Luna roja

Nieves Herrero

Fragmento

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Querido lector:

Si conoces mis anteriores obras, sabrás que en varias ocasiones he escogido a mujeres reales de nuestra historia para novelar sus vidas o una parte de ellas. Así lo hice, por citar solamente a tres de ellas, con Sonsoles de Icaza en Lo que escondían sus ojos, con Guiomar, musa de Antonio Machado, en Esos días azules y con Tita Cervera en La Baronesa.

En esta novela, sin embargo, presento a una protagonista salida de mi imaginación, la inspectora Margot Sanz Peters, que, sin embargo, vivirá su historia dentro de un universo que sí fue real, el fascinante Madrid de los años cincuenta, rodeada de numerosos personajes verdaderos que sin duda los lectores van a reconocer. Es el caso de Cayetana Fitz-James Stuart, que tras morir su padre hereda el ducado de Alba, en el comienzo de la novela. Será ella quien ayude a Margot a introducirse en la alta sociedad de la época y le proporcione las primeras noticias para sus artículos.

Margot Sanz Peters no existió; sin embargo, debo reconocer que para crearla me inspiré en algunas mujeres reales de la época dorada de la crónica negra. Me refiero a la mítica Margarita Landi, a quien tuve la suerte de conocer y que, al igual que Peters, en sus inicios aunaba el mundo del periodismo de moda con el de sucesos, en el semanario El Caso. Acudía a los talleres de los grandes modistos y, a la vez, entraba y salía de la Brigada Criminal con todo el respeto de la policía, que utilizaba su intuición para resolver algunos casos. He recordado igualmente a Aline Griffith —también tuve la suerte de entrevistarla en muchas ocasiones—, la condesa de Romanones, que llegó a España como espía, miembro de la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) de Estados Unidos, y terminó convertida en uno de los personajes más relevantes de la vida social española en el siglo XX. Y, por supuesto, he disfrutado repasando algunos de los casos más fascinantes de la crónica negra de la época, como el de la aristócrata Margarita Ruiz de Lihory, protegida de Franco, corresponsal de guerra y protagonista de una de las historias más truculentas de las muchas que destapó la prensa de la época.

He situado la novela en los años cincuenta, en plena dictadura, cuando España poco a poco salía de su aislamiento tras la Guerra Civil. Los pactos de Madrid firmados con Eisenhower permitieron la instalación de bases americanas en España. Fue el momento en el que comenzaron a llegar a Madrid personajes relevantes como Ernest Hemingway, Orson Welles y las estrellas más rutilantes de Hollywood. Rodar en España resultaba económico para las grandes producciones norteamericanas. Era el despertar de una sociedad que se dividía entre el lujo y la pobreza, entre las fiestas de las clases altas y el trabajo duro de las clases bajas. En ese punto sitúo la trama, en la que van a sucederse una serie de crímenes que pondrán a toda la sociedad en alerta.

Todo arranca en la Navidad de 1953, en la embajada española en Inglaterra…

NIEVES HERRERO

1

La cena de Navidad

«Cuando la luna esté llena y observen un halo rojo en su interior, tengan por seguro que esa noche se va a cometer un terrible crimen», comentó el jefe de seguridad de la embajada española en Londres mientras celebraban la cena previa a la Navidad. Era tradición que todos los trabajadores, diplomáticos y el personal cualificado de la oficina compartieran mesa y mantel en el número 39 de Chesham Place.

La joven Margot Sanz Peters, sobrina del que era mano derecha del embajador, escuchaba con mucha atención a su compañero de mesa, Harry Parker. Le gustaban las historias que contaba relacionadas con crímenes misteriosos y con las conductas más oscuras de los seres humanos. De hecho, su tiempo libre lo dedicaba por entero a los libros de misterio y a algo que tenía que ver con el negocio familiar: escribir de moda. Esto último fue una salida natural después de las inversiones de su tía Frances en las nuevas revistas femeninas.

Parker parecía que se crecía ante ese auditorio improvisado. Se trataba de una persona más joven de lo que aparentaba. Había cumplido los treinta y ocho, pero por su barba, su forma de vestir y de expresarse parecía mayor. A su vez, la rubia y delgada Margot, ante los relatos que escuchaba, unos ciertos y otros inventados por Harry, ni pestañeaba. Ese mundo turbio y tenebroso que describía el jefe de seguridad la atraía como un imán. Podía estar horas escuchándolo. Cuando habló con tanta certeza de que en la noche que observaran en el firmamento una luna roja se cometería un crimen, sintió un escalofrío. ¿Por qué ese efecto de la luna en la gente?, se planteaba insistentemente en su cabeza. En un determinado momento, se atrevió a verbalizarlo interrumpiendo a su compañero de mesa.

—Señor Parker, ¿cree que la luna influye tanto en la conducta de las personas?

—Sí. La historia del crimen está muy relacionada con la luna. Tenga por seguro, señorita Peters, que todos somos capaces de matar. La muerte es una fiel compañera desde que nacemos, y la luna llena, como si fuéramos licántropos, nos incita a jugar con ella —afirmó categórico el jefe de seguridad.

—Pero ahí está el hombre para decidir si traspasa la línea roja o no —replicó Margot—. Desde pequeños nos enseñan a controlar la ira. No hay motivos que justifiquen quitar la vida a nadie.

—La avaricia, la venganza, el odio, las pasiones… están detrás de la mayoría de los crímenes. Pero no todos tienen una explicación, hay a quien se le ocurre matar dos minutos antes de cometer el asesinato. Esos suelen ser los peores, los que no se esclarecen nunca.

—Señor Parker, es tanto como asegurar que el crimen perfecto existe, y eso me resulta muy inquietante. Prefiero pensar que al malhechor se le atrapa y acaba pagando su fechoría en la cárcel.

—Siempre he estado en el otro lado de la línea roja, como usted afirma, y le puedo asegurar que el crimen perfecto existe. También le comento que hay investigadores que tienen una perspicacia especial. Está feo decirlo, pero, en mi caso, resulta difícil que se me escape algo de lo que ocurre en esta embajada —presumió Harry sin pudor.

