Dramatis personae
Isidoro Montemayor. Protagonista de esta historia, que empieza como secretario y amante de la condesa de Cameros. Antes se había ganado la vida escribiendo cartas o avisos sobre las novedades de la Corte, corrigiendo pruebas en la imprenta de Juan de la Cuesta en Madrid y regentando el garito ilegal que Francisco Robles tenía en el sótano de su librería de la calle Santiago. Hombre de recursos, un año antes había sido el encargado de localizar a Alonso Fernández de Avellaneda, el apócrifo autor de la segunda parte del Quijote, y de resolver el asesinato del archivero del gabinete de las maravillas del marqués de Hornacho, ambas historias narradas de primera mano en los volúmenes Ladrones de tinta y El gabinete de las maravillas.
Condesa de Cameros (Micaela). Señora y amante de Isidoro, mujer con mucha influencia en la Corte, amiga del conde de Lemos y Villamediana y dama de la reina.
Conde de Villamediana (Juan de Tassis). Correo mayor del rey, poeta, seductor, amigo de Micaela y conocido de Isidoro, a quien protege.
Marqués de Peñafiel (Juan Girón). Joven hijo de don Pedro Girón, el gran duque de Osuna, prometido con la hija del duque de Uceda y nieta del duque de Lerma.
Marqués de Sieteiglesias (Rodrigo Calderón). Protegido del valido del rey, el duque de Lerma. Caballero de la Orden de Santiago, comendador de Ocaña, capitán de la Guardia Alemana del rey, le gustaría recuperar su puesto de secretario del rey.
Don Fernando Montero. Finado conde de Cameros.
João Mego. Portugués, capitán del galeón Mariana.
Cosme Vecino. Administrador de la condesa de Cameros en Nueva España.
Miguel de Ipeñarrieta. Secretario del Consejo de Hacienda, nombrado por el duque de Lerma para controlar a Fernando Carrillo.
Ottavio Centurión. Importante banquero y asentista genovés, administrador de las aduanas del norte.
Pablo Cimorro. Amigo de Isidoro, empleado del banquero Adán de Vivaldo y buen conocedor de todos los asuntos económicos del momento.
José López Madera. Alcalde de Casa y Corte, encargado por Fernando Carrillo de investigar la desaparición de Francisco de Juara.
Matías Amézquita. Agente del puerto de San Sebastián.
Tadeo Amézquita. Hermano de Matías, contrabandista y socio de don Fernando Montero.
Duque del Infantado (Juan Hurtado de Mendoza). Duque consorte, casado con su prima hermana Ana. Un hombre muy religioso y consuegro del duque de Lerma.
Duquesa del Infantado (Ana de Mendoza). Mujer muy religiosa que renunció a su vocación para casarse dos veces (primero con un tío y luego con un primo) para asegurar la descendencia de la Casa del Infantado. Consuegra del duque de Lerma.
Marquesa de Saldaña (Luisa). Hija de los duques del Infantado, casada con Diego de Sandoval, segundo hijo del duque de Lerma. Su hijo Rodrigo era la personificación del sueño del duque de Lerma de ver a alguien de su sangre a la cabeza de la Casa del Infantado.
Véronique de Bodineau. Dama francesa enviada para educar a la futura reina de Francia, Ana de Austria, a los usos de su nueva Corte.
Anne de Breuil. Joven doncella de Véronique de Bodineau.
Fray Luis de Aliaga. Fraile dominico confesor del rey Felipe III y aliado del duque de Uceda para apartar del poder a su padre el duque de Lerma.
Duque de Osuna (Pedro Girón). Aristócrata muy influyente y ambicioso, aliado de Uceda y Aliaga, padre del marqués de Peñafiel, a quien había logrado casar con la hija de Uceda. Acababa de terminar su virreinato de Sicilia y aspiraba a lograr el de Nápoles.
Silva de Torres. Hombre de paja o testaferro en los turbios negocios inmobiliarios del duque de Lerma y su camarilla en los cambios de domicilio de la Corte. En la historia la que aparece es su viuda.
Carlos Pallache. Embajador de Muley Zidán, sultán de Marruecos, judío «de permiso» y comerciante.
Fernando Carrillo. Presidente del Consejo de Hacienda, hombre honesto que se encargó de procesar a Franqueza y que ahora intenta hacer lo mismo con Calderón.
Peter Donahue. Tahúr irlandés, conocido de Isidoro de su época de encargado en el garito de Robles.
Mauricio. Joven que Isidoro contrata de lacayo.
Antonio de Espinar. Boticario real y amigo de Rodrigo Calderón.
Duque de Lerma (Francisco de Sandoval). Valido o primer ministro del rey Felipe III. Viudo.
Duque de Uceda (Cristóbal de Sandoval). Viudo, hijo primogénito del duque de Lerma, conspiraba con fray Luis de Aliaga, confesor del rey, para ocupar el puesto de su padre.
Ana de Austria. Infanta de España, hija de Felipe III, y reina de Francia, esposa de Luis XIII.
Nöel Brûlart de Sillery. Embajador de Francia.
Gil Blas de Santillana. Mayordomo de don Rodrigo Calderón.
Marqués de Mondéjar (Íñigo López de Mendoza). Sobrino de los duques del Infantado, aspirante al virreinato de Nueva España. Tiene un preacuerdo matrimonial con el marqués de Sieteiglesias para unir a sus jóvenes retoños.
Enrique Horcajo. Juez amigo de Calderón.
Pedro Caballero. Teniente de la escolta del bagaje de Lerma, que años atrás acompañó a Francisco de Juara a Lisboa.
Conde de Lemos (Don Pedro Fernández de Castro). Sobrino y yerno del duque de Lerma, cuñado del duque de Uceda. Ex presidente del Consejo de Indias y ex virrey de Nápoles. Hombre muy culto e inteligente, aficionado al arte y a la literatura. Amigo de Micaela y del conde de Villamediana, asociado con don Fernando Carrillo en su lucha por desenmascarar a los corruptos.
Francisco Márquez de Torres. Licenciado, capellán del arzobispo de Toledo, autor de la Aprobación de la segunda parte de El Ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha.
Fermín Zabalza. Platero encargado de preparar el ajuar de plata del duque de Lerma para la jornada de Francia.
Juan de Guzmán. Relacionado con Francisco de Juara, vive en Léniz a costa del derecho de su mujer adolescente a explotar la salina.
Alonso del Camino. Mendigo y borracho, relacionado con la desaparición de Francisco de Juara.
Señor de Tréville (Jean-Armand de Peyrer). Joven soldado destinado a la guardia de la reina de Francia.
Georges Villiers. Enviado del rey Jacobo I de Inglaterra para homenajear a la reina de Francia.
Duque de Guisa. Primer ministro del rey de Francia y delegado para representar a Su Majestad en la ceremonia de las entregas.
