Las trincheras del odio (Primera Guerra Mundial 4)

Anne Perry

Fragmento

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1

El sol se ocultaba en el horizonte de la yerma tierra de nadie cuando Barshey Gee llegó tambaleándose por la trinchera, con los brazos como aspas y las botas golpeteando las rejillas de listones que cubrían el suelo. Traía el rostro ceniciento y manchado de barro y sudor.

—¡Capellán! ¡Snowy se ha largado! —gritó chocando contra el muro de tierra para detenerse delante de Joseph—. ¡Me parece que ha saltado el parapeto! —exclamó con voz ronca de impotencia y desespero.

Aquella mañana Snowy Nunn había visto cómo el fuego de las ametralladoras partía en dos a su hermano mayor durante otro ataque inútil. Estaban a finales de julio de 1917, y aquel regimiento de Cambridgeshire llevaba empantanado en la misma franja de tierra devastada entre Ypres y Passchendaele desde el principio, desde aquellos lejanos días de valentía y esperanza en que imaginaban que todo habría concluido antes de la Navidad siguiente.

Ahora la mutilación y la muerte eran hechos cotidianos. Tres años después, la tierra apestaba a cadáveres y, por supuesto, a letrinas y a gas venenoso. Pero peor era aún ver al hermano con quien uno había crecido reducido a una masa sanguinolenta delante de tus narices. Al principio Snowy se había quedado tan aturdido que no reaccionó, como si el horror de semejante visión lo hubiese paralizado.

—Me parece que ha saltado el parapeto —repitió Bar-shey—. Ha perdido la chaveta. Se ha ido a acabar él solito con todo el Ejército alemán. Se lo van a cargar.

Tragó saliva.

—Lo haremos volver —dijo Joseph con más certidumbre de la que sentía—. A lo mejor lo han llevado al puesto de primeros auxilios. ¿Has...?

—Ya lo he comprobado —lo interrumpió Barshey—. Y también he ido a la cocina y he registrado todos los refugios subterráneos y los agujeros en que podría esconderse. Ha saltado el parapeto, capitán Reavley.

A Joseph se le hizo un nudo en el estómago. Era inútil aferrarse a una esperanza que ambos sabían vana.

—Ve hacia el norte, yo iré hacia el sur —dijo escuetamente—. ¡Pero ten cuidado! ¡No dejes que te maten en balde!

Barshey soltó una carcajada tan áspera que sonó casi como un sollozo y dio media vuelta.

Joseph enfiló en dirección contraria, al suroeste, hacia el lugar donde se podía saltar el parapeto con más facilidad para encontrar refugio entre lo que quedaba de los árboles destrozados por los obuses, renegridos y casi sin hojas incluso ahora, en pleno verano. Iba preguntando a los hombres que se encontraba por el camino.

—Buenas, capellán —saludó un centinela en voz baja desde su posición en el peldaño de tiro, escudriñando la creciente penumbra. Se oía el retumbo amenazador de los cañones alemanes que iniciaban el bombardeo nocturno, emitiendo por la boca fogonazos rojos. Los británicos respondían. En aquella sección también había regimientos canadienses y australianos.

—Buenas —contestó Joseph—. ¿Has visto a Snowy Nunn?

No tenía tiempo para ser más discreto. La aflicción le había hecho trizas el instinto de supervivencia.

Por descontado, Snowy había visto morir a otros hombres: quemados, ahogados, gaseados, congelados o volados en pedazos; algunos atrapados en las alambradas y acribillados a balazos. Pero presenciar la muerte violenta de tu propio hermano te desgarraba por dentro como ninguna otra cosa. Tucky había sido su protector y amigo de la infancia, el que lo acompañó en sus primeras aventuras de robar manzanas, el que le había enseñado sus primeros chistes atrevidos, el que había salido en su defensa en el patio del colegio. Era como si le hubiesen destruido obscenamente la mitad de la vida justo delante de él.

Joseph, que había visto el semblante de Snowy, sabía que cuando superase el aturdimiento de la primera impresión daría rienda suelta a su rabia. Pero no había contado con que lo hiciera tan pronto.

—¿Lo has visto? —preguntó Joseph al centinela de nuevo, esta vez con más severidad.

—No lo sé, capitán Reavley —respondió el centinela—, no he apartado la vista del frente.

—No ha hecho nada aún —dijo Joseph apretando los dientes para dominar la impotencia que crecía en su interior—. ¡Quiero dar con él antes de que lo haga!

Sabía lo que aquel hombre estaba protegiendo. Joseph era oficial y sacerdote, estaba sujeto al mando por rango y convicción. Corrían rumores de que parte del Ejército francés ya se había amotinado y declarado dispuesto a mantener sus posiciones, pero no a lanzar más ataques. La tropa exigía mejores raciones, permisos y un trato tan humano como fuese posible en medio de aquel sufrimiento universal. Había miles de acusados y más de cuatrocientos sentenciados a muerte aunque, al parecer, por el momento sólo un puñado había acabado frente al pelotón de fusilamiento.

En el Ejército británico las bajas habían sido igualmente espantosas. Los hombres estaban agotados y andaban con la moral por los suelos. Ahora corría la voz de otra ofensiva contra las líneas alemanas, pero no les quedaban ánimos para lanzarla. Todos habían visto a demasiados amigos muertos o lisiados por ganar unos pocos metros de barro, y nada había cambiado, salvo la cifra de bajas. Las simpatías del centinela estaban con los hombres, y tenía miedo.

—¡Por favor! —insistió Joseph en tono apremiante—. Han matado a su hermano y está mal. Tengo que encontrarlo.

