El lector de la tabaquería

Susana Vidal
Susana Vidal

Fragmento

La casa se estremecía bajo el embate del viento

La casa se estremecía bajo el embate del viento. Ella se incorporó de golpe, jadeante.

Tenía que vivir, se dijo.

Lo había recuperado. No podía perderlo. No otra vez. Corrió hacia la puerta. Cada zancada resultaba un suplicio, como si el suelo venciese bajo sus pies. No era solo temor, sino la certeza fría de que algo se le escurría entre los dedos. La escalera descendía como un pozo de sombras. Tropezó con el vestido debido al peso del miedo. El pasillo era largo, húmedo, silencioso. Avanzó hacia el vestíbulo. Cada paso parecía tragársela un poco más. Un trueno desgarró el silencio y en la penumbra intermitente de la tormenta el corredor se le antojó cavernoso, siniestro. Abrió la puerta. La lluvia caía en ráfagas gruesas. El cielo se deshacía. Cruzó el jardín.

Entonces lo vio.

Un cuerpo yacía junto a la palmera, inmóvil. Cerca, un cuchillo relucía bajo el aguacero. Lo recogió y echó a correr. El vestido dejaba tras de sí un rastro ominoso sobre la tierra mojada.

La calesa esperaba junto al portón. Subió de un salto.

—¡Vamos! —gritó.

Los caballos arrancaron y el carruaje comenzó a sacudirse sobre el camino fangoso. En una curva, se ladeó. Apretó las riendas con fuerza y logró mantenerlo en pie.

No podía detenerse.

Él la necesitaba. Eso era lo único que importaba.

Llegó a Bocamar. La oscuridad se tragaba el pueblo. Detuvo la calesa frente a la vieja casona. Al saltar al suelo, el barro le salpicó las piernas. Golpeó la puerta con desesperación. Nadie respondió.

Hizo sonar la aldaba varias veces. Silencio absoluto. Con el ceño fruncido, rodeó el edificio en busca de otra entrada. El cabello cobrizo le goteaba sobre el rostro; la ropa se fundía con su piel.

Intentó forzar las ventanas del piso bajo. Cerradas. Aseguradas. Avanzó bordeando la fachada y en ese momento la vio: una pequeña puerta oscura, casi oculta entre la hiedra. Giró el picaporte con cautela. Cedió con un leve chirrido. Era la entrada del servicio.

Cruzó el umbral con sigilo. La negrura del interior era casi total, apenas rota por el parpadeo lejano de una lámpara de aceite en el piso superior.

—¿Hay alguien? —llamó.

Se oyó un movimiento de muebles, luego el crujido de la madera bajo unos pasos, el chirriar de una puerta.

Respiraba a trompicones.

—¿Quién llama? —preguntó una voz masculina, áspera por el sueño o los años.

Ella no respondió de inmediato. La garganta le ardía y el cuchillo le temblaba en la mano. Dio un paso más y se detuvo inmóvil. Parecía rodeada por un velo invisible. La luz de la lámpara iluminó su figura: se hallaba empapada, con el vestido pegado al cuerpo y las mejillas marcadas por dedos ensangrentados. Un corte le cruzaba el cuello, delgado, superficial, pero rojo.

—Doctor… —dijo al fin con la voz rota—. Necesito que venga conmigo.

PRIMERA PARTE

OCÉANO ATLÁNTICO, 1900

1

La gran aventura

La enseña roja y amarilla del vapor Alfonso XII ondeaba en la popa. En el mástil, la bandera de la naviera —azul, con un círculo blanco en el centro— se desplegaba con orgullo. Era día feriado y la muchedumbre llenó la cubierta, de modo que abrirse paso era como atravesar un bosque.

Ramón avanzó hasta la barandilla. Se apoyó, cerró los ojos un instante y aspiró una bocanada de aire salobre. El mar brillaba bajo el sol, inmóvil y denso como mercurio.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una fotografía. Había elegido la opción más económica: la «tarjeta americana». En la imagen, posaba de pie, con la mano derecha apoyada en una balaustrada, vestido con un traje claro y zapatos relucientes. Su expresión era seria; el cabello rubio iba peinado hacia atrás. La mandíbula angulosa y los ojos azules parecían prometer que nada podría quebrarlo.

Un roce lo sacó de su contemplación. Una campesina de rostro curtido y mirada serena, envuelta en un mantón oscuro, se había acercado tanto que sus cuerpos se tocaban.

—Bonita foto —dijo ella.

—Gracias —respondió Ramón, aún con la imagen en la mano.

La mujer sacó de la faltriquera un pedazo de pan y empezó a comer. Lo hacía de manera brusca, tosca, hablaba con la boca llena.

—Me gusta tu chaqueta.

—Me la dio mi patrón, don Gonzalo —respondió él mostrando las coderas gastadas—. Está algo vieja, pero me sirve —dijo con una sonrisa cálida.

—Es bonita. ¿Te vas para siempre o piensas volver?

Ramón la observó con atención. En sus ojos oscuros encontró algo inesperado: una quietud enraizada. Un ancla.

—Quiero volver —respondió sonriendo.

Antes de que pudiera decir más, se oyó un potente bocinazo. Las amarras se soltaron, y las cuerdas, al deslizarse por las bitas, cantaban un adiós de fibras tensas. El barco zarpó bajo la mirada silenciosa de Ramón.

El día anterior, Ramón había pasado por su casa para recoger su equipaje. Toda su vida cabía en una sola maleta. Era su única posesión. Aunque pequeña, pesaba, pues casi todo lo que llevaba eran libros. Pero el vigor de su juventud y la impaciente expectativa que lo invadía la hacían parecer liviana. Pesaban más los recuerdos, la cara de Clara grabada en la memoria.

Siguió las instrucciones de Nicolás y tomó la diligencia rumbo a Gijón. Se sentó cerca de la puerta, ansioso por contemplar el paisaje a través del cristal. El mayoral chasqueó la lengua y los caballos, obedientes, comenzaron a trotar. El tintineo de las campanillas se mezclaba con el quejido sordo de la madera. Las irregularidades del camino —baches, piedras dispersas— provocaban un vaivén constante en el portaequipajes, un movimiento que le revolvía el estómago y los pensamientos.

