—Gracias, no quiero nada.
Insistió.
—Toma algo, Hanna.
—¡He dicho que no me apetece nada!
—Si la señora se encuentra mal, puedo traerle un té o un
poleo —intervino el mozo.
—Muy amable, pero no me encuentro mal. Gracias, no quiero nada.
El mesero se volvió hacia Eric.
—¿El señor?
—Tráigame una cerveza negra y dígame qué le debo.
—Si me da el número de su habitación, se lo cargarán en
cuenta.
—Gracias, prefiero pagar.
El hombre se retiró para comparecer al punto con la comanda.
Eric intentó romper aquel silencio ominoso. —¡Hanna, nos han tomado por una pareja de recién casados!
—¡Antes muerta que casada con un racista como tú! Y termina pronto la cerveza que quiero volver a casa.
Horas inciertas
En la mansión de los Pardenvolk habían ocurrido muchas cosas en el transcurso de los últimos tiempos. Aquel lunes, al caer la tarde, Leonard y Stefan se reunieron en la biblioteca. El ambiente era tenso, y las precauciones que tomó Leonard fueron extraordinarias. Primeramente, corrió las gruesas cortinas de terciopelo morado que separaban la biblioteca de la galería acristalada que daba al parque; a continuación, hizo lo propio con la puerta corredera que daba al vestíbulo central de la casa, luego de observar si alguno de los sirvientes rondaba por las inmediaciones; finalmente, tras encender la lámpara de pie que estaba junto al tresillo y cuya apergaminada pantalla matizó de amarillo la luz de la bombilla, ocupó su acostumbrado sitio en uno de los sillones chesterfield y esperó a que Stefan hiciera otro tanto. Cuando los amigos se encontraron frente a frente, Leonard rompió el silencio.
—¿Te apetece tomar algo, Stefan?
—Gracias, tal vez luego. Me ha inquietado tu llamada;
prefiero que me cuentes.
—Bueno, ya ves, Stefan, que el tiempo me está dando la razón. Todo lo que te profeticé el último Yom Kippur28 está sucediendo.
—Leonard, comprendo que estés asustado, pero como te he dicho infinidad de veces, lo que está ocurriendo no va contra gentes como vosotros. Ya te he dicho en repetidas ocasiones que no tienes nada que temer; más aún, tú sabes que, aunque no pertenezco a él, simpatizo con el partido, soy el médico particular de Reinhard Heydrich29 y me debe la vida de su hijita; si fuera necesario, recurriría a él por ti.
—No te entiendo, Stefan. Un liberal como tú, un científico, un intelectual, alguien que siempre ha defendido la igualdad entre todos los hombres… y que me digas que simpatizas con esa ralea de fanáticos. Créeme si te digo que no te entiendo.
—No es tan sencillo como tú lo planteas. Este país estaba hundido, el Tratado de Versalles y la ineptitud de nuestros dirigentes habían hecho de Alemania el estercolero de Europa, nuestra autoestima estaba por los suelos, el marco se hundía en todos los mercados, el desempleo asolaba la mayoría de los hogares alemanes, no teníamos ejército… Y en el fondo de este desalentador panorama aparece el hombre providencial que hace que el orgullo nacional renazca, que la sonrisa vuelva al rostro de las gentes, que ya no nos miremos por las calles temerosos y avergonzados de ser alemanes, y consigue que su idea del partido único, el Nacionalsocialista, triunfe no sólo en Alemania sino también en la Italia de Mussolini, cuyo fascio es casi lo mismo, y el pueblo con el fino instinto que le caracteriza, a la hora de escoger al hombre oportuno, lo elige a él. No dudes, Leonard, que Adolf Hitler conducirá al pueblo alemán a la cabeza de los pueblos del mundo; son horas de cambio, querido Leonard, ¡no lo dudes! «Deutschland, Deutschland über alles.»30
Tras esta diatriba, Leonard miró a los ojos de su amigo intentando ver en ellos alguna señal que le indicara que, en el fondo, no creía lo que estaba diciendo. Sin embargo, Stefan le aguantó la mirada, impertérrito, y un largo suspiro se adelantó a sus palabras.
—Y ¿cuál es el precio que debemos pagar por todo este mundo feliz de Huxley31 que preconizas, Stefan? ¿Ignoras lo que está pasando en las calles? ¿Cierras los ojos ante el hecho de que hay gentes que desaparecen en la noche y ni vecinos ni allegados se atreven a preguntar que ha sido de ellos? ¿No te han dicho que pegan carteles en los escaparates de nuestras tiendas recomendando que nadie entre a comprar en ellas, y que paralizan nuestras fábricas? ¡Y si solamente fuera eso! Pero se habla de que hay lugares donde se encierra a los disminuidos físicos y a otros que ellos llaman diferentes o razas inferiores, como gitanos o testigos de Jehová, etcétera?
—En lo que dices respecto a los gitanos tal vez sea así, pero es porque se intenta reeducarlos. En cuanto a los judíos... que cuatro exaltados cometan alguna tropelía y quemen algún comercio no puedo negarlo; sin embargo, debo decirte que no es nada oficial, y si algunos han merecido alguna sanción ha sido por ser elementos antisociales e indeseables, gentes de raros pelajes, como tú bien has dicho, pero no por ser judíos.
Leonard se encrespó.
—Y ¿qué me dices de los comunistas?
—Que son subversivos, y la subversión se ahoga en sangre o te destroza. Es como la espuma de la cerveza: cuando empieza a escaparse de la botella no se puede parar intentando taparla; hay que tirarla y abrir una nueva. El mismísimo cardenal Eugenio Pacelli los teme hasta tal punto que cuando era nuncio, si mal no recuerdo, firmó el concordato en el que se recomendaba a los católicos votar a Hitler.
—¿Puedes negarme que hasta entre ellos se matan en una total impunidad? ¿No fue acaso tu cliente quien montó la Noche de los Cuchillos Largos?32
—El cuerpo humano crea sus defensas ante una infección, ¿qué de extraño tiene que el cuerpo social expulse de su seno a gentes que son peligrosas para la grandeza del partido? Las SS acabaron con el mal que representaban algunos elementos de los camisas pardas de Ernst Röhm, pero esto ¿qué nos va a nosotros?
—Hablo del fuero no del huevo, Stefan. Si el Estado no respeta el orden, y el poder ejecutivo invade los espacios del legislativo y del judicial, y hay jueces venales que se prestan a ello, dime, ¿adónde vamos a parar?
—No quieres entenderlo, Leonard. Ya lo dijo Goethe: «Es mejor un orden injusto que un desorden justo». ¡He aquí el problema! Si una idea debe imponerse, y esa idea está dirigida al bien común, entonces, nos guste o no, tienes que admitir que el fin justifica los medios. Amén de que el orden establecido no es injusto; tú sabes que salió de las urnas y que el pueblo lo eligió.
—Pero ¿de dónde sales, Stefan? ¿Qué argumentos falaces arguyes? Lo que está sucediendo es muy grave, te lo repito por si no me has entendido o, mejor, no has querido entenderme. Cuando el Estado se constituye en legislador, juez y ejecutor de planes indignos, entonces no hay donde recurrir ante cualquier abuso. En nuestras leyes, que tienen más de cuatro mil años, se preconiza que la obligación de un buen judío es levantarse contra el tirano cuando éste gobierna mal, pero te confieso que yo ya no estoy para heroísmos, y creo que es una sabia medida la decisión que he tomado y que espero me ayudes a llevar a cabo. Y perdona si me he acalorado, pero todo lo que está pasando me desborda y tengo los nervios a flor de piel.
—Leonard, creo que te precipitas. Comprendo tus nervios, pero no tienes que tomar medida alguna; lo que debes hacer es quedarte quieto en casa. Una revolución es un parto, y un parto es inconcebible sin sangre, pero de la revolución nacionalsocialista nacerá una Alemania renovada y poderosa a la que el mundo libre no tendrá más remedio que respetar, de la que nos podremos sentir orgullosos y de la que nos beneficiaremos todos.
—¡Qué pena me da tu ingenuidad, porque quiero pensar que lo que me dices lo piensas de buena fe! ¡Entérate, Stefan, debo cerrar la fábrica porque ya no me dan cupos de oro ni de plata para fabricar lo que yo vendo! He tenido que echar a la calle a la mitad del personal, y los que quedan pasan los días mirándose los unos a los otros, mano sobre mano, porque no hay nada que hacer.
—«Si quieres la paz, prepárate para la guerra.» A ti siempre te gustaron los clásicos, Leonard. Pero ¿te has interesado, alguna vez, por las teorías de Karl von Clausewitz?33 Lo que ocurre es que has tenido la desgracia de que el Estado se ve obligado a limitar aquellas industrias cuya materia prima le es necesaria para subsistir, y debes reconocer que, si hemos de comprar en el exterior, lo que nos hace falta como nación, por encima de todo, es oro y plata. Nadie quiere fiarnos y nuestra moneda no goza de crédito. Tu mala suerte es que a ti también te hacen falta el oro y la plata, pero no me das ninguna lástima, Leonard: sobrevivirás aunque esta situación dure años. Te lo repito por si me escuchas: lo mejor que puedes hacer es quedarte quieto en casa hasta que pase este viento desfavorable para tus negocios, que te reconozco que lo hay, y las aguas vuelvan a su cauce.
—¡¿«Viento desfavorable» llamas a este huracán que va a arrasar todo lo que pille a su paso?! ¡No, querido, no… si crees que voy a quedarme aquí quieto esperando a que esto escampe, es que además de estúpido me tomas por loco!
Tras esta perorata ambos recuperaron fuerzas. —Dejémoslo, Leonard. Ahora sí que te aceptaré una copa.
—¿Qué te apetece?
—¿Tienes Petit Caporal?
—Todavía.
—Me va bien.
Leonard tomó del mueble bar una copa balón, y tras escanciar en ella una medida prudente del dorado licor, la colocó tumbada en el calientacopas y encendió el alcohol del artilugio con su mechero a fin de templarla. Cuando tras darle una vuelta consideró que estaba en su punto, la tomó por el pie y la entregó a su amigo, no sin antes apagar la llama con el capuchón de plata que estaba sujeto a una cadenilla. Stefan paladeó con deleite el coñac.
—Excelente, éste es uno de los placeres que adornan el otoño de la vida. —El ambiente se había relajado—. Bueno, veamos qué puedo hacer por ti.
—Quiero salir de Alemania aprovechando la confusión que creará la clausura de los juegos olímpicos, Stefan. Ahora, aun con restricciones, estamos a tiempo. Después, y ese después va a ser muy pronto, creo que será imposible para los judíos salir en condiciones normales como cualquier otro alemán.
Stefan quedó con la copa balón en la mano, mirando a su amigo con incredulidad.
—No estarás hablando en serio.
—Jamás en toda mi vida he hablado más en serio.
—Y ¿qué necesitas que yo pueda hacer?
—Te pediré dos cosas, ambas igualmente importantes.
—¿Cuáles?
—Me consta, porque ya lo han intentado conocidos industriales amigos míos, que es inútil pretender partir con toda la familia… De hacerlo así, debes renunciar a todos los bienes que tengas inventariados y donarlos al Estado, amén de que teniendo hijos de la edad de los míos es prácticamente imposible.
—¿Entonces…?
—Pretendo partir hacia Viena, donde me reuniré con
Frederick, mi cuñado. Según me dice en la última carta que
me ha enviado a través de un proveedor, allí las cosas no están
tan mal como aquí. Mi deseo es poder salir con Gertrud y
con Hanna; de momento, Sigfrid y Manfred se quedarán,
y una vez tome tierra y me instale, daré todos los pasos necesarios para que puedan reunirse con nosotros.
—Y ¿qué piensas hacer con todo esto? —Stefan hizo un gesto señalando alrededor—. Cuando todos os hayáis marchado.
—De momento, como te digo, los chicos van a quedarse. Tres podemos intentarlo; todos sería un suicidio.
—¿Y…? —Stefan restaba expectante.
—Lo tengo todo preparado. Iremos a ver a Peter Spigel,
ya sabes, mi notario, y montaremos una venta ficticia para
que todo esté a tu nombre; inútil es decir que todos los gastos
correrán de mi cuenta. Anelisse y tú no tenéis hijos, así que
creo que sería magnífico que os trasladarais a vivir aquí. Podrías cerrar tu piso de Breguenstrasse e instalaros; únicamente tendríais que traer la ropa y los efectos personales, lo demás está todo, excepto el Petit Caporal, que se me ha acabado.
