Hipatia de Alejandría

Luis de la Luna Valero

Fragmento

TXTHipatia-3.xhtml

Prólogo

 

 

 

 

Cuando nos encontramos ante episodios de intolerancia, cada vez más frecuentes en la actualidad, es cuando reparamos en que la libertad y la tolerancia son dos pilares fundamentales de la convivencia humana, aunque aquélla, desgraciadamente, crece lenta pero inexorablemente junto con la violencia en todo el planeta. O como dice Asclepiodoto, uno de los personajes de la novela: «Es pavoroso pensar que un buitre llamado intolerancia está anidando en nuestro mundo para empollar sus huevos, perpetuarse y quedarse a vivir».

En este sentido, Hipatia de Alejandría pretende ser un canto a las libertades, las pluralidades, las igualdades, las amistades…; amén de constituir un deseo de expresar que el respeto, la educación y la aceptación de los demás y sus circunstancias son factores que facilitan una convivencia mejor y más humana.

Cuando la intolerancia de las personas se basa en sus diferencias con los demás, y éstas están motivadas por causas tan primitivas e irracionales como que los hombres crean y le den nombre distinto a dios, oren de rodillas o postrados, tengan un color de piel más oscuro o más claro o porque se nazca mujer, los intolerantes deberían recapacitar que «esas diferencias» no son importantes porque son ajenas a quien las posee. Rezar en una postura empleando un lenguaje u otro obedece a una situación geográfica y cultural. Se nace hombre o mujer sin elegirlo, y el color de la piel necesita luz para ser distinto, ya que nadie distingue el blanco del negro o el amarillo del rojo en la oscuridad, o con tan escasa luminosidad como dice el Corán: «Cuando no hay luz suficiente para distinguir un hilo blanco de uno negro».

Concluyendo: Lo que realmente nos diferencia a unos humanos de otros no es el sexo, ni el color de la piel, ni los credos… Lo que verdaderamente nos diferencia es el deseo, las ganas y la voluntad de aceptar y tolerar a los demás cuando son distintos. Y ser distinto no significa ser peor.

Deseo manifestar a los lectores que he intentado aunar la más rigurosa acción histórica del siglo V con la reivindicación de la libertad, la tolerancia y la igualdad tal cual las sentimos en nuestros días, aun cuando todos sabemos que el ansia de libertad, de igualdad y fraternidad son sentimientos y anhelos humanos intemporales.

Hipatia fue hija de Teón, antiguo filósofo neoplatónico que ejerció en Alejandría; fue la última mujer filósofa de la antigüedad, maestra de ciencias, matemáticas y filosofía; impartió su magisterio en la academia del Museion y fue asesinada en el año 415 tal cual se relata. Luchó por la igualdad y la libertad, que estaban reservadas a los varones, y lo pagó con su vida.

En cuanto a los monjes, tristes protagonistas de esta historia, quiero explicar que Egipto fue el origen del movimiento monástico cristiano y donde se desarrolló de manera más extrema. En el desierto de Ouadi Natrón se fundaron monasterios ocupados por monjes pobres e ignorantes que odiaban la cultura, el pensamiento libre y todo lo que representaba la cultura clásica. Fanáticos y aislados, durante el final del siglo IV y parte del V condicionaron la paz y la convivencia de Alejandría, pues realizaron expediciones de castigo contra la ciudad, verdaderas persecuciones contra el paganismo —quién lo iba a decir—, en las que destruyeron templos y mataron a sus fieles (el Serapeum de Canope y el de Alejandría del año 390). Canalizados y dirigidos por los obispos cristianos con el amparo imperial, sembraron el terror en la ciudad, a impulsos de su integrismo, desencadenando unos excesos de violencia y brutalidad aterradores.

Termino ya deseando a los lectores dos mercedes: La primera, que disfruten leyendo la novela tanto como yo he gozado escribiéndola. Y que la lectura de esta obra colabore a la reflexión y, en consecuencia, a la tolerancia hacia los demás.

 

Torrelodones, mayo de 2005

TXTHipatia-4.xhtml

Capítulo
I

 

 

 

 

Hipatia, noble Hipatia! ¡Oh tú, la mejor entre las mujeres! ¡Cuídate de los hombres, de su mundo y, sobre todo, de su poder!

—Escúchame, anciana, ¿por qué me vuelves a hablar así otra vez? ¿Por qué te has dirigido a mí de esta manera y me has prevenido, tantas veces, desde que yo era tan sólo una niña y vivía con mi padre Teón, junto al canal de Nearco, al oeste de Alejandría?

—Tu futuro está escrito no únicamente en las estrellas, como el de nosotros todos, sino que también lo está en los hechos y prodigios del mundo y sus moradores —contestó la anciana, haciendo caso omiso de la pregunta de Hipatia y recitando como si fuera el corifeo de una tragedia griega.

—Anciana, no respondes a mi cuestión —replicó Hipatia, muy inquieta, alzando el volumen de su voz.

—¡Guárdate del poder de los hombres! —prosiguió imperturbable la anciana, con voz severa—. Porque ellos no quieren que las mujeres sean iguales a ellos… ¡Cuídate de los hombres, puesto que ellos no van a consentir que mujer alguna alcance ni su poder ni su libertad!

—Pero ¿por qué me hablas así, de qué peligros me quieres avisar, qué es lo que me acecha, qué sabes tú de mi futuro? ¡Contéstame de una vez, maldita vieja agorera! —gritó la filósofa perdiendo los estribos, observando las cuencas vacías de los ojos sin vida de la anciana.

