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El alumno

José Antonio Lucero

Fragmento

Cita

Aún encuentra chispas de belleza

en la mirada verde de una chica

o en el gesto impulsivo

del muchacho que busca en los poemas

la respuesta del cuerpo.

Se perderán, lo sabe,

y ha de hundirse el deseo de palabras,

el sueño generoso de otro amor,

en los pantanos del oficio sórdido.

Olvidarán la poesía,

que les regala tiempo, corazones,

alegría, nobleza y sufrimiento.

En unos años,

será trabajo ya su juventud,

recuerdo el sentimiento,

ruina conyugal la noche que los quema.

Él seguirá enseñando, y persiguiendo

las chispas condenadas.

PERE ROVIRA, «El profesor»,

en Cartas marcadas

Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.

JEAN-PAUL SARTRE

Yo era un bruto, un zopenco, usted lo sabe bien. De mí poco parecía poder sacarse, como si fuera un fruto ya seco de nacimiento, deshidratado, la cabeza hueca, más fuerza en las manos con las que zurraba a los que llamaba «pardillos» o «mariconas» que materia gris en la sesera. Pero es increíble que —ahora lo sé bien, tantos años después— hay veces en que tocar una sola pieza es alterar las demás, como en el principio de entropía: quitas un naipe y todo se viene abajo de la manera en que se rompió el país por culpa de un puñado de militares.

Usted fue para mí esa pieza, esa entropía, y créame, señorita Lali, he imaginado un millón de veces cómo empezar a contarle mi historia, un millón de veces en que comenzaba, tal vez, por esa noche de septiembre en que las tropas franquistas entraron en el pueblo, o por aquella paliza que me dio mi padre —sus golpes maldiciendo a Dios, el fuego de su mirada, su «hijodelagranputa»—, pero todo aquello, es decir, lo que vino después de que a ustedes, mis maestras Juana y Lali, las apresaran bajo la acusación de «maestras rojas», no fue para mí más que una sucesión de días monótonos que arrancaban y concluían donde mismo, de cara al sol, con el manoseo de un rosario, con el parte de guerra que congregaba a la familia en torno a la radio para llevar a la España nacional, no a la republicana, la toma del Alcázar, la victoria en el Ebro o la caída de la capital cautiva y desarmada.

No, la Guerra Civil no tuvo para mí, en realidad, nada de especial. Mi historia, la que yo quiero contarle, empezó, tal vez, el día del año 39 en que mi madre me dijo que mi padre había conseguido que me aceptaran en un colegio de Madrid, el San Miguel, «una institución prestigiosa», y que iba a llevar uniforme y habría de vivir en él lo que duraba el curso escolar.

«¿Un internado?», le pregunté recelando, porque por aquel entonces yo no confiaba en nada que saliera de él.

Petronela, mi madre, me miró con los ojos vidriosos. Me lo dijo ella porque mi padre no osaba dirigirme la palabra desde que yo intentara sacarlas del pueblo aquella noche de septiembre, la noche de los tiempos.

«Sí, hijo: interno».

Y no supe si mamá se había opuesto a aquella idea. Solo sé que delante de mí no mostró negativa alguna salvo aquella mirada humedecida; ni presentó resistencia, ni invocó a Dios en sus labios para defender a su hijo y decirle a aquel que yo había de llamar «padre» que no quería que me abandonaran en ese colegio como al perro pulgoso que atan al árbol de un ahorcado.

Y así fue como comenzó todo.

El primer recuerdo que guardo de aquella institución, el internado San Miguel, es el de un niño pequeño. El niño lloraba mientras la marabunta de críos lo señalaba con el dedo.

«¡Meón, meón, meón!».

La mañana rayaba en un albor frío y aquel tipo de larga sotana —como una cascada negra que cae de un acantilado desde el alzacuellos— lo cogía de las orejas y le hacía volar como quien se atreve a probar el proyecto de un inventor loco.

El niño se llamaba Miguel y no tenía más de seis años. Los demás, en torno a él, se burlaban al grito de «¡Meón!». Era la primera noche que yo pasaba en el internado y, como comprenderá, cuando uno duerme por primera vez en un lugar como ese, apenas es capaz de entornar los ojos y llamar a Morfeo. Yo los cerraba, los apretaba con fuerza y deseaba, como quien se encuentra con un hada madrina, poder volver a casa.

«¡Meón, meón, meón!».

Pero mi casa se encontraba muy lejos —a más de seiscientos kilómetros y trece horas de tren— y yo estaba, de pronto, contemplando cómo aquel tipo que se me presentó la noche anterior como don Pedro entraba en el dormitorio donde dormíamos una veintena de niños y prendía la luz al grito de «¡Arriba!» con la voz de un motor gripado.

«¡Buenos días!».

La luz parpadeó durante varios segundos. A don Pedro no le hacía falta luminaria, en realidad, pues parecía moverse por la estancia medio oscura como un topo a ciegas por sus túneles subterráneos. (Me lo enseñó la señorita Juana: que los topos eran ciegos, que se orientaban gracias al campo magnético terrestre).

«¡En pie todos!».

Al clac clac de sus zapatos contra el suelo de piedra, el hombre recorrió la habitación con paso firme —era profesor de Educación física y tenía cuerpo de atleta, a pesar de la edad—, mientras, algunos medio adormilados, nos apresurábamos a ponernos en pie junto a las camas. Tuve suerte de que, antes de irnos a dormir, un chico llamado Justo me pusiera sobre aviso: «¿Has ido al baño? Porque ojo con mearte en la cama, nuevo».

Le dije que no, que no iba a mearme encima, y concluí recordándole que me llamaba Roque, pero volvió a llamarme así, «nuevo», como me llamaron todos los demás durante algunos días, aquellos que todavía no conocían quién era yo.

«Tú procura no hacerlo, por tu bien».

