, a ver si hay más.

El ayudante sacó del bolsón unas cuantas cápsulas más.

—¿Y de dónde creéis que las sacaba frey Andrés? ¿Acaso las cultivaba en el monasterio?

—No, las traía de fuera. Una vez lo seguí y lo vi hablar con esa joven, Margarida, la bruja de la aldea. Supongo que ella se las daba.

—¿Por qué la llamáis bruja?

—Bueno, así la llaman en la aldea. Dicen que habla con los muertos.

El bailío recordó que la muchacha se había confesado una vez con él. Estaba preocupada y asustada porque desde niña adivinaba si una persona se iba a morir solo con tocarla. Él la tranquilizó diciéndole que era un don de Dios.

—Si dais crédito a los chismes de la aldea, ofendéis a Dios, hermano. Recordad, no juzguéis y no seréis juzgados. ¿Y a quién le suministraba ese jugo? Porque deduzco que lo prepararía para alguien, a no ser que fuera para él mismo —continuó interrogando el rector.

El ayudante del boticario se quedó callado.

—Hermano, hay un asesino entre estos sagrados muros y mi obligación es descubrir de quién se trata. ¿A quién le suministraba el jugo frey Andrés?

—Él nunca me lo dijo, pero creo que era para frey Armando.

—Bueno, el hermano bibliotecario sufre grandes dolores de miembros, por lo que no es extraño que quisiera aliviarlos con esa medicina aunque estuviese prohibida —razonó el administrador del monasterio mirando a su recién nombrado ayudante, aunque su expresión le hizo sospechar—. Pero frey Andrés le daba más cantidad de la que se necesita para paliar los dolores, ¿no es así?

—Mi maestro pensaba que frey Armando está un poco loco por la obsesión que tiene por el Apocalipsis. Decía que el hermano bibliotecario quería parecerse a san Juan de Patmos, el autor del libro bíblico, y que necesitaba tener visiones. Yo entonces lo relacioné con el jugo de amapolas.

El bailío no salía de su asombro. Creía conocer a su comunidad, era confesor de muchos de ellos, pero empezaba a darse cuenta de que quizá no fuera así.

—¿Y qué sacaba a cambio frey Andrés? —inquirió.

—Alguna vez vi en su celda libros prohibidos, libros de amor… Bueno, ya sabéis… Supongo que frey Armando se los prestaba a cambio del jugo de amapolas.

—¿En su celda? ¿Acaso ignora vuestra paternidad que nos está prohibido entrar en las celdas a menos que sea para cuidar a un enfermo o por causa mayor?

—Lo sé, y confieso mi pecado, pero no pude evitarlo. Algunas veces…

Frey Atilio pensó que había dado con un filón de información. El ayudante del boticario estaba resultando ser un fisgón al que le gustaba conocer vidas ajenas y podría serle de mucha ayuda.

—Es pecado venial. Continuemos. ¿Sabéis de más hermanos a los que frey Andrés le suministrara el jugo de ama­polas?

Frey Demetrio negó con la cabeza.

—Bien, id a avisar para que vengan a por el cuerpo. Nosotros hemos terminado. Por ahora.

El ayudante iba a abandonar la botica cuando pareció acordarse de algo.

—He recordado un detalle que quizá sea insignificante, pero que me llamó la atención.

—Decid, hermano. A veces los pequeños detalles son la clave para resolver extraños misterios.

—Pues, como he dicho a vuestra paternidad, ayer no encontré a frey Andrés en su celda, pero sí lo vi a lo lejos hablando con el hermano de frey Duarte, el primo de nuestro prior. Me extrañó por lo temprano de la hora. Eso fue antes de verlo en el huerto.

—¿Con don Alfonso de Braganza? ¿Sabéis si se conocían? —preguntó extrañado el rector.

—Bueno, el invitado lleva poco tiempo aquí… Como no fuera que se conocieran de antes. Aunque, ahora que lo pienso, parecían discutir.

—¿Discutir? ¿Y de qué pueden discutir dos personas si no se conocen? —se preguntó en voz alta, cada vez más intrigado—. Bien, si recuerda vuestra paternidad algo más, no dudéis en decírmelo.

