El tercer lado de los ojos

Giorgio Faletti

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

El tercer lado de los ojos

Prólogo

Primera parte. Nueva York

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Segunda parte. Roma

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Tercera parte. Nueva York

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Cuarta parte. Roma

Capítulo 54

Agradecimientos

Notas

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

A Roberta, la única

Canción de la mujer que quería ser marinero

Ahora, tan solo ahora
que mi mirada abraza el mar,
hago añicos el silencio
que me prohíbe imaginar

filas de mástiles erguidos y miles, miles de nudos marineros,
y huellas de serpientes frías e indolentes

con su lento andar antinatural,
y líneas en la luna, que en la palma cada una
es un lugar para olvidar;
y el corazón, este extraño corazón
que por un arrecife ya sabe navegar.

Ahora, tan solo ahora
que mi mirada envuelve el mar,

comprendo al que ha buscado a las sirenas,
al que ha podido su canto amar,

dulce en la cabeza como un día
de festejo con dátiles y miel,

y fuerte como el viento que tórnase tormento
y el corazón quebranta al hombre y el bajel,
y entonces ya no hay anhelo o gloria

que puédase beber ni masticar,
ni piedra de molino de viento
que esa roca en el alma pueda triturar.

CONNOR SLAVE,
del álbum Las mentiras de la oscuridad

Prólogo

Prólogo

La oscuridad y la espera tienen el mismo color.

La mujer, que un día se sentará en las sombras como en un sillón, habrá tenido bastante de ambas como para tenerles miedo. Habrá aprendido demasiado bien y muy a su pesar que a veces la vista no es algo exclusivamente físico, sino mental. De pronto, los faros de un coche que pasa dibujarán un recuadro luminoso que recorrerá las paredes con rápida y furtiva curiosidad, como buscando un punto imaginario. Después, tras el cautiverio de la habitación, ese retazo de luz encontrará la libertad a través de la ventana y volverá fuera para perseguir al coche que la generó. Más allá de las cortinas, de los cristales y de las paredes, en la amarillenta oscuridad de miles de luces y tubos de neón, se encontrará todavía aquella locura incomprensible que llaman Nueva York; la ciudad que todos dicen detestar pero que todos continúan recorriendo obstinadamente, solo para darse cuenta de cuánto la aman. Aunque con el terror de descubrir qué poco correspondidos son. Así, descubren que son solo seres humanos, iguales a los que pueblan el resto del mundo; simples seres humanos que se niegan a tener ojos para ver, oídos para oír y una voz que oponer a otras voces que gritan con más fuerza.

Sobre la mesita que se encuentra junto a la silla en la que está sentada la mujer habrá una Beretta 92 SBM, una pistola con una empuñadura de dimensiones algo reducidas con respecto al tamaño habitual, fabricada especialmente para adaptarse a una mano femenina. Antes de apoyarla sobre la superficie de cristal habrá introducido con gesto decidido la bala en el cargador; el ruido del obturador rebotará en el silencio de la habitación con el sonido seco de un hueso que se rompe. Poco a poco, sus ojos se adaptarán a la oscuridad y logrará tener una clara percepción del lugar en el que se encuentra, incluso con las luces apagadas. La mirada de la mujer estará fija en la pared de delante, donde adivinará, más que verá, la mancha oscura de una puerta. En una ocasión, en el colegio, aprendió que si se mira con intensidad una superficie de color, cuando se aparta la vista queda en las pupilas una mancha luminosa del color complementario al que se acaba de mirar.

La mujer imaginará en las sombras su amarga sonrisa.

Los colores complementarios son aquellos que mezclados entre sí dan como resultado un gris sucio. Esto no puede suceder con la negrura. La oscuridad solo genera más oscuridad. En ese momento, sin embargo, la oscuridad no será el problema. Cuando llegue la persona que ella está esperando, llenará de luz la habitación. Tampoco este será el problema, y tampoco su solución.

Después de recorrer un camino aparentemente interminable para matar o para no ser matados, después de un largo viaje en ese túnel donde apenas unas ridículas luces señalan el camino, dos personas estarán al fin a punto de salir al sol. Y serán las únicas que poseerán esa condición mental que representa por sí sola la palabra, el oído, la vista: la verdad.

Una es ella, una mujer demasiado asustada para saber que la posee.

La otra, por supuesto, será la persona que ella estará esperando.

