Nota de la autora
La Temeraria no pretende ser una biografía imparcial, aunque siga de cerca los pasos de Urraca Alfónsez, la primera mujer que alcanzó el título de reina y emperatriz de pleno derecho no solo en León, sino en toda España y en Europa, desde el momento de su coronación, acaecida en el año 1109, hasta su muerte, en 1126.
Tampoco es esta una historia novelada en sentido estricto, por más que la mayoría de los episodios referidos a la soberana, incluidos los más crudos, estén consignados en documentos o crónicas de la época, a menudo puestos en su propia boca. He variado ligeramente las fechas de algunos acontecimientos en aras de agilizar el relato, pero su esencia forma parte de la Historia, con mayúscula. El modo de presentarlo, empero, corresponde a mi interpretación y difiere notablemente de lo que se recoge en los códices medievales. La luz bajo la cual aparece dibujada doña Urraca en estas páginas no se parece en nada a la que alumbró el juicio de sus contemporáneos, porque ellos la trataron con una crueldad despiadada, tanto en la vida real como en la narración de su reinado, ensañándose con ella por su condición femenina. Incluso la Historia compostelana o las Crónicas anónimas de Sahagún, supuestamente partidarias de la reina en su enfrentamiento a muerte con su propio esposo, Alfonso el Batallador, destilan una misoginia feroz. Los autores de esos textos cargan las tintas contra el rey aragonés, pero al mismo tiempo impregnan sus escritos de un prejuicio venenoso que en buena medida ha manchado la memoria de esta soberana hasta el día de hoy.
De haber sido varón, Urraca habría pasado a la posteridad con el sobrenombre de «el Audaz», «el Valiente» o «el Intrépido». Tratándose de una mujer, la hija de Alfonso VI y Constanza de Borgoña fue apodada «la Temeraria» por atreverse a defender con uñas y dientes el legado de su padre. Por hacer uso de todo el poder simbolizado en el cetro y la corona, con los que se hizo retratar a fin de exhibir ante el pueblo su determinación de reinar. En definitiva, por ejercer la función que se le había encomendado, con sus aciertos y sus errores, sus luces y sus sombras, como cualquier ser humano.
La mirada de Muniadona —el personaje que acompaña a la reina, escucha sus confidencias y nos relata sus aventuras— es la mía. Una mirada indulgente, comprensiva, amable. Una mirada cargada de respeto, admiración y cariño. Todo el respeto, la admiración y el cariño de los que no gozó en vida doña Urraca, quien honró el trono de León según su leal saber y entender a pesar de verlo convertido en un potro de tortura.
1
Bodas de hielo
Otoño del año 1109 de Nuestro Señor
Castillo de Muñó
Reino de León
Malditas mujeres, hijas de Satanás!
La voz del rey retumbó como un proyectil de almajaneque, mientras él abandonaba la estancia con una violencia tal que a punto estuvo de arrancar las gruesas cortinas de cuero custodias de su intimidad. Quienes tratábamos de dormir en la antecámara retuvimos el aliento, pues don Alfonso era célebre por sus accesos de ira. En esa ocasión, no obstante, parecían vencerle las prisas por alejarse de allí, lo que nos libró de recibir una patada o algo peor. Pasó ante nosotras sin vernos, medio desnudo, con el cuerpo de un Sansón cosido a cicatrices de guerra, mascullando improperios soeces contra la dama cuyo lecho acababa de abandonar.
Era su noche de bodas.
—¡Muniadona! —rugió la voz de doña Urraca desde el interior de la alcoba, todavía envuelta en tinieblas.
De cuantas habíamos presenciado la escena, presas del estupor, mi nombre era el último que habría esperado oír. Yo no era nadie, una simple muchacha al servicio de Eylo Alfonso, esposa del conde Ansúrez y dueña del castillo de Muñó, cuyos muros infranqueables habían acogido el enlace. ¿Qué podía desear de mí la soberana de León?
—¡Ha pretendido montarme como si fuera una yegua! —exclamó nada más verme, conteniendo a duras penas las ganas de ponerse a gritar—. ¿Te das cuenta? Ni siquiera se ha molestado en fingir interés o consideración. Con razón decía Gelmírez que este desposorio ofendía a Dios. Si hubiera escuchado al obispo, esto no habría pasado…
Yo no me daba cuenta, no. Apenas entendía el significado de sus palabras, y mucho menos por qué me las decía a mí. No me atrevía a mirarla por temor a que leyera en mis ojos la mezcla de extrañeza, terror y lástima que sentía al verla descompuesta, fuera de sí, revelándome detalles íntimos que ni siquiera su confesor habría debido conocer.
—Huelga decir que se ha ido sin perpetrar tal afrenta —añadió algo más serena, como si el hecho de proclamar esa pequeña victoria le permitiera aliviar el peso de la humillación sufrida.
La escena resultaba harto desconcertante.
La hija de Alfonso VI, emperador de toda España, había abandonado la cama e iba de un lado a otro como una fiera enjaulada, dando rienda suelta a un torrente de emociones que la habría sofocado de no salir por su boca. Su figura menuda se agigantaba a la tenue luz de una candela de cera, cuyo perfume dulzón competía con un penetrante olor a sudor. Yo contemplaba ese vaivén airado, inimaginable en una dama de su alcurnia, preguntándome si acertarían quienes auguraban un reinado infausto, marcado por las discordias, alegando que el ánimo mujeril es débil para gobernar en paz y justicia.
¿Tan sombrío era el horizonte al que nos enfrentábamos los cristianos hispanos?
En ese momento doña Urraca no se asemejaba en nada a la reina que la víspera habíamos bañado, perfumado y ataviado con un hermoso vestido de brocado, a juego con la sobreveste forrada de armiño cuyo intenso color carmesí resaltaba el blanco inmaculado de las perlas trenzadas en su cabellera oscura. Del peinado, elaborado para la ocasión durante buena parte de la mañana, solo quedaban greñas que le caían hasta la cintura, donde un desgarro en la camisa de hilo finísimo daba fe de la resistencia que opuso la que iba a ser mi señora. Las sábanas, revueltas hasta formar un amasijo informe, atestiguaban la dureza de la batalla librada entre los recién casados, en modo alguno semejante a las que juglares y comadres narraban con picardía.
