Corren tiempos confusos.
Setecientos siete años después de su fundación, Roma se impone en medio mundo conocido y asienta su poder con la fuerza colosal de sus legiones, el espíritu indomable de sus hombres y la ambición sin cuento de sus gobernantes.
El mundo asiste atónito y asombrado al triunfo de Cayo Julio César, quien, tras conquistar la Galia y derrotar a su rival Pompeyo, se convierte en dueño absoluto de Roma.
En el extremo oriental del Mediterráneo, Israel, el atávico reino de los judíos, se debate entre dos mundos poderosos y antagónicos; el pueblo judío se resiste a la sumisión y se niega a abandonar sus costumbres, amenazadas por la marea incontenible de Roma y por el Imperio persa, en tanto sigue esperando a que el mesías prometido aparezca al fin para librarlo del nuevo cautiverio que se cierne sobre su inmediato futuro.
En el reino de Judá los romanos crean un protectorado al frente del cual colocan a Hircano, un monarca títere al que ni siquiera le otorgan el título de rey, sino el de etnarca.
Este es un tiempo prodigioso, tal vez uno de los más decisivos de la historia de la humanidad.
En medio de la vorágine de acontecimientos tumultuosos se abre paso un personaje siempre controvertido: Herodes. De padre idumeo y madre árabe nabatea, es nombrado rey de los judíos por el Senado de Roma y ratificado por el emperador Octavio Augusto.
Reina durante treinta y seis años, sobrevive a todo tipo de conjuras y conspiraciones, protagoniza hazañas extraordinarias y asombrosas, y comete actos aterradores; es capaz de concitar a la vez admiración, odio y miedo.
Congenia con los romanos, renuncia a antiguos principios y sabe adaptarse a los nuevos tiempos en un mundo sumido en tan grandes transformaciones que nunca vuelve a ser como antes.
Es conocido como «Herodes el Grande».
Esta es su historia, este es su mito, esta es su leyenda.
1
El tribunal
La lluvia es un fenómeno extraño y escaso a las puertas del desierto de Judea, pero esa mañana Jerusalén despierta bajo un cielo gris, entre relámpagos que anuncian los truenos que preceden a la tormenta, como un funesto presagio de las calamidades que se ciernen sobre Israel.
Bajo los truenos, el etnarca Hircano, monarca sin corona al que el título le confiere ínfulas de rey, pasea agitado por la sala de audiencias de su palacio, cuyas desnudas paredes de piedra y su austero mobiliario se asemejan más a una fortaleza cuartelera que a una residencia real.
Judea es una tierra nominalmente libre, pero desde que veinte años atrás Pompeyo el Grande conquista Jerusalén, pocos dudan de que Roma es su verdadera dueña y tutora y, aunque no se levanta una sola mota de polvo sin que lo ordene el gobernador romano, todavía abundan los judíos que creen en la ilusión de que son un pueblo libre y dueño de su destino.
En la región gobierna Hircano como etnarca, pero carece de capacidad de tomar decisión alguna sin permiso de Roma. El pueblo sigue sometido a un abusivo sistema de impuestos similar al de los vecinos de Siria, pero ni siquiera dispone del consuelo de sentirse independiente. No forma más que una mera provincia minúscula de una República inmensa que prácticamente la ignora.
—Todo está cambiando, y muy rápido —exclama Hircano con voz quejumbrosa—. Los comerciantes griegos y sirios de Galilea me envían numerosas quejas a causa de los robos que sufren por parte de la banda de ladrones que dirige un tal Ezequías. Los comerciantes amenazan con quejarse al gobernador romano de Siria; alegan que si yo no soy capaz de garantizar su seguridad, acudirán a Roma en demanda de auxilio.
—Señor —le contesta Antípatro, uno de sus consejeros—, ordena liquidar de una vez por todas a Ezequías; él es el culpable de los robos; es un bandido que está perturbando la paz en Galilea. Si lo capturas y lo ejecutas, te garantizas el respeto y el ejercicio de tu autoridad sobre toda esa zona. Algo tenemos que hacer o intervendrá el gobernador romano.
—Pues… sí. Daré a tu hijo Herodes una sola orden: que actúe con toda energía y fuerza, y que acabe con Ezequías y sus rebeldes para siempre.
Herodes, hijo del idumeo Antípatro, hace apenas unos meses que ejerce como gobernador de Galilea. Solo tiene veinticinco años, pero se comporta con la habilidad de un veterano.
—Hay que obrar con suma cautela. Ezequías es un hombre muy querido por buena parte de la población de Galilea. Si mi hijo se deja llevar de su ímpetu y actúa con fuerza desmedida, puede que crezca aún más el descontento y los indecisos se volverán en nuestra contra.
—Correremos el riesgo. Ordena a tu hijo que obre con toda la fuerza de la que disponga; la inseguridad debe desaparecer de Galilea. Póngase mi orden por escrito y envíese lacrada con el sello real.
Hircano habla con inusitada energía.
Antípatro inclina la cabeza ante el etnarca y sale de la estancia con el documento en su mano. Una hora después un jinete galopa hacia Galilea con instrucciones contundentes para el general del ejército de Hircano.
Herodes rompe el lacre que sella el pergamino con las órdenes de Hircano, lo despliega y lee:
«Actúa sin piedad. Acaba con esos revoltosos y dales un castigo ejemplar que no olviden nunca. Golpéalos con todas tus fuerzas y no dejes a uno solo con vida».
Junto al pergamino del etnarca hay otro escrito firmado por Antípatro:
«Si no sofocas la rebelión, los comerciantes sirios y griegos de Galilea presentarán sus quejas al gobernador romano de Siria, y en ese caso la menguada independencia de Judea se reducirá aún más».
Herodes sonríe: es lo probable. El mensaje le complace. En realidad, está cansado de permanecer encastillado en las fortalezas de Galilea; desea actuar; y si es contra los bandidos, mejor; demostrará que tiene agallas, que es capaz de acabar con tantos desmanes e imponer la paz y la seguridad en la región. Hace tiempo que espera esa oportunidad y no va a desaprovecharla.
Convoca de urgencia a los comandantes de los pocos batallones que tiene asignados. Quiere darles en persona las instrucciones que pongan fin a las revueltas; dispone de carta blanca para actuar; no hay más orden que acabar con el bandidaje al precio que sea. Y está dispuesto a no fallar en el empeño.
—Señor, los bandidos no habitan en localidades en las que podamos atraparlos con facilidad; se esconden en las cuevas que abundan en las montañas de nuestra región. Es muy difícil capturarlos. Son como ratas, o como víboras que saben esconderse con todo sigilo —le explica un comandante.
—Es cierto. Con los pocos hombres de que disponemos no es posible atacar uno a uno todos los escondites de esas alimañas, pero sí podemos hacer algo eficaz —replica Herodes.
—¿Qué propones, general?
—Abordaremos desde arriba las cuevas donde se esconden.
—¿Cómo exactamente?
—Sabemos que se ocultan en cavernas abiertas en paredes tan escabrosas que acceder a ellas desde abajo es muy difícil; al ascender seríamos blanco fácil para que nos derriben a pedradas. Atacaremos desde lo alto.
—¿Entonces…?
—Construiremos unos sólidos cajones de madera, de tamaño suficiente como para contener a una docena de soldados. Los anclaremos en el borde del precipicio con gruesas vigas y tablones; colocaremos roldanas de hierro para que sea fácil hacer descender los cajones mediante maromas hasta llegar a las bocas de las cuevas; una vez allí, saltaremos al interior y acabaremos con ellos.
Al comandante le gusta la idea.
—A tus órdenes, general. Nos ponemos a ello inmediatamente.
—Los soldados que desciendan en los cajones llevarán flechas en abundancia, espadas y lanzas cortas. Portarán, además, teas y antorchas por si fuera necesario penetrar en las cuevas; que lleven garfios de hierro en la punta de varas largas para enganchar a los que se resistan y arrojarlos al vacío sin contemplaciones.
—Es una táctica arriesgada y peligrosa.
—Sí. Pero funcionará, comandante. Una vez fuera de sus escondrijos, deben morir todos. No habrá perdón ni misericordia para ellos. Nos estorban. No valen más que la arena que pisan nuestras sandalias.
Los rebeldes que siguen a Ezequías se quedan asombrados cuando contemplan cómo descienden del cielo decenas de cajones con soldados de Herodes en el interior. Se creen protegidos en cavernas de casi imposible acceso, cuando colgados como de las nubes, aparecen soldados que saltan a la boca de las cuevas armados con garfios, espadas y lanzas cortas.
La sorpresa es tal que muchos de los bandidos ni siquiera son capaces de empuñar sus armas y corren hacia el interior de las cuevas intentando desde allí hacer frente a los hombres de Herodes. Antorchas y teas en mano, los soldados saltan a las cuevas y persiguen a los que huyen hacia el oscuro fondo en busca de refugio.
Los que no aciertan a defenderse y huir lanzándose rocas abajo son rematados en las bocas de las cuevas y sus cadáveres arrojados al vacío. Los soldados de Herodes cortan las cabezas de algunos de los abatidos y las muestran como trofeos de caza para de inmediato lanzarlas al aire entre gritos de victoria.
Encaramado en el borde de la cornisa superior del acantilado, el general contempla la acción de asalto y sonríe al escuchar las voces de triunfo de sus hombres. Al rato, el sol comienza a ocultarse y las sombras se adueñan de la pared rocosa.
—Volved todos a los cajones —ordena Herodes.
