En tierra de nadie (Serie John Puller 4)

David Baldacci

Fragmento

Capítulo 1

1

Paul Rogers estaba aguardando a que lo mataran.

Llevaba diez años haciéndolo.

Ahora le quedaban veinticuatro horas más antes de morir.

O de vivir.

Rogers medía metro ochenta y cinco e inclinaba la balanza hasta los ochenta y dos kilos, casi ninguno de grasa. A la mayoría de la gente que solo miraba su cuerpo esculpido le sorprendería enterarse de que tenía más de cincuenta años de edad. Del cuello hacia abajo parecía un mapa anatómico, cada músculo duro y bien definido al juntarse con su vecino.

Sin embargo, del cuello hacia arriba los años habían dejado claras huellas en sus rasgos, y suponerle cincuenta años habría sido un gesto amable. Tenía el pelo abundante pero casi todo gris, y el rostro, aunque había estado tras los barrotes y apartado del sol durante una década, áspero y curtido, con profundas grietas en torno a los ojos y la boca, y la frente ancha surcada de arrugas.

Llevaba una barba rebelde a juego con el color del pelo. En realidad, el vello facial allí no estaba permitido, pero le constaba que nadie tenía agallas para obligarlo a afeitarse.

Era como una serpiente de cascabel, sin la ventaja de un sonido de advertencia, que probablemente te mordería si te acercabas demasiado.

Los ojos acechantes bajo las cejas hirsutas tal vez fueran su rasgo más distintivo: un pálido azul acuoso que transmitía una sensación de profundidad insondable y, al mismo tiempo, ausencia de vida.

Faltaban veinticuatro horas. No era buena señal.

Se oyeron dos pares de tacones caminando al unísono.

La puerta deslizante se abrió y apareció la pareja de celadores.

—Muy bien, Rogers —dijo el celador veterano—. Andando.

Rogers se levantó y miró a ambos hombres; su rostro reflejaba confusión.

—Sé que tenía que ser mañana pero, según parece, el secretario judicial se equivocó al poner la fecha en la orden y era demasiado complicado intentar cambiarla —aclaró el funcionario—. De modo que voilà, hoy es tu gran día.

Rogers dio un paso al frente y alargó las manos para que pudieran esposarlo.

El celador veterano negó con la cabeza.

—Te han concedido la libertad condicional, Rogers. Te marchas como un hombre libre. No más cadenas.

No obstante, mientras decía esto, agarró con un poco más de fuerza la empuñadura de su porra y una vena le palpitó en la sien.

Los dos celadores condujeron a Rogers por un largo pasillo. En ambos lados había puertas de celdas con rejas. Los hombres de detrás de los barrotes habían estado hablando pero cuando apareció Rogers se callaron de golpe. Los presos lo observaron pasar enmudecidos, después los murmullos se reanudaron.

Tras entrar en un cuarto pequeño le dieron una muda completa, relucientes zapatos de cordones, su anillo, su reloj y trescientos dólares en efectivo. Treinta pavos por cada año que había estado interno; tal era la magnánima política del estado.

Y, quizá más importante que cualquier otra cosa, un billete de autobús que lo llevaría hasta la ciudad más cercana.

Se quitó el mono de recluso y se puso los calzoncillos y la ropa nueva. Tuvo que apretar el cinturón en torno a su estrecha cintura para sujetarse los pantalones, pero en cambio la chaqueta le tiraba en los anchos hombros. Se calzó los zapatos nuevos. Eran un número más pequeños de la cuenta y le apretaban en los dedos de los largos pies. Después se abrochó el reloj, ajustó la hora sirviéndose del que había colgado en la pared, metió el dinero en la chaqueta y se puso el anillo, presionándolo sobre el nudoso nudillo.

Lo condujeron a la entrada principal de la prisión y le entregaron un paquete de documentos que resumía sus obligaciones y responsabilidades como persona en libertad bajo palabra. Estas incluían reuniones periódicas con su agente de la condicional y rigurosas restricciones en sus movimientos y relaciones con otras personas durante el tiempo que durase la observancia de buena conducta. No estaba autorizado a abandonar la zona ni podía acercarse a sabiendas a menos de treinta metros de alguien que tuviera antecedentes penales. No podía tomar drogas y tampoco poseer o portar un arma.

Los pistones hidráulicos cobraron vida y la puerta metálica se abrió, revelando el mundo exterior a Rogers por primera vez en una década.

Cruzó el umbral mientras el otro celador decía:

—Buena suerte, y no dejes que vuelva a verte por aquí.

Acto seguido los pistones se accionaron de nuevo y la maciza puerta se cerró a su espalda con el susurro que emitió la maquinaria hidráulica al detenerse.

El celador veterano negó con la cabeza mientras el joven miraba fijamente la hoja de la puerta.

—Si tuviera que apostar, diría que no tardará en volver a estar preso —comentó el celador veterano.

—¿Y eso por qué?

—Paul Rogers ha dicho apenas unas cinco palabras desde que llegó aquí. Pero a veces la expresión de su cara... —El celador se estremeció—. Como bien sabes, tenemos a unos cuantos tipos duros en este lugar. Pero ninguno me ha dado tanto miedo como Rogers. Su mirada era tan vacía que parecía un auténtico zombie. Fue propuesto para obtener la libertad condicional dos veces pero no se la concedieron. Me dijeron que los de la junta de la condicional se cagaron de miedo por la forma en que los miraba. Digo yo que a la tercera va la vencida.

—¿Por qué lo encarcelaron?

—Por asesinato.

—¿Y solo le cayeron diez años?

—Circunstancias atenuantes, supongo.

—¿Los demás reclusos trataron de intimidarlo? —preguntó el celador más joven.

