A lo lejos, el mar

Laura Spence-Ash
Laura Spence-Ash

Fragmento

Beatrix

Beatrix

A Beatrix, en aquel entonces, le gustaba sentarse junto al señor G cuando él los llevaba remando a tierra firme. Contemplaba cómo se iba perfilando el pueblo, cómo aumentaban de tamaño las casas y se destacaba la torre blanca de la iglesia sobre un cielo de intenso color azul. Esto sucedía en Maine, adonde la familia iba cada verano, y en plena guerra, aunque eso era difícil recordarlo cuando estaban allí. La señora G solía ponerse un vestido de verano rosa o amarillo, con sus perlas ceñidas en torno al cuello, y daba grititos diciendo que se iba a mojar cuando William y Gerald se salpicaban mutuamente. El señor G, con las gafas manchadas de sal, ponía los ojos en blanco y les decía desganadamente que parasen, mientras movía los remos con sus brazos bronceados a un ritmo pausado. Cuando se acercaban, le pasaba un remo a Beatrix y los dos remaban juntos hasta la orilla.

Una vez al año, comían en el pequeño restaurante del pueblo que estaba al final del muelle. Ocupaban la misma mesa todos los años, una mesa situada en una esquina con las cinco sillas mirando al mar. Así, decía la señora G, todos podían contemplar cómo cambiaba el cielo del crepúsculo sobre la isla, sobre su isla, cuando las franjas rosadas y anaranjadas incendiaban las copas afiladas de los árboles perennes; después, al oscurecer, sus siluetas se iban difuminado. Ni una sola vez, en los años en los que Beatrix estuvo allí, el clima de esa noche había resultado decepcionante. Siempre que miraba la isla desde tierra firme, le sorprendía lo diferente que parecía vista de lejos. Era preciosa, una borrosa franja verde atrapada entre el océano y el cielo. Parecía muy pequeña, además, como si pudiera caberle en la palma de la mano. Cuando estaban en la isla, en cambio, era ella quien se sentía pequeña. Aquel era todo su mundo. Como si no existiera ningún otro lugar.

Pedían sopa de almejas, mazorcas de maíz y langosta y patatas asadas todavía envueltas en papel de plata, que dejaban escapar el calor por la ranura de la parte superior. El primer verano que Beatrix pasó allí, los chicos empezaron a resquebrajar el duro y rojo caparazón de las langostas en cuanto tuvieron los platos delante. Gerald estaba tan excitado que casi se puso en pie, en vez de permanecer sentado, y William, que fue el primero en encontrar algo de carne, echaba la cabeza atrás para que no se le escaparan las gotas de mantequilla. Beatrix se ató el babero lentamente, observando, y luego dio un trago de agua. El señor G le hizo una seña a la señora G, que se encontraba sentada junto a ella y le dio una palmadita en la pierna antes de empezar a atacar su langosta, haciendo pausas para que viera lo que hacía y pudiera imitarla.

Pero todo eso quedó atrás, en el pasado. Esta noche, sola en este restaurante de la costa, Beatrix pide langosta mientras la camarera enciende la vela votiva de la mesa. Cuando llega la langosta, se ata el babero alrededor del cuello, mirando su reflejo en la ventana oscura. En agosto cumplió treinta y cuatro. Han pasado veinte años. Con frecuencia le cuesta conciliar a la chica que era entonces con la adulta que es ahora. Le parecen dos personas distintas. Durante muchos años ha intentado olvidar. Huele la manga de su chaqueta; la fragancia del mar se le ha pegado a la ropa. Oye el rumor de las olas rompiendo en la orilla. Este sitio —un pueblo del estuario de Forth, justo en las afueras de Edimburgo— es llano y ventoso, con islas y promontorios rocosos esparcidos frente a la costa. Tiene algo salvaje que le recuerda a Maine. Si cierra los ojos, es casi como si estuviera allí.

Beatrix regresó de su viaje a América a principios de septiembre y se sumergió en el trabajo. El nuevo curso escolar empezó inmediatamente, y siempre había alguien que necesitaba algo de ella; eran días en los que podría haberse quedado a dormir en la oficina, apenas paraba en su piso. En octubre, cuando por fin pudo reducir la marcha, se dio cuenta de que se sentía desorientada. A la deriva. Volver a ver los Gregory en América, estar con ellos en el cementerio, le había hecho revivir todo: los cinco años que había pasado allí, la familia que había considerado suya durante aquel tiempo tan breve. El dolor de perderlos. Ese dolor que tanto se había esforzado en enterrar. Allí estaba, otra vez en aquella casa que tan bien conocía, en aquella cocina que olía a limón, a canela y mantequilla, sintiendo cómo la envolvía en sus brazos la señora G y le susurraba al oído. Una vez más, ella no quería irse y, una vez más, se había ido. Los había vuelto a perder.