Al llegar a lo alto del acantilado, Ramón contempló los tejados rojos de su pueblo, hundido en el valle, y las aguas agitadas de la ría. Sintió que dejaba atrás algo más que un paisaje, una parte de sí mismo, suspendida entre la nostalgia y la promesa del regreso.

Ya en Gijón, con el corazón aún encogido por la despedida, se dirigió hacia la calle Corrida. Allí se encontraba el renombrado estudio fotográfico de Julio Peinado Alonso. Quería capturar ese momento crucial, como si al fijarlo en papel pudiera entenderlo mejor.

Con la imagen ya en el bolsillo, emprendió el camino hacia el puerto. Subió por calles empinadas y tortuosas hasta alcanzar una amplia avenida, paralela a la costa. El aire salino le golpeó el rostro como una bofetada fría. Fue allí, en ese entorno pintoresco, donde se topó con un viejo caserón que parecía abandonado. La fachada de piedra, coronada por un blasón desgastado, amenazaba con desplomarse sobre los transeúntes. La puerta, de madera sencilla, estaba pintada de un negro intenso. En su centro, una pequeña ventana de metal sostenía una placa que rezaba: LAS CUATRO ESTACIONES.

Se detuvo. No había aldaba, así que golpeó con los nudillos y esperó. Silencio. Volvió a golpear.

La ventanilla se deslizó con un chirrido. Asomó un rostro surcado de arrugas, ojos hundidos y expresión desconfiada.

—¿Qué quieres? —El hombre mostró un diente de oro que relucía en la oquedad de la boca.

—Vengo a ver al Quebranto —respondió Ramón bajando la voz.

La puerta se abrió hacia dentro con un gemido herrumbroso. El hombre le dirigió una ojeada penetrante. Luego, con un gesto seco, le indicó que lo siguiera.

La fonda era sucia y maloliente. Avanzaron por un pasillo largo, sombrío; a cada paso las tablas carcomidas crujían bajo sus pies. Un cuadro torcido colgaba a media altura. Ramón se detuvo. Retrataba una escena lúgubre: figuras encapuchadas bajo un cielo plomizo. Tenía algo inquietante, como si estas lo observaran desde dentro del lienzo.

—Qué diferente me parece —murmuró Ramón casi sin darse cuenta.

—¿Qué dijiste? —preguntó el anciano sin volverse.

—Nada, perdón. Pensaba en voz alta. Comparaba este cuadro con los de alguien que conozco.

El hombre se encogió de hombros. Señaló una puerta lateral.

—Espera ahí.

Ramón entró en una sala mal iluminada. Varias personas aguardaban en silencio, sentadas en bancos de madera. Una anciana se mecía encorvada hacia delante y hacia atrás, absorta en la recitación muda de un rosario. Una lágrima solitaria que arrastraba años de silencios y plegarias surcaba su mejilla arrugada.

A su lado, un hombre flaco y con la piel curtida por el sol mantenía la mirada clavada en el suelo.

Ramón se dirigió al rincón más alejado de la sala, junto a una puerta entreabierta que parecía conducir a una oficina. El ambiente resultaba sofocante; la humedad impregnaba las paredes y un olor rancio flotaba en el aire. Se sentó en silencio, atento. Desde el otro lado de la puerta, se oía una conversación en voz baja. Ramón aguzó el oído.

—Vengo a arreglar un pasaje. Quiero hablar con usted —oyó decir.

—Siéntate. ¿Eres tú el que se marcha? —preguntó una voz ronca.

—No, señor. Es uno de mis hijos.

—¿Por qué has venido aquí? Podrías haber comprado el billete en el puerto.

Hubo un breve silencio. Luego, la voz más suave respondió, con un tono cargado de urgencia:

—Mi hijo va a entrar en quintas ahora, pero no tiene los papeles en regla. Debe irse en el barco que sale mañana.

—No puede embarcarse sin documentos —replicó la voz ronca con sequedad.

—Quiero que usted se encargue de todo. Yo correré con los gastos. Pagaré lo que haga falta.

La puerta se cerró de golpe con un sonido sordo, definitivo. Ramón ya no oía las voces, pero imaginaba la escena con nitidez: frases cortas, miradas esquivas, el crujido de un trato sellado en la penumbra.

Pasaron unos minutos. Del despacho salió un hombre bajo, vestido con un traje oscuro y un sombrero en la mano. Caminaba con paso rápido, sin mirar a nadie.

Desde el interior, escuchó la voz ronca.

—¡Siguiente!

La anciana se levantó con lentitud, como si cada hueso le pesara una década. Alzó su mandil oscuro y la falda de bordes deshilachados. Sus dedos temblorosos buscaron en la faltriquera y sacó unos billetes arrugados. Luego, caminó hacia la puerta con la dignidad de quien ya no tiene nada que perder. Minutos después, salió con una sonrisa tenue y un pasaje en la mano.

—¡Siguiente! —gruñó de nuevo aquella áspera voz.

Le tocaba al hombre flaco. Se levantó sin decir palabra y entró. Esa vez la puerta quedó entreabierta.

—¿Tienes los papeles? ¿Te llamas Aurelio González?

—Sí, señor. Llámome Aurelio González.

—Los papeles no están bien. Tú no puedes embarcar mañana.

—Arreglómelos el secretario. Tienen que estar bien.

—No están en regla.

—¡Dios me ampare, señor! ¿Entonces ya no podré marcharme? ¡Mire que soy pobre!

—Ya veremos. Deja los papeles aquí y vuelve mañana por la tarde.

El aldeano salió con el rostro desencajado. Caminaba con la cabeza gacha, como si el peso del mundo se le hubiera echado encima. Apenas cruzó el umbral, el viejo del diente de oro entró sin saludar en el despacho.

—No dejes pasar mañana al campesino que se acaba de ir —le ordenó la voz.

—¿Por qué?

—¿Tengo que explicarte todo? —El tono era arrogante, impaciente—. Le voy a dar sus papeles a otro. Nos pagará mil pesetas.