—¡Intimidarlo! ¿Alguna vez has visto a ese tío entrenando en el patio? Es más viejo que yo y más fuerte que el más hijoputa que tenemos aquí. Y creo que solo dormía una hora por noche. Si hacía la ronda a las dos de la madrugada, lo encontraba en su celda con la mirada perdida o hablando para sí y frotándose el cogote. Es un tipo muy raro. —Hizo una pausa—. Aunque cuando llegó, dos de los reclusos más duros se pusieron en plan macho alfa con él.

—¿Qué ocurrió?

—Digamos que ya no son machos alfa. Uno terminó lisiado y el otro va en silla de ruedas sin parar de babear porque Rogers le produjo daños cerebrales permanentes. Le agrietó el cráneo de un golpe. Lo vi con mis propios ojos.

—¿Cómo se las apañó para conseguir un arma aquí dentro?

—¿Un arma? ¡Lo hizo con las manos!

—¡Joder!

El celador veterano asintió con la cabeza pensativamente.

—Así se forjó una reputación. Nadie volvió a molestarlo después de eso. Los presos respetan a los machos alfa. Ya has visto cómo se han callado todos cuando hemos pasado por el pasillo. Aquí dentro era una leyenda cada vez más grande y maligna sin que levantara un dedo. Aunque debo decir a su favor que Rogers era un macho alfa como nunca he visto otro igual. Y hay más.

—¿Qué quieres decir?

El celador reflexionó un momento.

—Cuando lo trajeron por primera vez le hicimos el registro integral de costumbre, sin olvidar ningún orificio.

—Claro.

—Pues bien, Rogers tenía cicatrices.

—Demonios, muchos convictos tienen cicatrices. ¡Y tatus!

—No como estas. Le van de arriba abajo de los dos brazos y las dos piernas, y también tiene en la cabeza y en el torso. Y a lo largo de los dedos. Un espanto. Además, no pudimos tomarle las huellas dactilares; ¡no tenía! Nunca había visto algo semejante. Y espero no volver a verlo nunca más.

—¿Cómo se hizo las cicatrices?

—Como he dicho, el tío no pronunció más de cinco palabras desde que llegó. Y tampoco era que pudiésemos obligarlo a contarnos cómo se las había hecho. Siempre he supuesto que Rogers pertenecía a alguna secta de pirados o que lo habían torturado. Caray, habría sido necesario un batallón del ejército para hacerle algo así. Pero lo cierto es que no lo quise saber. Rogers es un bicho raro. Un loco de remate que me alegra haber perdido de vista.

—Me sorprende que lo hayan soltado.

Mientras los celadores regresaban al módulo, el veterano murmuró:

—Dios asista a quien se tropiece con ese malnacido.

Capítulo 2

2

En el exterior, Rogers inhaló despacio una bocanada de aire y después la soltó, observando el vapor helado materializarse un instante para desaparecer acto seguido. Permaneció allí unos segundos, tratando de orientarse. En cierto sentido era como volver a nacer, salir del útero y ver un mundo que momentos antes no sabías que existía.

Dirigió la mirada a la izquierda, a la derecha y de nuevo a la izquierda. Después la levantó al cielo. Los helicópteros no estaban descartados, pensó. No en aquel caso.

No para él.

Mas no había nadie aguardándolo.

Podría deberse al paso del tiempo. Tres décadas. La gente moría, los recuerdos se desvanecían.

O podría ser que en realidad pensaran que había muerto.

«Peor para ellos.»

Entonces se decantó por la fecha de puesta en libertad equivocada.

Si iban a venir, lo harían al día siguiente.

Dios bendijera a los secretarios judiciales incompetentes.

Siguiendo las indicaciones de sus papeles de alta, se dirigió a la parada del autobús. Consistía en cuatro postes oxidados con un tejadillo embaldosado y un banco de madera desgastado por décadas de personas aguardando un viaje a cualquier otra parte. Mientras esperaba sacó el paquete de documentos de su condicional y los tiró a una papelera que estaba junto al recinto cubierto. No tenía intención de asistir a las audiencias de la condicional. Tenía que ir a lugares que se hallaban muy lejos de allí.

Se palpó la cicatriz del lado izquierdo de la cabeza, a medio camino entre el hueso occipital y la sutura lambdoidea. Después recorrió con el dedo las suturas hasta los huesos parietales y finalmente hasta la sutura sagital. Eran partes importantes del cráneo que protegían elementos significativos del cerebro.

Alguna vez pensó que lo que le habían añadido allí era una bomba de relojería.

Ahora simplemente pensaba en ello como en él mismo.

Dejó caer la mano a un costado y miró el autobús que se detenía junto al arcén. Las puertas se abrieron y subió a bordo, entregó su billete al conductor y se dirigió hacia la parte trasera.

Una cascada de olores lo envolvió, principalmente de la variedad de fritanga y cuerpos desaseados. Todos los pasajeros del autobús lo observaron a su paso. Las mujeres apretaban las asas de sus bolsos. Los hombres lo examinaban a la defensiva y con los puños cerrados. Los niños se limitaban a mirarlo con los ojos como platos.

Causaba ese efecto en la gente, supuso.

Se sentó en el fondo, donde la peste del único retrete abrumaría a quien no hubiese olido cosas mucho peores.

Rogers había olido cosas mucho peores.

En los asientos en diagonal al otro lado del pasillo había un veinteañero y una muchacha de la misma edad. La chica ocupaba el asiento del pasillo. Su novio era enorme, de unos dos metros y todo músculo. No habían reparado en Rogers mientras se dirigía allí, sobre todo porque estaban demasiado ocupados explorando sus respectivas bocas con la lengua.

Cuando el autobús arrancó, separaron los labios y el hombre echó un vistazo al asiento de Rogers con expresión hostil. Rogers le sostuvo la mirada hasta que el joven la apartó. La mujer también lo miró y le sonrió.

—¿Acabas de salir? —preguntó.