Él, el asesino.

Primera parte. Nueva York

PRIMERA PARTE

Nueva York

Capítulo 1

1

Jerry Kho, completamente desnudo, se dejó caer de rodillas sobre la enorme tela blanca que había fijado al suelo con cinta adhesiva. Luego, tras un instante de meditación, semejante al de un artista de circo antes de su actuación, hundió las manos en el gran bote de pintura roja que sostenía entre las piernas y levantó los brazos hacia el techo, dejando que el color resbalara despacio hacia sus codos. Había en ese gesto la liturgia de un rito pagano, cuando la humanidad se esconde bajo el color de una pintura sacra, en busca de otra forma y de establecer contacto con un espíritu superior. Con el mismo movimiento fluido y cargado de misticismo, siguió untándose todo el cuerpo con el color; solo dejó libre la zona del pene, la boca y los ojos. Poco a poco abandonó su cuerpo de hombre para adquirir la apariencia de aquello que significaba el color rojo sangre y que él deseaba representar: una sola, única y enorme herida doliente, que segregaba humores de los que era imposible separarse sin negar su naturaleza humana.

Alzó los ojos hacia la mujer que se hallaba de pie ante él. También ella estaba completamente desnuda, pero su cuerpo estaba teñido de otro color, esa particular tonalidad de azul intenso que suele definirse como china blue.

Jerry levantó los brazos y juntó las manos con las de la mujer, que estaban extendidas. Las palmas de ambos se unieron con un ruido sofocado por el efecto ventosa del líquido contra el líquido, y los colores comenzaron a fundirse y a mezclarse. Despacio, la guió hasta hacer que se arrodillara frente a él. La mujer, cuyo nombre había olvidado por completo, tenía algo indefinible, tanto en la edad como en el aspecto físico. En condiciones normales, Jerry habría pensado que era casi repugnante, pero en ese momento la encontraba perfecta para la obra que se proponía realizar. Es más, su mente alterada por el efecto de las pastillas que había tomado aquella noche, consideraba que la repugnancia era un componente esencial. Mientras miraba aquellos pechos un poco caídos y marchitos, que ni siquiera la máscara de ese color encendido conseguía mejorar, su pene comenzó a hincharse. No por la desnudez de la mujer, sino por el efecto sexual que siempre ejercía en él la realización de sus obras. Se tendió lentamente sobre la blancura inmaculada de la tela. Su mente estaba poseída por la huella de color que su cuerpo trazaba sobre aquello que se convertiría en una pintura enorme, subdividida en paneles de dimensiones iguales.

Para Jerry Kho, el arte era sobre todo casualidad, un acontecimiento que el artista podía provocar y descubrir pero no crear. La creación pertenecía al azar o al caos. Y por tanto a las dos únicas cosas que procedían del azar y del caos y que volvían a él; uno con su componente natural y la otra artificial: el sexo y la droga.

Jerry Kho estaba completamente loco. O al menos, en su absoluto narcisismo, le encantaba creerlo. Con un gesto, invitó a la mujer a que se le acercara. La mujer cuyo nombre no recordaba se colocó sobre él apoyando las manos en sus costados, con los ojos entornados y la respiración jadeante. Jerry notó que sus cabellos sucios de pintura le rozaban el ombligo. Le agarró la cabeza y la guió hacia su miembro, ahora completamente erecto; su blancura resaltaba sobre el color de su cuerpo. Los labios de ella se abrieron y el hombre sintió que el calor viscoso y apasionado de la boca de la mujer le envolvía por completo.

Ahora los dos, a los ojos de Jerry, eran dos manchas superpuestas, de diferente intensidad, que se reflejaban en el gran espejo del techo. El ligero movimiento de la cabeza de la mujer se perdía en la perspectiva. Lo notaba, pero no lograba verlo. Experimentó una sensación de exaltación, debida a lo que estaba haciendo y a la considerable cantidad de pastillas que se había metido en el cuerpo. Abrió los brazos y apoyó las manos, con la palma abierta, sobre el plano blanco que se extendía bajo él. Cuando volvió a poner las manos sobre la cabeza de la mujer vio la huella de color que había dejado en la tela, lo que aumentó su excitación. El espejo y jugar con el reflejo eran trucos tan viejos como el mundo, de un tiempo en el cual se solía pensar que el patético movimiento de los pinceles sobre una tela era arte. Velázquez, Norman Rockwell y otros, todos protagonistas de un pasado que sabía a moho y descomposición.