Fue su madre quien le sugirió que se tomara unas pequeñas vacaciones, que rompiera la rutina y probara algo nuevo. Tal vez eso la ayudaría. Le recomendó este pueblo porque, de niña, ella había venido aquí con frecuencia y le encantaba. Le habló de las playas, de las aves, del relajante trayecto en tren desde Londres. El sitio estaba bien, pensaba Beatrix, aunque seguramente ya no era el pintoresco pueblecito victoriano que su madre había conocido. Se preguntó si esta habría visto la conexión con Maine; aunque, de hecho, nunca había estado allí. Ni siquiera ella misma lo había pensado de entrada.

Come un poco de langosta, pero descubre que gran parte de la diversión era hacerlo todos juntos. Se siente como una idiota, luchando con el crustáceo ella sola en este gastado y desierto comedor. Solo le ha servido para sentirse peor. Aparta el plato y pide un café. Ahora se ha vuelto visible el haz de luz del faro que barre regularmente el mar oscuro. Algunas noches, Gerald, William y ella dormían en una tienda de campaña en el bosque; nunca era muy lejos de la casa, pero ellos se sentían a sus anchas, como si estuvieran varados en una isla, como si fueran los únicos supervivientes de un naufragio. La oscuridad era casi sólida. Se alumbraban con sus linternas para bajar a la orilla y sentarse en una de las grandes rocas; enfocaban aquí y allá un rato y luego apagaban la luz para absorber la noche negra, el firmamento plagado de estrellas que relucían en el agua. Ella era más feliz que nunca cuando se sentaba en medio, cuando los sentía a cada lado.

La cena en el restaurante del pueblo culminaba siempre con una tarta de chocolate que la señora G había preparado y llevado allí con antelación; una tarta con bolas de helado de menta y tres gruesas velas: una para William, otra para Gerald y otra para Beatrix. Sus nombres estaban escritos con elegantes letras azules en el glaseado de vainilla. «El cumpleaños de agosto de mis niños —decía la señora G—. Ya ha pasado otro año». Todo el restaurante coreaba el Happy Birthday cuando sacaban la tarta de la cocina con las velas encendidas. Ellos tres se levantaban y se inclinaban sobre la tarta colocada en el centro de la mesa. La señora G le sujetaba el pelo a Beatrix para que no le cayera sobre las llamas. El restaurante estaba oscuro para entonces, el sol ya se había puesto, y las velas les iluminaban la cara. Gerald, con sus pecas, su pelo rojizo y su sonrisa contagiosa. William, con su pelo rizado, ahora aclarado por el sol, y la sonrisa apenas visible en su rostro. ¿Qué veían ellos cuando la miraban? No lo sabe; simplemente imagina que la felicidad que sentía debía reflejarse en su cara. Cuando piensa en ellos, en los tres juntos, siempre recuerda esto, el momento en el que soplaban las velas, inspirando hondo, decidiendo qué deseo pedir, mirándose a los ojos.

Aquel último verano, su deseo fue poder quedarse. Estar con ellos para siempre. Ahora se inclina, sopla la llama de la vela votiva y cierra los ojos.

PRIMERA PARTE

1940-1945

Reginald

Esa noche, Reginald les dice en el pub a sus amigos lo orgulloso que se siente. Cuenta la historia de la marcha de Beatrix a todo el que entra; la cuenta una y otra vez. Ellos hacen preguntas, quieren conocer los detalles. Aquellos cuyos hijos se fueron antes ya conocen la historia, o una versión de esta historia. Que hacía una mañana de pegajoso bochorno. Que habían esperado en el salón de baile del hotel Grosvenor y que él se había arrodillado ante su hija cuando llegó la hora de separarse. Que Beatrix asintió ante las últimas palabras que le había dicho, con la cara ladeada hacia la suya y el pecho erguido. Que había mostrado entereza y no había llorado, aunque él vio que le asomaban lágrimas en los ojos.

Pero al día siguiente, Reginald no recuerda bien lo que le dijo mientras estaba arrodillado frente a ella. En su fuero interno, le inquieta haber olvidado decirle lo más importante. Sin embargo, esa noche en el pub le cuenta a todo el mundo que Beatrix se portó como una campeona. Mi valerosa niña de once años. Inventa lo que se dijeron el uno al otro. Y no explica que aunque él y Millie mantuvieron la compostura todo el tiempo posible, se alejaron de Beatrix y se abrieron paso entre la multitud antes de sentirse realmente preparados para ello. En realidad, no cree que hubiera estado nunca preparado para irse.