Rogers bajó la vista a la ropa que llevaba. Se le ocurrió que debía ser la vestimenta habitual de quienes salían de la cárcel. Tal vez el sistema penitenciario encargaba las prendas al por mayor, incluidos zapatos demasiado pequeños para que los exconvictos no pudieran correr demasiado rápido. Y quizá la parada de autobús era conocida por las gentes de la zona como «la parada de los presos». Eso explicaría las miradas que le habían dedicado.

Rogers en ningún momento tuvo intención de corresponder a la sonrisa de la muchacha, pero asintió con la cabeza para contestar a su pregunta.

—¿Cuánto tiempo has estado dentro?

A modo de respuesta, Rogers levantó los diez dedos.

La chica lo miró compadecida.

—Eso es mucho tiempo.

Cruzó las piernas de tal manera que una le quedó descubierta en medio del pasillo, dando a Rogers una admirable visión de su pálida piel.

Viajaron durante casi una hora, recorriendo la distancia que mediaba hasta la ciudad más cercana. El zapato de tacón alto de la muchacha estuvo todo el rato colgando seductoramente de su pie.

Rogers no apartó la vista ni una sola vez.

Cuando se detuvieron en la terminal de autobuses era de noche. Casi todo el mundo se apeó. Rogers fue el último porque lo prefirió así.

Sus pies tocaron la acera y miró en derredor. A algunos pasajeros los recibían familiares o amigos. Otros sacaban su equipaje del compartimento situado en la parte trasera del autobús. Rogers se quedó allí plantado y miró a su alrededor, tal como había hecho al salir de la cárcel. No tenía familiares ni amigos que fuesen a recibirlo ni equipaje alguno que recoger.

Pero aguardaba a que sucediera algo.

El joven que lo había fulminado con la mirada fue en busca de su maleta y la de la muchacha. Entretanto ella se acercó a Rogers.

—Creo que te vendría bien un poco de diversión.

Él no contestó.

Ella miró en dirección a su novio.

—Dentro de poco cada cual se va por su lado. Una vez que nos separemos, ¿por qué no vamos a pasar un buen rato, solos tú y yo? Sé de un lugar cercano.

Cuando el novio reapareció al lado del autobús, cargando con una bolsa de viaje y una maleta pequeña, la muchacha lo agarró del brazo y se marcharon. Pero se volvió hacia Rogers y le guiñó el ojo.

La mirada de Rogers siguió a la joven pareja que iba calle abajo, giraba a la izquierda y se perdía de vista.

Rogers se puso a caminar. Torció por el mismo callejón y vio a la pareja más adelante. Casi habían desaparecido de su campo de visión, pero no del todo.

Rogers se palpó la cabeza otra vez en el mismo punto y deslizó el dedo hacia atrás, igual que antes, como si resiguiera el serpenteante curso de un río.

Los jóvenes continuaron avanzando un buen rato, manzana tras manzana, apenas a la vista. Siempre apenas a la vista.

Ya era bastante oscuro. La pareja dobló una esquina y desapareció.

Rogers avivó el paso y dobló la misma esquina.

Su brazo recibió el golpe del bate. La madera se rompió en pedazos y la mitad superior salió despedida y chocó contra la pared.

—¡Mierda! —rugió el joven que lo empuñaba.

La bolsa de viaje estaba abierta en el suelo. La muchacha aguardaba a pocos metros de su novio. Se había agachado cuando el bate se había partido por la mitad y había volado hacia ella, haciendo que se le cayera el bolso.

El joven soltó la otra mitad del bate, sacó de un bolsillo una navaja de resorte y la abrió.

—Dame los trescientos dólares, señor Exconvicto, y el anillo y el reloj, y no te destripo.

¿Los trescientos dólares? O sea que sabían la cantidad basándose en su década en prisión.

Rogers torció el cuello hacia la derecha y notó el crujido.

Miró en derredor. Las paredes eran de ladrillo, altas y sin ventanas, lo que significaba que no había testigos. El callejón era oscuro. No había nadie más. Se había fijado en todo esto mientras caminaba.

—¿Me has oído? —dijo el joven, descollando sobre Rogers.

Rogers asintió con la cabeza, porque en efecto le había oído.

—Pues venga, dame la pasta y lo demás. ¿Eres retrasado o qué?

Rogers negó con la cabeza. No, no era retrasado. Y además no iba a dar nada.

—¡Como quieras! —vociferó el joven. Se abalanzó sobre Rogers intentando acuchillarlo.

Rogers paró parcialmente la puñalada, pero aun así la hoja le alcanzó en el brazo. Eso no lo retrasó siquiera un poco porque no sintió nada. Mientras la sangre le empapaba la ropa agarró la mano que sostenía la navaja y la estrujó.

El joven dejó caer la navaja.

—¡Mierda, mierda! —gritó—. ¡Suelta, suelta de una puta vez!

Rogers no lo soltó. El joven cayó de rodillas, intentando en vano abrir los dedos de Rogers.

La muchacha contemplaba todo esto anonadada, sin dar crédito a sus ojos.

Rogers extendió la mano libre hacia abajo, asió la empuñadura del bate roto y la levantó.

El joven levantó la vista hacia él.

—No, tío, por favor.

Rogers blandió el bate. La fuerza del golpe machacó un lado del cráneo del hombre. Trocitos de hueso mezclados con meninge gris se desparramaron por un lado de la cabeza.

Rogers soltó la mano del joven muerto, que se desplomó de costado en el suelo.

Ahora la muchacha chillaba y retrocedía. Lanzó una ojeada al bolso pero no intentó recogerlo.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Rogers dejó caer el bate y la miró.

Esa parte de la ciudad estaba desierta a aquellas horas, motivo por el que habían elegido aquel lugar para tenderle la emboscada.

No había un alma para ayudar a nadie. Habían pensado que esto iría a favor de ellos. Cuando Rogers entró en el callejón tuvo claro que sería a favor de él.

