La cirujana de palma

Lea Vélez

Fragmento

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Desde la ventana de mi encierro en Valldemossa se podría ver el mar. Como estoy en cama, inmóvil, solo puedo imaginar el Mediterráneo por el efecto que tiene entre mis cosas. Hoy huele a sal. Presiento una falsa calma en el canto de los pájaros. El aroma dulce, a heno mojado, anuncia tormenta... Me gustaría ver esa franja de azul intenso en la distancia, pero no logro convencer a mi falso fraile de que me saque a la terraza. Sueño con dormitar bajo los arcos de piedra, donde florece la buganvilla, junto a la sombra de esa solitaria palmera que abanica el atardecer... Allí mi cama no sería la de un enfermo. Se transformaría en un balandro amarrado con fuerza a esta rocosa orilla, la orilla donde está ella.

Dicen que es cólera, pero yo sé muy bien que la culpa la tiene la habitación verde de Can Belfort. La alcoba asesina. No me preocupa. Tana encontrará la solución. Siempre lo hace... y si esta vez no lo consigue, bien, pues moriré, pero ella entenderá entonces que el amor es algo más que un buen sentimiento. El amor es necesario, imprescindible, no una maldición... así que acepto, en buena hora, este final alternativo. ¿Lo acepto? No, no lo acepto... me engaño: prefiero vivir siempre entre sus brazos, si es que sus brazos quieren acogerme.

Pero mientras espero la decisión de los dioses, vivir o morir, mientras esperamos todos que algo cambie y el monje me da sopa de pasta italiana en este aislamiento cartujo que protege a otros de mi extraña enfermedad, debo hablar de las tragedias que sacudieron Mallorca, del misterio del amor, de por qué llevo veinte años escribiendo y sobre todo de Tana, la mujer por la que daría mi vida si me quedase algo que dar: La cirujana de Palma.

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Palma de Mallorca. 1835

Tana avanzaba a la luz de las velas. La marquesa empujó una puerta que se abrió gimiendo y ambas entraron en el dormitorio principal. Las manos pálidas de la anfitriona plegaron dos grandes contraventanas de madera y la estancia se encendió. Un intenso azul entró en cascada por el balcón de piedra de estilo veneciano, iluminando unos ojos del mismo color.

—Y esta es la vista.

Tana no esperaba el mar. Se asomó como un personaje de teatro al balcón renacentista y sintió que las olas aplaudían su entrada en escena.

—¿Sabía yo qué es el amor? Ojos... jurad que no... porque nunca había visto una belleza así.

—Ah, ¡qué delicia, es usted Julieta! —dijo la marquesa, complacida por la cita y la oportunidad con que la atractiva forastera la empleaba.

Tana asintió con ilusión contenida. Vio ondas azules con coronas blancas detrás de la muralla. Era una ovación. Rugía amable el mar de la bahía. Muy cerca, se alzaba protectora la catedral. Los pesqueros cruzaban Porto Pi de camino al mercado. Dos banderas en la torre de señales anunciaron la llegada de un correo. Inmediatamente se sintió acogida, acompañada.

—La voy a comprar —le dijo Tana a la marquesa—. Mi marido y yo seremos felices aquí.

—¿Está segura?

La pobre marquesa llevaba años tratando de vender la mitad oeste de Can Belfort y se mostraba escéptica. Tana asintió con énfasis. El precio era ridículo para el tamaño de la finca. Aunque debía gastarlo todo, Can Belfort era una maravilla ines­pe­ra­da. El primer piso sería consulta y despacho. El segundo, salones y laboratorio, junto a la biblioteca. Las antiguas cuadras, detrás del huerto, sala de anatomía. El tercer piso, por supuesto, con sus balcones a la bahía, se convertiría en la resi­dencia. Aunque la cocina estaba sucia y anticuada, una cuadrilla de mozos bien mandados la tendría lista en cuestión de horas. La casa era perfecta porque sus imperfecciones —desconchones, grietas, arañas en sus telas, tablas que crujen bajo las pisadas— le resultaban, simplemente, encantadoras. Tuvo miedo. Can Belfort era eso: demasiado buena para ser verdad. Imaginó un hogar. La casona le habló en la forma en que hablan los objetos, erizando la piel, excitando el corazón, ofuscando pensamientos, removiendo la sangre. El mar batía en la muralla. Arrullaba, murmuraba. Tana estaba sola y el sonido acompañaba. Bajo el escudo de armas de los marqueses —una lagartija sobre el lomo de un caballo, o un dragó, como las llaman aquí—, Tana acalló su último suspiro de inseguridad y estrechó la mano de doña Marta, la marquesa viuda de Belfort, cerrando el trato. Le latía fuerte el corazón. Esa misma tarde visitaron al notario, firmaron escrituras y ambas celebraron su buena suerte por separado.

Pronto supo Tana el porqué de tan bajo precio. También comprendió que si las cosas les iban mal en Palma, jamás recuperaría la inversión. El asunto llegó a sus oídos de boca del carbonero:

—Lleva dos semanas aquí y ya es usted célebre en la isla —dijo él.

—Los forasteros somos llamativos.

—No es célebre por forastera sino por valiente, porque hay que tener las faldas de lunares para meterse en esta casa.

—No soy miedosa y mi esposo llegará muy pronto.

