En defensa de Jacob

William Landay

Fragmento

1. Ante el gran jurado

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Ante el gran jurado

Sr. Logiudice: Diga su nombre, por favor.

Testigo: Andrew Barber.

Sr. Logiudice: ¿En qué trabaja, señor Barber?

Testigo: Fui ayudante del fiscal del distrito de este condado durante veintidós años.

Sr. Logiudice: «Fui». ¿En qué trabaja ahora?

Testigo: Supongo que podría decirse que estoy en paro.

En abril de 2008, Neal Logiudice me citó finalmente ante el gran jurado. Cuando ya era demasiado tarde. Demasiado tarde para su caso, desde luego, pero también demasiado tarde para Logiudice. Su reputación ya estaba afectada sin remedio, y su carrera también. Un fiscal con una reputación en entredicho puede seguir renqueando durante una temporada, pero sus colegas lo vigilarán como lobos y al final lo obligarán a marcharse, por el bien de la manada. Yo lo he visto muchas veces: un ayudante de fiscal del distrito que hoy es insustituible mañana ya ha sido olvidado.

Yo siempre tuve debilidad por Neal Logiudice (pronúnciese la-JOO-dis). Llegó a la oficina del fiscal del distrito doce años antes, directamente de la facultad de Derecho. Tenía entonces veintinueve años, era bajo, se estaba quedando calvo y tenía tripita. Los dientes se le salían de la boca y tenía que hacer fuerza para mantenerla cerrada, como una maleta repleta, lo cual le obligaba a fruncir los labios con gesto arisco. Yo solía insistirle para que no hiciera esa mueca delante de los miembros del jurado —a nadie le gusta que lo riñan—, pero él lo hacía sin darse cuenta. Se ponía de pie frente al estrado, meneando la cabeza y frunciendo los labios como un maestro de escuela o un sacerdote, y todos los miembros del jurado albergaban el secreto deseo de votar en contra suya. En la oficina, Logiudice era un poco manipulador y lameculos. Todos le tomaban el pelo. Los demás ayudantes del fiscal se metían con él a todas horas, pero el resto de la gente también, incluso personas que trabajaban fuera del despacho: policías, administrativos, secretarias, gente que no solía expresar su desagrado hacia un fiscal de forma tan obvia. Lo llamaban Milhouse, como ese personaje bobo de Los Simpson, y se les ocurrían miles de variaciones de su nombre. LoFoolish, LoDoofus, Sid Vicious, Judicious, y cosas así. Pero a mí Logiudice me caía bien. Simplemente era ingenuo. Pulverizaba las vidas de la gente con la mejor intención y sin perder jamás un minuto de sueño por ello. Al fin y al cabo, él solo perseguía a los malos. Ese es el sofisma del fiscal —«Son los malos porque yo los acuso»—, y Logiudice no era el primero en dejarse engañar por eso, así que yo disculpaba su rectitud. Incluso me gustaba. Lo apoyaba precisamente por sus rarezas: el nombre impronunciable, los dientes superpuestos —a cualquiera de sus compañeros se los habrían arreglado con un aparato dental carísimo pagado por mami y papi—, incluso su descarada ambición. Yo veía algo en aquel tipo. Cierta tenacidad en su forma de resistir tanto rechazo, en cómo se limitaba a aceptarlo y lo aceptaba. Obviamente era un chico de clase trabajadora, decidido a conseguir para sí mismo aquello que a tantos otros les habían regalado sin más. Supongo que en ese sentido, y solo en ese, era igual que yo.

Ahora, doce años después de llegar a la oficina, y pese a todas sus peculiaridades, lo había conseguido, o casi. Neal Logiudice era primer ayudante, el número dos de la oficina del fiscal del distrito de Middlesex, la mano derecha del fiscal y jefe de fiscales litigantes. Me quitó el puesto a mí, ese chaval que un día me dijo: «Andy, tú eres exactamente lo que yo quiero llegar a ser». Debería haberlo visto venir.

Aquella mañana, en la sala del tribunal, los miembros del jurado estaban de mal humor y alicaídos. Una treintena de hombres y mujeres que no habían sido suficientemente hábiles como para eludir sus obligaciones, sentados, apretujados en esas sillas prefabricadas de escuela con mesitas adosadas a los brazos. A esas alturas ya entendían bastante bien su cometido. Los tribunales de acusación duran varios meses y ellos comprendieron con bastante rapidez de qué va el espectáculo: acusar, señalar con el dedo, nombrar al malo.

Un proceso ante el gran jurado no es un juicio. No hay juez en la sala, ni abogado defensor. El fiscal domina el espectáculo. Es una investigación, y en teoría una comprobación del poder del fiscal, ya que el gran jurado decide si el fiscal tiene pruebas suficientes para que al sospechoso lo juzgue un tribunal. Si hay pruebas suficientes, el gran jurado otorga al fiscal el derecho a la acusación, su pase para el Tribunal Superior de Justicia. Si no, no existe «acusación formal» y el caso termina antes de empezar. En la práctica, la inexistencia de acusación formal es poco común. La mayoría de las veces el gran jurado acusa. ¿Por qué? Solo conocen un lado del caso.

Sin embargo, en esa ocasión, sospecho que los miembros del jurado sabían que Logiudice no tenía caso. Ese día no. La verdad no saldría a la luz, no con esas pruebas viciadas y contaminadas, no después de todo lo que había ocurrido. Ya hacía más de un año, habían pasado más de doce meses desde que habían descubierto en el bosque el cadáver de un chico de catorce años con el pecho atravesado por tres cuchilladas en hilera, como si le hubieran clavado un tridente. Pero no era tanto por una cuestión de tiempo. Era por todo lo demás. Demasiado tarde, y el gran jurado lo sabía.

