El cuerpo humano

Paolo Giordano

Fragmento

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En los años que siguieron a la misión, cada uno de los muchachos se esforzó para que su vida se volviera irreconocible, hasta que los recuerdos de la otra, de la existencia anterior, quedaron impregnados de una luz falsa, artificial, y ellos mismos se convencieron de que nada de lo sucedido había sucedido de verdad, o por lo menos no a ellos.

También el teniente Egitto hizo cuanto pudo para olvidar. Cambió de ciudad, de regimiento, el largo de la barba y los hábitos alimentarios, redefinió varios y antiguos conflictos privados y aprendió a no involucrarse en otros que no le concernían, algo que antes no sabía diferenciar. No está claro si la transformación obedece a un plan o es fruto de un proceso anárquico, pero tampoco le interesa saberlo. Para él lo esencial, desde el principio, fue excavar una trinchera entre el presente y el pasado: un refugio que ni siquiera la memoria lograse violar.

Y sin embargo, en la lista de cosas de las que ha conseguido desembarazarse falta precisamente la que lo devuelve con mayor claridad a los días pasados en el valle: trece meses después de que acabara la misión, Egitto sigue luciendo el uniforme de oficial. Las dos estrellas bordadas se exhiben en el centro del pecho, en exacta correspondencia con el corazón. Más de una vez, el teniente ha fantaseado con la idea de refugiarse entre los civiles, pero el uniforme militar se adhirió a su cuerpo centímetro a centímetro, el sudor destiñó el estampado de la tela y le impregnó la piel. Está seguro de que, si ahora se lo quitara, se arrancaría también la epidermis y él, que ya se siente incómodo ante la simple desnudez, quedaría más expuesto de lo que podría soportar. Además, ¿para qué? Un soldado nunca deja de ser un soldado. A sus treinta y un años, el teniente se ha resignado a ver el uniforme como un accidente inevitable, una enfermedad crónica del destino, patente pero indolora. La contradicción más flagrante de su vida se ha transformado al final en lo único que da continuidad a la misma.

Es una mañana límpida de principios de abril, el cuero de las botas de los militares que desfilan reluce a cada paso. Egitto aún no se ha acostumbrado a la nitidez cargada de promesas de que hace gala el cielo de Belluno en días como ésos. El viento que baja de los Alpes arrastra consigo el frío de los glaciares, pero cuando amaina y deja de maltratar los estandartes se percibe una temperatura insólitamente elevada para la época del año. En el cuartel ha habido una sonada discusión sobre la conveniencia de coger la bufanda y al final han decidido que no, y el aviso ha circulado a voz en grito por los pasillos y diferentes pisos. Los civiles, en cambio, no saben qué hacer con sus cazadoras, si llevarlas al hombro o colgadas del brazo.

Egitto se quita el sombrero y se arregla los mechones húmedos de sudor. El coronel Ballesio, que está de pie a su izquierda, se vuelve y le dice:

—¡Qué asco, teniente! Sacúdase la chaqueta. Vuelve a tenerla llena de esa cosa. —Y como si Egitto no fuese capaz de hacerlo solo, le limpia la espalda con la mano—. Qué desastre —refunfuña.

A la orden de «¡Descansen!», los que tienen asiento en las gradas, como él, se acomodan. Por fin, Egitto puede bajarse los calcetines hasta los tobillos. El picor se mitiga, pero sólo unos segundos.

—¿Sabe lo que me ocurrió el otro día? —dice Ballesio—. Mi hija pequeña se puso a desfilar por el salón y me dijo: «Mira, papá, mírame, también soy un coronel.» Se había disfrazado con la bata del colegio y una gorra. Pues bien, ¿sabe qué hice?

—No, señor.

—Le di una buena tunda. En serio. Después le grité que no quería volver a verla imitando a un soldado. Y que además nunca podría alistarse, porque tiene los pies planos. Se echó a llorar, pobre criatura. Ni siquiera supe explicarle por qué me había enfadado tanto. Pero estaba furibundo, créame, fuera de mí. Dígame la verdad, teniente, ¿cree que me pasé de rosca?

Egitto ha aprendido a desconfiar de las peticiones de franqueza del coronel, así que responde:

—Puede que sólo intentase protegerla.

Ballesio hace una mueca, como si le hubiese contestado una estupidez.

—Puede. Mejor así. En este período tengo miedo de que se me afloje algún tornillo, ¿entiende? —Estira las piernas y a continuación se recoloca indecorosamente la goma de los calzoncillos a través de la pernera—. No dejo de oír historias sobre tipos que pierden la chaveta de un día para otro. ¿Cree que debería hacer una de esas visitas neurológicas, teniente? ¿Hacerme un electro o algo por el estilo?

—No veo por qué motivo, señor.

—Quizá podría reconocerme usted. Mirarme las pupilas y esas cosas.

—Yo soy traumatólogo, señor.

—Pero ¡algo le habrán enseñado, digo yo!

—Si quiere, puedo sugerirle el nombre de un colega.

Ballesio suelta un gruñido. Dos arrugas profundas le flanquean los labios, delimitándole el morro como les ocurre a los peces. Cuando Egitto lo conoció no estaba tan consumido.

—Su meticulosidad no me gusta, teniente, ¿se lo he dicho alguna vez? Quizá por ser tan meticuloso se encuentre así. Relájese de vez en cuando, intente tomarse las cosas como vienen. O búsquese un pasatiempo. ¿Ha pensado alguna vez en tener hijos?

—¿Disculpe?

—Hijos, teniente. Hijos.

—No, señor.

—Pues no sé a qué espera. Un hijo le libraría de ciertos pensamientos. Lo observo, ¿sabe? Siempre está rumiando... Pero ¡mire cómo ha formado esa compañía, parecen machos cabríos!

Egitto sigue la trayectoria visual de Ballesio en dirección al estandarte de la banda y algo más lejos, donde empieza el prado. Un hombre entre el público llama su atención. Lleva un niño subido a los hombros y está muy erguido, en una postura extrañamente marcial. La familiaridad se manifiesta siempre en el teniente Egitto como un miedo vago, y de repente se inquieta. Cuando el hombre se lleva un puño a la boca para toser, reconoce al subteniente René.

—Pero ¿ese de ahí no es...? —Y se interrumpe.

—¿Quién? ¿El qué? —pregunta el coronel.

—Nada. Perdone.

Antonio René. El último día se despidieron en el aeropuerto con un formal apretón de manos y desde ese momento Egitto no había vuelto a pensar en él, al menos no en concreto. Por lo general, sus recuerdos de la misión adoptan un carácter colectivo.

Pierde interés por el desfile y se dedica a espiar de lejos al subteniente. No se ha adentra

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