¿Por qué perder el tiempo pintando un cuerpo en una tela cuando podía pintarse él solo? Y, yendo todavía más lejos, ¿por qué derrochar una tela cuando el propio cuerpo podía convertirse en una?

Vio en el espejo y sintió en la piel cómo las manos azules de la mujer sin nombre subían a lo largo de sus costados y dejaban en el cuerpo rojo dos rayas azules.

Vio y sintió la voz que le llegaba como un soplo a sus oídos a través del reflejo.

—Oh, Jerry, estoy tan...

—Chis...

Jerry la hizo callar apoyando un dedo sobre sus labios. Levantó la cabeza para mirarla. Su dedo había dejado una huella roja en la boca. Rojo sobre pintalabios. Sangre y vanidad. El derrumbe y la destrucción de todo mito contemporáneo.

Su voz fue un susurro en la luz difusa del loft, alterada por momentos por una hilera de pantallas televisivas sin audio, conectadas entre sí y programadas por un ordenador para que mostraran una secuencia de salvapantallas con diversas mezclas de colores aparentemente fortuitos y sin solución de continuidad. Solo de vez en cuando aquel delirio cromático se interrumpía con un fundido que reducía la imagen a fragmentos y la recomponía en otra, una reproducción fotográfica de catástrofes que habían marcado momentos horribles de la vida del planeta. Imágenes de millares de cuerpos que flotaban llevados por la corriente del río durante la limpieza étnica de los tutsi en los enfrentamientos con los hutu, o imágenes del Holocausto o el hongo atómico de Hiroshima que se alternaban con escenas explícitas de sexo en las más audaces variedades e interpretaciones.

—Silencio. No puedo hablar. No debo hablar...

Jerry se recostó; obligó a la mujer sin nombre a que se echara a su lado y le señaló las figuras de ambos en el espejo del techo.

—Ahora debo pensar. Ahora debo ver...

De algún modo, Jerry notó cómo la emoción y la excitación de la mujer sin nombre la cubrían como un aura. Se volvió de repente, le abrió las piernas y la penetró casi en un solo movimiento. En el ímpetu de ese rudo gesto volcó el bote de color con que se había pintado, que había quedado en el suelo, junto a ellos. El rojo de la pintura se abrió como una estúpida boca sobre la blancura de la tela.

Desde su posición, boca arriba, la mujer vio cómo se extendía la mancha, como si de golpe se derramara toda la sangre que contenía su cuerpo. En ese momento se hizo enteramente partícipe del fin casi litúrgico de aquella unión. Su deseo se volvió furia y comenzó a gemir cada vez más fuerte, en perfecta sincronía con los violentos embates del hombre que tenía dentro. Iniciaron un frenético ballet horizontal que el color dibujaba sobre la tela como un graffiti, testimonio de un movimiento ancestral que tenía el doble propósito de satisfacer el deseo y de que esa satisfacción no llegara nunca.

Aunque la mujer sin nombre lo ignoraba, Jerry estaba convencido de la inutilidad de aquel patético rebotar de nalgas que alguien había comparado con el batir de alas de una mariposa sobre la seda. Tenía la certeza de que cualquier artista, por el simple hecho de serlo, llevaba dentro de sí el germen de su propia aniquilación, todo aquello que era al mismo tiempo némesis y bendición del arte.

Eran todos unos fracasados.

Por cada mujer sin nombre que se hubiera follado sobre una tela tendida en el suelo, por cada pincel con el que hubiera recorrido una superficie dispuesta a acogerlo, y por cada color mezclado o esparcido, habría siempre una obra anhelada que se esfumaba de la mente sin dejar rastro tras una fugaz aparición; el relámpago subliminal de una idea que pronto oscurecían las imágenes falsas y reales que la vida obligaba a observar con los ojos. El ser humano no podía existir en el círculo y en el cuadrado, porque ni el círculo ni el cuadrado existían, pero sobre todo no existía el ser humano...

Con un largo gemido sibilante la mujer sin nombre alcanzó el orgasmo e intentó en vano aferrarse a la tela tendida sobre el suelo. En la mente de Jerry los efectos de la droga y del sexo ya habían alcanzado ese grado justo de fusión que no le permitía resistir más. Se puso de pie y, masturbándose frenéticamente, derramó su semen sobre las huellas trazadas por los movimientos de ambos, como si quisiera, de algún modo antinatural y blasfemo, inseminar la tela o manifestarle su absoluta repulsión.