—¿Para decirle qué? —replicó el centinela con hosquedad, volviéndose por fin para mirar a Joseph—. ¿Que hay un Dios en lo alto que nos ama y que todo saldrá bien al final? —preguntó con voz ronca de angustia.

Hacía mucho tiempo que Joseph no le decía eso a nadie. Ni siquiera confiaba en su propia fe en ello. Desde luego, tales palabras no servían de nada. Aquellos muchachos de diecinueve o veinte años, a quienes habían enviado a morir en un infierno inimaginable para quienes permanecían en casa, no querían que un sacerdote que casi les doblaba la edad les asegurase que Dios los amaba a pesar de que todo indicaba lo contrario.

—Sólo quiero impedir que cometa una estupidez sin detenerse a reflexionar —dijo Joseph en voz alta—. Conozco a su madre. Me gustaría devolverle al menos un hijo con vida.

El centinela no contestó. Dio la vuelta otra vez para mirar por encima del parapeto. El cielo se teñía de un suave y luminoso tono melocotón surcado por unas volutas de nubes escarlata que aún resplandecían al sol. Hacia poniente se distinguían unos cuantos árboles desnudos en lo que fuera el bosque de Railway, siluetas negras recortadas contra el color ardiente, cerca de las líneas alemanas, más allá de los bosques de Glencorse y Polygon. En aquella dirección prepararían el ataque.

—Yo no sé nada —dijo el centinela al fin—, pero pruebe en el bosque de Zoave. —Señaló vagamente con la mano—. Hay un par de sitios donde meterse para estar a solas. Si eso es lo que uno quiere.

—Gracias.

Joseph prosiguió su camino, presuroso. Unos pasos por delante oía los correteos de las ratas sobre el entablado. En las trincheras había millones de ellas que hurgaban entre los cuerpos sin enterrar. De noche los hombres, entre los que a menudo se encontraba Joseph, salían para traer los cuerpos de vuelta; los vivos primero y luego todos los muertos que podían.

Pasó ante los refugios subterráneos donde se guardaban las parihuelas y el material adicional de primeros auxilios, aunque se suponía que cada hombre llevaba consigo al menos lo imprescindible para restañar una herida. Estaba oscureciendo y, de vez en cuando, estallaban bengalas en lo alto, alumbrando brevemente el barro con un resplandor amarillento que causaba una ceguera momentánea a los hombres.

Joseph aún no sabía qué le diría a Snowy cuando diera con él. Tal vez lo único que podía hacer era estar a su lado, hacerle compañía en aquel silencio prolongado y angustioso. Seguramente Snowy no le haría preguntas imposibles de responder. Había dejado de suponer que existieran respuestas, y menos aún que Joseph las conociera. Snowy tenía veinte años cumplidos; era un veterano. A la mayoría de los muchachos que llegaban ahora los reclutaban directamente en aulas de colegio. Cuando se desmoronaban o agonizaban era a sus madres a quienes llamaban, no a Dios. ¿Qué se le podía decir a Dios en aquel infierno? Joseph no estaba seguro de cuántas personas creían aún en semejante ser; si Él estaba allí, era tan impotente como los meros mortales.

Las paredes de las trincheras eran muy altas allí y tenían tablas firmemente remachadas a los lados.

Joseph rebasó a una pareja de hombres acuclillados ante una perola de té.

—¿Habéis visto a Snowy Nunn? —preguntó, deteniéndose junto a ellos.

Uno levantó un rostro pálido, manchado de barro, con una larga cicatriz en la mejilla.

—Lo siento, capi, pero hace rato que no. Pobre diablo. Tucky era un buen tipo —dijo, sin horror en la voz, y con la mirada más allá de Joseph, perdida en horizontes que nadie más veía.

—Gracias, Nobby —dijo Joseph, y siguió adelante sin más demora.

Topó con más centinelas, un grupo de hombres que se contaban anécdotas inventadas entre risas. Alguien entonaba una canción de music hall introduciendo cambios en la letra que apenas dos años atrás habrían sonado soeces.

Joseph pasó ante el refugio subterráneo de un oficial, al que se entraba bajando por una empinada escalera. Era tan angosto como una tumba, pero ofrecía una buena protección contra el fuego de los francotiradores y, en invierno, el cobijo más caliente que uno podía procurarse en la tierra congelada. El capellán salió de la estrechez de la trinchera al bosque de Zoave. Casi todos los árboles de allí estaban destrozados o quemados, pero unos pocos aún conservaban algunas hojas. Debajo de ellos, la maleza que normalmente cubría la tierra estaba pisoteada. La línea de combate atravesaba lo que quedaba del bosque.

Joseph se arrimó al tronco del árbol más próximo y notó su áspera corteza en la espalda. Si Snowy se encontraba allí, en aquella reducida zona tras las líneas, sólo era cuestión de caminar sin hacer ruido, zigzagueando entre los árboles como un guardabosque en busca de un cazador furtivo. Sólo que Snowy probablemente estaría quieto a causa de su aflicción, a solas, pasando frío incluso en aquella noche de verano porque estaba agotado, no ya de cuerpo, sino de corazón. Quizá lo consumiera esa terrible e inexplicable culpa que sienten los supervivientes cuando sin motivo alguno siguen vivos tras la muerte de sus seres queridos.

Joseph echó a andar, pisando el suelo desnudo con cuidado. El viento removía las pocas hojas que quedaban, y las sombras parpadeaban, pero él no oía nada por encima del estruendo de los cañones. La noche era templada y el hedor de los muertos, mezclado con el de las letrinas, le oprimía la garganta aunque a aquellas alturas apenas lo percibía. No daba tregua. Había que alejarse del frente y entrar en uno de los pueblos, quizás en un estaminet,1 y oler queso y vino y sudor para librarse de la fetidez. Había muchos establecimientos de ese tipo en lugares como Poperinge y Armentières, así como en otras pequeñas poblaciones cercanas.

