La dama blanca

Alicia García-Herrera
Alicia García-Herrera

Fragmento

Namárië

Namárië

¡Ah, como el oro caen las hojas en el viento!

E innumerables como las alas de los árboles son los años.

Los años han pasado como sorbos rápidos

y dulces de hidromiel blanco en las salas

de más allá del Oeste,

bajo las bóvedas azules de Varda,

donde las estrellas tiemblan

cuando oyen el sonido de esa voz, bienaventurada y real.

¿Quién me llenará de nuevo la copa?

Pues ahora la Hechicera, Varda, la Reina de las Estrellas,

desde el Monte Siempre Blanco ha alzado las manos como nubes,

y todos los caminos se han ahogado en sombras

y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende

sobre las olas espumosas que nos separan,

y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.

Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!

¡Adiós! Quizá encuentres a Valimar.

Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!

Prefacio

Your dream is over…
or has it just began?

QUEENSRŸCHE, «Silent Lucidity»

Cercanías de Christchurch,

condado de Hampshire, 29 de agosto de 1973

John Ronald Tolkien se caló el sombrero de fieltro gris y volvió a pasarse el pañuelo por el rostro. A su izquierda, justo al inicio del sendero, se abría un bosque poblado de viejos robles amarillos. Las ramas se inclinaron hacia el viajero para darle la bienvenida. Un murmullo suave, apenas un susurro, se extendió a ambos lados del estrecho camino embarrado. Era el viento del mar, que se deslizaba alegre entre las copas. Las gotas titilantes que pendían de las hojas se desprendieron, formando una pequeña lluvia de lágrimas. Ronald Tolkien cerró los ojos e inspiró con lentitud el olor inconfundible, atávico, de la tierra mojada. La magia del bosque dorado inundó sus viejos pulmones del aroma de la niñez, savia que penetraba las raíces y recorría sus arterias para infundirle una calma, una quietud atemporales, como si él mismo fuera un viejo árbol nudoso, no un simple caminante en busca de su destino. Poco a poco el canto de los árboles cesó y el hechizo se fue diluyendo bajo el pálido sol de la mañana.

El anciano avanzó unos pasos más por el sendero, no sin torpeza. La rodilla izquierda se quejaba, síntoma de que el tiempo estaba cambiando. Se anunciaba la lluvia. Caminar le resultaba fatigoso, pero si el guarda forestal estaba en lo cierto, no tardaría en llegar a Rosehill Manor, la antigua mansión de los condes de Aldrich. El hombre, de indudable origen galés a tenor de su acento, le había advertido que allí solo encontraría ruinas. «Tal vez debería volver al pueblo», sugirió entre dientes, pero John Ronald hizo ademán de marcharse en dirección opuesta, de modo que terminó por ceder y le indicó el camino. Mientras se explicaba, sacó una petaca del bolsillo. Le ofreció un poco de licor al viajero con amabilidad, pero este declinó el ofrecimiento.

«Si lo que busca es historia —ahora se expresaba con mejor talante—, debería visitar el Priorato o la casa normanda. También podría subir hasta el castillo de los Highcliff, aunque es un largo trecho. Le valdrá la pena a pesar de la caminata, hay buenas vistas. Rosehill, si me permite que se lo diga, es un lugar triste, siniestro. Ni siquiera es alegre los días soleados, tanto más hoy, que se espera tormenta. Además —y esto lo expresó casi en un susurro—, circulan rumores sobre ese lugar maldito. Parece usted un hombre sensato. Hágame caso y márchese. Allí, en Rosehill, ya no queda nada».

Ronald Tolkien comprobaría pronto que el guarda tenía razón. Nada quedaba en Rosehill, ni siquiera la memoria de los buenos tiempos. Nada excepto soledad, abandono, la consecuencia del olvido. Una vez, sin embargo, la mansión de los Aldrich había sido una de las casas más atrayentes de toda la comarca. El moderno castillo de los Highcliff, propiedad de lord Stuart de Rothesay, no había podido competir con el encanto ni la elegancia depurada de Rosehill Manor. La casa, construida con ladrillos blancos, había sido levantada a mediados del xviii por el primer conde de Aldrich, un soldado aguerrido que había demostrado su valor en la batalla de Dettingen, la última en la que había participado un rey inglés. Su esposa, lady Leonora, una italiana de mirada ardiente, había imprimido a la finca el estilo de los palacios meridionales. En los jardines hizo construir un laberinto y plantar múltiples macizos de rosas amarillas, sus favoritas. Se decía que, durante la primavera, la fragancia de las rosas llegaba hasta las habitaciones de la dama para despertarla cada mañana. Un siglo después, Frances Aldrich heredaría la pasión de Leonora por las rosas. Para tenerlas cerca impuso a sus herederos la manda de enterrar sus huesos en la colina y no en el Priorato, donde reposaba el resto de la familia. Sus descendientes habían seguido su ejemplo. Por eso Rosehill era una de las pocas fincas que contaba con su propio cementerio familiar.

Pero no eran sus muros pálidos, las rosas abundantes o la excentricidad del cementerio las únicas causas de la notoriedad de Rosehill. La leyenda vinculada al hogar de los Aldrich se debía sobre todo al pequeño aeródromo privado que a principios del siglo XX añadió a la finca William Percival Aldrich, tan excéntrico como su tatarabuela.

El aeródromo se levantaba a pocas millas de Christchurch. Ocupaba buena parte de los terrenos situados al oeste de la finca, en los que el bosque había sido talado. Después de la Gran Guerra, el conde decidió desmantelar el hangar e instalarse en Londres. Durante su ausencia un rayo había incendiado una de las pequeñas torrecillas que flanqueaban la fachada de la casa. Las llamas devoraron la piedra blanca. Las maderas de la techumbre se desplomaron e hirieron el piso y todo lo que había de valor. Los jardines de Leonora Aldrich quedaron devastados. Solo permaneció intacto el pequeño cementerio familiar. Allí era precisamente donde terminaba el sendero por el que transitaba el viejo Ronald Tolkien.