La mujer sin nombre entendió lo que estaba haciendo y saberse parte de esa creación la llevó a un nuevo orgasmo, todavía más intenso que el anterior, que la obligó a acurrucarse en posición fetal.

De pronto vacío de toda motivación, Jerry se dejó caer y se quedó acostado con la cara vuelta hacia los grandes ventanales que iluminaban la pared de la casa que daba al East River. Aunque estaban en la séptima planta, alcanzaba a entrever el reflejo de la luna llena en la sucia agua del río, que solo esa luz podía ennoblecer en parte. Volvió lentamente la cabeza y la encontró, un disco luminoso en el centro de la ventana del extremo izquierdo.

La noche anterior, la radio había anunciado que habría un eclipse y que podría verse desde aquella parte de la costa. En ese momento un sutil borde negro comenzó a roer el impasible círculo de la luna.

Jerry empezó a temblar de emoción.

Volvió a su mente aquel día que había sido fatídico para Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001, el día que en su país las pocas certezas se convirtieron en miedo. Después del impacto del primer avión, el ruido llegó hasta sus ventanas abiertas; un barullo de gritos y sirenas y ese inconfundible rumor generado por el pánico de gente que huye.

Salió al tejado de su casa, al final de Water Street, y contempló desde allí, sereno, el impacto del segundo avión y aquella obra maestra de destrucción de las torres gemelas. Lo consideró simple y perfecto en su catastrófica enormidad, un ejemplo de cómo la civilización solo podía salvarse tras su eliminación. Y si esto valía para la civilización, tanto más válido era para el arte, que representa la vanguardia más avanzada de la civilización en territorio enemigo. El hecho de que miles de personas hubieran muerto en el derrumbe no le conmovía demasiado. Todo tenía un precio y, según él, esos muertos no eran nada en comparación con lo que el mundo había ganado con el polvoriento estruendo de esa experiencia.

Aquel día decidió cambiar su nombre por el de Jerry Kho, un fácil juego de palabras con Jericó, la ciudad bíblica cuyos inexpugnables muros cayeron con el simple sonido de una trompeta. Decidió que haría caer los muros y que caería con ellos.

En cuanto a su verdadero nombre, prefería olvidarlo, como toda su vida anterior. En sus vivencias nada había que valiera la pena conservar, y menos aún su recuerdo. Si el arte era casualidad, su destrucción era tan programable como la destrucción de su propia vida.

Percibió un movimiento cerca. El cuerpo de la mujer sin nombre se arrastraba hacia él, entorpecido por la pintura que empezaba a secarse. Notó que una mano le tocaba el hombro y oyó la voz de ella, con el aliento todavía caliente de placer, junto a la oreja.

—Jerry, ha sido fant...

Jerry levantó los brazos y dio una palmada. El sensor apagó todas las luces y los dejó en una penumbra iluminada solo por la ambigua luz de las pantallas de televisión.

Apoyó una mano en el hombro de la mujer y la apartó de sí con un gesto brusco.

«Ahora no», pensó.

—Ahora no —dijo.

—Pero yo...

La voz de la mujer se perdió en un gemido indistinto cuando Jerry, con un nuevo empujón, la apartó aún más.

—Calla y no te muevas —le ordenó secamente.

La mujer sin nombre permaneció inmóvil y Jerry volvió a fijar la mirada en el círculo de la luna, del que la oscuridad ya se había apoderado hasta la mitad. No le importaba que lo que observaba tuviera una sencilla explicación científica. Solo era importante el sentido de lo que veía, solo contaban la alegoría y la mistificación.

Se quedó mirando el eclipse, sintiendo que se hundía en los efectos de la droga y el cansancio físico, hasta que la luna se convirtió en un disco negro ribeteado de luz y colgado en el cielo del infierno.

Entonces cerró los ojos y, mientras se deslizaba en el sueño, Jerry Kho deseó que no volviera nunca.

Capítulo 2

2

La mujer abrió los ojos y los cerró enseguida, cegada por la luz del día que entraba por los ventanales. La noche anterior había bebido mucho champán y ahora notaba la lengua pastosa y un sabor horrible en la boca.