El intercambio de las princesas
Burgos, otoño de 1615
30 de septiembre
El aire que recorre las calles de Burgos en invierno tiene la cualidad de reducir la piel a pergamino y el cerebro a carne de nuez. Burgos es una ciudad fría, de las más frías de Castilla, que es un reino frío, y ni el hecho de haber sido elegida escenario del acontecimiento más importante del siglo lograba hacer de ella un lugar más apacible. No exagero. El 18 de octubre de 1615 tendría lugar en su catedral la boda por poderes de la infanta Ana de Habsburgo, hija de nuestro rey Felipe III, con el ya coronado Luis XIII, rey de Francia, mientras que en Burdeos contraería matrimonio, también por poderes, la infanta Isabel de Borbón con el príncipe de Asturias. A pesar de las voces contrarias a esa doble alianza que se alzaban en uno y otro reino, muchos la veían como el inicio de una nueva era. Esperaban que trajera paz y prosperidad a una Europa exhausta de guerra porque, para qué nos vamos a engañar, en el viejo Imperio los conflictos son, en gran medida, la lucha por la hegemonía de esas dos familias arrastrando tras de sí a sus respectivas clientelas. A las bodas les seguirían varios días de fiesta, y luego ambas cortes tenían previsto viajar hasta el paso de Behovia, en la frontera sobre el río Bidasoa, junto a la lengua de tierra conocida como la Isla de los Faisanes, para llevar a cabo lo que ya todos llamaban «El intercambio de las princesas».
Por aquel entonces yo desempeñaba el cargo de secretario de la condesa de Cameros, mi dueña en todos los sentidos, con quien llevaba más de un año escribiendo una nueva versión del discurso de la pluma y la espada, no sé si me explico. Nuestra historia de amor era tan secreta como apasionada y, a pesar de todos los problemas que conllevaba, estaba contento con mi suerte o, mejor dicho, resignado y satisfecho en lo que cabía, porque a otra cosa no podía aspirar. Aunque contara en mi haber una ejecutoria de hidalguía que me había costado sudor, lágrimas y mucho dinero, era impensable que un tipo como yo llegara a ocupar legítimamente el tálamo de una condesa; tan impensable, a decir verdad, como los cambios que iba a sufrir mi vida a lo largo del siguiente mes. El destino, tan rácano por lo habitual con el devenir de un simple secretario, me tenía reservadas unas cuantas sorpresas y más de un susto.
Pero vayamos por partes.
Los aposentadores reales y, a su sombra, los enviados de las grandes casas, como servidor, caímos en primavera sobre la ciudad para asegurar camas y balcones desde donde nuestros amos pudieran asistir a los históricos acontecimientos que se avecinaban. Con la llegada de la Corte, todo Burgos se puso en almoneda. Cada palacio —salvo el del Cordón, propiedad del condestable y destinado a residencia real, y el del conde de Salinas, reservado para el valido del rey, Su Excelencia el duque de Lerma—, casona, cámara o tabuco fue tasado, y por unos días la ciudad recobró el rubor de doncella que tuvo cuando las viejas familias locales amasaron sus fortunas gracias al comercio con Flandes. Pero en cuanto los visitantes firmamos los contratos abusivos que nos impusieron, se hizo patente que su doncellez no era más que un canto de sirena.
Desde el día 20 del mes, doña Micaela, condesa de Cameros, y su Casa ocupábamos el palacio de la familia Salamanca en la calle Calera. Como tantas otras estirpes arruinadas, los Salamanca vieron en el paso de la Corte por la ciudad la ocasión de resarcirse de medio siglo de guerras y olvido, de modo que arrendaron su palacio por un buen pellizco y se retiraron discretamente a empezar la invernada en una casita más modesta que poseían en el barrio de San Martín, cerca del arco de Fernán González.
—Ya que estás de buen humor, Micaela, te voy a contar una historia graciosa que circula por los mentideros.
Quien así hablaba era don Juan de Tassis, conde de Villamediana, un viejo conocido de la condesa que acababa de llegar de Madrid. Digo viejo conocido aunque era un hombre joven, de algo más de treinta años, elegante, guapo, buen soldado, poeta lúcido y brillante, tahúr implacable, mordaz con sus enemigos y hasta despiadado si llegaba el caso y con fama de gran amante. Don Juan reunía en su persona más admiración, odio y envidia que el resto de los caballeros de la Corte juntos.
—Conoces al marqués de Oreña ¿no? —indagó el conde.
Micaela frunció sutilmente el ceño, apenas un temblor en el entrecejo. Aquélla era una señal de alerta, como cuando un caballo orienta las orejas, pero a don Juan le pasó desapercibida.
—¿A don Jacinto? No mucho —mintió la condesa.
—Yo sí lo conozco… —dijo atusándose la melena el marquesito de Peñafiel.
Villamediana había aparecido por la casa a media tarde arrastrando consigo una corriente de aire frío y la compañía del jovencísimo Juan Téllez Girón, primogénito del duque de Osuna y marqués de Peñafiel. El muchacho presumía de pelo largo, casi hasta los hombros, un gesto de rebeldía para contrastar con el corte que llevábamos los adultos.
—… el otro día jugué con él a las cartas. Es un caballero muy simpático. Le gustan los toros, los caballos y frecuenta las academias.
Me hizo gracia la descripción del personaje en boca del joven pisaverde, pero evité manifestarlo. En estas visitas de compromiso prefería pasar desapercibido, mantenerme en el discreto segundo plano que corresponde a un secretario.
Villamediana prosiguió con su historia.
—Pues resulta que la otra noche un común amigo llamó a su puerta para rogarle auxilio y cobijo.
—¿Quién lo perseguía?
—Nadie, no lo perseguía nadie. El amigo en cuestión iba acompañado por una joven dama con el rostro tapado, y le rogó a don Jacinto que le prestase una estancia con la mayor discreción para ultimar el negocio que se traía entre manos. El marqués entendió rápido el asunto, y no sólo le cedió un dormitorio próximo al zaguán, sino que hizo servir a la tierna pareja una frasca de vino y un plato de fiambre.
—Vaya con don Jacinto —dijo la condesa reacomodándose sobre el costado izquierdo. Su codo se hundió en un enorme almohadón con brillantes pasamanos.
Se la veía cómoda, y yo me sentí orgulloso. El encuentro tenía lugar en la sencilla habitación del estrado que, gracias a los objetos que había hecho traer de Madrid, había quedado bastante elegante. El estrado propiamente dicho era de madera de nogal y estaba alfombrado con piezas de hilo doble y cubierto con un dosel de damasco verde que guardaba el calor del brasero. Las paredes habían sido forradas con una estera fina hasta la altura de una vara, y el resto con finos tapices de seda con escenas campestres. En las esquinas, a ambos lados de la puerta, dos enormes tiestos contenían un naranjo y un jazmín.
—Sí, ¡ja, ja, ja! ¡Lo que no podía imaginar es que la mujer fuera su propia esposa!
Tanto Micaela como yo sospechamos en el acto que el «amigo» común no era otro que él mismo, pero la condesa prefirió negar la mayor.
—¡Por Dios! ¿Quién te lo ha contado?
—Dícese el pecado, pero no el pecador.
—¡Qué disparate! ¿Y lo sabe ya el marido?
—No, quita.
—En Burgos no habíamos oído nada de eso, ¿verdad, don Juan? —comentó Micaela, y el joven Peñafiel negó con la cabeza—. Mejor no hablar del tema porque no tardarán en ir al marqués con el chisme.
—Caramba, Micaela —replicó Villamediana controlando la risa—, no sólo te veo alegre, sino también moralista, y eso se me hace muy raro. No haces juego con tus vecinos.
—¡No lo dirás por el Hospital de Recogidas! Pobrecitas, no digas nada malo de ellas que harás que me enfade.
—No, de ésas no —replicó don Juan alzando las manos—. Me refiero al del otro lado, al del palacio Miranda, a don Rodrigo Calderón. Ya habrás visto que el flamante marqués de Sieteiglesias anda últimamente bien guardado.