En el sueño que tiene una y otra vez, se interna completamente vestido en el mar, notando el peso de la ropa mojada. Aparta las olas a medida que avanza y vuelve a encontrarse en aquel salón de baile, saliendo de allí mientras otros llegan, rozándose con ellos, tratando de no mirar las caras de los padres que entran, consciente de que él debe tener en los ojos la misma expresión que ellos, la expresión de asombro por hallarse en este lugar, por haber tomado esta decisión de enviar lejos a sus hijos. Solos, al otro lado del océano. Únicamente cuando estuvieron fuera, en la calle frente al hotel, donde el aire era pesado bajo las nubes grises, Millie empezó a llorar, suplicándole que volvieran atrás y recogieran a su niña. Él la sujetó de la mano y se la llevó. En el sueño, Reginald extiende los brazos, queriendo atrapar el buque en el que ahora viaja su hija, deseando invertir su rumbo. Extiende otra vez los brazos, intentando tocar la tierra donde ahora vivirá.

Pero la historia que explica a sus amigos es solo verdad a medias. Beatrix lloraba, agarrándose a él, abrazándose a su cintura. La cría le echaba a Millie la culpa de que la mandaran lejos y se negó a despedirse de ella; estuvo furiosa con su madre durante las veinticuatro horas que transcurrieron entre el momento en que se lo dijeron y el momento de su marcha. En realidad, fue Reginald quien se empeñó en que se fuera, consciente de que las bombas caían cada vez más cerca y de que no había forma de mantenerla a salvo, a Beatrix o a cualquiera de ellos. Su hermano mayor combatió en la última guerra, así que él sabía lo que se avecinaba. Aquella otra guerra había arrojado una larga sombra sobre su infancia. Así había aprendido a conocer las aristas del miedo. Millie y él se enfrentaban a un dilema imposible. Mejor que se vaya a América, pensó, donde es menos probable que la alcancen los tentáculos de la guerra. Pero él no le dijo a su hija que había obligado a Millie a aceptarlo. Le dejó creer que había sido una decisión de Millie.

Millie

Millie no puede librarse de la rabia. Por un lado, estaba la rabia de Beatrix contra ella por obligarla a marcharse y, por el otro, la suya contra Reg por no vacilar cuando le suplicó. «Déjame ir con ella», le dijo. Y después, más tarde, en mitad de la noche, mientras los dos permanecían despiertos, sin tocarse, mirando el techo a oscuras: «Que se quede aquí. Tenemos el refugio y el metro. Podemos irnos al campo, a casa de mis padres. Yo puedo mantenerla a salvo —le susurró una y otra vez—. Yo la mantendré a salvo». Pero Reg ya lo tenía decidido.

Ella nunca se ha considerado una persona iracunda. Emotiva, sí. Testaruda, desde luego. Pero ahora está llena de pena y de rabia. No puede imaginar siquiera cuándo perdonará a Reg. Lo que sí sabe es que nunca se perdonará a sí misma. Una y otra vez rememora el salón de baile, los últimos momentos, el calor de la mejilla de su hija.

Ella le prendió en el pecho el rótulo que le había dado el hombre. Hacía calor ese día, pero Millie tenía las manos completamente heladas, así que se las frotó varias veces antes de introducir una por detrás de la parte superior del vestido de Beatrix para guiar el prendedor a través de la tela. El rótulo llevaba un número muy largo, además del nombre, y ella lo memorizó, pensando que debería recordarlo siempre. Creía que tal vez fuese la única forma de localizar a su niña. En el camino a casa desde el hotel, se puso histérica al ver que ya no recordaba si la última cifra era un tres o un seis.

La noche antes le había lavado y cortado el pelo a Beatrix en la pequeña cocina, con una toalla en el suelo. Beatrix estaba en ropa interior. Millie le cepilló el pelo antes de cortárselo, maravillándose de que la espesa cabellera casi le llegara a la cintura. Fue entonces, al darle la vuelta para peinarla por delante, cuando se dio cuenta de que sus pechos estaban empezando a crecer y de que, cuando la viera de nuevo, su hija habría cambiado. Ya no sería una niña. Entonces volvió a salirle la rabia, pero ahora estaba en sus manos, de tal modo que, sin pensarlo, empezó a cortarle el pelo justo por debajo de la barbilla. Las guedejas cayendo al suelo, las tijeras cortando, la toalla blanca volviéndose de color marrón, Beatrix llorando. Le cortó los tupidos mechones oscuros del flequillo en una inflexible línea recta a lo largo de la mitad de la frente. Era el corte que le hacía cada tres semanas cuando era pequeña.

Ahora ya no puede dormir. Se tiende en la cama de Beatrix y se acurruca, haciéndose un ovillo. Intenta imaginar dónde estará su niña, en mitad del Atlántico. ¿Tendrá hambre? ¿Estará sola? Se pregunta hasta qué punto la asustarán las aguas profundas que envuelven el buque, las olas oscilantes, el vasto océano. Millie huele un rizo de pelo que ha metido en un sobrecito transparente y escondido en mitad de su libro.

Beatrix

Odia su nuevo corte de pelo. Parece una cría. Se lleva la mano al pelo y se encuentra solo el cuello. Todas las niñas del camarote comparten un espejito de mano que ha traído una de ellas en su baúl. Beatrix se aparta el flequillo de la frente, usando agua y saliva, y maldice a su madre en voz alta, para deleite de las más pequeñas.

