1. Una princesa caprichosa y un peluquero inventor

Esta historia trata de una princesa de la nobleza rural de los Cárpatos que llevaba una férula ajustada con tornillos de cabeza avellanada y correas de vaqueta en la pierna izquierda.
De un peluquero escultor de caballos, de barba frondosa abierta en dos alas, que creía haber inventado el carrousel.
De un factor de comercio, también de barba frondosa en dos alas, que se creía hijo del emperador Maximiliano.
Y de un cocinero hablantín y marrullero que salvó de morir a un dictador.
El peluquero inventor termina sus días envenenado y su cadáver es lanzado al fondo de un río. El factor de comercio termina los suyos frente a un pelotón de fusilamiento. Y el cocinero tiene su fin arrastrado por una embravecida corriente de lluvia, en estado de ebriedad.
Empieza en la aldea de Siret, entonces territorio del Imperio austrohúngaro, y acaba en Managua, bajo la ocupación militar de los Estados Unidos, con una conspiración de final inesperado.
Y es también, en primer lugar, la historia de un carrousel llegado tras un largo viaje por mar a Nicaragua, y con el que la princesa fue después de pueblo en pueblo, de fiesta patronal en fiesta patronal, los caballos de madera cada vez más venidos a menos al paso del tiempo.
La princesa es, en fin, esa anciana que se agarra la pierna para ayudarse a avanzar hacia el carrousel, dispuesta a desalojar a fuetazos a los niños que suben a la plataforma para montarse en los caballos sin pagar su ficha.
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Corre el año de gracia del Señor de 1905.
Hoy es miércoles 13 de diciembre.
El Handels-Almanach del doctor W. F. Gottfried, impreso en Viena, señala en el santoral a Lucía de Siracusa, virgen y mártir que padeció persecución bajo el emperador Diocleciano, patrona de los ciegos, de los ópticos y talladores de lentes, los fotógrafos callejeros y las modistas; a Aristón y Elías, peregrinos errantes a través de bosques preñados de fieras y salteadores; y a Columba y Otilia, abadesas iluminadas por la Gracia de la Fe y santificadas por la penitencia del ayuno.
La mañana es fría y ventosa en Siret. Cae una fina llovizna que amenaza convertirse en aguanieve. Siret se asienta en las estribaciones nororientales de los Cárpatos y pertenece al ducado de la Bucovina.
En una escarpadura boscosa junto al río que da nombre al poblado, se alza un castillo que los turcos otomanos habían tratado de incendiar durante una incursión en 1675.
Según el censo de 1901, ordenado por Su Majestad Imperial Francisco José, y cuyos resultados en lo que atañe a Siret se consignan en Die Bukowina und ihre Bevölkerung und Wirtschaftsaktivität im neunzehnten Jahrhundert, las cosas estaban de esta manera:
2.305 habitantes adultos y 739 niños.
520 casas habitables.
1 molino de trigo y demás cereales, movido por fuerza hidráulica.
1 panadería con un horno de campana para seis bandejas.
1 herrería y forja de 3 yunques, 3 fuelles y una sola fragua.
1 matadero público para animales bovinos y porcinos.
1 estación de posta y su correspondiente caballeriza.
1 posada con su taberna, adyacente a la estación de posta.
1 apoteca.
1 escuela de párvulos de 3 aulas ventiladas.
1 mercado de abastos.
1 barbería.
1 iglesia ortodoxa rusa, la de Andrés el Apóstol.
1 iglesia católica romana, la de la Santísima Trinidad.
1 sinagoga, la de Templul Mare.
3 cementerios, uno por cada una de las religiones antes dichas.
1 cuartel de la Policía Imperial.
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De acuerdo con el censo referido, además de los naturales de la Bucovina hay habitantes provenientes de otras partes del imperio, a decir Galitzia y Lodomeria, Dalmacio e Iliria, Eslavonia y Sirmia y Bohemia; de los territorios vecinos de Rumania, Besarabia y Ucrania, así como otros son magiares y transilvanos, croatas y serbios, varegos y rutenos.
Es por esa razón que el viajero belga Théodore Fournier llama a Siret «la petite Babel» en su libro de 1887 Voyage à travers les montagnes et les villages des Carpates.
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Desde la puerta de su peluquería, la única registrada en el censo, Anatoli Florea veía pasar a la princesa María Aleksándrovna todas las mañanas, con penoso andar, camino de la iglesia de la Santísima Trinidad, poco antes del llamado a misa.
Pero dejemos en paz por el momento a Anatoli, la frente despejada, el cabello castaño echado hacia atrás, recta la nariz y la barba partida en dos alas, como la de un emperador, embutido hasta la rodilla en sus botas federicas, que ya se volverá a saber de él.
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¿Penoso andar? La princesa sufrió a la edad de siete años una fractura del tobillo izquierdo cuando el caballo que montaba tropezó al saltar sobre un brezal, y si quiere caminar largo debe ponerse la férula, que ajusta con tornillos de cabeza avellanada y correas de vaqueta. Este aparato fue fabricado por Nicolau, el herrero de Siret, según el diseño del doctor Bertol Kaplan, quien trató por meses a la niña en su clínica de la avenida Andrássy de Budapest.
