1
Dos traiciones y una derrota
Ctesifonte, capital del Imperio persa,
año 363 d. C.
La sangre le fluía del pecho a borbotones. La lanza le había entrado por la parte derecha de la espalda y le había atravesado la coraza de cuero por ambos lados. El autor de la lanzada, que se encontraba detrás del caballo del emperador Juliano, era el soldado más fornido de su guardia personal y había acompañado la embestida con su propio cuerpo para que el impacto de la afilada punta resultara más violento. Flanqueando al emperador se hallaban, también a caballo, el filósofo y militar Marco Probo, su ayudante y amigo, y el oficial godo Sáfrax, jefe de su guardia personal. No habían tenido tiempo de reaccionar. El colosal soldado seguía aferrado al extremo del venablo, lo agitaba en las entrañas de su víctima e impedía que esta cayese de bruces de su montura.
—¡En el nombre de Cristo —gritaba—, muere, Satanás! ¡Muere, apóstata!
Mientras Juliano caía del caballo, tratando inútilmente de extraerse la lanza, Marco Probo lo sujetaba con dificultad. El emperador vomitaba sangre y notó que la vida se le escapaba.
—¡Venciste, Galileo! —alcanzó a decir, en referencia a Jesucristo.
Sáfrax, de un espadazo en el cuello, acabó con el homicida, que solo con su muerte dejó de agitar la lanza.
Al fondo, Ctesifonte, la capital del Imperio persa en guerra abierta con Roma, parecía envuelta en un aura de tranquilidad, ajena a los trágicos hechos que se vivían en la retaguardia del ejército romano. Las tropas persas, en silencio, esperaban la orden de atacar a las legiones.
El médico del emperador ordenó que no se extrajese la lanza para impedir que la hemorragia fuera mortal. Un carpintero la serró para que a Juliano le resultara lo menos dolorosa posible, y cuatro legionarios portaron al herido en andas hasta la tienda imperial. La brutal acción de aquel fanático se había producido antes de entrar en combate. Mientras caminaba junto al emperador, Marco Probo rememoró los momentos de gloria pasados durante los últimos años, desde que en el año 360 Juliano fue aclamado emperador augusto[1] en Lutecia Parisiorum[2] por los comandantes de su ejército, paseándolo sobre un escudo a la manera de los bárbaros, hasta la victoria casi definitiva del mes anterior sobre las tropas persas del rey de reyes Sapor II.
La situación daría un vuelco en Ctesifonte tras ese inesperado atentado. El joven Juliano había demostrado ser un gran estratega militar, y sus generales lo admiraban no solo como jefe, sino también como hombre. Para el choque definitivo contra Sapor II, Juliano había preparado una estrategia de tenaza. Mientras las tropas persas se enfrentaban al primer cuerpo del ejército imperial, el segundo cuerpo, dirigido por el general Procopio, su primo materno, atacaría la retaguardia del enemigo con el objetivo de sorprenderlo y capturar al rey persa.
El segundo ejército aún no había aparecido cuando las tropas persas atacaron. El choque fue muy violento. Ambas partes se enfrentaban sin que ninguna lograse dominar. Luchaban obstaculizados por los cuerpos de los muertos y los heridos que enfangaban con su sangre la tierra reseca.
Juliano agonizaba en la tienda imperial rodeado por Marco Probo y los viejos filósofos Prisco del Epiro y Máximo de Éfeso, que lo acompañaban desde que, ocho años atrás, el emperador Constancio II lo nombró césar de las Galias. El médico taponó las heridas y, tras manifestar su impotencia, añadió que la providencia se encargaría de decidir la suerte del emperador. El ruido sordo del combate llegaba hasta el interior de la tienda y hacía que el Apóstata se agitase en su lecho.
—¿Ha llegado el general Procopio? —preguntó Juliano con la voz rota.
—No han sonado sus cornua de combate —dijo Marco Probo.
—Sin el segundo ejército estamos perdidos —balbuceó el emperador, que, falto ya de aliento, hacía un gran esfuerzo cada vez que pronunciaba una frase.
—El ejército imperial es invencible —lo animó Prisco del Epiro— y derrotará a las tropas de Sapor otra vez.
—Mis hombres no deben saber que estoy herido.
—No lo descubrirán hasta que el combate haya acabado. —Máximo de Éfeso intentó con estas palabras tranquilizar a un Juliano que se apagaba por momentos.
—¡Maldito Procopio! ¡Maldito Procopio! —se lamentaba Marco Probo—. Nunca debiste fiarte de tu primo, emperador. ¿Cómo es posible que no se encuentre en el lugar asignado?
El emperador parecía dormido cuando una convulsión lo estremeció. Aquella tos breve y seca presagiaba lo peor. Juliano, que se consideraba filósofo antes que militar o emperador, pidió a Prisco del Epiro que le leyese algo de su admirado Plotino, el sabio neoplatónico.
—«Permitámonos ascender al bien que toda alma desea y en el que solo puede encontrarse el reposo perfecto».
Juliano le ordenó silencio con un gesto. Intuía que estas serían sus últimas palabras:
—Todos mis pensamientos se me vienen encima a un tiempo cerrándome la boca y sin dejar salir uno a otro. Durante mi reinado he luchado por mantener la diversidad de cada lugar del imperio. —Necesitaba tomar aire a cada momento—. Todos tienen derecho a adorar a su dios de la manera que lo hicieron sus padres y sus abuelos… Los galileos se empeñan en prohibir esa diversidad…, quieren una estéril uniformidad que acabará con la integridad de Roma… Voy a morir y no he designado sucesor… Cuidad de que el nuevo emperador no sea un cristiano. Comunicad a los generales que deben elegir al prefecto del pretorio,[3] mi buen amigo Salustio. Mi última voluntad es…
Y calló. Marco Probo le cerró los ojos. La muerte de aquel hombre significaba enterrar el proyecto de regenerar el orbe romano. Habían transcurrido cincuenta años desde que Constantino el Grande, el abuelo paterno del Apóstata, hizo del cristianismo su credo personal y lo impuso como religión de la corte. Juliano fue el primer emperador que se apartó de manera pública de la nueva fe.
Marco Probo se paseaba, presa de una gran excitación, de un lado a otro de la tienda imperial. Prisco del Epiro y Máximo de Éfeso trataban de tranquilizarlo.
—Nada se puede hacer —intentó consolarlo Prisco—. Ha muerto un gran hombre y el mejor emperador desde Marco Aurelio. El trono imperial de Roma nunca más será ocupado por un filósofo.