Quién era yo: Roque Martínez, quince años, quince horas de viaje desde el culo de España —así lo dirá don Pedro: «Martínez viene del culo de España»—, alto, fuerte pero lleno de miedos, y el único de los que allí estábamos —que yo supiera, al menos— que era hijo de un falangista que no le dirigía la palabra porque al estallar la guerra osó ayudar a escapar, sin éxito, a sus maestras rojas.

Uno, de hecho, se atrevería a preguntarme: «¿Y qué carajo haces aquí si tu padre es de los que ganaron?».

Pero yo no supe darle una respuesta.

Volviendo a aquella mañana (disculpe si me enredo, pero recordar aquello es, a veces, recorrer las ramas de un árbol frondoso), Miguel apenas tuvo tiempo de frotarse los ojos antes de que el cura lo encontrara frente a su colchón húmedo, con el rostro encogido de terror y las piernas haciendo el baile de san Vito.

«¡Otra vez tú!», rugió don Pedro, acercándose a él con las cejas fruncidas y la boca apretada. Y fue entonces cuando, con un gesto brusco, lo agarró de las orejas y lo levantó del suelo como el trol de los cuentos.

«¿Es que no sabes comportarte como un hombre?».

No tardé en saber que sus palizas eran famosas en la escuela, lo mismo que sus insultos, todos muy cultos y literarios: «¡Cuáquero!», «¡Tizón del infierno!», «¡Pollino!». Miguel intentó reprimir un gemido, pero el dolor le arrancó un grito que se mezcló con las risas nerviosas de algunos de los otros chicos, que intentaban disimular su propio miedo. El cura lo sostuvo a la altura de su rostro, diciéndole: «¿Verdad que no te vas a mear más en la cama, bombero?».

«Bombero» era como llamaban a los niños que todavía se hacían pis en la cama, y algunos críos lo repitieron como un eco: «¡Bombero, bombero!». Yo estaba dos o tres camas más atrás y contemplaba la escena entre las cabezas de aquellos chicos que comenzaron a arremolinarse en torno al catre de Miguel.

«¿Verdad?».

Doblé el cuello para verle la cara, constreñida como si apiñara toda su fuerza alrededor de la nariz. Cuando fue capaz de lanzar una respuesta, un «Sí, señor» que arrojó como un esputo, don Pedro lo soltó de golpe, dejándolo caer al suelo.

Miguel se desplomó como un pájaro con las alas rotas, entre risas nerviosas y miradas furtivas.

«¡Ahora, todos juntos! ¡Díganle lo que es!», bramó don Pedro, señalando a Miguelillo, a ese niño que parecía un muñeco de trapo arremolinado, hecho un ovillo en el suelo. Y nos espetó a todos, mirándonos: «¡Meón, meón, meón!».

Las voces de los demás chicos, entrecortadas y temblorosas, llenaron el dormitorio. Yo lo observaba todo como quien se sienta en la primera bancada de una obra de teatro y los actores rompen, de pronto, la cuarta pared.

Los actores como Justo, que tiró de la manga de mi pijama y me dijo, entre dientes: «Grita, nuevo, joder».

Y vi las bocas de los demás, algunas desdentadas, otras con la baba aún cayendo por la comisura de los labios, los ojos legañosos, el pelo alborotado, todos a medio camino entre la burla y el miedo; vi sus bocas y luego la de él, firme, la vanidad de un dios bíblico ante su pueblo desvalido por sus designios; lo vi y no tuve más remedio que decirlo: «Meón», que gritarlo: «¡¡Meón!!», que arrojarlo de mis fauces como quien pide la muerte del gladiador en un anfiteatro romano.

«¡Meón, meón, meón!».

Don Pedro sería apartado del colegio un puñado de años después, antes de que, en 1968, un reportaje del diario Pueblo, del que le hablaré más adelante, denunciase, con una dureza y contundencia para nada habituales en los medios de comunicación del franquismo, las condiciones de vida y los abusos a los que sometía a los alumnos del San Miguel en aquellos años oscuros.

No fui capaz de leerlo, ese reportaje, aunque aquello quedara ya muy lejos, porque era recordar aquel lugar y seguir viendo a Justo, o a Sebastián, o a Miguel; era seguir llamando meón a aquel pobre bomberito.

«Ahora, meón, recoge tus sábanas y dirígete a la lavandería», le ordenó don Pedro. Al resto nos mandó que fuéramos al baño por turnos, según se encontraban distribuidas nuestras camas. A mí me tocaba el tercero y, mientras aguardábamos, todos en silencio, seguía pensando si lo que vivía era un sueño o si, por el contrario, estaba allí en realidad.

No sé cómo explicarlo, nunca me había sentido tan extraño dentro de mi cuerpo.

El tiempo del aseo era escaso: un par de minutos bajo una ducha fría, las toallas ásperas, mil veces lavadas, y un peine que compartíamos todos para adecentar la cabellera de aquel que la conservara libre de piojos.

Es curiosa la memoria de la piel. Hoy, cuando me seco con una toalla, por muy suave que sea, por muy de Portugal que venga, me sigue pareciendo áspera como aquellas del San Miguel que, cada día, lavaban las monjas que cuidaban de las niñas internas en el edificio contiguo al nuestro. (Siempre me pregunté por qué eso no lo hacía uno de los curas del nuestro, lavar las toallas o la ropa, como si también en las cosas de Dios hubiese escenas de matrimonio).

«¡Rápido, señores!».

Para mí era todo nuevo: compartir de pronto un mismo aseo con la veintena de niños de mi habitación, el sonido hueco del agua, que hiciésemos fila para asomar al agua del lavabo o para sentarnos en el trono, que nos viésemos la churra y con la naturalidad con la que uno se ducha con su hermanito pequeño.

