Hijos de hombres

P.D. James

Fragmento

1. Viernes, 1 de enero de 2021

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Viernes, 1 de enero de 2021

Recién empezado el día de hoy, 1 de enero de 2021, tres minutos después de la medianoche, el último ser humano nacido en la Tierra murió en una pelea de bar en un suburbio de Buenos Aires, a la edad de veinticinco años, dos meses y doce días. Si hemos de dar crédito a los primeros informes, Joseph Ricardo murió como había vivido. La distinción, si se la puede llamar así, de ser el último humano cuyo nacimiento fue registrado oficialmente, desprovista como lo estaba de toda relación con cualquier virtud o talento personal, siempre le resultó difícil de manejar. Y ahora está muerto. La noticia nos llegó, aquí en Inglaterra, en el noticiario de las nueve del Servicio Estatal de Radio, y yo la oí de casualidad. Me disponía a empezar este diario de la segunda mitad de mi vida cuando me di cuenta de la hora que era, y pensé que podía escuchar los titulares del boletín de las nueve. La muerte de Ricardo fue lo último que mencionaron, y sólo de pasada, un par de frases pronunciadas sin énfasis en la voz cuidadosamente neutra del locutor. Pero me pareció, al oírlo, que el hecho constituía una pequeña justificación adicional para empezar el diario hoy; el primer día de un nuevo año y mi quincuagésimo aniversario. De niño siempre me había complacido esta distinción, pese al inconveniente de que mi cumpleaños siguiera a la Navidad demasiado de cerca, con lo que un solo regalo —que nunca parecía superior al que en todo caso hubiera recibido— tenía que servir para ambas celebraciones.

Según empiezo a escribir, estos tres acontecimientos, el Año Nuevo, mi quincuagésimo cumpleaños y la muerte de Ricardo, apenas justifican que emborrone las primeras páginas de este nuevo cuaderno de hojas sueltas. Pero continuaré, como pequeña defensa complementaria contra la apatía personal. Si no hay nada que registrar, registraré la nada, y si llego a la vejez, cuando llegue —como la mayoría podemos esperar, pues nos hemos convertido en expertos en prolongar la vida—, abriré una de mis latas de cerillas acaparadas y encenderé mi personal hoguera de las vanidades. No tengo el propósito de dejar el diario como crónica de los últimos años de un hombre. Ni siquiera en mis momentos más egocéntricos me engaño hasta ese extremo. ¿Qué interés puede haber en el diario de Theodore Faron, doctor en filosofía, miembro del Merton College de la Universidad de Oxford, historiador de la era victoriana, divorciado, sin hijos, solitario, sin otra pretensión de notoriedad que el hecho de ser primo de Xan Lyppiatt, dictador y Guardián de Inglaterra? En todo caso, no hay necesidad de crónicas personales. En todo el mundo, los estados nacionales se preparan para legar sus testimonios en vista de una posteridad que ocasionalmente aún logramos convencernos de que puede existir, esos seres de otro planeta que algún día pueden aterrizar en esta estrella moribunda y preguntarse qué clase de vida consciente la habitaba. Almacenamos nuestros libros y manuscritos, las grandes pinturas, las partituras e instrumentos musicales, los artefactos. Dentro de cuarenta años como máximo, las mayores bibliotecas del mundo quedarán oscurecidas y condenadas. Los edificios, los que aún queden en pie, hablarán por sí mismos. No es probable que la piedra blanda de Oxford sobreviva más de un par de siglos. En la Universidad ya se discute si vale la pena restaurar el ruinoso teatro Sheldonian… Pero a mí me gusta imaginar a esos seres míticos aterrizando en la plaza de San Pedro y entrando en la gran basílica, silenciosa y llena de ecos bajo los siglos de polvo. ¿Se darán cuenta de que éste fue en otro tiempo el mayor templo dedicado por los hombres a uno de sus muchos dioses? ¿Sentirán curiosidad por la naturaleza de esta deidad que con tal pompa y esplendor era adorada, les intrigará el misterio de su símbolo, tan sencillo (los dos palos cruzados), de naturaleza ubicua, pero al mismo tiempo cargado de oro, esplendorosamente enjoyado y adornado? ¿O tal vez sus valores y sus procesos mentales serán tan ajenos a los nuestros que ninguna admiración ni maravilla podrá tocarlos? Pero pese al descubrimiento —¿no fue en 1997?— de un planeta que, según nos dijeron los astrónomos, podía albergar la vida, pocos de nosotros creemos verdaderamente que llegarán. Tienen que existir. No es razonable suponer que en toda la inmensidad del universo sólo esta pequeña estrella sea capaz de producir y sostener vida inteligente. Pero no llegaremos a ellos, y ellos no vendrán a nosotros.