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4

La niebla parecía haberse instalado en la aldea de Flor da Rosa e impedía al sol calentar los muros del monasterio. Las figuras de frey Atilio y frey Demetrio, el ayudante del difunto boticario, apenas se distinguían mientras caminaban por las viñas. Acababan de dar sepultura a frey Andrés y querían volver al lugar en el que hallaron su cuerpo antes de que los hermanos reanudaran el trabajo y borraran cualquier huella que pudiera haber dejado el asesino. La hojarasca seguía húmeda por el continuo goteo de la niebla. Los dos freires comenzaron a remo­verla con un sarmiento seco en busca de algún indicio, pero lo único que encontraron fue lo mismo que el día anterior: unas cuantas hojas manchadas de sangre, las que habían estado en contacto con la herida. Al cabo de un buen rato desistieron ante la evidencia: aquel no era el lugar en el que lo habían matado.

Decidieron inspeccionar las dependencias del monasterio; eran muchas, por lo que el prior los liberó del trabajo para que se pudieran aplicar a averiguar quién se había atrevido a alterar la paz de aquel recinto sagrado. Poco antes de que se pusiera el sol habían peinado todo el monasterio, cuadras, pocilgas y gallineros incluidos.

Cuando tras el rezo de completas frey Atilio se retiró a su celda, el cansancio y la tristeza se reflejaban en su rostro.

¿Quién habría cometido aquel horrible acto? ¿Se habría atrevido a confesar su pecado a alguno de los hermanos? ¿Qué le había llevado a arrebatarle la vida a un ser creado por Dios?

Durante toda la noche se debatió entre una pesadilla en la que se le presentaba el muerto y un duermevela en el que intentaba poner en orden las pesquisas que había previsto iniciar al día siguiente. La campana tocando a laudes le sobresaltó cuando entraba en un plácido sueño.

Ya en la iglesia, no pudo concentrarse en los rezos pues sus ojos iban de un rostro a otro como si quisiera coger a los freires en un renuncio a través de gestos o palabras. Pero nada en ellos le indicaba por quién debía empezar. Pensó que lo mejor era realizar las preguntas pertinentes en el refectorio, después de que todos hubiesen desayunado.

Antes de que abandonaran el refectorio, se levantó y les rogó que esperasen.

—Hermanos —comenzó el rector—, nuestro prior me ha encomendado una ardua tarea, la de esclarecer los hechos luctuosos acaecidos entre estos muros. Debo informaros de que tanto frey Demetrio como yo creemos que a frey Andrés le qui­taron la vida.

Un murmullo inundó la estancia.

—Y fue en un lugar distinto al que se halló su cuerpo porque no hemos encontrado sangre en abundancia entre la hojarasca. Además, creemos que lo atacaron por la espalda y que tuvo que ser antes de tercia, que es cuando comienzan los trabajos en las viñas. —Hizo una pausa y continuó—: Por eso he pensado que sería muy provechoso si pudiéramos saber quién de vuestras paternidades vio ayer a frey Andrés.

Estuvo a punto de decir que por el momento los últimos habían sido frey Demetrio y don Alfonso, pero lo pensó mejor y no dijo nada.

Esperó pacientemente a que alguno de los presentes hablase. Observó de reojo a don Alfonso de Braganza y le pareció percibir un ligero nerviosismo en sus manos.

—Yo vi desde la ventana de la biblioteca a un hermano. —La voz de frey Armando, el bibliotecario, resonó en el refectorio—. Se disponía a salir del recinto por la cancilla de las viñas. Era una hora muy temprana, antes de prima, y había muy poca luz, así que no vi de quién se trataba. No podía dormir y fui a por un libro antes de los rezos.

Seguramente las últimas palabras las había dicho para justificar su presencia a esa hora tan intempestiva en la biblioteca, dedujo el bailío. Luego se quedó pensando y una idea le cruzó la mente. ¿Y si no era un freire de la comunidad el que salía del monasterio sino el asesino vestido con un hábito que, después de haber dado muerte al hermano Andrés, huía de allí? Pero ¿cómo había entrado esa persona en el monasterio? Por otra parte, frey Demetrio aseguraba haber visto al boticario.

—¿Diríais que se trataba de un hermano de nuestra comunidad? Quiero decir si se fijó vuestra paternidad en el hábito o por el contrario pudiera ser alguien ajeno al monasterio.

