La maestra

José Antonio Lucero

Fragmento

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Comisión Depuradora del Magisterio Primario de Sevilla, mayo de 1939

En realidad, morimos muchas veces antes de que llegue la hora de la muerte. Basta con la memoria errante de un daño irreparable, con el luto prolongado de un vestuario oscuro o con las regiones fingidas de un nunca o de un jamás.

Todo eso nos mata, poco a poco.

—¿Señorita Eulalia Morales?

Los verdugos son tres hombres. Solo uno de ellos, el de la izquierda, la mira con algo de humanidad, una humanidad vidriosa, quebradiza. Ella, de pie, lo observa: lleva bigotito y el pelo refinado de quien se asea cada mañana con la pulcritud de un marqués. «Quizá lo sea, marqués, conde, aristócrata», piensa Lali mientras se mantiene parada frente a ellos como la mujer de Lot, a punto de quedar petrificada.

—Sí, soy yo —asiente.

El que le ha preguntado es el tipo del centro de la mesa —ceñudo, perfil aguileño, cigarrillo en equilibrio sobre el labio inferior—, aquel que preside la comisión depuradora y cuya firma, con el vaivén de una cáscara de nuez, rubricaba el pliego de cargos con el que le notificaron aquellas acusaciones infundadas.

PLIEGO DE CARGOS que la Comisión Depuradora D) hace a la maestra nacional Eulalia Morales Román, y que deberá contestar en el plazo improrrogable de diez días naturales:

Cargo 1. Irreligiosidad manifiesta.

Cargo 2. Simpatizante de partidos del llamado Frente Popular.

Cargo 3. Desafección al Movimiento Nacional.

En Sevilla, a 29 de noviembre de 1937, II Año Triunfal,

EL PRESIDENTE

No le hicieron falta diez días. Le bastó solo con un par para presentar una contestación minuciosa y fundamentada, un escrito de descargo de decenas de páginas en las que mencionó, con su letra pulcra de colegio de monjas, su educación religiosa, su respeto a la ley, fuera cual fuese, su amor por la educación.

—Sabe por qué está aquí, ¿no? —insiste el presidente de la comisión.

No responde. Con el rabillo del ojo observa al tipo de la derecha. Fuma un cigarrillo mientras hojea con gesto desinteresado las decenas de páginas que componen su expediente de depuración —algunas manuscritas, otras mecanografiadas—, y que abren a Lali en canal, como una autopsia.

Ha intentado saber, pero no ha sabido, el nombre de quienes firman los documentos de acusación, aquellos informantes a los que la comisión depuradora ha preguntado sobre su labor como maestra y cuya denuncia, en la mayoría de las ocasiones, no tiene mayor solidez que un suelo de barro: hipótesis, comentarios de oídas, un dicen que, un he oído por ahí. Supone que entre esos nombres estará el de don Saturnino, el párroco del pueblo, e imagina que también el de Puri o el de Javier, padres de sus alumnos con los que tuvo algún que otro rifirrafe antes de que la guerra cayera sobre la sierra de Cádiz como un yunque.

Eso sí, tenía la esperanza de que entre esos informes estuviesen también los nombres de muchos otros padres y madres, aquellos, como Concha, Merchi o Marcial, con los que compartió cosas maravillosas en su primer destino como maestra. Las caras ávidas por aprender de sus zagales, la letra torpe de los que no sabían escribir, los versos de Machado resonando en sus boquitas, las asambleas, las cuentas matemáticas que sumaban o restaban fanegas del campo, las obras teatrales, las salidas para buscar hojas en otoño… Todo aquello en lo que ella se dejó la piel para que los hijos de los campesinos, de los yunteros, de los desheredados tuviesen al menos una oportunidad.

Pero sabe que no, que a ellos no les han preguntado.

—Conteste cuando se le pide, señorita.

Los tres hombres la miran trazando con sus ojos la trayectoria de un cometa. Lali se apresura a disculparse, «Sí, lo siento». Acto seguido, el tipo de la derecha le ofrece el expediente al presidente de la mesa, que, también con gesto apático, como desganado, vuelve a darle una rápida hojeada.

Entre ellos baila el humo de sus cigarrillos, que se contonea hasta perderse sobre una pared blanca coronada, como un retablo, por los retratos de Franco y de José Antonio.

—Esta comisión está lista para dictar sentencia sobre su expediente de depuración, señorita —le anuncia el presidente con una voz grave y gripada.

Lali levanta la vista y mira a todos los hombres; a los tres de la comisión y a los que aguardan congelados desde los retratos, a Franco, a José Antonio.

—¿Está lista? —le pregunta el tipo del bigotito, el único que le dedicó un gesto cortés cuando entró a esta sala de la Audiencia Provincial de Sevilla.

Su padre se lo dijo una vez: «Que la dignidad sea lo último que pierdas».

—Sí —asiente con firmeza mientras oculta las manos para que no la vean temblar.