Hace veinte años, cuando el mundo ya estaba medio convencido de que nuestra especie había perdido para siempre la capacidad de reproducirse, el intento de determinar el último nacimiento humano conocido se convirtió en una obsesión universal, elevada a cuestión de orgullo patrio; una competencia internacional tan carente de sentido, en definitiva, como acerba y feroz. Para que el nacimiento fuera tenido en cuenta debía ser notificado oficialmente, haciendo constar la fecha y la hora exacta. Esto en la práctica excluyó a una elevada proporción de la raza humana que conocía la fecha pero no la hora, y se admitía, aunque no se recalcaba, que el resultado nunca podría ser concluyente. Casi con toda certeza, en alguna choza primitiva de alguna selva remota el último ser humano había llegado en gran medida inadvertido a un mundo que no miraba hacia allí. Pero tras meses de contrastes y revisiones, Joseph Ricardo, de raza mezclada, nacido ilegítimamente en un hospital de Buenos Aires a las tres y dos minutos, hora occidental, del diecinueve de octubre de 1995, fue oficialmente reconocido como tal. Salvo por la proclamación del resultado, se le dejó que explotara su celebridad como mejor pudiera, mientras el mundo, como si hubiera comprendido de pronto la futilidad de este ejercicio, volvía su atención hacia otros asuntos. Y ahora está muerto, y dudo de que algún país se apresure a sacar del olvido a los demás candidatos.

Nos sentimos menos ofendidos y desmoralizados por el inminente fin de nuestra especie, menos incluso por nuestra incapacidad para evitarlo que por nuestro fracaso en descubrir la causa. La ciencia y la medicina occidentales no nos han preparado para la magnitud y la humillación de este fracaso final. Han existido numerosas enfermedades difíciles de diagnosticar o de curar, y una que casi despobló dos continentes antes de agotarse por sí misma. Pero al fin siempre hemos podido explicar por qué hemos dado nombre a los virus y gérmenes que aún hoy hacen presa en nosotros, para nuestra gran mortificación, puesto que parece una afrenta personal que deban seguir atacándonos, como viejos enemigos que mantienen las escaramuzas y siguen causando ocasionales víctimas cuando su victoria ya es segura. La ciencia occidental ha sido nuestro dios. En la variedad de su poder, nos ha preservado, confortado, curado, calentado, alimentado y entretenido, y nos hemos sentido en libertad de criticarla y a veces rechazarla como los hombres siempre han rechazado a sus dioses, pero en el conocimiento de que, a pesar de nuestra apostasía, esta deidad, criatura y esclava nuestra, seguiría velando por nosotros; el anestésico para el dolor, el corazón de recambio, el nuevo pulmón, el antibiótico, las ruedas en movimiento y las imágenes en movimiento. Siempre habrá luz cuando accionemos el interruptor, y si no la hay podemos averiguar por qué. La ciencia no fue nunca un tema en el que ya me sintiera a mis anchas. La entendía muy poco en la escuela y aún la entiendo menos ahora que ya tengo cincuenta años. Sin embargo, también ha sido mi dios, aunque sus logros me resultan incomprensibles y comparto la decepción universal de aquellos cuyo dios ha muerto. Recuerdo con claridad las confiadas palabras que pronunció un biólogo cuando por fin se hizo evidente que no existía ninguna mujer embarazada en ningún lugar del mundo: «Puede que tardemos algún tiempo en descubrir las causas de esta aparente esterilidad universal.» Hemos tenido veinticinco años para ello, y ya ni siquiera esperamos conseguirlo. Como un donjuán lujurioso repentinamente afectado de impotencia, hemos sido humillados en el propio corazón de nuestra fe en nosotros mismos. Pese a todos nuestros conocimientos, nuestra inteligencia, nuestro poder, ya no podemos hacer lo que los animales hacen sin pensar. No es extraño que los tengamos como objeto de reverencia al tiempo que de agravio.