A pesar de que no quiso darse a conocer la muerte de Juliano mientras durara la batalla, los oficiales y los soldados que habían visto que la lanza atravesaba el pecho del emperador fueron difundiendo la noticia de su posible muerte entre los legionarios. Esto, unido a la ausencia del segundo ejército del general Procopio, hizo que las tropas en combate perdieran la fe en la victoria. De hecho, cuando un soldado gritó «¡El emperador ha muerto!», las legiones imperiales huyeron en desbandada. Fue la primera y única derrota del ejército de Juliano, al que llamaban el Nuevo Alejandro. Como el rey macedonio, había muerto a los treinta y tres años y no pudo completar su proyecto de regenerar el imperio estableciendo la libertad religiosa y reponiendo el culto a los dioses de la tradición romana.
La debacle fue total. El general Valentiniano, jefe del primer ejército, optó por rendirse para evitar una masacre mayor. Tras la muerte de Juliano todo se desarrolló tan rápido como soplaba el fuerte viento, que levantaba la arena del desierto. El segundo ejército seguía sin aparecer cuando, al día siguiente, los generales —después de que el prefecto del pretorio Salustio renunciara al cargo— eligieron nuevo emperador a Joviano, un militar cristiano. La memoria del Apóstata había sido traicionada por sus generales, quienes, una vez fallecido su jefe, quedaban libres para tomar su propia decisión. Joviano concretaría las condiciones de la rendición ante el rey Sapor II: el imperio, humillado, entregaría a los persas cinco provincias al oeste del río Tigris y el control sobre Armenia.
Los tres filósofos recibieron la noticia del nombramiento de Joviano mientras velaban el cadáver de Juliano. No se explicaban la renuncia de Salustio, y menos aún la elección de un emperador cristiano, lo que significaba el fin del proyecto de regeneración del imperio.
—Todo volverá a ser como antes —reflexionaba Prisco del Epiro en voz alta—. Nuevamente se prohibirán los cultos de la religión tradicional. Se retomará la destrucción de los templos. El avance de los galileos será imparable.
—Y un puñado de arribistas católicos volverán a copar los principales cargos políticos tanto en la corte como en las provincias. —Máximo de Éfeso se expresaba con la pesadumbre propia de quien había perdido definitivamente la esperanza de que el sueño que compartían con el emperador asesinado se hiciera realidad.
—Se trata de una religión de analfabetos. No hay una base filosófica que sustente esas supersticiones —apuntó Marco Probo, más radical—. Hace muchos años que Plotino nos indicó el camino hacia el único dios. Temo que los cristianos se apoderen de sus doctrinas y lo devalúen como hacen con todo lo que tocan.
Aquella fue la última ocasión en que los tres consejeros más próximos a Juliano se vieron. Sabían que no serían bien recibidos por el nuevo emperador y que sus vidas corrían un serio peligro. Al día siguiente por la mañana, Marco Probo, el amigo de la infancia de Juliano, partió hacia el norte, a exiliarse en la tierra de los godos. Prisco del Epiro, el más brillante de los tres, tomó la dirección de Atenas para ocultarse entre la miríada de filósofos que allí vivían, confiando en caer en el olvido. Máximo de Éfeso, sin embargo, permaneció entre las tropas para acompañar el cadáver del emperador hasta la tumba que lo aguardaba en Constantinopla, aun a sabiendas de que lo esperaba la muerte. Esa mañana fue detenido por orden de Joviano.
2
Un romano en la tierra de los godos
La tarde se extinguía en la Dacia[4] cuando Marco Probo llegó a Peuce, una isla recóndita en la desembocadura del Danubio, en el verano del año 364. A esa hora, la tenue neblina difuminaba la línea del horizonte restando nitidez a los campos de trigo y al cercano bosque, toda vez que recortaba, con trazos rotos de un brillo azulado, las viviendas. Marco Probo miró con añoranza el rojo disco solar, que simbolizaba para él la única divinidad: Mitra, el Sol Invicto. Le había costado sortear los pantanos del delta llenos de juncos y cañas, pero por fin cruzaba el tosco puente de troncos sin desbastar tan poco elegante como sólido y seguro.
Nunca había sido supersticioso y, no obstante, en su interior tenía la corazonada de que concluiría allí su larga peregrinación después de vagar durante meses por la Dacia. La isla de Peuce era un lugar lo bastante alejado del corazón de Roma para mantenerlo apartado de su vida anterior. Atrás quedaban sus viejos sueños que permanecerían enterrados en la tumba de Constantinopla donde yacían los restos de Juliano.
Esa tarde estival se respiraba un ambiente de serenidad. Probo viajaba sin más compañía que su caballo y ligero de equipaje, con solo lo necesario para asearse y una manta para dormir. Aun así, llevaba consigo varios manuscritos que le había regalado el propio Juliano, que conservaba como un tesoro y de los que nunca se separaba.
Había pasado por los campamentos godos, donde los carros familiares eran a la vez sus casas y el aire libre, el lugar donde se vivía. Aquellos hombres tenían por techo el cielo y contaban con algún que otro sombrajo para cobijarse cuando llovía o el sol apretaba. En algunos pueblos godos los carros se situaban al lado de viviendas de piedra sólidas y amplias, con habitaciones y caballerizas por demás, que contrastaban con las noticias que llegaban al imperio al respecto de los bárbaros. Durante el tiempo que llevaba entre ellos, Probo había aprendido su idioma y sus costumbres. Puede que en aquellas remotas tierras no disfrutara de los lujos de Constantinopla o Atenas, pero al menos estaba alejado de los lugares que le traían malos recuerdos. En esos meses nunca le faltó un plato que comer ni un lugar donde dormir. La hospitalidad goda era proverbial.
A pesar de que había renunciado a las ropas romanas para pasar desapercibido, se reconocía en él un aire de extranjero que atraía la atención allí por donde pasaba. Los godos eran altos, rubios y de ojos azules, un aspecto que contrastaba con la apariencia latina de Probo. Era un hombre de estatura media, con el rostro regular, el pelo largo, la piel morena, los ojos oscuros y vivarachos, y una poblada barba negra que adornaba su mentón. Mientras se adentraba en el pueblo de los baltos[5] oyó que alguien se dirigía a él.
—¡Salud, extranjero!
Probo se volvió hacia la voz, que se expresaba en griego con acento de Constantinopla.
—Me llamo Ulfilas y soy el obispo cristiano de la nación goda. ¿Puedo ayudarte en algo? —continuó, después del instante de sorpresa de Probo.
Ulfilas era un hombre de unos cincuenta años, alto, fibroso y muy delgado, con la nariz aguileña, los pómulos salientes y el pelo canoso, mientras que la barba, del mismo color, se alargaba y acababa en una punta afilada. Cubría su cuerpo con una túnica negra impoluta. Hacía tiempo que Probo no oía a nadie expresarse con el acento de un hombre educado en los ambientes cultos del imperio. Contestó al saludo con una sonrisa y se acercó a él.