Se había dado cuenta de que aquello era un montaje desde el instante en que la chica lo había mirado en el autobús. Su novio muerto era de su edad y bien parecido. Rogers no era ni lo uno ni lo otro. Las únicas cosas que ella quería estaban en su bolsillo, su muñeca y su dedo anular.

Debían de aprovecharse de los hombres que salían de prisión.

Bien, pues aquella noche habían escogido mal a su presa.

La muchacha retrocedió hasta la pared de ladrillo. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—Por favor, no me hagas daño —gimió—. Juro que no diré a nadie lo que has hecho. Lo juro por Dios. Por favor.

Rogers se agachó y recogió la navaja de resorte.

Ella se puso a sollozar.

—Por favor, no. Por favor. Me obligó a hacerlo. Dijo que si no me haría daño.

Rogers caminó hasta la mujer y estudió sus temblorosas facciones. Nada de aquello ejerció efecto en él, igual que la navaja al clavarse en su brazo.

Nada porque él no era nada.

No sentía nada.

Resultaba evidente que ella quería que Rogers se apiadara. Él lo sabía. Lo entendía. Pero había una diferencia entre entender y sentir algo de verdad.

En cierto modo, era la mayor diferencia que existía.

No sentía nada. Ni por ella ni por él. Se frotó la cabeza, palpando el mismo punto, como si sus dedos pudieran atravesar el hueso, los tejidos y la materia gris para arrancar lo que había allí dentro. Le quemaba, pero lo cierto era que siempre le quemaba cuando hacía aquello.

Rogers no siempre había sido así. A veces, cuando pensaba largo y tendido al respecto, recordaba vagamente a una persona distinta.

Bajó la vista a la navaja, convertida en una prolongación del brazo. Distendió la mano.

—¿Vas a dejar que me vaya? —preguntó ella, jadeante—. De verdad... que me gustas.

Rogers dio un paso atrás.

Ella forzó una sonrisa.

—Prometo no decir nada.

Rogers dio otro paso atrás. Podría marcharse sin más, pensó.

La muchacha miró detrás de Rogers.

—Creo que acaba de moverse —dijo, casi sin aliento—. ¿Seguro que está muerto?

Rogers se volvió para echarle un vistazo.

El destello de un movimiento llamó su atención. La chica había agarrado su bolso y sacado el arma que contenía. Rogers vio que el cañón del revólver chapado en níquel ascendía para apuntarle al pecho.

Golpeó con asombrosa rapidez y dio un paso hacia un lado mientras del cuello de la muchacha salía despedido un chorro de sangre arterial, que a punto estuvo de salpicarle.

Ella se derrumbó hacia delante y cayó de bruces al suelo, destrozándose sus bonitos rasgos, aunque ahora ya poco importaba. El revólver que había sacado del bolso golpeó la superficie dura del suelo y se alejó repiqueteando.

Rogers, escaso de tiempo, se embolsó el efectivo que encontró en la billetera del joven y en el bolso de la chica. Dobló con esmero los billetes y los guardó en un bolsillo.

Situó el bate roto en la mano de la muchacha y volvió a meter el revólver en el bolso. Puso de nuevo la navaja en la mano del joven muerto.

Dejaría que la policía local intentara imaginar qué había ocurrido.

Se hizo un torniquete en el brazo tan bien como pudo y la sangre dejó de manar.

Se tomó un momento para contar el dinero doblado. Había duplicado sus reservas de efectivo.

Le aguardaba un largo y complicado viaje.

Y después de todos aquellos años, había llegado la hora de ponerse en marcha.

Capítulo 3

3

John Puller miraba fijamente a su padre, que dormía en su cama en la habitación que se había convertido en su hogar.

Se preguntaba por cuánto tiempo más.

Recientemente, Puller sénior había pasado por un punto de inflexión. Y no todo guardaba relación con el deterioro progresivo de su salud.

Su hijo mayor, Robert Puller, a quien habían encarcelado en una prisión militar en Leavenworth, Kansas, había sido formalmente absuelto de todos los cargos de traición, que habían desaparecido de su historial. Después lo habían readmitido como oficial de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Puller sénior y su hijo mayor habían celebrado una reunión en la que, cosa rara, a John Puller se le saltaron las lágrimas.

Pero la euforia de la liberación de su hijo se había visto seguida por un período de rápido declive, al menos mental. Físicamente, el antiguo general tres estrellas estaba mucho más en forma que los demás hombres de su edad. Quizá el viejo había estado aguantando el tipo hasta que concedieron la libertad a su hijo. Logrado ese objetivo, tal vez simplemente se había dado por vencido, rindiendo sus energías junto con la voluntad de vivir.

De modo que Puller hijo estaba sentado y observaba a su padre, mientras se preguntaba qué encontraría tras los rasgos de granito cincelado cuando el viejo despertase. Su padre había nacido para dirigir hombres en el campo de batalla. Y lo había hecho con éxito considerable a lo largo de varias décadas, obteniendo prácticamente cada medalla, banda, mención y ascenso que ofrecía el servicio. Sin embargo, una vez que terminaron sus días de combate, fue como si alguien hubiese accionado un interruptor y su padre hubiese involucionado hasta... aquello.

Los médicos lo describían como demencia en transición hacia otra cosa. Y para peor.

Puller lo describía como perder a su padre.

Su hermano estaba en una nueva misión en el extranjero que lo mantendría lejos durante varios meses. John Puller acababa de regresar de una investigación en Alemania, y en cuanto las ruedas del avión golpearon la pista, fue en coche a ver a su padre.

Era tarde, pero hacía bastante tiempo que no lo veía.

De modo que ahí estaba sentado, preguntándose qué versión de su padre se despertaría y lo saludaría.

¿Puller sénior, el déspota gruñón?

¿Puller sénior, el estoico?

¿Puller sénior, con la mirada completamente vacía?

