Vinieron a ver al hijo del carpintero.
Como una larga serpiente grisácea, el sinuoso sendero trepaba por la exuberante colina de Jiangkou, en la prefectura de Putian. A vista de pájaro, parecía una grieta abierta en el monte de piedra calcárea y tierra arenosa, bañado por la mortecina luz del crepúsculo. Uno tenía la sensación de que en cualquier momento aquella hendidura lo arrastraría a las profundidades de otra época, pero finalmente el reptil alzaba la cabeza y se convertía en roca en la cima de la colina, envuelta por la niebla, que cubría como un velo la vivienda del carpintero.
A la derecha de la casa, bajo una techumbre rodeada de virutas, el carpintero Yong fabricaba uno de esos silbatos que solían atar los colombófilos a las patas de sus palomas. En una calabaza diminuta, previamente vaciada a modo de caja de resonancia, introdujo una delgada lengüeta de bambú que había aguzado con el escoplo y luego, con las yemas de los dedos, acarició el filo, que los últimos rayos de sol poniente teñían de rojo sangre.
En ese preciso instante apareció la anciana ciega que debía examinar a su hijo, de dos años, con sus avezadas manos. En el centro del patio se había instalado una mesa de madera. El pequeño, vestido con un calzón de seda roja que cubría sus partes íntimas y le llegaba hasta el pecho, se acercó a ella con cautela. Nunca le habían pedido que subiera a una mesa. Inquieto, miró a derecha e izquierda, como haría un navegante recién desembarcado en tierras desconocidas.
La anciana, que era muy menuda, llevaba una larga falda gris, una blusa escarlata con bordados de flores violetas y un chal rojo anudado al cuello. Le sobresalía un moño en la coronilla. Se acercó a la mesa balanceándose sobre sus piececitos vendados.
Con la huesuda mano, toqueteó uno de los calcetines rojos con bordados del pequeño, mientras las largas uñas de la otra, con dedos tan delgados como patas de pájaro, se deslizaban por su cabeza, totalmente afeitada salvo por un copete en forma de melocotón que de lejos parecía una duna negra.
Por fin sus dos manos sarmentosas palparon el bajo vientre de aquel niño, tras lo cual la anciana alzó los ojos y anunció:
—Hay un problema. Le falta uno. Pero, al tacto, el otro parece normal, y un solo testículo es suficiente.
—¿Un solo testículo? —preguntó el carpintero, preocupado—. ¿Y podrá tener descendencia?
—Sólo necesita un testículo para darte nietos.
—Ah, si es así... —dijo el hombre, más tranquilo.
—No hay duda. Cuando lo toco ahí, noto su pajarito en plena forma.
El carpintero Yong soltó un suspiro de alivio. Luego colocó una larga caña de bambú en medio del patio, la partió con el cuchillo y entornó los ojos para observar la pulpa. Bajo la luz cobriza de la puesta de sol relucía como una barra de oro fundido.
Acompañó a la anciana ciega hasta un árbol plantado frente a la casa. Dos años antes, el día que nació su hijo, en la primavera de 1911, un peregrino chino, que viajaba desde su Vietnam natal hasta la isla de Meizhou para rendir culto a la diosa Mazu, había pasado frente a la casa del carpintero, que lo había invitado a su mesa. Antes de reanudar la marcha, el peregrino quiso dejar algo de dinero, pero, al ver que su anfitrión lo rechazaba educadamente, le entregó un saquito con semillas como muestra de agradecimiento. El carpintero cavó un hoyo delante de su casa, las sembró y las cubrió con tierra fértil. Pero, una semana después, cuando el limo se secó, seguía sin haber salido un brote. Y no sólo eso: las plantas y flores que había plantado el año anterior y que ya habían germinado, habían empezado a mostrar signos de debilidad y a marchitarse. Los cálices de los iris habían caído al suelo y sus florecillas doradas se habían secado antes de abrirse. La misma suerte cruel habían corrido la menta, que ya había granado y amargaba, y el hinojo, que parecía raquítico. Hasta que el décimo día un tierno brote verde perforó al fin la tierra: el primer retoño del único árbol extranjero del jardín ya gozaba del privilegio de contemplar el sol chino.
—Dígame, ¿sabe usted cómo se llama este árbol? —le preguntó el carpintero Yong a la anciana ciega—. Ha destruido todo lo que crecía a su alrededor.
El árbol, que ahora tenía dos años, ya había alcanzado los dos metros de altura. La anciana se agachó junto al tronco y, tras acariciarlo con la punta de los dedos, arrancó un trozo de corteza con los dientes. De la pulpa, tierna y fresca, emanaba un agradable aroma floral.
—Es una aquilaria —dijo la mujer sin dudarlo—. Un árbol aromático. No se lo diga nunca a nadie, o podría despertar envidias.
—¿Por qué?
—Porque, cuando crezca, su jugo será muy valioso. Puede que su hijo sólo tenga un testículo, pero, si el día que nació le regalaron las semillas de este árbol, le espera una vida extraordinaria.