Intuí que cuando Villamediana vinculaba un cumplido con un título no era necesariamente señal de respeto. Estaba claro que lo de «flamante» no era ningún halago.
—Es lógico, ¿no? —replicó Micaela—. Es capitán de la Guardia Alemana, y los capitanes de la guardia del rey siempre se mueven con escolta.
—Guardia no le falta, eso es verdad. Pero los que ahora velan su puerta no lo hacen para protegerlo, sino para retenerlo.
—¿Está arrestado?
—De verdad que vives en otro mundo, Micaela. Yo acabo de llegar de Madrid y ya me he enterado de más cosas que tú, que llevas aquí diez días.
—¿Qué ha pasado?
—Que ayer tuvo una pelea sonada con el capitán de la Guardia Española.
—¡Yo lo vi! —gritó orgulloso Peñafiel.
Villamediana lo miró molesto, pero tuvo que ceder la anécdota al testigo.
—Sieteiglesias pretendió ponerse a la cabeza del cortejo que precedía al rey en el trayecto que va de la catedral al palacio, y el otro se negó a ceder la preeminencia. Porfiaron, y al final don Rodrigo, en un arrebato de ira, retó a duelo a su oponente.
—¿Todo en presencia de Su Majestad? —preguntó sorprendida la condesa.
—¡Te puedes imaginar! —exclamó don Juan recuperando el protagonismo—. La comitiva parada y los dos oficiales de la guardia discutiendo sobre quién tenía más derecho a encabezarla. Otros testigos me han contado —puntualizó para excluir a Peñafiel— que el rey estaba fuera de sí, que le salía fuego por los ojos y que entre gritos prohibió el duelo, mandó prender a los dos y los envió bajo arresto a su casa.
—Qué quieres que te diga —se disculpó la condesa—, yo no he notado nada porque en la puerta de su casa siempre ha habido soldados de guardia…
—Que no, Micaela, que no has tenido suerte, ¡tu vecino es de la estirpe de Caín!
—¿Por qué eres tan cruel? —preguntó la condesa fingiendo escandalizarse.
—La verdad nunca es cruel, de raza le viene al galgo. ¿No has oído hablar de su padre?
—No.
¡Qué actriz!, me dije. Si Lope de Vega la viese… No, mejor que no, me corregí en el acto. El maestro tenía tal fama que no había marido, novio o amante que se encontrara seguro si él manifestaba interés por una mujer, así que mejor que no la viese.
—Era capitán de infantería de los tercios y estaba casado con una mujer holandesa, de la ciudad de Amberes.
—Una familia muy normal —juzgó la condesa.
—Sí, normal hasta el saqueo por los tercios de la ciudad, ya sabes lo que fue aquello.
Todos lo sabíamos. En 1576 los tercios de infantería andaban un poco revueltos por el retraso en las pagas, pero no dudaron en acudir al combate en cuanto un ejército protestante amenazó con poner sitio a la ciudad de Amberes. Lo malo fue que, después de hacer huir al enemigo, entraron en la ciudad y se desmandaron por sus calles decididos a cobrarse el esfuerzo.
—Os ahorraré los detalles, pero el padre de don Rodrigo se ocupó de robar la sede central de compraventa de tapices flamencos de la ciudad y otros comercios selectos. Lo suyo no fue un saqueo indiscriminado, sabía muy bien lo que quería y dónde estaba. Él y su cuñado vaciaron todos los almacenes de telas, pieles y tapices preciosos de la ciudad y luego escondieron el botín en casa de sus suegros.
—¿En casa de los suegros?
—Como su suegro era un preboste de la ciudad favorable a los españoles, el ejército respetó su casa.
—Una historia triste, pero no peor que otras muchas de aquel entonces.
Villamediana se rebulló en la silla y buscó con la mano la copa de vino que había dejado en el suelo.
—No, pero su mezquindad fue más allá. En plena vorágine, aprovechando la total impunidad que le otorgaban las circunstancias, hizo que sus hombres saquearan también la vivienda de Reymer Wempers.
—¿Quién era Wempers? —se adelantó a preguntar Peñafiel mientras se atusaba la melena.
—Un reputado galeno a quien el capitán debía una suma importante de dinero.
—¿Un médico? ¿Qué podían robarle a un médico?
—Se llevaron la vajilla, material quirúrgico, la biblioteca…
—¿Libros? —Se sorprendió el niñato—. Vaya robo más extraño.
—Lo suficiente para negociar su restitución a cambio de la condonación de la deuda. ¿Se puede ser más miserable? ¿Puede un capitán del tercio comportarse con menos honor? Y ya sabes lo que dicen de don Rodrigo; de tal palo, tal astilla. La estirpe de Caín.
—Pero ¡qué cosas se te ocurren, Juan! —exclamó Micaela, mundana—. ¿Desde cuándo heredan los hijos los pecados de los padres?
—Desde Adán, Micaela, ¿o no conoces la Biblia? Lo malo es que don Rodrigo sigue siendo la mano derecha del duque de Lerma. Y además, es el encargado de organizar la renovación del ejército de Flandes. ¿Lo puedes creer? ¡Un hombre cuyo padre era un ladrón y que nunca ha estado en el frente, encargado de renovar el ejército!
Don Rodrigo Calderón, marqués de Sieteiglesias, favorito del valido del rey, pensé, favorito del favorito. No sonaba muy bien, pero no era mal puesto.
—No es tan grave —replicó Micaela—, ¿acaso no estamos en paz con Francia, con Inglaterra y con las Provincias Unidas?
Villamediana respondió serio; se veía que aquello le preocupaba de verdad.
—Con los holandeses firmamos una tregua, no la paz. Y ningún papel es eterno. Si así fuera, no haría falta seguir adelante con estas bodas, ¿no te parece? Por desgracia, para recordarnos que no todo es perfecto y tocarnos las narices, están los saboyanos, los berberiscos, los turcos y los venecianos, por no hablar de los herejes: luteranos y calvinistas no ven el momento de hincarnos otra vez el diente.
—Haces que me sienta como una hogaza de pan en la plaza de un mercado.
Don Juan de Tassis miró despacio a la condesa y su rostro pareció relajarse.
—Ya veo que a pesar de mis esfuerzos no logro borrarte la sonrisa, Micaela —dijo en tono resignado—. Pareces de un humor excelente. No sabía que te gustaran tanto las bodas.
—No es por la boda, pero es verdad que estoy contenta. Ayer recibí una carta confirmando el arribo a Sevilla del barco que trae la plata de nuestras concesiones de Zacatecas.
—¡Hombre! —exclamó Villamediana alzando la copa por encima de su cabeza—. Ahora entiendo tanto optimismo y desapego a las cosas graves del mundo. ¿Y es grande el envío?
Micaela bajó la mirada simulando una modestia que estaba lejos de sentir.
—Cincuenta cofres con más de una veintena de lingotes de plata pura cada uno.
—¡Cincuenta cofres! ¡Tu marido es un genio! ¿Qué tal le va en Nueva España? ¿Piensa volver pronto? Hace casi ocho años que se fue, ¿no?