Las jornadas están repletas de actividades. Se visten, se ayudan unas a otras a ajustarse el salvavidas de corcho y van al desayuno, en el que les permiten tomar helado de chocolate. Corren en grupo de un extremo a otro del barco, Beatrix siempre sujetándose de las barandillas y manteniéndose en la parte de dentro cuando le es posible. El barco raramente sigue una línea recta; avanza sorteando los icebergs plateados que destellan al sol. También hay un grupo de chicos, pero ellos son más gamberros que las chicas y Beatrix los evita la mayor parte del tiempo. A la hora del té, hay unas galletas de azúcar más grandes que sus propias manos. Ahora ya no vomitan tanto. Los primeros días, todos devolvían en los lavamanos, en el cubo de basura, en latas de café. Algunas noches, cuando la más pequeña moquea en la cama de debajo, Beatrix no puede dormir y sale a la cubierta a mirar las estrellas. Se envuelve en su manta y se acomoda en una tumbona, lejos de la borda. Hace frío y está oscuro y, sin embargo, es una de las cosas más bonitas que ha visto en su vida. Nunca había imaginado un cielo tan denso, tan vivo. Nunca se había dado cuenta de la profundidad del cielo. El aire es muy limpio. Se pregunta si llegarán algún día a América. Aquí se sienten como suspendidas en el vacío, aun cuando el barco sigue avanzando. Se preguntan unas a otras qué pasará si la guerra termina mientras ellas están navegando. ¿Darán media vuelta y regresarán? ¿Cómo se enterarán sus padres?

Al principio, Beatrix estuvo asustada. El tren oscuro lleno de niños. El acompañante cantando There’ll always be an England y ella agitando una banderita británica. La hilera de catres en el almacén de pescado de Liverpool. El enorme buque cubierto con una lona negra. La pasarela oscilando bajo sus pies. Todos estaban callados, asustados, sin saber en quién confiar. Casi todas las niñas lloraban. Beatrix se negó a llorar. Papá había dicho que debía ser fuerte.

Solo han pasado unos días, pero cuando piensa en la partida, solo recuerda fragmentos. Se ve a sí misma sentada con las piernas cruzadas en el suelo de su habitación, negándose a ayudar, mirando cómo su madre llena su pequeña maleta marrón. Vestidos doblados en tercios, calcetines enrollados en una bola, y un pañuelo floreado y ondeante encima de todo (un regalo para la mujer de América). Beatrix se fija en las manos de su padre, con la alianza de boda bailándole en el dedo, mientras mete un puñado de fotos en un bolsillito lateral, mientras tensa las correas alrededor de la maleta. La alfombra floral bordada rosa y azul que ha estado siempre junto a su cama; la mancha de la esquina que parece la cabeza de un perro. El olor extraño a crepes, preparados con azúcar prestado por los vecinos para que el último desayuno sea especial.

Un mes antes de todo esto, su madre llegó a casa y se la encontró sin compañía en el piso, sentada en el suelo de la sala de estar, haciendo un solitario con la cara cubierta con la máscara de gas. Había empezado a ponérsela siempre que la dejaban sola. Detestaba su tacto y también su olor, parecido al del asfalto de la calle en verano. En el colegio, los chicos se las ponían en el recreo y se perseguían por el patio de esta guisa, de manera que sus gritos quedaban amortiguados. Pero Beatrix sabía que esa máscara podía salvarle la vida. Su tío se había abrasado en la primera guerra; sus brazos se habían cubierto de ríos de carne rosada oscura. Cuando la vio de aquel modo, su madre dejó caer las bolsas de la compra y un huevo precioso se espachurró sobre las tablas del suelo. Beatrix está segura de que fue en aquel momento cuando su madre decidió que no podía quedarse allí.

Sus recuerdos del salón de baile se están desvaneciendo. Solo le quedan algunos retazos que la asaltan ya muy entrada la noche: las grandes letras del alfabeto colocadas alrededor del salón, una oscura galería llena de adultos mirando desde lo alto y agitando los brazos, una mujer sollozando, extraños acentos americanos.

Sus padres, de espaldas, alejándose. Él, apoyando una mano en el hombro de su madre. Ella, con una carrera en la media.

Beatrix

Beatrix está sola en el muelle de Boston. A todos los demás han venido a recogerlos. Ya hace calor, aunque es temprano. La luna se dibuja como un trazo de tiza en el pálido cielo azul. Lleva su vestido preferido, uno de lana roja con cuello blanco y ribetes en las mangas. Lo ha escogido cuidadosamente, recordando que su madre le dijo que tuviera el mejor aspecto posible, pero no es el vestido adecuado para este día y le resbalan gotas de sudor por el cuello y la espalda.

