Dramatis Personae
Los personajes marcados con un asterisco (*) son completamente ficticios. El resto corresponde a personas cuya existencia real ha sido documentada.
Los Borja/Borgia
Roderic de Borja i Borja/Rodrigo Borgia (1431-1503). Obispo y arzobispo de Valencia, cardenal, vicecanciller de la Iglesia y papa de 1492 a 1503 con el nombre de Alejandro VI.
Violant de Castellvert/Vannozza di Cattanei (1442-1518). Nuera de Joana de Borja (hermana del papa Alejandro) y viuda de Guillem Ramon Llançol de Romaní. Ya en Roma, se casó con Giorgio della Croce y más tarde con Carlo Canale di Cattanei. Madre de Joan, César, Lucrecia y Jofré Borgia.
Joan Borgia y Castellvert/Cattanei (1472-1497). Gonfaloniero y capitán general de la Iglesia (de octubre de 1496 a junio de 1497), II duque de Gandía y Benevento y señor de Terracina y Pontecorvo. Casado con María Enríquez de Luna (1474-1539), prima del rey Fernando el Católico. De este matrimonio desciende la rama de Gandía que dará once duques Borja hasta 1740 y, entre ellos, san Francisco de Borja (1510-1572), nieto de Joan Borgia.
César Borgia y Castellvert/Cattanei (1474-1507). Obispo de Pamplona, arzobispo de Valencia, cardenal de Santa Maria Nuova, duque de Valentinois, la Romaña y Urbino, conde de Dyois e Imola y señor de Camerino y Forlì. Gonfaloniero, capitán general de la Iglesia y generalísimo de las armas navarras.
Lucrecia Borgia y Castellvert/Cattanei (1478-1519). Condesa de Pésaro, princesa de Salerno y duquesa de Ferrara, Módena y Reggio. Casada con Giovanni Sforza (1493), con Alfonso d’Aragona (1498) y con Alfonso d’Este (1501).
Jofré Borgia y Castellvert/Cattanei (1481-1516). Príncipe de Esquilache. Casado con Sancha d’Aragona, hija bastarda del rey Alfonso I de Nápoles.
Giovanni Borgia, Infans romanus (1498-1547). Hijo de Lucrecia Borgia y Pedro Calderón, conocido como Perotto. En 1501, en dos bulas distintas, será reconocido como hijo de César primero y del propio papa Alejandro VI después, y nombrado duque de Nepi, Palestrina y Camerino. Algunos autores aseguran que fue el tatarabuelo del papa Inocencio X.
Rodrigo d’Aragona e Borgia (1499-1512). Hijo de Lucrecia Borgia y Alfonso d’Aragona. Príncipe heredero de Salerno y duque de Sermoneta.
Francesc de Borja i Navarro d’Alpicat (1432-1511). Hijo natural del papa Calixto III y primo hermano del papa Alejandro VI. Fue arzobispo de Cosenza, tesorero general de la Santa Sede, cardenal presbítero de Santa Cecilia y camarlengo del Colegio Cardenalicio.
Joan de Borja i Llançol de Romaní, el Mayor (1446-1503). Arzobispo de Monreale (Sicilia), patriarca latino de Constantinopla, cardenal presbítero de Santa Susana y sobrino del papa Alejandro VI.
Roderic de Borja i Llançol de Romaní (1475-1525). Hijo del arzobispo de Monreale y capitán de la Guardia Pontificia.
Joan de Borja i Llançol de Romaní, el Menor (1474-1500). Sobrino nieto del papa Alejandro VI y primo de César Borgia, a quien sucedió como arzobispo de Valencia y cardenal de Santa Maria in Via Lata.
Pere-Lluís de Borja i Llançol de Romaní, Ludovico Borgia (14721511). Sobrino nieto del papa Alejandro VI y también primo de César Borgia. Gobernador de Espoleto y cardenal presbítero de San Marcelo. Sucedió a su hermano Joan de Borja el Menor en el Arzobispado de Valencia en 1500 y como cardenal de Santa Maria in Via Lata.
Ramiro de Lorca (1452-1502). Caballero murciano a sueldo de los Borgia desde la década de 1480. Gobernador de la Romaña.
Gaspar Torrella (1452-1520). Obispo de Santa Giusta (Cerdeña) y médico personal del papa Alejandro VI primero y de César Borgia después. Autor del primer libro sobre el tratamiento de la sífilis.
Joan de Vera (1453-1507). Preceptor de César Borgia, arzobispo de Salerno y cardenal de Santa Balbina.
Agapito Gherardi de Amelia (1460-1515). Obispo de Sisporno y secretario personal de César Borgia.
Francesc de Remolins (1462-1518). Obispo auxiliar de Lérida, arzobispo de Sorrento, gobernador de Roma y cardenal presbítero de San Juan y San Pablo.
Antonio María Ciocchi del Monte (1462-1533). Jurista y obispo de Città di Castello, nombrado gobernador de la Romaña por César Borgia y destituido de su cargo por el papa Julio II, que, no obstante, le nombró cardenal diez años después.
Miquel de Corella i Feliu (1467-1508). Señor de Montegridolfo, gobernador de Piombino y la isla de Elba y capitán de Florencia y la Romaña. Verdugo personal de César Borgia y comandante de la guardia de estradiotes albaneses del Valentino.
Beatriz de Macías.* Esposa de Miquel de Corella. Nacida como Judith Bat Efraim Yoram Mashíah y convertida al cristianismo al igual que su padre, su madre y su hermana.
Angelo y Vittorio Duatti.* Hermanos del Trastévere rescatados de la horca por el papa Alejandro VI en sus tiempos de cardenal, y guardaespaldas del pontífice hasta su muerte.
Los Della Rovere
Giuliano della Rovere (1443-1513). Cardenal de San Pietro in Vincoli de 1471 a 1503 y papa con el nombre de Julio II desde 1503 a 1513. Sobrino de Sixto IV.
Francesco Alidosi (1455-1511). Examante de Giuliano della Rovere, y su secretario de máxima confianza. Obispo de Pavía y cardenal de Santa Susana.
Rafael Sansoni Riario della Rovere (1461-1521). Sobrino de Pietro Riario, arzobispo de Tarento y Salerno y cardenal camarlengo.
Los D’Aragona
Sancha d’Aragona (1478-1506). Hija ilegítima del rey Alfonso II de Nápoles y Trogia Gazzela. Princesa de Esquilache casada con Jofré Borgia y Cattanei. Amante de Joan de Borja y de César Borgia.
Alfonso d’Aragona (1481-1500). Hijo ilegítimo de Alfonso II y Trogia Gazzela y hermano de Sancha. Príncipe de Salerno, duque de Bisceglie y segundo marido de Lucrecia Borgia.
Federico I (1496-1501). Rey de Nápoles. Hijo menor de Ferrante e Isabel de Chiaromonte y hermano de Alfonso II. Último miembro de la rama napolitana de los Trastámara en el reino del sur.
Rocco Moddafari.* Antiguo guardaespaldas calabrés del rey Ferrante d’Aragona, que se encarga de la seguridad de Alfonso d’Aragona y su hermana Sancha en Roma por orden expresa de su tío Federico I.
Los Sforza
Ludovico Sforza el Moro (1452-1508). Cuarto duque de Milán de la dinastía Sforza. Hermano de Galeazzo Maria. Casado con Beatriz d’Este, fue regente del ducado durante la minoría de edad de su sobrino Gian Galeazzo, a quien finalmente sucedió tras su temprana muerte, de la que toda Italia, con fundamento, lo responsabilizó.
Ascanio Maria Sforza (1455-1505). Cardenal diácono de San Vito y San Modesto y vicecanciller de la Iglesia tras votar por Rodrigo Borgia en el cónclave de 1492, en el que fue elegido el valenciano. Hermano menor de Galeazzo Maria y Ludovico Sforza.
Caterina Sforza la Dama della Vipera (1463-1509). Condesa de Forlì y señora de Imola. Hija ilegítima de Galeazzo Maria Sforza y su amante Lucrecia Landriani. Esposa de Girolamo Riario, sobrino del papa Sixto IV. Sobrina de Ludovico y Ascanio.
Los Orsini
Giambatista Orsini (1450-1503). Hijo de la hermana del cardenal Latino Orsini (1411-1477), cuyas disputas con los Colonna propiciaron la elección de Alfons de Borja como papa Calixto III en 1455. Primo de Virginio Gentile Orsini, cardenal de Santa Maria en Domnica, de Santa Maria Nuova y de San Juan y San Pablo. Camarlengo del Sacro Colegio.
Paolo Orsini (1450-1503). Hijo bastardo del cardenal Latino Orsini y primo de Virginio Gentile y Giambatista. Marqués de Atripalda y señor de Mentana y Palombara. Condotiero.
Francesco Orsini (1455-1503). Duque de Gravina, señor de Nerola, Scandriglia y Montelibretti y sobrino segundo de Paolo Orsini. Estrangulado por don Micheletto tras la conjura de Senigallia.
Bartolomeo d’Alviano (1455-1515). Conde de Alviano y señor de Pordenone, casado con Bartolomea Orsini, la prima del cardenal Giambatista. Fue uno de los jefes de las fuerzas militares de la poderosa familia romana y el prototipo de condotiero que luchó para distintos bandos a lo largo de su vida.
Los Colonna
Prospero Colonna (1452-1523). Duque de Traetto y conde de Fondi. Gran general de los Colonna, fue uno de los primeros partidarios del rey Carlos VIII de Francia en su invasión de Italia en 1484 junto al cardenal Giuliano della Rovere, aunque después cambió de bando y ayudó al rey Fernando II (Ferrandino) a expulsar a los franceses del reino del sur, que defendió ante la nueva invasión francesa de Luis XII.
Fabrizio Colonna (1460-1520). Duque de Paliano y condotiero. Junto a su primo Prospero, luchó por orden del papa Inocencio VIII para apoyar a los barones rebeldes al rey Ferrante de Nápoles. Aliado del papa Alejandro VI en su lucha contra los Orsini, cambió de bando para apoyar a los españoles del Gran Capitán.
