El juicio

Luis Zueco

Fragmento

Prefacio

Prefacio

La práctica y el disfrute de las artes resulta particular y consustancial al ser humano. Así desde hace unos setenta mil años.

Una de las características principales que singulariza al género humano del resto de las especies es su aprecio del arte. Ha sido el medio, la forma y la fuente de expresión para representar de manera creativa los sentimientos, las emociones y las percepciones sobre el mundo que nos rodea. Ha ido cambiando en cada época por efecto de la moda, adaptándose, ampliándose y transformándose de acuerdo con la sociedad.

El arte posee la capacidad de influir en el modo en que las personas piensan, sienten y se relacionan entre sí. La ciencia investiga su empleo como terapia para aliviar la enfermedad. A través del arte se pueden expresar emociones y experiencias personales fomentando la imaginación, la empatía y la comprensión de diversas perspectivas. Es una poderosa herramienta para explorar la realidad en la que vivimos y nos invita a proyectar y construir el futuro.

El público es muy variado. Hay quienes viajan a la otra punta del planeta para visitar un museo de arte y también quienes, a pesar de vivir enfrente de uno, nunca han entrado aunque sea gratuito. Los hay que acceden con la devoción casi religiosa y los que solo quieren una selfi delante de una obra icónica. Mueve billones de euros al año en todo el mundo por diferentes vías desde el turismo hasta las subastas de obras o colecciones, y constituye una de las partes principales de la industria del lujo.

Nos preguntamos a veces: ¿qué es el arte?, ¿tiene alguna utilidad? Se han publicado millones de páginas e internet está a rebosar de estudios y opiniones sobre estas cuestiones. Una idea debe estar y ser clara: el arte es parte intrínseca de la humanidad.

Si alguna vez mis lectores tienen esta duda, visiten el Museo Nacional del Prado (o si no pueden, naveguen por su ejemplar página web, una de las mejores del mundo) y busquen al Bosco, a Tiziano, a Velázquez o a Goya. Quédense unos minutos contemplando una de sus obras, la que quieran. Obsérvenla bien, sin prisa. Luego, lean su explicación y vuelvan a mirarla. Imagínense que son gente de aquella época y entiendan qué pretendió su autor cuando la creó en su tiempo. O sigan sus magníficos directos en Instagram donde cada mañana se muestra una obra del museo antes de abrir sus puertas y que reflejan la transformación en la forma de comunicar el patrimonio cultural. O los de Patrimonio Nacional, el Museo Thyssen-Bornemisza, el Museo Goya y tantas otras instituciones que apuestan por este nuevo y exitoso modelo basado en el diálogo y la participación.

Y, por favor, lleven a los niños a los museos. Aunque sea poco tiempo, aunque les suponga esfuerzo. Denles esa oportunidad. Les aseguro que será un tiempo que valdrá su peso en oro en el futuro.

El arte necesita y vive en la libertad. Goya reivindicó tanto su papel de autor y de inventor de los Caprichos como el de la libertad necesaria para crearlos y difundirlos. El informe de Goya sobre el estudio de las artes y en especial sobre la enseñanza de la pintura que dirigió a la Academia, constituye uno de los textos teóricos más significativos de la cultura moderna. Como introducción a la novela hemos seleccionado una parte que resulta significativa y documenta lo que esta obra de ficción intenta transmitir sobre los Caprichos, una de las obras ejemplares de la historia universal del arte.

Que las Academias no tendrían que ser exclusivas o servir para cualquier otro fin que el de ayudar a aquellos que desean estudiar en ellas libremente. Se tendría que eliminar cualquier traza de servil sumisión de párvulos, reglas fijas, premios mensuales, ayuda financiera y cualquier otra pequeñez que degrada y afemina un arte tan liberal y noble como la pintura […]. Daré una prueba para demostrar con realidades que no hay reglas en la pintura y que la tiranía que obliga a todos, como si fuéramos esclavos, a estudiar del mismo modo y a seguir el mismo método, es un grave impedimento para los jóvenes que practican este difícil arte, más cerca de lo divino que ningún otro, ya que te deja conocer la creación de Dios. […]

FRANCISCO DE GOYA y LUCIENTES,

Informe dirigido a la Real Academia de Bellas Artes

de San Fernando

Madrid, 14 de octubre de 1792

HACE MAS DE DOSCIENTOS AÑOS EN MADRID,

FRANCISCO DE GOYA Y LUCIENTES,

PINTOR DE CÁMARA DEL REY,

ANUNCIA, EN LA PRIMERA PÁGINA DEL DIARIO MÁS

RELEVANTE DE LA CAPITAL, LA PUESTA A LA VENTA DE UN

LUJOSO LIBRO DE ESTAMPAS TITULADO LOS CAPRICHOS.

LAS DOS PRIMERAS SEMANAS DE VENTA SON UN ÉXITO.

SIN EMBARGO, GOYA LO RETIRA PARA SORPRESA DE TODOS.

NADIE CONOCE EL MOTIVO.

DURANTE LOS MESES SIGUIENTES,

EN LOS SALONES, LAS TERTULIAS, EN LOS CAFÉS Y

EN LOS MENTIDEROS DE TODA LA CORTE

SU CONTROVERTIDO CONTENIDO

COMIENZA A CORRER COMO LA PÓLVORA Y

A DIVULGARSE ENTRE CASI TODOS LOS ESTAMENTOS.

HAY QUIENES DESEAN HACERSE A TODA COSTA CON

UN EJEMPLAR,

PERO NADIE SABE DÓNDE CONSEGUIRLO…

Y, MUCHO MENOS, EL PELIGRO QUE CONLLEVA POSEERLO.

PRIMERA PARTE

Padre e hija

Capricho número 2: «El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega.»

1

Una familia ejemplar

Principios de 1800

Calle del Desengaño n.º 1, Madrid

Fuera está helando. Dentro, en el taller, Goya se agacha y echa más troncos a la estufa. Ha acabado un año fabuloso. Le han nombrado primer pintor de cámara, ha realizado los retratos de los reyes y se ha abierto la ermita de San Antonio de la Florida, que él ha decorado con absoluta libertad. Ahora, Su Majestad le ha encargado la obra más importante de su vida: un gran retrato de la familia real.

La encomienda esconde una trascendental intención dinástica y política, pues se colgará de manera itinerante en los muros del Palacio Nuevo, a la vista de los embajadores y las altas personalidades que acudan a las audiencias y actos que allí se celebren. Corren tiempos revueltos en Europa y Su Majestad, Carlos IV, es consciente de ello. La ejecución pública de sus primos los reyes de Francia y la presión de Napoleón, nuevo primer cónsul, hacen la situación especialmente peligrosa.

El retrato debe reafirmar el prestigio y poder de la Casa de Borbón en España frente a la influencia antimonárquica de la Revolución francesa.

El rey le ha expresado su deseo de que este cuadro represente a una familia moderna ejemplar, la familia modelo de todos los españoles y de todas las monarquías.

Pero esto no es lo que impide a Francisco de Goya conciliar el sueño. El insomnio es algo habitual para él. Por eso mientras su esposa y su hijo duermen, acude al taller y, ante la cálida llama de un candelabro, vuelca sus pensamientos en cuadernos de papel. Tiene la necesidad de plasmarlos y darles forma con el lápiz. Es la única manera de que, en cierto modo, cobren vida y abandonen su mente y así él pueda descansar.