El cementerio de los Aldrich ofrecía una imagen inhóspita, como había advertido el guarda. De la tierra, tapizada de hojas secas y hierbas hirsutas, sobresalían unas cuantas lápidas inclinadas, romas, parecidas a molares desgastados. Los ojos acuosos del anciano profesor recorrieron los monumentos funerarios con ansiedad. Su vista era todavía relativamente buena, pero para leer necesitaba usar lentes de aumento, así que se palpó el bolsillo de su eterna chaqueta de tweed y sacó unas gruesas gafas con cristales de lupa que le conferían el aspecto de un búho sabio. Las letras grabadas en algunas de las pocas lápidas que quedaban en pie eran por completo ilegibles. Miró a su alrededor con avidez. Enseguida le llamó la atención un túmulo algo más apartado del resto. Era un pequeño templete de planta rectangular, rodeado de cadenas herrumbrosas. En otro tiempo debió de haber sido de mármol blanco, como la casa, aunque ahora parecía gris. La base estaba circundada por un nido de arbustos salvajes que la abrazaban para protegerla de miradas indiscretas. El viejo corazón del profesor baqueteó a ritmo adolescente, avivado por la emoción de una cita que había estado aplazando durante más de medio siglo. Ronald Tolkien aceleró el paso, casi como si fuera uno de sus ents, un viejo árbol andante invadido por un repentino apresuramiento. Ayudado por el bastón, separó las malezas que crecían alrededor del túmulo. Del bolsillo izquierdo de la chaqueta sacó otra vez el arrugado pañuelo de lino, recuerdo de tiempos más felices. Se inclinó con torpeza para limpiar la inscripción en el frontis, manchada de barro y musgo. Allí estaba. Gala Aldrich Eliard. Sus dedos nudosos repasaron el nombre cincelado en la piedra, que parecía inusualmente cálida. Ronald retiró la mano. Le embargaba la misma pesadumbre que a los trece años, cuando supo que su madre, Mabel Tolkien, había muerto.

Un viento fresco levantó las hojas, formando remolinos que jugaban en espiral. Las nubes taparon por un momento el sol. No podía quedarse por más tiempo. Además, el doctor Tolhurst lo esperaba. El doctor había tenido la bondad de invitarlo a pasar unos días en su casa, en Bournemouth, y se inquietaría si se retrasaba demasiado.

El viejo Ronald Tolkien se sacó del bolsillo del pecho una antigua medalla militar, una cruz templaria sobre la que brillaba una estrella de plata. Había pertenecido a un soldado francés ya olvidado, el premio a su valor. El anciano la apretó entre la fina red de arrugas que atravesaba la palma de la mano, hasta que las puntas se le incrustaron en la piel. Luego depositó la condecoración en una pequeña hornacina que había junto a las puertas del mausoleo.

—He cumplido mi promesa —musitó entre dientes.

Pasó de nuevo los dedos sobre la inscripción de la piedra. Cerró los ojos y, al hacerlo, las brumas del tiempo se disiparon para traerle de nuevo aquel bello rostro, la voz musical de reminiscencias francesas y la sonrisa aristocrática no exenta de una cierta tristeza evanescente, de un cierto hastío. La veía como lo hizo por última vez, vestida de blanco entre el tumulto de la estación, la mirada serena, paz en medio del caos de trenes, camilleros, soldados y humo, una luz de esperanza en un mundo que se precipitaba a las tinieblas. Era noviembre y, en aquel momento, en aquella estación, el joven Ronald comprendió con amargura que Gala estaba abocada a un final prematuro. Como Thought, Gilson, G. B. Smith, Ralph Payton o Tea Cake Barnsley, los jóvenes caídos de la King Edward’s, ella pertenecía a otro tiempo. Tampoco envejecería jamás.

John Ronald Tolkien rezó frente a la sepultura con la barbilla inclinada hacia el pecho. Un remolino de viento agitó otra vez las hojas. Las últimas palabras del rey Elessar se revolvieron en su memoria: «No estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos». El viejo profesor sabría muy pronto si en aquellas palabras había algún rastro de verdad. Su momento había pasado. Lo intuyó cuando se reunió con Christopher Wiseman, su alter ego, a quien no había vuelto a ver desde su juventud. Terminó de aceptarlo tras la visita a la granja de Evesham, el hogar de su hermano. Los ciruelos que Hilary cuidó amorosamente durante casi toda la vida habían dejado de dar frutos, agostados por el peso del tiempo. Era necesario arrancarlos de raíz y plantar nuevas semillas que se abrieran paso en la tierra fértil. La conciencia del final venía reforzada por los múltiples honores de que era objeto. Varias universidades inglesas y norteamericanas le habían ofrecido doctorados honoris causa, e incluso Oxford le otorgó el Grado Honorario en Letras para celebrar su carrera académica. Cuando la reina Isabel II lo nombró Comendador de la Orden del Imperio Británico, Ronald Tolkien se había emocionado hasta el borde de las lágrimas al pensar en el orgullo que habría sentido su madre, la dulce Mabel. Ningún honor, sin embargo, podía compensar el vacío de las ausencias. Regresar a Oxford había ayudado a mitigar la tristeza por la pérdida de Edith, pero, cuando cada noche los estudiantes se marchaban y se imponía el silencio en el viejo caserón que ocupaba en el Merton College, la soledad física terminaba por atraparlo. Únicamente quedaban retazos de recuerdos.

Volvió a mirar la tumba por última vez. Su hora estaba próxima, lo presentía. Pero John Ronald no temía ya la propia muerte. Al contrario, la aceptaba de buen grado. No, la muerte no lo asustaba. Sería la dama de negro la que le traería de nuevo aquella luz que lo había acompañado en las horas oscuras, demasiado frecuentes, y lo había guiado por los senderos de la fantasía para construir nuevos mundos llenos de dragones, magos, elfos, hombres y enanos, seres de otro tiempo. El John Ronald real, profesor, amante, esposo, padre entregado, amigo, ciudadano ejemplar, no habría podido existir sin el consuelo que le otorgaba saberse partícipe de su universo fantástico, y no tan solo su creador. Porque aquella parte que amaba a Gala también permanecía allí, en la Tierra Media, donde ella sería eterna. Tocó de nuevo las letras que había sobre la piedra. Gala Aldrich Eliard. El anciano asintió levemente para sí mismo y sonrió mientras sus ojos se desbordaban. Pronto ambos mundos se harían solo uno. Entonces los viejos fantasmas se marcharían para siempre y él podría encontrar, por fin, la paz.

I

GRIAL

1

Catástrofe

Yes, there are two paths you can go by, but in the long run, there’s still time to change the road you’re on.