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La princesa se acerca a la peluquería andando por en medio de la calle. La calle es la Kirchgasse, la principal del poblado. Corre paralela al río, y baja desde el portón de la muralla exterior del castillo hasta el atrio de la iglesia.
Por nuestra cuenta agreguemos una institutriz brandeburguesa con lentes de aros de metal y sombrero de ala corta del que pende un velillo sobre la mitad del rostro, quien sostiene por encima de la cabeza de la princesa una sombrilla de brocado para defenderla del sol, de la lluvia o de la aguanieve, según sea el caso.
Pongamos a la institutriz treinta y cinco años de edad. Su traje largo, que parece hecho de la misma tela del paraguas, barre las suciedades de la calle.
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María Aleksándrovna no habría tenido, en otros tiempos, necesidad de hacer este trayecto difícil, cuesta abajo de ida y cuesta arriba de regreso, cojeando penosamente sobre el empedrado donde humean los cagajones y corren los orines vaciados desde las ventanas, ya que el castillo dispone de su propia capilla. Pero tras el incendio, como se verá adelante, ya no se usa más esa capilla para celebrar oficios religiosos, sino como establo del pobre hato de cabras y ovejas al que ha quedado reducida la ganadería de su padre, el príncipe Aleksándr, y el cual ella misma debe pastorear.
No hay, por tanto, posibilidad alguna de institutriz brandeburguesa con anteojos de aro metálico, faldas color ratón y sombrerito del que pende un velillo, que sostenga, solícita, una sombrilla sobre la cabeza de la princesa coja; pero en nada estorba que agreguemos a estas páginas a Fräulein Langhoff, pues así se llama, quien se las pasa con un humor de perros porque la vida no le ha dado lo que ella esperaba.
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Deténgase el relato un momento para explicar este asunto del príncipe y su hija la princesa. En los cuentos de hadas, la imagen de un rey viudo y melancólico de barbas de armiño, al lado de una princesa que es su único consuelo, evoca reinos encantados, y, sobre todo, evoca el poder, la aventura y la belleza.
El poder, porque siempre hay alrededor del rey anciano un primer ministro solícito y artero, chambelanes, capitanes de guardia, ayudas de cámara y maestros de ceremonia, lo mismo que artilleros, soldados de infantería y húsares de a caballo, y el tal soberano debe decidir con serenidad y buen tino sobre guerras y pactos con otros reinos, y enfrentar intrigas y venganzas valido de una cohorte de espías. Y hay también a su disposición un verdugo al que, aunque usa la consabida capucha negra a la hora de las ejecuciones, todo el mundo reconoce en la calle por su barriga ahíta de cerveza y tocino.
La aventura, porque, antes de llegar a viejo, ese rey ha sido galante y temerario, ha asaltado castillos y raptado mujeres que se lleva en ancas mientras atrás crepita el incendio de almenas, galerías, baluartes, palizadas y corrales; ha dejado hijos bastardos desperdigados por aldeas y alquerías, hasta casarse, al fin, por conveniencia política, con la hija de algún otro rey de un dominio vecino, y es en la pompa de ese matrimonio donde la aventura se desvanece y sobreviene en su sitio la añoranza.
Y la belleza, porque se supone que la princesa es siempre de porte gentil y talle delicado, y su hermosura exterior, cuya fama corre ligera fuera del reino, se corresponde con la hermosura interior, dígase de ella que es perspicaz, virtuosa en latines e instrumentos músicos, y sabia en las reglas del ceremonial de cama y mesa; discreta como para no entrometerse en los asuntos de Estado manejados por su padre, y para sobrellevar el peso de las infidelidades de su consorte apenas se apaguen los fuegos pirotécnicos con que habrán de adornarse sus nupcias concertadas.
Pero vamos a las necesarias correcciones, porque la realidad no se deja poner grupas. Este príncipe Aleksándr no llegará nunca a rey; y no puede decirse que sea sabio, ni prudente; melancólico sí, y viudo, sí. Y disipado. Vicioso de la bebida y vicioso de los naipes. Un príncipe que es dueño nada más de un castillo arruinado y de un rebaño de cabras y ovejas, y padre de una princesa de futuro poco propicio que camina penosamente con una férula en su tobillo dañado para siempre.
En The Slavic countryside nobility (1898), Elinor Barber nos dice que la condición de príncipe en Rusia, y los países adyacentes, indicaba un título nobiliario de baja categoría con el que se distinguía a cierta clase campesina propietaria, y tales títulos se degradaban aún más debido a que se transmitían mediante testamento, y los herederos devenían, por lo general, en pobretones disipados, verdaderos parásitos sociales.
Y en las novelas de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski encontramos a cada paso príncipes del montón, borrachos y pendencieros, decenas de ellos, que han perdido sus medianas fortunas en el juego de naipes, o nunca las tuvieron; sableadores, además, obsequiosas sabandijas de salón.
No vayamos lejos en busca de ejemplos, que aquí tenemos al príncipe Aleksándr Vasílievich Korchak, tal es su nombre completo.
Voilà.