En efecto, pensé yo, ocho años que se fue a Nueva España y dos muerto, aunque claro, eso era un secreto, el secreto mejor guardado de la Casa de Cameros. Sé que puede parecer extraño, pero cuando Micaela me explicó la razón de por qué no había hecho pública su muerte, la acepté de inmediato. Don Fernando Montero, que así se llamaba el conde de Cameros, había sido un sinvergüenza al servicio de Pedro Franqueza, otro sinvergüenza a quien el duque de Lerma colocó de secretario del Consejo de Hacienda y que, ocho años atrás, había sido detenido, juzgado y condenado por más de cuatrocientos treinta y seis delitos entre fraudes, cohechos y malversaciones. Todos los bienes de Franqueza fueron confiscados y él encerrado en prisión, donde había permanecido hasta su muerte unos meses antes. Sus acólitos temieron recibir un trato similar, así que los que pudieron tomaron el camino del exilio. Don Fernando abandonó sus posesiones peninsulares en manos de su joven esposa y se marchó a Nueva España. El matrimonio había sido acordado, una fortuna a cambio de una joven con título, pero la condesita Micaela no había resultado ser la esposa tierna y sumisa que deseaba el viejo, así que con la separación todos salieron ganando.
Durante casi seis años Micaela gozó por primera vez en su vida de una libertad absoluta. Sola, independiente, sin esposo ni familiares que le dijeran qué, cómo o cuándo hacer las cosas, había sido totalmente feliz. Pero pasado ese plazo, una carta amenazó con trastocar su pequeño paraíso. El remitente, Cosme Vecino, que se identificaba como administrador y mayordomo de don Fernando en Nueva España, escribía para informar de que unas fiebres habían acabado con la vida de su patrón en un lugar próximo a la selva. Las circunstancias les habían obligado a enterrar el cuerpo en el mismo lugar del óbito, y pedía instrucciones a Madrid sobre qué hacer a continuación y cómo proceder en el futuro en los temas tocantes a su patrimonio, que incluía una encomienda próxima a Veracruz y dos concesiones en las minas de plata de Zacatecas.
Micaela pasó cuatro días encerrada en su habitación imaginando las consecuencias de semejante noticia. Pensó en el luto, dudó entre la toca de viuda y la vida retirada o un nuevo matrimonio, recordó las presiones familiares y anticipó el interminable desfile de pretendientes a la caza de una buena dote… Al final, tomó la pluma para contestar al administrador que si él estaba de acuerdo, su marido seguiría oficialmente vivo y retirado en las Indias hasta nueva orden, y que no se preocupara, que ella sabría premiar sus desvelos. Y así había sido desde entonces. Los dos años siguientes, el señor conde de Cameros estaba en Madrid para las autoridades de Nueva España, y para las españolas seguía al otro lado del Atlántico.
—Ojalá vuelva pronto, Juan, lo echo tanto de menos… —dijo Micaela en tono resignado.
—Mientras envíe plata… —bromeó Villamediana.
—Ja, ja, qué tonterías dices —respondió ella—. Confío en que su agente me traiga al menos cartas suyas. Le espero en cualquier momento. Debió de dejar Sevilla casi al mismo tiempo que el correo, así que llegará hoy mismo o mañana a más tardar.
El portero entró discretamente en la habitación y se me acercó por la espalda para anunciarme al oído la llegada del sastre. Tuvo que repetir dos veces el mensaje porque, como le faltaban los dos incisivos superiores que le arrancaron la primera vez que fue condenado por blasfemia y un tercio de lengua por la segunda, susurraba con una especie de silbido difícil de entender. A pesar de todo, el hombre seguía poniendo a Dios y a la Virgen por testigos de todas sus certezas, que eran muchas. Hay hábitos que, aprendidos de niño, no se sueltan, aunque en ello vayan seis años de galeras.
—Doña Micaela —transmití en un tono impersonal—, ha llegado Bartolomé.
—¡Ah! ¡Es increíble! Paso la mañana esperando al sastre y viene a presentarse en el momento más inoportuno —dijo mirando a don Juan de Tassis con sonrisa pícara.
El conde entendió la indirecta y se puso en pie de un salto.
—Señora, contra la llegada de un sastre a la casa de una dama no pueden competir la defensa de Flandes, la conquista de Argel ni los avatares de la flota de Indias —declaró ajustándose el jubón.
El joven marquesito se puso también en pie, pero se quedó tieso e indeciso. Villamediana se acercó resuelto a besar la mano de la condesa.
—Permite que nos retiremos, Micaela —dijo dirigiéndose a la puerta—, para que puedas atender a ese hombre como es debido. En estos días hay que tener más miramientos con esa gente que con la propia familia. Y además el barón de Vedia te lo agradecerá porque hemos quedado con él para jugar unas manos, ¿verdad, marqués?
—En efecto, en efecto —corroboró el otro correteando detrás.
Acompañé a Villamediana y a Peñafiel a la calle y, hasta que no cerré la puerta a sus espaldas, no presté atención al señor Bartolomé ni a los cuatro cajones que había descargado en el zaguán.
—Ya era hora de que apareciera —le dije en tono agresivo—. Estaba a punto de echarle los perros.
—No me hable, don Isidoro, no he podido venir antes. Estos días son de locura —respondió con humildad el hombre dando vueltas a la gorrilla que sostenía entre las manos.
Por extraño que pareciese, a Bartolomé no le faltaban recursos para ablandar corazones. Era un hombre pequeño, de tripa y cabeza redondas y calvo hasta el cogote, pero tenía los ojos grandes y negros y las pestañas tan largas que cubrían como un velo el resto de sus imperfecciones. Incluso se hacía perdonar la falta de seriedad en el cumplimiento de sus compromisos.
—¿Son las libreas? —pregunté señalando los cajones.
—Las veintisiete, sí señor, con calzas y cintas. Tal y como quedamos.
—Tal y como quedamos no, con una semana de retraso.
Me acerqué al cajón más próximo y levanté la tapa. Cuidadosamente doblados estaban los jubones con los valones a juego de terciopelo negro con pasamanos de plata. Me gusta la ropa nueva y limpia, y aquella caja expedía un agradable olor a manzana verde.
—¿Y las medias capas?
—En esas cajas, don Isidoro. Le digo que está todo. La primera es la suya —murmuró adelantando una sonrisa de triunfo—. A su medida.
Seguí con la mirada los adornos de los puños, las randas…
—Muy bien —dije asintiendo satisfecho—. ¿Y los vestidos de la condesa?
El sastre señaló el cajón que estaba a su lado.
—¡Germán! —grité al portero—. Encárgate de que suban este cajón a la cámara de la condesa y de que lleven esos otros al almacén. Y que dejen la primera librea de éste en mi dormitorio junto con un herreruelo.
Germán multiplicó mis voces y al momento aparecieron media docena de lacayos que empezaron a mover las cajas.
—Adelante, señor Bartolomé —dije al sastre indicando que siguiera al cajón que subían por las escaleras—, la condesa hace tiempo que le espera.
Micaela no quiso que me alejara, así que hice compañía al sastre en la habitación contigua mientras un ejército de camareras y doncellas dirigidas con eficacia por Lluïsa, su camarera mayor, la vestían y desvestían. Yo creo que Lluïsa, una guapa joven de Manresa de nariz respingona y pelo y ojos castaño oscuro, era la única persona que conocía nuestra aventura. No tenía la certeza, pero era imposible que no lo supiera, aunque nunca se le había escapado ni una palabra al respecto, ni una alusión, ni siquiera una broma. Era una mujer inteligente y discreta, y no sé por qué en aquel momento me alegré de que Micaela contara con una amiga tan fiel.