—Me habían advertido de lo que cabía esperar de un hombre así —escupió su rabia a borbotones—. Ha cumplido treinta y seis años y hasta ayer permanecía soltero, sin que se le conozcan hijos bastardos, amantes o concubinas. ¿Es eso normal? ¿Es propio del soberano de Pamplona y Aragón, obligado a engendrar un heredero? Dime, muchacha, ¿por qué me dejé arrastrar a esta trampa?
—No sabría… —logré mascullar, a duras penas, antes de comprender que no esperaba una respuesta, sino oídos dispuestos a escuchar ese lamento.
—Tendría que haber previsto que no recibía en el tálamo a un esposo, sino a un monje guerrero que prefiere la compañía de sus mesnaderos a la de cualquier hembra. Un rudo supersticioso que aprecia el trato con apóstatas, cree que cuervos y cornejas pueden dañarnos, confía en augures y adivinos, evita a hombres sabios y nobles y desdeña el culto divino de la Iglesia. Todo eso y cosas peores se decían de su persona, pese a lo cual acepté uncirme al yugo de este matrimonio.
Corrían de boca en boca en todas las villas del reino habladurías referidas al personaje en cuestión, escogido por el mismísimo Rey Sabio, nuestro Alfonso, como esposo y protector de su legítima heredera, de España y de la cristiandad. Se decía que a Urraca el enlace distaba de serle grato, dados sus amoríos con un conde castellano, pero que se había plegado a la voluntad paterna, tal como se esperaba de ella. A tenor de sus palabras, lamentaba esa decisión.
—Ahora es tarde para lamentarse —añadió, secándose una lágrima de la mejilla con el dorso de la mano—. Estoy encadenada a él y debo honrarlo y obedecerle, como una buena mujer ha de hacer con su señor, so pena de perder mi reino.
Al llegar a ese punto se hizo un silencio espeso que ella misma quebró, al cabo de unos instantes, alzando con orgullo la cabeza. Se había terminado el llanto. Volvía a ser una reina:
—No siente gusto por las damas. Sea. Si me cabía alguna duda, se ha despejado esta noche. Pero yo no soy una cualquiera a la que pueda forzar ni tampoco desdeñar, como cuentan que hizo en sus dominios con la hija de un caudillo moro cuando este se la puso en bandeja. ¡Soy la soberana de León, y juro ante ti y ante Dios que aprenderá a respetarme!
De nuevo pareció interrumpirse su soliloquio desgarrado. Yo pensé en aprovechar la ocasión para retirarme en silencio, pues mi temor iba en aumento ante la magnitud de las confesiones que se me hacían sin yo quererlo, pero ella dispuso otra cosa. El alba estaba lejana, en ese tiempo de vendimia que extendía sobre la tierra el manto de noches más largas, y mi señora, desvelada, tenía ganas de hablar.
—¿Acaso te he despachado? —inquirió con brusquedad y un gesto del mentón suficiente para detenerme en seco—. Sírveme hidromiel.
Le tendí, con la cabeza gacha, una copa de plata llena del licor ambarino preparado con el propósito de endulzar un lance amoroso devenido en atroz desengaño. Ella dio un par de pequeños sorbos, recuperando los modales regios aprendidos en la corte de su padre, antes de continuar desgranando su letanía doliente.
—El destino vuelve a ensañarse conmigo. ¿Sabías que concertaron mis esponsales con Raimundo de Borgoña cuando apenas contaba seis años de edad y él ya llevaba tiempo guerreando? Su ambición no veía en mí a una mujer, sino un trono, y mi padre, buen jugador de ajedrez, otorgaba gran valor a lo que aportaba su familia, emparentada con el poderoso monasterio de Cluny, partero de ilustres papas…
Decididamente, aquella noche iba a ser la más larga de mi vida y a lo peor la última, si con el día la soberana se arrepentía de ese desahogo y decidía asegurar mi silencio arrancándome la lengua o la vida.
—Al cumplir los doce se consumaron aquellas bodas —prosiguió, no sin antes aclararse la garganta apurando el contenido de la copa—. Poco o nada sabía yo de lo que me aguardaba en el lecho, donde era mi deber entregarme a la voluntad de mi esposo y dejar que él me guiara hasta alcanzar el goce previo a las delicias de la maternidad. Eso me dijo la condesa Eylo sin añadir nada más.
Un escalofrío recorrió mi espalda ante la posibilidad de verme pronto en semejante trance, al tener yo unos años más de los que cumplía doña Urraca en aquel lejano entonces y saber de los enredos en los que andaba metida mi madre con el empeño de buscarme esposo.
—Poco importaba que a esas alturas los ojos de todo el reino ya no estuvieran puestos en mí como heredera de la Corona llamada a engendrar un varón, sino en mi medio hermano, Sancho, designado sucesor por nuestro padre —continuó recordando mi señora, cuya nostalgia la había llevado de regreso al año 1092, en pleno esplendor del reinado de don Alfonso el Bueno—. Ese niño acabó muriendo en el desastre de Uclés, Dios lo tenga en su gloria, pero nadie podía augurar entonces tal calamidad.
Si poco antes la reina se mostraba furiosa al referirse a quien acababa de convertirse en su segundo marido, la evocación de Raimundo y del pequeño infante, abatido en dicha batalla por los almorávides venidos de África, parecía infundirle una emoción semejante a la melancolía.
¿En verdad amaba a ese muchacho con quien tan poco trato había tenido y que al nacer la había privado de su derecho a heredar el reino, o era el causante de su viudez la persona cuyo recuerdo le infundía ese sentimiento?