LED ZEPPELIN, «Starway to Heaven»

España, inicios del verano

Dice la ley de Murphy que todo lo que puede suceder sucede. Que Anna Stahl abandonara la universidad podía suceder, como de hecho sucedió. Ese acontecimiento no dejaba de ser trágico, un verdadero asesinato: la doctora Stahl era una de las especialistas en literatura inglesa más reconocidas entre la comunidad académica. Pero con independencia de si su cese era o no justo, Anna Stahl, la doctora Stahl, hubo de aceptar los hechos. Estaba sin trabajo, en la puta calle, por lo que debía desalojar su despacho de inmediato. Aquello era tanto como morirse.

En aquel momento no era un consuelo para Anna saber que aquella muerte era lo único que podía suceder para que su vida, la cuarta o la quinta ya, adquiriese algo de sentido. En aquel momento solo pensaba que bajo sus pies se abría no ya un camino incierto, sino un verdadero abismo. Lo que había sucedido tenía tintes de catástrofe, o al menos así le parecía entonces. Aquel desenlace tenía solo una ventaja. Estaba cansada de que la hiciesen de menos por sus arriesgadas opiniones sobre John Ronald Tolkien, en cuya obra se había especializado. Ahora ya no tendría que pasar por eso.

Del día en que Anna Stahl dejó de pertenecer a la comunidad académica le quedó después en el recuerdo el calor bochornoso, habitual en una ciudad mediterránea en la que apenas llovía, el desánimo, el silencio en los pasillos vacíos de la facultad. Aquella soledad era un alivio hasta cierto punto, ya que de otro modo se habría visto obligada a aceptar de nuevo aquellas frases de consuelo huecas e inútiles que tanto la irritaron cuando su expulsión se hizo pública. Al pensar en todo aquello se mordió los labios para que el dolor la ayudara a olvidar las lágrimas de rabia que le nublaban la vista. Se sorbió la nariz y pasó todos los ficheros de su ordenador al disco duro. Mientras los documentos se cargaban, despegó del corcho anclado en la pared las fotografías que la habían acompañado todos esos años. Había dos instantáneas que correspondían a los tiempos de St. Hugh, en Oxford. Anna se apoyó sobre la mesa y cerró con fuerza los ojos, como si esto la ayudara a contener sus pensamientos, que corrían desbocados.

Tres años antes, St. Hugh College había sido para ella un lugar de naturaleza alquímica. Tras la muerte de la abuela Rosalía, el último anclaje a la niñez, Oxford se erigió en su tabla de salvación. Era la Universidad con mayúsculas, una madre acogedora que suplía a las suyas propias, porque a estas ya no las tenía. Los edificios de reminiscencias medievales, los estudiantes que lucían la toga negra sobre los tejanos y el ambiente multicultural de la ciudad suscitaban en Anna la impresión de encontrarse en el lugar adecuado en el momento justo. Esos símbolos centenarios y las múltiples asociaciones que le dieron la bienvenida reforzaron esta convicción.

Fue en la época de St. Hugh cuando Anna Stahl conoció a Desmond Gilbert, investigador del Departamento de Inglés. Por una cuestión un tanto azarosa, el profesor Gilbert, especialista en literatura e historia medieval, se convirtió en su supervisor. Aunque su área de estudio era por aquel entonces la poesía inglesa, Anna asistió por cortesía a la mayor parte de los seminarios que Desmond Gilbert impartió ese año. Todos ellos versaban sobre el ciclo artúrico, en el que era un verdadero experto. La joven doctora no se arrepintió en absoluto. Como profesor, Gilbert era mucho más que notable, un auténtico erudito. Por fortuna no tenía nada de pomposo, como acreditaba su atuendo informal, algo descuidado, muy propio de su juventud relativa —la aventajaría solo unos nueve o diez años—, lo que la terminó de fascinar. Era además un hombre alegre, profundo y polifacético, amante del hard rock y escritor aficionado, aunque aún no podía atribuirse ningún gran logro. Aquello no le importaba demasiado porque, según manifestaba, nunca había perseguido la fama, sino la verdad literaria, lo que él llamaba un poco en broma «el grial». Como explicaba en sus seminarios, se trataba de la clase de verdad que no siempre se apoya en la historia, en lo real, pero acerca la obra a su perfección. Anna nunca acabó de entenderlo del todo. Sin embargo, el profesor Gilbert fue para ella un verdadero hallazgo. Ahora que había pasado el tiempo lamentaba que la distancia y una cierta desatención por su parte hubieran enfriado aquella amistad tan valiosa.

Anna guardó las fotografías en un sobre. Necesitaba salir ya de aquel lugar, se asfixiaba. Dio un último vistazo a su antiguo habitáculo. Sobre la mesa solo quedaba un libro. Se trataba de una antología de poetas ingleses del XIX, entre ellos William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge, Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, John Keats, Tennyson y otros. Lo introdujo en la caja de cartón, junto al resto de sus cosas. Se mordió de nuevo los labios para contener el llanto. Los poetas de ese libro habían marcado su vida. «Busqué siempre el saber, pero encontré el dominio», se dijo con ironía. Aquel verso de Owen, el mejor de los poetas de trinchera, parecía escrito para ella.

Tomó las cajas que atesoraban todo lo que hasta el momento había sido su vida académica y se marchó por fin. Mientras recorría los pasillos solitarios, Anna maldijo en voz alta a Felix Winter, su mentor. Resultaba extraño que al principio ella se hubiera entusiasmado con él del modo en que lo hizo. Todo el secreto radicaba en la voz, una mezcla deliciosa de acentos que ejercía sobre Anna, y sobre todo el que era capaz de resistirla, una influencia hipnótica. No importaba que Felix Winter pronunciara habitualmente discursos hueros. Él seducía con las palabras, con su mirada intensa y azul. Por eso, cuando aceptó dirigir su tesis sobre las Memorias completas de George Sherston, la obra autobiográfica de Siegfried Sassoon, Anna se creyó una privilegiada. Entonces le parecía el mejor, como a la mayoría. No se arredró al afrontar sus exigencias, la sobrecarga de trabajo o los frecuentes cambios de humor, desconcertantes. Se hallaba frente a un reto, en cierto modo ante un misterio, pero cuando logró superar el reto y resolver el misterio, solo experimentó el amargo sabor de la desilusión. Al final de su viaje por los senderos del conocimiento pudo comprender que su mentor no era el hombre probo, íntegro y sabio que parecía, sino una criatura mezquina, injusta y bastante mediocre, un narcisista perverso al que desagradaba el entusiasmo juvenil de Anna, su voluntad de trabajo férrea y su agudeza; todo aquello por lo que la había elegido.