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Pero ¿qué hacer con la cabeza de la princesa María Aleksándrovna, que es como una olla de grillos donde cada uno de ellos canta sus propias quimeras, a veces sin acorde alguno? Según sus cuentas, la capilla se había incendiado cuando un rayo cayó en seco sobre su torre en el verano de 1895, a la hora en que la institutriz la llevaba a su recámara a dormir la obligatoria siesta de la tarde. Su madre, la princesa Liudmila, que después del almuerzo solía retirarse a orar, arrodillada en su reclinatorio frente al altar, murió electrocutada a consecuencia de la descarga; y antes de que el techo y las paredes cogieran fuego los criados habían logrado sacar su cadáver intacto salvo por el rostro, ennegrecido como un tizón.
Y si María Aleksándrovna se veía obligada a acudir a la iglesia de la Santísima Trinidad a oír misa, es porque la capilla aún se hallaba en obras para reparar los daños causados por el rayo. El maestro Giovanni Fattori, traído de Livorno por el príncipe Aleksándr para pintar los frescos de la cúpula reconstruida, no acababa de cumplir su cometido arriba de los andamios, pues se mantenía en un crepuscular estado de ebriedad, con lo que, además, ponía en peligro su vida. Olía particularmente a aguardiente de anís.
Debajo de los andamios estaba el altar, revestido de mármoles, y al pie de este, la tumba de la princesa Liudmila, bajo una plancha de bronce dotada de una argolla de considerable tamaño para cuando hubiera de ser removida a fin de dar sepultura, en su hora, al propio príncipe Aleksándr.
Resulta dudoso, sin embargo, ese encargo del príncipe Aleksándr a Fattori. En la Storia della pittura italiana dell'Ottocento, de Andrea Galasso (1927), aquel aparece más bien como un pintor de motivos civiles, adverso a encargos confesionales; Fattori era un carbonario que se hallaba bajo el ojo atento de la policía política. Además, había abandonado muy joven Livorno para establecerse en Florencia, y no hay pruebas de que viajara nunca al extranjero. Para remate, no bebía, y por tanto resulta imposible que oliera a aguardiente de anís.
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¿Quién libra tampoco a la princesa María Aleksándrovna del grillo que, tras afinar su violín, canta asomado al pabellón de su oído la cantinela pertinaz de que ella bajaba a oír misa en carroza de gala mayor, la caja ribeteada de guirnaldas en pan de oro, una linterna de diez palmos en cada esquina y debajo una suave cama de resortes en ballesta cerrada, el tiro de cinco yeguas blancas de penachos encarnados dispuesto en flecha, las riendas en las manos firmes del auriga que de tan gordo apenas cabía en el testero, y, de pie, en el estribo de la culata, dos lacayos de librea asidos a los tirantes de cobre? Una de esas carrozas de cuentos de hadas que al fin y al cabo no son sino calabazas.
El príncipe Aleksándr, en una ocasión en que viajó a Rouen a la feria de tejedores a vender la lana de sus ovejas, cuando había lana que vender, le había comprado, a instancias de Fräulein Langhoff, que precisaba de un buen auxilio pedagógico para enseñarle francés, una edición de Les contes de Perrault, con ilustraciones de Gustave Doré. Era un libro lujoso, en cuarto mayor, y el príncipe, pese a su proverbial tacañería, pagó su precio, que no dejó de calcular como equivalente a tres arrobas de lana cardada. Allí aparecía una carroza semejante.
Carroza aparte, cuando recibió el regalo la princesa ya conocía esos cuentos. Eran los mismos que la cocinera polaca, oriunda del voivodato de Podlaquia, solía narrar delante de la servidumbre, y la princesa acudía a esas reuniones cabe el fogón donde colgaban las marmitas. Aún no existía Fräulein Langhoff, quien no le habría permitido el extravío de juntarse con los criados, y el príncipe Aleksándr aún no jugaba a las cartas con ellos, pues desde entonces ya no se entretuvieron en escuchar embustes sino en desplumar a conciencia al amo.
Los cuentos, siendo los mismos, valga la contradicción, eran distintos. Y la cocinera rolliza de mejillas coloradas y anchas caderas, que olía a leche de cabra, los contaba con gracia procaz, palabra esta última que Fräulein Langhoff no habría dejado de usar de haber tenido la oportunidad de escuchar aquellas narraciones faltas de todo comedimiento y recato.
Por ejemplo, en el cuento aquel de la huerfanita víctima de la madrastra malvada y sus dos hijas envidiosas, que venciendo un sinfín de maquinaciones termina casándose con el príncipe heredero del reino, no es que las hermanastras hayan sido invitadas al banquete de bodas en palacio y más tarde desposadas por nobles caballeros, sino que reciben su merecido porque unas tórtolas, cómplices de la huerfanita, les sacan los ojos a picotazos y allí andan después por los caminos a tropezones, agarradas la una de la otra, en demanda de un mendrugo de pan, de una moneda de cobre, del cobijo de un henar donde dormir.
Y también había variantes muy severas en lo que se refiere al cuento de la abuela enferma, la nieta inadvertida y el hirsuto lobo feroz:

LA ABUELA ENFERMA, LA NIETA INADVERTIDA Y EL HIRSUTO LOBO FEROZ
Había una vez una niña de nobles sentimientos a la que su madre envió a llevar pan recién horneado, leche fresca y miel silvestre a su abuela enferma. Mientras iba cantando por el bosque se le acercó un lobo de buen ver y buen vestir, capa de raso, calzas carmesí y pluma en el sombrero, costumbres zalameras y habla galana, y le preguntó, con voz meliflua:
—¿Adónde vas, mi pequeña?
