La cacería

J. M. Peace

Fragmento

Creditos

Título original: A Time to Run 

Traducción: Martín Rodríguez-Courel 

1.ª edición: mayo 2017 

© Ediciones B, S. A., 2017 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-728-3 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contents
Contenido
Dedicatoria
El viento susurraba entre los árboles
Viernes, 16.04
Sábado, 05.50
Sábado, 10.23
Sábado, 12.01
Sábado, 23.02
Domingo, 11.20
Domingo, 12.03
Domingo, 15.03
Domingo, 15.49
Lunes, 13.03
Dieciocho meses más tarde
Agradecimientos
caceria

Para mi familia, por concederme

el espacio para disparar a las estrellas

caceria-1

El viento susurraba entre los árboles de la reserva natural de Yonga. Secretos murmurados al viento, pensó Sylvia Notting distraídamente. Adoraba los paseos vespertinos a caballo por el bosque, dejando que su cabalgadura deambulara por el agreste sendero mientras su perro kelpie olisqueaba y alborotaba por los alrededores. Ziggy siempre estaba en movimiento. Corría arriba y abajo por el sendero, espantando pájaros y lagartijas. Sylvia lo oyó escarbar en la tierra detrás de un gran eucalipto cuando pasó lentamente por su lado.

—Venga, Ziggy —lo llamó.

El perro atravesó con estrépito la maleza y apareció como una exhalación en el sendero delante de ella, llevando algo grande en la boca. No era un palo. Ella tiró de las riendas para detener el caballo y se inclinó tendiendo la mano.

—Gracias, Ziggy.

El perro agachó la cabeza, nada contento con tener que entregar su hallazgo. Sylvia agarró aquello por la punta y lo sacudió un poco hasta que el chucho lo soltó. Giró el pálido objeto plano en la mano hasta que un rayo de luz vespertina incidió en su superficie.

Un hueso. Sylvia sintió curiosidad.

Más concretamente, una escápula. Un omóplato.

caceria-2

Viernes, 16.04

—¡Vete al infierno! —gritó Sammi. Se dio media vuelta y se dirigió al dormitorio.

—¡Ya estoy allí! —le espetó Gavin.

Sammi cerró la puerta de la habitación con fuerza suficiente para que las viejas ventanas vibraran. Oyó un portazo procedente de la puerta trasera que resonó por toda la casa y supo que Gavin se estaba yendo con sus zapatillas de correr y la correa del perro. Esa era su táctica habitual de enfriamiento después de una discusión; se iba a correr el equivalente a un maratón hasta que el enfado desaparecía. Sammi estaba bastante segura de que el perro de ambos ansiaba que se pelearan, solo por el ejercicio que llevaba aparejado.

Llevaban viviendo juntos poco más de tres años, y peleándose poco menos de tres. Ninguno de los dos se lo tomaba a pecho. Había algo provechoso en gritar y desahogarse en lugar de guardarse las cosas. Hasta los vecinos estaban bastante acostumbrados para ya ignorar aquellos arrebatos.

De todas formas, la escandalera rara vez duraba mucho. Cada uno se iba por su lado durante un par de horas, Gavin a correr y Sammi a reunirse con una amiga para explayarse hablando de Gavin. Era una mujer temperamental, aunque tras la indignación inicial consideraba las cosas con objetividad y no miraba atrás.

Esta vez era diferente.

Gavin había ido demasiado lejos al tratar de controlar su vida y socavar su independencia. Su arrogancia la enfureció. Y para lidiar con esto, necesitaba poner más distancia entre ellos que la que había hasta la cafetería local.

Metió algo de ropa en una bolsa, con la neblina roja de la ira cegándola todavía. Ahora necesitaba apaciguarse lejos de Gavin, lejos de la pequeña localidad de Angel’s Crossing. Llevó el equipaje al coche, se puso al volante y reculó por el camino de acceso bajando lentamente por la gravilla. Luego se dirigió al sur con la radio a todo volumen.

Miró la hora: las cuatro y veinte. Incluso mientras estaba preparando la bolsa de viaje, ya sabía adónde quería ir. En cuanto dejó atrás las afueras del pueblo, llamó a Candy. Era viernes por la tarde, y estaba bastante segura de cuál sería la reacción de su amiga cuando le dijera que iba a verla.

—¡Impresionante! ¡Una noche de chicas! —exclamó Candy, con más estridencia de la habitual en ella a causa de la excitación.

