El parque prohibido

Andrés Ibáñez

Fragmento

Había una vez…

Había una vez una ciudad llamada Fléroe, situada al norte de un verde y montañoso país llamado Aquitania. En el centro de la ciudad había un parque llamado «Parque de las Lilas», que estaba cerrado desde hacía muchos años. Fléroe era una ciudad muy bella y muy alegre. Sus cielos estaban casi siempre azules, y en las calles había cerezos y magnolios. Todos los que visitaban la ciudad se quedaban sorprendidos con sus palacios blancos, con sus grandes plazas llenas de flores, con sus museos de dinosaurios y de cuadros antiguos, pero en realidad, el gran misterio de Fléroe era el Parque de las Lilas.

Fridolín pasaba todos los días frente a una de las puertas del parque cuando iba al colegio. Era una puerta de hierro, muy alta, y estaba cerrada y sujeta con gruesas cadenas llenas de candados. Dos soldados, vestidos con un uniforme verde y con una metralleta al hombro, guardaban la puerta para que nadie se atreviera siquiera a acercarse allí, y un enorme tanque pintado de verde y de marrón estaba siempre apostado al pie de las escalinatas.

—¿Por qué está cerrado el parque? —le preguntaba Fridolín a sus padres casi todos los días durante el desayuno.

Como Fridolín preguntaba todos los días lo mismo, sus padres no se daban prisa en contestarle. Su padre, que se llamaba Hugo Bonpensant, y su madre, que se llamaba Rosa Bonpensant (porque en Aquitania la mujer tomaba el apellido del marido cuando se casaba) servían la mesa del desayuno, ponían el platito de crema, las cerezas, las tostadas, la compota de fresa, los vasitos de zumo de manzana, el tarro de la miel, el aromático café de los mayores y las humeantes tazas de chocolate de los niños sobre el mantel de cuadritos blancos y rojos de la mesa, y Fridolín, que no se desanimaba fácilmente, volvía a preguntar:

—¿Por qué está siempre cerrado el Parque de las Lilas?

—Eres un pesado, Fridolín —le dijo su hermana, que tenía dos años menos que él y se llamaba Freda, Freda Bonpensant.

—Eres un pesado, Fridolín —le dijo su madre sirviéndole el chocolate en la taza.

—Todos los días preguntas lo mismo —le dijo su padre, que por la mañana siempre tenía cara de dormido, estaba ronco y tenía que carraspear varias veces antes de hablar.

Rosa tenía una tienda de flores en la planta baja del edificio donde vivían. Hugo, el padre, era poeta, y tenía su estudio en el centro de Fléroe. Todos los días, después de llevar a los niños al colegio, se marchaba a su estudio, donde tenía sus manuscritos y sus libros, y se pasaba toda la mañana trabajando en sus poemas.

En caso de que te lo preguntes, un estudio es un piso pequeño que no se usa para vivir, sino solo para trabajar.

Hacía varios años que Hugo Bonpensant no publicaba ningún libro de poemas, y Freda y Fridolín esperaban con impaciencia la aparición del próximo que, según les había dicho su padre, se llamaría Las tres palabras del manzano. Fridolín y Freda le habían preguntado muchas veces a su padre por qué el libro se iba a llamar así, y qué significaba aquello de «las tres palabras del manzano», pero Hugo Bonpensant les decía que esa clase de preguntas no se le pueden hacer a un poeta, del mismo modo que uno no se pone a preguntarle a un rosal por qué da rosas y no girasoles, o a una piña por qué tiene ese sabor tan particular y no otro cualquiera.

—¿Cuando tú eras pequeño el parque ya estaba cerrado? —preguntó Fridolín, que cuando cogía un tema no lo soltaba fácilmente.

—No, Frido —le dijo su padre con paciencia—. Cuando yo era niño, el parque estaba abierto, y todo el mundo podía entrar en él. Mi padre, tu abuelo Augusto, nos llevaba allí a menudo a pasear. Y había un estanque con patos, y un zoológico, y un palacio de cristal… Te lo he contado mil veces…

—Pero ¿por qué lo cerraron? —insistía Fridolín.

—Pasó algo muy malo en el parque —le dijo su hermanita, que estaba comiendo una tostada con compota de fresa y tenía toda la boca, y la barbilla, y la punta de la nariz manchadas de rojo—. Y por eso ahora está lleno de mostuos.

—Se dice «monstruos» —le dijo Fridolín.

—¡¡¡Mostuos horriiiiiibles!!! —le dijo su hermana poniéndose bizca.

—Pasó algo muy malo en el parque —dijo la madre—. Ya lo sabes, Fridolín. Te lo hemos contado un millón de veces. Ahora el parque es un sitio muy peligroso, y por eso está absolutamente prohibido entrar en él.

—Y por eso todas las entradas están cerradas y hay soldados a lo largo de la verja, y si intentas entrar te capturan y luego te llevan a la cárcel —le dijo su hermanita, que había oído tantas veces la historia que ya se la sabía de memoria.

—¿Y nadie se ha metido nunca en el parque? —preguntaba Fridolín.

—A los que se meten, les disparan —le dijo su padre—. Es muy peligroso entrar en el parque.

—Pero si es tan peligroso —razonó Fridolín, que era un niño muy listo y siempre pensaba mucho las cosas—, ¿por qué iba a querer nadie meterse allí?

Su padre y su madre se miraron y quedaron en silencio.

—La gente está loca, ya lo sabes —le dijo su padre—. Hacen cosas aunque sean peligrosas.

—Pero ¿qué hay en el parque? —preguntó Fridolín—. ¿Es verdad que hay monstruos?

—No, no hay ningún monstruo —dijo su madre con voz firme—. Los monstruos no existen. Solo existen en los cuentos.

—Pero en el colegio todos los niños dicen que el parque está cerrado para que no se escapen los monstruos —insistió Fridolín.

—Si hay un mostuo dentro, puede salir y comernos a todos —dijo Freda muy preocupada—. ¡Puede salir por la noche, cuando estamos todos dormidos…!

—Eso de los monstruos es una leyenda —dijo Rosa Bonpensant—. Freda, termínate tu tostada y tu chocolate.

—Entonces ¿qué hay, un dragón? —preguntó Fridolín.

—Los dagones tampoco existen —le dijo su hermanita muerta de miedo.

—¿Un dinosaurio? —insistió Fridolín—. ¿Un Tiranosaurus Rex?

—Los dinosaurios tampoco existen —le dijo su hermanita que ahora estaba blanca de terror.

—¿Una bomba? —preguntó Fridolín—. ¿Un agujero tan grande que si te acercas te caes y ya no puedes salir? ¿Arenas movedizas? ¿Un volcán?

Fridolín hacía estas preguntas a sus padres todos los días, y todos los días los padres le decían que no lo sabían, que no tenían ni idea de qué era eso tan horrible que había dentro del Parque de las Lilas.

Y era la verdad. En Fléroe nadie sabía a ciencia cierta por qué era tan peligroso el Parque de las Lilas y por qué no dejaban entrar nunca allí a nadie. De todas formas, el parque llevaba tantos años cerrado que ya casi nadie se hacía tantas preguntas como Fridolín.

Los ciudadanos de Fléroe se habían acostumbrado a que el inmenso Parque de las Lilas estuviera siempre cerrado. En cierto modo era bueno para la ciudad que el parque fuera un misterio, un misterio rodeado de un halo siniestro y romántico, uno de esos misterios que dan miedo cuando se habla de ellos por la noche y a la luz del fuego, porque eso hacía que innumerables visitantes de otros países fueran a la ciudad

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