El muchacho persa

Mary Renault

Fragmento

cap-1

1

Para que no vayáis a suponer que soy un hijo de nadie, vendido por algún padre campesino en año de sequía, diré que nuestro linaje es muy antiguo aunque tenga que morir conmigo. Mi padre fue Artembares, hijo de Araxis, de Pasagardai, la antigua tribu real de Ciro. Tres miembros de nuestra familia lucharon por él cuando los persas sojuzgaron a los medos. Permanecimos en nuestra tierra por espacio de ocho generaciones en las colinas situadas al occidente de Susa. Tenía diez años y me dedicaba a aprender las artes guerreras cuando me llevaron.

Nuestra fortaleza de la colina era tan antigua como nuestra familia, curtida por la intemperie al igual que las rocas y con la atalaya adosada a un despeñadero. Desde allí mi padre solía mostrarme el tortuoso río que atravesaba el verde valle en dirección a Susa, la ciudad de los lirios. Me mostraba el palacio, resplandeciente sobre su extensa terraza, y me prometía que sería presentado cuando cumpliera los dieciséis años.

Eso fue en tiempo del rey Ocos. Sobrevivimos a su reinado, a pesar de que era un carnicero. Mi padre perdió justamente la vida por haber sido fiel a su hijo Arses contra Bagoas, el jefe palaciego.

A mi edad es posible que no hubiera hecho el menor caso del asunto de no haber llevado el dignatario mi mismo nombre. En Persia es corriente; pero, siendo un hijo único muy querido, me resultaba tan extraño oírlo pronunciar con repugnancia que siempre me escocían los oídos.

Los señores de la corte y el campo, a los que por regla general sólo veíamos un par de veces al año, subían ahora el montañoso camino cada pocos días. Nuestra fortaleza se hallaba muy apartada del camino y constituía un buen lugar de reunión. Me gustaba ver a aquellos hombres tan apuestos con sus fornidos caballos y experimentaba como una sensación de expectativa de acontecimientos, si bien no de peligro, puesto que ninguno de éstos se me antojaba temible. Más de una vez celebraban sacrificios en el altar del fuego; entonces venía el mago, un vigoroso anciano que trepaba por las rocas como un cabrero, matando serpientes y escorpiones. Me encantaban las brillantes llamas y los destellos que arrancaban de las bruñidas empuñaduras de las espadas, los botones dorados y los gorros recamados de joyas. Así seguiría todo, pensaba yo, hasta que pudiera reunirme con ellos al llegar a ser hombre.

Finalizadas las plegarias, bebían juntos la bebida sagrada y hablaban acerca del honor.

Y en el honor se me había educado a mí. Desde la edad de cinco años en que me habían apartado de las mujeres, y me habían enseñado a montar y a utilizar las armas y aborrecer la mentira. El Fuego era el alma del Dios Sabio. La oscura mentira era una infidelidad.

El rey Ocos había muerto no hacía mucho. Si le hubiera matado la enfermedad, pocos hubieran llorado; pero se decía que la enfermedad no había sido muy grave, que le había matado la medicina. Bagoas llevaba muchos años encumbrado muy alto en el reino, al lado del rey, pero el joven Arses había alcanzado la edad adulta y se había casado recientemente. Ocos, con un heredero adulto y nietos, había empezado a reducir el poder de Bagoas. Murió al poco tiempo.

—Por consiguiente —dijo uno de los huéspedes de mi padre—, el trono se entrega ahora por medio de la traición aunque sea al heredero legítimo. Por mi parte, disculpo al joven Arses, jamás he oído nada en contra del honor del muchacho. Pero su juventud duplicará el poder de Bagoas; a partir de ahora, éste será prácticamente el rey. Jamás eunuco alguno había subido tan alto.

—No es frecuente —repuso mi padre—. Pero a veces les domina esta ansia de poder. Tal vez ello se deba al hecho de que no tendrán hijos.

Al verme a su lado me tomó en brazos. Alguien pronunció una bendición.

El huésped de mayor rango que había seguido la corte a Susa, a pesar de que sus tierras se hallaban en las cercanías de Persépolis, dijo:

—Todos estamos de acuerdo en que Bagoas no tiene que gobernar. Pero veamos cómo le maneja Arses. Aunque sea joven, creo que el cortesano ha hecho la cuenta sin el soberano.

No sé qué hubiera hecho Arses si sus hermanos no hubieran sido envenenados. Fue entonces cuando empezó a contar a sus amigos.

Los tres príncipes se llevaban muy poco tiempo de diferencia. Los tres habían estado muy unidos. Los reyes suelen variar en relación con sus parientes, pero no fue así en el caso de Arses. El jefe palaciego desconfiaba de sus reuniones privadas. Los dos hermanos menores, casi sin solución de continuidad, experimentaron retortijones y murieron.

Poco después llegó un mensajero a nuestra casa; su carta ostentaba el sello real. Yo fui la primera persona con quien se tropezó mi padre una vez que se hubo marchado el hombre.

—Hijo mío —dijo—, pronto tendré que marcharme; el rey me ha llamado. Recuérdalo, es posible que lleguen tiempos en que sea necesario defender la Luz contra la Mentira —me apoyó la mano en el hombro—. Es triste que compartas en estos momentos el nombre con un malvado, pero no será por mucho tiempo si Dios lo quiere. Y este monstruo no puede transmitirlo. Tú serás quien lo transmita con honor, tú y los hijos de tus hijos.

Me levantó en brazos y me besó.

Mandó fortificar la fortaleza. Había un despeñadero por un lado y una torre de vigilancia en lo alto del camino montañoso; pero ordenó que se levantaran otras dos hiladas sobre las murallas con mejores rendijas para los arqueros.

La víspera de su partida subió a la fortaleza un grupo de guerreros. Su carta ostentaba el sello real. No sabíamos que procedía de la mano de un muerto. Arses había corrido la misma suerte que sus hermanos; sus hijos pequeños habían sido eliminados; se había borrado la descendencia masculina de Ocos. Mi padre contempló el sello y ordenó que se abrieran las puertas. Entraron los hombres a caballo.

Habiéndolo observado todo, regresé al jardín que había bajo la torre para entretenerme con juegos infantiles. Escuché gritos y fui a ver. Cinco o seis hombres arrastraban a través de la puerta a un hombre con rostro espantoso. Tenía la parte central ensangrentada y vacía; la sangre manaba penetrándole en la boca y empapándole la barba. Le habían quitado la capa y tenía los hombros cubiertos de sangre porque le habían cercenado las orejas. Lo conocí por las botas. Era mi padre.

Incluso ahora me pregunto cómo lo dejó correr al encuentro de la muerte sin articular palabra alguna, mudo de horror. Supongo que él debió comprenderlo porque cuando habló lo hizo con esta finalidad. Mientras le arrastraban fuera, me gritó con una áspera voz horriblemente alterada por la herida que presentaba en la parte donde antes había estado la nariz:

—¡Nos ha traicionado Orxines! ¡Orxines, recuerda este nombre! ¡Orxines!

Con la boca abierta y gritando, el rostro parecía más aterrador que antes. No sé si escuché las palabras que pronunció. Me quedé como petrificado mientras lo obligaban a arrodillarse y le adelantaban la cabeza tomándolo por el cabello. Les costó cinco o seis golpes de espada partirle el cuello.

Mientras lo hacían, olvidaron vigilar a mi madre. Esta debió correr a lo alto de la torre: en cuanto murió mi padre se arrojó al vacío y no pudieron divertirse con ella. Gritó al caer, pero pienso que lo h

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