La mujer que se ha encargado de reunir a los demás niños con sus familias de acogida no para de echar ojeadas al reloj y a su portapapeles. «Los Gregory —dice una y otra vez, con una voz cada vez más aguda—. Ese es el nombre de la familia, ¿no?». Beatrix asiente. El sol se eleva en el cielo, se oculta tras una nube y ella desplaza su peso de un pie a otro. Toca el rótulo que se ha prendido en la pechera cada mañana desde que salió de Londres. Sus bordes empiezan a desgastarse.

Tiene la sensación de haberse ido de casa hace años, como si la niña que era no fuese la misma que la que está aquí. Han sucedido muchas cosas, aunque solo hayan sido dos semanas de viaje; parece, en conjunto, algo sacado de un libro, como si todo esto le hubiera pasado a otra. Atracar en Canadá y despedirse de la mayoría de sus nuevas amigas. Otro tren y luego un pequeño ferry que avanzaba entre un revuelto oleaje. Finalmente, aguas tranquilas al entrar en el puerto de Boston. Desde el muelle de una islita, tres niños descalzados con cañas de pescar agitando las manos al pasar el ferry. Bienvenida a América, ha pensado Beatrix.

Baja la mirada, para asegurarse de que la maleta y la máscara de gas siguen a su lado y, cuando la alza de nuevo, hay un chico plantado frente a ella. Es casi como si lo hubiera convocado con su sola voluntad. Es más alto que ella, con un pelo rubio y ensortijado tan largo que casi le llega al cuello de la camisa. Tiene el brazo levantado para parapetarse del sol con la mano. Este es William, piensa ella; está segura. Les enviaron una carta en la que describían la casa y la familia, y Beatrix la ha leído cada noche en el barco. Algunas partes se las sabe de memoria. Gerald es el menor, acaba de cumplir nueve, y William tiene trece. «Es más listo de lo que le convendría —escribió la señora Gregory—. Quiere ser jugador de béisbol cuando sea mayor». Beatrix pensaba que tendría el pelo castaño. No sabía que sería tan alto ni tampoco que tendría los ojos verdes. Pero aun así tiene que ser William.

«Beatrix», dice él, y su voz es más grave de lo que esta se esperaba. Casi sonríe. Ella hace un gesto de saludo y entonces llega otro chico corriendo, con la cara arrebolada y una amplia sonrisa; su pelo, de tono dorado rojizo, reluce bajo el sol. Este es Gerald, sin la menor duda. «Tú eres Beatrix, ¿verdad? —dice—. Debes de serlo; lo sé». «Sí», dice ella, sonriendo por fin, porque él tiene un acento gracioso y pecas por todas partes, y es un chico decididamente americano.

Nancy

Una vez que los platos están lavados, Nancy prepara la masa para los muffins de la mañana siguiente, mezclando el azúcar con la mantequilla hasta que quedan del todo ligados. La casa se va aquietando lentamente. Ethan se ha retirado a su estudio. William está en su habitación. Incluso Gerald, al que han acostado después de bañarse, pero que ya ha bajado tres veces desde entonces, parece haberse tranquilizado. Esta es la hora del día preferida de Nancy, cuando todo está calmado, cuando se queda a solas para hornear, leer o tomarse una taza de té. Para respirar.

Ahora le toca bañarse a la niña, de todos modos. En el muelle, Nancy se ha quedado impactada por su aspecto: la tez tan pálida, los calcetines blancos sucios asomando de unas pesadas botas, los ojos negros, vigilantes. ¿Era a esto a lo que se comprometían cuando aceptaron acogerla? ¿Cómo debe sentirse ella en esta situación, sola y tan lejos de casa? Nancy se pregunta qué clase de padres pueden tomar una decisión semejante, aunque es consciente de no tener ni la menor idea de lo que ha de ser vivir una guerra. Aun así, no cree que ella fuese capaz de hacerlo; no se imagina a sí misma dejando solo a uno de sus hijos en un barco. Señor, ¿y qué pasará si Estados Unidos entra en esta guerra? Nancy reza cada noche para que eso no suceda o para que, si llega a suceder, sus hijos sean aún demasiado jóvenes.

Cuando la masa ya está preparada para el día siguiente, saca la caja que tiene guardada en el armario del fondo del pasillo. Se la trajo de la casa de su hermana la semana pasada, cuando volvieron de Maine, y está llena de cosas de chicas: muñecas, libros, juegos de té. Algunos de estos objetos habían sido suyos cuando era pequeña; otros, como esas muñecas de porcelana, habían pertenecido a sus sobrinas. Beatrix no parece una niña aficionada a las muñecas; ella misma tampoco lo fue. Saca cada uno de los objetos y los coloca sobre la mesa de la cocina. Las muñecas en miniatura de su madre, con sus vestidos victorianos. Una tacita de té rota que, según recuerda, formaba parte de todo un juego. Los libros de Katy Did, que eran sus preferidos. Están viejos y gastados, con las páginas sueltas, y no está segura de que le interesen a Beatrix. Aunque, a decir verdad, ella no tiene ni idea de cómo es esta niña. Vuelve a meter los objetos en la caja y la guarda otra vez en el armario. Todo eso parece demasiado infantil para alguien que ha vivido la guerra. A Nancy se le ha quedado grabada la primera carta de los padres: «Encontramos en su cuarto un montón de artículos de periódico sobre el gas nervioso. Beatrix había marcado con un círculo esta frase: “Las víctimas mueren a los dos minutos de estar expuestas al gas”».