Para mí era todo nuevo, pero para todos los demás, habituados Dios sabía desde cuándo a aquella rutina marcial, todo parecía ordinario, como si fuese cierto aquello que dicen: uno se adiestra a vivir hasta en alguno de los círculos del infierno de Dante.

«A formar en fila, ¡ya!», gritó el cura. Tras el aseo, que concluía con el uniforme reglamentario —a mí me quedaba pequeño, me tiraba de la sisa y me dejaba al descubierto los tobillos—, nos conducían a la capilla del internado, un espacio amplio y austero con muros de piedra encalada, la Virgen y un crucifijo al frente, y allí rezábamos y oíamos la homilía y cantábamos el Cara al sol con actitud reverente y patriótica.

Yo ya estaba acostumbrado a cantarlo, el Cara al sol. Todos los días, desde que los nacionales ganaron para España la sierra de Cádiz, hube de cantarlo brazo en alto, y a fuerza de hacerlo acabé por creer que aquello era cierto, que «volverán las banderas victoriosas al paso alegre de la paz», que «volverá a reír la primavera», que «en España empieza a amanecer». Voy a decir algo que lo mismo no es del todo adecuado, con esto de la Transición: que no he cantado himno capaz de despertar en mí tanto como aquel, que ninguno de la izquierda, ni la Internacional siquiera, tan épico como es, es capaz de erizar la piel de quien lo entona como cuando uno canta aquello de: «Si te dicen que caí».

«¡El que se salga de la fila se queda sin desayuno!», gritó uno de los mozos que ayudaban a los curas a organizar la rutina de la mañana. Me pareció curioso aquello. Había internos, a los que llamaban «monines», que gozaban de algunos beneficios —mejores raciones de comida, permisos para salir del colegio o darse una ducha caliente— a cambio de delatar a sus compañeros o de hacerles el trabajo sucio.

Yo acabaría siendo un monín, pero todavía faltaba algún tiempo.

«¡Venga, de uno en uno y sin empujones!», nos gritó aquel monín —un chico algo mayor que yo— para que formáramos la fila frente a la monja que servía las raciones del comedor, donde la luz del sol ya se filtraba a través de las ventanas.

(Otra vez me lo pregunté: por qué no lo hacía uno de los curas, por qué ellas).

Como supuse, la comida no era gran cosa: leche en polvo y legumbre, y algunos gusanos de añadidura, sobre todo a quien le tocaba la zurrapa de la olla.

Cogí mi bandeja, di las gracias a la monja de hábito blanco y me senté donde aquel monín me ordenó, que resultó ser, casualidad o no, al lado de Justo, el mismo chico que había dormido a mi derecha y cuyos ronquidos me acompañaron en la larga vigilia de mi primera noche.

«¿Y el caviar cuándo lo sirven?», bromeé intentando hacerme el duro.

Justo rio. Como yo creía en las casualidades (creo aún, con los años), supuse que eran demasiadas las que se habían dado como para que ese muchacho extremeño, rudo, algo menor que yo —creo que trece por aquel entonces— no acabara siendo mi mejor amigo allí dentro.

«¿De dónde eres, nuevo?», me preguntó.

Tras dar un sorbo a aquella leche repugnante —me cuidé, tonto no era, de que no se me percibiera el asco en el rostro—, respondí para hablarle lo menos posible del lugar en el que nací, del que, por aquel entonces, yo no guardaba buen recuerdo.

«De la sierra de Cádiz», acerté a responder, y, tras algunos rodeos en lugares comunes, acabé hablándole de mi madre, porque ella, su recuerdo, era lo único capaz de arrancarme una sonrisa. Era mi refugio.

Luego Justo me habló de su familia, pero yo no pude escucharlo porque el recuerdo de mamá, de Nela, vino a mí; su mirada atenta, el calor de su abrazo, la prudencia de un cuerpo hecho para servir.

Yo fui su todo porque no tuvo más hijos, y porque mi padre no prestaba mucha atención a su mujer, como tampoco a su hijo.

«¡Vayan terminando, que tenemos que ir a clase!», gritó el monín, de pronto. Nos pusimos en pie y nos dirigimos a la salida del comedor para encaminarnos al aula y comenzar la jornada escolar. Al oír adónde íbamos, me apresuré a preguntarle a Justo, que marchaba en silencio delante de mí, por cómo eran las clases.

«Tú procura que no te elijan para leer o para salir a la pizarra», me susurró.

Ante su consejo, quise dármelas de listo: «A mí al principio no me gustaba leer, ¿sabes? Pero luego le cogí el gusto».

Ese «luego» fue obra de mis maestras, de Juana y de usted, señorita Lali, que con tesón inquebrantable lograron en mí, y en muchos otros chiquillos más, despertar la curiosidad por leer aquellos siete mares que surcaba el pirata Jim Hawkins de Robert Louis Stevenson, el centro de la Tierra de Julio Verne, los hombrecillos diminutos de los viajes de Gulliver.

Y sí, aunque leer no se me dio muy bien, hacerlo —y que mi padre me viera— fue mi forma de resistencia, mi Revolución soviética, porque a él tampoco le gustaba que lo hiciera, porque desconfiaba de los libros como también había recelado de mis maestras.

«¿Leer? Uf, me parece que no es lo mío», me desveló Justo, que agachaba la cabeza y me ocultaba sus ojos color azabache mientras avanzaba en la fila.

Lo miré extrañado.

«¿En serio? Yo siempre pensé que no servía para nada, hasta que conocí a una maestra», le confesé. Y sonreí por primera vez en aquel internado acordándome de usted.

Es curioso el modo en que todos nos hacemos nuestro relato fundacional, como si fuéramos dioses de nuestra propia mitología, y el mío, ese relato, esa mitología con la que hoy me cuento por qué, cómo y dónde nació mi vocación de maestro, empieza, quizá, con las siguientes palabras: «Yo te puedo ayudar, si quieres».

