La guerra del fin del mundo

Mario Vargas Llosa

Fragmento

PROLOGO DEDICATORIA

A Euclides da Cunha en el otro mundo;
y, en este mundo, a Nélida Piñon.

portadilla

portadilla

DEDICATORIA _2

O Anti-Christo nasceu

Para o Brasil governar

Mas ahi está O Conselheiro

Para delle nos livrar.

parte1

Uno

CAP1_01

I

El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a las gentes.

Aparecía de improviso, al principio solo, siempre a pie, cubierto por el polvo del camino, cada cierto número de semanas, de meses. Su larga silueta se recortaba en la luz crepuscular o naciente, mientras cruzaba la única calle del poblado, a grandes trancos, con una especie de urgencia. Avanzaba resueltamente entre cabras que campanilleaban, entre perros y niños que le abrían paso y lo miraban con curiosidad, sin responder a los saludos de las mujeres que ya lo conocían y le hacían venias y se apresuraban a traerle jarras de leche de cabra y platos de farinha y frejol. Pero él no comía ni bebía antes de llegar hasta la iglesia del pueblo y comprobar, una vez más, una y cien veces, que estaba rota, despintada, con sus torres truncas y sus paredes agujereadas y sus suelos levantados y sus altares roídos por los gusanos. Se le entristecía la cara con un dolor de retirante al que la sequía ha matado hijos y animales y privado de bienes y debe abandonar su casa, los huesos de sus muertos, para huir, huir, sin saber adónde. A veces lloraba y en el llanto el fuego negro de sus ojos recrudecía con destellos terribles. Inmediatamente se ponía a rezar. Pero no como rezan los demás hombres o las mujeres: él se tendía de bruces en la tierra o las piedras o las lozas desportilladas, frente a donde estaba o había estado o debería estar el altar, y allí oraba, a veces en silencio, a veces en voz alta, una, dos horas, observado con respeto y admiración por los vecinos. Rezaba el credo, el padrenuestro y los avemarías consabidos, y también otros rezos que nadie había escuchado antes pero que, a lo largo de los días, de los meses, de los años, las gentes irían memorizando. ¿Dónde está el párroco?, le oían preguntar, ¿por qué no hay aquí un pastor para el rebaño? Pues, que en las aldeas no hubiera un sacerdote, lo apenaba tanto como la ruina de las moradas del Señor.

Sólo después de pedir perdón al Buen Jesús por el estado en que tenían su casa, aceptaba comer y beber algo, apenas una muestra de lo que los vecinos se afanaban en ofrecerle aun en años de escasez. Consentía en dormir bajo techo, en alguna de las viviendas que los sertaneros ponían a su disposición, pero rara vez se le vio reposar en la hamaca, el camastro o colchón de quien le ofrecía posada. Se tumbaba en el suelo, sin manta alguna, y, apoyando en su brazo la cabeza de hirvientes cabellos color azabache, dormía unas horas. Siempre tan pocas que era el último en acostarse, y, cuando los vaqueros y los pastores más madrugadores salían al campo ya lo veían, trabajando en restañar los muros y los tejados de la iglesia.

Daba sus consejos al atardecer, cuando los hombres habían vuelto del campo y las mujeres habían acabado los quehaceres domésticos y las criaturas estaban ya durmiendo. Los daba en esos descampados desarbolados y pedregosos que hay en todos los pueblos del sertón, en el crucero de sus calles principales y que se hubieran podido llamar plazas si hubieran tenido bancas, glorietas, jardines o conservaran los que alguna vez tuvieron y fueron destruyendo las sequías, las plagas, la desidia. Los daba a esa hora en que el cielo del norte del Brasil, antes de oscurecerse y estrellarse, llamea entre coposas nubes blancas, grises o azuladas y hay como un vasto fuego de artificio allá en lo alto, sobre la inmensidad del mundo. Los daba a esa hora en que se prenden las fogatas para espantar a los insectos y preparar la comida, cuando disminuye el vaho sofocante y se levanta una brisa que pone a las gentes de mejor ánimo para soportar la enfermedad, el hambre y los padecimientos de la vida.

Hablaba de cosas sencillas e importantes, sin mirar a nadie en especial de la gente que lo rodeaba, o, más bien, mirando, con sus ojos incandescentes, a través del corro de viejos, mujeres, hombres y niños, algo o alguien que sólo él podía ver. Cosas que se entendían porque eran oscuramente sabidas desde tiempos inmemoriales y que uno aprendía con la leche que mamaba. Cosas actuales, tangibles, cotidianas, inevitables, como el fin del mundo y el Juicio Final, que podían ocurrir tal vez antes de lo que tardase el poblado en poner derecha la capilla alicaída. ¿Qué ocurriría cuando el Buen Jesús contemplara el desamparo en que habían dejado su casa? ¿Qué diría del proceder de esos pastores que, en vez de ayudar al pobre, le vaciaban los bolsillos cobrándole por los servicios de la religión? ¿Se podían vender las palabras de Dios, no debían darse de gracia? ¿Qué excusa darían al Padre aquellos padres que, pese al voto de castidad, fornicaban? ¿Podían inventarle mentiras, acaso, a quien leía los pensamientos como lee el rastreador en la tierra el paso del jaguar? Cosas prácticas, cotidianas, familiares, como la muerte, que conduce a la felicidad si se entra en ella con el alma limpia, como a una fiesta. ¿Eran los hombres animales? Si no lo eran, debían cruzar esa puerta engalanados con su mejor traje, en señal de reverencia a Aquel a quien iban a encontrar. Les hablaba del cielo y también del infierno, la morada del Perro, empedrada de brasas y crótalos, y de cómo el Demonio podía manifestarse en innovaciones de semblante inofensivo.

Los vaqueros y los peones del interior lo escuchaban en silencio, intrigados, atemorizados, conmovidos, y así lo escuchaban los esclavos y los libertos de los ingenios del litoral y las mujeres y los padres y los hijos de unos y de otras. Alguna vez alguien —pero rara vez porque su seriedad, su voz cavernosa o su sabiduría los intimidaba— lo interrumpía para despejar una duda. ¿Terminaría el siglo? ¿Llegaría el mundo a 1900? Él contestaba sin mirar, con una seguridad tranquila y, a menudo, con enigmas. En 1900 se apagarían las luces y lloverían estrellas. Pero, antes, ocurrirían hechos extraordinarios. Un silencio seguía a su voz, en el que se oía crepitar las fogatas y el bordoneo de los insectos que las llamas devoraban, mientras los lugareños, conteniendo la respiración, esforzaban de antemano la memoria para recordar el futuro. En 1896 un millar de rebaños correrían de la playa hacia el sertón y el mar se volvería sertón y el sertón mar. En 1897 el desierto se cubriría de pasto, pastores y rebaños se mezclarían y, a partir de entonces, habría un solo rebaño y un solo pastor. En 1898 aumentarían los sombreros y disminuirían las cabezas y en 1899 los ríos se tornarían rojos y un planeta nuevo cruzaría el espacio.

Había, pues, que prepararse. Había que restaurar la iglesia y el cementerio, la más importante construcción después de la casa del Señor, pues era antesala del cielo o del infierno, y había que destinar el tiempo restante a lo esencial: el alma. ¿Acaso partirían el hombre o la mujer allá con sayas, vestidos, sombreros de fieltro, zapatos de cordón y todos esos lujos de lana y de seda que no vistió nunca el Buen Jesús?

Eran consejos prácticos, sencillos. Cuando el hombre partía, se hablaba de él: que era santo, que había hecho milagros, que había visto la zarza ardiente en el desierto, igual que Moisés, y que una voz le había revelado el nombre impronunciable de Dios. Y se comentaban sus consejos. Así, antes de que terminara el Imperio y después de comenzada la República, los lugareños de Tucano, Soure, Amparo y Pombal, fueron escuchándolos; y, mes a mes, año a año, fueron resucitando de sus ruinas las iglesias de Bom Conselho, de Geremoabo, de Massacará y de Inhambupe; y, según sus enseñanzas, surgieron tapias y hornacinas en los cementerios de Monte Santo, de Entre Ríos, de Abadía y de Barracão, y la muerte fue celebrada con dignos entierros en Itapicurú, Cumbe, Natuba, Mocambo. Mes a mes, año a año, se fueron poblando de consejos las noches de Alagoinhas, Uauá, Jacobina, Itabaiana, Campos, Itabaianinha, Gerú, Riachão, Lagarto, Simão Dias. A todos parecían buenos consejos y, por eso, al principio en uno y, luego, en otro y, al final en todos los pueblos del norte, al hombre que los daba, aunque su nombre era Antonio Vicente y su apellido Mendes Maciel, comenzaron a llamarlo el Consejero.

Una reja de madera separa a los redactores y empleados del Jornal de Notícias —cuyo nombre destaca, en caracteres góticos, sobre la entrada— de la gente que se llega hasta allí para publicar un aviso o traer una información. Los periodistas no son más de cuatro o cinco. Uno de ellos revisa un archivo empotrado en la pared; dos conversan animadamente, sin chaquetas pero con cuellos duros y corbatines de lazo, junto a un almanaque en el que se lee la fecha —octubre, lunes 2, 1896— y otro, joven, desgarbado, con gruesos anteojos de miope, escribe sobre un pupitre con una pluma de ganso, indiferente a lo que ocurre en torno suyo. Al fondo, tras una puerta de cristales, está la Dirección. Un hombre con visera y puños postizos atiende a una fila de clientes en el mostrador de los Avisos Pagados. Una señora acaba de alcanzarle un cartón. El cajero, mojándose el índice, cuenta las palabras —Lavativas Giffoni// Curan las Gonorreas, las Hemorroides, las Flores Blancas y todas las molestias de las Vías Urinarias// Las prepara Madame A. de Carvalho// Rua Primero de Marzo N. 8— y dice un precio. La señora paga, guarda el vuelto y, cuando se retira, quien esperaba detrás de ella se adelanta y estira un papel al cajero. Viste de oscuro, con una levita de dos puntas y un sombrero hongo que denotan uso. Una enrulada cabellera rojiza le cubre las orejas. Es más alto que bajo, de anchas espaldas, sólido, maduro. El cajero cuenta las palabras del aviso, dejando patinar el dedo sobre el papel. De pronto, arruga la frente, alza el dedo y acerca mucho el texto a los ojos, como si temiera haber leído mal. Por fin, mira perplejo al cliente, que permanece hecho una estatua. El cajero pestañea, incómodo, y, por fin, indica al hombre que espere. Arrastrando los pies, cruza el local, con el papel balanceándose en la mano, toca con los nudillos el cristal de la Dirección y entra. Unos segundos después reaparece y, por señas, indica al cliente que pase. Luego, retorna a su trabajo.