Ésta se mantuvo en silencio, mirando la nada, durante unos instantes, al cabo de los cuales prosiguió inconmovible.

—Contestarte no puedo, porque nada más conozco… Revelarte los misterios que no vislumbro tampoco está en mi mano… Tan sólo me está permitido, porque es la razón de mi existencia, avisarte sobre el peligro que se va escribiendo en el libro de tu vida… Ni siquiera tu cambio de actitud ante el peligro alterará ni mi esencia ni mi realidad…

—Tu anuncio me llena de congoja.

—No es aflicción lo que pretendo traer, sino testimonio…

—¿Testimonio de qué?

—De tu destino.

—¿Qué destino?

—El que deseas evitar.

—Tal vez lo consiga —contestó Hipatia desorientada, tras unos segundos de silencio.

La anciana ciega hizo una mueca.

—Dijo una vez el sabio Selene: «Del destino y de nosotros mismos no podemos escapar, pues no existe tierra suficiente donde nos podamos refugiar».

—Anciana, tú, adoptando una y mil formas distintas, aunque yo siempre sabía que eras tú, me llevas atormentando durante años con tus revelaciones y predicciones —gritó Hipatia muy agitada, mientras un sudor frío perlaba su frente una vez más y era presa de escalofríos incontrolables, producto de un terror viscoso y demasiado familiar—. Ser infernal, tú me llevas advirtiendo a lo largo de los años acerca de mi trágico sino el cual únicamente evitaré si tengo cuidado con los hombres.

—Guárdate del poder de los hombres, pues es muy terrible y dañino… —continuó la anciana, reiterando el parlamento que se repetía siempre desde hacía años, tantos como su existencia—. Sólo el varón es capaz de causar a la mujer los más pavorosos y crueles dolores y padecimientos.

—Es horrible, es como hablar sola… O peor aún, es como platicar con un muro de indiferencia —musitó Hipatia con el alma encogida.

—Hipatia, mujer sabia, repara en que la palabra es, de todo lo humano, lo que en mayor medida desencadena la mayor oposición del hombre, su ira más espantosa y su furia más destructiva y perniciosa —continuaba la anciana ciega, impertérrita—. Por ello, tú, que eres la mujer de la palabra, cuídate de tus palabras… Pues has de saber que todos los que hablamos somos presos de nuestras palabras.

—¿Quieres decir con ello que debo censurar mis críticas al poder del obispo cristiano de Alejandría?

—Yo sólo digo que la palabra no dicha y que queda en nuestro interior mal puede ser nuestro verdugo.

—Es decir, las palabras matan —argumentó Hipatia, animada por la controversia que mantenía por primera vez con la anciana.

—Tú lo has dicho… Pueden ser causa de muerte.

—Pero, anciana, repara en que las palabras son fuente de vida.

La fantasmagórica visión hizo una mueca.

—Hipatia, tú cuídate de tu palabra… Puesto que la palabra que toma vida propia puede arrebatar la vida de quien la creó… Como un humano que mata al dios que le dio la vida.

—Pero la libertad de expresión… La verdad… —intentó argumentar Hipatia.

—Aunque sabia, demuestras ignorancia supina acerca del mundo que te rodea.

—Explícate —exigió la maestra de filosofía neoplatónica.

—Ni el poder, ni la ira, ni la fuerza respetan la verdad si les es adversa. Y bien al contrario, la aborrecen si expresa lo contrario de lo que esos tiranos necesitan o desean.

—Únicamente la verdad nos hará libres, explicó Sócrates… —dijo débilmente Hipatia, comenzando a sonreír.

—Cuidado con la falsa alegría… —espetó la agorera al reparar en la sonrisa de Hipatia.

—¿Y qué es la falsa alegría, anciana?

—Aquella que nos trae dolor.

La maestra se quedó mirando en silencio a la vieja intentando, una vez más, leer en su rostro y sus cuencas vacías de vida para encontrar las claves del entendimiento de lo indescifrable de su presencia.

—Hipatia, si no te cuidas de la palabra, hasta el mar enviará sus conchas para que seas muerta —espetó con voz siniestra la vieja.

—¿Hasta el mar? —inquirió Hipatia extrañada ante la nueva revelación.

—Así es… Junto a la tierra y el aire… Entre los tres te perderán.

—Ahora sí que ya no entiendo nada sobre mi final —confesó desesperanzada Hipatia, a quien, como persona de ciencia y razón, los acertijos, la magia y las predicciones aburrían y desorientaban, ya que desconocía las claves de su actividad.

—Ciento y un dedos de cristal, de porcelana, de brillante azulejo y de conchas marinas tomarán tu envoltura terrenal, la desgarrarán y la convertirán en ciento y un trozos de ti, que serán esparcidos por el suelo, el viento y el cielo para tu perdición —auguró como final la anciana, desapareciendo, como por ensalmo, en la penumbra de la estancia.

—Una vez más vuelves a disiparte, anciana infernal, junto con tus augurios del profundo averno —exclamó Hipatia incorporándose en su lecho sudando, alterada y rodeada por la oscuridad que envolvía su habitación—. Anciana demoniaca, habitante del Hades, ¿cómo puedo saber si tu presencia es cierta o sólo es vana ilusión de mis sentidos? ¿Cómo conocer si perteneces al mundo de Morfeo, y por tanto te he soñado, o por el contrario son los vivos quienes te cortejan y acompañan? Maldita pregunta repetida ciento y una veces.

