La casa de la fortuna

Jessie Burton

Fragmento

Capítulo 1
1

Con dieciocho años Thea es demasiado mayor para celebrar su cumpleaños. Rebecca Bosman cumplió los treinta en diciembre y ni lo mencionó: eso es sofisticación. En la oscura mañana de enero, Thea tirita debajo de la sábana. Oye discutir abajo, en el salón, a su tía y a Cornelia, y a su padre apartando la mesa para poder desayunar sobre la alfombra. El cumpleaños de Thea siempre empieza con todos sentados en la alfombra: una tradición inamovible, que consiste en fingir que son unos aventureros y deben conformarse con las provisiones que han ido reuniendo, aunque, teniendo en cuenta que los ocupantes de la casa llevan años sin cruzar los muros de la ciudad, resulta una ficción algo penosa. Además, ¿qué tiene de malo una mesa? Si se han quedado la buena, lo normal es que la usen. Los adultos usan mesas. Si Rebecca Bosman tuviera que soportar un desayuno el día de su cumpleaños, habría una mesa, seguro.

Lo que pasa es que Thea no puede decírselo. Se le haría insoportable bajar y que su tía Nella le diera la espalda, estirando las cadenas de papel arrugado que seguro que ha colgado en las enormes ventanas escarchadas, y que su padre se quedara mirando la alfombra raída, y que Cornelia, su antigua niñera, fijara la vista con tristeza en los pequeños pufferts por los que se ha pasado la noche en vela. Thea no quiere disgustarlos, para nada, pero tampoco sabe cómo salirse del papel que le han asignado, el de hija colectiva. Aunque desde hoy ya sea toda una mujer, en esta casa la alegría siempre se tiñe del miedo a perder algo.

Aquí está, en forma de comida: el dulce aroma de especias que entra por debajo de su puerta desde el piso de abajo. Los pufferts que han dejado reposar en agua de rosa, y seguro que llevan el nombre de Thea, no vaya a ser que a ella se le olvide. Los esponjosos huevos con comino de Cornelia, para mantenerla prisionera, y unos bollos calientes con mantequilla para que entre en calor. Mantequilla de Delft, que un día es un día, y un vasito de vino dulce para los adultos. Thea se destapa, pero aún no tiene fuerzas para levantarse. No parece que la promesa de una mantequilla especial le levante el ánimo. Su única esperanza es que le hayan comprado entradas para el Schouwburg, para poder asistir a otra de las interpretaciones de Rebecca Bosman. Luego, al final de la función, podría escaparse para ver a Walter, la única persona capaz de arrancarla de las sábanas.

«Pronto, pronto estaremos juntos y sentiré que todo está como debe», piensa. De momento... de momento infancia prolongada y rancia.

Al final, sacando fuerzas de flaqueza, se pone las zapatillas y la bata y se acerca despacio a la escalera, para que no la oigan, mientras se esfuerza por sentirse agradecida. Hay que hacer lo posible para no decepcionarlos. Hasta ahora nunca la había molestado la alegría exagerada de los cumpleaños en familia, pero entre ser niña y tener dieciocho años hay una diferencia abismal. Tendrán que empezar a tratarla como a una adulta. ¡Quién sabe si este año, por primera vez en la vida de Thea, alguien le hará un regalo que le guste de verdad, y le hablará de su madre y la obsequiará con alguna historia, aunque sólo sea una anécdota! Sí, hoy es el día más triste del año para la familia Brandt, lo sabe todo el mundo. «Sí, hace dieciocho años murió aquí mismo, en esta casa, Marin Brandt al dar vida a Thea, pero ¿a quién se le puede hacer más duro que a mí, a mí, que he crecido sin madre?», piensa mientras pisa las baldosas del pasillo.

Cada año todos dicen que ha crecido mucho y que está mucho más guapa o es mucho más lista... como si Thea fuera otra persona después de doce meses; como si cada 8 de enero, que siempre es un día frío y azul, la vieran salir de un huevo. A Thea, sin embargo, no le apetece ver en ellos el reflejo de su crecimiento. Para eso ya tiene un espejo. Lo que le gustaría el día de su cumpleaños sería mirar el espejo y ver a su madre, saber quién era y por qué su padre no habla nunca de ella. Por qué, cuando Thea pregunta a los mayores, éstos siempre intercambian miradas graves y aprietan los labios. Vacila, con la espalda apoyada contra la pared. En este momento, sin ir más lejos, podrían estar hablando sobre Marin Brandt.