La noche produce sombras que le atemorizan. Siempre ha temido la penumbra aunque, al mismo tiempo, ahora la desea. Prefiere los rostros angulosos o las muecas que se configuran al amparo nocturno. Le gusta que no le vean y poder mirar lo que le plazca. A veces incluso sale a horas intempestivas y cruza calles donde mendigos y prostitutas buscan monedas. Donde se camuflan nobles, curas y burgueses, que buscan saciar sus ansias de carne.

El mundo de la oscuridad es más real que el de la luz; hay menos mentiras, los vicios no se ocultan y las personas se muestran como realmente son. No hay destellos brillantes, ni hermosos paisajes ni decoradas fachadas ni lujos que distraigan. La realidad está desnuda ante los ojos, solo hay que atreverse a mirar.

Cuando todos duermen, él permanece despierto. La noche se está volviendo cada vez más su hogar, el día no le pertenece. Es propiedad de otros, de los retratos que le encargan, de las obligaciones de su puesto, de su esposa y de su hijo, de los frescos de la ermita y de ese cuadro de la familia real.

La noche es suya.

Suya y de sus sueños.

Envuelto en la oscuridad, no existen reglas ni límites. La libertad es absoluta y las artes deben ser ante todo libres.

A esas horas en su taller no hay nadie más, no quiere a nadie más.

Pero hoy es distinto, hoy no se libera de sus fantasmas.

Ha recibido una noticia inesperada: ha caído el secretario de Estado. ¡Otro más! Con el cambio de siglo la luz parece apagarse y vuelven las tinieblas.

La desigualdad, la miseria, los abusos y la ignorancia, ¡ay, la maldita ignorancia! Todas ellas campan a sus anchas por España.

Los monstruos de sus dibujos son reales, no evocan el infierno porque el infierno está aquí, en España. A la vista de todos, aunque pocos lo ven. O no quieren verlo. Sin embargo, él no puede evitarlo. Hasta cuando cierra los ojos está ahí.

Por eso lo ha mostrado, les ha puesto un espejo ante el que mirarse, para que juzguen sus actos.

¿Y qué ha ocurrido?… Que le han juzgado a él y ahora siente la soga alrededor de su cuello.

¿Nadie va a reaccionar? ¿Ya no queda nadie en este país que vaya a intentar cambiar las cosas?

¿Solo él?

No, no puede arriesgarse más. Debe pensar en su mujer, en su hijo…

¿Será suficiente con lo que ya ha hecho para salvarlos?

Tomó una dura decisión, quizá la más difícil para un artista como él. Era eso o perderlo todo, absolutamente todo.

Decidir entre su familia y su arte, o entre lo que le dicta el corazón… y la razón.

La llama de la vela se mueve levemente, no está solo. Su sordera le impide oír el crujido de la puerta, las pisadas y el suspiro.

Pero distingue una sombra que se acerca.

Se alarma.

Deja el lápiz sobre la mesa. ¿Será real o es su imaginación?

Nota cómo se aproxima; cada vez está más cerca. Es como si escuchara los pasos.

Ahora teme por él, por su vida y por la de su familia. No son pesadillas, no. Es tan real que le aterroriza, está en peligro.

Aún puede salvarse, así que se revuelve y se levanta rápido.

—Francisco…, ¿qué ocurre? —dice una voz de mujer que no percibe.

—¿Josefa?

—Pues claro que soy yo, ¿quién va a ser si no?

Entonces siente las palabras como una vibración familiar, que no necesita oír para entender.

—Es muy tarde, vete a dormir.

Josefa tiene razón, como siempre.

Porque en este año que ha concluido, también ha publicado un libro. Y ya se lo advirtió Josefa: «No publiques los Caprichos», le dijo. Pero él no le hizo caso, todo lo contrario. Pagó un anuncio en la primera página del Diario de Madrid para que todos corrieran a comprarlo. Y ahora… Ahora tiene miedo.

Sí, Francisco de Goya, pintor de cámara, está aterrado.

Sin embargo, aún cree que hay esperanza. Y se pregunta ¿qué está dispuesto a sacrificar él por sus ideales, por su arte?

He ahí la cuestión.

2

Veracruz

En el puerto de Veracruz, en Nueva España, el sol cae a plomo haciendo brillar las piedras húmedas del muelle como si fueran espejos encendidos. El olor a salitre se mezcla con los gritos de los cargadores y el graznido de las gaviotas. A lo lejos, una fragata española se prepara para zarpar. En la explanada, entre comerciantes, marinos y pasajeros, el señor Diez, un hombre de bigote afilado y ojos vivísimos, camina a paso ligero, seguido por una joven de rostro inquieto, tez clara y mirada profunda. Ella se cubre el rostro con un rebozo oscuro cuando ve que un grupo de soldados se acerca a la zona de embarque revisando documentos, interrogando. Pero su padre, en cambio, luce tan tranquilo que parece estar paseando por su propia casa.

—Anima esa cara, hija —le pide con media sonrisa torcida.

—¿De verdad es buena idea huir?

—No estamos huyendo. Estamos de viaje, ¿entendido?

Angélica asiente; sabe que su padre disfraza todo con chanzas, pero la realidad es la que es. La Inquisición mandó una carta y ellos no se han presentado, así que…

—¿Y si no funciona, padre?

—Tú déjame a mí, hija. La clave está en la labia, la presencia. —Se estira el chaleco, se alisa el bigote y acomoda su sombrero de tres picos—. Allá vamos, será sencillo.

—Más bien temerario… —murmura sin que le oiga.

La fragata Nuestra Señora del Carmen parte aquella misma noche rumbo a Cádiz con un cargamento de azúcar, cacao y tabaco. Pero cuando han preguntado en una taberna, les han dicho que ya no hay plazas.

«Y mucho menos para dos fugitivos», piensa ella.

Y, sin embargo, ahí están.

Cosas de su padre…

—Hija mía, un poco más de fe en tu padre. Y, por cierto, tienes ante ti al doctor Sebastián de Haza, cirujano del departamento de Baja California. Y tú… eres mi ayudante particular.

—¿Qué…? ¿Qué dice? ¿Está usted loco, padre?

—Don Sebastián —la corrige y levanta el dedo índice—, acuérdate.

El plan es tan disparatado como todos los que él traza. Desde niña, su padre solía llegar a casa con una idea nueva o una propuesta de negocio. Siempre optimista y dispuesto a hacerlas reír. Con esa habilidad que tiene para engatusar a la gente siempre con un buen fin. Disfrazado con una sonrisa, logra vender cualquier cosa.

De esta guisa se presenta en la oficina del puerto, con el pecho inflado y una seriedad más propia de un sepulturero.

—Soy cirujano y ella es mi ayudante. Trabajo para la Real Audiencia de México y deseo embarcar en esa fragata —dice señalándola con toda la indiferencia posible.

El encargado del embarque, un hombre sudoroso y aburrido, alza una ceja.

—¿Y tienen pasajes?

—No, ha sido decisión de última ahora, después de lo que ha sucedido… —comenta en tono alarmante—. Bueno, ya sabe usted.

—¿Saber qué? —pregunta de malas maneras.

—Pues… ya lo sabe. Le habrán puesto al corriente de la situación, ¿no?

—A mí nadie me ha dicho nada de nada.

—Ah, entonces olvide lo que le he comentado. Eso sí, debemos embarcar, así que si me hace el favor de darnos unos billetes…

—Eso es imposible. —El encargado no sale de su asombro—. Ya se lo he dicho, no hay sitio… Pero ¿qué ha pasado?