Otros personajes
Luis XII (1462-1515). Rey de Francia y primer representante de la dinastía Capeto-Orleans. Primo y cuñado a la vez de Carlos VIII, pactó con el papa Alejandro VI y con César Borgia la invasión de Milán y de Nápoles a cambio de un ducado francés para César Borgia y un matrimonio regio con una princesa de su corte. Como pago, el papa Alejandro le concedió la nulidad de su matrimonio con Juana de Valois para que pudiera casarse con Ana de Bretaña, la viuda de su primo el rey Carlos VIII.
Gian Giacomo Trivulzio (1440-1518) Condotiero, marqués de Vigevano y mariscal del ejército francés en la conquista de Milán.
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515). Duque de Sessa, Santangelo, Terranova y virrey de Nápoles. En el año 1495 acude al mando de tropas españolas a Nápoles por orden de Fernando el Católico.
Pedro Navarro (1460-1528). Nacido como Pedro Beraterra en el valle del Roncal, en Navarra, fue un militar y marino al que se le atribuye la invención de las minas para derribar murallas. Sirvió como mercenario en las guerras de Italia para acabar al servicio del Gran Capitán primero y de Fernando el Católico después tanto en España como en el norte de África. Fue quien apresó a César Borgia.
Bernardino López de Carvajal (1456-1523). Cardenal-obispo de Ostia, de Plasencia, Sigüenza, Astorga y Badajoz y hombre fuerte de Fernando el Católico en el Vaticano durante los dos cónclaves de septiembre y octubre de 1503.
Francisco de Rojas y Escobar (1446-1523). Comendador de la Orden de Calatrava y embajador de los Reyes Católicos en Roma.
Juan Ruiz de Medina (?-1507). Obispo de Cartagena y embajador de los Reyes Católicos en Francia.
Antonio Giustiniani (1464-1524). Embajador de la Serenísima República de Venecia ante los Reyes Católicos primero y ante el papa de Roma después.
Giampaolo Baglioni (1470-1520). Señor de Perusa y conde de Bettona, condotiero y uno de los capitanes de César que se rebelaron contra el Valentino. Era famoso en Italia por su depravación (hacía vida marital con su hermana) y por sobrevivir al intento de asesinato que unos primos intentaron llevar a cabo el día de su propia boda.
Pandolfo Petrucci (1452-1512). Tirano de Siena, si bien su título oficial nunca dejó de ser el de defensor libertatis (defensor de la libertad).
Oliverotto Euffreducci (1475-1502). Señor de Fermo y condotiero famoso por haber asesinado a toda su familia para hacerse con el poder. Uno de los capitanes de César a los que don Micheletto ajustició en Senigallia.
Vitellozzo Vitelli (1458-1502). Señor de Città di Castello, Anghiari y Monterchi. Condotiero y comandante de la artillería del ejército pontificio al servicio de César Borgia. Fue uno de los principales instigadores de la conjura de Magione, ajusticiado también en Senigallia por don Micheletto.
Praefatio
Convento de Santa Clara de Gandía, Reino de Valencia, 13 de febrero de 1538, Miércoles de Ceniza
He tenido cuatro nombres en los sesenta y nueve años, un mes y ocho días que llevo en este mundo. Cuando la mayor parte de la gente ni siquiera consigue vivir una vida, yo debería envejecer dichosa por haber vivido cuatro con cuatro nombres distintos. Y aunque —por mucho que digan los sabios— no hay vejez feliz, a mí me queda la convicción de que, de las cuatro, la mejor fue la segunda: la que compartí con Miquel, mi arcángel vengador.
תישאבְּר
«Bereishit». Significa «en el principio» y es la primera palabra que aparece en la Biblia. Está en hebreo, la lengua en la que aprendí a hablar, a leer y a escribir. No he podido resistir el impulso de recordar mis primeras letras para empezar esta historia cuando aún me llamaba Judith Bat Efraim Mashíah.
Nací en una alquería de Ruzafa poco antes del amanecer del décimo día del décimo mes —el de Teveth— del año 5229 desde que Elohim creó la tierra, el cielo, las bestias y los hombres. Entre los hijos de Israel era —y sigue siendo— jornada de luto y ayuno en conmemoración del inicio del tercer asedio de Jerusalén a manos del rey Nabucodonosor y la destrucción del Templo de Salomón. Por eso, mis padres dudaron si al siguiente sabbat debían llevarme o no a la sinagoga clandestina que la familia Vives tenía en su casa, cerca del mercado de Cabrerots de Valencia, en el corazón de lo que, antes de su destrucción, había sido el kahal o call, que es como se denomina en lengua valenciana a las juderías. Pese a haber nacido en día tan poco propicio, quisieron celebrar la ceremonia del Zeved habat, el regalo de una hija nacida y agradecer al Dios de sus antepasados, de Abraham, de Isaac y de Jacob, que hubiera bendecido su unión, aunque fuera con una niña. Dos semanas después me presentaron ante la mínima comunidad judía valenciana y, en brazos del rabino, recibí el nombre de Judith, la matriarca que cortó la cabeza del general Holofernes; el nombre que tuve durante los siguientes doce años.
Mi segundo nombre fue Beatriz de Macías y Ruiz.
Así lo recibí junto al agua bautismal el vigesimonoveno día del mes de julio del año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1481. Aunque mis padres hubieran preferido que me llamara María, dado que era la festividad de Santa Beatriz de Roma, el obispo auxiliar de Valencia, Jaume Serra, estimó que tenía que ser bautizada como la mártir que murió estrangulada por orden del emperador Diocleciano. Ante la atenta mirada de mi padre, mi madre y mi hermana, en la pila de mármol negro empotrada junto a la puerta de la catedral, vertieron sobre mi cabeza el agua bendita, que, además de eliminar el pecado original, hizo desaparecer a Judith, la hija del médico judío Efraim Ben Yoram Mashíah, de Ruzafa, para que surgiera Beatriz de Macías, la primogénita del doctor Ernesto de Macías. Mi madre, Sara, se convirtió en Julia, y mi hermana, Débora, en Laura.
Mi padre era el mejor discípulo del rabí Hasdai Abranavel, de Xàtiva. El venerable sabio era el galeno y astrólogo personal de Na Joana de Borja, la hermana del obispo de Valencia y cardenal Roderic de Borja, o Rodrigo Borgia, como le llamaban en Italia. Y gracias a su influencia y consejo mi padre decidió abandonar la religión de sus ancestros para abrazar la fe del Ha-Notztri, del Nazareno, como se referían a Jesús, con desprecio, en aquella sinagoga subterránea donde se leía el Tanaj entre susurros y se quemaba el repugnante sebo de cerdo en la cocina de la planta superior para disimular el olor del aceite de oliva que ardía en las mechas de los siete brazos de la menorá.
Como Beatriz de Macías, junto a mi familia, me marché a Italia bajo la protección del cardenal Borgia, a cuyo servicio estuvo mi padre durante más de treinta años. El doctor Macías se convirtió a la fe cristiana para poder seguir estudiando Medicina en la Universidad de Perusa, cuyo acceso estaba vetado a los judíos. Fue el propio rabí Abranavel el que le aconsejó que así lo hiciera para que su talento y habilidad no se malograran. Además, empezaban a correr malos tiempos —si es que alguna vez los hubo buenos— para la estirpe de Judá en los reinos de España. Los jóvenes reyes, Fernando e Isabel, no eran amigos de los judíos como lo fueron algunos de sus antecesores en los tronos de Aragón y Castilla, y la Inquisición pronto empezaría a perseguir a los «marranos» con mayor dureza, si cabe, que con la que lo había hecho hasta entonces. Tanto que, diez años después de nuestra marcha, todos los hijos de Israel fueron expulsados de Sefarad, la tierra que había sido su patria durante siglos.
Y así fue como mi destino se ligó al de los Borgia. Primero por interés, luego por amor, después por ambición y, al final, por pura supervivencia.
Fui Beatriz —o más bien Beatrice— durante los siguientes veintiséis años. Primero en Perusa, en la Umbría, en cuya universidad pontificia mi padre aumentó sus conocimientos en el arte de Esculapio; y después en Roma, a donde acudió como ayudante del doctor —y también obispo— Gaspar Torrella, uno de los médicos personales del cardenal Borgia y, algunos años más tarde, de su hijo César. Luego fui allí donde los vientos de la política —y la guerra— me llevaron: de Nápoles a Pésaro; de Milán a Espoleto; de Forlì a Piombino o la isla de Elba.
Pero eso sería algún tiempo después y no quiero adelantar acontecimientos, por lo que debo volver ahora a mi adolescencia.
Como otros valencianos, catalanes, aragoneses y castellanos, nos unimos a la corte del cardenal Rodrigo Borgia, que así le llamaban en Italia. De ella también formaba parte, aunque entonces era un muchacho, Miquel de Corella i Feliu, de la Casa de los Condes de Cocentaina, que llegaría a ser señor de Montegridolfo, gobernador de Forlì, Piombino y la isla de Elba, así como capitán de Florencia y la Romaña. El amante más tierno y cariñoso que cualquier mujer pueda desear; el lector de Suetonio, Tácito, Joanot Martorell, Boccaccio Dante, Petrarca, Plauto y Virgilio; el poeta de versos delicados y palabras dulces.
También uno de los guerreros más temidos de Italia.
El verdugo personal de César Borgia.
El hombre de mi vida.
Y mi arcángel vengador.