Las primeras manifestaciones explícitas de la animadversión de Felix Winter hacia su pupila se dieron durante la redacción de un diccionario de poetas ingleses de principios del XX. No hacía mucho que Anna había leído ante un tribunal bastante exigente su tesis, premiada con un rotundo y sonoro cum laude, y este hecho le dio valor para enredarse en un proyecto de investigación sobre fantasía épica del que Tolkien era protagonista. Anna no pudo evitar enamorarse del profesor, tal y como antes se había enamorado de Siegfried Sassoon. Aquella nueva línea de trabajo, que al principio había contado con el apoyo de Winter, no resultó finalmente de su agrado. A menudo tenían fricciones sobre las cuestiones más insospechadas. El ambiente se fue caldeando, hasta que un día estalló la guerra de un modo más o menos formal.

Todo sucedió durante una reunión del equipo. Anna echó de menos, y así lo expresó, la inclusión de John Ronald Tolkien entre los poetas que integrarían el diccionario. La reacción de Felix Winter fue una sonora carcajada burlesca que expresaba su desprecio hacia las opiniones de la joven doctora, un desprecio de naturaleza personal sin un fundamento científico riguroso.

—La popularidad de Tolkien vino mucho después gracias a Jackson y sus películas. —La afirmación no era exacta, pero el tono de Winter resultaba tan ácido que nadie se atrevió a contradecirlo—. Todo ello sin mencionar que se trataba de un poeta francamente mediocre. No puede figurar en ningún caso junto a creadores de la talla de William Yeats, T. S. Eliot, Sassoon, Owen o incluso Graves, si me apura.

Una ira efervescente atrapó a Anna desde el centro del pecho hasta la garganta, la misma que la había invadido al leer a Graves en Adiós a todo esto, pues él tampoco mencionaba a Tolkien entre los poetas oxonienses de su generación, como sin duda también sabía Felix Winter. No era solo que Anna tuviera un interés especial en el maestro, como resultaba notorio, sino que poseía un innato sentido de justicia. Aunque Tolkien no hubiera ganado un Nobel —al que fue nominado por sugerencia de C. S. Lewis—, e incluso aunque el comité de expertos hubiera calificado su obra como prosa de segunda, la producción en verso del profesor no era nada desdeñable, unos ciento dos poemas si no había contado mal. Sus primeras poesías habían aparecido justo en el periodo temporal que abarcaba el diccionario y, aunque a su pesar Anna tuviera que coincidir con su tutor en cuanto a la calidad poética de Tolkien, había un trabajo suyo, Mitopoeia, con un Filomito y Misomito bastante reales, cuyas enseñanzas literarias eran tan valiosas como las de Aristóteles para los que sabían mirar bien. Anna insistió por estas razones en su inclusión en el diccionario que, por otra parte, no juzgaba la calidad de los citados, sino su mera existencia. Así se lo hizo saber a Winter con un tono igual de acre que el suyo porque nunca fue ni sería diplomática. En respuesta recibió un silencio gélido.

John Ronald Tolkien fue incorporado finalmente al diccionario de poesía inglesa, pero aquella pequeña victoria no estuvo exenta de consecuencias para Anna. Ese simple hecho supuso, de acuerdo con el código personal de mister Winter, la primera fisura notoria en el pacto de vasallaje que tenía suscrito con su mejor discípula. Luego habría otras, pues él no dejaba de buscar la ocasión de ponerla a prueba. Anna conocía muy bien los riesgos de desviarse del camino señalado por la autoridad, pero sus convicciones terminaron por prevalecer. El precio de la libertad finalmente le supo amargo. Demasiada incertidumbre. Anna no sabía qué iba a suceder a continuación. Esta vez no tenía un plan.

Al llegar a casa ya no pudo hacerse la valiente. Dejó sus pertenencias sobre la mesa y estalló en sollozos incontenibles echada de bruces sobre su portátil. Acababa de recordar algo. Al perder su vinculación con la universidad, no podría seguir utilizando su carnet de la biblioteca. El servicio de informática le cancelaría también la cuenta de correo. Era el deshonor del soldado al que arrancan los galones obtenidos con mérito y esfuerzo.

Mario, su querido Mario, se tomó toda aquella situación con una tranquilidad pasmosa.

—Todo irá bien, bobita. —Ya no hubo ninguna otra palabra. Se calzó sus zapatillas y se marchó a correr por la playa.

Aquella flema tan británica desconcertó a Anna. Hubiera necesitado algo más de pasión, que Mario insultara a Felix Winter, que prometiera patearle las espaldas. Mario solía ser así, incapaz de perder la calma aunque el mundo estallara en mil pedazos, pero aquella frialdad, aquella distancia eran nuevas. Ella lo achacaba a su profesión —Mario era desarrollador de videojuegos— y al actual proyecto en que colaboraba su empresa, un nuevo juego de samuráis inspirado en el Heike Monogatari. Era un encargo muy ambicioso, altamente satisfactorio para cualquier artista amante de la cultura japonesa. Mario lo era hasta el frikismo.

Unos días después, cuando ya empezaba a instalarse en ella la desesperanza del náufrago perdido en el mar sin tierra a la vista, recibió una llamada de Felix Winter. Anna le suponía veraneando en aquella lujosa masía alicantina de la que tanto se vanagloriaba, un lugar encantador rodeado de olivos y vides. En un arranque de generosidad que contradecía su actitud de los dos últimos años, Winter se ofreció a ayudar a su ángel caído a buscar una estancia de investigación en alguna universidad europea mientras él negociaba una solución para reintegrarla a su plaza. Anna sospechó. Aquello podía tardar meses, como sabía bien Felix, y ella necesitaba algo de inmediato. Las de Winter eran simples frases huecas destinadas a aliviar la poca conciencia que le quedaba, la tristeza del invictus frente a un enemigo evidentemente inferior, incluso una forma de volver a captarla para su causa, esta vez más sumisa y, por supuesto, lejos de proyectos que tuvieran que ver con la fantasía épica.

—¿Por qué no vuelve a St. Hugh? —sugirió.

Anna colgó el teléfono como si quemara. La chispa, sin embargo, había caído en un lugar propicio y empezaba a prender. El consejo de Winter resultaba acertado. Anna pensó en las fotografías que había despegado del corcho unos días atrás. Buscó el sobre donde las había guardado. Por un momento temió haberlas perdido, pero no, ahí estaban. Miró de nuevo su imagen, sonriente, junto a la de Desmond Gilbert. Parecía increíble que solo hubieran pasado unos pocos años, algo más de tres. Ahora parecía como si les separara toda una vida.