—No puedo decírselo —niega con la cabeza—. Es esencial que embarquemos en ese navío. De lo contrario hay que dar orden de que no abandone el puerto y habrá que… cerrarlo, claro está. —Y se alisa el bigote con tranquilidad.

Angélica asiste atónita y en silencio.

—¿Cerrar el puerto? ¿Qué demonios está diciendo?

—¡Shhh! ¿Está loco? No puede cundir el pánico —le susurra—. Mire… ¿puedo confiar en usted?

—Por supuesto.

—Bien, bien. No debería decírselo, pero… —dice haciéndose el interesante—. Tengo que embarcar en el navío porque se sospecha que…

—¿Qué?

—Pues que puede haber algún contagiado de fiebre amarilla entre los tripulantes. Debo vigilar los posibles síntomas y actuar en consecuencia. De lo contrario, la situación en alta mar podría ser dramática.

Al encargado del embarque le cambia el semblante y le sube un sudor frío por la espalda que amenaza con hacerle desfallecer y que le impide articular palabra.

—¿Acaso quiere usted clausurar este puerto? —insiste el señor Diez sabedor de que ya tiene a su presa y no piensa soltarla—. O peor aún, ¿quiere poner en riesgo la salud de los tripulantes del navío permitiendo que llegue a España y que un brote se extienda allí?

—No, no, claro que no.

—Pues vamos, ¿a qué espera? ¡Los billetes!

—Sí, sí… Por supuesto, doctor. Les daré paso de inmediato.

Esa noche embarcan con prioridad, incluso les dan un camarote privado. El señor Diez recorre el barco simulando auscultaciones, preguntando por erupciones recientes y recetando agua con limón como si fuera un ungüento milagroso. Los marinos lo miran con recelo, pero no lo contradicen. Nadie se atreve a llevarle la contraria.

—Padre —le susurra Angélica mientras navegan—, ¿cómo sabía que no habría un cirujano a bordo?

—¿Yo? No lo sabía.

—¿Y si averiguan que no tiene conocimientos de medicina?

—¿Por qué te crees que me recorro la cubierta recetando agua con limón? El viaje dura unas ocho semanas, ya sería mala suerte que se me muriera alguien, ¿no?

—Padre… pero ¿y si nos descubren?

—Entonces inventaremos otra historia. Los Diez siempre caen de pie, no lo olvides —le dice con una amplia sonrisa bajo su bigote—. Ahora debemos pensar en el futuro, hija.

—¿Y madre?

El señor Diez suspira y la mirada se le llena de una infinita tristeza.

—En ella también, pero… hay que mirar hacia delante, no lo olvides nunca.

3

El inquisidor

Fray Bartolomé de Castro no es un hombre que alce la voz. Ni lo necesita. Su autoridad se respira como el incienso, envolvente, sutil y asfixiante. De estatura media, complexión delgada y ágil, se desliza como si el suelo lo conociera. Sus pasos no hacen ruido: ni un crujido en la madera, ni un roce en las losas. Viste envuelto en su sotana negra, que apenas acaricia el aire al desplazarse, y con un sombrero de grandes alas recogidas en forma de teja. Sus manos, siempre a resguardo dentro de las mangas, se mueven con lentitud medida, como si cada gesto estuviera estudiado para no alarmar ni perturbar.

Su rostro es de facciones finas, casi nobles, con una leve palidez de quien pasa más tiempo entre archivos y celdas que bajo el sol. Los ojos, grises y tranquilos, poseen sin embargo un brillo difícil de sostener. Parece que, al mirar, no observa lo exterior, sino que busca directamente el pensamiento que uno desea ocultar.

Cuando entra en una sala es como si ya llevara allí un rato.

Habla poco, pero cuando lo hace su voz es baja, grave, cálida, bien modulada, con una dicción exquisita. Podría decir algo terrible sin apenas mover la comisura de los labios.

Ha estudiado en la Universidad de Salamanca, por supuesto domina el latín, pero también el griego y el hebreo bíblico, lo que lo hace especialmente culto, y domina los escritos de los padres de la Iglesia. Es un hombre cultivado, apasionado de los aforismos. Para él es la forma en que grandes pensadores se han expresado durante milenios; es poesía que, de líquida, se ha convertido en sólida.

También lee a los ilustrados, con el convencimiento de quien quiere conocer al enemigo para vencerlo.

Porque sí, esas nuevas ideas son un peligro.

¿Qué han conseguido en Francia?

Sufrimiento, cortar la cabeza de un rey… y el caos, un año de violencia extrema en el que miles de personas han sido ejecutadas, acusadas de ser contrarias a la revolución o de oponerse al nuevo gobierno del pueblo. Después cometimos el error de aliarnos con los franceses y entrar en guerra con Gran Bretaña, lo que solo ha traído penurias a España.

Y ahora… Ahora se ha producido un golpe de Estado en Francia y ha subido al poder un advenedizo: Napoleón.

«Para este viaje no hacían falta alforjas», piensa él.

España no puede caer en el mismo error.

Hay que impedirlo y por eso es tan importante que la Santa Inquisición vuelva a erigirse como guardiana de buena conducta de los españoles y preservarles del contagio de las nocivas ideas francesas.

Cuando fray Bartolomé dice esto, lo más inquietante de sus palabras es su tono. Porque nunca parece enfadado.

En la penumbra del despacho se inclina sobre una mesa repleta de legajos recién llegados de Francia. El sello de la aduana aún está fresco en algunos pliegos. Los abre con dedos cuidadosos, casi reverenciales, como quien desarma un valioso reloj de sonería. Sus ojos, fríos y atentos, recorren las páginas en las que aparecen los nombres de autores prohibidos: Rousseau, Voltaire, Diderot… Y junto a ellos, vocablos que respiran insumisión, que hablan de libertad y de repúblicas.

Suspira y se recuesta en su sillón de madera oscura. Para él, cada una de esas líneas es un veneno que se infiltra en la sangre de Europa y amenaza con llegar a España. Piensa en las cabezas que rodaron en París, en la guillotina devorando a reyes y nobles, en el desconcierto que siguió al rugido de las multitudes.

Ese caos representa la verdadera bestia: desorden, sufrimiento, hijos huérfanos, iglesias profanadas. Y está convencido de que su deber es contenerlo.

—Defender la fe, defender al rey, defender el orden —murmura para sí, mientras acaricia la tapa de un manuscrito recién confiscado.

Cree en lo que dice. En su interior, se ve como un pastor que protege su rebaño de los lobos. Quiere mantener a salvo al pueblo de las ideas que, según él, solo traerían el caos.

Vuelve a inclinarse sobre los papeles y traza anotaciones rápidas en los márgenes: «Peligroso», «Antimonárquico», «Debe destruirse». Cada marca constituye un golpe contra la revolución, una muralla levantada en defensa de los Borbones. Su pluma se mueve firme, sin titubeos, con la serenidad del que se siente justo.

El progreso es una ilusión venenosa. Solo la tradición, el orden y la obediencia al rey garantizan la paz. Y mientras dobla cuidadosamente los informes para archivarlos, se convence una vez más de que la Inquisición es el escudo de España contra el mal.

En sus ojos, brillantes bajo la luz de la lámpara de aceite, no hay rastro de duda. Solo la certeza de un hombre que cree estar salvando al pueblo del caos.