El presidente de la mesa busca en el expediente el último de los documentos que lo componen, el que consigna el dictamen que Lali lleva tanto tiempo aguardando. Tras localizarlo, el tipo da una calada a su cigarrillo y se dispone a leer. Su voz suena como debía hacerlo la de Dios cuando se dirigía al pueblo de los escogidos.

—Pues bien, resultando de los cargos imputados y del pliego de descargos que la maestra presentó, tras estudiar a fondo el sumario y ampliar la información por todos los medios al alcance de esta comisión, tenemos a bien emitir el siguiente dictamen en el expediente de la maestra Eulalia Morales Román, proponiendo, por unanimidad, la revocación de su título de Magisterio expedido por la Escuela Normal de Sevilla, y su inhabilitación para la prestación del servicio de magisterio.

El tiempo se detiene en la dilatación de un suspiro.

No puede ser.

Le tiemblan las rodillas. La cadera, la verticalidad de su espalda.

Tenía la esperanza.

Hace un esfuerzo por mantenerse erguida, por contener una cascada.

No. No.

—La interpelada podrá presentar recurso ante la Comisión Superior Dictaminadora de Expedientes de Depuración en el plazo de diez días hábiles —continúa el presidente.

Pero Lali ya no puede oírlo.

—¿Lo ha entendido, señorita?

Tras unos segundos, asiente con un temblor mortecino. Mientras, observa cómo el presidente de la mesa cierra el expediente y lo deja a un lado, bocabajo.

Lali lo observa. Ella también está bocabajo. Lo estará muchos años.

—Pero no se esfuerce mucho con el recurso, Eulalia —dice de pronto el hombre de la derecha—. En ningún caso la Comisión Superior de Madrid ha dictaminado en contra de las comisiones provinciales.

El humo de sus cigarrillos continúa bailando frente a ellos, ingrávido, provocador.

—Haga su vida. Se ha casado, ¿no? —le pregunta el de la izquierda, poniéndose en pie e invitándola a abandonar la sala—. Tenga hijos y procure educarlos en la fe. Así podrá expiar su culpa.

Su culpa. Lali todavía no entiende qué culpa tiene, qué pecado ha cometido.

Y estalla, al fin, con los pies plantados sobre el pavimento, como un árbol.

—¡No es justo! —grita. Le palpitan en la sien, en el cuello, las venas que llevan su sangre al corazón.

Pero no lo sabrá durante mucho tiempo. Qué ha hecho. Por qué ella.

—Dé gracias, señorita, de que España le dé la oportunidad de rehacer su vida fuera del magisterio —le recrimina el presidente de la mesa con un gesto desagriado en la mano, pidiéndole que se marche.

Y sí, vivirá su vida; será una esposa modelo, tendrá hijos, irá a misa de doce y bailará en la velá de Santa Ana y en la Feria de Abril.

—Otras como usted no han tenido tanta suerte —añade.

Pasarán más de treinta años hasta que vuelva a intentar recuperar aquello que le han arrebatado.

PRIMERA PARTE

Una sustitución

1

Sevilla, abril de 1972

Lali siempre lo ha sabido. Enseñar es, en esencia, como encender un fuego.

—Imagina, Reyita —le pide a la niña con una mirada pícara y juguetona—, que las matemáticas son un delicioso pastel de chocolate.

La pequeña Reyes levanta la vista de su cuaderno de espiral y observa a la mujer arrugando el entrecejo. Luego, durante unos segundos, hace un esfuerzo por entender esa extraña analogía, hasta que desiste:

—¿Cómo que un pastel, seño?

Lali asiente. «Un pastel —se repite la niña para sí—, un pastel de chocolate». Como si pudiese llegar a comprenderlo a fuerza de saborearlo en la punta de la lengua, de hacerlo bailar entre sus dientes como un caramelo. Pero, tras un resoplido, añade:

—Seño, de verdad, que no lo veo.

La niña llama a Lali así, «seño», aunque Lali no es en realidad su maestra, sino alguien que, desde hace unos días, la ayuda por las tardes con las tareas escolares de su exigente colegio privado.

—Me dieron buenas referencias de usted —le dijo Esther, la madre de Reyes, tras descartar a varias candidatas.

Lali asintió ante la mujer —pelo recogido en un moño, oro asomando tras el prudente escote de su vestido, apellido compuesto— convencida de que Esther había debido de hablar con Maripili, la madre de aquel chico que, gracias a ella, obró el milagro de aprobar octavo.

—Mi Reyes es una niña muy inteligente —continuó la madre mientras acariciaba la cabellera de su hija—. Pero se despista y se va a las musarañas. Además, ha hecho la comunión y ha estado un poquito nerviosa. Ya sabe cómo son los niños.

Sí, Lali sabía bien cómo eran los niños, de qué forma entrar en esas mentes que a veces parecían guardar en su interior el laberinto de un minotauro hambriento.

La mujer continuó, jactanciosa:

—La niña va para médico, ¿sabe usted? Pero se le atascan las matemáticas.

Al oír esa palabra, «matemáticas», Reyes contuvo un gesto de burla que solo Lali fue capaz de apreciar. La pequeña llevaba uniforme de falda a cuadros, crucifijo y un lazo perfecto sobre cada una de sus dos graciosas coletas.