A pesar de todo se convenció de que no sería inapropiado enviar un correo a Desmond para explicarle su situación, como le había recomendado Felix Winter. Redactó un escrito atemperado que solo dejaba entrever muy sutilmente su desesperación. Echaría de menos el mar si finalmente volvía a Oxford, lo que, por otro lado, no era nada probable. Se disponía ya a pulsar el send mail cuando Mario llegó a la casa. Parecía muy contento, tanto que la tomó de la barbilla y acarició con los labios el hoyuelo que tenía en el centro.

Anna cerró el correo de golpe y bajó la tapa del portátil para ocultar su conato de traición, no menos grave por necesaria. A Mario nunca le había gustado Desmond Gilbert. De hecho, si lo pensaba bien, esta era la razón por la que no habían mantenido apenas contacto tras su vuelta a España. Seguramente a Mario le fastidiaría la idea de que se marchara a Oxford por tiempo indefinido si, por alguna remota casualidad, la aceptaban en St. Hugh. Por eso prefirió no hablarle de Oxford.

—¿Vamos a la playa? —propuso.

Mario parecía algo desconcertado. Habría preferido meterse bajo el grifo de agua fría, pero la expresión de Anna era acuciante.

—Sí, claro.

Caminaron por la arena tomados de la mano. El mar levantaba burbujas de espuma al batirse con furia contra las rocas del malecón. Pequeñas gotas frescas les salpicaban el rostro. Pronto, el horizonte se tiñó de rosa y malva, luego de rojo, y la luna, grande, de un amarillo lechoso, se perfiló sobre sus cabezas. El instante era perfecto, pero la magia de la puesta de sol se deshizo justo cuando el móvil de Mario vibró. No quiso atender la llamada.

—¿Por qué no contestas? —preguntó Anna.

Mario guardó silencio, pese a que el teléfono siguió sonando.

Ya en la casa, mientras trasteaba en la cocina, Anna le oyó conversar. Parecía alterado. Pensó en la misteriosa llamada de antes, pero no quiso darle importancia. Cuando regresó a la sala con la bandeja de la cena, él la miró como si viera a través de ella. Después colgó el teléfono abruptamente, sin despedirse de su interlocutor. Anna arrugó la nariz.

—¿Problemas en el reino? —preguntó. Mario esbozó una sonrisa amplia, algo falsa.

—No es nada. Todo está bajo control.

No era cierto. La vida de Anna se estaba haciendo pedazos, pero Mario prefería ignorarlo. Pese a las fracturas en la porcelana, fue una noche dulce y placentera, la última que pasarían en algún tiempo, al menos juntos.

Al día siguiente Anna despertó algo más tarde de lo habitual. Extendió la mano buscando la huella de Mario, pero solo encontró ausencia. Últimamente era así siempre, hasta que llegaba el atardecer.

Pasó el día revisando el correo, el móvil y las redes en busca de alguna noticia que la sacara de su apatía. Nada, no había nada, tampoco rastro alguno de Desmond Gilbert. Como era lógico, la había olvidado. Isabel Roldán, su única amiga, le había dejado un mensaje tras otro en el contestador. Anna no se veía con fuerzas para atender sus llamadas sin estallar en una nube de autocompasión y, por ende, de llanto. Isabel… Lo cierto es que la echaba de menos. Era una burbuja efervescente, alegre, siempre dispuesta a la broma.

La semana pasó sin novedad alguna. Anna empezaba a aceptar su situación, a la que intentaba sacar todo el partido posible sin lograrlo. Uno de esos días informes en los que no sucedía nada recibió como por ensalmo la visita de Isabel. No era algo del todo inesperado; Anna sabía por los mensajes no contestados que estaba en la ciudad. A pesar de su creciente misantropía, se alegró sinceramente al ver el rostro pecoso y el cabello rojo oscuro de su amiga al otro lado de la puerta. Isabel dio dos besos al aire antes de cruzar el marco como si fuera un torbellino.

—Debería retirarte la palabra —la advirtió—. ¿Te parece justo tratar así a tu hermana, señorita? Por cierto, estás horrible.

Anna se miró con cierto aire de culpa. Llevaba unos pantaloncillos deshilachados y una camiseta blanca con dibujos de mariposas. La había comprado en Camden Town, en Londres, justamente durante su año en Oxford. Hacía tanto calor que, mientras trabajaba, había improvisado un moño con unos cuantos lápices de colores.

Isabel hizo un mohín gracioso.

—No me hagas caso, es pura envidia. Ese bronceado te sienta más que bien. Aunque sé que eso es exactamente lo que mereces, no voy a retirarte la palabra. Anda, miénteme, cielo, y di que no has escuchado ni uno solo de mis mensajes.

Anna cruzó los dedos a su espalda.

—No he escuchado ni uno solo de tus mensajes.

El rostro de Isabel se contrajo en una mueca inquisitiva.

—Tu mirada es directa, la de una mentirosa profesional. Estás faltando a la verdad.

La joven estalló en risas. Necesitaba reír, pero su alegría sonaba algo epidérmica.

—De acuerdo, he mentido —bromeó—. Me conoces mejor que nadie, Isabel, no te hacen falta tácticas policiales. Estoy en una de esas épocas de transición e incertidumbre que tanto detesto, una pura agonía. Necesito estar sola, al menos hasta que pueda sacar la cabeza del pozo o suceda algo que me ayude a remontar. Un imprevisto.

—Mi niña… —Isabel abrió los brazos—. Ven con mamá, anda.

Anna enterró la cabeza en su hombro mientras se preguntaba por qué Mario no era capaz de hacer lo mismo y acogerla para quitarle la angustia de sentir que su vida era un fracaso.

Un momento después fueron a la cocina y prepararon café al estilo árabe, una vieja tradición. El abrazo sensual de las especias —clavo, cardamomo y azafrán— tenía la virtud de trasladar a Anna a aquella parte de su infancia que percibía como un paraíso, un oasis donde todavía era posible la plenitud. En ese lugar ucrónico aún podía sentir la caricia suave de su madre, aspirar su perfume y escuchar el timbre de su voz musical. Allí también habitaba aún su padre, cuya mano sujetaba la suya para guiarla por senderos luminosos llenos de sueños inconcretos. La abuela Rosalía era entonces una sombra que vivía lejos, en una ciudad desconocida para Anna, Tel Aviv.