—Leonard intentó quitar hierro a la situación—. De esta manera la casa permanecería abierta y ello daría una sensación de
normalidad; incluso estarías más cerca de la clínica de lo que
lo estás ahora y yo tendría la tranquilidad de saber que mis
hijos están bajo la tutela de alguien como tú hasta que puedan
salir… Eres el tutor de Manfred, no lo olvides. Y recuerda
que mis hijos, aparte de su circuncisión, han vivido como alemanes católicos, y sé y me consta que es por mí que en esta
casa se siguen costumbres de mi pueblo y que así se hace por
deferencia de mi mujer, pero la verdad que poco hay de judío
en mi familia.
—Y ¿qué pasará cuando vean que no vuelves y que has usado una estratagema para quedarte fuera de Alemania?
—Nada podrán objetar si tú me ayudas. Lo imposible es salir como turistas y no regresar. Lo procedente es inventar una excusa para obtener un permiso temporal. Por ahora no hay ley alguna que prohíba a un judío vender sus bienes, si es que encuentra quien se los compre; por lo tanto, nuestra operación será legal y no tendré, como expatriado definitivo, que ce der todo cuanto tengo al Estado, que es la condición que exigen para poder emigrar de Alemania. Luego, si una vez en el exterior consigo los medios necesarios para instalarme en otro país, tampoco hay ley alguna que se oponga, siempre y cuando consiga los permisos de residencia necesarios para vivir en el país que me acoja, y de eso ya me ocuparé en su momento moviendo influencias y dinero; ninguna de ambas cosas me ha de faltar. Por lo pronto, parece ser que hay una brecha en la ley, según me ha dicho Spigel, y debo aprovecharla antes de que sea demasiado tarde.
—Y ¿qué harás con tu negocio?
—No me preguntes qué haré, pregúntame, más bien, qué
he hecho. Lo mismo que te propongo a ti se lo propuse en su
día a un joyero amigo y para más seguridad suizo. Ni la joyería ni la fábrica me pertenecen, oficialmente. Si este vendaval
pasa, algún día podré recuperar mis pertenencias.
—Y ¿si alguien os denuncia y hace que se abra una investigación?
—Si eso sucede, espero que mis hijos ya estén conmigo, y tú habrás comprado esta casa antes de que yo haya faltado a mis obligaciones con respecto a Alemania.
Stefan quedó unos instantes pensativo. —Y ¿qué más pretendes que haga?
—Que me ayudes… He conseguido ya todos los papeles; únicamente me falta un visado de las SS que debo presentar a la policía junto con el pasaporte, conforme tengo autorización para salir de Alemania con mi mujer y con Hanna, quien además de como mi hija figurará como mi secretaria. ¿El motivo? Asistir, por motivos de mi negocio, a un congreso de gemología que se celebrará en Viena. Una vez esté fuera, pienso que obtener una prórroga será relativamente fácil. Desde Viena seguiré con atención el devenir de los acontecimientos. Si tu opinión prevalece, que no es otro mi deseo, volveré, pero si las cosas se tuercen y suceden como sospecho, entonces, Stefan, no regresaré a mi patria y me convertiré en otro judío errante.
—¿Qué les dirás a los chicos? Ninguno tiene siete años. —Hanna creerá que la invito a un viaje; de otra forma se negaría a venir con nosotros, ya sabes cómo es la juventud, no ve el peligro y no querría alejarse de sus amigos, sobre todo de uno de ellos. El equipaje será el que convenga. En cuanto a los muchachos, el único que lo sabrá es Manfred; creo que Sigfrid, en su estado actual, no está en condiciones de preocuparse.
—¿Gertrud?
—Mi mujer, Stefan, no debe, por el momento, saber nada,
y aunque no tiene un pelo de tonta, jamás imaginará que mi
plan es salir para no regresar, caso de que las circunstancias
así lo requirieran.
Stefan se crujió los nudillos de las manos en un gesto reflejo y tardó unos instantes en responder.
—Cuenta con mi gestión ante las autoridades para que consigas tus papeles. En cuanto a lo otro, como comprenderás, debo consultarlo con Anelisse, y aunque nada le diga de lo del notario, a una mujer no se la puede cambiar de domicilio así como así; de todos modos, cuenta con su silencio… si yo le hablo seriamente. Pero ¿puedo sugerirte algo?
—Desde luego.
—Habla con Gertrud; no la lleves engañada. A fin de cuentas hará todo lo que tú le digas y más si sabe que es por el bien de la familia,.
—Tal vez tengas razón; déjame que lo piense.
—Hazlo, pero conste que creo que te precipitas y que estás levantando una tempestad en un vaso de agua.
El bachiller Rodrigo Barroso
Subido a un tablero de recia madera colocado sobre unas patas en V invertidas, el bachiller Rodrigo Barroso enardecía, animado por unos acólitos estratégicamente repartidos, a una muchedumbre que había ido a mercar a la aljama de las Tiendas y que escuchaba embobada sus diatribas en contra de los judíos.
El bachiller, obedeciendo la consigna de su protector, se había reunido anteriormente con tres de sus secuaces en el figón del Peine, en la calle del Santo Apóstol. Habían acudido a la cita Rufo el Colorado, Crescencio Padilla y Aquilino Felgueroso, este último alquilador de mulas para carruajes. Se sentaron al fondo del establecimiento, donde no pudieran escucharles oídos inconvenientes, y pusiéronse a secretear, como cuatro conspiradores, ante cuatro vasos de tinto peleón que les arrimó la mesonera, moza garrida, todavía de buen ver aunque algo entrada en carnes, que mostraba generosa, por el hueco de su escote, unos pechos voluminosos e incitadores y a la que su pariente, que era consentidor,34 promocionaba entre la parroquia para mejor industriar su negocio. Cuando ya la mujer se alejó, el bachiller abrió el fuego.
—He convocado a vuesas mercedes para proponeros un negocio que puede rendirnos pingües beneficios y que además nos acarreará, sin duda, gratitudes de personas influyentes.
—Ya dirá vuesa merced de qué se trata el avío —dijo el Colorado.
Barroso bajó la voz, y al punto los otros tres arrimaron sus cabezas.
—Hete aquí que personas de calidad, y más capacitadas para juzgar de lo que lo estamos nosotros, piensan que es hora ya de que alguien ponga en su sitio a esa piara de marranos que perturban la vida y emponzoñan el comercio de esta ciudad, y que actúan principalmente, para desdoro y oprobio de los cristianos viejos, en el lugar que más debería cuidarse a causa de la proximidad de la catedral.
Crescencio Padilla, que era muy proclive a dejar muy claras las cuestiones que atañían a los dineros, indagó.
—Y ¿qué beneficio va a reportarnos bailar esta pipironda35 con tan incómoda pareja de danza? Tened en cuenta que son gentes influyentes y que se mueven en los aledaños de la nobleza y de la corte.
—En primer lugar, unas buenas doblas castellanas que alegrarán nuestras bolsas; en segundo lugar, que si lo desean vuesas mercedes no tendrán que descalabrar cabeza alguna, y finalmente, que nuestro protector tiene, frente al rey, la más alta influencia.
—Y ¿en qué va a consistir ese trabajo tan fácil y, por lo que dice vuesa merced, tan bien remunerado? —Quien ahora interrogaba era Aquilino Felgueroso, el mulero.
—El fuego es lo que quema un pajar, ¿no es cierto? Para ello hace falta una espurna y un poco de viento, Bien, nosotros seremos eso.
Los tres intercambiaron una mirada artera y cómplice.
El bachiller prosiguió.
—Vamos a pregonar en plazas y mercados cuantas más
noticias mejor sobre las maldades de esa execrable ralea de
asesinos de Nuestro Señor, no por sabidas menos odiadas,
pero que el buen pueblo llano olvida con frecuencia. ¿Quiénes cometen usura, a veces de más del treinta por ciento, y hacen que los campesinos tengan que empeñar, para poder
sembrar, el fruto casi entero de sus cosechas? Los judíos.
¿Quiénes son los encargados de cobrar las alcabalas reales,
que cargan más de lo autorizado por el rey a cambio de unos
días más de plazo? Los judíos. ¿Quiénes se convierten falsamente al cristianismo y se proclaman conversos a fin de poder gozar de prebendas y privilegios que les otorga la corona
para así mejor estrujarnos? Los judíos. ¿Quiénes envenenaron los pozos y propagaron de esta manera el contagio de la
peste negra que asoló este país hace pocos años? Los judíos.
Y así, de esta manera, el cante llegaría hasta ciento.
—Y ¿quién es nuestro valedor, si vuesa merced puede publicarlo? —Quien había hablado había sido Padilla.
—«Por sus obras los conoceréis», dicen los Evangelios… Y he aquí sus obras.
Y acompañando la palabra con el gesto, el bachiller abrió su escarcela y desparramó sobre la mesa un puñado de doblones que tintinearon ostentosamente e hicieron saltar chiribitas de las avariciosas pupilas de los conspiradores.
—¡A fe mía que es hablar alto y claro! —comentó Felgueroso.
El bachiller recogió parsimoniosamente los dineros y aguardó cauto el resultado de su ostentación.
—¿Qué es lo que debemos hacer?
En esta ocasión fue el Colorado quien interrogó ansiosamente.
—Vuesas mercedes se dedicarán a frecuentar los lugares más concurridos y expondrán, a todo el que quiera oírlo, lo que aquí se ha opinado, convenientemente sazonado y condimentado, claro es, para que el guiso sea mas digerible.
—Y ¿en qué va a consistir ese adobo? —interrogó Felgueroso.
—Vuesas mercedes conocen perfectamente cómo son las gentes del pueblo llano. Basta que les vendan un palmo de sarga para que ellos presuman ante sus vecinos de que han comprado una vara castellana, y un real de vellón36 lo transforman, más deprisa de lo que tardo en contarlo, en dos o tres ducados. Pues bien, además de definir la forma de actuar de esos infieles, tal como os he comentado anteriormente, vuesas mercedes lo aderezarán con historias de esas de «Pues me ha dicho un compadre que vive en Rocieros que han intentado violar a una muchacha» o «¿Saben que han escupido al paso de la procesión del Santo Niño?». De esta guisa iremos calentando el ambiente y preparando la traca final; ya saben vuesas mercedes que la murmuración es como la harina que se desparrama sobre la arena: luego es imposible recogerla.
—Y ¿cuándo y dónde serán esos fuegos de artificio? —indagó Crescencio.
—Vuesa merced quiere galopar antes de caminar. Primeramente y en días muy señalados, en ferias, mercados, fiestas… donde sepamos con certeza que el personal va a acudir en tropel. Os mezclaréis entre las gentes, y cuando vean que yo, subido en cualquier punto elevado que me haga más visible y notorio, empiezo a perorar comentando en pública voz lo que vuesas mercedes ya conocen, entonces comenzarán a gritar dándome vivas y azuzando a todos con frases como «¡Hay que ir a por esos perros judíos!, «¡Ladrones de cristianos!», «¡Asesinos de infantes!», «¡Malditos mil veces!», «¡A la hoguera!». Y de esta guisa, cuantas lindezas se les vengan a las mientes.
Luego el bachiller repartió un montón de maravedíes entre los compinchados, y tras pagar otra ronda de vino y dar una generosa propina a la vez que una igual palmada en las posaderas de la condescendiente moza, quien al sentirlo hizo un quiebro retozón, partieron para comenzar su tarea cuanto antes, ya que el día escogido para la apoteosis final iba a ser el primer viernes luego de la Semana Santa, para la que faltaban tres meses escasos. Así aprovecharían la circunstancia de que los judíos guardarían el sabbat y no saldrían de sus casas.
Preparando la boda
Isaac Abranavel ben Zocato estaba instalado en su despacho rodeado de una interminable lista de nombres y de cifras al lado de las cuales, y con sumo cuidado, iba anotando, con un cálamo bañado en tinta roja, un signo cabalístico que únicamente él podía descifrar. Vestía un ropón morado de anchas mangas recubiertas por unos forros negros para evitar el roce y las manchas, protegía sus dedos con medios mitones, ceñía su cintura una banda de terciopelo grana y, para resguardarse del frío, se cubría con una túnica de color rojo vino y un casquete de lana a juego; al cuello llevaba un collar de oro con un gran medallón pendiente de él que conformaba la estrella de David, obsequio del mismo rey, en cuyo centro se veía engarzada una inmensa aguamarina. En verdad que no le placía en absoluto aquella delegación del monarca, pero era su deber servirlo y sabía que de esta manera, además de obtener pingües dividendos, beneficiaba a su comunidad. De todas formas, en cuanto pudiera y de un modo sutil que no ofendiera al soberano, pensaba zafarse de tan incómoda obligación, ya que últimamente aquel su oficio le había proporcionado más de un disgusto. El pueblo llano dispensaba una particular malquerencia al recaudador de alcabalas, sin tener en cuenta que era el rey el beneficiario de las mismas, ya que a quien veían y odiaban era aquel que directamente venía a llevarse sus dineros, y éste no era otro que él mismo.
