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Epílogo
Agradecimientos
Para Roman Hocke
Now I’m not looking for absolution
Forgiveness for the things I do
But before you come to any conclusions
Try walking in my shoes
DEPECHE MODE
Parecía un aula. Un aula mísera, ya que las sillas, de color amarillo ocre y estructura de metal indestructible, con el asiento a juego, daban la impresión de haber sido adquiridas en un mercadillo. Arañadas y desgastadas por generaciones de alumnos y desechadas hacía tiempo, se veían fuera de lugar en ese sitio.
—Sentaos —nos ordenó papá mientras se dirigía hacia el frente de la estancia, donde había colocado una pizarra en la que ponía, escrito con tiza blanca: «Non scholae, sed vitae discimus.»
—¿Dónde estamos? —susurró Mark, pero no lo bastante bajo, porque papá se volvió de inmediato hacia nosotros.
—¿Dónde estamos? —vociferó, y a su boca asomó un amago de sonrisa sombría. Se estrujó los dedos con tanta fuerza que crujieron—. ¡¿Dónde estamos?! —Puso los ojos en blanco y apoyó las manos en la mesa del profesor. Con lo siguiente que dijo pareció calmarse un poco, o al menos lo dijo en voz bastante más baja. Aunque el titilar de su mirada seguía ahí, como si tras sus pupilas ardiese una vela temblorosa—. ¿Qué os parece?
—Un colegio —respondió Mark.
—Exacto. Solo que no es un colegio, no un colegio cualquiera, sino «el» colegio. El único que cuenta de verdad.
Y nos ordenó que nos sentáramos por segunda vez, y en esta ocasión obedecimos. Escogimos las sillas del medio de la tercera fila, Mark a la derecha y yo a la izquierda de mi padre, que se había colocado en mitad del pasillo, como Schmidt, nuestro antiguo profesor de Latín. Solo que en lugar de preguntarnos vocabulario, nos soltó un monólogo demencial.
—En el colegio al que ibais antes os tomaban el pelo —aseguró—. Os enseñaron a leer, escribir y contar. Ahora podéis leer textos en inglés, sabéis en qué se diferencian los mamíferos de los reptiles y por qué la Luna no cae a la Tierra, al menos espero que sepáis eso, porque cuando estabais en clase de vez en cuando dejabais de pensar en qué bragas podíais meter vuestras sucias manos.
Me sonrojé. Nuestro padre nunca había empleado un lenguaje tan vulgar con nosotros. Quise que me tragara la tierra, tanta vergüenza sentí. Miré a Mark y supe que a él le pasaba lo mismo.
—Os dicen que tenéis que aprender de la historia, os enseñan atlas para que sepáis cómo es el mundo y el sistema periódico con los elementos que supuestamente componen el universo, pero lo más importante no os lo enseñan. ¿Sabéis a qué me refiero?
Sacudimos la cabeza.
—Claro que no. No sabéis nada. Y no estoy citando al pederasta de Sócrates. Sabéis menos que nada, pero no es culpa vuestra. Es culpa de esos pedagogos ineptos, que os privan de la asignatura más importante. La única asignatura, no, la «primera» asignatura que se enseñó en este planeta y sin la cual la especie humana se habría extinguido hace tiempo. A ver, ¿de qué estoy hablando? ¿Quién me lo puede decir?
Una oleada de calor me recorrió el cuerpo, como solía pasarme en el colegio cuando tenía un examen y no había estudiado. Solo que esta vez me daba la sensación de que nunca había estado menos preparado para afrontar un examen.
—¿Ninguno?
Una rápida mirada de reojo a Mark me dijo que él también había bajado la cabeza. Tuve unas súbitas ganas de ir al retrete, pero no me atreví a decir nada.
—Muy bien, en ese caso os ayudaré —farfulló papá, como si hablara solo. Levanté la cabeza y vi que se toqueteaba el cinturón. De pronto vi un centelleo, la luz reflejándose en el metal.
—¿Qué haces? —le pregunté, muerto de miedo. Nunca le había visto esa mirada ausente en los ojos. Y nunca le había visto ese cuchillo largo y dentado en la mano.
—Pensad, ¿de qué asignatura creéis que estoy hablando? —preguntó, y miró a Mark, que seguía sin atreverse a mirarlo a los ojos, lo que probablemente fue el motivo de que mi padre lo escogiera.