Ramón sintió una punzada de indignación y el estómago se le encogió. Pensó en advertir al aldeano. Estaba a punto de actuar, pero el chirrido de una silla y el crujido de la puerta lo sacaron de su dilema. El viejo del diente de oro salió del despacho.

—Es tu turno.

Ramón se levantó. Las piernas le temblaban mientras avanzaba hacia la puerta.

La sala era un arsenal de papeles: carpetas desbordadas y sellos oficiales cubrían cada rincón. Una ventana pequeña, oculta tras cortinas polvorientas, dejaba pasar un hilo de luz oblicua que cortaba el polvo en suspensión.

En el centro, un escritorio astillado. Detrás, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y un tatuaje de serpiente que se deslizaba sobre su calva brillante. Se recostaba en su butacón, complacido con su aire mefistofélico.

Ramón permanecía de pie.

—Tu nombre.

—Ramón Alas-Solís. Me envía Nicolás Abarca.

El otro lo miró con desdén. Señaló una silla mientras rebuscaba entre una pila de papeles. Ramón obedeció y tomó asiento.

—Ya veo.

Los dedos de Ramón tamborileaban sobre el brazo de la silla.

—¿Hay algún problema?

—Ninguno —respondió al fin, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Siempre y cuando me pagues.

Sacó un documento y lo deslizó sobre el escritorio. Un olor rancio, mezcla de sudor y tabaco viejo, se escapó de su chaqueta.

—Ochocientas pesetas —añadió con fingida cortesía—. Hoy me siento generoso, incluye la noche en la posada.

—Eso no es lo acordado. Ya le pagué a Nicolás.

El Quebranto apretó los labios hasta convertirlos en una línea delgada, casi invisible.

—Chico, los tienes bien puestos. —Le sostuvo la mirada con una chispa peligrosa en los ojos. Se inclinó hacia delante y con voz baja, afilada, continuó—: ¿Sabes por qué me llaman el Quebranto? No es porque yo esté roto; sino porque quien se enfrenta a mí acaba hecho pedazos… y sin un céntimo.

Rio. Una carcajada seca y hueca rebotó en las paredes, pero se apagó tan rápido como había comenzado. Su rostro se endureció. Una sombra le cruzó la mirada, como si algo oscuro se hubiera despertado en su interior.

Ramón no se movió. Lo observaba con la mandíbula tensa.

—Lo que pides es demasiado —dijo con voz firme—. Un pasaje de tercera no debe de costar más de doscientas pesetas.

El otro le lanzó una mirada torva, cargada de desdén. Levantó los documentos con un gesto lento, casi teatral, como si fueran un trofeo.

—También estás pagando por los papeles falsificados que te conseguí —replicó.

—Ya le pagué a Nicolás por todo —insistió Ramón sin apartar la vista.

—No me importa a quién le diste el dinero. A mí no me ha llegado nada. Si los quieres, me pagas a mí. Así de simple.

Ramón suspiró resignado. Examinó los documentos. Su nueva identidad decía que tenía veintiséis años, aunque, en realidad, había cumplido diecisiete. El certificado de exención del servicio militar estaba sellado, rubricado, impecable.

—Está bien —cedió—. Pero primero dame los papeles y el pasaje.

El Quebranto lo miró un segundo más, luego sonrió con una mueca torcida.

—Los tendrás de madrugada, justo antes de salir hacia el puerto. Y te dejaré pagarme entonces. Hoy estoy de buen humor.

Se levantó y la silla crujió al liberarse de su peso. Dio por terminada la conversación con un gesto seco y le indicó que lo siguiera.

La habitación en la que entraron era amplia, pero se hallaba atestada de cuerpos. El olor de la multitud hacinada y sudorosa impregnaba el ambiente. Varias personas compartían camas desvencijadas; otras yacían sobre colchones mugrientos en el suelo. El Quebranto señaló un jergón en un rincón.

—Ahí.

Ramón se acostó y cerró los ojos. Pero no podía dormir. La rabia le ardía en el pecho. Se prometió que algún día volvería y haría justicia.

Una madre canturreaba una nana a su hijo. La melodía flotaba en el aire como un hilo de consuelo. Poco a poco, el cansancio venció a la ira. Ramón se dejó arrullar por la voz y el murmullo de la noche.

No había pasado mucho tiempo cuando la puerta se abrió de golpe. Una voz áspera cortó el silencio:

—¡Embarque!

La habitación estalló en movimiento. Los cuerpos se agitaron, los zuecos claveteados golpearon el suelo, y los murmullos, entrecortados por el sueño, llenaron el aire. Una tristeza sorda lo cubría todo. Ramón se incorporó, se frotó los ojos y estiró los miembros entumecidos. Caminó hacia el despacho.

El Quebranto estaba inclinado sobre unos papeles. La serpiente tatuada se deslizaba por su sien. Al oírlo, se enderezó.

—Dame el dinero —dijo sin rodeos.

—No. Primero los papeles y el pasaje. Sabes que te voy a pagar. No tengo cómo escapar.

El otro chasqueó la lengua y hurgó entre sus dientes con el dedo.

—¿Te crees muy listo?

Se inclinó, abrió un cajón y sacó un sobre.

—Aquí los tienes.

Ramón le arrancó los papeles de las manos con una mirada encendida de furia. Luego, sacó el dinero y en silencio lo dejó sobre la mesa.

Las calles aún languidecían entre la neblina cuando Ramón y los demás salieron de la fonda. El silencio era casi total, roto apenas por el eco de los pasos de los emigrantes que avanzaban hacia el puerto, como sombras arrastradas por el destino. El muelle de carga, con su maraña interminable de cajones, parecía un escenario espectral sumido en penumbra. A lo lejos, las luces del barco apenas se distinguían, envueltas por la oscuridad insondable del mar.

Un marinero los esperaba al final del muelle con un candil en alto y la otra mano levantada en señal de bienvenida. La luz, cruda y oscilante, los cegaba, y se detuvieron inseguros al borde.

—¡No se detengan! ¡Bajen por la escalera y suban a las barcas! —gritó el hombre.