Mi familia había tenido algún trato con el noble borgoñón, dada nuestra proximidad con su prometida a través del conde Pedro Ansúrez, encargado por el rey Alfonso de criar y custodiar a doña Urraca hasta el momento de entregarla a su marido, así como de instruirla en las artes de la guerra, la equitación y la caza, que, aunque generalmente reservadas a los hombres, eran indispensables en una infanta llamada por las circunstancias a reinar.
Don Pedro y su esposa, Eylo, en uno de cuyos castillos nos encontrábamos, también habían velado por mi madre y mis hermanos después de que nuestro padre, su leal servidor Diego de Mora, cayera defendiendo la fortaleza de igual nombre, asaltada por los sarracenos en la brutal acometida lanzada por el emir Yusuf recién estrenado el siglo. Yo era entonces muy pequeña, aunque en mi retina había quedado grabado el abrazo que me dio, vestido de hierro para la refriega, poco antes de subirme al carro que nos trasladó hasta Toledo. Al abrigo de sus poderosas murallas nos refugiamos nosotros mientras él derramaba su sangre por el rey y por la Cruz.
No había transcurrido ni una década desde entonces y la memoria permanecía intacta, al igual que la inquietud y el miedo. Huérfana de guerra, como tantos otros hijos de soldados caídos en ese tiempo despiadado, sujeta a la tutela de un conde que al cuidar de nosotros honraba la palabra dada a un infanzón fiel, mi futuro era en extremo incierto. ¿Hasta cuándo podría contar con ese auxilio? ¿Qué sería de mí y de los míos si la parca, siempre hambrienta, se llevaba a nuestro benefactor?
Un temblor incontrolable recorrió de nuevo mi cuerpo, apenas cubierto con una camisa de lino, si bien supe que no era el frío la causa de esa reacción.
La aceifa nos había desposeído de la tierra ganada por mi padre, y mis posibilidades de encontrar marido se ceñían a las conversaciones que mi madre había entablado recientemente con un viudo que me triplicaba la edad, a quien yo ni conocía ni deseaba conocer. Si la reina expresaba alguna queja sobre mí a la condesa Eylo, la vida se me acabaría antes de comenzar. ¿Cómo no sentir vértigo ante semejante panorama?
Esos pensamientos fueron acudiendo a mi cabeza como sombras fugaces, sin llegar a tomar forma definida, al oír a doña Urraca hablar de su primer marido, fallecido dos años antes no en el campo del honor, sino a consecuencia de una enfermedad que lo consumió poco a poco.
Yo había oído hablar en mi entorno de la frágil salud del franco, de su débil corazón, de su final prematuro y del bello sepulcro que habían labrado en piedra para él dentro de la catedral compostelana. Mi mente todavía infantil comparaba su figura quebradiza con la de nuestro querido Ansúrez, un gigante de más de seis pies en quien siempre había visto a un guerrero invencible, y me parecía extraño el modo en que doña Urraca se refería a ese hombre, recordándolo en su juventud.
Claro que lo peor aún estaba por venir.
¿Era consciente la reina de mi absoluta inocencia en todo lo concerniente a los asuntos carnales? Apenas unos meses atrás había alcanzado la pubertad para descubrir con espanto las molestias y vergüenzas inherentes a tal condición, mientras que ella, con tres décadas a cuestas, había enterrado a un marido y parido varias veces. Resultaba de todo punto imposible que ambas nos entendiésemos. Mas, como ya he dicho, no era comprensión lo que buscaba la soberana en esas horas oscuras, sino sosiego. Descargar su espíritu herido del peso que lo abrumaba.
—Ni yo estaba preparada para lo que me aguardaba en el tálamo —retomó el relato doliente de esa otra noche de bodas, tan semejante y a la vez distinta de la vivida junto al rey de Aragón— ni él puso excesivo empeño en hacerme placentero el trance. Pero, con el tiempo, ese aspecto de nuestra unión mejoró. No era un gran amante, desde luego, aunque me dio dos hijos sanos y nunca me faltó al respeto como acaba de hacer Alfonso.
Su tono volvió a alterarse al recordar lo sucedido. Su gesto se crispó. Sus manos se cerraron en puños deseosos de golpear al autor de tal ultraje. Después, entornó los ojos, respiró y recuperó la calma para proseguir:
—Tampoco lo hice yo. Mientras él vivió, lo honré con una conducta intachable. Bien lo saben los cielos. Tras su muerte me sentí libre de buscar consuelo en los brazos del conde Gómez, quien supo despertar en mi piel sensaciones que hasta ese día no había creído posibles… ¿Te escandalizo?
En lugar de responder, rehuí de nuevo su mirada, pues cada vez estaba más convencida de haberme labrado la ruina al convertirme en depositaria de semejantes secretos. Quería desaparecer. Anhelaba con todas mis fuerzas escapar de esa habitación convertida de pronto en mazmorra donde doña Urraca se sentía libre de abrirse en canal ante mí sin darme la oportunidad de rechazar sus confidencias.
—Gómez era el elegido de mi corazón cuando el rey me comunicó que habría de volver a casarme. —Donde antes había ira, añoranza o pena, ahora resplandecía la ilusión de un gran amor—. Un caballero de los pies a la cabeza. Valiente, galante, apuesto, entregado. Un hombre en quien he confiado desde que, siendo yo niña, dirigía con mano firme la hueste leonesa como alférez de mi padre. Mucho mayor que yo, al igual que Raimundo, pero, a diferencia de este, un trueno. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Yo seguía sin comprender. ¿De qué clase de trueno hablaba? ¿Se refería a su ardor en el combate? De todos era conocida en España la bien ganada fama del conde Gómez González en el campo de batalla, pero también el rey de Aragón y Pamplona era un guerrero reputado cuyas hazañas militares se contaban por decenas. Si ese era el rasero por el que habían de medirse, ninguno de los dos desmerecía a su rival.