Nos casamos cuando yo aún no tenía diecisiete años y él acababa de cumplir diecinueve, pero nos enamoramos algún tiempo antes en medio del mar de Liguria, a medio camino entre Valencia y Ostia. Habíamos zarpado desde el Grao el día de San Jerónimo de 1482 a bordo de la Santa Úrsula, una galeota propiedad del arzobispo de Tarragona, que el cardenal Borgia fletó para trasladar a parientes, amigos y protegidos —como mi padre y nosotras— que iban a entrar a su servicio en Roma o hacer fama y fortuna a su sombra en Italia. Entre ellos estaba su sobrina Violant de Castellvert —que aún se llamaba así—, la nuera de Na Joana de Borja y tres de sus cuatro hijos: César, Lucrecia y Jofré. Violant era viuda por segunda vez del hijo de Na Joana, Guillem-Ramon de Borja i Llançol de Romaní, y antes lo había sido de un retoño del barón de Herbers, del que no tuvo hijos. También viajaba en la galeota Roderic Roís de Corella, el segundo hijo del conde de Cocentaina —el lloctinent del rey Fernando de Aragón en Valencia— que se trasladó a Roma para seguir la carrera eclesiástica que su padre había dispuesto para él.
Era un chico de dieciséis años que iba a todas partes acompañado de su medio primo, un bastardo de la misma Casa de los Condes de Cocentaina: un muchacho rubio, de hechuras enclenques y aspecto enfermizo. Se llamaba Miquel de Corella, al que por entonces todo el mundo denominaba Micalet y que, con los años, toda Italia aprendería a temer bajo el nombre de don Micheletto.
Mi arcángel vengador.
Pese a que la tonsura en la coronilla indicaba su condición de clérigo —el papa Sixto IV, por influencia del cardenal Borgia, le había nombrado capellán de la iglesia de Santa Catalina de Valencia cuando tenía ocho años—, en realidad era un poeta que me recitaba al oído versos de Ausiàs March y Jordi de Sant Jordi, y me contaba lo que recordaba haber leído de los relatos de Lancelot, el Caballero de la carreta, o Perceval y el Grial. También me escribía poemas en los que comparaba mi piel blanca y pecosa con leche fresca jaspeada de aromática canela, o definía los rizos de mi cabellera negra como el rumor azabache de un arroyo en una noche sin luna. Palabras tiernas que precedían a besos torpes y caricias furtivas. Él tenía catorce años. Y aún faltaban unos meses para que yo cumpliera los trece.
Todavía guardo en la memoria los poemas con los que, según su preceptor, estropeaba buenos pliegos de papel de Xàtiva. Eran versos de rimas pobres y metáforas casi infantiles que hoy avergonzarían a su autor, pero que en mis entrañas encendían un fuego cuya existencia ignoraba. Hoy, pasadas las décadas, aún consiguen dibujarme una sonrisa melancólica al recordar las tardes de tedio sobre la cubierta de la Santa Úrsula, entre el salitre y el sol, en las que el calor del amor recién nacido evaporaba las incomodidades del viaje y disipaba el hedor que desprendían los galeotes que impulsaban la nave. También hacía soportables las diatribas de aquel monje benedictino de la abadía de Montserrat —fray Rafael Pons, a quien Dios confunda— que la tomó con mi familia e insultaba a mi padre llamándole «marrano» y «falso converso a la fe de Nuestro Señor Jesucristo», y a nosotras tres «hijas de Belcebú» o «barraganas de Satanás».
Las invectivas del fanático pronto pasaron de ser una ofensa a un incordio, para convertirse en un peligro, ya que la supersticiosa —como lo son todas— tripulación de la Santa Úrsula siempre estaba dispuesta a asumir que cualquier contratiempo se debía a la cólera de Dios o de algún santo, provocada por la presencia a bordo de cuatro diabólicos judíos. De nada servían las llamadas a la templanza y la prudencia de su superior, del capitán de la nave o de la misma sobrina del cardenal para contenerlas. Ni siquiera las miradas fieras de don Sebastián Derroa —el maestro de armas de los Borja, que también hacía de guardaespaldas— y su mano en el puño de la espada amedrentaban al monje. Sin embargo, el fraile no llegó a ver las costas de Italia porque, según se dijo entonces, debió de dar un mal paso en mitad de la noche y cayó por la borda. O eso creí durante bastante tiempo, hasta que el propio Miquel, muchos años después, me contó que había sido él quien había matado a fray Rafael Pons y había arrojado su cuerpo al fondo del mar de Liguria. Lo hizo por mí. Fue la primera vez que mi arcángel vengador me salvó la vida. Pero no fue la última.
Mis primeros años en Italia transcurrieron en Perusa, en cuya universidad mi padre fue alumno primero y profesor después. Miquel también estaba en esas aulas, junto a su primo Roderic, para desentrañar los secretos del Trivium —gramática, lógica y retórica— y el Quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía— como correspondía a los hijos de una gran casa como la de los Corella, llamados a ocupar altas dignidades en la Iglesia. Sin embargo, poco provecho sacó Miquel de aquellas lecciones, ni siquiera de las que recibió de fray Luca Pacioli, el sabio monje franciscano que, además de matemáticas, enseñaba los secretos de la partida doble de los libros de cuentas —como lo hacían los mercaderes venecianos— y la regla del setenta y dos para calcular el tiempo y el interés necesario para que cualquier inversión se duplicara. Miquel siempre fue un desastre para los números. Mi arcángel vengador se dio cuenta entonces de que se le daban mejor las letras y de que, ante todo, quería ser poeta. Por eso leía con avidez la pulcra prosa de Tácito y Suetonio; las hilarantes comedias de Plauto y Terencio, y los sublimes versos de Petrarca, y, sobre todo, de su favorito: Dante.
Tras nuestro romance en la Santa Úrsula, no conseguimos nunca estar a solas durante los siguientes años, a pesar de que vivíamos en la misma ciudad. A veces se hacía el encontradizo a las puertas de la iglesia de San Fortunato a la que, cada día, acudíamos a misa mi madre, mi hermana y yo, para que nadie pudiera sospechar nuestro origen a pesar de que en Italia el odio a los judíos no era tan feroz como en España, lo cual no quería decir que fuera inexistente. En esas ocasiones, Miquel se las arreglaba para darme a escondidas un trozo de papel con un poema de su cosecha o algún verso de Il sommo poeta de Florencia, como ese en el que expresaba su amor por la «donna angelicata, la quale fu chiamata da molti Beatrice lí quali non sapevano che sì chiamare»,[1] y cuyo nombre coincidía con el mío cristiano. Fue entonces cuando empezó a llamarme Bice, del mismo modo que lo hacía Dante con su amada.
Aunque lo esperó durante años, mi padre no tuvo ningún hijo varón al que transmitirle sus conocimientos médicos. Quizá por ello decidió que mi hermana Débora y yo recibiéramos toda la instrucción posible, aunque nuestra condición de hembras impidiera que pudiéramos estudiar Medicina. Así aprendimos —primero bajo su tutela y después con preceptores— latín, griego, retórica, gramática y cuentas. No estaba claro entonces cuál iba a ser nuestro destino ni qué provecho íbamos a extraer de aquella instrucción, pero el doctor Macías fue fiel a la antiquísima costumbre judía de invertir en conocimiento para, en el caso de tener que huir —como así había sido desde hacía siglos y como también nos tocó a nosotras—, poder salvar el único patrimonio que nadie te puede quitar: el saber.
Así fue como descubrimos mi hermana y yo que se nos daban bien los idiomas. Mejor que bien, diría yo. Además del hebreo de nuestros antepasados con el que aprendimos a leer, el valenciano de nuestra tierra de origen y el castellano que se usaba en los ambientes distinguidos de Aragón, también aprendimos los matices de los dialectos de la Lombardía, la Umbría, la Toscana, el Lacio y Nápoles, así como las lenguas de Francia y el alemán del Sacro Imperio. No obstante, mi dominio de las letras era diferente al de Miquel. Mi arcángel vengador tenía una capacidad de crear que yo no tengo. Con palabras podía cambiar de sitio la tarde, hacer que la luna curara la melancolía, que la muerte oliera a jazmín y rosas o el amor doliera como una cuerda de laúd al quebrarse. Todas estas imágenes, por cierto, las escribió Miquel, y yo me limito a reproducirlas en estas páginas, porque, si bien la Providencia me dio la capacidad para desentrañar los resortes y misterios de cualquier lenguaje, me negó la gracia de crear con él. Y no me quejo, puesto que habrá quien se enorgullezca de todo lo que ha escrito, que yo lo hago de lo que he leído, comprendido y dicho en otras lenguas diferentes a aquella con la que aprendí a hablar. Como solía decir Miquel, yo era la única alma viva que hubiera podido entenderse con cualquiera en la Torre de Babel.
Nos mudamos a Roma a finales del verano de 1485 porque el médico personal de Rodrigo Borgia, mosén Gaspar Torrella, introdujo a mi padre en la corte del poderoso cardenal. Hacía un par de meses que Inocencio VIII portaba el Anulus Piscatoris en el dedo tras la muerte de Sixto IV, la cual, como de costumbre, provocó disturbios que ensangrentaron la ciudad durante días. El nuevo papa fue elegido gracias a un pacto clandestino, alcanzado al filo de la medianoche, entre Rodrigo Borgia y su acérrimo enemigo, el cardenal Giuliano della Rovere, el sobrino del pontífice muerto. Fue una solución de compromiso que adoptaron cuando ambos se dieron cuenta de que ninguno tenía la fuerza suficiente para imponerse al otro en el cónclave. Por ese motivo, propiciaron la elección del obispo de Molfetta, Giovanni Battista Cybo, como sucesor de san Pedro. Era un hombre débil y fácil de manejar por el valenciano y el genovés, que se repartieron el poder de la Santa Sede, de suerte que Della Rovere mantuvo sus obispados, prebendas y, sobre todo, el codiciado y lucrativo puesto de legado papal en Aviñón. Por su parte, Borgia revalidó el cargo de vicecanciller, con el que dominaba toda la burocracia vaticana y su formidable máquina de hacer dinero mediante la tramitación de bulas, dispensas, anulaciones matrimoniales e indulgencias.
Fue por aquella época cuando a Miquel, que no había nacido para sermones ni homilías, se le permitió abandonar su condición de clérigo ad tergum saeculum —para volver al siglo—, tal y como decía la bula pontificia redactada por el cardenal Borgia y firmada por Inocencio VIII en la que se le daba permiso para colgar la sotana y, por tanto, casarse.
Conmigo.