Se plantó a su lado con dos pasos rápidos, lo cogió por el pelo para levantarle la cabeza y le puso la hoja en el cuello.
—¡Papá! —chillé, levantándome de la silla de un brinco.
—Tú no te muevas de tu sitio. —Su mirada me atravesó, como si sus ojos fuesen otros dos cuchillos. A mi hermano, al que el sudor le perlaba la frente, le dijo—: Piensa, piensa, hijo. ¿De qué os voy a dar clase?
Mark temblaba. Tenía los músculos tensos, a punto de reventar, como si tuviera contraído el cuerpo entero.
Tenía el miedo escrito en la cara y vi que se hacía pis, y cuando percibí el olor del miedo supe cuál era la respuesta que quería oír mi padre, aun cuando fuese absurda y terrible.
—Matar —dije, salvando así a mi hermano.
—¿Matar? —Se volvió hacia mí, y al cabo de un segundo apartó el cuchillo del cuello a Mark y sonrió satisfecho—. Muy bien. Un punto para ti.
Me felicitó por mi respuesta sin que en su voz hubiese una pizca de ironía, y me hizo un gesto de aprobación.
—En efecto. No habéis aprendido a matar. Nadie os ha enseñado a hacerlo. Pero no os preocupéis, que eso lo arreglamos en un pispás.
Max Rhode, El colegio del horror, cap. 24, pp. 135-139.
Dios no juega a los dados.
ALBERT EINSTEIN
Y aunque Dios jugara a los dados...
le seguimos la pista.
RUDI KLAUSNITZER,
Das Ende des Zufalls
1
Berlín
Trece cadáveres, once mujeres violadas, siete mutilaciones, otros tantos secuestros y dos monjas encadenadas al tubo de la calefacción que morirían de hambre si no las encontraban a tiempo. Estaba satisfecho con lo que llevaba hasta el momento, y esa tarde habría añadido un asesinato más si no me hubiesen interrumpido a las 15.32, justo cuando iba camino del alcantarillado berlinés con otra víctima indefensa.
Primero intenté hacer caso omiso del pitido; suelo apagar el móvil cuando trabajo, pero ese día era lunes y los lunes me tocaba ir a buscar a nuestra hija, de diez años, pese a que mi mujer estaba en la ciudad, para variar, porque como era piloto de rutas de largo recorrido, eso solo pasaba muy de vez en cuando.
Aunque no conocía el número que aparecía en la pantalla, era más o menos la hora. La clase de natación de Jola debía de estar a punto de acabar, y quizá llamara con el teléfono de una amiga. Decidí que era mejor no dejar que saltara el buzón de voz, aun a riesgo de que fuese algún comercial que quisiera endosarme un seguro dental o una suscripción a la tele de pago y le diera igual que yo llevara meses en números rojos.
De manera que chasqueé la lengua, irritado, guardé a mitad de frase el capítulo del thriller que estaba escribiendo y cogí el móvil, que vibraba en mi mesa. Lo cual, en resumidas cuentas, era la razón de que ahora me viese en un atasco en la autopista Avus, a la altura de Hüttenweg, y le pidiera cinco euros a mi hija.
—No te los pienso dar. —Jola sacudió la cabeza y miró porfiada por la ventanilla, que había bajado, hacia las vías del tren, que en ese tramo discurrían paralelas a la autopista.
Era mediados de agosto, estábamos parados bajo un sol de justicia, ante nosotros el aire rielaba sobre los techos de la larga fila de coches, y tenía la sensación de estar en una olla exprés en lugar de en mi viejo escarabajo.
—Tenemos un trato —le recordé. Cinco euros cada vez que yo tuviera que ir al colegio a hablar con algún profesor porque la había vuelto a liar.
—Pensaba que eso solo contaba para el colegio. No para el tiempo libre.
—Olvidas que el señor Steiner no solo es tu profesor particular de natación, sino también tu profesor de gimnasia oficial. Así que suelta la pasta.
Mi hija me miró como si la hubiera obligado a cortarse los morenos rizos, lo único de su cuerpo de lo que se sentía orgullosa, porque echaba pestes de su nariz torcida, sus labios finos, el cuello demasiado largo, sus «pies deformes» (en su opinión, el dedo pequeño tenía la uña demasiado pequeña) y el delicado lunar de la mejilla. Muy en particular el lunar, que los días que estaba de mal humor tapaba con una tirita.