Experta en escuchar a hurtadillas, aguarda en la penumbra de la entrada del salón, aguantando el aliento esperanzada.

No, están hablando de si Lucas, el gato, se dejará poner una gorguera de cumpleaños.

—Lo odia, Cornelia —dice la tía de Thea—. Mírale los ojos: vomitará en la alfombra.

—Ya, pero a Thea le hace gracia.

—Si tiene que comerse los pufferts al lado del vómito, lo dudo.

Lucas, el gato de los ojos amarillos, el dios de las sobras, maúlla indignado.

—Cornalina —interviene el padre de Thea—, deja que Lucas desayune desnudo. Hazle ese favor, y si acaso ya se vestirá para la cena.

—No saben ustedes celebrar —replica Cornelia—. ¡Pero si a él le gusta!

Ritmos y voces familiares. Poco más ha conocido Thea. Cierra los ojos. Antes le encantaba escuchar a Cornelia, la tía Nella y su padre, y sentarse en el suelo al lado de ellos, y colgarse de sus cuellos, y dejarse adorar, mimar, achuchar y chinchar, pero ya no es el tipo de música que le interesa, ni es de sus cuellos de donde quiere colgarse. La conversación sobre si es oportuno ponerle una gorguera al enorme gato de la casa le despierta unas ganas inmensas de estar en otro sitio, lejos de ellos, y empezar a vivir por su cuenta, porque en esta casa no hay absolutamente nadie que sepa qué es tener dieciocho años.

Respira hondo, exhala, y entra. Toda su familia se vuelve para mirarla al mismo tiempo, con los ojos brillantes. Lucas trota hacia ella, balanceando su peso con delicadeza. En las ventanas cuelgan cadenas de papel, ya lo sabía Thea. Van todos como ella, en bata —otra de las tradiciones de su cumpleaños—, y los contornos de sus viejos cuerpos no dejan de ser un espectáculo un poco bochornoso. Es verdad que su tía Nella lleva bastante bien los treinta y siete, pero su padre tiene cuarenta y uno, y a esa edad los hombres deberían ir a desayunar vestidos en condiciones. Qué ancha de caderas es Cornelia... ¿No le da vergüenza que se le transparente el camisón? «A mí me la daría —piensa Thea—, nunca dejaré que el cuerpo me tiemble de esta manera.» «Te haces vieja, se te ensanchan las caderas y te mueres», dice siempre Cornelia. Que diga lo que quiera, porque Thea será como Rebecca Bosman, a quien aún le cabe la ropa que llevaba cuando tenía su edad. Según ella, el secreto es caminar muy rápido cuando se pasa por delante de una panadería. Cornelia no estaría de acuerdo.

—¡Feliz cumpleaños, Tetera! —dice Cornelia con una gran sonrisa.

—Gracias.

Disimulando la rabia que le da el apodo, Thea coge a Lucas y se acerca a la alfombra, en la que están todos reunidos.

—¡Qué alta! —dice su padre—. ¿Cuándo dejarás de crecer? ¡No puedo seguirte el ritmo!

—Papá, hace dos años que mido lo mismo.

Su padre se aproxima y le da un largo abrazo.

—Eres perfecta.

—Es Thea —dice la tía Nella.

Thea la mira a los ojos mientras deja a Lucas en el suelo. Siempre es la tía Nella quien intenta que su padre no se exceda con los cumplidos, la primera en encontrar algún defecto.

—Vamos a desayunar —dice Cornelia—. Lucas, no...

Es que el gato, sin gorguera ni nada que lo estorbe, ya tiene un trozo de huevo en la boca. Se refugia en un rincón, con las patas traseras como pantalones de color de arena. A la gente de Ámsterdam no suele gustarle tener animales en casa, por temor de que les llenen de huellas los suelos recién fregados, y hagan sus necesidades en lugares limpios, y destrocen el mobiliario, pero a Lucas la opinión general le es indiferente: él tiene su propia perfección, y a Thea sólo le da alegrías.

—El animal más voraz del Herengracht —afirma la tía Nella—. Ratones no caza, pero se nos come el desayuno que da gusto.

—Déjalo —pide Thea.

—Tetera —dice Cornelia—, aquí tienes tus pufferts de cumpleaños. —Se los enseña; en las tortitas está escrito su nombre: THEA BRANDT—. Hay jarabe de agua de rosas, o si los prefieres con algo más sabroso...