PRIMERA PARTE

Un mago

1

Encinar de la Sierra (sierra norte de Sevilla),
septiembre de 1955

El chiquillo se refugia de la lluvia con el tiritar de un pajarito hambriento. El maestro lo observa desde el autobús, tras los cristales cegados por el agua. Se pregunta, mirándolo: «¿Qué hace ahí ese muchacho?, caray».

Sobre este pueblo de la sierra norte de Sevilla cae el alud de una tormenta. Algunos paraguas valientes juegan al equilibrio con el viento. El niño, un crío menudo con los brazos en cruz bajo el soportal del apeadero, lleva el frío en el rostro como si se refugiara en un iglú de esos de los esquimales.

—Aquí cuando llueve, llueve con cojone —le había dicho el pasajero de su derecha, vecino del pueblo, un hombre rudo de manos agrietadas.

El maestro había asentido sin quitar ojo al paisaje. Hacía una hora que se había montado en ese autobús en la estación de Sevilla junto con un puñado de pasajeros. Por el camino, el pueblo se vislumbraba entre montañas como si quien lo trazara lo hubiese plantado sobre una duna amontonada con las manos. Desde lejos advirtió algunos detalles, a pesar del vaho de las ventanas: el campanario de la iglesia, el castillo medieval al borde del derrumbe, coronando uno de los cerros del valle de la Osa, los puentes que cruzaban el río, las tejas rojas, la cal de las paredes.

El autobús brincaba por el camino empedrado que, mientras remontaba la pendiente, devolvía un riachuelo que bajaba con intensidad.

—Lleva lloviendo lo menos tres días. —Y luego continuó el vecino entre risas—: A ver si el río de la villa no se va a acordar de su orilla, carajo.

El maestro le acompañó la ocurrencia con una sonrisa amable. Se imaginó la metáfora que el lugareño había construido: el río recogiendo sus aguas tras la tempestad, furibundo por no hallar sus límites.

Alguien le dijo una vez que la mejor poesía era la que salía del campo. Que lo que luego se escribía en la ciudad, en los sillones confortables de los poetas burgueses, no era más que una vulgar imitación de la tierra.

El poeta imprevisto, sentado a su derecha, decía llamarse Matías.

—Es que voy a Sevilla una vez por semana, ¿sabe usté? Allí tengo familia.

Lo llamaba de usted, al maestro, a pesar de que tal vez lo doblara en edad. Se debía quizá a la cuidada apariencia del joven: pantalón de pinza, ni una arruga en su camisa blanca, pelo engominado, barba rasurada y, sobre todo, ese maletín de cuero que solo llevan los hombres con estudios, los hombres de negocios o los hombres con poder.

—¿Usté no es de por aquí, no? —le preguntó el vecino.

A los campesinos no se les veía un maletín como ese, si acaso un zurrón o la talega del pan, o la fiambrera para el almuerzo como la que llevaba ese hombre.

El joven sonrió cortésmente.

—Soy Roque Martínez, el nuevo maestro del pueblo, caballero.

Y Matías esbozó un gesto de asombro.

—¡Epa! ¡Lo contento que se va a poner mi chaval!

Hablaba con un deje cantarín que iba a compartir —para curiosidad de Roque— con el resto de los vecinos de ese pueblo, como si en ellos la lengua hubiese tomado otros caminos extraños. Y eso que ese lugar no distaba mucho del de su nacimiento, algo más de un centenar de kilómetros de sierra y una carretera sinuosa más preparada aún para las herraduras que para las ruedas. Roque inquirió:

—¿Es usted padre de alguno de mis nuevos alumnos, por curiosidad?

Matías se tomó algunos segundos de silencio antes de responder, como si ahora fuese consciente de que quien le hablaba era el nuevo maestro del pueblo, nada menos, y no un fulano cualquiera con un maletín de piel. Seguro que se arrepentía, pensó Roque, de algunas palabras que habían salido un par de minutos antes de su boca, como «cojones», como «carajo».

—Así es, señor. Mi Manolillo es un buen muchacho, pero un poco bruto. Trátelo como se amarran las bestias, no tenga usté miedo.

Roque rio para sí, y los ojos de ambos se encontraron durante un breve instante, no mucho, lo estrictamente necesario. La de Matías era una mirada cuarteada por la crudeza del sol, que le habría hecho a su piel lo que un peletero con el cuero. Al retirar la vista, se fijó en cómo iba vestido: una camisola blanca, pantalón de lino, alpargatas.

—Descuide, caballero, que haré cuanto esté en mi mano —contestó Roque, que hubo de recordar todas esas veces en que le insistieron en la facultad que debía cuidar el trato en los entornos rurales.

Fue Matías el que rio entonces.

—Sí, en su mano sobre to, maestro. Dele con ella si hace falta, que así es como aprende mi zagal, a hostias. No me refiero a las de la misa, ¿me entiende?

El vecino azotó el aire con la palma de la mano y volvió a reír, jocoso. Roque, en cambio, se mantuvo impávido.

—No soy yo maestro de mano suelta, Matías —le respondió—. Siempre he sido de los que piensan que la autoridad se puede ganar de muchas formas, ¿no cree?

El hombre torció el gesto e hizo un silencio sin atreverse a contrariar al docente.

—Sí, créame, de verdad. Hay muchas maneras —insistió el maestro—. En ninguna de las escuelas en las que he estado de prácticas he necesitado recurrir a ello. Y motivos no me habrían faltado, créame.

Y mientras el vecino del pueblo asentía en señal de respeto, o quizá de subordinación, Roque se permitió varios segundos para irse a algunos recuerdos no muy lejanos: los de un maestro en prácticas, los de las muchas dudas atropellándole el pensamiento, los de las lecturas dramatizadas, el teatro y la música, o, fuera de clase, los de los juegos en el patio, ganándose a los chicos con el regate de un malabarista del balón.