Margot pensó, al oír al jefe de seguridad, que lo que decía era verdad. Se sabía la vida de todos. La propia Margot, que conocía a la mayoría de las personas sentadas a esa mesa, no poseía la información tan exhaustiva que Harry Parker sí tenía. Todos estaban al tanto de su habilidad para averiguar los detalles más íntimos del personal de la embajada y sus familias, así como de los nobles que la visitaban.

En la cena salieron a relucir temas de la actualidad política, cultural y, cómo no, lo que más aterraba a las señoras: los sucesos. Pero Margot era diferente a todas las mujeres y, desde su adolescencia, se había convertido en fiel seguidora de los relatos de Arthur Conan Doyle y las inteligentes deducciones que practicaba uno de sus personajes fetiche: Sherlock Holmes. Por eso, podría estar toda la noche oyendo hablar a Parker del asesino más famoso de todos los tiempos: Jack el Destripador.

—Fue el asesino múltiple más terrorífico que tuvimos en Londres a finales del siglo pasado, y todavía seguimos sin saber su identidad. Un día dejó de matar o simplemente se murió. El caso es que no volvieron a cometerse crímenes tan terribles como esos cinco, que tuvieran su sello.

—Alguno más, mi querido amigo —replicó Julián Martín-Briz, tío de Margot—. Cinco canónicos con su firma, cierto, pero hubo otros muchos que se cree que pudieron ser obra suya; no se le atribuyen porque cambió el modus operandi. Se cometieron en el mismo sitio, el East End de Londres.

—Algunos criminales pudieron aprovecharse de la fama de Jack el Destripador y matar amparados en su estela —siguió explicando el jefe de seguridad.

—De todas formas, señor Parker, convendrá conmigo en que la investigación policial fue un auténtico desastre —añadió Martín-Briz—. Y los ciudadanos tomaron la iniciativa de montar patrullas de seguridad para que las mujeres pudieran regresar a sus casas sanas y salvas por las calles de Whitechapel.

—Efectivamente, la investigación fue un verdadero fiasco. Esas muertes se producían siempre por la noche, generalmente durante el fin de semana y a final de mes. Con más vigilancia podrían haberlas evitado.

La tía Frances Peters se removía en el asiento escuchando a su marido y al jefe de seguridad. Pero todavía le ponía más nerviosa que su sobrina estuviera prestándoles tanta atención. Decidió cortar la conversación sin ningún tipo de remordimiento y hablar del tema que tanto le ocupaba, puesto que su familia había invertido en la principal revista británica dedicada a la mujer: Woman.

—Hablemos de algo más agradable, ¿les parece? Estamos a punto de iniciar un nuevo año, un momento en que se supone que debemos sacar nuestro espíritu más noble. Margarita —se dirigió a la esposa del embajador—, ¿tu marido tendrá mucha actividad en la embajada durante estas fiestas?

—Sí. Iremos al palacio de Buckingham. Me hace especial ilusión ver a la reina Isabel sin protocolo alguno, ya sabes que se lleva muy bien con Miguel. Le gusta que le hable de España y de los avatares de la política.

—Lo sé. Está especialmente bien informada. Creo que ha asumido muy bien la responsabilidad de llevar la corona tras la muerte de su padre. Ha sido un año muy importante para ella y para todo el Reino Unido.

—Hablando de la reina, he observado que, desde que ha asumido la responsabilidad de la Corona, viste mejor, ¿no crees? —preguntó Margarita.

—Bueno, Norman Hartnell tiene una gran amistad con ella. Fue el encargado de diseñar los trajes de todos los miembros de la familia real y, sobre todo, el vestido que ella se puso en la coronación.

—Hartnell le hizo nueve propuestas y el vestido elegido fue el resultado de sus muchas conversaciones con la reina. Era muy clásico, pero iba muy guapa —comentó Margot.

—A mí me pareció precioso —decía la mujer del embajador—. Un vestido de seda blanca bordado con los emblemas florales de los países de la Commonwealth: la rosa Tudor de Inglaterra, el cardo de Escocia, el puerro de Gales, el trébol de Irlanda del Norte, la acacia de Australia, la hoja de arce de Canadá… Me dejo alguna. ¡Ah, sí! El helecho plateado de Nueva Zelanda, la protea de Sudáfrica, dos flores de loto de la India y Ceilán y el trigo, el algodón y el yute de Pakistán.

—¡Madre mía! ¿Cómo te acuerdas de todo lo que llevaba bordado en su traje la reina?

—No lo sé. Me dio por ahí.

—Lo que está claro es el poder que tiene bajo su cetro esta mujer tan joven —comentó Julián Martín-Briz—, independientemente de su vestido y de la ceremonia de su entronización.

Margarita quería preguntar a la joven Margot por las tendencias de moda y se dirigió a ella directamente:

—¿Quién marca hoy en día el camino de la moda?

—Mi sobrina sabe muchísimo de este tema —afirmó Frances con orgullo—. De hecho, escribe en Woman desde hace un par de años.

Margot apoyó el tenedor en su plato y contestó:

—Christian Dior, sin duda. Ha revolucionado el mundo de la moda. Vestir bien ya no solo es exclusivo de una élite. Ha apostado por devolvernos a las mujeres el glamour y la belleza que los años de la guerra y la posguerra nos habían arrebatado. Iremos marcando más nuestra silueta, subidas a tacones muy altos, muy ceñidas en el cuerpo y con faldas acampanadas. Pero mucha atención, porque viene muy fuerte una tendencia que todavía no ha cuajado.

—¿A qué te refieres? —preguntó curiosa la mujer del embajador.

—A los pantalones.

—¿Nos vais a quitar los pantalones a los hombres? —inquirió Parker, que hasta entonces no había prestado mucha atención al tema.

—Sí. Las mujeres llevaremos pantalones. Ya no serán exclusivos de los hombres. Están empezando a verse en los ateliers de diferentes modistos. Yo me apuntaré a esa moda. Será como el voto femenino, que hubo que conquistarlo en la calle.

