Vosotras las personas serias no debéis ser demasiado severas con los seres humanos que buscan alguna distracción cuando se sienten encerrados como en una cárcel, y no se les permite siquiera decir que son prisioneros. Si no consigo pronto divertirme un poco, me moriré.
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Primera parte
Caminos de rosas y senderos de espinas
1. Una joven solitaria
Una noche de primavera, una muchacha llamada Lucan Bellenden se encontraba ensimismada junto a la ventana de una enorme y preciosa casa de campo inglesa. Siguiendo la moda del decenio de 1840, su cabello abundante y dorado le caía en largos bucles sobre el cuello y los hombros. Llevaba un sencillo vestido negro que le ceñía el pecho delicado y los brazos, aunque formaba amplios frunces y pliegues por debajo de su delgada cintura. De cuando en cuando, se estrujaba o retorcía suavemente los dedos entre estos pliegues negros; pero era su único movimiento.
Lucan era huérfana y estaba mal situada en la vida. Ya de niña había perdido a su madre; y hacía un año, al morir su padre, había visto desintegrarse su hogar, y a sus hermanos pequeños colocarse en casa de los parientes que podían mantenerlos. Ella también había tenido que tratar de ganarse el pan. Durante unos meses, fue acompañante de una rica anciana que en su juventud había sido una belleza, y cuyo corazón aún despedía violentas llamaradas de celos cuando sus viejos galanes, canosos o calvos, descuidaban la partida de whist o el vaso de ponche para contemplar el rostro encantador y la juvenil figura de la muchacha que andaba por la habitación. Lucan se había sentido sola en esta casa rica, como si no albergase a ningún ser humano; y ni siquiera el loro en su jaula, ni ninguna butaca o sofá, con sus tapizados de seda, se mostraron amablemente dispuestos hacia ella. Pero Lucan era tan joven que, en medio de la soledad y la depresión, conservaba en el fondo de su ser la inquebrantable convicción de que en alguna parte del mundo le esperaba algo hermoso y feliz. «Pronto será todo distinto», pensaba. Cuando su anciana señora falleció de repente a causa de un ataque, recurrió a una agencia de colocaciones de Londres, y por mediación de ésta consiguió un puesto de institutriz en la casa donde ahora estaba sentada.
El señor de la casa era un hombre de negocios, un caballero próspero, respetado, solemne y orgulloso, aunque de pocas palabras. Era viudo con tres hijos: dos niñas y un niño. Su esposa le había aportado una gran fortuna, pero había sido una mujer delicada y enfermiza, de manera que su vida había corrido peligro en el nacimiento de cada hijo. El señor Armworthy había deseado, más que nada en el mundo, tener un hijo varón que con el tiempo pudiese dirigir la gran empresa que él había fundado. Había considerado un duro golpe el que las dos primeras hubieran sido niñas. Por último, tras muchos años de viajes al continente y estancias en balnearios, su esposa dio a luz al hondamente deseado hijo, y lo pagó con su vida. Una desgracia más dolorosa aún iba a sobrevenirle a este hombre solitario: pronto descubrió que el precioso niñito era ciego. El padre se fue apartando cada vez más del trato con la gente, y se entregó casi por entero a sus negocios. Sólo raramente, durante un día o dos, iba a «Fairhill», su casa de campo, a estar con sus hijos.
El padre de Lucan había sido un hombre de ciencia, botánico de talento, adelantado a su época, y consiguientemente muy poco apreciado por ella, y combatido por cierto sector del clero. Tuvo muchos amigos entre los eruditos franceses y alemanes. Uno de ellos fue el doctor Braille, científico francés que había inventado el sistema de escritura para ciegos. Lucan había visto a este hombre famoso en su casa, y le había oído exponer sus ideas. Había aprendido un poco de su método de escritura, y ésta era la razón por la que el señor Armworthy la había elegido, entre gran número de solicitantes, como institutriz para sus hijos. En el fondo de su corazón, Lucan agradeció a su padre esta buena suerte, y tuvo la convicción de que aún la seguían sus ojos bondadosos. El niño era todavía demasiado pequeño para aprender a leer; pero Lucan jugaba con él, le enseñaba pequeños versos y canciones, y no tardó en querer a este niño inteligente e infortunado que le recordaba a sus hermanos pequeños. Aquí en el campo, se sentía ella más libre y alegre que en su primera colocación en la ciudad. Incluso en los meses de invierno, cuando el jardín y el parque amanecían blancos de escarcha, había disfrutado diariamente, en sus paseos con los niños, de la belleza del paisaje; y aquí también, por primera vez desde la muerte de su padre, había podido reír y jugar. Ahora estaba próximo el verano, y le parecía como si se acercara el principio de esa etapa feliz que tanto había esperado. En adelante, cada día le traería más dulces e intensas delicias.