—¡Ave, Ulfilas! Mi nombre es Marco Probo. Soy filósofo y gramático. Fui militar en el ejército del emperador Juliano. He oído hablar de ti. Me gusta este lugar. ¿Vives aquí?
—Ahora sí. Mis obligaciones me exigen trasladarme cada cierto tiempo —contestó Ulfilas—. Hace años que predico el evangelio de Cristo por las tierras de los godos y nunca he residido de manera permanente en ninguna parte. Soy un nómada al servicio de Dios. Has llegado a Peuce, el pueblo de los baltos, gente hospitalaria que te acogerá con sumo gusto.
—Se cuenta que los godos convertidos son arrianos —dijo Probo.
—Así es. Yo soy seguidor de las doctrinas de Arrio. Los católicos nos consideran herejes porque no aceptamos que Jesucristo sea Dios, sino solo un profeta, el Mesías.
Se dejó guiar por el clérigo y este lo condujo por las intricadas calles de aquel pueblo escondido entre pantanos hasta llegar a la plaza central, rodeada de soportales de madera. Allí se hallaba la casa de Rocestes, el caudillo de los baltos en Peuce, quien salió a recibirlos. Ulfilas los presentó.
—Este es Rocestes. Es descendiente del rey Balta, una de las castas que más soberanos ha dado a la nación goda, y hermano del rey Atanarico. Cuenta una antigua leyenda que de esta estirpe nacerá un rey que creará un imperio que unirá a toda la nación goda.
Rocestes era un hombre de unos cuarenta años de gran fortaleza física. La casa en la que entraron era una construcción grande dividida en varias estancias separadas por paredes de piedra. Los muebles, similares a los existentes en las casas patricias de Roma, constató Probo, habían sido elegidos por Lubila, la joven esposa de Rocestes. Contaba con un patio central rodeado de columnas de madera que soportaban unos voladizos de tejas cuya función era recoger el agua de lluvia. Ese patio porticado se usaba para las reuniones y las comidas.
—Amanda, tráenos algo para beber —pidió el caudillo a una joven que se había acercado a preguntar qué deseaban.
Probo cruzó una mirada con la muchacha mientras les servía la bebida. Amanda, que tenía solo diecisiete años, era una sobrina de Rocestes a la que este acogió de niña en su casa como si fuera su hija desde que se quedó huérfana.
Rocestes era el vivo ejemplo de la última generación de aristócratas baltos. Había estudiado con maestros de Constantinopla que vivían algunas temporadas como invitados en la Dacia y que le habían inculcado los valores de la filosofía y la literatura griegas. Tanto Ulfilas como Rocestes estaban interesados en conocer la historia de Probo. Sin embargo, el patricio les contestó con educadas evasivas. Al caudillo godo la presentación de Probo como filósofo lo había impresionado y deseaba que su huésped se sintiera cómodo en su casa. Por eso le preguntó:
—Dime, Probo, ¿estás de paso en Peuce?
—Llevo mucho tiempo viajando por la Dacia y este lugar me parece un buen sitio para quedarme, al menos durante unos meses —respondió Probo.
Acto seguido, comentó la positiva impresión que había sacado de su estancia en la Dacia. La actitud de los godos contrastaba con las noticias que llegaban a Roma al respecto de un pueblo salvaje y nómada dedicado al pillaje, y al que las legiones se encargaban de mantener a raya al otro lado de la frontera.
—Es cierto que los ciudadanos romanos nos ven así, pero la realidad no es esa. Los godos llevamos muchos años asentados aquí, y nunca hemos tenido intención de invadir el imperio, aunque ha habido algunas incursiones de saqueo y pillaje. Tras los acuerdos de paz con el emperador Constantino el Grande, esos pequeños ataques se han reducido hasta prácticamente desaparecer. De algún modo, la cultura de Roma forma parte de nuestra tradición, pues la Dacia fue una provincia del imperio hasta hace cien años y la huella de la civilización romana aún es patente.
Rocestes le habló del proyecto de los caudillos godos para conseguir una nación estable asentada en la Dacia, fuera de las fronteras del imperio y en convivencia pacífica con sus vecinos romanos. Quería conducir a la nación goda por el camino del progreso, empeño en el que participaban la mayoría de los caudillos y, por supuesto, Ulfilas.
—Rocestes, permíteme que te conteste que ese proyecto de romanización del pueblo godo no me parece ni adecuado ni conveniente —afirmó Probo con convicción—. Cada nación posee una manera de ser que se ha afirmado a través de los siglos y de su propia historia. Aunque amo a mi patria, no son los romanos el mejor ejemplo ni para los godos ni para ninguna otra nación de las que viven tras las fronteras.
—Creo que no me he explicado bien —dijo Rocestes—. Mi pueblo desea conservar su identidad, su lengua y su cultura. Aun así, necesitamos organizarnos para vivir de una forma distinta. Si no eliminamos de la mente de los godos su alma belicosa y violenta, no avanzaremos. Hay que inculcar un nuevo espíritu a los jóvenes. Quiero que aprendan a leer y escribir, no las lenguas del imperio. Bueno, no digo que no estudien el latín o el griego, eso sería extraordinario. Por lo pronto, sin embargo, quiero que aprendan a leer y escribir la lengua gótica.
—Pero ¿cómo enseñaréis a leer y escribir la lengua gótica? —se apresuró a preguntar Probo—. Es un idioma sin alfabeto ni gramática.
Ulfilas, que escuchaba con atención, intercambió una mirada de complicidad con Rocestes, pidiendo la palabra.
—Yo ya he empezado a crear el alfabeto —dijo Ulfilas—. Es una tarea complicada para una sola persona. Mi ayudante, el sacerdote Sabas, era mi colaborador en esta empresa, pero es un hombre consagrado a predicar el evangelio y se ha ido a las montañas con el rey Atanarico, que odia tanto a los cristianos como a los romanos. Sus hombres continúan creyendo en los dioses de las montañas, los bosques y los ríos. Esa superstición panteísta está tan arraigada que temo por la vida de Sabas.
—Debiste imponer tu condición de obispo —opinó Rocestes—. Sabas morirá si intenta convertirlos.
—Ni siquiera mi autoridad pudo vencer su férrea decisión de evangelizarlos.
—No creo en la violencia como forma de imponer los credos religiosos. Cada persona tiene derecho a expresar libremente sus ideas y su fe —dijo Probo—. Es una de las razones por las que me he alejado del imperio.
—Siento haberte incomodado —se disculpó Rocestes.
Ulfilas continuó exponiendo su proyecto de crear la lengua gótica.
—Probo, tú podrías colaborar conmigo. Eres gramático. Mi intención es crear el alfabeto gótico y traducir la Biblia.