Eran Rafaelito, José, Lucas, Adán y Martín, y recorrió Andalucía dejándolos atrás a todos hasta que sacó su plaza tras una oposición brillante.

—Bueno, usté sabrá, maestro —sentenció Matías.

Roque podría haberle hablado de todos ellos, de cuánto cariño le mostraron sin haber tenido que ponerles la mano encima, habría querido ofrecer a ese hombre una lección de pedagogía —«no con golpes, sino con mansedumbre y caridad», le habían recomendado alguna vez para ganarse el favor de los chicos—, pero, de pronto, el autobús frenó y, al volver a alzar la mirada, los hombres descubrieron el apeadero al otro lado del cristal mojado.

—¡Ala, pues ya estamos aquí!

Habían llegado al fin, y solo entonces, a punto de poner pie en el pueblo, Roque lo ve, al chiquillo, tiritando en la acera de enfrente y cubriéndose el torso cuanto puede con el calor de sus brazos. Le hace un gesto a Matías, que está amarrándose las alpargatas, cuyos nudos había deshecho para mayor comodidad en el viaje.

—¿No será su Manolito ese zagalillo de ahí, no? —Le señala al niño.

Matías arruga la mirada para ojear por la ventana.

—¿Ese? —Señala, negando con la cabeza—. Qué va. Ese me da a mí que es el Saulito, ¿sabe?

Y se permite un instante para refrendarse, haciendo visera con la mano.

—Sí, el Saúl. Juega con mi hijo a veces, pero no suele tener muchas amistades.

Roque asiente sin quitar ojo al chiquillo, que, ante la llegada del autobús, da un rodeo para colocarse frente a la puerta por la que bajarán los pasajeros.

«A quién buscará el muchacho», se pregunta.

—¿También es alumno de la escuela?

Se ponen en pie al tiempo que el resto de los viajeros. Roque coge del asa su maletín mientras, con la otra mano, sostiene el sombrero que había mantenido entre sus pies durante el trayecto.

—Sí, pero creo que no va mucho por allí —responde Matías mientras cede el paso al maestro para que sea el primero de los dos en bajar—. Ya se enterará usted. Los maestros se enteráis de esas cosas, ¿no?

El hombre lo mira, críptico, dando por entendido algo que Roque no atisba a comprender. Quizá es que todavía no tenga la experiencia suficiente. Quizá no haya aprendido aún a leer los mecanismos de las miradas, de las frases que se quedan en un limbo, que no concluyen.

—¿A qué se refiere? —le pregunta, oteando todavía por la ventana.

Matías titubea durante unos segundos. Roque insiste, curioso:

—¿De qué cosas?

Cuando el primer pasajero en bajar abre la puerta, el viento y la lluvia se cuelan adentro, violentos, sin pedir permiso. La escena es, de pronto, singular: una mujer debe sostenerse el recogido, otro da por perdido un periódico, cuyas hojas se esparcen por los asientos del autobús, y a un tercero casi se le escapa una gallina que mantenía sorprendentemente serena dentro de una cesta.

Matías, finalmente, responde acercando la boca al oído de Roque, como quien desvela un secreto que le quema en la punta de la lengua:

—No soy yo de andar con chismes, maestro. Hay cosas de las que cuanto menos se hable, mejor, ¿no cree? Algo pasó con el padre del chiquillo, pero yo no me he enterao muy bien del asunto. Un padre que no se sabe quién es, por lo visto. Pero no me haga mucho caso. Todo lo que rodea a esa mujer, a la madre del Saulillo, es extraño. Dicen que se volvió loca. Que no anda muy allá, ya me entiende.

Roque calla y asiente con gesto serio. Sabe que en todos los pueblos de España hay cosas de las que es mejor no hablar, como dice Matías. Cosas sobre las que la gente guarda un silencio deliberado. La guerra, la represión y el hambre dejaron en las personas un miedo que anidó en el pelo y convirtió el mutismo compartido en ley universal: por mucho que pasara, nadie hablaba de nada bajo ningún concepto.

Roque también guarda de ese miedo, el que habita en ese lugar en el que sigue siendo un niño, y quizá por ello, la confesión del vecino lo atrapa hasta que, de pronto, oye a su espalda un «¿Va a bajar, señor?» con el que otro pasajero lo apremia a afrontar el par de peldaños del autobús para salir al apeadero.

—Sí, sí, disculpe.

Al bajarse del autobús, tras respirar fuerte un par de veces el aire húmedo y con aroma a los campos de cultivo próximos que coloniza sus alveolos, se urge a hacer fila frente al maletero para coger su única pieza de equipaje, una maleta en la que guardó con cuidado las mudas y las prendas que necesitará en las próximas semanas. Tras ello, y haciendo equilibrios con la maleta, el maletín y el sombrero —no se ha atrevido a ponérselo, por si saliese volando—, afronta la despedida de Matías con un buen apretón de manos.

—Ha sido todo un placer, caballero.

La del lugareño es una mano grande y ruda; la del maestro, en cambio, es más fina, menos curtida. Tras el adiós, el maestro centra la mirada en aquel niño, en ese Saúl que parece buscar a alguien entre los recién llegados. Se acerca a él y está a punto de abordarlo con un «¿Buscas a alguien, muchacho?», hasta que es el propio chico el que se le adelanta con una vocecilla de tenor:

—¿E-es usted el nuevo maestro?

Este esboza una amplia sonrisa.

«Que sea eso lo primero que el chico vea de mí», piensa.

—Sí, soy yo. Roque, Roque me llamo, muchacho. —Lo protege de la lluvia haciendo paraguas con su maletín de piel—. ¿Cómo lo has adivinado?