—No es justo —dijo, haciendo un mohín.
—Lo que no es justo es lo que le hiciste a Sophia.
Procuré no sonreír, ya que en realidad tampoco me parecía que fuera para tanto, en comparación con las cosas que hacía yo cuando tenía su edad. Recordar la desagradable conversación que había mantenido en el despacho del entrenador me ayudó a parecer enfadado. «Sé que Jola es la mejor del equipo, y le paso por alto muchas cosas, en serio —me había dicho el profesor Steiner cuando me acompañaba para despedirme—. Pero si vuelve a hacer algo así, la echo del equipo.»
—Sophia me llamó bastarda —trató de justificarse Jola.
—¿Y por eso le llenaste el champú de detergente?
A su compañera de equipo le dio un ataque de llanto en la ducha cuando vio que no había forma de quitarse la espuma del pelo, por mucha agua que se echara. Por lo visto, la espuma inundó el cuarto de baño y llegó hasta el vestuario.
—Para que se le cayera el pelo. —Jola sonrió, si bien sacó un arrugado billete de cinco euros del bolsillo de la mochila, donde guardaba el iPod y el dinero.
—Sabes que hablando se entiende la gente, ¿no? —le pregunté.
—Sí, claro, como en tus libros.
«Uno a cero para ella.»
Jola blandía el billete.
—Déjalo en la guantera —le dije, y avancé dos metros más. Cerca de la Torre de radio debía de haberse producido un choque. La información sobre el estado del tráfico, para variar, todavía no decía nada, pero desde hacía diez minutos iban a paso de tortuga.
—Anda, patatas fritas, ¡qué guay!
Sacó la bolsa, que yo había metido en el pequeño compartimento. Logré impedir que la abriera en el último segundo.
—Espera, ¡no! ¡Es un regalo para mamá!
Mi hija me miró con escepticismo.
—¿Perdona?
—Sí. Para la semana que viene, por nuestro aniversario de boda.
—¿Patatas fritas? —Jola no tuvo necesidad de insinuarme que me faltaba un tornillo para que yo viera lo que pensaba.
—No son unas patatas cualesquiera. —Señalé la marca—. Son Peng.
—Ya.
—Pues sí. Ya no las hay. Dejaron de producirlas hace unos años. ¿No te he contado cómo fue nuestra primera cita? ¿La de mamá conmigo?
—Solo unas mil veces. —Jola revolvió los ojos y empezó a enumerar los puntos principales de la historia—: Queríais ir al cine de verano. Tú aparcaste el escarabajo en el Aldi, a la vuelta de la esquina, pero cuando os ibais a ir el Aldi ya había cerrado y el aparcamiento también.
Asentí y añadí:
—Así que nos pusimos cómodos con unas patatas Peng y una Coca-Cola Cherry, nos quedamos mirando el supermercado vacío por el parabrisas e hicimos como si estuviésemos viendo Parque Jurásico.
Como siempre que lo recordaba, se me puso una sonrisita un poco bobalicona, por lo ensimismada. Kim y yo abrazados, acurrucados en los asientos delanteros, yo contándole con lujo de detalles el argumento de la primera película que se me pasó por la cabeza; era uno de los recuerdos más bonitos de mi vida. Aparte, claro estaba, del día, hacía diez años, en que nos concedieron la custodia de Jola.
—A tu madre le encantaron esas patatas con sabor a pimienta —comenté mientras volvía a avanzar un tanto—. El día que las retiraron se llevó un buen disgusto.
—Seguro que fue una tragedia para ella.
Los dos sonreímos.
—Sí. Así que busqué al fabricante en Bahlsen, y conseguí convencerlo de que fabricase una bolsa para mí. Mamá se pondrá como loca cuando la vea.
—Seguro —repuso Jola, menos eufórica. Metió los cinco euros en la guantera y la cerró—. Seguro que bastará para que cambie de opinión.