El plan de Rocestes le resultaba atractivo. El fracaso del proyecto de Juliano era ya irreversible. Seguir aferrado a una quimera solo podría causarle dolor y en nada ayudaría a Roma.
—¿Todos los caudillos están de acuerdo en estos planes? —preguntó Probo.
—El más poderoso de los caudillos, Fritigerno, está decidido a conducir a la nación goda por ese camino. Pero Atanarico se opone de manera radical. Odia a los romanos y la religión cristiana. Para él, los godos hemos de ser un pueblo guerrero y devoto de los dioses tradicionales. Su actitud supone un grave problema porque, aunque quienes lo siguen son una minoría de caudillos, es el rey de todos los godos.
—Como bien dices, se trata de un problema grave. Y debe resolverse porque, según he sabido, Atanarico tiene un gran carisma y los jóvenes lo consideran una especie de dios —concluyó Probo.
—Se hace tarde y necesitas descansar —observó Rocestes—. Quiero que te sientas como si estuvieras en tu propia casa, por eso he pensado que Amanda sea tu asistente en todo lo que necesites. Es una joven tan inteligente que incluso colaborará en vuestro trabajo, pues hice que se educara como los hombres de nuestra familia.
Lubila acompañó a Probo hasta una estancia de la casa donde un lecho de lana lo esperaba. Hacía mucho que no dormía en una cama tan confortable. Antes de que el sueño lo venciera, pensó que era el lugar que buscaba desde que traspasó la frontera del Danubio y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo pensamientos alegres y optimistas.
3
Un halcón para Alarico
En la primavera del año 365 se cumpliría el anhelado deseo de Rocestes. Lubila estaba a punto de dar a luz cuando, en plena mañana, el cielo se oscureció hasta convertirse en noche cerrada. No era la primera vez que los godos contemplaban este fenómeno que asociaban a hechos prodigiosos. Las flores multicolores, que cubrían los campos y las laderas de los caminos, se cerraron de golpe. Los pájaros prorrumpieron en una algarabía de trinos de pánico y volaron hasta sus nidos, donde metieron la cabeza bajo las alas y ocultaron a las crías debajo de sus cuerpos. El ganado que pastaba en las afueras del pueblo salió disparado hacia los establos. Un estridente ululato de lechuzas y búhos se unió a los chillidos de los murciélagos, que salieron a la desbandada de sus guaridas en ese extraño horario para retirarse asustados enseguida. Los habitantes de Peuce corrieron a refugiarse en sus casas, temerosos de consecuencias funestas.
El silencio se había instalado en el pueblo.
Horas más tarde, quedó roto por los gritos de dolor de Lubila e, instantes después, por los del niño que acababa de parir. Tal era el deseo de Rocestes de tener un hijo varón que, desde hacía tiempo, había elegido su nombre: se llamaría Alarico, que significa «el dueño de todos».
La noticia del nacimiento del pequeño en pleno eclipse corrió de hogar en hogar y despertó una gran expectación. En medio de la absoluta oscuridad, los vecinos, provistos de antorchas, se arremolinaron ante la casa de Rocestes. De improviso, como si de un prodigio se tratase, volvió la claridad del día y un zumbido agudo los hizo mirar hacia arriba. Vieron con sorpresa que se cernía sobre sus cabezas un majestuoso halcón que bajaba en picado del cielo para detenerse con suave elegancia sobre el dintel de la entrada, dejando las alas extendidas hasta que, al final, fue a posarse mansamente en el brazo derecho del caudillo. Para aquellas gentes, el halcón era el símbolo de la virilidad, y cuando Rocestes les confirmó que se trataba de un niño, los gritos de júbilo se extendieron por todo el entorno.
—Nuestros antepasados han enviado a mi hijo el mejor regalo que puede recibir un godo el día de su nacimiento.
Alarico era un niño fuerte y con rasgos indiscutibles de godo. Así lo delataban sus ojos de un azul intenso, su cara sonrosada y su pelo casi albino de tan rubio. Parecía rodearlo un aura mágica, y la fascinación por el niño balto fue extendiéndose hasta los confines de los territorios de los godos.
Cuando Ulfilas regresó de uno de sus viajes pastorales, inquieto por las noticias que había oído sobre el recién nacido, fue de inmediato a la casa de Rocestes. Lubila tenía a Alarico en los brazos, y el obispo clavó en el rostro del pequeño su afilada mirada. Pasó largo rato observándolo en silencio. En sus ojos se apreciaba un raro estremecimiento a causa del asombro, que le producía una sensación que no era capaz de definir. Algo veía Ulfilas en aquel niño que lo sobrecogía y, a la vez, lo inquietaba. Una cosa era que los supersticiosos aldeanos se admiraran de la presencia del pequeño, y otra que el astuto y sabio Ulfilas quedase fascinado. Por eso Rocestes, en cuanto el obispo salió de su ensimismamiento, le preguntó:
—¿Qué has visto? Advierto preocupación en tu semblante, y me extraña porque nunca has sido supersticioso.
—Algo me perturba, aunque no soy capaz de precisarlo. Este niño posee dones especiales que hacen que esté por encima de nosotros. Si no fuese porque soy cristiano, diría que se asemeja a lo que los primeros discípulos vieron en la figura de Cristo. Ni el rey Atanarico puede compararse en rebeldía y carisma con lo que advierto en este niño. Cuando crezca, será el hombre que decida el destino de los pueblos godos y posiblemente del imperio.
Todos los presentes quedaron impresionados por las palabras de Ulfilas. Incluso Probo, quien tampoco creía en supercherías, estaba desconcertado.
Desde que Ulfilas había pronunciado esas palabras, a la aldea no cesaba de llegar gente de todo tipo para contemplar al pequeño. Pronto relacionaron a Alarico con la antigua leyenda según la cual un día nacería un niño que uniría a la nación goda y construiría el más grande imperio conocido, un imperio superior a Roma. La mayoría de los godos no se tomaban en serio esa leyenda, pero evocarla con motivo del nacimiento de Alarico los reconfortaba. Nada se perdía con aguzar la imaginación para fantasear sobre un futuro glorioso.
En las semanas siguientes todo se desarrolló con tranquilidad. En una amplia habitación de la casa de Rocestes con salida a un pequeño jardín, Ulfilas había instalado el taller para la creación del alfabeto y adaptación de las palabras góticas de uso común. A esa tarea se dedicaba también Probo de forma obsesiva. Le resultaba tan absorbente que su mente vetaba cualquier otro pensamiento.
Cuando se fatigaba, descansaba leyendo alguno de los libros que Rocestes poseía. También se acostumbró a conversar con la joven Amanda, a quien le extrañó que Marco Probo no leyera en voz alta. Un día le preguntó:
—¿Puedes oír con los ojos?