—A la casa de mi abuela, que está enferma, y le llevo pan, leche y miel —respondió cándidamente ella.
Lo primero, nunca entablar conversaciones con desconocidos en los caminos, por mucha labia que tengan y les sobre en el cuerpo el lujo de prendas.
—¿Cuál sendero tomarás, el de las agujas o el de los alfileres?
—El de las agujas, amable señor.
Entonces, el avieso lobo corrió a más no poder por el camino de los alfileres y llegó antes a la casa de la anciana. La mató y la descuartizó, llenó una botella con la sangre e hizo deliciosas rebanadas de su carne, que aderezó con sal y pimienta, y las puso en una bandeja adornándolas con ramitas de hinojo y perejil. Después se puso el camisón de la difunta, se ató la cofia a la cabeza, se metió en su cama y se cobijó muy bien.
La niña tocó la puerta.
—Entra, hijita —dijo el lobo disfrazado de abuela.
—¿Qué tal, abuelita? Te traje pan, leche y miel.
—Para ti hay carne y vino en la alacena, ve, toma lo que quieras y come a tu gusto y antojo.
La niña comió y comió, golosa, y también bebió y bebió de la botella.
Un gatito le advirtió:
—¡Niña asquerosa, has comido la carne y bebido la sangre de tu abuela!
Pero ella no hizo caso, tal vez porque no conocía el lenguaje de los gatos, o lo creyó una mentira, si estaba viendo a su abuela enferma acostada en la cama.
Cuando la niña hubo terminado de comer, el lobo le dijo:
—Desvístete y métete en la cama conmigo.
La niña era muy obediente, no como algunas que yo me sé. Y cada vez que se quitaba algo, el delantal, el corpiño, la falda, el fustán, las medias, los zapatitos, preguntaba al lobo:
—¿Qué hago con esta prenda?
Y él desde la cama respondía:
—Tírala al fuego, tírala al fuego.
Cuando la niña se metió en la cama, ya desnuda, preguntó:
—Abuela, ¿por qué estás tan peluda?
—Para calentarte mejor, para calentarte mejor.
—Abuela, ¿por qué tienes esos brazos tan grandes?
—Para abrazarte mejor, para abrazarte mejor.
—Abuela, ¿por qué tienes esos labios tan grandes?
—Para besarte mejor, para besarte mejor.
Y así, hasta que se la comió.
Una vez comparadas las dos versiones del cuento, la niña fue y preguntó a su padre acerca de la disparidad que notaba en cuanto hace a la caperuza. Según la cocinera de mejillas coloradas, la niña no llevaba caperuza roja. Ni roja, ni de ningún otro color. Mientras que en el libro en cuarto mayor traído desde Rouen, el cuento comienza diciendo: «Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquel que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja».
Por tanto, de acuerdo a la cocinera, cuando el lobo le pide que se desvista para meterse en la cama y ella se va quitando prenda tras prenda hasta quedar desnuda, no hay caperuza por ningún lado, y por allí debió haber comenzado, por quitarse la caperuza.
El príncipe Aleksándr se rio tanto que le dio un acceso de tos.
—Nunca te fijes en nimiedades —le dijo.
2. Un príncipe arruinado que se entrega imprudentemente a los juegos de azar

El príncipe Vasili, abuelo por rama paterna de María Aleksándrovna, fue en un tiempo el voivoda de Siret, gran elector edilicio, juez de asuntos penales y civiles de toda la provincia y comandante de armas, gracias a sus derechos feudales y al caudal de su fortuna, dueño como era de mil doscientas desiatinas de tierras labrantías y pastos para ovejas, además de otro tanto de bosques maderables, con derechos sobre el provecho de las aguas, la pesca y la caza en su señorío; y, de acuerdo a los usos de los tiempos, aún llegó a ejercer el derecho de pernada, un tanto a disgusto pues era hombre devoto y de sobrias costumbres. Pero los deberes son los deberes, y la tradición es la tradición.
Ninguno de esos privilegios alcanzó a favorecer a su hijo Aleksándr porque la Dieta de Budapest los abolió en 1848 mediante las llamadas leyes de marzo; los bosques y aguas pasaron al dominio comunal, y las tierras de cultivo fueron gravadas con elevados impuestos de disfrute y beneficio; y, ahora, para peor, ante reiteradas insolvencias, el fisco había ido cobrándose lo adeudado mediante el remate judicial de porciones sustanciosas de la heredad.
Luego, para mayor desgracia, apareció de por medio su afición al juego. Olvidado de jerarquías, organizaba partidas de rocambor con baraja española en las dependencias de los criados, y perdía a menudo frente a sus cocheros, palafreneros y lacayos.
El único que cada vez que gana le devuelve todo al día siguiente es László, el anciano mayordomo, sobreviviente del régimen de servidumbre abolido también en 1848, pero quien todavía se siente siervo en cuerpo y alma.