El año 1995 llegó a conocerse como el Año Omega, y este término es ahora universal. El gran debate público a finales de los años noventa fue el de si el país que descubriese una cura para la esterilidad universal estaría dispuesto a compartirla con el mundo, y en qué términos. Todos aceptaban que se trataba de un desastre global y que debía afrontarse con la energía de un mundo unido. Entonces, a finales de los años noventa, todavía nos referíamos a Omega como una enfermedad, un trastorno que con el tiempo sería diagnosticado y corregido, del mismo modo en que la humanidad había encontrado una cura para la tuberculosis, la difteria, la polio e incluso al final, aunque demasiado tarde, para el sida. A medida que fueron pasando los años y los esfuerzos internacionales bajo los auspicios de las Naciones Unidas quedaron en nada, esta resolución de franqueza total se vino abajo. Las investigaciones se volvieron secretas, y los esfuerzos de cada país objeto de suspicaz y fascinada atención. La Comunidad Europea actuó al unísono, invirtiendo grandes sumas en personal e instalaciones dedicadas a la investigación. El Centro Europeo para la Fertilidad Humana, en las afueras de París, se contaba entre los más prestigiosos del mundo. Éste a su vez cooperaba, al menos en apariencia, con los Estados Unidos, cuyos esfuerzos eran si acaso aún mayores. Pero no había cooperación interracial; el premio era demasiado grande. Los términos en que podría compartirse el secreto eran causa de apasionados debates y especulaciones. Se aceptaba que la cura, una vez descubierta, tendría que compartirse; era un conocimiento científico que ninguna raza debía ni podía reservarse para sí indefinidamente. Pero a través de continentes, fronteras nacionales y raciales, nos vigilábamos con suspicacia, obsesivamente, alimentándonos de rumores y especulaciones. Resurgió la antigua profesión de espía: viejos agentes abandonaron su cómodo retiro en Weybridge y Cheltenham y se dedicaron a transmitir las técnicas de su oficio. El espionaje en realidad no había cesado nunca, ni siquiera tras el fin oficial de la guerra fría, en 1991. El hombre es demasiado adicto a esta mezcla embriagadora de filibusterismo adolescente y perfidia adulta para prescindir de ella por completo. A finales de los años noventa, la burocracia del espionaje florecía como no lo había hecho desde el fin de la guerra fría, produciendo nuevos héroes, nuevos malvados, nuevas mitologías. Vigilábamos en particular a Japón, a medias temiendo que este pueblo técnicamente brillante pudiera hallarse ya sobre la pista del remedio.

Han pasado diez años y aún seguimos vigilando, pero ahora vigilamos con menos afán y sin esperanza. Todavía se mantiene el espionaje, pero ya hace veinticinco años que no nace un ser humano, y en lo profundo del corazón son pocos los que creen que volverá a oírse jamás el vagido de un recién nacido en el planeta. Nuestro interés por el sexo declina. El amor romántico e idealizado ha sucedido a la cruda satisfacción carnal, pese a los esfuerzos del Guardián de Inglaterra y las tiendas nacionales de pornografía, que tratan de estimular nuestros languidecientes apetitos. Pero tenemos nuestros sustitutos sensuales, que la Seguridad Social pone a disposición de todos. Nuestros cuerpos son golpeados, estirados, palmeados, acariciados, ungidos, perfumados. Nos hacen la manicura y la pedicura, nos miden y nos pesan. Lady Margaret Hall se ha convertido en el centro de masajes de Oxford, y es aquí donde cada martes por la tarde me tiendo sobre la camilla y contemplo los jardines aún cuidados, disfrutando de mi hora de mimo sensual proporcionada por el Estado y cuidadosamente medida. Y con qué asiduidad, con qué obsesiva preocupación pretendemos retener la ilusión, si no de juventud, de una madurez vigorosa. El golf es ahora el juego nacional. Si no hubiera existido Omega, los conservacionistas habrían protestado por las hectáreas de campiña —algunas de la más bella que tenemos— que han sido transformadas y adaptadas para proporcionar campos de golf cada vez mejores. Todos son gratuitos; forma parte del placer prometido por el Guardián. Algunos se han vuelto exclusivos, pues se impide el ingreso a los indeseables sin que haga falta vedarles el acceso, cosa que sería ilegal, sino mediante esas sutiles señales discriminatorias que en Inglaterra hasta a las personas más insensibles saben interpretar desde la infancia. Necesitamos nuestros esnobismos; la igualdad es una teoría política y no un sistema práctico, incluso en la Inglaterra igualitaria de Xan. Intenté una vez jugar al golf pero el juego me resultó inmediata y totalmente insípido, quizá por mi capacidad para golpear los terrones pero nunca la pelota. Ahora, corro. Casi a diario pateo la tierra blanda de Port Meadow o los senderos desiertos de Wytham Wood, contando los kilómetros, midiendo a continuación las pulsaciones, la pérdida de peso, la vitalidad. Estoy tan interesado en conservar la vida como cualquier otro, siempre obsesionado por el funcionamiento de mi cuerpo.

