1
La búsqueda
Condado de Nailloux, reino de Francia
15 de noviembre de 1274
Lo único que se oía por encima de la disputa de mi progenitor y su esposa era el sonido metálico de las bandejas de plata al posarse sobre el finísimo mantel que recubría la mesa. Las voces del conde y la condesa de Nailloux se confundían en mi mente desde que la palabra «matrimonio» reptara hasta mis oídos.
Permanecí allí, resguardada tras la enorme puerta de madera, aferrada a la pequeña rendija que habían dejado abierta. A través de esa delgada línea contemplaba la crucial escena que me había sido vetada.
Con las mejillas coloreadas por los vapores del alcohol y el calor que manaba del lar, padre picoteaba de los manjares que recién habían servido. Con cada porción que escogía, la vajilla quedaba desnuda, desvelando la heráldica grabada en el fondo de los platos. Yantar era uno de sus máximos placeres. A Antoine Leblond todo le era apetitoso, en especial su mujer, doña Anne de Albret.
No podían ser más diferentes. Él era uno de esos inusuales hombres que siempre portan una sonrisa en el rostro, templando el ambiente y animando a que todos se solacen en el recuerdo de los buenos momentos. Ella, una señora de comisuras descendentes y ceño fruncido, de escasa tendencia a cualquier actividad ociosa que produjera sosiego.
—Hay que encontrarle un esposo —anunció el conde—. Ya he comenzado los preparativos. —Se chupó los dedos pegajosos y le hizo una seña a uno de los criados, quien desapareció un momento para regresar con un pergamino enrollado—. Me han provisto de un listado de hombres casaderos, todos de buen linaje.
Padre llevaba hablando de matrimonio desde que yo tenía memoria. Según él y sus leales consejeros, habíamos desperdiciado unos años extraordinarios, los mejores, sin lugar a dudas, pues la mujer cuanto más joven más jugosa, al igual que el venado.
Sin embargo, poco o nada había participado yo en la decisión de postergar mis nupcias hasta esa avanzada edad que eran los diecinueve. Otras prioridades me habían arrollado, relegándome al último de los pensamientos de mi progenitor cuando todo un enjambre de caballeros ilustres se interesó en mi medio hermana, a quien padre había dotado de una cantidad tan suculenta que habría hecho salivar incluso al más desinteresado de los hombres. Avariciosos, los señores se lanzaron cual bestias a endulzarle el oído con palabras melifluas y prometerle unas arras considerables para la joven dama, asegurándole así que nunca quedara desvalida.
Con aquella marejada de pretendientes amontonándose a su derredor, se llegó a la temprana conclusión de que Aurore era mucho más fácil de casar que yo; así pues, el conde y la condesa de Nailloux aunaron sus esfuerzos en mi medio hermana y se olvidaron de mí. Yo podía esperar.
Y eso había hecho.
—¿Algún extranjero? —preguntó doña Anne.
Padre frunció el ceño y le cedió el pergamino a su esposa, que enseguida comenzó a leer.
—Algunos —murmuró mientras se rascaba la barba—. Esta tarea es harto difícil y tendremos más éxito en los reinos de Castilla y Aragón que aquí.
—Quizá con algún pariente de nuestro yerno —pensó doña Anne en voz alta, sin levantar la vista del pergamino.
A Aurore se la había llevado el duque de Arvieu, don Hugues Durand, un matrimonio en extremo ventajoso que podía retribuir a mi favor si es que se llegaba a algún pacto.
A padre, sin embargo, no le gustó la idea, pues chasqueó la lengua.
—A veces es mejor no pedir favores.
—¿Desde cuándo un contrato matrimonial se observa como un favor y no como lo que es, un negocio?
Él emitió un bufido que delataba cansancio.
—Esposa mía… —Aquel fue el primer aviso.
Padre era un hombre paciente, pero incluso el más santo de los varones encuentra un límite. Y ese límite poseía nombre y apellido, doña Anne de Albret.
—Tiene un hermano —le recordó ella con cierta tirantez.
—Un hermano que aspirará a algo mejor que nuestra Mathilde.
Esa era yo. La pobre Mathilde.
Tragué saliva con dificultad y, silente, me pegué aún más a la puerta, aguzando el oído.
De haber sido una niña de corta edad, me habría frustrado ante el favoritismo que mi padre demostraba públicamente por sus otras hijas: Aurore y Léonie. Pero tras años de afecto prodigado en privado, ya había reconocido y aceptado mi inferioridad. Yo era el fruto de un amor pasajero. Un amor nunca jurado y nunca validado ante Dios, lo cual conlleva un precio. La bastardía es una condición que nadie desea.
—¿Preferís a un extranjero que a alguien de nuestro reino? —Doña Anne prosiguió con su interrogatorio, punzante y sibilina.
—Es bueno casar con extranjeros, querida esposa. Así entra sangre nueva.
—Sangre nueva… —refunfuñó.
Padre le echó una mirada que había dejado de ser de advertencia y ella asintió con una sonrisa mal fingida. Anne de Albret nunca sería partidaria de salir de las fronteras de nuestro amado reino, ni siquiera por motivos tan celebrados como es un casamiento. «Todo aquello que pueda hacerse en nuestras tierras se hará en nuestras tierras», solía decir. Francia ocupaba buena parte de su corazón, el resto era de sus hijas.
—Es mejor así —zanjó la cuestión padre.
—Sea —dijo doña Anne—. Mas aseguraos de no ofender a ningún noble francés con vuestras preferencias por lo foráneo. No vayamos a entablar alianzas con un reino vecino y sembrar enemistades en el nuestro.
A lo que padre se refería era a que ningún gran noble estaría dispuesto a contraer nupcias conmigo, bastarda reconocida pero bastarda al fin y al cabo. Ante ello, solo le quedaba agrupar a las ramas menores de la nobleza, bien fuera a esos segundogénitos desesperados o a algún gran señor que, habiendo caído en desgracia, poseyera un buen título y se viera en la necesidad de un matrimonio que le garantizase un mayor número de tierras y rentas.
Por el contrario, en los reinos peninsulares nos sería más fácil triunfar, cualquier alianza extranjera se percibiría como un entronque beneficioso, por lo que muchos caballeros de condición superior a la nuestra ignorarían mi nacimiento fuera del seno del matrimonio. Quizá pudiera atrapar a un marqués o a un duque. Además, como mi propio padre había comentado, a veces era de necesidad que entrara sangre nueva dentro de la familia.
En los días sucesivos se mandaron misivas a toda Francia y al otro lado de la frontera, a los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal.
Nuestro monarca, Felipe III, de la dinastía de los Capeto, no ofertó pariente alguno para mis nupcias. Su hermano Luis había fallecido hacía quince años y su hermano Juan-Tristán hacía cinco, de un brote de disentería que asoló los ejércitos durante la octava cruzada. El resto —Pedro, conde de Alençon, y Roberto, conde de Clermont— ya habían pasado por el altar. En cuanto a sus hijos varones, todos eran menores que yo.