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Entre los más favorecidos en el juego se halla uno de los dos lacayos que acompaña a misa a la princesa, subido con vana suficiencia al estribo de la culata de la carroza. Se llama Vasili Ciprian, y sólo a título de ejemplo se dirá que en noches sucesivas ganó un huerto frutal, dos yeguas de raza, un hato de ovejas y lo que quedaba de la cristalería de Silesia; y salta de por medio una tontería insensata que es aún hoy y la princesa no se explica: su padre prestaba a los criados para jugar, y con su propio dinero lo limpiaban.
Ahora no quedaban de la antigua posesión sino unas cuantas desiatinas de pastos al pie del peñasco, donde María Aleksándrovna pastoreaba un reducido rebaño de cabras y ovejas, y las estancias del castillo, la mayor parte clausuradas, se hallaban convertidas en guaridas de murciélagos. Una pared se desmoronaba un día, otro se desplomaba la vertiente de un techo; ruidos lejanos del derrumbe que el padre y la hija escuchaban desde las habitaciones donde se habían refugiado.

ARTE Y TINO PARA JUGAR AL ROCAMBOR
Rocambor, también tresillo, mediador y juego del hombre. Empléase en él la baraja española, tomándose en cuenta las siguientes: rey, caballo, sota, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno o as. Los ochos y nueves se retiran del mazo.
Se juega en 3 bazas y participan 3 personas. Hay una persona que reparte la mano, a quien denominamos alcalde o zángano, pero se guarda de participar en el juego. Tiene a su disposición un plato con granos, monedas, &&&, para llevar sus cuentas.
El corte que hace el alcalde o zángano no puede ser de menos de 3 cartas. Las cartas se reparten de 3 en 3, de tal manera que cada jugador llega a tener 9 cartas. Sobran así 13 cartas, las cuales se sitúan al centro de la mesa. La obligación del alcalde o zángano es contar los naipes restantes, y si no hay 13 cartas lo hace saber así a los jugadores, con lo que se procede a efectuar el reparto nuevamente.
Los participantes forman 3 bandos, que se dividen en 2 facciones opuestas. La primera facción tiene entre los suyos a l'Homme, que busca vencer a los otros dos bandos unidos en alianza.
L'Homme tiene las siguientes posibilidades:
§1. Derrotar a los defensores, si su fuerza es suficiente; en caso contrario, debe burlar a la defensa tendiendo una trampa para dividirla y de esta manera alzarse con la victoria.
§2. Forzar una tregua en la batalla, si acaso se ve inclinado a la derrota, para reagrupar a su bando más tarde. En esta opción sólo es posible un empate.
§3. La derrota a mano de uno de los dos bandos contrarios mediante auxilio o ayuda del bando aliado.
Los signos en los palos de la baraja representan 3 factores: las armas, el dinero y el prestigio, igual que en cualquier enfrentamiento bélico. El botín del ganador consta de 3 componentes: dinero en billetes de banco o títulos al portador; fincas urbanas y posesiones rústicas.
Las cartas están también divididas en 3 grupos: matadores, oficiales del ejército y las tropas comunes, que corresponden a los números sencillos. En cada jugada, uno de los palos es obligatoriamente declarado triunfo. Los otros 3 palos no cambian su orden y son de menor categoría.
El alcalde o zángano velará por que no haya trifulcas ni desaguisados en el curso del juego, que no se eleven las voces ni se profieran ofensas, y garantizará que el ganador se marche en paz con su botín. También servirá como testigo de la firma de documentos de promesa formal de pago.
[Arte y tino para jugar al rocambor o tresillo; o: Inquisición de lo más probable en las contingencias de este juego, cap. I, Barcelona, Imprenta de la Viuda de Pla, 1830].
¿Qué hallaría un curioso en la cabeza de la princesa si fuese capaz de asomarse dentro, como quien escruta las profundidades de un pozo? Grillos, ya lo dijimos, cada uno armado de su propio instrumento músico; grillos que tocan las variantes de un mismo tema.
El castillo y sus almenas de diez palmos de espesor. Los estandartes desplegados en el patio de justas. Los guardas que empuñan sus alabardas. Las diez docenas de aposentos tapizados de alfombras del Indostán. Los espejos de cristal de roca de Madagascar en los salones. Las panoplias al pie de las columnas. La interminable galería de retratos de la estirpe, abigarrados en las paredes.
El rayo que incendió la capilla. La tumba de su madre al pie del altar, a la cual agrega, a veces, una estatua yacente esculpida en mármol de Carrara. El fresco de la cúpula, donde, según el boceto, san Jorge clava su lanza en el cuerpo alado del dragón.
Por el momento sólo son visibles partes del dragón, y san Jorge es apenas un fantasma al carboncillo que surge de la nada, porque Fattori sube cada vez con menos frecuencia al andamio debido a sus vahídos alcohólicos, y un día de tantos, no nos quepa duda, va a desnucarse, si persiste en su ebriedad.
Ahora, al regresar ella de misa, los lacayos saltan del estribo cuando la carroza se detiene frente al portal, uno para extender la escalerilla plegable, otro para abrirle la portezuela. Y luego el ruido sordo de los cascos de las yeguas blancas sobre las lajas del empedrado del patio cuando, sueltas del tiro en flecha, los palafreneros las conducen hacia los establos.
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Vasili, el lacayo afortunado en el juego, se ha vuelto malcriado y respondón, y se niega a vestir la librea, rico como es ahora, de modo que uno de los mozos de cuadra ha debido reponerlo en el estribo de la carroza, mientras él haraganea a su mejor gusto y placer.