—Me imagino que como su marido atrapa criminales, ustedes no le tienen miedo a nada, pero sepa usted, señora, que las maldiciones maldicen por igual a creídos y descreídos. Es mejor tenerle miedo a los muertos y andar prevenido.

—Mi marido es forense. Un forense con miedo de los muertos es algo así como un buscador de perlas con miedo a darse un chapuzón.

—¿Qué es un forense?

—Un cirujano que indaga las razones de la muerte.

—La muerte no tiene razones.

—Para ser filósofo, se disfraza muy bien de carbonero.

El hombre soltó una sonora carcajada.

—Las criadas son graciosas, las costureras, ocurrentes, las prostitutas se las saben todas. Usted es la primera dama que reúne las tres mejores cualidades de las mujeres de verdad.

—¿Las damas no somos mujeres de verdad?

—No. Las damas son mujeres de sus maridos.

Tana se dijo que el hombre clavaba buenas frases entre palada y palada.

—A ver, doña Tana, bromas aparte, yo me refiero a los espíritus de la habitación verde.

Tana miró intrigada a este parlanchín sucio de carbón. No entendía. Él no dejaba de lanzar picón hacia la pared de ladrillo de la carbonera, siguiendo el ritmo de las olas del mar. Estas se destrozaban incansables contra los cimientos de la casa, con fuerza creciente. Ambos sonidos se acompasaban. Un asqueroso saco de arpillera abierto en dos le cubría la cabeza y la espalda como una siniestra capucha con capa. Era bajito, desnutrido y duro, y cuando la miraba cerraba un ojo como si hiciera puntería. A Tana le recordó al cuasimodo de Victor Hugo, a pesar de que las gentes de ciertos ambientes habrían podido decir que no le faltaba atractivo al carbonero. Fuera se preparaba el temporal.

—¿Qué habitación verde? —preguntó ella.

—La verde. ¿Hay más de una?

—Que yo sepa, verde, verde, lo que se dice, verde, no hay ninguna.

—Se equivoca. Todo el mundo sabe que en Can Belfort hay una habitación verde y que la estancia está maldita porque en ella hubo una matanza. Por eso la marquesa no conseguía colocarle a nadie esta mitad de la finca ni regalada.

—¿La casa tiene un fantasma?

—Sí, señora. La nena de l’habitació verda. Y esa estancia está maldita, encantada, hechizada, condenada, dominada, poseída sin remedio.

—Ah, ya, bueno, pues me alegra mucho decirle, señor carbonero, que está usted muy mal informado. Le repito que en mi casa no hay ninguna habitación verde. Si la hubo, alguien se ha puesto manos a la obra con una buena brocha. Probablemente la marquesa, para poder venderla. Maldición resuelta con el cambio de color.

—La habitación existe, vaya que si existe, porque no hay nadie en Palma con el arrojo suficiente pa meterse aquí y pintar nada. Ya le digo que está maldita. Pero maldita de que si entras en esa estancia, te mueres, no maldita de que te coges un catarro con una mala corriente y estornudas. ¿Es que no se extrañó usted de que una casa tan grande y tan bonita costara tan barata?

El comentario reavivó el interés de Tana. Sí que le extrañaba, y mucho.

—¿Y no sabe cuál es la habitación asesina? ¿El cuarto de costura? ¿El comedor? ¿Una alcoba? ¿El salón de retirarse, quizá?

—Una de las alcobas... yo diría.

—«Yo diría»... Deberían ponerle de relojero den Figuera. Es usted la precisión personificada.

—Caray con el reloj de marras —dijo él—. ¿Sabía que no cuenta las horas por docenas?

—Precisamente. Pero no divaguemos... ¿En qué consiste esta temible maldición? Todo esto es muy ambiguo, estimado carbonero.

—Tiene que ver con que en verano hay dieciséis horas de sol... ¿O son catorce...?

—¡Deje ya el reloj! Estábamos con una matanza en la habitación verde... —dijo exasperada.

—No, si no sé más del asunto.

—¿Cómo? ¿Tira la piedra y esconde la mano?

—Eso me temo... ¡Pero uno que seguro que lo sabe todo es don Gabriel! Su inquilino.

—¿Yo tengo un inquilino?

—¿No se lo dijo la marquesa?

—No. Voy de sorpresa en sorpresa.

—Pues le ha vendido una casa maldita y con bicho. Don Gabriel vive detrás de la puertecita pintada de negro del carrer Portella, en el número 22. Están ustedes pared con pared por el lado de la Seu.

—¿Y este inquilino... me paga buena renta?

—No creo que suelte un real.

—Una habitación de menos y un residente de más. No he hecho negocio comprando esta casa, no.

—La marquesa le dejaba quedarse por pena. Como es tuberculoso...

—Ah, que además está enfermo... Encantador.

—Le gustará don Gabriel. Con eso de la tisis, casi no sale de casa más que una vez en mes para ir a Valldemossa a cuidar sus plantas, y es un gran conversador. Sí, él sabrá de los espíritus porque lo observa todo y escucha aún más. Escucha que da gloria verlo.

—Será que tiene el clásico «oído de tísico»...

—No se mofe.

—No es mofa.

—Precisamente ahora me voy con el picón a su casa. Si quiere le doy recado de que le cuente lo de la maldición.

—Dele, dele. Me encantará recibir su visita. Así tendré quien me tosa. Esto sí es mofa.