Padre quería intentar que don Alfonso de Castilla propusiera a uno de sus hermanos. Sin embargo, este estaba bastante lejos de querer que uno de los miembros de la familia real matrimoniara conmigo, y no precisamente por mi sangre francesa. No. La verdadera razón estribaba en mí misma; el rey consideraba que yo era un bocado demasiado modesto para un paladar tan refinado.
A pesar del terrible oprobio que esto podría comportar, en realidad era de agradecer. Su hermano, el infante don Felipe, parecía estar preso de una terrible maldición: mujer con la que se unía, mujer a la que enterraba. Y eso que ya había casado hasta en tres ocasiones.
Su otro hermano, don Manuel, había contraído nupcias con doña Constanza de Aragón, hija de Jaime I el Conquistador y la reina Violante de Hungría. Tras quedar viudo con todavía mucha vida por delante, había decidido volver a pasar por el altar justo el año anterior, cuando tomó por esposa a Beatriz de Saboya, hija del conde de Saboya, Amadeo IV.
Para nuestra desgracia, don Fernando había rendido el alma durante la conquista de Sevilla, y don Sancho, quien había sido arzobispo de Toledo hasta su muerte, ya hacía catorce años que abandonara nuestro mundo.
Así pues, los únicos infantes castellanos que quedaban eran don Enrique y don Fadrique. Don Enrique aún no se había decidido por el matrimonio, pese a que ya peinaba canas dados sus cuarenta y cinco años. Irónico teniendo en cuenta que a mí se me apremiaba a desposarme, no fuera mi tersa piel a caer hecha jirones y ya nadie me deseara, mientras que él ya se había rendido a la gordura y flacidez propia de una vida de excesos.
De su hermano don Fadrique decíase que tenía una cicatriz que lo afeaba notablemente. Sin importar aquella imperfección física, le habría dado el «Sí, quiero» de haber sido la voluntad de mi padre y el rey, mas no fue así y aquello me salvó del agravio. Contra todo pronóstico, don Fadrique sería ejecutado unos años más tarde por conjurador.
Del rey de Aragón, don Jaime I el Conquistador, había poco que obtener; su único hermano había fallecido y él ya no estaba en posición de guerrear mucho más debido a su avanzada edad. En cuanto a sus propios hijos, don Pedro y Jaime estaban casados, y Sancho llevaba vestiduras de arzobispo.
Menos esperanzas albergábamos con la monarquía navarra. Hacía un año que el rey Enrique I había fallecido, dejando una viuda desconsolada y una criatura de tan solo dieciocho meses. A aquella niña que apenas podía ponerse en pie la habían proclamado reina bajo la atenta mirada de su progenitora, doña Blanca de Artois, quien ostentaba el poder en calidad de regente. Doña Blanca era, además, prima de nuestro rey Felipe III, por lo que la sangre que corría por la nueva reina de Navarra, Juana I, era francesa.
En el reino de Portugal se presentaba más de lo mismo. Al monarca Alfonso III no le quedaba ningún hermano vivo y a sus vástagos legítimos ni aspirábamos.
Se trataba, a todas luces, de una situación desoladora.
—Ningún rey te dará a uno de sus deudos, ni siquiera al menor de ellos. No nos darían ni a uno de sus pajes para prometerlo con Mathilde —había augurado doña Anne—. ¡Qué osadía pedirle a uno de sus hermanos! ¡A un infante!
—Sería un necio si no lo supiera, si acaso soñara con ello —le explicó él—. Les pido un infante y un buen hombre a sabiendas de que nos lo negarán, mas así son las negociaciones. Yo les informo de lo que deseo y ellos, creyendo que no somos merecedores, atemperan ese deseo para así ofrecerme algo más acorde a nuestra condición.
—Un gran noble —acotó ella.
—O un noble cualquiera —apostilló él.
—Eso espero —concedió—, noble, después de todo, pero no menos que un conde. Deberíamos dar gracias a Dios si es que llega a ser un marqués o un duque.
—No aceptaré menos que eso. Mathilde sigue siendo hija mía y lleva el apellido Leblond.
—Sea. —Doña Anne inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento—. Pero cuidaos de no ser en extremo intransigente con los hombres que la galanteen, no vayáis a dejarla soltera y quedemos para siempre bajo su custodio. Ninguna hija merece algo así, y menos por las ridículas pretensiones de un padre. Casadla bien, eso será suficiente. Mathilde lo valorará.
Tal y como padre había previsto, los rechazos reales no tardaron en llegar y desembocaron en suculentos cotilleos cortesanos. Enseguida corrió la buena nueva de que las Coronas de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal se habían sentido tentadas de entroncar con el linaje nobiliario del conde de Nailloux. Lejos quedaba la veracidad de lo sucedido, pues ningún monarca había sopesado siquiera la opción de pedir mi mano para alguno de sus familiares; sin embargo, esa información no interesaba a nadie, como a nadie interesaba que Navarra siquiera podía contemplar algo así.
Las malas lenguas se enredaron en mentiras y mentiras, y, al poco tiempo, todo lo que había sobrevivido no eran más que habladurías. El rumor de lo que habría podido ser un enlace con la realeza se dispersó con virulencia y la nobleza peninsular empezó a desear aquello que se suponía que había sido el anhelo de sus gobernantes. A mí.
Solo quedó excluido de la búsqueda matrimonial el reino nazarí de Granada, dada su religión.
El conde de Nailloux no le entregaría su hija a un infiel.
2
Los pretendientes
Con aquella ida y venida de cartas se inició todo un despliegue de ofertas y peticiones de matrimonio, muchas más de las que jamás habría llegado a imaginar.
Padre pasó semanas encerrado en uno de los salones del castillo, leyendo y contestando misivas, barajando posibles pretendientes, rechazando a unos e invitando a otros a visitarnos, convencido de que así la negociación prosperaría. Su estrategia era la de una mente acostumbrada a los asuntos de la política: proponía a los caballeros que me conocieran en persona para así evaluarlos él mismo.
Para cuando llegó febrero, nuestro hogar ya se había convertido en refugio de jóvenes nobles —y no tan jóvenes—, un hervidero de excitación continua que recordaba a la abarrotada corte de nuestro rey Felipe III.
Muchos acudieron a saciar su curiosidad y averiguar si la bastarda Leblond tenía esos ojos grandes y melosos, la larguísima melena que hacía palidecer al trigo en época de recogida, la tez blanca que simulaba ser nata, el cuello largo y fino, las cejas arqueadas y esa silueta menuda de la que tanto se hablaba. Los más reticentes a cabalgar hasta el condado mandaron a sus hombres de confianza para cerciorarse de mi belleza y, en caso de ser cierta, luchar por mi mano.
La noche de su llegada, padre se reunía con ellos en privado y al día siguiente los presentaba en un banquete formal en el que los agasajaba con exquisitas viandas y el mejor de los vinos. Los caballeros aprovechaban el momento para rendirme honores y lanzar discretas miradas de admiración. Los más astutos traían presentes para agasajarme y, con sentida deferencia, otros para doña Anne de Albret, de quien esperaban ganarse su simpatía.