Sus soldados obedecen y regresan a los ingeniosos artilugios ideados por su general, que sonríe satisfecho por su éxito.
—No hemos acabado con todos; muchas de esas ratas se han refugiado en lo más profundo de las cuevas —dice un comandante que desciende en el primero de los cajones con los brazos empapados en sangre.
—No pueden escapar; mañana, al amanecer, repetiremos el descenso y liquidaremos a los que todavía queden.
Apenas despuntan los primeros rayos de sol cuando los cajones, cargados de soldados, vuelven a descender paralelos a las paredes rocosas. Cuando llegan a la altura de las cuevas no asaltadas la tarde anterior, se encuentran con que en varias de ellas están asomados grupos de bandidos, aparentemente desarmados, que agitan paños en señal de rendición. Un par de grupos, sin embargo, ofrece obstinada resistencia, arrojando piedras y flechas a los atacantes.
En una de esas cuevas se refugia Ezequías, príncipe de los ladrones, con su esposa, sus siete hijos varones y media docena de leales que deciden acompañarlo y sellar su destino con el de su jefe.
Armados con jabalinas y pertrechados con largas pértigas, los leales a Ezequías responden con fiereza al asalto de los soldados herodianos. Desde lo alto, Herodes contempla la enconada resistencia y grita con furia:
—¡Recurrid al fuego!
El comandante que dirige el ataque ordena a sus hombres que prendan fuego a las puntas de las flechas embadurnadas de brea y que las disparen hacia el interior de las cuevas, donde se hallan acumulados montones de leña y paja.
Apenas unos instantes después una lluvia de saetas incendiarias impacta en la madera y la paja resecas. El calor y la corriente de aire que circula en torno a la boca de la cueva aceleran la combustión y muy pronto el recinto rocoso se convierte en lo más parecido a la puerta de un horno.
Los seguidores de Ezequías se aperciben de que, si permanecen en la entrada, van a ser abatidos desde los cajones como muñecos de trapo, pero que si penetran en el interior, el humo y el fuego los asfixiarán o los abrasarán.
—¡Estamos perdidos! Es inútil cualquier resistencia; debemos rendirnos —grita desesperado uno de ellos.
—Entreguemos las armas, tal vez así logremos salvar la vida —replica otro.
—Nuestro Dios no consentirá que nos maten como a perros. Permaneced en guardia. ¡Resistid! —clama Ezequías preso de ira y rabia.
Un cambio en la dirección del viento amaina el fuego, lo que aprovechan los bandidos para refugiarse en el interior siguiendo las órdenes de su jefe.
Ezequías, cual profeta rodeado de una aureola divina, se queda fuera, increpando a los asaltantes, quienes dudan si acribillarlo a flechazos desde los cajones, saltar a la cueva y cortarle la cabeza de cuajo, o bien tomarlo como prisionero.
El príncipe de los ladrones, viendo todo perdido, llama al mayor de sus hijos, que sale de la cueva obediente.
—Aquí estoy, padre.
—No consentiré que mis hijos sean esclavos del etnarca de Judea.
Sin pensarlo dos veces, Ezequías lo degüella de un tajo limpio y certero y arroja el cuerpo al vacío.
De inmediato, y ante la mirada atónita de los asaltantes, va llamando uno a uno a sus otros seis hijos, a los que degüella inmisericordemente, como sacrificio ritual ante un dios terrible y ávido de sangre, y lanza al precipicio los cuerpos sin vida.
De nada sirve que desde una cornisa en lo alto Herodes le ordene que detenga la degollina de su familia. Tras matar a sus siete hijos, Ezequías llama a su mujer, que aparece en la boca de la cueva buscando en vano con la mirada angustiada a sus hijos. Un charco de sangre se extiende a los pies de su esposo. Ella se echa las manos a la cabeza, se mesa los cabellos y grita desesperada.
Los soldados que ocupan los dos cajones de madera que cuelgan frente a la cueva asisten en silencio, sin saber cómo responder a tamaña matanza.
Ezequías sujeta por los hombros a su esposa y de otro certero tajo en el lateral del cuello la ejecuta. La mujer cae al suelo como un muñeco roto, en medio del charco de la sangre de sus hijos.
—¡Estás loco! —le grita Herodes, que presencia la carnicería desde una cornisa.
—¡Baja aquí, maldito hijo de una puta nabatea! ¡Baja, bastardo del demonio, y mide tu espada con la mía! ¡Cobarde! ¡No te escondas tras tus hombres y pelea conmigo! —clama al cielo Ezequías con la espada empapada en sangre.
—Arroja la espada, entrégate y quizá perdone a los hombres que queden vivos en esa cueva —le propone Herodes.
—¡Baja, canalla, baja y pelea! —grita el príncipe de los ladrones con la voz ya rota por el humo, la desesperación y el odio.
—Ríndete.
—Prefiero morir mil veces a caer en las manos de una inmundicia como tú. Si no puedo vivir libre, moriré como he vivido. Solo me debo a Dios, a mi gente y a mi tierra, a los que tú, infame, has manchado de oprobio y deshonor. Malditos seáis mil veces. Te maldigo hasta el final de los tiempos y por toda la eternidad. Tus manos están manchadas de vergüenza y muerte, y tu corazón es tan impuro como tu alma. Esos hombres a los que ahora mandas —Ezequías señala con la espada a los soldados que siguen colgados de los cajones esperando órdenes de su general— saben bien lo que pretendes, pero te obedecen porque te tienen miedo, no porque transmitas autoridad y merezcas su respeto. Mirad a vuestro general. No se atreve a bajar a pelear conmigo. No pretende otra cosa que esclavizaros a todos vosotros. No permitáis que lo consiga; no dejéis que os esclavice; no consintáis que os arrebate vuestra dignidad. Vosotros, hombres de Judea, hijos de Abrahán y de David, ¿seréis capaces de obedecer ciegamente al hijo de una puta extranjera, a un idumeo traidor y cruel? Ese hombre os arrastrará al infierno. Sabed que os venderá a los romanos, si es que no lo ha hecho ya, y que os convertirá en esclavos para calmar su ambición y sus deseos de gloria.
—No eres más que un bandido, el cabecilla de una banda de ladrones que no ha hecho otra cosa que dañar al pueblo de Galilea.
—¿A mí me llamas bandido? ¡Tú, que no eres sino el más rastrero sicario de Roma! ¡Un desecho humano, cuya carroña rechazarían hasta los perros y buitres! Asesinas a tu propia gente, y lo haces sumiso al poder de Roma, ante el cual arrastras los pies de la manera más miserable.
—¡Eres un loco! ¡Asesinar a tu propia familia! —le replica Herodes, que siente cada una de las diatribas de Ezequías como una punzada en el corazón.
Sabe que hay muchos judíos en Galilea que admiran la rebelión de Ezequías, y que no lo consideran un bandido, sino un patriota que lucha por la dignidad de su pueblo para evitar que caiga en las garras de las insaciables águilas romanas. Todos esos piensan que autoridades de Jerusalén, con el etnarca Hircano a la cabeza, no son más que traidores al pueblo.
—No, no soy ningún demente. Yo doy mi vida por Israel, me sacrifico por los hombres piadosos que adoran al verdadero Dios. Mis enemigos son los romanos, los griegos y los sirios que oprimen a los galileos de verdad. Solo tú y tus dueños romanos me llamáis bandido y ladrón. Soy un judío decente; tú eres escoria deleznable, el hijo de una ramera vil.
—Por última vez…
A Herodes no le da tiempo a acabar la frase. Ezequías señala con la espada a Herodes, la arroja al vacío, alza los brazos al cielo y se despeña en el abismo.
El estratego contempla el vuelo del cuerpo, que se estrella contra las rocas del fondo del desfiladero, junto a los cadáveres de sus hijos.
Un silencio denso y profundo se extiende por el acantilado. Los soldados, desde el interior de los cajones colgantes, acaban de presenciar el resultado de una escena como sacada de la más cruenta de las tragedias griegas.
—¿Qué hacemos ahora? —demanda a su general uno de los comandantes.
—Pasad a todos los supervivientes a cuchillo; que no quede ni uno vivo —ordena Herodes con rotundidad.
—¿Ni aunque se rindan?
—Los que aún quedan vivos en esas cuevas son de la misma calaña que el orate de su cabecilla. Si nos mostramos misericordiosos con ellos y los dejamos vivir, a la larga se convertirán en un problema más grave, si cabe. Matadlos a todos.
Los soldados entran en las cuevas que todavía quedan por revisar y liquidan a todos los que encuentran a su paso. Los cadáveres de aquellos desdichados son arrojados al vacío. Algunos soldados piden a Herodes que permita enterrarlos conforme a los ritos ancestrales, pues son judíos como ellos, pero el general se niega, deja los cadáveres esparcidos en el barranco y expuestos para banquete de alimañas carroñeras. Luego permite que sus soldados saqueen todo cuanto de valor se encuentre en las cuevas, incluso entre las ropas de los rebeldes.
El joven general regresa satisfecho a sus cuarteles.
La noticia de la brutal represión de Herodes sobre Ezequías y sus seguidores llega enseguida a Jerusalén.
Entre los judíos hay opiniones diversas: algunos creen que esa chusma de ladrones recibe lo que merece, pero la mayoría considera que los muertos en las cuevas del acantilado son verdaderos mártires del pueblo de Israel y que representan a todos aquellos que luchan por la justicia.