Preferiría cualquiera de las dos primeras posibilidades a la tercera.

Llamaron a la puerta. Puller se levantó y la abrió.

Dos hombres lo miraron sin pestañear. Uno llevaba uniforme de coronel. El otro iba de paisano.

—¿Sí? —dijo Puller.

—¿Es usted John Puller júnior? —preguntó el de paisano.

—En efecto. ¿Y ustedes quiénes son?

—Ted Hull. —Sacó su placa de identificación y se la mostró—. CID. De la 12.ª Compañía de Policía Militar de Fort Lee.

—Y yo soy el coronel David Shorr —dijo el que iba de uniforme.

Puller no lo conocía. Pero había un montón de coroneles en el ejército.

Puller salió y cerró la puerta a su espalda.

—Mi padre está durmiendo. ¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Se trata de otra misión? Se suponía que iba a tener dos días de permiso. Hablen con mi comandante, Don White.

—Ya hemos hablado con su comandante —respondió Shorr—. Nos ha dicho dónde encontrarle.

—Bien, ¿pues cuál es el problema?

—En realidad tiene que ver con su padre, jefe. Y supongo que también con usted.

Dado que Puller era técnicamente suboficial mayor de la CID, o División de Investigación Criminal, del ejército estadounidense, quienes iban de uniforme se referían a él como «jefe». No era un oficial como los que se habían licenciado en West Point. Había comenzado su carrera militar de recluta y, por consiguiente, su rango era inferior al de Shorr.

—No lo entiendo, señor —aseveró.

Con su metro noventa y dos descollaba sobre los dos hombres. Su estatura era herencia de su padre. Su actitud serena procedía de su madre. Su padre tenía dos estados emocionales: gritón y Situación de Alerta Uno.

—Hay una sala para las visitas al final del pasillo —dijo Shorr—. Vayamos a hablar allí.

Entró el primero en la habitación, la encontró vacía y cerró la puerta. Los tres tomaron asiento, Puller de cara a los otros dos hombres.

Shorr miró a Hull y asintió con la cabeza. Hull sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y empezó a darse golpecitos en la palma de la mano.

—Fort Eustis recibió esta comunicación. La reenviaron a mi oficina. Hemos estado escarbando un poco. Después supimos que usted tenía previsto regresar hoy, de modo que hemos venido a verle.

—Estoy destinado en la JBLE —agregó Shorr—. Esa es la conexión.

Puller asintió. Sabía que eso estaba en la zona de Tidewater, que comprendía Norfolk, Hampton y Newport News, Virginia. En 2010 Fort Eustis, que dependía del ejército y se emplazaba en Newport News, y la base Langley de las Fuerzas Aéreas en la cercana Hampton, se habían unido para configurar la nueva base conjunta Langley-Eustis que en el servicio se conocía como JBLE.

—Transporte y logística —señaló Puller.

—Exacto.

—Y si bien la 12.ª Compañía de Policía Militar está acuartelada en Fort Lee, también operamos tanto desde la JBLE como desde Fort Lee y constituimos la oficina de la CID para la JBLE —explicó Hull—. Reparto mi tiempo entre ambos. Prince George’s County no queda muy lejos de Tidewater.

Puller asintió de nuevo. Todo aquello también lo sabía.

—¿Qué dice la carta?

Lo preguntó con recelo porque una vez su padre había recibido una carta de su hermana desde Florida. La misiva había llevado a Puller de viaje al estado del sol, y faltó muy poco para que le costara la vida.

—Iba dirigida a la oficina de la CID en la JBLE. La mujer que la escribió se llama Lynda Demirjian. —Hull dijo esto último en un tono inquisitivo, como si el nombre tuviera que significar algo para Puller—. ¿Se acuerda de ella?

—Sí. De Fort Monroe. Cuando era niño.

—Vivía cerca de ustedes cuando su padre estuvo destinado allí, antes de que lo cerraran y transfirieran las operaciones a Fort Eustis. Era amiga de la familia. Más en concreto, era amiga de su madre.

Puller retrocedió unos treinta años y su memoria por fin llegó a una mujer bajita, regordeta y simpática que siempre sonreía y que horneaba los mejores pasteles que Puller recordaba haber comido jamás.

—¿Por qué escribe a la CID?

—Está muy enferma, lamentablemente. Cáncer terminal de páncreas.

—Siento mucho enterarme.

Puller echó un vistazo a la carta.

—Escribió a la CID porque estaba agonizando y quería airear algo que la había estado reconcomiendo durante mucho tiempo —aclaró Hull—. Una especie de declaración en el lecho de muerte.

—Muy bien —dijo Puller, que se estaba impacientando—. Pero ¿qué tiene que ver conmigo? En ese tiempo yo no era más que un chaval.

—Igual que su hermano —replicó Shorr.

—Usted no es policía militar —dijo Puller.

Shorr negó con la cabeza.

—Pero se decidió que se requería el peso de un oficial para esta... reunión.

—¿Y eso por qué? —preguntó Puller.

—El marido de la señora Demirjian, Stan, sirvió en Fort Monroe con su padre. En aquel entonces era sargento de primera clase. Ahora está jubilado, como es lógico. ¿Se acuerda de él?

—Sí. Sirvió con mi padre en Vietnam. Se conocían de toda la vida. Pero ¿puede decirme lo que pone en esa carta?

—Me parece que será mejor que la lea usted mismo, jefe —dijo Hull.

Se la pasó a Puller. Tenía tres páginas de longitud y la letra parecía de hombre.

—¿No la escribió ella misma? —inquirió Puller.

—No, está demasiado débil. Se la dictó a su marido.

Puller dispuso las hojas sobre la mesita que tenía al lado de su asiento y comenzó a leer. Ambos hombres lo observaban expectantes mientras lo hacía.