Todos los expertos en silbatos para palomas coincidían en que los de la marca Yong, de Putian, eran los mejores. Seguramente porque su artífice era carpintero y, además de contar con las herramientas adecuadas para hacer silbatos, destacaba en la construcción. El hospital de Putian, el primero fundado por misioneros protestantes en la provincia de Fujian, y en especial la gran escalera del edificio principal, demostraba su extraordinario talento. En esa época, ni los artesanos de Putian ni los de la inmensa mayoría de las ciudades chinas habían visto nunca un edificio occidental. Los ebanistas y carpinteros que construían casas de estilo chino no sabían hacer parquets, cielos rasos ni ventanas acristaladas. Pero lo más complicado era construir una escalera.
El carpintero Yong estudió a fondo el dibujo de una escalera que le había dado un extranjero, hasta comprender cómo podía construirla. La inauguración de la primera iglesia de Putian, en cuya construcción también había participado, había sido todo un acontecimiento en la ciudad. Y un día, cuando el hospital aún no estaba terminado, la gente se congregó alrededor del edificio para asistir entre gritos y empujones a un espectáculo asombroso: la madre del carpintero Yong se había arremangado un poco la falda y, con sus piececillos vendados a la vista de todos, subía con paso vacilante los peldaños de una escalera. El miedo y la estupefacción se reflejaban en las caras de los allí presentes. La anciana había conseguido subir, pero ahora tenía que bajar. ¿Se dejaría la vida en ello?
El pequeño Yong también participó. El carpintero lo dejó en el rellano de la escalera y el niño subió gateando peldaño a peldaño, parándose cada vez que algún detalle de la obra le llamaba la atención. Ése fue probablemente el día más feliz de su infancia. Su padre lo sentó a horcajadas en la barandilla, le soltó la mano y bajó corriendo hasta el pie de la escalera, desde donde, abriendo los brazos, le gritó: «¡Vamos, hijo, deslízate!»
El pequeño cerró los ojos y, sin agarrarse, empezó a resbalar por el pasamanos, o más bien a volar por los aires. Era el rey de la velocidad: oía el silbido del viento y de las palomas a lo lejos. Un sonido largo y fino que se desenrollaba como un hilo encantado, acercándose a él veloz como un relámpago y luego disminuyendo hasta desaparecer.
Habían transcurrido tres años desde la visita de la anciana ciega. El pequeño Yong tenía apenas cinco años, pero reconocía a la primera si el silbato de una paloma era obra de su padre.
Los silbatos para palomas de Putian, igual que los de las poblaciones vecinas, no solían medir más de dos o tres centímetros de diámetro, apenas el tamaño de una nuez, pero los más grandes podían llegar a los diez centímetros y tener casi la envergadura de un puño. La fina lengüeta de madera colocada en medio dividía la pieza en dos cajas de resonancia. El silbato se sujetaba a las plumas caudales de la paloma y emitía dos sonidos diferentes, uno agudo y otro grave, según el ángulo de entrada del aire. Para ampliar la gama de sonidos, bastaba con añadir tubitos de bambú de distintas longitudes, aunque había quien los prefería de caña. Cuando una bandada de palomas surcaba el cielo con estos silbatos en sus colas, ofrecían un concierto polifónico de sorprendente calidad. Como si se tratara de una orquesta, cada instrumento tenía su propia tesitura —barítono, tenor, contralto, soprano—, y todos parecían interaccionar sutilmente entre ellos, rivalizando con líricos trémolos y románticos vibratos, para deleitar al oyente con una sinfonía maravillosa.
En ese momento, la música que sonaba en el cielo era obra de las palomas del pastor Gu, un evangelista estadounidense que había traído de su país una pareja de palomas blancas. A diferencia de las chinas, éstas tenían las patas cubiertas con un largo manguito sedoso (como esos mitones de piel con que las mujeres se protegen las manos en invierno). Ese día el pastor había comprado dos silbatos de la marca Yong, que había cosido con aguja e hilo a las plumas de ambas palomas, y estaba viviendo una de las experiencias más maravillosas de su vida en China. Había subido al tejado del hospital recién construido por su Iglesia para lanzarlas al aire y verlas volar desde allí, livianas y puras como cristal de cuarzo, y deleitarse con su serenata celeste, y ellas se habían elevado hasta no ser más que dos estrellas lejanas fundiéndose con el firmamento.
De pie en el tejado, absorto y un poco inquieto, el pastor escuchaba los silbatos en la lejanía. De pronto las palomas reaparecieron, silenciosas, y descendieron en picado una tras otra como meteoritos. Cuando parecía que iban a chocar con el tejado, las dos rozaron a la vez el rostro del pastor y, con un delicado frufrú de alas, volvieron a elevarse hacia el cielo, donde reanudaron su ballet. El sol envolvía sus níveas plumas en un halo dorado, los silbatos cantaban y el corazón del pastor Gu palpitaba de felicidad mientras las lágrimas surcaban su rostro. Nadie sabía el precio real de aquellos dos silbatos, sólo que la madre del carpintero había negociado con el pastor y había conseguido que éste acogiera a su nieto en su casa hasta terminar sus estudios de primaria (la mujer del pastor había abierto una escuela).
—¿Cómo se llama su nieto? —había preguntado el pastor.