—Así que vas para médico, ¿no, Reyita? —le preguntó Lali.

La niña levantó la mirada hacia la mujer; una mirada inocente e ingenua que, como la de cada niño, escondía el secreto de la humanidad.

—Sí, seño —respondió con timidez tras el empujoncito de su madre que la obligó a responder.

Las mujeres rieron ante ese «seño» espontáneo, y quizá por eso la madre pasó por alto que Lali, sin haber mediado conformidad, llamara a su hija con el diminutivo propio de una gitanilla del barrio de Triana.

—Pues, venga, no se hable más —zanjó Esther al fin convencida—. ¿Cuándo puede empezar, Eulalia?

Ahora, en esta sala habilitada para el estudio de la pequeña Reyes, Lali hace a un lado el cuaderno de su pupila, lleno de cuentas y números con la preciosa caligrafía de colegio de monjas, y le pide a la niña que se ponga en pie:

—Olvídate del cuaderno, del lápiz y de la goma de borrar, Reyita. Sígueme.

Reyes la mira sorprendida. Lali coge su mano y la guía hacia la puerta de la sala de estudio. Luego atraviesan otro largo pasillo hasta la cocina.

No hay nadie en casa, como cada tarde.

—¿Vamos a merendar, seño? —pregunta Reyes intrigada—. Mi madre no me deja.

Lali abre la nevera y rebusca entre sus estantes.

—¿Tenéis chocolate en casa?

Tras unos segundos, lanza un «¡Ajá!» mientras saca de uno de los estantes una fuente de cristal que guarda en su interior un par de torrijas que han debido de sobrarle a la familia en el postre.

—Las torrijas también nos valen.

Reyes mira a la fuente con la fascinación de quien está a punto de hacer algo prohibido. Su madre solo le permite comer en el postre un par de pequeñas porciones, y solo porque es tiempo de Cuaresma.

—¿Vamos a comernos una torrija?

La maestra la mira con otra sonrisa pícara, un gesto infantil impropio, desubicado —o al menos que nadie esperaría— en una mujer de sesenta años.

—Si tú no se lo dices a tu madre, yo tampoco, ¿vale? —le pregunta mientras saca de entre los estantes un par de platos y varios cubiertos.

Reyes asiente sin saber muy bien qué extraño trato le ofrece la maestra.

—Pero, antes, déjame explicarte qué son en realidad las matemáticas, ¿de acuerdo?

Finalmente, Lali retira la tapa de cristal de la fuente, liberando el aroma a canela y a miel, y, ayudándose de un tenedor, saca con cuidado una de las torrijas para depositarla sobre el plato.

Más que torrijas, parece manipular un peligroso material químico.

—Como te decía, Reyita, solo tienes que imaginar que las matemáticas son como una deliciosa torrija. Obsérvala bien. Para que nos salga de esta forma, jugosa y esponjosa, debemos añadir meticulosamente los ingredientes a fin de lograr la receta perfecta. Pues bien, en matemáticas, los números son como los ingredientes de nuestra torrija. Ya sabes, el pan, la leche, el azúcar, la canela… Sumándolos y restándolos, multiplicándolos o dividiéndolos, podemos obtener diferentes sabores y texturas. ¿Lo entiendes, tesoro?

Reyes asiente, fascinada por la sorprendente lección de la maestra.

—Creo que sí, seño.

Cuando Lali preparó sus oposiciones a maestra, que aprobó algunos años antes de la guerra, presentó una memoria pedagógica —en la que citó a Ángel Llorca, a Maria Montessori o a Georg Kerschensteiner— repleta de actividades como esta.

—Ahí no termina la cosa, Reyita —continúa la maestra—. Tenemos los ingredientes, pero ¿cómo los mezclamos? Si lo hacemos al tuntún, nos puede salir un churro, ¿no?

Mira a Reyes y se ríe con otro gesto infantil.

—¡Claro! —exclama la niña riendo con ella—. Como cuando mi mamá y yo hicimos un bizcocho y se nos olvidó echarle levadura, ¿no?

—¡Así es! —asiente Lali, que trocea un par de porciones de la torrija—. Necesitamos unas instrucciones precisas que nos guíen, ¿sabes?

Luego le ofrece una porción a la pequeña, que no tarda un segundo en llevarse a la boca y masticar a toda velocidad.

—¡Qué rica! —exclama con la boca llena.

—En matemáticas, esas instrucciones son las fórmulas. Las fórmulas son las recetas que nos ayudan a seguir los pasos correctos para cocinar una torrija deliciosa como esta. Ya sabes, cortar las rebanadas, calentar la leche con el azúcar, espolvorear la canela, batir los huevos…

Cuando era maestra en su escuela rural, Lali solía llevar a clase cualquier cosa que ayudara a sus alumnos a comprender mejor la lección. Un día era un postre de leche frita; otro, gazpacho serrano, y otro, una esportilla de mimbre con algunos aparejos del campo. No tenía más remedio que improvisar algo así cada semana. Por muchos libros que hubiera, apenas un puñado de aquellos chiquillos sabían leer y escribir.