Iba a preguntarle a qué se refería, pero me distraje un momento, porque al lado un idiota en un monovolumen intentaba cambiarse de carril, como si de esa manera se fuera a solucionar antes el atasco. Además, tenía bastante claro que Jola se enteraba de muchas más cosas de las que debía. Era extremadamente sensible, de manera que debíamos hacer un esfuerzo titánico para no discutir delante de ella. Aunque Kim y yo nunca habíamos hablado abiertamente del divorcio, ni siquiera cuando estábamos solos, era evidente que a Jola no le habían pasado por alto las sutiles señales de distanciamiento.
—¿Vamos a comer una pizza, como me prometiste?
Antes de que pudiera decirle que la verdad era que no se lo merecía, el móvil me volvió a sonar por segunda vez ese día. Lo cogí de la bandeja y miré el número: una vez más desconocido.
Jola abrió la guantera y cogió el dinero.
—Y eso ¿por qué? —pregunté entre pitido y pitido.
—Coger el móvil mientras conduces —me recordó, la segunda parte de nuestro trato (lo reconozco, un tanto peculiar). Cuando soltaba un juramento, hacía algo indebido o anulaba un compromiso, ella tenía derecho a cinco euros.
—Estamos parados —objeté, señalando la caravana que teníamos delante.
—Pero el motor está en marcha —alegó ella, guardándose el billete.
Sacudiendo la cabeza, aunque me hacía gracia, cogí el teléfono.
Mi sonrisa desapareció al oír la primera palabra que pronunció el desconocido.
—¿Hola?
«Dolor. —Eso fue lo primero que se me pasó por la cabeza—. Ese hombre tienes dolores.»
—¿Quién es?
De fondo oí un pitido electrónico, como si sonara un despertador, después un silencio más prolongado, y pensé que la llamada se había cortado.
—¿Hola?
Nada. Tan solo un breve ruido de estática. Después, cuando ya iba a colgar, el hombre dijo:
—Estoy en Westend, en la UVI. Venga deprisa. No me queda mucho tiempo.
Entorné los ojos, ya que el sudor de la frente amenazaba con caerme en las pestañas. A mi lado, Jola se abanicaba con un folleto de propaganda que había encontrado en el suelo.
—Perdone, pero creo que se confunde —le dije a la voz quebradiza.
—No lo creo, señor Rhode.
«Vaya, así que sabe quién soy.»
—Perdone, pero ¿quién es usted? —pregunté, ahora con cierta impaciencia.
El hombre tosió y después, poco antes de colgar, dijo tras un largo y atormentado gemido:
—Soy un hombre que tiene mujer, cuatro hijos y seis nietos, pero al que solo le quedan fuerzas para hacer una llamada antes de morir, que será dentro de muy poco. ¿No quiere saber por qué la estoy malgastando precisamente con usted?
2
Un refrán polaco dice: la curiosidad mató al gato.
Y probablemente a los escritores también. Al menos a los escritores como yo.
Media hora después, cuando se disolvió el atasco, me hallaba en el despacho del médico jefe de la UVI, en el hospital Westend, y me preguntaba si habría perdido la razón.
Lo más probable es que ningún padre de familia en su sano juicio se reuniera con el autor de una llamada anónima que lo hubiera citado en su lecho de muerte, pero no había dejado porque sí mi puesto de periodista judicial en una emisora de radio privada hacía seis años: la curiosidad que me despertaban las personas y sus secretos era lo que me había empujado a escribir y había hecho de mí un novelista, aunque no hubiera cosechado mucho éxito, salvo con mi primer thriller: El colegio del horror, que estrictamente pertenecía al género de terror y había vendido casi ochenta mil ejemplares. La primera de un total de cinco novelas. Y, con su puesto duodécimo en la lista de ediciones de bolsillo, mi único éxito de ventas. Por la siguiente entrega se había interesado únicamente la mitad de mis lectores, y la última ni siquiera había cubierto el anticipo. A excepción de mi primera obra, mis libros ya ni siquiera se encontraban disponibles. Si al final nos divorciábamos, sería mi mujer la que me tendría que pasar la pensión.
«Triste pero cierto.»
Por desgracia, todo apuntaba a que mi siguiente thriller, que debía entregar dentro de escasos meses, también sería un fiasco. Ya llevaba escritas 122 páginas y seguía sin dar con la forma de acceder a los personajes. Normalmente solían cobrar vida propia a lo sumo después del primer acto, convirtiéndome a mí en un mero observador que sentía curiosidad por saber qué sería lo próximo que harían sus héroes. Pero en este caso ya llevaba catorce capítulos y los personajes seguían haciendo exactamente lo que yo había previsto en la sinopsis. No era buena señal. Y probablemente ese fuera el principal motivo por el que consideré que la visita a la clínica supondría una grata distracción, que se prometía más emocionante de lo que yo intentaba inventarme en mi mesa.