Se hizo un silencio incómodo en la mesa y Martín-Briz alzó su copa para brindar por el nuevo año 1954. Todos le siguieron y el comentario feminista de su sobrina se olvidó.

Margot Sanz Peters era una joven con mucho carácter. Comenzó a escribir al cumplir los veinte años. Ahora, cuatro años después, se conocía Londres y la alta sociedad británica como la palma de la mano. Había nacido en Madrid, pero, tras morir sus padres en un accidente de coche, sus tíos se hicieron cargo de ella. Con cinco años de edad, cambió Madrid por la capital británica. Su tío, Julián Martín-Briz, diplomático español, llevaba muchos años trabajando en Gran Bretaña. Llegó a Londres siendo hombre de confianza de Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba, y se mantuvo en la embajada con los sucesivos representantes diplomáticos que sustituyeron al aristócrata, superando todo tipo de crisis en la embajada derivadas de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

En 1953, el embajador era un hombre cuyo apellido estaba muy ligado a la historia reciente de España por su padre, Miguel Primo de Rivera, y por su hermano mayor, José Antonio. Se trataba de Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. En ese diciembre había cumplido dos años en el cargo. Estaba casado con Margarita Larios, que se había hecho amiga íntima de Frances Peters, la tía de Margot.

La cena fue un éxito. Algunos bebieron más de la cuenta, pero al día siguiente todo regresó a su rutina.

La vida de la embajada transcurrió con normalidad ese final de año. Al menos hasta que Harry Parker descubrió que el embajador se veía a escondidas con la joven Helen Scott-Duff, prometida de Anthony Greville-Bell, héroe de la Segunda Guerra Mundial y miembro activo del Ejército del Aire.

El jefe de seguridad recomendó al embajador que abandonara esa «amistad». Si la noticia llegaba a oídos de Franco, tendría serios problemas personales y diplomáticos. No era el mejor momento para tener una aventura como aquella, justo cuando España se abría al mundo gracias a los pactos con Estados Unidos.

El Mayor Greville-Bell debía casarse sin ningún impedimento con la joven a la que había pedido en matrimonio y el embajador definitivamente tenía que interrumpir esa relación inapropiada.

Fue entonces cuando Martín-Briz consideró que había llegado el momento de que su sobrina regresara a España y se alejara así de la tormenta diplomática que intentaban parar entre todos. Margot debía volver.

Los Peters se habían convertido, además de en accionistas de Woman en Inglaterra, en inversores de la revista Siluetas, dedicada a la moda y la información femeninas en España. Sabiendo que a Margot le gustaba escribir, pensaron que podría labrarse un futuro como redactora de moda y de eventos de la sociedad madrileña.

—Te necesitamos en España —comentó Frances—. Serás la que custodie nuestras inversiones allí, trabajando para la revista. ¿Qué te parece?

—¿Me voy sin vosotros?

—Se irá contigo Camila. En realidad, ella te ha cuidado desde niña como si fuera tu madre —la tranquilizó su tía—. Hemos pensado que sería bueno que vivieras cerca de Cayetana, la hija de Jacobo, el duque de Alba, con la que tanta relación tenías cuando erais pequeñas. Nos han hablado de un bonito piso en la Gran Vía. Ella vive a dos pasos, en el 22 de la calle Princesa. Será quien te introduzca en la sociedad madrileña.

—Veo que lo tenéis todo pensado y meditado. Imagino que yo no tengo nada que decir.

—Bueno, si no te parece bien, puedes quedarte aquí en Londres con nosotros —dijo Frances a su sobrina—. Esta es tu casa. Pero hemos meditado mucho sobre lo que sería mejor para tu futuro.

—No, no… Quiero intentarlo. Siempre me ha gustado la aventura —aseguró Margot.

—Lo sabemos. Además, tu tío piensa comprarte un descapotable para que te muevas por Madrid. Deberás tener mucho cuidado con los jóvenes que se acerquen a ti: soltera, rubia, delgada, bien vestida y conduciendo un cochazo… Ten por seguro que no pasarás desapercibida.

—Por eso no te preocupes. No tengo intención de enamorarme, y menos de casarme. ¿Lo del coche es verdad?

Su tío se lo confirmó con un gesto y Margot lo abrazó por el extraordinario regalo que le iba a hacer y por la oportunidad de ser dueña de sus propios actos regresando a España. Desde que se fue a Londres, tenía flashes de algunos rincones y calles que visitó con sus padres, aunque, con el paso del tiempo, fue borrando de su mente los primeros cinco años de su vida. Tampoco lograba recordar sus caras y, menos aún, el sonido de sus voces y su olor. Afortunadamente, Frances siempre ejerció de madre, junto con Camila. Esta última era la persona que siempre había estado encima de sus estudios y quien más la comprendía. Su baja estatura no le impedía imponerse cuando hacía falta, e incluso poseía una inteligencia especial para adelantarse a los problemas. Solía decir en su defensa que «los mejores perfumes siempre se sirven en frascos pequeños».

Días después de haber tomado la decisión de que Margot regresara a España, su tía la llevó a diferentes modistos para que vistiera acorde con su nueva actividad social y laboral.

Julián y Frances pensaban viajar a España con frecuencia para comprobar in situ cómo se organizaba su sobrina y, de paso, activar sus contactos políticos.

Para Margot todo aquel giro inesperado en su vida, fuera de inquietarla, le resultaba emocionante.

2

El traslado

A la semana de comenzar el año 1954, Margot inició su viaje de regreso a España. Primero se embarcó junto con Camila en el avión monoplano de pasajeros DH.114 Heron, de la compañía británica De Havilland, que aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en Francia. Hicieron noche en París y al día siguiente se subieron a un tren que las llevó hasta Hendaya. Tras cruzar a España, montaron en otro tren, de la línea Imperial, que hacía el recorrido San Sebastián, Vitoria, Burgos, Valladolid, Ávila y finalmente llegaba a la estación del Norte, en Madrid. Allí las recogió un conductor inglés que tenía relación con la embajada española en el Reino Unido.