El hombre de oscuro atraviesa el Jornal de Notícias haciendo sonar los tacos como si calzara herraduras. Al entrar al pequeño despacho, atestado de papeles, periódicos y propaganda del Partido Republicano Progresista —Un Brasil Unido, Una Nación Fuerte—, está esperándolo un hombre que lo mira con una curiosidad risueña, como a un bicho raro. Ocupa el único escritorio, lleva botas, un traje gris, y es joven, moreno, de aires enérgicos.

—Soy Epaminondas Gonçalves, el director del periódico —dice—. Adelante.

El hombre de oscuro hace una ligera venia y se lleva la mano al sombrero pero no se lo quita ni dice palabra.

—¿Usted pretende que publiquemos esto? —pregunta el director, agitando el papelito.

El hombre de oscuro asiente. Tiene una barbita rojiza como sus cabellos, y sus ojos son penetrantes, muy claros; su boca ancha está fruncida con firmeza y las ventanillas de su nariz, muy abiertas, parecen aspirar más aire del que necesitan.

—Siempre que no cueste más de dos mil reis —murmura, en un portugués dificultoso—. Es todo mi capital.

Epaminondas Gonçalves queda como dudando entre reírse o enojarse. El hombre sigue de pie, muy serio, observándolo. El director opta por llevarse el papel a los ojos:

—«Se convoca a los amantes de la justicia a un acto público de solidaridad con los idealistas de Canudos y con todos los rebeldes del mundo, en la plaza de la Libertad, el 4 de octubre, a las seis de la tarde» —lee, despacio—. ¿Se puede saber quién convoca este mitin?

—Por ahora yo —contesta el hombre, en el acto—. Si el Jornal de Notícias quiere auspiciarlo, wonderful.

—¿Sabe usted lo que han hecho ésos, allá en Canudos? —murmura Epaminondas Gonçalves, golpeando el escritorio—. Ocupar una tierra ajena y vivir en promiscuidad, como los animales.

—Dos cosas dignas de admiración —asiente el hombre de oscuro—. Por eso he decidido gastar mi dinero en este aviso.

El director queda un momento callado. Antes de volver a hablar, carraspea:

—¿Se puede saber quién es usted, señor?

Sin fanfarronería, sin arrogancia, con mínima solemnidad, el hombre se presenta así:

—Un combatiente de la libertad, señor. ¿El aviso va a ser publicado?

—Imposible, señor —responde Epaminondas Gonçalves, ya dueño de la situación—. Las autoridades de Bahía sólo esperan un pretexto para cerrarme el periódico. Aunque de boca para afuera han aceptado la República, siguen siendo monárquicas. Somos el único diario auténticamente republicano del Estado, supongo que se ha dado cuenta.

El hombre de oscuro hace un gesto desdeñoso y masculla, entre dientes, «Me lo esperaba».

—Le aconsejo que no lleve este aviso al Diário de Bahia —agrega el director, alcanzándole el papelito—. Es del barón de Cañabrava, el dueño de Canudos. Terminaría usted en la cárcel.

Sin decir una palabra de despedida, el hombre de oscuro da media vuelta y se aleja, guardándose el aviso en el bolsillo. Cruza la sala del diario sin mirar ni saludar a nadie, con su andar sonoro, observado de reojo —silueta fúnebre, ondeantes cabellos encendidos— por los periodistas y clientes de los Avisos Pagados. El periodista joven, de anteojos de miope, se levanta de su pupitre después de pasar él, con una hoja amarillenta en la mano, y va hacia la Dirección, donde Epaminondas Gonçalves está todavía espiando al desconocido.

—«Por disposición del gobernador del Estado de Bahía, Excelentísimo Señor Luis Viana, hoy partió de Salvador una compañía del Noveno Batallón de Infantería, al mando del teniente Pires Ferreira, con la misión de arrojar de Canudos a los bandidos que ocuparon la hacienda y capturar a su cabecilla, el sebastianista Antonio Consejero» —lee, desde el umbral—. ¿Primera página o interiores, señor?

—Que vaya debajo de los entierros y las misas —dice el director. Señala hacia la calle, donde ha desaparecido el hombre de oscuro—. ¿Sabe quién es ese tipo?

—Galileo Gall —responde el periodista miope—. Un escocés que anda pidiendo permiso a la gente de Bahía para tocarles la cabeza.

Había nacido en Pombal y era hijo de un zapatero y su querida, una inválida que, pese a serlo, parió a tres varones antes que a él y pariría después a una hembra que sobrevivió a la sequía. Le pusieron Antonio y, si hubiera habido lógica en el mundo, no hubiera debido vivir, pues cuando todavía gateaba ocurrió la catástrofe que devastó la región, matando cultivos, hombres y animales. Por culpa de la sequía casi todo Pombal emigró hacia la costa, pero Tiburcio da Mota, que en su medio siglo de vida no se había alejado nunca más de una legua de ese poblado en el que no había pies que no hubieran sido calzados por sus manos, hizo saber que no abandonaría su casa. Y cumplió, quedándose en Pombal con un par de docenas de personas apenas, pues hasta la misión de los padres lazaristas se vació.

Cuando, un año más tarde, los retirantes de Pombal comenzaron a volver, animados por las nuevas de que los bajíos se habían anegado otra vez y ya se podía sembrar cereales, Tiburcio da Mota estaba enterrado, como su concubina inválida y los tres hijos mayores. Se habían comido todo lo comestible y, cuando esto se acabó, todo lo que fuera verde y, por fin, todo lo que podían triturar los dientes. El vicario don Casimiro, que los fue enterrando, aseguraba que no habían perecido de hambre sino de estupidez, por comerse los cueros de la zapatería y beberse las aguas de la laguna del Buey, hervidero de mosquitos y de pestilencia que hasta los chivos evitaban. Don Casimiro recogió a Antonio y a su hermanita, los hizo sobrevivir con dietas de aire y plegarias y, cuando las casas del pueblo se llenaron otra vez de gente, les buscó un hogar.

A la niña se la llevó su madrina, que se fue a trabajar en una hacienda del barón de Cañabrava. A Antonio, entonces de cinco años, lo adoptó el otro zapatero de Pombal, llamado el Tuerto —había perdido un ojo en una riña—, quien aprendió su oficio en el taller de Tiburcio da Mota y al regresar a Pombal heredó su clientela. Era un hombre hosco, que andaba borracho con frecuencia y solía amanecer tumbado en la calle, hediendo a cachaça. No tenía mujer y hacía trabajar a Antonio como una bestia de carga, barriendo, limpiando, alcanzándole clavos, tijeras, monturas, botas, o yendo a la curtiembre. Lo hacía dormir sobre un pellejo, junto a la mesita donde el Tuerto se pasaba todas las horas en que no estaba bebiendo con sus compadres.

El huérfano era menudo y dócil, puro hueso y unos ojos cohibidos que inspiraban compasión a las mujeres de Pombal, las que, vez que podían, le daban algo de comer o las ropas que ya no se ponían sus hijos. Ellas fueron un día —media docena de hembras que habían conocido a la tullida y comadreado a su vera en incontables bautizos, confirmaciones, velorios, matrimonios— al taller del Tuerto a exigirle que mandara a Antonio al catecismo, a fin de que lo prepararan para la primera comunión. Lo asustaron de tal modo diciéndole que Dios le tomaría cuentas si ese niño moría sin haberla hecho, que el zapatero, a regañadientes, consintió en que asistiera a la doctrina de la misión, todas las tardes, antes de las vísperas.

Algo notable ocurrió entonces en la vida del niño, al que, poco después, a consecuencia de los cambios que operó en él la doctrina de los lazaristas, comenzarían a llamar el Beatito. Salía de las prédicas con la mirada desasida del contorno y como purificado de escorias. El Tuerto contó que muchas veces lo encontraba de noche, arrodillado en la oscuridad, llorando por el sufrimiento de Cristo, tan absorto que sólo lo regresaba al mundo remeciéndolo. Otras noches lo sentía hablar en sueños, agitado, de la traición de Judas, del arrepentimiento de la Magdalena, de la corona de espinas, y una noche lo oyó hacer voto de perpetua castidad, como san Francisco de Sales al cumplir los once años.

Antonio había encontrado una ocupación a la que consagrar su vida. Seguía haciendo sumisamente los mandados del Tuerto, pero los hacía entrecerrando los ojos y moviendo los labios de modo que todos comprendían que, aunque barría o corría donde el talabartero o sujetaba la suela que el Tuerto martillaba, estaba en realidad rezando. Al padre adoptivo las actitudes del niño lo turbaban y atemorizaban. En el rincón donde dormía, el Beatito fue construyendo un altar, con estampas que le regalaron en la misión y una cruz de xique-xique que él mismo talló y pintó. Allí prendía una vela para rezar, al levantarse y al acostarse, y allí, de rodillas, con las manos juntas y la expresión contrita, gastaba sus ratos libres en vez de corretear por los potreros, montar a pelo los animales chúcaros, cazar palomas o ir a ver castrar a los toros como los demás chicos de Pombal.