Mientras degustaban el líquido hirviente en la terraza, Anna le habló de sus inquietudes. También de Oxford.

—Oxford. —Isabel estudió la expresión de Anna—. ¿No es allí donde conociste a aquel profesor tan atractivo? ¿Cómo se llamaba?

—Desmond Gilbert. —Anna se ruborizó—. Era mi tutor en St. Hugh. Pero no me fijé mucho en su aspecto, ya que lo mencionas.

Isabel tomó el rostro de Anna entre sus manos. Era obvio que la compadecía por su ceguera.

—Escríbele entonces. ¿Qué pierdes?

Anna se encogió de hombros en vez de confesarle que ya lo había hecho.

—Supongo que nada, ya que el sentido del ridículo lo he perdido por completo. Pero pensar en una plaza en St. Hugh es casi imposible, Isis. Y aunque lo fuera tendría que separarme de Mario. No es exactamente lo que deseo.

Isabel hizo un gesto que Anna no supo cómo interpretar. Mario no era santo de su devoción.

—Será algo temporal. Sobrevivirá, seguro. Ahora no pienses en Mario y préstame atención. Mira.

Isabel le tendió un sobre rojo. Al abrirlo Anna encontró algo que no esperaba, no al menos en ese momento. Se trataba de dos pasajes de la El Al Israel Airlines. En la reserva estaban impresos su nombre y el de Isabel. Volaban tan solo dos días después.

—¡Tel Aviv!

Desde su vuelta de St. Hugh Anna planeaba de forma cuidadosa el viaje a Israel. Cada año se prometía visitar Tierra Santa, pero los astros se alinearon sistemáticamente en la dirección equivocada, de modo que el viaje se había ido postergando. En esta nueva ocasión no había más causa que el desánimo, pero era suficiente. Anna devolvió el sobre.

—No puedo. No ahora.

A Isabel no le sorprendió aquella respuesta.

—Solo será un fin de semana largo. Lo pasarás bien. Es más, yo diría que lo necesitas más que nunca. Luego puedes quedarte conmigo en Madrid unos días, no tengo vacaciones aún. Podrías visitar el Prado. Es increíble que nunca hayas visto Las hilanderas. Una vergüenza.

Anna admitió que lo era.

Mario, siempre reservado con Isabel, alentó esta vez a Anna a marcharse, a no dejar pasar la oportunidad de atrapar el último sueño de una juventud que empezaba a marchitarse bajo el peso de los deseos no cumplidos.

—Ve, Annie. —Anna odiaba que Mario la llamara así—. Te sentará bien cambiar de aires. No te preocupes por mí. Mantendré encendido el fuego del hogar.

Anna sonrió ante la alusión velada a sus trabajos sobre la Primera Guerra Mundial. Era como si por primera vez Mario la tuviese en cuenta. A pesar de todo tenía muchas dudas, de modo que preparó el equipaje de mala gana. Escapar de los problemas no lleva a ninguna parte.

Los días que pasó junto a Isabel fueron extraños. Tel Aviv no llegó a calarle del todo. Anna intentó ser parte de aquella aventura, lo intentó de veras, pero sus sensaciones carecían de sustancia.

La primera noche en Israel fue larga, algo loca, animada por el techno del Bavel, pero no bastó para tomar distancia de la tormenta que sacudía su vida. Al día siguiente despertó cerca de las once, aturdida por los restos de una resaca no alcohólica y por la penosa sensación de intuir que estaba perdiendo algo valioso, tanto como su tiempo. No pudo desahogar su desánimo con Isabel, puesto que, mientras ella dormía, había bajado a desayunar. Aprovechó la intimidad para llamar a Mario, pero no contestó. Le supuso enfrascado en su trabajo. Allí, desde la distancia, Anna lamentó su egoísmo. Tuvo la tentación de volver a España ese mismo día y ojalá lo hubiera hecho, porque entonces habría podido seguir encerrada en la burbuja confortable de las mentiras que se obligaba a contarse para no abandonar su ceguera.

Una hora más tarde, Isabel volvió.

—Actívate, tesoro. Es tardísimo. La Ciudad Santa nos espera.

Tomaron el tren. No era un trayecto largo, pero la monotonía mineral del paisaje, la conversación errática de Isabel y el traqueteo del vagón terminaron por adormecerla. Durante ese tiempo tuvo extraños sueños, retazos de pesadillas. Se veía a sí misma en un sótano polvoriento repleto de libros antiguos. La mayoría estaban abandonados sobre una gran mesa de madera o apilados en grandes montones en el suelo. Estar allí le producía una sensación angustiosa, claustrofóbica. En el sueño recorría los pasillos que había entre los anaqueles de aquella extraña biblioteca, pero no encontraba la salida, como si estuviera dentro de un laberinto. A veces volvía sobre sus pasos y miraba a su alrededor buscando por dónde continuar. Finalmente observaba una puerta ojival de madera en una de las paredes, casi oculta tras unas pilas de libros. La empujaba, y al abrirla se daba cuenta de que conducía a un lugar inhóspito, una tierra devastada y gris plagada de cráteres acuosos y rodeada de alambre de espino; una zona de guerra. Anna se quedaba petrificada mientras su mirada seguía la luz de una bengala verde que cruzaba el cielo. Podía ver, bajo aquel resplandor irreal, que del alambre pendían restos humanos.

Despertó sobresaltada. Los cabellos rojos de Isabel, que se desparramaban junto a sus hombros, haciéndole cosquillas, le devolvieron la consciencia de lo real. Su amiga también se había adormecido, solo que sus sueños debían de haber sido mucho más amables, a juzgar por su expresión plácida. Anna la zarandeó con suavidad.

—Hemos llegado a Jerusalén.

En el Muro de las Lamentaciones, Anna se dolió en silencio de sus múltiples desgracias e introdujo una oración en una de las ranuras entre las piedras. Suplicó a Dios que no fuera sordo a sus plegarias, que se dignara a enviarle algún tipo de señal para guiarla entre las tinieblas, pero no sucedió nada.

Cuando llegó la hora del regreso lo que lamentó fue haberse perdido en ilusiones vacuas. Lo fundamental no estaba en Tel Aviv ni en ninguna otra parte, sino en su casa, con Mario. Lo echaba de menos. Apenas habían hablado esos días. Ahora lo sentía tan lejano como si lo hubiera perdido para siempre. Era un pensamiento inquietante aquel. Antes de embarcar, lo telefoneó. Al otro lado de la línea la voz de Mario sonaba serena, incluso alegre, pero ella le adivinaba un leve matiz de preocupación. Luego, durante el vuelo, lo pensó. Mario podía haber visto la solicitud que había dirigido a St. Hugh, ya que tenía permiso para revisar sus correos. Nunca podría perdonarle que le hubiera ocultado aquello, que no hubiera contado con él.