Pensaba que el padre había llegado a notar y apreciar su trabajo con sus alumnos y su cariño por ellos. Había hablado un par de veces con ella sobre el futuro de su hijo, y esto era sin duda una prueba de confianza en ella, pues la vieja ama de llaves, el día de su llegada, le había advertido que ése era un tema que el señor Armworthy jamás abordaba, y que ella debía procurar evitar siempre. Le había sorprendido y halagado que un hombre que era casi tan viejo como su propio padre, y con muchos más conocimientos y experiencia que ella, la escuchara con atención, cuando le contaba sus pequeñas observaciones y proyectos. Cuando él le sonreía, una leve, extraña compasión recorría su ser entero; la sonrisa asomaba rígidamente, con dificultad, al rostro de él. Lucan pensaba que quizá hacía mucho que había perdido la costumbre de sonreír. Ahora dedicaba más tiempo e interés a sus hijos; y el último mes había prolongado un par de veces su estancia en el campo un día o dos. Como el tiempo iba mejorando, solía llevar a los niños y a su institutriz a dar un paseo en coche por los alrededores, donde había otras casas hermosas con sus parques y jardines. Lucan nunca había ido en un coche cómodo con un par de hermosos caballos. Por su padre, tenía conocimientos sobre plantas y flores, y le hacía ilusión ver cómo se extendían y florecían los jardines de los alrededores de Fairhill, y todo el paisaje encantador, y descubrir en sus paseos a pie y en coche las flores silvestres que más le gustaban.
El sábado anterior, el señor Armworthy había llegado a su casa de campo más pronto que de costumbre, y había pedido que bajasen a su hijito al salón. Durante una hora, escuchó pacientemente la ansiosa relación de lo que él y su institutriz habían hecho durante la semana, y las primeras canciones que Lucan le había enseñado mientras le acompañaba al piano.
Cuando la niñera lo subió otra vez al cuarto de los niños, el señor Armworthy pidió a la joven institutriz que se quedase un momento. Empezó por preguntarle sobre su propio hogar y niñez. Lucan le contó cómo, a los catorce años, la habían llevado del internado al lecho de muerte de su madre, y cómo desde entonces había llevado ella la casa de su padre, y había procurado consolarle en su inmensa desgracia. Era como su madre, decía la gente; y podía darle alientos mejor que nadie, cuando se encontraba triste o deprimido. Hacía tanto tiempo que Lucan no hablaba con nadie sobre su hogar que olvidó su timidez ante este hombre grande y callado, y le contó con toda libertad sus paseos y conversaciones con su padre, así como sus juegos, aventuras y felices excursiones de descubrimiento con sus hermanos menores. Al final se interrumpió, turbada por haber hablado tanto de sí misma.
El señor Armworthy la escuchaba sin decir nada y la miraba con benevolencia.
—Veo —dijo tras un breve silencio— que su juventud, su corazón bondadoso y su confianza en sus semejantes pueden devolver la fe en la felicidad de la vida, incluso a quienes hace tiempo que la han perdido en este mundo.
Le cogió la mano que descansaba en el brazo del sofá, y se la llevó dulcemente a los labios.
Lucan se levantó en silencio, profundamente emocionada. Él se levantó también, y la acompañó caballerosamente hasta la puerta. Como la mantenía abierta para ella, Lucan tuvo que pasar muy cerca, y él le rodeó los hombros un instante con el brazo, y la estrechó levemente contra sí. Su padre solía cogerla de esta manera cuando ella le daba las buenas noches. Ahora le pareció que era su padre quien la acariciaba. Durante un fugaz momento, cedió a este contacto afectuoso. Inmediatamente después, cruzó la puerta, y, algo aturdida, subió las escaleras.