Nancy recorre sin hacer ruido el pasillo del segundo piso. La puerta de la habitación de invitados tiene una rendija abierta. La niña está sentada en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho, hablándole a una foto enmarcada. «Papá —dice—, ya he llegado. Estoy aquí». Nancy retrocede hacia la pared, secándose la cara con el delantal.

Beatrix

La bañera con patas de garra está situada en un rincón, con tres ventanas por encima que dan al jardín. Ahora es de noche, de todos modos, así que está todo oscuro y no hay nada que ver. La señora Gregory baja las persianas blancas, una a una. Mientras el agua va cayendo dentro, no para de poner la mano en el chorro y ajustar los grifos. Coge una toalla y la despliega, sacudiéndola, y luego la dobla por la mitad, pasando la mano por su mullida superficie. Su gran anillo de zafiro destella bajo la luz. Lleva un carmín de un intenso color rojo y se le ven unos dientes muy blancos cuando se muerde el labio inferior.

No se parece en nada a la madre de Beatrix, que es alta, morena y estilizada. Esta mujer es rolliza y huele a limón. En el muelle, apareció detrás de los chicos y la envolvió en sus brazos, besándola primero en una mejilla y a continuación en la otra. Ella permaneció inmóvil mientras la abrazaba. Al separarse, la mujer le desprendió el rótulo de la pechera y se lo guardó en el bolso. «Esto ya no lo necesitas, querida —dijo—. Ahora estás con nosotros».

«Beatrix —dice ahora, con la mano sumergida en el agua caliente—, no sé qué tengo que hacer. —La mira entornando los ojos, y Beatrix ve en su rostro la sonrisa de Gerald y el ceño de William—. ¿Quieres que te ayude o prefieres bañarte tú sola? —Las arrugas de su cara se ahondan; después le remete a Beatrix el pelo detrás de la oreja, apoyándole en el hombro el peso de su gruesa mano—. Tendrás que enseñarme a comportarme con una chica —dice con una risita y un suspiro—. Llevo mucho tiempo rodeada de chicos». Hace una pausa y aguarda.

Beatrix no responde. No entiende realmente qué le está preguntando; lo único que tiene claro es que no quiere que se vaya, así que se quita la ropa hasta quedarse desnuda frente a esta mujer desconocida. Nota la suave alfombra bajo sus pies y una leve corriente que se cuela por las ventanas y sacude las persianas sobre los marcos. Se sube al taburete y se mete con cuidado en el agua caliente; luego, cuando se ha habituado a la temperatura, se sienta y se tumba boca arriba, sumergiendo todo su cuerpo salvo la cabeza. La sensación es maravillosa. La señora Gregory enjabona una toallita, le alza un brazo y se lo restriega con delicadeza. Beatrix cierra los ojos y casi se queda dormida. Levanta las piernas para que floten.

Más tarde, en una cama tan alta que necesita otro taburete para encaramarse sobre ella, se va oliendo, uno a uno, los dedos perfumados de jabón de limón.

Beatrix

La escalera describe un semicírculo a medida que desciende hacia el vestíbulo con suelo ajedrezado de mármol. Beatrix baja lentamente, con la mano en la barandilla de caoba. Sus zapatos no hacen ruido sobre la alfombra oriental que cubre los peldaños. En las paredes de la escalera hay enormes retratos al óleo con marco dorado. Así es como debe sentirse la princesa Margaret cada mañana cuando baja a desayunar, piensa. A punto está de reírse en voz alta. La casa está inundada de luz. En la mesita del vestíbulo hay un magnífico jarrón de cristal rebosante de flores rosadas y amarillas.

Beatrix oye voces —parecen el señor Gregory y Gerald—, y por un momento permanece en el vestíbulo. La sala de estar queda a la derecha, bajando unos escalones. Ella está segura de que su piso entero podría caber en esa estancia. Anoche, Gerald le enseñó una escalera de caracol secreta oculta tras una librería llena de libros falsos. Hay una tercera planta que ella ni siquiera ha visto aún. Echa un vistazo al jardín. King, el pastor alemán, está dormido en la terraza, con la cabeza apoyada en sus grandes pezuñas. Hay parterres de flores junto a la casa, un huerto más allá, y luego un prado verde que se extiende hacia la hilera de pinos que se divisa a lo lejos. Aquí todo es enorme. ¿A qué distancia —se pregunta— estará esto del mar? ¿En qué dirección está su casa?