Fray Bartolomé se inclina de nuevo sobre el escritorio. Ha pasado horas revisando nombres y títulos, clasificando manuscritos, ordenando la amenaza palabra por palabra. Sus dedos se ensucian de tinta y de polvo, pero no le importa: cada mancha es una señal de que ha cumplido con su deber.

De pronto un pliego mal doblado resbala de la pila y cae al suelo. Lo recoge, alisa el papel y lo abre con calma. Sus ojos leen en silencio, pero al avanzar su ceño se frunce. El informe no habla de Rousseau ni de Voltaire, sino de algo distinto, algo más cercano: «Francisco de Goya y Lucientes. Pintor de cámara de Su Majestad. Autor de una serie de estampas titulada los Caprichos».

Goya otra vez. Lo ha oído tantas veces.

No se trata de un agitador, es alguien cercano a los reyes. Eso le inquieta. Si un pintor de cámara se atreve a difundir sátiras, críticas o imágenes que puedan ridiculizar el orden social… la amenaza no es ya un veneno que llega desde Francia, sino una semilla que brota en la propia tierra de España.

Fray Bartolomé se acaricia la barbilla, pensativo.

—Las artes… —murmura—. Peligrosas cuando se convierten en arma.

Se inclina más sobre el texto, lo lee con detenimiento. Los informes hablan de figuras grotescas, de escenas moralizantes, de enjuiciar y reprobar al clero y a la nobleza. Algo en su interior se remueve. No es odio, es preocupación.

La otra noche estuvo cerca de conseguir un ejemplar de ese terrible libro.

Fray Bartolomé apoya los codos sobre la mesa y fija la mirada en el nombre subrayado: Francisco de Goya. Vuelve a leer la breve nota: «Estampas tituladas los Caprichos. Retiradas de la venta poco después de su publicación».

Ese detalle es el que más le inquieta. Retiradas. Es decir, alguien avisó a Goya, por lo que hay un traidor dentro de la propia Inquisición. Mejor dicho, hay bastantes, y el peor de todos es el comisario de corte, pero ese caerá pronto. Resulta innegable que la semilla del caos siempre encuentra rendijas por donde infiltrarse.

Ahora los ejemplares circulan en secreto, ocultos en gabinetes privados, quizá en manos de nobles o de algún ministro curioso.

«Pero ¿y si llegaran a salir de España?», se plantea. Fray Bartolomé aprieta los labios.

Las consecuencias pueden ser devastadoras.

«Sin pruebas, no hay proceso», piensa.

Necesita las estampas. Pero Goya, astuto, las retiró con rapidez, como quien esconde un arma antes de que lo descubran.

El inquisidor se levanta y da unos pasos por el despacho, las manos cruzadas tras la espalda. Se mueve en círculos, con la sotana arrastrando en el suelo de piedra. Piensa en sus contactos, en sus informantes. Piensa en las librerías que han traído libros prohibidos desde Francia y en los confidentes que susurran en las tabernas. Alguno, en cualquier rincón de Madrid, debe de haber visto un ejemplar.

«No basta con rumores —cavila para sus adentros—. Necesito el libro. Necesito atraparlo, como quien atrapa a una serpiente antes de que muerda e inocule su letal veneno».

Su preocupación crece, pero también su resolución.

Con la pluma escribe al margen del informe: «Prioridad: localizar ejemplar de los Caprichos. Activar red de familiares».

La tinta aún brilla húmeda. Fray Bartolomé se sienta de nuevo y respira hondo. Goya ha sido hábil, sí, pero él lo será más.

4

Cádiz

Itzel viste de blanco, dicen que es el color de los inicios. Eso es lo que busca desde la proa de aquel barco, un nuevo comienzo.

Ha recorrido un océano para huir de su pasado, solo el tiempo dirá si ha sido suficiente. De su cuello cuelga un camafeo de obsidiana que perteneció a su madre. Lo acaricia. Tiene forma de busto de mujer y es brillante y oscuro; el único recuerdo que porta consigo.

A pesar de su sangre mestiza, su piel no es cobriza. Ella es una joven de pelo azabache y liso hasta la cintura, aunque a menudo lo lleva recogido en un moño bajo atado con una cinta. Hoy luce parte del rostro cubierto por un rebozo de algodón crudo heredado de su abuela.

A partir de su llegada a España, debe ser una nueva persona. Por eso ya no usará el nombre que le dio su madre, sino el que le puso su padre.

Ella es ahora Angélica Diez.

Se lo ha prometido a él, que la acompaña fiel a este destierro que se empeña en denominar «futuro».

Pero ¿puede haber un futuro sin pasado? ¿Cómo ser quien no eres?

—Con disciplina y esfuerzo —le había respondido su progenitor.

Lo que siente en este momento no es amargura, tampoco enfado. Se trata más bien de un desconcierto que se ha apoderado de su ser y del que no consigue desprenderse, por mucho que lo intente. Y no siente nada más, a decir verdad, no hay demasiado que sentir cuando te lo arrebatan todo. ¿El dolor? Ni siquiera eso experimenta, pese a que cree que aparecerá, ¡ha de hacerlo! Aunque para sentir dolor hay que tener rabia. Y ella no la tiene, pero sí pena. La pena es lo que la define ahora mismo. Pena por irse, pena por lo que deja, pena por ella, por su padre, pena por lo que pudo haber sido y nunca será. Pena por el pasado, pero también por el futuro.

Pena, penita, pena.

Están los dos solos en este mundo, no tienen a nadie más. Deben mantenerse unidos y aferrarse a lo que les queda. A sus veinticuatro años, ya debería haberse casado, pero el tiempo pasa y sigue soltera; se acerca al peligroso límite en el que ya ningún hombre querrá desposarla.

Su padre no para de recordárselo. «Tienes que casarte, ya deberías tener hijos…». En el fondo no le falta razón.

Nunca ha estado en España, ni en ningún otro lugar de Europa.

Se pregunta si será tan fácil empezar una nueva vida en el Viejo Mundo. Su padre sí nació en el continente, en Vizcaya. Pero ella no se le parece en nada, Angélica es la viva imagen de su madre. Una criolla descendiente de gobernantes de reinos perdidos. Lo lleva en su sangre, una sangre mestiza, un linaje que debe perpetuar. Angélica vive con un enorme volcán de frustración y rabia en el corazón, ese volcán la acompaña desde pequeña. Ha crecido conviviendo con él. Ha tenido momentos mejores y peores, pero ahora que se han marchado de su tierra la pena está a punto de rasgarle el pecho.

Sopla un viento cálido cuando desembarcan en el puerto de Cádiz, que posee el monopolio que ostentó Sevilla antaño y que se ha convertido en cabecera del comercio indiano. Porque ahora resulta inviable atravesar la desembocadura del Guadalquivir, colmatada por aluviones, unido al mayor tonelaje de los galeones y su creciente volumen.

Eso le ha contado su padre, Antonio Diez, un hombre que no destaca por su físico, delgado, de escasa estatura, con el cabello blanquecino y las orejas grandes. Él sobresale por lo astuto y pillo que es. Y por un optimismo inquebrantable.

Itzel… o Angélica, como debe llamarse desde ahora, pone pie en tierra firme. Viene desde Nueva España, desde la Ciudad de México. Si bien su pasado aún es más lejano ya que procede de las montañas de Oaxaca, de los templos deshechos por los siglos, del silencio de las cuevas donde las abuelas todavía rezan a escondidas en lengua zapoteca.