El origen de buena parte de todo esto puede rastrearse en los principios de los años noventa: la búsqueda de medicinas alternativas, los aceites perfumados, el masaje, las caricias y las unciones, la terapia mediante cristales de colores, el sexo sin penetración. La pornografía y la violencia sexual en el cine, en la televisión, en los libros, en la vida, habían aumentado, y eran cada vez más explícitas, pero en Occidente cada vez hacíamos menos el amor y engendrábamos menos niños. En su momento, ésta pareció una tendencia deseable en un mundo gravemente contaminado por la superpoblación; en tanto que historiador, yo lo veo como el principio del fin.

Hubiéramos debido darnos por advertidos a comienzos de los años noventa. Ya en 1991, un informe de la Comunidad Europea señalaba un notable descenso en el número de niños nacidos en Europa: 8,2 millones en 1990, con disminuciones particularmente pronunciadas en los países católicos. Creíamos saber las razones, que el descenso era deliberado, consecuencia de actitudes más liberales respecto al control de natalidad y el aborto, el aplazamiento del embarazo por parte de las profesionales dedicadas a sus carreras, el deseo de un nivel de vida superior por parte de las familias. El descenso de la natalidad se complicó con la propagación del sida, particularmente en África. Algunos países europeos empezaron a realizar una vigorosa campaña para alentar el nacimiento de niños, pero la mayoría juzgábamos este descenso deseable, necesario incluso. Estábamos contaminando el planeta con nuestros cuerpos; si nos reproducíamos menos, tanto mejor. Casi toda la preocupación se centraba menos en el descenso de la población que en el deseo de las naciones de conservar su propia gente, su propia cultura, su propia raza, de engendrar suficientes jóvenes para mantener sus estructuras económicas. Pero, según recuerdo, a nadie se le ocurrió que la fertilidad de la raza humana pudiera estar reduciéndose drásticamente. Cuándo llegó Omega, llegó con espectacular brusquedad, y fue recibida con estupefacción. De la noche a la mañana, en apariencia, la raza humana había perdido su capacidad de procrear. El descubrimiento, en julio de 1994, de que incluso el semen congelado que se conservaba para experimentos e inseminación artificial había perdido su potencia, suscitó un horror que arrojó sobre Omega el manto del temor supersticioso, la hechicería, la intervención divina. Reaparecieron los antiguos dioses, terribles en su poder.

El mundo no abandonó las esperanzas hasta que la generación nacida en 1995 llegó a la madurez sexual. Pero una vez completadas las pruebas sin que uno solo de ellos pudiera producir esperma fértil, supimos que en verdad se trataba del fin del homo sapiens. Fue en ese año, 2008, cuando aumentaron los suicidios. No principalmente entre los viejos, sino entre los de mi generación, los de mediana edad, la generación que debería llevar el peso de las humillantes pero insistentes necesidades de una sociedad envejecida y decadente. Xan, que por entonces ya había asumido el poder como Guardián de Inglaterra, intentó acabar con lo que estaba convirtiéndose en una epidemia mediante la imposición de multas a los parientes más próximos del suicida, del mismo modo que ahora el Consejo concede generosas pensiones a los parientes de los ancianos incapacitados y dependientes que deciden poner fin a su vida. La medida surtió efecto; la tasa de suicidios se redujo comparada ésta con las enormes cifras de otros lugares del mundo, particularmente los países cuya religión se basaba en el culto a los antepasados, en la continuidad de la familia. Pero los que vivían se entregaron a ese negativismo casi universal que los franceses denominaron ennui universel. Se infiltró entre nosotros como una enfermedad insidiosa; y en verdad se trataba de una enfermedad, con sus síntomas, pronto familiares, de lasitud, depresión, malestar difuso, cierta propensión a ceder ante pequeñas infecciones, una jaqueca perpetua e incapacitante. Yo luché contra él, como muchos otros. Algunos, entre ellos Xan, nunca se han visto afectados, protegidos quizá por la falta de imaginación o, en su caso, por un egotismo tan poderoso que ninguna catástrofe externa puede prevalecer sobre él. Yo todavía tengo que luchar de vez en cuando, pero ahora lo temo menos. Las armas con que lo combato me sirven también de consuelo: libros, música, comida, vino, naturaleza.

