El imán y la brújula

Juan Ramón Biedma

Fragmento

 

1

JACINTO ORTEGA Y JACINTO ORTEGA

 

El cuerpo de la niña se desmorona cuando el hombre abre la mano izquierda y deja que dibuje en el suelo un lento garabato. La derecha sostiene el recipiente de barro que contiene la sangre que ha brotado al cortarle el cuello. Después toma la jarra de loza decorada con una ballena que él mismo ha pintado y la llena hasta el borde del líquido caliente.

Todavía siente en los dedos, ásperos de tanto tiempo en contacto con sal marina, la piel de crema de la pequeña de no más de ocho años, el cabello suave que casi se deshacía mientras lo sujetaba, los estertores de monigote de una de esas nuevas películas de dibujos animados, pero proyectada con un dispositivo defectuoso.

Para no mirar la agonía de la niña a sus pies, intenta fijar la mirada en el calendario de la pared, que le sirve para recordar que se encuentra en la cochera anexa a su casa, que el 23 de noviembre de 1926 aún no ha terminado.

 

Adelgazar sin drogas:

por la simple evaporación de un líquido resolutivo.

Desafío, a cualquiera, que pruebe que mi

Agua Reductora no hace adelgazar

en ocho días y desaparecer definitivamente los mofletes,

la doble barba y, en general, toda grasa superflua.

 

La leyenda del almanaque publicitario va acompañada de una ilustración donde un individuo gordo y feliz se columpia en una balanza gigante. Su hijo siempre se ríe al ver el dibujo.

Aparta con el pie la navaja que dejó precipitadamente en el suelo para coger la vasija y no perder ni una sola gota de sangre, con cuidado de no mellar la herramienta, consciente de que ésta es la primera de otras muchas veces en las que tendrá que usarla para el mismo fin, y deja el recipiente en un rincón; ya lo limpiará todo después, ahora no puede perder más tiempo.

También tendrá que enterrar el pequeño cadáver. La garganta se le contrae en un nudo que no deja pasar ni el aire cuando repara en que tendrá que sepultarlo tan cerca de la esquina como pueda para dejar sitio a los muchos que lo seguirán.

Cuando empieza a caminar, despacio para no derramar nada, casi se sorprende de volver a respirar. Deja abierta la puerta que comunica el garaje con el salón, el niño nunca entra allí sin permiso y en la casa no vive nadie más; cruza la penumbra de la estancia y sube la escalera que le lleva frente al dormitorio.

Su hijo, pálido y adormilado, sonríe cuando lo ve llegar.

Se sienta al borde de la cama, le toca la frente y le acerca la jarra con la ballena a los labios, deshaciendo con una mirada severa los pucheros de protesta que inicia el pequeño ante la bebida.

—Es por tu bien, hijo. Es por tu bien.

Todo se enturbia durante un instante, y no está seguro de por cuál de los dos niños se le han llenado los ojos de lágrimas.

 

2

DONATIEN

 

Y así los saturnianos deben sufrir y así morir —admitiendo que seamos mortales—, pues su plan de vida ha sido trazado línea a línea, por la lógica de una Influencia maligna.

 

PAUL VERLAINE, Poemas saturnianos

 

 

El columpio ha desaparecido.

El general se queda mirando el jardín de su casa, con la llave de la verja en la mano, haciendo un esfuerzo por cuadrar aquella realidad que se desquicia como si un bromista hubiera estado borrando la mitad de los términos de la ecuación que demuestra la existencia de Dios. No es posible que nadie lo haya movido de allí sin su consentimiento.

Recorre el senderillo de grava entre las primeras sombras del atardecer, con prisa por llegar a su casa; vive con su hermana y con su niña que, mucho más que el aeródromo al que dedica tantas horas, supone su motivo único. Nació, mientras moría su mujer, ciega y sorda, y nunca lograron que aprendiera a hablar. Eso sí, se la escucha llorar a veces, y reír, cuando la impulsa en el columpio, que es una de sus pocas distracciones. Tiene veintinueve años.

—¡Paquita!

Su hermana no responde, y ella nunca la deja sola. El general deja el abrigo, la gorra y el portafolios en la salita, sobre una silla, y cuando se está desabrochando la cartuchera, repara en la mecedora de su hija, en que no está.

Sale de la sala y sube la escalera, despacio, controlándose, no se permite ninguna interpretación de lo que está sucediendo, pero son los huecos blancuzcos de los retratos de su hija en la pared los que le guían hasta la habitación de la muchacha. Estaban por la mañana. Se colocaron allí a medida que se fueron haciendo, año tras año, veintinueve, son la historia en imágenes de su niña, y alguien o algo los ha eliminado, negando su existencia. Sólo han dejado en la pared el calendario con la hoja de noviembre de 1926, un hombre gordo subido a una balanza, dándole una medida del tiempo que ahora le parece absurda. La mano le tiembla cuando la acerca a la pistola, como si con ella pudiera solucionar algo.

La puerta del dormitorio está cerrada.

No debería haber pasado tanto tiempo en Tablada, pero las complicaciones se habían multiplicado desde que le dieron el mando del Parque Regional Sur, y el vuelo del Plus Ultra había puesto Sevilla frente a los observatorios del mundo entero. Habría tenido que...

Abre la puerta del cuarto.

Nada.

Ni la cama, ni los cuadros, ni los juguetes de peluche, ni el sillón verde. Abre el ropero. Ni la ropa. Se deja caer lentamente al suelo, siente algo parecido a lo que dicen que es el vértigo. Ni la alfombra.

Se queda quieto, buscando dentro de sí el camino de vuelta a la existencia que se le desdibuja. La ve, aunque no está, esperándole ansiosa cada tarde para jugar un rato hasta la hora de cenar. No encuentra el camino de vuelta.

Le da tiempo a la pesadilla, como un tonto.

Enterándose de que le han suprimido una parte de lo que es; mucho peor que los malos sueños, como si se le hubieran desvanecido los brazos, o como si cuando era un niño, hubiera vuelto un día del colegio y no reconociera la cara de su madre.

Lentamente repara en que sí han dejado algo en el suelo de la habitación; el billete del tren a Madrid que pensaba tomar a la mañana siguiente y que debía estar en uno de los compartimentos de su cartera.

Los mil pedazos en los que había saltado su existencia se van convirtiendo en piezas de un rompecabezas que, al encajar, forman una figura peor que el caos.

Hace dos semanas que cinco miembros del cuerpo de Regulares, un teniente,

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