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3 de marzo de 1885
—Es la hora, Louise.
Geneviève levanta con una mano la manta que tapa el cuerpo dormido de la adolescente, ovillada en el estrecho colchón. Su espesa cabellera negra cubre toda la superficie de la almohada y parte de su rostro. Louise ronca suavemente con la boca entreabierta. No oye a las otras mujeres, que ya están de pie a su alrededor en el dormitorio. Entre las hileras de camas de hierro, las figuras femeninas se desperezan, se recogen el pelo en un moño, se abotonan los vestidos negros encima de los camisones claros y, con paso cansino, se dirigen al comedor bajo la atenta mirada de las enfermeras. Unos tímidos rayos de sol atraviesan las ventanas empañadas.
Louise es la última en levantarse. Todas las mañanas va a despertarla una enfermera u otra paciente. La muchacha recibe el crepúsculo con alivio y se deja caer en unas noches tan profundas que no sueña. Dormir le permite no preocuparse por lo que pasó y no angustiarse por lo que ha de venir. Dormir es su único respiro desde los sucesos que hace tres años la llevaron allí.
—En pie, Louise, te están esperando.
Geneviève le sacude un brazo, y la chica termina por abrir un ojo. Al principio, se sorprende al ver a la mujer a quien las locas llaman «la Veterana» esperando al pie de la cama. Luego, grita:
—¡Tengo lección!
—Arréglate, ya has dormido bastante.
—¡Sí!
La chica salta con los dos pies fuera de la cama y coge el vestido de lana negra de la silla. Geneviève da un paso a un lado y la observa. Su mirada sigue los movimientos apresurados de la adolescente, los gestos inseguros de su cabeza, su respiración agitada. Ayer sufrió un ataque; sólo faltaría que tuviera otro hoy antes de la clase.
Louise se abotona el cuello del vestido a toda prisa y se vuelve hacia Geneviève. La supervisora, con el pelo rubio recogido en un moño y el cuerpo permanentemente erguido bajo la bata blanca del uniforme, la intimida. Con los años, Louise ha aprendido a sobrellevar su rigidez. No se puede decir que la Veterana sea injusta o mala; simplemente, no inspira afecto.
—¿Así está bien, señora Geneviève?
—Suéltate el pelo. El doctor lo prefiere.
Louise alza los torneados brazos hacia el moño que se ha hecho a toda prisa y lo desanuda. Mal que le pese, es una adolescente. Tiene dieciséis años, pero su entusiasmo es infantil. Su cuerpo se ha desarrollado demasiado deprisa. El pecho y las caderas, manifestados ya a los doce años, no consiguieron advertirle de las consecuencias de su repentina sensualidad. La inocencia ha desaparecido un poco de sus ojos, pero no del todo. Eso es lo que hace que aún se pueda esperar lo mejor para ella.
—Estoy nerviosa.
—Haz lo que te digan, y todo irá bien.
—Sí.
Las dos mujeres avanzan por un pasillo del hospital. La luz de esa mañana de marzo penetra por las ventanas y se refleja en el suelo de baldosas; es una luz suave, que anuncia la primavera y el baile de Media Cuaresma, una luz que te da ganas de sonreír y confiar en que pronto saldrás de allí.
Geneviève nota que Louise está nerviosa. La adolescente respira agitadamente y camina con la cabeza gacha y los brazos rígidos junto al cuerpo. A las mujeres de la unidad siempre les produce ansiedad encontrarse cara a cara con Charcot, y más aún si han sido elegidas para participar en una sesión. Es una responsabilidad que las supera, un protagonismo que las angustia, una muestra de interés tan poco habitual para ellas, a quienes la vida nunca ha puesto en primer plano, que casi las desestabiliza, una vez más.
Varios pasillos y puertas de vaivén más tarde, entran en la sala contigua al anfiteatro. Un puñado de médicos e internos varones la están esperando. Con el cuaderno y la pluma en la mano, los bigotes cosquilleándoles el labio superior y el cuerpo erguido bajo el traje negro y la bata blanca, se vuelven todos como un solo hombre hacia el caso de estudio del día. Sus ojos clínicos atraviesan a la muchacha: parecen ver a través de su ropa. Esas miradas voyeristas acaban obligándola a bajar los párpados.
Louise sólo reconoce un rostro: el de Babinski, el ayudante del doctor, que se acerca a Geneviève.
—La sala se ha llenado rápido. Empezaremos de aquí a diez minutos.
—¿Necesitan algo en particular para Louise?
Babinski mira a la paciente de arriba abajo.
—Así está bien.
Geneviève asiente y se dispone a abandonar la sala. Louise da un paso angustiado tras ella.
—Vendrá a buscarme, ¿verdad, señora Geneviève?
—Como siempre, Louise.