Estas blandas satisfacciones son también agridulces recordatorios de la transitoriedad de las alegrías humanas; pero ¿cuándo fueron perdurables? Todavía puedo hallar placer, más intelectual que sensual, en el esplendor de una primavera de Oxford, en las flores de Belbroughton Road que cada año parecen más encantadoras, en la luz del sol moviéndose sobre muros de piedra, los castaños florecidos agitándose al viento, el olor de un campo de alubias en flor, las primeras amarilis, la frágil compacidad de un tulipán. No ha de ser menos intenso el placer porque haya siglos de primaveras por venir, porque sus flores no sean nunca vistas por ojos humanos, porque los muros se derrumben, los árboles mueran y se pudran, los jardines se cubran de hierbas y maleza, porque la belleza sobreviva a la inteligencia humana que la percibe, la disfruta y la celebra. Todo esto me digo; pero ¿llego a creerlo, ahora que el placer tan rara vez viene y, cuando viene, es tan indistinguible del dolor? Puedo comprender por qué los aristócratas y grandes terratenientes sin esperanzas de posteridad dejan sus fincas desatendidas. No podemos experimentar más que el momento presente ni vivir en ningún otro instante de tiempo, y comprender esto es lo más cerca que podemos llegar de la vida eterna. Pero nuestras mentes se remontan a través de los siglos por la seguridad que nos da nuestra estirpe, y sin una esperanza de posteridad, para nuestra raza aunque no para nosotros, sin la seguridad de que aun estando muertos vivimos, todos los placeres de la mente y los sentidos a veces se me antojan meras defensas desmoronadizas y patéticas, apuntaladas contra nuestra propia ruina.

En nuestro duelo universal, como padres afligidos, hemos retirado los dolorosos recordatorios de nuestra pérdida. Los parques de juegos infantiles de nuestros jardines públicos han sido desmontados. Durante los doce años que siguieron a Omega, los columpios permanecieron atados y enrollados, el tobogán y las estructuras para trepar pasaron sin pintura. Ahora han desaparecido definitivamente, y las extensiones de asfalto han sido cubiertas de césped o sembradas de flores como pequeñas fosas comunes. Los juguetes se han quemado, salvo las muñecas que para algunas mujeres medio dementes se han convertido en sucedáneo de los niños. Las escuelas, largo tiempo cerradas, han sido clausuradas o utilizadas como centros de educación para adultos. Los libros infantiles fueron sistemáticamente eliminados de las bibliotecas. Sólo en cinta y en discos oímos ahora las voces de los niños, sólo en el cine o en programas de televisión vemos las brillantes imágenes de los jóvenes en movimiento. A algunos les resulta insoportable mirarlas, pero la mayoría se alimenta de ellas como si fueran una droga.

Los niños nacidos en el año 1995 reciben el nombre de omegas. Ninguna generación ha sido más estudiada, más examinada, más valorada, más consentida. Eran nuestra esperanza, nuestra promesa de salvación, y eran —todavía lo son— excepcionalmente hermosos. A veces se diría que la naturaleza, en su crueldad final, deseaba resaltar lo que hemos perdido. Los chicos, ahora hombres de veinticinco años, son fuertes, individualistas, inteligentes y bellos como jóvenes dioses. Muchos son también crueles, arrogantes y violentos, y esto se ha comprobado en los omegas de todo el mundo. Las temidas bandas de los Caras Pintadas que de noche recorren las carreteras rurales para asaltar y aterrorizar a los viajeros incautos están compuestas, se rumorea, por omegas. Se dice que cuando atrapan a uno de estos omegas le ofrecen inmunidad si está dispuesto a ingresar en la Policía de Seguridad del Estado, mientras que el resto de la banda, no más culpable, es condenada a la Colonia Penal de la isla de Man, adonde se envía ahora a todos los convictos de delitos de violencia, ratería o reincidencia en el robo. Pero si es imprudente viajar desprotegidos por nuestras deterioradas carreteras secundarias, nuestros pueblos y ciudades son seguros, y el crimen ha sido eficazmente reprimido mediante el regreso a la política de deportación del siglo XIX.