Las frases eran largas e inconexas, y Puller se imaginó a la enferma terminal tratando de poner en orden sus ideas para comunicárselas a su marido. Sin embargo, seguía siendo más un torrente de monólogo interior que otra cosa. Seguramente estaba medicada cuando la había dictado. Puller no pudo por menos de admirar su determinación por conseguir hacerlo teniendo tan cerca la muerte.

Entonces, después de los preámbulos introductorios, se metió en la esencia de la carta.

Se quedó boquiabierto.

Y le tembló la mano.

Y sintió como si alguien le hubiese dado un puñetazo por sorpresa en el estómago.

Siguió leyendo, cada vez más deprisa, probablemente encajando su ritmo al del jadeante dictado de la mujer agonizante.

Cuando hubo terminado levantó la vista y vio que los dos hombres lo estaban mirando fijamente.

—Acusa a mi padre de asesinar a mi madre.

—En efecto —confirmó Hull—. Ni más ni menos.

Capítulo 4

4

—Esto es absurdo —protestó Puller—. Cuando mi madre desapareció, mi padre ni siquiera estaba en el país.

Ted Hull miró de soslayo a Shorr, carraspeó y dijo:

—Tal como he dicho, hemos llevado a cabo una investigación preliminar.

—Un momento —dijo Puller—, ¿cuándo recibieron esta carta?

—Hace una semana.

—¿Y no me han dicho nada al respecto hasta ahora?

—Jefe Puller —intervino Shorr—, sé lo desagradable que esto debe ser para usted.

—Tiene toda la maldita razón. —Puller se contuvo al recordar que el hombre con el que hablaba estaba muy por encima de él en rango—. Es desagradable, señor —agregó con más calma.

—Y debido a la gravedad de la acusación quisimos investigar un poco antes de someterlo a su consideración.

—¿Y qué reveló su investigación? —preguntó Puller secamente.

—Que mientras su padre estaba fuera del país, regresó un día antes de lo previsto. Se hallaba en Virginia y en las inmediaciones de Fort Monroe cinco o seis horas antes de que su madre desapareciera.

A Puller le dio un vuelco el corazón.

—Eso no demuestra que estuviera implicado.

—En absoluto. Pero comprobamos el sumario de la investigación anterior. Su padre dijo que estaba fuera del país, y el registro de viajes lo respaldaba. Por eso la investigación que se efectuó entonces lo absolvió de toda implicación posible.

—Siendo así, ¿por qué ahora sostienen lo contrario?

—Porque descubrimos registros de viaje y bonos que señalan que su padre, que estaba previsto que regresara a Estados Unidos en transporte militar, en realidad voló de vuelta en un jet privado.

—¿Un jet privado? ¿De quién?

—Todavía no estamos seguros de ese extremo. Tenga presente que los hechos son de hace treinta años.

Puller se frotó los ojos, verdaderamente incrédulo de que aquello estuviera ocurriendo.

—Sé cuánto tiempo hace que sucedió. Pasé por ello. Mi hermano y yo. Y mi padre. Fue un infierno para todos nosotros. Nuestra familia quedó destrozada.

—Lo entiendo —dijo Hull—, pero la cuestión es que si su padre declaró que estaba fuera del país y los registros indican otra cosa...

Dejó en el aire las obvias implicaciones de aquella contradicción.

Puller decidió verbalizarlo sin más.

—¿Están diciendo que mintió? Bueno, los registros que han descubierto podrían ser erróneos. Que su nombre figurase en una lista de embarque no basta para demostrar que iba a bordo del avión.

—Tenemos que investigar más a fondo, desde luego.

Puller miró a los dos hombres.

—Pero si solo tuvieran eso no estarían aquí hablando conmigo.

—Por poco olvido cómo se gana la vida —dijo Shorr—. Está bien versado en el funcionamiento de una investigación.

—¿Qué más tienen, coronel?

Hull levantó la voz.

—Eso no podemos abordarlo, jefe. Se trata de una investigación en curso.

—¿De modo que han abierto una investigación fundamentada en la carta de una enferma terminal sobre acontecimientos de hace treinta años?

—Y en el hecho de que su padre no estaba fuera del país como dijo en su momento —contestó Hull a la defensiva—. Mire, si no hubiésemos descubierto eso dudo que estuviéramos manteniendo esta conversación. No es que una mañana me haya levantado con ganas de destrozar a una leyenda del ejército, jefe. Pero estamos en otra época. Es posible que entonces se enterraran cosas que no debieron ser enterradas. El ejército se ha llevado varias collejas desde hace unos años por no ser transparente.

Se calló y miró a Shorr.

—Se ha abierto un expediente de investigación, jefe Puller —dijo Shorr—, y debe llevarse a cabo. Pero si no aparecen pruebas nuevas, no veo que esto vaya a llegar a parte alguna. El ejército no pretende arruinar la reputación de su padre fundamentándose tan solo en una carta de una mujer agonizante.

—¿Qué clase de pruebas nuevas? —preguntó Puller.

—Esto ha sido una visita de cortesía, jefe Puller —dijo Shorr con firmeza—. Eso es todo. Ahora llevará el caso la CID, pero queríamos que supiera cómo están las cosas y, desde luego, lo de la carta. Siendo su padre quien es, consideramos apropiado hacerle saber en qué situación se encuentra.

Puller no supo qué decir ante esto.

—Querremos interrogarlo formalmente, jefe —dijo Hull—. Y a su hermano. Y a su padre, por supuesto.

—Mi padre padece demencia.

—Estamos enterados. También tenemos entendido que a ratos está lúcido.

—¿Y quién se lo ha dado a entender?

Shorr se levantó y lo mismo hizo Hull.

—Gracias por su tiempo, jefe. El agente Hull se pondrá en contacto con usted.

—¿Han hablado con Lynda Demirjian? —preguntó Puller—. ¿Y con su marido?