El chico le señala el maletín, precisamente. Debe de tener unos ocho años, tal vez nueve o diez. Espigado y flacucho. Un ligero tartamudeo al hablar. Ya en el soportal del apeadero, el maestro se apresura a abrir la maleta para sacar una chaqueta con la que cubrirlo, provocándole una carcajada al verse ataviado con una prenda en la que cabrían otros tres como él.

El maestro se inclina entonces para hablarle con una sonrisa pícara, teatral:

—¿Sabes que soy mago y puedo adivinar el nombre de un niño con solo mirarlo a los ojos? Venga, déjame probar.

Se miran. El niño, con ojillos de aceituna vareada, tuerce el rostro en un gesto curioso. Durante unos segundos, Roque escenifica su papel de mago apretando el rostro como si le costara entrar en la mente del chico con sus poderes psíquicos. Para bordar el personaje, hace con las manos el ademán de un ilusionista o un nigromante. Hasta que exclama:

—¡Saúl! Te llamas Saúl, ¿a que sí?

El chiquillo esboza un gesto de asombro al gritar un «¡Sí!» que le ha encendido los ojillos. Roque, mientras alude a unos poderes supuestamente heredados de unos magos de Oriente, sacude con la manga de la chaqueta el pelo del muchacho, que le cae empapado por la frente.

—Y dime, Saúl, ¿qué haces aquí, con esta tarde de perros?

—Pues qu-que el alcalde m-me pidió que esperase a que llegara el maestro —responde el niño, indicando con la mano la señal de parada de autobús, junto a la acera—. Bueno, me pagó m-más bien por ello. Unas perrillas, ¿sa-sabe?

Al alzar levemente la vista, Roque comprueba que el resto de los pasajeros del autobús ha abandonado ya el apeadero y que ahí, bajo el pequeño soportal, solo quedan ellos dos.

—Así que el alcalde se ha ahorrado el chaparrón a tu costa, ¿no?

Ante la pregunta, el niño se encoge de hombros.

—Te habrá pagado bien, por lo menos.

El muchacho echa mano al bolsillo del pantalón para hacer tintinear unas monedas. No se han dado cuenta, pero la tromba de agua ha comenzado a menguar.

—Solo dos perras chicas, señor —responde el chico.

Roque chasca la lengua y menea la cabeza mientras saca su monedero del bolsillo trasero del pantalón. Tantea un par de pesetas y se las ofrece al chico.

—Anda, toma dos pesetas. —Le guiña un ojo—. Y dile al alcalde que, la próxima vez que un nuevo maestro llegue a su pueblo, sea él mismo el que lo reciba.

El muchacho asiente, observando las monedas que le ha regalado el maestro como quien recibe oro, incienso o mirra en un portal para animales.

—¡Gra-gracias, señor! —exclama, y mientras se guarda las pesetas en el mismo bolsillo de antes, le hace un gesto para que lo siga calle abajo—. Pu-puede decírselo usted m-mismo, señor. Lo está esperando en el Ayuntamiento.

Minutos después, tras dibujar un zigzag en el trazado de calles empedradas y en pendiente —baja por sus márgenes un riachuelo en el que confluyen las lluvias que se dieron una tregua minutos antes—, el niño señala el edificio de fachada encalada que corona la plaza pública del pueblo.

—E-este es el ayuntamiento, señor —le instruye mientras apunta hacia el reloj de su torreón principal—. Y esta es la plaza. Su escuela cae al otro lado.

Roque echa una ojeada en derredor. En la plaza hay altas palmeras, una fuente en el centro, varios bancos dispuestos en los laterales y, sobre el suelo, el fantasma de una rayuela difuminada por la lluvia con la que se habrían divertido unos niños.

Sobre su cabeza, el cielo juega al despiste con las nubes, que entran y salen como un prestidigitador. El crío le hace otro gesto.

—A-ahora tengo que vo-volver a casa, señor.

Roque le tiende la mano en saludo para luego zarandearlo del hombro.

—Llámame Roque, ¿de acuerdo, Saúl? Y si quieres descubrir qué otros trucos de magia conozco, no dejes de ir a la escuela. Te espero mañana, ¿vale?

El niño titubea, aunque al final acaba concediéndole un sí con el que el maestro se da por satisfecho. Roque aguarda hasta verlo marchar con el trotar de un potrillo, alza la vista hacia el consistorio y contempla las banderas que ondean en la balconada principal. La de España, la de la Falange.

—Buenos días, venía a ver al alcalde. Soy el nuevo maestro —se presenta ante el conserje, un hombre enjuto, achaparrado, de mirada seria.

Lo escrudiña, de hecho, con unos ojos aviesos.

—Sígame, caballero —le pide tras algunos segundos.

Lo conduce por una escalinata hasta la planta primera y atraviesan un pasillo decorado con algunos retratos de paisajes campestres.

El conserje se detiene ante una de las puertas para dar dos toques sobre el madero. Tras oír una voz al otro lado, abre y, con un gesto, le pide al maestro que pase. Este toma aire y asoma a una pequeña estancia con un escritorio y unas sillas, un diván sobre una alfombra con motivos geométricos y los retratos de Franco y de José Antonio coronando la pared principal, como un retablo. Desde los dos ventanales que dan al balcón principal de la fachada entra una luz tenue, por los claroscuros del cielo.

Dos hombres, al ver entrar al maestro, se vuelven. Hay una nube de humo en torno a ellos que proviene de los cigarrillos que les cuelgan, en equilibrio, de la comisura de los labios. El de la izquierda, que se presentará como alcalde, es el primero en reaccionar.

—¡Vaya! ¡No sabe cuánto le estábamos esperando!

El regidor da un par de pasos hacia la entrada del despacho y se encuentra con Roque en un apretón de manos. Lleva la sonrisa puesta, luce bigotito y cara afable bajo una frente amplia, en retirada.