El carbonero cerró de nuevo el ojo derecho para mirarla socarrón, como si tratase de captar su perspectiva de la vida y pintarla en un lienzo inexistente en su cabeza. Tana lo imaginó encorvado, haciendo sonar las campanas de Notre Dame de París y disimuló una sonrisa.

—Doña Tana, creo que usted es de las mías.

Ella pensó que no sabía este hombre hasta qué punto lo era, o lo había sido, aunque ya jamás lo sería, y le tendió la mano para estrechársela.

—Señora, no me dé la mano, que se la va a llenar de mierda.

Ella no la movió. No era mujer de hacer ofertas para retirarlas. Ambos se las estrecharon con fuerza.

—Adeu, bona tarda —dijo ella.

—Bona tarda, tenga1 —contestó él.

Tana no podía imaginar que la próxima vez que se encontraran sería en muy distintas circunstancias y que las palabras del carbonero vendrían a su memoria a modo de epitafio: «No, la muerte no tiene razones, pero siempre tiene causas.»

Cuando doña Marta, marquesa viuda de Belfort, se sentía culpable por algo, decidía organizar un baile, un té, una recepción o una merienda. Al fin había vendido la casa maldita, que en su día fue el ala oeste del palacio. La nueva dueña era forastera y parecía una muchacha fuerte y resuelta, pero doña Marta tenía cargo de conciencia por haberle ocultado la creencia local de que, tras esas paredes de piedra gótica, latía el peligro. Así que para endulzar su culpa, la marquesa se decantó por organizar un té con ensaimadas, bizcochos de cuartos y tejas de crocante. Quería darle la bienvenida a la nueva vecina. Tana le había caído muy simpática... aunque en realidad no se le podía aplicar tal adjetivo. Parecía una mujer de sonrisa generosa y plegaba los labios con agrado, pero la marquesa sospechaba que no lo hacía por simpatía sino por un misterioso placer personal, como si supiera un secreto que los demás ignoramos. Era una Gioconda de ojos azules e inquisitivos, pensó doña Marta. Su mirada intensa le trajo turbación, la llevó a lugares emocionales, abismos lejanos en los que la marquesa percibía un eco de sí misma y de su juventud. Ella también había sido una muchacha metódica, correcta, eficiente y guapa, de mirada incisiva y movimientos medidos... quizá no tan sonriente, ni de una belleza tan rotunda como la de Tana, pero sí atractiva y de rasgos finos y gentiles. Pensando en todo esto, la marquesa suspiró y tiró de un historiado cordón con faldas, sonó una campana y al rato apareció Adelaida, su ama de llaves. La sirvienta traía una bandeja de plata labrada en su mano izquierda y, sobre ella, una carta. En la derecha, como siempre, sostenía su bastón de mando.

—Vamos a organizar un té para nuestra nueva vecina. Quiero ensaimadas, crocantes, natillas con cuartos y el mejor servicio de plata.

Adelaida seguía con la bandeja en la mano, ofreciéndole la carta. Lo del té parecía no importarle lo más mínimo.

—La han dejado por debajo de la puerta.

—¿Y no había un criado con ella?

—Por debajo de la puerta no cabe un criado, señora.

Doña Marta sonrió. Adoraba a Adelaida. Era la mujer más seca del universo, con un humor de esos que no dejan piedra sobre piedra. De edad indeterminada, el único adjetivo que podría aplicársele con seguridad era el de «eterna». Su piel parecía una sábana oscura de lino arrugada, perforada por dos ojos negros que jamás habían llorado. Adelaida era chueta o xueta, judía de Mallorca, y llevaba el pelo recogido en dos intrincadas trenzas, un laberinto a cada lado de la cabeza. Se decía que su melena suelta y rizada, aún negra a pesar de sus años, era la más larga de la isla. Tan larga, que llegaba hasta el suelo. La criada siempre llevaba consigo un solemne bastón de mando, casi una vara con puño de oro, que además de darle un aire de lancero troyano o de jefe de una tribu africana, servía de herramienta para todo tipo de trabajos: enderezar espaldas de sirvientas, medir trozos de tela, cerrar ventanucos en las alturas, dar golpes a las bestias, apartar a los perros de la cocina, comprobar el aceite en una tinaja... Su vara no era una vara, era el báculo prodigioso. Ella decía que llevaba once generaciones, al menos, en su familia. Esto era verdad pues Adelaida nunca mentía.

—No sé si estoy de humor para sarcasmos —dijo doña Marta—. Qué mundo este, en que la gente ya no llama a las casas... ¿Acaso nos han robado el dragó de la aldaba?

—La última vez que miré seguía estando.

—Eso dice mucho del individuo que ha dejado la carta. Será alguno que vende las virtudes de un artilugio para alisar el pelo, o una crema para clarear el cutis o...

—O uno que tenía mucha prisa —interrumpió Adelaida.

—O uno que te conoce y sintió pavor.

—Eso ha sido ocurrente, señora, lo admito.

—Gracias. ¿Y cómo sabes que la carta es para mí si te empeñas en no aprender a leer y has encontrado el sobre tirado en el suelo de cualquier manera y sin criado?

—Aquí pone «doña Marta de Belfort»... ¿o no lo pone?