Have you ever been to Spain? —Les preguntó en inglés si habían venido a España en otra ocasión.

—Yo nací aquí —contestó Margot en español—, pero me fui cuando era una niña. Sinceramente, no tengo ningún recuerdo. Casi es como si viniera por primera vez.

—Habla un español perfecto.

—Gracias. En casa hemos hablado indistintamente en inglés y en español.

El traslado que hicieron en coche desde la estación hasta la Gran Vía madrileña las mantuvo entretenidas mirando a través de las ventanillas. Madrid comenzaba a abrirse al turismo con más hoteles y más locales de ocio. Se notaba la llegada de la industria del séptimo arte. España se convertía en un lugar económico para las grandes superproducciones de Hollywood. Y había locales, como el famoso Pedro Chicote, que estaban repletos de estrellas del cine europeo y estadounidense. El nuevo hogar de Margot se encontraba muy cerca de ese local de moda y justo enfrente del rascacielos más alto de Madrid, el edificio de Telefónica. Sin embargo, en el mes de octubre de 1953 le arrebataría el récord de altura el edificio España, construido a escasos quinientos metros, en la plaza de España.

El coche paró en el número 27 de la Gran Vía. Era un edificio muy señorial con grandes ventanales, diseñado por el arquitecto Antonio Palacios. La escalera de entrada daba a un gran recibidor con luz natural que, a su vez, conducía hacia unas escaleras majestuosas que llamaron la atención de Margot y su fiel Camila.

Entre el conductor y el portero subieron el equipaje. Al ver la gran cantidad de maletas, saltaba a la vista que se trataba, más que de un traslado, de un cambio de vida. Las esperaba Saturnina, la señora del servicio, que a partir de ese momento se encargaría de facilitar las cosas a las dos recién llegadas.

En un par de días, todo estuvo colocado en los armarios y Margot pudo presentarse en su nuevo trabajo. El director de la revista, Justino Ochoa, la estaba esperando. Le asignó como primer cometido los ecos de sociedad en Madrid. La sede de la revista se encontraba en Barcelona, pero en Madrid tenía una amplia delegación. Margot se encargaría de los nacimientos, las bodas y los funerales. También de las puestas de largo de las jóvenes aristócratas y de las fiestas en casas de nobles madrileñas.

—Nosotros salimos a los quioscos cada quince días, pero sería bueno que con frecuencia te pusieras en contacto conmigo para comentarte las novedades. Si te haces con una máquina de escribir, puedes organizarte en casa como quieras. Yo lo que necesito es que tengas el reportaje al día siguiente de hacerlo. Ven a la sede de la revista con el artículo ya escrito y así tendrás contacto con tus compañeras.

—Está bien. No le he comentado que me gusta mucho la moda, por si quiere que entreviste a algún modisto o acuda a alguna presentación de sus colecciones.

—Sé que la moda se te da bien. Lo tendré en cuenta. No te preocupes, trabajo no te va a faltar.

Cuando salió de la revista, se fue a ver a Cayetana Fitz-James Stuart. Había dado la triste casualidad de que su padre acababa de fallecer. Su muerte había ocurrido en Suiza, horas antes de la última Nochebuena. Fue un shock para todos en Londres, ya que le tenían en alta estima. Su paso por la embajada en un periodo muy difícil había dejado mucha huella. Cuando se vieron las dos, se fundieron en un prolongado abrazo.

—Cuánto siento el momento por el que estás pasando.

—¡Terrible! Ahora tendré que hacer frente a todo lo que conlleva el ducado y la casa de Alba.

—¡Claro! Y ahora vengo yo, cuando tienes que sacar adelante la herencia de tu padre. ¡Una carga más!

—Al revés, estoy contenta de verte. ¿Ya te has instalado aquí?

—Sí, llegué hace dos días. ¡Qué locura este cambio de vida! ¡Que no se me olvide! He traído unos regalos para tus dos hijos.

La duquesa llamó al servicio y pidió que trajeran a Carlos y a Alfonso. Cuando aparecieron, se quedaron de pie muy formales al lado de la institutriz.

—Venid y saludad a Margot.

La joven se acercó a ellos. Tenían cinco y tres años, respectivamente. Los besó y les dio dos cochecitos que los niños le agradecieron mucho. A los pocos minutos volvieron a salir de la estancia de la mano de la institutriz.

—¡Pero qué mayores están! ¡Es increíble!

—Tengo que darte una noticia. Todavía no la sabe nadie. ¡Estoy embarazada! —confesó Cayetana en tono cómplice.

—¿Sí? ¿Para cuándo esperas que nazca el bebé?

—Para julio. Tengo claro que, si es niño, se llamará como mi padre, Jacobo.

—Pues si me das permiso, será mi primera noticia en los ecos de sociedad que me han encargado en la revista.

—¡Adelante! —dijo sonriente la duquesa—. Por cierto, ¿qué tal tu tío en la embajada?

—Bien. Bueno, ya sabes que nunca falta el trabajo duro en una legación como esa, sobre todo el que no se ve. Siempre existe algún lío diplomático.

—Parece que Franco se ha abierto a que los americanos instalen varias bases en España. Eso va a desbloquear mucho las relaciones diplomáticas con otros países, incluida Inglaterra.

—Bueno, con el Reino Unido nunca han ido especialmente bien las cuestiones diplomáticas, y eso que la reina tiene buena relación con algunos políticos. ¿Sigues en contacto con ella?

—Sí, cuando voy allí me acerco a saludarla. Lo está haciendo muy bien. Seis meses como reina y, sinceramente, ha demostrado una enorme madurez y responsabilidad.

—Bueno, fue educada para asumir un día ese papel. Pero si hablamos de responsabilidad, tú también lo vas a hacer muy bien con la casa de Alba. Las dos estabais muy preparadas para tomar las riendas de vuestro legado.

—Tengo que terminar las obras del palacio de Liria que empezó mi padre. Luis, mi marido, se está encargando personalmente de llevarlas a término. En cuanto concluyan, dejaremos esta casa y nos iremos allí. Será nuestro hogar.