Algo se movió a su derecha. Tenía que ser un soldado. Ya no había animales por ahí, e incluso los pájaros evitaban aproximarse tanto a la línea de combate. Se volvió hacia allí y avanzó serpenteando de árbol en árbol. Tardó un rato en volver a ver movimiento. No se trataba de Snowy; la figura era demasiado alta.

El cielo ya estaba oscuro por completo, y la única luz procedía de los fogonazos de los cañones y de las bengalas. Hacían que los árboles se vieran negros y llenaban los espacios intermedios de sombras irregulares y vacilantes, ya que el viento que arreciaba agitaba las ramas. El calor veraniego no duraría mucho más. Seguramente pronto llegaría la lluvia, una tormenta eléctrica quizás. Eso despejaría la atmósfera.

Joseph casi tropezó con ellos: cinco hombres sentados en una hondonada, conversando en corro, dando caladas a sus cigarrillos, cuyo breve resplandor delataba sus posiciones e iluminaba momentáneamente una mejilla o la silueta de una nariz y una frente. Al principio el capellán no alcanzaba a distinguir las palabras, pero al menos una de las voces bajas y cargadas de emoción le resultó familiar: la de Edgar Morel, uno de sus alumnos de cuando enseñaba en Cambridge.

Joseph se puso a gatas a fin de no destacar tanto y avanzó con sigilo para no llamar la atención.

Morel dio otra chupada a su cigarrillo. La roja brasa de tabaco resplandeció, mostrando sus demacrados rasgos y sus grandes ojos negros. El hombre hablaba en tono apremiante, y la ira que anidaba en él se hacía patente en la rigidez de los hombros y el pecho echados hacia delante. Su insignia de capitán relució por un instante, y acto seguido la oscuridad regresó, envolviendo casi por completo el humo que exhaló. Joseph acertó a olerlo más que a verlo.

—Van a enviarnos al otro lado del parapeto otra vez, hacia Passchendaele —aseveró Morel con dureza—. Seremos miles; no sólo nosotros sino también canadienses, franceses y australianos. Todo será tan puñeteramente inútil como siempre. Jerry2 nos liquidará a cientos. Nos aniquilará. Ya quedamos pocos a estas alturas.

—¡Están locos de remate! —soltó John Geddes con amargura. Era un cabo primero de rostro alargado y enjuto. La mano con que sostenía su cigarrillo le temblaba. Quizás era por inquietud, quizá por neurosis de guerra.

Alguien encendió otro cigarrillo y lo pasó. El hombre que lo cogió dio las gracias y, tras una larga calada, tosió. Joseph se puso tenso, con el estómago encogido. Ese hombre era Snowy Nunn. Aunque el capellán no veía su pelo rubio, casi albino, pues lo tapaba el casco, reconoció su voz.

—Llevan todo el verano diciendo que vamos a ir —dijo el cuarto hombre, hastiado—. Nunca acaban de decidirse. Aunque ¿desde cuándo tienen ni puta idea de lo que hacen?

—El 21 de marzo, como un reloj —murmuró Snowy—. Primer día de primavera, y allá vamos. Deben de pensar que Jerry no tiene calendario o qué sé yo. —Exhaló un suspiro profundo y ronco, con los ojos arrasados en lágrimas—. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? —Se le quebró la voz.

El hombre que estaba a su lado le apoyó una mano en el hombro.

—La pregunta es: ¿qué vamos a hacer al respecto? —Morel los miró uno tras otro, con una expresión invisible en la oscuridad salvo por su boca, una línea crispada que se vislumbraba al resplandor de su cigarrillo—. ¿Estáis dispuestos a saltar el parapeto para que os masacren sin una maldita razón? Los franceses no, Dios los asista.

Se oyó una carcajada seca.

—¿Te parece mejor que te juzguen y fusilen los tuyos? Al final te mueres de todos modos, y tu familia tiene que vivir con esa vergüenza.

—Es una mera demostración de fuerza —arguyó Morel—. Los franceses no van a fusilar a más de una docena o dos. Pero ésa no es la cuestión. —Se inclinó hacia delante. Su cuerpo era una sombra más densa que la oscuridad reinante. Hablaba con suma gravedad—. El cabrón de Jerry está mucho mejor preparado para plantarnos cara de lo que creíamos.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió Geddes—. ¿Qué te convierte en Dios Todopoderoso? No aguanto a los generales ni a nadie que se crea mejor que los demás sólo por ser de buena familia.

—Porque estuve interrogando a un prisionero hace dos días —contestó Morel con acritud—. Los alemanes conocen nuestros planes.

—Ya no me acordaba de que hablas teutón —replicó Geddes, irritado—. ¿Para eso fuiste a Cambridge?

Una voz en la oscuridad le dijo que se callara.

—El caso es que lo hablo —contestó Morel.

—El caso es si se lo has dicho a alguien —repuso uno de los otros—. Como a Penhaligon, por ejemplo.