—Todos se asombran porque piensan que solo es posible leer en voz alta. Pero en la Academia de Atenas aprendí que se puede leer en silencio. Y lo cierto es que es mejor hacerlo así porque te permite reflexionar sobre lo que estás leyendo.
—Voy a intentarlo. A ver si lo consigo.
Al principio hablaban sobre cuestiones triviales que a ella le resultaran atractivas; sin embargo, a medida que profundizaban en otras, el filósofo exiliado se sorprendía por la lucidez que la joven demostraba. Probo había cumplido treinta y seis años, y aunque le doblaba la edad, la relación con Amanda le deparaba los momentos más placenteros de su estancia en Peuce. En poco tiempo había pasado de ser su asistente a una compañera inseparable. Con ella satisfizo su vocación de maestro que hacía muchos años que no ejercitaba. Amanda, quizá por la atracción que Probo le inspiraba, resultó ser una alumna aventajada que leía con provecho los libros que el romano le prescribía. Cuanto más aprendía, más se interesaba por los temas que apasionaban a Probo, a tal extremo que se hizo imprescindible en su vida.
Cada mañana antes de sumergirse en el absorbente trabajo de la traducción de la Biblia, Amanda y Marco Probo paseaban por los alrededores de Peuce. Disfrutaban mucho del tiempo que pasaban a solas, especialmente cuando contemplaban el amanecer con el sol ascendiendo que se reflejaba en las aguas destellantes del mar Negro. Probo le hablaba muchas veces del dios Mitra, cuyo símbolo era el sol, y para Amanda sus palabras eran tan convincentes como las de Ulfilas cuando hablaba de los evangelios y la figura de Cristo, el profeta en el que ella creía.
Una mañana, cuando regresaban de su paseo, quedaron horrorizados por la visión de una cabeza humana arrojada en medio del camino junto al puente que había a la entrada del pueblo. Tenía los ojos abiertos y todavía sangraba.
—Dios mío… —dijo Amanda—. Es Sabas, el sacerdote ayudante de Ulfilas.
—¿Quién lo habrá hecho? —preguntó Marco Probo.
—Sin duda los hombres de Atanarico —afirmó con rotundidad Amanda.
Cuando el obispo se enteró de la noticia corrió, con Rocestes y otros habitantes de Peuce, hasta el lugar del macabro hallazgo. El obispo arriano tomó con sus manos la cabeza de su ayudante y, después de besarla, la abrazó con los ojos arrasados de lágrimas.
—Yo soy el culpable de su muerte —se lamentó el obispo—. Nunca debí permitirle ir solo entre esos salvajes.
—Si hubieras ido con él te habrían asesinado también a ti —le contestó Rocestes.
A Probo le pareció un crimen tan deleznable como los que cometían los cristianos cuando mataban a un pagano, a un hereje o a un judío. Pensó en la muerte de su admirado Juliano a manos de un católico fanático. El imperio había integrado en la religión cívica a los dioses de los territorios que asimilaban, si bien nunca lo lograron con los judíos ni con los cristianos porque esas creencias negaban a todos los dioses, lo que socavaba uno de los pilares de la sociedad romana. Estaba seguro de que finalmente el panteón desaparecería engullido por la fuerza bruta de esa nueva religión que iba imponiéndose mediante la violencia y la coacción. Y sabía también que, tras la desaparición de los dioses, se desvanecería el imperio que había tardado más de mil años en construirse.
—¿Crees que ha sido el rey Atanarico quien ha ordenado la muerte de Sabas? —preguntó Marco Probo a Ulfilas.
—No creo que él diera la orden expresa —contestó Ulfilas—, pero sin duda es una consecuencia de los valores de la facción de la nación goda que él dirige.
Marco Probo decidió abstraerse de aquella discusión religiosa como las que había vivido en el imperio y se fue al taller para proseguir su trabajo en la traducción.
—Dime, obispo, ¿qué debemos hacer? —preguntó Rocestes.
—No responderemos con más violencia —dijo con autoridad Ulfilas—. Convoca al consejo de caudillos para debatir sobre este crimen. Tienes que advertir al rey Atanarico que ha de controlar a los suyos.
—¿Y si no quiere?
—Su gente agrede a los misioneros y hasta ahora no ha atentado contra ningún godo. Creo que solo podemos advertirle. No quiero que, por culpa de la religión, entremos en conflictos de los que después nos arrepintamos —resolvió el obispo.
Amanda y Marco Probo se casaron y, a finales del invierno siguiente, la joven goda estaba a punto de dar a luz. La comadrona permanecía a su lado desde hacía varias horas. Probo, Ulfilas y Rocestes aguardaban en otra estancia de la casa esperando oír el llanto de la criatura. La inquietud de Probo era evidente, pues tener un hijo a su edad era un extraño fenómeno porque los hijos solían nacer cuando los padres eran jóvenes. Aun así, lo que a Probo más preocupaba en ese momento era la salud de Amanda, más incluso que la del niño. Su propia madre había muerto durante el parto. Con todo, se dijo que aquel hijo sería el complemento perfecto para una felicidad que no había decrecido ni un ápice desde que él y Amanda se conocieron.
Lubila, que estaba en avanzado estado de gestación de su segundo hijo, ayudaba a la comadrona en su tarea. Pronto ambas casas, la de Probo y la de Rocestes, se llenarían de un ambiente bullicioso. Incapaz de contener su ansiedad, Probo irrumpió en la habitación y abrazó a su esposa, que tenía el rostro tenso y los ojos enrojecidos por el esfuerzo. Amanda se aferró al cuello de Probo y de su boca salió un largo grito de dolor al que contestó un enérgico llanto infantil. Allí estaba la niña sujeta por la comadrona, llorando sin parar. Lubila la puso en los brazos de su padre, y en cuanto la miró propuso a su mujer que la llamaran Valeria en honor a su hermana mayor, quien había cuidado de él en su infancia.
A oídos de Ulfilas llegó la noticia de que el emperador había ordenado fortificar la frontera sur del Danubio, y consideró imprescindible poner al día a su amigo sobre la situación del imperio y de la propia nación goda. De modo que, con astucia, buscó la manera de sacar a Marco Probo de su exilio interior. Halló la ocasión mientras trabajaban en la nueva gramática, con motivo de adaptar al gótico los nombres propios. Cuando se enfrentaron al de Atanarico, Ulfilas aprovechó para relatar a Probo la grave coyuntura creada por el carismático rey godo.
—A-ta-na-ri-co —deletreó Ulfilas.
—A-ta-na-ri-co —repitió Probo conforme lo anotaba con sumo cuidado.
—El hermano mayor de Rocestes —explicó Ulfilas.
—Lo sé —dijo Probo—. Es el actual rey de los godos y un hombre controvertido.