Hipatia se levantó de la cama, miró a su alrededor y se dirigió hacia la ventana de la estancia, descorriendo, acto seguido, la cortina de cuero que impedía penetrar a la luz.

—Está amaneciendo, mas la luz del día no conseguirá iluminar la tiniebla que envuelve esta vivencia repetida e indeseada —dijo hablando sola y en voz alta para ahuyentar los miedos que la acechaban.

«Amanece», pensó para sí, y de repente se acordó de los versos del poeta:

 

«Amanece, y despierta el alma dormida.

Amanece, y nuestra conciencia es expulsada

del dulce refugio que es el sueño.

 

Amanece, y perdemos el gustoso abandono

de nuestra razón en brazos del olvido

y la inconsciencia del reino de Morfeo.

 

Amanece, y volvemos a ser nosotros.

Amanece, y alguna ilusión renace.

Amanece, y todas las obligaciones

y cargas reaparecen…

Amanece y perece la lánguida inacción

que mantiene a la razón suspendida…».

TXTHipatia-5.xhtml

Capítulo
II

 

 

 

 

Dicen los sabios que en esta vida es posible debatir por casi todo. No obstante esta afirmación, existe una cuestión en la que parece que no debe haber querella ni discusión alguna: la coincidencia casi unánime en señalar que el espectáculo más magnífico que existe en la tierra es un amanecer en Alejandría.

—Si estás en lo cierto y conoces nuestra alborada, descríbela ahora, rapsoda, porque yo creo que eres extranjero y desconoces lo que significa para todos nosotros la ciudad[1], y tan sólo quieres halagarnos —le respondió un curioso que estaba escuchando al poeta, mezclado entre un grupo de personas que atendían con deleite, al pie de una estatua de Teodosio II, el actual emperador de Constantinopla.

El poeta, un ateniense que solía recorrer las ágoras de las ciudades del Imperio romano de Oriente, miró a su alrededor y observó una hermosa plaza cuadrada, grande y bonita, circundada por soportales que descansaban sobre arcos de medio punto.

Carraspeó, pensando que se encontraba ante un público complicado. Hizo memoria para recordar los textos que había aprendido y comenzó a recitar con una voz fuerte, bien modulada, con un acento marcadamente ático que se impuso al creciente ruido que dispensaba el montaje de los puestos de frutas que los comerciantes estaban comenzando a instalar bajo las arcadas del ágora.

—Amanece en Alejandría, y la belleza de este fenómeno alcanza una intensidad tan subyugante que quien la contempla puede llegar a quedarse sin habla durante minutos, horas o días; pues el espectador se sobrecoge como si le faltara el aire. Podríamos decir que se trata de un prodigio tan maravilloso que solamente en el Olimpo puede haber algo semejante.

El poeta, consciente de que había conseguido atrapar la atención de su auditorio, observó los rostros ensoñadores del público que le circundaba, sonrió satisfecho y prosiguió.

—Amanece, y Helios, el Sol, al iniciar su diario recorrido por el cielo para iluminar y calentar al mundo, sale pausadamente como una gran bola de un rojo dorado intenso desde el delta del río Nilo. Entonces, lentamente, parece como si toda Alejandría estuviera siendo bañada por brillante oro líquido. A la vez, y poco a poco, toda la urbe va resplandeciendo suavemente en virtud de la luz y la claridad que va recibiendo —declamaba gesticulando muy discretamente con los brazos—. Y entonces brillan las maderas más nobles, los mejores mármoles, la piedra caliza bien pulida y el granito de Assuán. Además, refulgen las paredes de las terrazas de muchas mansiones y palacios que cuentan con mosaicos y frescos de vivos colores elaborados por los mejores artistas. Y cómo deslumbran los muros de muchas casas que están encalados o recubiertos con estuco blanco finamente trabajado. Y cómo destellan las figuras de bronce, oro y cobre que están colocadas en los aleros de muchos tejados para adornarlos; pues estas obras de arte, al recibir los rayos del Sol, cobran vida, se van iluminando por doquier y resplandecen como espejos bruñidos.

El poeta se tomó un mínimo respiro para pulsar el ambiente, y prosiguió.

—Amanece, y el mar, el lago Mareotis y los canales de Alejandría reflejan mil y un destellos áureos creando caprichosos juegos de luces y sombras que rivalizan entre sí y, entrando en sintonía con la arquitectura de la ciudad, proponen a los ojos del espectador un imaginativo y lúdico pasatiempo único e imperecedero.

Un murmullo de aprobación y una discreta salva de aplausos se elevó entre los que escuchaban ociosos al recitador.

—No está mal para ser un extranjero —concedió el mismo hombre que antes invitara al poeta a recitar.

El ateniense sonrió satisfecho, recordando cómo ese tipo de poesía satisfacía a los habitantes de las ciudades descritas.

—Me congratula que os haya satisfecho —contestó el poeta dirigiéndose al público en general—, y desearía que ahora me hicierais dos mercedes.

—Dinos cuáles.

—La primera, que llenéis mi exigua bolsa con algunas monedas, a poder ser de plata. Y la segunda, que me indiquéis el camino más directo y rápido para llegar al Museion, donde imparte clases la maestra llamada Hipatia —les contestó.