Desde que hizo la primera comunión fue monaguillo de don Casimiro y, cuando éste murió, siguió ayudando a decir misa a los lazaristas de la misión, aunque para ello tenía que andar, entre idas y vueltas, una legua diaria. En las procesiones echaba el incienso y ayudaba a decorar las andas y los altares de las esquinas donde la Virgen y el Buen Jesús hacían un alto para descansar. La religiosidad del Beatito era tan grande como su bondad. Espectáculo familiar para los habitantes de Pombal era verlo servir de lazarillo al ciego Adelfo, al que acompañaba a veces a los potreros del coronel Ferreira, donde aquél había trabajado hasta contraer cataratas y de los que vivía melancólico. Lo llevaba del brazo, a campo traviesa, con un palo en la mano para escarbar en la tierra al acecho de las serpientes, escuchándole con paciencia sus historias. Y Antonio recogía también comida y ropa para el leproso Simeón, que vivía como una bestia montuna desde que los vecinos le prohibieron acercarse a Pombal. Una vez por semana, el Beatito le llevaba en un atado los pedazos de pan y de charqui y los cereales que había mendigado para él, y los vecinos lo divisaban, a lo lejos, guiando entre los roquedales de la loma donde estaba su cueva, hacia el pozo de agua, al viejo que andaba descalzo, con los pelos crecidos, cubierto sólo con un pellejo amarillo.

La primera vez que vio al Consejero, el Beatito tenía catorce años y había sufrido, pocas semanas antes, una terrible decepción. El padre Moraes, de la misión lazarista, le echó un baño de agua helada al decirle que no podía ser sacerdote, pues era hijo natural. Lo consoló, explicándole que igual se podía servir a Dios sin recibir las órdenes, y le prometió hacer gestiones con un convento capuchino, donde tal vez lo recibirían como hermano lego. El Beatito lloró esa noche con sollozos tan sentidos, que el Tuerto, encolerizado, lo molió a golpes por primera vez después de muchos años. Veinte días más tarde, bajo la quemante resolana del mediodía, irrumpió por la calle medianera de Pombal una figurilla alargada, oscura, de cabellos negros y ojos fulminantes, envuelta en una túnica morada, que, seguida de media docena de gentes que parecían pordioseros y, sin embargo, tenían caras felices, atravesó en tromba el poblado en dirección a la vieja capilla de adobes y tejas que, desde la muerte de don Casimiro, se hallaba tan arruinada que los pájaros habían hecho nidos entre las imágenes. El Beatito, como muchos vecinos de Pombal, vio orar al peregrino echado en el suelo, igual que sus acompañantes, y esa tarde lo oyó dar consejos para la salvación del alma, criticar a los impíos y pronosticar el porvenir.

Esa noche, el Beatito no durmió en la zapatería sino en la plaza de Pombal, junto a los peregrinos que se habían tendido en la tierra, alrededor del santo. Y la mañana y tarde siguientes, y todos los días que éste permaneció en Pombal, el Beatito trabajó junto con él y los suyos, reponiéndoles patas y espaldares a los bancos de la capilla, nivelando su suelo y erigiendo una cerca de piedras que diera independencia al cementerio, hasta entonces una lengua de tierra que se entreveraba con el pueblo. Y todas las noches estuvo acuclillado junto a él, absorto, escuchando las verdades que decía su boca.

Pero cuando, la penúltima noche del Consejero en Pombal, Antonio el Beatito le pidió permiso para acompañarlo por el mundo, los ojos —intensos a la vez que helados— del santo, primero, y su boca después, dijeron no. El Beatito lloró amargamente, arrodillado junto al Consejero. Era noche alta, Pombal dormía y también los andrajosos, anudados unos en otros. Las fogatas se habían apagado pero las estrellas refulgían sobre sus cabezas y se oían cantos de chicharras. El Consejero lo dejó llorar, permitió que le besara el ruedo de la túnica y no se inmutó cuando el Beatito le suplicó de nuevo que lo dejara seguirlo, pues su corazón le decía que así serviría mejor al Buen Jesús. El muchacho se abrazó a sus tobillos y estuvo besándole los pies encallecidos. Cuando lo notó exhausto, el Consejero le cogió la cabeza con las dos manos y lo obligó a mirarlo. Acercándole la cara le preguntó, solemne, si amaba tanto a Dios como para sacrificarle el dolor. El Beatito hizo con la cabeza que sí, varias veces. El Consejero se levantó la túnica y el muchacho pudo ver, en la luz incipiente, que se sacaba un alambre que tenía en la cintura lacerándole la carne. «Ahora llévalo tú», lo oyó decir. Él mismo ayudó al Beatito a abrirse las ropas, a apretar el cilicio contra su cuerpo, a anudarlo.

Cuando, siete meses después, el Consejero y sus seguidores —habían cambiado algunas caras, había aumentado el número, había entre ellos ahora un negro enorme y semidesnudo, pero su pobreza y la felicidad de sus ojos eran los de antes— volvieron a aparecer en Pombal, dentro de un remolino de polvo, el cilicio seguía en la cintura del Beatito, a la que había amoratado y, luego, abierto estrías y, más tarde, recubierto de costras parduzcas. No se lo había quitado un solo día y cada cierto tiempo volvía a ajustarse el alambre aflojado por el movimiento cotidiano del cuerpo. El padre Moraes había tratado de disuadirlo de que lo siguiera llevando, explicándole que una cierta dosis de dolor voluntario complacía a Dios, pero que, pasado cierto límite, aquel sacrificio podía volverse un morboso placer alentado por el Diablo y que él estaba en peligro de franquear en cualquier momento el límite.

Pero Antonio no le obedeció. El día del regreso del Consejero y su séquito a Pombal, el Beatito estaba en el almacén del caboclo Umberto Salustiano y su corazón se petrificó en su pecho, así como el aire que entraba a su nariz, cuando lo vio pasar a un metro de él, rodeado de sus apóstoles y de decenas de vecinos y vecinas, y dirigirse, como la vez anterior, derechamente a la capilla. Lo siguió, se sumó al bullicio y a la agitación del pueblo y, confundido con la gente, oró, a discreta distancia, sintiendo una revolución en su sangre. Y esa noche lo escuchó predicar, a la luz de las llamas, en la plaza atestada, sin atreverse todavía a acercarse. Todo Pombal estaba allí esta vez, oyéndolo.

Casi al amanecer, cuando los vecinos, que habían rezado y cantado y le habían llevado sus hijos enfermos para que pidiera a Dios su curación, y que le habían contado sus aflicciones y preguntado por lo que les reservaba el futuro, se hubieron ido, y los discípulos ya se habían echado a dormir, como lo hacían siempre, sirviéndose recíprocamente de almohadas y abrigo, el Beatito, en la actitud de reverencia extrema en la que se acercaba a comulgar, se llegó, vadeando los cuerpos andrajosos, hasta la silueta oscura, morada, que apoyaba la hirsuta cabeza en uno de sus brazos. Las fogatas daban las últimas boqueadas. Los ojos del Consejero se abrieron al verlo venir y el Beatito repetiría siempre a los oyentes de su historia que vio en ellos, al instante, que aquel hombre lo había estado esperando. Sin decir una palabra —no hubiera podido— se abrió la camisa de jerga y le mostró el alambre que le ceñía la cintura.

Después de observarlo unos segundos, sin pestañear, el Consejero asintió y una sonrisa cruzó brevemente su cara que, diría cientos de veces el Beatito en los años venideros, fue su consagración. El Consejero señaló un pequeño espacio de tierra libre, a su lado, que parecía reservado para él entre el amontonamiento de cuerpos. El muchacho se acurrucó allí, entendiendo, sin que hicieran falta las palabras, que el Consejero lo consideraba digno de partir con él por los caminos del mundo, a combatir contra el Demonio. Los perros trasnochadores, los vecinos madrugadores de Pombal oyeron mucho rato todavía el llanto del Beatito sin sospechar que sus sollozos eran de felicidad.

Su verdadero nombre no era Galileo Gall, pero era, sí, un combatiente de la libertad, o, como él decía, revolucionario y frenólogo. Dos sentencias de muerte lo acompañaban por el mundo y había pasado en la cárcel cinco de sus cuarenta y seis años. Había nacido a mediados de siglo, en un poblado del sur de Escocia donde su padre ejercía la medicina y había tratado infructuosamente de fundar un cenáculo libertario para propagar las ideas de Proudhon y Bakunin. Como otros niños entre cuentos de hadas, él había crecido oyendo que la propiedad es el origen de todos los males sociales y que el pobre sólo romperá las cadenas de la explotación y el oscurantismo mediante la violencia.

Su padre fue discípulo de un hombre al que consideraba uno de los sabios augustos de su tiempo: Franz Joseph Gall, anatomista, físico y fundador de la ciencia frenológica. En tanto que para otros adeptos de Gall, esta ciencia consistía apenas en creer que el intelecto, el instinto y los sentimientos son órganos situados en la corteza cerebral, y que pueden ser medidos y tocados, para el padre de Galileo esta disciplina significaba la muerte de la religión, el fundamento empírico del materialismo, la prueba de que el espíritu no era lo que sostenía la hechicería filosófica, imponderable e impalpable, sino una dimensión del cuerpo, como los sentidos, e igual que éstos capaz de ser estudiado y tratado clínicamente. El escocés inculcó a su hijo, desde que tuvo uso de razón, este precepto simple: la revolución libertará a la sociedad de sus flagelos y la ciencia al individuo de los suyos. A luchar por ambas metas había dedicado Galileo su existencia.

Como sus ideas disolventes le hacían la vida difícil en Escocia, el padre se instaló en el sur de Francia, donde fue capturado en 1868 por ayudar a los obreros de las hilanderías de Burdeos durante una huelga, y enviado a Cayena. Allí murió. Al año siguiente Galileo fue a prisión acusado de complicidad en el incendio de una iglesia —el cura era lo que más odiaba, después del militar y el banquero—, pero a los pocos meses escapó y estuvo trabajando con un facultativo parisino, antiguo amigo de su padre. En esa época adoptó el nombre de Galileo Gall, a cambio del suyo, demasiado conocido por la policía, y empezó a publicar pequeñas notas políticas y de divulgación científica en un periódico de Lyon: l’Étincelle de la révolte.