Las escasas estrellas proyectaban un brillo tenue sobre el océano. Sus haces distantes atravesaban una atmósfera que se había vuelto negra como el hollín. Al acercarse a la embarcación, Ramón distinguió en la popa, escritas en letras blancas, las palabras ALFONSO XII. Aquel sería el barco que lo llevaría lejos, hacia lo desconocido.

Subió por la escalerilla. El sol comenzaba a emerger desde el horizonte, una esfera de fuego que rompía la línea del mar. Al posar un pie sobre cubierta, se detuvo. El navío se alzaba imponente, con un diseño meticuloso y un acabado que parecía desafiar el paso del tiempo. La sirena del barco rugió de pronto. Varios pasajeros se sobresaltaron y se aferraron al pasamanos. Un suspiro colectivo recorrió la cubierta.

Ramón dio un paso cuando una mano firme se posó sobre su hombro izquierdo.

—Joven, no me ha mostrado sus documentos.

Se giró y reconoció al inspector. Intentó mantener la calma mientras sacaba los papeles. Su ritmo cardiaco se había acelerado de inmediato.

Cerca de ellos, estalló una discusión. Varias voces se alzaban, cargadas de tensión.

—Espera aquí —ordenó el inspector.

Ramón asintió. La disputa alcanzó su punto álgido cuando el inspector llegó.

—¿Qué pasa? —inquirió.

Un marinero agarraba a un hombre de manos grandes y aspecto desaliñado.

—No tiene papeles —dijo con dureza.

—Déjeme embarcar. —Hizo un mohín infantil—. Se lo ruego, señor, déjeme subir.

—Lo siento, sin documentos no es posible —respondió el inspector con firmeza.

El marinero lo empujó hacia la escalera y el hombre descendió sin resistencia y con la cabeza baja.

El inspector se acercó de nuevo a Ramón, con pasos firmes y mirada inquisitiva. Examinó los papeles con detenimiento, luego alzó la vista y lo observó con atención.

—Pareces más joven.

—Siempre me lo dicen. Tengo cara de niño —respondió Ramón forzando una sonrisa.

El inspector frunció el ceño, pero finalmente le devolvió los documentos.

—Todo está en orden, pero no puedes ir hacia esa zona. —Señaló la proa del barco—. Tu billete es de tercera clase, así que tienes que ponerte en el lado opuesto.

—¿Y esto? —preguntó Ramón al ver un papel adicional de color azul.

—Es el número de tu litera. Ahora te guiarán hasta los dormitorios.

Ramón suspiró aliviado. Una gota de sudor se deslizaba por su rostro. Por fin, respiró.

2

Descubriendo a Partagás

Ramón avanzaba despacio. Se detuvo un instante, volvió la cabeza hacia la popa y apretó la maleta contra el costado antes de seguir. El pasillo, alfombrado, era estrecho y silencioso. Al fondo, la luz del día se filtraba por una puerta abierta. Al cruzarla la distinguió.

La cubierta de primera clase se desplegaba ante él como un escenario. Ramón iba de sorpresa en sorpresa. Por un instante, sintió que había entrado en un sueño ajeno. Lámparas de bronce, sillones de mimbre, cojines mullidos, mesas pequeñas con bordes dorados, todo dispuesto con una elegancia que parecía coreografiada. Las damas, envueltas en faldas que rozaban el suelo como olas de tela, conversaban en voz baja, casi musical. Llevaban sombreros altos, decorados con plumas que danzaban al ritmo del viento marino. Más allá, algunos caballeros leían el periódico con una calma que supuso heredada de siglos de costumbre.

Ramón respiró hondo. Por un momento, deseó quedarse allí, fundirse con ese mundo que no le pertenecía, pero un murmullo creciente, como el zumbido de un enjambre, lo llamó desde la popa. Allí, el mundo era otro.

Una multitud se agolpaba junto a la barandilla. Muchos alzaban las manos con fervor hacia los seres queridos que quedaban atrás. El calor era sofocante, amplificado por el metal ardiente del barco. El aire olía a sudor, sal y despedida. Los adioses de los que partían se entrelazaban con los de quienes quedaban en tierra. Cuando el navío se adentró en el océano, un silencio sombrío invadió la cubierta. Los pasajeros, asomados a la barandilla, observaban cómo la costa desaparecía.

Una voz áspera rompió el silencio.

—¡Tercera clase, por aquí!

El personal del barco, con rostros duros y gestos mecánicos, guiaba a la multitud hacia el interior. Escaleras estrechas, pasillos oscuros, giros inesperados que desorientaban. El aire olía a metal y a desinfectante. Las paredes sudaban humedad mientras los pasajeros descendían como un rebaño dócil. Llegaban a los sollados, donde los números de sus tarjetas azules les asignaban un rincón. Luego, volvían a subir. A esperar.

Ramón estaba en la fila cuando sintió un empujón. Se giró. Un muchacho de ojos oscuros y párpados caídos lo miraba con expresión culpable.

—Perdón… No vi que la fila se había detenido.

—No pasa nada. Soy Ramón. ¿Y tú?

—Elías. Estoy con mi hermana, pero nos separaron. Creo que está en esa fila —dijo señalando una cola de mujeres a unos metros—. Aunque desde aquí no la veo.

—Te ayudo a buscarla.

Subieron juntos a la cubierta. El caos era mayor ahora: gente sentada en el suelo, sobre maletas, en sillas plegables; voces cruzadas, miradas perdidas. Entre la multitud, una figura delgada se abrió paso. Tenía la piel pálida, los ojos oscuros y el mismo aire somnoliento de Elías.

—¿Estás bien? —preguntó al abrazarlo.

—Él es Ramón. Me ayudó a encontrarte.

Ella lo observó con atención y esbozó una leve sonrisa.

—Gracias. Soy María Pilar.

Los tres se quedaron allí, de pie, rodeados de desconocidos, bajo un cielo que empezaba a teñirse de naranja. El barco seguía su curso y el mar, eterno, los envolvía.

—¿Sois de Asturias? —preguntó Ramón con curiosidad.

