Cómo matar a una ninfa (Ada Levy 1)

Clara Peñalver

Fragmento

cap

PRÓLOGO

¿Sabes? Me considero una persona feliz. Si me preguntaras al final de cada día entre qué porcentajes de felicidad he ido moviéndome, casi con certeza te respondería que entre el ochenta y el noventa por ciento. Y ¿sabes por qué? Porque hubo un momento clave en mi vida en el que fui consciente de que estaba hundiéndome por completo y decidí sobrepasar la línea que va de la infelicidad a la no-infelicidad; decidí trascender a ella para apostar por MI FELICIDAD.

El resultado de aquellos jodidos meses: pesadillas, sobresaltos, la amputación del dedo pequeño de mi mano izquierda y cien mil euros en el banco. Las pesadillas y los sobresaltos suelen aparecer cuando doy vueltas a qué hacer con ese dinero; después de tres años, aún no he conseguido tocarlo.

No sé muy bien por qué acudo a ti, cuando nunca he confiado demasiado en los loqueros. Mi infancia no fue fácil, supongo que mis padres no lograron comprenderme. Aunque, para ser más exactos, siempre he creído que mi padre intuyó de algún modo que mi fuerte carácter y mi independencia acabarían volviéndoseles en contra, de modo que trató de anularme desde que era una niña. ¿Cómo? Psicólogo tras psicólogo, sufrí durante años múltiples intentos de ahondar en lo más profundo de mi mente. Buscaban traumas donde no los había, únicamente dejándose llevar por lo que un hombre con la más absoluta necesidad de control, un misógino hasta la médula, les contaba. ¿Resultado? Probablemente, algunos traumas que jamás deberían haberme acompañado.

Quizá acudí a ti porque Flor me dijo que hiciste muchísimo por ella. Te nombra muy a menudo y se le ilumina la cara siempre que lo hace. «Esa chica es una innata —me dice—, es capaz de conocer tu corazón sin apenas información y no te dice lo que debes hacer; te guía y camina junto a ti, instándote a prestar atención a lo que considera que son los puntos clave del camino.»

Lo más extraño es que no me insistió en que te llamase, sino que se limitó a decirme que una persona no puede ser ayudada si no quiere que la ayuden. Me dijo que, cuando quisiera, le pidiera tu número y ella estaría encantada de dármelo.

Y cuando quise, lo tuve. Coincidió con uno de esos días de pesadillas, después de uno de esos momentos en los que había estado dándole vueltas a la cabeza a si lanzarme o no a invertir el dinero. Te llamé inmediatamente, para no tener tiempo de arrepentirme. Me sorprendió mucho que, después de tan sólo cinco minutos de conversación telefónica conmigo, decidieras citarme en una cafetería en lugar de en tu consulta.

«Terapia de cafetería.» Así la llamaste, antes incluso de que nos presentáramos formalmente, y con esas tres palabras conseguiste hacerme sentir bien, ya que lo último que necesitaba era volver a estar en uno de esos despachos en los que pudiera regresar el recuerdo de aquellos años en que consiguieron hacerme sentir una enferma mental. Se disipó la tensión y gran parte de mis prejuicios perdieron sus muros de contención.

—A ver, cuéntame por qué decidiste coger ayer el móvil para llamarme —fue lo primero que me pediste.

Sin ni siquiera tener sobre la mesa los cafés, te hice un breve resumen de lo que me ocurría. No te conté nada de mi rechazo hacia los psicólogos y demás profesionales de la salud mental. Sin embargo, actuaste como si ya lo supieras todo.

—Vamos a hacer una cosilla —dijiste cuando yo ya había terminado de hablar—. Vamos a convertir nuestros encuentros en una búsqueda. Dejémonos de analizar y vayamos al grano. Vas a ser tú misma quien encuentre la causa de tu malestar, y para eso necesito que escribas tu propia novela.

Te aseguro que ahí me dejaste completamente estupefacta. Nada de consultas, nada de divanes, tan sólo un café a la semana en mi cafetería preferida de Granada. Eso, para empezar. Y para terminar, una búsqueda individual en la que tú me servirías de camino de baldosas amarillas cuando me sintiese perdida. Me pedías la novela de mi vida, y la idea me encantó.

Sellamos nuestro trato con una gran sonrisa. En la primera cita invitaste tú al café porque, según dijiste, eso no era negociable. Salí de allí dispuesta a ser yo quien pagase todos los demás.

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1

Unos contundentes tacones fueron acercándose hasta el comedor.
[...]
Una mujer madura, bien vestida de los pies a la cabeza.
Pelo caoba, muy brillante y recogido en una coleta
a la altura de la nuca.
Su rostro transmitía fuerza; sus ojos, cansancio, tristeza.
[...]
Un nuevo caso para Enrico.

Abrí los ojos y volví a cerrarlos con fuerza. No podía creer lo que había visto. El corazón comenzó a latirme a mil por hora y la ansiedad se apoderó de mi pecho.

«¡Mierda, mierda, mierda!», pensé.

Quise comprobar con la mano lo que había visto durante un segundo. Alargué el brazo lentamente y allí estaba, el último hombre sobre la faz de la tierra que me habría gustado encontrar aquella mañana en mi cama. La náusea estrujó mi estómago y se dirigió hacia mi garganta.

«Pero ¿qué coño has hecho, Ada?»

Me deslicé afuera del colchón como pude, tratando de no hacer nada de ruido. Con muchísimo cuidado, saqué del armario unos vaqueros, una camiseta negra y la ropa interior, y me vestí silenciosamente en el salón. Fui hacia la puerta para coger del armario de la entrada las botas, la chupa de la moto y mi mochila.

«Las llaves, las llaves... ¿Dónde están las putas llaves?»

Me paré a pensar. Aquélla no sería ni la primera ni la última vez. Abrí la puerta y miré la cerradura por fuera. Nada. Salí al rellano de la escalera, encajé la hoja para evitar que se cerrara y di cuatro pasitos. Pulsé el timbre de mi vecina, rezando para no tener que volver allí dentro y poner patas arriba la casa en busca de las llaves.

Flor me hizo esperar unos segundos, y supe muy bien que no era porque estuviera liada. ¡Estaba haciéndome sufrir!

—Flor —dije tratando de no levantar la voz—. Flor, soy Ada. Sólo quiero saber si anoche me dejé las llaves puestas por fuera en la cerradura.

Oí una risita aguda al otro lado de la puerta. En efecto, me hacía sufrir. Sabe perfectamente que, casi siempre, salgo con el tiempo justo a la calle. Dice que me pesa el culo y que un día mis despistes me van a regalar un susto. Si ella supiera que el susto estaba en ese momento durmiendo en mi cama...

Abrió la puerta y me regaló una gran sonrisa de «carita lavada». Tenía mis llaves en la mano y me las dio con recochineo.

—Anda, toma. Pero prométeme que vas a tener más cuidado. Recuerda que las mujeres que vivimos solas tenemos que cuidarnos el doble.

Se lo agradecí. Flor es una de esas personas especiales que el universo ha tenido a bien colocar justo enfrente de mi casa. Ahora rondará los sesenta y siete. Acababa de jubilarse después de muchos años como enfermera en el centro de salud del barrio. Es una gran amiga y, como la mía está lejos, me hace las veces de madre.

—Muchísimas gracias —le dije mientras

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