—No, no, está perfecto, gracias.

Thea se sienta en la alfombra, con las piernas cruzadas, y se mete dos pufferts muy seguidos en la boca.

—¡Despacio! —la regaña Cornelia—. Otto, ¿un bollito de mantequilla con huevo?

—Sí, por favor —contesta él—. Mis rodillas no pueden con la alfombra. Si no le molesta a nadie, me sentaré en una silla.

—Tampoco es que tengas ochenta años —dice la tía Nella, pero el padre de Thea no le hace caso.

Las tres mujeres se sientan en la alfombra. Sintiéndose ridícula, Thea se alegra de que nadie pueda verlos desde la calle.

—¿Un vasito de vino? —le pregunta la tía Nella.

Thea se incorpora, con el plato apoyado en la rodilla.

—¿En serio?

—Tienes dieciocho años. Ya no eres una niña. Toma. —Nella le tiende un vasito.

—De Madeira —explica su padre—. En la VOC tenían un barril de sobra a mitad de precio.

—Menos mal —dice la tía de Thea—. No podemos ir comprando barriles de Madeira.

Él no puede disimular la irritación. La tía Nella, roja, se queda mirando las volutas de la alfombra.

—Vamos a brindar —propone el padre—. Por nuestra Thea, y que esté siempre a salvo...

—... bien alimentada... —añade Cornelia.

—... y contenta —se suma Thea.

—Y contenta —repite la tía Nella.

Thea traga el vino, un impacto, un fogonazo en la barriga que le da valor.

—¿Cómo fue el día en que nací? —pregunta.

Silencio en la alfombra y en la silla. Cornelia coge otro bollo y lo rellena de huevo esponjoso.

—¿Qué pasa? —dice Thea—. Estabais todos, ¿no?

La tía Nella se vuelve hacia el padre de Thea, y se miran a los ojos.

—Tú estabas, ¿no, papá? —quiere saber Thea—. ¿O vine sola al mundo?

—Al mundo venimos todos solos —dice su tía.

Cornelia hace un gesto de irritación, mientras el padre de Thea no dice nada. Siempre es igual.

Thea suspira.

—No os alegrasteis de que naciera.

Su familia, horrorizada, se vuelve hacia ella en bloque, saliendo de su inmovilidad.

—¡Pero qué dices, si estábamos contentísimos! —exclama Cornelia—. Fuiste una bendición.

—Fue el final de algo —dice Thea.

La tía Nella cierra los ojos.

—Fuiste un principio —dice el padre de Thea—, el mejor principio del mundo. Bueno, creo que va siendo hora de darte los regalos.

Thea se da cuenta de que la han derrotado una vez más. Lo más fácil es comerse otro bollo con mantequilla y desenvolver los regalos que le tienen preparados: de Cornelia, una caja de sus galletas de canela preferidas; de su padre y su tía... bueno, al menos han estado atentos a una parte de su alma: dos entradas para la función de esta tarde de Titus.

—¿Asientos de tribuna? —dice, entusiasmada. Hay que reconocer que han sido muy generosos—. ¡Gracias!

—No se cumplen dieciocho años todos los días. —Su padre sonríe.

—Podemos pasar el día juntas —sugiere Cornelia.

Viendo sus caras de felicidad, Thea adivina que ya tienen pensado quién irá con ella, y supone que es lógico, porque pronto su padre tendrá que irse a trabajar a la VOC, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, y a su tía no le gusta el teatro.

—Gracias, Cornelia —dice.

Su antigua niñera le aprieta la mano.