—Se lo repito, la CID se pondrá en contacto con usted —dijo Hull—. Gracias por su tiempo. Y crea que lamento haber sido quien le ha comunicado algo tan desagradable.

Ambos hombres se marcharon, dejando a Puller sentado con la mirada fija en el suelo.

Poco después sacó su teléfono y tecleó el número.

Dos zumbidos más tarde su hermano contestó.

—Hola, hermanito, estoy muy liado ahora mismo. Y si has vuelto a Virginia, estoy ocho horas por delante de ti. Te podré llamar...

—Bobby, tenemos un problema grave. Es sobre papá.

—¿Qué sucede? —inquirió Robert Puller al instante.

Puller refirió a su hermano todo lo que acababa de ocurrir.

Robert Puller se quedó callado unos treinta segundos. Lo único que Puller oía era la respiración de su hermano.

—¿Qué recuerdas de aquel día? —preguntó finalmente Robert.

John se recostó en el asiento y se pasó una mano por la frente.

—Estaba jugando fuera. Me volví hacia la ventana y vi a mamá. Iba en albornoz y con una toalla en la cabeza. Sin duda acababa de salir de la ducha.

—No, me refiero a después.

—¿Después? Esa fue la última vez que la vi.

—No, te equivocas. Esa noche cenamos juntos y luego ella salió.

Puller se irguió.

—Eso no lo recuerdo.

—Bueno, la verdad es que nunca hablamos de ello, John.

—¿Adónde fue aquella noche?

—No lo sé. A casa de una amiga, supongo.

—¿Y ya no volvió?

—Obviamente, no —respondió Robert en tono seco—. Y resulta que papá había regresado del extranjero. Pero dijo a la policía que no estaba aquí.

—¿Cómo sabes que les dijo que no estaba?

—Vinieron a casa unos agentes de la CID, John. El día siguiente. Papá estaba allí. Hablaron con él. Nosotros estábamos arriba pero aun así los oí.

—¿Por qué no recuerdo nada de esto, Bobby?

—Tenías ocho años. No entendías nada.

—Tú ni siquiera habías cumplido los diez.

—En realidad nunca fui niño, John, lo sabes de sobra —replicó, y agregó—: Y fue una época traumática para todos nosotros. Seguramente bloqueaste muchos recuerdos. Puro mecanismo de defensa.

—Van a querer entrevistarnos. Y a papá también.

—Bueno, que nos entrevisten. Aunque no me los imagino haciendo muchos progresos con el viejo.

—Pero quizá entienda lo que le digan. Que piensan que mató a mamá.

—No creo que podamos evitarlo, John. Es una investigación. Sabes mejor que nadie cómo funcionan. No puedes interferir.

—Me parece que voy a necesitar un abogado para papá.

—¿Conoces a alguno bueno?

—Shireen Kirk. Acaba de dejar la JAG para dedicarse al sector privado.

—Pues deberías llamarla.

—¿Recuerdas a Lynda Demirjian?

—Sí. Una buena mujer. Hacía pasteles. Ella y mamá eran íntimas.

—¿Es posible que fuese a verla aquella noche? —preguntó Puller.

—No lo sé. No me dijo a dónde iba.

—Demirjian está convencida de que papá mató a nuestra madre.

—Me pregunto por qué. Es decir, puede que la CID haya descubierto que ya había regresado al país cuando dijo que aún no había vuelto, pero eso fue después de que recibieran su carta y lo investigaran. La señora Demirjian sin duda tiene otras razones.

—Y voy a averiguar cuáles son.

—¿Crees que te van a permitir investigarlo? Estamos hablando de papá. ¡Demonios!, si ni siquiera querían que te acercaras a mi caso, ¿recuerdas?

—Y tú recordarás que me acerqué a tu caso. Y mucho.

—Y faltó poco para que te costara la carrera. Así que mi consejo es que te mantengas al margen de todo esto.

—No podemos quedarnos cruzados de brazos, Bobby.

—Deja que compruebe unas cosas aquí y te vuelvo a llamar.

—Tú no... no piensas que él... —Puller no consiguió pronunciar las palabras.

—La verdad es que no lo sé con certeza, y tú tampoco.

Capítulo 5

5

Era el tercer día de libertad de Paul Rogers. Y no se había dormido en los laureles. Ya había puesto mil quinientos kilómetros de tierra entre él y la prisión.

Había buscado y encontrado noticias sobre el doble homicidio en el callejón. El periódico decía que la policía se decantaba por una pelea de la joven pareja con consecuencias fatales. Era obvio que habían reñido, pues horas antes los habían visto besándose en un autobús.

Pues sí, pensó Rogers, realmente había habido una buena riña.

El segundo día de libertad había robado un Chevy destartalado en un taller de reparación de automóviles, al que le cambió las placas de matrícula por unas que se había llevado de un desguace. Ese día condujo novecientos kilómetros, y en lo que llevaba del siguiente ya había recorrido más de cuatrocientos cincuenta.

Había gastado una cantidad considerable de su dinero en gasolina y prácticamente la misma en comida. Durmió en el coche tras buscar un buen sitio donde aparcar para pernoctar. Había comprado zapatos de su número y un par de pantalones, una camisa, una chaqueta nueva, ropa interior, calcetines y una gorra de béisbol. También adquirió vendas y medicinas para su brazo herido, así como un par de gafas de lectura pese a tener la vista perfecta y casi felina por su capacidad de ver en la oscuridad.

Además, había comprado una maquinilla de cortar cabello y otra de afeitar. Su barba había desaparecido, igual que el resto de su pelo. Incluso se había quitado el vello del cráneo y las cejas.

Cuando se miraba en el espejo, Rogers apenas reconocía la imagen que veía. Esperaba que el efecto sobre los demás, en particular los agentes de la ley, fuese aún más acusado.

La cicatriz en la parte posterior izquierda del cráneo ahora era visible. Era más fácil sentirla cada vez que se la tocaba.