Uno de sus orgullos era haber combatido de marzo a mayo de 1871 con los comuneros de París por la libertad del género humano y haber sido testigo del genocidio de treinta mil hombres, mujeres y niños perpetrado por las fuerzas de Thiers. También fue condenado a muerte, pero logró escapar del cuartel antes de la ejecución, con el uniforme de un sargento carcelero, a quien mató. Fue a Barcelona y allí estuvo algunos años estudiando medicina y practicando la frenología junto a Mariano Cubí, un sabio que se preciaba de detectar las inclinaciones y rasgos más secretos de cualquier hombre con sólo pasar sus yemas una vez por su cráneo. Parecía que se iba a recibir de médico cuando su amor a la libertad y el progreso o su vocación aventurera pusieron otra vez en movimiento su vida. Con un puñado de adictos a la Idea asaltó una noche el cuartel de Montjuïc, para desencadenar la tempestad que, creían, conmovería los cimientos de España. Pero alguien los delató y los soldados los recibieron a balazos. Vio caer a sus compañeros peleando, uno a uno; cuando lo capturaron tenía varias heridas. Lo condenaron a muerte, pero, como según la ley española no se da garrote vil a un herido, decidieron curarlo antes de matarlo. Personas amigas e influyentes lo hicieron huir del hospital y lo embarcaron, con papeles falsos, en un barco de carga.

Había recorrido países, continentes, siempre fiel a las ideas de su infancia. Había palpado cráneos amarillos, negros, rojos y blancos y alternado, al azar de las circunstancias, la acción política y la práctica científica, borroneando a lo largo de esa vida de aventuras, cárceles, golpes de mano, reuniones clandestinas, fugas, reveses, cuadernos que corroboraban, enriqueciéndolas de ejemplos, las enseñanzas de sus maestros: su padre, Proudhon, Gall, Bakunin, Spurzheim, Cubí. Había estado preso en Turquía, en Egipto, en Estados Unidos, por atacar el orden social y las ideas religiosas, pero, gracias a su buena estrella y a su desprecio del peligro nunca permaneció mucho tiempo entre rejas.

En 1894 era médico del barco alemán que naufragó en las costas de Bahía y cuyos restos quedarían varados para siempre frente al Fuerte de San Pedro. Hacía apenas seis años que el Brasil había abolido la esclavitud y cinco que había pasado de Imperio a República. Lo fascinó su mezcla de razas y culturas, su efervescencia social y política, el ser una sociedad en la que se codeaban Europa y África y algo más que hasta ahora no conocía. Decidió quedarse. No pudo abrir un consultorio, pues carecía de títulos, de manera que, como lo había hecho en otras partes, se ganó la vida dando clases de idiomas y en quehaceres efímeros. Aunque vagabundeaba por el país, volvía siempre a Salvador, donde solía encontrársele en la Librería Catilina, a la sombra de las palmeras del Mirador de los Afligidos o en las tabernas de marineros de la ciudad baja, explicando a interlocutores de paso que todas las virtudes son compatibles si la razón y no la fe es el eje de la vida, que no Dios sino Satán —el primer rebelde— es el verdadero príncipe de la libertad y que, una vez destruido el viejo orden gracias a la acción revolucionaria, la nueva sociedad florecerá espontáneamente, libre y justa. Aunque había quienes lo escuchaban, las gentes no parecían hacerle mucho caso.

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II

Cuando la sequía de 1877, en los meses de hambruna y epidemias que mataron a la mitad de hombres y animales de la región, el Consejero ya no peregrinaba solo sino acompañado, o, mejor dicho, seguido (él parecía apenas darse cuenta de la estela humana que prolongaba sus huellas) por hombres y mujeres que, algunos tocados en el alma por sus consejos, otros por curiosidad o simple inercia, abandonaban lo que tenían para ir tras él. Unos lo escoltaban un trecho de camino, algunos pocos parecían estar a su lado para siempre. Pese a la sequía, él seguía andando, aunque los campos estuvieran ahora sembrados de osamentas de res que picoteaban los buitres y lo recibieran poblados semivacíos.

Que a lo largo de 1877 dejara de llover, se secaran los ríos y aparecieran en las caatingas innumerables caravanas de retirantes que, llevando en carromatos o sobre los hombros las miserables pertenencias deambulaban en busca de agua y de sustento, no fue tal vez lo más terrible de ese año terrible. Si no, tal vez, los bandoleros y las cobras que erupcionaron los sertones del norte. Siempre había habido gentes que entraban a las haciendas a robar ganado, se tiroteaban con los capangas de los terratenientes y saqueaban aldeas apartadas y a las que periódicamente venían a perseguir las volantes de la policía. Pero, con el hambre, las cuadrillas de bandoleros se multiplicaron como los panes y pescados bíblicos. Caían, voraces y homicidas, en los pueblos ya diezmados por la catástrofe para apoderarse de los últimos comestibles, de enseres y vestimentas, y reventar a tiros a los moradores que se atrevían a enfrentárseles.

Pero al Consejero nunca lo ofendieron de palabra u obra. Se cruzaban con él, en las veredas del desierto, entre los cactos y las piedras bajo un cielo de plomo, o en la intrincada caatinga donde se habían marchitado los matorrales y los troncos comenzaban a cuartearse. Los cangaceiros, diez, veinte hombres armados con todos los instrumentos capaces de cortar, punzar, perforar, arrancar, veían al hombre flaco de hábito morado, que paseaba por ellos un segundo, con su acostumbrada indiferencia, sus ojos helados y obsesivos, y proseguía haciendo las cosas que solía hacer: orar, meditar, andar, aconsejar. Los peregrinos palidecían al ver a los hombres del cangaço y se apiñaban alrededor del Consejero como pollos en torno a la gallina. Los bandoleros, comprobando su extrema pobreza, seguían de largo, pero, a veces, se detenían al reconocer al santo cuyas profecías habían llegado a sus oídos. No lo interrumpían si estaba orando; esperaban que se dignara verlos. Él les hablaba al fin, con esa voz cavernosa que sabía encontrar los atajos del corazón. Les decía cosas que podían entender, verdades en las que podían creer. Que esta calamidad era sin duda el primero de los anuncios de la llegada del Anticristo y de los daños que precederían la resurrección de los muertos y el Juicio Final. Que si querían salvar el alma debían prepararse para las contiendas que se librarían cuando los demonios del Anticristo —que sería el Perro mismo venido a la tierra a reclutar prosélitos— invadieran como mancha de fuego los sertones. Igual que los vaqueros, los peones, los libertos y los esclavos, los cangaceiros reflexionaban. Y algunos de ellos —el cortado Pajeú, el enorme Pedrão y hasta el más sanguinario de todos: João Satán— se arrepentían de sus crímenes, se convertían al bien y lo seguían.

Y, como los bandoleros, lo respetaron las serpientes de cascabel que, asombrosamente y por millares, brotaron en los campos a raíz de la sequía. Largas, resbaladizas, triangulares, contorsionantes, abandonaban sus guaridas, y ellas también se retiraban, como los hombres, y en su fuga mataban niños, terneros, cabras y no vacilaban en ingresar a pleno día a los poblados en pos de sustento. Eran tan numerosas que no había acuanes bastantes para acabar con ellas, y no fue raro ver, en esa época trastornada, serpientes que se comían a esa ave de rapiña en vez de, como antaño, ver al acuán levantando el vuelo con su presa en el pico. Los sertaneros debieron andar día y noche con palos y machetes, y hubo retirantes que llegaron a matar cien crótalos en un solo día. Pero el Consejero no dejó de dormir en el suelo, donde lo sorprendiera la noche. Una tarde, que oyó a sus acompañantes hablando de serpientes, les explicó que no era la primera vez que sucedía. Cuando los hijos de Israel regresaban de Egipto a su país, y se quejaban de las penalidades del desierto, el Padre les envió en castigo una plaga de ofidios. Intercedió Moisés y el Padre le ordenó fabricar una serpiente de bronce a la que bastaba mirar para curarse de la mordedura. ¿Debían hacer ellos lo mismo? No, pues los milagros no se repetían. Pero seguramente el Padre vería con buenos ojos que llevaran, como detente, la cara de Su Hijo. Una mujer de Monte Santo, María Quadrado, cargó desde entonces en una urna un pedazo de tela con la imagen del Buen Jesús pintada por un muchacho de Pombal que, por piadoso, se había ganado el nombre de Beatito. El gesto debió complacer al Padre pues ninguno de los peregrinos fue mordido.

Y también respetaron al Consejero las epidemias que, a consecuencia de la sequía y el hambre, se encarnizaron en los meses y años siguientes contra los que habían conseguido sobrevivir. Las mujeres abortaban a poco de ser embarazadas, los niños perdían los dientes y el pelo, y los adultos, de pronto, comenzaban a escupir y a defecar sangre, se hinchaban de tumores o llagaban con sarpullidos que los hacían revolcarse contra los cascajos como perros sarnosos. El hombre filiforme seguía peregrinando entre la pestilencia y mortandad, imperturbable, invulnerable, como un bajel de avezado piloto que navega hacia buen puerto sorteando tempestades.

¿A qué puerto se dirigía el Consejero tras ese peregrinar incesante? Nadie se lo preguntaba ni él lo decía ni probablemente lo sabía. Iba ahora rodeado por decenas de seguidores que lo habían abandonado todo para consagrarse al espíritu. Durante los meses de la sequía el Consejero y sus discípulos trabajaron sin tregua dando sepultura a los muertos de inanición, peste o angustia que encontraban a la vera de los caminos, cadáveres corruptos y comidos por las bestias y aun por humanos. Fabricaban cajones y cavaban fosas para los hermanos y hermanas. Eran una variopinta colectividad donde se mezclaban razas, lugares, oficios. Había entre ellos encuerados que habían vivido arreando el ganado de los coroneles hacendados; caboclos de pieles rojizas cuyos tatarabuelos indios vivían semidesnudos, comiéndose los corazones de sus enemigos; mamelucos que fueron capataces, hojalateros, herreros, zapateros o carpinteros y mulatos y negros cimarrones huidos de los cañaverales del litoral y del potro, los cepos, los vergazos con salmuera y demás castigos inventados en los ingenios para los esclavos. Y había las mujeres, viejas y jóvenes, sanas o tullidas, que eran siempre las primeras en conmoverse cuando el Consejero, durante el alto nocturno, les hablaba del pecado, de las vilezas del Can o de la bondad de la Virgen. Eran ellas las que zurcían el hábito morado convirtiendo en agujas las espinas de los cardos y en hilo las fibras de las palmeras y las que se ingeniaban para hacerle uno nuevo cuando el viejo se desgarraba en los arbustos, y las que le renovaban las sandalias y se disputaban las viejas para conservar, como reliquias, esas prendas que habían tocado su cuerpo. Eran ellas las que, cada tarde, cuando los hombres habían prendido las fogatas, preparaban el angú de harina de arroz o de maíz o de mandioca dulce con agua y las buchadas de zapallo que sustentaban a los peregrinos. Éstos nunca tuvieron que preocuparse por el alimento, pues eran frugales y recibían dádivas por donde pasaban. De los humildes, que corrían a llevarle al Consejero una gallina o una talega de maíz o quesos recién hechos, y también de los propietarios que, cuando la corte harapienta pernoctaba en las alquerías y, por iniciativa propia y sin cobrar un centavo, limpiaba y barría las capillas de las haciendas, les mandaban con sus sirvientes leche fresca, víveres y, a veces, una cabrita o un chivo.