—Lo pone, lo pone —mintió la marquesa, que sin lentes no leía nada—. Pero saber leer mi nombre y saber leer son cosas distintas.

—Entiendo que la señora está muy decepcionada conmigo porque dejé las clases... pero no es culpa mía si cada día que pasa tengo más y más... y más tarea...

—Espera un momento... ¿cómo que más y más... y más tarea? ¿He notado un cierto soniquete y un más... de más?

Efectivamente, Adelaida le hablaba a su señora con soniquete, cejas alzadas, mirada fija y el gesto de un militar de antes de Cristo. Una pose que Marcela, la hija adoptiva de doña Marta, creía que el ama de llaves había sacado del friso de los arqueros de Susa, el muro persa de ladrillos que, según los anales, representaba en el gran palacio del rey Darío al ejército más poderoso de Oriente. El ejército persa de los «Inmortales». Seres amables, serenos y aterradores.

—Señora, si cada vez que usted viaja a Francia o a Malta trae otra pieza nueva de plata...

—Ahhhh... Ya entiendo. La culpa de que quieras ser analfabeta toda tu vida la tengo yo. Como me da por coleccionar objetos de plata y tú no haces otra cosa que sacarles brillo...

—Gracias por no obligarme a terminar las frases. A mi edad, cada segundo cuenta.

—¿Y desde cuándo limpias tú los servicios de plata?

—Desde que vi a la nueva criada lavándola con agua, jabón y estopa.

—¡Dios Santísimo! ¡Qué crimen!

—¿Cómo sabe que la maté?

La marquesa rio de buena gana.

—Ay, Adelaida, tú ganas este duelo. Qué haría sin ese aroma a pino, tu mirada de cariátide y el humor judío y macabro... —dijo la marquesa divertida—. Dime, ¿qué hiciste con el cuerpo?

—Salchichas y sobrasada. Como teníamos la fresquera vacía... Nos la comeremos hoy para cenar.

La marquesa lloraba de risa. La criada no movía un músculo, complacida pero realmente seria.

—No es gracioso, señora. Si no me da dinero para el carnicero, el carnicero no trae embutidos, y como este año se echó a perder nuestra matanza... Pues nada, que nos comemos a Luisita.

—¿Y la sobrasada no será demasiado pesada para la hora de la cena?

—Luisita es pesada a cualquier hora.

La marquesa estaba encantada y espantada a un tiempo.

—Qué horror, qué horror... dejemos ya la broma...

—Cualquier día será muy en serio... cuando vi lo que le hacía a la tetera inglesa de 1750 con la estopa, señora marquesa, le juro que casi la mato o casi me la como o casi las dos cosas.

—¿Y el «casi crimen» fue ayer, por un casual?

—Por la tarde.

—¿Por eso tenía Luisita el pelo empapado? ¿Trataste de ahogarla?

—La cogí por el cuello, sí. Le metí la cabeza en el fregadero y se la lavé digamos que sin miramientos. Después le pregunté si creía que la colección de plata de valor incalculable de la marquesa de Belfort debía ser limpiada con guantes y paños o de la forma que acabo de describirle a usted.

—¿Y contestó algo, la pobre criatura?

—No lo sé. Lloraba. No se le entendía nada con la estopa dentro de la boca.

—Madre mía... eres endiablada —reía la marquesa, sabiendo que Adelaida, en buena parte, exageraba por entretenerla.

—Lo soy. No creo que Luisita se olvide de lo que debe lavarse con cáñamo y jabón y lo que no.

—Pues hoy le vas a pedir perdón y después vas a enseñarle a limpiar la plata como es debido, y por las mañanas tendremos nuestra media hora de clase de lectura y escritura y te traerás a Luisita para que aprenda también. Pronto podrás leerme tú a mí las novelas románticas que tanto te gustan.

—Para enseñarle a Luisita a limpiar plata necesitaré mucho tiempo. Es muuuuy leeenta. No sé si no escucha, no entiende o no retiene.

—¿Correrías más si la despido?

—Señora, no. No correría nada... Volaría.

—¿Y no te da pena que sea una pobre chica que tiene que cuidar de una madre enferma y seis hermanos?

La criada miró seria a los ojos a su señora con un gesto como el que pondría la ya mencionada pared de ladrillos persa del siglo V.

—Ya sabe usted que nací sin corazón. Bien... —dijo Adelaida, dando un golpe con su vara en el suelo— creo que este asunto ya no da para más, señora. Le hemos sacado todo el jugo a Luisita.

—Por una vez estoy de acuerdo contigo.

—¿Pongo el servicio de Padua o el florentino?

—¿Qué?

—El servicio de té, las ensaimadas, el crocante, las natillas, los cuartos, la vecina. ¿Padua o Florencia?

—No sé... esta Tana es una mujer de ciencia. De las que no se impresionan con nada. ¿Qué me recomiendas? Y sin chascarrillos.

—El juego de té de Padua, sin ninguna duda.

—¿Ves? Siempre me ayudas a decidir bien. Pon el de Florencia. Puedes retirarte.