Candy era una antigua amiga del colegio, la única con la que seguía en contacto. Sus vidas habían tomado distintos derroteros, pero tenían bastante en común, aparte de lo vivido juntas, para conservar viva la amistad. Candy estaba soltera y seguía llevando la vida que Sammi había dejado atrás después de terminar la universidad. Para Candy todo eran fiestas, bebercio y hombres, por lo general en ese orden y cuanto más, mejor.

—Chica, ¿cuánto hace que no hacíamos esto? —dijo Candy—. Será fantástico. Nos vestiremos como unas guarrillas y beberemos hasta que echemos la pota. Cuando acabe la noche, andarás preguntándote quién es Gavin.

Salir una noche con Candy era como un garbeo por la senda de los recuerdos, un paseo que devolvía a Sammi a los días previos al trabajo, las relaciones, las hipotecas... Años atrás, todo había sido como ese viernes por la noche: dos chicas de marcha por la ciudad, empinando el codo. Luego, a la mañana siguiente, se castigaban saliendo a correr para sudar los pecados de la noche anterior.

Sammi estaba decidida y no se arrepentía de su decisión.

Pero a veces lo único que quería era soltarse la melena, salir de la rutina y fingir que era otra persona durante una noche. Ya no lo hacía mucho, sobre todo si al día siguiente tenía que ir a trabajar.

Lo cual le hizo recordar que su próximo turno empezaba al día siguiente a mediodía. Hizo unos rápidos cálculos mentales considerando las tres horas y pico que se tardaba en llegar a la casa de Candy desde Angel’s Crossing. Así que tendría que salir de casa de Candy como muy tarde a las ocho y media de la mañana siguiente, pasarse por casa para darse una ducha rápida y luego ir al trabajo. Sabiendo cómo solían terminar las noches de Candy, tendría suerte si lograba dormir tres o cuatro horas. En fin, solo tendría que atiborrarse de café y confiar en tener un día tranquilo. Ahora tocaba desinhibirse. A los tíos del curro no les importaría siempre que apareciera; al fin y al cabo, todo el mundo tenía un día con flojera de vez en cuando.

—¿Cuándo llegas? Salgo del trabajo dentro de una hora más o menos —añadió Candy.

—Acabo de ponerme en camino. Estaré allí a las siete y media.

—Vale, tendré los margaritas en la coctelera y a Aretha en el equipo de música. ¡Uau!

Candy seguía dando gritos cuando ella colgó. Sammi esbozó una leve sonrisa y se retrepó en el asiento. Era justo lo que necesitaba.

Viernes, 18.20

Con una toalla mojada alrededor de la cintura y el pelo sobresaliéndole en todas direcciones, Gavin apoyó los pies en la mesilla de café y abrió una cerveza. Sammi seguramente se enfadaría si le viera dejando una mancha de humedad en el sofá, pero seguía cabreado por la forma en que se había puesto hecha una furia con él.

¡Por Dios!, se había vuelto loca. Cuando él solo intentaba ser práctico. Había veces en que ella lo entendía todo al revés. Solo le había sugerido que unieran sus cuentas bancarias, pero Sammi había reaccionado como si estuviera tratando de estafarle su dinero. No era más que una cuestión de sentido común, que facilitaría el pago del alquiler y las facturas.

Tres años juntos, ¿y seguía sin confiar en él? ¿Veía ella que tuvieran un futuro en común? Congeniaban a la perfección. A Gavin le encantaba el espíritu aventurero de ella, su predisposición a probar toda clase de cosas. Incluso compartían el mismo carácter, presto al estallido pero sin que luego dejara resentimiento.

Gavin había estado corriendo por los alrededores del pueblo durante casi dos horas para dejarle espacio a Sammi. Cuando regresó, se quedó un poco sorprendido al ver que el coche de ella no estaba. Ni siquiera había dejado una nota.

Esperó un poco. Esta vez, decididamente dejaría que Sammi diera el primer paso para arreglar las cosas; era ella la que se había extralimitado. Le dio otro sorbo a la cerveza y soltó un sonoro eructo; no había nadie para echarle la bronca.

Viernes, 19.30

Una noche de marcha con Candy exigía un pintalabios rojo rubí, mucha resistencia y un hígado a prueba de bombas.