—Todo lo que nos rodea está hecho de matemáticas, Reyita —prosigue mientras, porción a porción, la niña y ella van acabando con la torrija—. A ti te forman millones de células, y en tu cuerpo está la receta con la que tus padres te hicieron. Y el aire que respiramos también está hecho de pequeñas partículas que, sumadas, crean la fórmula que nos permite respirar. Las matemáticas no son cuentas ni tediosas tablas para multiplicar o dividir. Las matemáticas lo explican todo.

Reyes guarda silencio, absorta, mientras posa la mirada sobre el plato vacío en el que solo ha quedado un rastro de miel.

Hasta que, al fin, la idea prende.

—¡Ya lo entiendo, seño! —exclama con el rostro iluminado y unos preciosos hoyuelos mientras busca los ojos de la maestra—. ¡Sumar, restar o multiplicar es como hacer un postre!

Y esa mirada.

—¡Eso es, Reyita!

La mirada que Lali ha visto tantas veces, la que enciende en un par de ojitos diminutos el amor por aprender.

—¡Lo has entendido! —la felicita chocando sus manos.

Ese amor que, sabe Lali, nunca podrá nadie arrebatarle a la pequeña, aunque sea pobre, rica, tenga o no tenga algo que llevarse a la boca.

—Ya verás como ahora te gustan las matemáticas, Reyita.

Esa mirada que Lali fue capaz de despertar en sus alumnos de la sierra, en el pequeño Juanito, en Dolores, en Azucena, en los hijos de campesinos y jornaleros que acudían a sus clases con el entusiasmo de quien asiste a un espectáculo de magia.

Los recuerda, de pronto:

«¿A que no sabéis que las patatas vienen de América?».

Pedrito, José, Pascual, nombres que aún no ha olvidado.

«¿A que no sabéis que la estrella de mar puede regenerar sus brazos?».

También Roque, Joaquín, Ramón, aquellos chicos sobre los que volcó todo su entusiasmo de maestra sustituta, recién salida de la Escuela Normal de Maestras de Sevilla.

«¿A que no sabéis que el Sol no es más que una estrella que vemos muy de cerca?».

Nombres sobre los que escribía largo y tendido en su diario de sesiones. «Hoy, Paquito ha venido a clase sin haber probado bocado y le he dado mi manzana». «Hoy, Josefa ha aprendido a escribir su nombre, al fin».

Aquel tiempo en el que pensaba, con el convencimiento del que ha tenido una revelación mariana, que la educación era el arma más poderosa para cambiar España.

—Pues venga, seño, volvamos al despacho, ¡que ahora sí me van a salir las cuentas! —exclama Reyita.

Aquel tiempo en que lo pensaba.

—¡Vamos, tesoro!

Tan lejano.

2

Al final, cada uno hace lo que puede con su pasado. Casi todo el mundo, lo único que se puede, en realidad. Sobrevivir a él. Lali lo ha intentado de muchas formas hasta comprender, con el paso de los años, que no puede huir de lo que mejor sabe hacer en el mundo: dar clase, enseñar, sea donde fuere, en un aula o en la mesa de una casa de postín a doscientas pesetas la hora.

—Habría tenido que pedir quinientas, pero ya sabes cómo soy —le confesó a su marido.

Sí, Clemente, su marido, sabía cómo era, por eso no fue capaz de recriminarle que su sabiduría valía mucho más que aquellas doscientas míseras pesetas, lo mismo que habría cobrado con una escoba en la mano.

Cae la tarde. Un par de autobuses urbanos separan la vivienda de Lali —un piso pequeño de la zona de la Macarena, al norte de la ciudad— de los Remedios, el barrio adonde acude a dar clases particulares a la pequeña Reyes. Todavía lleva en la boca el gusto de la torrija, que seguro no preparó Esther, la madre de la pequeña, sino alguna repostera del barrio.

Una mujer y su hijo se le acercan:

—¿Ha pasado ya el autobús, señora? —le pregunta la madre, que llega jadeando a la marquesina y tira del brazo de su hijo.

Lali niega con la cabeza. Lleva varios minutos esperando el primer autobús que debe tomar por la tarde. La mujer, conforme con la respuesta, se sitúa tras ella y resopla. Lali mira curiosa al niño, que corretea haciendo volar un cochecito diminuto.

—Luisito, ten cuidado, que ya llega el autobús.

El niño hace zigzag con el juguete y lo posa sobre cada superficie como si lo enfrentara a una curva peligrosa. Hasta que su madre, ante la cercanía del urbano —que ya se ve al final de la calle, tomando una curva para afrontar la avenida de la República Argentina—, vuelve a llamarlo al orden.

—¡Venga, Luis, deja de jugar, por Dios bendito!

El pequeño estira el cuello y advierte la llegada del vehículo azul con una mueca de sorpresa. Al colocarse en la fila de la marquesina, sus ojillos, un par de canicas color verde oliva, se encuentran con los de Lali, que se ha resguardado del sol.