—Además de rey, es uno de los grandes problemas de la nación goda.
—Él es quien ha de dirigir la nación, y no debería ser un problema —afirmó Probo.
—Se ha ganado el odio del emperador Valente y nos pone a todos en una situación complicada.
Marco Probo sabía que, después de la muerte de Joviano, el sucesor de Juliano, el ejército había nombrado emperador al general Valentiniano y este había designado a su hermano Valente como emperador de la parte oriental del imperio. No había querido comentar que Valente no le parecía la persona idónea para gobernar en Oriente. Los habitantes de Constantinopla no se sentirían identificados con un emperador casi analfabeto que ni siquiera conocía el griego, la lengua de sus súbditos.
—¿Por qué está enfrentado Atanarico con Valente? —preguntó Probo.
—El general Procopio, el lugarteniente de Juliano que dirigía el segundo ejército, alegando ser el último representante de la familia de Constantino, se nombró a sí mismo emperador con el apoyo de sus legiones y declaró que Valentiniano y Valente eran unos usurpadores.
—Eso no puede ser —lo interrumpió Probo—. El último representante de la familia de Constantino fue Juliano, que murió sin hijos. Procopio era primo de Juliano por línea materna, por tanto no era descendiente de Constantino. Aunque Valente no me parezca la persona más adecuada para ser emperador, ha sido elegido de manera legal. Además, sé que Juliano jamás habría designado a Procopio como su sucesor. Y ¿cómo nos afecta todo eso a nosotros?
—Atanarico actuó con precipitación, y, sin tener en cuenta la opinión de los otros caudillos godos, dio su apoyo al usurpador y le envió un contingente de tres mil guerreros que se integraron en las tropas de Procopio, quizá porque lo consideraba el heredero auténtico de Juliano o tal vez porque pensó que se haría con el poder. Tras una guerra cruenta entre Valente y Procopio, este último fue derrotado y decapitado.
—He subestimado a Valente —dijo Probo.
—El apoyo de Atanarico al usurpador provocó la irritación y el deseo de Valente de vengarse de lo que, a su juicio, era una traición y una afrenta —continuó Ulfilas—. Las últimas noticias procedentes de Antioquía señalan que Valente prepara una campaña para escarmentar a los godos. Ha acampado con sus legiones cerca del Danubio y lo cruzará para atacar a la nación goda. Los caudillos están, como casi siempre, divididos sobre cómo actuar. Rocestes desea conocer tu opinión sobre este asunto.
Las explicaciones de Ulfilas hicieron rebrotar la preocupación en Probo ya que los godos llevaban más de treinta años de paz con Roma.
El patricio romano conocía la poderosa máquina de guerra que eran las legiones. Era cierto que habían sufrido recientemente una humillante derrota contra los persas en Ctesifonte. Ahora, con la explicación de Ulfilas, quedaba claro que el retraso de Procopio no fue accidental. Se había demorado para que, sin la ayuda del segundo ejército, Juliano fuese vencido y él hacerse con el poder. Una traición en toda regla. «Maldito Procopio», masculló para sí Probo. En condiciones normales, pensó, las legiones de Roma eran invencibles para cualquier otro ejército, y muy superiores a las indisciplinadas y poco organizadas tropas de los godos, que eran poco más que bandas armadas.
—¿De qué apoyos goza Atanarico? —inquirió.
—Solo de la gente que se le ha unido. El resto de las tribus godas, incluidos los baltos de su hermano Rocestes, son partidarios de Fritigerno.
—Fritigerno es, por supuesto, cristiano —afirmó más que preguntó Probo.
—No, pero simpatiza con la religión cristiana por sus valores —respondió Ulfilas—. Creo que esa creencia constituye la argamasa que puede cohesionar el futuro de la nación goda.
—Me lo imaginaba. Las doctrinas del Galileo han emponzoñado todos los lugares, dentro y fuera del imperio. Roma es presa de una enfermedad incurable que acabará matándola.
Ulfilas no quiso hacer ningún comentario a la última afirmación del romano sobre los cristianos, quienes, desde hacía años, estaban inmersos en una persecución contra los paganos solo frenada durante unos meses por el ascenso del emperador Juliano al poder.
Rocestes, Ulfilas y Probo se reunieron esa noche.
—La mayoría de la nación goda no es partidaria de una guerra con el imperio —dijo Rocestes—. Pero el emperador tiene intención de pasar el Danubio con sus legiones.
—¿Qué posición tomará Atanarico?
—Es demasiado orgulloso. El enfrentamiento es inevitable —contestó Ulfilas.
4
Y la paz dio la espalda a la Dacia
Habían pasado cuatro años desde la llegada de Probo y, a la espera de las noticias de Valente, la paz reinaba en la Dacia. Amanda dominaba el nuevo alfabeto gótico y ayudaba a Ulfilas en la traducción de la Biblia. Eran felices, y Probo agradecía a la providencia la suerte de haberlo conducido hasta aquel lugar.
En la primavera del año 369 Valente cruzó el Danubio al frente de sus legiones y Atanarico volvió a pedir la ayuda de los caudillos godos, pero estos decidieron seguir las indicaciones de Fritigerno de no intervenir. Las noticias que llegaban de los frentes de batalla eran preocupantes. Atanarico había sido derrotado en varios combates y había sufrido muchas bajas, hasta que fue sitiado en una zona elevada y boscosa en el sur de los Cárpatos. Valente decidió que lo más sensato era conseguir la rendición por hambre del rey balto y sus tropas. Llevaban así varios días cuando a la aldea de Peuce llegó un mensajero pidiendo ayuda.
La reacción de Rocestes fue inmediata. Junto con Probo y un grupo de guerreros de su confianza se dirigió al lugar donde se hallaba sitiado Atanarico. Cabalgaron durante tres días y esperaron a que fuese noche cerrada para atravesar el cerco que el ejército romano había dispuesto. La situación en que encontraron a las huestes godas era desoladora. Miles de guerreros habían muerto en el campo de batalla y el futuro que esperaba al resto no era nada halagüeño. Los heridos, cuyas quejas quebraban el silencio de la noche, se encontraban por todas partes del campamento. Sin embargo, la actitud de Atanarico seguía siendo la de un caudillo soberbio incapaz de aceptar la derrota. Prefería morir con su gente a declararse vencido por las tropas de Valente.
Probo se quedó fuera de la tienda de Atanarico junto con los demás miembros de la comitiva de Rocestes. Cuando este entró, el rey balto se levantó de su asiento lleno de ira.
—¡He pedido la ayuda de los guerreros godos, no una visita de cortesía de mi hermano!
—No se trata de una visita de cortesía. He venido a explicarte, y espero que entiendas de una vez por todas, la decisión de la mayoría de los caudillos.