«Cuya muerte he venido a registrar y dramatizar», pensó para sí mismo.

Unas cuantas decenas de monedas de bronce cayeron dentro del sombrero de paja del ateniense y uno de los hombres que había estado escuchando le indicó la dirección haciendo aspavientos con la mano.

—Abandona la plaza por aquella salida y sigue recto por la calle que hay a continuación; cuando llegues a una gran avenida perpendicular, pregunta si es la calle del Soma. En caso afirmativo, sube por ella en dirección al mar hasta que llegues a otra gran avenida perpendicular adornada por interminables columnatas, ésa será la vía Canópica. Pregunta y confírmalo, y entonces continúas por ella hacia la puerta de la Luna. Una vez por allí, verás jardines y edificios juntos, y deberás indagar para que te informen.

TXTHipatia-6.xhtml

Capítulo
III

 

 

 

 

El poeta salió del ágora de Teodosio y fue recorriendo el camino que le habían indicado. Subió por la vía del Soma, que era una imponente avenida que unía el norte y el sur de la ciudad, embelesándose con la belleza de las construcciones edificadas a los lados de la misma. Mientras caminaba, desfilaban ante sus ojos mansiones, almacenes, tiendas, templos… En medio de la calzada, una mediana con hierba cortada y palmeras delimitaba el sentido del tráfico de los carros, carruajes y caballos que en número bastante elevado circulaban por la misma.

Llegó hasta la plaza del Soma, situada en la intersección con la vía Canópica, y disfrutó embobado admirando la tumba de Alejandro Magno y los panteones edificados por los Ptolomeos.

Se unió a un grupo de turistas y admiró el maravilloso conjunto arquitectónico, atendiendo las explicaciones que realizaba un guía local, quien llamó la atención de los visitantes incidiendo en dos detalles capitales.

—Fíjense todos en que sobre la tumba de Alejandro, en cuyo interior está el sarcófago de cristal con sus restos incorruptos, siempre hay flores y coronas de laurel frescas, pues diariamente alguien las renueva desde hace setecientos cincuenta años.

El guía esperó unos segundos para que cesaran los admirativos comentarios y prosiguió con el segundo detalle, que era el más importante para él.

—Por favor, os insisto en que nadie se olvide de darme una propina cuando termine la visita.

En ese momento, el ateniense se separó del grupo, cruzó la enorme plaza y siguió por la vía Canópica, observando la preciosa disposición del soberbio bulevar que estaba flanqueado por una sucesión interminable de columnas de mármol que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Como todavía era pronto para ir al Museion, siguió caminando en ángulo recto. Retomó la vía del Soma y, como por encima de los edificios se recortaba la imponente figura del faro, decidió ir a verlo.

Preguntó a un vendedor ambulante de fruta cómo se iba hasta dicho monumento y éste le indicó que siguiera por la misma calle hasta el final.

El ateniense avanzó hacia el norte, dejó a su izquierda los jardines y la fachada de los diversos edificios que formaban el Museion, sintiendo que a cada momento era más intenso el olor a mar.

Siguió avanzando y al momento, enfrente y a su derecha, se abrió una plaza con un parque en medio.

Cruzó la calle y se dirigió hacia una enorme basílica, de cuyo interior, al que se accedía por una formidable escalinata de granito pulido, salía y entraba bastante gente.

En ese momento pasaron a su lado tres mujeres jóvenes y les preguntó sobre el nombre de tan enorme construcción.

Una de ellas, la más atractiva, le contestó:

—Estás ante el antiguo Cesareum. Ahora es San Miguel, la iglesia más importante de la ciudad, aunque se sigue utilizando el nombre antiguo.

—¿Se llama así por Julio César?

—No. Es por el césar Octavio, que fue quien terminó la obra comenzada por la reina Cleopatra en honor de su amado Marco Antonio.

—Ah, sí, Marco Antonio y Cleopatra… —comentó el ateniense—. De todas formas, este edificio no se parece a un templo griego clásico, ¿no?

—Del original queda poco, porque desde el triunfo del cristianismo los templos y lugares de culto paganos van siendo destruidos o reedificados.

—Hablas con mucha libertad y conocimientos para ser mujer —expresó el poeta con asombro—. En Atenas, mi ciudad, las mujeres ni van solas por la calle, como vosotras, ni hablan con los hombres, ni se conducen con vuestra libertad.

Las chicas le miraron divertidas y respondieron orgullosas.

—Extranjero, esto es la ciudad y aquí todavía se da educación e instrucción a las mujeres. En la ciudad, además, tenemos la buena costumbre de pensar y de tener opiniones propias.

—Por ahora —sentenció otra de las chicas, mientras las tres se echaban a reír.

El ateniense las miró admirado durante unos instantes, al cabo de los cuales afirmó:

—Parece como si no os gustara la destrucción de los antiguos templos paganos.

—Y en efecto, así es —contestaron las jóvenes casi al unísono.

—Pero estamos en una ciudad cristiana y tiene que haber cambios y transformaciones que son lógicos —argumentó el poeta no muy convencido.

—Hay que aceptar los cambios lógicos, como tú los llamas, cuando son imprescindibles, pero las destrucciones… Nosotras, aunque cristianas, somos por encima de todo alejandrinas y estudiantes, y nos desagrada, como a la mayoría de nuestros convecinos, que nos destruyan el pasado, sobre todo cuando éste es compatible con el presente.