Cada vez que se probaba un vestido, Lluïsa lo anunciaba con su cálido acento y entonces entrábamos nosotros para dar el visto bueno o ajustar los retoques necesarios. Eran ocho los trajes encargados con ocasión de las bodas de los príncipes y las fiestas programadas en torno al magno acontecimiento: la procesión al santo Cristo, la boda por poderes en la catedral, recepciones, fiestas de cañas, toros y máscaras, y por fin el viaje hasta la frontera de Francia para entregar la novia a los representantes de su esposo, el joven rey Luis XIII. Era emocionante oír los cuchicheos de las muchachas que entraban y salían nerviosas del probador, y el murmullo general que se alzaba siempre que abrían el paquete de una nueva prenda. No diré que soy conocedor de la moda femenina, de hecho no es la única cosa importante que desconozco, pero cada vez que entraba en la cámara la condesa me parecía más hermosa, y cada vez que salía lo hacía con la sensación de haber asistido a un nuevo nacimiento de Venus. El señor Bartolomé estaba exultante con el efecto que causaban sus trajes, y debo reconocer que me sorprendió que tanta armonía y belleza pudiera salir de las gordezuelas manos de aquel escuerzo.
Dado el visto bueno al último atuendo, acompañé al sastre hasta la puerta con el mismo respeto que a un gran señor y, antes de subir de nuevo al estrado, eché un vistazo a la cocina atraído por el alegre canturreo de la cocinera y el rítmico sonido de su pinche batiendo huevos.
—¿Ya está usted aquí enredando? —gritó la cocinera en cuanto me vio asomar la cabeza.
—Sólo he venido para ver si necesita algo, señora María —me disculpé.
—¡Nada! ¿Qué voy a necesitar? Que me deje trabajar tranquila, eso es lo único que necesito, que en cuanto cae la tarde ya empieza a rondar mi territorio.
María Gambín era una mujer de pelo negro y mirada de gato que cocinaba como los ángeles. Nada de lo que ocurría en su pequeño reino le era ajeno así que, mientras se aplicaba en su tarea no descuidaba el modo en que una de sus pinches picaba verdura, ni cómo la otra batía los huevos. En aquel momento estaba con las manos metidas en un lebrillo color miel desmigando lomos de pescado cecial recién cocido. Con un cuidado exquisito dejaba a un lado los restos de piel y espinas y depositaba los pellizcos de carne limpia sobre un lienzo de lino que, de lejos, empezaba a parecer un trozo de felpa.
—Es que huele de maravilla —me aventuré a decir.
—Ande, ande —dijo llevándose el dorso de la mano derecha a la cara para apartarse el pelo que le caía sobre los ojos—. Si todavía no huele a nada. Niña, prepara los arreos.
La joven pinche dejó el cuenco de los huevos junto al plato de harina y se puso frente al hogar para apartar unas brasas. Sobre el lecho candente colocó una trébede y apoyó en ella una sartén de hierro honda y pequeña.
—¿Es bacalao?
—Sí, señor Isidoro, mire que es usted cotilla. ¿Está ya contento?
Me encanta el bacalao, y María lo preparaba en bolas, como si fuera una especie de guiso de manjar blanco muy suavemente especiado. Una delicia.
—Contentísimo, María. No la distraigo más.
Volví al estrado casi al mismo tiempo que la condesa, que después de vestirse se había entretenido dando instrucciones de cómo y dónde guardar sus nuevos trajes.
—¿Cuál te gusta más para la boda, Isidoro; el azul con pasamanos de oro o el leonado claro con los ribetes de raso?
—El azul —respondí por cortesía, aunque sabía que la pregunta no era para mí; a la condesa a veces le gustaba pensar en voz alta.
—¿El azul?
—O el leonado —me corregí sobre la marcha. En cualquier caso, era un tema que no me interesaba nada, y no quería dejar escapar la ocasión de hablar de otra cosa a la que daba vueltas desde hacía un rato—. Por cierto, explícame eso de que apenas conoces al marqués de Oreña y de que no sabes nada de Rodrigo Calderón. ¡Es increíble! ¿Desde cuándo has decidido hacerte la tonta?
—¿La tonta? ¡Cómo se te ocurre! —exclamó divertida—. Y además, ¿de qué te sorprendes? —añadió con una enorme sonrisa. Toda su dentadura quedó a la vista, una dentadura preciosa, no le faltaba ni una pieza—. Si algo he aprendido en la Corte es a ser cauta. Y a esperar.
—¡Ser cauta y esperar! Ésa sí que es buena. Explícame qué ha pasado hace un rato. Durante toda la visita de Villamediana y Peñafiel te has mostrado frívola, infantil y coqueta.
—¡Qué dices!
—Pero si hasta he sentido un poco de vergüenza. El joven Girón te miraba con ojos de cordero degollado.
—No digas tonterías.
—Y con esa melenita que se gasta el pollo… Será que el padre está lejos y al guacho le han entrado ganas de volar.
—¡Estás celoso! —murmuró acercándose despacio.
—¡Qué voy a estar celoso! Sólo te hago notar que a la última generación de príncipes les salen los espolones antes que las plumas.
—Estás celoso…
Micaela me agarró de una manga y me atrajo hacia sí con decisión para ahogar con besos mis protestas.
—¿Y al mozo no le ha dicho nadie que el pelo largo es de ladrones? —dije casi sin aire.
—¿De ladrones?
—¡A ver! Sólo llevan esas greñas los que quieren ocultar los muñones de las orejas cortadas en el cadalso. De verdad que me sorprende tanto teatro. ¿No es Villamediana amigo tuyo?
—Claro, pero Peñafiel es hijo del duque de Osuna y está comprometido con la nieta del valido, así que ya ves si hay que medir la lengua.
—Pues Villamediana no se cubre mucho las espaldas —murmuré.
—No, y ya no sé cómo decírselo. Pero es incapaz, lo que le pasa por la cabeza lo suelta, esté con quien esté.
—¿Y qué te parece lo de la marquesa de Oreña?
—Ja, ja, ja —rió abiertamente Micaela, y luego añadió entre dientes—: Si tú supieras las cosas que hace Margarita…
—Vamos…, cuenta, no te hagas de rogar.
—Pero bueno, Isidoro, ¿no acabas de criticar a Villamediana por cotilla?
—Micaela…
—Deja, hombre, si no es tan raro. Mira, que yo sepa, la marquesa ha seducido un par de veces a su marido yendo tapada.
—¿La marquesa a su propio marido? ¿Por qué?
—Los maridos tienden a ser más generosos con las amantes que con las propias esposas. ¿Nunca has oído que se pace mejor en el prado del vecino?
—No puedo creer que él no se diera cuenta.
—Margarita lleva la cara tapada y disimula la voz. Además sabe que a su hombre le gusta tomar a las mujeres desde atrás, así que lo seduce y cuando llega el momento se inclina sobre una mesa o se dobla sobre el respaldo de una silla para que él se alivie.
—¿Y él no sospecha nada?
—Si sospechara no le haría los regalos que le hace. La última vez, aún estaba con la falda sobre la cabeza cuando él le ató a la cintura una cadena de oro que valía más de doscientos escudos.
—Pero si luego la ve en su casa…
—Las joyas nunca vuelven a casa. La marquesa las vende para comprarse otras cosas que le gustan.
—Joder con la marquesa de Oreña. Espero que no hagas lo mismo con las joyas que yo te regalo.
—Hay quien la llama la marquesa de «Ordeña». Y no te preocupes por el destino de tus regalos, Isidoro, no hay cordeleros de segunda mano.