—Sí, ¿y tú?

—También. Es agradable conocer a paisanos. Viajo solo.

—¿Por qué te diriges a Cuba? —preguntó Elías.

—Dicen que hay oportunidades para los jóvenes. —Suspiró antes de continuar—: Voy a probar suerte. Espero hacer dinero, porque en mi pueblo o eres pescador o no eres nada. ¿Y vosotros?

—Tenemos un tío que vive allí. Nos quedaremos con él un tiempo —respondió María Pilar.

—No parece que seáis de tercera clase.

Los hermanos intercambiaron una mirada rápida.

—¿Por qué lo dices?

—No sé…, por cómo habláis, y además vais muy bien vestidos.

Antes de que Ramón pudiera indagar más, un grito resonó en el ambiente, seguido de un estruendo metálico. Alguien golpeaba una cazuela.

—¡El rancho!

—Deberíamos acercarnos —dijo Elías mirando hacia donde el sonido metálico retumbaba—. Creo que van a servir la comida.

Se pusieron en marcha, arrastrados por la corriente humana. Esta vez no hubo separación entre hombres y mujeres, solo una fila larga, desordenada, que avanzaba con lentitud. Cuando les llegó el turno, les entregaron unos platos metálicos con una papilla marrón de aspecto indefinido, una cuchara y un vaso de agua tibia. El vapor que se elevaba del alimento no lograba disimular su olor a harina húmeda y sal rancia.

Buscar un lugar para sentarse resultó ser una tarea complicada. La cubierta parecía un tablero de ajedrez desordenado: cuerpos dispersos, maletas abiertas, niños dormidos sobre mantas. Algunos comían en cuclillas mientras sostenían el plato con una mano y la cuchara con la otra; otros usaban las escotillas como mesas improvisadas y compartían espacio con gaviotas curiosas y un viento que no dejaba de soplar.

Encontraron un rincón junto a la barandilla. Allí al menos podían apoyar la espalda y mirar el mar. María Pilar fue la primera en probar la comida. Frunció el ceño y dejó caer la cuchara sobre el plato casi intacto.

—¡Qué asco! —dijo con una mueca de disgusto—. Esta comida sabe a agua de mar con ceniza.

Ramón soltó una risa breve, más por resignación que por humor, y se incorporó.

—¿Queréis un pitillo?

—No, gracias. Yo no fumo, y él tampoco —respondió María Pilar.

Elías alzó los párpados sin decir nada.

La noche cayó inexorable, como una manta pesada sobre los cuerpos cansados. Uno tras otro, los emigrantes se deslizaron hacia los sollados, pasadizos sin aliento donde las literas se amontonaban como cajas desbaratadas en un almacén. Aquellos cois, forrados con sacos ásperos, exhalaban un tufo agrio a paja mojada; las mantas rezumaban el olor amargo de los desinfectantes. No había gualderas que impidieran caer al vacío, ni un resquicio de ventilación que dejara entrar la noche fresca del Atlántico.

En el sollado masculino, la quietud resultaba opresiva. Solo dos sombras susurraban en el extremo más oscuro, ajenas a los cuerpos que ya buscaban acomodo:

—¿Trajiste lo que te pedí? —inquirió la voz más ronca.

—Sí, Manzano. To.

—¿Lo encontraste donde te dije?

—Pues claro. Quedé col to contautu nel barrio chino.

—Bien. Mañana montámolu.

—¿Hablaste con el…?

—Baja la voz, que nos van a oír.

Un silencio tenso selló la conversación. Luego, el quejido de los tablones anunció que las dos figuras se alejaban, engullidas por la penumbra. Ramón, tumbado en la tercera litera desde el suelo, contuvo el aliento hasta que el eco de los pasos se apagó.

Pasaron semanas de navegación monótona. El mar, inmenso y repetitivo, marcaba los días con su vaivén hipnótico hasta que un viento furioso rompió la rutina. El rumor del aire superó el estruendo de los cilindros y los pistones. Ramón se acercó a la barandilla. Las olas se estrellaban contra el casco, una tras otra. Las crestas de espuma, iluminadas por la aurora, se alzaban y se deshacían en un ciclo sin fin. Su mente viajó con ellas hacia el pasado, hacia aquella finca que le había abierto las puertas a otros mundos. Hacia Clara, la joven que había dejado atrás…

Sacó un cigarrillo y lo encendió. Sopló sobre el fósforo con calma.

—¿Me pasas el pitillo? —preguntó Elías, que se había acercado sin hacer ruido.

—Sí, claro. —Ramón arrojó la cerilla al mar—. Pensé que no fumabas.

Elías dio un par de caladas y miró el horizonte.

—Eso lo dijo mi hermana, no yo. Y ahora no está cerca, así que aprovecho.

—¿Os lleváis bien?

—Sí, pero, como es la mayor, a veces se pone mandona.

—Es una suerte tener hermanos —murmuró Ramón con una sombra en la voz—. Así nunca estarás solo.

Elías le devolvió el cigarro.

—¿Tú tienes?

—No —respondió Ramón bajando la mirada.

Una gota fría le cayó en la frente. Luego otra. Y otra más. En cuestión de segundos, la lluvia comenzó a golpear con fuerza sobre sus ropas, se empaparon al instante. El mar, desatado, zarandeaba el barco como si quisiera arrancarlo del agua.

—¡Corre! —gritó Elías—. Vayamos adentro.

Una feroz algarabía en lengua vernácula estalló en el sollado. Las literas que hacían las veces de mesas y el hacinamiento de los emigrantes volvían el ambiente sofocante. Un viejo, con un rostro similar a una raíz seca, le gritaba a un joven envuelto en una manta. Un aldeano cargado de canastos tropezó con Elías.

—Perdone, joven. No quise molestarle —dijo el hombre antes de que Elías pudiera protestar.

—¿Lo ves? No encajas aquí. Hasta te hablan con respeto —murmuró Ramón con una sonrisa ladeada—. Voy a echar un vistazo al baño, a ver si hay cola.

—Yo me bañé ayer —respondió Elías con un gesto pícaro—. Ya decía yo que ese olor no era propio del mar.