Había dado ya tantas vueltas, andado y desandado tantas veces por los sertones, subido y bajado tantas chapadas, que todo el mundo lo conocía. También los curas. No había muchos y los que había estaban como perdidos en la inmensidad del sertón y eran, en todo caso, insuficientes para mantener vivas a las abundantes iglesias que eran visitadas por pastores sólo el día del santo del pueblo. Los vicarios de algunos lugares, como Tucano y Cumbe, le permitían hablar a los fieles desde el púlpito y se llevaban bien con él; otros, como los de Entre Ríos e Itapicurú se lo prohibían y lo combatían. En los demás, para retribuirle lo que hacía por las iglesias y los cementerios, o porque su fuerza entre las almas sertaneras era tan grande que no querían indisponerse con sus parroquianos, los vicarios consentían a regañadientes a que, luego de la misa, rezara letanías y predicara en el atrio.

¿Cuándo se enteraron el Consejero y su corte de penitentes que en 1888, allá lejos, en esas ciudades cuyos nombres incluso les sonaban extranjeros —São Paulo, Río de Janeiro, la propia Salvador, capital del Estado— la monarquía había abolido la esclavitud y que la medida provocaba agitación en los ingenios bahianos que, de pronto, se quedaron sin brazos? Sólo meses después de decretada subió a los sertones la noticia, como subían las noticias a esas extremidades del Imperio —demoradas, deformadas y a veces caducas— y las autoridades la hicieron pregonar en las plazas y clavar en la puerta de los municipios.

Y es probable que, al año siguiente, el Consejero y su estela se enteraran con el mismo retraso que la nación a la que sin saberlo pertenecían había dejado de ser Imperio y era ahora República. Nunca llegaron a saber que este acontecimiento no despertó el menor entusiasmo en las viejas autoridades, ni en los ex propietarios de esclavos (seguían siéndolo de cañaverales y rebaños) ni en los profesionales y funcionarios de Bahía que veían en esta mudanza algo así como el tiro de gracia a la ya extinta hegemonía de la ex capital, centro de la vida política y económica del Brasil por doscientos años y ahora nostálgica pariente pobre, que veía desplazarse hacia el sur todo lo que antes era suyo —la prosperidad, el poder, el dinero, los brazos, la historia—, y, aunque lo hubieran sabido, no lo hubieran entendido ni les hubiera importado, pues las preocupaciones del Consejero y los suyos eran otras. Por lo demás ¿qué había cambiado para ellos aparte de algunos nombres? ¿No era este paisaje de tierra reseca y cielo plúmbeo el de siempre? Y a pesar de haber pasado varios años de la sequía ¿no continuaba la región curando sus heridas, llorando a sus muertos, tratando de resucitar los bienes perdidos? ¿Qué había cambiado ahora que había Presidente en vez de emperador en la atormentada tierra del norte? ¿No seguía luchando contra la esterilidad del suelo y la avaricia del agua el labrador para hacer brotar el maíz, el frejol, la papa y la mandioca y para mantener vivos a los cerdos, las gallinas y las cabras? ¿No seguían llenas de ociosos las aldeas y no eran todavía peligrosos los caminos por los bandidos? ¿No había por doquier ejércitos de pordioseros como reminiscencia de los estragos de 1877? ¿No eran los mismos los contadores de fábulas? ¿No seguían, pese a los esfuerzos del Consejero, cayéndose a pedazos las casas del Buen Jesús?

Pero sí, algo cambió con la República. Para mal y confusión del mundo: la Iglesia fue separada del Estado, se estableció la libertad de cultos y se secularizaron los cementerios, de los que ya no se ocuparían las parroquias sino los municipios. En tanto que los vicarios, desconcertados, no sabían qué decir ante esas novedades que la jerarquía se resignaba a aceptar, el Consejero sí lo supo, al instante: eran impiedades inadmisibles para el creyente. Y cuando supo que se había entronizado el matrimonio civil —como si un sacramento creado por Dios no fuera bastante— él sí tuvo la entereza de decir en voz alta, a la hora de los consejos, lo que los párrocos murmuraban: que ese escándalo era obra de protestantes y masones. Como, sin duda, esas otras disposiciones extrañas, sospechosas, de las que se iban enterando por los pueblos: el mapa estadístico, el censo, el sistema métrico decimal. A los aturdidos sertaneros que acudían a preguntarle qué significaba todo eso, el Consejero se lo explicaba, despacio: querían saber el color de la gente para restablecer la esclavitud y devolver a los morenos a sus amos, y su religión para identificar a los católicos cuando comenzaran las persecuciones. Sin alzar la voz, los exhortaba a no responder a semejantes cuestionarios ni a aceptar que el metro y el centímetro sustituyeran a la vara y el palmo.

Una mañana de 1893, al entrar a Natuba, el Consejero y los peregrinos oyeron un zumbido de avispas embravecidas que subía al cielo desde la plaza Matriz, donde los hombres y mujeres se habían congregado para leer o escuchar leer unos edictos recién colados en las tablas. Les iban a cobrar impuestos, la República les quería cobrar impuestos. ¿Y qué eran los impuestos?, preguntaban muchos lugareños. Como los diezmos, les explicaban otros. Igual que, antes, si a un morador le nacían cincuenta gallinas debía dar cinco a la misión y una arroba de cada diez que cosechaba, los edictos establecían que se diera a la República una parte de todo lo que uno heredaba o producía. Los vecinos tenían que declarar en los municipios, ahora autónomos, lo que tenían y lo que ganaban para saber lo que les correspondería pagar. Los perceptores de impuestos incautarían para la República todo lo que hubiera sido ocultado o rebajado de valor.

El instinto animal, el sentido común y siglos de experiencia hicieron comprender a los vecinos que aquello sería tal vez peor que la sequía, que los perceptores de impuestos resultarían más voraces que los buitres y los bandidos. Perplejos, asustados, encolerizados, se codeaban y se comunicaban unos a otros su aprensión y su ira, en voces que, mezcladas, integradas, provocaban esa música beligerante que subía al cielo de Natuba cuando el Consejero y sus desastrados ingresaron al pueblo por la ruta de Cipó. Las gentes rodearon al hombre de morado y le obstruyeron el camino a la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción (recompuesta y pintada por él mismo varias veces en las décadas anteriores) donde se dirigía con sus trancadas de siempre, para contarle las nuevas que él, serio y mirando a través de ellos, apenas pareció escuchar.

Y, sin embargo, instantes después, al tiempo que una suerte de explosión interior ponía sus ojos ígneos, echó a andar, a correr, entre la muchedumbre que se abría a su paso, hacia las tablas con los edictos. Llegó hasta ellas y, sin molestarse en leerlas, las echó abajo, con la cara descompuesta por una indignación que parecía resumir la de todos. Luego pidió, con voz vibrante, que quemaran esas maldades escritas. Y cuando, ante los ojos sorprendidos de los concejales, el pueblo lo hizo y, además, empezó a celebrar, reventando cohetes como en día de feria, y el fuego disolvió en humo los edictos y el susto que provocaron, el Consejero, antes de ir a rezar a la iglesia de la Concepción, dio a los seres de ese apartado rincón una grave primicia: el Anticristo estaba en el mundo y se llamaba República.

—Pitos, sí, señor comisionado —repite, sorprendiéndose una vez más de lo que ha vivido y, sin duda, recordado y contado muchas veces el teniente Pires Ferreira—. Sonaban muy fuertes en la noche. Mejor dicho, en el amanecer.

El hospital de campaña es una barraca de tablas y techo de hojas de palma acondicionada de cualquier manera para albergar a los soldados heridos. Está en las afueras de Joazeiro, cuyas casas y calles paralelas al ancho río San Francisco —encaladas o pintadas de colores— se divisan entre los tabiques, bajo las copas polvorientas de esos árboles que han dado nombre a la ciudad.

—Echamos doce días de aquí a Uauá, que está ya a las puertas de Canudos, todo un éxito —dice el teniente Pires Ferreira—. Mis hombres se caían de fatiga, así que decidí acampar allí. Y, a las pocas horas, nos despertaron los pitos.

Hay dieciséis heridos, tumbados en hamacas, en filas que se miran: toscos vendajes, cabezas, brazos y piernas manchados de sangre, cuerpos desnudos y semidesnudos, pantalones y guerreras en hilachas. Un médico de batín blanco, recién llegado, pasa revista a los heridos, seguido por un enfermero que carga un botiquín. La apariencia saludable, ciudadana, del médico contrasta con las caras derrotadas y los pelos apelmazados de sudor de los soldados. Al fondo de la barraca, una voz angustiada habla de confesión.

—¿No puso usted centinelas? ¿No se le ocurrió que podían sorprenderlos, teniente?

—Había cuatro centinelas, señor comisionado —replica Pires Ferreira, mostrando cuatro dedos enérgicos—. No nos sorprendieron. Cuando escuchamos los pitos, la compañía entera se levantó y se preparó para el combate —baja la voz—: Pero no vimos llegar al enemigo sino a una procesión.