—Don Isabelino Díaz —dice llamarse—, alcalde de este hermoso pueblo de Encinar de la Sierra. Para servirle a usted y a la escuela.

Dos, tres segundos más de apretón, algún tiempo más de sonrisa.

—El gusto es mío, caballero —replica Roque, también afable, también caballeroso como el alcalde—. Soy Roque Martínez, de un pueblo de la sierra de Cádiz.

El alcalde lanza un soplido.

—¡Anda, un serrano! —exclama, socarrón—. Entonces nuestros niños están en buenas manos, eso seguro.

El maestro sonríe. A este siempre se le dio algo bien, una intuición que venía de su familia, como si la magia existiese en realidad y él la tuviese; el olfato de que sus primeras impresiones solían acertar.

—Bueno, y ¿qué tal el viaje?

Isabelino Díaz le ha dado buena espina, como si los augurios antiguos en los posos de café o en el vuelo de unas aves hubiesen dado su consentimiento.

—¡Bien! He conocido a gente del pueblo, y todo.

Mientras habla, el alcalde le hace un gesto para que se dirija al hombre que se mantiene aún junto al escritorio de madera noble, bajo los retratos patrióticos.

—Déjeme que le presente ahora, Roque, al señor que me acompaña. Él es don Francisco Pérez del Río, el gobernador civil del pueblo.

El hombre se acerca a ellos con gesto adusto. Tiene el rostro afilado y un perfil aguileño. Le ofrece la mano en saludo y, mientras tanto, busca los ojos del maestro para decirle algo que lo dejará en jaque, como un ajedrecista.

—¿Sabe una cosa, Roque?

Le cuelga el cigarrillo de los labios.

—Dígame…

Todavía siguen ahí, en el apretón de manos.

—Pues que ya había oído hablar de usted antes. Sé que ha sido el mejor de su promoción, ¿no es cierto?

Roque se esfuerza para que no se le turbe en el rostro su gesto cortés.

—¿Y cómo lo sabe, don Francisco? —pregunta, ruborizado.

El gobernador civil esboza una media sonrisa. El humo de su cigarrillo bambolea, ingrávido, en una columna que se interpone en su mirada, que la nubla.

—Pues porque he podido hablar con su padre, ¿sabe?

Roque arquea las cejas.

—¿Cómo?

—Así es —ratifica el hombre antes de dar otra calada—. Don Javier Martínez es uno de los grandes hombres de la Falange andaluza, un héroe de guerra condecorado.

Ese nombre, la potencia sonora de sus fonemas, la erre con la que termina y la alusión a aquella medalla al valor lo paralizan de repente, y no puede evitar pensar en esa magia suya, la de la primera impresión, que en esta ocasión sabe que no es buena por mucha sonrisa que este hombre esboce ahora, con ese cigarrillo manteniendo el equilibrio en la comisura.

—Espero que esté a la altura de su buen nombre, caballero.

Asiente. Lleva veinte años sin dirigirle la palabra a su padre.

2

Nada es equiparable para Roque, para cualquier docente, a este momento.

—Este cofre, señores, es un cofre mágico.

A este preciso momento: el cosquilleo en la piel, como si lo recorriera un enjambre de bichillos; la sensación de vértigo que se repite desde sus prácticas como maestro, cuando comprendió que la verdadera magia de la enseñanza reside en este breve instante en el que las mentes jóvenes se abren de par en par; los jóvenes, la tartera del desayuno dentro de su morral o de su macuto, con una rebanada de pan con aceite, una onza de chocolate terroso o cualquier engañaestómagos; el lápiz o el plumillero con el tintero de loza china; las musarañas esquivas que se llevan su atención; el antiguo mapa de España donde hasta no hace mucho había una jaula para meter a Filipinas; el perchero y los ventanales abriendo el aula hacia la plaza, por los que entra el olor a heno y a labranza; la carita de los zagales a medio camino entre la curiosidad y el asombro; el silencio de quienes tienen la atención secuestrada por una extrañeza inesperada; la sonrisa, los ojos ávidos, abiertos como un par de ventanas.

Solo uno abre la boca para decir: «¿Cómo que mágico, don Roque?», porque el resto no se atreve a preguntar ni a cuestionar al nuevo maestro, a quien hace solo unos minutos les ha presentado don Enrique, el director de la escuela: «Tras estos primeros días de curso sin tutor, por la jubilación de don Sebastián, aquí tenéis, señores, a don Roque Martínez, que se hará cargo de la clase hasta final de curso. Tenéis la suerte de poder aprender de un maestro joven y brillante, número uno en su promoción, ¿sabéis?».

Roque ha sonreído ante ese cumplido, sobre todo por lo de «joven»; a sus treinta y pocos, hace mucho que dejó atrás la mocedad. A la señal del director, ese hombre orondo, de camisa sin planchar, corbata a rayas y una frondosa cabellera blanca de la que le nevaba caspa sobre los hombros, los chicos, en pie desde su llegada, lo han saludado con coordinación marcial y una bienvenida parca y prudente que el directivo ha dado por concluida con alusiones al principio patriótico de la enseñanza y el rezo de un padrenuestro.

—Sí, es mágico, lo que oís —insiste, mostrando el cofre como quien ha descubierto una ruina maya.

Tras las palabras del director, Roque se ha limitado a sonreír, observando una a una las caras, escudriñando qué se advertía del carácter de cada alumno solo con mirarlos a los ojos, y no ha dicho nada, salvo un «Hola» y un «Muchas gracias por el recibimiento», hasta que don Enrique no ha abandonado la clase. Ha sido entonces cuando, con el proceder de un ilusionista, ha sacado el pequeño cofre de una bolsa de tela y se ha colocado, con un gesto teatral, en medio de la clase, entre las bancadas de los chicos altos del fondo y las de los más pequeños, situados delante, frente a la tarima. Ha guardado un breve silencio para permitirse observar que algunos de los más pequeños estiraban el cuello, como tratando de no perderse ningún detalle, mientras que varios de los mayores, los del fondo, pretendían mantener una actitud de falsa indiferencia —cruzando los brazos sobre el pupitre— que no les había durado mucho, pues no había tardado en advertir también en sus rostros el gesto del interés. Era como si, por unos segundos, todos esos niños fuesen iguales, sin las diferencias de estatura, ni de madurez ni de clase.