Cuando, a la mañana siguiente, después de marcharse el señor Armworthy para regresar a la ciudad, salió ella de la habitación donde enseñaba a las dos niñas a escribir con letra cuidada y regular, el criado le entregó una carta de su señor. En ella le decía breve y gravemente que le perdonase si, movido por un impulso momentáneo, se había olvidado de sí mismo, y la había asustado o incluso ofendido, cosa que estaba muy lejos de su intención. Era su deseo explicarse ante ella, y le rogaba que, el sábado siguiente, le concediese una entrevista en el salón, después de cenar, una vez que los niños se hubiesen acostado. Sentía mucho no poder explicarse hasta entonces. La carta concluía reiterándole su respeto y consideración.
En el primer momento, la carta no produjo en la muchacha ninguna impresión especial. Pero en el transcurso de la semana pareció cobrar importancia. Había conocido a muy pocos hombres, y jamás había recibido una petición por carta. «Es mi futuro, es toda mi vida, lo que está en juego aquí», pensó.
Al principio le extrañó el que un hombre de tanta experiencia, a quien todos miraban con respeto, le consultara a ella cuestiones importantes sobre sus hijos y sobre el futuro de todos ellos. Pero no le extrañó la posibilidad de que la amara. Sabía, o percibía en el fondo de su corazón, que, para un hombre, una muchacha inocente podía significar toda la felicidad del mundo.
Sólo cuando, hacia las cuatro de la tarde, oyó rodar sobre la grava de la verja el carruaje que traía al señor, se sintió dominada por una violenta agitación ante la idea de que esta noche, y sin ayuda de nadie, tendría que decidir su destino. Mientras permanecía sentada junto a la ventana, estrujándose los dedos blandamente en el regazo y aguardando a que diesen las nueve en el reloj que había sobre la puerta de la caballeriza, trataba de dominar el tumulto de sus pensamientos y tomar una decisión.
2. La resolución de Lucan
«No, imposible. No puedo casarme con él, ya que no le amo.»
Este había sido el primer pensamiento de Lucan al leer la carta del señor Armworthy. Pero aquí, junto a la ventana, empezó a sentirse desasosegada. Le parecía que todas las personas que conocía, de haberles contado sus proposiciones, le habrían aconsejado que aceptase. «No, mi padre no me lo habría aconsejado», pensó; pero inmediatamente después recordó cómo, ante la proximidad de la muerte, su poco previsor padre se había afligido por el futuro de sus hijos, y sobre todo por el de su única hija. Si él hubiese sabido que un hombre respetable y rico la iba a pedir en matrimonio, habría dejado este mundo con el corazón más aliviado. Lucan hubiera querido salir a pasear por el parque; como si allí, bajo los árboles enormes, hubiese tenido posibilidad de encontrar solución a su problema, o de sentirse libre para meditarlo más. Pero ya era de noche, y debía estar en casa.
Recordó cuántas veces se había reído su padre de ella porque, como su madre, sólo podía ver cada caso desde un ángulo.
«Para comportarse como una persona prudente y sensata, hija mía», le había dicho, «lo primero que se necesita es imaginación». Ahora trataba de utilizar su imaginación, de calcular las posibilidades, de evaluar y sopesar las proposiciones del señor Armworthy. Como Robinson Crusoe en su isla, pensaba, haría sus cuentas, y consignaría fielmente cada pro y cada contra.
Al buscar luego mentalmente un punto de partida se acordó del niño ciego que en este momento dormía en la habitación contigua a la suya. Lo habían puesto bajo su custodia, y durante estos meses lo había tenido a diario en el pensamiento; pero si ahora rechazaba al padre, no podría seguir en la casa, y tendría que separarse de él. Trató de cobrar ánimos frente al dolor que esta posibilidad le producía. «Hay muchos otros», pensó, «que pueden educarle mejor que yo. Pero», prosiguió con tristeza el curso de sus pensamientos, «¿le comprenderán lo mismo que yo? Es terco y caprichoso. ¿Serán pacientes con él?» Su atención se desvió del niño ciego a sus propios hermanos, ahora repartidos en diferentes casas y entre personas extrañas. Como esposa de un hombre rico podría ayudarles en el mundo. El mayor había deseado ardientemente llegar a ser un científico como su padre, y lloró con amargura al ver que tenía que abandonar el colegio y aprender contabilidad, a fin de poder colocarse después en alguna oficina. En cuanto el señor Armworthy conociese a sus hermanos, y comprobase lo buenos e inteligentes que eran, no tendría más remedio que interesarse por ellos y buscarles buenos colegios. ¡Qué alegría y qué dicha sería que viniesen a visitarles aquí, durante las vacaciones, y verles corretear por el parque con los hijos del señor Armworthy! Se acordó de la vieja criada de la familia, y lo apenada que estaba cuando tuvo que despedirse..., ¡qué feliz, qué orgullosa se habría sentido, si hubiese podido ver esta casa enorme y elegante, y a su favorita como dueña de ella!