Las mujeres omega poseen una belleza distinta, clásica, remota, apática, sin animación ni energía. Llevan un peinado característico que las demás mujeres nunca copian, o quizá temen copiar el cabello largo y suelto, la frente ceñida con trenza o cinta, sencilla o entretejida. Es un peinado que sólo conviene a un rostro de belleza clásica, de frente alta, y ojos grandes y bien separados. Como sus equivalentes masculinos, parecen incapaces de simpatía humana. Hombres y mujeres, los omegas son una raza aparte, consentida, propiciada, temida, contemplada con un pasmo semisupersticioso. Hay países, así nos lo han dicho, donde se los sacrifica ceremonialmente en ritos de fertilidad resucitados tras siglos de civilización superficial. Alguna vez me he preguntado qué haremos en Europa si nos llega la noticia de que estas ofrendas quemadas han sido aceptadas por los antiguos dioses y ha nacido un niño vivo.

Quizás hemos convertido a nuestros omegas en lo que son por nuestra propia locura; un régimen que combina la vigilancia perpetua con la absoluta complacencia difícilmente puede conducir a un desarrollo saludable. Si desde la infancia tratamos a los niños como dioses, nos exponemos a que en la edad adulta se comporten como diablos. Conservo un vívido recuerdo de ellos que constituye el icono viviente de cómo los veo yo, de cómo se ven ellos mismos. Fue en junio pasado, un caluroso pero no sofocante día de clara luz, con nubes que se movían lentamente por un elevado cielo de azur como hilachas de muselina, el aire dulce y fresco para el rostro, un día carente de esa languidez húmeda que suelo asociar con los veranos de Oxford. Había ido a visitar a un colega académico de Christ Church, y acababa de entrar bajo el amplio arco de Wolsey para cruzar Tom Quad cuando los vi. Era un grupo de cuatro omegas femeninos y cuatro masculinos exhibiéndose elegantemente en el plinto de piedra. Las mujeres, con sus rizadas aureolas de brillante cabello, las frentes despejadas, los estudiados pliegues y lazos de sus vestidos diáfanos, parecían recién salidas de las vidrieras prerrafaelitas de la catedral. Los cuatro varones estaban de pie tras ellas, con las piernas firmemente separadas y los brazos cruzados, mirando no hacia las mujeres sino por encima de sus cabezas, como si estuviesen afirmando una arrogante soberanía sobre el patio cuadrangular. Cuando pasé junto a ellos las mujeres me dirigieron una mirada vacua y desprovista de curiosidad, que aun así reflejaba una inconfundible chispa de desdén. Los varones torcieron brevemente el gesto y al momento apartaron sus ojos de mí como si fuese un objeto indigno de mayor atención, y los volvieron de nuevo hacia el patio. Pensé entonces, como lo pienso ahora, cuánto me alegraba no tener que seguir impartiendo más enseñanzas. La mayoría de los omegas cursó la enseñanza primaria, pero nada más; no les interesa seguir educándose. Los alumnos omega a los que di clase eran inteligentes pero perturbadores, indisciplinados y aburridos. Y me alegraba que no se me exigiera responder a su pregunta no formulada: «¿Qué sentido tiene todo esto?» La historia, que interpreta el pasado para entender el presente y afrontar el futuro, es la disciplina menos gratificadora para una especie moribunda.

El colega universitario que se toma Omega con perfecta calma es Daniel Hurtsfield; pero naturalmente, como profesor de paleontología estadística, su mente se mueve en una escala de tiempo distinta. Como el Dios del antiguo himno, un millar de eras a sus ojos son como un atardecer ya pasado. Sentado a mi lado en una fiesta del college, el año en que fui el encargado de seleccionar los vinos, comentó:

—¿Qué vas a servirnos con la perdiz, Faron? Creo que eso puede quedar muy bien. Temo que a veces te muestras un poco inclinado a ser demasiado audaz. Y espero que hayas establecido un programa de consumo racional… Me disgustaría contemplar desde mi lecho de muerte a los bárbaros omegas disponer a su antojo de la bodega de la facultad.

Respondí:

—Estamos pensando en ello. Aún seguimos reservando, por supuesto, pero en menor escala. Algunos de mis colegas consideran que somos demasiado pesimistas.

—Oh, no creo que se pueda ser demasiado pesimista. No comprendo por qué Omega parece haberos sorprendido tanto a todos. A fin de cuentas, de los cuatro mil millones de formas de vida que han existido en este planeta, tres mil novecientos sesenta millones están extinguidas. No sabemos por qué. Algunas por injustificable extinción, otras por catástrofes naturales, o tal vez destruidas por meteoritos y asteroides. A la luz de tales extinciones en masa, realmente parece irrazonable suponer que el homo sapiens hubiera de verse librado de tal posibilidad. Nuestra especie habrá sido una de las más fugaces de todas, un mero parpadeo, podríamos decir, en el ojo del tiempo. Omega aparte, en este mismo instante muy bien puede haber un asteroide de tamaño suficiente para destruir el planeta viajando hacia nosotros.