—¡Jamás me postraré a los pies de los romanos! Lo único que os pido es que actuéis de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados enviando a los guerreros godos para hacer frente al ejército imperial.
—¿Qué pretendes? ¿El suicidio de nuestra nación? No estamos en condiciones de vencer a las legiones romanas. Valente no tiene intención de apoderarse de la Dacia. Lo que vengo a proponerte es que salvemos a tus hombres de ser masacrado. Creo que se podría parlamentar y llegar a un acuerdo.
—Valente no negociará. Quiere una victoria que le permita celebrar el triunfo[6] en Constantinopla y reconciliarse con sus súbditos. Pero no conseguirá llevarme al hipódromo cargado de cadenas para ofrecerme como espectáculo.
Rocestes, agotado por el duro viaje, se retiró a descansar. La expresión de resignación que asomaba a su cara cuando entró en la tienda en la que Probo lo esperaba, denotaba su abatimiento.
—Nada podemos hacer —se lamentó Rocestes—. Ahora me arrepiento de no haber apoyado a mi hermano. Sé que es un loco por haber actuado así, pero no me resigno a verlo morir.
—Un momento —dijo Probo—. Conozco a Valente, y hay una posibilidad.
—¿Qué posibilidad? —se interesó Rocestes con un tímido brillo de esperanza en la mirada.
—El emperador no es un hombre con confianza en sí mismo. Si le dices que puedes levantar toda la nación goda contra él, es posible que cambie de opinión. Es verdad que sus legiones serían capaces de aplastar a todos los guerreros godos, pero con un coste terrible también para ellos. No tiene la certeza del número de tropas godas y no se atreverá a averiguarlo con un enfrentamiento.
—¿Y si no cambia de opinión? Me veré obligado a convencer a Fritigerno para que levantemos a nuestras tropas contra el imperio.
—¿Tienes alternativa? —concluyó Probo—. Sé que no permitirás que tu hermano y sus hombres mueran a manos de Valente.
—No, no la tengo.
A la mañana siguiente Rocestes entró de nuevo en la tienda de Atanarico. Este se había resignado para lo peor y no esperaba las palabras de su hermano:
—Hay una salida. Si me autorizas a hablar con Valente, lo amenazaré con movilizar a toda la nación goda. Si se niega a negociar, lo interpretaré como una declaración de guerra.
—¿Quieres proponerle un acuerdo?
—Eso sugiero.
—Y si se niega, ¿movilizarás a los guerreros godos?
—Exactamente. ¿Me autorizas a negociar?
—En esas condiciones, estoy de acuerdo. La dignidad de la nación goda está salvada. ¿Cómo sabes que Valente accederá?
—No lo sé. Me arriesgaré. Un hombre que lo conoció antes de ser emperador me ha dicho que no se enfrentará a todos los caudillos godos. Afirma que preferirá negociar. Pronto lo veremos.
—¿Quién es ese hombre?
—A su tiempo lo conocerás. Es un romano que puede ayudar a la nación goda.
—¿Te fías de él? —preguntó Atanarico—. ¿No estará engañándote?
—Tengo mis razones para fiarme de él. Nada se pierde con intentarlo.
Valente accedió a recibir a Rocestes ese mismo día. Se conocían desde hacía tiempo y confiaba en aquel caudillo godo partidario de la paz con el imperio.
—Mi decisión está tomada —dijo Valente con autoridad—. Esperaré a que se entreguen o se mueran de hambre.
—Sería mejor para todos negociar su rendición y establecer un tratado de paz —apuntó Rocestes.
—No puedo fiarme. Si dejo con vida a Atanarico será para llevarlo a Constantinopla cargado de cadenas y exponerlo en el hipódromo ante el pueblo. Será el símbolo de mi triunfo sobre los enemigos de Roma.
—Eso me deja sin opciones —dijo Rocestes—. Nunca podrás atrapar vivo a mi hermano, y yo no permitiré que muera sin hacer nada por impedirlo.
Valente puso cara de asombro por lo que acababa de oír. Esperaba que el resto de los caudillos se le unieran en su confrontación con Atanarico. Pensaba que el rey era un problema también para la mayoría de las tribus godas. Las palabras de Rocestes le parecían una ofensa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Valente, enfurecido.
—Que la alternativa que me queda es levantar a la nación goda contra Roma. Y créeme que me apena, porque Fritigerno y el resto de los caudillos esperábamos un futuro de paz con el imperio.
—¿Os enfrentaréis a las legiones?
—No nos dejas otra posibilidad. De ti depende ahora.
—¡Fuera de aquí! ¡Has insultado al emperador! —gritó Valente—. Después de vencer a Atanarico tenía la intención de renovar los pactos de Constantino, pero ahora no quiero saber nada de firmar la paz con el pueblo godo.
Probo se había equivocado, se lamentó para sí Rocestes. Ahora solo le quedaba convencer a Fritigerno para levantar a los godos y enfrentarse a Valente.
Protegido por cuatro jinetes de su escolta, Rocestes atravesó el castrum romano, pero cuando estaba a punto de cruzar la valla que daba acceso al campamento de Atanarico una patrulla romana le dio alcance y lo hizo volver a la tienda del emperador.
—Está bien —dijo Valente de mala gana cuando el godo traspasó de nuevo el umbral de la tienda imperial—. Mis legiones podrían aplastar a toda la nación goda, aunque creo que, una vez derrotado Atanarico, nada ganamos con iniciar una guerra. —Hizo una pausa y esperó la reacción de Rocestes, que permanecía mudo y con la sorpresa reflejada en la cara—. Estoy de acuerdo en firmar un tratado de paz. Pero seré yo el que ponga las condiciones.
Rocestes continuaba callado. No le quedaba más opción que aceptar.
—Aguardo tu respuesta —insistió Valente.
—Un tratado no es cuestión de una sola parte.
—Voy a celebrar el triunfo en Constantinopla. Por lo tanto, no estableceré los términos en este momento. Dos legaciones, una por cada parte, se reunirán después del verano y rubricarán las condiciones que yo disponga.
La iniciativa de Rocestes le había supuesto a Valente concluir aquella enojosa campaña de una manera razonable. Lo suficiente para presentarse en Constantinopla como vencedor. Podría afirmar que la derrota total de Atanarico había permitido establecer unas condiciones ventajosas para Roma. Estaría en disposición de reconciliarse con su pueblo celebrando un triunfo en el hipódromo.
Para Rocestes, la entrevista con el emperador había ido mejor de lo que esperaba. De una situación dramática se había pasado a otra que, sin ser la mejor, garantizaba la vida de decenas de millares de godos. En unos meses conocerían las consecuencias, pero por lo pronto los hombres de Atanarico podían salir de aquel agujero mortal.
Tras el acuerdo alcanzado, Rocestes reunió a Probo y a su hermano.
