Soldados de Salamina

Javier Cercas

Fragmento

Para Raül Cercas y Mercè Mas

Composición de imágenes en las que aparecen unos árboles en un bosque nevado y un hombre apuntando con una escopeta de espaldas.Ocurrió en otoño del año 2000. Mi editora, Beatriz de Moura, me había convocado en su despacho para hablarme de esta novela, que se publicaría pocos meses después, en febrero del año siguiente. «Me gusta», dijo, blandiendo el manuscrito. «No sé si has reparado en que acaba con la exaltación de un comunista, pero me gusta. Vamos a tirar seis mil ejemplares». Incrédulo, pensé que aquella mujer —a la sazón tal vez la editora más prestigiosa de nuestra lengua— había perdido el juicio: a mis treinta y ocho años, yo era un novelista que se ganaba la vida dando clases de literatura en una pequeña universidad de provincias, pero mis libros no habían tenido la más mínima repercusión, así que era un escritor sin lectores o sin más lectores que mi familia y algún que otro amigo; que yo sepa, nadie me oyó quejarme jamás de aquel destino común, que me parecía perfectamente razonable, y que nunca pensé que cambiaría. «Seis mil ejemplares», me dije, abrumado por la cifra; creo que por un momento me sentí Ernest Hemingway. «Pero, de­sengáñate», me advirtió en seguida De Moura, sin duda tratando de devolverme a la realidad. «Solo te van a leer personas mayores, de setenta años o más: gente que haya vivido la guerra, o que conserve algún recuerdo de ella. La guerra civil, como tema, está muerta». Un año después, el libro era un superventas desorbitado, se hallaba en vías de traducción a decenas de idiomas y se estaba adaptando al cine, el llamado Movimiento para la Recuperación de la Memoria Histórica volvía a poner la guerra civil en el centro del debate público y se desencadenaba un alud de novelas, películas, ensayos, obras de teatro y cómics sobre el mismo tema, la mayoría escritos o dirigidos por gente que, como yo, era nieta de la guerra civil y que, como yo, hasta entonces no la había abordado en su obra.

No fue mi editora quien se equivocó, sin embargo: quien se equivocó fue la realidad. A principios de siglo xxi, nadie podía imaginarse que fuera a cosechar los lectores y la resonancia que cosechó, en España y fuera de España, una novela como esta, disruptiva o extravagante no solo por su tema sino también por su naturaleza misma, en la que confluían el ensayo, la crónica, la biografía y la autobiografía, la ficción, la metaficción y la autoficción, neologismo prestigioso que por entonces nadie sabía lo que significaba y por tanto no se aplicaba a cualquier texto vagamente autobiográfico, como ocurre hoy. No me arriesgaré a especular aquí sobre las razones de la fortuna insólita del libro (unas razones que, en todo caso y por extraño que parezca, no creo que guarden demasiada relación con la guerra civil: de hecho, la novela no trata exactamente de la guerra, sino de cómo y por qué, muchas décadas después de concluida una guerra, ésta sigue obrando sobre nosotros; es decir: trata de la pervivencia del pasado en el presente y de los muertos en los vivos); lo seguro es que esas razones son ante todo formales, porque la literatura es forma, o porque en ella la forma es el fondo. En el epílogo de esta edición, escrito hace ya una década, arriesgo alguna de ellas. Por lo demás, Beatriz de Moura acertó de pleno como mínimo en un punto: cuando se publicó, esta novela fue leída como una defensa de la causa de la II República, encarnada en un soldado republicano, comunista por más señas; lo que mi editora nunca hubiera podido imaginar, me parece, es que, al cabo de un tiempo y de muchas ediciones, el libro sería leído en España poco menos que como una novela franquista o neofranquista, o como mínimo revisionista, en todo caso una novela que no condenaba con el énfasis suficiente el franquismo (o que lo blanqueaba, por usar la pánfila palabra de moda), igual que si las novelas fueran tribunales de justicia donde se condena y se absuelve, y no lo que son desde Cervantes: el lugar privilegiado de la ironía, la ambigüedad y lo implícito (por eso las novelas no están para defender causas: como escribió Thomas Mann, no dicen ni Sí ni No, sino Sí y No al mismo tiempo). Confesaré que al principio me irritaban estas interpretaciones simplistas, malintencionadas o puramente delirantes, y no entendía que quizá son al fin y al cabo inevitables cuando se trata de un tema tan controvertido y de un libro con tantos lectores. El resultado es que más de una vez cometí el error juvenil de intentar refutarlas, hasta que finalmente acepté que las novelas deben defenderse solas y terminé acogiéndome al cinismo venial de Salvador Dalí: «Que hablen, aunque sea bien».

Lo cierto es que esta novela se ha defendido por sí misma sin ningún problema, y la prueba es que aquí sigue, veinticinco años después de su publicación, vivita y co

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