Un segundogénito de familia noble me sorprendió con un anillo de oro, coronado por un inmenso zafiro y dos rosas de cinco pétalos grabadas en los bordes. Me habría parecido un obsequio hermosísimo de no ser porque doña Anne hizo que me fijara bien en la gema, que a la luz natural, y no de la macilenta lumbre, lucía deslustrada.
—Es evidente que el zafiro ha sido arrancado de otra alhaja y reutilizado para confeccionar el anillo.
De repente, el anillo ya no era tan cegador como se me había antojado en un principio.
Los obsequios fueron muy variados, desde perfumes de ámbar procedentes del reino granadino, pasando por incensarios de plata que colocar en mis aposentos o en un altar, hasta pendientes de oro y perlas y muchas otras joyas rutilantes ricamente trabajadas.
Pero la vanidad y la usura no debían nublar nuestro buen juicio, padre lo sabía muy bien, por eso los impelía a entablar conversación conmigo, para así comprobar si podían proveerme de entretenimiento, al menos durante la época de cortejo. Para ello salíamos a los jardines, resguardados por las pellizas, con las manos enfundadas en guantes de piel, cubriéndonos narices y bocas para evitar que el frío nos agrietara hasta el alma. La hierba escarchada crujía bajo nuestros pies mientras sorteábamos la hojarasca y los charcos que habían dejado las últimas lluvias.
Detrás de nosotros, un cortejo de damas, encabezado por doña Anne de Albret y mis hermanas, cuidaba de que no hubiera comportamientos inapropiados o intenciones deshonestas, ni una sutil y efímera caricia, ni palabras veladas al acecho de un beso furtivo. Ante la más pequeña muestra de imprudencia, los ceños fruncidos de todas aquellas señoras y doncellas hacían recular a los intrépidos que trataban de ganarse mi corazón mediante ardides.
Conté hasta doce pretendientes, un número bastante elevado teniendo en cuenta mi condición de bastarda. Al menos una veintena ya habían sido despachados por padre a través de cálamo y tinta, ahorrándoles así la molestia de personarse en Nailloux.
El primero en aparecer a nuestras puertas fue el duque de Chisseaux. Atendiendo a su flamante título nobiliario, habría sido una buena elección de no ser porque a su estado de ruina financiera se le sumaban dos inconvenientes: me sacaba una década y parecía sufrir alguna clase de anomalía física, pues sus piernas eran demasiado delgadas y se curvaban hacia dentro, dando la sensación de que se quebrarían con el siguiente paso.
Lo peor de todo era el hedor a cebolla que desprendía y que hube de soportar con estoicismo durante nuestro breve encuentro. Doña Anne de Albret, en cambio, no ocultó su desagrado y se tapó la nariz sin disimulo alguno, incluso estando al aire libre. Para mi querida hermana Aurore fue aún más difícil; el estado de gravidez le había afinado el olfato hasta tal punto que cualquier aroma, por leve que fuera, le desataba un tremendo dolor de cabeza y unas náuseas que culminaban en vómitos.
—Ni aunque sea el último hombre libre de nuestro reino y los vecinos. Antes de casaros con él, prefiero entregaros a una abadía, seréis más feliz allí —dijo padre.
No puse objeción alguna. Prometerme con aquel hombrecillo herrumbroso no era de mi agrado.
—Una cochiquera huele mejor que el duque —comentó doña Anne.
—Hay quienes tienen un severo problema con la higiene. Se pasean por ahí despreocupados, sin tener en cuenta que los demás debemos bregar con esa peste que exudan. ¿No debería estar eso prohibido?
—Debería estar prohibido —coincidió su esposa.
—Debería estar prohibido —conminó Aurore, que contrajo el semblante en un gesto de asco. Se le había revuelto otra vez el estómago con solo pensarlo.
Todos asentimos.
—Una lástima. —Doña Anne se encogió de hombros—. Si esa enfermedad que le retuerce las piernas acaba matándolo, heredaréis rápidamente. —Me echó un vistazo.
Cohabitar con el duque se me terciaba un precio demasiado alto para, finalmente, recibir un puñado de tierras agotadas y un limosnero apolillado en el que solo habría pelusas de terciopelo. Sin embargo, no tuve tiempo de hacer valer mi parecer; padre dio un golpetazo sobre la mesa y la vajilla retumbó.
—¿Heredar qué? —espetó padre, airado—. ¿Su título y sus deudas? —Agitó la mano en señal de negación—. Traerá más cuitas que dichas y para su fallecimiento quizá haya que esperar demasiado.
Doña Anne de Albret esbozó esa sonrisa sibilina que cuando era una cría me erizaba el vello de la nuca.
—O no. Es evidente que está enfermo y no me extrañaría que esa fuera la causa de su soltería.
Padre bufó.
—Nunca se sabe cuándo Dios ha de llamarnos para que acudamos ante Él. El duque puede fallecer en tres meses o en treinta años. Además, no estaría tranquilo. No quiero que esa mala semilla se extienda dentro de nuestro linaje ni que mi Mathilde tenga que dar a luz a un niño malformado.
Dirigí la mirada hacia mis manos, escondidas bajo el fino y blanquecino mantel que adornaba la mesa, y allí, con la cabeza gacha y la cortina de cabello trigueño ocultando mis facciones, me permití una de esas sonrisas que destilan agradecimiento. Aquella noche no me retiré a mi alcoba sin haberle regalado a padre un beso en la mejilla. «Por cuidarme —le dije—, por velar por mí, por quererme».
Y ahí quedó todo.
El duque de Chisseaux aceptó la negativa de mi progenitor, se fue bien entrada la mañana siguiente.
Para los extranjeros fue menester un traductor, pues ni los aragoneses y castellanos hablaban francés, ni nosotros su lengua. Para eso, padre había mandado llamar a un intelectual que pasaba el día, ora leyendo, ora transcribiendo manuscritos de tiempos pasados.
Era el conde de Aguasvivas, del reino de Aragón, un hombre encantador, atento y servicial, de una conversación tan agradable que quedé impresionada. Su gran pasión era la poesía y, sabiéndome halagada, me dedicó poemas amorosos mientras paseábamos por los jardines del castillo. Que si las rosaledas se marchitaban ante mi mera presencia, que si el sol quedaba eclipsado por la belleza de mi sedosa melena y las frambuesas eran menos apetitosas que mis labios. Por desgracia, sospecho que la traducción no hacía honor a las palabras que enhebraba con soltura, la sonoridad no era la misma en nuestro francés y los versos no terminaban de rimar por más que el intérprete se afanaba en encajarlos y ser fiel a los sentimientos que mostraba el caballero.
—Si solo fuera un poco más alto… —lamentó Aurore cuando nos reunimos en privado.
Pese a sus muchas virtudes, el aragonés era más pequeño que yo en un par de pulgadas, una diferencia que él mismo trataba de acortar estirando el cuello y cuadrando los hombros.