Un sol grande y entusiasmado.

—Te gustan los coches, ¿no, Luisito? —le sonríe.

El niño asiente, ruborizado. Segundos después, el autobús exhala y frena chirriando frente a la marquesina. Este es el primero que Lali debe tomar. Cruza el río por el puente de los Remedios, que desde que lo abrieron hace algunos años alivia el tráfico del puente de Triana. El propio Generalísimo lo inauguró entre vítores en una calurosa mañana de junio. Clemente fue a verlo.

—Franco está ya para que le dé un jamacuco —exclamó su marido al volver a casa tras acudir a la inauguración del puente.

Lali llega a casa más de una hora después. No sabe cómo, pero siempre se fija en ellos, en los Luisitos, en esos niños pequeños que suelen pasar desapercibidos para los adultos, como si en el mundo no fueran más que figurantes. Rebusca en su bolso hasta encontrar las llaves y acciona la cerradura para entrar en casa.

Lanza el mismo grito de cada noche:

—¡Ya estoy aquí!

Luego atraviesa un corto pasillo con estampas familiares, macramé y paisajes marineros, hasta asomar al salón del pequeño piso familiar. Allí la espera Clemente, que se pone en pie para recibir a su mujer.

—¡Buenas noches, cariño!

Hace mucho tiempo Clemente le dijo que, si fuera necesario, iría a buscarla al fin del mundo, pero el fin del mundo no ha llegado todavía. Y quizá por eso, a pesar del tiempo transcurrido —treinta y cinco años, ocho meses y tres días—, aún parece tener la necesidad de ganarse su corazón.

Ganarse su corazón.

—¿Cómo ha ido la tarde, Lali? Ven, deja que te dé un beso.

Los labios de ambos se encuentran, discretos, prudentes.

—Uf, qué cansada estoy, Cleme —resopla ella mientras se deshace de la rebeca de punto con la que sintió algo de fresco por la mañana y un calor sofocante al mediodía.

—¿Qué tal esa chiquilla?

La casa está en silencio. Hace tiempo que volaron los hijos, y los nietos solo vienen los fines de semana.

—Es una niña lista, pero confía poco en sí misma —responde mientras se sienta en el sofá frente a la tele que pagaron a plazos—. Por eso se bloquea y cuesta tanto enseñarle. Creo que sus padres la presionan mucho, y eso le genera inseguridad. Pobrecita, con nueve años.

Él lanza un bufido, socarrón.

—Los nueve años de los niños de ahora no son los nuestros, Lali. Ahora, los niños tienen muchas comodidades.

Su esposa ríe para sí.

—Ya las quisiera haber tenido yo, Clemente.

—¿El qué?

Ella le busca la mirada con una media sonrisa mordaz.

—Pues esas comodidades, miarma. Qué va a ser.

A los nueve, Lali tuvo que criar a su hermana Isabelita mientras aprendía a leer, tozuda, bajo la luz clandestina de una vela nocturna.

Los de él fueron la siembra, la siega y el cuidado de las vacas que le lanzaban coces cuando se excedía con sus ubres. Y, luego, las arengas de una España que se rompía, el brazo, la camisa abierta.

—¿Y a ti, cómo te ha ido la tarde, Cleme?

Él también resopla —porque cada uno juega a llevar una cruz— mientras se sienta junto a ella en el sofá.

—Bien, pero ¡buf! Ya empieza a hacer calor en el hospital, ¿sabes?

Lali asiente. Sí, el sol de la primavera aprieta este año con fuerza. Suerte que en el piso de Reyes tienen uno de esos modernos ventiladores de marca americana, con un zumbido, eso sí, que las acompañó toda la tarde como si una bandada de aves revoloteara sobre ellas.

—Ya sabes, cuando en marzo mayea…

Lali no suele acabar los refranes, porque supone que su interlocutor ya conoce el final. Clemente asiente. Es celador en el hospital de las Cinco Llagas, en el barrio de la Macarena. No hay nadie en toda la plantilla de sanitarios que conozca el hospital como él. Comenzó a trabajar allí en la posguerra, cuando el joven matrimonio se instaló en Sevilla tras una boda austera y apresurada.

Rumores que nunca nadie pudo contrastar.

—¿Qué hay de cena? —le pregunta él tras un silencio.

—Dejé hecha la sopa de verduras —contesta Lali poniéndose en pie.

Ella se dirige hacia la cocina mientras él contempla cómo se pierde tras la puerta el contoneo cadencioso de sus caderas. Minutos después, la mujer vuelve al salón haciendo equilibrio con un par de cuencos sobre los que bailotean los trozos de zanahoria y patata. Al verla, su marido aparta el mantel de croché de la mesa y, antes de volver a sentarse, enciende el televisor para sintonizar Televisión Española.

Es la coreografía de cada noche —el mantel, la sopa, la tele—, la de un amor con los años civilizado, con recibos de deudas y escenas de sofá.

«A continuación, la actualidad de España…», anuncia Jesús Hermida, el presentador del programa 24 horas.