—¡Claro que se lo he dicho! —espetó Morel—. Y él se lo ha dicho a los de arriba. Pero no quieren ni oír hablar de eso. La mayoría de nosotros va a morir de todos modos —prosiguió con vehemencia—. Prefiero que me maten por una causa en la que creo a que me envíen al otro lado del parapeto porque a un general loco de atar no se le ocurre nada mejor que otra carnicería inútil, año tras año, sin hacer caso de lo que le dice el Servicio de Inteligencia. La victoria no está más cerca que en 1914. No estoy seguro de que los alemanes sean nuestros verdaderos enemigos. ¿Vosotros sí? Habéis luchado contra ellos durante los tres últimos años, habéis capturado a unos cuantos. No soy el único que ha hablado con ellos. Nuestros zapadores han estado tan cerca en los túneles bajo sus líneas que los han oído hablar por la noche. ¿Y de qué hablan? ¿De matarnos? ¡No, ni de lejos! Preguntad a cualquier zapador: os dirá que hablan de sus hogares, de sus familias, de lo que quieren hacer cuando termine la guerra si llegan con vida al final. ¡Hablan de sus amigos, de los muertos y heridos, del hambre que pasan, el frío, la puñetera humedad! Cuentan chistes tan malos como los nuestros. Y cantan, sobre todo canciones tristes.

Nadie dijo esta boca es mía.

—Yo no los odio —continuó Morel—. Si por mí fuera, dejaría que todos se marcharan a las ciudades y pueblos de donde vinieron. A quien odio es a los cabrones que los enviaron. ¿Y si imitásemos a los franceses y dijéramos a los generales que luchen ellos en su puñetera guerra, que nosotros también nos vamos a casa?

Se hizo un silencio sepulcral.

—No puedes hacer eso —dijo Snowy al fin—. Sería amotinamiento.

—¿Tienes miedo de que te disparen? —preguntó Geddes con sarcasmo—. Pues entonces estás en el sitio equivocado, colega. Y lo sabes tan bien como yo.

Snowy no contestó. Permaneció sentado muy quieto con la cabeza gacha.

—Lucharé por aquello en lo que creo —declaró Morel—. Y no es esta muerte sin sentido. ¡Hasta la tierra apesta a muerte! ¡Están sacrificando a los mejores hombres de nuestra generación por nada! ¡Los generales al mando de esta farsa tienen menos idea de lo que hacen que sus propios caballos! Hay que poner fin a esto mientras todavía quede alguien con vida a quien le importe.

Joseph estaba en cuclillas, muy angustiado y con calambres en las piernas. Hacía meses que notaba la ira de los hombres, la creciente sensación de impotencia, desde el verano del año anterior, pero todavía no esperaba una hostilidad tan manifiesta, y menos aún por parte de un hombre como Morel. Lo había conocido en 1913, cuando Joseph había regresado a su Cambridge natal después de que el fallecimiento de Eleanor le dejara la fe demasiado maltrecha para seguir al frente de una parroquia. Se había refugiado en la enseñanza. La base teórica del estudio académico de los idiomas bíblicos resultaba mucho más fácil que enfrentarse a las crisis de amor y de fe, las dudas, el sentimiento de pérdida y la desilusión que formaban parte del ejercicio de la religión.

Movió una pierna, masajeando los músculos para aliviar el dolor. Tendría que haber imaginado que si finalmente alguien se rebelaba contra la masacre, ese alguien sería Morel. ¡En aquella época el trabajo de Joseph consistía en intentar enseñar a muchachos inteligentes y ambiciosos como él a pensar por sí mismos! Adquirir conocimientos sólo constituía un aspecto de la formación universitaria. Lo principal era aprender a usar la mente, a refinar los procesos del pensamiento.

Notó el acero contra su mejilla, frío como el hielo. Se quedó paralizado. Por alguna razón, los alemanes habían efectuado una incursión en tierra de nadie. Entonces cayó en la cuenta de que, de ser cierto, habrían descubierto primero a los hombres que fumaban a pocos metros de él. Se serenó e intentó volverse para ver quién era pero la presión aumentó.

Morel se levantó y caminó hacia él. Se detuvo a cosa de metro y medio y encendió una cerilla. La llama brilló por unos instantes antes de que la brisa la apagara, pero aun así le dio tiempo de reconocer a Joseph.

—¿Qué está haciendo aquí, capitán Reavley? —preguntó Morel con frialdad.

El cañón del fusil se apartó de la mejilla del capellán cuando el hombre que lo sostenía oyó su nombre, y Joseph se puso de pie a su vez, lo que alivió sus doloridos músculos. Era extraño que ahora, en aquel bosque devastado, con la tierra yerma incluso en pleno verano, se mirasen el uno al otro como perfectos desconocidos. Todo recuerdo de haber sido maestro y discípulo se había desvanecido.

La postura de Morel no parecía en absoluto relajada. Su rostro apenas resultaba visible. A Joseph se le pasó por la cabeza actuar como si no hubiese oído nada de la charla sobre el motín, pero supo que Morel no le creería. Aun suponiendo que fuese verdad, éste no podría permitirse correr semejante riesgo.

—¿Capitán Reavley? —repitió Morel con más severidad.

—Estaba buscando a Snowy Nunn —contestó Joseph. Tenía el mismo rango que Morel y le llevaba unos cuantos años, pero era no combatiente, antes capellán que soldado. Y tal vez allí, en el bosque, desarmado, esto fuese irrelevante de todos modos. Si aquellos hombres realmente pensaban amotinarse, ya habrían echado por la borda la disciplina y el respeto hacia sus superiores. ¿Dispararía Morel contra un capellán, contra un hombre a quien conocía desde hacía años?

La muerte campaba a sus anchas allí; cientos de hombres, a veces incluso miles, morían a diario. ¿Importaba uno más? Quizá sólo si era tu hermano, como en el caso de Tucky Nunn. Entonces te corroía las entrañas con un ensañamiento rayano en la demencia, como si alguien te arrancara la vida de cuajo. La amistad era la única forma de cordura que quedaba.

—Me consta que ha venido hacia aquí —agregó Joseph.