Yo también lo sabía.

Solo Logiudice permanecía impertérrito. Frunció los labios con ese gesto extraño que solía hacer. Revisó las notas de su cuaderno, meditó la siguiente pregunta. Se limitó a hacer lo que yo le había enseñado. La voz que oía en la cabeza era la mía: «No dejes que te preocupe la debilidad del caso. Cíñete al sistema. Juega el juego del mismo modo como se ha jugado durante los últimos quinientos años, utiliza la misma táctica rastrera que siempre ha guiado los interrogatorios: atraer, atrapar, joder».

Dijo:

—¿Recuerda cuándo se enteró del asesinato del chico Rifkin?

—Sí.

—Descríbalo.

—Recibí una llamada, creo que la primera fue de la COAC, es decir, la policía estatal. Luego enseguida hubo dos más, una de la policía de Newton, otra de la fiscalía de guardia. A lo mejor no fue en ese orden, pero básicamente el teléfono empezó a sonar sin parar.

—¿Cuándo fue eso?

—El jueves 12 de abril de 2007, hacia las nueve de la mañana, justo después de que descubrieran el cadáver.

—¿Por qué lo telefonearon a usted?

—Yo era el primer ayudante. Me notificaban todos los asesinatos del condado. Era el procedimiento habitual.

—Pero usted no se hacía cargo de todos los casos, ¿verdad? Usted no investigaba en persona, ni llevaba todos los homicidios que llegaban.

—No, claro que no. No tenía tiempo para eso. Yo me quedaba con muy pocos homicidios. La mayoría de ellos se asignaban a otros ayudantes del fiscal.

—Pero se quedó con este.

—Sí.

—¿Decidió inmediatamente que lo iba a llevar usted mismo, o fue más tarde?

—Lo decidí casi inmediatamente.

—¿Por qué? ¿Por qué quería este caso en particular?

—Yo tenía un acuerdo con la fiscal del distrito, Lynn Canavan: ciertos casos los llevaría yo personalmente.

—¿Qué tipo de casos?

—Los más prioritarios.

—¿Por qué usted?

—Yo era el abogado litigante más antiguo de la oficina. Ella quería asegurarse de que los casos importantes se llevaran de forma adecuada.

—¿Quién decidía si un caso tenía prioridad máxima?

—En primera instancia yo. Consultándolo con la fiscal del distrito, naturalmente, pero las cosas suelen ir muy rápido en los primeros momentos. Por lo general no hay tiempo para reuniones.

—¿Así que decidió usted que el asesinato de Rifkin era un caso con prioridad máxima?

—Por supuesto.

—¿Por qué?

—Porque implicaba el asesinato de un niño. Creo que también pensé que podía convertirse en algo gordo, captar la atención de los medios de comunicación. Era un caso de ese tipo. Había ocurrido en una ciudad rica, la víctima era rica. Ya habíamos tenido unos cuantos casos como ese. Al principio tampoco sabíamos exactamente de qué se trataba. Si se hubiera convertido en un asunto menor, más adelante lo habría transferido, pero en aquellas primeras horas tenía que asegurarme de que todo se hiciera bien.

—¿Informó usted a la fiscal del distrito de que tenía un conflicto de intereses?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no lo tenía.

—¿No era su hijo Jacob compañero del niño muerto?

—Sí, pero yo no conocía a la víctima y, que yo supiera, Jacob apenas lo conocía. Ni siquiera llegué a saber el nombre del chico muerto.

—Casi no conocía usted al chico. De acuerdo. Pero ¿sabía que él y su hijo estaban en el mismo curso de la misma escuela de enseñanza media de la misma ciudad?

—Sí.

—Y aun así, ¿no consideró que existía un conflicto que lo excluía? ¿No pensó que podían cuestionar su objetividad?

—No. Claro que no.

—¿Ni siquiera lo piensa ahora? ¿Insiste usted, incluso hoy, en que sigue sin ver que las circunstancias creaban un aparente conflicto?

—No, no había nada impropio. Ni siquiera inusual. ¿El hecho de que yo viviera en la ciudad donde sucedió el asesinato? Eso era bueno. El fiscal de condados más pequeños vive a menudo en la misma comunidad en la que sucede un crimen, a menudo conoce a los afectados. ¿Y qué? Por eso tiene un deseo aún mayor de capturar al culpable. Eso no es un conflicto de intereses. Mire, la verdad es que yo tengo un conflicto con todos los asesinos. En eso consiste mi trabajo, en resumidas cuentas. Aquel era un crimen horrible, espantoso, y mi trabajo era hacer algo. Mi intención era hacer simplemente eso.

—De acuerdo.

Logiudice bajó la mirada hacia el cuaderno. No tenía sentido atacar al testigo al principio de su declaración. Sin duda tendría tiempo de volver a ese punto a lo largo del día, cuando yo estuviera cansado. Por lo pronto más valía no caldear el ambiente.

—¿Conoce usted su derecho a acogerse a la primera enmienda?

—Por supuesto.

—¿Y ha renunciado a él?

—Eso parece. Estoy aquí. Estoy hablando.

Risitas ahogadas procedentes del gran jurado.

Logiudice dejó su bloc sobre la mesa y con ello, por lo visto, descartó por el momento su estrategia.

—Señor Barber, Andy, ¿puedo preguntarle una cosa? ¿Por qué no recurrir a eso? ¿Por qué no seguir callado? —No pronunció la frase implícita: «Es lo que yo habría hecho».