Adelaida dio un nuevo golpecito en la tarima con su vara, como un rematador cerrando la subasta, y se fue. Era la única persona del mundo capaz de marcharse a toda prisa mientras aparentaba caminar despacio. La marquesa sonrió para sus adentros. Doña Marta, que ya había desgarrado el sobre, buscó los viejos lentes de su difunto marido y comenzó a leer la nota. Los dos papeluchos que formaban la esquela, escritos en una letra espantosa, bailaban ante sus ojos y al principio no entendía:

Querida marquesa, usted no sabe quién soy pero tenemos un buen amigo común: Avelino de Nácar. Por él conozco un sucedido que pasó hará cuarenta años y que de hacerse público los arruinaría tanto a usted como a su hijo Sebastián, dejándola en la más indigna posición ante la sociedad palmesana. Si no desea que este delicado incidente vea la luz, deberá reunir ochocientos reales de vellón y venir a mi encuentro en la muralla, esta noche, en la plataforma que llaman «del Rosario» diez minutos antes del toque de «la queda». Traiga esta esquela con usted.

La marquesa miró el segundo papel. En él decía:

Siento mucho tener que recurrir a esto, pero estoy desesperada. Por ello, pido perdón.

Así que era una mujer, pues estaba «desesperada»... Por supuesto, no había firma. Doña Marta sintió cómo la sangre se le escapaba del cuerpo. El aire se cuajó en sus pulmones y respiró con dolor. Mareada por la carta y por los lentes del difunto, se encaminó al despacho y alzó la vista hasta la reproducción del cuadro La batalla de las Termópilas, de Jacques-Luis David, en la que las huestes persas les daban una buena paliza a los griegos. Tras accionar un resorte secreto, la marquesa abrió la caja fuerte que se escondía tras la pintura del gran artista francés. Lo que allí vio terminó de dejarla sin aliento. Faltaban quinientos reales de vellón y era claro que no se los había llevado el general Jerjes. Llamó a gritos a su hijo Sebastián. Si había un momento y un lugar para perder la compostura, era este.

1 En Mallorca, si el interlocutor es de la misma clase, responde igual al saludo, en cambio, si se considera de clase inferior, responde «bon dia, o bona tarda, tenga». A veces se acorta la frase y solo se responde «tenga». (N. de la A.)

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Escribo esta historia con idas y venidas en el tiempo. No es mi intención confundir al lector, pero debo ir narrando también lo poco que me sucede aquí, en Valldemossa, en esta convalecencia tan semejante a un destierro. Hoy el extraño fraile ha venido como cada tarde a cambiarme las sábanas y traer limonada. Entra embozado para evitar el contagio y me divierto pensando que estoy secuestrado por el bandolero más correcto del mundo. Este hombre me dice esas cosas que nunca escucho porque son mentira: que hoy tengo mejor aspecto, que he pasado buena noche, que pronto estaré curado. Le pido que calle, pues yo solo quiero saber de mis buenos amigos, sobre todo de Jaime, pero también de esos caballeros dignos de la tabla redonda del rey Arturo que son Echagüe, Prihuelas, Bretón, don Pablo o De la Piedra. Necesito averiguar si han cogido ya al asesino... Y sobre todo, deseo noticias del amor de mi vida: Tana, la cirujana, y de cuándo podrá venir a verme. Me pregunto si leyó al fin los diarios que le dejé para que entienda el pasado... y sufro, pues sospecho que algo siniestro le ha sucedido. Pero el fraile no sabe nada útil. Para congraciarse, vuelve con algo para leer y la estampita de un santo. Al verla, me echo a reír, sin mala intención, pero él se ofende.

—San Roque es el protector de los enfermos —me espeta verdaderamente enfadado—. Es el santo que más defiende de los contagios. ¡Hace milagros constantemente!

—Discúlpeme la carcajada... Es que san Roque ya me salvó de morir una vez.

—No le entiendo, don Carlos.

Como no puedo contarle quién soy en realidad, ni quién fui antes de llegar a Mallorca, como estoy cansado y deseo guardar mis energías para seguir redactando esta historia, simplemente cierro los ojos, recordando las páginas que poco antes de llegar a Palma escribí en el diario que desde hace veinte años me acompaña de batalla en batalla:

Una guerra entre hermanos destruye el alma y el corazón. A mí me ha pasado. Uno decide que ya está muerto para poder seguir viviendo entre cañonazos sin la parálisis del miedo. Recuerdo en la escuela cuando nos hablaban de la guerra de los treinta años y yo pensaba, ¡qué barbaridad! ¡Treinta años! ¿Pero cómo puede durar una guerra treinta años? Ahora, miro al presente y me doy cuenta de que llevo veinticinco en los caminos, cárceles, barcos, batallas. Entre esclavos, indios, franceses, chilenos, hijos de San Luis, turcos, ingleses, araucanos y cristinos, niños de uniforme, familias enteras degolladas en una cuneta que nadie tiene tiempo de enterrar, gente de Guipúzcoa, de Tucumán, paisanos y amigos. Los amigos. Esa es una asignatura que se aprende a sangre y fuego. En veinte años hay un amigo en cada piedra del camino. La bellota más insignificante me trae a la mente a uno que perdió su sangre contra el tronco de una encina. Los narcisos salvajes me transportan a aquel prado cuajado de ojos abiertos, y entre ellos, a la última mirada verde de un compañero de la infancia. A veces, la canción triste de un soldado junto a la hoguera dibuja rostros en el humo o la mejor sonrisa de mi primer comandante. Otros vienen a reemplazar a estos hermanos de guerra y, en ocasiones, los andares del nuevo sargento me traen el espectro de mis propios muertos, de mi padre, de mi madre, de mi tío, de Francisco. Son fantasmas y existen. Se me aparecen todo el tiempo. Suena retreta y vuelve Garamande. Con él pasé diez años en dos continentes. Garamande a veces me parece un muchacho soñado que nunca existió... y de pronto las notas tristes de la corneta de llaves lo sientan a mi lado, frotándose las manos por el frío, añorando su cálida Mallorca y las calas desiertas de fina arena blanca, entre el granito de los acantilados y las turquesas del mar, donde se bañaba desnudo cuando era un zagal. Llevo veinticinco años entre los otros difuntos, los muertos que estamos vivos, los vivos temporales, los que cada mañana enterramos el corazón para seguir levantando polvo con las botas sin echarnos a llorar.