La voz de su fiel mayordomo le sacó de sus cavilaciones y trabajos anunciándole que la comida del día estaba servida.
—Dile a mi esposa que bajo al punto.
Partió el criado con la comisión, y el rabino, luego de recoger todos sus papeles y guardarlos en una gran caja de cedro que se ubicaba al lado de la imponente mesa y cerrarla con una llave que extrajo del hondo bolsillo de su túnica, procedió a quitarse las falsas mangas y los mitones, descendiendo por la ornamentada escalera al piso inferior. Ruth, su mujer, estaba esperando en pie al otro extremo del comedor, respetuosa y atenta, a que él presidiera los rezos del día. El rabino, en homenaje a ella, entonó antes del Ha Motzi37 el
Eshet Jail.38 Luego, separando sus manos y volviendo hacia arriba las palmas, impartió su bendición a todos los manjares que iban a consumir, tras lo cual la pareja procedió a sentarse.
—¿Qué nos deparáis hoy, esposa mía?
—Hoy es la octava de la fiesta del Januccá.39 Tenemos
prohibida la carne y debemos comer pan ácimo y pescado de
escamas, como bien sabéis. Pero como sé que no os place, he
dicho en la cocina que os preparen un hojaldre de setas sin levadura; esto sí os gusta y lo podéis comer.
—Gracias, esposa mía. Bien sabe Yahvé que el ayuno es, a mi edad, el sacrificio que más me cuesta. ¿Lo ha guardado Esther?
—Desde luego. Ha comido con su ama antes, tal como tenéis ordenado. Me duele no tenerla a la mesa, pero en esta casa siempre se cumplen vuestras órdenes.
—Y así será hasta que entre en razón. Temo que la habéis consentido en demasía y que se ha vuelto díscola y malcriada. ¿Dónde se ha visto que una muchacha se oponga a la decisión de su padre a la hora de comprometerse en matrimonio y que éste tenga que escuchar sus protestas y quejas?
—Quizá tengáis razón, esposo mío, pero al no ser yo su madre y siendo vuestra única hija, tal vez, en verdad, la haya consentido en demasía por ganarme su afecto; me resulta muy duro ser severa con ella. Intentad comprenderla, Isaac, es muy joven todavía; parece que era ayer cuando preparé su primera micvá,40 y ya estáis planeando su boda.
—Nuestras costumbres son siempre las mismas y obviamente inalterables; hora es ya de concertar su compromiso aunque la ceremonia de la entrega esté aún lejana. Vino a verme Samuel y quedamos para, en un futuro próximo, concretar el día en el que el shadjaán41 acuda a nuestra casa para la correspondiente ceremonia y procedamos a redactar el Ketubá.42
—Tal vez si esperáramos un poco más, estaría mejor dispuesta.
—No voy a ceder a sus caprichos ni a sus veleidades. Cuando vuestro padre acordó conmigo mis primeros esponsales con vuestra hermana, ella ni tan siquiera fue consultada.
—Eran otros tiempos y otras circunstancias, Isaac. Habéis de tener en cuenta que hoy día las muchachas conviven con otras culturas menos rígidas que la nuestra. En Toledo coexisten cristianos y árabes, amén de conversos y mudéjares, y es inevitable que sus costumbres influyan en nuestros jóvenes y hagan que se relajen y desorienten. Cierto que nosotros no podemos practicar nuestra religión lejos de las sinagogas, pero tampoco los mudéjares tienen almuédano43 ni pueden en público rezar sus cinco oraciones; todos sufrimos las leyes que se derivan de la pretensión de guardar incontaminada la religión dominante, pero por lo demás es inevitable influir e influirse de los demás… Observad que los hábitos, con el roce, cambian, Isaac.
—Pero no las tradiciones, y menos las de esta casa, mujer. El mayordomo les llevó las viandas, y el matrimonio ya no volvió a hablar más del asunto.
El castigo
Esther permanecía castigada en su cuarto sin salir de él desde la tarde en que, llamada a la presencia de su padre, se rebeló ante el anuncio de que éste iba a concertar su boda con Rubén, el hijo de Samuel ben Amía.
—No, padre mío. Con el debido respeto debo decirle que no quiero, por el momento, contraer matrimonio, con este ni con ningún otro muchacho.
Permanecía en pie ante el rabino, confundida y temblorosa. El momento fue terrible; desde niña el gran despacho la atemorizaba y el hecho de enfrentarse a su progenitor, cosa que no había hecho jamás a lo largo de toda su existencia, le producía un especial desasosiego. Por el momento ni se le ocurrió hablar de su amor por Simón ya que eso habría colmado el vaso de la paciencia del rabino. Sin embargo, la respuesta de éste fue fulminante.
—¡Os casaréis con quien yo determine y cuando yo lo decida!
La muchacha, con el rostro lívido, argumentó:
—Jamás os he desobedecido, padre mío, pero no seré la
esposa sumisa de un matmid.44
—¿Qué pretendéis, jovencita, ser la deshonra de nuestra mishpajá?45 Desde ahora mismo y hasta que yo lo diga no abandonaréis vuestras habitaciones. ¡Y ahora salid inmediatamente de mi presencia!
Partió la muchacha, desolada, a refugiarse en los brazos de su aya, triste por haber disgustado a su padre y a la vez satisfecha por haberse atrevido a dar aquel paso. Ignoraba adónde la conduciría su actitud, pero se sentía liberada al pensar que los días irían pasando y que el tiempo suavizaría las cosas echando agua al vino.
Padre e hijo
Habían pasado dos años y medio desde que su hermano Sigfrid se había quedado cojo. Manfred, a sus veintiún años, observaba entre horrorizado e iracundo lo que estaba ocurriendo en su querida patria desde que aquel cabo austríaco, gaseado en la guerra mundial, había alcanzado el poder. Todas aquellas personas que no pertenecían al partido nazi, como los liberales y los socialistas, eran marginadas y tildadas de desafectas, y los comunistas, que eran los que realmente se batían el cobre en las calles, eran además proscritos y, como tales, perseguidos con saña. Los judíos como él, los gitanos, los eslavos, los testigos de Jehová, etcétera, eran considerados razas inferiores, y cualquier persona que tuviera aspecto de turco o de rumano, o meramente un color oliváceo, podía ser parada en la calle y obligada a enseñar su documentación. Las SA y las Juventudes Hitlerianas cam paban por sus respetos cometiendo desafueros y abusos sin fin, y la temible Gestapo registraba domicilios, propinaba palizas tremebundas y se llevaba gentes sin que sus vecinos, aterrorizados, se atrevieran ni siquiera a preguntar de qué eran acusadas. El decreto secreto Niebla y Noche funcionaba a toda presión.46
Todos los que podían hacerlo se habían ido o estaban preparando la salida de Alemania.
La noche anterior, cuando su padre lo citó en el despacho de la joyería en vez de hacerlo como siempre en su casa, Manfred intuyó que algo grave estaba a punto de ocurrir.
¡Parecía mentira cómo habían cambiado las cosas! De aquel magnífico establecimiento ubicado en una de las arterias más importantes de Berlín, cuyos escaparates eran la admiración de propios y extraños, apenas quedaba nada; tras los inmensos cristales únicamente se veían cuatro piezas de plata y otros objetos de escaso valor. Las gentes iban atareadas a su trabajo, y todo eran banderas y símbolos nazis; la avenida se veía concurrida y las terrazas de los cafés estaban repletas de gentes que parecían no darse cuenta de lo que pasaba. Miró a ambos lados de la calle y esperó a que el semáforo se pusiera verde parea cruzar; luego, calándose la gorra sobre los ojos, atravesó la calzada y se dirigió a la tienda, empujó la negra puerta serigrafiada con un pardenvolk ltd. en plata y se adentró en ella. El viejo Matthias, que lo había tenido en sus brazos cuando era un bebé, se levantó apresurado de su silla, ubicada tras uno de los seis mostradores —cinco de los cuales se veían vacíos—, y se adelantó a recibirlo.
—¡Manfred, qué alegría verte por aquí! Qué caro eres de ver…
—Hola, Matthias, qué más quisiera yo que venir más a menudo. Pero ¿dónde está la gente? —preguntó, señalando los pupitres vacíos.
—Esto demuestra el tiempo que hace que no vienes por aquí. En la tienda solamente quedamos dos, Henie y yo, y en el taller de las chicas nada más queda Helga, mi hija, que antes estaba aquí. —Manfred la recordaba perfectamente de cuando lo dejaban jugando con ella en el patio del almacén, aunque le llevaba cuatro años, en las ocasiones en las que, acompañando a su madre, iba a recoger a su padre al despacho—. Los demás se han ido yendo, pero tampoco hacen falta, ya te habrá dicho tu padre que la venta está algo parada.
Manfred vaciló.
—Sí, algo me ha dicho.
—¿Cómo está tu hermano?, a tu padre casi no me atrevo
a preguntarle.
—Bien, está bien, Matthias, va tirando. ¿Está mi padre arriba?
—En el despacho lo tienes.
—Luego te veo.
Manfred se dirigió al fondo del establecimiento, desde donde, tras una cortina de tupido terciopelo, una escalerilla ascendía al altillo del primer piso; subió por ella y en dos zancadas se plantó ante la puerta del despacho de su padre. Un recuerdo le asaltó la mente. Era de muchos años atrás, de un día en que su hermano y él, tras suspender el curso por un incidente que tuvieron en el colegio y por el que fueron castigados a presentarse a los exámenes de septiembre, su madre les obligó, al llegar a casa, a ir a la joyería a dar una explicación a su padre.
Estaban Sigfrid y él en un internado, que por imposición de su madre era de confesión católica, a las afueras de Munich y era la hora de la cena. Aquel día estaba él de «samaritana», nombre con el que se distinguía al encargado de rellenar la jarra del agua cuando ésta se terminaba. Las mesas eran de seis internos y un correturnos establecía tanto el orden de servirse como el destinado a ser el mochilero de los demás… Todo pasaba muy rápido por su mente. Aquel día se habían publicado en la pizarra del estudio los nombres de los componentes del equipo de fútbol que iba a competir con el de un internado rival, el del colegio católico de los jesuitas. Sigfrid, además de ser un buen estudiante destacadísimo en matemáticas y dibujo, quería desde siempre ser arquitecto, era el eterno capitán, ya fuera del equipo de esquí, del de hockey sobre hielo o del de cualquier otro deporte, y él, sin duda por su influencia, había sido nombrado masajista del equipo. La voz de Hugo Breitner, quien siempre ansiaba figurar y que por lo visto encajó mal su nombramiento, resonó en su cabeza a través del túnel del tiempo.
—A ver, ¿quién está hoy de «samaritana»…? —alguien exclamó—. Le toca a Manfred. —La voz resonó de nuevo.
—¡Hombre, qué casualidad!, está de «samaritana» la Pardenvolk pequeña.
Ahora era la voz de Sigfrid la que recordaba.
—Mi hermano se llama Manfred. Si quieres que vaya por
agua, llámalo por su nombre —silbó más que habló.
—Yo lo llamo como me pasa por el arco de triunfo.
Recordaba que él intervino.
—Déjalo, Sigfrid, ya voy.
—Tú no vas a ningún parte, ¡quédate quieto!
—¡Sois un par de judíos maricones y no vale la pena ensuciarse las manos con vosotros! —gritó histérico Breitner.
¡Fue su perdición! Sigfrid, rápido como una centella, se levantó, se colocó tras la silla de Breitner y, cogiéndolo de los pelos, le metió la cara en la sopa, que estaba ardiendo. El tumulto fue de los que hacen época y de los que se recuerdan en los colegios a través de las generaciones. El profesor, que estaba hablando con un colega, al oír el barullo se acercó de inmediato, tomó a Breitner y se lo llevó a la enfermería. Al rato compareció de nuevo con el chico hecho una máscara de color amarillo, efecto de la pomada que para la importante quemadura le habían aplicado. Luego vinieron las explicaciones, y Sigfrid y él fueron enviados a casa con una carta de expulsión temporal que luego se cambió por el suspenso hasta septiembre por la influencia de tío Frederick, hermano de su madre, que era uno de los grandes benefactores del centro.