A Candy le gustaban los hombres —todos los hombres— y no parecía preocupada por buscar a esa persona especial. Ellas se habían distanciado, emocional además de geográficamente, cuando Sammi sentó la cabeza con Gavin. Aunque hablaban por teléfono o se enviaban SMS, apenas se veían en persona, y Sammi rara vez accedía a los planes de Candy para correrse una juerga como esa noche. Pero sería fácil retomarlo donde lo habían dejado.

Candy estaba orgullosa de su aspecto. A las dos de la madrugada podía estar lo bastante borracha para no recordar dónde vivía, pese a lo cual se retocaría el maquillaje a la perfección. Así que a Sammi no la sorprendió que cuando le abrió la puerta pareciera recién salida de un salón de belleza. Después de más de tres horas en el coche, Sammi se sintió desaliñada.

—Hola, chica —dijo su amiga, y le dio un fuerte abrazo—. Tienes pinta de necesitar una copa. Por suerte para ti, tengo una preparada aquí mismo.

Sammi sonrió.

—¡Ahh!, tú sí sabes cómo hacer que olvide mis problemas.

—Bueno, ¿qué es lo que ha pasado?

Sammi suspiró.

—Lo de siempre. Que Gavin se ha portado como un gilipollas. Y necesito desahogarme un poco.

—¿Así que se acabó? —preguntó Candy, dejando entrever una pizca de entusiasmo.

Sammi estaba segura de que su amiga recibiría de nuevo con los brazos abiertos a «Sammi la soltera». La miró con fingida sorpresa.

—Por supuesto que no. Solo ha sido una pelea tonta. Nada, en realidad. Es que quería estar en otro sitio esta noche. Soltarme la melena.

—Perfecto, pues —declaró Candy—. Me gusta Gavin, pero eras más divertida antes de conocerlo.

Sammi sonrió.

—Aclaremos las cosas. Sigo con Gavin y no voy a ligarme a ningún tío esta noche. No hemos roto, solo me he fugado. Por una noche.

—¿Así que Gavin... —repuso Candy, dibujando un corazón en el vaho de su vaso— es el único?

Sammi se apresuró a asentir con la cabeza.

—Sí. No podría imaginarme estar con otro. Así me siento cómoda —respondió.

—Lo dices como si fuera algo bueno.

—Y lo es —afirmó Sammi, sorprendiéndose a sí misma—. Estoy cómoda porque nos compenetramos. Nos apoyamos mutuamente y confiamos uno en el otro. No quiero incomodidades ni nervios ni misterios raros. Estar con Gavin es como estar en casa con tus zapatillas favoritas.

—Como me digas alguna cursilada como que es tu mejor amigo, te suelto un tortazo —amenazó Candy.

Sammi rio.

—Supongo que el amor es un poco cursi... a menos que participes en él —dijo para provocar un poco a Candy. Su amiga gimió y puso los ojos en blanco—. Vale, ya sé que no es para ti —continuó Sammi—, pero es exactamente lo que busco. En realidad, debería decírselo a él. —Se sorprendió al oír el dejo de lamento en su voz.

—¡No te atrevas a convencerte de no tener una gran noche de marcha! —advirtió Candy—. Ahora estás aquí conmigo. ¿Recuerdas lo que dijiste de soltarte la melena una noche?

Sammi sonrió.

—Todo listo para esta noche. Me tomaré unas copas, bailaré un poco y haré comentarios obscenos sobre los tíos que intenten ligarte. Y mañana tengo que estar en el curro a mediodía —concluyó.

Candy rio, una risa tonta que le salió a borbotones y amenazó con contagiar a Sammi.

—Menos da una piedra. Me conformaré con lo que haya. ¿Iremos a sudar la resaca por la mañana?

—¿Quieres levantarte a las seis? —repuso Sammi.

—Ni hablar. Míranos, si estamos estupendas.

Eran casi las ocho menos cuarto cuando se produjo la primera llamada de Gavin. Aunque el enfado había ido diminuyendo durante el largo trayecto, Sammi no estaba preparada todavía para responder cuando vio el nombre irrumpir en la pantalla del móvil. En ese momento estaba mentalizada para su gran salida nocturna, y cualquier llamada de Gavin arruinaría las ganas de fiesta.

Candy la miró expectante cuando cogió su teléfono. Sammi cambió de idea y lo volvió a dejar.

—Bah, si quiere puede dejar un mensaje en el buzón de voz —dijo.