Cada guerra es peor que la anterior porque es más fácil. La sangre derramada se convierte en el agua que bebemos. No quiero despertarme con cincuenta años cortando cabezas a sablazos como quien corta naranjas para hacerse un jugo. Tengo cuarenta y tres, y mi locura ha llegado demasiado lejos. Hay que cambiar el paso.

Ayer, mirando por sus catalejos, dos zopencos con galones nos tiraron en barcas a través del Arga como si no hubiera enemigo, de cualquier manera. Los muertos aún bajan sobre el agua entre la bruma del amanecer. La corriente abría los faldones de sus uniformes, jugaba con ellos. Eran enormes pétalos azules. Toda la compañía, muertos, sobre el agua, como los nenúfares gigantes del Amazonas. Mis pesadillas nocturnas son más dulces que las realidades del alba. La compañía... a la deriva... Algunos, a caballo, alcanzamos las orillas gracias a nuestras monturas y aquí estamos... A los que nadaban se los llevó la corriente. Toda la mañana vi cuerpos enmarañados a los juncos de la vera y entonces yo dejé de ser el que no era, y ese oficial que no era yo ensilló el caballo y ajustó las bridas y el ronzal. Antes de salir al galope, entré en la tienda de los generales. Me acerqué al culpable de la masacre, Arduño, y le partí la boca. Cayó al suelo escupiendo sangre y dos dientes, mudo. Subí al caballo, piqué espuelas. Ningún soldado se sorprendió de que su coronel saliera a cabalgar para liberar la mala conciencia y secar el uniforme al viento. A los gritos del general, entendieron que me cogía las de Villadiego y tocaron a rebato. Arduño quería mi cabeza. La iba a tener. Dos horas llevaba al galope cuando tropecé con una patrulla de los nuestros. ¡Deténgase, mi coronel! Una vez más, ese que no era yo clavó las espuelas. El caballo voló con un relincho y los otros detrás. Los perdí. Tres horas después, liberado de la rabia, dormía a la sombra de un sauce llorón, junto al Arga, sin pesadillas. Me despertó un pincho de acero contra el pecho. Miré a mi captor. No tendría ni dieciséis años y ya era cabo. Su bayoneta marcaba con fuerza el hueco en el que una vez tuve el corazón. Le pedí que lo clavara. He visto bastante. He sido libre, valiente, osado, humilde. No seré cruel. He sentido el viento cálido de las marismas, el aroma de las jaras y el llanto más triste bajo un laurel de mi infancia. Me han cantado una nana las ramas de este sauce. Saltaban los peces. La hierba blanda de la orilla acogía mis huesos, protectora, como un arrullo. Solo hay una cosa que no he conocido: el amor de una mujer... Pero no se puede pedir todo en esta muerte.

—Mátame —le dije al niño.

—Queda arrestado, mi coronel, por atacar a un superior y por abandonar su destacamento.

—No lo he abandonado. Están todos muertos, cabo. Yo estoy muerto. He dejado el ejército. No quiero un juicio ni un fusilamiento. Mátame.

—¿Por qué me dice eso? No me diga eso.

—Mátame.

—La patrulla está por llegar. No me diga eso.

—Mátame, niño, carajo, clava el acero. Atraviesa mi carne. ¡Hazlo!

—Deje de decir eso. No es usted quien habla, señor, es el cansancio. ¡No me diga eso!

El cabo temblaba. La punta de la bayoneta sacaba sangre de entre las costillas. Con la mirada le partí en dos. Una mitad del niño con uniforme quería obedecer a su coronel y retirarme del calvario como aquel centurión romano, Longinos, que le clavó la lanza a Cristo (yo creo que para ahorrarle sufrimiento y no para ver si estaba vivo)... La otra mitad del muchacho deseaba salir corriendo. La voz del deber era la más débil, pero aun así el soldado se mantuvo firme. Ni me mató, ni se movió.

—¡Mátame te digo!

Creí que lo haría. En cambio me dijo con lágrimas en los ojos:

—No le puedo matar, mi coronel, porque si le mato me condenaré e iré al infierno y yo le prometí a mi madre que no haría nada para condenarme y se lo juré sobre la estampa de San Roque que es el patrón de mi pueblo.

Olvidé que Dios, cuando juega al mus, siempre hace trampas. Esta vez no llevaba en la manga el as de espadas, como de costumbre, sino la estampita de San Roque de la madre de un soldado. Me rendí. Tumbado sobre la blanda hierba de la ribera, cerré los ojos, respirando la última bocanada de libertad y me dije: «Bueno, qué importa. Ya me matarán mañana.»