La curiosidad iguala a cualquiera, oyó decir alguna vez.

Y él lo sabía. Por eso, había orquestado este momento a la perfección.

—¿Sabéis qué, señores? —continúa, dando algunos pasos en zigzag por las mesas—. Este cofre me lo dio en herencia un viejo sabio al que conocí en el África negra, cuando estuve allí de aventurero en busca de los más antiguos conocimientos mágicos.

Hace silencio para oírlo: el «¡Oooh!» de algunas de esas boquitas.

Y lo piensa: ya los tiene ahí, donde quería. Y se permite disfrutar de este momento, del silencio que reina de pronto y se hace palpable como si cayera sobre la piel la lluvia desgarrada y trizada que golpea los ventanales, consciente de que cada palabra, de que cada gesto es un pequeño anzuelo lanzado a la imaginación de los chicos.

—El África negra, sí. Lo que oís.

Antes de entrar en el aula, don Enrique le había puesto al corriente de cómo era la clase que le había tocado en suerte, esa en la que se agrupaban los chicos varones de la enseñanza elemental, de seis a diez años, algunos que apenas sabían leer y escribir y otros en los que ya brillaba una inteligencia precoz.

—Tiene usted suerte, don Roque. Estos son buenos chicos, ya verá —le ha dicho, recorriendo un pasillo en el que se alternaban las orlas de generaciones pasadas con las peroratas y los alegatos patrióticos.

El maestro ha asentido mientras leía algunos de esos eslóganes, entre los que se repetía el rostro del Caudillo, afable, tierno, como un padre bueno.

—Pero, ojo —lo ha frenado el director al llegar a la puerta del aula, la tercera a la izquierda en el pasillo central—. Eso no quita que necesiten disciplina. Disciplina y mano dura. Tan solo la disciplina hace grandes a los pueblos. Un pueblo en que todo el mundo cumple con su deber es un pueblo ideal. Usted sabe para qué está aquí, ¿no?

Ha mirado fijo a Roque, concentrado en sus ojos con la firmeza de un interrogatorio policial.

—Claro, señor —ha respondido el maestro, sin vacilar—. Mi labor es educar a los chicos en los valores que nuestra patria necesita. Formarlos no solo en las materias escolares, sino en el respeto, la obediencia y el amor a España.

El director ha sonreído, satisfecho por la respuesta. Roque no tardará en saber que don Enrique también imparte clase en la escuela, al grupo de los alumnos mayores, a quienes prepara para obtener el graduado.

—Así es, caballero. Me alegra oírlo de maestros jóvenes como usted. Estamos aquí para educar a la próxima generación de españoles que sostendrá la patria. Que hará otra guerra, si hiciera falta —ha concluido justo antes de abrir la puerta del aula.

Minutos después, el cofre mágico acapara toda la atención de los colegiales.

—Ahora, decidme: ¿quién se imagina qué magia posee este cofre? —pregunta el maestro sosteniendo el pequeño baúl con la delicadeza de un arqueólogo.

Varios muchachos levantan la mano, entusiastas, deseosos de participar. Roque busca sus miradas y les da permiso con un gesto para oír las respuestas, a cuál más disparatada: «¡Te vuelve invisible!», exclama Pepe; «¡Te lanza un maleficio!», interviene Joaquín. Hasta que Roque los acalla llevándose a los labios el dedo índice para responder:

—Os lo confesaré, atención. Cualquier cosa que yo meta en este cofre, se volverá indestructible, ¿sabéis?

Los chicos vuelven a esbozar un gesto de asombro.

—¿Cualquier cosa? —preguntan algunos.

—La cosa más insignificante que podáis imaginar —contesta Roque—. Por ejemplo, ¿alguien es capaz de quitarle el cordón a uno de sus zapatos?

Muchos vuelven a levantar la mano, buscando la aprobación del maestro. Otros, más avispados, se apresuran por iniciativa propia a quitarse el zapato para desanudar el cordón. El primero que se lo ofrece a Roque se llama Isidro, a quien llaman el Largo por su altura, y el maestro no tardará en saber que se trata del delegado de la clase.

—Vaya, Isidro, muchas gracias.

Roque coge el cordón de piel con la mano derecha mientras sostiene el cofre con la izquierda. Vuelve a la tarima, donde todos pueden observarlo con facilidad, y se prepara para desarrollar su truco de magia. Primero deposita cuidadosamente el cofre sobre la mesa del profesor, luego saca unas tijeras de acero de la bolsa en la que guardaba el pequeño baúl y, finalmente, se dispone a cortar el cordón en dos.

—Ya que Isidro se ha prestado a colaborar, voy a cortar su cordón por la mitad. —Al chico, de pronto, le cambia el rostro. El resto de los alumnos ríen, expectantes—. Pero no temas, Isidro. Si el truco no sale, yo mismo le quitaré el cordón a mi zapato para dártelo, ¿de acuerdo?

El niño asiente. A continuación, el maestro agarra las tijeras y dobla el cordón por la mitad. Luego acerca las hojas metálicas y cierra las tijeras haciendo sonar el crac del corte del cuero, tras lo que todos los chicos contienen el aliento.

De pronto, de cada extremo de su puño derecho cuelgan dos trozos separados.

—Pero os dije que este era un cofre mágico, ¿no? —Sonríe, travieso.

Los murmullos d

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