Por un segundo pensé que aquello era una táctica, un poco de teatro. Pero parecía que Logiudice lo pensaba realmente. Le preocupaba que yo tramara algo. No quería dejarse engañar y quedar como un tonto.

Yo dije:

—No quiero seguir callado. Quiero que se sepa la verdad.

—¿Pase lo que pase?

—Yo creo en el sistema, igual que usted, igual que todos los presentes.

Bueno, eso no era cierto del todo. Yo no creo en el sistema judicial, al menos no creo que sea especialmente bueno para averiguar la verdad. Como todos los abogados. Hemos visto demasiadas equivocaciones, demasiadas conclusiones incorrectas. El veredicto de un jurado no es más que una hipótesis; una hipótesis en general bienintencionada, pero no se puede decidir qué es verdad y qué no por un simple voto de diferencia. Y aun así, pese a todo eso, yo creo en el poder del ritual. Creo en el simbolismo religioso, en las togas negras, en los palacios de justicia con columnas de mármol como los templos griegos. Cuando celebramos un juicio, celebramos una misa. Rezamos juntos para cumplir con nuestro deber y para protegernos del peligro, y eso vale la pena, al margen de que nuestras plegarias sean o no escuchadas.

Claro que Logiudice no era partidario de ese tipo de sandez solemne. Él vivía en ese universo binario de los abogados: culpable o inocente, y estaba decidido a no dejarme salir de ahí.

—Usted cree en el sistema, ¿verdad? —dijo con desdén—. Bien, Andy, pues volvamos a él. Dejaremos que actúe el sistema.

Y lanzó una mirada de listillo sabelotodo al jurado.

«Buen chico, Neal. No dejes que el testigo se meta en la cama con el jurado; te metes tú en la cama con el jurado. Saltas ahí, te cuelas bajo la manta a su lado y dejas al testigo fuera, que pase frío.» Yo sonreí con suficiencia. Me habría levantado y habría aplaudido si me hubieran dejado, porque yo le enseñé a hacer justamente eso. ¿Por qué negarme a mí mismo un poco de orgullo paterno? Después de todo, no debo de haberlo hecho tan mal, si convertí a Neal Logiudice en un abogado aceptable.

—Pues venga —dije, como haciéndole una carantoña al jurado—. Deja de hacer el capullo y métete en faena, Neal.

Él me miró y luego volvió a coger su bloc de notas y le echó una ojeada, para volver a donde estaba. Yo casi podía deletrear la idea que tenía impresa en la frente: «Atraer, atrapar, joder».

—De acuerdo —convino él—. Vayamos al período posterior al crimen.

2. Nuestra gente

2

Nuestra gente

Abril de 2007: doce meses antes

Se diría que la ciudad entera acudió a casa de los Rifkin cuando la abrieron para la Shivá, el duelo judío. No pensaban permitir que la familia sufriera en privado. El asesinato del chico era un asunto público y el duelo lo sería también. La casa estaba tan llena que, cuando ocasionalmente subía el murmullo de la conversación, todo aquello adquiría la incómoda apariencia de una fiesta, hasta que el gentío bajaba la voz de golpe, como si alguien hubiera manipulado un invisible botón de volumen.

Yo fui de un lado a otro, intentando abrirme camino entre aquella multitud, repitiendo «Perdón», con gesto de disculpa.

La gente me miraba curiosa. Alguien dijo: «Es él, ese es Andy Barber», pero no me detuve. Ya habían pasado cuatro días del crimen y todo el mundo sabía que yo llevaba el caso. Querían preguntarme por aquello, naturalmente, sobre sospechosos y pistas y todo eso, pero no se atrevían. De momento, los detalles de la investigación no importaban, solo la cruda realidad de que un chico inocente estaba muerto.

¡Asesinado! La noticia fue un golpe bajo para todos. Nunca había habido un crimen del que hablar en Newton. Lo que los vecinos sabían sobre la violencia procedía exclusivamente de noticiarios y programas de televisión. Ellos daban por supuesto que la violencia criminal se limitaba al centro de la ciudad, que era un asunto de marginados de barrios bajos. Estaban equivocados, naturalmente, pero no eran tontos, y si se hubiera tratado del asesinato de un adulto no les habría impresionado tanto. Lo que convertía el asesinato de Ben Rifkin en algo tan soez era que implicaba a uno de los niños de la localidad. Era una violación de la propia imagen de Newton. Durante un tiempo hubo en el centro de Newton un cartel que calificaba el lugar como «Una comunidad de familias, una familia de comunidades», y uno oía decir a menudo que Newton era «un buen sitio para criar a los niños». Y desde luego lo era. Estaba lleno de centros para preparar exámenes y profesores de actividades extraescolares, academias de artes marciales y ligas de fútbol los sábados. Los padres jóvenes del pueblo estaban especialmente orgullosos de esa idea de Newton como un paraíso infantil. Muchos de ellos habían abandonado una ciudad sofisticada y a la última para trasladarse allí. Habían aceptado los enormes gastos, la monotonía sofocante y la molesta decepción de adaptarse a una vida convencional. Para esos residentes ambivalentes, todo ese proyecto de las afueras tenía sentido tan solo porque era «un buen sitio para criar a los niños». Se lo habían jugado todo por eso.