Nunca supe si mi padre estuvo de acuerdo o no porque, en verdad, no tuvo demasiada elección. Desde luego, se cumplieron las formas, pero era imposible que el doctor Macías se negara, ante la petición del propio vicecanciller Borgia, a entregar a su primogénita «a un hijo de la Casa de los Condes de Cocentaina», aunque fuera un bastardo que no tenía título ni fortuna propia, pero al que se le auguraba un brillante futuro en la industria más próspera de cuantas había en Italia.
La guerra.
Así fue como me convertí en la mujer de un soldado, aunque no de un soldado cualquiera. Miquel fue instruido en el arte de las armas por don Ramiro de Lorca —un caballero murciano que mandaba una compañía de infantes valencianos al servicio del cardenal Borgia— y por Moisiu Frashëri, el capitán de un escuadrón de estradiotes —feroces ballesteros albaneses a caballo— contratados por el vicecanciller para defender su palazzo durante las terribles jornadas de la sede vacans apostolica tras la muerte de Sixto IV y la elección de Inocencio VIII, cuando, como era costumbre ancestral en Roma, reinaban el pillaje y el saqueo por las calles de la ciudad para aprovechar el vacío de poder que se producía cada vez que moría un papa. Mi marido heredó el mando de este escuadrón cuando el mercenario murió a finales de otoño de 1494, dos meses después de que el rey Carlos VIII de Francia invadiera Italia.
Además de capitán de milicias y poeta, mi arcángel vengador tuvo otro oficio por el que fue conocido y temido: el de fiel guardaespaldas de César Borgia, su hombre de total confianza y su más letal asesino.
Por ese motivo, mi vida —y la de nuestro hijo recién nacido, Tiberio— se unió a la de la Gens Borgia. Primero formé parte de la corte de la madre de César, Violant de Castellvert, que en Roma se había casado con un alto funcionario de la curia, cambiado el nombre por el de Vanozza y vivía con sus hijos aún pequeños en un caserón en la Piazza Pizzo di Merlo propiedad del cardenal Borgia y a escasos pasos del Palazzo della Cancelleria Vecchia, donde habitaba el prelado valenciano. Ya desde el principio, toda Roma murmuraba que la dama que visitaba al vicecanciller con tanta frecuencia era su amante y que los tres niños que llevaba pegados a sus faldas eran sus hijos. El chisme se alimentaba, además, por la coincidencia del nombre entre la sobrina política del prelado y la mujer con la que —esta sí— había concebido a su primogénito, Pedro Luis de Borja, y que también se llamaba Vanozza. En todo caso, pronto aprendieron tanto Violant/Vanozza como Joan, César, Lucrecia y Jofré que, en Italia —y en todas partes— vale más ser concubina y bastardo de un poderoso —aunque no sea cierto— que la triste verdad de ser esposa e hijo legítimo de un miserable. Por ese motivo —y en cuanto fue papa, no antes— los cinco empezaron a llamarle «padre» en público y a aceptar, e incluso a alentar, que todo el mundo creyera, en especial los políticos, que eran los hijos del pontífice, aunque ya ejercían como tales a todos los efectos.
Si Joan, César, Lucrecia y Jofré necesitaban un progenitor como Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI necesitaba todavía más unos hijos con los que perpetuar su poder y, con él, su legado. Ya se le había muerto una hija con apenas trece años y la otra la había casado con un noble romano de segunda fila. Su primogénito, Pedro Luis de Borja, también había muerto de un mal repentino que se lo llevó a la tumba en pocas semanas. Aunque nunca se pudo demostrar, el papa siempre acusó a Giuliano della Rovere de haber envenenado al joven para quien compró el Ducado de Gandía y, junto al señorío, también le adquirió una esposa de sangre real que no era otra que la sobrina del rey Fernando de Aragón, María Enríquez o, como se llama ahora, sor Gabriela, y que es la abadesa del Convento de Santa Clara de Gandía, en una de cuyas celdas paso mis últimos días y escribo estas líneas bajo mi cuarto nombre sor Hildegarda de Viena.
He dejado que mis recuerdos de ayer se mezclen con mi realidad de hoy y adelanten el relato hasta el desorden. Como decía Dante: «Mi ritrovai per una selva oscura // ché la diritta via era smarrita».[2] Por ello, he de volver al día de Santiago Apóstol de 1492, cuando Giovanni Battista Cybo, papa Inocencio y octavo de tal nombre, entregó su alma al juicio misericordioso de Nuestro Señor. De nada sirvió que el arquiatra del Palacio Apostólico le hiciera beber sangre de un par de niños que desangró a cambio de un ducado de oro para sus padres con los que compensaron la muerte de los dos pequeños. Tras el deceso del pontífice siguieron once días en los que, como era habitual en Roma, se alternaron las misas novendiales en memoria del santo padre y su solemne funeral en la Basílica de San Pedro con los saqueos, robos y desórdenes, que causaron más de doscientos muertos e incontables violaciones, robos e incendios. Por fin, el lunes 6 de agosto de 1492, festividad de la Transfiguración del Señor, empezó el cónclave en el que, tras cinco días de negociaciones, amenazas, sobornos y componendas, Rodrigo Borgia, vicecanciller de la Santa Romana Iglesia y Cardinalis Valentiae, fue elegido papa con el nombre de Alejandro VI.
Tenía sesenta y un años, pero llevaba preparándose para ese momento desde que abandonó su Valencia natal, con apenas dieciocho, para formarse en Roma bajo la tutela del hermano mayor de su madre, Alfons de Borja, antiguo canciller del rey Alfonso el Magnánimo de Aragón, cardenal de los Cuatro Santos Coronados y papa bajo el nombre de Calixto III. Su tío le nombró vicecanciller de la Iglesia, el cargo más importante de la Iglesia tras el del propio pontífice, y que mantuvo durante los papados de Pío II, Paulo II, Sixto IV e Inocencio VIII, lo cual le convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos de Europa.
El pueblo romano recibió con alborozo a su nuevo soberano, que en los primeros meses de su pontificado devolvió la paz a sus calles, el orden a la administración eclesiástica y el oro a la Cámara Apostólica. Asimismo, ordenó que se reforzaran las defensas del castillo de Sant’Angelo y encargó la construcción de la Torre Borgia en el Vaticano, cuyas salas hizo decorar con bellísimos frescos del Pinturicchio. También empezó a construir una dinastía para su familia. Por eso, hizo que Joan se casara con la novia del fallecido Pedro-Luis y heredara también el Ducado de Gandía; ascendió a César —que ya era obispo de Pamplona— a arzobispo de Valencia y cardenal diácono de Santa Maria Nuova pensando que, en el futuro, pudiera ser el tercer papa Borgia; luego concertó dos matrimonios para los más pequeños: a Lucrecia la casó con Giovanni Sforza —conde de Pésaro—, que era un primo lejano del duque de Milán, mientras que al pequeño Jofré —aunque solo tenía doce años— lo unió a Sancha d’Aragona, la hija bastarda del heredero de la Corona de Nápoles. La victoria del papa Alejandro parecía completa, y el futuro inmediato, brillante.
Pero estaba equivocado.
No se llega a ser uno de los hombres más poderosos de Europa sin ganarse enemigos igual de poderosos. Y el peor de todos fue Giuliano della Rovere. El cardenal de San Pietro in Vincoli, pese a que pertenecía a la Orden de San Francisco —al igual que su tío, Sixto IV—, demostró tener poca humildad, menos paciencia, nula resignación y, sobre todo, muy mal perder. Al día siguiente de la elección del papa Alejandro comenzó a conspirar para arrebatarle la tiara. Él fue uno de los que envenenaron la poca cabeza que tenía el rey de Francia, Carlos VIII, para terminar de convencerlo de que viajara a Italia para deponer al nieto del rey Alfonso el Magnánimo y devolviera el trono de Nápoles a la Corona francesa tras casi medio siglo de dominio de los D’Aragona. Lleno de estúpidos sueños de gloria, Carlos de Valois justificó su invasión no solo en los supuestos derechos que tenía sobre la Corona napolitana, sino también en que necesitaba una base para llevar a cabo la cruzada contra los turcos y recuperar Constantinopla para la cristiandad. Como Nápoles, en teoría, era un feudo de la Santa Sede, necesitaba la investidura del papa para ser reconocido como rey. Y estaba dispuesto a conseguirla: por las buenas o por las malas.
Aunque no lo consiguió ni por unas ni por otras.
Cada vez que messer Maquiavelo —el gran amigo de mi esposo— maldecía la intromisión de Francia, España o el Sacro Imperio en los asuntos de Italia, mi arcángel vengador le recordaba —para su vergüenza— que Carlos de Valois había cruzado los Alpes al frente de su monstruoso ejército invitado por un italiano —el duque de Milán, Ludovico Sforza— aconsejado por otro italiano —el cardenal Giuliano della Rovere— y con el servil aplauso no solo de un tercero como el señor de Florencia, Piero de Médici, sino también de los tiranos de Siena, Ferrara, Mantua o el mismo dogo de Venecia. Todos compitieron por ser el que mejor le lamía las botas a aquel monarca rijoso, enano y contrahecho. También le recordaba que, en la marcha triunfal hacia Nápoles del rey de Francia, solo un valenciano de Xàtiva —Rodrigo Borgia, papa Alejandro VI— se interpuso para evitar que la península se convirtiera en un feudo francés y garantizar que el sucesor de Pedro y vicario de Cristo en la tierra siguiera siendo el soberano de los legítimos dominios de la Santa Romana Iglesia. Y lo hizo sin soldados ni artillería: solo con su astucia y las calaveras de san Pedro y san Pablo —una en cada mano— desde lo alto del castillo de Sant’Angelo.