—¿Es eso tan importante? —inquirí—. Pensaba que buscábamos inteligencia, ternura y donosura. Eso es lo que recitaba la trovadora Castelloza, ¿no? —Con voz cantarina declamé—: «Amigo, si os encontrara cortés, humilde, sincero y de buen corazón, bien os amaría; pero ahora recuerdo que os encontré malvado, falso y vil».
—El caballo no puede montar a la yegua si esta es más alta que él —dijo mi hermana acariciándose el incipiente vientre.
—Tampoco es que el conde de Aguasvivas sea un potrillo. —Rio Léonie, divertida por los pícaros comentarios.
—Bueno, así será más fácil besarlo —lo excusé.
Doña Anne estalló en sinceras carcajadas y yo no pude evitar enrojecer por completo al reparar en la sinceridad abrumadora que me había brotado de la boca.
—Cuidado con eso, querida. Los hombres de poca estatura a menudo se convierten en gravísimos tiranos. El complejo merma tanto su amor propio que han de pisotear a los que se hallan a su derredor para así sentirse gigantes. Nunca os perdonará que seáis más alta que él.
—Mas no es mi culpa sobrepasarle en estatura —me quejé—. ¿Por qué odiar algo que me ha concedido Dios, nuestro Señor? ¿Acaso no somos su obra magna, no estamos hechos a su imagen y semejanza?
—Solo el hombre —rumió Aurore.
Doña Anne emitió un suspiro apiadándose de mi inocencia y juventud.
—Los hombres no aceptan que Dios nos otorgue algo que según ellos les pertenece. No importa si es altura, belleza, riqueza o poder. Son avariciosos por naturaleza y lo quieren todo para ellos.
—No lo escojas, Mathilde —me susurró Aurore, que me había tomado de la mano—. No lo escojas a él.
No lo hice.
Porque ¿cómo no seguir los consejos de mi querida hermana, que había elegido tan bien a su esposo que ya había dado a luz a un varón de dos años y llevaba en sus entrañas a lo que sería una niña de mejillas arreboladas? Si había mujer que conociera el éxito del matrimonio, esa era Aurore.
El siguiente fue el marqués de Navalosa, del reino de Castilla. Apuesto, gallardo, de ojos felinos y espaldas anchas, le habría arrebatado el aliento a cualquier doncella. Su sonrisa era la más afilada de sus armas, las arras que traía consigo como gesto de buena voluntad eran más que generosas y el linaje del que provenía, impecable.
—Demasiado, en todos los aspectos —arguyó doña Anne—. Será vuestra perdición.
—Ha demostrado ser muy atento —le defendí yo.
El marqués no solo me había resultado atractivo, sino también cortés. Había intentado comprar mi afecto con un broche redondo de filigranas de oro y un rubí en el centro. A cambio, y mostrando un gran interés por mis aficiones, me había suplicado que lo obsequiara con alguna tonadilla mientras tocaba el laúd o el arpa.
—Creedme, querida mía, será atento con otras mujeres, en especial cuando ya estéis encinta. Esa sonrisa… —Doña Anne negó con la cabeza, visiblemente disgustada—. Seguro que la utiliza con todas, al igual que ese exagerado interés por vuestros gustos es fingido. Son migajas, migajas con las que llenaros el vientre y el pecho de ilusiones. Y de las migajas nadie ha logrado alimentarse.
Intenté objetar, pero de poco sirvió.
—Hazle caso a madre, hermana —me instó Aurore—. No querrás compartir a tu marido con otras. Yo, desde luego, no lo soportaría.
—Un esposo adúltero es peor que la ponzoña —continuó doña Anne—. Tomadlo en matrimonio y un día os despertaréis en el lecho, miraréis a vuestra derecha y os percataréis de que no podéis confiar en él ni siquiera para los asuntos más nimios, como en si le ha agradado vuestra elección del servicio de mesa. Entonces, plagada de dudas y descortesías, de engaños y hastío, desearíais haberlo dejado pasar en vuestra lista de pretendientes y que se lo hubiera quedado otra. Una más necia. Una más torpe.
Aquel discurso funesto me había arrancado cualquier atisbo de esperanza en lo referente al noble castellano, y a los hombres, en general. Al ver mi repentina mudez, doña Anne relajó el rostro, y en sus labios se dibujó una sonrisa preñada de cariño.
—Esto es como el juego del ajedrez, solo que, a veces, quien se queda con el rey es la que pierde. Encontraremos a un buen hombre, uno que no se deje vencer por los apetitos de la carne. Uno que os sea fiel.
Seguí sus consejos e ignoré a aquel ilustre caballero.
Estaban en lo cierto, el marqués de Navalosa casó con una joven de buena familia y yuntó carnalmente con cada una de sus doncellas. A nadie le sorprendió cuando nacieron hasta tres hijos varones y cinco féminas de vientres distintos. Su esposa desearía que hubiera sido yo la que cometiera el infame error de unirme a él.
El vizconde de Barmont, cuyas tierras se encontraban en el centro del reino de Francia, me sobrepasaba en treinta y cinco años.
Era fama la gallardía de su excelso linaje, casi tanto como la viudedad que lo había asolado hacía unos meses. Su primera esposa había muerto de fiebres puerperales, dejándolo a cargo de cinco hijas, algunas todavía menores. Fue, quizá, demasiado sincero en cuanto a sus intenciones. Las niñas necesitaban con presteza una madre y él una nueva mujer, esta vez una que le garantizara, a ser posible, un heredero.
—Parece sana y fuerte —dijo escrutándome.
Temí que en cualquier momento fueran a desnudarme allí mismo, encima de la mesa del gran salón, para medirme las caderas y que una vieja alcahueta me introdujera los arrugados dedos entre los muslos. «Oh, sí, sí, la doncella es pura y su tierra es fértil. Os dará buenos vástagos, proceded a plantar vuestra simiente cuando gustéis», habría augurado la mujer. Y yo solo podría temblar, ahí expuesta cual trozo de res en las tablas de carnicería, y preguntarme: ¿y si no lo soy? ¿Y si no puedo parir un heredero?
—Por Dios y por mi vida que a doña Mathilde no le faltará de nada mientras yo esté vivo —prosiguió el vizconde—. Será tratada con devoción y respeto, lo que merece, y todo mi cariño le pertenecerá. Y como yo también soy padre de hijas, juro que, de ser una mujer obtusa y desobediente, la reprenderé mas no seré severo con ella. Mis manos no la dañarán, señor mío.
De este modo, el vizconde de Barmont, de una astucia singular, mentó el mayor miedo de un progenitor, el sufrimiento de sus hijos, y se ganó a padre en la velada que se celebró la noche de su llegada.
Doña Anne, que no caía en promesas vacuas ni se dejaba enredar con palabras que pronto se las llevaba el aire, opinaba que el vizconde era demasiado mayor y me haría infeliz. Padre creía que la diferencia de edad era salvable en tanto en cuanto había jurado prodigarme cuidados y afecto; a ella le gustaba recordarle que el cariño podía nacer y morir en un suspiro.
—La haréis desdichada —le previno.
—Ya lo habéis oído. Promete respetarla y amarla.