—Lo llamamos pequeño Yong. Aún no tiene nombre, es muy joven. Si le pusiéramos uno, nos lo quitarían los demonios.
—Para estudiar en mi escuela, debe tener un nombre.
La abuela reflexionó unos segundos.
—De acuerdo. Elija usted el nombre, ya que es pastor.
—Se llamará Yong Sheng. Sheng significa «sonido». Será un homenaje a los silbatos de su padre.
PRIMERA PARTE
1
Mary
A las dos de la mañana estalló una tormenta.
El pequeño Yong tardó en comprender que llovía. Al principio creyó que era el sonido de la sierra de su padre en el silencio de la noche, pero entonces recordó que ya no estaba en Jiangkou, sino en Hanjiang, en casa de la mujer del pastor Gu, la directora de su escuela; concretamente en la habitación de su hija Mary, la maestra que le enseñaba música y cálculo, y también a leer y escribir.
El pastor Gu, que estaba a cargo de los misioneros baptistas estadounidenses de la provincia de Fujian, se había casado con la muy virtuosa hija de un pastor, hijo a su vez de pastor, un ministerio que habían ejercido casi todos los hombres de su familia desde hacía varias generaciones.
Yong Sheng era el alumno más joven de la escuela, así que la señora Gu no lo dejaba dormir en el dormitorio de los chicos, situado en el patio posterior de la residencia. En un primer momento se planteó alojarlo en su casa, pero, temerosa de que su presencia perturbara el trabajo de su marido, optó por instalarlo en el patio de su hija Mary. La residencia del pastor tenía siete patios y el que ocupaba Mary con su hijita, que aún no había cumplido un año, se llamaba precisamente «El patio de la nieta». Constaba de tres estancias: la principal, equivalente al «cuarto de estar» de los occidentales, era el centro de la actividad familiar; el despacho, en el que Mary preparaba las clases, y el dormitorio, donde estaba su cama y, arrimada a ella, la cuna de su hija, para poder amamantarla con más facilidad por la noche. Frente a la cama de Mary habían instalado una más pequeña para Yong Sheng y, entre ambas, una sábana blanca colgada del techo a modo de cortina de separación.
El chisporroteo del aguacero había despertado al niño, que no alcanzaba a ver la lluvia pero sí la oía caer. Al levantarse a hacer pipí, vio que el bebé dormía tranquilamente. La cama de Mary, sin embargo, estaba vacía. ¿Adónde había ido?
Antiguamente, las tres estancias de aquel patio tenían las ventanas cubiertas con papel, al estilo chino, pero el pastor Gu, nada más comprar la residencia, las había sustituido por ventanas de doble hoja con doce cuarterones acristalados. Yong Sheng, descalzo sobre la alfombra estampada de rosas púrpura y líquenes verdes, entró sigilosamente en el cuarto de estar. Debajo de la alfombra no había tierra batida, como en la mayoría de las casas chinas, sino un suelo de parquet, como en el hospital cristiano de Putian.
No encontró a Mary en el cuarto de estar y tampoco en su despacho.
Y por lo visto había salido antes de que empezase a llover, porque sus viejas botas de agua de caucho negro, remendadas con trozos de caucho rosa, estaban al pie de la cama. El pequeño Yong creyó que debía llevárselas a su maestra, a pesar de que fuera lo esperaban la lluvia y la oscuridad. Cogió las botas y bajó las escaleras que llevaban al patio. Cuando la lluvia le azotó la cara, sintió una frescura deliciosa. Las gotas parecían diminutas perlas de cristal que rebotaban en su piel gracias a un hilo elástico invisible; perlas repletas de agua que, en vez de explotar, ascendían y volvían a caer del cielo.
El pequeño Yong aún no había cumplido seis años y no tenía una idea clara del tamaño de la residencia del pastor Gu. Hacía sólo unas semanas que había llegado a aquella inmensa casa de imponente arquitectura, tan simétrica como misteriosa. Ante el grueso muro exterior, de varios metros de altura, se había sentido tremendamente insignificante. Al inclinarse hacia atrás, había visto los hierbajos que asomaban en lo alto de la pared de ladrillo; azotados por la brisa, arañando las nubes con obstinación.
Dos galerías, la este y la oeste, recorrían los muros laterales. Abarcaban, como dos enormes brazos, el conjunto de los siete patios de la casa, y el vigilante nocturno deambulaba por ellas mientras anunciaba el cambio de hora golpeando una tabla. El primer patio, bastante grande, era el «patio de las palomas», destinado en exclusiva a las aves del pastor. El segundo, el «patio de los antepasados», había sido transformado por su propietario en iglesia baptista. El tercero era el «patio de los invitados»; el cuarto, el «patio del pastor»; el quinto, el «patio de la nieta»; el sexto, el «patio de las cocinas», y el séptimo se había convertido en la escuela primaria de la señora Gu. Algunos años más tarde, Yong Sheng dibujaría un plano detallado de la residencia. A diferencia del gran portón exterior, ligeramente desviado respecto al eje central del edificio —los constructores, tan cándidos como ingeniosos, impedían así que entrasen los demonios, que, como sabía todo el mundo, sólo se desplazaban en línea recta—, las puertas de los otros seis patios estaban perfectamente alineadas, siguiendo el modelo de la ciudad imperial. En cada gran festividad cristiana, el pastor Gu ordenaba a los criados que las abrieran de par en par para que ningún obstáculo impidiera la propagación de las oraciones y los cánticos, que, saliendo del patio de los antepasados, cruzaban todos los demás y llegaban hasta el terreno en que se trillaba el arroz, en la parte posterior de la residencia.