Todos esos sucesos acaecidos hacía ya diez años regresaron a su mente mientras golpeaba con los nudillos la puerta del despacho.
—¡Adelante!
La voz inconfundible de su padre resonó en el interior.
Asomó Manfred la cabeza por el hueco abierto e inquirió:
—¿Puedo?
—Pasa, hijo, y cierra la puerta.
¡Cómo había envejecido su padre en aquellos dos años!
No es que hubiera adelgazado; había perdido volumen hasta
tal punto que su hermosa testa leonada, ahora casi blanca, se
veía, con relación al cuerpo, mucho más grande, casi desproporcionada, y su chaqueta desabotonada le caía lánguida por
ambos costados como si hubiera sido confeccionada para una
persona mucho más gruesa.
—Hola, Manfred, te agradezco que hayas venido. Manfred rodeó la mesa y besó respetuoso la mano tendida de su padre.
—¿Cómo quiere que no acuda cuando usted me lo pide? —Imagino que, tal como quedamos, ni tu madre ni tus hermanos saben que has venido.
—Nada he dicho. ¿No fue eso lo que usted me indicó?
—Gracias, Manfred, no esperaba menos de ti. Siéntate… Verás, hijo, no sé cómo empezar. He preferido citarte aquí que hablar en casa.
—¡Me tiene usted sobre ascuas, padre!
Leonard jugueteó con un abrecartas con el mango de lapislázuli que estaba sobre su mesa, en tanto que Manfred se acomodaba en uno de los dos sillones que estaban frente a ella.
—Los tiempos son malos, hijo, e intuyo que pueden ser todavía mucho peores, y los negocios son un desastre, aunque en estos momentos eso no es, ni de lejos, lo más importante… Ya casi no podemos comprar ni vender, y nuestros mejores clientes no se atreven a entrar en la joyería.
—¿Y la fábrica? —quiso saber Manfred.
—No nos suministran ni oro ni plata. Como comprenderás, en estas condiciones no podemos subsistir: me he visto
obligado a despedir a la mitad de la plantilla y no creo que
pueda hacer otra cosa que cerrarla o malvenderla.
Manfred rebulló inquieto en su silla.
—Debo decirte algo, hijo, y espero que me entiendas: el
tío Stefan me ha ayudado a conseguir los papeles para que
tu madre, tu hermana y yo podamos salir hacia Viena dentro
de un tiempo aprovechando la relajación que, sin duda, se
apoderará de los funcionarios de aduanas y guardas fronterizos para dar salida a la infinidad de turistas que abandonarán
Berlín al finalizar los juegos olímpicos. Tú y Sigfrid, por el
momento, os quedaréis, ya que sería imposible salir todos
juntos sin levantar sospechas. Yo, desde fuera, según sean las
circunstancias, haré lo imposible para que podáis reuniros con
nosotros cuanto antes.
Un silencio se estableció entre los dos, hasta que Manfred, con la voz contenida por la emoción, habló.
—Me deja de piedra, padre. Con el debido respeto, a mí, por lo menos, nadie va a echarme de Alemania. No me atrevo a hablar en nombre de Sigfrid, pero creo que pensará lo mismo que yo.
—Me rompes el corazón, pero me siento orgulloso de ti. —De cualquier forma, prosiga, padre.
Leonard puso a su hijo al corriente de todas las decisiones tomadas, comunicándole que había rogado a su tío Stefan y a su tía Anelisse que fueran a vivir con ellos durante un tiempo, a la espera de que se aclararan los acontecimientos.
—¿Lo sabe mi madre?
—Pese al consejo de Stefan, todavía no se lo he dicho;
tiempo habrá para ello, amén de que sería imposible ocultárselo por mucho tiempo —Y ¿dónde van a vivir ustedes?
—De momento, cuando lleguemos a Viena, en casa del
tío Frederick, luego ya veremos.
—Pero, padre, Hanna no va a querer marcharse de Berlín; ya sabe que tontea con Eric y que aquí está su mundo, su conservatorio y sus amigos.
—Por eso mismo, las leyes son terminantes y la Gesta po se ocupa de que se cumplan. A partir del Congreso de Nuremberg ningún ario puede casarse con una judía, y viceversa. Lo que quiero es evitar a tu hermana mucho sufrimiento, que es sin duda lo que le espera, y de paso evitárselo también a Eric, al que apreciamos mucho. Sé que me entiendes, hijo. Es una prueba que Yahvé nos envía y debemos afrontarla.
—Pero nosotros, padre, somos una familia atípica; mi hermano y yo fuimos circuncidados, pero mamá no es judía, y bien que ustedes se casaron. Hemos sido educados en la toleran cia y en la comprensión, y ahora mismo, antes de entrar, recordaba mi estancia en el colegio católico al que nos enviaron.
—Al terminar la guerra del catorce, dos de cada tres judíos se casaban con mujeres alemanas, pero esta gente está intentando erradicar a nuestro pueblo, y la campaña antisionista está orquestada desde el poder.
—Pues yo, padre, con todo el respeto, me siento alemán por los cuatro costados y no entiendo qué tiene que ver la patria de uno con la religión que profesa.
—No sigas, hijo. Sea la que sea la educación que recibisteis, nunca dejaréis de tener un cincuenta por ciento de sangre judía porque yo soy judío, aunque no ortodoxo, y por cierto poco practicante. Pero esta gente cada vez estrecha más el círcu lo y no entiende de matices; soy el padre de familia y eso os marca a todos.
»Ahora mismo, en las condiciones de tu hermana, se requiere un permiso especial para contraer matrimonio con alguien de sangre aria y dentro de poco será imposible, amén de que los padres de Eric, según tengo entendido, son acérrimos seguidores de Hitler. ¿Me has comprendido, hijo mío? Los tiempos que se avecinan van a ser terribles para nosotros.
—No se preocupe, padre, sabremos sobrevivir. Pienso que el Dios de los cristianos no prueba tanto a su pueblo, ni exige tanto sacrificio y tanta prueba… Creo que ser judío y guardar la ley de Moisés no compensa, padre.
—No blasfemes, hijo, hazlo por mí. Ya verás, esto será una tempestad pasajera y Jehová prevalecerá contra todo.
—Pero ¿a qué precio, padre?
—No es tiempo de dirimir estas materias en vanas discusiones a las que, por otra parte, tan proclives somos los de
nuestra raza. Te ha traído aquí, además, para otra cosa.
—Le escucho, padre.
—Manfred, el nuestro siempre ha sido un pueblo con el
equipaje ligero y a punto, siempre hemos procurado adquirir
cosas fácilmente transportables y fáciles de amagar.
El muchacho era todo oídos.
—Lo que me debo llevar ya está oculto y disimulado en
un lugar conveniente y seguro, pero no quiero dejaros a ti y a
tu hermano indefensos ante cualquier circunstancia de emergencia en la que podáis encontraros.
Leonard se levantó del sillón que ocupaba tras la mesa y se dirigió a un panel de la pared. Bajo la presión de su dedo medio, una de las molduras se retiró, y entonces, ante los ojos asombrados de Manfred, que jamás lo habría sospechado, apareció una caja fuerte, pequeña y empotrada. Leonard hizo girar las ruedecillas de la combinación y, tirando de una cadena de oro sujeta a su cinturón, extrajo un llavín del bolsillo y lo introdujo en la cerradura. Al girarlo, sonaron los pasadores de los cerrojos de acero y la gruesa puerta se abrió a continuación. Desapareció su mano en el interior y apareció de nuevo con un saquito de terciopelo negro apretado en ella. Leonard lo guardó en el bolsillo de su chaleco en tanto cerraba la reforzada puerta y movía nuevamente las ruedecillas de la combinación. Luego regresó a la mesa y, tras encender la lámpara que sobre ella había, aflojó las cuerdecillas que cerraban la embocadura de la bolsa y, bajo el haz de luz, volcó el contenido del saquito sobre la negra superficie de cuero. Ante el pasmo de Manfred refulgió una miríada de rayos azules que destellaron en las facetas de las purísimas piedras.
—Esto, hijo, es una fortuna. He escogido estas gemas personalmente, una a una, porque creo que es más fácil cambiar estas piedras en el mercado negro y comprar voluntades que si fueran otras de mayor tamaño. Ninguna de ellas pesa más de cuatro quilates y no las hay más puras en ningún rincón de Alemania. Llevo coleccionándolas hace un montón de años. Mi anhelo es que jamás os veáis en una situación en la que sea necesario emplearlas, y deseo con toda mi alma que esto sea un mal sueño y pase pronto, pero partiré más tranquilo si sé que guardas esto.
—Pero, padre, ¿por qué no carga esta responsabilidad en los hombros de Sigfrid?
—Tu hermano no es el que era, temo por él; me fío más de tu buen criterio… Y todavía debo decirte más: a ti te encargo que cuides de él. Mi mensaje es bíblico, Manfred, lo dice el libro: Cuando Dios pregunta a Caín por Abel, quiere indicar que ésta es su obligación, y cuando éste se desentiende y contesta: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?», desagrada al Señor.
—Que así sea, padre, pero le pido permiso para explicarle todo esto en el momento que usted crea oportuno; sé que de no hacerlo se dolería muchísimo.
—De acuerdo, hijo, creo que, tras la carga que he depositado sobre tus hombros, te debo complacer en lo que me pides. Pensaba hacerlo yo mismo cuando estuviéramos a punto de partir, pues no querría amargarle los juegos, y no aportará nada que lo sepa con anticipación. En cuanto a los tíos, todavía no sé si accederán a vivir en nuestra casa.
—¿Con nosotros?
—Sí, contigo y con tu hermano, ya te lo he dicho. Voy a
simular una compraventa con el tío, ahora que aún se puede,
y de esta manera quizá salve nuestras posesiones. Además,
Stefan tiene pacientes importantes dentro del partido y puede, llegado el caso, ser vuestro escudo protector.
—Y ¿no cree que Anelisse se lo dirá a mamá?
—Está sobre aviso, y el tío le ha hablado muy seriamente.
No, no temas, nadie más que yo hablará del tema con tu madre y en el momento oportuno. ¡Ah!, otra cosa… Mensualmente mi notario os suministrará lo necesario para que podáis vivir sin apuros.
—Cuente conmigo para todo, padre, y sepa que siempre tendrá mi admiración como ser humano y mi amor como hijo.
Leonard salió de detrás de la mesa y con la mirada húmeda se fundió en un abrazo con su hijo pequeño.
Manfred abandonó la tienda. Caía la tarde y comenzaba a chispear; se subió el cuello del gabán. En el parque de enfrente, bajo la luz de un farol a pocos metros de la joyería, un desaforado individuo con el uniforme de los camisas pardas, encaramado en el quiosco donde los días festivos una orquestina entretenía al personal tocando música ligera, y rodeado de acólitos que repartían entre las gentes unos pasquines, enardecía los ánimos de una muchedumbre borreguil y entregada, en tanto que unos compinches lo jaleaban.
Tiempos tenebrosos —Isaac, he hablado con Sara y me dice que vuestra hija se está marchitando como flor de invernadero. Bueno sería que fuerais clemente con ella y la dejarais bajar al jardín, sin salir de casa, a tomar el aire y el sol. Cuando la he visto esta mañana, me ha llamado la atención su palidez; se está desmejorando día a día y no es la muchacha que era; lleva así tres semanas y creo que el castigo es excesivo.
—¿Qué queréis que haga, mujer? ¿Pretendéis que haga dejación de mi autoridad y ceda ante sus caprichos? ¡Se casará con quien yo diga, y cuanto antes deponga su actitud, mejor será para ella!
—Yo no digo que remitáis en vuestra autoridad —argumentó Ruth mansamente—. Pienso que, bien al contrario, saldrá reforzada si adoptáis una actitud clemente. La clemencia es virtud de los fuertes, y ella advertirá que su padre es más fuerte si ve que se permite el lujo de suavizar su castigo sin por ello deponer su actitud.
El rabino quedó unos momentos meditando. En él pugnaban dos sentimientos: por un lado, la afirmación de su principio de autoridad; por el otro, el amor que profesaba a su hija. Finalmente pudo este último.
—Sea —dijo—. Decidle que puede bajar a la rosaleda por las tardes o llegarse al palomar a cuidar sus palomas, pero que ni se le pase por las mientes salir de casa.
—¡Gracias, esposo mío!
—No me las deis, los hombres estamos perdidos cuando
las mujeres de una casa se aconchaban contra uno… Me confieso impotente ante vuestra alianza con Sara; sois demasiado
fuertes para mí.