—He aquí al patricio romano que ha propiciado el pacto con Valente —dijo Rocestes.
A continuación vino la pregunta casi obligada de Atanarico:
—¿Qué hace un patricio en un sitio como la Dacia, un lugar del que los romanos se fueron hace más de cien años? ¿No serás un espía del imperio?
—Salud, Atanarico —lo saludó Probo. Y contestó—: No soy un espía. Soy solo un hombre decepcionado con su patria. Ahora lo importante es que Valente se retira de la Dacia y la paz vuelve al hogar de los godos.
—No para mí —dijo Atanarico—. Si he cedido a las presiones de mi hermano ha sido para salvar a mis hombres de la muerte. Pero mi odio por Roma y por esa pestilente religión que contamina a mi pueblo no ha disminuido en nada. Yo no quiero la paz que nos ofrecen los romanos. Sabré esperar mi momento… Estoy seguro de que llegará.
Probo no hizo ningún comentario a las afirmaciones de Atanarico. Tenía ante sí a otro soñador. Sus palabras le recordaban al emperador Juliano y su afán por restituir los valores del imperio. Nada podía hacerse, salvo confiar en que cumpliera sus compromisos de paz con Valente y que, poco a poco, se sumara a los deseos mayoritarios de los godos. La presencia imponente del rey godo, con los cabellos rubios enmarcando un rostro que demostraba tanta altanería como autoridad, impresionaba a cualquiera, incluido el propio Probo. Una especie de aura mágica rodeaba tanto a su persona como sus intervenciones. No había duda de que era un gran caudillo.
—No me fío de los romanos —dijo Atanarico—. Me gustaría que formases parte de la embajada que debe reunirse con los hombres de Valente. ¿No supondrá para ti una deslealtad a tu patria?
—Creo que no hay en ello ninguna traición —respondió Probo—. Por el contrario, será un favor que hago a la propia Roma. El futuro del imperio se encuentra en la concordia entre Roma y los pueblos que viven al otro lado de la frontera. Y hemos de trabajar para que se produzca lo antes posible.
—No hablas como un romano —apuntó Atanarico—. A ti no se te nota el desprecio hacia los godos.
5
Un acuerdo humillante
El sol quemaba con fuerza esa mañana de septiembre. La frontera del Danubio en la Tracia romana se mostraba tan remota como borrosa para los habitantes de las ciudades mediterráneas del imperio que llevaban cientos de años sin ninguna agresión del exterior. El Danubio, que había funcionado durante siglos como un límite natural que dividía dos mundos tan distantes como distintos culturalmente, hacía muchos años que se había hecho permeable a la cultura y al comercio, que fluía en ambos sentidos. En un lugar perdido del norte de la región se celebraría la ceremonia para sellar el acuerdo de paz alcanzado entre godos y romanos.
Hacia allí se dirigía el rey Atanarico con sus generales. La seriedad en sus rostros denotaba preocupación. Había llegado el momento de aceptar las condiciones impuestas por Valente y que pondrían fin a una lucha a muerte. En el rostro de Marco Probo la preocupación era más intensa aún. Él, un romano que hacía tiempo que vivía entre los bárbaros, había sido llamado primero para participar en las conversaciones del tratado de paz y ahora para hacer de portavoz delante del emperador Valente, y eso lo inquietaba y lo enorgullecía a la vez.
Decidir el emplazamiento donde se ratificaría el tratado de paz fue lo que generó más dificultades. Atanarico consideraba que aceptar el compromiso en territorio romano era una humillación para su pueblo y Valente, por su parte, también había manifestado su negativa a cruzar nuevamente el Danubio. De hacerlo, alegó, sería para entrar en combate y no para firmar ningún tratado. Probo, que conocía bien a ambos, propició una solución aceptable para todos. El encuentro tendría lugar en el centro del Danubio, en un punto equidistante de los márgenes.
Desde sus respectivas riberas, se dirigieron hasta el centro del ancho río. Primero iban las embarcaciones de los líderes; detrás, los barcos con los prisioneros que serían intercambiados después de rubricar el acuerdo. Las aguas bajaban calmadas, y las partes se aproximaban en medio de un silencio solo roto por el crepitar de los remos. Las dos embarcaciones principales se rozaron ligeramente mientras los protagonistas se situaban de pie rodeados de sus hombres de confianza. A un gesto enérgico del soberano de Roma se hizo un profundo silencio.
Del lado de Valente tomó la palabra el general sármata Víctor.
—Saludos de Roma. El emperador considera que sellar el compromiso de vivir en paz cada nación dentro de su territorio es la mejor forma de zanjar el conflicto. Pues bien, ¿aceptáis los términos del acuerdo que los embajadores han establecido?
Con el semblante serio y sin dignarse replicar a las palabras de Víctor, Atanarico miró a Probo dándole la indicación de que contestara. Probo, cuyas ropas godas intentaban encubrir su condición de romano, no pudo ocultar su origen pues, al hablar, su lenguaje lo delató como patricio.
—Ave, Valente —dijo con la contundencia del militar que había sido—. El rey Atanarico conoce los detalles del acuerdo, pero desea oírlos directamente de boca del emperador de Roma. Ya que es tu fuerza la que ha impuesto las condiciones de paz, justo será que sean repetidas antes de aceptarlas para que los presentes tengamos constancia exacta de nuestros compromisos.
Iba a intervenir de nuevo el general Víctor, cuando el propio emperador lo detuvo para dirigirse a Probo.
—Veo que Atanarico usa a un romano renegado para concertar los pactos. Mis embajadores ya me habían informado de ello. —Valente miró a los ojos a Marco Probo—. ¡Romano!, tu voz denota autoridad y educación. Por eso deberías saber que no es lícito que un patricio se dirija a su emperador en esos términos. Pues bien —continuó—, di a tu jefe que las condiciones son las siguientes: primera, quedan suprimidos el comercio y los contactos entre romanos y godos. A partir de ahora, ningún bárbaro entrará en el imperio salvo que tenga autorización expresa de Roma. Y ningún romano pasará el Danubio para comerciar en la Dacia. Segunda, cada nación vivirá por sus propios medios y no habrá intercambio de monedas o mercancías. Tercera y última, la mayoría de los godos enrolados en el ejército romano como auxiliares regresarán a la Dacia. —Hizo una breve pausa—. A esto nos ha conducido la traición de Atanarico. —Clavó la mirada en el godo antes de añadir—: ¿Cómo osasteis apoyar al usurpador Procopio en contra del verdadero emperador?
Las palabras de Valente provocaron gestos y exclamaciones de indignación entre los godos. Los embajadores habían explicado las circunstancias del apoyo al usurpador, pero el mandatario pareció ignorarlas hasta el