Fui pasando de un grupo a otro, yendo de habitación en habitación. Los chicos, los amigos del crío muerto, se habían congregado en un estudio en la parte delantera de la casa. Hablaban en voz baja, atónitos. Había una chica con el maquillaje corrido por las lágrimas. Mi propio hijo, Jacob, estaba sentado en una silla baja, desgarbado y lánguido, separado del resto. Miraba la pantalla de su teléfono móvil, indiferente a las conversaciones de alrededor.

La familia —ancianas abuelas, primos pequeños...—, paralizada por el dolor, estaba en el salón de al lado.

Por último, en la cocina, estaban los padres de los niños que habían estudiado sucesivamente en las mismas escuelas de Newton que Ben Rifkin. Ese era nuestro grupo. Nos conocíamos desde hacía ocho años, desde el día en que nuestros hijos empezaron en la guardería. Nos habíamos encontrado miles de veces al despedirlos por las mañanas y recogerlos por las tardes, en interminables partidos de fútbol y colectas de fondos de la escuela, y en una memorable representación de Doce hombres sin piedad. Pero, aparte de un reducido grupo de amigos, no nos conocíamos demasiado unos a otros. Había camaradería entre nosotros, desde luego, pero no auténtica conexión. La mayoría de esas relaciones no sobrevivirían a la graduación de nuestros hijos. Pero durante aquellos primeros días posteriores al asesinato de Ben Rifkin nos sentíamos falsamente cercanos. Era como si todos nos hubiéramos sincerado de repente con los demás.

En la enorme cocina de los Rifkin —vitrocerámica Wolf, nevera de dos puertas, encimeras de granito, armarios blancos de estilo inglés—, los padres de la escuela estaban apiñados en grupos de tres o cuatro y se hacían confesiones íntimas sobre el insomnio, la tristeza y un miedo persistente. Hablaban una y otra vez de Columbine y del 11 de septiembre, y de cómo la muerte de Ben los impulsaba a no despegarse de sus hijos mientras pudieran. Las extravagantes emociones de aquella tarde se veían acrecentadas por la luz cálida de la cocina, proyectada por unos apliques en las paredes en forma de globos de color naranja. Los padres disfrutaban del lujo de confesarse secretos con esa iluminación de fondo, cuando entré yo.

Toby Lanzman, una de las mamás, estaba junto a la isla de la cocina colocando entremeses en una bandeja. Llevaba un trapo de cocina colgado al hombro. Se le marcaban los músculos del antebrazo mientras trabajaba. Toby era la mejor amiga de Laurie, una de las pocas relaciones duraderas que habíamos establecido allí. Al ver que yo estaba buscando a mi mujer, señaló al otro extremo de la habitación.

—Está haciendo de mamá de las madres —dijo Toby.

—Ya lo veo.

—Bueno, todos necesitamos que nos mimen un poco en este momento.

Yo gruñí, la miré perplejo y me fui. Toby me provocaba. La única forma de defenderme de ella era una retirada táctica.

Laurie estaba con un grupo reducido de madres. Llevaba la melena, que siempre ha sido densa y rebelde, en un moño informal cogido atrás con un gran clip de carey. Acariciaba con gesto de consuelo el brazo de una amiga. Esta se inclinaba visiblemente hacia Laurie, como un gato ante un arrumaco.

Cuando llegué a su lado, me rodeó la cintura con el brazo.

—Hola, cariño.

—Hemos de irnos.

—Andy, no has dejado de decir eso desde que llegamos.

—No es verdad. Lo he pensado, pero no lo he dicho.

—Bueno, lo llevas escrito en la cara —suspiró—. Sabía que teníamos que haber venido en distintos coches.

Se me quedó mirando un momento. No quería irse, pero comprendía que yo, que nunca había sido un gran conversador, —charlar en habitaciones repletas siempre me dejaba agotado—, estuviera incómodo allí, que me sintiera observado.

Y todas esas cosas había que sopesarlas. Una familia requería gestión, como cualquier otra organización.

—Vete tú —decidió—. Toby me llevará a casa en su coche.

—¿Sí?

—Sí. ¿Por qué no? Llévate a Jacob.

—¿Estás segura? —Me incliné (saco a Laurie más de dos palmos) para decirle en un aparte—: Porque me encantaría quedarme.

Se echó a reír.

—Vete antes de que cambie de opinión.

El coro de plañideras nos miró.

—Venga. Tu abrigo está en el dormitorio de arriba.

Subí las escaleras y fui a parar a un pasillo largo. Allí no llegaba el ruido, lo cual supuso un alivio. Seguía con el eco del murmullo del gentío metido en los oídos. Empecé a buscar los abrigos. En una habitación, que aparentemente era de la hermana pequeña del chico muerto, había un montón sobre la cama, pero el mío no estaba.

La puerta de la habitación contigua estaba cerrada. Llamé, la abrí y metí la cabeza para echar un vistazo.

La habitación estaba a oscuras. La única luz procedía de un rincón donde había una lámpara de pie de latón. El padre del chico muerto estaba sentado en una butaca orejera bajo esa luz. Dan Rifkin era menudo, esbelto, delicado. Llevaba el pelo peinado con gomina, como siempre. Vestía un traje oscuro que parecía caro, con una lágrima tosca de unos cinco centímetros en la solapa, como símbolo de su corazón destrozado. «Qué manera de desperdiciar un traje tan caro», pensé. En la penumbra se le veían los ojos hundidos, como si se hubiera pintado unos círculos de un tono azulón, como los de un mapache.

—Hola, Andy —dijo.

—Perdona. Buscaba el abrigo. No quería molestarte.

—No, siéntate un segundo.

—No, no quiero incordiar.

—Por favor, Andy, siéntate, siéntate. Quiero preguntarte una cosa.