Pero todo esto quedó muy atrás.

—¡Qué ciudad, Angélica! ¡Qué ciudad! —El señor Diez está embelesado con Cádiz.

Un hombre emprendedor y entusiasta como él se percata súbito de que es una urbe en la que circula mucho dinero, donde los temas de conversación a menudo tratan sobre el comercio y sus beneficios. En Cádiz hay tres teatros y más de treinta cafés, que son lugar de reunión y de tertulias literarias. Sabe que ya ronda los cien mil habitantes, gentes todas ellas atraídas por el auge económico de la ciudad y por ser su puerto uno de los más relevantes del mundo. Los extranjeros, de nacionalidades muy diversas, han hecho de Cádiz una urbe cosmopolita. Hay numerosas colonias de italianos, de franceses y de flamencos, incluso circulan libros y cuadros británicos, algo impensable más al norte de España.

La ciudad se halla protegida por una colosal muralla perimetral que la cierra por los cuatro frentes. Asentada en una pequeña península unida a tierra firme por un estrecho istmo, que es poco más que un cordón de tierra. Con los fuertes vientos, de levante y poniente, que la azotan con frecuencia. Al fin y al cabo, es un espolón frente a las aguas del Atlántico.

Los primeros días en Cádiz transcurren en el puerto, repleto de talleres, almacenes, oficinas y un sinfín de negocios relacionados con asuntos mercantiles. Se han enterado de que su ingente actividad ha despertado los recelos de emporios portuarios tan significativos como Londres o Rotterdam. Con especial éxito del comercio de azúcar, cacao y tabaco.

Con esto último es con lo que el señor Diez confía en hacer negocio. Fumar es una afición que se ha extendido por Europa desde hace un siglo, pero ahora hay que añadir que se ha puesto de moda consumir tabaco en formato rapé, que se inhala por las fosas nasales.

En cambio, para ella España es un mundo nuevo que explorar. Cádiz se recorre rápido y su auge ha saltado sus murallas. Así que un día llegan a la vecina isla de León, donde destaca la escuela de guardiamarinas. En la isla también se ha fundado el Real Observatorio, convertido en el meridiano cero de las cartas de navegación españolas y de numerosos países, excepto de los ingleses que se empeñan en imponer uno llamado de Greenwich al que se le augura poco futuro.

Al recorrer sus calles y conocer las principales instituciones de la ciudad, lo que a Angélica más le llama la atención es la Escuela de Nobles Artes. Ella dibuja desde niña, herencia de su querida y malograda madre que era una apasionada de las artes.

Al entrar se queda maravillada ante una colección de esculturas clásicas.

En Nueva España oyó que la Academia de San Carlos en México poseía una colección magnífica, pero nunca llegó a verla.

—Se trajeron desde la propia Roma. Solo el transporte costó una fortuna —le explica un trabajador de la escuela.

Para ella Roma es solo un sueño imposible.

Observa las esculturas, ¡parecen cobrar vida! ¿Cómo es posible hacer algo tan perfecto? ¿Cuánto tiempo llevaría esculpirlas?

—La pregunta adecuada es para qué.

—¿Cómo dice, padre?

—¿Por qué crees que las hicieron?

A Angélica no se le ocurre una respuesta que a ella le conforme.

—Tu madre decía que eso son las artes.

—¿El qué?

—Preguntas, hija, preguntas.

—¿Y las respuestas, padre?

—En eso yo no puedo ayudarte, nunca las he encontrado.

Desde que han llegado, su padre está tramando algo y llega el día en que decide llevarlo a la práctica.

Demasiado tardaba.

Se planta en medio de una de las plazas de Cádiz con una caja de madera que ha pintado con letras doradas: «La Flor de Nueva España – El mejor tabaco del mundo».

Angélica se lleva la mano a la frente.

—Padre, por favor, ¿no íbamos a pasar desapercibidos?

—¡Desapercibidos pasan los mediocres! Nosotros brillamos, hija.

«Ya estamos», piensa ella.

—¿Han probado ustedes alguna vez tabaco cortado a mano por monjas criollas de Jalapa, mientras rezan el rosario en latín?

Lo vende a precio de oro, y habla con tal convicción que un par de curiosos se acercan.

—¡Huele raro, buen hombre!

—¡Claro que sí! Porque es aroma bendito, propio de virreyes.

Y consigue venderles media docena.

—Padre, nos van a detener —le susurra Angélica—. Esto no está bien.

Lo que en realidad ocurre es que hay muchos comerciantes en Cádiz y los vendedores ambulantes están mal vistos. Así que la venta no prospera. Al final de la semana, el único negocio cerrado es el estómago de ambos. Sentados en un banco frente al puerto, viendo alejarse un bergantín, el señor Diez suspira.

—Está claro. Cádiz no nos merece. Tendremos que buscar gloria en otro sitio.

—¿Dónde? —pregunta Angélica, derrotada.

—¡Madrid! La capital, la corte. Madrid, Madrid… Madrid.

El señor Diez se levanta con brío, como si acabara de cerrar una lucrativa venta y no de fracasar en su décimo intento del día. Angélica sonríe, entre resignada y divertida. Sabe que, si algo tiene su padre, es que nunca se cansa de intentarlo.

Él la hace incorporarse y tararea de nuevo la musiquilla mientras bailan frente al océano.

—Madrid, Madrid… Madrid.

Y Madrid, quiera o no, va a tener que escucharlo.

5

Moratín y Goya

A Leandro Moratín todo el mundo le conoce solo por su apellido, para diferenciarlo de su padre, hombre de letras como él. Es lo que tiene compartir profesión con tu progenitor. Así que él también acostumbra llamar a sus amigos y conocidos por su apellido, pues donde las dan las toman. Moratín es persona de complexión delgada, rostro alargado y mirada viva. Sin duda su rasgo más peculiar radica en su nariz prominente, que su buen amigo Goya ha disimulado en un retrato que le hizo el año pasado.

Es la viva imagen de vestir a la moda, con una mezcla de discreción burguesa no exenta de elegancia. Nada de pelucas empolvadas. El cabello natural suelto, a ejemplo de los revolucionarios franceses, y la casaca marrón, con corbatín negro.

Autor de comedias, enemigo de la ignorancia, compañero de libros, de tertulias ilustradas y de los cafés donde se discute con la misma pasión de toros que sobre los cambios del gobierno de Francia.

Una de las aficiones que más le apasiona es ir a la fonda San Sebastián, verse allí con conocidos y dar buena cuenta del vino que sirven. En estos bajos abovedados fundó su difunto padre una de las primeras tertulias literarias de Madrid, donde más allá de las simples conversaciones se intenta contribuir a impulsar la cultura, a renovar la poesía y a modernizar el teatro. El dueño de la fonda ha colocado en las paredes del recinto letreros como PROHIBIDO HABLAR DE POLÍTICA y SOLO SE PUEDE HABLAR DE TOROS, TEATRO, VERSOS Y COSAS DE AMOR, que los contertulios no respetan muy a menudo, todo sea dicho.

Aquí conoció a Goya, aunque el pintor ha abandonado las tertulias desde que se quedó sordo; pero no el buen vino. Así que suelen quedar para solucionar España. El pintor entra erguido y con paso firme, con un sombrero alto, de los que se ven pocos y que le otorga un aire singular.

A ambos les unen muchas cosas y una de ellas es la pasión por la moda.