Ethan

Ethan está sentado en su estudio, al fondo del pasillo, con la puerta casi cerrada, tratando de planificar las clases para los primeros días del curso, pero en vez de eso escucha el alboroto que viene de la cocina. La niña ha bajado a desayunar. Oye la voz excitada de Nancy, ese tono suyo más agudo, y deduce que está sirviendo un plato lleno a rebosar de huevos y beicon. Gerald bota una bola de goma una y otra vez, y él tiene que hacer un esfuerzo para no ponerse a gritar.

Ethan no quería acoger a esta niña. Está el coste de la manutención, para empezar. Nancy desechó sus inquietudes con un gesto. «¿Qué importa una boca más que alimentar? —dijo—. De veras, Ethan. Todos tenemos que poner de nuestra parte». Su otra inquietud es casi igual de apremiante: él no sabe gran cosa de chicas. Se crio aquí, en esta misma casa, sin ningún hermano. Su padre era el director del Departamento de Matemáticas en el colegio de chicos y él, después de pasar por Harvard, volvió aquí para trabajar a sus órdenes y, más adelante, para ocupar su puesto. Ethan se pasa el día con chicos, pensando cómo enseñarles, cómo convertirlos en jóvenes de provecho, cómo amonestarlos cuando se pasan de la raya. Curiosamente, desde que se convirtió en padre se ha sentido menos seguro de sí mismo. Él creía que sería la figura paterna principal, la que siempre sabe lo que hay que hacer, la que sus hijos seguirían. Pero las estrategias que funcionan en una clase no necesariamente funcionan en casa. Lo que funciona con Gerald no parece funcionar con William. Y ambos gravitan más bien hacia Nancy, cuyo estilo resulta a menudo demasiado blando. Las cosas en casa son más complicadas y él las controla menos, de manera que cada vez más se refugia en la confortable soledad de su estudio. Aun así, se siente cómodo con los chicos; sabe calmarlos, sabe convencerlos. Dejando aparte a Nancy, a su madre y a un par de primas, su vida ha estado siempre llena de chicos y hombres.

Pero Ethan sabe que para Nancy esta es la ocasión de tener por fin una niña. Ella se sintió decepcionada al nacer William y luego, de nuevo, con Gerald. Lo intentaron una y otra vez, pero el médico, tras el tercer aborto, le dijo que ya no lo intentara más. Nancy nunca ha dicho nada —sobre su decepción por tener un chico y a continuación otro, sobre los abortos, sobre las órdenes del médico— porque ha sido siempre una persona positiva. En todos los sentidos, a decir verdad. Eso fue lo que Ethan vio en ella desde el principio. Entonces concibió la esperanza de que esa actitud suya de ver el lado bueno de las cosas lo ayudaría a él a salir de sí mismo, a convertirse en una versión mejor de la persona que cree que es realmente.

Suena un leve golpe en la puerta. «Sí», dice Ethan, adoptando expresamente un tono suave porque sabe que no es Nancy ni uno de los chicos. La niña abre la puerta, pero permanece en el estrecho pasillo. «Hola —dice—. Perdone que lo moleste. —Ella capta su mirada apenas un instante; después ambos miran para otro lado—. La señora Gregory pregunta si podría ir, por favor, a la cocina para el desayuno». Ethan asiente, removiendo sus papeles. Debería preguntarle si ha dormido bien o si necesita alguna cosa, pero cuando levanta la vista, la niña ha desaparecido.

Millie

El telegrama está bajo la puerta y Millie lo pisa al entrar en casa. BEATRIX LLEGÓ BIEN STOP UNA NIÑA ENCANTADORA STOP ADAPTÁNDOSE DE MARAVILLA STOP. Ella no ha llorado desde la noche en que Beatrix partió, pero ahora, con el telegrama en la mano, se derrumba en el suelo de madera y yace de lado, con las rodillas dobladas hasta la barbilla. Las lágrimas ruedan por su rostro y mojan el suelo. Siente alivio, pero sobre todo remordimiento. Debería haberle dicho a Beatrix que ella quería que se quedara. Debería haber obligado a Reg a cambiar de idea. Ya ha oscurecido cuando se levanta para quitarse la ropa del trabajo y empezar a preparar la cena. Reg volverá pronto. Cada día, al llegar a casa por la noche, ha preguntado si habían recibido algún telegrama.

Esta noche, sin embargo, no lo pregunta; ni cuando examina el correo del vestíbulo. Y ella no se lo dice, aún no. Esconde el telegrama, cuidadosamente doblado, en el bolsillo con cremallera de su bolso.

Pasa una semana, y Millie lo lee una y otra vez cuando va al trabajo y cuando vuelve. Las esquinas empiezan a desgastarse. Las manchas de tinta de periódico de sus dedos ensucian el papel amarillo. Las letras mayúsculas empiezan a difuminarse. Ahora ya no está segura de si puede enseñárselo a Reg. Él sospechará que lo ha tenido guardado todo este tiempo.