«iDios mío», pensó Lucan alarmada, «perderé todo esto! ¿Soy entonces una muchacha egoísta y mezquina que sólo piensa en sus propios sentimientos? ¿Qué es lo que me da miedo y me estremece perder si me caso con el señor Armworthy? ¿La felicidad? Pero muchas de las cosas en las que ahora he pensado son lo que la gente entiende por felicidad. ¿Qué es lo que le pido a la vida, y lo que siempre he anhelado y esperado?» Su corazón le contestó con toda claridad «¡Amor!»
Su padre y su madre se habían amado, y ese hondo sentimiento les había hecho felices, aun en la adversidad y en los momentos difíciles. En cuanto a ella, no había pensado jamás en la posibilidad de un matrimonio sin amor. Ante la idea de un matrimonio así sintió frío, como si hubiese descendido a un sótano. «¿No hay posibilidad, entonces», pensó, «de que pueda amar al señor Armworthy?» No: imposible. Era mucho mayor, y muy distinto de ella en todo; había estado casado ya. «Es eso, sobre todo», se dijo, «lo que hace imposible que me case con él. Podría ser mayor aún de lo que es, su voz más seca, y sus ojos más mortecinos y, sin embargo, ser aceptable. Pero ha besado ya a otra mujer y le ha puesto un anillo en el dedo; ha regresado ya a su hogar desde la iglesia, hace muchos años, con una esposa. ¿Qué representa, por otra parte», pensó un momento después, «renunciar al amor»?
Sin ningún esfuerzo, como si se lo mostrase otra persona, vio dibujarse ante sus ojos un cuadro sombrío. Nunca más se atrevería, como esposa del señor Armworthy, a abrir esos libros de poesía que hasta ahora habían sido su consuelo en la aflicción y la soledad; nunca más se atrevería a escuchar música, nunca más a gozar de la belleza y la fragancia de las flores. Pues todo eso le hablaba de un encanto y un hechizo de la vida que entonces ya no existirían para ella. ¿Podía seguir viviendo una mujer sin esas cosas?
—No —murmuró—; no, la vida no es ese desierto. La gloria con la que yo he soñado es real. ¡Quiero, debo creer en la felicidad!
Mientras escuchaba sus propios susurros, como un eco de ellos, volvieron a su memoria las palabras del señor Armworthy: «Su tierna juventud y su corazón bondadoso pueden devolver la fe en la felicidad incluso a quien la ha perdido hace tiempo.»
Se sintió hondamente conmovida. ¡Así que era ella, entonces, quien tenía algo que dar! Era el hombre rico, el dueño de esta casa grande y elegante, el desvalido, el que la necesitaba, y no podía vivir sin ella. Su vida había sido estéril. Ahora acudía a ella, y le suplicaba que la hiciese florecer y fructificar. Ahora se la traía a ella para que le diese calor.
Le pareció que, en este momento, podía mirar adelante y atrás y que se le hacían claras muchas cosas que hasta ahora no había comprendido. ¡Era el mundo de los ricos y los afortunados, el mundo poderoso que ejercía su poderío sin misericordia, el mundo que había rechazado a su padre, y que con su aflicción constante había llevado a su madre a la sepultura, y la había mirado a ella con arrogante frialdad cuando entró temblando a su servicio, era este mundo el que, esta noche, en la forma de un hombre grave y solitario, venía a ella a implorarle ayuda! A cambio, estaba dispuesto a darle todo aquello de lo que se había jactado antes: ¡la riqueza, el poder, y la estima de los hombres!