—El paciente está atravesando una fase paradójica —me explicó el doctor Anselm Grabow en su despacho, un espacio repleto de archivadores y manuales, mucho más pequeño de lo que lo había descrito yo en una de mis novelas.
El médico, que lucía una barba cerrada y al que a todas luces habían advertido de mi llegada, ni se molestó en invitarme a tomar asiento, fue directo al grano:
—El paciente todavía está en condiciones de hablar y reacciona, cosa que es habitual en quemados así. Se ha visto afectado más del ochenta por ciento de la piel, casi todas las zonas de tercer grado, algunas incluso de cuarto grado. Por ello no es preciso que pregunte cuál es el pronóstico.
Se toqueteaba con nerviosismo el ojal de la sucia bata, y me miraba con unos ojos inyectados en sangre, de un rojo tan vivo que era como si hubiese metido la cabeza con los ojos bien abiertos en un acuario lleno de medusas. O estaba muerto de cansancio, o tenía conjuntivitis o padecía alergia.
—Si hubiera sido por nosotros, lo habríamos intubado hace tiempo para inducirle un coma, pero el paciente nos lo ha prohibido expresamente. En la fase paradójica en que se encuentra, su circulación es relativamente estable, pero esta situación cambiará dentro de muy poco. Cabe que sufra un colapso y un fallo multiorgánico de un momento a otro.
—¿Cómo se llama? —quise saber—. Me refiero a que quién es y por qué quiere hablar precisamente conmigo.
El doctor Grabow torció el gesto y me miró como si acabase de pisar una caca de perro.
—No estoy autorizado a darle esa información —respondió. Y antes de yo pudiera replicar, añadió—: El paciente me ha dado instrucciones precisas y categóricas a ese respecto. Sin violar mi secreto profesional, lo único que le puedo decir es que llegó aquí hace unas seis horas con quemaduras graves después de una tentativa de suicidio...
—¿Intentó quitarse la vida?
—Eso dijo, sí.
Puesto que dejó bien claro que no estaba dispuesto a facilitarme más información, yo no tenía ganas de seguir desperdiciando un tiempo valioso y, con él, la fase paradójica del paciente. Y más teniendo en cuenta que había dejado a Jola abajo, en el coche, en el aparcamiento, lo cual me supondría otros cinco euros, ya que debido a este contratiempo no habíamos ido aún a por la prometida pizza.
Grabow pidió a una enfermera con pinta de latina que me acompañase a la UVI, donde me equiparon con un mono quirúrgico desechable color verde caqui, una mascarilla y unos guantes de látex.
—Las normas son las normas —advirtió la enfermera antes de salir y cerrar la puerta de la habitación y de que yo me viera frente a un hombre que, a diferencia de los personajes de mis novelas, estaba a punto, dentro de unas horas o incluso minutos, de sufrir una dolorosa muerte.
Por teléfono me había llamado la atención su voz quebradiza, distorsionada por el dolor. Ahora, tres cuartos de hora más tarde, mientras me hallaba ante su cama articulada, me preguntaba cómo habría podido tan siquiera coger el teléfono ese desconocido moribundo que yacía en el colchón sanitario azul claro.
Daba la impresión de haber sido disecado en vida por un cirujano demente, como si fuese una cobaya para estudiantes de anatomía. Junto al ojo derecho faltaban capas de piel. Era como si le hubiesen pasado una lijadora. En lugar de frente, mejillas, mentón y sienes había una escaldadura surcada de tendones lechosos y vasos sanguíneos pulsantes. Tenía el cuerpo entero, de los pies al cuello, envuelto en vendajes estériles, a excepción de las zonas reservadas a las vías de morfina y suero; por lo demás, el hombre estaba prácticamente momificado, lo cual permitía concluir que bajo las vendas su aspecto no sería muy distinto del de la cara.