—Me encantará ver el palacio restaurado… Ahora te tengo que dejar. Camila se ha venido conmigo a España, pero, como sabes, no habla nada de español e imagino que estará perdida con la señora que hemos contratado, que, a su vez, no sabe nada de inglés.

Ambas amigas rieron al imaginar la escena. Cayetana era la primera vez que se relajaba tras la muerte de su padre, al que estaba tan unida. Le hizo mucha ilusión ver a Margot y le propuso que asistiera con ella a las muchas actividades sociales a las que era requerida. Margot aceptó y se despidieron con el compromiso de quedar pronto para comer.

La joven regresó caminando de la calle Princesa a la plaza de España, y de ahí a la Gran Vía, hasta alcanzar el número 27. No lo podía evitar y se quedaba mirando a los niños que se cruzaban a su paso y se ofrecían a limpiarle los zapatos. Otra persona se le acercó a pedirle alguna moneda para que el niño que llevaba en brazos pudiera comer. Rebuscó en el bolso y se la dio. Había gente bien vestida que iba caminando con mucha prisa y otros que se subían a la parte trasera de los autobuses para no pagar el trayecto. Pensó en el contraste que había entre unas personas y otras.

Al llegar a casa, llamó al director de Siluetas y le dio la noticia del embarazo de Cayetana. Como premio a su exclusiva sobre la nueva duquesa de Alba, le pidió que entrevistara a uno de los modistos a los que acudía la nobleza, aunque su nombre todavía no tenía la proyección que merecía.

—Se trata de un hombre muy interesante, hecho a sí mismo. Se llama Pedro Casares —explicó Justino Ochoa—. Su historia es un ejemplo de éxito y esfuerzo. Su madre un día se fue de casa con un amante y no volvió a saber de ella; aun así, él siempre luchó para salir adelante. Se ha formado entre sastres, gracias a la ayuda de un sacerdote que ejerció de tutor. No hay nadie como él con la tijera y los patrones. Ve a verle a su taller y haz un reportaje de cómo trabaja. Da mucha importancia a las telas que trae de los lugares más recónditos del planeta.

—Nunca había oído hablar de él. Pues hagamos que todo el mundo sepa de su existencia. Si me da su contacto, le haré una visita. Tengo curiosidad por conocerlo.

—No le preguntes por su infancia, no le gusta hablar de ello. La información que te he dado es solo para ti. En cambio, puedes preguntarle por sus clientas. Una de las más afamadas es Aline Griffith, precisamente muy amiga de Cayetana.

—Sé quién es, pero no la conozco.

—Una de las mujeres más elegantes. Cuando no viste de Balenciaga, lo hace de Dior, Balmain o Pedro Casares. Está casada con Luis Figueroa y Pérez de Guzmán el Bueno, conde de Quintanilla.

—Mi tío habla mucho de su suegro, el conde de Romanones. En realidad, Luis es hijo de su primera mujer.

—Todo un personaje. Sí, al morir María de la Concepción Pérez de Guzmán el Bueno, se casó con Blanca María de Borbón y León. Al principio, al conde no le gustaba que una americana entrara en la familia, pero ahora son uña y carne. Aline ha irrumpido con mucha fuerza en la alta sociedad española. Va a la contra del resto de los nobles. Ella siempre tiene una gran actividad. Aunque sabe que las damas se levantan tarde, ella no. ¡Ha sido modelo, periodista, escritora! Si quieres, podrías entrevistarla también. Lleva casada seis años, igual que Cayetana. Su compromiso de boda se anunció en el The New York Times. Su sentido del humor hace que la sociedad le perdone todas sus transgresiones. ¡Te ayudará mucho con sus contactos! Poco a poco irás conociendo a todos los que mueven los hilos de la nobleza.

El director conocía la vida y los movimientos de todos los miembros de la alta sociedad. Era la persona adecuada para dirigir los pasos de la recién llegada.

Margot estaba ilusionada ante el nuevo reto de la revista Siluetas. Antes de hablar con Pedro Casares, localizó a Aline en su casa, en la exclusiva colonia de El Viso. Quedaron a tomar el té ese mismo día y, en cuanto se conocieron, congeniaron.

Aline vestía un pantalón palazzo negro y jersey blanco de cuello barco. Fumaba cigarrillos en boquilla larga y llevaba el pelo recogido en un moño alto. Tan pronto la vio, Margot comprendió que la anfitriona estaba muy bien informada de lo último en la moda.

—Encantada de conocerla.

—El gusto es mío. Por favor, llámame de tú. Yo me he adaptado rápido a España, pero, como ves, el acento me delata, me resulta imposible quitármelo.

—Lo de menos es el acento. Lo importante es hacerse entender.

—¡Exacto! Sé que eres amiga de Cayetana y que escribes en la revista Siluetas. ¿Sabes? Yo también ejercí como periodista. Sigo en contacto con las instituciones de mi país. De alguna manera, recibo en mi casa a todo americano ilustre que pisa España. Si no es aquí, en mi finca Pascualete, que está en Extremadura.

—No conozco Extremadura —confesó Margot.

—Es la gran desconocida y la gran abandonada. Cuando celebremos allí un acto social, te invitaré.

—Muchas gracias, Aline. Quería quedar contigo, si es posible, en el atelier de Pedro Casares. Tengo que escribir un artículo sobre los dos. Sería bonito hacer las fotografías allí, vestida del modisto.

—¡Encantada! Pedro es divino. Es el paño de lágrimas de todas las mujeres de la alta sociedad. Conoce todos nuestros problemas y todos nuestros secretos. Ya verás, tiene manos de pianista y la filosofía de Balenciaga: arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos y músico para la armonía.

—Maravillosa frase.

—Es de Cristóbal, pero la aplico para Pedro. Sus trajes son especiales. Los distingues por muchas cosas; entre otras, por lo maravillosas que son sus telas. Las trae de países no frecuentados por otros modistos. ¡Cuando quieras te lo presento!

—Aline, sería estupendo quedar la semana que viene.