Pocas obras son tan violentas como Titus, pero las que le gustan a Thea son las de amor: idilios en el bosque o escenas oníricas en una isla, donde todo se enreda pero acaba resolviéndose. Lleva desde los trece años arrastrando a su tía o a Cornelia al teatro de la ciudad. El ritual siempre es el mismo: llegar pronto, pagar la entrada y los dos stuivers suplementarios por estar de pie y esperar a que se llene la sala con seiscientos noventa y nueve cuerpos más, sin soñar con ocupar el palco de platea, y menos aún un palco privado. En cierto modo, para Thea, la sensación de evadirse en una comedia o una tragedia es como volver a casa. A los dieciséis años, tras un largo tira y afloja y a pesar de las vehementes protestas de Cornelia, su familia accedió a que de vez en cuando recorriera ella sola los cinco minutos a pie hasta el teatro, a condición de que volviera de inmediato. Antes de conocer a Walter, hace seis meses, Thea siempre había cumplido su parte del trato, pero ahora las cosas han cambiado, y ha sido necesario mentir. Ha exagerado la duración de las funciones para poder estar con él, y hasta se ha inventado títulos de obras y días de función para quedar con él detrás del escenario. Su familia jamás ha dudado de ella. Nunca han querido comprobar si la farsa o tragedia en cuestión había llegado a interpretarse. Thea no es del todo inmune al sentimiento de culpa, pero el amor entre ella y Walter es demasiado importante, un idilio no escrito que se desarrolla en los pasillos traseros del Schouwburg, y cuyas palabras no pueden ser borradas, porque las llevan grabadas en el corazón. A ese amor jamás renunciará, está segura.

—No te olvides de lo de esta noche —dice su tía.

Thea levanta la vista de las dos entradas que tiene en la mano.

—¿Esta noche?

No le pasa desapercibida la leve y brusca aspiración de enfado.

—¿Se te había olvidado? —dice la tía Nella—. El baile de Reyes en casa de los Sarragon. Pero,Thea, si es un milagro que nos hayan invitado... Llevo haciéndole la corte a Clara Sarragon desde Michaelmas para conseguirlo.

Viendo la expresión imperturbable de su padre, Thea decide arriesgarse.

—Pero si ni siquiera te caen bien. ¿Para qué vamos?

—Porque tenemos que ir —contesta la tía Nella mientras se acerca en pocos pasos a las ventanas altas y anchas del salón para asomarse a un tramo del canal, el Herengracht.

—Pero ¿por qué tenemos que ir? —insiste Thea. Como nadie contesta, decide jugar su última carta—: ¿Clara Sarragon no tiene plantaciones en Surinam?

El ambiente se tensa. Thea sabe que a su padre se lo llevaron como esclavo a esa colonia, y que a los dieciséis años lo llevó a Ámsterdam el tío de ella, que en paz descanse. De esa época sólo ha oído una historia de boca de Cornelia: la de que las mujeres de Ámsterdam le ponían a su padre pájaros cantores en el pelo, una imagen que la ha incomodado siempre mucho. Aparte de eso, el verdadero pasado de su padre está dentro de un pozo del que no puede sacarlo. Ignora por completo dónde estuvo su padre antes de lo de Surinam, y qué hizo durante su etapa en la colonia. Él nunca habla del tema. Es un vacío tan profundo como el silencio en torno a su madre blanca, otra de las cosas no dichas que impregnan la casa como una niebla. También Otto Brandt parece salido de un huevo.

Thea está harta de los silencios de su familia. Cada vez que presiona a Cornelia, la respuesta es la misma: «Yo vengo del orfanato, y a tu padre lo sacaron de su primera casa. Para nosotros es lo normal. Esta casa es nuestro refugio, el lugar donde vivimos y al que pertenecemos.»

Pero ¿y si no quieres seguir en el refugio? Es lo que se pregunta Thea sin atreverse a decirlo nunca en voz alta. ¿Y si tienes la sensación de que no es el lugar al que perteneces?

—Lo que tenga o no tenga Clara Sarragon no es de tu incumbencia —le dice su tía con dureza. Ninguna de las mujeres mira al padre de Thea—. Que no se te olvide: esta tarde a las seis. Estaremos en el recibidor, listas para salir con nuestras mejores galas.

—O lo que queda de ellas —dice Thea.

—Tú lo has dicho. —Su tía suspira.

—Ve a vestirte, Tetera —dice Cornelia alegremente—. Ahora subo y te ayudo con el pelo.

Thea echa un vistazo a su padre, que se ha puesto a mirar por la ventana, y, sintiéndose ligeramente avergonzada, gira sobre sus talones y deja a su familia en el salón. En la escalera, mientras sube a la penumbra del piso superior, se olvida del baile de los Sarragon, y de su inoportuna referencia a Surinam, y piensa en la auténtica sorpresa de este cumpleaños. Estará encantada de asistir a la magia que crea Rebecca sobre el escenario, pero detrás de los fondos pintados la espera algo mucho más real: el amor de su vida, su razón de vivir. Ninguna fiesta deprimente organizada por un prócer de Ámsterdam arruinará la perspectiva de encontrarse con Walter Riebeeck.