Creo que lo dijo en broma, pero no me hizo gracia. Yo le había regalado en prueba de mi amor un cordón de piel color rojo que ella llevaba siempre anudado en la muñeca izquierda. Me encantaba vérselo puesto; era nuestro pequeño secreto. De sobra sabía yo que no era una joya, pero ¿qué podía regalarle si no tenía otro patrimonio que el sueldo de secretario que ella me pagaba? Supongo que en mi fuero interno confiaba en que ese sencillo cordón tuviera para ella más valor que la mejor de sus ajorcas, pero el hecho de tasarlo, aunque fuera en broma, hizo que me sintiera un poco ridículo. Creo que lo notó, porque me acarició el rostro con ternura y me dio un rápido beso en el cuello. Desde que estábamos en Burgos nuestro contacto físico se había reducido al mínimo, siempre pendientes de que nadie nos sorprendiera, así que sentí una oleada de ternura.
—Eres un camaleón. ¿Cómo puedes cambiar tan deprisa?
—Yo no cambio, Isidoro. Gracias a que siempre soy la misma, estoy donde estoy. Parece mentira que seas tú precisamente quien lo critique… ¿No decías que había que mirar siempre más allá de la punta de los zapatos?
—Sí, pero ahora no puedo, Micaela —dije en tono resignado—, en mi diario ando bastante concentrado en no pisar ninguna mierda.
—¿Qué te preocupa?
—El viaje, Micaela, el viaje.
—Por Dios, qué pesadilla con el viaje. Deja a los alcaldes y a los aposentadores de la Corte que se encarguen de buscarnos acomodo.
—Ya te he dicho que no me fío de ellos —respondí un poco irritado.
El tema del viaje se había convertido últimamente en una causa constante de fricción entre nosotros, y me molestaba que así fuera. Lo lógico era que los señores presionaran a sus secretarios y mayordomos para que todo estuviese listo y engrasado, y no al revés, pero en mi relación con Micaela no había muchas cosas lógicas. Para empezar, nos conocimos porque ella creyó que yo había sido el responsable del suicidio de una tía suya, y nos enamoramos cuando ordenó a sus escuderos darme una paliza. Toda una historia de amor digna de ser vivida.
—Además —añadí pacientemente—, seremos miles de personas en el camino, ¿acaso crees que habrá cama para todos?
—Tendrá que haberla. Y te recuerdo que yo llevo la mía. Cama y muebles, tú mismo has preparado el equipaje, ¿no?
—No es la cama lo que me inquieta, Micaela, sino el techo. Por si acaso, prefiero tenerlo reservado. Ya tengo todo cerrado hasta Oñate. Además, me preocupa la intendencia.
—De eso se encarga el duque de Lerma —dijo Micaela al final de un largo suspiro.
—En teoría. El duque dará de comer a la Casa del Rey, a la suya y a los nobles, pero luego cada uno tendrá que alimentar a sus criados y a los arrieros, y allá donde paremos no habrá nada, o lo que haya será muy caro.
—Entonces, ¿qué sugieres?
Creí que por fin había caído en el problema que teníamos entre manos y me esforcé en explicarle mi plan.
—El duque ha partido su Casa para cubrir las etapas que nos esperan de aquí a la raya de Francia, y yo he pensado hacer lo mismo. La mitad puede hacerse cargo de las noches en Quintanapalla, Pancorbo, Vitoria, Oñate, Villafranca y San Sebastián; y la otra mitad de las de Briviesca, Miranda, Salinas, Villarreal, Tolosa y Fuenterrabía. De ese modo, siempre tendrías una habitación confortable y una comida caliente esperándote.
—Forzarás a los lacayos a hacer dobles jornadas —dijo reprimiendo un bostezo—. Te van a odiar.
—Pero con casi un día de descanso entre una y otra. Con una docena de acémilas y el coche nos arreglaríamos.
—Bien, bien, hazlo como quieras —dijo declaradamente aburrida—. Está en tus manos.
Micaela se recostó sobre uno de los cojines del estrado y se quedó con la mirada perdida en el techo.
—¿Te preocupa algo? —pregunté un poco inquieto.
—Pensaba en lo que ha dicho antes don Juan sobre la paz y la guerra, y en los enemigos que esperan su momento para echarse sobre nosotros… Tú has estado en Flandes, Isidoro, ¿qué opinas de esa guerra?
A pesar de los años transcurridos, aún no había decidido si aquella etapa de mi vida era algo de lo que debía sentirme orgulloso. Yo fui de los primeros en entrar en Ostende cuando cayeron las defensas de la ciudad, de los primeros en contemplar la devastación después de cuatro años de asedio. Apenas quedaban casas en pie, ni baluartes, ni bastiones, ni murallas. Todo se había convertido en una confusa masa de ruinas, un légamo de barro y podredumbre en un paisaje desolado entre cuyos restos asomaban las cabezas de los supervivientes como ratas curioseando fuera de las madrigueras. El aroma de la que había sido una fabulosa ciudad era una mezcla de heces y carne putrefacta, y su música, el zumbido constante de unas moscas grandes como escarabajos. En el sitio de Ostende murieron unos ciento veinte mil hombres, nos quedamos sin tierra para cubrir tantos muertos y los dedos de los que sabíamos escribir se nos agarrotaban al copiar las listas de caídos.
—Yo estaba sobre un promontorio que había sido una de las puertas de la ciudad cuando llegaron los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia.
—¿Viste a los príncipes?
—Lo vi a él, pálido y agotado, y a ella con el rostro arrasado en lágrimas. Ésa es la imagen que recuerdo de la victoria.
—¿No crees que la guerra sirva para nada?
Tardé en responder.
—La guerra no sé, pero esa guerra no. Si Felipe II no fue capaz de liquidarla en cuarenta años, no creo que lo logre su hijo con muchos menos recursos.
—Bueno, Isidoro, ahora estamos en tregua —dijo Micaela intentando dar un tinte festivo a sus palabras. Parecía molesta consigo misma por haberme hecho recordar—. ¡Vamos!, no estemos tristes que éstos son días de gozo a pesar de todo. Mira —dijo sacando un pliego de cordel que guardaba debajo del almohadón.
Lo tomé con curiosidad porque la ilustración de la portada era llamativa —un bebé con la cabeza llena de ojos—, y el título resultaba curioso:
Relación verdadera del nacimiento de un niño monstruoso con ocho ojos en la ciudad de Bruselas, y de la aparición milagrosa de unas planchas de cobre de trescientos años de antigüedad donde se anunciaba el nacimiento de este ser.
Lo abrí y pasé rápido sus ocho páginas de abigarrada letra gótica sin llegar a leer de verdad el texto.
—Interesante…
—Lee en voz alta, anda —me instó Micaela.
—Hummm. En la remota ciudad de Bruselas… —Empecé a leer, pero el portero me interrumpió porque un desconocido caballero portugués había solicitado ver a la condesa con urgencia.
—¿Dónde está?
—Aguadda en el zaguán. ¡La Vidgen! Y padece muy ezcitado.
—¿Has avisado a Cherinos y a Escalante?
—Eztán con él.
—Está bien. Danos un minuto y que Cherinos lo acompañe al estrado. ¿Dices que es portugués?
—Y madinedo, como que Dioz ez Crizto.
—Ten cuidado, Germán, o perderás otro trozo de lengua.