Aquel cónclave era inusual; los cuatro hombres tenían por costumbre reunirse el día 15 de cada mes siempre que la fecha no coincidiera con el sabbat, pero en aquella ocasión la gravedad de los acontecimientos les había obligado a hacerlo de inmediato, mediante cita previa. El día acordado cayó en lunes y el lugar del encuentro fue el de siempre, la pequeña sinagoga que Isaac Abranavel había hecho construir en el jardín posterior de su casa. El gran rabino la tenía para sus devociones, y la usaba cuando necesitaba de un lugar seguro y discreto, alejado de posibles y curiosas escuchas.
Aquella tarde estaban citados los dayanim47 de las tres aljamas: Abdón Mercado, Rafael Antúnez e Ismael Caballería. Llegaron por separado, aunque dos de ellos casi juntos; las caras de ambos denotaban la tensión acumulada y en sus ojos se reflejaba la angustia provocada por los acontecimientos de los últimos días. Primero apareció Antúnez y luego Mercado, pero Isaac determinó que hasta que no hubiera llegado el último de los conjurados, no se comenzarían a debatir los graves sucesos que habían provocado la reunión.
Cuando los cuatro hombres estuvieron dentro, el gran rabino atrancó la gruesa puerta y, tras correr las tupidas cortinas adamascadas, encendió los candelabros para que la luz invadiera la estancia sin que la claridad denotara, a aquella hora del atardecer, la presencia de gentes en la pequeña sinagoga. Cuando ya los conspiradores se hubieron desprendido de sus capas y despojado de sus picudos gorros, se acomo daron en un banco semicircular que presidía la sala de reuniones y que estaba instalado debajo de una gran estrella de David y al lado de la menorá48 que se encendía en la fiesta de Januccá. Entonces el rabino abrió el debate para tratar de aclarar los episodios que, se decía, venían aconteciendo en los últimos tiempos y que tan apesadumbrados tenían a los miembros de las diversas aljamas, a fin de llegar a una conclusión y tomar, si hubiera lugar, las pertinentes me didas.
—Queridos hermanos, me han llegado noticias por varios frentes de los sucesos acaecidos los últimos días. Sin embargo, os he convocado hoy aquí para que, como jefes que sois de vuestras comunidades, me deis fidedigno relato de cuantas noticias hayan podido llegar a vuestros oídos ocurridas en vuestras respectivas circunscripciones, pero sin las exageraciones a las que tan dados son nuestros correligionarios y que tan comunes resultan cuando las noticias corren de boca en boca, de tal manera que un simple aguacero se convierte, al pasar de unos a otros, primeramente en tormenta y posteriormente en diluvio universal. Por tanto os exhorto, hermanos míos, a que seáis cautos en vuestros planteamientos y medidos en vuestras apreciaciones; nada me disgustaría más, si es que he de presentar quejas al rey, que me tildara de poco veraz o, peor, tal vez de mentiroso.
Los tres hombres se miraron por ver cuál de ellos debía comenzar. Lo hizo finalmente el de más edad, que era Abdón Mercado, el jefe de la aljama de las Tiendas.
—Respetado rabino —comenzó—, no querría pecar de desmedido y me ceñiré a la verdad de los hechos que hasta mí han llegado. Las noticias que traigo son de testigos presenciales e incluso, en algún caso, de parientes míos aunque lejanos. —Aquí hizo una pausa y tomó aliento; los otros dos, como si hubiera la menor posibilidad de ser oídos, aproximaron sus cabezas—. Hace ocho días, el cuñado de mi hermana partió para la feria de Huélamos, pues es guarnicionero y, al dedicarse a fabricar arreos para caballerías, y siendo que es ésta una fiesta de ganado importante donde se merca con burros, acémilas y caballos, asiste él para hacer negocio, ya que, muchas veces, para que los animales luzcan mejor, ya sea para ajustar un precio o como pieza final de «regateo», los comerciantes compran arreos nuevos. Llegó el día anterior y, como siempre, se dirigió al alguacil para alquilar un puesto en el mercado donde exponer su mercancía. Cuál no fue su sorpresa cuando le respondieron que todos estaban ocupados y que no había sitio para los de su raza. El cuñado de mi hermana se reunió con otros hebreos a los que les habían respondido lo mismo y decidieron montar una feria paralela en las afueras del pueblo, en campo abierto, más allá de la jurisdicción del alguacil; sus precios eran buenos y, tras el viaje, nadie quería volver de vacío. Cada quien colocó lo que traía a la vista, y los carromatos, además de para dormir, hicieron de puestos de feria. A la mañana siguiente llegó uno de ellos desde el pueblo, alarmado, diciendo que había un grupo de hombres que estaban soliviantando a los lugareños a fin de que nadie quisiera feriar con ellos; entonces se delegó a una comisión de tres comerciantes para que se arribaran al lugar y vieran lo que estaba ocurriendo. Como fuera que tardaban, decidieron llegarse varios, mas no fue necesario, pues las gentes ya se acercaban con garrotes, hoces, azadas, picos y otros aperos de labranza los cuales, mal empleados, pueden causar mucho daño. El cuñado de mi hermana pudo huir ya que, estando hacia el final de la fila de carros, tuvo tiempo de enganchar las caballerías y tomar las de Villadiego, pero otros no tuvieron tanta fortuna. Hubo gran quebranto material, se volcaron carromatos y se perdieron mercaderías… ¡Y si solamente hubiera sido eso…! Lo peor fue que descalabraron a algunos; parece ser que a dos de ellos muy gravemente, sobre todo el hijo del tintorero de Ávalos, que acudía a la feria a mercar tinturas para teñir el cuero y ahora se debate entre la vida y la muerte.
—¿Tienes la certeza de que todo cuanto me dices es la sola verdad? —inquirió el rabino.
—Tan cierto como que estoy aquí.
Isaac Abranavel se mesó la barba y ordenó:
—Tú, Ismael, ¿qué tienes que contarme?
—Hay una conspiración contra nosotros, rabino.
—Habla.
—Verás, como sabes, mi negocio es el alquiler de carruajes. Anteriormente, siguiendo la tradición familiar, y de ahí mi apellido, Caballería, a veces los arrendaba con los
animales incluidos y a veces sin ellos. Bien, hace un año decidí prescindir de las bestias, pues me ocasionaban muchos
quebraderos de cabeza, amén de que me hacía falta más
espacio en mi negocio. Los tiempos cambian y hay que
adecuarse a ellos, y de esta manera no debería ocuparme de
forrajes ni de llamar al chamán cuando alguna de ellas enfermara. Vendí los animales a un tal Aquilino Felgueroso, que
se dedica en exclusiva al alquiler de caballerías, y llegué a un
acuerdo con él para que, cuando necesitara de caballo o acémila para algún cliente, a él se las arrendaría. Tengo un sobrino, David es su nombre. Hará unos días lo envié al figón
del Peine a entrevistarse con el individuo ya que me eran
necesarias un par de acémilas para un negocio muy concreto. Allá que se fue mi sobrino, y volvió al cabo de poco totalmente traspuesto, pues el tal Felgueroso, junto con otros
dos, estaba arreando a las gentes para azuzarlas contra los
nuestros, culpándonos de cuantas desgracias les acontecen y
argumentando que somos nosotros los causantes de sus
apreturas ya que cobramos las alcabalas del rey y nos quedamos con las diferencias. Pretenden organizar grandes
alborotos los días de mercado y quieren reventarnos los
puestos.
—Y ¿para cuándo planean todo ello? —indagó el rabino. —Nada de esto se habló allí, o por lo menos nada pudo oír David ya que marchó antes por miedo a ser reconocido.
Quien intervenía ahora era Antúnez.
—Yo puedo aportar luz al respecto.
—Habla.
—Tengo amigos en Calasparra y en Charcales, y sé más
cosas. Uno de ellos es un converso que en privado sigue practicando nuestra religión; un pariente suyo se entrevistó con
uno de esos elementos que posiblemente aquel día había cobrado y soltaba su lengua en un figón, y sea por aliviar su
conciencia o sea porque aún se siente judío, el caso es que en cuanto tuvo conocimiento de lo que le contó su pariente,
vino a verme y me relató lo que os expongo a continuación.
Hay un individuo con un ojo velado y una parcial calvicie
que lo hacen inconfundible, quien al frente de un grupo se
desplaza a los lugares donde hay paisanos reunidos y se dedica a encrespar los ánimos del pueblo, que andan ya muy revueltos. Pretenden crear gran incomodidad los días de mercado hasta conseguir que las gentes se asusten y dejen de acudir
a comprar… Pero eso no es todo, y el tema principal que les
ocupa es otro.
—Te ruego no andes con dilaciones y digas lo que tienes que decir de una vez. —El rostro del rabino mayor denotaba una gran preocupación.
—Pues verás, rabino, proyectan aprovechar la coyuntura del sabbat, sabiendo que la fiesta obliga a que cada uno de nosotros esté en su casa, para atacar la aljama de la Tiendas que está junto a la catedral, y crear tal espanto en las familias que allí habitan que éstas prefieran marchar a otras ciudades, o por lo menos a otros barrios, para que aquel espacio quede expedito a fin de que el obispo pueda ampliar su templo.
—Lo que me decís es muy grave; y si es seguro, mañana pediré audiencia en el alcázar para ver al rey.
—Y si el rey no nos hace caso, ¿qué es lo que recomiendas, rabino? —dijo Caballería.
—Tiempo habrá de tomar medidas, pero no adelantemos acontecimientos.
Abdón Mercado se revolvió, inquieto.
—Pienso, rabino, que mejor sería que ambas cosas caminaran parejas, no vaya a ser que soplemos el shofar49 y no nos
haya dado tiempo a reunir la asamblea.
—Tal vez tengas razón.
Cuando los hombres se disponían a salir, Esther, que los había visto entrar desde la rosaleda y que se había colocado junto al ventanuco de atrás impelida por su curiosidad, a fin de intentar escuchar lo que allí se decía, partió muy asustada para su cuarto antes de que los conjurados abrieran la puerta que daba al jardín.
El alcázar
El alcázar de Juan I de Castilla estaba en lo alto del cerro que dominaba la ciudad. Pese a la recomendación del pontífice, las familias de los Abranavel, Caballería, Santangel, Mercado y otras tenían paso franco en él, ya que el rey debía atender antes a las conveniencias del reino que a sus rencores personales. No olvidaba la ofensa que los hebreos habían infligido a su padre al decantarse a favor de su medio hermano, defendiendo la puerta de Cambrón en la guerra que ambos sostuvieron por el trono de Castilla. Sin embargo, siempre que alguno de sus principales solicitaba audiencia, era recibido. El monarca sabía que era mucha más la utilidad de «sus judíos»50 que su perjuicio, pero la presión exterior hacía que se anduviera con cuido en su proceder, ya que, si bien le interesaba continuar usando en su beneficio a aquellos súbditos, no le convenía en modo alguno topar con la Iglesia ni encrespar al pueblo, y en aquel caminar al filo de dos abismos, en difícil equilibrio, consistía su acción de gobierno. Sin embargo, no olvidaba a la persona a quien debía la corona, ya que cuando en la lucha fratricida que sostuvo su padre, Enrique II de Castilla, en la jornada de Montiel, éste cayó debajo de su hermanastro, Pedro el Cruel, el caballero francés Bertrand du Guesclin, que acompañaba a Enrique, dio la vuelta a los contendientes y, colocando a Enrique encima de Pedro en posición ventajosa, dijo aquella frase que permanecía viva en el recuerdo de Juan y que cambió el rumbo de la historia del reino de Castilla: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».
El fuego crepitaba en las chimeneas del alcázar, pugnando con un viento gélido que se colaba por los intersticios de las troneras y abombaba ligeramente los tapices que las cubrían pese a las embreadas pieles que cerraban las aberturas. Estaba en el salón del trono y despachaba aquella tarde los asuntos que el canciller don Pedro López de Ayala, gentilhombre de su casa, le iba presentando.
—Señor, tenéis ahora una enojosa cuestión que no me he atrevido a despachar ya que estos asuntos, me consta, queréis tratarlos personalmente.
—¿Qué es ello, canciller?
—El gran rabino ha pedido audiencia con premura, y está
esperando en la antesala.
—Nada bueno auguran las precipitaciones. Decidle que pase.
Bajó del estrado del trono el canciller y con un discreto gesto de su mano llamó a un paje, que se acercó al punto, deslizó en su oído unas palabras y el doncel partió retrocediendo hacia la puerta. Al cabo de unos instantes la vara del maestresala de turno golpeó el entarimado del suelo anunciando al visitante.