Y nada quita que su interés esté ahora en hacerse dueño del castillo, esperando a que una noche el príncipe decida apostarlo en la mesa de rocambor: va mi castillo con todas sus dependencias, y que sea lo que Dios quiera. Y nada quita tampoco que aquel alma de cántaro, una vez ya amo y señor, quisiera desposar a la princesa, y de lacayo pasar a príncipe consorte.
Quién lo sabe, la ambición es poderosa.
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María Aleksándrovna tiene diecisiete años cuando Anatoli Florea la ve pasar desde la acera de su peluquería. La edad del peluquero es de treinta años.
La particularidad de esa peluquería es que en el poste de listones frente a su puerta hay ensartado un corcel dorado, esculpido en madera de abedul, las crines al viento, la cabeza desafiante, los belfos dilatados, las patas delanteras en actitud de avanzar o de saltar teniendo el vacío bajo sus cascos.
El corcel refulge aun antes de que suba el sol. Por collera luce una guirnalda de rosas esculpidas en relieve. La montura está pintada en verde de Schweinfurt, un capricho del escultor. Pero en lo que hace a las crines, la cola recortada y los cascos, no ha querido apartarse de la realidad y están pintados con negro de humo, que resulta de macerar en el mortero polvo de carbón en aceite de ricino.
Mientras tanto, el bocado, la frontalera, la muserola y la carrillera de la cabezada, las riendas, lo mismo que la cincha de la montura y los estribos, no son pintados sino reales, trabajados en cuero y metal como si se tratara de los arreos de un corcel verdadero.
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Anatoli, el peluquero de la barba peinada en dos alas y perfumada de lavanda, no se ocupaba de la extracción de piezas dentales, cataplasmas ni sangrías. Nada de muelas del juicio arrancadas con gatillos y descarnadores; nada de emplastos de mostaza envueltos en arpillera para aliviar congestiones pectorales; nada de gusanos de pantano ahítos de sangre. Todo eso se lo dejaba a su vecino Kandor, el apotecario.
Para procurarse las sanguijuelas, Kandor iba cada amanecer al pantano de Dunklemilch montado en su burro ceniciento y con un frasco de boca ancha por delante de la montura. Se remangaba los calzones y se metía en el lodazal a fin de que las sanguijuelas se le pegaran en las piernas desnudas, de donde iba quitándolas para meterlas en el frasco, y así obtenía su ración del día con la que sangrar a los coléricos, abúlicos y melancólicos que solicitaban sus servicios.
Los parroquianos de Anatoli se presentaban a una hora y día que nunca variaba, salvo por causa de enfermedad o por motivo de viaje, y entre ellos se contaban:
El pope de la iglesia ortodoxa de Andrés el Apóstol, cuyas barbas debía podar conforme el canon, de modo que no sobrepasaran la altura del ombligo, y las cuales teñía de castaño con un preparado de agua de Grecia, corteza de nuez y bayas de arándano.
El cura romano de la iglesia de la Santísima Trinidad, al que rasuraba en redondo la nuca y las sienes, y cuya tonsura pelada a navaja debía tener el tamaño de una hostia consagrada.
El rabino de la sinagoga de Templul Mare, a quien rizaba los caireles del cabello y de la barba con las tenacillas calentadas al rojo vivo en el brasero.
El comisario de policía, de barba tan dura que mellaba la navaja de afeitar, y a quien engominaba los bigotes a lo káiser, como era la moda entre la burocracia imperial.
Y, así, pasaban por sus manos en debido turno el regidor municipal, el maestro de escuela, el molinero, el herrero, el tabernero, el apotecario, el panadero y el matarife.
No eran multitud sus parroquianos, de modo que le sobraba el tiempo para ocuparse en satisfacer su apasionada afición de esculpir caballos de madera en el taller instalado en la trastienda.
En un cuaderno de tapas de hule negro asentaba de manera meticulosa las fórmulas para conseguir los colores que les daba, así como las correspondientes a barnices y pegamentos.
Y tenía otro cuaderno de tapas azules de cartón, donde anotaba todo lo referente al diseño y aspectos mecánicos, eléctricos y de locomoción del invento que bullía en su cabeza, sin cuya consumación los caballos de madera no tendrían destino ni fin.
Y esa, puede decirse, era una afición más apasionada aún, aunque una no podía existir sin la otra.
Pues los caballos habrían un día de ponerse en movimiento, girar en tropel, cabalgar en círculos, ensartados en un tubo tal como el corcel dorado en la puerta de la peluquería. Por eso es que el cuaderno de tapas azules estaba colmado de dibujos de manivelas, engranajes, poleas y correas de transmisión.

ANATOLI FLOREA, ¿INVENTOR DEL CARROUSEL?
Anatoli Florea, nacido en la ciudad de Braşov, Transilvania, en el año de 1875, y fallecido en fecha y lugar desconocidos, fue un inventor de juegos mecánicos y escultor de caballos a quien algunos historiadores dan como creador del carrousel, aunque esto último con escasos fundamentos.