La condesa de Quintanilla cogió el teléfono y marcó el número del atelier de Casares. Contestó alguien que le explicó que en ese momento el modisto no podía atenderla. Aline asentía con la cabeza y decía una y otra vez: «¡Qué barbaridad!». Al colgar, le explicó a Margot lo que estaba pasando.

—Me ha contestado su pareja y mano derecha, Juan Palomeque. No podía atenderme Pedro porque está consolando a la marquesa de Manzanedo. Al parecer, le han robado un collar de perlas y brillantes que era de su familia y está con un disgusto tremendo. Hay que tener mucho cuidado dónde y con quién uno expone sus joyas. Hablaré con él en otro momento y quedamos para el reportaje.

—¡Menudo robo! Debe ser un collar muy costoso. Comprendo cómo se tiene que sentir. Bueno, no te molesto más. Espero tu llamada.

—¡Perfecto! ¿Quieres que te lleve a casa? Me encanta conducir —se ofreció la condesa.

A Aline le gustaba coger el coche con cualquier excusa. Le preguntó a Margot hacia dónde iba y la llevó hasta su domicilio, conduciendo a toda velocidad por las calles de Madrid. A la aristócrata le encantaba pisar el acelerador. Finalmente la dejó en la acera del edificio de Telefónica, frente a su casa en la Gran Vía.

Margot cruzó caminando entre la gente mientras pensaba en lo acertados que habían estado sus tíos al tomar la decisión de su regreso a España. Los echaba de menos, pero Camila seguía ofreciéndole todo el afecto que la vida le había robado tras el accidente de sus padres, y también sería un gran apoyo para ella en esta nueva etapa. Madrid le resultaba una ciudad acogedora. Estaba entusiasmada con Aline, la última persona que había conocido. Tenía una educación más abierta que el resto de la alta sociedad española. El hecho de hablar con naturalidad de la pareja del modisto, ir con pantalones y estar a la última en moda le llamó gratamente la atención. Al llegar a casa, se lo contó a Camila.

—He conocido a alguien muy interesante. —Se lo dijo en inglés, ya que no había mostrado su fiel y cercana Camila el más mínimo interés por aprender el nuevo idioma.

I’m happy, but be careful. Go slowly until you know this society. —Le decía que se alegraba, pero que tuviera cuidado, y le aconsejaba que fuera cauta.

—Ya soy adulta. No te preocupes. Puedo defenderme sola. Me recuerdas a Parker, que siempre ve el peligro cerca.

Después de un rato en casa, Margot marcó el teléfono del director de la revista, Justino Ochoa. Le comentó que había quedado con Aline para conocer al famoso modisto.

—No hemos fijado una fecha porque Casares estaba ocupado atendiendo a la marquesa de Manzanedo, a la que le han robado un valiosísimo collar de perlas y diamantes.

—Margot, esa es una noticia muy buena para nosotros. Si puedes, averigua más de ese robo —sugirió Justino Ochoa.

—Pero eso se sale de lo que es la moda. ¡Se trata de un suceso!

—Pero tiene que ver con las noticias de sociedad que publicamos.

A la joven le entusiasmó la idea de tirar del hilo de las pocas pistas que existían en torno al hurto. Era como jugar a ser Sherlock Holmes, su personaje favorito de las novelas de Conan Doyle. Por primera vez, sintió mariposas en el estómago. Investigar y averiguar la verdad a través de la deducción le encantaba.

Era el momento de pedir ayuda a Harry Parker. Margot admiraba al jefe de seguridad de la embajada española, un gran investigador con el que siempre había congeniado. Pensó que seguramente tendría algún contacto en España que pudiera ayudarla. Los hilos que manejaba Parker no tenían fronteras.

3

Explorar otro mundo

Al día siguiente, Margot le pidió a Camila uno de sus desayunos. Saturnina no se podía creer que un cuerpo tan delgado como el de aquella joven pudiera ingerir esa cantidad de comida: dos huevos fritos, un tomate y champiñones a la plancha, dos salchichas y un pequeño recipiente lleno de alubias. Sin olvidar un té especial inglés sin el que no podría empezar a caminar.

—Señorita, no sé dónde mete tanta comida… A mí por las mañanas solo me entra una taza con malta y poco más.

—Eso es como un café, ¿verdad? —se interesó Margot.

—Bueno, es un derivado de la cebada. El precio del café es prohibitivo. Los pobres tomamos malta.

—¡No diga eso! Si quiere café, usted en esta casa tomará café, pero debería aficionarse al té. ¡Es una maravilla! Después ya ve que la comida la hago muy ligera. Es una forma de empezar el día con energía.

—Yo no podría, señorita. Mi estómago no soporta esos despertares.

Saturnina era muy trabajadora. Miraba a Margot con verdadera admiración. Todas las mañanas la encontraba hablando con Camila en la cocina. Se entendían perfectamente por señas.

—¡La mímica nunca falla! —le dijo a Sátur al oído cuando terminó de desayunar.

La joven pasó a su despacho y descolgó el teléfono. Le pidió a la telefonista una conferencia con la embajada española en Londres y a los cinco minutos ya tenía a Parker al teléfono.

What a nice call! Since you left, the embassy hasn’t been the same. —Parker le decía que su llamada le era grata y que, desde que se había ido, la embajada no era la misma. Sus palabras sonaban tristes, con nostalgia, desde el otro lado del teléfono.

I also miss our long talks about crimes! —Margot le contestó que también echaba de menos sus largas parrafadas sobre crímenes. Entre los dos había crecido una gran amistad, a pesar de los catorce años que había de diferencia entre ellos. También le pidió que hablara en español, una lengua que conocía a la perfección, ya que su madre era española.

Parker solo vivía por y para la seguridad. Su entrega total había hecho imposible que mantuviera una relación larga con nadie. Estaba día y noche pendiente del trabajo. Había descuidado su faceta más íntima y personal.

—¿Qué puedo hacer por usted, querida Margot? —dijo en un español muy académico, pero sin perder su marcado acento inglés. Había heredado los rasgos y forma de ser de su padre, nacido en Londres.