En la profunda quietud de esta noche de primavera una nueva satisfacción inundó todo su ser. La presente proposición de este mundo orgulloso suponía una satisfacción que no atañía a ella tan sólo, sino también a su padre y a todos sus amigos. Pero ella, lenta, suavemente, negó con la cabeza. Su padre había estado dispuesto a entregar la labor de toda su vida a cambio del reconocimiento de este mundo riguroso; su madre había entregado su vida. Ahora el mundo le ofrecía a ella sus riquezas a cambio de algo menos valioso que estas cosas; porque ni era una persona de talento como su padre, ni angelical y generosa como su madre. Pero esta noche, por una vez, este mundo frío y arrogante iba a saber lo que significaba una negativa. Esta noche sabría lo que era suplicar y ser rechazado. Recordó a la vieja dama a cuyo servicio había entrado a trabajar por primera vez. Acudieron a su memoria muchas cosas que habían ocurrido en su casa, y la invadió una sensación de triunfo.
«No», pensó un rato después, «no está bien; no es digno de la hija de mi padre pensar así. Le haré ver a ese pobre rico que le comprendo, y que se lo agradezco. Estoy dispuesta a considerar un honor su ofrecimiento. Haré las paces con todo ese mundo que él representa. Pero no me casaré con él. Aunque entrase ahora mi padre y me pidiera que me casara con él, no lo haría».
Miró el parque. Podía haber sido suyo. En cierto modo, lo había sido durante dos horas. ¡La casa entera, con todo lo que contenía, había sido suya! Lucan tenía poca idea de lo que significaba realmente una casa grande, y de la categoría que confería a su dueña. Pero era joven, y no podía dejar de darse cuenta de que era bonita. De repente, le vino a la memoria el vestido que llevaba una dama en una de las fiestas de su vieja señora, con el cual había soñado a menudo desde entonces. Era un vestido de gruesa seda rosa, y sus múltiples y ricos volantes iban orillados con una cinta preciosa. Como esposa del señor Armworthy podía haber llevado un vestido rosa como aquél. Podía haberlo tenido expuesto en su habitación, esperándola a ella tan sólo. Permaneció de pie unos minutos junto a la ventana, dejando que sus manos recorriesen lentamente su viejo vestido negro de merino, y le pareció sentir, en las yemas de los dedos, la dulce sensación de que rozaba la superficie de una tela gruesa y suave de raso.
En ese momento el reloj dio las nueve. Se puso pálida, y sin dirigir una sola mirada al espejo, ni arreglarse sus largos bucles, salió de la habitación y bajó la escalera.
3. Conversación por la noche
El gran salón, con su mobiliario y cortinajes pesados y oscuros, estaba iluminado por una única lámpara. Pero en la chimenea, las llamas eran vivas y claras; encima colgaba un retrato de la difunta esposa del señor Armworthy, y al resplandor de las llamas parpadeantes parecía moverse vagamente. Lucan se encontró con la mirada del retrato, que pareció posarse afable y tristemente en su rostro. Había, quizá, dos contra uno en esta habitación. ¿De qué lado estaba la muerta?
El señor Armworthy se hallaba sentado junto a la chimenea con un libro sobre las rodillas; pero no había estado leyendo. Se levantó al entrar la muchacha en la habitación, y la condujo a una butaca que había frente a la suya. Vaciló unos momentos antes de hablar. Sus palabras brotaron lentas, y con cierta dificultad.
—Le agradezco, señorita Lucan —dijo—, que haya tenido la bondad de venir a hablar conmigo. Durante toda esta semana, fueran cuales fuesen mis ocupaciones, la he tenido constantemente en el pensamiento —hizo una breve pausa—. Asimismo —dijo—, he meditado a fondo la conversación que ahora voy a tener con usted. En primer lugar, antes incluso de empezar, tengo que hacerle una petición. No me va a ser fácil expresarme con la franqueza con que me toca hacerlo... en cuanto a usted, no debe arriesgarse a decidir nada hasta haber tenido tiempo suficiente para meditar mi pregunta. Por tanto, debe acceder a escucharme sin interrupción. Nuestro pacto será que, mientras hablo, usted se estará callada como una niña buena y obediente —esbozó una sonrisa ante sus propias palabras—; después, saldrá de esta habitación en silencio, a meditar mi propuesta.
Desvió la mirada. Lucan pensó: «¡Le cuesta pedir algo! ¡Jamás lo había hecho hasta ahora!»