Vuelvo de mis pensamientos, de aquello que escribí en mi diario poco antes de venir a Palma. Miro el libro que ha traído el fraile filibustero que me cuida: Varones ilustres de Mallorca. Lo abro por el medio y me doy de bruces con la vida de una monja llamada Catalina. Así que esta religiosa es un varón ilustre según estos de Palma, me digo. Meto dentro la estampa del santo, dejo a un lado el tomo y sigo escribiendo esta historia. Ahora hablaré de Tana.

A mí me detenía un cabo temeroso de Dios al tiempo que Tana disfrutaba de sus vistas a la bahía sentada en la bancada de piedra de su ventana del siglo XV. Llevaba tres semanas en Can Belfort y esperaba impaciente a que el mar le trajera la pieza que le faltaba al rompecabezas de sus sueños: Carlos. Había querido vivir en esta isla desde que tenía memoria y al fin lo había conseguido. Tana tomó el catalejo de campaña, su viejo amigo, el objeto del que nunca se separaba, y tras acariciar las iniciales entrelazadas sobre el metal, miró hacia la torre de señales. Su nuevo pasatiempo era descifrar el lenguaje de los barcos que llegaban a la isla en busca del jabeque de Barcelona. Una bandera roja sobre una bandera blanca anunció la entrada a la bahía de un buque de guerra español. Al rato apareció imponente la fragata Desquite, dibujando una estela plateada en las aguas transparentes, y enseguida, un balandro de madera rubia y velas rojas sobrepasó al buque de guerra. Era un barco rápido, ligero. Tana miró por su catalejo. Un solo hombre lo capitaneaba con maestría. Tenía la piel dorada y era alto, fuerte y delgado. Su camisa blanca de algodón ondeaba al viento como una bandera de pureza, abriéndose por la pechera y mostrando un cuerpo atlético y perfecto. El rápido balandro pasó junto a Can Belfort y el atractivo marinero se volvió hacia la ventana. Sus miradas se cruzaron —había muy poca distancia— y Tana se ruborizó, sintiéndose como una espía con catalejo. Él no mudó el gesto. Quizá no la había visto, se dijo. Aun así, se puso nerviosa. Después, el balandro ciñó hacia Porto Pi. Se sintió abatida, como una náufraga abandonada en una costa desierta, pensando que probablemente no volvería a ver a ese hombre jamás. Mirando de nuevo por el catalejo, logró leer el nombre del balandro. Se llamaba Estefanía. Tana se volvió a sentar en la bancada de piedra, sintiéndose extrañamente celosa de esa mujer por la que, sin duda, aquel caballero de blanca camisa y hombros morenos había bautizado su barco. Se dijo que ella no tenía a nadie así y que jamás lo tendría. Si había alguien incapaz de comprender el amor verdadero, suponiendo que tal cosa existiera, esa era ella.

Mientras admiraba los majestuosos desfiles de polacras y goletas, fragatas o balandros, esperando la llegada del nuevo forense general de Palma, Tana no podía dejar de pensar en el marinero desconocido, así que, para quitárselo de la cabeza, rememoró el té con pastas que había tomado con sus vecinas, la marquesa de Belfort y su hija adoptiva, Marcela. Las dos horas que había pasado tomando el té con ambas mujeres fueron sin duda las más agradables en muchos años. La conversación de sus vecinas estaba llena de humor, comentarios incisivos y de atención al detalle. Marcela Boccacci tendría unos cinco o seis años menos que Tana y era bella como una escultura clásica. Su piel de alabastro parecía un velo tras el que se vislumbraban magníficas venas azules. Las arterias de su cuello, largo y flexible, le hicieron pensar a Tana en las láminas de anatomía que tanto le habían impresionado en la Universidad de Bolonia. No eran meros dibujos del sistema circulatorio, eran obras de arte.

Marcela y Tana hablaron de una columna de bronce con tres serpientes enroscadas y de la batalla de Salamina, de los poetas griegos y en especial de Esquilo y, también, de un divertido viaje a Constantinopla. El mundo grecolatino era la gran pasión de Marcela y fue un placer practicar de nuevo el italiano, su idioma preferido de los tres que Tana hablaba correctamente... Entonces, ¿por qué se sentía tan desorientada? ¿Qué provocaba esta inquietud? Todo había comenzado al probar uno de esos bizcochos mallorquines que llaman cuartos. Su aroma y sabor le llenaron de un profundo desasosiego. La señal de la torre cambió de nuevo. Una bandera roja en paralelo sobre un trapo blanquiazul anunciaba un cuadro de vela mercante extranjero. Tana pensó en el hombre que vivía ahí arriba, sin ver a nadie, izando poleas, cambiando banderas, alimentando el fuego del faro. ¿Qué clase de relación tendría con el mundo? ¿Lo visitaba un compadre, su hijo, odiaba, reía, pasaba el día borracho, rezaba el rosario, memorizaba evangelios, jugaba al ajedrez, amaba a alguien? No podía decidir si se trataba del mejor trabajo del mundo... o del peor.