Nancy

El primer día de colegio, amanece con un amplio cielo azul. Nancy les ha preparado el almuerzo a los niños, envuelto en bolsas de papel marrón: huevos duros, sándwiches de tomate y galletas de avena con pasas. Les saca una foto en el porche trasero y luego besa en la frente a William y Gerald y le da un apretón en el hombro a Beatrix. Sabe que a la niña no siempre le gusta que la toquen, pero no puede contenerse y finalmente rodea con los brazos su cuerpo flacucho. Aunque ella se pone rígida, Nancy nota con sorpresa en la mejilla el roce de un beso.

Desde que llegó hace dos semanas, Beatrix tiene la cara un poco más llena, pero sus ojos aún conservan una expresión de temor. Se muestra invariablemente educada —responde siempre a las preguntas y las peticiones, ayuda en la cocina, mantiene ordenada su habitación—, pero nunca es la primera en hablar. Eso sí, se ríe de las payasadas de Gerald y parece sentirse cómoda con William. Nancy está orgullosa de sus hijos, de cómo han acogido a la niña. «Que tenga un buen día —dice Beatrix—. Y gracias por prepararme el almuerzo». Nancy le da un golpe en el brazo a Gerald. «Ya podrías aprender de los encantadores modales de Beatrix —dice—. Venga, marchaos». Está deseando que se vayan, aunque sabe que se pasará el día esperando su regreso.

Gerald

Iremos todos juntos al colegio, mamá —dice Gerald, saltando desde los escalones del porche al suelo. Le encanta imitar la forma de hablar de Beatrix. Ella siempre suena muy elegante. Así que ahora Gerald llama «mamá» a madre y saluda por la mañana con un «buen día»; y ayer, durante la cena, dijo que padre estaba armando «jaleo» por nada. Sabe que así irrita a William —un motivo más para hacerlo—, pero también que le arranca una sonrisa casi imperceptible a Beatrix. «No cruces la calle hasta que ella haya entrado», dice madre una vez más; William asiente y después le hace un gesto silencioso a Bea con la barbilla. Es exactamente igual que su padre, dicen todos de William. Gerald sabe que eso significa que él no.

Los tres caminan por el sendero que atraviesa el campo de detrás de la escuela. Un sendero natural, lo llama padre. La mejor manera de ir de aquí para allá. William va delante, abriendo la marcha, y Gerald ocupa la retaguardia. El pelo que les llegaba a los dos al cuello de la camisa ha desaparecido; la visita de ayer al barbero les ha dejado la nuca rapada y el cuero cabelludo reluciente. A Gerald le gusta pasarse la mano por los pelillos erizados. El sol ya aprieta a esta hora. Las hojas no han empezado a ponerse marrones y el campo es una explosión de flores silvestres. Gerald arranca una amarilla, a continuación otra y otra más, y las mantiene sujetas a su espalda. En la puerta de la escuela primaria, se paran los tres, en corrillo. Gerald abraza un instante a Beatrix por la cintura. Qué flaca que es. Le nota las costillas. «Que tengas un buen día», dice sonriendo, y le pone en las manos el ramito antes de desaparecer por la pesada puerta. «Idiota», oye que dice Wil­liam. Cuando está seguro de que han seguido adelante, vuelve a asomarse por la puerta. Ve que se detienen en el colegio de chicas, ambos con la mirada en el suelo, y que luego Beatrix entra en el edificio, todavía sujetando las flores. Gerald observa cómo cruza su hermano la calle hacia su colegio. Al llegar a la otra acera, antes de entrar en el edificio, se vuelve a medias; es para comprobar que ella ha entrado. Gerald le dice adiós a William con la mano, pero este le da la espalda y desaparece.

En la clase de Gerald, todos deben escribir una carta explicándole al profesor lo más emocionante que les ha ocurrido durante el verano. Él escribe: «Querido Sr. Thatcher, Beatrix ha venido desde Londres a vivir con nosotros para huir de las bombas». Cuando deja el lápiz, se da cuenta de que tiene las palmas de las manos amarillas por el polen.

Beatrix

Las cartas no llegan de forma previsible, sino todas juntas. Algunos días, cuando vuelve del colegio, Beatrix encuentra dos o tres esperándola en la mesa de la cocina. Luego puede pasar semanas sin recibir ninguna. Ella nunca las lee allí, en la cocina; lo único que hace es acariciar el sobre entre el pulgar y el índice, maravillada por el hecho de estar tocando algo que sus padres tocaron no hace tanto tiempo; también por el hecho de hayan recorrido todo el trayecto desde allá. Luego, en su habitación, con la puerta casi cerrada, lee cada carta una y otra vez. El formato es siempre el mismo: mamá escribe primero y papá después; las palabras de este se apretujan con frecuencia en espacios más y más pequeños, a veces

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