En el centro de un corrillo de gente congregada a las afueras de la puerta de David, en Jerusalén, un anciano habla sobre lo sucedido a Ezequías y sus seguidores:
—Nuestros hermanos han sido asesinados sin que se les haya ofrecido la oportunidad de ser escuchados en un tribunal. Hircano y su brazo ejecutor, el joven Herodes, se han arrogado la justicia y la ira de Dios, el derecho a la vida y a la muerte. ¡Qué nación tan desdichada la que consiente que manos humanas ejerzan la justicia divina! ¡Somos un pueblo desgraciado sobre el que ha caído el mayor de los infortunios!
—¿Y qué podemos hacer para acabar con esta injusticia? —pregunta un joven.
—Escuchad. Yo ya soy viejo, y Ezequías el galileo me recuerda algo que ocurrió hace algún tiempo. En el nombre de Roma, Pompeyo Magno invadió Israel hace unos años. Quería someternos y convertirnos en siervos de su república. Algunos de nuestros hermanos en la fe de Abrahán se resignaron y aceptaron el dominio extranjero; pero otros, organizados en pequeños grupos, plantaron cara al invasor y se aprestaron a resistir y a morir si fuera necesario. Lo intentaron, pero Pompeyo trajo consigo a un poderoso ejército, al cual no pudimos derrotar.
»Os contaré el porqué de nuestra situación actual. El romano Pompeyo había vencido a sus rivales en Hispania, y tras limpiar de piratas las costas de Cilicia para favorecer la navegación y el comercio con Roma, aplastó a los reyes Mitrídates del Ponto y Tigranes de Armenia. Finalmente Pompeyo intervino en nuestras disputas internas y aprovechó para poner su bota sobre Jerusalén, nuestra ciudad sagrada. ¡Una pieza más para el Imperio! Aún recuerdo aquel funesto día en el que después de tres meses de asedio las tropas romanas derribaron una de las grandes torres de defensa y entraron en el recinto del Templo. Miles de judíos, hermanos nuestros, fueron asesinados a sangre fría en estas calles, y Pompeyo profanó el lugar más sagrado de nuestro santuario, allí donde solo puede acceder el sumo sacerdote, ultrajándolo con su presencia.
Los congregados en torno al anciano no perdían sílaba alguna de los recuerdos de alguien que contaba lo que él mismo había vivido.
—En aquel tiempo el etnarca Hircano y su hermano Aristóbulo se disputaban el trono del reino de nuestros reyes Asmoneos, y Pompeyo aprovechó la ocasión para nombrar etnarca a Hircano, a la vez que convertía a Judea en una tierra dependiente de Roma. Pero ya sabéis que Pompeyo sufrió la venganza divina. Se enfrentó con Julio César, un duro rival, fue vencido y acabó ejecutado en Egipto.
»Herodes, el general que ha asesinado a los valientes que hacían frente a la injusticia de Hircano, es como Pompeyo: un joven ambicioso y cruel que venderá a nuestro pueblo a Roma si considera que puede sacar de ello algún beneficio personal.
—¿Quién es ese Herodes del que hablas? —pregunta otro de los jóvenes, ignorante de la situación.
—Es hijo del noble Antípatro, mano derecha de Hircano, y de Cipro, una mujer de estirpe árabe; un idumeo, en todo caso, judío a medias. Nuestro rey Hircano lo ha nombrado gobernador de Galilea con la misión de reprimir cualquier disidencia. Por lo que se ha sabido de Ezequías, se ve que ese Herodes carece de escrúpulos.
—Hircano es un títere de Roma —se alza una voz entre los presentes.
—Es cierto. Nuestro soberano fue impuesto por Pompeyo, y Roma lo mantiene como rey de Judea.
—¿Cómo es posible que lo consintamos?
El número de congregados en la puerta de David va creciendo conforme se corre la voz de que un grupo de personas está debatiendo sobre lo ocurrido en Galilea. El anciano aprovecha la presencia de los recién llegados para inculcarles más claramente aún su veredicto:
—Lo mismo que Pompeyo con nuestros hermanos hace veinte años, ha hecho ahora Herodes con los galileos. A los que él llama ladrones y bandidos eran judíos temerosos de Dios, héroes que luchaban contra la dominación romana encarnada en esbirros como Hircano y Herodes mismo. ¡Estos dos realizan ahora el trabajo sucio que antaño hicieron las legiones de Pompeyo! Con lacayos como ellos, los romanos ni siquiera tienen que mancharse las manos con nuestra sangre. Ya lo hacen otros por ellos —remachó el anciano levantando la voz.
—¿Vamos a seguir dejando que nos aplasten como a lagartijas? —se oye otra voz.
El grupo, cada vez más numeroso, estalla en gritos de indignación.
—Hircano nos fue impuesto por Roma, y Herodes es la espada que amenaza nuestros cuellos. Esta es la tierra de Dios, la sagrada tierra prometida a la que nos condujo Moisés tras la larga travesía por el desierto. Nuestro país está impurificado por las sandalias de los romanos y sus esbirros. ¿Vamos a seguir consintiéndolo? ¡Traidores!
—¡Acabemos con ellos!
Mediada la tarde, las proclamas de rebelión suscitadas por otros personajes que albergan las mismas ideas, se extienden por toda Jerusalén. La ciudad está incendiada de indignación. De boca en boca, por calles y mercados, se oyen gritos que demandan venganza por los asesinatos en Galilea.
Grupos de jóvenes se desplazan por la capital conminando a la rebelión y clamando justicia. Cualquier signo en las calles que recuerde el dominio de Roma es derribado y destruido.
En el palacio real crece la inquietud cuando llegan las noticias de lo que está ocurriendo en todos los barrios. Antípatro acude presto a presencia de Hircano, que se muestra sumamente nervioso.
—¿Qué ocurre ahí fuera? —pregunta el etnarca muy molesto.
—Grupos de revoltosos claman justicia, señor, por la muerte del bandido Ezequías y sus hombres —informa Antípatro—. La población de Jerusalén está muy alterada por lo ocurrido en Galilea.
—¿Acaso creen que tu hijo se ha excedido en el castigo a esos ladrones?
—Sí, pero te recuerdo que le otorgaste plenos poderes para que acabara con los bandidos.
—Un gobernante debe ser fuerte y no dejarse llevar por la misericordia. Tu hijo ha cumplido mis órdenes.
—Acusan a mi hijo, y de paso también a ti, de aplicar una crueldad extrema en los castigos a esos rebeldes. ¿Qué ordenas?
—¿Qué me aconsejas? —inquiere Hircano.
—Si dejamos que crezca la revuelta, puede ser que acabe con tu autoridad y tu gobierno. Tenemos que apagar este fuego que se extiende por Jerusalén, o nos consumirá. Ordenaré que salgan a las calles varios pelotones de soldados y que apresen a los cabecillas de los tumultos. La autoridad debe imponerse.
—De acuerdo —asiente Hircano—, pero diles a los soldados que eviten violencias gratuitas.
Los hombres de Antípatro salen de sus cuarteles y patrullan por las calles de Jerusalén. Finalmente su presencia logra apaciguar un tanto a los revoltosos, pero varios jóvenes les plantan cara y los conminan a servir al pueblo y no a los romanos, a la vez que exigen, para acabar con las protestas, que se celebre un juicio para depurar los excesos de Herodes. ¡Y que sea cuanto antes!
Encastillado en el palacio real, Hircano es informado de que la revuelta no está calmada del todo. Recibe entonces la petición del pueblo y accede, tras breve reflexión, a convocar una sesión del Sanedrín para debatir lo sucedido en Galilea.
Al día siguiente, el pregón de los heraldos reales anuncia la convocatoria, que se vocea en varios puntos de la ciudad, lo que contribuye a calmar un tanto los ánimos exacerbados.
Centenares de personas se agolpan en los alrededores del Templo. Conforme van llegando los miembros del Sanedrín se alzan voces reclamando un juicio justo.
La reunión se celebra en un austero edificio dentro del recinto del Templo. La sala, a la que se accede a través de dos pequeñas puertas desde el primer atrio del santuario, tiene sus cuatro paredes de piedra labrada. Como prescribe la Ley, no hay adornos ni figura ni elemento decorativo alguno. Los setenta miembros del tribunal, cuyo número recuerda a los setenta ancianos que asistían a Moisés durante la travesía del desierto, ocupan sencillos bancos de madera colocados en semicírculo para que todos puedan verse las caras. En el lado norte, bajo un pequeño dosel y en un sillón labrado con adornos geométricos, el sumo sacerdote preside el tribunal. Hircano hace el número setenta y uno, a fin de que en caso de votar una resolución no se produzca un empate. En los extremos hay dos mesas de madera de cedro que ocupan sendos escribas, encargados de levantar las actas de cada sesión y depositarlas luego en dos copias en el archivo del Templo. En el centro de la sala se colocan los acusados a los que se toma declaración.
El Gran Sanedrín es el supremo tribunal donde se dirimen las causas más graves y los asuntos importantes del pueblo de Israel, y está integrado por miembros de las principales familias de la casta sacerdotal, magistrados de Jerusalén, doctores en la ley de Moisés y algunos destacados fariseos.
—¿Qué crees que va a ocurrir? —pregunta uno de los jueces, que ocupa su asiento, al colega de al lado.
—El caso que se nos presenta es sustancioso. Ya sabes que el acusado es el estratego Herodes, gobernante de Galilea, un general demasiado joven, que aplicó la fuerza con extrema dureza para acabar con lo que unos consideran una banda de ladrones y otros, un grupo de patriotas.
—¿Y tú, de qué parte estás? Tu opinión ha sido siempre muy respetada por los demás miembros del Sanedrín.