A Lali no le cae demasiado bien. Tiene algo, un no sé qué, de comediante.

—¡Pero no lo pongas tan alto, miarma! —le recrimina ella dándole una palmada en la espalda—. Que no estamos sordos todavía.

Él se apresura a ponerse en pie para bajar el volumen. De vuelta al sofá, se lleva la mano al oído, en un gesto teatral:

—¿Qu-qué has dicho? —bromea con voz trémula—. ¡N-no te oigo!

—Que mejor así —responde Lali conteniendo una carcajada—. No hace falta ponerlo al máximo, hombre.

Clemente asiente y la mira como tantas veces la ha mirado, embelesado por esa forma suya de sonreír.

—Ríes como deben de reír los ángeles —le dijo una vez, hace muchos años.

Porque Lali era una joven capaz de iluminar la noche con la curva de sus labios.

—¡Un Borbón en la familia de Franco! —exclama el presentador con su voz cálida y melosa—. La boda entre Alfonso de Borbón y Dampierre, nieto de Alfonso XIII, y Carmen Martínez-Burdiú, nieta del Generalísimo, estrecha la alianza entre el Régimen y la Casa Real —añade.

Lali chasquea la lengua mientras contemplan las imágenes del enlace matrimonial por televisión. La nieta, hermosísima, y él con ese porte que solo tienen los reyes y los enterradores.

—¿Alianza? Que se lo digan al pobre don Juan, que entre Franco y Juan Carlos le han saltado por encima —exclama la maestra.

La pareja acostumbra a comentar las noticias del informativo de la noche mientras cenan, lo que a veces deriva en acalorados debates en los que al final siempre suele ganar Lali.

—Franco sabrá, querida…

Ella se limita a esbozar un bufido, contrariada. Le sigue un puñado de palabras sin un argumento demasiado elaborado.

—¿Qué va a saber ese carcamal?

Clemente mira a Lali, irónico. Le divierte su lado cascarrabias. Cómo se ha convertido en su madre, Mercedes, con esa forma de arrugar la nariz cuando algo la contraría.

—¿De qué te ríes? —le pregunta ella.

El matrimonio podría comenzar ahora otro de esos debates con los que suelen dejar a un lado las noticias para centrarse en los argumentos de uno y de otro. Los de Lali, argumentos libres, sin la coacción propia de la calle —porque en su casa y en las aulas son los únicos espacios en los que ha podido ser soberana de sus palabras—. Los de él, argumentos en pro de la reconciliación, una mano derecha por encima de la izquierda, hay que mirar al futuro de España, y cosas así.

La pareja podría debatirlo, pero, de pronto, el timbre de la puerta los acalla; un ring, ring desgarrado que a Lali siempre le ha recordado al canto de la cigarra.

Se miran.

—¿Quién puede ser a estas horas? —pregunta él extrañado.

Lali es la primera en ponerse en pie.

—No sé, voy a mirar.

Se dirige a la puerta y se asoma a la mirilla.

—¿Hola?

Jamás habría imaginado quién está al otro lado.

—¿Quién es?

Mira desde el pequeño ojo de buey. Es una mujer joven, pelo largo y moreno, pantalón vaquero. Debe de tener la edad de Ana, la mayor de los tres hijos que el matrimonio tuvo tan de seguido, como si la paternidad fuese la carrera de los cien metros lisos.

—¡Hola!

Por fin, abre la puerta y aguarda a que sea la chica la primera en hablar.

—¿E-es usted Eulalia Morales? —pregunta.

No tiene acento de aquí.

—Sí, soy yo. ¿Puedo ayudarte en algo?

Solo la llaman Eulalia las personas que no la conocen, porque es Lali desde que tiene uso de razón. Al menos, desde aquellos primeros recuerdos que en su memoria bosquejan una infancia feliz, el correteo detrás de unos perrillos, los juegos con sus tres hermanas, aquellos «Lali, mi tesorito», en la boca de su padre, que en paz descanse.

Recuerdos que habitan un vacío deliberado.

—Disculpe que me presente en su casa de esta forma, Eulalia…

La chica huele a perfume y hace un esfuerzo vano para que no le tiemble la voz.

Luego guarda silencio, como si no supiera cómo continuar.

—Dime, ¿querías algo?

Se miran. Lali reconoce a alguien en esos ojos, pero no sabe precisar quién.

—Cr-creo que usted puede ayudarme…

Ojos rasgados, vibrantes, profundos como un océano.

—¿Ayudarte a qué? —pregunta extrañada.

No podría adivinarlo ni en un millón de años.

—A encontrar a una mujer llamada Juana Ochoa —se arranca la chica, por fin—. Era maestra, como usted.

Silencio.

Del salón viene la voz de Jesús Hermida. Su voz seductora, de locutor de radio.

—¿Cómo?

Juana Ochoa. Hacía más de treinta años que no oía ese nombre.

—Debieron de coincidir en la prisión de mujeres de Málaga, durante la guerra.

Ninguna de las dos mueve un músculo.

—¿Y por qué quieres saber de ella? —pregunta Lali extrañada.