—¿Viene usted a rezar una oración? —preguntó Morel con sarcasmo y un leve temblor en la voz—. No pierda el tiempo, capitán. Dios se ha marchado a casa; aquí el diablo es el amo. No se moleste en decírselo a Snowy: ya lo sabe.

¿Debía Joseph tratar de apaciguarlo? No, esa idea era de mal gusto.

—No decidas por mí lo que voy a decir, Morel —replicó Joseph de manera cortante—. Resulta arrogante y ofensivo.

Una bengala surcó el cielo y estalló con un breve resplandor revelando en el semblante de Morel una ligera sorpresa que dio paso al enojo.

—Y estaba justo...

El resto de la frase de Morel quedó ahogada por los estampidos de los cañones que había a cincuenta metros de allí. La luz se extinguió y los hombres quedaron sumidos de nuevo en una oscuridad total.

Joseph tomó una decisión enseguida.

—¿Estás planeando un motín, Morel?

—¡Así que lo ha oído! —dijo Morel con amargura—. Pensaba que me dejaría con la duda. Eso no ha sido muy inteligente por su parte, capellán. Tendría que haber imaginado que, llegado el caso, sería usted tan estúpido como los demás. Con lo que yo le admiraba...

Ahora sus palabras destilaban pena, un sentimiento de pérdida muy profundo, como si el mundo que había amado se le hubiese escurrido de las manos, como si el último vestigio se hubiese borrado con aquella desilusión suprema.

—Me has llamado «capellán» —le recordó Joseph—. ¿Habías olvidado que soy sacerdote? Lo que me digas en confianza no puedo repetírselo a nadie. —La respiración se le aceleró—. Veamos cuán estúpido eres, Morel.

Snowy también se había levantado pero no se movió. Estaba de cara a ellos aunque era imposible saber con cuánta claridad los veía.

—No tan estúpido como para confiar en un capellán con una conciencia leal y sin sesos para darse cuenta de que esto no es más que una masacre inútil —dijo Morel con voz destemplada de la emoción—. No vamos a ganar, moriremos en vano. ¡Bien, pues yo no! ¡Me preocupo, capellán, aunque tal vez a usted le dé igual! ¡No pienso quedarme mirando cómo sacrifican a estos hombres en aras de la vanidad de un general idiota! No creo en Dios. Si existiera, pondría fin a esto. ¡Es una obscenidad! —Escupió esta palabra como algo inmundo—. Pero me preocupo por mis hombres, no sólo por los de Cambridgeshire sino por todos. Ya hemos perdido a Lanty y a Bibby Nunn, a Plugger Arnold, a Doughy Ward, a Chicken Hagger, a Charlie Gee, a Reg y a Arthur. —Se le quebró la voz—. Y a Sam Wetherall. La única ventura que conozco es estar cuerdo, no matar y evitar que te maten.

—Eso sería lo mejor —concedió Joseph esforzándose por no perder la compostura. Morel acababa de nombrar a todos los hombres del pueblo del capellán, entre ellos a su amigo íntimo, deliberadamente—. Pero eso no está disponible ahora mismo —añadió—. Tienes que elegir entre confiar en mí y dejar que me marche o dispararme y luego matar a todos lo que te hayan visto hacerlo. ¿Es eso lo que quieres para ellos?

—¡No voy a matarlos! —repuso Morel con sorna—. Están tan metidos en esto como yo.

—Yo no —dijo Snowy, muy cerca de la espalda de Morel—. Si vas a pegarle un tiro al capitán Reavley no cuentes conmigo. Eso es asesinato.

Joseph aguardó. Una pausa en el fuego cruzado permitió oír el viento suspirar entre las ramas. Al cabo recomenzaron el tableteo de las ametralladoras y el estruendo más grave de los obuses pesados lanzados desde la retaguardia. Uno estalló a quinientos metros de ellos y levantó por los aires una columna de quince metros de tierra.

—Habrá caído sobre algún pobre desgraciado —murmuró Morel—. Hay australianos por allí. Me caen bien los australianos. No aceptan órdenes idiotas de nadie. ¿Le han contado que su banda se ponía a tocar cada vez que el sargento ordenaba a nuestros muchachos que hicieran maniobras a pleno sol sólo para mantenerlos ocupados? Los australianos no habrían sabido tocar Dios salve al Rey ni aunque les fuera la vida en ello, pero armaban tanto jaleo aporreando y haciendo chirriar sus instrumentos que el sargento tuvo que dar su brazo a torcer.

—Sí, me lo han contado —contestó Joseph. Sonrió con amargo pesar en la oscuridad pero nadie lo vio.

—¿Y es verdad? —preguntó Morel.

—Sí.

Joseph no tenía la menor idea, pero quería que fuese cierto, no sólo por él mismo sino por todo ellos. Miró a Snowy, que se había acercado un paso.

Morel seguía titubeando. ¿Podía Joseph correr el riesgo de moverse para desentumecer las piernas? Uno de los otros hombres, indistinguible en la oscuridad, seguía fusil en ristre, listo para encañonar a Joseph.

Snowy se volvió hacia él.

—¿A mí también me vas a pegar un tiro? ¿Para qué? ¿Vas a cambiar de bando? ¿O es sólo que tienes ganas de tirar a matar y yo soy un blanco fácil que no te la devolverá? Porque no lo haré. Nunca dispararé contra mis compañeros.

—¡Largo de aquí! —espetó Morel con dureza—. Márchese, Reavley, y llévese a Nunn consigo.

Joseph agarró a Snowy del brazo y, casi arrastrándolo, se alejó lo más deprisa posible por el suelo desigual, dando tumbos entre las raíces de árboles, hacia la trinchera, para guarecerse entre sus paredes.