—Todos conocéis mis reticencias hacia Herodes.
—¿Vas a postular que sea condenado por lo que hizo con los bandidos?
—Odio a ese hombre y a toda su familia. No son verdaderos judíos, sino idumeos, gente impura que no debería ocupar ningún cargo en Israel. Si de mí dependiera, esta misma tarde el cuerpo de Herodes quedaría colgado de un árbol a las afueras de la ciudad.
Quien así responde es el anciano Haniná ben Jeconías, un destacado miembro del Sanedrín que no oculta su enemistad hacia Herodes, al que no considera digno de ostentar el puesto de gobernador de Galilea.
Los miembros del tribunal terminan de ocupar sus asientos. Cuando entra el sumo sacerdote, todos se levantan a su paso. Escoltado por el preste encargado de la policía del Templo, el presidente camina hacia su sillón con ademanes pausados, consciente de su poder y su influencia. Todos lo conocen bien: es el etnarca de Judea y sumo sacerdote a la vez, máxima autoridad política y religiosa del pueblo judío.
Hircano tiene más de sesenta años; es de baja estatura y complexión débil, aunque algo grueso. A pesar de la tensión, su rostro redondo no se muestra demasiado serio, y sus ojos de cordero a punto del degüello le confieren un aspecto apacible, incluso bondadoso. No viste como su condición de sumo sacerdote requiere, sino que lo hace a la manera romana, con túnica y toga, y porta una modesta diadema ceñida a mitad de su cabellera. La sencillez de su vestimenta se adecúa con la austeridad del entorno. De cualquier modo, no parece precisamente el mejor compañero para tener al lado en una batalla.
El etnarca ama la vida palaciega, le gusta el lujo y ambiciona el poder, pero no le atrae la tarea cotidiana que conlleva el gobierno ni el trabajo del tribunal. Delega el trabajo diario en Antípatro, en el que confía plenamente, y deja que sean generales como Herodes los que se encarguen de la guerra y de la seguridad de su reino.
Al llegar a su sillón mira con ojos casi somnolientos a los miembros del Sanedrín y luego se sienta. Todos hacen lo propio. Los escaños están llenos. Nadie quiere perderse esta sesión, nadie quiere dejar pasar la oportunidad de juzgar a Herodes y asistir al juicio que levanta tanta expectación en Israel.
Con un gesto de su mano, la comitiva del presidente abandona la sala. Solo quedan los setenta miembros del tribunal, los dos escribas e Hircano, soberano y sumo sacerdote, que toma la palabra:
—Miembros de este santo tribunal, estamos reunidos en sesión solemne para juzgar a Herodes, hijo de Antípatro, general de los ejércitos de Judea y gobernador de Galilea —la voz del etnarca denota cierta inseguridad—. Haced entrar al acusado.
Dos miembros del Sanedrín abandonan la sala y regresan a los pocos instantes flanqueando a Herodes.
—¿Pero qué burla es esta? —masculla indignado Haniná ben Jeconías a la vez que aprieta los puños ante lo que está presenciando.
Herodes viste su armadura de gala, reluciente como labrada en oro, y al cinto lleva su espada de combate, con el pomo de plata rematado con una gema. Sobre sus recios hombros luce una clámide púrpura, el color reservado a los reyes, y sobre las sienes porta una corona de laurel, al modo romano, como los generales que obtienen un gran triunfo en la guerra.
—General, este sagrado Sanedrín desea escuchar tu versión de lo acontecido en Galilea —habla Hircano.
—Os traigo un triunfo absoluto sobre los enemigos de Israel y os entrego una contundente victoria —proclama Herodes con orgullo.
—Esto es intolerable; esa actitud desafiante para con este Sanedrín, esa burlona insolencia, ese desprecio a nuestras leyes… Un judío nunca mata a otro judío… Espero que Herodes reciba su merecido —murmulla Ben Jeconías.
—Sumo sacerdote, pido la palabra —alza la voz y el cuerpo uno de los miembros más veteranos del Sanedrín, del sector de los sacerdotes.
—¿Qué tienes que decir? —demanda Hircano.
—No es adecuado que el acusado se presente ante este tribunal de semejante guisa.
—¿Y cómo debería de haberlo hecho? —interviene Herodes saltándose las reglas del debate.
Sin prestarle caso alguno, sigue diciendo el sanedrita:
—El reo debe presentarse vestido con ropas humildes, descalzo, con los cabellos sin peinar y cubiertos de ceniza.
—Y al lado, los miembros de mi familia gimiendo y rogando clemencia por mi vida, ¿no es así? —interrumpe Herodes, que echa mano a la empuñadura de la espada y pasea su mirada desafiante ante los miembros del Sanedrín mientras Hircano guarda silencio.
El general tiene una presencia formidable, que impone miedo y a la vez atrapa los sentidos. Sobresale en altura una cabeza por encima de la media de los varones allí congregados y pese a la armadura y las grebas, se perciben unos músculos colosales que indican un vigor y una fortaleza excepcionales.
Lleva el cabello, color negro azabache, bien cuidado, elegantemente cortado y con rizos naturales; sus ojos negros lucen una mirada penetrante, con un brillo de obsidiana, con la que parece desafiar al tribunal; su rostro denota un rictus duro e indómito, propio de un militar curtido en las batallas.
—Nunca antes he visto a nadie comportarse con semejante osadía ante el Sanedrín. Este hombre merece un castigo por sus actos, pero también por su soberbia —dice un sacerdote, un tanto amedrentado por la mirada acerada que le dedica Herodes.
Desde el exterior de la sala donde está reunido el Sanedrín llega un extraño rumor que desata cierta inquietud entre los miembros del sagrado tribunal.
Al instante, uno de los sirvientes del Templo entra en la sala y se dirige al decano; tiene el rostro desencajado.
—¿Qué ocurre ahí fuera? ¿Acaso has visto un fantasma? —le pregunta inquieto Ben Jeconías.
—La guardia de Herodes…
—¿Qué…?
—En la explanada se han desplegado varias decenas, tal vez un centenar, de soldados de Herodes. Van armados con espadas y lanzas y se protegen con escudos y corazas; y ni siquiera están todos sus hombres; el resto del ejército ha tomado posiciones a las puertas de Jerusalén. La ciudad está rodeada.
Hircano recibe la misma información, pero a pesar de la inquietud de los miembros del Sanedrín, entre los que de boca en boca se extiende la noticia de lo que ocurre en el exterior, decide continuar con el juicio.
—El fiscal puede iniciar su alegato —ordena el sumo sacerdote.
Simeón ben Shetai, fiscal superior del Sanedrín, es un saduceo que a sus más de sesenta años atesora una gran experiencia. Enjuto, de mirada penetrante y semblante oscuro, viste el kittonet, la túnica larga de lino, que se ciñe a la cintura con un ancho cinturón de cuero recamado con motivos florales, y se cubre la cabeza con un lienzo, tal cual prescribe la norma.
Se levanta de su escaño con ademanes un tanto pretenciosos, recorre con la mirada el semicírculo de escaños, la detiene en Herodes y habla con tono engolado:
—Miembros de este sagrado Sanedrín: todos conocéis por qué hemos sido convocados. Los sólidos muros de este santo lugar se estremecen al escuchar los lamentos de dolor y pena que emiten las madres, esposas e hijas que piden justicia por sus muertos. El prefecto de Galilea, hijo de Antípatro, aquí presente, ha ejecutado a decenas de ciudadanos galileos sin someterlos a juicio previo. Este hombre —el fiscal señala a Herodes— ha quebrantado nuestra ley, que prohíbe condenar a cualquiera sin que medie un proceso judicial y se dicte la sentencia correspondiente.
Los reunidos en la sala emiten murmullos y hacen gestos de aprobación al exordio de Ben Shetai, que se siente respaldado.
—Herodes está perdido —musita sonriente el viejo Ben Jeconías.
El fiscal alza la mano pidiendo silencio y continúa su acusación:
—Herodes ocupa un puesto muy importante. Como hijo del principal asesor de nuestro etnarca, se le encomendaron tareas esenciales para la defensa y seguridad de Galilea, pero no ha sabido desempeñar su trabajo con la razón y la justicia requeridas para ejercer un cargo tan relevante. Lejos de cumplir su deber, ha cometido una serie de gravísimos y horrendos crímenes que deben ser juzgados por este tribunal. Tamaños delitos no pueden quedar impunes.
Durante casi una hora el fiscal describe con minucioso detalle lo sucedido en Galilea —según dicen quienes lo han presenciado— poniendo énfasis en la maldad de Herodes, en sus crueles medios de ejecución, en la carencia de escrúpulos morales, en la ilegalidad de sus actos y en la crueldad general de su comportamiento. La mayoría de los presentes asiente complacida a todas y cada una de las acusaciones que vierte Simeón, quien a cada momento que pasa se siente más seguro de su triunfo.
Acabado el relato de su acusación, Ben Shetai inspira con fuerza; siente cómo el aire penetra en sus pulmones, con su mirada aguileña recorre la sala y sonríe victorioso antes de pronunciar el colofón de su discurso:
—Miembros del Sanedrín, estáis ante un hombre —vuelve a señalar a Herodes— que ha despreciado las costumbres de nuestros padres, un hombre para el que la vida de los judíos carece de valor alguno, un hombre que siembra mala cizaña, un hombre que emponzoña nuestra vida, sin conciencia, perverso y cruel que ignora la ley de Dios. Hay que erradicar cuanto antes a este criminal de nuestras vidas, eliminar el veneno que supone para nuestra patria y devolver la justicia que nos ha robado.