Ahora el murmullo se hizo más fuerte.

—¿Queréis decir que alguien de fuera pudo entrar, acabar con la vida de nuestro hermano y luego abandonar el monasterio? —preguntó el prior, visiblemente afectado.

—Yo también vi esa mañana a frey Andrés. —La voz modulada de don Alfonso de Braganza sobresaltó a la comunidad.

Todas las miradas se centraron ahora en el noble, al que aquella mañana habían invitado a desayunar en el refectorio, en lugar de en palacio como acostumbraba. También don Luis, el prior, había hecho una excepción para compartir el desayuno con sus hermanos.

—Sabéis que hace unas semanas perdí a mi joven esposa y desde entonces el sueño no ha vuelto a cerrar mis párpados —explicó don Alfonso—. Me paso en vela las noches en la capilla rogando a Dios que se apiade de mí. Anteayer, al amanecer, volvía de orar cuando reconocí al hermano boticario a lo lejos, aunque había poca luz. Le conocía porque unos días atrás lo visité en la botica para que me diera unas hierbas que me ayudaran a conciliar el sueño. Se me habían terminado y me acerqué para preguntarle si disponía de más. Me dijo que iba a recoger, precisamente, las hierbas con las que elaboraba la tisana para dormir. Regresé a mis aposentos y supongo que él saldría.

—Entonces ¿no lo visteis salir por la cancilla? —preguntó el rector, que comprendió que la teoría del extraño asesino no se sostenía.

—No, no lo vi salir.

Don Luis, el prior, esperó unos minutos por si algún otro freire tenía algo que decir, pero ninguno añadió nada a lo ya expuesto.

—Bien, si vuestras paternidades lo permiten, frey Atilio y frey Demetrio os harán algunas preguntas con el propósito de aclarar lo sucedido. Ahora, vayamos a nuestros trabajos —dijo el prior al tiempo que se levantaba para abandonar el refec­torio.

Unos días después, el rector y el ayudante del boticario se encontraban sentados en un banco de la botica comentando las pesquisas que estaban llevando a cabo.

—¿Cree vuestra paternidad que don Alfonso dijo la verdad y que no vio salir a frey Andrés? —preguntó frey Atilio al joven freire, cuyas dotes de observación le sorprendían cada vez más.

—No veo qué puede ganar con ocultarlo. Ahora recuerdo que una de estas noches le he visto volver a deshoras de la capilla. Conozco las hierbas y su poder, y la única capaz de acabar con el insomnio que dice padecer don Alfonso es el jugo de amapolas.

—¿Podría ser que el hermano Andrés le estuviera suministrando la droga a don Alfonso? —preguntó el rector.

Frey Demetrio pensó un momento antes de contestar:

—Eso explicaría que saliera a buscar las bayas aun estando enfermo. Quizá don Alfonso le pidió más y mi maestro se vio en la necesidad de salir a esa hora pensando que para tercia ya estaría de vuelta.

—Sí, tiene sentido —contestó frey Atilio, pensativo—. Entonces, suponemos que la persona que le suministraba las cápsulas ha de vivir cerca. Podría ser esa muchacha de la que vuestra paternidad me ha hablado. Por otra parte, si frey Armando estaba mirando por la ventana y vio salir a frey Andrés, también tuvo que ver a este hablar con don Alfonso. ¿Por qué no lo ha dicho? ¿Es que acaso sabía el hermano bibliotecario que don Alfonso necesitaba jugo de amapolas? ¿Lo mandó él a ha­blar con vuestro maestro y por eso se ha callado? Pues, que sepamos, solo el hermano boticario, frey Armando y vuestra paternidad conocían la elaboración del jugo de amapolas. Por tanto, tuvo que ser él quien informara a don Alfonso, eso tiene sentido.

El ayudante se levantó de pronto y se puso a rebuscar entre albarelos y pomos de peltre.

—¿Qué está buscando vuestra paternidad? —preguntó el bailío con curiosidad.

—Si frey Andrés suministraba el jugo a don Alfonso, este le daría algo a cambio. Mi maestro era muy buen boticario, pero pecaba de avaricia. Si le dio dinero o alguna joya, hubo de guardarlo aquí.