—¿Qué? —le pregunta Goya al darse cuenta de la forma en que le mira.

—Nada… Bueno, es que ese sombrero…

—¿Qué le pasa?

—Pues que es muy moderno. Todo el mundo lleva tricornios o bicornios, pero esto… —dice, y lo mira de reojo cuando lo deja sobre la mesa.

—El futuro, amigo mío, el futuro. Un sombrero dice mucho sobre quien lo porta.

—No sé qué pensar del futuro, la verdad. Antes creía que iría a mejor, pero ahora… corren malos tiempos —se lamenta Moratín mientras rellena los vasos de vino.

—El progreso pasa por abandonar las estructuras caducas del Antiguo Régimen y abrazar los ideales de la Ilustración. Eso es irrenunciable, ese es el futuro —pronuncia Goya con esa voz enérgica que posee.

Y el dueño de la fonda los regaña.

—En Nochevieja casi entra la Santa, así que anden ustedes con ojo. No quiero líos.

Goya y Moratín beben un vino de San Martín de Valdeiglesias que calienta y no rasca la garganta.

A pesar de sus cincuenta y cuatro años, Goya mantiene una presencia imponente, no solo por su elegancia, sino por su carácter y la vitalidad contenida que desprende. Muchas veces, Moratín piensa que irradia algo inquietante, como si su genio no cupiera en su cuerpo. Lo que más destacaría el dramaturgo de su amigo es la energía que emana de él; Goya es como un manantial inagotable de ella.

—A mí no me tienes que convencer. —Moratín sabe que si exagera el movimiento de sus labios y se ayuda del alfabeto manual que Goya le ha enseñado, pueden entenderse sin escribir—. Pero estamos volviendo para atrás.

Goya balancea la cabeza.

—Sí, y lo sabes. —Le mira con esos ojos vivaces que Moratín tiene sobre su prominente nariz.

—Quiero que me ayudes.

—Miedo me das, espera —dice, y da otro sorbo al vaso de vino—. A ver, ¿qué se te ha ocurrido ahora?

—Los Caprichos.

—¿Vas a ponerlos de nuevo a la venta?

Goya niega con la cabeza.

—¿Y dónde están los ejemplares que no vendiste? Porque en tu casa no los has guardado, eso seguro. ¿Cuántos son? ¿Doscientos?

—Se despacharon veintisiete en menos de dos semanas, además de los cuatro que vendí a los duques de Osuna antes de anunciarlos, y nueve más a amigos como tú.

—Así que… —Moratín hace la suma mentalmente—, te quedan la friolera de doscientos sesenta ejemplares —pronuncia a la vez que lo escribe en la libreta que lleva consigo siempre Goya, para no llamar la atención en la fonda con tantos gestos—. E imagino que las láminas de cobre pueden tirar miles si hace falta, ¿no?

—En efecto —responde el pintor.

—Tus estampas pueden seducir a cualquiera que las contemple, no importa el estatus social, su cultura, o incluso la nación a la que pertenezcan. ¡Hay tanta información en tan poco espacio! Es más, yo me atrevería a decir que incluso son intemporales. Ácronos —espeta el poeta, muy amigo de latines y palabras griegas.

Goya no ha entendido el palabro.

—Estoy convencido de que saltarán a otras épocas que están por venir.

—Eso me da igual, es aquí y ahora cuando deben influir. Los ideé como un juego, para que quienes los contemplen tengan el aliciente de esforzarse y así logren entenderlos.

—Sí, lo sé. Es el texto el que ilustra a la imagen y no al revés. ¿Y qué quieres hacer ahora?

—No puedo volver a poner a la venta los Caprichos, pues vendrían a por mí. Pero podemos hacer otra cosa.

—¿Podemos?

—Sí, podemos —resopla Goya.

—Venderlos en secreto, ¿es eso?

—No, no es eso —replica, y ambos beben—. La leyenda que escribí con tu ayuda debajo de cada estampa no aclara la imagen, es parte del mensaje. Las concebimos como una misma obra. No la explican.

—Claro que no. Atacas sin piedad a la nobleza rural e improductiva, al propio pueblo, ignorante, y al clero hipócrita. Eso no podemos ponerlo por escrito, las frases no tienen ese objetivo. Y aun así… te expusiste demasiado —le avisa Moratín.

—Cada uno tiene que hacer lo que pueda para cambiar las cosas.

—Sí, eso ya lo sé. Y esa calculada ambigüedad no ha escondido que uno de los blancos de tus críticas fuera la Inquisición. Aún me inquieta que te puedan llegar a juzgar.

—Yo creo que el peligro ha pasado, si no el rey no me hubiera nombrado pintor de cámara y subido el sueldo a final del año pasado. Por eso te propongo ir un paso más allá.

—¡Qué! —exclama Moratín que cree que se han invertido los papeles y es él el que no oye bien—. ¿Más allá?

—Sí.

—Te está afectando el vino, amigo mío. Aunque seas el pintor del rey, cada vez quedan menos ilustrados en el gobierno y se avecinan tiempos oscuros —insiste Moratín, cuya preocupación no puede ocultarse en la mirada.

—Razón de más para luchar contra ellos.

—Y nadie desea que le persiga la Inquisición.

—Yo tampoco, ¿qué te crees?

—Entonces ¿qué demonios pretendes? —le inquiere Moratín.

—¡Que hablen! Ha llegado el momento de hacer que mis estampas hablen, ¿entiendes? Con un lenguaje popular, directo y… hasta vulgar si hace falta. Amigo Moratín, te necesito para hacerlo posible.

—Ahora el que va a necesitar más vino soy yo.

6

La Academia

Acurrucarse entre las mantas de la cama y quedarse dormido mientras se escucha la lluvia caer fuera sin duda es uno de los mayores placeres de la vida. Sin embargo, no es así para todos. Al señor Diez le gusta madrugar y salir antes de las primeras luces, incluso en días grises como este.

Han encontrado hospedaje en la calle de San Bernardo, cerca de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat. Es una calle muy buena, puesto que tiene un convento nuevo, de las Salesas Reales; el Palacio de Justicia y el del marqués de Santa Cruz.

Caminar por las ciudades es algo que hemos hecho desde su nacimiento. No obstante, él lo hace de una manera distinta, ya que camina para explorar e indagar. Cree que es una habilidad para la que es necesario pasar desapercibido, poseer una sensibilidad por los detalles y un afilado instinto de curiosidad. Se podría pensar que es un holgazán o incluso una especie de vagabundo, aunque nada más lejos de la realidad.

El señor Diez anda erguido, coronado por su sombrero de tres picos. Convencido a pies juntillas de que cualquier cosa que se lleve sobre la cabeza, tanto si crece de forma natural como si no, es un signo de la mente que hay debajo.

Madrid es la corte y él quiere conocerla, solo así podrá prosperar en ella. Se ha percatado de que es una ciudad de contrastes, de luces y de sombras. De riqueza y de pobreza. En una calle espléndidos palacios, en la siguiente hospicios y conventos atestados de mendigos y desheredados. El señor Diez nunca había visto tantos pobres juntos y tampoco tantos grandes ricos. Y entre ellos una maraña de funcionarios y comerciantes con anhelos de medrar.

—Aquí se respira aire de corte, así que nada de nostalgia. Si nos tenemos que arrepentir de algo es de no haber venido antes —le dice a su hija Angélica.

Cuando la mira ve a su madre. Su mismo fuego interior oculto y los ojos oscuros como la obsidiana. El cabello espeso, largo, aunque lo oculte en un moño para pasar desapercibida.