»Dada la atrocidad de sus crímenes, solicito un castigo ejemplar para Herodes y considero que es justo que sea condenado a muerte, pues ese castigo es el único posible para reparar tanto daño como este hombre ha causado entre los nuestros. Os toca ahora, ilustres miembros de este tribunal, juzgar en conciencia los hechos aquí relatados y sentenciar, con la ley del Altísimo ante vuestros ojos, a quien ha conculcado de modo tan grave esa misma ley de Dios.
El fiscal toma asiento y mira desafiante a Herodes, que sigue de pie en el centro de la sala, sin mostrar signo alguno de intranquilidad.
La mayoría de los miembros del Sanedrín aprueban el informe del fiscal, al que algunos felicitan alzando la mano complacientes.
—Sabes que —dice Ben Jeconías al joven que se sienta a su lado— los notables de Jerusalén no admiten que nadie imparta justicia sin contar con ellos, y menos aún que quien lo haga sea un arribista casi extranjero como Herodes, un idumeo en cuyas venas no hay sangre pura judía. Ese engreído general se ha arrogado unas prerrogativas para las cuales no está autorizado.
—Pero dicen que fue el propio Hircano quien lo facultó para obrar de ese modo contra los… bandidos.
—Cosas de la política. Hircano ha puesto a Herodes a los pies de los caballos, pero no moverá un dedo para salvarlo y se lavará las manos. Así queda bien con los notables y a la vez logra acabar con los que se oponen a su política en Galilea.
—Pido la palabra.
Quien alza la voz es Eleazar ben Buta, otro destacado individuo del grupo de los saduceos. Es uno de los hombres más ricos de Israel, que debe su fortuna a turbios negocios del tráfico de madera que importa de los montes del Líbano y de las orillas del Ponto Euxino. Quienes lo conocen saben que es un tipo práctico, con pocos escrúpulos, carente de conciencia, sin sentimientos nobles y sin sentido de la moral. Lo único que le interesa y por lo único que se preocupa es por sus asuntos económicos y por agradar a sus socios comerciales judíos y griegos.
—Habla, Eleazar —autoriza el sumo sacerdote Hircano.
—Ignoro a qué viene todo esto. El acusado, nuestro valiente general Herodes, ha prestado un excelente servicio a Israel. Todos vosotros —Ben Buta recorre los escaños del hemiciclo señalándolos con su brazo—, ilustres jueces, conocíais de sobra el ánimo sedicioso y el comportamiento delictivo de esos delincuentes galileos. Erais sabedores de las continuas quejas de los honrados comerciantes que deben atravesar esa región de ladrones y de cómo sufrían los constantes robos y ataques a sus caravanas. Herodes, el hombre a quien estamos juzgando, ha cumplido con su obligación, y lo ha hecho con la eficacia, rapidez y contundencia que debe aplicar un insigne soldado.
»La actuación de nuestro general en Galilea ha sido impecable y no merece nuestro rechazo y nuestra condena, sino nuestro aplauso y nuestra gratitud. ¿Imagináis, honorables colegas, qué hubiera ocurrido si Herodes no hubiera acabado con esa guarida de ladrones? ¿No…? Yo os lo diré: cuando hubiera llegado la Pascua los sediciosos que seguían al loco criminal llamado Ezequías se habrían infiltrado en Jerusalén, como parece que tenían planeado, habrían provocado gravísimos problemas con el legado romano en Siria, habrían provocado cuantiosos daños a las caravanas y a los mercaderes, se habrían apoderado de sus mercancías y habrían originado tal malestar que las protestas y revueltas se habrían extendido por todo Israel. Que todas esas calamidades no hayan ocurrido, se lo debemos a ese hombre. Agradezcamos su intervención con los honores que merece.
Diversas voces se alzan tras escuchar la defensa de Ben Buta: unas a favor de Herodes, otras en contra; unas pocas claman por condecorarlo, otras piden que sea condenado; unas lo tildan de héroe y salvador de Israel, otras de cruel y despiadado; unas lo asemejan con el juez Gedeón, vencedor de los madianitas, otras lo comparan con el pecador Acán, al que los israelitas apedrearon y quemaron por haberlos traicionado en Jericó.
El tumulto entre detractores y defensores se encona; nadie logra imponer su voz en el tumulto. Hircano observa en silencio desde su estrado preferente, hasta que un relevante fariseo, de imponente presencia, alza los brazos y grita a voz en cuello:
—La justicia debe seguir su curso. El reo se ha comportado con manifiesta osadía y claro desprecio a este Sanedrín. Ha derramado sangre hebrea, lo ha hecho con saña y maldad y no ha mostrado arrepentimiento. ¡Ojo por ojo, diente por diente! Herodes debe ser condenado a muerte.
Tras unos instantes de calma, la trifulca continúa. Hircano sigue impávido ante el airado griterío y los gestos amenazantes de muchos de los jueces.
—¡Silencio! —grita al fin el sumo sacerdote cuando ve que un criado asoma a la puerta y le hace señas mostrándole un pequeño rollo.
Hircano se levanta de su asiento y se dirige hacia la puerta, donde el criado le hace una reverencia y le entrega la carta.
Conforme Hircano regresa hacia su asiento, con el brazo en alto mostrando a todos el papiro, el silencio se adueña del Sanedrín, cuyos miembros intuyen que ese documento parece contener algo trascendente.
El etnarca se sienta, rompe la cinta que cierra el papiro, lo desenrolla y dirige sus ojos al encabezamiento del escrito. No tiene ninguna duda al reconocer que se trata de un envío de Sexto Julio César, gobernador romano de la provincia de Siria, que además es sobrino del dictador Cayo Julio César.
Ante un silencio expectante, Hircano va leyendo el texto en voz baja; con las primeras líneas palidece un poco, pero conforme se acerca al final su rictus se dulcifica, pues lo que lee está en consonancia con lo que le aconseja su valido Antípatro. Acabada la lectura, se levanta con pausa, preparando la revelación de la noticia trascendental que va a transmitir a la asamblea.
—Acabamos de escuchar los alegatos del fiscal y una intervención en defensa de Herodes. Esta carta, que acabo de recibir, contiene la opinión del gobernador romano de Siria, hombre de buen juicio y amigo de Israel. En ella, Sexto asevera que lo que ha hecho Herodes al reprimir a los bandidos de Galilea es conforme a las leyes y al derecho de la guerra, y no merece reproche alguno.
Hircano hace una pausa retórica y añade:
—Yo sostengo la misma opinión. El general se ha comportado como un soldado y ha cumplido con sus obligaciones como militar. Ha acabado con los bandidos que actuaban contra los comerciantes, ha asegurado los caminos y ha hecho justicia. Eso es precisamente lo que debemos ponderar en este tribunal y en esa dirección ha de ir nuestra sentencia.
—El sumo sacerdote tiene razón: ¡absolución! —se oye gritar.
—Las acciones militares contra Ezequías y su cuadrilla de bandidos se han hecho conforme a la Ley y cuentan con la aprobación de las autoridades romanas. Herodes no ha delinquido, por eso debe ser absuelto de todo cargo.
Hircano no hace alusión alguna a que Israel está bajo la tutela de la República romana; tenerlo bien en cuenta es lo pragmático y realista. Los que defienden un Israel independiente son visionarios idealistas que no mantienen los pies en el suelo. En verdad, son muchos los miembros del Sanedrín que tienen intereses comerciales y negocios que requieren de la paz y de la protección de Roma, aunque ello signifique que Israel no pueda ejercer su plena soberanía y que haya que admitir la tutela de los romanos.
Hircano continúa su parlamento fijando su mirada en los miembros más ricos del tribunal:
—¿Qué ganamos oponiéndonos a los hechos consumados? ¿Qué beneficio podemos obtener si condenamos a Herodes? Ninguno. Roma es demasiado fuerte para vencerla, demasiado grande para ignorarla y demasiado poderosa para no temerla. Nos guste o no, Roma es la garantía de seguridad, tanto hacia los rebeldes que desde el interior de Israel promueven conflictos que atentan contra nuestros intereses como el seguro de defensa contra los persas, que no dejan de amenazar desde el este con liquidar de un zarpazo la existencia misma de Israel.
—¡No!
Quien grita con todas sus fuerzas y alza su mano pidiendo la palabra es Samías, uno de los más notables fariseos, aceptado como un sabio por todos, incluso por los acérrimos saduceos. Su opinión siempre es tomada como válida y acertada, y goza de un gran predicamento entre el pueblo de Jerusalén, que lo considera un hombre sensato y justo. Decide intervenir al observar cómo algunos de sus colegas del Sanedrín parecen dudar de su primera intención de condenar severamente a Herodes.
—¿Qué tienes que decir, venerable? —Hircano le concede el uso de la palabra.
—Herodes, hijo de Antípatro, es culpable de múltiples asesinatos, de crueldad extrema y de exterminio de hermanos y compatriotas nuestros.
Samías, con el rostro encendido y gesto escandalizado, decide emplearse a fondo para aguijonear las conciencias de sus colegas y evitar que libren al general de toda culpa; extiende sus manos hacia Herodes, que sigue plantado en el centro de la sala, con los brazos en jarras, en posición desafiante, y continúa:
—Jamás, y corroboro lo dicho aquí, jamás —y son ya muchos los años que asisto a las sesiones de este tribunal— he visto a un acusado de delitos tan graves presentarse en esta sala de semejante guisa. ¡Miradlo, vestido con telas purpúreas y adornado con metales dorados, como un rey! ¿En verdad, nobles jueces, estáis dispuestos a dejaros intimidar por un hombre tan arrogante y soberbio? ¿Seréis capaces de absolver de tan graves crímenes a un hombre que tiene la desfachatez de presentarse ante vosotros engalanado de un modo ridículo, con esa actitud desafiante y con ese talante tan altivo? ¿Seréis capaces, honorables miembros de este Sanedrín, de ensuciar vuestras conciencias y ofender a vuestro buen nombre y a la memoria de vuestros mayores quebrantando la Ley para indultar a un criminal de esta calaña?