—¡Audiencia real! El gran rabino de las comunidades de Toledo don Isaac Abranavel ben Zocato y don Ismael Caballería.
Se abrió la puerta del fondo y penetraron en la estancia los dos judíos, con el picudo sombrero entre sus manos, descubiertas sus cabezas y vistiendo sus mejores galas. La pareja de hebreos avanzó por el salón hasta llegar a los dos escalones que sustentaban el baldaquín bajo el que se alojaba el trono del monarca y allí se detuvieron, inclinándose en profunda reverencia, que no cejó hasta que la voz de Juan I resonó bajo el artesonado del techo, autorizando que se alzaran; ambos hombres así lo hicieron y esperaron a que el rey hablara. Hubo un largo silencio únicamente interrumpido por el crepitar de la cera de las bujías que, en dos círculos concéntricos de hierro trabajado, crepitaban en las lámparas visigóticas que colgaban del techo y en los gruesos hachones que, alojados en sus candeleros, ayudaban a iluminar la escena desde las columnas.
—Mi corazón se alegra de veros, rabino. ¿Qué es lo que ocurre que con tanta premura habéis solicitado audiencia?
—Majestad, sé cuán valioso e importante es vuestro tiempo, y creedme si os digo que si la encomienda que hoy me trae ante vuestra presencia no fuera de capital importancia para mi pueblo, no me atrevería a molestaros.
El rey, apoyado en el respaldo del trono y con gesto desmayado, accedió indolente.
—Hablad, rabino. Decid, ¿qué es lo que acongoja vuestro ánimo?
El judío vaciló unos instantes y luego comenzó a desgranar la retahíla de sus quejas, motivo de sus angustias.
—Veréis, majestad, hace ya un tiempo que se van sucediendo hechos por los aledaños de Toledo que siempre acaban perjudicando a los de mi pueblo. Al principio no quise hacer caso de las noticias que hasta mí llegaban y quise atribuirlas más bien a la casualidad e incluso a los hados del destino, pero cuando los hechos se repiten tozudos, periódica y obstinadamente, y tras ellos están siempre las mismas personas, no cabe atribuir estos lances a rachas de fortuna adversa o a malicia por parte de quienes los relatan, sino que realmente cabe sospechar que tras todos ellos se mueven intereses inconfesables de alguien cuya mano negra mueve los hilos de la trama.
—Sed más claro, os lo ruego.
—Perdón por la digresión, majestad, pero para que os hagáis cargo de lo que está ocurriendo, debía poneros en antecedentes.
—No hace falta ser muy listo para entender que algo os aflige y que lo que intentáis transmitirme perjudica a los de vuestra raza y pone en peligro intereses de vuestra comunidad.
—A ello llego, señor. El caso es que siempre que algún suceso de esta índole acaece, antes o después, nos llegan nuevas de que en la cercanía del mismo se mueve un individuo de peculiares características físicas; tiene un ojo velado por una nube y una calva parcial afea su negra melena. Dicen las gentes que es bachiller y que maneja buenos dineros poco acordes con sus supuesta condición; su nombre es Rodrigo Barroso, a quien apodan el Tuerto.
El rey se volvió hacia López de Ayala.
—¿Habéis oído algo, canciller?
—Algo ha llegado a mis oídos… He tenido noticia, por
algún alguacil o corregidor, de algún altercado. Sin embargo,
lo he atribuido más a pendencias que acostumbran originarse, mayormente en los mercados o en las ferias donde concurren muchas gentes, que a animadversiones particulares contra una de las comunidades más útiles de vuestro reino.
—Proseguid, buen rabino.
Isaac, con medidas palabra, puso al rey al tanto de los hechos de los que, hasta aquel momento, había tenido conocimiento y de sus temores con respecto a futuras actuaciones del grupo de agitadores que comandaba el Tuerto; tuvo buen cuidado de no implicar en los hechos a los súbditos cristianos de su majestad y mucho menos al obispo, y cargó, únicamente la culpa a aquella cuadrilla de exaltados.
El monarca quedó unos instantes meditabundo y luego, sopesando cuidadosamente sus palabras, habló.
—Y ¿para cuándo decís que se están preparando esos disturbios?
—Para el sabbat… Perdón, majestad, para el sábado siguiente a la fiesta cristiana del Viernes Santo.
—Por el momento todo son sospechas a las que les falta el rigor de la certeza; puede ser que vuestras conjeturas sean ciertas y puede que sean casualidades a las que vuestra suspicacia haya dado categoría de asertos. Estaremos atentos al devenir de los acontecimientos, y nadie dude que si alguien osa tocar a «mis judíos» o es instigador de alguno de los deleznables hechos de los que me habláis, sobre él caerá la ira del rey y el peso de la justicia.
—Vuestras palabras me tranquilizan, majestad, y así se las transmitiré a mi pueblo, cuya devoción hacia vuestra persona es notoria. Si no mandáis nada más, no quiero abusar de vuestra bondad ni de vuestro tiempo.
—Tal vez, y aprovechando vuestra visita, daros una noticia que sé que no os será grata pero que es irremediable.
Ambos judíos se pusieron en guardia.
—Os escucho, señor.
—Las arcas del reino están esquilmadas y este año vence
el último plazo del compromiso que heredé de mi padre con
Bertrand du Guesclin, sin cuya eficaz ayuda la casa de Trastámara jamás habría tenido la posibilidad de reinar en Castilla,
por cierto, muy a pesar de los vuestros, con quienes tan clemente me muestro ahora. —El rey aprovechaba la ocasión
para recordar al rabino la dura resistencia que habían ofrecido los judíos en la defensa de Toledo cuando las Compañías
Blancas del francés atacaron la puerta de Cambrón en los días
de la guerra fratricida—. He decidido, por tanto, aumentar
un cinco por ciento los pechos51 que debéis pagar a las arcas
reales a cambio del permiso que cada año os extiende mi tesorería para mercar fuera de las aljamas.
Isaac comprendió que no era momento de debatir el impuesto, y pese a que, mirando con el rabillo del ojo, diose cuenta al punto de la palidez cadavérica que inundaba la faz de su acompañante, nada objetó; muy al contrario.
—Mi pueblo hará siempre un esfuerzo para complacer a su rey.
—Podéis retiraros. Y sabed que la guardia del rey estará atenta a los acontecimientos que auguráis en cuanto se aproxime la fecha señalada.
Los dos hombres recogieron en el antebrazo el manto que llevaban sujeto a sus hombros mediante una fíbula y retrocedieron lentamente dando siempre la cara al monarca. Cuando ya hubieron abandonado el salón de audiencias, Enrique se volvió a su intendente y le espetó:
—Ved qué buena ocasión nos ha deparado la Providencia para aumentar las alcábalas a estos súbditos, tan suspicaces siempre en las cuestiones relativas a su bolsa.
—Majestad, vuestra manera de enfocar los más enrevesados asuntos es proverbial.
—Si no fuera así, ¿cómo creéis, mi buen López, que habríamos llegado hasta donde lo hemos hecho? El momento oportuno y el lugar oportuno, ésta ha sido siempre la divisa de nuestra casa. El ejemplo me lo dio mi padre; ¿acaso no supo él pactar con la madre de su enemigo?52
—Sin embargo, majestad, debo deciros que los ánimos de vuestros súbditos castellanos están inquietos, que alguien está atizando el fuego contra los hebreos y que el odio de los cristianos viejos53 es más virulento contra los anusim que contra los que guardan, todavía, la ley mosaica.
—De cualquier manera, tenedme al corriente de este asunto. Quiero saber a quién me enfrento y quién está detrás de todo ello; no querría obrar con desmesura.
—Así será, majestad.
Tras este diálogo, el rey abandonó la estancia.
Rindiendo cuentas
A la misma vez que los judíos visitaban al monarca, el bachiller Rodrigo Barroso rendía cuentas al obispo Alejandro Tenorio.
El lugar, el despacho del prelado. El obispo, sentado en su imponente sillón y jugando indolente con un abrecartas de mango de marfil. Ante su mesa y en pie, el bachiller, con su gorro de lana en la mano, sin poder remediar el estado de nerviosismo que la solemne presencia del clérigo le causaba.
—Y bien, explicadme cómo van nuestros asuntos y dadme cuenta de los planes que hayáis pergeñado para el futuro.
A Barroso le costaba el inicio, pero tras un carraspeo para aclarar su garganta comenzó a hablar.
—Como ya os dije, excelencia, lo primero que hice fue rodearme de buenos y seguros colaboradores, que en los tiempos que corren no es precisamente cosa baladí.
El obispo creyó que el prólogo iba dirigido a hacer méritos a fin de sacarle más dineros, y se apresuró a marcar su terreno.
—Imagino que para una causa tan justa y bien remunerada no han de faltar buenos cristianos dispuestos a cumplir con su deber.
—Además de buenas gentes han de ser competentes para el tal menester, amén de discretos; personalmente, prefiero un tunante astuto que un buen cristiano.
—¡Por la cruz de san Andrés, a fe que sois práctico! ¡Me agradáis, Barroso! Proseguid.
El bachiller puso al corriente al prelado, en pocos instantes, de la cantidad y calidad de sus socios, así como, también, de la preparación de sus truhanerías y de la manera en la que habían sido llevadas a cabo. Al terminar su relato quedó en pie, esperando ansioso el veredicto del prelado.
—En verdad que habéis trabajado astuta y diligentemente. Está muy bien lo que habéis hecho, pero decidme, ¿qué pensáis hacer ahora? El plazo se agota y querría llegar a tiempo para cuando mi tío, el cardenal Alonso Henríquez de Ávila, venga a hacernos su pastoral visita.
—No se preocupe, su excelencia, todo está medido y meditado.
—Me preocupa que esa ralea de herejes pueda echar la culpa ante el rey a algún cristiano viejo; me gustaría que no pudieran averiguar de dónde parten las flechas.
—No os preocupéis por ello. El plan es perfecto y ya se ha iniciado su preparación —Adelantadme algo.
El bachiller se regodeó en el pequeño triunfo que representaba tener al obispo pendiente del devenir de su relato.
—Su ilustrísima no ignora que las casas de madera y adobe que se apuntalan en el muro de la catedral tienen a su costado el pajar y la corralera de las bestias, ¿no es cierto?
—Eso me parece recordar.
—Bien. Cuando falte un día para la festividad de su sabbat, desaparecerán misteriosamente los corderillos sin destetar que esas gentes guardan en sus casas para celebrar su fiesta y que, como es lógico, querrán volver junto a sus madres
si escuchan sus balidos.
—¿Y bien?
—Aprovechando que todos estarán recluidos en sus casas
rezando a su Dios y que ese día no pueden dar ni un paso que
represente algún trabajo, alguien de buen corazón soltará a
las bestezuelas para que sin dudar regresen a sus rediles junto
a sus madres.
—No veo qué puede importar que unos animales regresen a sus encierros antes o después.
—Sí importa, si sujetos a sus cuellos llevan unos montoncillos de paja encendida dentro de un saquito de vitela.
—El invento es ingenioso, pero ¿vos creéis que puede dar resultado?
—Ya lo he comprobado, excelencia. Los animales adultos no buscan protección y huyen despavoridos cuando intuyen fuego, pero no así los tiernos, que tienden a ir a donde están sus madres, amén de que la paja, al estar en un saquito cerrado y al no tener aire, quema despacio y hace brasa, sin, por el momento, abrasarlos a ellos; cuando quieran darse cuenta, los pajares y las cuadras estarán ardiendo.
—Me descubro ante vuestro ingenio, bachiller; bien se os nota que sois hombre de estudios.
Barroso prosiguió.
—De esta manera serán sus propios animales los que desencadenarán el incendio, y ya nos habremos ocupado anteriormente de exacerbar los ánimos culpándoles del fuego que
pueda dañar algunas de las casas de cristianos que están al
otro lado.
—Si todo sale como decís, tened por seguro que vuestro obispo es hombre que sabe pagar a los buenos servidores.
—Mi placer es serviros, excelencia, pero cuando vuestras órdenes coinciden con mis deseos de eliminar a esa piara de marranos, entonces se me junta el hambre con las ganas de comer.
—No os preocupéis, que ocasión habrá para que saciéis vuestro apetito.
En aquel instante apareció sigilosa, por la puerta entreabierta, la cabeza tonsurada de fray Martín del Encinar, quien anunció la siguiente visita concertada por el prelado. Éste se puso en pie dando por finiquitada la audiencia, y Barroso se retiró a continuación entre serviles reverencias.