—No, claro que no me entiendes —interrumpió mis cavilaciones—. ¿Cómo podrías hacerlo? Es preciso haber conocido el goce para poder reconocerlo. La pasión se siente, no se expresa. Y yo no pienso renunciar a ella. Si he de soportar el matrimonio con el Batallador por el bien del reino, lo haré con el consuelo de Gómez.
¿Me estaba declarando su intención de ser infiel a su esposo? ¿A esa clase de consuelo se refería? ¿O simplemente hacía alusión al consejo irrenunciable del conde en asuntos de naturaleza política? Una vez más, me propuse no llegar a averiguarlo nunca, por mi propio bien y el de toda mi familia.
* * *
Una pálida claridad otoñal se filtró a través de la tronera orientada a levante, indicándonos que el día se abría finalmente paso. Amanecía otra jornada gris, desapacible, propia de un invierno empeñado en adelantarse.
Bajo esa luz blanquecina, doña Urraca mostraba un semblante demacrado, donde las ojeras violáceas, los ojos surcados de pequeños hilos rojos, las arrugas marcadas en la frente y el rictus de profundo dolor dibujado por sus labios daban testimonio incuestionable de los estragos causados por la frustración y el insomnio. Supongo que otro tanto habría podido decirse del mío si doña Urraca se hubiese dignado dirigirme una mirada. Pero la magia surgida fugazmente entre nosotras había desaparecido. Ella volvía a ser la reina de León, emperatriz de las Españas, y yo la última dama al servicio de Eylo Ansúrez. Poco más que una criada.
—Tráeme un desayuno abundante, vino caliente y ropa limpia —me ordenó enérgica—. Tengo apetito.
Mientras me retiraba, preguntándome cuánto tardaría en venir a buscarme un sayón para rajarme la garganta, la oí murmurar:
—Es difícil encontrar un hombre con arrestos suficientes para acompañar a una mujer poderosa. Un hombre que no se deje amilanar por el cetro y la corona, no recule ante los celos, no se guíe por la codicia, el afán de gloria o las apetencias, y no ceda a los prejuicios. Hay que ser muy hombre para aceptar esa carga…
2
Almas gemelas
Pasé las jornadas siguientes procurando esconderme, evitando el trato con mis compañeras y pretextando tener fiebre para que me dejaran tranquila. A las preguntas de las más curiosas sobre lo ocurrido en los aposentos reales respondí cerrándome en banda, lo que me valió críticas ácidas que, bien lo sabía yo, podían acabar llegando a oídos de doña Eylo en forma de acusaciones tan graves como infundadas. La envidia y la maledicencia abundaban en nuestro mundo, sin que escapasen a ellas labriegos, siervos, clérigos o gentes de condición superior, en quienes tales pecados causaban consecuencias trágicas. Solían relacionarse esas prácticas desdeñables con nosotras, las féminas, aunque pese a mi corta edad yo ya intuía con claridad que dichos males eran comunes a todos los hijos de Dios. ¿Acaso no procedíamos de un mismo barro?
Mis labios estaban sellados, empero, no solo por el temor a sufrir represalias, sino porque de algún modo extraño yo interpretaba la franqueza con que doña Urraca se había expresado aquella noche en mi presencia como una muestra de confianza a la que solo podía corresponder entregándole mi lealtad.
«¡Qué disparate! —advertía otra parte de mi ser, más realista y sensata—. ¿De verdad crees que la reina de León confiaría en alguien tan insignificante? Ni siquiera recordará tu nombre. Y si lo hace, peor. ¡Guárdate de su venganza por haber osado escuchar lo que nunca debiste oír!».
Entre tanto, la vida en el castillo se desarrollaba con total normalidad, como si la disputa feroz protagonizada por Alfonso y Urraca no hubiera tenido lugar. Los esposos comían juntos, departían amablemente con el anfitrión y otros miembros de la nobleza presentes en el castillo, comentaban planes de futuro en lo relativo a la guerra contra el moro y daban buena cuenta del vino que los criados servían en las copas, cada vez más aguado e insípido, dado que el preciado caldo empezaba a escasear en la bodega sin que se anunciara una cosecha capaz de reponer las reservas.
Y es que esos días hacía un frío impropio de la estación, que ni braseros ni capas de piel bastaban para mantener a raya. En los campos el hielo causó estragos terribles en el momento de comenzar la vendimia, hasta el punto de echar a perder la mayor parte de la uva y transformar en ponzoña la que pudo recogerse. ¡Más valdría habérsela dejado a los pájaros! Pese a los muchos años transcurridos, aún conservo su acidez en mi boca y recuerdo los retortijones causados por aquel brebaje. ¡Ningún galeno ha mezclado nunca purga más eficaz!
¿Sería ese viento glacial una señal divina? ¿Un mensaje del Señor, contrario a unas nupcias que la Iglesia condenaba por sacrílegas? Decían que mi señora y su esposo compartían la sangre de su bisabuelo, Sancho el Mayor, motivo por el cual su enlace era odioso a los ojos de Dios. Hablaban de estupro y fornicación. Algunos presagiaban que semejante coyunda no podría acarrear nada bueno, que de esa abominación nacerían únicamente muerte y devastación. En aquel entonces yo no era capaz de atisbar semejantes tinieblas, aunque conociendo el modo en que don Alfonso se había comportado con su esposa, no era preciso ser adivina para saber que la unión traería ríos de llanto.
Ni en mis peores augurios habría imaginado, empero, la cantidad de sangre y dolor que iba a acompañar a las lágrimas.
* * *
Al cumplirse justo una semana desde la boda, la reina me convocó a sus aposentos privados, cedidos por el conde Ansúrez durante la estancia de la soberana en el castillo y contiguos a los que ocupaba su propia esposa. A mí me traían los peores recuerdos de una noche inolvidable y no me avergüenza reconocer que acudí presa del terror, sintiendo cómo las piernas me sostenían a duras penas.