—Pedo zi lleva un ado de odo en la odeja izquiedda, tiene la cada atezada y le zube pod el cuello el dibujo de una zidena hazta media mejilla.
—Verde y con asas —reconocí.
Me peiné hacia atrás con los dedos, aseguré la espada, recoloqué la vizcaína al alcance de la mano y me situé un poco ladeado delante de la condesa. No tuve tiempo de nada más. Cherinos golpeó la puerta y dejó entrar al sujeto.
Germán tenía razón, parecía un marino hasta en la forma insegura de andar. Se trataba de un hombre pequeño, moreno, de cabeza grande y cejas muy espesas y puntiagudas. El aro de oro destacaba más por lo curtida que tenía la piel. Tanto que la famosa sirena del cuello parecía una mancha de carbón. El hombre resopló nervioso al entrar, pero en cuanto se detuvo ante Micaela, pareció relajarse un poco.
—Senhora —dijo en un portugués que parecía brotarle de la frente al tiempo que se inclinaba ante ella y barría el suelo con las plumas del sombrero—. O meu nome é João Mego. Sou el capitão del Mariana e não gosto que brinquem comigo.
Micaela y yo nos miramos de reojo sin entender, pero vi que Cherinos retrasaba discretamente la pierna izquierda. Evidentemente no le había gustado el tono del portugués.
—No me gusta que me tomen el pelo —repitió en español.
Micaela estiró la espalda y alargó el cuello. Aquél no era un buen principio.
—¿Se puede saber de qué está hablando? —pregunté yo antes de que la condesa ordenara echarlo a patadas.
—Vamos, senhora —dijo dirigiéndose de nuevo a Micaela como si yo no existiera—, ¿a estas alturas ha decidido hacerse la louca?
Cherinos asió con firmeza el puño de la vizcaína y yo di un paso para interponerme entre él y la condesa.
La voz de Micaela sonó firme y serena.
—Explíquese, caballero, o despídase de la lengua.
Por un instante el portugués pareció dudar. Avanzó un poco la pierna derecha, descompensó las caderas y se acarició lentamente el bigote almidonado y la densa perilla que crecía en punta como un garfio.
—¿No es usted la condesa de Cameros?
La respuesta era evidente, así que nadie se tomó la molestia de contestar.
—Y no es usted la dueña de los oitenta cofres de plata en barras que ha traído el Mariana procedentes de Nueva España?
Micaela me miró para que confirmara el dato.
—Sí —dije yo—, pero… Espere. ¿Cuántos ha dicho?
—Oitenta.
—¿Ochenta? —exclamé sorprendido—. Volvamos a empezar. Dice usted que es el capitán del Mariana. Supongo que podrá probarlo.
El hombre miró a la condesa y luego a mí. Creo que por un momento pensó que le tomaba el pelo, pero al no ver ni un gesto contrario a la gravedad del momento me tendió el tubo de hoja de lata que llevaba colgando al cuello. En su interior encontré la patente y el nombramiento, así como la asignación de salario y beneficios. Le indiqué a Micaela que aquello parecía estar en orden.
—Bien, entonces —dijo ella—. ¿Y cuál es su reclamación?
—Entre otras muchas mercancías, mi barco transportaba oitenta cofres de plata de Su Señoría…
—Y dale —volví a interrumpirle yo—. Ahí hay un error. En las cartas que el administrador ha enviado a la condesa, y que yo mismo he revisado, se habla de cincuenta cofres, no de ochenta.
—Porque siguiendo sus órdenes yo traspasé treinta a una carraca portuguesa a la altura del cabo de San Vicente.
—¿Cómo?
—Sí, senhora. No diga que no sabía nada, porque todo iba por orden del señor conde.
—Pero ¡qué dice! —estalló Micaela. Por un momento pensé que le iba a gritar que su marido estaba muerto, pero se contuvo—. ¿Dice que mi esposo ha ordenado pasar de contrabando treinta cofres de plata de nuestras minas de Nueva España?
—A ese acuerdo llegué yo, y cumplí mi parte. Le entregué la mercancía a Trinidad.
—¿Quién es Trinidad?
—Ya se lo he dicho, al capitán del São Cristóvão, una carraca de Lisboa.
—¿Para qué?
—¿A qué tanta pregunta? —soltó el capitán desafiante—. Lo sabe perfectamente. Yo tenía que entregar la carga y seguir rumbo a Sevilla. Supongo que ellos irían a Pasajes, o a San Sebastián, qué sé yo. Ése ya no es mi problema. En el puerto debería esperarme un amigo con mi dinero y el de los aduaneros, pero no había nadie. Es la primera vez que me pasa y por poco me cuesta el cuello.
—¿Cómo que la primera vez? —preguntamos al unísono la condesa y yo—. ¿Cuántas veces ha hecho esto?
—¿Cuántas? Pues… todas.
Miré a Micaela. Se había doblado y dejado caer sobre uno de los grandes almohadones. Ella contaba con que el administrador le robara, pero no tanto, y mucho menos que usara su nombre de tapadera para instigar un fraude a la Corona.
—No es posible —murmuró—. Los cofres de plata vienen inventariados.
—Vamos, senhora —respondió el portugués con menos convicción—. La plata de contrabando no aparece en el manifiesto del barco, se estiba como lastre mezclada con los plomos de la sentina. Y todos se llevan su parte, hasta los aduaneros.
—No entiendo qué tienen que ver los aduaneros. ¿No ha dicho que entregaron la plata a un barco portugués en el cabo de San Vicente?
—Ésos siempre se llevan tajada. Al disminuir la carga, la línea de flotación del barco sube unas pulgadas, y ellos lo notan. Es lo primero que miran cuando un barco llega a puerto. Y en mi caso iban a lo seguro. Lo sabían, me estaban esperando y tuve que pagarles con mi propio dinero para que no me arrancaran la piel a tiras.
—¡Hijo de perra! —explotó Micaela—. ¿Se atreve a escupirme a la cara que me roba y encima quiere que me haga responsable de su parte del botín?
El piloto palideció. Creo que en ese instante fue de verdad consciente de que la condesa no tenía ni idea del asunto. De un plumazo vio esfumarse su esperanza de cobrar, y creo que le entró el pánico. Miró nervioso a un lado y a otro, a Cherinos, a la condesa. De pronto se lanzó contra mí, me dio un empujón y salió corriendo por la casa como un pollo descabezado. Imagino que no se lanzó escaleras abajo porque supondría que nuestros gritos habrían alertado a Escalante, pero corrió, sin embargo, hasta el dormitorio principal, abrió la ventana y saltó a la calle sobre dos balas de lana que había apoyadas en la fachada. Al ponerse en pie trastabilló, pero enseguida siguió corriendo calle abajo hacia la plaza de la Vega. Se veía que estaba acostumbrado a moverse por las jarcias y aquellas acrobacias, para él, carecían de mérito. Dudé si seguirlo, pero pensé que sería inútil.
—¡Maldita sea, Isidoro, has dejado escapar a esa rata de agua!
No valía la excusa de que fuera más joven que yo, y no iba a reconocer que era más ágil, así que centré mi defensa en la voluntad.
—¿Para qué querías que lo cogiera? Ése ya nos ha dicho todo lo que sabe.
—Para denunciarlo —dijo Micaela entre dientes—, para verlo entre alguaciles, para que le den tormento, para que lo paseen con el torso desnudo y sentado de espaldas en una burra mientras le propinan un centenar de vergajos y para verlo colgando de una horca.