Y no fue la única victoria del santo padre en los primeros seis años de su pontificado. Sofocó la enésima revuelta de la familia Orsini —y ordenó que Miquel estrangulara a su jefe en Nápoles—; expulsó a los franceses de Italia; obligó a huir de Roma al cardenal Giuliano della Rovere; anuló el matrimonio de Lucrecia con el conde de Pésaro para casarla con el hijo bastardo de Alfonso d’Aragona —efímero rey de Nápoles—, hermano, a su vez, de la esposa de su hijo pequeño. Hizo venir de España a su hijo favorito, Joan, segundo duque de Gandía, para nombrarlo gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, y disfrutaba tanto del poder como de las caricias de su amante, Giulia Farnese, a la que todo el mundo llamaba la Bella.
Y, entonces, llegó la tragedia.
Joan Borgia apareció muerto en el Tíber la tarde del 15 de junio del año del Señor de 1497, festividad de San Vito. Lo encontró un pescador a la altura de las ruinas de los cimientos del desaparecido puente de Nerón, a un tiro de flecha del castillo de Sant’Angelo. Tenía la garganta abierta de un tajo, ocho puñaladas en los brazos y los muslos hechas para torturarle, las manos atadas a la espalda e intacta la bolsa con treinta ducados de oro para indicar que no le habían matado para robarle, sino para hacer sufrir al papa y que supiera que sus enemigos podían golpearle allí donde más le dolía. La noche antes había cenado en la viña que Vanozza, su madre, tenía cerca de la Basílica de San Pietro in Vincoli, en el monte Esquilino, junto a algunos familiares y amigos. Entre ellos, su hermano César. A medianoche, con un único criado como escolta, se había internado en las callejas del barrio del Ponte sin querer decir a nadie adónde iba ni quién le esperaba. Supusieron que tenía una cita con una dama que quería permanecer en el anonimato, y no se equivocaron.
Solo que la dama era la muerte.
Durante semanas, la Guardia Pontificia y la Milicia Urbana de Roma y todos los hombres de armas de los Borgia —entre ellos, mi arcángel vengador— detuvieron, interrogaron y torturaron, en vano, a docenas de sospechosos. También registraron cada taberna, burdel, convento y palacio de la ciudad en busca de alguna pista que les permitiera dar con los responsables del crimen. Sin embargo, mes y medio después, el propio papa ordenó que cesaran las investigaciones. Nadie se explicaba entonces por qué el santo padre renunciaba a vengar el asesinato de su hijo favorito. Lo qué pensó —o averiguó— se lo llevó el papa a la tumba. Quizá supo lo que Miquel sospechó siempre: que César tuvo algo que ver en el asesinato de su hermano, al que apenas conocía pues se habían criado en dos países distintos y, aunque el entonces cardenal arzobispo de Valencia no pudo heredar el Ducado de Gandía —pues Joan ya había tenido dos hijos con María Enríquez—, consiguió algo mucho más valioso que el señorío más rico del Reino de Valencia: el favor de Alejandro VI y su ascenso como caudillo Borgia.
Por primera vez en más de mil quinientos años —y también última—, un hombre, César Borgia, renunció al capelo cardenalicio. El cardenal Valentino —que así le llamaban en Roma— se convirtió, gracias a un acuerdo del papa con el nuevo rey de Francia, en el duque de Valentinois y, con el tiempo, en el señor de la Romaña, gonfaloniero y capitán general de la Iglesia. Tal y como había predicho el rabí Hasdai Abranavel cuando confeccionó el horóscopo de César para su abuela, Na Joana de Borja, el mismo día de su nacimiento, su paso por el mundo durante los siguientes años fue como un cometa que apuñalara con su luz el firmamento: rápido, brillante, magnífico, aterrador y breve, para que su nombre fuera recordado mucho tiempo después de su muerte. Y cuando murió, además, el poder de los Borgia se disolvió con la misma rapidez que la neblina sobre el Tíber en los días de sol.
Pero no me corresponde a mí narrar eso, sino a mi arcángel vengador en las páginas siguientes.
Tras la muerte de Alejandro VI y de su sucesor —Pío III, el papa de los veintiséis días— il boia del Valentino, que así le llamaban, fue capturado y entregado al nuevo pontífice, Julio II, que no era otro que el cardenal Giuliano della Rovere. Miquel estuvo dos años encerrado en la Tor di Nona —la torre junto al Tíber que usaba el santo padre como prisión y desde cuyas almenas se colgaba a los delincuentes— hasta que, por mediación de messer Maquiavelo, fue liberado y contratado por la propia Signoria de Florencia para organizar un ejército con el que luchar contra Pisa. Cuando acabó la condotta se puso al servicio del cardenal D’Amboise, en Milán, para luchar —cruel ironía, pero así es Italia— bajo las banderas del papa Julio contra Venecia, si bien aquella guerra no llegó a librarla.
Porque lo mataron antes.
Pero no es momento aún de contar eso, sino de explicar cómo recibí mi tercer nombre: Giovanna de Piombino.
Tras la muerte de mi arcángel vengador tuve que huir de Milán y refugiarme en Roma. Por fortuna, aún me quedaban algunos amigos en la urbe y, por ese motivo, profesé los votos como monja dominica en el Convento de San Sixto Vecchio —el mismo en el que Lucrecia Borgia se había retirado mientras duraba su divorcio con el conde de Pésaro—, donde me convertí en la madre Giovanna de Piombino. Lo hice porque no faltaba gente a la que también le hubiera gustado ver muerta a la esposa del temible don Micheletto. Tras los muros del cenobio pasé en paz los siguientes diecinueve años y los pontificados del florentino León X —el hijo de Lorenzo de Médici, el Magnífico—, el flamenco Adriano VI —el preceptor del rey-emperador Carlos— y el de Clemente VII —también de Florencia y primo de León X—, bajo cuyo mandato Roma fue saqueada por los lansquenetes alemanes que llegaron, incluso, hasta el mismo Convento de San Sixto donde tenía enterrado a Miquel. De allí salí con vida, y con un pecado mortal en mi conciencia, gracias a que, incluso después de muerto, mi arcángel vengador acudió en mi rescate inspirándome la manera de librarme del mercenario alemán que nos hubiera asesinado y que fue la última víctima del cappio valentino, el lazo valenciano por el que Miquel se hizo famoso en toda Italia.
Junto a dos de mis hermanas conseguí llegar a la iglesia de Santiago de los Españoles en la Piazza Navona, la cual estaba defendida por soldados de los tercios del emperador Carlos —de las que éramos súbditas por haber nacido en su Reino de Valencia— y que nos dieron refugio. Cuando terminó el saqueo, Roma se había convertido en una triste sombra de lo que había sido y sus calles y palacios, en ruinas, rezumaban demasiados recuerdos dolorosos. Del Convento de San Sixto Vecchio conseguí rescatar el volumen que Miquel había escrito en sus últimas semanas de vida, en un aposento del Castello Sforzesco de Milán, y con él como único tesoro marché a Trento, a los dominios del emperador.
Y allí recibí mi cuarto y último nombre: el de sor Hildegarda de Viena.
No solo cambié de nombre, sino también de congregación religiosa. La madre Giovanna de Piombino —monja dominica— se convirtió en sor Hildegarda de Viena, de las clarisas coletinas, la misma orden que rige este Convento de Santa Clara de Gandía al que, hace cuatro años, llegué para acabar mis días bajo el mismo sol y junto al mismo mar que me vio nacer. Podía haber elegido el Real Monasterio de la Trinidad —en Valencia—, que está regido por la misma orden, pero preferí este cenobio ante el riesgo de que alguno de los miembros italianos de la corte de los virreyes Fernando d’Aragona y Germana de Foix me reconociera. Ahora pienso que era poco probable que tal cosa ocurriera, ya que el hijo del último rey de Nápoles y la viuda de Fernando el Católico tenían cosas más importantes de las que preocuparse que de una monja vieja. Sin embargo, la prudencia me aconsejó que terminara mis días en un dominio de los Borja.
La carta que me dio fray Vicente Lunel —a quien conocí en Trento—, ministro general de la Orden Franciscana, fue suficiente para que María Enríquez, sor Gabriela, me acogiera en este monasterio sin hacer más preguntas que las necesarias y sin que yo me viera obligada a contestarle con más mentiras que las imprescindibles. El documento de fray Lunel —que era también consejero del rey-emperador Carlos— decía que yo era de noble familia tirolesa aliada desde tiempos inmemoriales de la Casa de Habsburgo y que, por mi piedad y mis buenos servicios a la Corona Imperial, se me concedía una pensión que iría a las arcas del Convento de Santa Clara a cambio de que me acogieran entre sus muros. Sor Gabriela —que no necesitaba el dinero— siempre fue una mujer disciplinada que acató la orden. La buena abadesa ignora por completo quién soy en realidad. No sabe que compartí muchas horas de conversación con su suegro, el papa Alejandro VI, a quien ella no vio nunca en persona; que asistí a la agonía de su primer prometido, Pedro Luis de Borja; que fui una de las que ayudaron a amortajar el cuerpo de su esposo, Joan de Borgia, ni, por supuesto, que fui la esposa de Miquel de Corella, don Micheletto, cuyo semblante cree ver cada mañana en el retablo que encargó al maestro Antonio de San Leocadio y que cuelga en la antesala del refectorio.
El pintor vino de Italia con el cardenal Borgia cuando visitó Valencia veinte años antes de ser elegido papa y se quedó en esta tierra para, entre otras cosas, pintar los ángeles músicos que hoy tocan su canción muda sobre el altar de la catedral. La duquesa María Enríquez le encargó la tabla que veo tres veces al día y que representa a la Virgen del Rosario con el Niño Jesús en brazos y flanqueada por santa Catalina de Siena y santo Domingo de Silos. A los tres los adora un gentilhombre de rodillas, con vestidos riquísimos y con la cabeza coronada de rosas. A espaldas del piadoso caballero, un esbirro de expresión feroz empuña un cuchillo para clavárselo, a traición, en el cuello, mientras al lado izquierdo del cuadro, otros dos nobles —un joven de barba rojiza y un adolescente— contemplan la escena. El más mayor sujeta una espada por la punta, en señal de rendición ante el caballero que está de rodillas.