Menos mal que Jola se había quedado esperando en el coche. Le había contado que iba a pasarme un momento a ver a un médico amigo, cuya voz no había reconocido al principio debido a la mala cobertura y que quería darme una documentación importante para mi libro. No me gustaba mentir a Jola, pero en vista del espantoso espectáculo que tenía delante, me alegré de haber recurrido a esa mentira piadosa.
«Bueno, y ahora ¿qué?»
La puerta se había cerrado hacía dos minutos largos. Dos minutos en los que no sabía adónde mirar ni qué decir. Carraspeé cohibido al ver que el quemado, aparte de un leve espasmo, no se movía.
—Perdone —dije, y yo también parecía encontrarme en una fase paradójica, aunque sin duda no tan dolorosa como la que aparentaba estar atravesando el moribundo. Me sentía como un intruso. El hecho de que me hubiese llamado expresamente no me tranquilizaba, mientras no conociera el motivo—. ¿Puede oírme?
El hombre, que miraba fijamente el techo con el ojo que le quedaba, asintió. Del orificio que tenía en la cara donde antes estaba la boca salió un sonido sibilante, que se mezcló con el zumbido del respirador que tenía insertado en las encostradas fosas nasales de la desfigurada nariz. Me aclaré la garganta de nuevo, sin saber qué hacer a continuación. El mono crujía con cada movimiento. Olía a desinfectante, a piel quemada y gasolina, si bien esto último probablemente se debía a que mi olfato me estaba gastando una broma macabra. Desde que era pequeño odiaba el olor a gasolina. Le tenía miedo, auténtica fobia; las gasolineras no eran lo que se dice uno de mis lugares preferidos.
Lo más probable era que ese «olor del miedo», que era como yo lo llamaba, fuese cosa de mi imaginación. Pero con toda seguridad lo que sí había allí era un calor insoportable. Fuera había treinta y un grados, y dentro quizá no tantos, pero tampoco corría el aire. Noté que el sudor me resbalaba por la espalda y me pregunté si un quemado aún podría tener calor.
—¿Quería hablar conmigo? —pregunté, y parecí, y no solo por decirlo así, un mayordomo que acude a la llamada de su señor. Nuevamente el hombre asintió. Nuevamente escuché un tono sibilante. Me entraron ganas de rascarme. Las gomas de la mascarilla me hacían cosquillas detrás de las orejas, pero por alguna razón no me quería mover. No antes de que el desconocido me hubiese desvelado el motivo de su llamada.
—Venga —pidió con sorprendente claridad.
—¿Adónde?
—Aquí, a mi lado. —Dio unas palmaditas con la mano vendada en la cama.
«Todo menos eso.»
No quería sentarme con él en el borde de la cama. Mi curiosidad no llegaba a tanto, pero probablemente sí para inclinarme hacia él.
—Lo siento... —musitó el agonizante cuando me acerqué lo bastante para sentir su aliento en mi mejilla— pero Joshua lo ha elegido.
3
Jola no se dio cuenta de que alguien se acercaba al coche. Escuchando a Biffy Clyro y con el volumen del iPod al máximo, un helicóptero podría haber aterrizado detrás del escarabajo y ella solo se habría enterado de que de repente revoloteaban hojas a su alrededor. Por eso casi le dio un infarto cuando de pronto una mano se metió por la ventanilla y le tocó el hombro.
—Joder, qué susto me ha dado.
Se quitó los cascos y paró a su grupo de música favorito. Se sonrojó, algo que odiaba, porque le pasaba a menudo cuando se ponía nerviosa, y así todo el mundo se daba cuenta de lo miedica que era.
—Sorry, lo siento. ¿Eres Jola?
La niña asintió y entornó los ojos, ya que el sol se reflejaba en la identificación de plástico de la bata blanca y, como la letra era muy pequeña, le costaba descifrar el nombre.
«Westend. Unidad 6, Schmidt, Schmied... ¿o Schmitz?»
—Me envía tu padre.
—¿Mi padre?
—Sí, para que te lleve con él.
—¿Y eso por qué?
—No te asustes, pero no se encuentra bien. Quiere que te quedes con él hasta que llegue tu madre.
—Ah, vale.
La preocupación por su padre hizo que el corazón le latiera al ritmo de la canción de rock que estaba escuchando hacía un minuto.
—¿Qué ha pasado?
—Una tontería. Quería enseñarle a su amigo, nuestro médico jefe, una patada de kick boxing y al hacerlo tropezó y probablemente se haya roto la pierna.