Se dio cuenta de que había dormido completamente desnuda sobre el suelo y que la había despertado el frío. Tiritaba; se acurrucó buscando calor en la misma posición en que la noche anterior intentó refugiarse de un orgasmo demasiado violento. Había sido una experiencia devastadora. Por primera vez en su vida se había sentido por entero partícipe de algo; había sido protagonista y víctima de un acontecimiento sin igual y del cual quedaría una huella que conservaría para siempre. Mantuvo los ojos cerrados un momento más, para conservar en ellos las imágenes de lo que había vivido; sentía que la carne de gallina cubría todo su cuerpo, debido al frío y a la excitación.

Luego, con un suspiro, entreabrió despacio los ojos, preparada para las luces que los recibirían. Lo primero que vio fue la espalda de Jerry Kho, todavía desnudo y cubierto de pintura roja ya seca, que se agitaba con un movimiento que no conseguía reconocer. El loft estaba iluminado por la claridad azul de las primeras horas de la mañana, a la que se unían los saltos luminosos de las pantallas de televisión. Probablemente habían permanecido encendidas toda la noche. La mujer se preguntó si era ese el módulo que...

Como si hubiera percibido un cambio a sus espaldas, Jerry se volvió y la miró con ojos tan enrojecidos como si hubiera absorbido la pintura con la que se había embadurnado la noche anterior.

Jerry la miró como si no la viera.

—¿Quién eres?

Aquella pregunta la perturbó. De repente sintió una absurda vergüenza por su desnudez. Se sentó y se encogió, juntando las piernas entre los brazos. Tenía la piel tirante, a causa de la pintura seca que todavía la cubría. Parecía que miles de agujas microscópicas la pincharan al mismo tiempo. El movimiento hizo que su epidermis se arrugara y algunos fragmentos de pintura cayeran sobre la tela blanca.

—Soy Meredith.

—Pues claro, Meredith.

Jerry Kho asintió apenas con la cabeza, como si el nombre de la mujer conllevara el signo de lo ineluctable. Le volvió la espalda y se puso a esparcir los colores sobre la tela mojando directamente las manos en los botes de pintura que se hallaban a su lado. Meredith tuvo la impresión de que con ese simple movimiento el hombre había borrado su presencia de la habitación y del mundo entero.

Su voz ronca la sorprendió mientras trataba de levantarse sin rasparse la piel.

—No te preocupes por la pintura. Es al agua, no tóxica, como las que se dan a los niños para jugar. Basta con que te des una ducha, y desaparece. El cuarto de baño está al fondo, a la izquierda.

Jerry oyó a su espalda los pasos de la mujer que se alejaba. Poco después, el ruido de la ducha.

«Lávate y vete, Meredith-sin-nombre.»

Conocía a ese tipo de mujer. Si le dejara el menor espacio se le pegaría como un tatuaje, y él no era ese tipo de hombre. Ella solo había sido un medio para llegar a la obra que trazaba sobre el suelo, nada más. Ahora que su tarea estaba terminada, debía desaparecer. En su mente, confusa por el bajón de la droga, creía recordar haberla conocido la noche anterior en una inauguración a la que le arrastró LaFayette Johnson, su galerista. En la calle Broadway, le parecía. Una exposición de fotografía de una reportera que había vivido unos años en algún recóndito lugar de África, en la que mostraba a los integrantes de una tribu en un hábitat que pretendía hacer pasar por natural e incontaminado. Jerry observó la curiosa semejanza que tenían los ornamentos, los amuletos y los fetiches africanos con los de los nativos de América, vinculados por el uso forzoso de los mismos materiales.

Piel, huesos, piedras de colores. También allí, la esencia y la vanidad.

La única diferencia era la ausencia de flecos en los atuendos. Aunque, no tenían razón de ser. ¿Por qué usar un artificio ideado para escurrir de la ropa las gotas de lluvia, en un lugar donde no llueve casi nunca?

Dio vueltas durante un rato entre esos rostros, esas voces y esos vestidos sin la menor curiosidad por saber quién era quién y qué era qué. Atravesó, sintiéndose impermeable, ese muro invisible hecho de palabras que los seres humanos erigen entre ellos cuando creen comunicarse. Al cabo de un rato el aburrimiento comenzó a imponerse al efecto de la pastilla de éxtasis que había tomado antes de salir de su casa. Para Jerry era una de esas noches en las que se arrastraba por todos los lugares de Manhattan en los que hubiera un modo de alterar su realidad. Y sin duda ese no era uno de ellos.