Capítulo 2
2

A las once y media Thea y Cornelia se han marchado con un revuelo de bufandas y cháchara, y Nella se ha quedado a solas con Otto. Agotados después del esfuerzo que les ha supuesto el desayuno, ya vestidos los dos, se reúnen de nuevo en el salón para examinar los restos de sus esfuerzos matutinos. En el silencio y el vacío que se respiran en la casa, Lucas, saciado de huevos, duerme profundamente como un cojín más entre cojines. Nella mira las paredes desnudas y el mísero fuego de la chimenea. Hace meses que no se ocupan de la sala, demasiado grande para calentarla, y con demasiadas superficies duras. A finales de diciembre se helaron los canales, y el ambiente de tensa retirada que reina en la ciudad invade el interior de la casa.

Salir a la calle es una odisea de capuchas de lana empapadas de lluvia, bajo el dedo helado del viento. Nella añora mañanas con más luz, tardes más largas, y sepultar en virutas de cedro un año más la piel raída del cuello de su abrigo. Poco habrá quedado de la mejor leña después de los festejos matinales. Aun así por lo general sólo la cocina y los dormitorios ven el fuego. No tendría sentido calentar la enorme estructura de la casa, exageradamente grande, y llena de ecos tras reducir el mobiliario y vender los tapices. Aún tienen provisiones de turba, pero huele a rayos. Nella sueña con la primavera.

—No nos veo haciendo lo mismo cuando cumpla diecinueve —dice—. ¿Te has fijado en su cara?

—Le ha gustado —señala Otto.

—Deberíamos dejarnos ver aquí más a menudo —contesta Nella, cambiando de tema mientras mira por los enormes ventanales de la fachada—, para que la ciudadanía se quede tranquila al ver que dentro marcha todo bien.

—Esta función empieza a ser tediosa.

—Ya, no hace falta que lo digas.

—Tenemos que ser mucho más prudentes con los gastos de la casa, Nella. ¿Otro florín en velas de cera de abeja?

—Era su cumpleaños —dice Nella sin mirar a Otto. No quiere admitir que las velas eran para ella, ni acordarse de cuando toda la casa olía a miel—. ¿Te acuerdas —añade con cautela, sabiendo que a Otto no le gustan los recuerdos— de cuando quemábamos aceite de rosa?

—¿Aceite de rosa? ¿En serio?

—El mejor de la ciudad. Se lo comprábamos a un comerciante que lo traía de Damasco y lo echábamos por toda la casa. —Se queda un momento callada—. No lo lamento. ¿O a lo mejor sí? —Señala las paredes—. Porque ahora habrá que vender los cuadros para pagar al carnicero.

Otto suspira. Nella ahueca uno de los pocos cojines que quedan, esparciendo su polvo oculto en el aire. Después se sienta y se lo pone en el regazo, como si fuera a mecerlo sobre las rodillas, y apoya las palmas de las manos en las cabezas de león talladas en la silla, con sus melenas que tan bien conoce, coronadas de acanto. Mientras acaricia las fauces de madera con los ojos cerrados, dirige un pensamiento a Dios, pero también a Afrodita, por qué no: «Que salga bien lo de esta noche. Que la quiera alguien».

Al abrir los ojos se encuentra con que Otto la está mirando, y no con buena cara.

—Ya sé que no te apetece ir al baile —le dice.

—¡No irás a decirme que encuentras agradable la compañía de Clara Sarragon!

—Mis gustos carecen de importancia. En cuanto a Clara Sarragon, pienso evitarla todo lo posible. Si vamos es por Thea.

—¿Para que se la queden mirando, y cuchicheen sobre ella tapándose la boca con la mano? Me he pasado la vida intentando que mi hija no sea un espectáculo, que es en lo que van a convertirla. Y la habremos puesto ahí nosotros.

—Quizá sea bueno que se fijen en ella. Thea es guapa, y un dechado de virtudes. Se merece una oportunidad.

—¿Una oportunidad de qué?

Nella no se atreve a pronunciar la gran palabra: «matrimonio». Otto, con los labios reducidos a una fina raya, fija la vista en la chimenea vacía.

—No tienes ni idea de lo que es llamar la atención como la llamo yo, y como la llama Thea —dice—. No es como te crees.