La olimpiada
En la terraza del Yungfrau, uno de los cafés más cosmopolitas de Breguenstrasse, Hanna, Sigfrid y Eric charlaban animadamente. El día era hermoso y la ciudad rebosaba de visitantes. Banderas de las cuarenta y nueve naciones que participaban en los Juegos Olímpicos de 1936 ondeaban al viento, intercaladas con la blanca de los cinco aros multicolores que simbolizaba el ideal olímpico, a lo largo de toda la avenida de los Tilos. El público llenaba las calles y los berlineses estaban orgullosos de su ciudad. Todo el mundo andaba con horarios y programas en la mano para poder informarse de los diferentes medios de transporte, como tranvías, autobuses y metros, que los llevaran a los diversos lugares donde iban a desarrollarse las pruebas de sus eventos favoritos: palacios de deportes, pabellones acondicionados, etcétera. Pero, sin duda, la estrella del anillo olímpico era el estadio de forma oval y con capacidad para cien mil espectadores, inaugurado al efecto para tan señalada ocasión y al que se accedía a través del Maifeld, la plaza que lo acogía y que tenía una capacidad para un número de personas cinco veces mayor. La obra vedette de los undécimos juegos había sido planificada y realizada por el arquitecto Werner March, y el día de la inauguración fue la admiración de propios y extraños. En el desfile inaugural participaron cuatro mil sesenta y seis deportistas, y al aparecer por la puerta de Marte el equipo alemán con Fritz Schilgen, su abanderado, al frente —el mismo atleta que había recibido la antorcha olímpica, la cual había partido de Grecia el 20 de julio anterior, de manos de Kyril Kondylis—, quien lo hizo precedido por las Juventudes Hitlerianas que abrían el desfile a los acordes de la Marcha de Tannhäuser, y por el himno del partido nazi, el Horst Wessel Lied —que luego habría de sonar cuatrocientas ochenta veces durante los juegos—, la multitud estalló en una ovación absolutamente delirante, sólo comparable a la que momentos antes había prodigado a Adolf Hitler cuando, junto a sus invitados, el rey de Bulgaria, el príncipe del Piamonte y la princesa María de Saboya, los herederos de las coronas de Suecia y de Grecia, y Edda, la hija de Benito Mussolini, ocupaba el palco de honor y saludaba a la muchedumbre enardecida, brazo en alto con la palma abierta, en el típico ademán nazi.
En este acto, además de por la plana mayor de su gobierno, el canciller estaba acompañado por los miembros del Comité Olímpico, al frente del cual figuraba su presidente, el barón Henri Baillet Latour, con quien tuvo grandes problemas ya que, antes del inicio de los juegos, Hitler hizo lo imposible por eliminar a uno de los miembros del Comité Olímpico
Alemán, Theodore Lewald, por su condición de judío, y pretendió sustituirlo por Hans von Tschammer und Osten, fiel hitleriano.
Sigfrid pasaba unos días en los que la alegría de poder presenciar una olimpiada en su país se mezclaba con la tristeza de no haber podido participar en ella a causa de su invalidez. De cualquier manera, el primer sentimiento dominaba al segundo, y más aún aquella tarde en la que tenían dos planes sucesivos y apasionantes: llegarse al palacete Brosemberg, donde se iban a celebrar las finales de florete masculino y femenino, disciplina que apasionaba a Eric, para a continuación acudir el estadio olímpico y asistir, entre otras pruebas, a la final de los cien metros, en la que un negro americano, Jesse Owens, partía como claro favorito ante Lutz Long, la emergente estrella alemana, ya que desde el año anterior tenía un registro de 10,2 obtenido representando a la Universidad de Ohio durante la Big Ten Conference celebrada en Ann Arbor (Michigan).
—No me diréis que todo esto no es maravilloso —comentó Eric, señalando la animación que se veía por todas partes.
—Es una lástima que no sea siempre así —repuso Sigfrid. —No seas cenizo. ¿Qué quieres decir con lo de «siempre»?
—Que hemos de mostrar al mundo nuestra cara amable; estaría feo que comprobaran lo que aquí está pasando los días de diario.
Hanna intervino.
—Déjalo, hermano, y tengamos la fiesta en paz. Disfrutemos de este tiempo maravilloso; somos jóvenes, el día
es magnífico y los juegos no se celebran cada año en Alemania.
Ahora quien estaba encorajinado era Eric.
—Lo siento, Hanna, pero es que me cabrea la negatividad
de tu hermano… Por cuatro incidentes de cuatro detenciones que cualquier país que se precie llevaría a cabo ante una ocasión tan importante, resulta que meter en la cárcel a unos indeseables es delito de leso exterminio étnico.
Sigfrid tenía el día irónico.
—Pero ¿a que entre esos cuatro delincuentes no hay ninguno rubio y con ojos azules como tú?
— ¡Eres un imbécil, Sigfrid, y ya me voy hartando de que con la excusa de tu cojera tengamos que aguantar todos los días tus impertinencias!
—No irás a decir que no pasa nada… ¡No te lo crees ni tú! ¡Pasen, señores, pasen, vengan y conozcan Nazilandia, el paraíso de los gitanos y de los judíos!
—¿Quieres bajar la voz?
—¿Por qué? ¡No pasa nada, Eric, a tus amigos no les importa lo que sea cada quien!
—¡Mira si les importa que esta tarde vas a ver a Helene Mayer, una tiradora de esgrima judía, compitiendo por la medalla de oro! Y ¿sabes por qué?
—Porque es la imagen externa que quieren dar, ¡idiota!, su bandera de libertad ante todos los que han venido a la olimpiada, para que, al llegar a sus países, digan: «Si no pasa nada; fíjate, la campeona de Alemania de florete y finalista olímpica es judía». ¿No han autorizado durante estos días la música jazz? Pues lo mismo.54
—Estás muy equivocado, Sigfrid. Lo que ocurre es que la Mayer es una buena alemana, y al régimen no le importa si es judía o si es musulmana; lo que le importa es que es una buena deportista y ama a su país.
Sigfrid estaba encendido.
—¡Lo que pasa es que es una judía educada en América y
para impedirle participar hacen falta muchos redaños! ¿Qué
ha ocurrido con Frantz Orgler, Werner Schattmann, Max Selingmann o Gretel Bergmann?55
—¿Que qué ha ocurrido? Pues que no obtuvieron las marcas mínimas en la previas.
—¡Ya, ya te entiendo! Pero ¿es posible que seas tan ciego que no te des cuenta de que hasta han retirado de las calles, durante estos días, los carteles antisemitas y que Der Stürmer, el libelo de ese indeseable de Julius Streicher, no está en los quioscos?56
—¿Queréis dejarlo, chicos? ¿Por qué no discutís la semana que viene, que yo estaré haciendo turismo en Viena?
—No me lo digas que me pongo de mal humor. —A Eric se le hacía muy cuesta arriba que su novia se fuera de viaje.
—Tonto, sólo serán quince días. —Hanna lo despeino, juguetona, halagada por que al muchacho su ausencia le pareciera una eternidad.
Sigfrid intervino.
—Si no queréis llegar tarde, hemos de empezar a movernos.
Llamaron al camarero y, tras pagar las consumiciones, partieron hacia el palacete donde se desarrollaban las competiciones de esgrima. La Mayer ganó la plata detrás de la húngara Ilona Schacherer, que fue oro, y por delante de la austríaca Ellen Preis, que fue bronce. Cuando sonó el himno alemán, la deportista no pudo contener las lágrimas.
—¿Te das cuenta, Sigfrid, de que se puede ser judío y buen alemán?
Hanna intervino.
—No, otra vez no. No empecemos otra vez, Eric, ¡por
favor!
Luego, haciendo dos transbordos, fueron por Rominter hasta Hanns Braun, llegaron finalmente al estadio olímpico y accedieron a unas magníficas localidades, regalo del padre de Eric.
El ambiente era indescriptible, y tras varias especialidades llegó la prueba reina de la olimpiada, los cien metros lisos. Los atletas se colocaron en sus puestos aguardando las voces correspondientes; por el pasillo tres corría el alemán y por el ocho el americano. A la orden conveniente colocaron un pie en el cajón y, agachándose, apoyaron únicamente el pulgar y el índice de ambas manos en el límite de la marca. El silencio se podía cortar; de nuevo otra orden y los ocho se alzaron sobre el apoyo, sonó el disparo y partieron como una exhalación multicolor, acompañados por el rugido de un mar de gargantas. Al principio el alemán y el inglés cobraron una ligerísima ventaja, pero cuando iban por la mitad de la carrera, apareció una sombra negra que, como el viento, los sobrepasó sin que nadie pudiera seguirlo. ¡Owens había ganado! La gente no daba crédito a lo que estaba viendo. Entonces sucedió algo impensable: el atleta alemán Lutz Long se dirigió hacia el atleta de color y, tomándolo de la cintura, dio la vuelta al estadio.57 Luego, en el podio, se repartieron las medallas y las coronas de laurel. Finalmente, Owens se dirigió al palco presidencial para estrechar la mano del Führer; no solamente el estadio sino Berlín entero pudo verlo a través de la televisión:58 Hitler, antes de que el negro consiguiera subir la estrecha escalera y llegar hasta él, ante la mirada atónita de las delegaciones extranjeras y acompañado de sus ilustres invitados, dio la espalda al atleta y abandonó el palco.
Sigfrid, sonriente, se volvió hacia su amigo.
—Debe de haberse constipado, Eric, o tal vez tenga que
hacer la cena para sus invitados.
La hora de las confidencias
Manfred se había citado con su hermano en el estudio que los dos compartían en el torreón de su casa. Era éste su rincón preferido ya que, desde pequeños, habían instalado en aquella buhardilla su cuartel general. Se ubicaba ésta justamente bajo el tejado de la torre, y se refugiaban en ella de una forma instintiva cuando habían hecho alguna travesura o debían compartir algún secreto. Lo que había sido una leonera con trenes eléctricos, puching balls de boxeo y otros maravillosos juguetes, se convirtió, en su adolescencia, en un cuarto de estudio con dos escritorios de persiana colocados contra las paredes, y después, pasando el tiempo, terminó siendo su sanctasanctórum con cómodos sofás, una gran librería adosada, carteles de propaganda, fotos de chicas y de ídolos deportivos, y un equipo de radio emisor y de música carísimo en el que, con la antena que su amigo Eric, que era muy apañado para esos menesteres, había colocado en el exterior y alrededor de la casa metida entre la hiedra, podían escuchar por la noche cuantas emisoras extranjeras les viniera en gana y así mismo ponerse en contacto con otros radioaficionados de todo el mundo. El tejado bajaba a cuatro aguas, y en el centro de una de ellas había una claraboya que se podía abrir mediante un largo tornillo dotado en su extremo de una manivela que llegaba hasta abajo. Dos ventanas apaisadas, junto con la claraboya, dotaban a la pieza de una claridad absoluta durante el día, y de la hermosa visión de un trozo de firmamento durante las noches estrelladas, cosa que, mediante un potente y carísimo telescopio de la firma Zeiss, llevaba a cabo Sigfrid, quien desde muy pequeño estaba fascinado por todo lo referente a los astros.
Manfred se había instalado en uno de los dos sofás y esperaba a su hermano escuchando música de la Dietrich, cuyas películas Fatalidad, El expreso de Shanghai y La Venus rubia había visto repetidas veces y cuya ronca voz cantando «Lili Marlene» le entusiasmaba. La inconfundible cadencia de los pasos de Sigfrid le anunciaron que su hermano estaba coronando la escalera. Manfred se levantó y fue hacia la gramola a retirar el brazo articulado de la aguja que, al haber finalizado la canción, se deslizaba, perezosa y concéntrica, sobre el disco de baquelita en cuya carátula agujereada se podía ver un perro que escuchaba atentamente la trompa de un antiguo gramófono bajo él, el nombre de la canción y el de la intérprete, y en letras más grandes, la marca de la editora: La voz de su amo. Lo despegó del rodante fieltro verde y lo guardó, amorosamente, en la correspondiente funda de cartón. La puerta se abrió y apareció su hermano, con el rostro perlado de sudor y su peculiar y algo cínica sonrisa colgada de la comisura de sus labios.
—Hermano, qué poco respeto tienes a mi pierna; para mí esto ahora es el Montblanc.
Manfred ignoró la chanza y con un gesto que hizo que Sigfrid cambiara la expresión de su rostro dijo:
—Pasa, cierra la puerta y ponte cómodo.