En el último patio había una piedra de molino que un burrito con los ojos vendados hacía girar mañana y noche para triturar los granos de soja y hacer la espesa pasta blanca con la que se elaboraba el tofu. Durante las fiestas cristianas le quitaban la venda y lo dejaban descansar. Eran las únicas ocasiones en que los siete patios se podían abarcar con la mirada.
Yong Sheng, descalzo bajo la lluvia, salió corriendo del patio de la nieta y tomó la galería del vigilante en dirección a las aulas. Antes de llegar al patio de las cocinas ya estaba empapado como un pollito, pero se armó de valor y apretó el paso para cruzar el patio de la escuela. Mary pasaba más tiempo allí que en su casa.
Esa noche, sin embargo, no estaba allí. Las dos habitaciones a ambos lados de la puerta, ocupadas antaño por los criados y convertidas ahora en aulas, estaban totalmente a oscuras. En los antiguos graneros y establos, acondicionados ahora como dormitorios, tampoco había luz. Lo único que rompía el silencio era la respiración de los niños.
La lluvia golpeaba con fuerza la puerta de salida del último patio. A diferencia del gran portón de entrada —cuyas dos hojas disponían de pivotes giratorios sobre un alto zócalo de madera—, la puerta de salida, carente de umbral, estaba formada por varias tablas pintadas de verde, como tableros de mesa ensamblados, de modo que, dependiendo de la altura de las carretas que llevaban las provisiones para las cocinas, se abrían todas o sólo parte de ellas. De pie ante la puerta, Yong Sheng pegó la cara a las tablas y, a través de los intersticios, miró el terreno en el que se trillaba el arroz, pero sólo vio charcos.
De nuevo a la carrera, volvió sobre sus pasos, esta vez por la galería opuesta, donde, en el paso entre dos patios, se alzaba una abertura en forma de medialuna. Patio de la escuela, patio de las cocinas, patio de la nieta, patio del pastor, patio de los invitados... A toda velocidad, llegó al fin a la puerta del patio de los antepasados y se lanzó a trepar por los anchos escalones de la entrada.
La puerta de ese patio era muy distinta de las otras. Ni siquiera la principal, tan solemne, tenía tanto prestigio como aquélla, rematada por una torre de vigilancia abierta que se alzaba sobre dos columnas pintadas de negro. La lluvia caía en cascada por las anchas tejas del tejado y los intensos relámpagos daban vida a las temblorosas figuras de los animales tallados en los postes.
Por unos instantes Yong Sheng se quedó inmóvil ante la puerta mientras regueros de agua sucia corrían entre sus pies y tibias gotas de lluvia parecían querer atravesarle la fina piel.
Un farol de tormenta colgaba de uno de los gruesos postes que sostenían la torre de vigilancia entre las dos columnas. El ruido de la lluvia chisporroteando en el vidrio caliente que protegía la llama asustó a Yong Sheng, que tuvo miedo de que el farol estallara.
El tranco de la puerta era tan alto que tuvo que trepar como si fuera una pared para poder atravesarlo. Se dejó caer al otro lado y, como ya no le quedaban fuerzas para correr, cruzó andando el patio de los antepasados. El agua le llegaba por los tobillos, pero notaba el relieve de los ladrillos y los grandes cantos rodados del pavimento en la planta de los pies. Aunque de vez en cuando resbalaba un poco con el musgo que crecía entre ellos, procuraba ir siempre en línea recta para evitar la catástrofe, porque sabía que más o menos a un metro del eje central del patio había un estanque de un metro de ancho por tres de largo y dos metros de altura, donde el agua cubría hasta la cintura a un adulto. El domingo, después de misa, el pastor Gu bajaba por los escalones de ladrillo del estanque para iniciar a los nuevos miembros de su Iglesia, a quienes dedicaba ciertas frases rituales antes de sumergirlos totalmente en el agua. Yong Sheng había presenciado aquella ceremonia varias veces, pero sin saber que se trataba del bautismo característico de los baptistas estadounidenses, que simbolizaba la purificación de los antiguos pecados. Cuando las manos del pastor Gu devolvían al recién bautizado a la superficie, éste era un hombre nuevo. Yong Sheng nunca olvidó la cara radiante del misionero al acabar la ceremonia.
En la gran sala del patio de los antepasados había un solo farol encendido, y su luz proyectaba sobre los ladrillos barnizados del suelo la sombra deformada de los cuarterones de la puerta acristalada. La cuadrícula también cubría los largos bancos de madera con respaldo, donde todos los domingos se reunían los cristianos de Putian y a cuyo alrededor solían correr los niños, y se prolongaba hasta el estrado desde el que predicaba el pastor Gu. En otro tiempo, en aquel lugar se alzaba el gran altar en el que los antiguos propietarios veneraban a sus antepasados. Ahora aquella habitación era una sala de oración dividida en dos por una cortina; la parte anterior estaba reservada a los hombres y la posterior, a las mujeres. Cuando el pastor Gu pronunciaba un sermón frente a los hombres, la altura del estrado hacía sobresalir sus hombros y su cabeza por encima de la cortina y permitía a las mujeres verlo además de oírlo.