—Gracias —dijo Joseph cuando por fin estuvieron a salvo detrás del parapeto.

La voz de Snowy sonó apagada, sin vida.

—No podía dejar que le pegaran un tiro —dijo cansinamente—. Era culpa mía que usted estuviera allí.

—Sólo he ido a ver si querías compañía.

—Ya lo sé —respondió Snowy—. Le he visto hablar así con cientos de hombres. Ya no queda nada que decir. Tucky está muerto. De todas formas, calculo que todos lo estaremos dentro de uno o dos meses. Buenas noches, capellán.

Y sin aguardar la respuesta de Joseph, se volvió y enfiló la trinchera de comunicación hacia las líneas de avituallamiento, manteniendo el equilibrio sobre el inestable entablado con la soltura que da la costumbre.

Era una noche bastante tranquila, salvo por los habituales bombardeos esporádicos y alguna que otra ráfaga de ametralladora. Joseph nunca se olvidaba de los francotiradores y, como el amanecer veraniego llegaba temprano, mantenía la cabeza muy por debajo del parapeto en las trincheras de vanguardia.

El agua potable y los víveres habían llegado, y los hombres estaban atareados; se hacía instrucción, se pasaba revista, se limpiaba el equipo, se restauraban las paredes en las que se habían abierto brechas durante la noche. Seguía haciendo calor, y los hombres, llenos de picaduras de piojo, se rascaban hasta levantarse la piel.

Llegó el correo, y quienes recibieron carta se sentaron al sol a leer con la espalda apoyada contra las paredes de arcilla. Por un momento se sumergían en otro mundo. Fred Arnold, el hijo del herrero de Saint Giles, se partió de risa con un chiste y se lo contó a Barshey Gee, que se encontraba a su lado, para que lo hiciese circular. Eran amigos. Ambos habían perdido a sus hermanos allí, en aquel regimiento.

Había otros hermanos, como Cully y Whoopy Teversham. En su pueblo, su familia mantenía una antigua y enconada enemistad con los Nunn a causa de un trozo de tierra. Allí, en el frente, eso resultaba absurdamente intrascendente.

Tiddly Wop Andrews, apuesto pero tan tímido que daba pena, leía una carta por tercera vez, con los ojos azules empañados. Probablemente se tratara de una carta de amor, por fin. Quizás el joven era capaz de escribir lo que le resultaba imposible decir en voz alta. Joseph había intentado muchas veces ayudarle a expresar sus sentimientos con palabras pero, por descontado, ahora se guardaría de comentarlo. Los hombres se tomaban el pelo mutuamente sin clemencia, tal vez para relajar la tensión causada por la espera del siguiente estallido de violencia.

Punch Fuller estaba recostado contra la pared de arcilla, con el rostro levantado hacia el sol. Si no tenía cuidado se quemaría la narizota. Joseph se lo advirtió.

—Sí, mi capitán —dijo Punch sin darse por enterado. Hacía tiempo que había aprendido a pasar por alto los comentarios sobre su rasgo más prominente. Cerró los ojos y continuó inventando estrofas para Mademoiselle from Armentières aún más subidas de tono que las originales, canturreándolas para sí con una voz sorprendentemente melodiosa.

Joseph llegó al final de la trinchera de comunicación y se dirigió a su refugio subterráneo. Los oficiales gozaban de cierta intimidad, un tanto apretujados pero relativamente a salvo bajo tierra. El gas constituía la peor amenaza porque era pesado y se colaba en todos los cráteres y agujeros. Aunque era poco probable que alcanzara posiciones tan retiradas.

Justo antes de llegar, Joseph se encontró con el comandante Penhaligon, su superior inmediato. Penhaligon tendría unos treinta años, ocho menos que él. Aquel día se le veía agobiado y con los ojos hundidos. Se había hecho un corte en la mejilla al afeitarse y no había tenido tiempo de curarse. Una mancha de sangre le marcaba la piel.

—Hombre, Reavley —dijo plantándose delante de Joseph—. ¿Cómo está Snowy Nunn? ¿Lo ha visto? Menudo mal trago. Tucky era uno de los mejores.

Sin duda el alegre semblante de Tucky estaba tan fresco en la memoria de Snowy como en la de Joseph. Los dos hermanos eran muy parecidos, de rasgos toscos y cabello rubio, pero Tucky emanaba confianza en sí mismo, desparpajo y buen humor, siempre listo para aprovechar cualquier oportunidad. Había sido más sensato de lo que algunos hombres pensaban, más serio y fiable en los momentos difíciles. Había ayudado a Joseph en más de una ocasión con un buen consejo, una broma oportuna, una serenidad campechana que inducía a los hombres a recordar el hogar, los buenos momentos, las cosas dignas de ser amadas.

—Sí, mi comandante —contestó Joseph. La muerte era la muerte. No debía ser más dura para un hombre que para otro, pero al fin y al cabo lo era—. Snowy lo lleva bastante mal.

Penhaligon se quedó sin saber qué responder, y su mirada lo delató. Sentía que tenía el deber de decir algo; ambos hermanos se contaban entre sus hombres. Se esforzó por vencer el cansancio y la angustia ante la campaña que se avecinaba para dar con una frase mínimamente coherente.

Era obligación de Joseph transmitir la noticia de las bajas a los allegados, así como pensar la manera de hacerles llevadera la pérdida pese a que en realidad nunca iban a superarla, procurando no dar la falsa impresión de que no lo comprendía o le daba igual. Era su obligación evitar que cundiera el pánico, sacar valentía del terror, ayudar a los hombres a creer que había una razón para todo aquello cuando ninguno de ellos la veía. No tenía derecho a cargarle el mochuelo a Penhaligon.