—¿Usted es Jerry Kho?

Se volvió hacia la voz que le hablaba a sus espaldas y se encontró frente a un ser de sexo femenino de apariencia gris. Solo el pintalabios aportaba una mancha de rojo encendido. Le recordó uno de esos cortos en blanco y negro en los que, por elección estilística, hay un único detalle de color. La adoración que reflejaban los ojos de la mujer hacía que estos brillaran como el pintalabios; era el segundo detalle de color en esa gama de grises que debía de ser su vida.

—¿Tengo alternativa? —respondió, apartando la mirada.

La mujer no captó la despedida implícita que contenía su actitud. Siguió hablando, quizá enamorada de su propia voz, como todos.

—Conozco sus obras. He visto su última exposición. Era tan...

Jerry no supo nunca «tan...» qué había sido su última exposición. Siguió mirando fijamente los labios rojos de la mujer sin oír las palabras que salían de ellos, y allí, en esa especie de encuadre de la película muda que estaban rodando sus ojos, nació la idea. Y la idea, como todas las bendiciones, obedecía a un ritual.

La cogió por un brazo y la arrastró hacia la puerta.

—Si te gustan mis obras, ven conmigo.

—¿Adónde?

—A formar parte de la próxima.

Salieron a la calle y, mientras trataban de encontrar un taxi, pasaron ante los escaparates de Dean & Deluca, la tienda de alimentos a precios de Tiffany. Jerry se echó a reír. De golpe vio una imagen de uno de los sujetos africanos de la exposición: lo imaginó recorriendo la tienda, empujando un carrito lleno de productos que costaban más que su miserable vida.

Un taxi que se detuvo tras un gesto de Meredith-sin-nombre le evitó dar una explicación de su carcajada.

Jerry recordaba ahora la servil pasividad de la mujer cuando le pidió que se desnudara y su excitación cuando empezó a cubrirla con pintura. De algún modo lo había intuido, y se entregaba en silencio a aquello a lo que estaba a punto de formar parte.

Y ahora, el ruido del agua en la ducha. El arte, devorado por la tela, expelía sus excrementos de color a través de la descarga del baño. Jerry se preguntó si no valía más lo que estaba bajando por la tubería que lo que él estaba realizando en aquel momento.

«Arte y mierda son lo mismo. Y siempre hay alguien que logra venderlos, ya sea uno u otra.»

El cansancio empezó a hacerse sentir. Le ardían los ojos, pero unas lágrimas reparadoras acudieron para aliviar la molestia. Movió la cabeza lateralmente para estirar los doloridos músculos del cuello. Necesitaba algo, cualquier cosa que le ayudara a superar ese malestar físico. Y había una sola persona que podía procurársela. Se levantó y fue hasta el teléfono. Cogió el auricular sin que le preocupara manchar el aparato con la pintura fresca que tenía en las manos. Marcó un número y poco después le respondió una voz soñolienta.

—¿Quién coño es a esta hora?

—LaFayette, soy Jerry. Estoy trabajando y necesito verte.

—¡Joder, Jerry! Son las seis de la mañana.

—No sé qué hora es. Pero necesito verte, ahora.

Colgó sin esperar la respuesta. LaFayette Johnson le insultaría un rato, pero después se levantaría y acudiría corriendo a verle. Todo lo que tenía se lo debía en gran parte a él y era justo que se comportara en consecuencia.

Alzó los ojos y observó su imagen reflejada en el espejo colgado encima del teléfono. Vio el horror y el diabólico color de su cara demonizada, descompuesta como carne infecta por el modo como se había secado.

Sonrió a su imagen, que desde el espejo le devolvió una mueca indescifrable.

—Todo según los planes, Jerry Kho, todo según los planes...

El retorno de Meredith-sin-nombre le distrajo de esa conversación consigo mismo, un diálogo que nunca tendría fin porque nunca había tenido un comienzo. La mujer entró en el campo de visión que se reflejaba a sus espaldas, y Jerry se volvió hacia ella. Se había lavado el pelo y llevaba un albornoz de él cubierto de manchas de pintura que desde hacía tiempo había abandonado el saludable hábito de un lavado. Ahora que se había quitado la pintura de encima y había desaparecido hasta el último rastro de maquillaje, se la veía indefensa ante la despiadada luz del día. Su vulnerabilidad era tan manifiesta que Jerry sintió que la detestaba, por su apego a la vida, por su desesperada busca de recuerdos, por esa ridícula luz de adoración que tenía en la mirada cuando sus ojos se posaban en los de él. La detestaba profundamente y al mismo tiempo envidiaba la perfección de su insignificancia.