Se me cayó el alma a los pies. Yo he sido testigo de la agonía de los supervivientes de víctimas de asesinatos. Mi trabajo me obliga a presenciarlo. Los padres de niños asesinados son los que lo pasan peor, y en mi opinión los padres lo pasan incluso peor que las madres, porque a ellos les han enseñado a ser estoicos, a «comportarse como hombres». Los estudios demuestran que a menudo los padres de niños asesinados mueren pocos años después del crimen, muchas veces de un ataque al corazón. En realidad, mueren de pena. En un momento determinado, el fiscal se da cuenta de que él tampoco es capaz de sobrevivir a ese tipo de desgracia. No puede seguir a los padres al abismo. De manera que, en lugar de eso, se centra en los aspectos técnicos del trabajo. Lo convierte en un oficio como cualquier otro. El truco consiste en mantener a distancia a los que sufren.

Pero Dan Rifkin insistió. Movió el brazo como el policía que indica a los coches que sigan adelante, y yo, al ver que no podía hacer otra cosa, cerré la puerta despacio y me senté en una silla a su lado.

—¿Una copa? —Levantó un vaso de whisky, solo.

—No.

—¿Se sabe algo nuevo, Andy?

—No. Lo siento pero no.

Asintió decepcionado, y dirigió la mirada al otro extremo de la habitación.

—Siempre me ha encantado este cuarto. Vengo aquí a pensar. Cuando pasa algo así, dedicas mucho tiempo a pensar. —Esbozó una sonrisita tensa: «No te preocupes, estoy bien».

—Estoy convencido de eso.

—Lo que no puedo quitarme de la cabeza es: ¿por qué lo haría ese tipo?

—Dan, la verdad es que no deberías...

—No, escúchame. Solo..., yo no..., no necesito apoyo psicológico. Simplemente soy una persona racional. Me pregunto cosas. No sobre los detalles. Cuando tú y yo hemos hablado, siempre ha sido sobre los detalles: la prueba, el proceso judicial. Pero yo soy una persona racional, ¿vale? Soy una persona racional y tengo preguntas. Otras preguntas.

Yo me hundí en mi asiento y noté que relajaba los hombros, en un gesto de consentimiento.

—Vale. Ahí va: Ben era tan bueno... Eso es lo primero. Claro que ningún niño se merece esto, en ningún caso. Ya lo sé. Pero Ben era sin duda un buen chaval. Era tan bueno... Y solo era un crío. ¡Tenía catorce años, por Dios santo! Nunca dio ningún problema. Nunca. Jamás, jamás, jamás. ¿Por qué, entonces? ¿Cuál fue el motivo? No me refiero a ira, avaricia, celos, ese tipo de motivos, porque en este caso el motivo no puede ser corriente, no puede ser, simplemente no tiene sentido. ¿Quién podría sentir ese tipo de..., de rabia contra Ben, contra cualquier crío? No tiene sentido, simplemente. Simplemente no tiene sentido. —Rifkin se puso cuatro dedos de la mano derecha en la frente y se dio un masaje lento y circular en la piel—. Lo que quiero decir es: ¿qué diferencia a esa gente? Porque naturalmente yo he sentido esas cosas, esos motivos: rabia, avaricia, celos; tú los has sentido, todo el mundo los ha sentido. Pero nosotros no hemos matado nunca a nadie. ¿Lo ves? Nosotros nunca podríamos matar a nadie. Pero algunas personas lo hacen, algunas personas pueden. ¿Por qué pasa eso?

—No lo sé.

—Tú debes de haber captado algo de eso.

—No, la verdad es que no.

—Pero tú hablas con ellos, tú los conoces. ¿Qué dicen los asesinos?

—La mayoría no habla mucho.

—¿Se lo preguntas alguna vez? No por qué lo hicieron, sino en primer lugar qué hace que sean capaces de hacerlo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no contestarían. Sus abogados no les dejarían.

—¡Abogados! —Agitó la mano.

—En cualquier caso, la mayoría no sabría qué contestar. Esos asesinos filosóficos tipo El silencio de los corderos, eso es una gilipollez. Eso solo pasa en las películas. De todas formas, esos tipos están llenos de mierda. Si tuvieran que contestar, probablemente te hablarían de una niñez dura o algo así. Se convertirían en las víctimas. Es la historia de siempre.

Él asintió, para que yo continuara.

—Dan, la cuestión es que no puedes torturarte a ti mismo buscando motivos. No los hay, ninguno. Esto no tiene lógica. No en el aspecto al que tú te refieres.

Rifkin se deslizó un poco en la butaca, concentrándose, como si quisiera pensar otra vez en todo aquello. Los ojos le brillaban, pero su tono de voz era monocorde, controlado.

—¿Hay otros padres que pregunten este tipo de cosas?

—Preguntan todo tipo de cosas.

—¿Tú los ves una vez que termina el caso? ¿A los padres?

—A veces.

—¿Y qué pinta tienen? ¿Están bien?

—Algunos están bien.

—Pero otros no.

—Otros no.

—Los que lo superan, ¿qué hacen? ¿Cuál es la clave? Tiene que haber una pauta. ¿Cuál es la estrategia, qué prácticas son mejores? ¿Qué les ha ayudado a ellos?

—Buscan ayuda. Se apoyan en la familia, en la gente que los rodea. Hay grupos organizados para supervivientes; recurren a ellos. Nosotros podemos ponerte en contacto con ellos. Deberías hablar con la abogada que representa a las víctimas. Ella te meterá en un grupo de apoyo. Eso ayuda mucho. La cuestión es que no puedes hacerlo tú solo. Tienes que recordar que por ahí hay gente que ha pasado por esto, que sabe por lo que estás pasando.