Por una esquina de la barraca hospital, a la orilla del río surcado por barcas cargadas de sandías, se distingue el pequeño campamento, donde se halla el resto de la tropa: soldados tumbados a la sombra de unos árboles, fusiles alineados en grupos de a cuatro, tiendas de campaña. Pasa, ruidosa, una bandada de loros.

—¿Una procesión religiosa, teniente? —pregunta la vocecita nasal, intrusa, sorpresiva.

El oficial echa un vistazo al que le ha hablado y asiente:

—Venían por el rumbo de Canudos —explica, dirigiéndose siempre al comisionado—. Eran quinientos, seiscientos, quizá mil.

El comisionado alza las manos y su adjunto mueve la cabeza, también incrédulo. Son, salta a la vista, gente de la ciudad. Han llegado a Joazeiro esa misma mañana en el tren de Salvador y están aún aturdidos y magullados por el traqueteo, incómodos en sus sacones de anchas mangas, en los bolsudos pantalones y botas que ya se han ensuciado, acalorados, seguramente disgustados de estar allí, rodeados de carne herida, de pestilencia, y de tener que investigar una derrota. Mientras hablan con el teniente Pires Ferreira van de hamaca en hamaca y el comisionado, hombre adusto, se inclina a veces a dar una palmada a los heridos. Él sólo escucha lo que dice el teniente, pero su adjunto toma notas, igual que el otro recién llegado, el de la vocecita resfriada, el que estornuda con frecuencia.

—¿Quinientos, mil? —dice el comisionado con sarcasmo—. La denuncia del barón de Cañabrava llegó a mi despacho y la conozco, teniente. Los invasores de Canudos, incluidas las mujeres y criaturas, fueron doscientos. El barón debe saberlo, es el dueño de la hacienda.

—Eran mil, miles —murmura el herido de la hamaca más próxima, un mulato de piel clara y pelos crespos, con el hombro vendado—. Se lo juro, señor.

El teniente Pires Ferreira lo hace callar con un movimiento tan brusco que roza la pierna del herido que tiene a su espalda y el hombre ruge de dolor. El teniente es joven, más bien bajo, de bigotitos recortados como los usan los petimetres que, allá, en Salvador, se reúnen en las confiterías de la rua de Chile a la hora del té. Pero la fatiga, la frustración, los nervios han rodeado ahora ese bigotito francés de ojeras violáceas, piel lívida y una mueca. Está sin afeitar, con los cabellos revueltos, el uniforme desgarrado y el brazo derecho en cabestrillo. Al fondo, la voz incoherente sigue hablando de confesión y santos óleos.

Pires Ferreira se vuelve hacia el comisionado:

—De niño viví en una hacienda, aprendí a contar a los rebaños de un vistazo —murmura—. No estoy exagerando. Había más de quinientos, y, quizá, mil.

—Traían una cruz de madera, enorme, y una bandera del Divino Espíritu Santo —agrega alguien, desde una hamaca.

Y, antes que el teniente pueda atajarlos, otros se atropellan, contando: traían también imágenes de santos, rosarios, todos soplaban esos pitos o cantaban Kyrie Eleisons y vitoreaban a san Juan Bautista, a la Virgen María, al Buen Jesús y al Consejero. Se han incorporado en las hamacas y se disputan la palabra hasta que el teniente les ordena callar.

—Y, de pronto, se nos echaron encima —prosigue, en medio del silencio—. Parecían tan pacíficos, parecían una procesión de Semana Santa, ¿cómo iba a atacarlos? Y, de repente, empezaron a dar mueras y a disparar a quemarropa. Éramos uno contra ocho, contra diez.

—¿A dar mueras? —lo interrumpe la vocecita impertinente.

—Mueras a la República —dice el teniente Pires Ferreira—. Mueras al Anticristo —se dirige de nuevo al comisionado—: No tengo nada que reprocharme. Los hombres pelearon como bravos. Resistimos más de cuatro horas, señor. Sólo ordené la retirada cuando nos quedamos sin munición. Ya sabe usted los problemas que tuvimos con los Mánnlichers. Gracias a la disciplina de los soldados pudimos llegar hasta aquí en sólo diez días.

—La venida fue más rápida que la ida —gruñe el comisionado.

—Vengan, vengan, vean esto —los llama el médico del batín blanco, desde una esquina.

El grupo de civiles y el teniente cruzan las hamacas para llegar hasta él. Bajo el batín, el médico lleva uniforme militar, color azul añil. Ha retirado el vendaje de un soldado aindiado, que se tuerce de dolor, y está mirando con interés el vientre del hombre. Se los señala como algo precioso: junto a la ingle, hay una boca purulenta del tamaño de un puño, con sangre coagulada en los bordes y carne que late.

—¡Una bala explosiva! —exclama el médico, con entusiasmo, espolvoreando la piel tumefacta con un polvillo blanco—. Al penetrar en el cuerpo, estalla como el shrapnel, destruye los tejidos y provoca este orificio. Sólo lo había visto en los manuales del Ejército inglés. ¿Cómo es posible que esos pobres diablos dispongan de armas tan modernas? Ni el Ejército brasileño las tiene.

—¿Lo ve, señor comisionado? —dice el teniente Pires Ferreira, con aire triunfante—. Estaban armados hasta los dientes. Tenían fusiles, carabinas, espingardas, machetes, puñales, porras. En cambio, nuestros Mánnlichers se atoraban y...

Pero el que delira sobre la confesión y los santos óleos ahora da gritos y habla de imágenes sagradas, de la bandera del Divino, de los pitos. No parece herido; está amarrado a una estaca, con el uniforme mejor conservado que el del teniente. Cuando ve acercarse al médico y al grupo de civiles les implora, con ojos llorosos:

—¡Confesión, señores! ¡Se lo pido! ¡Se lo pido!

—¿Es el médico de su compañía, el doctor Antonio Alves de Santos? —pregunta el médico del batín—. ¿Por qué lo tiene usted amarrado?

—Ha intentado matarse, señor —balbucea Pires Ferreira—. Se disparó un tiro y, de milagro, alcancé a desviarle la mano. Está así desde el combate en Uauá, no sabía qué hacer con él. En vez de ser una ayuda, se convirtió en un problema más, sobre todo durante la retirada.

—Apártense, señores —dice el médico del batín—. Déjenme solo con él, yo lo calmaré.

Cuando el teniente y los civiles le obedecen, vuelve a oírse la vocecita nasal, inquisitiva, perentoria, del hombre que ha interrumpido varias veces las explicaciones:

—¿Cuántos muertos y heridos en total, teniente? En su compañía y entre los bandidos.

—Diez muertos y dieciséis heridos entre mis hombres —responde Pires Ferreira, con un gesto impaciente—. El enemigo tuvo un centenar de bajas, por lo menos. Todo eso está en el informe que les he entregado, señor.

—No soy de la comisión, sino del Jornal de Notícias, de Bahía —dice el hombre.

Es distinto a los funcionarios y al médico del batín blanco con los que ha venido. Joven, miope, con anteojos espesos. No toma notas con un lápiz sino con una pluma de ganso. Viste un pantalón descosido, una casaca blancuzca, una gorrita con visera y toda su ropa resulta postiza, equivocada, en su figura sin garbo. Sostiene un tablero en el que hay varias hojas de papel y moja la pluma de ganso en un tintero, prendido en la manga de su casaca, cuya tapa es un corcho de botella. Su aspecto es, casi, el de un espantapájaros.

—He viajado seiscientos kilómetros sólo para hacerle estas preguntas, teniente Pires Ferreira —dice. Y estornuda.

João Grande nació cerca del mar, en un ingenio del Reconcavo, cuyo dueño, el caballero Adalberto de Gumucio, era gran aficionado a los caballos. Se preciaba de tener los alazanes más briosos y las yeguas de tobillos más finos de Bahía y de haber logrado estos especímenes sin necesidad de sementales ingleses, mediante sabios apareamientos que él mismo vigilaba. Se preciaba menos (en público) de haber conseguido lo mismo con los esclavos de la senzala, para no remover las aguas turbias de las disputas que esto le había traído con la Iglesia y con el propio barón de Cañabrava, pero lo cierto era que con los esclavos había procedido ni más ni menos que con los caballos. Su proceder era dictado por el ojo y la inspiración. Consistía en seleccionar a las negritas más ágiles y mejor formadas y en amancebarlas con los negros que, por su armonía de rasgos y nitidez de color, él llamaba más puros. Las mejores parejas recibían alimentación especial y privilegios de trabajo a fin de que estuvieran en condiciones de fecundar muchas veces. El capellán, los misioneros y la jerarquía de Salvador habían amonestado repetidas veces al caballero por barajar de este modo a los negros, «haciéndolos vivir en bestialidad», pero, en vez de poner fin a esas prácticas, las reprimendas sólo las hicieron más discretas.

João Grande fue el resultado de una de esas combinaciones que llevaba a cabo ese hacendado de gustos perfeccionistas. En su caso, sin duda, nació un magnífico producto. El niño tenía unos ojos muy vivos y unos dientes que, cuando reía, llenaban de luz su cara redonda, de color azulado parejo. Era rollizo, gracioso, juguetón, y su madre —una bella mujer que paría cada nueve meses— imaginó para él un futuro excepcional. No se equivocó. El caballero Gumucio se encariñó con él cuando aún gateaba y lo sacó de la senzala para llevarlo a la casa grande —construcción rectangular, de tejado de cuatro aguas, con columnas toscanas y barandales de madera desde los que se dominaban los cañaverales, la capilla neoclásica, la fábrica donde se molía la caña, el alambique y una avenida de palmeras imperiales— pensando que podía ser paje de sus hijas y, más tarde, mayordomo o conductor de carroza. No quería que se estropeara precozmente, como ocurría a menudo con los niños dedicados a la roza, el plante y la zafra.