Nella se muerde la lengua. En una ciudad portuaria como Ámsterdam, si algo hay son diferencias. Están los hugonotes franceses, que han ido allí huyendo del odio criminal de los católicos, y a los que la ciudad, siempre pragmática, ha acogido por ser buenos tejedores: de las sedas llegadas de Oriente confeccionan ropa bonita para que los amsterdameses la luzcan ufanos. Están los trabajadores itinerantes de Alemania, Suecia, Dinamarca e Inglaterra que han ido allí a emplearse de criadas o albañiles. Están los ricos mercaderes judíos portugueses que han acudido desde sus plantaciones en Brasil para comprarse casas cerca de la Curva de Oro, y llenar las calles con las incomprensibles y danzantes melodías de dos idiomas. En los muelles viven gentes de Java y de Japón: marineros, médicos, comerciantes, viajeros y vendedores de baratijas; y en el barrio judío, los niños y niñas cuya vida empezó en el continente africano, en sitios cuyo nombre no ha aprendido nunca Nella, y que ahora pisan adoquines holandeses para hacer recados, o van bien aferrados a los estuches de sus instrumentos para tocar en una interminable sucesión de fiestas cuyos invitados ven su actuación como algo emocionante.

Sin embargo, pese a esta heterogénea multiplicidad, desde que nació Thea Nella ha advertido miradas incisivas, persistentes, cada vez que a ésta se le afloja la cofia y se le salen los rizos oscuros y enroscados, y ha visto valorar su aspecto físico, a veces con descaro y otras con sutileza. Thea, con sus ojos marrón oscuro y la piel ocre que se oscurece con el sol, no como la de Nella y Cornelia, que se sonrosa. Nella ha visto esas miradas, pero no las ha sentido, y esta verdad ha trazado una línea entre ella y Otto durante dieciocho años.

—En esta ciudad siempre te vigila alguien —dice él—. Se mantiene la paz con una mano, y con las uñas de la otra se rasca por debajo de la superficie. Así que ten presente cómo lo vive ella.

—No, si ya lo tengo presente. Se ha hecho lo que se ha podido. ¿Qué alternativa tenemos, Otto? ¿Qué quieres, que nos escondamos para siempre? Es el único bebé que vamos a tener, y en la puerta no hubo ningún kloppertje de papel y encaje que informase de que habíamos tenido una hija.

Otto la mira.

—¿Habíamos?

Nella no le hace caso.

—A ti no te pusieron ningún gorro de padre para que te tomaran el pelo y te dieran palmadas en la espalda. Tampoco te eximieron de pagar los impuestos municipales durante un período de gracia. No hubo celebraciones; no se bailó, ni se cantó, ni acercamos el bebé a las ventanas para que nos felicitasen los vecinos por lo gorda y hermosa que estaba. Por no haber, no hubo ni madre.

Se ha pasado de la raya. De pronto en la sala hay otra presencia: la de la madre de Thea, Marin, alta, erguida, mirándolos con sus afables ojos grises; Marin, cuya muerte, pocas horas después de nacer Thea, los dejó perdidos en el mar de una recién nacida sin carta de navegación, brújula ni idea clara del destino. La identidad de la madre de Thea es un tema del que nunca han hablado con nadie de fuera de la casa. Que sepa la ciudad, es una heredera sin madre, y de piel muy morena; un enigma que darían la vida por esclarecer. Ni se han molestado en ir más allá, ni les ha hecho falta, aunque para Nella es una fuente de sorpresa ver cómo se sobrepone la impronta de Marin a las facciones de su sobrina, que sólo con girar un poco la cabeza, con sacar un poco el labio, con suspirar, evoca la figura de su madre ausente.

Cuando Thea rondaba los seis meses, Nella, Otto y Cornelia se pusieron de acuerdo en que lo más sensato y compasivo era no contarle gran cosa sobre las circunstancias prohibidas de su concepción, los pormenores de la muerte de su madre y cómo la habían tenido escondida desde entonces. Eran cuestiones difíciles de explicar a una niña. Con el paso de los años dejaron ese músculo sin ejercitar. No querían que nadie vinculase a Thea con la culpa y la vergüenza de esos tiempos, ni tampoco con su horror, y así, para bien o para mal, Thea pasó a ser sólo hija de su padre y sobrina de su tía, y a recibir los cuidados de Cornelia. No estaba prohibida. Era Thea. Que siguiera siendo eso, sólo Thea.