—Y los otros, los padres que no lo superan, ¿a esos qué les pasa, a los que nunca lo superan?

—Tú no serás uno de esos.

—Pero ¿y si lo soy? ¿Qué me pasará a mí, a nosotros?

—No permitiremos que pase eso. Ni siquiera lo consideraremos.

—Pero pasa. Pasa, ¿verdad? Eso pasa.

—A ti no. Ben no querría que te pasara.

Silencio.

—Yo conozco a tu hijo —dijo Rifkin—. Jacob.

—Sí.

—Lo he visto por ahí, en el colegio. Parece un buen chico. Un chico alto y guapo. Debes de estar orgulloso.

—Lo estoy.

—Se parece a ti, creo.

—Sí, eso dicen.

Suspiró profundamente.

—¿Sabes?, últimamente pienso mucho en esos críos de la clase de Ben. Me siento unido a ellos. Quiero verlos triunfar, ¿sabes? Los he visto crecer, me siento cerca de ellos. ¿Es raro eso? ¿Me pasa porque hace que me sienta más cerca de Ben? ¿Por eso me pego a esos chavales? Porque lo parece, ¿verdad? Es raro.

—Dan, no te preocupes por las apariencias. La gente pensará lo que quiera. Peor para ellos. No puedes preocuparte por eso.

Se masajeó un poco más la frente. Su dolor no habría sido más obvio ni aunque se hubiese estado desangrando en el suelo. Yo quería ayudarle, y al mismo tiempo quería alejarme de él.

—Si lo supiera, si el caso estuviera resuelto, me ayudaría. Porque la incertidumbre me está consumiendo. Me ayudará que el caso se resuelva, ¿no? Eso ha ayudado a los padres en otros casos que has visto, ¿eh?

—Sí, eso creo.

—No quiero presionarte. No quiero que te lo tomes así. Es solo que pienso que me ayudará que el caso esté resuelto y conocer a ese tipo..., cuando lo hayan encerrado y lo quiten de en medio. No es que dude de ti, Andy. Solo digo que eso me ayudará. A mí, a mi mujer, a todos. Creo que eso es lo que necesitamos. Que se cierre. Para eso contamos contigo.

Aquella noche Laurie y yo estábamos leyendo en la cama.

—Sigo pensando que es un error volver a abrir la escuela tan pronto.

—Laurie, ya lo hemos hablado. —Mi voz expresaba aburrimiento. «Lo hemos hablado mil veces»—. A Jacob no le pasará absolutamente nada. Lo llevaremos nosotros, lo acompañaremos hasta la puerta. Allí habrá un montón de policías. Estará más seguro en el colegio que en cualquier otro sitio.

—Más seguro. Eso no puedes saberlo. ¿Cómo lo sabes? Nadie tiene ni idea de quién es ese tío, ni de qué piensa hacer ahora.

—Han de abrir la escuela en algún momento. La vida continúa.

—Te equivocas, Andy.

—¿Hasta cuándo pretendes que esperen?

—Hasta que cojan al culpable.

—Eso puede ir para largo.

—¿Y qué? ¿Eso es lo peor que puede pasar? Que el chaval pierda unos cuantos días de clase. ¿Y qué? Al menos estarían seguros.

—No puedes conseguir que estén del todo seguros. El mundo es muy grande. Grande y peligroso.

—Vale, pues más seguros.

Me apoyé el libro abierto en el estómago, como si fuera un tejadito.

—Laurie, si mantienes la escuela cerrada, les transmites a esos chicos una idea equivocada. Se supone que la escuela es un sitio seguro. No un sitio que deben temer. Es su segunda casa. Donde pasan la mayor parte del día. Ellos quieren estar ahí. Quieren estar con sus amigos, no encerrados en casa, escondidos debajo de la cama para que no se los lleve el coco.

—El coco ya se ha llevado a uno. Lo cual quiere decir que no es el coco.

—De acuerdo, pero ya sabes qué quiero decir.

—Ah, sé lo que quieres decir, Andy. Pero opino que te equivocas. La prioridad principal es mantener a nuestros hijos a salvo, físicamente. Después ya podrán estar con sus amigos o lo que sea. No puedes prometerme que los chicos estarán seguros hasta que atrapen a ese tío.

—¿Necesitas una garantía?

—Sí.

—Cogeremos a ese tío —dije yo—. Te lo garantizo.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Lo sabes?

—Lo espero. Siempre los pillamos.

—No siempre. ¿Recuerdas aquel que mató a su mujer y la metió en la parte de atrás del Saab envuelta en una manta?

—A ese lo pillamos. Simplemente no pudimos..., vale, casi siempre. Casi siempre los pillamos. A este lo pillaremos, te lo prometo.

—¿Y si te equivocas?

—Si me equivoco, estoy convencido de que tú me lo aclararás todo.

—No, quiero decir si te equivocas y un pobre chico acaba mal.

—Eso no pasará, Laurie.

Ella frunció el ceño y se rindió.

—No hay forma de discutir contigo. Es como chocar contra una pared una y otra vez.

—No estamos discutiendo. Estamos hablando.

—Tú eres abogado y no ves la diferencia. Yo estoy discutiendo.

—Oye, ¿qué quieres que diga, Laurie?

—No quiero que digas nada. Quiero que escuches. ¿Sabes?, confiar no es lo mismo que tener razón. Piensa: puede que estemos poniendo en peligro a nuestro hijo. —Me puso la punta de un dedo en la sien y apretó, como si en parte fuera una broma, pero en parte estuviera enfadada—. Piensa.