Ramón le dio un golpe suave en el hombro.

—¡Qué gracioso!

En tercera clase, el acceso a los baños era limitado y solo había dos cabinas para más de doscientos pasajeros. Ramón, al fin dentro, pensó: «¡Qué alivio sentir el agua!». Por un instante, logró olvidar el hedor, el hacinamiento y la inquietud que flotaban en el aire.

Se miró en el espejo sucio bajo un techo cubierto de telarañas. Su cuerpo, reflejado entre manchas, brillaba por los hilos de agua que lo recorrían. Procuró no tocar las paredes mugrientas y se mantuvo de puntillas sobre la bañera de porcelana desgastada.

Se secó con una toalla áspera y, aún con gotas deslizándose por la espalda, regresó al sollado. Se acercó a la litera de Elías.

—¡Por fin limpio!

Las piernas de Elías, sentado en el catre, oscilaban con ritmo lento.

—Algo pasa —dijo.

Los asustados rostros de los emigrantes se giraban hacia la puerta.

—¿El qué?

Elías señaló a unos marineros que cruzaban el umbral. Portaban a un anciano en brazos.

—Es la segunda persona que se llevan. A la primera la sacaron mientras estabas en el baño.

—¿Y se sabe por qué?

Elías se encogió de hombros. Las piernas seguían su vaivén.

—Ni idea.

Un hombre uniformado entró en el sollado. Su voz intentaba sonar firme, pero la ansiedad la quebraba. Sus movimientos eran torpes, nerviosos.

—¿Elías París? ¿Está por aquí?

—Sí, soy yo.

—Ven conmigo. Es urgente.

Elías frunció el ceño.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

Ramón notó que el hombre se asombraba; una chispa pareció encender algo dentro de él.

—Creo que es mejor que vayas.

La tormenta se había disipado y la noche cayó con suavidad. Venus brillaba solitaria en el firmamento. En un abrir y cerrar de ojos, las estrellas comenzaron a brotar en la oscuridad líquida. En la cubierta, la luz temblorosa de unos faroles colgantes se mezclaba con el vapor que ascendía en espirales.

—Está oscureciendo —dijo Ramón con la mirada fija en el cielo y las manos en los bolsillos.

Elías parpadeó con lentitud. Sus párpados pesados, como si cargaran con mil noches sin sueño, apenas se sostenían.

—Eso parece. Supongo que es hora de ir a las literas —murmuró frotándose los ojos.

—¿Sigues preocupado?

—Un poco. Al menos me dejaron verla.

No se apresuraron a entrar al sollado. Caminaban despacio, como si el silencio del mar los envolviera en una tregua. La cubierta estaba tranquila, apenas perturbada por el murmullo constante de las olas.

—¿Se sabe si lo de tu hermana es lo mismo que lo de los otros? —preguntó Ramón bajando la voz. Al instante se mordió el labio—. Perdona, fui un bruto —dijo.

—No pasa nada —respondió Elías, y se detuvo un momento—. Pregunté a los marineros, pero no lo saben y…

—Seguro que es solo un mareo —lo interrumpió Ramón—. Ya verás que no es nada grave.

—Puede ser —dijo Elías sin mucha convicción.

—Lo bueno es que ya no tiene fiebre. —Sacó la cajetilla y la agitó frente a él—. ¿Quieres un cigarro?

Elías negó con la cabeza.

—No tengo ganas, gracias.

—Me quedan pocos —dijo Ramón mirando el interior de la cajetilla con resignación.

—Pues no sé cómo vas a sobrevivir sin tabaco. Se nota que lo necesitas —dijo Elías, y alzó una ceja acompañada de una media sonrisa.

Ramón soltó una risa breve, casi resignada, y asintió mientras sacaba un cigarro arrugado del bolsillo. Lo giró entre los dedos, como si fuera un talismán. Sabía que su amigo tenía razón. Para él, fumar era más que un hábito, era un refugio. Comía poco, casi por obligación, pero encender un cigarro después de cada comida era un ritual sagrado. Fumar le ofrecía un instante de calma en medio del caos.

—En cuanto lleguemos a La Habana, lo primero que haré será comprar cigarrillos.

—Pufff, La Habana…

—No te veo muy entusiasmado —dijo Ramón con la cabeza ladeada.

—Que viniésemos fue decisión de mi padre —respondió Elías pateando una astilla suelta en la cubierta.

Hacía un frío endiablado. Las ráfagas de viento meneaban con ruido escotillas y compuertas, silbaban en las rendijas. Ramón se subió el cuello de la chaqueta.

—¿Y eso?

—Se volvió a casar. No nos llevamos bien con su mujer.

—¡Vaya!

—Viajamos en tercera clase por su culpa, es una tacaña —dijo Elías, y luego añadió—: Perdona, no quería ofenderte.

—No pasa nada. Tu hermana me dijo que tenéis alguien de la familia en La Habana.

—Sí, un tío.

Chasqueó la lengua Ramón.

—Entonces estás mejor que yo.

—No lo creo. Tú eres libre —respondió Elías—. Puedes decidir por ti mismo. Y, además, me parece que tienes ambiciones.

—¿Y tú?

—Yo solo quiero estar tranquilo.

—Seguro que tienes algo pensado para hacer en Cuba —insistió Ramón, que le dio un codazo amistoso.

Elías fijó la mirada en un punto lejano.

—No quiero que me digan qué hacer. Ya tuve bastante con que mi padre decidiera por mí. Me mandó lejos, como si yo fuera un paquete. Ahora solo quiero pensar… pensar por mí mismo, aunque sea en voz baja.

Ramón asintió.

—Entiendo. —Jugueteó con el cigarro—. Todos tenemos nuestros problemas.

Llegaron a la puerta que conducía a los sollados. Ramón se detuvo frente a los escalones empinados. Elías se pasó la mano por la nuca y escudriñó el descenso.

—¿Vienes? —preguntó Elías.

—Me fumo un pitillo y bajo.