—No cabe duda de que sois muy modernos en Alejandría —afirmó el rapsoda.

Las tres chicas rieron con ganas y se despidieron del poeta.

Éste se quedó mirando al grupo que se alejaba en dirección al Museion; observó el sol, calculó la hora por su posición en el cielo y, considerando que se hacía tarde, salió corriendo detrás de las tres muchachas. Cuando llegó al lado de éstas, comenzó a caminar a su ritmo y se dirigió de nuevo a la más bonita.

—Creo que os voy a acompañar. Quiero estar seguro de que no os pasa nada en esta ciudad tan peligrosa.

Las tres le sonrieron y una de ellas le preguntó:

—¿Cómo te llamas y a qué te dedicas?

—Mi nombre es Mauro. Soy poeta y he venido para conocer a Hipatia.

—Nosotras estamos acudiendo como oyentes a sus clases.

—Hipatia, la maestra por excelencia, además de mujer —afirmó otra de ellas con orgullo.

—Muy famosa sí es —balbuceó el poeta, pensando en lo que sabía sobre los negros presagios que se cernían en secreto sobre ella—. Sigue siendo matemática, ¿no?

—Antes sólo era maestra de matemáticas, incluso dos de sus tratados se siguen estudiando, pero desde hace unos años se ha especializado en pensamiento filosófico y político, su historia, su evolución.

—Además de provocar a las autoridades eclesiásticas —informó la guapa riendo maliciosamente.

—Tenía entendido que provocar al clero cristiano no es muy recomendable. ¿No es peligroso para ella? —preguntó el ateniense.

—Bastante. Pero es muy amiga del prefecto Póstumo Orestes y de muchas personas influyentes de la ciudad. Además, los alejandrinos están orgullosos de tener en la ciudad a una mujer filósofa de su fama. Por lo tanto, aunque irrita al palacio episcopal, y pese a las continuas protestas y amonestaciones que salen de éste, Hipatia sigue provocando y campando por sus respetos.

—Sin embargo, la situación para ella comienza a ser más peligrosa —informó otra de las jóvenes poniendo voz de conspiradora—. Mi padre, que trabaja en el palacio del prefecto Póstumo, a veces le comenta a mi madre que son un hecho las discusiones violentísimas que tienen Hipatia y el patriarca Cirilo, y se rumorea que como siga persistiendo en esa actitud, va a tener algún tipo de escarmiento. Así que mi padre me insiste continuamente para que deje de acudir a sus clases.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó con curiosidad el poeta.

—Mauro, por Dios, soy alejandrina… —respondió ésta sonriendo—. ¿Acaso dudas de mi actitud? Por supuesto que voy a seguir acudiendo a sus clases.

La contundencia de la respuesta provocó la risa de todos cuando entraban en el recinto del Museion. Este centro, fundado por Ptolomeo Soter a semejanza de Atenas, era un enorme campus universitario en el que se levantaba un conjunto de edificios donde se estudiaban y desarrollaban todas las artes y las ciencias de la época.

Entre maravillosos jardines, estanques, pequeños canales y campos para ejercicios y deportes, se encontraban geométricamente distribuidos los edificios que albergaban las academias, los laboratorios, los observatorios, las aulas, las palestras, los comedores, un zoológico y, por encima de todo, la gran biblioteca.

Mauro iba mirando la ingente cantidad de alumnos y profesores que pululaban por doquier. En los campos de deporte, unos jóvenes practicaban el tiro con jabalina, lanzaban el disco o realizaban complicadas llaves de lucha. Otros, sentados a mesas de mármol, estudiaban a la sombra de los árboles. Y unos pocos paseaban escuchando a su maestro.

Pasaron junto a un pequeño odeón donde se estaban declamando poesías de Hesíodo.

—¿Qué es aquella construcción? —inquirió Mauro señalando un conjunto de edificios unidos.

—Los laboratorios de física —le contestaron sin mucho entusiasmo.

—¿Y ese tan bonito de allí? —preguntó indicando con la mano otro pabellón.

Las chicas rieron mientras contestaban:

—¿Te parece, en verdad, bonito? Cómo se nota que no lo conoces. Por dentro es el más horroroso —afirmaron ellas riendo—. Es el edificio de la Administración. Un sitio para volverse loco y para que le manden a una a la casa de las enfermedades de la mente.

Ante la mirada anodina de Mauro, prosiguieron:

—Es el lugar donde llevan todo el papeleo, listas de alumnos, los horarios, los pagos, etcétera.

El grupo, mientras caminaba lentamente por una avenida flanqueada por árboles y hierba bien cortada, se encontró con otros condiscípulos. Se saludaron y todos juntos siguieron caminando hacia el pabellón de filosofía. Cuando ya estaban llegando, la avenida se abrió en una amplia plaza pavimentada con fuerte y hermoso mármol del Sinaí, rodeada de césped y flanqueada por tres edificios.

En el centro geométrico se elevaba una estatua de Atenea, la diosa de la sabiduría y las artes, colocada sobre un pedestal que se encontraba dentro de un estanque cuadrado de diez metros de lado, que se nutría de agua mediante un dispositivo de fuentes. A su derecha se encontraba el pabellón destinado a los estudios sobre filosofía y ciencia. A su izquierda estaba el que se dedicaba a laboratorios para investigar sobre física. Enfrente destacaba majestuosa, con su maravillosa fachada de mármol formada por tres órdenes de galerías, terrazas y balcones realizados con columnas de distintos estilos arquitectónicos, con su cúpula semicerrada, con sus dimensiones geométricamente perfectas, dominando todo el campus, la joya del Museion, la famosa biblioteca de Alejandría.