En la soledad de sus estancias, doña Urraca me interrogó con descarnada frialdad sobre mi linaje, mis eventuales compromisos matrimoniales, mi dote y mis anhelos, sin que yo alcanzara a comprender el porqué de esa entrevista. Fuera cual fuese, no obstante, el hecho de seguir viva y estar en su presencia era una excelente señal.
Apelando a todo mi valor y a la educación recibida, respondí con la cabeza alta que mis raíces se hundían en las Asturias, Navarra y la frontera del Duero, de donde procedían mis antepasados; que los hombres de mi familia habían honrado siempre su condición de guerreros al servicio de la Cruz y que por ese motivo precisamente yo era una huérfana libre, aunque carente de fortuna. Añadí que me había criado en Toledo, junto a mi madre y mis dos hermanos, acogida al amparo del conde Ansúrez, y justifiqué mi presencia en Muñó aludiendo a la reciente aceifa lanzada por los sarracenos contra la ciudad del Tajo, que resistía a duras penas parapetada tras sus murallas.
Con la llegada del verano, el califa Alí ben Yusuf había cruzado el Estrecho al frente de un poderoso ejército, para arrojarse sobre nosotros como una plaga de langostas. Sus hombres arrasaron Madrid, Guadalajara, Atienza, Talavera y toda la marca fortificada años antes por el padre de la reina con el propósito de impedir los ataques dirigidos contra las tierras bañadas por el río, que separaba desde antiguo la España cristiana de al-Ándalus. Vano empeño, a la vista estaba, dado que únicamente resistió Toledo, merced a sus formidables defensas y al coraje de Álvar Fáñez, quien tributaba a doña Urraca la misma lealtad inquebrantable que había mostrado a su progenitor. Era su más fiel caballero, su principal valedor. Ante el lecho de muerte de don Alfonso había jurado servirla y protegerla a costa de su propia vida, juramento que cumplió sin escatimar sacrificios.
Yo tenía grabado en el alma el terror sufrido en esos días, la angustia provocada por el retumbar de los proyectiles al impactar en las fortificaciones con tanta fuerza como para sacudir los cimientos de nuestras casas, los gritos de los heridos mezclados con los aullidos proferidos por los asaltantes, las súplicas de clemencia elevadas al cielo desde todos los hogares e iglesias, empezando por la catedral, donde el obispo Bernardo dirigía las plegarias de la multitud de fieles refugiados en el interior del templo.
Nos salvó de morir o caer cautivos el coraje demostrado una vez más por nuestro príncipe, Fáñez, quien realizó una salida a la desesperada acompañado de un grupo de valientes entre los que estaba mi hermano Lope, tres años mayor que yo, escudero en la tropa del castellano. Con la ayuda de Dios, astucia e increíble arrojo, consiguieron quemar las máquinas de guerra de los africanos y regresar con bien para ver a esos demonios desmontar su campamento y batirse en retirada en busca de otros lugares donde acumular botín.
Habíamos logrado salir vivos de la aceifa, aunque el miedo padecido tardaría en desaparecer.
Aquella acometida mora no hizo sino reforzar la convicción de quienes consideraban indispensable el matrimonio de la reina con Alfonso de Aragón, único guerrero capaz de encabezar a la hueste cristiana y plantar cara a los almorávides colocando a tal fin guarniciones aragonesas en los bastiones fronterizos más amenazados, como Guadalajara, Gormaz, Segovia o la propia Toledo. Guarniciones que, llegada la hora, utilizaría para fines muy distintos de los previstos.
Pero no adelantemos acontecimientos…
Mi señora era sabedora de esos hechos terribles, por lo que no hizo falta que le relatara lo acaecido en la capital rescatada del dominio musulmán por su augusto padre. En esas circunstancias dramáticas, mi madre había suplicado a la condesa Eylo que me alejara del peligro, llevándome con ella a su castillo en tierras palentinas, y yo agradecía esa merced tratando de aliviar en lo posible con mis remedios los sufrimientos derivados de la dolencia que padecía. Porque así como en mi estirpe paterna destacaban los hombres de armas, dije sin disimular mi orgullo, la mujer de ascendencia astur que me había dado la vida atesoraba valiosos conocimientos sobre la capacidad sanadora de diversas plantas, que pasaban de madres a hijas desde tiempos inmemoriales.
* * *
Doña Urraca se mostró distante en todo momento, severa, altiva hasta el punto de quebrar con su actitud la poca seguridad que conservaba en mí misma. Cuando acabó de hablar, guardó silencio, mientras me escudriñaba de arriba abajo, quién sabe en busca de qué. Al cabo de una pausa interminable, escupió finalmente el hueso:
—Dado que no ha llegado hasta mis oídos rumor alguno referente a lo que ocurrió entre el rey y yo la otra noche en nuestra alcoba, deduzco que sabes guardar un secreto.
—Si algo sucedió, señora, lo he olvidado —contesté cautelosa.
—Buena respuesta —replicó, sonriendo por vez primera—. Y, además de guardar secretos y preparar pócimas sanadoras, ¿qué más sabes hacer, Muniadona?
En realidad, poco sabía hacer yo aparte de lo descrito y otras tareas tales como leer, escribir, bordar, hilar o bailar, comunes entre las damas que rodeaban a la soberana. ¿Era eso lo que ella esperaba oír o acaso me estaba pidiendo que la sorprendiera de algún modo? Apenas dediqué unos instantes a pensar, antes de decidirme a embocar el camino de la verdad desnuda:
—Como veis, señora, nada hay en mí digno de ser destacado. Únicamente, tal vez, una destreza natural en el arte de hacerme invisible, basada en toda una vida experimentando esa sensación. Mi madre, Juana, posee una luz susceptible de alumbrar la noche más negra. Sabiduría, alegría y una habilidad natural para contar historias que deja chico a cualquier juglar.
El rostro de la reina resultaba inescrutable.