—Me han encargado investigar el robo de un collar muy valioso a una marquesa. No sé por dónde empezar.

—Los robos de esas características suelen ser cometidos por personas del entorno o por profesionales del robo que han recibido información de primera mano de alguien que está dentro de la casa o que estuvo en el servicio. Mire, tengo un buen amigo que acaba de jubilarse de la Brigada de Investigación Criminal en Madrid. Ha sido el comisario jefe más respetado de todos los tiempos. Un policía muy eficiente e incorruptible que sigue formando a policías.

—¿Le importa ponerme en contacto con él? —preguntó Margot.

—En absoluto. Aunque antes le voy a llamar yo.

—Muchas gracias.

A los diez minutos, Parker le devolvía la llamada. Se le notaba eufórico.

—Margot, me he puesto en contacto con Eugenio Benito Poveda, que así se llama, y me ha dicho que se acerque por el número 2 de la calle del Correo, pegado a la Puerta del Sol, mañana por la noche. Sigue yendo por allí a echar una mano a sus antiguos compañeros.

—¿Mañana ya?

—Sí, ¿para qué esperar más? Por cierto, para que se tomara más interés le he dicho que somos novios. Espero que no le parezca mal. Así pienso que la atenderá mejor.

—¿Novios?

—Sí, novios. Tampoco me parece tan increíble. ¡Cuántas parejas se llevan catorce años! No será la primera ni la última.

—No, no, señor Parker. No lo digo por eso. —Se echó a reír—. Será divertido. Ni usted ni yo somos personas para vivir en pareja. Nos gusta ser independientes y no rendir cuentas a nadie.

—Ahí me ha pillado. Tiene razón, somos muy parecidos. Le vendrá bien que en la policía sepan que está comprometida. Piense que no hay allí ni una sola mujer. Va a entrar en un mundo completamente masculino. Si creen que está prometida con el jefe de seguridad de la embajada española en Londres, la respetarán y protegerán más.

—¡Nunca he necesitado protección! —objetó Margot.

—Pues ahora sí. Creo que no es consciente de dónde se va a meter.

—Será momentáneamente. Ya sabe que yo seguiré en la moda.

—Cuando uno prueba ese mundo, ya no quiere salir de él. ¡Ya me contará!

Cuando colgó a Parker, se quedó pensativa. ¿Por qué diría eso? A ella solo le habían encargado investigar el robo de un collar. Nada más. Era imposible seguir en ese mundo, ya que su camino profesional iba por otros derroteros.

Esa misma tarde, Margot salió con Camila a comprarse una máquina de escribir. Le habían hablado de una tienda especializada en pleno centro de Madrid. Cuando entraron, su vista se fue a una que tenía una funda de cuero marrón que parecía una cartera. En su interior había una máquina pequeña de color gris plata. Se trataba de una Princess 200. Se quedó prendada de ella nada más verla. Sin embargo, el empleado que las atendió le enseñaba otras mucho más grandes y de más precio.

—Por favor, quiero la Princess 200 —insistió.

—Es la primera que ha visto, pero hay otras que le pueden durar más…

—Quiero esa. No se moleste en enseñarme más, no me va a convencer.

Aunque Camila no entendía el diálogo que sostenía Margot con el empleado, sabía que había tomado una decisión y que de ahí nadie la podría apear. Sonreía al observarla, desde niña era así. Resultaba imposible hacerla razonar cuando tenía claro lo que quería. Pero, a la vez, se sentía orgullosa de ver la mujer en la que se había convertido. Muy segura de sí misma y con un carácter endemoniado cuando se enfadaba. Sentía que repitiera las mismas frases una y otra vez: «El amor no está hecho para mí», «no hay nadie que aguante mi carácter». No entraba en los planes de Margot enamorarse. Sin embargo, Camila estaba convencida de que el futuro le iba a deparar grandes éxitos a nivel profesional, y ansiaba que alguno también a nivel personal.

Salieron del local con la máquina Princess 200 y se fueron a tomar un chocolate con churros a un local tradicional de Madrid, San Ginés. Tuvieron que pasar por la Puerta del Sol y Margot le hizo un comentario a Camila sobre el lugar en el que estaban.

—Mañana vendré aquí para entrevistar a un comisario sobre el robo del collar de la marquesa de Manzanedo. Parker me ha ayudado a concertar esta cita de mañana.

—¿Llamaste a Parker?

—Sí. Sabía que sus contactos son infinitos y aquí lo tienes.

Margot omitió que se tendría que hacer pasar por su novia ante el comisario. Pensó que Camila no tenía por qué saberlo todo. Quería evitar que su cabeza elucubrara más de la cuenta.

Continuaron caminando por la calle Arenal y entraron en el pasadizo que terminaba en la plazuela dedicada al santo que daba el nombre a la iglesia y a esa chocolatería que adquiría tanto protagonismo. Más que fieles, había una gran cantidad de personas haciendo cola para pasar al local que visitaba todo el que pisaba Madrid: la chocolatería de San Ginés.

Al entrar y oírlas hablar en inglés, las confundieron con unas turistas. Les explicaron que el local fue un mesón y hospedería a finales del siglo XIX y que posteriormente se convirtió en un establecimiento de elaboración de churros y chocolate. El local lo habían rebautizado como La Escondida durante la Segunda República por su ubicación entre pasadizos. A Margot le encantó la combinación de aquellas historias con la tradición de los churros con chocolate, que estaban deliciosos.

Regresaron a casa andando, atravesaron de nuevo la Puerta del sol y subieron hacia la Gran Vía por la calle Preciados. Había un gran trasiego de personas caminando a toda prisa. Las únicas que iban despacio eran tres muchachas de servicio, perfectamente uniformadas, que caminaban con niños asidos a sus manos. Iban hablando de sus asuntos mientras los pequeños intentaban tocar todo lo que veían a su paso. Dos militares de bajo rango las seguían e intentaban entablar conversación con ellas. Un poco más adelante, salió a su encuentro un señor vestido con un traje sin planchar y algo raído que les ofrecía unos cuchillos con un filo especial. «Son de Toledo. ¡Una ganga!», decía en voz alta. Había que ir sorteando también a lecheros, comerciantes y panaderos que iban con sus mercancías a la vista de todos. Las dos coincidían en lo mucho que les gustaba precisamente ese ajetreo de gente y la alegría que se percibía en las calles. Además, si te perdías, siempre había alguien dispuesto a acompañarte al destino. Finalmente y sin ayuda, llegaron a casa. El día soleado había contribuido también a que el paseo fuera mucho más agradable.