Candy extendió el brazo y entrechocó su copa con la de Sammi.

—¡Te felicito, chica! —exclamó.

Después de que la llamada se hubiera repetido cuatro veces mientras se estaban preparando, Sammi supo que no podía seguir ignorando a Gavin.

Se dispuso a cogerlo, pero Candy fue más rápida y lo cogió primero.

—Solo le diré que estoy bien y que no vuelvo a casa esta noche. No quiero que se preocupe —explicó Sammi, tendiendo la mano para recuperar el teléfono.

—No voy a dejar que te convenza para que vuelvas directamente a casa —dijo Candy—. Déjamelo a mí. —Pulsó la techa de contestar.

—Gavin, cariño, me quedo con Sammi esta noche. Mañana la tendrás de vuelta —dijo, riendo tontamente—. No pasa nada. Vamos a salir esta noche y no irá a casa hasta mañana, y no puedes cambiar eso porque ahora no vas a hablar con ella. Estamos demasiado ocupadas divirtiéndonos, así que puedes dejar de llamar. Mañana estará en casa... no te preocupes... Adiós, cariño.

Sammi sonrió.

Candy dejó el teléfono sobre la mesa.

—Todo solucionado. Tienes prohibido pensar en Gavin durante el resto de la noche. Esta noche es para ti y para mí y para los tíos buenos de Brisbane.

Entrechocaron las copas una vez más.

Viernes, 19.46

Gavin torció el gesto mientras colgaba el teléfono. Había reconocido la voz chillona de Candy. No solo no le gustaba nada, sino que era un peligro.

Así pues, Sammi estaba de marcha en Brisbane. Sabía la clase de cosas que Candy hacía; Sammi le había contado historias que conocía de oídas sobre las hazañas de su amiga, y algunas le habían hecho enrojecer. Aunque Sammi no era así y él confiaba en ella, aquello lo inquietó.

Viernes, 21.10

Cuando estuvieron preparadas para iniciar su aventura nocturna era la hora en que Sammi solía irse a dormir. Los margaritas la habían reconfortado y estaba lista para divertirse.

Al salir, Candy le enseñó dónde estaba la copia de la llave para que pudiera entrar a cualquier hora. Y para que no tuviera que esperar por ella. Había habido muchas noches en las que Sammi había vuelto sola porque Candy había ligado. Eso no la molestaba; no era de las que dependía de nadie.

Las dos ya estaban bastante achispadas cuando subieron al taxi. Sammi sabía que tendría que echar el freno o no aguantaría toda la noche. Fue fácil; en cuanto llegaron a la primera discoteca fueron directas a la pista de baile. Sammi se dejó arrastrar por el entusiasmo, disfrutando de la música y la multitud, bebiendo cócteles de baja graduación escandalosamente caros y observando a Candy lucir el palmito y a los hombres pululando a su alrededor. Por primera vez en todo el día, Sammi se relajó. Ella y Candy tenían un sentido del humor parecido, y se rieron de lo lindo. Fueron de una discoteca a otra a criterio de Candy, cuyas decisiones se fundamentaban en el rumbo que tomaban los tíos más buenos.

A las dos de la madrugada Sammi había frenado del todo y ya llevaba dos rondas a base de agua. Se sentó en un taburete en la barra y vio a Candy acercarse dando brincos. Su amiga le habló al oído, levantando la voz para que la oyera por encima de la música ensordecedora.

—¿Ves a ese tío de allí, el de la camisa roja? Se llama Matt o Nat. Y tiene un amigo que también está bastante bueno. Pues es promotor inmobiliario y conduce un Porsche y quiere que vayamos con él a otro bar.

Candy bajó la voz y Sammi aguzó el oído para oírla.

—Es un lugar un poco venido a menos, pero está cerca de mi casa, así que estaremos como en casa. ¡Es hora de darnos un garbeo en Porsche!

Sin esperar respuesta, agarró a Sammi por la mano y la arrastró hacia su nuevo amigo. Los cuatro zigzagueron entre la gente y salieron afuera.

Efectivamente, Matt tenía un Porsche, aunque era un cuatro por cuatro urbano, no un deportivo. El amigo de Matt, Wayne, acabó conduciendo para que Matt pudiera intimar con Candy en el asiento trasero. Eso dejó el asiento del acompañante para Sammi.

—¿Estás borracho? —le preguntó ella a Wayne sin preámbulos cuando este ocupó el asiento del conductor.