Se dio la vuelta, dejó su libro sobre un montón inestable que tenía en la mesilla y se tumbó de espaldas a mí, acurrucada, como una cría en un cuerpo de adulto.

—Eh —dije yo—, ven aquí.

Con una serie de saltitos se deslizó hacia atrás hasta que pegó la espalda a mí. Hasta que sintió cierta calidez o solidez o lo que fuera que necesitara de mí en aquel momento. Yo le acaricié el brazo.

—No pasará nada.

Ella resopló.

Yo afirmé:

—Imagino que el sexo está descartado.

—Creía que no estábamos discutiendo.

—Yo no, pero tú sí. Y quiero que lo sepas, no importa, te perdono.

—Ja, ja. A lo mejor..., si dices que lo sientes...

—Lo siento.

—No lo parece.

—Lo siento mucho, profundamente. De verdad.

—Ahora di que estás equivocado.

—¿Equivocado?

—Di que te equivocas. ¿Tienes ganas o no?

—Hum. A ver, para que me quede claro: solo tengo que decir que estoy equivocado y una mujer preciosa me hará el amor apasionadamente.

—Yo no he dicho apasionadamente. Solo normal.

—Vale, o sea: si digo que estoy equivocado, una mujer preciosa me hará el amor sin la menor pasión, pero con una técnica bastante buena. ¿Es eso?

—¿Una técnica bastante buena?

—Una técnica increíble.

Dejé el libro, la biografía de Truman de McCullough, en mi mesilla de noche, encima de un montón resbaladizo de revistas, y apagué la luz.

—Olvídalo. No estoy equivocado.

—No importa. Ya has dicho que soy preciosa. Salgo ganando.

3. Otra vez al colegio

3

Otra vez al colegio

A la mañana siguiente, temprano, se oyó una voz en la habitación de Jacob, un gemido. Yo me desperté y me di cuenta de que mi cuerpo ya se había puesto en marcha: se había levantado a tientas y había ido a rastras a los pies de la cama. Inmerso todavía en el sopor del sueño, salí del dormitorio a oscuras, crucé el pasillo bajo la luz gris del amanecer y me sumí de nuevo en la oscuridad del dormitorio de mi hijo.

Encendí el interruptor de la pared y ajusté el conmutador. La habitación de Jacob estaba abarrotada de zapatillas de deporte enormes, un MacBook cubierto de pegatinas, un iPod, libros del colegio, novelas de bolsillo, cajas de zapatos llenas de viejos cromos de béisbol y cómics. En una esquina, una Xbox conectada a una televisión antigua. Los discos de la Xbox y sus estuches estaban apilados al lado, la mayoría eran videojuegos de guerra. Había ropa sucia, naturalmente, pero también dos montañas de ropa limpia cuidadosamente doblada y entregada por Laurie, que Jacob había declinado colocar en el armario, porque era más fácil coger la ropa limpia del montón. Encima de una estantería baja había una serie de trofeos de fútbol infantil, que Jacob había ganado cuando era pequeño. Nunca había sido un atleta, pero todos los críos de esas edades conseguían un trofeo, y él no los había movido de allí en todos esos años. Las estatuillas parecían reliquias religiosas, ignoradas, virtualmente invisibles para él. Había un viejo cartel de cine de Five Fingers of Death, una película de artes marciales de los años setenta, en el que se veía un hombre con uniforme de kárate que destroza con un puño muy pulido el ladrillo de una pared. («¡La obra maestra de las artes marciales! ¡CONTEMPLA un ataque increíble tras otro! ¡PALIDECE ante el ritual prohibido del ataque! ¡ACLAMA al joven luchador de artes marciales que vence en solitario a los malignos señores de la guerra!») El revoltijo era tan intenso y permanente, que Laurie y yo habíamos dejado hacía tiempo de pelearnos con Jacob para que lo limpiara. La verdad es que ya ni siquiera lo veíamos. Laurie tenía la teoría de que el desorden era la proyección de la vida interior de nuestro hijo —que entrar en su dormitorio era como entrar en su caótica mente adolescente—, de modo que era una tontería agobiarle encima con eso. Créanme, eso es lo que te pasa cuando te casas con la hija de un loquero. Para mí, aquello solo era una habitación desordenada, y me ponía muy nervioso cada vez que entraba.

Jacob estaba tumbado de lado en un extremo de la cama, sin moverse. Tenía la cabeza arqueada hacia atrás y la boca abierta, como un lobo que aúlla. No roncaba, pero hacía un ruidito pegajoso al respirar; había estado resfriado. Respiraba entrecortadamente y gimoteaba a la vez:

—N... n... —«No, no.»

—Jacob —murmuré. Me acerqué para acariciarle la cabeza—. ¡Jake!

Él volvió a gritar. Sus ojos parpadearon bajo las pestañas.

Se oyó el traqueteo de un tranvía, el primero que se dirigía hacia Boston por el borde del río, y pasaba cada mañana a las 6.05.

—Estás soñando, nada más —le dije.