Entre bastidores, Geneviève observa el anfiteatro. Un rumor de voces graves se eleva de los bancos de madera y llena la sala, que más que un aula parece un museo o un gabinete de curiosidades. Las paredes y el techo están cubiertos de pinturas y grabados, en los que se pueden admirar cuerpos y anatomías, escenas donde se mezclan seres anónimos, desnudos o vestidos, inquietos o desesperados. Cerca de los bancos hay unas vitrinas grandes que el tiempo ha hecho que crujan y que exhiben tras sus puertas de cristal todo lo que en un hospital se puede conservar como recuerdo: cráneos, tibias, húmeros, pelvis, decenas de bocales, bustos de piedra y todo tipo de instrumentos. Sólo con su decoración, la sala ya promete al espectador que va a vivir un momento excepcional.
Geneviève observa al público. Conoce algunas caras: hay médicos, escritores, periodistas, internos, políticos, artistas... Todos, escépticos o convencidos, unidos por la misma curiosidad. Se siente orgullosa. Orgullosa de que, en París, un solo hombre despierte tanto interés que los bancos del anfiteatro se llenen todas las semanas. De hecho, en ese preciso instante, Charcot sale a escena. La sala enmudece. Corpulento y serio, se impone sin dificultad a ese público que lo mira fascinado. Su rostro alargado recuerda la elegancia y la dignidad de las estatuas griegas. Tiene la mirada precisa e impenetrable del médico que lleva años estudiando, en su más profunda vulnerabilidad, a mujeres que han sido rechazadas por su familia y por la sociedad. Sabe la esperanza que suscita en esas enajenadas. Sabe que todo París conoce su nombre. Le han concedido autoridad, y él la ejerce con la convicción de que le ha sido otorgada por una razón: su talento hará avanzar la medicina.
—Muy buenos días, caballeros. Les agradezco que hayan venido. La lección de hoy consistirá en una sesión de hipnosis realizada en una paciente afectada de histeria aguda. Tiene dieciséis años. Y en los tres que lleva ingresada en la Salpêtrière, ha sufrido más de doscientos ataques. Someterla a hipnosis nos permitirá recrear una de esas crisis y estudiar sus manifestaciones. A su vez, esas manifestaciones nos proporcionarán más información sobre el proceso fisiológico de la histeria. Son pacientes como Louise quienes hacen avanzar la medicina y la ciencia.
Geneviève esboza una sonrisa. Siempre que lo ve dirigirse a unos espectadores ávidos de la inminente demostración, recuerda sus comienzos en la unidad. Lo ha visto estudiar, tomar notas, guarecer, investigar, descubrir lo que nadie antes de él había descubierto, y pensar como nadie había pensado hasta entonces. Charcot encarna en sí mismo la medicina en su integridad, toda su verdad, toda su utilidad. ¿Por qué adorar a dioses cuando existen hombres como él? No, eso no es del todo exacto: no existe nadie como él. Geneviève se siente orgullosa, sí, orgullosa y privilegiada, porque durante casi veinte años ha contribuido al trabajo y los progresos del neurólogo más famoso de París.
Babinski acompaña a Louise al escenario. La adolescente, presa de los nervios diez minutos antes, ha cambiado de postura: ahora avanza con los hombros echados hacia atrás, sacando pecho y la barbilla alzada hacia un público que sólo la está esperando a ella. Ya no tiene miedo: es su momento de gloria y reconocimiento. El suyo y el del maestro.
Geneviève conoce cada etapa del ritual. Primero, el péndulo, que oscila lentamente ante el rostro de Louise; sus ojos, azules e inmóviles; el diapasón, que suena una sola vez, y la adolescente, que cae de espaldas en los brazos de dos internos, que sujetan justo a tiempo su cuerpo letárgico. Con los ojos cerrados, Louise obedece todas las indicaciones; realiza, para empezar, movimientos sencillos: levanta un brazo, gira sobre sí misma, dobla una pierna como un soldadito disciplinado. Luego, posa tal como le piden, junta las manos para rezar, alza los ojos al cielo en actitud suplicante, imita la crucifixión. Poco a poco, lo que parecía una simple sesión de hipnosis se transforma en un gran espectáculo, «la fase de los grandes movimientos», anuncia Charcot. Ahora Louise está tumbada en el suelo, y ya no le ordenan nada. Se agita sola, dobla brazos y piernas, lanza el cuerpo a derecha e izquierda, se vuelve boca abajo y boca arriba, sus manos y sus pies se tensan y dejan de moverse, el dolor y el placer se confunden en su rostro, sus contorsiones van acompañadas de unos jadeos roncos... Cualquiera que fuese un poco supersticioso creería que está sufriendo una posesión demoníaca. De hecho, algunos de los presentes se santiguan con disimulo. De pronto, una convulsión la devuelve al decúbito supino, y su cabeza y sus pies descalzos empujan contra el suelo e impulsan hacia arriba el resto del cuerpo, hasta formar un arco desde el cuello hasta los tobillos. Su melena negra barre el polvo del estrado, mientras el esfuerzo le hace crujir la espalda, que forma una «u» invertida. Al final, como colofón a un ataque que le han inducido, Louise se derrumba con un ruido sordo ante las miradas atónitas de los espectadores.
Son pacientes como Louise quienes hacen avanzar la medicina y la ciencia.