Si bien es cierto que el 18 de marzo del año de 1906 patentó en el Departamento de Registro de Marcas y Descubrimientos Científicos del Ministerio de Comercio del Reino de Rumania un artefacto mecánico giratorio, movido por la fuerza de un motor de vapor, con una plataforma en la que se asentaban caballos esculpidos en madera y ensartados en tubos, capaces de movimientos de ascenso y descenso para crear la ilusión del galope a campo traviesa; también lo es que, años atrás, y en varios países de Europa, lo mismo que en los Estados Unidos de América, ya se habían registrado patentes similares, aparentemente sin que Florea lo supiera.
Invenciones trascendentes como las del aeroplano o el cinematógrafo fueron reclamadas por distintas personas en diferentes lugares, pues ciertas ideas prenden por igual y al mismo tiempo en diversas mentes; pero también se da el caso de quienes, por circunstancias de alejamiento o aislamiento, no pueden saber que lo suyo ya ha sido inventado tiempo atrás.
Como padre del primer carrousel movido a vapor debe tenerse a Thomas Bradshaw, prolífico e imaginativo creador de artilugios mecánicos de la época victoriana, quien lo estrenó en la Feria de Aylsham, condado de Norfolk, en 1861. Otros notables inventos suyos fueron el cepillo mecánico para caballos, armado de un brazo articulado; el stamp licker, artefacto en forma de cabeza de perro dotada de una lengua de esponja para humedecer sellos postales; y la mustache cup, una taza de porcelana con protector para no mojar los bigotes al tomar el té.
Menos de una década después, en 1870, Frederick Savage inventó el mecanismo que hacía bajar y subir los caballos, y lo instaló en King's Lynn, en el mismo condado de Norfolk. Otros primeros fabricantes de nota fueron Samuel Stein y Sol Goldstein, judíos rusos expatriados que se establecieron en Oberhausen; Salvatore Cerniglario, de Milán; Charles Carmel, de Nantes; y Arthur Denzel, de Filadelfia.
Ellos no sólo registraron debidamente sus patentes, sino que, contando con el capital adecuado, procedieron a construir los primeros modelos y a instalarlos en sitios de esparcimiento público, al tiempo que crecía la industria de los aparatos musicales mecánicos que, con sus melodías, tanto festivas como marciales, acompañarían las vueltas características del carrousel.
Como puede verse, ya el carrousel era bastante antiguo cuando Florea, quien aún no se trasladaba a Bucarest, ejercía el humilde pero noble oficio de peluquero en el poblado de Siret, ducado de la Bucovina; su vecina patria natal de Transilvania era también, para entonces, parte del Imperio austrohúngaro.
Quizás advertido ya de que su invento, o lo que creía su invento, no representaba ninguna novedad, encontramos que el 14 de mayo del mismo año de 1906 llenó los requisitos de ley para inscribir en la misma oficina de patentes de Bucarest un carrousel desmontable, que pudiera ser trasladado de un sitio a otro por vía acuática o ferroviaria.
Pero su desilusión vino a repetirse, pues los modelos de carrouseles portables estaban siendo ya fabricados en diversos países, y es más que probable que Florea haya podido ver uno de ellos en funcionamiento en los jardines del Palacio Real de Bucarest, inaugurado por el propio soberano Carol I, quien lo puso a girar activando por su mano la palanca de cuchilla del motor a vapor en el verano de 1906.
Este carrousel fue fabricado en Oberhausen por los señores Stein y Goldstein, ya antes mencionados, quienes habían constituido una sociedad en comandita limitada. Aparentemente, Florea, tras ver frustrado de nuevo su intento, trató de comprar el carrousel portátil instalado en Bucarest a su dueño, Dragan Bakić, un empresario montenegrino oriundo de Cetinje, quien se negó a venderlo, según los telegramas cruzados entre ambos, y que tuve a la vista por cortesía de la familia de este último.
Por esa causa, Florea terminó solicitando a los fabricantes de Oberhausen un modelo parecido, con espacio en la plataforma para treinta y seis caballos de cien libras cada uno, colocados en doble fila, pues se proponía instalar los suyos propios, ya que estimaba pobre la ejecución artística de los que ofrecía el fabricante; y solicitó así mismo espacio para dos juegos de divanes en forma de lira, con asientos dobles de mirarse a la cara, de su propio diseño. Todo lo anterior consta en la correspondencia comercial conservada en los archivos de la firma.
Esta correspondencia se interrumpió, y el rastro de Anatoli Florea se nos pierde, algo lamentable para los fines de esta investigación. En consecuencia, no ha sido posible dilucidar la naturaleza u origen de los recursos que emplearía en la adquisición del carrousel, pues a todas luces resultan crecidos para el bolsillo de alguien que hasta entonces se había ganado la vida arreglando barbas y cabellos.
Digamos, por fin, que Anatoli Florea no es el primero que inventa lo que ya ha sido inventado.
[Eleanor S. Featherstone: Documented history of the carousel, cap. VII, Kingston upon Thames, Surrey, Reino Unido, Kingston University Press, 1936].