Ramón se giró y siguió caminando. El suelo era un lodazal: aguas sucias corrían desde los grifos y las cañerías, mezcladas con restos de comida que se pegaban a las botas. Avanzó hacia la proa, donde el piso estaba algo más seco. Se apoyó en la barandilla, encajó las manos en los bolsillos de la chaqueta y dejó que el cigarro apagado le colgara de los labios. Observó el agua oscura. El cigarrillo se le resbaló de la boca y cayó.

—¡Mierda! —Golpeó la barandilla con la palma.

Un carraspeo lo hizo girarse.

—No te pongas así, muchacho. Hay cosas peores en la vida.

Ramón parpadeó. El hombre que hablaba desentonaba en la cubierta de tercera clase. Tenía un porte distinguido: cabello peinado con esmero, cejas espesas como pinceladas y un bigote discreto, casi teatral. Parecía haber bajado por error desde un camarote de primera.

—Perdone, pensé que estaba solo —dijo Ramón enderezándose.

—No tienes por qué disculparte —respondió el hombre con una sonrisa amable—. Soy Francisco de las Barras —añadió, y le tendió la mano con firmeza.

—Ramón Alas-Solís —respondió al estrechársela.

—Creo que estoy en la zona prohibida —dijo Francisco guiñando un ojo—. Mi hija insiste en que fumo mucho y vine aquí para que no me viera.

Ramón sonrió cómplice y sacó su cajetilla casi vacía.

—¿Quiere un pitillo? —le ofreció levantando una ceja.

Francisco se atusó el bigote. Olía a loción de afeitar, fresca y penetrante, como recién salido de la barbería. Su aspecto era impecable, salvo por dos dedos amarillentos por la nicotina.

—Estás en las últimas, amigo. —Metió la mano en el bolsillo interior de su americana—. Mejor deja que te salve con uno de los míos.

Sacó dos puros gruesos y marrones y le ofreció uno con gesto ceremonioso.

—¿Alguna vez has fumado uno de estos?

—No —admitió Ramón mientras observaba el habano con recelo.

—Entonces déjame enseñarte. Esto no es solo fumar, es un arte.

Francisco sacó un cortapuros de plata, reluciente como una joya antigua. Colocó el habano en la ranura y lo cercenó con un chasquido seco. Luego encendió un fósforo, se llevó el puro a los labios y aspiró con lentitud. El humo del habano llenó el aire con su aroma. Le pasó el cortapuros a Ramón, que lo imitó con torpeza. Dio una calada y tosió con fuerza; los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Está bueno —dijo recuperando el aliento—, pero pega fuerte.

Francisco rio, los ojos rasgados se le estrecharon aún más.

—Te tienes que acostumbrar a los puros. Un buen habano no se fuma, se contempla.

—¿Habanos? ¿Son de La Habana? 

—Sí, hechos con tabaco de allí. Siguen normas de calidad estrictas. Por eso son los mejores del mundo.

—«Partagás» —leyó Ramón observando la etiqueta.

—Es la marca. Y eso —Francisco señaló la banda dorada— es la vitola.

Ramón dio otra calada. Esta vez no tosió.

—Qué curioso.

—Sí, lo es.

Francisco arrojó la colilla al mar. Consultó su reloj dorado, colgado de una cadena que sobresalía del ojal de su chaleco.

—Es tarde. Me tengo que ir.

—Yo también.

—Si quieres saber más de puros, ven a verme a mi tienda —dijo Francisco, que sacó una tarjeta del bolsillo del pantalón y se la entregó—. Aquí tienes la dirección.

La cartulina era estrecha, fileteada e impresa en letras doradas. En ella se leía: ALMACENES LAS BARRAS, CALLE GALIANO, NÚMERO 1.

Don Francisco le contó que era oriundo de Galicia y que había emigrado a Cuba unos años atrás. Con esfuerzo y visión, levantó un negocio próspero: un establecimiento variopinto donde podía encontrarse de todo, desde un par de medias hasta tornillos. Su firma se convirtió en una de las más prestigiosas de la isla.

—Gracias. Seguro que me paso —dijo Ramón guardando la tarjeta.

Francisco asintió con una leve inclinación de cabeza.

—Que te vaya bien.

Le estrechó la mano y se alejó hacia la zona de primera clase. Una ráfaga de aire frío sopló de nuevo. Ramón metió las manos en los bolsillos y notó un objeto: la guillotina de plata. Se giró de golpe y corrió tras el caballero, pero su silueta ya se había fundido con las sombras profundas del anochecer, como un recuerdo que se escapa entre los dedos.

3

Fatalidad

Elías se despertó sobresaltado. Los gritos que retumbaban en el sollado lo arrancaron del sueño:

—¡Son las siete! —vociferó alguien desde el pasillo.

«Ya voy, ya voy…», pensó con la intención de levantarse. Pero el cuerpo le pesaba y el sueño lo envolvió de nuevo como una manta húmeda. No fue hasta cerca de las ocho que el bullicio lo sacó definitivamente del letargo. Voces agitadas y pasos rápidos acompañaban a dos marineros que arrastraban a un aldeano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Elías, aún medio dormido, a su vecino de litera.

—Otro que se ha puesto malo.

Elías se levantó de un salto, se enfundó los pantalones y se calzó sin atarse los cordones. Caminó a zancadas hasta la litera de Ramón.

—Hay otro enfermo. Voy a ver cómo está mi hermana.

—Te acompaño.

—¿Y el desayuno?

—No importa, quiero ir contigo —dijo Ramón sacudiendo la cabeza—. Total, no nos perderemos gran cosa.

En el sollado de las mujeres, el ambiente era igual de caótico. Algunas aldeanas, envueltas en sus mantones, permanecían sentadas junto a sus cestas y zuecos. Los niños correteaban entre ellas, ajenos al nerviosismo general. Voces, pasos, miradas inquietas: todo parecía temblar.

—Aquella es su litera —dijo Elías señalando un rincón vacío—. No la veo… ni sus cosas.

Una mujer, sentada en un coy cercano, los observó con ojos cansados mientras se ataba un pañuelo a la cabeza. Luego se inclinó hacia ellos.

—No se encontraba bien. Se la llevaron.