Yong Sheng llevaba las botas de Mary llenas de agua y, al entrar en la desierta sala de oración, el ruido del chapoteo resonó entre las paredes. Buscó a Mary en ambos lados de la cortina y por el resto de la sala, pero no había el menor rastro de ella.
Fuera llovía a cántaros. El agua se filtraba por el techo y chorreaba por los bancos y caía sobre su cabeza.
Yong Sheng vio un hilo de luz a través de una grieta de la pared. Se acercó y descubrió sin pretenderlo la capilla secreta de Mary.
El pequeño Yong Sheng, por supuesto, desconocía lo que era una capilla. Incluso a los chinos adultos que se habían convertido hacía años les costaba distinguir el protestantismo del catolicismo, y ninguno de ellos habría sabido explicar por qué dentro de un templo baptista se ocultaba una capilla católica. Décadas después, un amigo le trajo de Estados Unidos un librito que la mujer del pastor Gu había escrito en 1928, Mi escuela de primaria en Hanjiang, en el que ella mencionaba aquel cuarto secreto usado exclusivamente por su hija, que se había convertido al catolicismo. Ferviente protestante desde la infancia, al terminar la secundaria Mary se había ido a París para estudiar historia del arte en la Sorbona, y allí se había enamorado de uno de sus profesores, un joven y elegante retoño de familia católica. Y así acabó renegando de su religión y abrazando la de su amado en la iglesia de su pueblo natal. En su libro, la señora Gu citaba a una amiga estadounidense de Mary, la famosa escritora K. C. Carter, que había asistido a la ceremonia y descrito la iglesia en una de sus novelas:
Era un pueblecito francés dedicado principalmente al cultivo de la ciruela. Seguimos un sinuoso sendero bordeado de castaños que descendía hasta una iglesia de piedra, humilde pero muy pulcra. En la plaza que se extendía ante ella, los martes y los viernes se celebraba un mercado. Por la noche, unas cuantas farolas con forma de candil inundaban el lugar de una suave luz.
En una carta dirigida a unos amigos, K. C. Carter se mostraba impresionada por la ceremonia: «Un inmaculado paño de fino encaje cubría el altar, sobre el que habían colocado unos cálices y copones de plata reluciente. Lo flanqueaban unos monaguillos vestidos con sotana púrpura y sobrepelliz blanca.» La abjuración de Mary dejó consternados al pastor Gu y a su esposa, que se negaron a viajar a Francia para asistir a la boda de su hija en aquella iglesia de pueblo. Aun así, cuando en Europa estalló la Primera Guerra Mundial y el yerno al que nunca habían visto fue enviado al frente, el pastor le pidió a su única hija que volviera a China para refugiarse, junto con la niña que acababa de traer al mundo. «Quiera Dios concedernos la dicha de tenerte aquí de nuevo», le decía el pastor en su carta.
En una de las paredes de la sala de oración había una recámara de ladrillos esculpidos donde los anteriores propietarios habían instalado un altar dedicado al Cielo y la Tierra. El pastor Gu había transformado aquel espacio en una capilla para su hija y luego había instalado una puerta corrediza en la zona de paso. Una vez cerrada, era imposible sospechar la existencia de la estancia.
Tras descorrer con cautela el panel lateral, Yong Sheng se encontró con un hombre prácticamente desnudo, apenas iluminado por la tenue luz de una vela. Estaba clavado a una cruz, con una corona de espinas y la cabeza ligeramente ladeada. En su cara se reflejaba un inmenso dolor. Tenía arrugas en la frente y el entrecejo, los ojos hundidos y las mejillas demacradas. Ese profundo surco de los pómulos a la barbilla le daba un aire de severidad.
El pequeño, azorado, cerró los ojos de inmediato. Al abrirlos, comprendió que aquello no era un hombre sino una estatua de madera que había perdido su pátina dorada con el tiempo. Le dio la impresión de que el crucificado había vuelto los ojos hacia él, como si al entrar allí hubiera interrumpido bruscamente su conversación con un tercero. Además parecía sorprendido de que llevara las botas de Mary en las manos, como si en lugar de unas viejas botas de goma negra con parches rosas fueran los zapatos de cristal de Cenicienta, la protagonista del cuento favorito de su maestra. Por un instante Yong Sheng creyó que el hombre le iba a ordenar, igual que a Cenicienta delante de su carroza —aunque ya no recordaba quién se lo había ordenado a ella—, que regresara a casa antes de medianoche. Según Mary, si bien relucían como diamantes, los zapatos de Cenicienta eran quebradizos y frágiles como el paraíso, así que Yong Sheng temió que el hombre se encolerizara y rompiera de un golpe el universo cristalino de su edén.