»Recordad, hermanos, las palabras del Señor nuestro Dios; recordad que su ira es como el fuego, como el martillo que parte la roca. El Altísimo se ofende cada momento del día con el malvado, pero también con los que permiten que el malvado se libre del castigo. ¿Acaso vais a consentir que esto ocurra? Recordad nuestras Sagradas Escrituras: si el malvado no se arrepiente y se convierte, el Señor arrojará toda su cólera sobre él. El Señor ya ha tensado su arco y lo tiene preparado para que se cumpla su justicia.
En el tribunal se palpa un silencio de cementerio, solo roto por la ruda voz del viejo Samías.
—Ahora sois vosotros, todos y cada uno de vosotros, quienes tenéis la responsabilidad de ejercer de brazo ejecutor de nuestro Dios. Él ha puesto en vuestras manos el arco de la justicia para que disparéis su flecha en la dirección correcta. Este hombre, soberbio y engreído como ningún otro, ha antepuesto sus intereses a la ley de Moisés y ha obrado con una extrema crueldad con nuestra gente, abusando de la autoridad que el etnarca Hircano, el sumo sacerdote, le confió. No podemos permitirlo, no debemos consentirlo; hemos de castigarlo con toda severidad, es nuestro deber y nuestro derecho.
»Si alguno de vosotros cae en la tentación y en el error de absolver a Herodes, sabed que Dios es todopoderoso, más que nuestro etnarca, más que el gobernador de Siria, más que todos los legionarios de Roma. El Altísimo os está observando, y su justicia es implacable. Si obráis contra la Ley y liberáis al reo, caerá sobre vuestra conciencia la ignominia en esta vida y tras vuestra muerte seréis condenados por el Juez supremo a una eternidad de angustia y dolor. Este, a quien ahora queréis liberar en contra de la sagrada norma, algún día se revolverá contra vosotros y os castigará con la muerte; y tú, Hircano, y todos cuantos se opongan a la sagrada ley, también seréis condenados por los romanos.
Samías guarda silencio, pero permanece en pie, con la mirada puesta en Herodes, que deja entrever un rictus de sonrisa tranquila e irónica. Las paredes parecen reverberar las palabras que acaba de pronunciar el sabio fariseo, como un antiguo profeta de Israel salido de su tumba para reclamar el cumplimiento de la Ley.
Algunos murmullos comienzan a romper el oneroso silencio.
—Se dice que Samías tiene visiones y sueños, y que Dios le comunica su voluntad por esos medios —comenta uno de los jueces en voz baja.
Varios miembros del Sanedrín toman la palabra; la mayoría apuesta por la culpabilidad de Herodes. La intervención de Samías acaba por arrastrar a los indecisos.
Hircano se solivianta entonces. Ve de nuevo con preocupación que el dictamen de un veredicto de culpabilidad es posible y que el hijo de su consejero principal puede ser condenado a muerte.
Varios jueces demandan a voz en cuello que se proceda inmediatamente a la votación.
—¡Silencio! —ordena Hircano—. Dada la manifiesta división que existe en este tribunal, considero que es preciso darnos más tiempo para reflexionar y dictaminar este caso con justicia. Se suspende la sesión hasta mañana. Continuaremos a la salida del sol y entonces dictaremos sentencia.
El sumo sacerdote necesita ganar tiempo. Se da cuenta de que si se procede a la votación en ese momento, los partidarios de declarar culpable a Herodes pueden ser mayoría. En ese caso, la condena a muerte es inevitable, y el gobernador de Siria respondería entonces con contundencia enviando legionarios a Judea como escarmiento.
Entre tanto, el general sigue manteniendo una tranquilidad asombrosa. No dice una sola palabra durante las últimas peroratas, no muestra un solo gesto de inquietud ni de miedo ni de duda. Se siente seguro porque sabe que cuenta con la confianza de Sexto Julio César, es decir, de Roma, y de la fidelidad de los hombres de su ejército, que ocupan posiciones estratégicas en la explanada del Templo y están apostados a las puertas de Jerusalén. Bien equipados y dispuestos a defender a su jefe sin la menor vacilación fueron capaces tanto de matar inmisericordemente a los bandidos galileos, como de liquidar sin piedad a los que en Jerusalén atenten contra su general, sean miembros del Sanedrín o simples ciudadanos.
Varios jueces comienzan a acongojarse ante las palabras de Hircano y se inquietan también por el aire de aplomo y firmeza que refleja el rostro de Herodes, sus ojos glaciales y su mirada desafiante. A pesar de ello, otros insisten en que el aplazamiento es improcedente, y advierten al sumo sacerdote de que está incumpliendo la Ley.
Hircano mira a los díscolos con cierto desdén y ordena que se disuelva la asamblea y se marchen a reflexionar a sus casas. Los más enfervorecidos se resisten a abandonar la sala. Herodes hace un gesto apremiante a uno de sus comandantes, asomado a la puerta del Sanedrín. De inmediato, con las espadas desenvainadas, dos decenas de soldados irrumpen en la asamblea, rodean a Herodes y lo escoltan hasta el exterior. Algunos jueces profieren amenazas, pero el general los ignora como a insignificantes insectos.
—Esos necios chillones desconocen el suelo que pisan —se dirige Herodes en el atrio a su guardia personal—. Esta mascarada de tribunal nunca debió convocarse. Me quieren condenar a mí…, a mí que he salvado sus haciendas, sus fortunas y quién sabe si incluso sus vidas. Hemos hecho lo que debíamos. Además, si nosotros no hubiéramos acabado con esos ladrones galileos, lo habrían hecho los romanos, solo que ahora serían las sandalias de las legiones las que pisarían este sagrado pavimento. Vámonos de aquí antes de que me arrepienta y degüelle a todo ese hatajo de estúpidos.
Tras la convulsa reunión del Sanedrín, Hircano regresa a su palacio y ordena a su secretario que convoque a Herodes y a Antípatro con toda premura.
—Herodes, debes marcharte de Jerusalén. ¡Enseguida! —le dice Hircano, que juega nervioso con sus anillos de oro.
—Eso supondría aceptar mi culpabilidad.
—Hircano tiene razón, hijo —interviene Antípatro.
—¿Y ceder ante esa gentuza? ¡No, de ninguna manera! —se planta Herodes con orgullo—. He traído conmigo mil hombres, suficientes para arrasar toda la ciudad de Jerusalén.
—Dentro de unas horas, con el alba, se reanudará la sesión del tribunal que acabamos de aplazar, y te seguro que lo que se vote mañana no te será en nada favorable —dice Hircano.
—Lucharé.
—¿Y qué harás?, ¿provocar una matanza?, ¿llenar de sangre las calles de Jerusalén?, ¿quemar las casas de los jueces?, ¿profanar el Templo? ¿Acaso quieres que tu nombre sea maldito durante generaciones en la tierra de Israel por todos los judíos?
—Haz caso, hijo. Los judíos están en tu contra.
—He salvado sus haciendas y he dado seguridad a sus caminos limpiándolos de una sarta de ladrones; ¿así me lo agradecen?; ¿qué más quieren de mí?
—No eres uno de ellos —interviene decididamente Antípatro—. Tú eres mitad idumeo, por mi sangre, y mitad árabe nabateo por la de tu madre. No formas parte del pueblo elegido.
—Esa es una razón convincente —tercia Hircano—. Como sumo sacerdote del Templo y etnarca de Judea, te aseguro que los miembros del Sanedrín no tendrán en cuenta lo que has hecho, sino lo que creen que les conviene. Escucha: esos setenta hombres forman el tribunal supremo de Israel; no consentirán que un extranjero, y a ti te consideran así, quede impune y se lleve la gloria tras haber matado a muchos de los suyos.
—Eran bandidos; tú me enviaste a acabar con esa maldita plaga de ratas.
—Lo eran, sí, pero si se tuercen las cosas, la política requiere de algunas cesiones, como dar un paso atrás para no perderlo todo y tomar renovado impulso para avanzar unos pasos.
—¿Te retirarás? —le pregunta Antípatro.
Herodes mira alternativamente al etnarca y a su padre, y entiende que no le queda otra salida.
—Me iré esta misma noche —acepta al fin de mala gana.
—Sabia decisión.
—¡Pero volveré!
Herodes, pese a su sangre caliente que lo reconcome por dentro y al deseo de imponerse al Sanedrín, opta por tragarse su orgullo y seguir el consejo de Hircano y de Antípatro, pero en su cabeza bulle, como el agua hirviendo en una olla, la idea de vengarse de tamaña humillación, y jura en su interior que regresará a Jerusalén y someterá a los jueces a su voluntad, cueste lo que cueste.
Herodes se prepara para salir de Jerusalén. Envía mensajes a los comandantes de los destacamentos de su ejército que aguardan a las puertas de la ciudad para que se retiren en modo ordenado y con la mayor discreción posible, aprovechando la caída de la tarde y las primeras sombras de la noche.
—¿Dónde vas a ir? —pregunta Antípatro a su hijo.