La culpa le remordía, así que al desembarcar en Barajas se despidió de una desconcertada pero comprensiva Isabel y corrió a Atocha para tomar el primer tren que la llevara a casa. Intentó comunicar de nuevo con Mario para avisarlo de su llegada, pero, al abrir el bolso, se dio cuenta de que su teléfono móvil había desaparecido. Se preguntó cuándo lo habían sustraído, pero no dio con el momento.

Amanecía ya cuando llegó a su casa. Supuso que Mario dormiría aún, por lo que empujó la puerta con más sigilo del habitual. Las cortinas de la sala se batían como una bandera, agitadas por una brisa suave que refrescaba su piel, tirante y seca. De puntillas se asomó a la habitación en penumbra, con la impaciencia de la niña anhelante de un abrazo. La respiración suave y acompasada de Mario cortaba el silencio.

Una punzada en el pecho, una tristeza indefinible, atrapó a Anna. No lo comprendió enseguida, pero sus ojos no tardaron en revelarle la causa. El cuerpo dormido de Mario yacía bocabajo. Estaba desnudo, cubierto parcialmente por la sábana. A su lado, otro cuerpo entrelazaba sus piernas con las de él, como la serpiente enroscada en torno al caduceo. Durante un segundo la imagen la desconcertó. Retrocedió hasta la puerta avergonzada de sí misma, como si fuera la ladrona de un instante ajeno, no la víctima de un latrocinio.

Corrió hasta la playa. El mar calmo reflectaba como un espejo, dispuesto a recibir a los primeros bañistas, pero ella apenas podía ver. Anna se sentó en la arena; intentaba ordenar sus pensamientos, que corrían veloces como caballos desbocados. Las lágrimas ayudaban a lavar el dolor de la herida, a borrar de su retina la imagen del descanso prohibido de Mario. Se preguntaba una y otra vez cómo había podido estar tan ciega, aun sabiendo que aquella pregunta era ya completamente inútil. ¡Qué puede hacer la lealtad frente al deseo! El deseo es un dragón muy voraz. Ni siquiera Fausto pudo liberarse de él.

Un rato después una mano temblorosa se apoyó en su hombro. Anna alzó la vista. Era Mario.

—Vamos a casa, por favor.

Ella se puso en pie, dócil como un corderillo. Hubiera debido estallar en una nube de reproches, pero se sentía incapaz de articular una sola palabra. En el fondo no culpaba a Mario por su deslealtad. Nunca la había conocido del todo. En la intimidad Anna había sido como él esperaba que fuese: apasionada, aunque en cierto modo previsible. Él ignoraba que una parte de ella estaba poblada de fantasías oscuras que jamás le había confesado porque nunca las habría aceptado. Mario seguramente también tenía esas pulsiones, y había buscado satisfacerlas en otra parte.

A la mañana siguiente, Anna tomó la única decisión posible. No podía hacer nada más que blindar su dolor y apartar a Mario de su vida para que él pudiera vivir la suya como deseara. Ella misma estaba decidida a empezar de nuevo sin ataduras, a saltar al vacío sin mirar atrás, a seguir buscando la plenitud en el conocimiento, en la verdad y en el amor, en la luz, y quizá también en la oscuridad. Puede que fuera lo mejor para ambos, darse la libertad necesaria y dejar de fingir que eran como se esperaba que fuesen. Aunque dolía hacerlo, tomó una caja, una nueva caja, y puso dentro todos los objetos personales que le recordaban a Mario, como si borrarle físicamente pudiera eliminar la huella que había dejado impresa en su historia.

Agosto llegaba ya y con él el temor de que cada día fuese idéntico al anterior. Por puro aburrimiento, Anna aceptó la oferta de una academia de inglés que hacía revisiones de trabajos para la universidad. Era una tarea mal pagada, clandestina y, desde luego, muy por debajo de sus posibilidades, pero pensó que al menos la ayudaría a mantener la cordura. A veces se dormía frente a la pantalla del ordenador, ya que el calor, la zozobra y su duelo la hacían permanecer insomne mientras repasaba una y otra vez su vida preguntándose qué delito había cometido para ser retribuida con la pena de la desazón.

Estas preguntas la llevaron a dejar de interesarse por la vida, por su vida, que consideraba un fracaso. Isabel la llamó, pero ninguna de las dos quiso mencionar ni una sola vez el nombre de Mario. De nada servía. El daño estaba ahí, al igual que el dolor de la herida. El insomnio crónico, el cansancio y la desesperación provocaron que pensara en la muerte de forma constante. Desde niña la había aterrorizado la idea de morir, pero tan grande era su anhelo de paz, o más bien su deseo de dejar de sufrir, que ahora encontraba en aquella quietud permanente la respuesta a sus padecimientos. Plinio el Viejo acudía tentador en los momentos más desesperados. «No hay que amar la vida hasta el extremo de seguir arrastrándola a cualquier precio… Cualquiera tiene a su disposición el más eficaz de los remedios contra los males del alma… De cuantos dones otorgó la naturaleza al hombre, ninguno es más excelso que el de poder elegir la muerte a tiempo… Lo sublime de esta forma de morir es que cualquiera de nosotros puede optar por ella…». Eran palabras antiguas que ahora volvían para darle una salida, para liberarla.

Siempre práctica, pensó en los diferentes modos de morir que estaban a su alcance: lanzarse al vacío, desangrarse en la bañera, consumir fármacos… Había muchas formas, casi todas dolorosas. De entre todas la única que le parecía aceptable, limpia, era la de sumergirse en el mar hasta que las olas la cubrieran por completo. Cada tarde lo intentaba, se adentraba hasta lo más profundo y dejaba que el agua pasara por encima de su cabeza, pero cuando estaba a punto de asfixiarse la invadía el pánico y ascendía a la superficie en busca de ese sorbo de aire que la atara a la vida. El instinto aún era más fuerte que su deseo de morir, pero se dijo que debía seguir intentándolo hasta que el deseo de morir prevaleciera.