Ante su visión, Mauro no pudo reprimir la pregunta:

—Este maravilloso edificio ¿no será…?

—La biblioteca —contestó muy ufano uno de los jóvenes que se había unido al grupo un poco antes—. El orgullo de la ciudad, junto con el faro. Yo aspiro a ser uno de los bibliotecarios en el futuro; pero por ahora me contento con ser uno de los ayudantes. Llegar a ser el gran bibliotecario lo considero un sueño casi irrealizable, porque este cargo ha sido y es el que corresponde al principal funcionario del Museion.

—La biblioteca de Alejandría —repitió Mauro entusiasmado—. ¿Cómo es?

—En el interior, tiene tres pisos y tres sótanos que se adentran en el subsuelo. En sus mejores momentos llegó a tener en sus estanterías más de seiscientos mil volúmenes, amén de miles de trabajos, tratados y estudios sobre todo tipo de materias. Todo el saber humano estaba contenido dentro de sus muros. Pero para su desdicha, innumerables volúmenes se han ido perdiendo, pues ha sufrido a lo largo de la historia incendios y rapiñas. Además, cuenta con decenas de aulas y gabinetes para estudiar y trabajar. Tiene un teatro, salas de relax, un gimnasio con unos baños…

TXTHipatia-7.xhtml

Capítulo
IV

 

 

 

 

Al penetrar en la Academia de Ciencias y Filosofía, el ateniense, que se había separado sin querer de las jóvenes, preguntó dónde estaba el aula en la que Hipatia impartía sus lecciones. Un bedel le informó de su ubicación al final del edificio, y allí acudió presuroso.

La sala estaba tan llena que su entrada se encontraba bloqueada por un montón de personas que impedían el acceso al interior.

Un muchacho que estaba a su lado comentó en voz alta:

—Habrá que asistir a las lecciones desde el exterior —y salió corriendo.

Mauro siguió rápidamente al joven. Ambos cruzaron un patio central y salieron por una puerta lateral al exterior del edificio. Siguieron su contorno por los jardines y llegaron a la parte trasera del pabellón, en una de cuyas esquinas estaba situada el aula.

Desde el exterior, presentaba un aspecto ligeramente curvo y tenía un muro tan alto como un hombre, sobre el que descansaban unos arcos de medio punto de unos cuatro metros de altura a través de los cuales se escuchaba la voz de una mujer.

El muchacho, imitado de inmediato por el poeta, se encaramó a lo alto del tabique junto con otros estudiantes que hacían lo mismo.

Ante ellos apareció el aula que se asemejaba a un teatro sobre cuyas gradas se sentaban, en bancos y pupitres, los que escuchaban la lección.

Sobre el estrado rectangular, que estaba situado justo debajo de ellos, se encontraba Hipatia hablando.

La maestra era una mujer de belleza serena que se acercaba a los cuarenta años. De mediana estatura, su cuerpo era enjuto y proporcionado. Su cabello negro, con algunas canas, no era muy largo y estaba peinado de forma simple. Aunque estaba bien vestida, sus ropas parecían algo pasadas de moda. Era enérgica en sus modales y tenía una voz fuerte y bien modulada. La mirada de sus negros ojos era realmente cautivadora.

La maestra se encontraba en el entarimado impartiendo una de sus clases sobre las analogías y las diferencias entre las concepciones políticas de Platón y Aristóteles.

Varias docenas de alumnos, entre los que se encontraban algunas mujeres jóvenes, seguían con gran interés la disertación.

Hipatia era consciente del interés que despertaba, el cual sabía acrecentar teatralmente gracias a la experiencia de sus años de magisterio. Por ello, se movía y caminaba ora sobre la tarima, ora ascendiendo por las primeras gradas y mezclándose entre los alumnos. Hablaba sin forzar en ningún momento la voz, la cual gracias a la estupenda acústica del local llegaba fácilmente a todos sus rincones.

—Por lo expuesto anteriormente, durante mi conferencia comparativa de estos dos influyentes filósofos —resumía Hipatia pausadamente—, podemos concluir que Platón, en su obra La República, se muestra como un pensador más teórico, pues su tratado sobre el Estado como organización política se limita a delinear y esbozar un tipo de Estado ideal cimentado sobre la base de unas premisas determinadas. No expone que sea un estado absolutamente irrealizable, pero sí admite que su establecimiento en la vida real sería de muy difícil instauración. En contraposición con este pensamiento, Aristóteles, en su obra La Política, se revela como un pensador más pragmático, pues no pretende construir en la imaginación utópica una ciudad-Estado ideal y no realizable. Todo lo contrario, propone que se utilice ese caudal de trabajo aprovechando los mejores logros políticos y una inteligente combinación de los recursos disponibles, para establecer la mejor y más adecuada ciudad-Estado que se pueda adaptar a su población. Para estos menesteres, surge el proyecto de una constitución política mixta, como forma de gobierno, que aunaría lo mejor de cada una de las constituciones y regímenes políticos de otros Estados, como Cartago. Además, Aristóteles revela su confianza en la clase media como la clase social capaz de llevar a cabo la tarea del establecimiento de dicha forma de gobierno, ya que considera que ésta es la que se encuentra más alejada de los excesos. Por último, Aristóteles tampoco pretende que el mundo se adapte a unos paradigmas ideales, y bien por el contrario, desea explicar la realidad mediante unas ideas adecuadas a la misma, alejándose de la divagación utópica… Por eso estudia y analiza la realidad histórica y los hechos sociales como elementos absolutamente imprescindibles e influyentes.