En la húmeda penumbra de aquella estancia disimulada en la pared, el niño distinguió a Mary. Con el cuello desnudo, los ojos bajos y los labios un poco hinchados, parecía ausente. Pero se movió, le resbaló el chal de lana violeta que le cubría los hombros y quedaron al descubierto sus generosos pechos, blancos como el alabastro a la luz de la vela, de los que emanaba una voluptuosa tibieza.
Esa tibieza flotó hasta el rostro del niño y le acarició suavemente la piel húmeda.
Con la mano izquierda, Mary agarró uno de sus turgentes pechos y lo apretó con delicadeza hasta hacer brotar un hilillo de leche. Una vez más, Yong Sheng sintió que esa suave y perfumada tibieza lo envolvía con una cálida caricia que penetraba por todos los poros de su trémulo cuerpo.
Acto seguido Mary cogió un cáliz de plata y vertió dentro su leche como una cremosa cascada. El borde de la copa sagrada quedó salpicado de perlas blancas que relucían en la penumbra. Con los ojos entornados, como en un sueño y sin apenas abrir los labios, la joven emitió un sonido extraño, entre jadeo y gemido. Al final alzó el cáliz —como hacen los sacerdotes católicos al consagrar el vino de la misa— y lo acercó a la boca del crucificado. La leche se deslizó por el cuerpo de la estatua, penetrando en la madera a través de las grietas de la pintura.
El hombre seguía mirando a Yong Sheng, que incluso tuvo la sensación de que el crucificado le guiñaba el ojo mientras la leche le resbalaba por la cara y se detenía en los surcos de sus hundidas mejillas, como coagulada.
Cuando Mary se marchó, el olor de su leche quedó flotando en el aire.
En la capilla había dos armarios, y el de la izquierda tenía siete cajones con tiradores de cobre. Yong Sheng abrió uno, donde Mary había guardado el cáliz de plata que había contenido su leche. Antes de irse, Mary había limpiado el recipiente, pero, a ojos del niño, seguía brillando de un modo insólito, como si quisiera revelarle un secreto.
En el armario de la derecha estaba la estatua de madera del crucificado, todavía mojada tras sus abluciones lácteas. Ahora la pintura parecía menos descascarillada, más uniforme, y con la humedad despedía reflejos dorados que brillaban como polvo de oro en el lecho de un río.
De la corona de espinas aún colgaba una gota de marfil, una gota de leche atraída hacia el suelo por su propio peso, como un lichi a punto de caer de la rama. Por un instante pareció contraerse, pero volvió a hincharse de inmediato, y cuando al fin se desprendió, el niño abrió la boca y sacó la lengua.
La gota, tibia y húmeda, cayó como una semilla sobre una tierra seca.
Tras este primer y extraño encuentro entre el crucificado y el hijo del carpintero, éste abandonó la sala de oración y volvió a cruzar el patio de los antepasados, donde, por distracción, acabó cayendo en el estanque.
Llovía menos y, sin embargo, de pronto me encontré sumergido en el agua. Aún no había tocado el fondo, pero ya me había dado cuenta de que se trataba del estanque donde el pastor administraba el sacramento del bautismo.
Tras aquella lluvia torrencial, el agua estaba mucho más alta de lo acostumbrado y extrañamente tibia. Cuando mis pies descalzos llegaron al fondo, tocaron el lodo, que tampoco estaba frío.
Estaba seguro de que iba a morir. Pronto ya no podría respirar. De repente, un rayo luminoso atravesó la superficie del agua. ¿Era Mary, mi maestra, buscándome con una linterna, cuya magnífica luz iluminaba el cielo y la tierra? Pensar eso me reanimó y, con un enorme esfuerzo, conseguí ascender y sacar la cabeza del agua. Pero, cuando estaba a punto de agarrar el borde, el estanque volvió a succionarme hacia el fondo.
«¡Dios mío!», pensé. Al fin comprendí por qué el pastor Gu hacía sus trucos de magia en aquel estanque: el fondo tenía un poder de atracción sobrenatural.
Ya estaba a punto de ahogarme cuando oí el ruidoso vaivén de una sierra sobre la madera; incluso me pareció ver los dientes de la herramienta yendo y viniendo por la superficie del agua, de la que saltaban chispas.
Era un ruido muy familiar, pero, para mi sorpresa, quien lo hacía no era mi padre.
De hecho, no había un serrador, sino dos, uno arriba y otro abajo. El que estaba abajo, de pie en el fondo del estanque, era yo. Al otro no podía verlo con claridad. Se parecía vagamente a la estatua de madera del crucificado, pero no estaba seguro. Cuando le pregunté cómo se llamaba, respondió: «¿Por qué quieres saber mi nombre?», y, tras añadir «Déjame, que raya el alba», como en el Génesis, intentó marcharse. Pero yo lo agarré por las piernas para impedírselo. «No te dejaré si no me dices tu nombre.» Él no se resistió. «Soy el padre del crucificado, el de la estatua de madera», contestó. En ese momento apareció una escalera de mano y me hizo subir, y entonces, para mi gran sorpresa, cuando creía que iba a alcanzar el cielo, salí bruscamente del agua.