El rector se unió a la búsqueda y casi una hora después el registro dio resultado.

—¡Vaya! —exclamó eufórico frey Atilio—. Mirad lo que he encontrado. Hemos matado dos pájaros de un tiro.

El contenido del pequeño albarelo de vidrio se hallaba desparramado sobre la gran mesa de la botica y, entre unas cuantas bayas de amapola verdes, relucía un anillo de oro con incrustaciones de esmalte. Era un aspa roja con cinco pequeños escudetes.

—¿Reconoce vuestra paternidad ese escudo? —preguntó frey Demetrio.

—Creo que pertenece al ducado de Braganza.

—¡Dios mío, entonces se lo regaló don Alfonso a cambio del jugo! —exclamó el ayudante mientras cogía una de las bayas—. Estas bayas no están maduras. No sirven. Deberíamos hablar con don Alfonso, creo que sabe más de lo que ha contado.

—No tan deprisa. Don Alfonso no es un freire de la comunidad al que podamos presionar. Es un noble, que además es hermano del prior claustral y primo de nuestro prior don Luis y del rey. No podemos presentarnos en palacio y decirle que dudamos de su palabra.

—Sí, pero el anillo es una evidencia que le compromete y…

La campana tocando al rezo del ángelus interrumpió las palabras del ayudante.

Ambos se pusieron de rodillas y rezaron con devoción las oraciones a la Virgen.

—Calma, frey Demetrio, ya se nos ocurrirá algo. Ahora sigamos con nuestras tareas —dijo el rector cuando terminaron el rezo para tranquilizar al joven freire.

Después frey Atilio abandonó la botica. Tenía mucho en lo que pensar.

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5

Aquella mañana por fin el sol lució espléndido y, a pesar de que el frío de enero no invitaba a caminar, el prior buscó a frey Atilio para dar un paseo por las huertas. Quería saber cómo iban las pesquisas sobre el asesinato de frey Andrés.

—Ya sabéis que esta tarde salgo para Lisboa, no puedo demorar más el viaje. Las nuevas que llegan sobre el terremoto son confusas y necesito estar con mis seres queridos.

—¿Vuestra ilustrísima ha tenido más noticias? —preguntó el bailío con preocupación.

—Una parte del palacio de Ribeira se ha venido abajo. Gracias a Dios que la familia real se encuentra en Alvito porque, de haber estado allí, me cuesta imaginar lo que podría haber ocurrido. El monasterio de Santa María de Belém también ha resultado dañado, calles enteras han desaparecido engullidas por unas olas gigantes y los muertos se cuentan por miles.

—¡Dios mío, pareciera el fin del mundo!

—Sí, por eso debo salir cuanto antes para allá. ¿Hay algún avance sobre el desgraciado suceso?

El rector le informó de los pocos datos que había reunido acerca del asesinato del hermano Andrés.

—Todo es aún un misterio, ilustrísima. Lo único cierto es que alguien le quitó la vida a frey Andrés y que quizá esa persona conviva con nosotros.

—¿Cree, entonces, vuestra paternidad que pudo ser uno de nuestros hermanos? ¿Con qué fin?

Estuvo tentado de contarle al prior el descubrimiento del anillo y las sospechas que albergaba acerca de la relación entre su primo don Alfonso y el boticario, pero se contuvo. Al fin y al cabo, nada ganaba. Lo mejor sería hablar primero con don Alfonso y aclarar las cosas.

—Todo hace sospechar que alguien del monasterio lo mató en algún lugar y luego trasladó el cuerpo hasta las viñas. Alguien con mucha fuerza, claro.

Al cabo de un rato, el prior don Luis dio por terminado el paseo.

—Espero que vuestra paternidad me tenga informado de cualquier avance acerca de este… —dudó sobre la palabra que iba a decir— de esta desgracia.

—Descuide vuestra ilustrísima, si surge algo importante me trasladaré a Lisboa y os lo comunicaré personalmente.

El rector se dirigía a su celda cuando escuchó unas voces provenientes de las cuadras y encaminó sus pasos hacia allí. Lo que vio le sorprendió y disgustó a partes iguales. Don Alfonso, con la ira reflejada en el rostro, trataba de subirse al caballo mientras un freire trastabillaba hasta caer al suelo.