Empezó a masticar su perdiz ruidosamente, como si esta perspectiva le proporcionara la más jovial satisfacción.

2. Martes, 5 de enero de 2021

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Martes, 5 de enero de 2021

Durante aquellos dos años en que, por invitación de Xan, fui una especie de observador-consejero en las reuniones del Consejo, era frecuente que los periodistas escribieran que habíamos crecido juntos, que éramos como hermanos. No es verdad. A partir de los doce años pasamos juntos las vacaciones de verano, pero nada más. El error, sin embargo, no era sorprendente. Yo mismo lo creía a medias. Incluso ahora el trimestre de verano parece en retrospectiva una aburrida concatenación de días predecibles dominados por horarios, ni dolorosos ni temidos sino soportados y, ocasional, brevemente, disfrutados, puesto que yo era al mismo tiempo inteligente y razonablemente popular, hasta el bendito momento de la liberación. Tras un par de días en casa me enviaban a Woolcombe.

Aun ahora, mientras escribo, intento comprender qué sentía entonces por Xan. Por qué se creó un lazo tan fuerte y duradero. No era sexual, aunque en casi todas las amistades íntimas hay un hormigueo subcutáneo de atracción sexual. Nunca nos tocábamos, ni siquiera durante el juego alborotado. No había juego alborotado; Xan aborrecía que lo tocaran, y pronto aprendí a reconocer y respetar su invisible tierra de nadie como él respetaba la mía. Tampoco se trataba del frecuente caso de compañero dominante, en el que el mayor, aunque sólo sea por cuatro meses, dirige al menor, su discípulo admirado. Nunca me hizo sentir inferior; ése no era su estilo. Me daba la bienvenida sin especial cordialidad, pero como si estuviera recibiendo a su gemelo, a una parte de sí mismo. Tenía encanto, por supuesto, todavía lo tiene. El encanto suele subestimarse, pero yo nunca entiendo por qué. Quien lo posee es capaz de apreciar genuinamente al otro, al menos en el momento efectivo de encontrarse y hablar. El encanto siempre es auténtico; puede ser superficial, pero no es falso. Cuando Xan está con otra persona crea sensación de intimidad, de interés, de no desear ninguna otra compañía. Al día siguiente podría enterarse con absoluta indiferencia de la muerte de esa persona, probablemente incluso podría matarla él sin escrúpulos. Cuando le veo ahora por televisión presentando su informe trimestral a la nación, descubro el mismo encanto.

Nuestras madres han muerto ya las dos. Fueron atendidas hasta el final en el mismo Woolcombe, que ahora es un hospital particular para los pacientes propuestos por el Consejo. El padre de Xan se mató en un accidente de coche en Francia, un año después de que Xan se convirtiese en Guardián de Inglaterra. La cosa tuvo algo de misterioso; nunca se divulgaron los detalles. El accidente me intrigó en su momento, y todavía me intriga, lo cual dice mucho sobre mi relación con Xan. Una parte de mi mente aún lo cree capaz de cualquier cosa, y casi necesita creerlo inexorable, invencible, ajeno a las limitaciones de la conducta ordinaria, tal como parecía ser cuando éramos muchachos.

Las vidas de las dos hermanas siguieron sendas muy distintas. Mi tía, por una afortunada combinación de belleza, ambición y buena suerte, se casó con un baronet de mediana edad. Mi madre con un funcionario civil de mediana categoría. Xan nació en Woolcombe, una de las más bellas casas solariegas de Dorset. Yo nací en Kingston, Surrey, en el pabellón de maternidad del hospital local, y fui trasladado a una casa pareada de la época victoriana en una larga e insípida calle de casas idénticas que conducía a Richmond Park.