Hipatia descansó un momento mientras observaba a su auditorio y se sintió complacida al notar que tomaban notas y apuntes en cuadernos de papiro y tablillas de cera.

Bebió un sorbo del zumo de uvas con miel silvestre que se conservaba todavía fresco en su copa de oro y prosiguió resumiendo.

—También podemos concluir que nuestro admirado Platón no distinguía la sabiduría de la prudencia porque entendía que las dos cualidades eran iguales. Algo así como la conducta racional de la vida humana, especialmente de la vida político-social.

»En cambio, para Aristóteles la sabiduría y la filosofía tienen como objetivo fundamental conducir al hombre a la vida teorética y a la pura contemplación de lo que es necesario. Platón, por su lado, tiene como objetivo el de llevar a los hombres a una vida en común fundada en la justicia, entendiendo esta última como el arte de hacer cada uno lo suyo, es decir, hacer cada uno lo que le es propio.

Hipatia volvió a rentabilizar teatralmente el silencio académico paseando lentamente con las manos cruzadas a la espalda y mirando hacia sus expectantes alumnos.

Al cabo de unos segundos prosiguió:

—Para concluir la lección de hoy sobre el origen del Estado, podemos determinar que para Platón es la justicia, en último término, la que crea el Estado, mientras que para Aristóteles, el elemento que lo crea es la naturaleza.

Nadie se movió ni hizo ruido. Hipatia se dirigió de nuevo a sus discípulos:

—Mañana analizaremos con detenimiento el ideario de Aristóteles, su concepción del Estado y por qué sostiene que la naturaleza crea el Estado. Damos, pues, por concluida la lección de hoy. Mañana continuaremos.

Muchos alumnos comenzaron a levantarse para salir del aula mientras que otros acudieron raudos al lado de Hipatia para hacerse notar mediante sus preguntas o sus halagos. Es decir, la insuperable atracción que siempre han sentido muchos alumnos por ejercitar esa vieja actividad conocida como «hacer la pelota al maestro».

Hipatia se desembarazó momentáneamente del grupo que la rodeaba, apuró de un sorbo el contenido de la copa, recogió unas notas de su clase escritas sobre hojas de papiro y pergaminos enrollados e inició rápidamente, seguida por su pequeña corte de aduladores, la ascensión a lo alto del hemiciclo para salir de él.

En el arco de salida que comunicaba el aula con el pasillo se vio detenida por otro pequeño grupo de «admiradores» que la inquirían sobre determinados aspectos de la lección. Hizo un rápido regate, digno del mejor luchador, e inició a paso más que vivo lo que un espectador objetivo habría definido como una huida en toda regla.

Los alumnos, espoleados por la briosa reacción de la maestra, redoblaron sus esfuerzos de persecución ante la mirada divertida de cuantos observaban la escena.

Cuando los primeros de la partida dieron caza a Hipatia, ésta, malhumorada, se revolvió con acritud y, haciendo gala de su mal carácter, les vociferó para que la dejaran en paz.

Como por arte de magia, sus gritos surtieron efecto y de inmediato el grupo se disolvió, a excepción de algún recalcitrante que permaneció quieto, al acecho y en silencio. A estos últimos, Hipatia les miró con cara de vinagre, les gruñó y de inmediato continuó su marcha hacia el claustro de profesores.

Comenzó a caminar deprisa y mirando al suelo, cuando se dio de bruces con su buena amiga Lydia, quien, apoyada en una de las columnas del pasillo, la miraba riéndose.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Hipatia todavía enfadada, mientras se arrodillaba para recoger del suelo unas hojas que se le habían caído por la colisión, y se levantaba rápidamente.

Lydia rodeó con su brazo el cuello de su amiga con un gesto cariñoso. La besó dulcemente en las mejillas, dejó de reírse y con los ojos todavía anegados de lágrimas por la risa contestó.

—Me divertía el aspecto que tenías de pantera acosada por una partida de aduladores juveniles. Y sobre todo la cara de acelga que ponías. Era muy gracioso… Créeme, estabas realmente cómica —concluyó mientras comenzaba a reír de nuevo.

Ante la risa franca y juvenil de Lydia, se fue disipando el malhumor de Hipatia.

La maestra miraba a su amiga y ante ella se mostraba, en todo su esplendor, la belleza de esa juventud madura que tienen las mujeres de treinta años que se cuidan bien. Admiraba en silencio su rostro en el que destacaban una boca preciosa y unos ojos de color verde oliva hermosos y expresivos.

De mediana estatura, Lydia era esbelta, bien formada, femeninamente hablando, y lucía con gracia y elegancia naturales las costosas y buenas ropas que portaba.

—¿Cómo tú por aquí?

—Voy a Faros[2]. Tengo que a realizar unas gestiones para mi padre y, como me cogía de camino, he pensado que me podías acompañar. Si no tienes otros planes, pasearíamos y almorzaríamos juntas en la isla.

—Ahora estoy libre de clases.

—Formidable —dijo Lydia con alegría.

—Entonces, vámonos ya —soltó Hipatia mirando hacia ambos lados.