Pero quien se apropió de João Grande fue la señorita Adelinha Isabel de Gumucio, hermana soltera del caballero, que vivía con él. Era delgadita, menuda, con una naricilla que parecía estar olisqueando los olores feos del mundo, y dedicaba el tiempo a tejer cofias, mantones, a bordar manteles, colchas y blusas o a preparar dulces, quehaceres para los que estaba dotada. Pero la mayoría de las veces, los bollos con crema, las tortas de almendra, los merengues con chocolate, los mazapanes esponjosos que hacían las delicias de sus sobrinos, de su cuñada y de su hermano ella ni los probaba. La señorita Adelinha quedó prendada de João Grande desde el día que lo vio trepándose al depósito del agua. Asustada al ver a dos metros del suelo a un niño que apenas podía tenerse de pie, le ordenó que bajara, pero João siguió subiendo la escalerilla. Cuando la señorita llamó a un criado, el niño ya había llegado al borde y caído al agua. Lo sacaron vomitando, con los ojos redondeados por el susto. Adelinha lo desnudó, lo arropó y lo tuvo en brazos hasta que se quedó dormido.

Poco después, la hermana del caballero Gumucio instaló a João en su cuarto, en una de las cunas que habían usado sus sobrinas, y lo hizo dormir a su lado, como otras damas a sus mucamas de confianza y a sus perritos falderos. João fue desde entonces un privilegiado. Adelinha lo tenía siempre enfundado en unos mamelucos azul marino, rojo sangre o amarillo oro que le cosía ella misma. La acompañaba cada tarde al promontorio desde el cual se veían las islas y el sol del crepúsculo, incendiándolas, y cuando hacía visitas y recorridos de beneficencia por los caseríos. Los domingos, iba con ella a la iglesia, llevándole el reclinatorio. La señorita le enseñó a sujetar las madejas para que ella escarmenara la lana, a cambiar los carretes del telar, a combinar los tintes y enhebrar las agujas, así como a servirle de amanuense en la cocina. Medían juntos el tiempo de las cocciones rezando en voz alta los credos y padrenuestros que las recetas prescribían. Ella en persona lo preparó para la primera comunión, comulgó con él y le hizo un chocolate opíparo para festejar el acontecimiento.

Pero, contrariamente a lo que hubiera debido ocurrir con un niño crecido entre paredes revestidas de papel pintado, mobiliario de jacarandá forrado de damasco y sedas y armarios repletos de cristales, a la sombra de una mujer delicada y consagrado a actividades femeninas, João Grande no se convirtió en un ser suave, doméstico, como les ocurría a los esclavos caseros. Fue desde niño descomunalmente fuerte, tanto que, pese a tener la edad de João Meninho, el hijo de la cocinera, parecía llevarle varios años. Era brutal en sus juegos y la señorita solía decir, con pena: «No está hecho para la vida civilizada. Extraña el bosque». Porque el muchacho vivía al acecho de cualquier ocasión para salir al campo a trotar. Una vez que cruzaban los cañaverales, al verlo mirar con codicia a los negros que, medio desnudos y con machetes, trabajaban entre las hojas verdes, la señorita le comentó: «Parece que los envidiaras». Él repuso: «Sí, ama, los envidio». Tiempo después, el caballero Gumucio le hizo poner un brazalete de luto y lo mandó a las cuadras del ingenio para asistir al entierro de su madre. João no sintió mayor emoción, pues la había visto muy poco. Estuvo vagamente incómodo a lo largo de la ceremonia, bajo una enramada de paja, y en el desfile al cementerio, rodeado de negras y negros que lo miraban sin disimular su envidia o su desprecio por sus bombachas, su blusa a listas y sus zapatones, que contrastaban tanto con sus camisolas de brin y sus pies descalzos. Nunca se mostró afectuoso con su ama, lo que había hecho pensar a la familia Gumucio que era, tal vez, uno de esos rústicos sin sentimientos, capaces de escupir en la mano que les daba de comer. Pero ni siquiera este antecedente les podía haber hecho sospechar que João Grande fuera capaz de hacer lo que hizo.

Ocurrió durante el viaje de la señorita Adelinha al Convento de la Encarnación, donde hacía retiro todos los años. João Meninho conducía el coche tirado por dos caballos y João Grande iba junto a él en el pescante. El viaje tomaba unas ocho horas; salían de la hacienda al amanecer para llegar al convento a media tarde. Pero, dos días después, las monjas enviaron un propio a preguntar por qué la señorita Adelinha no había llegado en la fecha prevista. El caballero Gumucio dirigió las búsquedas de policías bahianos y de siervos de la hacienda, que, durante un mes, cruzaron la región en todas direcciones, interrogando a medio mundo. La ruta entre el convento y la hacienda fue explorada minuciosamente sin encontrar el menor rastro del coche, sus ocupantes o los caballos. Parecía que, como en las historias fantásticas de los troveros, se hubieran elevado y desaparecido por los aires.

La verdad comenzó a saberse meses más tarde, cuando un juez de huérfanos de Salvador descubrió, en el coche de ocasión que había comprado a un mercader de la ciudad alta, disimulado con pintura, el anagrama de la familia Gumucio. El mercader confesó que había adquirido el coche en una aldea de cafusos, sabiendo que era robado, pero sin imaginar que los ladrones podían también ser asesinos. El propio barón de Cañabrava ofreció un precio muy alto por las cabezas de João Meninho y João Grande, y el caballero Gumucio imploró que fueran capturados vivos. Una partida de bandoleros, que operaba en los sertones, entregó a João Meninho a la policía, a cambio de la recompensa. El hijo de la cocinera estaba irreconocible de sucio y greñudo cuando le dieron tormento para hacerlo hablar.

Juró que no había sido algo planeado por él sino por el Demonio posesionado de su compañero de infancia. Él conducía el coche, silbando entre dientes, pensando en los dulces del Convento de la Encarnación y, de pronto, João Grande le ordenó frenar. Cuando la señorita Adelinha preguntaba por qué paraban, João Meninho vio a su compañero golpearla en la cara con tanta fuerza que la desmayó, arrebatarle las riendas y espolear a los caballos hasta el promontorio donde el ama subía a ver las islas. Allí, con una decisión tal que João Meninho, pasmado, no se había atrevido a enfrentársele, João Grande sometió a la señorita Adelinha a mil maldades. La desnudó y se reía de ella, que, temblando, se cubría con una mano los pechos y con la otra el sexo, y la había hecho corretear de un lado a otro, tratando de esquivar sus pedradas, a la vez que la insultaba con los insultos más abominables que el Meninho había oído. Súbitamente, le clavó un puñal en el estómago y, ya muerta, se encarnizó con ella cortándole los pechos y la cabeza. Luego, acezando, empapado de sudor, se quedó dormido junto a la sangría. João Meninho sentía tanto terror que las piernas no le dieron para huir.

Cuando João Grande despertó, rato después, estaba tranquilo. Miró con indiferencia la carnicería que los rodeaba. Luego, ordenó al Meninho que lo ayudara a cavar una tumba, donde enterraron los pedazos de la señorita. Habían esperado que oscureciera para huir, y así se fueron alejando del lugar del crimen; escondían el coche de día en alguna cueva, ramaje o quebrada y cabalgaban de noche, con la única idea clara de que debían avanzar en dirección opuesta al mar. Cuando consiguieron vender el coche y los caballos, compraron provisiones con las que se metieron tierra adentro, con la esperanza de sumarse a esos grupos de cimarrones que, según las leyendas, pululaban entre las caatingas. Vivían a salto de mata, evitando los pueblos y comiendo de la mendicidad o de pequeños latrocinios. Sólo una vez intentó João Meninho hacer hablar a João Grande de lo sucedido. Estaban tumbados bajo un árbol, fumando de un tabaco, y, en un arranque de audacia, le preguntó a boca de jarro: «¿Por qué mataste al ama?». «Porque tengo al Perro en el cuerpo», contestó en el acto João Grande. «No me hables más de eso.» El Meninho pensó que su compañero le había dicho la verdad.

Su compañero de infancia le inspiraba un miedo creciente, pues, desde el asesinato del ama, lo desconocía cada vez más. Casi no dialogaba con él y, en cambio, continuamente lo sorprendía hablando solo, en voz baja, con los ojos inyectados de sangre. Una noche lo oyó llamar al Diablo «padre» y pedirle que viniera a ayudarlo. «¿Acaso no he hecho ya bastante, padre?», balbuceaba, retorciéndose. «¿Qué más quieres que haga?» Se convenció que João había hecho pacto con el Maligno y temió que, para seguir haciendo méritos, lo sacrificara a él como había hecho con la señorita. Decidió adelantársele. Lo planeó todo, pero la noche en que se le acercó reptando, con el cuchillo listo para hundírselo, temblaba tanto que João Grande abrió los ojos antes de que él hiciera nada. Lo vio inclinado sobre su cuerpo, con la hoja bailando, en actitud inequívoca. No se inmutó. «Mátame, Meninho», le oyó decir. Salió corriendo, sintiendo que lo perseguían los diablos.

El Meninho fue ahorcado en la prisión de Salvador y los despojos de la señorita Adelinha fueron trasladados a la capilla neoclásica de la hacienda, pero su victimario no fue hallado, pese a que, periódicamente, la familia Gumucio elevaba el precio por su captura. Y, sin embargo, desde la fuga del Meninho João Grande no se ocultaba. Gigantesco, semidesnudo, miserable, comiendo lo que caía en sus trampas o sus manos cogían de los árboles, andaba por los caminos como un alma en pena. Cruzaba las aldeas a plena luz, pidiendo comida, y el sufrimiento de su cara impresionaba a las gentes que solían echarle algunas sobras.

Un día encontró en una encrucijada de senderos, en las afueras de Pombal, a un puñado de gentes que escuchaban las palabras que les decía un hombre magro, envuelto en una túnica morada, cuyos cabellos le barrían los hombros y cuyos ojos parecían brasas. Hablaba del Diablo, precisamente, al que llamaba Lucifer, Perro, Can y Belcebú, de las catástrofes y crímenes que causaba en el mundo y de lo que debían hacer los hombres que querían salvarse. Su voz era persuasiva, llegaba al alma sin pasar por la cabeza, e incluso a un ser abrumado por la confusión, como él, le parecía un bálsamo que suturaba viejas y atroces heridas. Inmóvil, sin pestañear, João Grande lo estuvo escuchando, conmovido hasta los huesos por lo que oía y por la música con que venía dicho lo que oía. La figura del santo se le velaba a ratos por las lágrimas que acudían a sus ojos. Cuando el hombre reanudó su camino, se puso a seguirlo a distancia, como un animal tímido.