—He hablado con él —dijo esbozando una sonrisa—. Se repondrá. Concédale un poco de tiempo pero... manténgalo ocupado.

¿Debía decir más, pedirle a Penhaligon que le encargara a Snowy una misión que lo apartase de Morel?

—Todos estaremos ocupados muy pronto —comentó Penhaligon torciendo el gesto—. Lanzaremos una ofensiva bastante importante. Comenzará dentro de un día o dos.

—Llevan diciendo lo mismo desde la primavera —señaló Joseph con sinceridad.

—Esta vez va en serio —le aseguró Penhaligon clavando la mirada en él, tratando de ver si Joseph captaba el sobreentendido—. Me temo que tendrá usted mucho que hacer.

El sol matutino ya calentaba, pero Joseph sintió un escalofrío. Deseaba replicarle a Penhaligon que los hombres no estaban preparados, que algunos de ellos ni siquiera estaban bien dispuestos. No tenía ni idea de cuántos más habría como Morel.

Joseph tomó conciencia de que Penhaligon lo observaba, aguardando a que contestara. Quería prevenirlo contra Morel pero había dado su palabra de que lo hablado sería secreto de confesión, y eso era sagrado. Por otro lado, Penhaligon estaba al mando de una unidad con un oficial que intentaba socavar la campaña en su conjunto. ¿Lo que Joseph había oído podía considerarse amotinamiento? ¿O no era más que un ejemplo exagerado del descontento general? Los hombres estaban agotados física y emocionalmente, y entre muertos y heridos las bajas eran casi incontables. ¿Qué hombre con dos dedos de frente no pondría en tela de juicio la cordura de todo aquello ni pensaría en rebelarse contra una muerte inútil?

—Capellán —lo acució Penhaligon—. ¿Hay algo más?

—No, mi comandante —dijo Joseph con decisión. Morel no había manifestado una intención concreta, simplemente se quejaba de la violenta absurdidad de aquella situación. Los hombres debían ser libres de expresar su disconformidad. Aunque a Morel se le llegara a ocurrir algo tan peregrino como desobedecer una orden, era un hijo de Lancashire de pura cepa: los de Cambridgeshire nunca lo seguirían en un enfrentamiento con otros ingleses—. Sólo pensaba en lo que se avecina, nada más.

Penhaligon sonrió con aire sombrío.

—Nos costará un poco, pero al parecer supondrá un gran logro estratégico que tomemos Passchendaele. ¡Que me aspen si entiendo por qué! Para mí no será más que otro condenado infierno.

Joseph no contestó.

El avance se inició la mañana del día siguiente, el 31 de julio. Judith Reavley estaba con los hombres que tomaban el que sería su último desayuno caliente hasta que las brigadas de aprovisionamiento regresaran. Como a ellos, le ardía el estómago a causa del té mezclado con ron. A las cuatro menos diez, media hora antes del alba veraniega, sonaron los silbatos y ella contempló sobrecogida y con amargura la marcha de casi un millón de hombres sobre los campos arados, lodosos y resbaladizos tras las lloviznas esporádicas de los últimos días. Tendían pontones sobre los canales para cruzarlos en tropel. Avanzaban entre los pocos bosquecillos y arboledas que aún quedaban en pie. El ruido de los cañones era ensordecedor. El fuego mortífero aniquilaba secciones enteras segando miles de vidas, reventando la tierra.

A media mañana comenzó a llover en serio y una neblina lo cubrió todo, de modo que incluso a cuatrocientos o quinientos metros de distancia Judith veía el contorno del bosque de Kitchener como un mero manchón borroso en la penumbra.

Dos horas después conducía con gran dificultad su ambulancia por el camino empapado y lleno de rodadas para llevar el vehículo lo más cerca posible del puesto de primeros auxilios provisional al que estaban trasladando a los heridos. Los obuses habían destrozado la carretera y sólo quedaba un carril en condiciones. El bombardeo era muy intenso, y debido a la lluvia cada vez había más fango. Los nubarrones cubrían el cielo de gris y atenuaban la luz aunque faltase poco para el mediodía. Judith tenía miedo de quedarse atascada o incluso de meterse de lado en un cráter y romper un eje. Tuvo que emplearse a fondo para dominar el volante y ver por dónde iba a través de la niebla.

A su lado iba Wil Sloan, el joven estadounidense que se había alistado como voluntario al principio de la guerra, mucho antes de que su país decidiese entrar en el conflicto, cosa que había ocurrido hacía pocos meses. Había abandonado su pueblo natal en el Midwest3 y viajado en ferrocarril sin pagar hasta la Costa Este. Una vez allí trabajó hasta pagarse el pasaje para cruzar el Atlántico. Al llegar a Inglaterra ofreció su tiempo, y su vida en caso necesario, para ayudar a las tropas en lo que se terciase. No fue el único. Judith había conocido a varios conductores de ambulancia y camilleros como Wil, a enfermeras como Marie O’Day, a médicos, incluso a soldados que se habían enrolado en el Ejército británico simplemente porque creían que era lo que había que hacer.

En abril, Estados Unidos se había unido a los Aliados, pero todavía era pronto para que se apreciase un cambio significativo. En aquel tramo del frente no había fuerzas americanas.

Judith sabía que en la vida de Wil no sólo había idealismo, sino también sombras. Su mal carácter se había descontrolado en más de una ocasión y finalmente lo obligó a abandonar su patria. Wil nunca le había contado cuán grave había sido el suceso pero se lo había dado a entender. Tal vez debido a la franqueza que imponía su estrecha amistad, Wil era incapaz de hacerse pasar por un héroe sin tacha.