Le maravilla la iluminación de las calles de Madrid. «¡Qué avance! ¡Qué progreso!», piensa. Aunque a esas horas algunos de sus faroles ya han consumido el aceite. Caminar también le resulta útil para reflexionar sobre aquello que va a realizar ese día; es un tiempo durante el cual ejercita la mente y se le ocurren ideas de lo más variopintas.

Con sus paseos ha descubierto que en Madrid hay nuevos palacios que le llaman la atención. Sin embargo, lo que más le cautiva es el paseo del Prado, con sus fuentes monumentales. Al señor Diez le fascinan las fuentes, las considera un símbolo de la modernidad. Y en el paseo del Prado hay hasta tres: Cibeles, Neptuno y Apolo.

Se ha apropiado de una publicación anual, la Guía oficial de España, una especie de directorio de la estructura organizativa de la nación y que destaca por indicar quiénes ostentan los cargos políticos y funcionariales. Para el señor Diez se ha convertido en la Biblia y se la está aprendiendo de cabo a rabo.

Se esfuerza en conocer cada institución y quiénes son los hombres que toman las decisiones, convencido de que esa información le será útil para sus propósitos.

Aquel día deambula durante casi tres horas y cuando regresa por la calle de Alcalá se percata de cierto revuelo de gente en la entrada de un edificio singular y de gusto clasicista. Alza la vista y lee en latín: «El rey Carlos III reunió Naturaleza y Arte bajo un mismo techo para pública utilidad en el año 1774».

Él es hombre decidido y se acerca a husmear la razón de aquello. No le cuesta convencer al guardia de la puerta de que es un rico comerciante de tabaco de Nueva España.

Una vez que entra, descubre un corredor con escaleras de granito a ambos lados, en un juego arquitectónico de arcos, y con hornacinas ocupadas por espléndidos vaciados de yeso de esculturas clásicas.

Pregunta a un profesor de la institución, que le cuenta que la planta sótano, baja y principal pertenecen a la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando y la segunda planta y la buhardilla al Real Gabinete de Ciencias Naturales.

Ahora entiende eso de «reunió Naturaleza y Arte bajo un mismo techo».

Va descubriendo que la Academia es una institución relevante, pues posee numerosas salas: de Modelo, de Yeso, del Natural, Estudio de Paños, Medallas, Grabado, Geometría y Perspectiva. Que pasa holgadamente del millar de alumnos. Y que este edificio en el que se ubica es el antiguo palacio de Goyeneche, un noble navarro del valle del Baztán que apoyó en la guerra al primer monarca Borbón y, como este venció, se lo trajo a la corte como recompensa. Y que además fundó un municipio de nueva planta al oeste de Madrid, al que llamó Nuevo Baztán.

Los vaciados de yeso fueron transportados desde Italia, esculturas del Belvedere vaticano, obras del Museo Capitolino y de los principales palacios de Roma. Muchas por deseo del primer rey Borbón para decorar su palacio en la Granja de San Ildefonso. Otros son vaciados realizados de los bronces de la colección real que más de un siglo antes había traído de Italia el pintor Diego Velázquez. Aunque la principal aportación a la galería de la Academia fue con el rey Carlos III, que regaló algunos de Pompeya y Herculano que tenía instalados en el palacio del Buen Retiro. Pocos años más tarde el pintor Mengs legó también la notable colección que poseía.

Así que es un espectáculo moverse entre un bosque de esculturas clásicas. Además de todo esto, el señor Diez descubre la razón del alboroto creado y que no es otra que un cuadro.

Se trata del retrato de una mujer joven, de medio cuerpo y vestida con una camisa blanca y mantilla negra, que le tiene sorprendido.

Pregunta a un estudiante de la Academia.

—Está de moda entre la nobleza en Madrid.

—Pero… no parece muy lujosa en su concepción. De hecho, yo diría que los ropajes son propios de las clases bajas.

—Usted lleva poco en Madrid, ¿verdad? A los que visten así se les llama «majas» o «majos». Y sí es vestimenta propia de pueblo, pero en cambio las telas con que las confeccionan sí son costosas. Es una forma de oponerse al afrancesamiento de la moda.

—Qué me dice… —El señor Diez asiente y mira de nuevo a la dama retratada.

Ella luce una elegancia imponente. Tiene los brazos en jarras y una seguridad que le resulta irresistible. El cabello es castaño y sus ojos son dos esmeraldas verdes. La piel es la más pálida que ha visto nunca antes en una pintura y lo que más le fascina es que no mira al frente, como siempre ha contemplado en los retratos de mujeres. El fondo es inexistente, oscuro, y aun así tiene profundidad. ¿Cómo es posible?

—Disculpe de nuevo —llama la atención al mismo hombre de antes—. ¿Por qué está expuesto el cuadro?

—El autor es uno de los profesores. Estos exhiben sus mejores obras cada cierto tiempo.

—¡Es maravillosa! —dice con elocuencia.

—Ya lo creo, todo Madrid vendrá a verla.

—¿Todo?

—El relevante, quiero decir. Supongo que es lo que desea ella, que vean lo hermosa que es. Es la mujer de un protegido de Godoy.

—Así que a su esposo no le importa que admiren a su mujer —comenta el señor Diez mientras se estira el chaleco.

—Al contrario. Imagínese lo contento que estará de que la belleza de su señora esté en boca de los madrileños —asegura el joven, que no quita ojo del lienzo—. El cuadro es excepcional.

—Eso es cierto, y ese profesor que lo ha pintado…

—Bueno, en realidad ya no es profesor. Dimitió hace unos años.

—¿Y eso por qué, si puede saberse? —inquiere el señor Diez con mucho interés.

—Verá… —El joven duda si responder y mira con precaución a su alrededor—. Está sordo.

—¿Sordo?

—Sí —asiente, y se señala el oído—. Yo asistía a sus clases y era… imposible. No se enteraba de la misa la media.

—Qué contratiempo, pobre hombre. Pero sigue pintando —dice, y señala el cuadro.

—Por supuesto, es el pintor más famoso de España.

El señor Diez hace una mueca de incomprensión.

—¿No sabe quién es? ¡Goya! Este retrato es de Francisco de Goya y Lucientes, pintor de cámara. Ha pintado a la familia real, a los duques de Osuna, a los de Alba y al Príncipe de la Paz, por supuesto. Hay copias de sus retratos reales en la mayoría de las ciudades e instituciones de España y la Nueva España. Dicen que hasta el embajador de Francia le ha encargado uno y le tiene esperando su turno.

—¿Por qué esperando?

—Ya se lo he dicho. Todo hombre relevante de España quiere que le retrate Goya, ¡no da abasto!

—Entiendo… —No dejaba de mirar a la dama—. Y supongo que el precio será alto. Y a la lista de espera tan larga habrá que sumar todo el tiempo que le lleva pintarlo.

El joven hace un gesto que el señor Diez interpreta como una pequeña ventana que debe intentar abrir.

—¿No es así?

—Entre usted y yo, he visto trabajar al maestro Goya. ¡Es un genio! Aunque no lo crea, este retrato no le habrá llevado más de tres o cuatro días enteros de trabajo.

—Pero… ¡eso es increíble!

—Lo es, sí. Claro está que no dedica el mismo tiempo a un retrato del rey que al de una actriz de teatro.

—Por supuesto. ¿Y es habitual que exponga sus cuadros aquí?