Un y un médico fueron las personas que llegaron a conocer más a Galileo Gall en la ciudad de San Salvador de Bahía de Todos los Santos (llamada, simplemente, Bahía o Salvador), y las primeras en explicarle el país, aunque ninguna de ellas hubiera compartido las opiniones sobre el Brasil que el revolucionario vertía en sus cartas a l’Étincelle de la révolte (frecuentes en esa época). La primera, escrita a la semana del naufragio, hablaba de Bahía: «Calidoscopio donde un hombre con noción de la historia ve coexistir las lacras que han envilecido las distintas etapas de la humanidad». La carta se refería a la esclavitud, que, aunque abolida, existía de facto, pues, para no morirse de hambre, muchos negros libertos habían vuelto a implorar a sus amos que los recibieran. Éstos sólo contrataban —por salarios ruines— a los brazos útiles, de modo que las calles de Bahía, en palabras de Gall, «hierven de ancianos, enfermos y miserables que mendigan o roban y de prostitutas que recuerdan Alejandría y Argel, los puertos más degradados del planeta».

La segunda carta, de dos meses más tarde, sobre «el contubernio del oscurantismo y la explotación», describía el desfile dominical de las familias pudientes, dirigiéndose a oír misa a la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de la Playa, con sirvientes que cargaban reclinatorios, velas, misales y sombrillas para que el sol no dañara las mejillas de las damas; «éstas», decía Gall, «como los funcionarios ingleses de las colonias, han hecho de la blancura un paradigma, la quintaesencia de la belleza». Pero el frenólogo explicó a sus camaradas de Lyon, en un artículo posterior, que, pese a los prejuicios, los descendientes de portugueses, indios y africanos se habían mezclado bastante en esta tierra y producido una abigarrada variedad de mestizos: mulatos, mamelucos, cafusos, caboclos, curibocas. Y añadía: «Vale decir, otros tantos desafíos para la ciencia». Estos tipos humanos y los europeos varados por una u otra razón en sus orillas, daban a Bahía una atmósfera cosmopolita y variopinta.

Fue entre esos extranjeros que Galileo Gall —entonces apenas chapurreaba portugués— tuvo su primer conocido. Vivió al principio en el Hotel des Étrangers, en Campo Grande, pero luego que trabó relación con el viejo Jan van Rijsted, éste le cedió un desván con un catre y una mesa, en los altos de la Librería Catilina, donde vivía, y le consiguió clases particulares de francés e inglés para que se costeara la comida. Van Rijsted era de origen holandés, nacido en Olinda, y había traficado en cacao, sedas, especias, tabaco, alcohol y armas entre Europa, África y América desde los catorce años (sin haber ido a la cárcel ni una vez). No era rico por culpa de sus asociados —mercaderes, armadores, capitanes de barco— que le habían robado buena parte de sus tráficos. Gall estaba convencido que los bandidos, grandes criminales o simples raterillos, luchaban también contra el enemigo —el Estado— y, aunque a ciegas, roían los cimientos de la propiedad. Esto facilitó su amistad con el ex bribón. Ex, pues estaba retirado de las fechorías. Era soltero, pero había vivido con una muchacha de ojos árabes, treinta años menor que él, de sangre egipcia o marroquí, de la que se había prendado en Marsella. Se la trajo a Bahía y le puso una quinta en la ciudad alta, que decoró gastando una fortuna para hacerla feliz. A la vuelta de uno de sus viajes, encontró que la bella había volado, después de rematar todo lo que la casa contenía, llevándose la pequeña caja fuerte en la que Van Rijsted escondía algo de oro y unas piedras preciosas. Refirió a Gall estos detalles mientras caminaban frente al muelle, viendo el mar y los veleros, pasando del inglés al francés y al portugués, en un tono negligente que el revolucionario apreció. Jan vivía ahora de una renta que, según él, le permitiría beber y comer hasta su muerte, a condición de que ésta no tardase.

El holandés, hombre inculto pero curioso, escuchaba con deferencia las teorías de Galileo sobre la libertad y las formas del cráneo como síntoma de la conducta, aunque se permitía disentir cuando el escocés le aseguraba que el amor de la pareja era una tara y germen de infelicidad. La quinta carta de Gall a l’Étincelle de la révolte fue sobre la superstición, es decir la iglesia del Senhor de Bonfim, que los romeros tenían cuajada de exvotos, con piernas, manos, brazos, cabezas, pechos y ojos de madera y de cristal, que pedían o agradecían milagros. La sexta, sobre el advenimiento de la República, que en la aristocrática Bahía había significado sólo el cambio de algunos nombres. En la siguiente, homenajeaba a cuatro mulatos —los sastres Lucas Dantas, Luis Gonzaga de las Vírgenes, Juan de Dios y Manuel Faustino— que, un siglo atrás, inspirados por la Revolución Francesa, se conjuraron para destruir la monarquía y establecer una sociedad igualitaria de negros, pardos y blancos. Jan van Rijsted llevó a Galileo a la placita donde los artesanos fueron ahorcados y descuartizados y, sorprendido, lo vio depositar allí unas flores.

Entre los estantes de la Librería Catilina conoció Galileo Gall, un día, al doctor José Bautista de Sá Oliveira, médico ya anciano, autor de un libro que le había interesado: Craneometría comparada de las especies humanas de Bahía, desde el punto de vista evolucionista y médico-legal. El anciano, que había estado en Italia y conocido a Cesare Lombroso, cuyas teorías lo sedujeron, quedó feliz de tener por lo menos un lector para ese libro que había publicado con su dinero y que sus colegas consideraban extravagante. Sorprendido por los conocimientos médicos de Gall —aunque, siempre, desconcertado y, a menudo, escandalizado con sus opiniones—, el doctor Oliveira encontró un interlocutor en el escocés, con quien pasaba a veces horas discutiendo fogosamente sobre el psiquismo de la persona criminal, la herencia biológica o la universidad, institución de la que Gall despotricaba, considerándola responsable de la división entre el trabajo físico y el intelectual y causante, por eso, de peores desigualdades sociales que la aristocracia y la plutocracia. El doctor Oliveira recibía a Gall en su consultorio y alguna vez le encargaba una sangría o una purga.

Aunque lo frecuentaban y, quizás, estimaban, ni Van Rijsted ni el doctor Oliveira tenían la impresión de conocer realmente a ese hombre de cabellos y barbita rojiza, mal vestido de negro, que, pese a sus ideas, parecía llevar una vida sosegada: dormir hasta tarde, dar lecciones de idiomas por las casas, caminar incansablemente por la ciudad, o permanecer en su desván leyendo y escribiendo. A veces desaparecía por varias semanas sin dar aviso y, al reaparecer, se enteraban que había hecho largos viajes por el Brasil, en las condiciones más precarias. Nunca les hablaba de su pasado ni de sus planes y como, cuando lo interrogaban sobre estos asuntos, les respondía vaguedades, ambos se conformaron con aceptarlo tal como era o parecía ser: solitario, exótico, enigmático, original, de palabras e ideas incendiarias pero de conducta inofensiva.

A los dos años, Galileo Gall hablaba con soltura el portugués y había enviado varias cartas más a l’Étincelle de la révolte. La octava, sobre los castigos corporales que había visto impartir a los siervos en patios y calles de la ciudad, y la novena sobre los instrumentos de tortura usados en tiempos de la esclavitud: el potro, el cepo, el collar de cadenas o gargalheira, las bolas de metal y los infantes, anillos que trituraban los pulgares. La décima, sobre el Pelourinho, patíbulo de la ciudad, donde aún se azotaba a los infractores de la ley (Gall los llamaba «hermanos») con un chicote de cuero crudo que se ofrecía en los almacenes con un sobrenombre marino: el bacalao.

Recorría tanto, de día y de noche, los vericuetos de Salvador, que se lo hubiera podido tomar por un enamorado de la ciudad. Pero Galileo Gall no se interesaba en la belleza de Bahía sino en el espectáculo que nunca había dejado de sublevarlo: la injusticia. Aquí, explicaba en sus cartas a Lyon, a diferencia de Europa, no había barrios residenciales: «Las casuchas de los miserables colindan con los palacios de azulejos de los propietarios de ingenios y las calles están atestadas, desde la sequía de hace tres lustros que empujó hasta aquí millares de refugiados de las tierras altas, con niños que parecen viejos y viejos que parecen niños y mujeres que son palos de escoba, y entre los cuales un científico puede identificar todas las variantes del mal físico, desde las benignas hasta las atroces: la fiebre biliosa, el beriberi, la anasarca, la disentería, la viruela». «Cualquier revolucionario que sienta vacilar sus convicciones sobre la gran revolución», decía una de sus cartas, «debería echar un vistazo a lo que yo veo en Salvador: entonces, no dudaría».

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III

Cuando, semanas después, se supo en Salvador que en una aldea remota llamada Natuba los edictos de la flamante República sobre los nuevos impuestos habían sido quemados, la Gobernación decidió enviar una fuerza de la Policía Bahiana a prender a los revoltosos. Treinta guardias, uniformados de azul y verde, con quepis en los que la República aún no había cambiado los emblemas monárquicos, emprendieron, primero en ferrocarril y luego a pie, la azarosa travesía hacia ese lugar que, para todos ellos, era un nombre en el mapa. El Consejero no estaba en Natuba. Los sudorosos policías interrogaron a concejales y vecinos antes de partir en busca de ese sedicioso cuyo nombre, apodo y leyenda llevarían hasta el litoral y propagarían por las calles de Bahía. Guiados por un rastreador de la región, azul verdosos en la radiante mañana, se perdieron tras los montes del camino de Cumbe.

Otra semana estuvieron subiendo y bajando por una tierra rojiza, arenosa, con caatingas de espinosos mandacarús y famélicos rebaños de ovejas que escarbaban en la hojarasca, tras la pista del Consejero. Todos lo habían visto pasar, el domingo había orado en esa iglesia, predicado en aquella plaza, dormido junto a esas rocas. Lo encontraron por fin a siete leguas de Tucano, en un poblado de cabañas de adobe y tejas que se llamaba

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