—Mi vida —empezó el señor Armworthy, tras una nueva pausa—, ha carecido de aventuras amorosas. Jamás había imaginado que llegaría a sentir inclinación o simpatía por tal cosa. Sin embargo, en una etapa en la que casi creía haber dejado atrás mi verdadera vida, ¡ha venido a cruzarse en mi camino su inocencia y su juventud! Me tiene sorprendido y alarmado la fuerza de mis sentimientos. Me resulta extraordinario comprobar cómo mi destino entero, si me es posible emplear esta palabra, puede depender de otra persona; ¡de una joven, además! Y sin embargo, al mismo tiempo, me siento agradecido a la Providencia; porque, gracias a esto, he conocido la posibilidad de una especie de dicha totalmente distinta de cuantas he experimentado o imaginado. Esta noche —añadió—, tengo que abordar cuestiones que quizá le parezcan prosaicas. Pero créame, lo último que quisiera es herir esa riqueza y ternura de corazón, esa fe encantadora en los ideales de la vida que, al observarla en usted, me ha emocionado y conmovido, y de la que yo mismo espero ahora una nueva y tardía felicidad.
»Pero mi larga vida me ha enseñado lo mucho que significan los medios puramente externos y materiales de la existencia para todos los seres humanos. Usted misma, señorita Lucan, ha pasado por muchas vicisitudes a las que nunca debía haber estado expuesta, y en las que he pensado a menudo con compasión: soledad, inseguridad, trabajo agobiador... porque su existencia carecía de una base material sólida y adecuada. Ahora quiero darle yo esa base, precisamente porque imagino que rodeada de un ambiente seguro y feliz, se desplegará plenamente su naturaleza, para dicha de quienes la saben comprender y apreciar. No, no me interrumpa, mi querida criatura —dijo, y le cogió la mano que descansaba en el brazo de la butaca—. Recuerde nuestro pacto.
»Es usted joven, y tiene toda una vida por delante. Deseo salvaguardar su existencia de una vez por todas, a partir de ahora mismo. No sé cómo imaginará esa vida más feliz. Quizá no la conozca. Tal vez haya soñado con viajar por el continente. ¡Cómo me gustaría enseñarle los tesoros de Florencia, o llevarla por las ruinas de Roma! O quizá desee perfeccionar su precioso talento para la música, cosa que me produciría el mayor placer. O supongo que las obras de caridad para con los desheredados de este mundo satisfarían su naturaleza benévola y generosa. Ya hablaremos de todo esto a su debido tiempo. Cualquier cosa que usted elija, me siento orgulloso de podérsela ofrecer en mayor medida de lo que haya podido imaginar hasta ahora.
»Mi dicha consistirá en protegerla y guiarla. Sé que siente usted un sincero amor por el campo, los jardines y las flores. He pensado regalarle una casita de su gusto, fuera de la ciudad...
—¿Fuera de la ciudad? —exclamó Lucan sorprendida.
—Sí —dijo él—; lo bastante cerca como para que mi trayecto hasta allí no resulte demasiado largo. Sin embargo, como usted misma comprenderá, no me atrevo a que esté excesivamente próxima. Sé que la convertirá en un auténtico lugar de descanso y en un refugio para el hombre que ha sufrido en la vida, y para el cual su inexperiencia e ignorancia del mundo poseen en sí mismas un atractivo especial. Seré feliz dedicándole todas mis horas libres al pequeño paraíso que usted cree allí para mí.
Sus ojos se posaron en la figura de la joven. Al resplandor del fuego, su cabello brillaba como el oro; sus mejillas y su cuello adquirían una tenue y delicada luminosidad; sus ojos azules, rodeados de espesas pestañas, estaban muy abiertos, y se encontraron con los de él, dotados de un brillo vidrioso e inquisitivo. En ese momento, él se sintió orgulloso de Lucan, tan bonita e inocente, y de su poder sobre ella. Desvió nuevamente la mirada, a fin de evitar la tentación de cogerla entre sus brazos y estrechar contra sí aquel cuerpo delicado, puro, espléndido.
—Comprenda, Lucan —dijo, conmovido al pensar que ahora podía permitirse llamarla de manera más familiar, y más aún al notar el hondo estremecimiento que sus palabras producían en la muchacha—, que me encuentro en una situación especial —guardó silencio un momento—. Aunque respeté en grado sumo a mi noble y difunta esposa, no hubo entre nosotros ese tipo de sentimiento que una joven como usted calificaría de romántico. Tras su muerte, mi hogar se quedó vacío. En otras circunstancias, quizá habría tratado de hacerlo más feliz casándome con una dama de mi propio círculo social. Pero como usted sabe, estoy sometido a prueba por una dolorosa desgracia: ¡tengo un hijo ciego! Como usted misma ha podido comprobar, es excepcionalmente inteligente. No he abandonado la esperanza de que, pese a su deficiencia física, pueda llegar a hacerse cargo de mi empresa mediante una cuidadosa preparación. Pero si tuviera un hijo más joven fruto de un segundo matrimonio, surgiría inevitablemente el conflicto, y me vería forzado a perjudicar a mi pobre hijo mayor.