—¿En serio? —Jola sacudió la cabeza. «Es que no se le puede perder de vista un segundo.» Así que adiós a lo de: «Ahora mismo arreglamos lo de esa pizza.» A veces Jola se preguntaba cuál de los dos era el niño y cuál el adulto—. Bueno, y ¿dónde está? —quiso saber mientras cogía la mochila. El coche lo podía dejar abierto. Lo único de valor en ese cacharro eran las patatas Peng de la guantera, y eso probablemente no le interesara mucho a un ladrón.
—Ven conmigo, te llevaré con él —afirmó Schmidt, Schmied o Schmitz, cogiéndola de la mano.
A Jola el gesto la incomodó un tanto, en parte porque el hombre tenía la mano húmeda y casi resbaladiza, pero no quería ser borde; con el tiempo que hacía la gente sudaba, así que sonrió a su vez y confió en que el sendero por el que echaron a andar hacia el parque no fuera muy largo.
4
«¿Que Joshua me ha elegido?»
Ahora que pronunciaba su primera frase completa, me sentía como un idiota. De alguna manera me daba que el hombre era mayor, quizá porque uno siempre confía inconscientemente en no tenérselas que ver con moribundos de la misma edad o incluso menores que uno.
«Conque Joshua. Josué. Mira tú qué bien.»
¡Un fanático de la Biblia!
Farfullé una disculpa sin saber por qué y me di media vuelta. Entonces el hombre empezó a chillar:
—¡Espere! No se vaya. —Volví la cabeza. La piel quemada de la cara parecía haberse oscurecido—. Escúcheme: tiene que huir antes de que sea demasiado tarde —me advirtió con una voz sorprendentemente firme—. Joshua lo ha elegido, y Joshua no se equivoca.
Meneé la cabeza.
—¿Quién demonios es Joshua? ¿Se refiere a Josué, el profeta bíblico? —«Y ¿quién demonios es usted?»
—Para eso no tenemos tiempo. Por favor, escúcheme bien. No infrinja la ley. En ninguna circunstancia.
El hombre tosió y le cayó saliva por la barbilla. Volví a acercarme a él.
—¿Por qué supone usted que voy a hacer algo prohibido? —Me pregunté si no me estaría confundiendo con otro Rhode, conocido de la policía. Sin embargo, a diferencia de mi hermano Cosmo, yo nunca había tenido problemas con la ley.
—Yo no supongo nada —objetó el quemado—. Sé que infringirá la ley. Joshua lo conoce mejor de lo que se conoce usted mismo. —Tosió y luego se oyó otro sonido sibilante.
Mi primer impulso fue echarme a reír, pero la risa se me atragantó al ver el lamentable estado en que se encontraba mi curioso interlocutor, razón por la cual me limité a proferir un sonido breve, gutural:
—Escuche, siento mucho que esté tan mal, pero...
Él me agarró la mano, y me estremecí. Porque no contaba con ello y porque me sorprendió su fuerza. Y eso que tenía un vendaje en los dedos.
—Sé que no me conoce, pero yo sí lo conozco a usted. Es usted Maximilian Rhode, tiene treinta y ocho años, su número de carné es 11/2557819. Boxeador profesional en peso semipesado a los diecinueve años, hasta que una lesión de rodilla puso fin a su carrera. Fue periodista en 105.0 y todo apunta a que pronto dejará de ser escritor, a juzgar por sus ingresos netos del año pasado: 18.224,63 euros...
—Un momento... —Traté de interrumpir su verborrea. Había acertado en todo. Y había logrado que se me helase la sangre en las venas.
Y la cosa no acababa ahí.
—... casado con Kim Rhode, de soltera Staffelt, dos años mayor que usted, piloto de Lufthansa, estéril de nacimiento, razón por la cual no tienen ustedes hijos naturales, pero sí uno tutelado, Jola Maria, de diez años, cuyos padres, adictos al crack, intentaron venderla en un lavabo público cuando era un bebé y a la que ustedes habrían adoptado encantados, una adopción que siempre les ha sido denegada por culpa de su hermano, pederasta...
Un acceso de tos le impidió continuar desgranando datos. Cuando su respiración volvió a la normalidad, yo seguía boquiabierto. Tan pasmado que tardé en recuperar la voz.
—¿Cómo es