Quien lo salvó fue Mary. Al volver a su dormitorio vio que la cama del niño estaba vacía y, preocupada, salió a buscarlo. Nada más entrar en el patio de los antepasados, divisó sus botas flotando alrededor de una bola negra en el estanque bautismal: era la cabeza de Yong Sheng. Al principio creyó que el pequeño estaba jugando y chapoteando en el agua.
En el patio de la nieta se iluminó el dormitorio, y Mary lo acostó en su cama grande de madera.
Yong Sheng abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos enseguida. Seguía oyendo el ruido del agua, como si estuviera cayendo un diluvio sobre el mundo. Luego el fragor de catarata disminuyó hasta transformarse en un murmullo de torrente, que se atenuó y dio paso al débil y cristalino sonido de un chorro de leche golpeando el interior de un cáliz de plata. Poco a poco el ruido se apagó, y Yong Sheng oyó la voz de Mary leyendo Robinson Crusoe. Le encantaba que le leyera, y de pronto recordó que el hombre al que había visto en el estanque salía en una historia de la Biblia que ella le había leído. Yong Sheng metió la nariz bajo la sábana para buscar el olor de la leche de su maestra.
La joven enumeraba una larga serie de objetos que Robinson había recuperado de entre los restos de un barco naufragado, objetos arrancados a las garras del mar, objetos enviados por el cielo, y que él se llevaría a su isla desierta. Esos nombres resonaban como palabras sagradas en sus oídos: cubo del carbón, por ejemplo. Los labios de Mary no se limitaban a pronunciar el nombre de esos objetos: los cantaba entonando la melodía más hermosa del mundo. Aquellos nombres, impregnados del olor de su leche, quedarían grabados para siempre en su memoria. Yong Sheng estaba tumbado encima de una sábana de algodón gastado en cuyo descolorido fondo azul aún se distinguían las figuras borrosas de dos niños. El mayor sostenía en la mano una hoja de loto llena de agua con la que mojaba la cabeza del pequeño. Era un dibujo tan realista que casi se oía caer el líquido y reír a los niños. El interior de la hoja, ligeramente curvado, tenía nervaduras de color más claro. Parecía recién cortada y que todavía emanaran de ella los vapores del estanque. El artista había representado el agua que caía de la hoja con trazos blancos, que a ojos de Yong Sheng se confundían con los chorros de leche que brotaban de los pechos de Mary hasta la boca del crucificado. Incluso había advertido que, después de que saliera la leche, los cobrizos pezones de su maestra habían adquirido un tono más suave, más rosado.
Mary le explicó que la estatua que había visto en la capilla representaba a Cristo. Meses atrás un submarino alemán había torpedeado el barco en el que estaba embarcado su marido. No había habido supervivientes, pero la Marina francesa había encontrado la estatua en el pecio y Mary había pedido permiso al almirantazgo para quedársela.
—Recuerda bien esto: después de una catástrofe, lo que se salva de un naufragio se convierte en la cosa más hermosa del mundo.
2
La circuncisión
Allí estaba. Desdibujada en el lejano horizonte, parecía una isla flotante perdida en medio del mar.
Una hora después se distinguía claramente. En efecto, era la nave de Mazu —la Santa Madre del Cielo, patrona de los pescadores y marineros de los mares de China—, que había partido de la isla de Meizhou, donde se erigía el famoso templo dedicado a la diosa. Ese día, al amanecer, en medio de un estrépito de petardos ensordecedor, los devotos habían salido por la gran puerta del templo portando en un palanquín a «Mazu» —una chica de la región de extraordinaria belleza— y luego habían bajado los mil empinados peldaños del edificio hasta un barco magníficamente adornado que llevaría a la encarnación de la diosa hasta la ciudad de Putian.
La verdadera Mazu, que había muerto hacía siglos y cuyo ajado cuerpo descansaba en el interior del templo, salía de su tumba de piedra cada atardecer, tan resplandeciente como antaño, para ir a sentarse al pie de una aquilaria y escuchar el murmullo de la brisa entre las hojas. Cientos de años después de su muerte, aquel árbol seguía produciendo una savia de un aroma tan intenso como cuando ella estaba viva. En medio del patio del templo había un pozo que la diosa había excavado con sus propias manos y en el que todas las tardes, vestida con su larga falda blanca y su chal azul celeste, contemplaba su reflejo en el agua. Luego, como si descendiera del cielo, bajaba los mil peldaños de piedra hasta una roca que se alzaba en medio del mar, desde la que bendecía a los barcos de los pescadores.
Ese año las celebraciones fueron parecidas a las de los años anteriores. Era final de verano. Aún hacía buen tiempo, pero empezaba a refrescar. El cielo estaba lleno de nubecillas blancas, y el mar, en calma. En la ciudad de Putian se había congregado una gran multitud de curiosos formada por gente de la región, pescadores de las islas vecinas, devotos de Mazu y peregrinos llegados de todos los rincones del Sudeste asiático.
La diosa se acercaba. Los porteadores sólo tenían que recorrer quinientos metros para llegar a la puerta sur de la ciudad, cuyas negruzcas murallas ya se divisaban. Diez minutos después se distinguían claramente las almenas, tras las que se adivinaban, todavía imprecisas, las tejas de esmalte amarillo del templo de Confucio. La procesión alcanzó al fin el muro sudeste, sobre el que asomaba el tejado con forma de cola de golondrina del pabellón de los Exámenes.