En un tono completamente cambiado, prosiguió:
—De todos modos, no dude usted que estaré a su lado bajo cualquier circunstancia. Me ha hablado de sus hermanos pequeños. Supongo que quiere muchísimo a esos chicos.
—No —le interrumpió Lucan de repente en voz baja—: no debe hablar de mis hermanos.
—Sí, pequeña —dijo él con suavidad—; quiero hablarle especialmente de sus hermanos. Entiendo que son unos chicos brillantes, con talento, y sin ningún sentido práctico, igual que su padre...
—No —murmuró Lucan otra vez—; no nombre a mi padre.
—Sí, créame —dijo el señor Armworthy—; yo respeto a su padre. He pedido información sobre él, y pienso que mereció una suerte más afortunada. A veces —prosiguió, sonriendo suavemente para sí—, he comparado la ternura que siento por usted con la suya. Créame: puede confiar en mí; y tenga la seguridad de que, en todo cuanto pueda sucederle a usted, mostraré el cariño que él mismo habría querido darle, de haber podido. Puesto que declaro que ayudaré a sus hermanos hasta donde me sea posible (y puede que mi ayuda no carezca totalmente de valor para ellos), puede inferir por esto que cualquiera que esté cerca de usted lo estará también de mí, y será precioso para mí.
Se calló de repente, desvió la mirada, y volvió otra vez los ojos hacia la muchacha. Un momento después se levantó, y pareció esperar que ella se levantase también. Como seguía sentada en su butaca, inmóvil, como si no se hubiese dado cuenta de su gesto, la levantó suavemente, y le dio la impresión de que vacilaba en su brazo. Le transmitió su emoción a él.
—Y ahora —dijo el señor Armworthy—, deje que pase esta noche, antes de darme la contestación —se quebró su voz, y Lucan experimentó el mismo estremecimiento que sacudió su brazo—. Buenas noches, buenas noches, querida —dijo—. Es difícil tener que separarme de usted de esta manera. Puede que tenga derecho a un beso de despedida. Pero no reclamaré este derecho aquí, ni en este momento. Pronto... pronto, espero, en un ambiente que le pruebe la sinceridad de mis sentimientos, quizá reclame algo más que... —se detuvo. El rostro del hombre serio y reservado se volvió de un rojo intenso y ardiente; su alto y elegante corbatín pareció habérsele puesto súbitamente demasiado tirante; se quedó callado, y olvidó acompañar a la joven hasta la puerta.
Mientras el señor Armworthy permanecía de pie, inmóvil delante del fuego, siguiendo con la mirada su esbelta figura, ella, sin una palabra, y sin la menor muestra de aprobación o desaprobación, salió de la estancia.
4. Huida
Lucan subió a su habitación en un estado de confusión y angustia, como si alguien le hubiese propinado una sonora bofetada en cada mejilla. Lo más terrible, lo más amargo para ella, durante los primeros minutos, fue no haberle demostrado al señor Armworthy cuan profundamente le despreciaba. Se sentó en una silla, se levantó, y se sentó en otra. Se le encendía la cara y, luego, volvía a palidecer intensamente. Antes de bajar a hablar con el señor Armworthy, había invocado mentalmente a su padre y a sus amigos, pidiéndoles consejo y ayuda. Ahora le parecía que no había en el mundo nadie más que el hombre que la había ofendido, y ella.
Fue a la ventana; y en la oscuridad, observó otra vez las siluetas de los grandes árboles del parque. Lentamente, le volvieron todos los pensamientos que le habían pasado por la cabeza mientras contemplaba estos grupos de árboles hacía una hora.
Hacía una hora se había preguntado si podría llegar a amar al señor Armworthy. «Si le hubiese amado», pensó ahora, «¿habría podido hacer lo que me pide? No; entonces habría sido cien veces peor. Si hubiese estado dispuesta a entregarle mi vida entera, y él a cambio me hubiese ofrecido una pequeña parte de la suya, el tiempo y los sentimientos que le sobrasen de cuestiones más importantes... me habría muerto ante la idea de semejante proposición».