—¿Qué está pasando, hermano? —le preguntó frey Atilio mientras le ayudaba a levantarse.

—Este freire es un inútil que casi me mata —contestó con voz airada el noble, y luego salió al galope de la cuadra.

—Ese hombre es el demonio, frey Atilio, os lo digo yo —dijo el pobre freire con el miedo pintado aún en el rostro.

Esa misma tarde, antes de vísperas, el rector decidió que era hora de tener una conversación con don Alfonso. No quiso que frey Demetrio lo acompañara. Los nobles eran reacios a dar explicaciones a personas que no eran de su condición, aunque fueran hombres de Iglesia. Se dirigió al palacio y se lo encontró cerrado a cal y canto. El prior se había marchado y eso lo explicaba en parte, pero se quedó extrañado porque don Alfonso se alojaba allí y debería haber visto a algún sirviente.

De vuelta a su celda se encontró a frey Duarte sentado en un banco disfrutando del tibio sol de la tarde.

—Este sol se agradece después de tantos días de niebla —dijo acercándose a él.

—Sí, la humedad se nos ha metido en los huesos y ahora necesitamos calentarlos como los lagartos —contestó el noble freire, y cerró el libro que tenía entre las manos.

—Estaba buscando a don Alfonso, ¿sabe vuestra paternidad dónde puedo encontrarle?

El prior claustral se quedó mirando al rector.

—Mi hermano partió esta tarde aprovechando que nuestro primo don Luis se marchaba. Estaba preocupado por los estragos que el terremoto de Lisboa haya podido causar en nuestra familia y hacienda.

—¿Se ha marchado sin decir nada? —exclamó levantando la voz.

Según formulaba la pregunta se dio cuenta de su error. ¿Quién era él para que don Alfonso le comunicara sus decisiones?

—¿Acaso sois el guardián de mi hermano? —contestó con ironía el prior claustral, recordando las palabras del Génesis.

—Os pido disculpas, frey Duarte. Naturalmente, don Alfonso es libre para hacer su voluntad. Es solo que necesitaba que me confirmara algo y su marcha tan repentina me ha desconcertado.

—Mi hermano vino a este lugar buscando paz para su atribulado espíritu y los sucesos acaecidos en estos días no han hecho sino alterarle más. Si os puedo servir de ayuda…

Frey Atilio dudó un instante y al cabo pensó que podría serle útil. Sacó un pañuelito en el que llevaba envuelto el anillo y se lo mostró.

—¿Reconocéis esta joya? —preguntó con cautela y atento a cualquier reacción del prior claustral.

—¿De dónde la ha sacado vuestra paternidad? —interrogó a su vez frey Duarte al tiempo que cogía el anillo.

—La encontramos en la botica dentro de un albarelo, entre rizomas.

—Es una joya de mi familia con el escudo de los Braganza que ahora pertenece a mi hermano. Sin duda alguien la robó y la escondió allí.

—Sí, eso es lo que debió de suceder. ¿Sabe vuestra paternidad dónde la guardaba don Alfonso?

—Pues supongo que en el cuarto del palacio en el que estaba alojado. Allí entran muchos sirvientes. Es extraño que no me haya comentado nada.

Frey Atilio concluyó que nada más podía aclararle el prior claustral, por lo que se despidió.

—Guardad bien la joya de vuestra familia, hermano, nunca se sabe si el ladrón puede volver a robarla.

Frey Duarte se quedó pensando en las últimas palabras del rector. No sabía por qué, pero le pareció que estaban cargadas de ironía.

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6

Frey Atilio se encontraba paseando por la viña. Las vides estaban ahora cubiertas de frondosas hojas y los pámpanos y los zarcillos unían unas cepas con otras haciendo difícil caminar por los senderos que las separaban. Entre el verdor pardo de las vides viejas resaltaba el verde rabioso de los majuelos que daban sus frutos por primera vez.

Los freires se hallaban en plena tarea de aclareo de racimos, cortaban y desechaban los pequeños para favorecer el desarrollo de los más grandes.

Se detuvo, se quedó observando a sus hermanos y pensó que quizá alguno de ellos era el asesino. Habían pasado varios meses desde aquel desgraciado suceso que alteró la convivencia pacífica de la comunidad y él no había adelantado en las pesquisas.