Marin era un asunto del que no se hablaba, y con el que aprendieron a vivir hasta que el silencio se volvió tan pequeño que lo absorbieron las paredes y los muebles. Relegaron a Marin a la oscuridad. Thea había tenido madre, pero sólo un breve período de tiempo, y ahora estaba muerta. Era imposible hacer preguntas, porque no había dónde indagar. Fue una decisión nacida del pánico a vivir en una sociedad que juzgaba a diestro y siniestro. Al dar a luz Marin no estaba casada; le habría sido imposible casarse con Otto, al menos en un mundo así, pero el fruto de su unión era algo pocas veces visto en la Curva de Oro. Enfrentados a tantas imposibilidades, de algún modo habían logrado criar a una niña fuerte y con confianza en sí misma.

«Pero ¿cómo se nos ocurrió? No se puede enterrar a una madre y esperar que nunca resucite. Debería haberlo previsto.», piensa Nella.

Thea nunca le pregunta a su tía directamente: «¿Cómo era mi madre?» En lugar de eso, se mortifica pensando: «No queríais tenerme. No os alegrasteis de que naciera», lo cual, en muchos sentidos, es peor. En muchos sentidos les ha salido mal.

—Todo lo que hemos hecho ha sido para protegerla —dice Otto como si le leyera el pensamiento.

—Sí, y ahora necesita otro tipo de protección. Déjame que se la busque, Otto; déjame buscarle fiestas y música. Hemos tardado mucho en volver a ser admitidos por la ciudad. Hace un año que no hago otra cosa que tomar el té con gente a la que preferiría empujar al canal.

Nella está desesperada. Ya han llegado muchas veces a este punto.

—Cuantos más años cumple, más se complica todo —dice Otto—. La gente es cada vez más descarada. Hay menos curiosidad y más indignación. Thea y yo no somos los únicos con este aspecto en la ciudad, ni mucho menos, pero quizá sí haya pocos que vistamos tan bien, que eso es lo que odia la gente.

Nella se acuerda de cuando Thea tenía seis años, a lo sumo, y fue al mercado de verduras pegada a las faldas de Cornelia. Una mujer que estaba comprando junto a ellas bajó la vista y cambió bruscamente de expresión, pasando de la curiosidad a algo cercano a la avidez.

—¡Pero qué criatura! —exclamó, metiendo los dedos en la negra corona del pelo de la niña—. No la sitúo. ¿Es...? ¡No, imposible!

—¿A usted qué le importa? —replicó Cornelia mientras se llevaba a Thea, apretando una col con la otra mano como si fuera una granada.

En los últimos dieciocho años ha habido muchas mujeres y hombres col: cabezas grandes, pálidas, de una inteligencia vegetal. Se podría decir que han sido legión, esas coles humanas. Luego están los niños y niñas más morenos que Thea, las criadas afrobrasileñas que esperan en la entrada de las sinagogas para reservar un buen asiento a las esposas de mercaderes portugueses que las tienen a su servicio. De niña, a Thea le encantaba oír los nombres de resonancias portuguesas o hebreas con que se llamaban: Francisca, Yizka, Gracia... Más de una vez le estiró la mano a Nella para que se parasen a mirar. Con el paso del tiempo Nella vio que la niña intentaba llamar la atención de las criadas con la esperanza de reconocerse en sus ojos, pero éstas no acostumbran a mirarla a la cara, salvo muy contadas excepciones. Nella supone que no quieren meterse en problemas. El hecho de que su madre sea blanca la hace distinta a ellas. O quizá se deba a su ropa, como dice Otto, de corte sencillo pero de mejor calidad, más duradera. O ni lo uno ni lo otro. A saber. Nella se ha sentido siempre tan ignorante en esas cosas...

—La protegería la riqueza, si Thea la encontrase en el baile. —Vacila—. La protegería el matrimonio.

—¿El matrimonio? —responde Otto—. Casarse no garantiza la supervivencia. Deberías saberlo mejor que nadie.

Se miran a los ojos. Están entrando en terreno peligroso.

—Lo mejor para mi hija es quedarse aquí —dice Otto.

—¿Le has preguntado si es lo que quiere? Ya has visto nuestros libros de cuentas, y sabes lo mal que estamos. Tú y yo no estaremos siempre aquí —insiste Nella—. ¿Y luego? ¿Qué quieres, que se quede sola en esta tumba gigante, sin ingresos ni protección?

Otto se levanta.

—No, claro que no.