Para aquellos que los conocimos, no es difícil saber quiénes son tres de los cuatro personajes pintados que no son santos. Los suaves rasgos de Joan de Gandía son reconocibles, así como los más varoniles y enérgicos de César, a pesar de que el maestro San Leocadio los conoció cuando eran niños. Algo más difuso es el parecido de Jofré —que era un crío de pecho cuando el pintor de la Romaña lo vio—, mientras que el esbirro, de pelo rubicundo —como dicen que tenía el propio Judas, y no rubio, como el de mi arcángel vengador— podía haber sido cualquiera, puesto que el artista no debía de guardar recuerdo alguno de Miquel. No obstante, la abadesa se encarga de identificarlo a todo aquel que contempla el cuadro. «Es Miquel de Corella —dice—, el asesino de mi marido por orden de César Borgia. Quiera Dios que ambos se estén pudriendo en el infierno».
Ni me ofende la pintura ni lo que en ella se cuenta. El supuesto retrato de Miquel de Corella apenas se parece a mi arcángel vengador. Sor Gabriela —cuando aún era María Enríquez, duquesa regente de Gandía— me contó delante del lienzo la historia del impío César y sus maquinaciones para asesinar a su marido y quedarse con el ducado, cosa que ella misma impidió, así como otros muchos crímenes por los que había pedido a la infeliz reina Juana de Castilla y Aragón —a la que todavía no habían encerrado en Tordesillas— que el hijo del papa fuera juzgado y condenado ya que estaba cautivo en el castillo de La Mota, en Medina del Campo. Todo es falso. O casi todo. En cualquier caso, no es la mayor mentira que yo he escuchado sobre los Borgia. Ni siquiera la más elaborada.
Por eso mi esposo escribió este libro.
Sin embargo, Miquel no acabó el manuscrito que yo debo terminar. Ignoro por qué dejó páginas en blanco entre los pliegos. Quizá le fallaba la memoria o no encontraba la inspiración suficiente para continuar con el relato en algunos puntos. Por ese motivo, seré yo quien complete los huecos en la historia con lo que yo sé, me contó o supongo que ocurrió. No quiero que quien lo lea note el cambio de manos —aunque no lo garantizo—, pues, tal y como hizo mi marido, también escribiré a la maniera de Joanot Martorell, es decir, convirtiendo en personajes de fábula a hombres y mujeres de carne y hueso. Y también escribiré el final que él no pudo concluir, del mismo modo que redacto este prefacio.
Confío en terminar el trabajo antes de que la ceguera, la vejez o incluso la muerte —que ya me ronda como si fuera un adolescente enamorado— me reclame. Aunque, cuando estaba en Roma, pensé en llevar estas páginas a la imprenta en cuanto fuera elegida abadesa del Convento de San Sixto, tal cosa no ocurrió y ahora ya no queda tiempo. Además, estoy segura de que sor Gabriela haría destruir este volumen sin siquiera leerlo en el momento en el que supiera qué es lo que aquí se relata. Por eso, cuando esté terminado, lo ocultaré entre los volúmenes de la biblioteca del convento y que sea la posteridad la que decida si la historia de los Borgia tal y como la vivió Miquel de Corella merece ser leída. Por mi parte, solo me quedará esperar a que me llegue la hora de reunirme de nuevo con mi arcángel vengador.
Incluso aunque esté en el infierno.
LIBRO I
El toro entre los lirios
(octubre de 1498 - septiembre de 1500)
1
Lupus in fabula[3]
Aviñón (Estados Pontificios),
28 de octubre de 1498
Las doce torres del Palais des Papes se nos hicieron visibles por la Via Agripa cuatro días antes de que César Borgia y la gente que componíamos su séquito llegáramos a Aviñón. La imponente fortaleza, que había sido el corazón de la cristiandad durante casi setenta años como residencia de seis papas y dos antipapas, se alzaba sobre las aguas del Ródano desde lo alto del Rocher des Doms, el roquedal a cuyas faldas se abrazaba la ciudad. Las más de doscientas personas que conformábamos la comitiva del nuevo duc de Valentinois —que era el título francés del que hasta hacía pocos meses había sido en Roma el cardenal Valentino, arzobispo de Valencia— no conocíamos otro río más caudaloso que el Tíber, y, por eso, contemplábamos con la boca abierta el colosal cauce que salvaban los veintidós arcos del puente de Saint Bénézet y que servía de puesto fronterizo entre las tierras del soberano de Francia en la ribera derecha y el dominio papal que se extendía hacia el otro lado.
Todo lo que iba —e iba mucho— en los doce carros que se desembarcaron de la galera veneciana que nos trajo desde Civitavecchia a Marsella tuvo que descargarse y transportarse a la otra orilla del Ródano en dos gabarras, porque el puente de piedra era demasiado estrecho para la longitud de los ejes de los carros. Sí que consiguieron pasar las más de setenta mulas que portaban el equipaje compuesto por trajes, armas, libros, joyas, dinero y regalos que traía el hijo del papa para el rey Luis XIII —a quien ya llamaba primo— y también para la princesa con la que César pretendía casarse y por la que estaba en Francia: Carlota d’Aragona, la hija del rey Federico de Nápoles.
Al otro lado del puente, la ciudad entera —con sus patricios al frente— aguardaba la llegada del duque Valentino mientras las bombardas de las torres de la muralla lanzaban salvas para darle la bienvenida. Los dos estandartes —uno con las tres flores de lis de la Casa de Valois y otro con el puercoespín, el emblema personal del rey Luis de Orleans— que ondeaban sobre la Torre de las Mascas del Fuerte de San Andrés de Vilanòva d’Avinhon, el dominio real al otro lado del río, palidecían frente a las docenas de pendones que flameaban sobre los baluartes y puertas de la muralla y el palacio, con el roble dorado sobre el fondo azul: las armas del cardenal y legatus guvernamentalis del papa en Aviñón, Giuliano della Rovere.
—Si no fuera por aquella bandera —le dije a César mientras señalaba con la fusta de montar el estandarte blanco con la tiara de San Pedro y las llaves cruzadas en lo alto del Palacio de los Papas—, cualquiera diría que esta ciudad es un feudo de los Della Rovere y no de la Santa Sede.
—Y aun así cuesta trabajo encontrarla —dijo.
—¿Y no os ofende tal cosa, Excelencia?
—Son solo trapos bordados, don Micheletto. Inofensivos si no tienen brazos para enarbolarlos.
—No es difícil encontrar idiotas de esa clase porque siempre hay quien está dispuesto a levantar banderas para agradar al que manda. Y en Aviñón manda el cardenal Della Rovere. Por voluntad del santo padre, por cierto.
—Una cosa es enarbolar una bandera y otra muy distinta matar o hacer que te maten por ella. Y no hay tantos idiotas dispuestos a eso, al menos, sin cobrar por ello. Por eso no creo que Su Eminencia tenga el suficiente dinero para comprar a la gente que convierta en temibles esos pendones. Lo de ahí arriba no son más que jirones de vanidad. —Señaló a lo alto de las defensas.
—Vanidad exhibida sobre murallas gruesas y torreones altos.
—Y sobre las que no hay bastantes brazos armados para defenderla.
—¿Vos creéis, Excelencia? Aun así el cardenal Della Rovere ha hecho reparar y reforzar los muros —dije mientras apuntaba hacia los tramos del lienzo donde clareaban al sol de octubre las piedras nuevas.
—Es cierto. Pero es un trabajo inútil ante la artillería moderna, porque se han limitado a reparar los daños provocados por las crecidas del Ródano. Poca cosa, en realidad. Si quisiera, mi nuevo primo, el rey Luis, reduciría esas defensas a escombros en una semana y, en otra más, no dejaría en la ciudad ni un alma viva. Estoy seguro de que a Diable no se le resistirían tanto estos muros, como le ocurrió con los refuerzos que el maestro Antonio da Sangallo puso en el castillo de Sant’Angelo. Y es de suponer que eso también lo debe saber el cardenal de San Pietro in Vincoli.
César Borgia se refería al monstruoso cañón del ejército francés que el difunto rey Carlos VIII —el antecesor del actual, Luis XII— montó al otro lado del Tíber y con el que disparó a la fortaleza en la que estaban refugiados el papa Alejandro VI, sus cardenales más fieles y su familia. La idea de amedrentar al santo padre de ese modo había sido de Giuliano della Rovere, si bien no consiguió el resultado que perseguía, porque el papa Borgia salió a las terrazas de Sant’Angelo revestido con su capa magna de oro y pedrería, y con la Tiara de San Silvestre en la cabeza brillando a la luz de las antorchas. Con los brazos en cruz, exhibió en cada mano sendos relicarios dorados que contenían las calaveras de san Pedro y san Pablo. A su derecha, su sobrino Joan de Borja i Llançol de Romaní, cardenal-arzobispo de Monreale, vestido con la púrpura de los príncipes de la Iglesia, sujetaba el velo de la Verónica en el interior de su soporte de fino cristal de roca con marco de plata. A su izquierda, César —también revestido con los ornamentos de arzobispo de Valencia y cardenal de Santa Maria Nuova— levantaba por encima de su cabeza la punta de hierro de la lanza del destino con la que el soldado Longinos se aseguró de que Nuestro Señor había muerto en la cruz sin que se le quebrara un solo hueso, tal y como estaba profetizado en las Escrituras. Los soldados franceses, ante el temor de que Dios hiciera llover fuego y azufre sobre ellos para defender a su vicario en la tierra, se arrodillaron frente a las sagradas reliquias y se negaron a mantener el asedio sobre Sant’Angelo, ante lo que el rey Carlos, para evitar un amotinamiento por parte de sus supersticiosas tropas, tuvo que negociar con el pontífice, que salvó la tiara por muy poco.
—Lupus in fabula —susurré mientras, con un gesto de la cabeza, le indiqué a César quién le esperaba en una de las puertas de la ciudad.