Me crie en una atmósfera que olía a resentimiento. Recuerdo cómo preparaba mi madre la maleta para mi visita estival a Woolcombe, seleccionando nerviosamente camisas limpias, alzando mi chaqueta de tweed, sacudiéndola y escrutándola con lo que parecía una animosidad personal, como si le irritara al mismo tiempo lo que había costado y el hecho de que, comprada demasiado grande en previsión de mi futuro crecimiento y demasiado pequeña para llevarla ahora con comodidad, no hubiera habido ningún periodo intermedio en el que realmente me viniera a la medida. Su actitud hacia la buena suerte de su hermana se expresaba en una serie de frases repetidas con frecuencia: «Menos mal que no se visten para cenar; no estoy dispuesta a pagarte un esmoquin, no a tu edad. ¡Ridículo!» Y la pregunta inevitable, formulada con la mirada baja porque no carecía de vergüenza: «Supongo que se llevan bien, ¿verdad? Naturalmente, las personas de su clase siempre duermen en habitaciones separadas.» Y al, final: «Pues claro que a Serena le va todo bien.» Ya a la edad de doce años, yo me daba cuenta de que a Serena no todo le iba bien.

Sospecho que mi madre pensaba en su hermana y su cuñado mucho más a menudo de lo que ellos pensaban en ella. Incluso mi infrecuente nombre de pila se lo debo a Xan: el suyo procedía de un abuelo y un bisabuelo; entre los Lyppiatt, Xan había sido un nombre de familia desde hacía generaciones. Así que también a mí me impusieron el nombre de mi abuelo paterno. Mi madre no encontró ningún motivo para dejarse superar en excentricidad a la hora de elegir un nombre para su hijo. Pero sir George la confundía… Todavía puedo oír el quisquilloso lamento de mi madre: «A mí no me parece un baronet.» Era el único baronet que cualquiera de los dos habíamos visto, y yo me preguntaba qué imagen particular conjuraba mi madre, si un pálido y romántico retrato de Van Dyck escapado del lienzo, o la arrogancia malhumorada de un Byron, un terrateniente bravucón de rostro enrojecido y recia voz, buen jinete tras poco me parecía un baronet. Ciertamente, no parecía el propietario de Woolcombe. Tenía una cara en forma de azadón, moteada de rojo, una boca pequeña y húmeda bajo un bigote que parecía tan ridículo como artificial, el cabello rojizo que Xan había heredado pero desteñido hasta el tono deslustrado de la paja seca, y ojos que contemplaban sus hectáreas de terreno con una expresión de triste perplejidad. Pero era uní buen tirador; eso mi madre lo habría aprobado. Y Xan también lo era. No le estaba permitido manejar las Purdey de su padre, pero tenía su propio par de escopetas, con las que tirábamos a los conejos, y había dos pistolas que podíamos utilizar para tirar al blanco. Poníamos dianas en los árboles y nos pasábamos horas perfeccionando la puntería. Tras unos días de práctica, acabé superando a Xan tanto con la escopeta como con la pistola. Mi habilidad nos sorprendió a los dos, pero sobre todo a mí. No esperaba que me gustara ni se me diera bien tirar; casi me desconcertó descubrir cuánto disfrutaba, con un placer medio culpable, casi sensual, el contacto del metal con la mano, el satisfactorio equilibrio de las armas.

Xan no tenía otros compañeros durante las vacaciones, y no parecía necesitarlos. Ningún amigo de Sherborne acudía a Woolcombe. Cuando le preguntaba por la escuela, se mostraba evasivo.

—Está bien. Mejor de lo que hubiera estado Harrow.

—¿Mejor que Eton?

—Ya no vamos allí. Mi bisabuelo tuvo una pelea tremenda, acusaciones públicas, cartas airadas, y se despidió para siempre. He olvidado a qué vino todo.

—¿No te molesta volver a la escuela?

—¿Por qué habría de molestarme? ¿Y a ti?

—No, más bien me gusta. Si no puedo estar aquí, prefiero la escuela a las vacaciones.

Permaneció unos instantes en silencio y después añadió:

—La cosa es que los maestros quieren comprenderte, tienen la idea de que les pagan para eso. Yo los tengo desconcertados. Gran trabajador, magníficas notas, el favorito del director, candidato seguro a una beca para Oxford… y al trimestre siguiente, todo son problemas.

—¿Qué clase de problemas?

—No tan graves como para ser expulsado. Y, naturalmente, al trimestre siguiente vuelvo a ser un buen chico. Eso los confunde, los tiene preocupados.

Yo tampoco lo comprendía, pero no me preocupaba. No me comprendía ni a mí mismo…

Ahora sé, desde luego, por qué le gustaba que yo fuese a Woolcombe. Creo que lo adiviné casi desde el primer momento. No tenía absolutamente ningún compromiso conmigo, ninguna responsabilidad hacia mí, ni

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