Dado que esta historia no tiene como asunto principal el oficio de peluquero de Anatoli Florea, toca dejar constancia al detalle no de sus enseres de peluquería (tijeras, navajas, brochas, tenacillas rizadoras, bacías, jabones, tintes, tónicos capilares, polvos y lociones refrescantes), sino, en primer lugar, de las herramientas de que disponía para dar forma y vida a sus caballos:

ANOTACIONES EN EL CUADERNO DE TAPAS AZULES DE CARTÓN ACERCA DE LAS HERRAMIENTAS NECESARIAS PARA ESCULPIR CABALLOS
2 gubias de media caña, la una de pico de pato, la otra de pico de gorrión.
2 azuelas planas y 2 curvas.
1 sierra circular de pedal.
2 seguetas, la una tronzadora, la otra de costilla.
3 cepillos, a saber: de testa, de desbaste y de raspado.
2 mazos de campana, uno de roble y otro de encina.
Limas, cuchillas y escofinas varias.
Papel de lija hecho a base de arena de aluvión fluvial y carburo de silicio.
En cuanto a la fuerza motriz que habría de animar las vueltas del carrousel; los engranajes capaces de hacer subir y bajar graciosamente a los caballos, alineados de dos en dos en la plataforma giratoria y ensartados en tubos telescópicos; el registro mecánico que haría resonar las piezas musicales; así como todo lo concerniente a la instalación adecuada de alambres, fusibles y ampolletas de filamento a fin de generar la profusión de luces cuyo brillo realzaría el esmalte en las ancas y belfos de los corceles, como si fueran criaturas de otro mundo, deben consultarse las anotaciones del mismo cuaderno de tapas azules consignadas bajo el título LISTADO Y DESCRIPCIÓN DE LAS PIEZAS PRINCIPALES DE QUE CONSTA EL PRADO MECÁNICO DE ANATOLI FLOREA, las cuales se incluyen adelante, en el lugar que corresponde.
3. Un corcel dorado en la niebla del amanecer

La princesa veía desde lejos el corcel dorado en la niebla del amanecer, y le parecía que adelantaba las patas delanteras para echarse a trotar por el empedrado y llegar antes que ella a la iglesia. Pero no había tales. Allí se estaba, quieto, aguardando a que ella pasara, Anatoli al lado, siempre sonriente, la mano sobre el anca mojada de rocío.
Hasta que aquel miércoles del mes de diciembre ella se detuvo a media calle, y preguntó:
—Ese caballo, monsieur le coiffeur, ¿por qué es un caballo dorado?
—Bitte, Prinzessin, gehen Sie weiter —le ordenó la institutriz brandeburguesa, y el mango de la sombrilla abierta temblaba de indignación en su mano.
Anatoli hizo a la princesa una reverencia de pantomima, barriendo casi el suelo con la mano como si en ella tuviera un sombrero empenachado de plumas.
—Porque así lo he visto en los sueños que usted sueña, madeimoselle —respondió, siempre galante.
—¿Y cómo hace para sacar ese dorado tan refulgente? —volvió a preguntar la princesa, sin hacer caso a las prevenciones de la institutriz, ni reparar en las alusiones tan descaradas a sus sueños. ¿Cómo es que el peluquero sabía que ella soñaba con caballos dorados?
Pero era cierto. Antes de despertar esa madrugada había visto a ese caballo dorado cabalgar por un prado verde sembrado de tréboles, y ella, desnuda, lo montaba en pelo, aferrada a sus crines. Lo veía cabalgar y al mismo tiempo lo montaba, como ocurre en los sueños.
—Resulta de mezclar cuatro partes de amarillo de Nápoles, una de blanco de titanio, más otra de tierra de Siena puesta en la cazuela a fuego manso para conseguir la sombra tostada —respondió él, mesándose la barba—; con eso, y el brillo que da el aceite de alazor, puedo crear la ilusión del oro resplandeciente.
—Quel cheval incroyable —suspiró la princesa.
—Más la sorprendería lo que ese caballo por sí mismo puede hacer, y lo que es capaz de esconder en sus entrañas —dijo el peluquero, y repitió su cómica reverencia, porque ella ya se iba.
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Hay otra fórmula más expedita para lograr el dorado, distinta a la que el peluquero escultor de caballos de trote, paso y andadura ha explicado a la princesa en su breve diálogo frente a la peluquería. La ha escrito en tinta morada en el cuaderno de tapas de hule negro que guarda en la trastienda.
Se trata del cianuro de potasio.

EL DORADO REFULGENTE QUE PROVIENE DEL CIANURO DE POTASIO
El cianuro de potasio, también ácido cianhídrico, tiene la misma apariencia de la azúcar granulada, y para evitar fatales confusiones debe colocarse en vitrina bajo llave, en un frasco de tapa hermética, rotulado bajo la marca de cruz y calavera, pues se trata de un tósigo temible por letal, más que el acónito común, llamado también anapelo azul o matalobos de flor azul (Aconitum napellus, familia Ranunculaceae).
Procedimiento: disuélvanse 4 onzas de gránulos de cianuro de potasio en 2 litros de agua destilada, y luego añádanse 2 onzas de óxido de oro disuelto previamente en igual proporción de álcali concentrado. Calentar 5 centilitros de aceite de linaza en una marmita al punto de hervor y luego mezclar con una paleta.
Una vez enfriada la preparación, dar la primera mano sobre la superficie requerida con una brocha de crin de jabalí, hasta conseguir el dorado refulgente.
Sobre la tapa del cuaderno de hule negro Anatoli ha dibujad