La chica vuelve a vacilar:

—Por-porque era mi ma-madre biológica.

Otro silencio. Dos, tres segundos y, sí, Lali los reconoce, al fin.

—No puede ser…

Los ojos de Juana, aquella mirada penetrante que a veces ardía, en los de esta chica a la que, sin mediar palabra —porque no es capaz de articular alguna—, invita a pasar dentro de casa.

3

Alcalá del Valle (Cádiz), mayo de 1936

Las manos del conductor, curtidas, cuarteadas como la madera vieja, sujetan las riendas del caballo mientras, de cuando en cuando, bailan y se cruzan a modo de director de orquesta. Lali las mira, sorprendida ante esa aparente contradicción.

—Aquí se vive así, ¿saben ustedes? —explica el hombre con una voz ronca, agrietada como sus manos, y sin girar la cabeza—. Despacio.

Desde la carreta, solo José, el padre de Lali, atiende a las palabras del lugareño —con quien se encontraron en la estación, dispuesto a llevarlos al pueblo por petición del alcalde—, palabras comunes sobre la dureza del campo o sobre la cosecha.

Palabras que a Lali le suenan a novela exótica ambientada en algún lugar lejano.

—Pues en la ciudad todo el mundo va como pollo sin cabeza.

Pero este no es un lugar tan lejano, en realidad, sino Alcalá del Valle, ciento cincuenta kilómetros sierra adentro, de Sevilla a Jerez en tren y, luego, el traqueteo de la carreta atravesando una tierra de campos en ladera, terrazas de las que se levantan olivos y vides que trepan por empedrados.

Su primer destino como maestra sustituta.

—Así que su hija es la nueva maestra del pueblo, ¿no? —pregunta el conductor mientras sujeta las riendas con la delicadeza de Erik Satie.

Solo entonces, Lali —que no podía dejar de mirar el horizonte— gira la cabeza hacia él, pero no es ella quien responde, sino su padre.

—Así es, amigo. Maestra. Quién nos lo iba a decir.

José arquea su bigote con la misma sonrisa con la que bajó a la tasca hace unas semanas a decirle a todo el mundo que su hija había aprobado la oposición. Entonces hubo vítores, cánticos que Lali oyó desde el ventanuco de casa.

—Vengo a hacer una sustitución —contesta ella decidida; que no parezca nerviosa ni novata—. Por lo visto, la titular ha tenido un accidente.

El conductor asiente y vuelve la vista hacia el camino para corregir la trayectoria de su caballo con un grito seco, un «¡Jía!» que, sorprendentemente, consigue el efecto deseado. El caballo, un podenco flaco y pardo, regresa al sendero del que se había desviado con el tintineo melodioso de los cascabeles que le cuelgan del arnés.

Sobre las cabezas de todos hay un ardiente sol primaveral.

—Pues espero que tenga mejor suerte que aquella, señorita.

El conductor busca a Lali con la mirada y un gesto obtuso, apretando los ojos y adecuándose el sombrero de paja sobre la frente.

Padre e hija se miran extrañados.

—¿Qué le ocurrió? —pregunta el primero agarrándose a una de las paredes de la carreta para incorporarse sobre la caja de fruta que le sirve de asiento.

—Pues nada, que la gachí estaba pintando la escuela y por lo visto se le resbaló el pie de la escalera.

Lali contiene un gesto de lamento, cariacontecida. Piensa que bien podría haber sido ella. No es una chica a la que le den miedo las alturas ni que tema remangarse la falda para saltar una cornisa, pintar un techo o encalar una pared.

—¿Sabe si es grave? —le pregunta al conductor.

—¿Grave? No sé. Pero dicen que el tobillo de la maestra parecía un higo chumbo. —Suelta las riendas para hacer el gesto de sostener una pelota invisible—. Ya sabe, así de gordo. Dicen que se le partió la pierna.

—Ay, pobrecita.

Sí, Lali se lamenta del accidente, pero, por otra parte, esos tres escalones por encima del suelo, ese resbalón fortuito, la han llevado a su primer destino de interinidad. Y, aunque nunca le habría deseado nada así a una compañera, no pudo evitar los saltos de alegría ni los abrazos con la familia cuando recibió la carta instándola a incorporarse inmediatamente a Alcalá del Valle.

En el horizonte se dibuja de pronto la silueta de un campanario. Luego, enclavado en un valle campestre, viene todo lo demás: la cal blanca de las fachadas, con su resplandor blanquecino; las tejas coloreadas; las copas de algunos árboles frondosos.

Sonríe. Tanto tiempo ansiando su primer destino y ahí está, delante, acercándose a ella al trote lento y cadencioso de un caballo flaco.

—Su hija es muy jovencita, ¿no? —le pregunta el conductor a José, buscando la complicidad de este mientras la chica mira el paisaje—. Se la van a comer los chiquillos, me paje a mí.

Parece haberle dado igual que Lali lo haya oído, como si aquello fuese un secreto a voces, que una chica joven y menuda no puede tomar las riendas de una clase como quien conduce una carreta por un camino empedrado.