Le quedaban un par de cientos de dólares y todavía un largo camino por recorrer. Se detuvo a cenar en una cafetería y comió en la barra, manteniendo todas las idas y venidas a su espalda a plena vista gracias al gran espejo colgado en la pared de enfrente.

Dos agentes de policía entraron y se sentaron en un reservado no lejos de donde estaba él. Se caló más la gorra y se concentró en la comida y el periódico que tenía delante.

El mundo había cambiado un poco en diez años. Pero en muchos aspectos no había cambiado nada.

Había países en guerra.

Los terroristas masacraban a inocentes.

La política estadounidense estaba estancada.

Los ricos eran más ricos; los pobres, más pobres.

La clase media estaba desapareciendo muy deprisa.

La gente parecía enojada y vociferante y en general molesta con todo y con todos.

«El principio del fin», conjeturó Rogers, a quien le importaba un bledo que el país y aparentemente el resto del mundo estuvieran en pleno declive. Solo necesitaba llegar al lugar al que se dirigía. Tenía que resolver unas cuantas cosas por el camino pero una vez que llegara allí, su plan estaba bastante bien trazado.

El único problema era que había transcurrido mucho tiempo. No solo diez años. Eso resultaba manejable. Pero en total habían sido tres décadas. La gente se mudaba. La gente moría. Las empresas cerraban. El tiempo avanzaba, las cosas cambiaban, la situación sobre el terreno podía ser completamente diferente. Pero también se había dicho a sí mismo que no titubearía; no podía. No había ninguna razón en el mundo para que no pudiera llevar a cabo lo que durante los últimos diez años se había dicho a sí mismo que iba a hacer.

Ninguna razón en absoluto.

Terminó de comer, dejó unos dólares sobre el mostrador y pasó junto a los policías sin mirarlos. Cerró la puerta a su espalda y fue hasta su coche. Se marchó mientras la noche lo envolvía todo a su alrededor.

El brazo herido se le estaba curando muy bien. La infección había sido mínima. La chaqueta nueva tapaba el vendaje.

Condujo hacia el este.

No necesitaba dormir mucho. Si ahora se detenía y descansaba era solo porque pretendía adquirir el hábito de hacerlo, tal como hacían las demás personas. Rogers no quería destacar. No quería hacer algo que hiciera que los demás se fijaran en él. Era capaz de hacer todo tipo de cosas para que los demás se fijaran. Pero si personas con placa y arma lo hiciesen, estaría jodido. Y no quería que le jodieran.

Nunca más.

Levantó la mano y se acarició el cogote. Aún se acordaba de cuando se lo hicieron. Hacía más de treinta años. Le habían hecho muchas cosas en aquella época.

Lo que no soportaba eran los pensamientos que tenía, como tampoco los pensamientos que había dejado de tener. Como cuando en el callejón la muchacha le había suplicado por su vida y Rogers había recordado algo. Solo era un retazo de un retazo y no pudo ahondar demasiado porque había una barrera mental que le impedía hacerlo. Podía escalar muchos muros, pero no aquel. Sin embargo, allí había algo. Algo que habría hecho de otra manera si todavía fuese quien había sido una vez.

Pero ya no era aquel hombre. Ni de lejos. Y el retazo nunca sería más que eso. Por descontado, no le habían contado esa parte. ¿Por qué iban a hacerlo? Al parecer no tenía motivo para saberlo en el estricto mundo de «lo que hay que saber».

Apartó la mano y con ella cualquier esperanza de que algún día las cosas fuesen distintas para él.

Durmió dentro del coche en una bocacalle de una ciudad que estaba atravesando.

Dos días después se hallaba mil doscientos kilómetros más cerca de su destino. Para entonces seguro que habían emitido una orden de arresto contra él por no haberse presentado a la reunión con su agente de la condicional. Tal vez habrían encontrado los documentos que había tirado a la papelera de la parada del autobús. Eso demostraba su clara intención de no cumplir nunca más las obligaciones que le habían impuesto para ponerlo en libertad antes de tiempo.

De hecho, consideraba que diez años de su vida encerrado en una jaula era pago suficiente.

Solo le quedaban cincuenta dólares.

La mañana siguiente se detuvo en una obra y ofreció sus servicios por cien dólares a cambio de diez horas seguidas de trabajo.

Su tarea consistía en acarrear sacos de cemento desde un camión a un montacargas instalado en una esquina a la que los camiones grandes no podían llegar. Había otros tres hombres asignados a la misma labor. Los tres eran veinteañeros. Rogers trasladó más sacos de veintidós kilos que ellos tres juntos. No dijo palabra, no miró a los demás hombres. Solo cargaba sacos, los transportaba unos treinta metros hasta el ascensor, los descargaba y regresaba a por más. Diez horas con una pausa de veinte minutos para comer un bocadillo de una camioneta ambulante y tomar una taza de café.

—Gracias por hacernos quedar bien, abuelo —dijo uno de ellos cuando terminaron la jornada.

Rogers se volvió hacia él. Le observó el cuello, donde la yugular palpitaba debajo de la grasa. Podría haber estrujado la vena entre sus dedos y ver cómo el hombre se desangraba en menos de un minuto. Pero ¿con qué fin?

—No hay de qué —dijo.

Cuando el joven rufián le dirigió un resoplido burlón, Rogers clavó sus ojos en él. No lo miraba tanto a él como a través de él, hacia un lugar situado en el otro lado de su cráneo.

El rufián pestañeó; toda su mofa se esfumó, echó un vistazo a sus compañeros y los tres dieron media vuelta y se largaron de inmediato.

Entonces fue cuando Rogers hizo algo que casi nunca hacía.

Sonrió. No fue porque hubiese intimidado al rufián. Había intimidado a muchos hombres. Y en ninguna de esas ocasiones había sonreído.

Regresó a su coche, subi

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