Ahora iba sentado junto a ella, dando alternadamente gritos de advertencia y aliento mientras avanzaban entre sacudidas y patinazos por el terreno lleno de baches, tratando de distinguir a través de la neblina y la lluvia dónde tenían que detenerse a recoger heridos.

—¡Allí! —gritó señalando lo que parecía un espacio llano al pie de una cuesta. Había un bulto en el suelo y un hombre de pie haciendo señas con los brazos.

—¡Ajá! —contestó Judith, pero su voz quedó ahogada por un obús que explotó a unos cincuenta metros e hizo saltar la tierra como agua en la que cae una piedra. Los detritos les llovieron encima golpeando el techo y los lados de la ambulancia, colándose en su interior y alcanzándolos a ambos a través de la abertura de encima del parabrisas y la puerta.

Judith no despegó la mano del acelerador. No ganarían —ni perderían— nada deteniéndose antes de llegar. Finalmente el vehículo patinó hasta detenerse a pocos metros del lugar donde ella se había propuesto parar. Casi de inmediato apareció un soldado a su lado gritando algo que Judith a duras penas oía y señalando con gestos algo que tenía detrás.

Wil bajó de un salto y chapoteó por el lodo y la lluvia para empezar a ayudar a cargar a los primeros heridos en la trasera. Sólo elegiría entre aquellos cuyas heridas les impidieran caminar. Podían llevarse a cinco, como máximo a seis. Sólo Dios sabía cuántos había. Wil había aprendido lo suficiente de primeros auxilios para contener una hemorragia, vendar una herida y atar un torniquete, pero poco más. Muy a menudo, si un hombre tenía una arteria lacerada, moría desangrado sin que nadie pudiese hacer nada al respecto. Por otra parte, si presentaba un miembro arrancado de cuajo, la arteria se contraía y la pérdida de sangre era mucho menor. Si conseguían evitar que muriera a causa del shock, cabía la posibilidad de salvarlo.

Judith mantuvo el motor en marcha mientras Wil y otros hombres cargaban a los heridos. En cuanto le hicieran una señal, daría media vuelta para emprender el penoso viaje de regreso hasta el hospital de campaña más cercano. Ya había recorrido ese trayecto dos veces y seguiría al volante mientras pudiera, todo el día y toda la noche si fuese preciso, aunque no hacía planes tan a largo plazo. Ese día ya había volado en pedazos una ambulancia, matando a todos sus ocupantes, y un cráter había roto los dos ejes de otra.

Judith oyó el grito de Wil y notó la sacudida del portazo que dio al cerrar. Movió la mano y aceleró. Las ruedas giraron salpicando barro. Lo intentó otras dos veces y luego metió marcha atrás. Por fin consiguió que las ruedas agarrasen.

El viaje de regreso fue una pesadilla. En dos ocasiones unos obuses explotaron lo bastante cerca para acribillar la ambulancia con fragmentos. En cierto momento quedaron atascados en el barro, y Wil y los dos heridos capaces de sostenerse de pie tuvieron que apearse para aligerar el peso. Para cuando llegaron al hospital de campaña uno de los hombres heridos había fallecido. Wil había hecho cuanto estaba en su mano, pero eso no había sido suficiente.

—Shock —explicó Wil sucintamente con manchas de tierra y sangre en su demacrado rostro. Se encogió de hombros—. Tendría que estar acostumbrado —agregó como reprochándoselo a sí mismo, aunque con voz vacilante.

Judith le sonrió y no dijo nada. Se conocían lo suficiente como para que él la entendiera, para que recordara lo dicho las innumerables veces que habían pasado por todo aquello antes.

Siguieron yendo y viniendo sin tregua durante todo el día, y descansaron sólo el rato justo para comer un poco de pan y una lata de estofado Maconochie y beber té caliente en un tazón de hojalata. Todo sabía a gasoil y agua rancia, pero apenas se dieron cuenta.

Al anochecer se hallaban descargando heridos y ayudando a trasladarlos a la tienda del quirófano provisional montado en un campo abierto. La lluvia lo envolvía todo. Judith vislumbró una arboleda a unos cincuenta metros, pero no supo de cuál de los numerosos bosques se trataba. Lo único que importaba era proporcionar a los hombres alguna clase de ayuda.

Dentro de la tienda, los auxiliares sanitarios examinaban a los recién llegados a fin de decidir a quién atenderían primero, quiénes podían esperar y quiénes ya no tenían salvación posible. Los heridos yacían recostados, lívidos, aguardando con la terrible y desesperanzada paciencia de quienes han visto el horror tantas veces que ya no pueden luchar contra él. Intentaban asimilar que ya no tenían brazos o piernas, o la visión de sus intestinos esparcidos sobre sus propias manos ensangrentadas.

Judith llevaba casi a rastras a un hombre cuya pierna izquierda, desgarrada por la metralla, habían vendado como buenamente habían podido. Su problema más grave era el brazo izquierdo, cercenado a la altura del codo.

El cirujano salió al encuentro de Judith. Su guerrera estaba empapada en sangre, con la cabellera rubia embadurnada hacia atrás. Tenía los ojos hundidos y ojeras de agotamiento. Había trabajado con él en incontables ocasiones.

—Hemos hecho lo que hemos podido, capitán Cavan, pero la herida es de hace varias horas —dijo Judith—. Tiene mucho frío y temblores. —Era un eufemismo mayúsculo, pero todo el mundo se servía de ellos, por una cuestión de honor. Si preguntabas a cualquier hombre cómo se encontraba, invariablemente respondía: «Podría estar peor; no tardaré en reponerme», aunque al cabo de una hora estuviese muerto.

—Muy bien —agradeció Cavan con una breve sonr

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