En las siguientes horas, Margot no salió de su despacho, preparando la entrevista al comisario. Se acostó nerviosa y apenas pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, no paró de mirar el reloj. Parecía que las manecillas no querían avanzar. Por fin, en cuanto cayó la noche, se despidió de Camila y Saturnina con la seguridad de que iba a conocer a alguien realmente interesante.

Fue caminando hasta la Puerta del Sol. Había bastantes peatones moviéndose de un lugar a otro, algún que otro taxi y pocas mujeres como ella solas por la calle.

Llegó a la Dirección General de Seguridad. La pararon en la entrada y le preguntaron qué quería. Tan pronto como dio el nombre del comisario Eugenio Benito Poveda, la dejaron pasar. Un policía vestido de gris con gorra de plato la llevó hasta la BIC, la Brigada de Investigación Criminal. Allí, de pie, se encontró a un hombre no muy alto de sesenta y cuatro años, vestido con traje y chaleco negros, camisa blanca y corbata a rayas, esperándola con un cigarrillo en la mano.

El comisario miró su reloj de bolsillo al verla y corroboró la exactitud con la que había llegado.

—La puntualidad es una virtud, señorita… —dudó el comisario Benito—. ¿Cómo se llama? Me lo dijo el señor Parker, su novio…

—Margot Sanz Peters.

—Para mí, será Peters. ¿Le parece bien?

—¡Por supuesto!

—Mire, me acabo de jubilar y a todos estos policías que ve en sus mesas los he formado yo. Afortunadamente, el nuevo comisario ve con buenos ojos que siga pasándome por aquí para ayudarlos a esclarecer algunos casos. Esto, o se lleva en la sangre, o no se lleva.

Todos miraban por el rabillo del ojo a aquella mujer menuda, vestida con jersey y falda acampanada. Llevaba en la cabeza un sombrero negro haciendo juego con su abrigo de cheviot blanco y negro. Estaban los inspectores que formaban la brigada sentados en sus mesas, a punto de salir a la calle. Dos se quedarían junto al comisario de retén, por si había que tomar declaración a algún detenido.

—¿En qué la puedo servir? La novia de mi gran amigo Parker merece lo mejor de este brigada.

—Muchas gracias. Pertenezco a la revista Siluetas y me han encargado el caso del robo del collar de la marquesa de Manzanedo. Me han pedido que lo investigue. La verdad es que no sé por dónde empezar y desconozco si usted me puede ayudar.

—¡Gutiérrez! —alzó la voz—. ¡Tráigame el expediente del robo de la marquesa de Manzanedo! Pero pase y siéntese, señorita Peters. No siga de pie.

El comisario había entrado a un despacho que se encontraba en un lateral de aquella estancia rectangular y se había sentado detrás de una mesa que estaba llena de expedientes y papeles amontonados unos encima de otros. Había varios vasos con café sin terminar y un cenicero lleno de colillas; también una biblioteca con escasos libros y un teléfono con una pequeña bombillita roja, que en esos momentos estaba apagada.

—¿Cuántas personas ha visto usted al entrar en la brigada?

Margot estaba desconcertada ante la pregunta del comisario. Se quedó pensando y finalmente contestó:

—¿Seis?

—¡Bien! Eso dice mucho de usted. Uno tiene que estar mirando lo que ve a su alrededor con ojos de notario. No se le pueden escapar los detalles. Eso se lo digo siempre a mis alumnos.

—¿Dónde da clase?

—En la Escuela de la Policía, en el número 5 de la calle Miguel Ángel. Le voy a hacer otra pregunta: ¿cuántos estaban fumando?

—Cinco.

—¡Bravo! Estoy realmente impresionado. ¡Me gustaría que hubiera alguna mujer en este departamento, pero solo tengo hombres! Más de una vez he pensado que hay interrogatorios que solo podría hacerlos una mujer.

—Si algún día le puedo ser útil…

—Bueno, bueno…, usted venía por el robo del collar de la marquesa de Manzanedo. A ver, que mire el expediente…

Mientras lo hacía, Margot vio colgados en la pared todos los reconocimientos que tenía el comisario jubilado. Se fijó en un título que figuraba enmarcado en dorado. Decía «Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil por sus muchos servicios a España».

—¡Gutiérrez! —volvió a gritar el nombre del subinspector.

Enseguida apareció de nuevo por allí el más joven de la brigada. También iba vestido con traje y corbata.

—¡Dígame la forma en la que el ladrón se llevó lo colorao!

El subinspector se retiró y tardó en regresar. Mientras tanto, el comisario Eugenio Benito Poveda le dio la primera lección de las muchas que recibiría esa noche, al pensar que no estaría entendiendo nada del lenguaje policial.

—Señorita Peters, lo primero que tiene usted que aprender es el argot de los delincuentes. «Lo colorao» son las joyas y el dinero robado. Cada ladrón, dependiendo del sistema que utilice, deja su sello particular. Alguien que entra en la cárcel es muy raro que no repita. Y como los tenemos a todos fichados, es fácil descubrir de quién se trata. Los robos son los delitos más fáciles de averiguar. Por su forma de cometerlos, sabemos quién está detrás.

El subinspector Gutiérrez volvió a entrar para informar al comisario.

—La cerradura de la puerta de servicio estaba con cuatro agujeros y afianzada con esparadrapo al otro lado.

—¿Me hace el favor de averiguar si Pepe el Trilero sigue en la cárcel? Lo detuvimos hace tiempo.

Gutiérrez se fue de nuevo del de

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