—¡Relájate, tía! —se oyó gritar desde atrás.

—Estoy sobrio, he venido solo para llevaros —le aseguró Wayne cuando puso en marcha el motor.

Sammi trató de ignorar los sonidos lascivos procedentes del asiento trasero y empezó a hablar con Wayne, a quien parecía divertirle la situación. Sammi se aseguró de mencionar a su novio; no quería que Wayne se hiciera una idea equivocada. Además, estaba cansada y casi a punto de poner fin a la noche. Echando un vistazo al asiento trasero, supuso que se iría sola a casa.

Se detuvieron en el aparcamiento de lo que parecía una taberna. Sammi no conocía Brisbane muy bien y no tenía ni idea de cuán lejos estaban de casa de Candy. No obstante, sabía su dirección y, tras un trayecto en taxi, no tardaría en estar buscando la llave oculta en casa de Candy.

Cuando Matt y Candy se desenredaron y se apearon, Sammi miró alrededor. No era la clase de lugar que habría escogido un promotor inmobiliario de altos vuelos. Un neón imitación de un pub inglés proclamaba que se llamaba La Cabeza del León.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Matt dijo:

—No es gran cosa, pero sí adecuado para estas horas de la noche. Es tranquilo, así que podremos deshacernos de la gente y llegar a conocernos mejor.

Y con este comentario, le pellizcó el culo a Candy, que soltó una risita tonta.

—Además, Candy me dijo que vivís en Forest Lake, así que estáis cerca de casa.

Que pensara que vivían juntas, por lo que a Sammi concernía, eso estaba bien. Seguramente aquel tío esperaba que su siguiente parada fuera el dormitorio de Candy.

Entraron, y Sammi tardó un momento en acostumbrarse a la tenue iluminación. Había unas cuantas personas en la barra, y un pequeño grupo en la pista de baile. Era la hora en que la gente se enrolla o se va a casa. Candy y Matt fueron derechitos a la pista, se rodearon mutuamente con los brazos y empezaron a balancearse mientras se besaban.

Wayne se acercó a ella y empezó a hablarle de la música, y de buenas a primeras su mano estaba apoyada en la parte inferior de la espalda de Sammi, justo por encima de las nalgas. Ella se la apartó y se volvió, de manera que el individuo se quedara mirándole el hombro. Una parte de Sammi sintió ganas de que Gavin estuviera allí con sus brazos fuertes, en vez del tal Wayne y sus manos escurridizas y su peste a sudor.

Sin inmutarse, él se dirigió a la pista de baile en dirección a la pareja. Agarró a Candy por detrás y la apretó, emparedándola entre Matt y él. Candy soltó una risotada, echó la cabeza sobre el hombro de Wayne y le besó la mejilla cuando él la besó en el cuello.

A Sammi le quedó claro que allí sobraba. La noche había terminado para ella. Fue hasta la barra y pidió una Coca-Cola. Quería despejarse un poco más antes de regresar a casa de Candy.

Se apoyó en la barra y observó la pista de baile. ¿Se los llevaría Candy a casa? La idea la horrorizó. Seguro que armarían jaleo. La noche de juerga con Candy había sido genial, pero en ese momento desearía estar a salvo en casa y en su propia cama, con Gavin roncando suavemente a su lado. Observó a su amiga perreando con aquellos dos extraños y la compadeció por no haber encontrado a alguien como Gav.

Su enfado con Gavin se había desvanecido, y todas las razones por las cuales lo amaba recuperaron su vigencia. Sí, sí, tal vez ella había sacado las cosas de quicio. La había pillado por sorpresa cuando le sugirió que juntaran sus cuentas bancarias. Sammi jamás había pensado en tal cosa. Siempre había ganado su dinero y lo había gastado como lo consideraba conveniente. Luego había insistido en que ella se cambiara a su banco porque tenía mejores condiciones. Todo era lógico, pero a ella le había parecido una táctica para controlarla, algo que no tenía nada que ver con el dinero.

Con un sobresalto, recordó que había pasado algo parecido la primera vez que Gavin le había sugerido que se fueran a vivir juntos. También habían tenido una pelotera tremenda. ¿Es que no confiaba en él? ¿O le estaba pidiendo más de lo que ella estaba dispuesta a dar? Sammi no lo sabía. Sola y medio bolinga en un antro como aquel, tampoco era el momento d

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