Mientras se repetía las palabras del señor Armworthy con labios temblorosos, y buscaba en su cerebro las respuestas que debía haberle dado, en lo más hondo de su conciencia decidió abandonar la casa. Incluso había abierto un cajón, y había sacado unas cuantas cosas: su monedero, en el que guardaba el salario de tres meses que acababan de pagarle, un camisón, y un par de guantes. Ahora estaba de pie, inmóvil, y trataba de concentrar todo su ser en la empresa que tenía ante sí.
Por nada del mundo quería volverse a encontrar cara a cara con el señor Armworthy. Debía irse esta noche. Muy metódicamente, como si estuviese preparada desde hacía mucho tiempo para este momento, guardó las ropas más necesarias en una vieja bolsa de viaje que había pertenecido a su padre. Pero no se atrevía a bajar por la escalera para salir; podía despertar a alguien de la servidumbre, o podía oírla el propio señor Armworthy, abrir su puerta, y sorprenderla. Además, no estaba segura de poder abrir el pesado cerrojo de la entrada.
Tendría que buscar otro camino. El balcón tenía una galería, y una vieja hiedra enroscaba sus fuertes tallos por todo el espacio que mediaba entre el suelo y la balaustrada. Más de una vez se había imaginado, fantaseando, cómo podría trepar Romeo por ellos, como por una escala, hasta su habitación. No conocía el vértigo, y no tenía otra forma de salir.
No podía bajar por el balcón con el sombrero puesto porque le impediría mirar de lado. Lo ató a la bolsa de viaje con sus largas cintas, y luego se ató la bolsa a la cintura con el chal. Al salir al balcón y sentir en torno suyo el aire de la noche, cerró los ojos un minuto. Pensó en los niños dormidos; deseó haber podido despedirse de ellos. Pero habría sido demasiado arriesgado. Además, pensó, eran los hijos del señor Armworthy, ¡y algún día podían darle una sorpresa tan terrible como la que le había dado su padre! Hizo acopio de valor, puso una rodilla sobre la balaustrada y alargó el pie buscando apoyo a tientas en las retorcidas ramas de la hiedra.
La bolsa golpeó contra la pared un par de veces, y estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Las ramitas y el follaje se le engancharon en la falda y se la levantaron por encima de la rodilla; así que, en la oscuridad, con las mejillas encendidas, pensó: «¡Menos mal que nadie puede verme!» En el piso siguiente, debajo de su habitación, había otro balcón. Le habría gustado descansar allí un momento; pero vio luz detrás de la puerta, recordó que era el dormitorio del señor Armworthy, y saltó apresuradamente de la ancha barandilla. En ese momento se le enganchó una rama en el pelo, como si fuese el mismo Armworthy quien la cogiera y tratara de detenerla, pero se rompió, y unos minutos después, al alargar el pie lo más posible, notó el suelo debajo.
Llevaba ramitas y hojas de hiedra prendidas en sus largos bucles, se había hecho sangre en la mano derecha, y tenía rota una de las medias. Estaba ardiendo a causa del esfuerzo y el triunfo, pero le temblaban las piernas; de manera que se sentó un momento en el suelo con la cabeza apoyada en las rodillas. Luego se levantó, se desató la bolsa y se puso el sombrero.
La pesada verja de hierro permanecía cerrada con llave durante la noche; pero en sus paseos con los niños había descubierto una puertecita en el muro que se cerraba por dentro sólo con un gancho, y se dirigió rápidamente hacia allí. Al cerrar la puerta tras ella, cerró una etapa de su vida: la feliz despreocupación de los últimos meses, las dudas de los últimos días, y el pánico de esta noche. Se sintió despojada de algunas esperanzas e ilusiones, tan pobre como antes, o más aún, ¡pero libre!
Ya desde el momento en que abrió el cajón en su dormitorio había sabido adonde dirigirse, y se encaminó inmediatamente hacia allí. A las once y media pasaba la diligencia de la noche por una encrucijada que estaba como a una milla de la casa del señor Armworthy, y se detenía allí si había pasajeros que recoger. Los cuatro fuertes caballos la alejarían rápidamente del lugar, y su alma entera se aferró a ellos y al cochero que los conduciría. Tuvo que det