Al otro lado de los muros de la Salpêtrière, en los salones y los cafés, la gente trata de figurarse cómo es la «unidad de las histéricas», como llaman a la unidad de Charcot. Se imaginan a mujeres desnudas corriendo por los pasillos, golpeándose la frente contra las baldosas, abriéndose de piernas para un amante imaginario, gritando como posesas día y noche. Describen los cuerpos de las locas sacudidos por convulsiones entre las sábanas, los rostros gesticulantes bajo los cabellos hirsutos, las caras de mujeres ancianas, obesas, feas, de mujeres a las que se hace bien en mantener apartadas, aunque no se sepa el motivo exacto, porque no han cometido ningún delito ni han hecho mal a nadie. Pensar en esas perturbadas despierta el deseo y alimenta los temores de quienes, burgueses o proletarios, se escandalizan ante la menor excentricidad. Las locas los fascinan y los horrorizan. Si esa mañana se dieran una vuelta por la unidad, se llevarían una gran decepción.
En el enorme dormitorio, las actividades diarias se realizan en un ambiente de calma. Varias mujeres pasan la fregona entre y bajo las camas metálicas; otras se lavan rápidamente con una esponja ante una palangana de agua fría; algunas, abrumadas por el cansancio y los pensamientos, y sin ganas de hablar con nadie, permanecen acostadas; otras se cepillan el pelo, hablan solas en voz baja u observan por la ventana la luz que baña el parque, en el que aún queda un poco de nieve. Son de todas las edades, entre los trece y los sesenta y cinco, morenas, rubias o pelirrojas, delgadas o gruesas, van vestidas y peinadas como irían en la ciudad y se mueven con pudor. Lejos del ambiente depravado con el que se fantasea fuera, el dormitorio se parece más a una casa de reposo que a un ala dedicada a las histéricas. El malestar comienza cuando se observa con atención y se repara en una mano cerrada y torcida, o un brazo tenso y apretado contra el pecho, o se ven unos párpados que se abren y se cierran al ritmo del aleteo de una mariposa, o permanece cerrado el de un lado, mientras el otro ojo no deja de observarte. Están prohibidos los instrumentos de viento y el diapasón, cuyos sonidos harían que algunas se desplomaran allí mismo en pleno ataque cataléptico. Una no para de bostezar; otra es presa de unos movimientos incontrolados; algunas lanzan a su alrededor miradas abatidas, ausentes o llenas de melancolía. De vez en cuando, el famoso ataque de histeria sacude el dormitorio, que disfrutaba de una calma temporal: en una cama o en el suelo, el cuerpo de una mujer se dobla, se tensa, lucha contra una fuerza invisible, se debate, se arquea, se retuerce, intenta escapar a su suerte, sin conseguirlo. Al instante, se forma un corro a su alrededor, un interno le aplica dos dedos sobre los ovarios, y la presión termina calmando a la loca. En los casos más graves, se le tapa la nariz con una gasa empapada en éter: los párpados se cierran y la crisis cesa.
Lo que predomina allí no son las histéricas bailando descalzas en los pasillos fríos, sino una lucha silenciosa y diaria en pos de la normalidad.
Varias mujeres se han juntado alrededor de la cama de Thérèse y la observan mientras teje un chal. Una chica joven con el pelo trenzado en forma de corona se acerca a la Tejedora, como la llaman todas.
—Ése es para mí, ¿verdad, Thérèse?
—Se lo prometí a Camille.
—Me debes uno desde hace semanas...
—Hace dos te regalé uno, y no te gustó, Valentine. Ahora te esperas.
—¡Qué mala!
La chica se aleja del grupo, ofendida. Ya no hace caso de su mano derecha, que se retuerce nerviosa, ni de su pierna, presa de unas sacudidas regulares.
Entretanto, Geneviève, acompañada de otra enfermera, ayuda a Louise a acostarse de nuevo. La adolescente, debilitada, aún tiene fuerzas para sonreír.
—¿Lo he hecho bien, señora Geneviève?
—Como siempre, Louise.
—¿Está contento conmigo el doctor Charcot?
—Lo estará cuando te haya curado.
—Veía cómo me miraban, todos... Voy a ser tan conocida como Augustine, ¿eh?
—Ahora descansa.
—Voy a ser la nueva Augustine... Todo París hablará de mí...
Geneviève cubre con la manta el agotado cuerpo de la adolescente, cuyo pálido rostro se duerme sonriendo.
La noche ha caído sobre la rue Soufflot. El Panteón, última morada de grandes personajes a los que se rinde tributo entre sus muros gruesos de piedra, vela desde lo alto sobre los jardines de Luxemburgo, dormidos al final de la calle.
En el sexto piso de un edificio, hay una ventana abierta. Geneviève contempla la calle tranquila, delimitada a su izquierda por la silueta solemne del monumento a los hombres ilustres, y, a su derecha, por el jardín de las estatuas, al que paseantes, novios y niños acuden desde primera hora del día para recorrer sus umbríos senderos y su verde césped.
Una vez finalizado