—¿Adónde? —preguntó Elías dando un paso hacia ella.

La mujer se encogió de hombros.

—No sé.

—Vayamos fuera y preguntemos —dijo Ramón, ya girándose hacia la salida.

Elías hizo un mohín de desaliento.

—Tenía que haberme levantado antes —murmuró golpeando con el puño la pared de madera.

—¿Y eso qué habría cambiado?

La cubierta comenzaba a llenarse de pasajeros. Elías, con la mirada perdida, puso una mano en el hombro de Ramón.

—¿Ves a alguien de la tripulación?

—Allí. —Ramón señaló hacia la popa—. Vamos.

Un marinero permanecía de pie, inmóvil, con la mirada fija en los pasajeros. Sus ojos recorrían cada rostro con una atención que incomodaba.

—Disculpe —dijo Elías—. Busco a mi hermana. Nos dijeron que se la llevaron porque estaba enferma.

El marinero lo observó en silencio con expresión grave.

—Debe de estar en la enfermería —dijo al fin—. Pero no creo que podáis verla.

—¿Por qué no? —preguntó Elías.

—Son órdenes —respondió el marinero sin inmutarse—. Nadie puede visitar a los enfermos.

—Pero ¿qué le pasa? Necesito saber qué tiene…

El marinero le cortó con brusquedad:

—Podéis hablar con el doctor. —Les indicó un cubículo en el centro del barco—. Llamad, pero no entréis.

La enfermería parecía una caja de embalaje improvisada, ensamblada con tablones mal clavados. El techo bajo y las paredes sin pintar dejaban pasar el frío. Dentro, una sala de operaciones apenas equipada. Colchonetas de paja alineadas en el área de infecciosos, un solo baño y dos retretes completaban el cuadro.

Elías levantó la mano y golpeó la puerta. Esperaron. Nada. Ramón frunció el ceño y volvió a llamar, esta vez con más firmeza. Al otro lado, se oyó el arrastre de unos pasos y luego una voz áspera femenina:

—¡Ya voy!

La puerta se entreabrió y la enfermera quedó de pie frente a ellos, arrimada al quicio.

—Queremos hablar con el médico —dijo Ramón con voz tensa.

—¿Estáis enfermos? —preguntó la mujer sin moverse.

—No —respondió él negando con la cabeza.

—Entonces no es posible. El doctor está ocupado.

La enfermera ya empujaba la puerta para cerrarla cuando Elías dio un paso adelante y la detuvo con la mano.

—Espere, por favor —dijo con urgencia—. Me dijeron que mi hermana está aquí. Se llama María Pilar París.

La mujer lo miró un instante, luego asintió con desgana.

—Un momento.

Desapareció tras la puerta. El silencio volvió a caer sobre ellos. Pasaron varios minutos antes de que regresara.

—Sí, está aquí. La tenemos en la sala de infecciosos. Esta mañana ordenamos que avisaran a sus familiares.

—¿Qué tiene? —preguntó Ramón, que hizo el amago de adelantarse un paso.

—Creemos que es sarampión —respondió la enfermera bajando la voz—. Pero no digáis nada. No queremos que cunda el pánico.

Elías bajó la mirada. Su frente se frunció y los labios le temblaron.

—¿Y cuándo podré verla?

—Lo siento —dijo la mujer mientras se giraba hacia el interior—. Solo estamos el doctor y yo, y hay muchos enfermos.

—Pero…

—Está estable, vuelve mañana.

Y, sin más, cerró la puerta con un golpe seco.

Tumbado en la oscuridad sobre un lecho rígido, Ramón no lograba conciliar el sueño. Intentaba vaciar la mente, borrar los pensamientos, no pensar en Elías, ni en su hermana, ni en la enfermería. Solo respirar. El roce de las sábanas frías lo hizo encogerse. Poco a poco, su cuerpo se adaptó al frío, hasta quedar fundido con la cama, como una sombra más.

Unos pasos rompieron el silencio. Luego, un portazo seco sacudió el sollado.

—¿Quién hace tanto ruido a estas horas? ¡Queremos dormir! —protestó una voz desde otra litera.

Ramón se incorporó. En la penumbra, distinguió una figura tambaleante que avanzaba hacia su coy.

—¿Elías? —susurró saliendo de la cama—. ¿Estás bien?

El otro no respondió. Caminaba en zigzag, como si el suelo se moviera bajo sus pies. Ramón dio un paso más, tratando de verle el rostro.

—¿Me oyes? —insistió, alzando el volumen mientras lo cogía por los hombros.

Elías levantó la cabeza. Tenía la cara enrojecida, los labios agrietados y los párpados pesados como el plomo.

—Bien… —murmuró con voz pastosa.

Se tambaleó. Ramón lo sujetó por el brazo justo antes de que cayera.

—Vamos, te llevo a la litera.

—… qué se le va a hacer… si…

Las palabras se deshicieron en su boca. Cerró los ojos y se desplomó, sin fuerza, como un muñeco de trapo.

—¡Que se callen, por Dios! —gritó alguien desde el fondo.

—Arriba —susurró Ramón, y lo alzó por las axilas.

Lo condujo hasta la cama y lo arropó con cuidado. Elías temblaba bajo la sábana, frágil como una hoja de papel. Ramón tomó una manta áspera y llena de agujeros y lo cubrió con ella.

El amanecer lo halló con los ojos abiertos. Apenas había dormido un par de horas. Ramón se frotó los riñones, bostezó con fuerza y se acercó a la litera de Elías. Lo encontró sentado, con la misma ropa de la noche anterior, las ojeras hundidas y el rostro demacrado.

—¿Cómo estás? Pareces cansado.

—Estoy bien —respondió Elías sin mirarlo.

—Anoche no te tenías en pie —insistió Ramón cruzándose de brazos.

Elías se levantó, abrió la maleta y sacó ropa limpia.

—No me pasaba nada.

—¿Estás seguro?

—Sí —repitió Elías con un tono cortante.

—¿Te preocupa tu hermana? ¿Es eso? —preguntó Ramón.

—Claro —respondió Elías, y cerró la maleta de golpe.

—Pero ayer…

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