Un concierto de redobles de tambor anunció el inicio de la ceremonia. La multitud se dirigió a toda prisa hacia el centro de la ciudad, y el pabellón de los Tambores pronto se vio rodeado por una marea humana. En el último periodo de la dinastía Qing, los jefes de distrito habían renunciado a presidir las celebraciones durante varios años seguidos, y el nuevo gobierno de la República, que lidiaba con sus propios desórdenes, parecía haber olvidado la existencia de aquella ciudad costera. Por eso fue un notable de la región quien salió al balcón del pabellón para inaugurar las festividades con un discurso, pero sólo tuvo tiempo de pronunciar unas cuantas frases porque la procesión ya estaba llegando. Entonces se hizo el silencio. Los jóvenes endomingados interrumpieron sus flirteos, los ojos de los ancianos se humedecieron, los corazones se encogieron.
Y los pescadores entonaron una vieja canción:
Todos estamos aquí por ella,
Mazu, nuestra Madre Eterna,
que nos sonríe desde el cielo.
En su presencia, bailemos y cantemos
para expresarle nuestra devoción.
Mary y Yong Sheng no habían llegado en barco. Como el río Mulan estaba atestado de pequeñas embarcaciones entre Hanjiang y Putian, Mary había optado por desplazarse en su bicicleta holandesa. El pequeño Yong Sheng acababa de cumplir siete años, y se había desarrollado bien desde su llegada a casa del pastor Gu, dos años atrás. Tras recorrer varios kilómetros por un camino lleno de baches, entraron en Putian, donde se mezclaron con la multitud para admirar, emocionados, el palanquín de Mazu, que pasaba por encima de sus cabezas. De pronto, mientras los congregados aclamaban el paso de la procesión ante el pabellón de los Tambores, Yong Sheng, de pie sobre el transportín de la bicicleta, soltó un grito y dobló el cuerpo.
—¡Me duele! ¡Me duele! —le dijo a Mary señalando su estómago.
El dolor le impidió añadir nada más. Cayó del transportín, retorciéndose de dolor en el suelo. Mary se apresuró a subirlo de nuevo a la bicicleta, que empujó entre el gentío en dirección al hospital. De vez en cuando se volvía hacia el niño para secarle las lágrimas o enderezarlo, porque con las punzadas de dolor se deslizaba fuera del transportín y le costaba permanecer sentado.
Yong Sheng notó que le daban unas palmaditas en el hombro y se volvió. Era su padre. Se había cortado el pelo para la ocasión y llevaba una chaqueta nueva de color azul. Su mujer, que acababa de abortar, se había quedado en casa, y él asistía a las celebraciones con la abuela.
Al ver que su hijo se encontraba mal, lo cogió en brazos y echó a correr hacia el hospital.
Mary se montó en la bicicleta y pedaleó tras ellos hasta quedarse sin aliento.
Por fin llegaron al hospital Yali, en cuya construcción había participado el carpintero, y donde, orgulloso, había hecho que su hijo se deslizara por la barandilla de la escalera que había levantado con sus propias manos. Cruzaron la puerta y entraron en el vestíbulo.
El arquitecto estadounidense que había diseñado los planos del centro sanitario había tenido en cuenta las observaciones del carpintero sobre la psicología de los chinos, a quienes no agradaban los edificios de varios pisos, y había aprovechado la pendiente del terreno para construir un conjunto arquitectónico de tres edificaciones, de las cuales sólo la tercera, reservada a las hospitalizaciones, tenía dos plantas.
Los gritos de Mary resonaron en la sala de espera del primer edificio, que estaba desierto porque todo el mundo había ido a la fiesta. La ventanilla de la farmacia estaba cerrada y el laboratorio clínico, vacío. En el segundo edificio, donde se encontraban las consultas, tampoco había nadie, así que tuvieron que ir al tercero, donde al fin encontraron a un médico de guardia, un cirujano estadounidense de unos cincuenta años con un espléndido bigote entrecano, el doctor Charley.
El facultativo emitió rápidamente un diagnóstico claro y concreto sobre el que no había duda posible: el niño padecía una ectopia testicular unilateral.
En chino, le explicó al carpintero que su hijo tenía uno de los testículos escondido en el abdomen. Mientras le escuchaba, el padre de Yong Sheng recordó las palabras de la anciana ciega, cuyos huesudos dedos habían palpado la entrepierna del pequeño cuando éste tenía dos años. «Le falta uno», había constatado la mujer.
—¿Y dónde se ha metido el testículo que le falta? —le preguntó el carpintero al cirujano.
—Aún no lo sé. Podría estar en la región inguinal, o quizá en la abdominal. Me inclino por la segunda posibilidad, dado que el niño parece sufrir colitis. Tengo que localizarlo y volver a colocarlo en el escroto.
—¿Es posible que baje solo? —preguntó Mary.
—No. El niño ya tiene siete años. Hay que operarlo. —El doctor se volvió hacia el padre—. ¿Autoriza una intervención quirúrgica?
—Por supuesto