Cuando divagaba su mente de esta forma, es que estaba preocupada. Tenía todo a punto, había comprado la casa soñada, una privilegiada vista de los tres foques y las quince velas del Desquite, disfrutaba de la luz turquesa que salía de las entrañas del Mediterráneo. ¿Por qué esta desazón? ¿Qué mal presentimiento la martirizaba? Siempre que estaba así, era inevitable: pensaba en su «comandante». El dueño del catalejo. Un anagrama: Jota y Efe o Efe y Jota. Dos iniciales entrelazadas sobre un escudo de armas labrado en el metal. El héroe inventado, un amante soñado, aquel imposible protector. Lo imaginaba entrando por la puerta. El comandante se sentaba a su lado a mirar las goletas y los veleros de pesca. Le decía que estaba orgulloso de todo lo que había conseguido. Ella dejaba de tomar decisiones y apoyaba la frente en su hombro. Él le pasaba el brazo por encima y con una caricia borraba la inquietud. Le decía que hacía lo correcto, que sus mentiras eran necesarias, que no se preocupase de nada ni de nadie más que de hacer bien su trabajo. Este calor invisible, esta defensa ficticia, la fuerza de un hombre inventado... la consolaban, pero siempre que evocaba al comandante, sus recuerdos la llevaban al ataque a la escuela, doce compañeras muertas en el dormitorio principal, ocho profesoras degolladas. La memoria se empañaba, lagunas, momentos que faltaban, culpa y dolor, y se veía con vida, al día siguiente al ataque, en los jardines de la misión, cavando.

Los hombres estaban muertos, lisiados o en la guerra, y ella era la única superviviente. Había que enterrar veinte cuerpos. Ocho profesoras y doce amigas. Toda su familia conocida. Se preguntaba si ese día comenzó su interés por la medicina forense. Quizás un encuentro tan largo con veinte cuerpos desangrados cerró una llave en su espíritu, echó un candado, la convirtió en esta mujer fría, observadora, estudiosa, culpable, analítica y sin sentimientos que era en la actualidad... y abrió, en cambio, la puerta de la ciencia, del entendimiento de las tragedias, de la búsqueda de culpables, de la disección del mal, de la madurez precoz... De la incapacidad de amar.

Erráticos, sus pensamientos rompían contra las paredes de su alma como las olas del mar contra las paredes de su casa. Estaba en Perú de nuevo, en los jardines de la misión, ante los cuerpos cuidadosamente alineados. Llevaba todo el día bajando cadáveres desde el piso de arriba. Los había limpiado y envuelto en sábanas blancas. Rezó un rosario. No porque creyera en Dios, sino porque las muertas así lo habrían deseado.

Al terminar, algo le hizo levantar la cabeza. En el arco de la entrada, a contraluz, se recortaba la figura de un oficial a caballo. La joven dejó el rosario y se aferró a la pala, su única arma. El jinete llegó hasta ella. Era un comandante español. Llevaba un pañuelo sobre la boca para protegerse del hedor de los muertos y del polvo del camino.

—¿Está usted bien?

—Esa pregunta es extraña —dijo una muchacha rodeada de cadáveres.

El comandante asintió comprendiendo que, efectivamente, lo era. Se bajó del caballo y desató el pico y la pala que traía consigo.

—La he visto por el catalejo desde la colina. Estamos acampados en aquella loma. ¿Qué es esto? ¿Un convento?

—Una antigua misión. Ahora es... era un colegio de niñas ricas españolas. Las han matado a todas... menos a mí. Los rebeldes decían que escondíamos espías enemigos. Las degollaron.

—¿Pretende enterrarlas usted sola?

—¿Piensa que no voy a poder?

—Pienso que va usted a tardar.

—Los muertos no tienen prisa.

—Usted está viva.

—¿Pues a qué espera para ayudarme?

La media cara visible del hombre embozado le pareció muy interesante. Su voz era grave, educada, poderosa y penetró hasta su estómago haciendo vibrar emociones contenidas. El pelo castaño claro, liso, largo y sucio caía en mechones desordenados sobre unos ojos grandes, verdes, irónicos, inteligentes y rasgados. Sintió el deseo de hundirse en los brazos de aquel comandante polvoriento a llorar. No lo hizo.

—¿Cuántos años tiene? —le preguntó él.

—Diecisiete.

—¿Dónde vive su familia?

—No recuerdo a mis padres...

—¿Tiene un tutor?

—No sé cómo se llama.

—No sabe usted gran cosa.

—Sé dónde guardaban el oro mis profesoras.

—En ese caso, sabe bastante.

El comandante se quitó la guerrera y comenzó a cavar. Ella le miró desconcertada y clavó su pala en la tierra. Estaban hombro con hombro. Pasaron cinco horas en silencio.

A veces se puede conocer a alguien durante toda la vida y sentir que no se ha cruzado con esa persona una sola frase importante. En contadas ocasiones, puedes conocer a alguien durante unas horas, no decir nada, callar tan solo, acompasar la respiración, escuchar los silencios y sentir tras la separación que has cruzado con ella toda una vida. Así se sintieron los dos. Cuando las enterraron a todas, ella le dijo:

—Han venido tres destacamentos desde ayer y usted es el primer militar que no me dice que hay que llevar los cuerpos a la fosa común de las afueras. ¿Por qué?

—¿Tres destacamentos, veinte mujeres degolladas y soy el primero que se baja del caballo?

—Sí.

El comandante no dijo nada. Fue a por la cantimplora, se quitó el pañuelo y la muchacha le vio el rostro por prim

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