Era Giuliano della Rovere en persona, bajo un palio de brocado azul y rodeado de una corte tan numerosa y rica como la de un rey. Le quedaba bien su dorado exilio en el feudo vaticano incrustado en el Reino de Francia y parecía que le sentaba aún mejor el cargo de legado papal —y, por tanto, gobernador— de aquel señorío pontificio en la Provenza cuyo gobierno recuperó después de hacer las paces con el papa Alejandro VI tras más de una década de enfrentamientos entre ellos. El viejo enemigo del pontífice valenciano estaba algo más gordo y tenía más blanca la tupida barba que lucía como si fuera un sacerdote cismático de la Iglesia de Oriente y no el obispo de Vercelli, Savona y Bolonia, arzobispo de Aviñón, arcipreste de la Archibasílica de San Juan de Letrán, cardenal presbítero de San Pietro in Vincoli y cardenal-obispo de Ostia y Velletri.
Tenía Della Rovere cincuenta y cinco años, pero, salvo por las canas y el rostro más redondeado, aparentaba diez menos. Era un hombre alto y ancho de hombros, que ocultaba bajo la túnica roja y el manto púrpura unos brazos hinchados y unos muslos recios como troncos de olivo. Aguardaba la llegada del duque Valentino montado en un caballo cuyo pelaje blanco casi deslumbraba bajo el sol de aquel 28 de octubre de 1498, festividad de los apóstoles Simón el Zelote y Judas Tadeo.
Durante los últimos quince años, Rodrigo de Borja, papa Alejandro VI, no había tenido adversario más constante y feroz que aquel genovés que fue ordenado sacerdote, nombrado obispo y elevado a cardenal por su tío el papa Sixto IV el mismo día que cumplió los veintiocho años. El pontífice, además, le favoreció con cargos, rentas y prebendas un poco más que al resto de su interminable lista de parientes, amigos y amantes, hasta tal punto que los Della Rovere —al igual que los Borgia, pero en Xàtiva— pasaron de ser miembros de la pequeña nobleza de Liguria a convertirse en una de las familias más poderosas y ricas de Europa gracias a la generosidad del pontífice. El parecido físico con su tío era más que notable y se asemejaba a él también en su afán desmedido por la pompa y el lujo —pese a que ambos pertenecían a la Orden Franciscana en la que, en su día, habían hecho votos de humildad y pobreza—, y en su pasión por sodomizar jóvenes efebos. No obstante, como era un hombre de gustos amplios, Giuliano della Rovere también había engendrado varios hijos de los que solo una hembra, llamada Felice, llegó a la adolescencia. La doncella acababa de cumplir los catorce años cuando la vi, montada en una mula blanca, a la derecha de su padre, a las puertas de Aviñón. Como el cardenal Della Rovere, la muchacha sonreía y saludaba con el pañuelo a la cabecera de la comitiva en cuanto esta rebasó las capillas de San Nicolás y San Bénézet, superpuestas una encima de la otra sobre el tercer pilar del gigantesco puente que salvaba las aguas del Ródano.
—Sonríe, Miquel —me advirtió César con una mueca falsa en la boca—. No queremos ofender a Su Eminencia con una cara avinagrada.
—Lo intentaré, pero es difícil que las alimañas te alegren la vista aunque vayan vestidas de púrpura y brocado y huelan a incienso —respondí.
—¿Acaso conoces alguna alimaña de esa clase que no luzca prendas de seda y huela a finas esencias, don Micheletto? —me preguntó con la misma sonrisa congelada.
—Cuidado, Excelencia —bromeé—, que no hace tanto que vos erais también un príncipe de la Santa Romana Iglesia que abrillantaba con la sotana el mármol de los suelos de la Basílica de San Pedro y olía a cera y sacristía.
—Ni tres meses, de hecho —rio—. Pero ¿qué te voy a contar que no sepas, don Micheletto? Tú también recorriste el mismo camino.
Era cierto. Yo también había sido clérigo. Y por eso César se dirigía a mí por el sobrenombre por el que soy conocido —y temido— en toda Italia: don Micheletto. Como a mi medio primo Roderic de Corella, actual IV conde de Cocentaina, se me destinó a la carrera eclesiástica, como correspondía a un bastardo de una casa noble como yo. Tenía ocho años cuando me rasuraron la coronilla para nombrarme capellán de la iglesia de Santa Catalina Mártir, en el barrio de los plateros de Valencia, «como recompensa a la honestidad de mis costumbres y a otros loables méritos de virtud cristiana», según decía en la bula firmada por el santo padre Sixto IV, en la que también se le otorgaba a mi pariente la canonjía de la parroquia de Santa Maria de Cocentaina. La mano del entonces cardenal Rodrigo Borgia estaba detrás de todo aquello como deferencia hacia mi medio tío, Joan Roís de Corella i Llançol de Romaní, segundo conde de Cocentaina y lloctinent —gobernador— del viejo rey Juan de Aragón en sus dominios valencianos. Fui subdiácono hasta los diecinueve años, cuando me convertí en soldado y me casé con Beatriz. Sin embargo, los estradiotes con los que aprendí el oficio de las armas bajo la cruel tutela del caballero Ramiro de Lorca me siguieron llamando «don», como a todos los sacerdotes de Italia, mientras que lo de Micheletto —Miguelito— se debe a mi corta estatura y mi escasa envergadura.
La mueca con la que César pretendía agradecer la bienvenida al cardenal Della Rovere y su séquito se transformó en una sonrisa amplia y sincera que destilaba triunfo al ver humillado al archienemigo de la familia Borgia. Era la misma que le había visto —solo tres años antes— cuando ordenó que masacráramos a los mercenarios de Perpiñán que formaban parte del ejército del difunto rey Carlos de Francia, que ocupó Roma y que saqueó la casa de su madre, Vannozza. Era el vivo rostro de la victoria. Y también el de la venganza, como la que estaba disfrutando en aquel mismo momento mientras veía cómo el odiado cardenal genovés le estaba organizando un recibimiento digno de un rey y se disponía a rendir la pleitesía que debía hacia quien ya no se atrevía a llamarle —como hasta entonces— «bastardo de un marrano; de un judío español», pues llegaba a Aviñón como un gran duque, par de Francia y primo del rey.
—Me dijo el doctor Remolins que monsignore Burcardo casi sufre un colapso nervioso cuando el santo padre le preguntó por el protocolo apropiado para la renuncia de un cardenal —continuó César en referencia a uno de los hombres de confianza del papa Alejandro.
Torcí el gesto cuando mencionó a Johannes Burckard, el maestro de ceremonias alsaciano del Palacio Apostólico al que toda Roma conocía como monsignore Burcardo y al que, ni entonces ni ahora, he podido soportar en mi presencia.
—¿Ah, sí? —dije—. ¿Y cuál fue la razón de tal zozobra?
—Por lo visto, el magister ceremoniarum, por más que registró de arriba abajo la Biblioteca Vaticana y el Archivo, no encontró precedente alguno. Nadie, en casi mil quinientos años de historia de la Iglesia, ha renunciado a la púrpura cardenalicia. Salvo yo.
—Vivimos tiempos extraordinarios, Excelencia —acerté a decir.
—Para los que hacen falta hombres extraordinarios. ¿No crees? Nos esperan cosas extraordinarias, Miquel. Lo he previsto todo.
Asentí y sonreí, contagiado por su confianza, que calentaba más que el sol de aquel día de octubre en el que el futuro parecía tan brillante como la luz matutina que hacía centellear los eslabones de la gruesa cadena de oro puro que César Borgia lucía sobre su jubón de terciopelo negro.
—Otra cosa, don Micheletto —dijo el hijo del papa cuando apenas dos docenas de pasos nos separaban del comité de bienvenida—: mientras estemos aquí, vamos a hablar siempre en la lengua de Castilla, porque el valenciano se parece demasiado al occitano que también se usa en esta corte y el cardenal Della Rovere tiene demasiados italianos en su séquito. Bueno será si nos entienden mal, y mejor aún si no nos entienden en absoluto.
—Como queráis, Excelencia.
Entre los italianos a los que César quería ocultar nuestras conversaciones estaba el clérigo boloñés que se acercaba para sujetar las riendas del caballo del Valentino en señal de bienvenida. Era monsignore Francesco Alidosi, el secretario personal del cardenal Della Rovere. Tenía entonces cuarenta años y era un tipo de rasgos delicados, grandes ojos oscuros, nariz recta y labios breves, que hablaba siempre despacio e impostaba un poco la voz para hacerla sonar más grave y disimular un afeminamiento al que no ayudaban su rostro lampiño y sus manos, finas como las de una niña. Su padre, el señor de Castel del Rio —cerca de Imola, en la Emilia-Romaña— le compró el cargo de abreviador apostólico en Roma en tiempos del papa Sixto, y allí fue donde conoció a Giuliano della Rovere, quien lo tomó bajo su protección después de haberlo tomado contra natura durante algunos años. Tras ascenderlo a secretario apostólico, formaba parte del séquito del cardenal de San Pietro in Vincoli desde entonces, pero hacía tiempo que ya no compartía su cama, porque al prelado genovés no le gustaban los hombres tan mayores. Aunque no era ya su amante, seguía siendo su hombre de mayor confianza. Gustaba de vestir con sotanas y mantos muy amplios, y, según se rumoreaba en Aviñón, lo hacía así porque bajo la ropa disimulaba dos dagas cuyas hojas embadurnaba con despojos de matadero para asegurarse de que las heridas que causaba con aquellos filos se gangrenaran. Cuando al cardenal Della Rovere le llegaban esas historias solía reírse y decía que, en efecto, Francesco Alidosi era un hombre peligroso —tanto como él, pero sin su desmedida ambición—, pero en realidad lo era por su habilidad para las intrigas y su maestría con los números y las finanzas, no con los puñales.
—Sed bienvenido a Aviñón, Excelencia. El cardenal-arzobispo os espera para hacer vuestra entrada en la ciudad. Se ha dispuesto que cabalguéis a su lado bajo el palio, si así os place —dijo Alidosi con una sonrisa serpentina que precedió a una reverencia.
—Gracias, monsignore. Será un honor —respondió César.
