Ellos y nosotros (La Segunda Revolución 2)

Costa Alcalá

Fragmento

cap-1

Domingo, 29 de junio.

Calle del Fresno, 27. Blyd. 10.40 de la noche

Dominio

Le ha costado semanas pero finalmente la ha encontrado en un piso diminuto. A pesar de las capuchas con las que se cubren la cara, la mujer no grita al verlos, sino que les guía hacia el salón de la casa con una sonrisa afable.

A un gesto del Águila Blanca, uno de los Caballeros coloca el orbe sobre la peana. Es el orbe que consiguió en el Liceo y por el que tuvo que sacrificar al profesor Koem, maldita su memoria. De los muchos que se grabaron durante la investigación que siguió al incendio en el palacio, ese era el más importante de todos. La imagen se forma poco a poco en el centro del saloncito donde se encuentran. Muestra una mujer vestida de negro que se retuerce las manos sentada pulcramente en medio de una sala vacía. La misma mujer que, envejecida por el paso de los años, ahora observa su propia imagen y se frota unos nudillos con dedos callosos.

—¿Qué ocurrió durante el incendio? ¿Adónde se llevaron al niño, al Heredero? —La voz del Águila Blanca suena sorprendentemente dulce.

Recuerda a la mujer, aunque solo a retazos, como el producto de otra vida. Recuerda su sonrisa, las notas desvaídas de una nana cantada en voz baja.

—Estaba en mi habitación, yo sola. Vinieron los Caballeros del Águila. Había un incendio en el palacio. Estaba yo sola. —La voz de la mujer se rompe cuando escucha que su imagen en el orbe pronuncia, casi exactamente, las mismas palabras.

—Necesito que recuerdes, querida —susurra de nuevo el Águila Blanca—. Adónde se llevaron al Heredero. No pudo sobrevivir solo. Ese Usurpador no era más que un bebé cuando ocurrió.

—Estaba en mi habitación, yo sola... —repite.

El Águila Blanca coloca una mano gentil sobre el hombro de la mujer. Ella no tiene la culpa. Podría preguntarle mil veces y la respuesta siempre sería la misma: que estaba en su habitación cuando comenzó el incendio, que estaba sola.

Pero no lo estaba.

Ibee, así se llama: Ibee, jamás podrá contar la verdad, solo dirá las palabras que le ordenaron pronunciar. Así fue como el maldito Koem descubrió que el Heredero había sobrevivido. Solo necesitó ver sus fotografías en las páginas arrancadas de aquellos libros, visiblemente embarazada; después, el orbe y los indicios claros de Dominio sobre la mujer: los gestos reiterados, la voz monocorde, la mirada perdida cuando le preguntaban por el incendio.

Koem habría revelado la existencia del Heredero. Por eso tuvo que detenerlo. Solo puede haber un legítimo soberano en Nylert y ese será el Águila Blanca. No necesita competencia a ojos de su querido pueblo. Y no va a tenerla si lo encuentra antes.

La mano del Águila Blanca se posa con suavidad sobre la frente de la mujer y la mira fijamente. Quizá si un Dominio pudo manipular sus recuerdos, otro pueda liberarlos.

El Águila Blanca parpadea dos veces seguidas y la mente de la mujer se abre de par en par. Es una mente pequeña, llena de nimiedades, de miserias cotidianas. Examina cada detalle, primero con calma y luego con una creciente frustración. Registra la mente de la mujer como lo haría con una casa, escudriñando cada esquina, abriendo puertas sin cerrarlas de nuevo mientras Ibee permanece inmóvil.

Encuentra lo que busca en un rincón escondido, lo percibe como cristal negro, opaco y endurecido por el paso de los años. La mano del Águila Blanca se crispa en un espasmo.

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Trata de liberar ese recuerdo pero no puede. Está sellado. Sin embargo, el Águila Blanca insiste a pesar de que con cada arañazo que da con su propia conciencia contra ese manojo de recuerdos bloqueados, un dolor lacerante le recorre el cuerpo.

La mujer se sacude pero continúa en silencio. Lo único que delata que debe de estar rompiéndose por dentro es el temblor, una mirada de terror mudo en los ojos.

El Águila Blanca no desfallece. Enfrentándose al propio sufrimiento, respira hondo, lo intenta de nuevo y por un segundo cree que lo consigue. La cabeza se le llena de imágenes, del rojo del Fuego, de paredes de mármol blanco, humo en los pulmones. Entonces, cuando escucha como un eco el llanto de un niño, su conciencia sale despedida con tanta fuerza que el Águila Blanca prácticamente cae de la silla donde se ha sentado. El cuerpo le arde de dolor pero también de rabia.

No puede. No va a poder.

Aparta la mano y la mujer cierra los ojos de alivio.

El dolor remite poco a poco; pero la rabia y la frustración se hacen cada vez más intensas. El Águila Blanca se yergue.

—Levántate, Ibee.

Con cuidado, el Águila Blanca recoge el viejo orbe de la peana y lo guarda en el bolsillo interior de la capa con la que a continuación se cubre el rostro. El saloncito queda inmediatamente en penumbra. Parece incluso más pobre que cuando han llegado, las paredes están desconchadas y los muebles son viejos y dispares, tan inútiles como la mujer, que sigue esperando.

—Nos vamos. —Uno de sus Caballeros se apresura a abrir la puerta de la habitación pero el Águila Blanca se acerca a Ibee una última vez—. Te agradecemos la hospitalidad y ahora te dejamos descansar, querida, y cuando nos hayamos marchado... —En este instante el Águila Blanca vacila pero la mujer lo merece. Un descanso, liberarse de ese sufrimiento que la ha acompañado toda la vida—. Cuando nos hayamos marchado deseo, por favor, que abras esa ventana y saltes.

El Águila Blanca sale de la habitación sin mirar atrás, sin plantearse qué ocurrirá al día siguiente, cuando encuentren el cadáver en el callejón.

cap-1

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cap-2

Miércoles, 1 de octubre.

Meseta de Blyd, aproximadamente a mil metros

sobre el suelo. 6.14 de la mañana

Dominio

—Antepasados benditos —masculla Kózel por no decir una palabrota cuando una ráfaga de aire helado se le cuela por entre la ropa. Todavía no han llegado a Blyd y, a pesar de la gorra y de llevar el uniforme del Liceo, ya está echando de menos el clima de las Koru. Las cosas que una hace por amistad.

No han pasado ni cinco minutos desde que se ha despertado. Nada más hacerlo se ha dado un susto de muerte: se suponía que Lórim estaba roncando en el asiento de al lado. Como puede, porque tiene las piernas agarrotadas, se ha incorporado un poco y a través de los ventanales de la cabina del aéreo, ha visto una figura recortada contra el resplandor violáceo del amanecer. Quién sabe cuánto tiempo lleva Lórim fuera, en cubierta, con los codos apoyados contra la balaustrada de madera, la mirada fija en un mar de nubes de tormen

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