Hasta el momento, lo único que conocía, gracias a frey Demetrio, eran pequeños secretos o vicios de los miembros de la comunidad, pero nada que le llevara tras la pista del asesino. Le quedaban, eso sí, las dudas sobre las respuestas que don Alfonso de Braganza dio en su día y la muy posible relación de este con frey Andrés, que no había podido confirmar porque no habían tenido ninguna noticia del noble.

Durante este tiempo se le habían pasado por la mente muchas ideas, incluida la de que don Alfonso pudo matar a frey Andrés y que por eso adelantó su vuelta a Lisboa. ¿Sería suficiente motivo que el boticario no quisiera entregarle más jugo de amapolas para acabar con su vida en un arrebato de cólera? Él mismo fue testigo de su ira en una ocasión.

En su paseo, el rector llegó al lugar exacto en el que hallaron el cuerpo sin vida del hermano boticario. La hojarasca había desaparecido y por enésima vez observó la tierra, ahora recién cavada.

Se quedó pensando, una vez más, en el asesinato. Miró el muro y tuvo un pálpito.

—Frey Dionisio —llamó al hermano que tenía más cerca—, ¿tiene vuestra paternidad una escala?

El freire desapareció por uno de los senderos para volver al cabo portando una escalera de madera.

Frey Atilio la apoyó contra el muro y subió. Comenzó a escrutar las albardillas de piedra cubiertas de musgo. De pronto, sus ojos se detuvieron en una baya pardusca que estaba encajada en el hueco de una albardilla rota.

Los freires detuvieron la labor para observar al administrador que, subido a la escalera, parecía afanarse en coger algo de lo alto del muro.

—Gracias, hermano Dionisio —dijo el rector cuando hubo bajado—. Me ha sido de una enorme utilidad.

¿Cómo podía haber estado tan ciego? En su empecinamiento por encontrar al asesino dentro del monasterio había pasado por alto la posibilidad de que a frey Andrés lo hubiesen asesinado fuera del recinto y luego tirado el cuerpo por el muro. Eso explicaría varias cuestiones: que el cuerpo no estuviera boca abajo, que no tuviese ningún hueso quebrado por haber caído en el montón de hojas y que no hubiesen encontrado sangre en ningún rincón del priorato.

Esos eran sus pensamientos cuando entró en la botica. Allí, frey Demetrio se afanaba en un cocimiento de hierbas.

—¿Esto es lo que yo imagino? —dijo sin más preámbulos poniendo la baya encima de la mesa.

El recién nombrado boticario la miró con atención.

—Parece una baya de amapola medio podrida. ¿Dónde la ha encontrado vuestra paternidad?

—En lo alto del muro, justo por encima de donde apareció el cuerpo del hermano Andrés.

El joven freire lo miró con incredulidad.

—Hemos estado dando palos de ciego, buscando al asesino dentro del monasterio cuando es de fuera, como lo demuestra esta cápsula de amapola que debió de caérsele a frey Andrés cuando arrojaron su cuerpo por el muro —resumió el rector.

—¡Dios mío! Convengo con vuestra paternidad en que pudieron matarlo fuera del monasterio, pero eso no exime a nuestros hermanos. Nosotros salimos del recinto muchas veces.

Frey Atilio se quedó suspenso ante la despierta inteligencia del joven freire.

—¿Y para qué tomarse tantas molestias si podía matarle aquí dentro? —pensó en voz alta el rector.

—Quizá para que creyéramos que había sido una persona ajena a la comunidad. Una persona, además, muy fuerte, que tuvo que cargar con el cuerpo de nuestro hermano, izarlo y tirarlo por el muro.

Sin poder evitarlo, frey Atilio volvió a pensar en el cuerpo vigoroso de don Alfonso de Braganza.

Ya por la tarde, el administrador del monasterio se dedicó a preguntar a sus hermanos más jóvenes y robustos si recordaban haber salido el día en que había aparecido el cuerpo sin vida de frey Andrés. Todos aseguraron no haber tenido necesidad de salir del monasterio esa mañana.

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7

Iglesia de Saint-Denis, al norte de París

5 de marzo de 1531

La lluvia no había cesado en todo el día y e

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