—Pues no lo es. Solo lo hace en contadas ocasiones, porque ya ve lo que sucede cuando muestra su obra —dice, y se vuelve haciendo hincapié en lo concurrido que está el lugar.

—Sí, perfectamente. —El señor Diez se regodea en una idea que brota de su inquieta mente al instante—. ¿Sabe dónde vive este pintor?

—En la calle del Desengaño, muy cerca de aquí.

Se despide y sale de nuevo a la calle de Alcalá. A lo lejos se ve la puerta del mismo nombre, una obra monumental, que es muy reciente y que imita a los arcos de triunfo romanos. Es el límite de la ciudad hacia la salida a Aragón. En cambio, si enfila esa misma calle hacia el otro lado, llega a la Puerta del Sol, que es medieval, y desde allí, atravesando la calle Mayor, al Palacio Nuevo.

Consulta su libreta donde apunta todo lo que le parece interesante y un plano de Madrid que ha adquirido en una librería. Todavía no lo domina, pero él sabe orientarse y una vez que se sitúa echa a andar. Llega a un barrio nuevo, indaga un poco y da con la casa del pintor. Y ahí que se aposta como un cazador esperando las perdices, armado de paciencia.

Pasan dos largas horas, cuando sale de la casa con el número 1 un hombre ajustándose un sombrero alto con una mano y entrecerrando los ojos ante la luz blanca del mediodía madrileño, que lo envuelve todo como una sábana tendida al sol. El calor es espeso y pegajoso a esas horas. Sus pisadas resuenan sobre los adoquines mientras desciende la calle con paso algo renqueante pero decidido.

El señor Diez le sigue con disimulo.

Va vestido con una levita oscura ligeramente desabotonada y un pañuelo atado al cuello, y camina con la frente fruncida, como si llevara consigo un pensamiento que lo devora por dentro. Su figura impone respeto aunque no lo pretenda. El sombrero ayuda, no se ven muchos de esos.

El pintor se detiene a menudo. Mira a su alrededor, observa de reojo a dos hombres que acarrean un bulto; después a unas mujeres que caminan embutidas en elegantes vestidos. Incluso parece escrutar a unos mendigos que piden limosna a la salida de una iglesia.

El señor Diez no se esperaba que fuera así; el pintor prometía ser un hombre bastante prudente y convencional. Este, en cambio, amenaza con ser distinto y eso le gusta ya que le otorga más posibilidades a su plan.

Ahora Goya se para ante una calle llena de inmundicia, luego delante de unos niños que juegan con unos palos de madera. Ellos lo contemplan con cierta inquietud. Sigue hasta que vuelve a mirar fijamente a unos hombres que discuten.

Cuando llega a la plazuela donde da el sol de lleno, Goya se quita el sombrero, saca un pañuelo, se seca la frente, y al ver una carroza que pasa, la observa con interés y murmura algo para sí. Luego, reemprende el paso.

Su andar es peculiar, porque no se fija en las fachadas de los palacios, ni en las fuentes —como hace el señor Diez cuando camina—, ni siquiera en las tiendas; sino que lo hace en la gente corriente, en los vagabundos, los ancianos, los pobres y los humildes.

«¿Por qué?», se pregunta el señor Diez.

Continúa siguiéndole. Camina hacia la zona del Palacio Nuevo y entonces entra en un edificio que conjuga piedra y ladrillo; alrededor de él hay diversas obras de ampliación.

El señor Diez busca a quién preguntar y da con una criada que parece trabajar por la zona. La joven le dice que ese es el palacio de Manuel Godoy, el secretario de Estado, más conocido por el apelativo de Príncipe de la Paz.

—Así que aquí vive Godoy.

—Sí, señor —confirma ella.

Goya acaba de entrar en el domicilio del hombre más poderoso de España; ahí dentro ya no puede seguirlo. Decide aguardar fuera, pero pasa el tiempo y el pintor no sale del palacio.

Da lo mismo, ya sabe lo que tiene que hacer para llevar a cabo su brillante idea. Así que deja el lugar y va ensayando en su cabeza los siguientes pasos a realizar.

7

Josefa Bayeu

Josefa se impacienta porque su marido no haya llegado aún a casa. Su hijo Javier hace tiempo que lo ha hecho. A menudo echa de menos no ser más familia; ella fue uno de los cinco hijos logrados de los nueve que tuvieron sus padres en Zaragoza. No obstante, quedó huérfana pronto y en realidad lo que sabe de la casa se lo enseñó su tía materna, que era soltera.

Se casó sin saber leer ni escribir.

Eso fue terrible para Josefa, pues no hay nada peor que no poder dar una educación a los hijos. Bueno, sí que lo hay, no darles un plato de comida.

Goya nunca le tuvo en cuenta que fuera iletrada, alguien culto como él lo entendió, quizá porque su madre también lo era. Su matrimonio no fue concertado, pero casi. Como si la hija del maestro se casara con el oficial más diestro del gremio. Porque su hermano mayor había adoptado el puesto de su padre. Y Goya era el más talentoso de los miembros del taller.

«Las mujeres siempre tenemos menos oportunidades que los hombres y, por eso, hay que saber aprovecharlas», piensa ella. Su marido la ayudó y aprendió a leer ya casada.

Leer es una de las maravillas de la existencia. ¿Se puede vivir sin leer? Sí, se puede. Pero no tiene duda de que la vida le cambió por completo en el momento que supo leer.

Ahora poseen una biblioteca; no es muy grande, pero es suya y está orgullosa. De niña soñó muchas veces con poder leer y tener libros. Uno de sus preferidos es la novela romántica Clarissa, de Samuel Richardson. La ha leído varias veces y le encanta la protagonista, Clara Harlowe, una joven de la alta sociedad inglesa que se enfrenta a las maquinaciones de un hombre que intenta seducirla, arruinar su reputación y llevarla por el camino de la perdición. La novela está escrita en forma epistolar, lo que permite al lector conocer sus pensamientos y sentimientos de primera mano. Se vendía por suscripción y constaba de doce volúmenes en seis entregas. Ella se suscribió en la librería de Elías Ranz, que es muy amigo de su marido.

Los libros en la modalidad de suscripción y entregas están muy en boga, a su propio esposo le gusta también esa opción. Y la barajó para ese dichoso libro de estampas que publicó, ¡en qué mala hora! Al final no lo hizo de esa manera, ella cree que porque se olió que tendría problemas y las suscripciones se cancelarían, pero tampoco está segura.

En ese momento por fin llega Goya. El criado le abre la puerta y ella le espera junto a la chimenea.

—¿Dónde estabas?

—Pues…

—¿Qué? —lo anima Josefa que se percata por la mirada apagada de su marido de que algo no va bien.

—No te lo vas a creer —afirma él.

—Si no me lo cuentas, harto difícil.

Josefa le conoce como si le hubiera parido y de partos sabe y mucho, pues nada más casarse estuvo una década entera grávida, de embarazo en embarazo.

—Vengo del palacio de Godoy —dice al fin y resopla. Se quita el sombrero alto y la levita y da las prendas al criado; luego le hace un gesto para que los deje solos.

—Cuenta.

—No debería.

—¡Francisco! ¿Qué te ha dicho Godoy? Miedo me da.

Josefa sabe que no pueden relevarle del cargo más que por una falta gravísima, o traición, porque es un nombramiento real y el rey nunca se equivoca. Pero, aun así

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