—En fin —sigue Nella, intentando rebajar la tensión—, la que no se morirá es Cornelia. Ésa nos enterrará a todos.

La sonrisa de Otto, aunque amarga, les concede un respiro. A ambos se les nota en el rostro que han pasado dieciocho años. Cornelia, en cambio, sigue trajinando en la cocina como si aún tuviera veinte, y no se achica ante ninguna ave, pescado o tubérculo, por mucho que se le resistan. Parece incluso factible que no se muera nunca.

—Thea no está aquí para salvarnos, Petronella —dice Otto—. No le debe nada a nadie.

—Pero, hombre, eso ya lo sé.

—¿Seguro? —La mira a los ojos—. Si estás tan convencida de que el matrimonio le aseguraría un porvenir, ¿por qué no te casas tú? Ya no hace falta que pienses en criarla. Tienes treinta y siete años, y ella sólo dieciocho.

—Los que tenía yo al casarme.

—Y ya ves lo bien que te salió.

—Otto...

—No eres mal partido. Sarragon te ha invitado a su baile. Se te considera una viuda rica, con un toque escandaloso, y con casa en el Herengracht...

—¡Que Johannes te dejó a ti! Carezco de fortuna a mi nombre.

Otto suspira.

—Alguien habrá que te dé lo que quieres.

Se va hacia la ventana. Nella va tras él.

—¿Y qué quiero? —pregunta.

Aunque Otto no lo diga, ella sabe lo que está pensando: que quiere tener hijos, una suposición que le duele. Es posible que Otto lo sepa. Nella es consciente de lo que piensan de ella en la ciudad: que a sus treinta y siete años ya no es joven. La ven como alguien que lleva mucho tiempo viuda, sin marido ni hijos, una mujer reservada, pudorosa y recatada en su forma de vestir. En muchos aspectos, sin embargo, Nella no tiene ni idea de quién es. Siempre había pensado que sería una mujer con los pies en el suelo, estable y segura de sí misma, pero por dentro es de naturaleza acuosa, una persona que podría acabar en el fondo de un lago. ¿La calificarían de melancólica los médicos? Su edad es líquida, se le escapa entre los dedos. Tiene la cabeza embotada, sin resto alguno de delirio o asombro. Antes tenía la sensación de que sus pensamientos estaban dentro de una concha de nautilo, donde infinitas espirales brillantes iba elevándose desde la base de su cráneo.

—Casa propia es lo que quieres —dice Otto.

—Mi casa es ésta. Casarme con Johannes cambió mi vida para bien.

—Pues no es lo que acostumbras a decir.

Nella se hace la sorda.

—En algún sitio hay un hombre que hará lo mismo por Thea.

—Johannes te mintió al decirte cómo vivirías. Llevas dieciocho años lidiando con ese embuste. ¿Acaso crees que no hay otros que hacen lo mismo?

Nella asimila el golpe.

—Marin también mintió y a ella nunca le reprochas nada.

Otto vuelve al centro del salón.

—¿Y por qué no te vendes la ruina y santas pascuas? —dice—. Algo de dinero sacaríamos.

Nella siente un pinchazo en el estómago. Eso sí que no, la ruina no. De vez en cuando a Otto le gusta evocar la casa de Assendelft donde vivió Nella de pequeña, y a la que no ha vuelto desde el día en que la despacharon a Ámsterdam para ser la mujer de Johannes Brandt. Siempre se ha resistido a emprender ese viaje hacia el pasado, incluso cuando murió su hermana Arabella, la última que le quedaba, cuatro años antes: en vez de acudir en persona, pagó a un agente para que visitase la casa y redactase un informe. El resultado, como bien sabe Otto, describía una calamidad: un tejado lleno de boquetes, un piso superior inhabitable, un lago obstruido por la maleza y unos huertos yermos. En el antiguo jardín de hierbas aromáticas ahora pastaban las vacas, y el agente tuvo la impresión de que la cocina y las habitaciones de la planta baja habían acogido durante meses a un grupo de bandidos que se habían dedicado a encender hogueras sobre las alfombras y romper las ventanas. Según los habitantes del pueblo de al lado, la casa estaba embrujada. A Nella no le hizo falta leer más para mandar que la tapiasen, y está decidida a no volver.

Aunque en realidad desde años antes de irse ella, por causas que nunca explica a nadie, la casa ya era un espacio de infortunio, miedo y abandono. Le ha costado mucho dejar de ser la Nella que vi

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