—¿Mi hija? Ya le digo yo que es de armas tomar, aunque no lo parezca —responde José con tono socarrón.

Y le guiña un ojo a Lali, su ojo derecho, el vago, a sabiendas de que ella se lo ha dicho muchas veces.

—Que las mujeres no somos seres indefensos, padre.

Lali lo oyó por primera vez en la Escuela Normal. Esas chicas peinadas a lo garçon que leían a Virginia Woolf y que discutían con los profesores con referencias a nombres que ella nunca había oído, como Emmeline Pankhurst, Ella Young, Maria Montessori. Y esas consignas sufragistas, esas llamadas a la revolución educativa que ella oía mientras, diligente, tomaba tantos apuntes como su mano —y ese dichoso callo que le había salido en el dedo corazón— le permitía. Tantos, y tan rápido, que luego llegaba a casa y, al repasarlos, a veces no era capaz de descifrar palabra.

—Papá, a ver si tú sabes decirme qué pone aquí: ¿Elizabeth Hollomay o Holloway?

No le preguntaba a su madre, porque esta, la Mercedes, no sabía leer ni escribir.

—Creo que Holloway, tesoro —decía José achinando los ojos ante el trazo confuso que su hija bosquejaba en el bloc de notas.

Al oír la fanfarronería del conductor, Lali arruga el entrecejo y se dispone a responder como lo haría alguna de sus compañeras de clase.

—El respeto de los niños se gana con mucho más que con la apariencia física, caballero —contesta otra vez con la osadía de un personaje de Dickens—. Educar es cosa del corazón, ¿sabe?

«Chapó», habría dicho Agustina, su maestra en la Escuela Normal, firme defensora del regeneracionismo educativo. Pero el conductor chasquea la lengua.

—Las mulas y los niños aprenden igual, señorita. ¿Sabe cómo? A palos —rebate visiblemente decepcionado—. Palos. Palos es lo que debe usted dar.

Luego arenga a su caballo con otro «¡Jía!» y, con la vista en el camino, masculla alguna frase entre dientes, quizá contra Lali y sus ideas extrañas de maestra de ciudad.

Ideas —corazón, educación, respeto— de las que también hablaba esa otra docente que, hace unos días, se cayó de una escalera mientras pintaba la fachada de la escuela.

Unos chiquillos corretean por los adoquines de la plaza del Ayuntamiento, saltando sobre las macetas y plantas enredaderas con la destreza de un saltimbanqui.

—¡A que no me pillas!

Aquí, en el pueblo, el sol del camino parece darles una tregua, quizá porque, como dicen los lugareños, el valle tiene su propio clima, como si Alcalá fuese ajena a cuanto se barrunta desde la sierra o desde la costa, con sus tormentas de primavera, sus vientos de levante o de poniente y su sol poderoso.

—¡Qué lentorro eres!

El rumor de sus risas le llega a Lali algunos minutos antes de que la carreta asome a la plaza, donde el alcalde los espera bajo la sombra de un naranjo.

—¡Buenas tardes! ¿Qué tal el viaje?

No lo ve hasta que lo tiene a un palmo, ensimismada en los juegos de los niños.

—Me llamo Cándido y soy el alcalde del pueblo —se presenta.

Es un hombre enjuto, de amplia sonrisa, pelo cano y dos enormes cejas bajo una mirada arrebujada. Agricultor y socialista.

—¡No sabe cuánto la estamos esperando! —exclama con una voz cantarina.

Y, para sorpresa de Lali, el alcalde hace muchas cosas a la vez: quitarse la mascota que lleva por sombrero y alargar la mano para saludar a los recién llegados, ayudar a que la chica se apee de la carreta y, por último, dirigirse con un cabeceo al conductor para agradecerle su servicio.

Lali pone los pies en el adoquinado y se sacude el polvo del camino con un vuelo breve del bajo de su falda. Luego levanta la vista, conteniendo una risita nerviosa.

—Yo soy Eulalia —se presenta sin que pueda evitar que se le arrugue la comisura de los labios y se le entrevea uno de sus hoyuelos, el del carrillo izquierdo—. Encantada.

Vuelven a encontrarse en un apretón.

—¡Qué guapa la nueva maestra, caray!

El alcalde lanza una risotada jocosa y, tras ella, otra retahíla de gestos nerviosos, un «Síganme por aquí que les enseño la escuela» mientras da unos pasos pequeños y rápidos; un «Déjame llevarte el maletín, Eulalia, que estarás cansada», con el que intenta ayudar a la chica, sin éxito.

—No se preocupe, puedo yo sola —responde ella sujetando con fuerza el asidero del maletín en el que guarda el título de maestra, su programación didáctica y un par de lecturas que, espera, le duren para al menos quince días.

El alcalde asiente, a sabiendas, quizá, de que a las chicas jóvenes hay que tratarlas de otro modo, o eso suelen decir en los mítines los políticos que vienen de la ciudad.

Por último, le habla al conductor de la carreta.

—José Luis, recoge a don Jos

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