—¿Por qué tanto misterio? Estamos solos; nuestros padres y Hanna han ido a cenar a casa de los tíos para despedirse.
Ante la expresión de su hermano, Sigfrid cerró la puerta y se instaló en el otro sofá.
—Soy todo tuyo, Manfred.
—Voy a empezar desde el principio.
En dos largas horas, Manfred desgranó en los oídos de su hermano todas sus angustias, sus secretos, todos sus miedos y todas sus ansias. Le confesó su afiliación al Partido Comunista Alemán, sus luchas callejeras, la desaparición de algunos de sus mejores amigos y, por último, la misión que su padre le había encomendado. Al finalizar, una rara laxitud se apoderó de su espíritu y se quedo ante su hermano yermo, despoblado y vacío, cual si estuviera desnudo.
Sigfrid al principio no respondió. Cuando lo hizo, comenzó lento, en un tono de voz muy bajo y sopesando cada una de las palabras que salían de su boca.
—Eres mi hermano pequeño, Manfred, y esta noche me he dado cuenta de que has crecido, has abierto ante mí tu particular caja de Pandora.59 Agradezco a nuestro padre su tacto para conmigo y su prudencia, pero lo que más me ha asombrado ha sido tu valiente actitud ante los momentos que está viviendo Alemania y tu compromiso activo para con ella, cosa que jamás imaginé, puesto que los años y las circunstancias nos habían separado, en tanto que yo me avergüenzo de haber estado todo este tiempo compadeciéndome de mí mismo, dedicado a entretener mi ocio copiando miniaturas a plumilla, renegando de todo pero mirándome el ombligo y sin hacer nada por mi patria, creyendo que mi cojera era lo más importante del mundo. Como tú dices, van a venir tiempos muy duros, Manfred, pero tal vez sirvan para reconstruirme, levantarme e intentar ser un hombre. Tu actitud me servirá de ejemplo para comenzar una nueva forma de entender mi compromiso con la vida. Quiero que me presentes a tus amigos; diles que si puede servirles de algo un cojo, aquí me tienen, aunque antes quiero preguntarte algo: ¿por qué los comunistas? Tú no das el tipo que ellos manejan.
—Te lo diré, Sigfrid: porque son los únicos que desde el principio se la han jugado en las calles. Nuestro pueblo se lamenta pero no hace nada más que esconder la cabeza bajo el ala, ¿comprendes?
Sin apenas darse cuenta, los dos hermanos se hallaron de pie fundidos en un apretado abrazo.
La estación central
Los andenes, que cubría la inmensa marquesina de cristal y hierro de la estación de Potsdam, estaban llenos a rebosar. Una multitud variopinta, que iba y venía haciendo y deshaciendo trabajosos caminos, la ocupaba por completo entre los humos del carbón y la voz amplificada por la megafonía que salía de los altavoces y que en tres o cuatro idiomas iba informando de las salidas de los trenes y de los números de los andenes que correspondían a cada uno de ellos. Gritos nerviosos, que eran como la respiración de un monstruo de mil cabezas, formaban el telón de fondo de aquel trajín desquiciado que las gentes organizaban al intentar acceder a sus correspondientes vagones. De vez en cuando, el seco pitido de una humeante locomotora anunciaba que estaba entrando un mercancías y al punto era respondido por otro que indicaba que se disponía a partir un tren de pasajeros; éstos entrechocaban sus maletas y bultos cual si fueran hormigas que tanteaban sus antenas, porfiando por llegar a sus destinos con el menor quebranto posible en sus personas y en sus equipajes. Unas vallas metálicas debidamente colocadas obligaban a que cada cual entrara en el recinto por el lugar correspondiente y en el orden preestablecido; las colas se formaban desde la sala central hasta los andenes, ordenadas y vigiladas por hombres de la Gestapo que llevaban sujetos por la traílla parejas de perros pastores alemanes adiestrados, los cuales cuidaban que los rateros y descuideros profesionales, que se movían como pez en el agua en aquel ambiente favorable a sus poco edificantes intenciones, no pudieran campar a sus anchas desprestigiando el orden y la pulcritud que el Führer deseaba para la nueva Alemania. También vigilaban hombres de las SS, que lucían los temidos uniformes negros con las plateadas siglas de la doble S en las solapas y el símbolo de la calavera en las gorras; éstos se dedicaban, preferentemente, a pedir la documentación a aquellos que les parecieran ilegales o sospechosos. La fila más vigilada era la de los ciudadanos alemanes que abandonaban el país, y en algunos de los rostros se detectaba una tensión inusual que no se descubría en las colas de los turistas que regresaban a sus respectivos lugares de origen, alegres y bulliciosos, tras haber pasado unos días inolvidables en Berlín, presenciando aquellos brillantísimos juegos olímpicos.
Los Pardenvolk habían llegado a la estación en tres vehículos: el Mercedes de Leonard, el Wanderer de Stefan y el nuevo Volkswagen60 Escarabajo de Eric, en el que habían ido Hanna y este último. Los coches fueron aparcados en el lugar destinado a los viajeros que debían descargar maletas y, al instante, un tropel de mozos y de maleteros que parecían porfiar por ver cuál de ellos decía la imprecación más grande o la maldición más rotunda se precipitó sobre ellos ofreciendo sus servicios. Los chóferes descargaron el equipaje y los mozos contratados lo cargaron en sus carretillas, y en tanto Eric y los dos conductores iban a aparcar los coches, el grupo se dirigió hacia el interior del edificio de la gran estación. Abrían la marcha Leonard y Stefan, conversando quedamente; a continuación, caminaban las dos amigas, Gertrud y Anelisse, en animada y sin embargo tensa conversación, y cerraban la marcha los tres hermanos, ellos con el gesto adusto, conscientes de que aquélla podía ser una larga separación, y Hanna alegre y ajena a todo, pensando que iba a hacer un hermoso viaje, a visitar una capital que siempre le había fascinado y que a la vuelta iba a encontrar a su amado más enamorado que nunca.
—No te pongas nervioso, Leonard. Te han informado mal. Te digo que para salir no te hace falta ningún otro visado; todo está en orden y nada puede pasar. —Quien así hablaba era Stefan.
—Lo siento, hasta que no me vea en Viena no estaré tranquilo… Bueno, decir «tranquilo» es mucho decir, pues, como comprenderás, dejando aquí a los chicos no voy a dormir bien hasta que todo esto haya pasado.
—Exageras, Leonard. Te he dicho mil veces que esto no afecta a gentes como vosotros.
—¡Por Dios, Stefan! No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. ¿No te das cuenta de lo que está pasando todos los días? ¿No ves los carteles que hay en las calles?
—El gobierno ha dado la orden de retirarlos, no se puede impedir que cuatro fanáticos de cualquier partido coloquen cuatro pasquines y carguen siempre contra vosotros.
—¡No seas iluso, Stefan! Los han retirado para no dar mala imagen ante el mundo entero; la olimpiada era un escaparate demasiado importante para que pudieran cargar a Alemania con el baldón del antisemitismo. Pero acuérdate de lo que te digo: esto va a acabar muy mal, las leyes que van saliendo coartan cada vez más las libertades y los derechos de los judíos.
—Eso es pura demagogia y se hace para tener motivos legales y apartar de la circulación a los antisociales. Insisto, no se aplicarán a gentes como tú. —Stefan intentó cambiar de conversación—. Qué raro se me hace verte con ese sombrero tirolés.
—¿Qué de extraño tiene? ¿Acaso no me voy a Austria? —Sí, pero está llegando el verano.
Tras ellos iban las dos mujeres.
—Anelisse, se me hace un mundo separarme de ti en estas circunstancias. —Ahora era Gertrud, a la que finalmente
su marido le había explicado la verdad, quien se dirigía a su
amiga.
—Va a ser una separación corta, querida, ya lo verás. Dice Stefan que todo pasará pronto y que son maniobras políticas para acallar al pueblo alemán, que por lo visto anda revuelto.
—Cuida de mis hijos, que por el momento se quedan con vosotros. Tu marido ha dicho que si, por cualquier circunstancia, demoráramos nuestro regreso, tendrán los permisos a punto para que puedan reunirse con nosotros en Viena.
—No te preocupes, Gertrud. Tus hijos son, ya lo sabes, como si fueran míos, y tu casa estará cuidada igual o mejor que si tú estuvieras en ella.
—Gracias por todo, querida. —Gertrud no pudo evitarlo y tuvo que llevarse un pañuelo de fino encaje de batista a la nariz.
—¡Chicos! Pero ¿qué funeral es éste? —La voz risueña de Hanna era la que, en esta tesitura, se dirigía a sus hermanos—. ¡Ni que nos fuéramos tres años a Siberia! ¡No me amarguéis este viaje, que bastante me cuesta separarme de Eric! ¡Venga, Manfred, alegra esa cara! Y tú, Sigfrid, a ver si ejerces de hermano mayor.
—Pásatelo muy bien, hermanita, tú que puedes. Nosotros vigilaremos a tu novio, que tras la olimpiada ha quedado mucha extranjera suelta por la calle.
Alrededor de Hanna se había levantado un muro de silencio del que todos eran cómplices. Le habían explicado que, a la vuelta de Viena, la familia saldría para Innsbruck, como cada verano, a pasar un mes y medio en la montaña. Aquel año, el mes y medio de balneario había sido sustituido por la olimpiada. Le habían explicado que regresarían a Berlín en octubre. Nada se le había dicho del traslado de sus tíos a su casa, y en cuanto a sus hermanos, Hanna pensaba que aquel año se quedarían en Berlín hasta más tarde para preparar los exámenes de septiembre, ya que, así mismo, la olimpiada había trastocado los planes de estudios a mucha gente.
Todo el grupo, excepto Manfred, quien se dirigió acompañando a los maleteros a la consigna de equipajes para dejar en ella momentáneamente las maletas, se encaminó a la cafetería de la estación reservada a los pasajeros de los coches cama y a los de primera clase, ya que era allí donde habían quedado para reunirse con Eric. Leonard empujó la puerta giratoria para que entraran las mujeres, luego lo hicieron él y Stefan, y finalmente Hanna y Sigfrid. El lujoso local se veía concurrido de gentes de elevado nivel y el servicio era el que correspondía a una clientela de alto poder adquisitivo. Los granates sofás capitonés, los oscuros muebles, los techos artesonados, los grandes mostradores, la reluciente cafetera cromada repujada con adornos de latón cobrizo, todo invitaba al confort y al silencio. El grupo se situó en una de las mesas del fondo del salón y, apenas acomodados, acudió presto un mesero que, sobre el uniforme, llevaba un mandil de color verde con el escudo de la compañía de los grandes expresos europeos, dispuesto, lápiz en ristre, a tomar nota de la comanda. Hanna, que conocía sus gustos, pidió por Eric y por su hermano pequeño. Al cabo de un tiempo comparecieron ambos; cada uno venía de su avío. El ambiente era tenso y, en un momento dado, se hizo un extraño silencio. Hanna se dio cuenta de que algo ocurría e indagó.
—No sé lo que pasa. Esto, en vez de un viaje de placer, parece el funeral de alguien querido.
—Tienes razón, hija. Por lo que a mí respecta, cada día se me hace más cuesta arriba salir de casa —comentó Gertrud.
—A mí sí que se me hace un mundo que te vayas aunque sea por unos días, Hanna.
—Pasarán muy deprisa, Eric, ya lo verás. Además, así podré ver cuánto me quieres —dijo, coqueta, bajando la voz—. La distancia, si el amor es firme, lo aumenta, y si es frágil, lo rompe.
—No digas tonterías. Voy a echarte mucho de menos. Llegó el camarero con una bandeja repleta, en milagroso equilibrio sobre su hombro derecho, y situó, frente a cada cual, el pedido. Leonard, tras una ligera discusión con Stefan, quien insistía en abonar la cuenta, pagó, y el hombre se alejó del grupo tras una historiada reverencia motivada por la generosa propina. Stefan tomó una cucharilla y golpeó con ella su copa, que vibró con un sonido cristalino, recabando la atención de todos; acto seguido la alzó y brindó en voz muy baja.
—Lejaim! 61 Como puedes comprobar, sé hablar tu lengua, Leonard.
Todos alzaron sus respectivas consumiciones; Anelisse y Gertrud, sus tacitas de porcelana con el té, en un gesto simbólico.
—Por la de todos, amigo mío, y por que pronto estemos de nuevo reunidos.
—Dentro de quince días —replicó Hanna—. No entiendo las solemnidades que rodean este viaje.
—Sin duda, hija mía, los mayores somos muy sentimentales.
Cuando ya la conversaci