Una de esas mañanas átonas en que Anna esperaba sin mucha convicción el valor para acabar con todo de una vez, un mensaje rebotó en la pantalla de su portátil. Era de Desmond. Desmond Gilbert, de Oxford. Anna abrió la bandeja de entrada con la expectación del prisionero al que se comunica el fallo de su apelación. Sus ojos somnolientos recorrieron las líneas una y otra vez. Le costaba comprender el contenido de aquel escueto correo que fulminaba por el momento sus esperanzas en St. Hugh, una decepción añadida. Quiso olvidar todo aquello. Reanudó la traducción que tenía entre manos, un artículo escrito en un inglés deleznable, pero, tan solo unos minutos después, la alerta del correo sonó de nuevo. Desmond Gilbert otra vez. Anna estuvo a punto de borrar el mensaje, que creyó duplicado por error. Leyó su contenido con un cierta incredulidad: Desmond le enviaba un archivo en el que se adjuntaba un contrato de prestación de servicios y un billete de avión. Era un encargo de un tal mister Julius Walsworth, anticuario, para organizar su biblioteca privada, situada en un lugar llamado Holland House, a escasos kilómetros de Oxford. El contrato tenía una duración de seis meses, prorrogables. Los honorarios eran relativamente generosos, sobre todo teniendo en cuenta que, en caso de firmarlo, debería alojarse en la mansión, lo que suponía evitar los gastos de vivienda. Anna recordó de inmediato el sueño que había tenido en el viaje a Jerusalén, en el que aparecía una vieja biblioteca, y se estremeció. ¿Una casualidad? ¿Una premonición, tal vez? ¿Una respuesta a sus oraciones frente al Muro? No podía ni deseaba saberlo, como tampoco pensar o bucear en Google en busca de información acerca de Julius Walsworth y Holland House. Se dijo que no siempre es posible saberlo todo, así que colocó sin más el cursor sobre la casilla señalada y firmó el contrato que la vinculaba a ese tal Julius Walsworth y a su biblioteca en Oxford. Al día siguiente Anna Stahl, la doctora Stahl, hizo las maletas y se despidió de sus miserias. Mientras caminaba hacia la puerta de embarque recordó sin querer aquella frase que había leído alguna vez, en alguna parte: «Todo lo que puede suceder sucede». Así era, y lo que estaba sucediendo era lo que necesitaba que sucediera para que su vida, la quinta ya si lo recordaba bien, pudiera adquirir por fin algo de sentido.

2

Oxford

Where do we go now, where do we go,

sweet child of mine.

GUNS N’ ROSES, «Sweet Child O’ Mine»

Eran cerca de las seis cuando el avión aterrizó en Heathrow. El vuelo había sido tranquilo. Solo el llanto quejumbroso de un niñito, el compañero de asiento de Anna, rompía de cuando en cuando el silencio. La madre, una valquiria de cabellos casi blancos, pasó el viaje intentando calmarlo con juegos y palmaditas, pero la llorera del crío solo cesó cuando ella se levantó púdicamente la camiseta para ofrecerle el pecho. A Anna, poco conocedora del universo infantil, le llamó la atención el gesto egoísta del bebé, tan rubio y rosado como lo era su madre, y la satisfacción ingenua con que extendía sus dedos en forma de estrella sobre la piel del seno, de blancura nívea. El niñito la observaba de soslayo, vigilante, mientras succionaba con avidez. Anna lo miró con envidia. Él tenía el consuelo de una mano omnipotente que conjuraba sus inquietudes, el calor del cariño que a ella le había faltado durante tantos años, el mismo que le faltaba ahora.

La terminal era un hervidero de viajeros en tránsito, de desconocidos que se cruzaban tan solo durante un instante fugaz para perderse de inmediato en el olvido. Antes de salir de la cabina del avión y confundirse en el anonimato de la muchedumbre, Anna se volvió hacia el niño, que montaba a horcajadas sobre las poderosas caderas de su madre. Le sonrió con ternura. El bebé la saludó. Ella lo saludó a su vez y, con aquel gesto sencillo, le expresó el deseo de una vida larga, fructífera y plena. No era probable que se volvieran a encontrar jamás. Incluso aunque el azar los reuniera de nuevo, no se reconocerían. Los no-lugares tienen siempre ese poso de tristeza de los encuentros pasajeros, de las despedidas casi indiferentes.

Anna recogió el escaso equipaje que llevaba, solo una maleta y la bolsa de mano donde estaba su ordenador portátil. Se dirigió hacia la salida con la barbilla alta y el paso firme. Esperaba que Albión, a pesar de su fama de pérfida, se mostrara amistosa.

Desmond aguardaba entre la multitud palpitante que bullía en el aeropuerto. Reconoció de inmediato su figura alta, desgarbada, semejante a la de un árbol nudoso. Se saludaron con un abrazo tímido —en realidad ambos lo eran—, un abrazo muy insuficiente para expresar la alegría del esperado encuentro. Comprobó que Desmond no había cambiado casi nada o nada en absoluto. Vestía como recordaba, de manera casual, algo descuidada: vaqueros desgastados, botas de estilo militar y una sencilla camiseta negra de manga larga con el logo de uno de esos grupos de heavy metal que tanto le gustaban. Seguía llevando el cabello castaño claro, ligeramente ondulado, a la altura de los hombros, lo que le confería cierto aire de profeta moderno. A primera vista no había ningún rasgo que denotara su condición de erudito profesor oxoniense ni su agudeza intelectual, nada excepto sus ojos, profundos e inteligentes, de un extraño color —entre avellana, verde y dorado—, a lo que se añadía su acento impecable y la autoridad que emanaba de sus modales de perfecto caballero inglés, algo más acusada que tres años atrás.

Desmond la ayudó con el equipaje.

—¿Tienes hambre?

Era una pregunta extraña después de tanto tiempo, pero lo cierto es que era ya la hora de cenar, al menos en el Reino Unido. Anna negó con un gesto. La tensión de las últimas semanas había provocado que su apetito desapareciera por completo.

Caminaron hasta el gigantesco aparcamiento de la terminal sin apenas hablar o mirarse. Desmond había sustituido su antiguo utilitario, un viejo Ford que conservaba desde los tiempos de estudiante, por un Mini de aspecto deportivo de la clase Cooper Roadster, lo que sorprendió mucho a Anna. Luego descubrió que el viejo Ford, una chatarra, vivía oculto en un garaje de Oxford, a pesar de que ya no era seguro circular con él, algo que cohonestaba a la perfección con el carácter sentiment

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