Reconocí en aquellas palabras a la Micaela de nuestro primer encuentro, y sentí cierta nostalgia mezclada con ternura. Cogiéndole la mano, susurré:
—Entiendo tu atracción por la parte lúdica de la justicia, pero creo que antes de hacer público este asunto no estaría de más que habláramos con tu administrador en Nueva España. Tal vez todo sea un malentendido.
Micaela se tomó su tiempo para responder.
—De acuerdo. Esperaremos —declaró mordiendo cada palabra.
Mientras Micaela se preparaba para pasar la noche, aproveché para echar un vistazo a las cuadras, la cochera y el almacén donde íbamos reuniendo todo lo necesario para el viaje. Harían falta al menos ocho acémilas para transportar todo aquello, y más valía que me diera prisa en contratarlas porque ya me habían dicho que los precios no paraban de subir. Sin embargo, el asunto de la plata era tan serio que logró que el resto de mis problemas parecieran ridículos. ¡Contrabando de plata!, me repetía mientras deambulaba a oscuras por el pasillo y me asomaba al patio trasero para respirar el aire fresco de la noche. ¡Contrabando de plata!… Pronto sentí frío y regresé a la casa. Al pasar frente a la cocina, me detuve un instante en la puerta.
—¿Puedo decir ya que huele bien?
María bufó, pero me sonrió con la mirada.
A falta de estrado íntimo en su antecámara, Micaela me esperaba en el principal ataviada con su ropa de dormir. No llevaba gorro ni cofia, e iba peinada con los cabellos separados por la mitad en dos crenchas, atados detrás de la cabeza con una cinta y enfundados en una especie de redecilla de tafetán rojo. La camisa era de lienzo finísimo, muy amplia y con las enormes mangas sujetas a las muñecas con puños ribeteados y atados con botones de diamantes, al igual que el cuello. Daba la sensación de que tenía las manos muy pequeñas y blancas.
Lluïsa preguntó si íbamos a cenar juntos y, cuando Micaela contestó que sí, llevó dos bandejas para que nos instaláramos cómodamente en el estrado.
Me senté en la alfombra con las piernas cruzadas, una prueba de amor; algo que pocos hombres estarían dispuestos a hacer, para que luego Micaela diga que tengo pocos detalles con ella. El día había sido largo e intenso, y me apetecía cenar a solas y charlar al menos un rato, ya que cualquier otro contacto estaba descartado desde que casi nos sorprenden al poco de instalarnos en la ciudad. El problema no era sólo que la casa fuera más pequeña que el palacio de Madrid y que muchos criados durmieran en ella, sino que los muros eran de papel. A la tercera noche de nuestra llegada me colé en la habitación de Micaela cuando creía que todos dormían y, a mitad de faena, Cherinos y Escalante aporrearon la puerta pensando que le pasaba algo. La condesa los despidió con cajas destempladas, pero ya no lo volvimos a intentar.
La velada transcurrió tranquila a pesar de la sombra que había cernido sobre nosotros el capitán portugués. Charlamos de quién había llegado a la ciudad, a quién se esperaba todavía y quién no iba a venir, comentamos lo que se estaba gastando cada familia con tal de lucir por encima de los demás en las fiestas que se avecinaban y dónde vivía cada uno. Micaela estaba especialmente interesada en el grupo de damas francesas que habían llegado para hacerse cargo de la educación de su futura reina con gran enfado de la duquesa del Infantado y de la vieja condesa viuda de Lemos, quienes hasta ese momento habían tenido las habitaciones de la infanta como un feudo privado.
—He oído que ha llegado a la Corte el maestro Rubens.
—¡Vaya!, ¿y viene a pintar? —preguntó Micaela.
—Creo que trae título de embajador de Mantua, y además ha venido a entregar un cuadro enorme que está causando un gran revuelo.
—¿Alguna escena bíblica?
—Y tan bíblica. El duque de Lerma a caballo.
—¡A caballo! —exclamó incrédula—. Qué osadía, ¡como un rey!
—A tanto se atreve el duque, ya ves, y eso que no hacen más que salirle críticos y enemigos.
—¿A caballo? —insistió Micaela—. Pero si nunca ha mandado un ejército en batalla.
—Ni falta que le hace. ¿Acaso no es caballerizo mayor del rey y capitán general de la Caballería de España? Pues ya está. Pero deja a los poderosos que se devoren unos a otros. ¿Sabes a quién piensan traer como atracción para la cena de las bodas?
—He oído ya tantas cosas…
—A Eva Gliege.
—No sé quién es.
—¡Sí, hombre!, esa mujer que dice que desde hace diecisiete años se alimenta sólo de jugos de flores.
—Pues menudo espectáculo, contemplar a una moribunda mientras comemos.
Esa noche, cuando al fin entré en mi habitación de la segunda planta, encontré sobre la cama mi librea nueva. A pesar de lo cansado que estaba me puse el jubón y los valones de terciopelo negro, las calzas de lana y el herreruelo azul con seis galones de plata. Todos los miembros de la Casa de Cameros íbamos a estrenar librea el día de la boda de la reina de Francia, igual que las mejores casas. No tenía espejo donde mirarme, pero pensé que me sentaba bien, aunque fuera un traje de criado.
1 de octubre
Me desperté muy temprano, me estiré en la cama, aparté las mantas y moví en círculos los tobillos mientras me contaba los dedos de los pies. Es algo que suelo hacer, y hasta el día de hoy nunca me ha faltado ninguno. Luego me aseé, me puse ropa limpia y bajé a tomar en la cocina un vaso de aguardiente y dos piezas de letuario para no salir a la calle con el estómago vacío. Era importante que solucionara cuanto antes el tema de los arrieros para el viaje a la raya de Francia, de modo que pudiera luego encerrarme a esperar al famoso Cosme Vecino, administrador de las propiedades de la condesa en Nueva España. O, mejor dicho, cómplice. O estafador… ¡Qué sé yo lo que era!
Me envolví en la capa y salí por detrás del colegio de San Nicolás a la zona de lavaderos de lana, a orillas del río Cardeñadijo. Supuse que muchos de los porteadores que allí se solían juntar estarían libres —lejos quedaba ya la temporada de la esquila—, pero encontré muchos carros llenos de balas de lana y muchas recuas de mulas cubiertas de fardos hasta las trancas. Todos formaban parte de un envío enorme de paquetes de lana «floreta» de gran calidad a nombre de Juan Núñez Vega. La marca de la garza blanca con un pez en la boca era bien visible, garantía de que era lana lavada, sin hierba, roña ni pergamino.
Para quien nunca haya tratado con uno de su especie, diré que el arriero es una bestia menuda de tranco corto, que suele hacerse acompañar por otras más nobles y de corazón más tierno que hacen el trabajo pesado. Poco más puedo añadir para explicar cómo de jodido es negociar con un arriero. El precio se apalabra a partir de una unidad de peso y de acuerdo a la distancia que haya que recorrer, sin descuidar los plazos. Luego hay que pagar un adelanto para demostrar buena fe y asegurar su palabra, cosa que nunca se llega a lograr del todo, entre otras cosas porque si pecas de generoso corres el riesgo de que desaparezca sin hacer el trabajo, y si lo haces de ruin estás expuesto a que te deje tirado por un mejor postor.
Después de mucho buscar de un lavadero a otro, topé con una pareja de padre e hijo que no habrían hecho mal papel uncidos en un yugo, y eché la mañan