—Tomaré el camino de Damasco. Voy a presentarme ante Sexto César, al cual debo fidelidad por la protección y la confianza que me ha dado —responde Herodes mientras se ajusta la coraza.
—Si a la vista de todos te entregas a los brazos de Roma, olvídate para siempre de regresar a Israel.
—Me he jurado a mí mismo que volveré, pero no para hacerlo ante el tribunal, sino para tomar cumplida venganza. He pedido que me hagan una lista de los jueces que quieren mi ejecución, y en cuanto la tenga, te aseguro, padre, que ninguno de ellos dormirá ni un solo día tranquilo durante el resto de su vida, que no auguro demasiado larga.
—Deja que te ayude.
Antípatro ata las correas de la coraza de su hijo.
—Hircano también estará en esa lista —sentencia Herodes.
—El etnarca te ha defendido…
—Es un hipócrita. Ha permanecido callado durante toda la sesión de esta mañana y apenas se ha esforzado en defenderme. Es un cobarde que solo pretende mantenerse al frente del gobierno de Judea un día más.
—Pero…
—Como sumo sacerdote, ha permitido que se celebre un juicio injusto y que el Sanedrín me acuse de perpetrar crímenes en Galilea, cuando fue él, y tú eres testigo privilegiado, quien me dio instrucciones para que actuase con toda la energía posible contra esos bandidos. Si algo se hizo mal en todo este asunto, que no creo, el único culpable sería él, que tiene la máxima autoridad. Su cobardía es tan grande como su traición. No voy a dejar impune su felonía. Pagará por ello.
Padre e hijo se funden en un fuerte abrazo.
Herodes monta a caballo y escoltado por su guardia personal sale de Jerusalén por la puerta de Damasco, también llamada del Ángulo, donde lo aguarda el último destacamento.
Un hombre enjuto, de rostro escuálido y aguzado como de ave rapaz, interrumpe la retirada de las tropas.
—¡General!
Dos soldados desenvainan las espadas.
—¡Alto! Dejad que se acerque —ordena Herodes.
Los soldados bajan la guardia de inmediato. El hombre, que viste una túnica raída, no parece representar amenaza alguna.
—Por tu aspecto —dice Herodes forzando la vista para observar a aquel hombre, pues la noche está cayendo deprisa sobre las colinas que rodean la ciudad— deduzco que eres un esenio.
—¿Permites que me acerque a ti? Voy desarmado.
El esenio muestra sus brazos abiertos. Herodes asiente con la cabeza, pero uno de los soldados lo cachea para comprobar que no lleva algún puñal oculto bajo la túnica.
—¿Qué quieres?
El hombre se acerca hasta la altura de Herodes, que lo mira desde lo alto de su caballo. Estira el brazo y toca el pie del general. Tras unos instantes en silencio, alza la cabeza al cielo donde comienzan a brillar las primeras estrellas.
Los soldados se miran confusos, prestos a liquidarlo allí mismo, pero Herodes levanta la mano y los frena.
—Sí, dices bien, soy un esenio. He estado esperando a que salieras de la ciudad para decirte que he tenido una revelación, y al tocarte lo he ratificado. Permanece fiel como buen siervo de Dios, camina por los senderos de la verdadera fe y de la justicia y cumple la Ley, porque el Señor todopoderoso te ha elegido para que seas el pastor que guíe su rebaño. Herodes, hijo de Antípatro, yo te auguro que un día no muy lejano serás ungido. Tus cabellos recibirán el sagrado óleo de Samuel, serás proclamado soberano de Israel, gobernarás sobre su pueblo y reinarás en Jerusalén.
Sin mediar otra palabra, aquel tipo tan extraño, desaliñado y austero como un profeta antiguo, da media vuelta y se aleja sin que nadie ose detenerlo.
El estratego se queda estupefacto tras escuchar la profecía.
—¿Quiénes son los esenios? —pregunta un soldado de origen griego reclutado en Galilea como guardia de Herodes.
—Una pandilla de locos, miembros de una secta religiosa, una más de las varias que pululan por Judea.
Herodes se detiene, pero finalmente decide explicar algo más al ignorante soldado griego que le ha preguntado.
—Algunos de sus miembros viven retirados en el desierto, haciendo vida en común y observando de manera estricta la ley de Moisés; otros huyen de los lugares poblados y habitan en cuevas y abrigos, aislados y en estricta soledad; y aún hay un tercer tipo de estos orates que viven en las afueras de ciudades y pueblos, agrupados en casas comunales en las que comparten todos los bienes y propiedades. A lo que parece, este chiflado debe de ser uno de esos. Los tres grupos dedican todo el tiempo a rezar, a leer libros sagrados y a prepararse para el final de los tiempos, pues están convencidos de que el fin del mundo va a ocurrir muy pronto.
—Quizá mañana —ironiza otro soldado, un judío de la villa de Emaús.
—Todos son muy piadosos, y se dice que algunos incluso poseen la facultad de predecir el futuro porque reciben directamente la revelación divina.
El esenio se aleja una veintena de pasos hacia la puerta de Damasco.
—¿Lo detenemos? —pregunta el soldado griego.
—No. Dejadlo marchar —reacciona Herodes.
La profecía del esenio lo inquieta. ¿Se trata de un auspicio verdadero? ¿Es una burla ideada por un individuo que no pretende otra cosa que mofarse de él, tal vez enviado por el propio Hircano, o por alguno de los jueces del Sanedrín?
Da la orden de seguir adelante, hacia la oscuridad de la noche por el camino de Siria. Gira la cabeza y echa un último vistazo a Jerusalén. Las murallas se recortan sobre un cielo morado en el que comienzan a destacar con nitidez las estrellas más rutilantes. Atrás queda la ciudad de sus sueños, donde se acumulan tantos recuerdos de su infancia y juventud, los juegos con sus amigos, las enseñanzas de sus preceptores y los primeros encuentros amorosos con las criadas de palacio.
Vuelve la cabeza al frente, cierra los ojos y se imagina un día entrando por esa puerta de Damasco, vestido de púrpura y oro, como rey de los judíos, aclamado entre palmas y ramos de olivo por el pueblo de Jerusalén.
2
La venganza
El palacio de Sexto Julio César en Damasco parece un hormiguero; decenas de secretarios, escribas, oficiales del ejército, guardias y criados pululan de un lado a otro.
Hace dos días de la llegada de Herodes, al que el gobernador recibe con efusividad y contento.
—Me alegra mucho tenerte aquí, a mi lado, incluso en estas… circunstancias.
El romano abraza al idumeo con sincero afecto.
—Debí estrangular con mis propias manos a ese inútil que Roma colocó en el trono de Jerusalén como etnarca.
—Cierto. No ha estado bien, pero mira el lado positivo.
—¿Positivo? ¿Qué tiene de positivo que Hircano me llevara ante el tribunal y me humillara ante esa banda de cegatos e imbéciles egoístas?
Hace ya algunos días de su huida nocturna de Jerusalén, pero sigue indignado. Se siente humillado y ofendido, y desea vengarse de la afrenta.
—Has descubierto por ti mismo que Hircano no es de fiar en absoluto.
—Es un cobarde. Sin la ayuda de mi padre no sería nadie.
—Sin duda.
—Hircano es un muñeco en manos de esos charlatanes del Sanedrín, los intransigentes sacerdotes, los saduceos ricos y los fanáticos fariseos. Son una peste, que conviene erradicar cuanto antes.
—Pero son nuestros aliados. A Roma le conviene mantener a Hircano como sumo sacerdote y jefe político, por el momento.
—Roma eres tú. ¿Cuánto tiempo vas a mantener a ese inepto como soberano de Judea?
—Si por mí fuera, iría ahora mismo a Jerusalén al frente de una legión y lo levantaría de su trono. De inmediato te sentaría a ti en su lugar; pero no puedo hacer nada mientras mi tío Julio no me dé una orden concreta. Vencido ya Pompeyo, el Senado lo ha nombrado dictador perpetuo. Tiene en su mano todo el poder de la República.
—¿Crees que se proclamará rey de Roma?
—Ojalá así sea. La guerra civil ha sido un duro golpe, pero Roma ha sabido salir más fuerte de este reto. Pero dejemos estas cuestiones de política por ahora, ya habrá tiempo para hablar de ello. Debes descansar unos días. Plantearemos tu futuro más adelante. He ordenado que te preparen un aposento en mi palacio, y una sorpresa.
—¿De qué se trata? —se interesa Herodes.
—Mañana, mañana…, no seas impaciente.
Esa noche Herodes apenas puede dormir. Cumplidos los veinticinco años, está en la cumbre de su fuerza y de su virilidad, pero sigue soltero, lo que no es propio de alguien que aspira a fundar un gran linaje.
Renuncia a que una esclava lo conforte esa noche y no cesa de dar vueltas en su cabeza a lo ocurrido en Jerusalén. De vez en cuando se levanta del lecho y repasa en su mente los recuerdos que se amontonan de los días pasados. En vez de recibirlo como un héroe, lo juzgan como el peor de los asesinos. Siente tal acceso de cólera que se pregunta: «¿Y si me pongo al frente de mis hombres, vuelvo a Judea y liquido a los que me han humillado?».
Rechaza la idea. «Mas…, ¿por qué he huido en plena noche como un perro apaleado?». El estratego se considera a sí mismo como el mejor hombre de Israel. Si Hircano, tan flojo y enteco, mantiene todavía el trono, es por él y por su padre, Antípatro. A él le debe la derrota de Aristóbulo, su medio hermano y que no sea etnarca en su lugar, pese a ser más fuerte y más decidido.