Consolar a mi hijo de ese modo me produjo un leve arrebato de placer. La situación provocó una de esas punzadas de nostalgia a las que están sujetos los padres, un vago recuerdo de Jake cuando era un crío de tres o cuatro años y teníamos una costumbre a la hora de acostarse. Yo preguntaba: «¿Quién quiere a Jacob?». Y él contestaba: «Papá». Era lo último que nos decíamos el uno al otro todas las noches antes de que se durmiera. Pero Jake nunca necesitó que le dieran seguridad. A él nunca se le ocurrió que sus papás pudieran desaparecer, su papá no, ni pensarlo. Era yo quien necesitaba aquel jueguecito de pregunta-respuesta. Cuando yo era niño mi padre no estaba. Apenas lo conocí. Así que decidí que mis hijos nunca se sentirían así; nunca sabrían lo que es no tener padre. Era extraño pensar que en cuestión de pocos años sería Jacob quien me abandonaría a mí. Se marcharía a la universidad y mi época de obligaciones diarias como papá en activo habría terminado. Cada vez lo vería menos, y al final nuestra relación se reduciría a unas pocas visitas anuales por vacaciones y algún fin de semana en verano. Me costaba imaginarlo. ¿Qué era yo sino el padre de Jacob?

Y entonces tuve otra idea, inevitable dadas las circunstancias: sin duda Dan Rifkin también pretendía evitarle a su hijo el menor daño, como yo, y sin duda tampoco estaba preparado, igual que yo, para despedirse de su hijo. Pero Ben Rifkin yacía en un cajón refrigerado de la oficina del forense, mientras mi hijo estaba en su cama caliente, y lo único que los diferenciaba era la suerte. Me avergüenza admitir que pensé: «Gracias a Dios. Gracias a Dios que fue a su hijo a quien pillaron y no al mío». Pensé que yo no sería capaz de sobrevivir a la pérdida.

Me arrodillé junto a la cama, rodeé a Jacob con los brazos y apoyé mi cabeza en la suya. Volví a recordar. Cuando Jake era pequeño, en cuanto se despertaba solía cruzar medio dormido el pasillo y se acurrucaba en nuestra cama. Ahora, lo notaba enorme y huesudo e inquieto entre mis brazos. Era guapo, tenía el pelo negro y rizado y la piel morena. Tenía catorce años. Seguro que no me permitiría abrazarle de ese modo si estuviera despierto. En los últimos tiempos se había vuelto un poco hosco, solitario y un incordio. A veces era como tener a un desconocido viviendo en casa, un desconocido un poco insoportable. Típico comportamiento adolescente, decía Laurie. Jake estaba probando diferentes personalidades, preparándose para dejar atrás la infancia de forma definitiva.

Me sorprendió darme cuenta de que mi caricia realmente tranquilizaba a Jacob, y ahuyentaba la pesadilla que tuviera. Lanzó un único y profundo suspiro, y se dio la vuelta. Su respiración adoptó una cadencia confortable y cayó en un sueño profundo, mucho más profundo del que yo soy capaz de tener ahora mismo. (Parecía que a los cincuenta y un años yo había olvidado cómo dormir. Me despertaba varias veces cada noche y en raras ocasiones dormía más de cuatro o cinco horas.) Me gustó pensar que yo lo había calmado, pero ¿quién sabe? A lo mejor ni siquiera sabía que estaba allí.

Aquella mañana los tres estábamos inquietos. La reapertura del colegio McCormick solo cinco días después del asesinato nos ponía un poco nerviosos. Seguimos nuestra rutina habitual —duchas, café y bollos, una ojeada a internet para comprobar el correo, los resultados deportivos y las noticias—, pero estábamos tensos e incómodos. Nos levantamos todos a las seis y media, pero nos entretuvimos y al final resultó que nos retrasamos, lo cual nos provocó más ansiedad.

Laurie estaba especialmente nerviosa. No solo tenía miedo por Jacob, creo. Todavía estaba afectada por el asesinato, como la gente sana que se sorprende la primera vez que contrae una enfermedad grave. Uno podría esperar que Laurie, que llevaba años viviendo con un fiscal, estuviera más preparada que sus vecinos. A esas alturas ya debería saber —aunque la noche anterior yo fui insensible y sordo y no lo noté— que la vida continúa. Incluso la violencia más extrema, al final, se ve reducida a material de un juicio: una resma de papel, unas cuantas pruebas, una docena de testigos sudorosos y vacilantes. El mundo mira hacia otro lado y... ¿por qué no? La gente muere, algunos de forma violenta; es trágico, sí, pero en un momento determinado deja de impresionarte, al menos a un fiscal viejo. Mirando por encima de mi hombro, Laurie había presenciado aquel ciclo muchas veces, y sin embargo todavía la dejaba perpleja la irrupción de la violencia en su propia vida. Todos sus gestos lo expresaban, la actitud artrítica de su propio cuerpo, el tono apagado de su voz. Se esforzaba por mantener la compostura y no le resultaba fácil.

Jacob miraba fijamente su MacBook y masticaba en silencio un bollo gomoso descongelado en el microondas. Laurie intentaba que se abriera, como hace siempre, pero él no estaba por la labor.

—¿Cómo te sienta volver, Jacob?

—No sé.

—¿Estás nervioso? ¿Preocupado? ¿Qué?

—No sé.

—¿Cómo puedes no saberlo? ¿Quién va a saberlo, pues?

—Mamá, ahora no tengo ganas de hablar.

Esa era la frase educada que le habíamos enseñado a decir, en lugar de limitarse a ignorar a sus padres. Pero a esas alturas había repetido «ahora no tengo ganas de hablar» tan a menudo y de un modo tan mecánico, que ya no tenía nada de educado.

—Jacob, ¿puedes decirme simplemente si estás bien, para que deje de preocuparme?

—Acabo de decirlo. No tengo ganas de hablar.

Laurie me miró exasperada.

—Jake, tu madre te ha hecho una pregunta. No te morirás por contestar.

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