—Cuando ella madure un poco más, él será un anciano al que le faltarán los dientes y le costará levantarse de su asiento. Por Dios bendito, la condenaréis a cuidar a un viejo decrépito.
—Mejor así. Vos misma dijisteis que cuanto antes falleciera el duque de Chisseaux, antes heredaría Mathilde. Este, al menos, no ha dilapidado toda su fortuna ni viene en busca de nuestro dinero.
—¡No es lo mismo! —comentó indignada—. No comparéis a un duque tullido con un pie en la tumba con un simple vizconde que no presenta signos de enfermedad. ¿Acaso creéis que me habría negado de haber sido el hermano del rey Alfonso, don Enrique?
—¿Segura que no lo habríais hecho? —cuestionó él, con una de las cejas alzadas—. Porque don Enrique debe sacarle unos veintiséis años.
—Dios sabe que no. —La ofensa le constreñía la garganta—. Soy una madre preocupada, mas no una necia que no distingue el beneficio para sus hijas, y Mathilde es casi mi hija. —Se golpeó el pecho, y las joyas que la engalanaban repiquetearon—. La habría mandado a Castilla con las mejores telas y gemas, y un séquito pequeño pero leal que la salvaguardara en esas tierras extrañas. Así habríamos esperado, juntas, en la distancia, a que don Enrique falleciera y ella y sus descendientes heredaran.
Una mueca ladina, nada común en él, serpenteó en la boca de padre.
—Qué poco os importaría ahí su dicha…
Para doña Anne aquello fue una puñalada. Se acercó a su esposo hasta que sus narices se rozaron y pudo oler el aliento agriado por el vino. Entonces siseó:
—Nombradme un solo matrimonio feliz.
Después del vizconde de Barmont, llegaron más pretendientes, a cada cual más decepcionante. El que no me superaba demasiado en edad, no era de digna planta; el que gozaba de hermosura, acumulaba terribles faltas; el que no las tenía, no se había granjeado la simpatía de padre, y el que parecía un caballero de infinitas virtudes, provocaba en doña Anne de Albret un mohín de desagrado.
Una noche, padre irrumpió en la alcoba privada de doña Anne, solo vestido con la camisola que hacía de ropa de dormir. El lar estaba encendido y el chisporroteo emitía una calidez intermitente, una luz anaranjada que se reflejaba en su gesto contraído y en los ornamentos de oro y plata que decoraban los aposentos. El servicio se retiró enseguida, dispensado por doña Anne, que, acomodada en el lecho, se arrebujaba entre los enormes almohadones.
—¿No me dijisteis precisamente vos, esposa mía, que no fuera intransigente con los pretendientes, que con casar bien a Mathilde sería suficiente?
Con cuidado, doña Anne de Albret alisó las arrugas de las mantas que la cubrían. Nada en su rostro presagiaba alteración.
—Cierto es, mas si la entregamos a cualquiera nos arrepentiremos de por vida.
—No son hombres cualesquiera, bien lo sabéis.
—No. No lo son. Pero Mathilde tampoco es doncella cualquiera, por muy bastarda que sea, ¿verdad? —Padre se mordió el labio inferior, arrepentido por el ataque de impaciencia y rabia que lo había llevado a penetrar cual bárbaro en las habitaciones de su querida esposa—. Quiero para ella lo que tiene Aurore, ni más ni menos. Eso es lo que debemos darle.
—Lo de Aurore con el duque de Arvieu es excepcional. Un matrimonio en el que nazca el amor… Un amor sincero… Eso no siempre sucede. No podemos prometerle la felicidad, no está en nuestras manos.
—Pero sí el desposarla con un hombre que no vaya a agraviarla, y muchos de los caballeros que han pasado por este, nuestro hogar, iban a hacerlo. Si no podemos prometerle la felicidad, garanticémosle lo más parecido que haya. —Y tras un suspiro, dijo—: Ya ha sufrido bastante, ¿no creéis?
Nadie podría acusar a doña Anne de Albret de no ser justa conmigo, aunque no fuera de su sangre.
Los pretendientes se sucedieron y, tras continuados galanteos, ofrendas lujosas, conversaciones y paseos invernales, me pregunté si en algún momento encontraríamos al hombre al que padre me cediera en calidad de esposa o si, tal y como él había mencionado en una ocasión, habría de ingresar en un convento.
La búsqueda se había alargado hasta lo indecible y, para cuando rozábamos finales de marzo, mi paciencia se agotaba. Contemplar cada mañana el vientre abultado de Aurore, los arrumacos que dedicaba a su hijo y los que le prodigaba a ella su devoto esposo acentuaba una inseguridad que ya me roía el estómago. Aprovechaba hasta la más ínfima oportunidad para compararme con ella y abrirme heridas en el orgullo.
La brillante y bella Aurore, con unos ojos azules en los que cabía el cielo primaveral y una melena rubia bruñida. La perfecta doncella de mirada cauta y mejillas sonrosadas, de la que se prendaban caballeros de noble estirpe y hombres del común. La segundogénita de Antoine Leblond, la primera en desposarse y, para mayor ofensa, en el plazo de un mes.
Para cuando llegó mayo, la angustia se había acrecentado lo suficiente como para envolverme en unas preocupaciones grises que apenas me dejaban comer y conciliar el sueño. Desesperada, una noche encendí el candil que siempre reposaba al lado del lecho y me postré de rodillas en el reclinatorio instalado en mi alcoba. Con absoluta devoción, clavé los ojos en el crucifijo y con un hilillo de voz le pedí a Dios Todopoderoso que me enviara una señal.
—Una señal, Dios mío —gemí entre sollozos—. Una señal que me muestre el camino que he de seguir: el de la abnegada esposa o el de la monja benedictina en la que me convertiré si esa es vuestra voluntad. Me encerraré en el convento de Argenteuil, al igual que Eloísa, y me dedicaré a las plegarias y a cuidar de los más necesitados.
Las manos entrelazadas empezaban a dolerme debido a la presión, y las lágrimas que surcaban mi faz, mejillas abajo, se me precipitaban sobre los labios, salándome los rezos.
—Vuestra servicial esposa o la de un hombre bueno —murmuré—. Os lo ruego, dadme una respuesta.
Lo habría hecho. De buena gana habría pronunciado los votos de novicia si esos hubieran sido sus designios. Pero Dios proveyó con asombrosa celeridad.
Fue en una tarde de lluvia torrencial cuando los señores de Cigales aparecieron en el limes de nuestro territorio sin invitación alguna.
Y sería ella, doña Mencía de Lara, quien cambiara mi vida por completo.
3
La señora de Cigales
Mayo de 1275
Pese a que el frío había ido menguando, el mes de mayo se presentó con mañanas y noches aún gélidas. Frente al cielo encapotado y el manto de tristeza aposentado sobre el condado de Nailloux, los exiguos rayos de sol aportaban un ápice de luminosidad. Diluviaba. Diluviaba hasta ahogar los campos y convertir los cultivos en lodazales deprimentes, y las mujeres, encerradas en una de las alcobas superiores del castillo, observábamos el paraje aguado a través de la ventana mientras nos torturábamos los dedos en la labor del bordado.
—Tened paciencia —dijo doña Anne, con el ruido sordo del aguacero impactando sobre sus delicadas palabras—. Los asuntos de gran complejidad requieren de tiempo y esfuerzo. Esto sirve tanto para el noble arte de la aguja e hilo como para la política matrimonial. —Le echó un breve vistazo a Léonie, quien se había pinchado la yema del dedo y en esos momentos succionaba el ridículo hilillo de sangre.
Miré el hermoso dibujo floral que había punteado en el lienzo níveo que descansaba sobre mi regazo y contuve el bufido que me ascendía por la garganta. El noble arte de la aguja e hilo y la política matrimonial… Por desgracia, mi destreza era mayor para lo primero que para lo segundo. Habían transcurrido cinco meses desde que emprendiéramos la búsqueda de un esposo y mi situación era igual de descorazonadora que hacía tres años: padre seguía desestimando pretendientes sin reparar en que cada hombre rechazado era un día más en el que yo me marchitaba.
Recordé las plegarias rezadas al Altísimo en aquel reclinatorio que me desollaba las rodillas y pinzaba la espalda, y sin levantar la cabeza de la labor, murmuré:
—Aceptaré lo que sea que Dios predisponga para mí.
—Ya sabéis lo que dicen: nosotros proponemos, mas es Dios el que dispone —respondió doña Anne—. Estoy segura de que lo que tiene preparado para vos es de gran valor.
Un gruñido interrumpió la esperanzadora conversación. A mi diestra, Aurore había tratado de levantarse, pero, pesada como estaba en el séptimo mes de embarazo, se había dejado caer en la silla de cadera, frustrada. No habría de permanecer mucho más en Nailloux; la criatura que abrigaba en sus entrañas debía nacer en Arvieu, el ducado de su esposo, donde este se encontraba desde hacía semanas. Don Hugues Durand había sido muy generoso al mostrarse tan solícito con padre, aconsejándole sobre este y otro caballero que venían a parlamentar sobre contratos matrimoniales. Sin embargo, al dilatarse tanto la gestión, el duque aludió a sus deberes para retornar a sus tierras, tratando así de ocultar la realidad: estaba agotado de esperar a que apareciera un buen marido para mí.
Era egoísta retener a mi hermana con nosotras bajo la excusa de ayudarme a preparar el ajuar de unas nupcias que no parecían estar cerca de celebrarse. Debíamos enviarla de regreso a su hogar, con su esposo, al lugar al que pertenecía, para así evitarle viajar tan próxima al parto.
—He de moverme o temo que me quedaré incrustada aquí para siempre y jamás podré volver a levantarme —dijo Aurore tras otro gruñido y un golpe sobre los brazos de la silla—. Ayúdame, Mathilde.
Dejé el bordado sobre el asiento y acudí a socorrerla.
—No sabes cuantísimo te lo agradezco.
La obsequié con una sonrisa y regresé a las ocupaciones de costura. Mientras continuábamos enterrando y desenterrando la aguja, Aurore se dedicó a pasear por la alcoba con pequeños pasos, lentos y dubitativos, una mano en la oronda barriga y otra en la parte baja de la espalda.
—He oído que el vizconde de Barmont se desposa con una tierna doncella de la edad de Léonie.
—¿De…, de…, de mi edad? —balbuceó la pequeña Léonie, que ya contaba con dieciséis primaveras y atraía miradas masculinas.
—Eso dicen —afirmó Aurore, complacida de haber captado nuestra atención.
El rumor no era tan rumor, ya había atravesado todo el reino de Francia, y, sin embargo, la bilis se me subió a la garganta y me agrió aquel plácido momento que vivíamos juntas y tanto atesoraba desde que Aurore marchara para ser esposa y ya no nos viéramos con asiduidad.
Doña Anne lanzó un bufido controlado y se introdujo el cabo del hilo en la boca para apelmazar las hebras y que cupieran por el diminuto ojal.
—Habrán sido la desesperación por la orfandad de sus hijas y el anhelo de un varón lo que lo habrá empujado a contraer nupcias con la primera dama que lo habrá aceptado —comentó. Estaba justo al lado de la ventana, bañada por la luz natural y fría del desapacible día, lo que le otorgaba un aspecto pétreo.
—Parecía un buen hombre —intervino Léonie, que no distinguía la maldad ni aunque el diablo encarnado se le presentara en persona.
—¿Te agradó? —quiso saber Aurore, que se alimentaba de cotilleos cortesanos—. ¿Acaso te interesan los hombres de avanzada edad? Porque en ese caso, será bastante sencillo encontrarte un esposo. ¡Madre, deberíamos empezar a buscar pretendientes para Léonie! —De repente, estaba muy excitada—. ¡Ya está en la edad!
—¡Yo solo he dicho que el vizconde de Barmont parecía un buen hombre! —En su voz, todavía aniñada, se percibía el miedo al matrimonio.
—No hasta que nuestra Mathilde contraiga esponsales —espetó doña Anne.
—Cierto, cierto… —se lamentó mi hermana—. Primero ha de ir Mathilde.
La culpa me devoró. Mi tardanza en los desposorios no solo retenía en Nailloux a mi querida hermana Aurore, en estado de gravidez y alejada de su esposo, sino también a Léonie en la cárcel de la mocedad.
—Según cuentan, es una doncella bastante agraciada —prosiguió Aurore, hilvanando rumores.
Doña Anne levantó la cabeza de su bordado y nos advirtió con una mirada glacial de que el asunto quedaba zanjado, pese a que yo no había mediado palabra. En caso de no haber entendido con precisión el brillo de sus ojos negros, añadió con cierta mordacidad:
—Solo era un vizconde.
Retuve la repentina necesidad de cuestionar si un vizconde, por el mero hecho de serlo, no podía ser, de igual manera, un buen esposo.
Desde la infancia nos habían inculcado que la vida de todas nosotras comenzaba una vez desposadas, que los acontecimientos previos a la boda eran únicamente anécdotas que guardar en un arcón. Por eso, para aquellas que como Aurore llevaban años gozando del privilegio del matrimonio y una vida real, yo no era más que una pobre muerta en vida. Así pues, los títulos me importaban bastante menos que a padre y a doña Anne de Albret; lo único que deseaba eran un marido y una familia a la que dedicarme.
—¿Y tú, Mathilde? —preguntó Aurore, acercándose a mí con la sonrisa sibilina heredada de su madre—. ¿No dices nada?
Sentí los ojos de todas las presentes clavados en la nuca, incluso los de las silenciosas doncellas que nos acompañaban en la labor y que, de vez en cuando, se divertían compartiendo cotilleos que habían oído entre la servidumbre de otros nobles. Doña Anne de Albret esperó paciente, observadora.
—Que le deseo al vizconde de Barmont la mayor de las dichas con su nueva y jovencísima esposa.
Pero aquello no satisfizo a mi hermana.
—¿A quién querrías como esposo si pudieras elegir?
—Te recuerdo que las mujeres no tenemos poder de decisión sobre esas cuestiones, solo me queda aceptar lo que sea que…
—Que Dios disponga —acotó Aurore—. Mas si pudieras escoger, si Dios escuchara tus ruegos y modelara un hombre según los más profundos deseos de tu corazón, ¿qué le pedirías? ¿A quién le pedirías? —Se aproximó hasta no dejar más que unas pulgadas de distancia entre ambas—. ¡Y ni se te ocurra decir que lo mismo que cantaba la trovadora Castelloza! —Me azuzó con el dedo índice—. Esa respuesta ya la he oído en infinidad de ocasiones. ¡Estoy harta de ella!
Si hacía unos segundos había captado la atención de todas las mujeres que allí había, para entonces habían relegado la costura y me observaban con ojos abiertos y mejillas arreboladas que delataban su entusiasmo.
—No sé si alguna vez… —comencé a decir.
Aurore hizo una mueca de disgusto y violencia.
—¡No! —exigió malhumorada—. No te atrevas a eludir la pregunta, Mathilde Leblond.
Supe que no me dejaría escapar fácilmente.
—Quiero oír tus anhelos —insistió.
—Tú lo que quieres oír son las historias que cantan los trovadores, los juegos de cuando éramos niñas y salíamos a los jardines a recoger flores, bailar y corretear mientras fingíamos que éramos la reina Ginebra, Morgana le Fay e Igraine, siempre en torno a un invisible rey Arturo.
Una sonrisa de suficiencia se abrió paso en la hermosa faz de Aurore. Léonie también mostró su perfecta y blanca dentadura, asaltada por los recuerdos de la infancia.
—Lo que quieres oír es que ahora que no somos niñas; ahora que, aun siendo la mayor, no tengo por qué jugar a ser la desdichada y violentada Igraine, estoy deseosa de que un caballero tan gentil y valiente como Lanzarote cabalgue hasta aquí para jurarme amor eterno y pedir mi mano en matrimonio. Pero esas son ensoñaciones, Aurore. Ni hay caballeros como Lanzarote ni yo soy precisamente la reina Ginebra. Mírame, hermana, sigo siendo Igraine, así que me contento con un hombre cortés, aunque sea un vizconde. Y ruego porque ese hombre se parezca más a Gorlois que a Uther Pendragón.
Todo atisbo de alegría desapareció del rostro de Aurore, y con él se esfumaron las expresiones curiosas del resto de féminas.
—No será Uther Pendragón —musitó la pequeña Léonie, que alargó la mano para rozar la mía.
El matrimonio jamás había sido un enlace entre dos personas, sino entre dos familias, un entronque beneficioso para sendos linajes. No existía la búsqueda del amor, más bien la supervivencia de la estirpe y los favores políticos y sociales. Por tanto, mi voluntad no habría de jugar un papel determinante en la elección de mi futuro esposo, como no lo harían mis aspiraciones. No merecía la pena alimentar falsas esperanzas y confiar en esos finales felices solo a disposición de damas y caballeros legendarios.
Yo sería la mano y el anillo, las lágrimas y el paño que las recogen, las sábanas y la sangre del virgo. Yo sería lo que había sido toda mujer hasta ese momento, lo que había sido doña Anne de Albret, y la madre de doña Anne, y la madre de la madre de doña Anne: una esposa servicial más que cumple con su deber, con independencia de quién y cómo es su marido.
—Vuestro padre y yo aún no hemos caído en la desesperanza —me advirtió doña Anne, de vuelta a la costura—. No habrá un vizconde.
Aurore tomó asiento en el poyo de fría piedra de la ventana y con la mirada clavada en los páramos húmedos, murmuró:
—Qué pronto has perdido ese afán romántico que tanto me placía, hermana. Ahora Léonie es el último reducto de la ilusión y el amor cortés.
—He decidido que lo del amor os lo dejo a ti y a tu esposo, el duque de Arvieu —le respondí con una sonrisa bondadosa—. Yo optaré por la practicidad, un matrimonio bien avenido, si Dios lo quiere, y así Léonie no tendrá que esperar a los diecinueve para casar.
Doña Anne percibió el remordimiento en mis palabras; sin embargo, no dijo nada y continuó con las puntadas de aquel hilo de rojo granza hasta que una joven sirvienta se asomó por el resquicio de la puerta entreabierta para interrumpir la quietud de nuestras labores y el clima de confidencias. Con las comisuras tamborileando de emoción, la muchacha nos anunció que había llegado una visita inesperada.
—Mi señor reclama vuestra presencia en el salón de lar —informó a doña Anne tras la correspondiente genuflexión—. Acaban de llegar unos señores oriundos de Castilla.
Los señores de Cigales llegaron en un momento poco propicio. La inclemente llovizna hizo que arribaran al castillo completamente empapados, con las vestiduras pesadas y los rostros macilentos por el cansancio y el frío, que los había calado hasta los huesos. Puede que principios de mayo fuera una época benigna en Castilla y buena parte de Aragón, pero en Nailloux, que se encontraba bastante más al norte, al otro lado de los Pirineos, el clima se resistía a dar paso a las templadas temperaturas primaverales.
Como habría sido un insulto para su dignidad presentarlos en aquellas condiciones, se les concedió un día de reposo para que entraran en calor, dieran buena cuenta de la comida y durmieran en un buen lecho. Así al matrimonio como a la servidumbre que los acompañaba.
Las atenciones prodigadas fueron un bálsamo. Al día siguiente amanecieron con una mejoría considerable, ya no había surcos violáceos bajo sus ojos ni gotas de lluvia que perlaran sus pellizas y cabelleras; el ánimo parecía restablecido en ellos, pese a que el temporal no amainaba. Fue entonces cuando padre y doña Anne nos permitieron conocerlos personalmente.
Era una noche tormentosa, la lluvia golpeaba con fuerza y una ventisca atroz se colaba por entre las ventanas, meciendo las llamas del fuego del salón y emitiendo un silbido fantasmagórico. Por si el ambiente fuera poco siniestro, el titilar de los candiles creaba sombras sobre las paredes de fría piedra decoradas con tapices, haciendo que los rostros tejidos en ellos se oscurecieran. Solo la luz mortecina arrancaba destellos a las joyas que lucíamos y a la vajilla dorada.
Presidiendo la mesa estaba don Antoine Leblond. A su diestra se encontraba doña Anne de Albret, seguida por nosotras, doña Aurore, duquesa de Arvieu, la dama Léonie y yo. El pequeño Denis Durand, hijo de Aurore, hacía rato que dormía en sus aposentos privados, salvaguardado por la nodriza que no lo abandonaba ni un solo segundo. Así hizo las presentaciones padre, siguiendo el protocolo.
A la izquierda de la mesa, el señor y la señora de Cigales, vestidos con ricos atuendos. Doña Mencía de Lara era de belleza extranjera. Frente a la tez lechosa predominante en el reino de Francia, su piel era más morena, con un brillo singular que recordaba a las aceitunas prensadas y la untuosidad que manaba de ellas. Pero esto solo lo advertías si estabas lo suficientemente cerca, pues trataba de encubrir dicha tonalidad con uno de esos célebres emplastos que prometían blanquear el rostro, cuyo resultado final era una máscara nacarada que parecía agrietarse con cada sonrisa.
De silueta espigada y pómulos prominentes, doña Mencía era casi esquelética, los huesos se le marcaban a través de los ropajes. Su cara quedaba enmarcada por una toca blanca y rectangular que cubría por completo cabello y cuello, lo que acentuaba aún más esta apariencia. Las cejas finamente depiladas insinuaban que la melena escondida era de un castaño oscuro.
Por el contrario, su esposo, don Ramiro Fernández de Castro, era robusto y bajito, lo que lo asemejaba al tocón de un árbol. La diferencia de altura era tan notable que no pudimos evitar pensar que sería un déspota por culpa de ese don del que Dios lo había privado. Sin embargo, y en compensación por su particular estatura, lo que sí le había concedido era un rictus belicoso, unos brazos poderosos y unas manos grandes y velludas que podían cascar nueces.
Nuestro ya habitual intérprete, situado en un extremo de la mesa, traducía del castellano al francés y del francés al castellano.
—Lamentamos profundamente haber irrumpido en vuestro hogar de esta manera, señor mío, sin aviso previo o presente con el que pagar vuestra infinita generosidad al acogernos. —Era la tercera vez que el de Cigales se disculpaba.
—Es un auténtico honor recibiros, mi señor —dijo padre por tercera vez también—. Sois bienvenidos aquí una y mil veces, no tenéis nada que lamentar. Por Nailloux ha pasado últimamente algún que otro noble de vuestro reino y todos ellos se han granjeado nuestra más sincera amistad.
Aquello no era del todo verdad. Los rechazos siempre sientan mal a los hombres, más si estos son caballeros de alta alcurnia, así que los que habían regresado a sus tierras sin mí y mi dote nos tenían en poca estima.
—Prometemos recompensaros. Si viajáis a la Corona de Castilla, sabed que en Cigales tenéis vuestro hogar.
Los hombres levantaron la copa en honor a dicha promesa. Nosotras los imitamos en silencio con una leve sonrisa.
De aperitivo hubo fruta de temporada, fresas y cerezas, a las que los hombres le hicieron ascos. El primer servicio consistió en estofado de caza, que tuvo mejor acogida. Mas no fue hasta la llegada del segundo, carne asada al espetón acompañada por verduras de la huerta, cuando padre y don Ramiro Fernández de Castro se alejaron de la diplomacia que les exigía ser cortés el uno con el otro.
—¿A qué se debe vuestro viaje, señor mío?
El de Cigales se limpió las manazas en el estrecho mantel dispuesto para eso.
—A un encargo político. Nos dirigimos a la corte de vuestro señor, el rey don Felipe.
—¿Y vuestro monarca os envía a vos y a vuestra esposa?
—En realidad, solo a mí. Pero intentad dejar atrás a mi mujer y comprobareis que es una hazaña imposible de realizar. —Rio—. Si pudiera, se cosería a mis zapatos para ser mi sombra.
—Eso sí que es auténtica devoción, ¿verdad, esposa mía? —Padre le asestó un pequeño codazo a doña Anne, cuyo cuerpo entero se balanceó.
Esbozando una tirante sonrisa, ella respondió:
—Lo es. Normalmente los maridos nos abandonan en casa para así ir tranquilos a sus correrías personales, sus asuntos políticos y sus expediciones militares.
—A eso último prefiero no acudir —comentó doña Mencía de Lara.
—Y yo no dejaría que acudierais —atajó su esposo—. ¿Y vos, señor mío?
Padre negó.
—En absoluto. Me agrada que mi mujer esté donde debe estar. —Con una sonrisa, le dio un par de palmaditas en la mano a doña Anne, felicitándola por su excelente comportamiento—. Esperándome en el hogar, a buen recaudo, y guardando a mis hijas.
Don Ramiro Fernández de Castro dio un pequeño golpe en la mesa en señal de aprobación.
—¡Eso es! A este viaje le permito que me acompañe por no entrañar más peligro que el de cualquier corte. Siempre es bueno tener a la esposa al lado, ¿sabéis? Pero si hemos de luchar contra esos perros de los benimerines…, tened por seguro que la ataría a la cama si quisiera seguirme.
Por el ruido que hizo doña Mencía, yo habría dicho que estaba conteniendo un gruñido sarcástico. A ojos de los demás, o al menos de los hombres, pasó por un leve atragantamiento que se superó con un ligero carraspeo y un sorbo de vino.
—No lo haría, esposo —dijo la señora de Cigales, todavía con la copa cerca de los labios.
—Es mujer sensata. —Entonces don Ramiro clavó la mirada en nosotras, que atendíamos en silencio a aquellas absurdas divagaciones, y con el dedo índice apuntándonos exclamó—: ¡No vayáis al campo de batalla! ¡Las damas no han de presenciar tamaños horrores!
Asombradas, mis hermanas y yo nos miramos, asentimos y continuamos picoteando, deseosas de que llegara el postre y la velada tocara su fin.
—¿A qué campo de batalla voy a ir estando embarazada? —nos susurró Aurore mientras padre y el de Cigales continuaban departiendo—. Necio castellano…
Léonie y yo reímos sutilmente, y hasta doña Anne elevó una de sus comisuras.
Justo entonces llegó el postre, una bandeja repleta de pan blanco, queso y dulces elaborados con miel y almendras.
—Así que benimerines… —se interesó padre, que, goloso, se sirvió una buena ración de dulces.
—Moros —aclaró don Ramiro Fernández de Castro—. Hace unos años tuvimos revueltas en algunos reinos, alimentadas por el sultán nazarí de Granada, con quien a veces hay paz y otras guerra.
—¿El sultán ha pactado con el rey Alfonso?
—En innumerables ocasiones. De hecho, el sultán Muhammad I era su vasallo y, como tal, pagaba una buena cantidad de maravedíes en concepto de parias. Ahora lo hace su hijo, Muhammad II. Pero pactar con un moro es como pactar con una bestia: no se atiene a lo firmado y de nada sirve. Cada vez que encuentra la oportunidad, se alza y pone en riesgo la frontera. Demasiada magnanimidad. No la merece —bufó don Ramiro con desprecio.
—¿Y los benimerines?
—Del otro lado del estrecho, mi señor. Mantienen correspondencia con el sultán de Granada desde hace ya tiempo. Se ve que este les ha pedido ayuda.
—¿Y vos venís a buscarla a nuestro reino? —Fue más una deducción de padre que una pregunta—. Aragón, desde luego, está mucho más cerca que Francia y dudo que su rey, Jaime I, se niegue a prestárosla.
Don Ramiro Fernández de Castro hizo un gesto al copero y pidió más vino. Todavía no había tocado los pastelitos que se había apartado.
—No creemos que vaya a ser necesaria ninguna ayuda, señor mío. Dios está con nosotros en esta lucha justa y confiamos en nuestras huestes y en el heredero de Castill