Hircano es un donnadie. ¡Maldita sea! Hircano debe a Antípatro todo cuanto es, todo cuanto posee, su poder, su reino, su trono, su palacio, su fortuna… ¿Cómo se atreve un pelele a convocar un juicio contra el hijo de quien lo mantiene en el trono? ¡Miserable rata!
Un aluvión de preguntas inunda la cabeza de Herodes con una barahúnda de pensamientos contradictorios. ¿Quién preparó el cerco de Jerusalén, ocupado por Aristóbulo, para que ganara Hircano la ciudad? Antípatro. ¿Quién convenció a los romanos para que abandonaran al usurpador Aristóbulo y apoyaran a Hircano?: Antípatro.
¿Y cómo paga a quien tanto hace por él? ¡Llevando a su hijo, a Herodes, ante un tribunal para que lo condene a muerte! Tal comportamiento es propio de un traidor o de un cobarde.
Las primeras luces del alba rosada de Damasco sorprenden a Herodes dando largas zancadas de pared a pared en su aposento, como una pantera enjaulada.
«Algunos hombres han nacido para ser esclavos, tal es su condición natural, pero otros están en la tierra para gobernarlos. La Fortuna está de mi parte. Yo soy Herodes, hijo de Antípatro y de Cipro», masculla para sí.
Aprieta los puños y entonces le viene a la mente la profecía del esenio junto a la puerta de Damasco en Jerusalén. Sí, eso es: «Rey de los judíos, rey de los judíos, rey de los judíos», repite masticando cada letra de cada palabra.
«Yo, Herodes, les daré a todos esos jueces lo que merecen; les demostraré que son incapaces de ver más allá de la punta de sus narices. Mezquinos, miserables».
Los primeros rayos de sol despuntan en el horizonte y bañan de oro la ladera del monte Casio, donde algunos dicen que está la cueva donde se guardan los tesoros de Adán y Eva. Recuerda entonces que su padre lo elige a él, y no a su hermano mayor José, como gobernador de Galilea. Se anima por ello y vuelve a sentir el mayor desprecio por los jueces del Sanedrín, sin valor, sin honorabilidad.
«Vamos a ver quién ríe el último y quién dicta la sentencia final».
Su mente comienza a planear la venganza, sin ceder al desaliento momentáneo, sin dejarse superar por la decepción.
«Un día la corona de Israel se posará sobre mi cabeza, como ha profetizado el esenio a la puerta de Jerusalén; un día esos babosos decrépitos se postrarán ante mí, de rodillas, y suplicarán clemencia para que no les arrebate sus vidas; un día, un día, un día…».
El sopor se apodera de Herodes, que se deja caer sobre la cama hasta quedar profundamente dormido, mientras el sol sigue ascendiendo en el luminoso cielo de Damasco.
—Señor, el gobernador reclama tu presencia —le avisa un criado, que lo despierta a la vez que le ofrece una bandeja con comida y una copa de vino especiado y endulzado con miel.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —pregunta el estratego.
—Casi un día entero.
Sin tomar apenas alimento, se viste y acude ante Sexto César, que lo espera un tanto impaciente.
—Llegué a pensar que no despertarías nunca —le dice.
—Me costó varias horas conciliar el sueño; en mi cabeza borboteaba la repulsa contra la inquina con la que se ensañaron algunos jueces del Sanedrín. Estaba rabioso y ardía en deseos… ¡ayer mismo!… de agarrarlos por el cuello y estrangularlos con mis propias manos.
—Ya tendrás tiempo para eso. La venganza será más dulce precisamente por la tardanza en saborearla.
—Espero que llegue ese momento.
—Sabes bien que te tengo en gran afecto y estima, y así se lo he transmitido hace tiempo en cartas enviadas a mi tío Cayo. Tiene grandes planes para Oriente, y desea que tú formes parte de ellos. Todavía eres joven, pero ya has demostrado mucha entereza y determinación, justo lo que Roma espera de sus hombres. Antes de la cuestión de los bandidos se habían valorado tu clarividencia y tu energía para resolver con contundencia los problemas en Galilea. Y ahora se te valorará aún más.
—Me halaga lo que dices, pero en realidad no he hecho otra cosa que seguir los consejos de mi padre cuando fui investido con el poder militar y el gobierno de Galilea, y comencé a planear cómo acabar con los bandidos que desestabilizaban la zona.
Herodes capta con facilidad lo que quiere decir el gobernador de Siria: los romanos son los verdaderos dueños de la región, y si se pone a su servicio, recompensan con honores, poder y riqueza. Roma no paga a traidores, pero sabe retribuir generosamente a quienes la sirven con lealtad. Herodes no tiene el menor escrúpulo en servir a Roma. Desea alcanzar gloria, fortuna y honor, poseer la luna y las estrellas, si posible fuere, y sabe que solo puede conseguirlo obedeciendo a la diosa Necesidad, es decir, sirviendo a los romanos, aunque para ello tenga que oponerse a un puñado de irreductibles judíos que caminan contra la historia convencidos de ser el centro del mundo.
—Querido amigo, si colaboras con nosotros, te auguro un futuro esplendoroso. Un hombre con tus cualidades es precisamente lo que necesitamos para cumplir los objetivos que mi tío nos ha marcado en Oriente. —Sexto le hace un guiño cómplice y sirve él mismo a Herodes una copa—. Saborea bien este vino. Lo acabo de recibir de Italia. Se elabora en la Campania, con uvas de cepas cultivadas en las laderas del monte Falerno. No hay ninguno igual en el mundo. De haberlo conocido, hasta los dioses del Olimpo lo hubieran preferido a la ambrosía.
Herodes da un largo trago.
—Dulce… y fuerte.
—Sí, es poderoso, como los hombres que lo beben. ¿Sabes que este fue el vino que se sirvió en el banquete con el que homenajearon en Roma a mi tío Cayo cuando regresó victorioso de sus campañas en Hispania? Es el vino de los héroes; saboréalo despacio, a sorbos cortos y espaciados, como los besos de la más hermosa de las hetairas.
—Excelente —dice Herodes tras un segundo trago, más corto, que ahora paladea con mayor deleite.
—Acabo de leer los informes que mis agentes en Galilea han remitido sobre tu actuación en esa región. —Sexto coge de la mesa unos papiros que hojea con estudiada pausa—. Todos destacan tu trabajo: ni un solo soldado se ha movido sin tener en cuenta tus órdenes; todos los tributos se han cobrado en tiempo y cuantía; y has puesto fin a las fechorías de ese bandido… ¿Cómo demonios se llamaba?
—Ezequías —precisa Herodes.
—Ezequías, sí, y sus secuaces. Eficacia, contundencia, auctoritas. No me cabe duda de que estás tocado por la mano de los dioses, incluso por ese tan extraño al que solo adoran los judíos, que no tiene forma ni imagen ni altares ni nombre.
—Yahvé; pero su nombre no puede pronunciarse, según ellos.
—Yahvé, Jehová, Zeus, Júpiter o Alá, como lo llaman los nabateos, ¿qué más da? A Roma no le importan los nombres de los dioses, sino los hechos de los hombres, y tú has demostrado con tus acciones que podemos confiar en ti. Veo que has sabido emplear muy bien el oro que te envié.
—Todas esas cualidades que me atribuyes no son estimadas por el Sanedrín.
—Esos cretinos no saben valorar las virtudes que cuentan. No te preocupes, Roma sí desea hacerlo. He comunicado a Julio César que tú debes ser la mano ejecutora de la política de Roma en Israel. ¿Aceptarías una propuesta en esta línea?
—Te escucho atentamente.
—Aquí tengo —Sexto coge un par de pergaminos— unas cartas que me envió Antípatro hace unas semanas. En ellas, tu padre me pone al corriente de lo que había que hacer en Galilea. Lo has ejecutado a la perfección.
—Cumplí con mi deber.
—Por eso quiero que sigas colaborando conmigo, con Roma. He pensado… —el gobernador de Siria hace un receso para dar un trago a su copa de falerno— en nombrarte general del ejército acuartelado en la parte sur de mi provincia de Siria, la Celesiria. Y en extensión desde el Éufrates hasta la ciudad de Samaria, incluida. Mayor confianza en ti no cabe. Tendrás el control de la frontera con los partos y del límite norte de Israel. Mandarás varias cohortes de la legión XII Fulminata, una de nuestras mejores unidades; algunos de sus hombres son veteranos que lucharon hace dos años en Farsalia a las órdenes de mi tío, donde vencieron a las legiones de Pompeyo. No creo que se le haya otorgado jamás semejante honor a alguien que no sea romano. ¿Qué dices?
Herodes da un sorbo de su copa; lo hace para ganar unos instantes mientras piensa en la oferta que le acaba de hacer el gobernador de Siria.
—Acepto tu propuesta con gusto y honor.
—Pues no se hable más. Bueno…, solo una cosa… privada.
—Dime.
—Algún día tendrás que casarte.
—¿Por qué te preocupa esa nimiedad? De cualquier modo, mi padre está preparando mi boda.
—¿Con una judía?
—No.
—Mejor, pero aunque hagas caso a tu padre, no dejes de consultar conmigo cualquier asunto que se te presente; y no solo cuestiones políticas que competan al gobierno de Celesiria, sino incluso quién va a ser la madre legal de tus hijos… También eso nos importa. Y basta de palabras. Ve raudo a tomar el mando que te he encomendado; cumple con Roma, y Roma cumplirá contigo.
Herodes se siente reconfort