—Mi hermano mayor —continué— se forma en la mesnada de Álvar Fáñez, donde ha destacado por su coraje. Sigue los pasos de nuestro padre y, al igual que él, logrará abrirse camino con la espada; estoy segura. En cuanto a la pequeña de la casa, Leonor, deslumbra con su belleza además de ser un ángel, pura dulzura y bondad. Ellos acapararon las virtudes. Yo he aprendido a conformarme con mi suerte, que es pasar desapercibida.
—Un don extremadamente valioso en el que ya había reparado —comentó ella, satisfecha.
¿Explicaba esa sorprendente declaración el hecho de que hubiese recurrido precisamente a mí para servirle de paño de lágrimas en su funesta noche de bodas? No tenía sentido. Si yo pasaba desapercibida, ¿por qué se había fijado en mí? Tal vez las reinas tuvieran la capacidad de ver lo que a los demás se nos escapaba.
—¿Estás comprometida? —interrumpió mis reflexiones enseguida, empleando un tono algo más suave del utilizado hasta entonces.
—No, señora. Mi madre ha entablado conversaciones con un viudo, pero nada se ha decidido todavía.
—¿Deseas tú ese casamiento?
—¿Debo ser sincera?
—¡Desde luego!
—En tal caso os confesaré que no solo no lo deseo, sino que aborrezco la idea de ser entregada a un hombre que podría ser mi abuelo.
—¿Conoces su nombre y su posición? —prosiguió con su interrogatorio, acaso buscando no interponerse en los planes de alguien importante.
—No, mi señora. Tan solo se me ha informado de que se trata de un comerciante poseedor de medios sobrados para que no me falte de nada. Al parecer tiene varios hijos, algunos mayores que yo.
—Comprendo tu desazón —dijo de una manera en la que creí atisbar un resquicio de ternura—. El matrimonio rara vez guarda alguna relación con los sentimientos, y nosotras, las mujeres, siempre llevamos la peor parte.
De nuevo tenía la sensación de que en realidad no se dirigía a mí, sino que pensaba en voz alta, cuando me espetó:
—¿Te gustaría permanecer conmigo, aun despidiéndote definitivamente de tu hogar y tu familia?
—¿Aquí? —inquirí aturdida por semejante propuesta.
—Y allá —respondió ella, diría que divertida—. Como seguramente sabrás, esta es una corte viajera. Hoy en Muñó, mañana en Burgos, Sahagún, Oviedo, Compostela o alguno de los muchos castillos esparcidos por el reino. Y a partir de ahora también en cualquier lugar de Aragón, puesto que los súbditos de Alfonso han pasado a ser igualmente míos, de la misma forma que los míos deben mostrarle fidelidad. Aunque nuestros cuerpos se rechacen, nuestros intereses se han unido.
Habría querido disponer de tiempo para sopesar los pros y contras de tan inesperado ofrecimiento, pero era evidente que ella esperaba una contestación inmediata. Rechazarlo habría sido una locura, por lo que tomé aire y exclamé:
—¡Sí!
Ya buscaría después el modo de mitigar la dureza de ese «definitivamente».
—No serás una de mis damas y mucho menos una criada —añadió la reina a guisa de explicación, retomando la actitud suficiente que adoptaba o abandonaba a capricho—. En realidad, todavía no sé exactamente qué funciones voy a asignarte, aunque intuyo que vas a serme de una gran utilidad. ¿Puedo fiarme de ti?
—Desde luego, mi señora. Mi lealtad es vuestra.
—¿Harás lo que yo te ordene sin preguntar, aunque suponga asumir graves riesgos?
—Lo haré, siempre que pueda.
—Y cuando no puedas, también —enfatizó—. No me conformo con menos cuando otorgo mi confianza. Si me sirves con lealtad, serás generosamente recompensada. En caso contrario, lo pagarás. Ya irás viendo que la compasión no figura entre mis cualidades.
* * *
A partir de ese mismo instante me convertí en una sombra, una presencia silenciosa en quien nadie reparaba. Mensajera, observadora, testigo, depositaria de secretos, espía o cómplice, según las necesidades de mi señora.
En más de una ocasión me arrepentí de haber aceptado su propuesta sin sopesar debidamente el sacrificio que asumía, aunque nunca vaciló mi ánimo a la hora de servirla con la devoción prometida. Jamás le di la espalda, no solo porque me inspiraba terror incluso después de aprender a quererla, sino porque la traición siempre me ha parecido la peor de las vilezas. Y sabe Dios a cuántas de ellas hubo de enfrentarse doña Urraca.
A su alrededor todo eran conjuras y maledicencia. Pocos deseaban verla sentada en el trono de su padre, aduciendo su condición de mujer incapaz de llevar semejante carga, e incluso entre quienes se declaraban defensores de sus derechos y posición, la mayoría lo hacía únicamente pensando en satisfacer sus respectivas apetencias. Estaba sola, rodeada de enemigos, en un mundo peligroso que rezumaba hostilidad hacia ella. Es cierto que en ese momento contaba aún con los incondicionales Fáñez, Ansúrez y desde luego Gómez González, su amante y su consejero, pero no lo es menos que, en su entorno más íntimo, su esposo, su propio hijo y hasta su hermanastra constituían amenazas de las que debía guardarse.
Me pregunto si alguna vez llegó a conocer la dicha de la verdadera amistad. Desde luego, si lo hizo, no fui yo quien trenzó ese lazo con la emperatriz de España. Yo fui tan solo un instrumento; un espejo destinado a devolverle la imagen más hermosa de cuantas habitaban en ella.
Entré al servicio de doña Urraca por mediación del azar, sin la menor pretensión de ocupar un lugar impensable entre personas de condición tan alejada. ¿Qué representé para ella? Nunca me lo dijo. Supongo que necesitaba alguien como yo a su lado. Una persona inocua, carente del poder o de la ambición suficientes para preocuparla, ajena a banderías y dispuesta a cumplir al pie de la letra su voluntad. Una muchacha anónima, sin familia ni influencia, dependiente, agradecida y no completamente necia.