Comenzaron a caminar por el pasillo, y Lydia preguntó con sorna:

—Por cierto, ¿por qué te irritabas tanto con tus perseguidores?

—Porque son muy pesados —respondió enfadada la maestra—. Ya sabes que no me gusta sentirme acosada por la gente. No tengo paciencia. Qué tiempos aquellos cuando los maestros del Museion sólo se ocupaban de estudiar e investigar sin tener que dar clase ni soportar a los alumnos —protestó teatralmente Hipatia.

—Imagino que te estás refiriendo a la antigüedad, porque yo, desde que tengo uso de razón, he visto a los maestros dar clases. Incluso recuerdo a tu padre, Teón, que tenía que impartir sus lecciones para vivir.

—Efectivamente —reconoció Hipatia—, me estaba refiriendo a los tiempos de los Ptolomeos, cuando los maestros no tenían la obligación de enseñar para ganarse el sustento.

—Amiga mía, me estás hablando de hace cientos de años, cuando tú sólo eras una niña —le dijo Lydia en broma.

—Son muy pesados… —insistió Hipatia.

—Sí, pero necesitas una relación permanente con tus alumnos para sentirte maestra. Si no dieras clases o te quedaras sin alumnos o dejaras de bañarte diariamente en esa popularidad que te agrada tanto, te morirías —zanjó Lydia sonriendo con gran encanto.

Ahora fue la maestra la que se rió con contundencia mientras afirmaba:

—Qué bien me conoces. Efectivamente, necesito ese contacto con mis discípulos.

TXTHipatia-8.xhtml

Capítulo
V

 

 

 

 

Las dos mujeres salieron del edificio cogidas del brazo y se encaminaron hacia una litera de mano cubierta que las estaba esperando. Se acomodaron en su interior, que resultó fresco y confortable, fueron alzadas en volandas por cuatro fornidos negros de Nubia e inmediatamente se pusieron en marcha.

Lydia les indicó que siguieran, como estaba previsto, hasta el puerto de los obeliscos.

Atravesaron a buen paso el campus del Museion, salieron de su recinto, cruzaron la vía del Soma, dejaron a su derecha el Cesareum y desembocaron en la plaza de los obeliscos, que estaba detrás de aquél y enfrente de la isla de Faros, y se dirigieron a uno de los muelles.

Los nubios llevaron el palanquín hasta el embarcadero, las dos mujeres se bajaron y tomaron asiento ágilmente en una barcaza.

Ésta, con un empujón de los porteadores, se separó del muelle e inició la travesía hacia la isla que estaba a una distancia de unos dos mil metros.

La vista que se ofrecía a sus ojos era espléndida. A su derecha se extendía el puerto militar con sus dársenas, fortificaciones y muelles donde estaban amarradas las galeras de guerra. Destacando sobre todo el conjunto, la mole del palacio del prefecto se reflejaba en sus sucias aguas. A su izquierda discurría el Heptastadium, el puente que unía con sus mil doscientos metros de calzada y arcos el continente con la isla. Éste estaba muy concurrido y la algarabía que formaban los transeúntes, los carruajes y las caballerías que lo transitaban era realmente notable. Por último, enfrente de la barca se extendía la isla de Faros, donde estaba la gran torre luminosa que con el transcurso del tiempo sería llamada faro.

El faro de Alejandría se elevaba en la parte oriental de la isla dentro de un recinto amurallado. Tenía ciento cincuenta metros de altura y estaba formado por cuatro cuerpos.

El primero de ellos era un enorme cubo lleno de ventanas que estaba coronado por una cornisa adornada por estatuas de tritones de bronce. En su interior se alojaban los mecánicos y sus ayudantes, así como la maquinaria hidráulica que servía para subir el combustible y mover los mecanismos de la cúspide.

El segundo piso era más estrecho, de forma octogonal y estaba ocupado por la escala en espiral de subida y el elevador.

El tercero era un cilindro más estrecho que el precedente y tenía una galería circular de columnas, en cuyo interior estaban los recipientes en los que ardía el combustible, así como el juego de espejos bruñidos que reflejaban la luz del fuego en la dirección deseada.

Coronaba el edificio un pedestal de granito con aberturas a modo de observatorio sobre el que se elevaba una enorme estatua de bronce del dios Poseidón, que estaba armado con un tridente hueco por cuyas tres puntas salían los humos producidos al quemarse el carburante que producía la luz del faro.

La barca que conducía a las mujeres sorteó ágilmente el intenso tráfico marítimo y arribó en poco tiempo a uno de los pantalanes de la isla.

Bajaron acompañadas por el patrón de la embarcación en un muelle donde había una sucesión de almacenes, una escalera de piedra ancha y grande y la imponente masa del faro.

Lydia se dirigió al hombre:

—Eugenio, toma este mensaje y acércate al faro. Pregunta por el mecánico jefe, se lo entregas en mano, esperas su contestación por escrito y te vuelves. Nosotras nos vamos de paseo y estaremos de regreso en un par de horas.

—Como mandes —contestó Eugenio—. ¿Necesitas una silla de mano para vuestro desplazamiento?

—No es necesario, Eugenio, gracias. Caminaremos hasta el embarcadero que está en la otra orilla de la isla, detrás del faro. Allí almorzaremos, y regresaremos dando un paseo.

El hombre asintió con la cabeza, tomó el rollo de pergamino que le tendía la joven y se marchó a b

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos