Contenido
PARTE I
1. Guerreros
2. Los hijos de las haliarunas
3. La fiesta del dios
4. Regreso a Oium
5. El banquete de Enguz
6. Éxodo
7. Caravana al gran río
8. A orillas del Imperio
9. En deuda
PARTE II
10. Refugiados
11. Gautas el centinela
12. Eldes vive
13. Mercado negro
14. Vamos a morir
15. Perros
16. Martirio
17. Deserción
18. Nieva
19. Ruodwoulfo el Tuerto
20. Las puertas de Marcianópolis
21. Segga y Uanda, Uanda y Segga
22. La muñeca Aurora
23. Las prisas de Valente
24. El desastre de Adrianópolis
25. La sangre de los héroes
26. Una tierra para los godos
27. Magia
28. El collar de Ermionda
29. Seréis felices
30. Libres
31. Unos botines para Eldes
32. Waldo el Guerrero
33. Celos
34. El viajero
35. Alquimia
PARTE III
36. Ostia
37. El pan de Pamaquio
38. Ouroboros
39. Bajo la ley de Moisés
40. La fábrica de Cleón
41. Un paseo por Roma
42. Barbarus!!!
43. Malos augurios
44. El baúl
45. El triunfo de Honorio
46. Los días de Saturno
47. Rufio
48. La taberna del puerto
49. Esto se acaba
50. Esperando a Alarico
51. Gacha
52. El oro de Roma
53. La puta y la emperatriz
54. Traición
55. La conquista de Roma
Nota del autor
Para Vega y Enrique
I
Barbaricum
Al norte del Danubio (376)
1
Guerreros
Eldes estaba impaciente por empezar el juego. Los días eran cada vez más cortos y pronto tendrían que decir adiós a las largas tardes de luz y libertad que les había regalado ese cálido verano tan poco habitual en las tierras altas de los Cárpatos; a los correteos entre los árboles, a los escondites, las bromas y las travesuras. Le fastidió comprobar que Dago y los demás no mostraban el mismo entusiasmo que ella y que todavía seguían sentados en el suelo como un puñado de pasmarotes, con las piernas flexionadas y el cuerpo molido, agotados por el intenso trabajo de la mañana. Mirándola con la estúpida fijeza de los búhos. La vieron sacudirse los restos de paja que se le habían quedado pegados en el trasero, y una sonrisa breve y maliciosa, apenas perceptible, bastó para que sospecharan sus intenciones. Hacía un par de años que conocían a Eldes, desde que la pequeña fue enviada a vivir con su madre a la aldea, los suficientes como para adivinar que estaba tramando algo. A buen seguro que se trataba de otro de sus descabellados juegos. El último que ella les propondría.
—¡Vamos, que parecéis troncos! ¿Es que no pensáis moveros de ahí en toda la tarde? Se me acaba de ocurrir una cosa... aunque no sé... no sé si os vais a atrever —les desafió Eldes, convencida de que acabaría despertando su interés, por mucho que esa tarde no parecieran ni ellos de tan callados que estaban. Eran sus amigos y no podían hacerle aquello. Había estado toda la mañana esperando el momento de poder reunirse con ellos, mirando el cielo cada poco y pidiéndole al sol que fuera bueno con ella y que se diera prisa en bajar de allá arriba, mientras se consumía de aburrimiento tejiendo bajo la vigilante presencia de la nodriza.
El trabajo en el telar era muy aburrido, aunque mucho menos agotador que el trabajo en el campo. Así que Eldes podía considerarse privilegiada al poderse quedar en la aldea mientras los demás se dejaban la piel ayudando en casa. Como toda respuesta, obtuvo una lánguida sonrisa por parte de sus compañeros. No era lo que estaba esperando de ellos pero le bastaba para confirmarle que pronto estarían corriendo juntos. Eldes veía con pena cómo los niños de la aldea, sus amigos, cada vez eran menos niños, trabajaban demasiado y tenían pocas ganas de reír. Había mucho que hacer en verano y la ausencia de los hombres había hecho recaer todo el trabajo sobre ellos y sobre sus agotadas madres. Esa misma mañana habían tenido que cargar a sus espaldas decenas de gavillas, tan grandes como menudo era su cuerpo, mientras las mujeres terminaban de segar las mieses que quedaban en las tierras. Se habían quedado solas, sin más apoyo que el de sus hijos y los ancianos, pues quienes tenían fuerza y juventud para sacar adelante la cosecha habían sido reclamados para la guerra. No era a los campesinos a quienes correspondía luchar, sino a los guerreros, pero ante la magnitud del nuevo peligro que amenazaba Gutthiuda, la tierra de los godos, también ellos fueron obligados a tomar las armas. Atanarico había reunido al consejo de jefes y les había pedido que movilizaran hasta el último hombre de los kunja. No era la primera vez que aquello sucedía, la aldea se había quedado otras veces sin ellos. Padres y esposos habían empuñado las armas respondiendo a la llamada del juez, que gobernaba desde hacía una década sobre la confederación de kunja tras haber sido elegido por la asamblea de jefes. Pero esta vez era diferente, algo hacía presagiar que los hombres ya no regresarían.
Esa misma mañana se había dado por finalizada la cosecha del centeno y el granero olía a las mieses recién segadas. El tibio sol de la tarde se colaba a través de la techumbre de paja, dorando las amarillentas gavillas que habían sido amontonadas de cualquier manera en un rincón, a la espera de ser majadas tras los sacrificios que tendrían lugar en agradecimiento al dios por los escasos frutos recogidos. Un año más, la cosecha había sido mala aunque suficiente para no morir de hambre durante el invierno. Al ver que los demás seguían sin hacer amago de levantarse, Eldes se dejó caer con gesto hastiado sobre el montón de paja que tenía justo a su espalda y permaneció un rato ahí tendida, fingiendo que lo que ellos hicieran o dejaran de hacer había dejado de importarle. Su pelo tenía el mismo tono pajizo que el centeno. Pero no pudo resistirse, era demasiado inquieta para esperar, así que entornó los ojos y se preparó para soltar su desafío:
—¡Iremos al bosque! —anunció, volviendo su cuerpo hacia ellos, con la cabeza apoyada en uno de sus brazos. El pecoso rostro de la pequeña había recuperado el entusiasmo. Los miró a todos para captar su atención, algo que Eldes hacía a las mil maravillas, y adoptó un misterioso tono de voz—: El bosque... Cuentan que en uno de sus claros se esconde Oium, la tierra de nuestros antepasados...
—¡Tengo miedo! —Era la vocecita de Quivo, demasiado pequeña para escuchar ciertas cosas.
—Shh... ¡Calla, Quivo! —Fue su hermano Fredo quien le mandó callar.
Eldes había conseguido su propósito. Los niños la escuchaban sin pestañear, intrigados por saber adónde les quería llevar su amiga. Aquella legendaria tierra de la que les hablaba Eldes no era otra que la antigua Escitia, en la que se decía que habían vivido los godos durante generaciones
—La rica Oium... La llamaban así por la cantidad de frutos que crecían en sus praderas. Cuentan que fue el rey Filimer quien condujo a los godos hasta allí desde las frías tierras del norte y que allí vivieron un tiempo de felicidad como nunca antes había conocido nuestro pueblo. Hasta que las riquezas se agotaron y Oium fue abandonada, quedando para siempre oculta entre la floresta. ¡Busquémosla! —Eldes se levantó y comenzó a dirigir su juego—: ¡Uno de nosotros será el rey Filimer y el resto seremos sus guerreros!
Esta vez las sonrisas de los niños fueron más abiertas, más entusiastas. Como solía ocurrir, se les había acabado contagiando el ardor con que Eldes abordaba cualquiera de las aventuras que proponía, bien fuera vencer a un ejército o conquistar una lejana tierra. Era ella la que mandaba y, pese a su corta edad, pues apenas alcanzaba los seis años, era consciente de la admiración que despertaba entre los demás niños de la aldea. Pero también sabía que esa admiración que los demás sentían por ella se esfumaría como por arte de magia en el mismo instante en que no fuera capaz de darles lo que necesitaban. El día que les defraudara, que ya no se le ocurriera nada con lo que sorprenderles, nada con lo que hacerles soñar y olvidar el mísero mundo en el que vivían... nada extraordinario con lo que recompensar su fidelidad, ese día, surgiría entre ellos un nuevo líder, presumiblemente Haroldo, y su jefatura caería en el olvido. Como le había ocurrido al juez Atanarico, arrinconado por Fritigerno tras una sangrienta lucha entre los clanes que a punto estuvo de llevarse por delante la vida de su padre. Eldes estaba dispuesta a no ceder su liderazgo a nadie, y menos aún a Haroldo. Por eso, y porque la imaginación la desbordaba, no dejaba nunca de inventar historias y de proponer juegos cada vez más arriesgados con los que colmar el ansia de aventura de su pequeño séquito.
Recorrió el granero con sus pícaros ojos, buscando algo que al fin halló junto a la jamba de la puerta, donde se apiñaban los rastrillos y las guadañas recién afiladas. Le gustaba sentirse observada. Dando la espalda a sus amigos, comenzó a remover las herramientas, con mucho cuidado de no cortarse, hasta que dio con uno de los mangos que estaba suelto. Lo levantó, exhibiéndolo ante los demás con aires de triunfo y les demostró para qué servía. Ante el creciente entusiasmo de los demás, comenzó a esgrimirlo como si fuera una espada, ¡la espada del rey Filimer! Aguardó a que los niños jalearan la idea y les sonrió agradecida. No tenía más de seis años, pero eso no le impedía ser la que decidía, la que proponía los juegos, la que mandaba entre los niños de la aldea. Sus ocurrencias, en ocasiones descabelladas, eran siempre bien recibidas entre el cortejo de admiradores que se había sabido ganar a fuerza de imaginar para ellos un universo mágico y colmado de leyendas. Un universo de héroes y guerreros, de antiguos reyes y hazañas lejanas, que poco o nada tenía que ver con la insignificante existencia que les había tocado vivir. Un universo alimentado por los relatos y los cuentos de vieja con los que ella misma había crecido, en los que se hallaba depositado todo el pasado de la nobleza goda, y por ende el de todo su pueblo. Era a las mujeres a quienes correspondía transmitirlo y cuando Eldes creciera también ella se lo contaría a sus hijos, como hacía su madre con ella, y había hecho a su vez la madre de su madre.
La historia de cómo el rey Filimer llegó a Escitia era, con mucho, la que más le gustaba. El rey Filimer, hijo de Dagarico, era descendiente del legendario rey Berig. Aquel que un día decidió que su pueblo debía salir de la gélida isla de Escandia, donde la noche reinaba buena parte del año, y lo embarcó en tres naves para llevarlo hasta el continente a través del mar helado. Y desde entonces, los godos no habían dejado de vagar.
—Eldes... —la reclamó uno de los niños. Era Haroldo, quien hubiera liderado el grupo si ella no estuviera allí con ellos en la aldea.
—¿Qué, Haroldo? —le respondió Eldes, distraída, sin dejar de blandir la espada de un lado al otro como si estuviera en el campo de batalla. Ni siquiera le miró.
—Sabes que no podemos ir solos al bosque. Es peligroso. ¿Y si nos pasa algo? —Haroldo era el único que se atrevía a decirle lo que pensaba.
La niña se detuvo en seco.
—¿Es que tienes miedo, Haroldo? —se apresuró a preguntar al sentirse cuestionada. Abandonó al enemigo y se dirigió a los demás con la intención de castigar su osadía—: ¿Habéis oído lo que ha dicho Haroldo? Necesitamos un rey, alguien valiente que nos guíe hasta allí, pero no él.
La voz de Eldes sonaba autoritaria, les estaba exigiendo fidelidad. Al igual que ocurría con los mayores, tampoco los niños eran iguales. En sus juegos había guerreros y vasallos, fuertes y débiles, protegidos y protectores, fieles y rivales. Toda una jerarquía que debía ser respetada, reflejo de la rígida sociedad a la que pertenecían; y por encima de todos, ella, ejerciendo su autoridad voluble y caprichosa sin que nadie, salvo Haroldo, se atreviera a cuestionarla. Eldes se sentía orgullosa de su origen guerrero y lo hacía valer ante los demás. Era la orgullosa hija del jefe Walderico, uno de los quince nobles que formaban el séquito de Atanarico. Nadie en esa recóndita aldea del interior de los Cárpatos podía igualar la pureza de su sangre. La aldea no era lugar para la hija de un noble, pero las circunstancias habían obligado a su padre a esconderla allí en compañía de su madre, la nodriza y media docena de esclavos, que se deslomaban cada día para facilitarles su exilio en las montañas. Walderico había querido protegerlas mandándolas allí. Desde que Fritigerno les había declarado la guerra, las tierras bajas donde se hallaba la casa de Atanarico habían dejado de ser un sitio seguro para vivir. La guerra entre los tervingios había terminado, pero ellas no habían vuelto a su hogar. Un nuevo peligro, del que nadie se atrevía a hablar, había irrumpido en la tierra de los godos.
Walderico sentía verdadera adoración por su única hija, tanta como esta por él. Pese a que los tiempos no eran buenos para los godos, había hecho lo imposible para que Eldes creciese colmada de caprichos, feliz y rodeada de las comodidades que les proporcionaba la vecina Roma. De las que, por supuesto, tanto la pequeña como su esposa carecían en la recóndita aldea de los Cárpatos donde las había ocultado. Al menos allí las creía a salvo. Ninguno de sus amigos podía llegar a imaginar ni en sueños los manjares exquisitos, las vajillas, las telas, la música... y todos los lujos con que Eldes se había criado. Pero su instinto aldeano les hacía intuir que el mundo de los poderosos, al que solo ella pertenecía, era un mundo mucho mejor que el suyo, y, quizá por eso, aceptaban el vasallaje que la niña les imponía con la misma resignación con la que sus padres aceptaban la servidumbre a Walderico.
Haroldo no tuvo más remedio que tragarse sus palabras, herido de orgullo después de haber quedado como un cobarde ante los otros niños. Pero, aunque nadie se atreviera a alzar la voz para contradecir a Eldes, y menos aún después de lo ocurrido, él no era el único al que le daba miedo ir al bosque. El bosque era un lugar sagrado y peligroso, poblado de seres y animales salvajes, de proscritos y malhechores, en el que resultaba fácil desorientarse y desaparecer. Todos habían oído contar desgarradoras historias ocurridas en el bosque, que tal vez Eldes ignoraba, pues pertenecía a otro mundo en el que la amenaza de la naturaleza no estaba tan presente como lo estaba allí en las montañas, un mundo de tierras aradas y caminos construidos por el hombre, muy cercano a la Civilización. Había que ser un necio, o estar loco, para no tenerle miedo al bosque.
Aun así los niños se vieron embargados por una extraña excitación que les hizo dejar sus temores a un lado y pensar solo en lo que aquella imprudencia tenía de aventura.
Eldes supo que los había convencido y pasó revista entre sus amigos para decidir quién debía encarnar al legendario rey: Haroldo, no, que había demostrado ser un cobarde; Marvin... ¡ni pensarlo!, ese sí que era un gallina; Fredo ya tenía bastante con ocuparse de su hermana; Quivo, ni se contemplaba; Actulfo, también descartado, era demasiado temerario... Necesitaba a alguien más prudente... alguien en quien pudiera confiar la espada.
—Dago, ¡tú serás Filimer! El rey. Serás quien nos guíe hasta la rica Oium. ¡Toma la espada, es tuya!
Dago era un niño tranquilo y confiado, de nariz respingona y pelo tan rubio como el de los demás niños de la aldea, salvo el de Fredo y su hermana, de color rojizo. Eldes le trasladó el mando, cediéndole la espada de madera, sin darse cuenta de que a su sucesor le temblaba el pulso más de lo conveniente en un rey. No se había dado cuenta porque, en realidad, no le estaba prestando atención, pues estaba concentrada en provocar a Haroldo con su sonrisa burlona. Tampoco reparó en la decepción de los otros tres niños, hartos de que el protagonista de todos sus juegos siempre acabara siendo el mismo. Dago, que no era ni más fuerte ni más valiente que ellos. Al contrario, era un muchacho callado, más bien débil, que nunca daba problemas y al que las aventuras no parecían gustarle demasiado. Los niños se preguntaban qué era lo que podía haber visto Eldes en él. Haroldo decía que se gustaban, pero solo lo hacía para hacerles rabiar.
—¿Otra vez Dago...? —preguntó Marvin desilusionado. Ya se veía portando la espada.
Mientras la niña se entretenía en desafiar a su rival, una epidemia de celos invadía el granero, amenazando con causar bajas entre los guerreros.
—Ahora, arrodillémonos. ¡Juremos fidelidad al rey!
2
Los hijos de las haliarunas
Un ejército de arriesgados guerreros atravesó el poblado en dirección al bosque. Uno tras otro, sortearon con sigilo las míseras chozas, evitando puertas y ventanas; se ocultaron tras los raquíticos frutales de la huerta, cruzaron prados, saltaron cercos y atravesaron los amarillentos campos veloces como el viento. Corrieron sin parar hasta que la aldea hubo desaparecido a sus espaldas. Solo entonces comenzaron a aminorar el paso y se detuvieron, jadeantes, en las inmediaciones del bosque, riendo, convencidos de que se habían salido con la suya, de que no habían sido descubiertos. Les estaba terminantemente prohibido ir más allá de donde pacía el ganado, pero estarían de vuelta antes del anochecer y nadie tendría que enterarse de lo que habían hecho. Fue Eldes quien rio primero, contagiando su risa a los demás, que no podían parar de reír excitados al pensar que se habían escapado. Era la primera vez que traicionaban la confianza de sus madres, y se sentían libres, mucho más libres de lo que nunca se habían sentido. Su juego les había transformado en una banda de proscritos.
Pero al internarse en el bosque, la euforia que les había provocado su propia rebeldía comenzó a desvanecerse entre las hojas de los árboles. El bosque era un lugar inhóspito y oscuro, donde el hombre nunca era bien recibido. Los niños se sintieron atrapados entre las ramas que ocultaban, con avaricioso recelo, el brillante sol de la tarde, del que se habían estado protegiendo bajo la techumbre del granero. Más de uno se sintió tentado a abandonar y regresar a la seguridad de la aldea, pero eran guerreros y se debían a su rey. Si este continuaba, también ellos debían hacerlo. De pronto, oyeron algo que les sobresaltó. Era como si el bosque se lamentara desde lo más profundo de sus entrañas.
—¡Mami! —gimoteó la pequeña Quivo.
—No tengas miedo, Quivo, que no es nada —la consoló Fredo el pelirrojo, su hermano mayor, del que no se separaba. Tampoco él estaba tranquilo: «¿Y si lo era? ¿Y si era un guardián del bosque, uno de esos seres malévolos y desconfiados que habitaban en el tronco de los árboles?» Fredo había oído hablar de ellos a los viejos de la aldea.
El bosque, rebosante de vida, nunca callaba.
—¡Soy Filimer, vuestro rey!, y debéis confiar en mí. Yo os guiaré hasta la rica Oium, la tierra de nuestros antepasados. Eldes dijo que se encontraba oculta en algún lugar del bosque, pero solo los valientes podrán encontrarla. ¡Seguidme! —les arengó Dago, haciendo valer su valiosa espada, la que le daba el poder, olvidando por un momento que era un simple palo de madera. En aquel juego, él era el rey y debía comportarse como un verdadero jefe, alentando a los demás para que no desertaran, y por nada del mundo defraudaría a Eldes. Trataba, en vano, de aparentar serenidad, pero estaba tan asustado como el resto.
Dago confiaba en sus guerreros, sabía que no abandonarían si él no lo hacía. Eran godos y conocían bien las reglas de los guerreros. Le habían jurado fidelidad y tendrían que seguirle hasta la muerte. Hasta el último de ellos estaría dispuesto a morir antes de quebrantar el juramento que los unía. Con paso firme, se fue abriendo camino entre la maleza con el arma apuntando hacia delante, preparado para defender a los suyos si algún peligro les salía al paso. Eldes, Haroldo, Actulfo, Marvin, Fredo y la pequeña Quivo temblaban como hojas a sus espaldas. Eldes había comenzado a tararear una vieja tonada con la que espantar el miedo, la misma que le cantaba la nodriza en las noches de tormenta, pero Haroldo no pudo soportar más la tensión y la mandó callar de tan malos modos que la niña se volvió para insultarle. Estaba visto que no podían vivir el uno sin el otro.
A medida que avanzaban, el bosque se iba tornando más espeso hasta hacerse impracticable. La naturaleza, indómita y voraz, pugnaba por defender su territorio mientras Dago seguía abriéndose paso con la espada de madera. El bosque estaba poniendo a prueba su valor, sembraba su camino de obstáculos y les retenía con sus ramas para que no se adentraran más. Les estaba advirtiendo, pero seguían adelante, fijándose muy bien en dónde pisaban para no caer en una de sus trampas.
El miedo a perderse les mantenía en alerta. A medida que avanzaban, se esforzaban por grabar en la memoria cada haya, cada roble, claro, piedra, nido o madriguera, cualquier detalle que les pudiera ayudar a desandar el camino antes de que anocheciera. Había ramas por todas partes, trozos de tronco, matas y matorrales, helechos, gruesas raíces que emergían de la tierra y se retorcían entre la hojarasca como serpientes. Se habían adentrado en lo más profundo del bosque, donde apenas se filtraba la luz del sol y crecían los sagrados frutos de la belladona que solo el chamán se atrevía a recoger. La espesa hojarasca crujía con cada uno de sus pasos como queriendo anunciar a las demás criaturas del bosque la presencia de los intrusos; rompiendo el silencio que ellos mismos se habían impuesto para no alterar con sus voces el salvaje sosiego de la naturaleza. Fue Quivo quien lo rompió de nuevo, esta vez con un grito acompañado de sollozos.
—¿Ahora qué pasa? —preguntó Eldes, harta de los lloriqueos de la niña.
—Es que me he caído —se excusó Quivo, al tiempo que se sorbía ruidosamente los mocos de su diminuta nariz. Había tropezado con el saliente de una raíz y se había dado de bruces sobre la tierra embarrada, mordiéndose el labio al caer. Era el sabor de la sangre lo que la asustaba.
—Ha sido tu hermana, se ha caído. Ya te dije que no debía venir —reprochó Haroldo, dirigiéndose a Fredo. Había un cierto tufillo de mala intención en sus palabras, las primeras que se atrevía a pronunciar desde que llegaron al bosque. No había podido evitar quedarse callado.
—Si no la llegamos a traer se hubiera chivado. ¿No ves que es una chivata? —se defendió Fredo, más que harto de que Haroldo siempre estuviera con lo mismo. La niña tenía que ir con ellos, les gustara o no a los demás, era su hermana y debía cuidar de ella, pues su madre bastante tenía con atender a las labores del campo.
—Vamos, Quivo. ¿Quieres darme la mano? —terció Dago con la generosidad de un rey y retrocedió hasta la niña para proponerle algo que se le acababa de ocurrir. La suavidad con la que le hablaba la tranquilizó—: A partir de ahora no te separarás de mí. Serás mi escudera, la escudera del gran Filimer. ¿Quieres?
La niña asintió encantada, mordiéndose los labios para no seguir llorando. Quivo era demasiado pequeña para esa aventura y no entendía de juramentos, ni de lealtades, únicamente quería volver con su madre, pero sentirse importante la ayudó a olvidar sus temores. Dago abandonó la espada en el suelo para poder coger a la pequeña. Su mano aún regordeta estaba sucia y resbalaba de sudor, y Dago tenía que sujetarle con fuerza los deditos para que no se le escurrieran. Se arrepentía de haber seguido adelante con ese absurdo juego. «¿Y si le hubiera pasado algo? ¿Y si les pasaba algo a los demás? ¿Y si ya no volvían?» Todo por culpa de Eldes. No era más que una caprichosa, una mandona, que siempre acababa liándoles. Se volvió un instante con la intención de reprochárselo y la encontró caminando por detrás de Marvin, abriéndose paso con dificultad entre la vegetación, concentrada únicamente en avanzar. Al cabo de un rato se volvió para mirarla de nuevo, esta vez sin la intención de reprocharle nada, solo por verla, y comprobó sorprendido que su rostro, ceñudo y serio, se había transformado.
A Eldes se le había iluminado la cara. Volvía a ser la niña risueña de siempre, la misma que había llenado sus vidas de sueños, la que les regalaba historias y les arrastraba a lugares prohibidos y misteriosos que solo ella sabía imaginar. No lejos de allí se oía el rumor de un riachuelo. Había sido la primera en oírlo.
—¡Hemos llegado! —les anunció Eldes, sin esperar a que el rey lo hiciera en su lugar. Sentía tal alivio al comprobar que el bosque les iba a dar un respiro que no lo había podido evitar. Señaló hacia algún lugar más allá del riachuelo—: Allí está Oium, ¿no la veis? En aquel claro, tras los matorrales. ¿Podéis ver cómo brilla la hierba?
Todos respiraron, pensando que lo peor había pasado. Eldes tenía razón, al otro lado del río se adivinaba el verde resplandor de un prado. En aquel instante creyeron que de verdad habían descubierto la tierra de sus antepasados. Oium, la rica y fértil Oium, la legendaria morada del rey Filimer. Y una vez más se dejaron llevar por el entusiasmo de su amiga; contentos, orgullosos de haber conseguido llegar hasta allí, ansiosos por descubrir todas las riquezas que escondía.
—Cruzaremos el puente. ¡Espera, Actulfo, no cruces! Dejemos que sea nuestro rey el que nos conduzca hasta allí. ¡Con cuidado, que hay mucho musgo! —Eldes había recuperado su autoridad.
El tronco de un grueso roble había sido colocado sobre las dos orillas para salvar las frías aguas del riachuelo, todavía caudaloso a pesar del estío, y una espesa capa de musgo lo cubría de un verde intenso y aterciopelado en el que podían resbalarse. Dago fue el primero en cruzar en compañía de Quivo. Comenzó a caminar muy despacio con ella de la mano, deteniéndose cada dos o tres pasos para que la pequeña, mucho menos hábil que él e insegura, recobrara el equilibrio. Avanzaban poco a poco, muy poco a poco, uno al lado del otro, agarrándose con los pies descalzos a la superficie del tronco. Bajo el puente corría un agua limpia y cristalina que venía de las montañas impulsada por la fuerza del deshielo.
Eldes fue la siguiente en subir al tronco. Avanzó por él, exagerando las zancadas con grandes aspavientos y fingiendo, de vez en cuando, que perdía el equilibrio, encantada de ser de nuevo el centro de atención. Había conseguido provocar las risas de sus amigos, que no le perdían ojo mientras aguardaban a que les llegara el turno. Se detuvo justo a la mitad para esperar a que Haroldo y Marvin se unieran a ella. Les tenía reservada una sorpresa. Aún no les había contado lo que les ocurrió a muchos de los godos que siguieron a Filimer. Quería asustarles y por eso, en cuanto los tuvo cerca, cambió la voz:
—Si alguno de nosotros no lograra cruzar el puente, tendría que quedar atrás, como les ocurrió a los godos de Filimer.
El tronco comenzó a moverse y a crujir por el excesivo peso de los niños.
—¿Qué es lo que haces, Marvin? ¡No te muevas tanto! ¿Es que quieres que nos caigamos? —protestó Haroldo, asustado con la idea de quedarse atrás.
—Yo no me estoy moviendo. ¡Es Eldes! —replicó Marvin, tratando de mantener el equilibrio con las manos.
—Quien se caiga, no podrá continuar y se tendrá que quedar para siempre en el bosque —les amenazó Eldes, sin otra intención que la de meterles miedo.
—¡¿Estás de broma?! ¿Cómo vamos a quedarnos aquí solos? —preguntó Haroldo.
—Es el juego. No pensaba que fueras tan gallina —le replicó Eldes, moviendo una vez más el tronco con los pies antes de saltar a tierra.
—¡Coc cococo coc! ¡Haroldo es un gallina!
Fredo y Actulfo le insultaban desde la orilla, mientras él enrojecía de rabia hasta perder la concentración. Se hubiera caído al agua de no ser porque Marvin lo agarró de la camisa, obligándole a mantenerse firme para no irse él también detrás. A ninguno de los dos les apetecía darse un chapuzón y, menos aún, tener que quedarse solos en el bosque.
Eldes esperó a que todos hubiesen cruzado, para acabarles de contar lo que en realidad había ocurrido:
—No estaba de broma. Cuando Filimer y sus guerreros estaban cruzando, el puente se partió en dos. Los que ya habían cruzado tras el rey no pudieron volver hacia atrás y a los que todavía no lo habían hecho les fue imposible seguir avanzando. El rey Filimer perdió así a parte de su pueblo y no todos pudieron llegar a Oium. Desde entonces, los godos estamos divididos —les aclaró. Eldes se refería a la legendaria explicación de por qué los tervingios y los greutungos, siendo godos, ocupaban tierras distintas.
—¿Qué pasó con los que cayeron? —preguntó Fredo.
—¿De verdad queréis saberlo? —Eldes estaba encantada ante la expectación de sus amigos—. Unos huyeron a las llanuras y a otros se los tragó la tierra junto a sus animales. Aún se pueden escuchar los gemidos de los muertos...
—¡He oído algo! —interrumpió Dago.
—Dices las mismas tonterías que Eldes —le censuró Haroldo, cansado de aquella historia.
—Yo también lo he oído —aseguró la niña.
—¡Basta ya, Eldes! Esto no tiene gracia —se quejó Marvin, atemorizado.
—Es cierto, parecen voces. Vienen de allí, ¡del claro! —señaló Actulfo, dispuesto a seguirle el juego a Eldes. Antes de que se hubieran dado cuenta, ya estaba espiando a través de los arbustos.
—¿Y si lo que ha contado Eldes es verdad y son los muertos que vienen a atormentarnos? —La voz de Marvin se había tornado más aguda de lo normal. Por mucho que lo había intentado, no había podido soportar la tensión y estaba al borde del llanto.
A esas alturas, todos habían oído las voces.
—Rey Filimer... —Eldes se dirigió a Dago fingiendo que el juego continuaba. Pero el niño estaba demasiado asustado para seguir con aquella farsa.
—¡Déjame en paz, Eldes! Yo también estoy harto de este juego y no quiero seguir siendo el rey —explotó. Luego, al comprobar el revuelo que había provocado, trató de imponer algo de cordura entre sus amigos. Se dirigió a ellos—: Será el lamento de algún animal, tal vez una pelea.
—No, no es ningún animal. ¡Venid, rápido! —exclamó Actulfo—. Psss... ¡No hagáis ruido! Creo que son nuestros antepasados.
La curiosidad acabó atrayendo a los demás que se agazaparon junto a él, entre los matorrales.
—Son los espíritus del bosque —balbució Fredo.
—¿Estás tonto, Fredo? Son hombres, ¿no ves que caminan a dos patas como nosotros? Tranquila, Quivo, solo son hombres —le dijo Dago a la pequeña, que no se despegaba de su rey.
—¡Shh! ¡Callad, nos van a oír! —les advirtió Actulfo, intrigado por aquellas gentes que estaban acampadas en el claro.
La negra mirada de uno de ellos les paralizó y, entonces, Eldes susurró algo que les atormentaría hasta el mismo momento de su muerte:
—Son los hijos de las haliarunas. —Solo ella creía saber quiénes eran—. No debemos decirle a nadie que los hemos visto. Será nuestro secreto, ¡quien lo viole será castigado! Volvamos a la aldea, es tarde.
«Los hijos de las haliarunas... Los hijos de las haliarunas....», ninguno de ellos pudo deshacerse de aquel secreto.
3
La fiesta del dios
Hay secretos que no deberían ser guardados. Secretos que se vuelven en contra de sus guardianes, que no son tan inofensivos como parecen, que dañan, hieren y matan; secretos que persiguen a quienes logran sobrevivirlos y los condenan a cargar con la culpa de haber callado; a morir con ellos. Ninguno de los niños se atrevió a contar lo que habían visto la tarde anterior. Era su secreto, se lo habían prometido a Eldes. Ni siquiera entre ellos se atrevieron a hablar de lo ocurrido. Fingieron haberlo olvidado, y callaron con la facilidad que tienen los niños de silenciar aquello que no les gusta, como si a Haroldo, a Marvin y a los demás les tuviera sin cuidado que muy cerca de allí, en las profundidades del bosque, se encontraran acampados los hijos de las haliarunas. Pero su silencio, tan poco habitual entre los niños de la aldea, hablaba por ellos.
Las madres sospechaban que a sus hijos les pasaba algo, pero no acertaban a adivinar qué; si lo hubieran hecho, todo lo que vino después podría haberse evitado. A los niños no se les oía por ninguna parte, ni se les veía corretear por el embarrado recinto de la aldea como hubiera sido lo normal en un día de fiesta como aquel. Llevaban toda la mañana sentados a la sombra del granero, demasiado callados, más retraídos que de costumbre y con pocas ganas de jugar, pensativos. Ni siquiera se atrevían a cruzarse las miradas para no delatarse. Estaban preocupados, también sus madres lo estaban. Había llegado el día de honrar a Enguz, el dios de la tierra, el que fertilizaba los campos, del que no se podían olvidar, pues de su generosidad dependía la propia subsistencia de la aldea. Era uno de los días más esperados del año, el día más largo, el momento de dar gracias al dios por los frutos recibidos, sacrificando las mejores reses para él. Aquel día el sol vencería a las tinieblas y, después, la noche iría alargándose paulatinamente hasta dejar a la aldea sumida en una inquietante oscuridad que les obligaría a confinarse en el interior de las chozas durante todo el invierno, sin más luz que la de las llamas.
Las mujeres escudriñaban el cielo mientras se afanaban en preparar todo lo necesario para el festín. Temían que la lluvia echara la fiesta a perder. Entre idas y venidas, se preguntaban qué sería de ellas cuando el invierno se les viniera encima, solas, sin la fuerza de los hombres, vulnerables al frío y a los peligros de la noche. Ultimaron sus quehaceres entre suspiros y sonrisas forzadas, embargadas por un sentimiento de angustia que ninguna lograba reprimir. Les costaba caminar erguidas, tan tristes como el cielo de esa mañana, de un triste tono plomizo, y aun así se esforzaban por parecer alegres. Como sus hijos, ellas también fingían. Aquella mañana, adornaron la imagen del dios en silencio, sin las bromas de otras veces; prepararon las ofrendas, dispusieron las mesas, encendieron fuego para que fueran haciéndose las brasas, en las que, hacia media tarde, se cocinaría la carne para el banquete. No eran ellas sino los hombres quienes normalmente manejaban la lumbre, pero ellos no estaban de vuelta para honrar a su dios y había pocas esperanzas de que algún día volvieran.
Corrían tiempos difíciles para los godos. Desde que el Imperio les impusiera su humillante paz, tras años de guerra y escaramuzas a uno y otro lado de la frontera, las cosas habían ido de mal en peor. Roma, la poderosa vecina del sur, había sido clemente con ellos al permitirles seguir viviendo en sus tierras pero castigaba su deslealtad negándoles el oro y el trigo, con los que hasta entonces había comprado su amistad y que a ellos les garantizaba la subsistencia. El comercio en la frontera se había interrumpido y ya no llegaban los bienes romanos. En la aldea ya ni se acordaban de la última vez que recibieron la visita de algún buhonero ofreciendo productos del Imperio: telas, vajillas, calzado y todo tipo de fruslerías con los que acicalar el cuerpo de las mujeres a cambio de los escasos bienes con los que ellos podían comerciar. Roma les daba la espalda tras generaciones de convivencia, más o menos tranquila, más o menos pacífica, desde que los godos se asentaron al norte del Danubio, hacía de eso cerca de cien años. Su mundo, cada vez más debilitado por el aislamiento y la escasez de alimentos, se estaba tambaleando bajo sus pies. Se encontraban en una situación tan inestable como la barcaza sobre la que el juez Atanarico había pactado la paz con Valente, entre las movidas aguas del gran río. Una paz firmada a cambio de renuncias. Luego, vinieron las traiciones, la rebeldía de algunos nobles dispuestos a impedir por las armas que el juez Atanarico se perpetuara como jefe supremo de todos los godos; la lucha entre los kunja, la división entre ellos, el desafiante liderazgo del noble Fritigerno, la amenaza del dios cristiano y el olvido de la tradición, tras el que se dejaba entrever la sombra del Imperio. Fueron años de mucho dolor. Un dolor que parecía no tener tregua, pues, a algunos de ellos, a los más afortunados, aún les quedaba por vivir tiempos peores.
Las tierras estaban agotadas, sin más manos que las de las mujeres y los niños para trabajarlas, y la cosecha había sido la peor de los últimos años. Sus hijos estaban cada vez más delgados y a los viejos apenas les quedaban fuerzas para afrontar la muerte con algo de dignidad. Así que el invierno se avecinaba largo y, a buen seguro, difícil para los habitantes de la aldea. El dios Enguz no había sido excesivamente benévolo con ellos. Solo el chamán decía conocer el motivo de su ira, pero no le estaba permitido desvelarlo. Cualquier revelación de los dioses iba envuelta en un misterio que él se encargaba celosamente de preservar. Ellas temían que fuera la ausencia de los hombres, que habían abandonado los trabajos del campo para servir a otro dios, al dios de la guerra Gután, lo que había irritado a Enguz.
Hilda, la madre de Eldes, también estaba triste. Se sentía responsable de lo que les estaba ocurriendo, aunque jamás hubiera tenido que escuchar el más mínimo reproche de sus vecinas. Había sido su esposo quien les había privado del trabajo de los hombres y de su compañía, reclutándolos a la fuerza para las huestes de Atanarico. Nadie en la aldea olvidaba ese día. Los forcejeos, los rostros ensombrecidos de los guerreros que acompañaban a Walderico y el llanto contenido de los hombres, asustados como conejos por algo que habían oído y que no se atrevían a repetir, sembraron sus vidas de malos augurios. Hilda se sentía en deuda con las pobres gentes que malvivían, junto a ella y su pequeña Eldes, en esa recóndita aldea de las montañas donde no habían tenido más remedio que ocultarse. Y, después de pensárselo mucho, pues tampoco a ellos les sobraba la comida, tomó la difícil decisión de desprenderse de parte de su rebaño para que fuera sacrificado durante la fiesta del dios. Era lo menos que podía hacer por la aldea. Confiaba en que la ira del dios se aplacaría con su ofrenda aunque no pudo evitar sentir pena al ver cómo sus mejores cabras, las más hermosas, las que más leche daban, eran degolladas por el chamán.
—Yo, huésped del lugar oculto, de la oscuridad del bosque, te hago ofrenda a ti, Enguz, de la sangre de las víctimas... —declamó el chamán moviendo artificiosamente las manos, con el cuchillo aún ensangrentado.
Dago estaba tan abstraído mirando la sangre que no reparó en que Eldes estaba a su lado para proponerle continuar con el juego:
—Volvamos al bosque —susurró en medio de la ceremonia. Por suerte, sus susurros pasaron desapercibidos bajo la atronadora voz del sacerdote, llegando solo a los oídos de su destinatario.
La niña, siempre impaciente, no había podido esperar a que el chamán diera por concluido el sacrificio y se había acercado de cuclillas a Dago para proponerle que fuera con ella al bosque, hasta el campamento de aquellas gentes. Había estado esperando el momento propicio para burlar la vigilancia de la nodriza y acudir, sin riesgo a ser reprendida, hasta donde estaba sentado su amigo. Dago se hallaba en el otro extremo de los asientos reservados para ella y su familia, a los pies de su madre y rodeado de los demás niños. Eldes se había arrastrado hacia él por el suelo con la sinuosidad de una serpiente, sorteando las piernas de sus vecinos sin que nadie llegara a advertir sus movimientos. Era casi imposible que se hubieran dado cuenta, absortos como estaban por el prodigioso ritual del chamán. Todo estaba meticulosamente estudiado para impresionar: los cantos de alabanza al dios, los ademanes gesticulantes, su extravagante aspecto, el brillo del oro y el tintineo de los amuletos; el hipnótico movimiento de su báculo, las enigmáticas palabras que salían de su boca, el embriagador aroma del cáñamo quemado, el cuerno rebosante de sangre... la mansa entrega de las víctimas. El mágico poder que ejercía sobre ellos. Eldes aguardó a que el chamán ungiera con la sangre de las cabras la talla de madera que presidía la ceremonia. Era la tosca imagen del dios Enguz, el que gobierna la tierra, coronada por una magnífica cornamenta de macho cabrío.
Eldes volvió a insistir ante la decepcionante respuesta de Dago. Le habló de nuevo al oído para intentar convencerle:
—Vamos, Dago. Nadie se dará cuenta —le tentó.
A Dago las palabras de Eldes le hicieron cosquillas en el cuello. Puede que ella tuviera razón. Cuando terminara el sacrificio, todos estarían demasiado ocupados como para reparar en ellos. No supo negarse a lo que Eldes le proponía, aunque le costó decidirse. Sentía escalofríos solo de pensar en volver al bosque, esta vez, ellos dos solos, sin los demás, pero había algo, un impulso mucho más fuerte que su propia voluntad, que le empujaba a hacerlo. Ignoraba quiénes eran esos hombres, y si eran hombres, diablos o bestias, pero mucho se temía que no tuvieran nada que ver con la increíble historia que Eldes les había contado sobre las haliarunas. Según ella, las haliarunas eran unas hechiceras que viajaban entre las gentes del rey Filimer hasta que este las descubrió y las expulsó de su pueblo, condenándolas a vagar por las desiertas estepas habitadas tan solo por espíritus malignos, con quienes se unieron en una cópula maldita que extendería el mal por la tierra de los godos. Pero aquello no era más que una leyenda, otro de los cuentos de Eldes, y Dago estaba seguro de que ni siquiera ella se los creía.
Esos extraños seres, si lo eran, no parecían humanos, ni por el color de su piel, del mismo tono amarillento que tomaban las pieles una vez curtidas; ni por sus narices aplastadas como hocicos; ni por sus cabezas deformes; ni por las horrendas cicatrices que cruzaban sus mejillas. Parecían salidos de debajo de la tierra. Dago les había estado observando y había sacado sus propias conclusiones. Entornaban los ojos, molestos por la claridad del sol, como si estuvieran acostumbrados a moverse entre tinieblas. Unos ojos negros y profundos que escondían algo malvado en su interior. Algo que les había sobrecogido sin saber por qué. Él y sus amigos no eran más que unos niños, ajenos muchas veces a los asuntos de los mayores, e incapaces de imaginar quiénes podían ser en realidad esas extrañas criaturas que acampaban cerca de la aldea. En ningún momento se les pasó por la cabeza que se tratara de los terroríficos hombres de las estepas contra los que combatían sus propios padres junto a Atanarico, cuyo misterioso nombre nadie en la aldea se había atrevido a pronunciar. Algunos de ellos morirían sin haberlo escuchado.
Dago estuvo un buen rato debatiéndose entre la prudencia y la curiosidad, mientras observaba impasible cómo un pequeño reguero de sangre se abría camino por el embarrado suelo y avanzaba hacia el lugar donde él estaba sentado. No tardaría en alcanzarle la pierna, así que la levantó ligeramente. Cuando por fin se decidió, buscó a Eldes con la mirada y la encontró de vuelta al lado de la nodriza. Bastó con una media sonrisa para que su amiga supiera que estaba con ella.
Eldes y Dago aprovecharon el ajetreo que siguió a la ceremonia para escabullirse de los suyos. Ya nadie prestaba atención a los niños. Sus madres y las demás mujeres habían comenzado a descuartizar el cuerpo de los animales sobre un gran banco de madera que ellas mismas habían dispuesto en un lateral de la amplia explanada donde tendría lugar el banquete, no lejos de la imagen del dios y cerca del fuego. Se las oía cantar sin demasiada alegría. Trabajaban bajo la molesta supervisión de los ancianos, soportando sus indicaciones casi siempre impertinentes con el respeto que merecían. Era un trabajo costoso, que exigía fuerza y habilidad, pero el contacto con la carne les resultaba reconfortante después de tanto tiempo sin podérsela ofrecer a sus hijos. Para ellas no había nada más importante en esos momentos. Cortaban, tiraban y arrancaban sin levantar un momento la vista del animal. Por un lado, iban apartando la carne para el banquete; por otro, los huesos y las vísceras que colgarían el resto del año de los travesaños de las casas para ahuyentar a los malos espíritus.
Haroldo y los demás se habían vuelto a ocultar en el granero e ignoraban por completo las intenciones de sus dos amigos. De modo que estos tenían el camino despejado, o al menos eso creyeron hasta que Quivo apareció tras ellos, dispuesta a seguir a su rey hasta el pico más alto de las montañas. Desde que Dago la había nombrado su escudero le seguía a todas partes y no había forma de quitársela de encima.
—¿A dónde vais? —les preguntó Quivo haciendo verdaderos esfuerzos por alcanzarles—. ¡Esperadme, voy con vosotros!
A Dago le dio pena y se detuvo a esperarla.
—Esta vez no puedes venir, Quivo. Créeme, es demasiado peligroso —le dijo en cuanto la tuvo frente a él. La voz del niño sonaba cariñosa, aunque firme.
—¿Es que vais a la guerra? —quiso saber ella, pues para Quivo la guerra era lo más peligroso que existía. Su mamá lloraba porque su padre estaba allí.
—Sí —mintió Eldes—. Pero tienes que guardarnos el secreto. Si los demás se enteran querrán ir también.
—Vale —aceptó la pequeña con desgana. Empezaba a estar harta de tantos secretos y de que los mayores nunca la dejaran ir con ellos. Fredo y Haroldo acababan de echarla del granero y se había hecho a la idea de acompañar a Dago—. De todos modos, yo tampoco quiero ir. A mí la guerra me da miedo.
Pudieron ver su carita redonda por última vez antes de que se diera la vuelta, resignada a que ninguno de los niños quisiera jugar con ella. Dago la vio alejarse en busca de su madre y sintió que la había traicionado. Su rey la había traicionado dejándola en la aldea.
4
Regreso a Oium
Eldes le había hecho entrar en su juego una vez más. Caminaba ligera a través de la espesa maleza, abriéndose paso entre las ramas de los árboles con la pericia de un animal salvaje, como si, de repente, el bosque se hubiera convertido en su dominio. Excitada, feliz, sin molestarse en disimular el enorme placer que el triunfo le producía. De nuevo se había salido con la suya. Había conseguido convencer a su amigo para que la acompañara. Mientras avanzaba con paso firme a través de la agreste vegetación del bosque, iba pensando en Haroldo y los demás que aún estarían en el granero holgazaneando entre el centeno y tan aburridos como de costumbre, esperándola. Esa mañana temblaban como gallinas por el recuerdo de la tarde anterior. No se arrepentía lo más mínimo de haberse escapado con Dago a sus espaldas, al contrario, se alegraba de haberlos dejado allí. Hubieran sido un estorbo, pues no eran más que un hatajo de cobardes que no merecían ser guerreros. Sonrió al pensar lo que les iba a contar en cuanto regresaran del bosque. No escatimaría detalle, es más, añadiría unos cuantos. Les regalaría la historia más increíble que habían escuchado nunca para que se murieran de rabia al verles regresar convertidos en héroes.
De vez en cuando, se volvía para mirar a Dago y le clavaba sus risueños ojos de lince, quería asegurarse de que su amigo iba detrás. Le divertía comprobar que le costaba más que a ella abrirse paso entre las ramas y que estaba rojo como una manzana. El muchacho la seguía a duras penas, lleno de temores, mucho más consciente de su temeridad, receloso ante lo que pudieran encontrar. La caminata le estaba dejando prácticamente sin aire, pero por nada del mundo le pediría que aflojara un poco el paso porque apenas podía seguirla. Eso sería reconocerle una nueva victoria.
No les llevó demasiado alcanzar el claro. Cuando llegaron, todavía lucía el sol y el cielo ya no tenía el color plomizo de la mañana. Sin perder tiempo, buscaron la protección de los matorrales y se agazaparon tras ellos, confiados en que las espesas ramas les ocultarían por completo. Así permanecieron un buen rato, espiando a través de las hojas, mudos por la tensión y paralizados ante la posibilidad de ser descubiertos, con la respiración agitada y la boca seca. Extrañados por la falta de actividad del campamento.
—Aquí no hay nadie —concluyó Dago, sin poder ocultar su decepción. Fueran quienes fueran esas extrañas gentes, habían abandonado el campamento.
Los dos niños se sentían contrariados pues no era eso lo que esperaban encontrar. Miraban una y otra vez sin comprender qué era lo que había podido pasar, ni a dónde habían podido irse. La tarde anterior, el campamento bullía de actividad. Todos pudieron ver los caballos junto a la gran cabaña de lana y las grandes piezas de carne que colgaban de sus grupas; oler su comida. Un apetitoso guiso que borboteaba en el interior de un gran caldero de bronce y grandes asas de hierro, con el que se les había hecho la boca agua. Habían escuchado sus voces y unas risas salvajes e inhumanas que les habían estremecido. Eran al menos una veintena, todos hombres, cubiertos de pieles de pies a cabeza. No distinguieron entre ellos a viejos ni a mujeres, tampoco niños. Tal vez fueran guerreros, o cazadores. Eran tan diferentes a ellos que les costaba creer que pudieran ser campesinos, puede que fuesen magos. Les había deslumbrado el enigmático brillo de los espejuelos que colgaban de su cuello. Y los arcos. Eran los arcos más grandes que habían visto en su vida, tan altos o más que ellos, mucho mayores que los que se usaban en la aldea para luchar y cazar. Quien poseyera uno de esos arcos tendría el poder de matar con la suficiente distancia como para no arriesgar la vida.
Dago fue incorporándose lentamente hasta quedar completamente erguido. Estaba dispuesto a dar por finalizada la aventura.
—Marchémonos antes de que averigüen que nos hemos ido. Puede que en la aldea ya nos estén buscando —advirtió. Pensaba en su madre y en que no quería hacerla sufrir, ya había sufrido lo suficiente, así que mejor regresar antes de que notaran su ausencia.
—Espera un poco más. ¿Y si se han metido dentro? —le detuvo Eldes, cogiéndole de la manga. Albergaba la esperanza de que estuvieran dentro de la tienda de campaña que se alzaba en el centro del recinto y que tanto había sorprendido a los niños, pues, salvo la noble hija de Walderico, ninguno de ellos conocía más construcción que sus chozas de madera y paja. Eldes continuó en sus trece—: A lo mejor están durmiendo.
—¡¿Estás tonta?! Es de día, ¿cómo van a estar durmiendo? —la corrigió Dago. Tenía ganas de irse—. Anda, vámonos.
—Creí que querías un arco. Ayer vi cómo los mirabas —le tentó Eldes sin moverse de su sitio. Se había estado guardando esa baza por si necesitaba convencer a su amigo.
El chico no supo qué contestar. Él no había dicho ni palabra del arco y, sin embargo, Eldes lo había adivinado. Empezaban a conocerse bien, demasiado bien. Era verdad que quería un arco, desde que los vio la tarde anterior no deseaba otra cosa. Su amiga debió de estar observándole sin que se diera cuenta, mientras él no perdía detalle de cómo uno de esos hombres trabajaba en su fabricación. Pegaba con cola pequeños trocitos de hueso con los que iba forzando la curvatura de la madera, que luego acababa asegurando con los tendones de algún animal. El muchacho era tremendamente habilidoso con las manos y estaba más que convencido de que, si volvía a ver cómo se hacía, aunque fuera una sola vez, podría hacerse uno igual.
Eldes había dado en el clavo. Aprovechó la confusión que acababa de provocar en su amigo y lo arrastró por sorpresa hacia el campamento.
—¡Yo te conseguiré uno! —le aseguró, mientras tiraba de él.
Dago se resistió a seguirla con la tozudez de un pollino, dispuesto a no ceder. Hubo un pequeño forcejeo entre los dos hasta que ella pudo más que él y, antes de que pudiera darse cuenta, se hallaban frente a la tienda de campaña. Eldes se detuvo a escuchar con la oreja pegada y, tras asegurarse de que no había nadie en su interior, le dio un pequeño empujón y le obligó a entrar. Una vez dentro, se vieron sorprendidos por un desagradable olor a rancio que tardaron en identificar. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Frente a ellos, sobre una de las alfombras que cubrían el suelo, se levantaba una insólita acumulación de objetos: vasijas, cuernos, herramientas, tallas, mimbres, joyas y telas que se amontonaban descuidadamente unas sobre otras, como si hubieran sido abandonados con premura. Muchos de esos objetos, la mayoría, no tenían para ellos nada de especial, puesto que eran los mismos objetos que se podían encontrar en su aldea y en cualquier otra aldea de los Cárpatos. A pocos pasos, estaba el origen del hedor, dos grandes cubos de madera repletos de un sebo amarillento y maloliente que les servía de combustible para el fuego.
A Eldes le faltó tiempo para empezar a revolver entre los cientos de objetos amontonados, decidida a llevarse a casa su parte de botín. Eso era lo que hacían los guerreros. Dago contemplaba la escena con distancia, entre incrédulo y estupefacto, alarmado por la insensatez de su amiga y muy arrepentido de haberla servido en su imprudente juego. Entretanto la niña no perdía el tiempo. De espaldas a su compañero y sin prestar la más mínima atención a los insistentes ruegos de este, se entregaba en cuerpo y alma a la búsqueda de alguna pieza de valor, algo que mereciera la pena llevarse a casa. Despreciaba los objetos que ella consideraba vulgares o feos y los lanzaba descuidadamente al aire. Removía, escarbaba y cuando encontraba una pieza que ella consideraba lo suficientemente bonita como para que formara parte de su botín, lo celebraba levantándola en alto y mostrándosela a su amigo, que apenas podía soportar la tensión.
A Dago las piernas habían empezado a flaquearle y le costaba mantenerse en pie. Vigilaba la entrada de la tienda con la certeza de que, de un momento a otro, les iban a descubrir. Y, entonces, todo habría acabado. Eldes hacía cada vez más ruido, revolviendo los objetos amontonados con el mismo entusiasmo con el que lo hacía todo, y también con la misma inconsciencia pueril y caprichosa que llegaba a exasperar a Dago. Hasta que, después de mucho rebuscar, logró sacar de debajo del montón una vasija de color rojo que había llamado su atención. La estuvo estudiando durante un buen rato, que al niño le pareció una eternidad, hasta decidirse sobre su destino. Al principio la había considerado lo suficientemente bonita como para quedársela y había pensado en regalársela a su madre, luego dejó de gustarle. Así que la lanzó por detrás de su espalda, sin ni siquiera mirar dónde caía, y la hizo estallar justo a los pies de Dago, haciéndole estallar también a él.
—¡Yo me voy! —le anunció. No podía soportarlo más, estaba aterrado.
—¡Espera, mira esto! —le retuvo Eldes, emocionada por lo que acababa de encontrar. Se lo enseñó—. ¡¿A que es precioso?! ¡Es tuyo, por algo eres el rey!
Ninguno de los dos había visto nunca nada tan delicadamente bello. Lo había encontrado oculto en el interior de una arqueta de madera, bajo unas pieles. Era evidente que se trataba de algo muy valioso.
Sacaron la joya al exterior de la tienda para poder contemplarla a la luz del atardecer y se les cortó la respiración al ver cómo brillaba, con tanta fuerza que temieron quemarse. Eldes supo que era de oro. Pero no fue solo el oro lo que les maravilló, sino las preciosas piedras que la adornaban, ardientes como el fuego y de un rojo tan intenso como la sangre. Eran granates, aunque ellos ignoraban siquiera que pudieran tener un nombre. Pensaron que se trataba de alguna piedra mágica. La niña no pudo resistir la tentación de coronarse con ella mientras estudiaba con cierta coquetería la reacción de su amigo. Pero a Dago pareció no gustarle. Eldes vio que se ponía cada vez más blanco hasta quedarse de un tono tan pálido como la leche, y supo que algo no iba bien.
—¿Qué es lo que te pasa? —preguntó llena de terror, sin apenas mover los labios. Pensó que era por la joya que llevaba en la cabeza.
—Caballos —respondió Dago con la voz entrecortada. No pudo decir más, presa del pánico como estaba.
Eran los hijos de las haliarunas que estaban de vuelta de dondequiera que hubieran estado. Se encontraban tan cerca que casi podían oler la sangre en sus ropas. Estaban tan asustados que aún tardaron unos instantes en reaccionar. Salieron corriendo. La diadema rodó por el suelo sin que ninguno de los dos perdiera un instante en recuperarla. En esos momentos lo único que les importaba era salir con vida de esa maldita trampa en la que ellos mismos se habían metido. La corona quedó en el campamento junto al botín de Eldes, que yacía olvidado en un rincón de la tienda. Corrieron tan rápido como les permitieron sus piernas débiles y escuálidas por culpa del hambre. Cruzaron el riachuelo sin dificultad, comprobando una y otra vez que nadie les seguía y, cuando hubieron alcanzado la otra orilla, levantaron el tronco entre los dos y lo hicieron rodar hasta el agua. Jadeantes, se adentraron en el bosque, que se despidió de ellos para siempre mostrándoles su lado más perverso. El camino de vuelta a la aldea estuvo plagado de obstáculos que ellos trataban de sortear a toda prisa. Ramas, raíces y troncos caídos rasgaban sus pies, llenaban sus cuerpos de heridas y arañazos y les hacían resbalar una y otra vez hasta verles caer en el suelo. Pero no se rindieron y siguieron corriendo con todas sus fuerzas. El miedo a ser alcanzados podía más que sus agotadas piernas.
Los niños corrieron sin parar hasta alcanzar la aldea, donde creían que estarían a salvo. El delicioso olor de la carne recién asada les hizo detenerse y les recordó lo hambrientos que estaban. Pronto se unirían a los demás. Eso les tranquilizó. Respiraron profundamente antes de dirigirse hacia la gran explanada central donde se habían dispuesto las mesas. Confiaban en que la comida en honor al dios todavía no hubiera comenzado y en que nadie les hubiera echado de menos durante el tiempo en que habían estado en el bosque. Pero, al pasar por el granero, la ausencia de los niños les hizo sospechar que su aventura no iba a terminar bien. Reinaba un silencio extraño. Todo estaba tranquilo, demasiado tranquilo para un día de fiesta. Ya no se oía a las mujeres cantar, ni tampoco se veía a ninguno de sus amigos jugando por ninguna parte. Caminaron despacio por las desiertas calles de la aldea, temiendo no haber llegado a tiempo para el banquete y desearon con todas sus fuerzas que no les estuvieran buscando.
5
El banquete de Enguz
Algo terrible había sucedido durante su ausencia, algo que iba a cambiar para siempre el destino de sus vidas. Las personas que poblaban su minúsculo mundo habían desaparecido, se habían ido para siempre. La muerte se los había llevado, dejando a su paso un macabro espectáculo de sangre y destrucción al que los niños no tuvieron más remedio que enfrentarse. Los ojos se les llenaron de espanto al contemplar los cuerpos sin alma de sus seres queridos reposando lánguidamente sobre el embarrado suelo de la explanada, donde debía de estar celebrándose la comida ritual en honor al dios. No habían llegado a tiempo para compartir con ellos el triste final que les aguardaba. Todos estaban muertos. La muerte les había sorprendid