Con el tiempo he llegado a pensar que, pese a nuestra diferencia en años y procedencia, evoqué de algún modo en su mente la memoria que atesoraba de su propia juventud, aunque solo fuera por un notable parecido físico, disimulado en su caso con ropajes suntuosos y carísimos afeites. Lo cierto es que ninguna de las dos había sido agraciada por la Providencia con el don de la belleza. De estatura baja, rostro de facciones angulosas y piel imperfecta, ambas compartíamos, no obstante, unos ojos semejantes a carbones encendidos, reflejo de la pasión que ardía en nuestro interior. Su fuego, propio de la realeza, ardía en forma de desafío allá donde dirigiera la vista. El mío, imposible de ocultar, lo había prendido una madre orgullosa de su estirpe astur.
La historia de esa mujer sin igual, resuelta, valerosa, cruel, impredecible, fuerte ante la adversidad e ingeniosa frente a los obstáculos que le puso delante la vida es la que me propongo contar en las páginas de este manuscrito. Ella no me lo pidió, aunque siento que se lo debo. Conocí de cerca sus éxitos y sobre todo sus fracasos. Traté de endulzar sus amarguras, me alegré de sus victorias y sufrí en más de una ocasión sus iras. Ella cumplió su palabra y jamás me abandonó. Desde el cielo, donde espero que descanse a la diestra del Señor, sabrá perdonar mis errores, mis olvidos y también las ocasiones en que caiga en la tentación de embellecer el relato.
3
Un mal negocio
Diciembre del año 1109 de Nuestro Señor
Reino de León
Se acercaban las fiestas de la Natividad cuando fueron convocados algunos magnates de ambos reinos para asistir a la firma de la carta de arras otorgada por don Alfonso a su esposa, Urraca, y la de donación entregada por esta a su marido. Dos documentos de la mayor trascendencia, según se comentaba en los corrillos de palacio, elaborados bajo los auspicios del conde Ansúrez, cuya influencia abarcaba todo el territorio de la cristiandad hispana, al haber sido el ayo de la infanta antes de ceñir ella la corona y un vasallo destacado del rey de Aragón en su etapa de regente de Urgel.
Esa mañana mi señora amaneció con el ánimo sombrío, acaso porque intuyese las funestas consecuencias que traería la ceremonia. A esas alturas de nuestra extraña relación yo ya le había preparado alguna tisana destinada a aliviar los dolores del sangrado menstrual, que sufría en grado extremo, además de un ungüento de efectos asombrosos en la piel, prematuramente envejecida por el trajín de una vida errante y las constantes preocupaciones. También servía de enlace habitual entre ella y el conde Gómez, con quien había interrumpido toda forma de intimidad, forzada por las condiciones aceptadas al casarse.
—Debemos extremar la discreción —me insistió la primera vez que me entregó un mensaje para él, conminándome a cumplir la misión con la mayor de las cautelas—, porque si doy pie a que se me acuse de haber deshonrado a mi esposo, mis súbditos estarán en su derecho de abandonar la obediencia que me deben y entregársela a Alfonso.
—¡Pero si es él quien os ofende frecuentemente con sus palabras! —objeté, indignada, tras haber oído en más de una ocasión al aragonés proferir expresiones hirientes.
—Así es, bien lo sabes tú. Sin embargo, mientras no me abandone o repudie sin causa justificada, estoy en sus manos. Así se ha dispuesto en las capitulaciones que aguardan a que estampemos en ellas nuestra rúbrica. Me obligan a someterme, como corresponde hacerlo a toda buena mujer.
—¡¿También a una reina?!
Yo era testigo privilegiado de su poder, reflejado en la pleitesía que le rendían cuantas personas se cruzaban en su camino. Me fascinaba su autoridad y me halagaba su confianza, aunque nunca bajaba la guardia ante ella, temerosa de hacer algo que pudiera indisponerla conmigo. A mis ojos, casi infantiles, doña Urraca era un ser a medio camino entre el cielo y la tierra. Alguien a quien no lograba imaginar sojuzgada.
—Una reina mujer —respondió ella seca.
En ese instante estaba sentada con una expresión triste en el rostro, mientras yo peinaba despacio su melena castaña. A pesar de los braseros dispuestos por la estancia, de los tapices colgados en las paredes con el propósito de abrigar la cámara y del fuego prendido en la chimenea, hacía un frío capaz de calar hasta los huesos. Mi señora, todavía en camisa, se cubría con un grueso manto de lana que parecía engullirla y llevaba los pies calzados en cálidas zapatillas de piel vuelta. Era menuda, aparentemente frágil, rehén de una situación endiablada, pero en absoluto débil. Su determinación permanecía intacta, al igual que su negativa a rendirse.
—Si creen que me engañan, se equivocan —añadió al punto, levantando la barbilla en un gesto cargado de arrogancia regia—. Firmaré, porque no me queda otro remedio, pero soy consciente de salir perdiendo en el reparto y sabe Dios que me resarciré cuando llegue el momento oportuno. Alfonso me entrega media docena de castillos, que ni deseo ni necesito, mientras él recibe de mí toda la tierra que perteneció a mi padre. Curioso pacto de unión es este que apenas esconde su voluntad de arrebatarme mi reino.
—¿Por qué aceptasteis plegaros a un arreglo tan desventajoso? —me atreví a preguntar, sin dejar de desenredar su hermosa cabellera cobriza.
Doña Urraca tardó en contestar, como si su mente estuviera ordenando recuerdos dispersos antes de satisfacer mi curiosidad.