El duque Valentino se equivocaba al pensar que Giuliano della Rovere estaba indefenso tras los altos muros de Aviñón. Docenas de mercenarios suizos —más de doscientos gañanes montañeses de ropas coloridas y mirada feroz conté yo hasta que me cansé de hacerlo— se disponían a ambos lados de cada calle por donde desfiló la comitiva, separados entre ellos por un par de brazas. Enarbolaban sus enormes picas —tan largas que algunas rebasaban el tejado de las casas más pequeñas— y llevaban la katzbalger o «destripagatos», que así llamaban a la espada corta de dos filos que les colgaba de la cintura. Cada doce hombres armados con lanza destacaba un doppelsöldner —«paga-doble», en la lengua tudesca— apoyado en su aterradora zweihänder, la descomunal espada de dos manos. Todos llevaban jubones azules con las mangas acuchilladas, y calzas amarillas, los colores de la casa Della Rovere. Aunque César mantenía su rostro impasible y, tal y como le había enseñado el papa Alejandro, se mostraba indiferente hacia todo lo que le rodeaba, como correspondía a un gran señor, yo podía leer en sus ojos la inquietud que le producía aquella exhibición de poder del cardenal de San Pietro in Vincoli.
No era para menos: aquellos piqueros no eran chusma reclutada de cualquier manera y mal armada, sino profesionales de la guerra cuyos servicios —lucharan o no— costaban dos ducados de oro a la semana por cabeza, lo cual suponía una auténtica fortuna. Cabía la posibilidad de que el cardenal los hubiera contratado solo para que hicieran de atrezo durante unos días para impresionar al hijo del papa, pero con Giuliano della Rovere no se podía dar nada por sentado.
Tampoco con César Borgia.
2
Militat omnis amans
Roma,
30 de octubre de 1498
Lucrecia se despertó con el tañido de las campanas que llamaban a monjas y frailes al oficio de laudes: el del amanecer. Sin embargo, la aurora parecía llegar con retraso, ya que fuera aún estaba oscuro y frío. Comprobó que el estrépito de los badajos contra los bronces de las torres de los monasterios y conventos no había despertado al hombre con el que compartía el lecho y cuya respiración, profunda y pausada, se acompasaba con los mil rumores de la madrugada romana.
La noche —como todas las noches desde su segunda boda a principios del verano— se había llenado con tanto placer como no creía que fuera posible. Alfonso d’Aragona, su nuevo marido, la amaba tanto y tan bien que, a la mañana siguiente, abría los ojos como si el mundo hubiera sido creado para que ella adornara cada nuevo día con una sonrisa, aunque fuera tiempo de luto y recogimiento como aquella víspera, aún no nacida, de la festividad de Todos los Santos de 1498.
En cuanto llegara la luz —que Lucrecia esperaba en su aposento del Palacio de Santa Maria in Porticu, a dos pasos del Palacio Apostólico—, las cien iglesias y siete basílicas de la ciudad se llenarían con las salmodias de la vigilia por las almas de los muertos, y, al oscurecer, las tumbas de los cementerios que rodeaban cada templo se iluminarían con miles de llamas diminutas. No se vería ni un alma por las calles, puesto que el día de difuntos y el Viernes Santo eran las dos únicas jornadas en las que las más de siete mil prostitutas de Roma tenían prohibido ejercer su oficio, tanto en los lujosos caserones de las cortigiane oneste —las cortesanas honestas que atendían a la nobleza y al alto clero— de la Via dei Coronari como en las posadas del puerto de Ripetta o los burdeles del Trastévere, donde la carne de ramera era más barata que el vino. La milicia urbana y la guardia pontificia recorrerían las calles para asegurarse de que lupanares y tabernas mantenían las luces apagadas y las puertas cerradas para no ofender el rezo ni el recuerdo de los muertos.
Lucrecia no quería rezar por sus muertos. Ni siquiera recordarlos, para no empañar la felicidad en la que había vivido durante los últimos meses y que ahora la atormentaba. Sin embargo, en aquel momento —sentada en el borde de la cama, sin nada más con lo que tapar su desnudez que las tinieblas—, se fustigaba a sí misma con el látigo de la culpa y el desasosiego. La silueta de su segundo esposo, perfilada bajo las sábanas de fina seda valenciana, avivaba las llamas de la pasión y los rescoldos del remordimiento, pues ver aquel cuerpo —bello como la estatua de Apolo del cardenal Della Rovere— era como volver a tener en su lecho a su amante, tan muerto antes de tiempo como olvidado.
Muerto —aunque ella ni lo sabía entonces ni lo supo nunca— a mis manos por orden de César y del papa Alejandro.
Se llamaba Pedro Calderón —aunque en Roma le conocían por Perotto— y era un joven aragonés de noble cuna, apuesto como un san Juan, de ojos negros y profundos, y que, además de ser el cubiculario favorito del pontífice, había sido el padre del primer hijo de Lucrecia. Por esa razón me ordenaron que lo asesinara y que el cadáver —junto al de Pentesilea, la esclava negra de Lucrecia, cómplice de su amor prohibido, a la que también maté— fuera arrojado al Tíber.
Habían pasado poco más de seis meses desde aquello, pero Lucrecia tenía enterrado el recuerdo de aquellos días amargos tan hondo como el de los días dulces de su infancia en la abadía de Subiaco. El por entonces cardenal Rodrigo Borgia era, a su vez, el abad del monasterio que los monjes benedictinos habían fortificado hasta convertirlo en uno de los bastiones más inexpugnables de Italia. Entre sus muros pasaba los veranos —junto a su familia— para ponerse a salvo de los aires malsanos del Tíber que diezmaban la ciudad cada año entre junio y septiembre. Lucrecia añoraba aquel recinto levantado en lo alto de un risco, con la villa a sus pies y rodeado de bosques en cuyas espesuras el cardenal les había enseñado a cazar a ella y a sus hermanos, César y Jofré, como si fueran sus propios hijos.
A todos los efectos, tanto César como ella, así como Jofré y el difunto Joan —ojalá, Dios se apiadara de su alma— eran la estirpe del papa Alejandro. Salvo Joan, educado en España, en la corte del rey Fernando de Aragón, los otros tres, además, se habían criado en Italia y el pontífice valenciano los había tomado como hijos desde sus tiempos de cardenal. No eran hijos carnales, pero los tres daban motivos para que así lo creyera todo el mundo. Hablaban entre ellos en valenciano —y, a veces, en castellano— de forma que los italianos no los entendieran del todo. También se rodeaban de criados y doncellas de los reinos de España, e incluso gustaban, de vez en cuando, de vestirse a la morisca, como se hacía en la corte de la reina Isabel de Castilla, para divertirse y, de paso, escandalizar a la nobleza romana.
Nadie recordaba —o quería recordar— que Joan, César, Lucrecia y Jofré eran los nietos de la hermana mayor del papa Borgia, Na Joana de Borja, fruto del matrimonio de su segundo hijo, Guillem-Ramón de Borja i Llançol de Romaní, con Violant de Castellvert, con quien habían llegado a Italia para ponerse bajo la protección del poderoso vicecanciller de la Santa Romana Iglesia. Ni siquiera ellos mismos.
En Roma, Violant había cambiado el nombre con el que la habían bautizado por el de Vannozza, y su apellido valenciano por el Cattanei de su marido, de Mantua. Y aunque en las cortes de media Europa se creyera que había sido la amante favorita del pontífice —y no su sobrina—, que le había dado sus hijos más queridos, a nadie de la familia Borgia le molestaba la habladuría en lo más mínimo. Ni siquiera a la propia Lucrecia quien, de hecho, no solo no guardaba memoria alguna de su verdadero padre, muerto cuando tenía dos años, ni de su tierra natal, sino que también había aprendido que valía más ser la hija bastarda de un pontífice que la legítima de un pequeño noble, un cavaller, del Reino de Valencia. Y su propia vida se había encargado de darle la razón.
Aunque solo tenía dieciocho años, ya la habían prometido dos veces y casado otras dos. Primero con el hijo del señor del valle de Ayora —tras su octavo cumpleaños— y luego –tras cumplir trece— con el heredero del conde de Prócida. No obstante, ninguno de los dos matrimonios concertados por el cardenal Borgia llegó a celebrarse. Cuando el prelado valenciano alcanzó el trono de San Pedro, decidió que el vástago de un noble valenciano de segunda fila o el primogénito de un pequeño conde napolitano de origen aragonés eran poca boda para la hija del papa de Roma y, sobre todo, para el propio papa de Roma. Por ello, se anuló el último compromiso para casarla con el conde de Pésaro, Giovanni Sforza, sobrino del duque de Milán. Y de él la divorciaron a los diecisiete para volverla a casar con Alfonso d’Aragona, príncipe de Salerno, duque de Bisceglie y sobrino del rey de Nápoles: el hombre que dormía a su lado, ajeno a las tribulaciones de su joven y bella esposa.
No sentía ningún tipo de pesar por su accidentada vida matrimonial. Tampoco se lo podía permitir. A fin de cuentas, ni siquiera había visto nunca a los dos pretendientes con los que había estado comprometida de niña. Respecto a su primer marido, el sobrino del duque de Milán, además de cojo y feo resultó ser un cobarde y un traidor que vendió los secretos de los Borgia a Carlos VII de Francia, el petito re —el rey pequeño—, cuando invadió Italia para conquistar Nápoles y casi logró destituir al papa Alejandro. Por eso, no tuvo ningún reparo en mentir ante una comisión de cardenales y ante el mismo Dios cuando juró que el matrimonio no se había consumado en tres años porque il Sforzino —que así llamaban al conde de Pésaro, de la familia Sforza, duques de Milán, por su escasa estatura— era impotente. Por aquel entonces, ya estaba prendida de Perotto, el cubiculario del papa que la visitaba en el Convento de San Sixto de Roma, donde se recluyó mientras duraba el proceso de anulación de su enlace con Giovanni Sforza. Virgo intacta fue declarada por los sabios cardenales sin que nadie se molestara en comprobar que estaba embarazada de seis meses de su amado Perotto. Y no lo hicieron porque el santo padre y su hermano César ya habían decidido casarla con Alfo