—Tras enviudar de Raimundo y convertirme en heredera al trono al morir mi hermanastro Sancho, mi deseo habría sido desposar al conde Gómez. No solo es un leal consejero, un capitán entregado en el campo de batalla y un devoto servidor de la Corona, sino un amante extraordinario…
Me disponía a señalar que esas cualidades lo convertían en un candidato idóneo, cuando pareció leerme el pensamiento:
—Gómez era sin lugar a dudas mi elección, aunque su nombre despertaba recelos insalvables entre sus pares, reacios a inclinarse ante él. Buena parte de la nobleza se opuso al enlace, alegando que no los superaba en linaje ni merecía por tanto desposar a una dama de condición superior. Adujeron que la boda sería desdoro para su honor y un agravio intolerable a otros condes castellanos.
—¿Y vuestro padre pensaba igual, tratándose de su propio alférez?
—El rey fue, precisamente, quien impuso su negativa tajante —esbozó algo parecido a una sonrisa sarcástica—. Yo sabía que mi opinión no sería tenida en cuenta, de modo que busqué aliados. Un grupo de magnates accedió finalmente a plantearle la cuestión, sin que ninguno de ellos se arriesgara a hacerlo personalmente. No me sorprende; las cóleras de mi padre resultaban aterradoras.
Esa revelación me desconcertó, dado que el difunto Alfonso VI era venerado por todos, gentes grandes y pequeñas, como un ejemplo de bondad, justicia y sabiduría. Un referente inalcanzable para su hija, llamada a reinar en un mundo donde los hombres dictaban las reglas y veían en nosotras a criaturas pusilánimes, lujuriosas, volubles, llamadas a causar desgracias, incapaces de valernos por nosotras mismas y mucho menos tomar decisiones que les afectaran a ellos.
—Se reunieron en Magán, cerca de Toledo —prosiguió ella—, y acordaron enviar como emisario a Cidiello, su físico judío, con quien mantenía una relación cordial, que algunos habrían confundido con la camaradería, en caso de que los reyes pudiéramos establecer un vínculo semejante.
—¿Y qué pasó? —Yo estaba en ascuas.
—¡Pobre Cidiello! —Esbozó de nuevo esa mueca sardónica—. Mi padre estuvo a punto de rebanarle el gaznate. Se contuvo a duras penas, no sin advertirle a voces: «No te echo a ti la culpa de que te hayas atrevido a decirme esto, sino a mí, pues con la confianza que te di has osado tanto. Guárdate en adelante de presentarte ante mí, porque si lo haces serás hombre muerto».
—Tenía otros planes para vos… —deduje en voz alta, tomando buena nota de la experiencia del hebreo con el fin de evitar provocar a mi señora excediéndome en mis atribuciones o llevándole la contraria.
—Así es —asintió ella—. El interés del rey y de España me echó en brazos del soberano de Aragón y Pamplona, en aras de unir los dos reinos, evitar suspicacias entre nuestros nobles, al tratarse de un esposo de sangre real, y poner a un guerrero acreditado al frente del combate contra los sarracenos.
—También el conde González es diestro con la espada, además de gran jinete de valor probado —salí espontáneamente en su defensa.
—Muniadona querida —me dirigió una mirada entre afectuosa y despectiva—, qué ingenua eres. Gómez es, como bien dices, un gran capitán, y será mi favorito siempre. Mi corazón es suyo. Él me corresponde con su amor, me respeta y me respalda. A diferencia de otros, conoce su lugar y no discute mi derecho a reinar. Está y permanecerá a mi lado, en la corte y la batalla. Cosa distinta es que ahora debamos mantener las distancias o cuando menos guardar las apariencias, en razón de un matrimonio que estoy obligada a honrar aun cuando todo en él me repugne.
* * *
El salón de palacio había sido despejado de casi todo su mobiliario, a fin de acoger a las muchas gentes principales acudidas a presenciar el acto en que Urraca y Alfonso sellarían con sus firmas el pacto de unión dinástica entre los reinos de León y Aragón. Un acuerdo ansiado por toda la cristiandad hispana, a la sazón enfrentada a una guerra brutal contra los almorávides, decididos a conservar la tierra perdida por nuestros antepasados godos y uncida al yugo de su falso dios, que lentamente iba reconquistándose desde la gesta de Pelayo en Covadonga. Mediante ese gesto ambos reyes juntaban sus respectivos dominios para beneficio de ambos, aunque bajo esa apariencia idílica, de mutuo gobierno y auxilio, se escondían piedras punzantes llamadas a abrir heridas.
Los cónyuges, vestidos con sus mejores galas, ocupaban sendos tronos de roble macizo mullidos con cojines de seda, colocados sobre una tarima lujosamente alfombrada. Aunque ninguno de los dos destacaba por su estatura, el hecho de presidir la estancia desde esa posición elevada y lucir con orgullo en la cabeza sus respectivas coronas los hacía parecer más altos. Ella llevaba un precioso brial azul de manga ancha, bordado con hilos de oro, cuyo ribete dorado era de la misma tela con que habían sido forrados sus escarpines. Le enmarcaba el rostro un velo blanco finísimo que le tapaba cabello y cuello para ir a morir en su pecho, donde parecía fundirse con el manto regio color púrpura sujeto mediante una fíbula enjoyada. Su mano izquierda sujetaba fuertemente el cetro, símbolo de su poder. Él no la desmerecía en elegancia, aunque sus ricas vestiduras no lograran disimular unos rudos modales de soldado, impropios de la corte leonesa.
Ninguno de los dos mostraba el menor signo de felicidad.
En primera fila se alzaba la figura hercúlea del conde Ansúrez, quien con siete décadas a las espaldas y un sinfín de combates librados conservaba la apariencia de un luchador formidable. Él también había escogido para la ocasión su mejor túnica, seguramente cosida por un sastre moro, pero a diferencia de los esposos su expresión era la viva imagen de la satisfacción, al haber alcanzado al fin un objetivo largamente buscado, en cuya consecución había empeñado toda su influencia, que era mucha.
Todo esto lo sabía yo por las reflexiones de mi señora, quien amaba y respetaba de corazón a su antiguo ayo, sin por ello ba