—Coge tu ropa y vete. Tengo que trabajar.

Meredith-sin-nombre se sonrojó y se convirtió en Meredith-sin-palabras. En silencio, comenzó a recoger sus prendas dispersas por el suelo, mientras mantenía cerrado el albornoz con una mano para evitar que se abriera al agacharse. Se volvió de espaldas y empezó a vestirse. Jerry vio cómo su cuerpo desaparecía poco a poco, casi milagrosamente, bajo las ropas. Cuando se volvió de nuevo hacia él, volvía a ser la mujer gris de la noche anterior, vaciada de la idea que, por pocas horas, la hizo atractiva a sus ojos. Tendió hacia él el albornoz manchado con que se había secado.

—¿Puedo quedármelo?

—Sí. Puedes quedártelo.

Meredith-sin-nombre sonrió. Aferró el albornoz contra el pecho y se dirigió hacia la puerta. Jerry le agradeció mentalmente que le ahorrara una última mirada, que se marchara sin un empalagoso último saludo. Se quedó solo con sus maldiciones. Cuando oyó que el ascensor se ponía en movimiento, fue a tenderse boca arriba en el centro de la tela fijada al suelo. Abrió los brazos y el espejo del techo le devolvió la imagen de su cuerpo crucificado a su propia obra.

Se quedó contemplándola y contemplándose sin encontrar fuerzas para seguir trabajando. A su izquierda, la enorme pantalla fragmentada en otras tantas seguía emitiendo sus manchas de colores y sus crudas y lascivas imágenes. Le habían encargado una obra para exponerla en el enorme vestíbulo del palacio de gobierno del estado de Nueva York, en Albany. El día de su instalación, con la asistencia del gobernador y de un público selecto, se oyó un murmullo de espera e impaciencia en el momento en que se encendió el módulo. A medida que se sucedían las imágenes, el murmullo fue sustituido poco a poco por un profundo silencio, tanto que todos los presentes parecían hechos de piedra.

El gobernador fue el primero en recobrarse. Su voz estentórea resonó en el inmenso salón como el aviso de una estampida.

—¡Apaguen ese escándalo!

El escándalo se apagó, pero pronto se encendió uno mayor. Jerry Kho fue denunciado por ofender a las instituciones y mostrar actos obscenos, aunque el juez que firmó la acusación lo proyectó, al mismo tiempo, hacia la fama y la notoriedad. LaFayette Johnson, el galerista que le proporcionaba las drogas, comenzó a añadir ceros al precio de sus obras, y él aceptó las consecuencias de su acción. A continuación llegó la condena, pero también la posibilidad de joder con todas las mujeres que quería y todo el dinero necesario para pagar lo que su marchante le conseguía.

El timbre sonó; para los oídos de Jerry tenía el significado de las palabras lupus in fabula.

Sin preocuparse por echarse nada encima, atravesó el caos del loft en el que vivía y trabajaba y fue a abrir. Vio que la puerta estaba entreabierta y se quedó perplejo.

Esa idiota de Meredith no había cerrado bien la puerta al salir. Por otro lado, si fuera LaFayette habría entrado sin llamar.

Cuando abrió del todo, vio la figura de un hombre envuelta en la sombra del rellano. La bombilla debía de haberse fundido, y no lograba adivinar de quién se trataba. Sin duda no era LaFayette, porque la silueta que percibía en la penumbra era un poco más alta que la del galerista.

Hubo un instante de silencio, como cuando el tiempo y el viento parecen desaparecer antes de que empiecen a caer las primeras gotas de una tormenta de verano.

—Hola, Linus. ¿No invitas a entrar a un viejo amigo?

La voz le llegó desde una penumbra rodeada de niebla y procedente de tiempos remotos. Hacía mucho tiempo que no la oía, y sin embargo la reconoció de inmediato. Como todos, Jerry Kho había fantaseado a menudo, bajo los efectos de la droga, con su muerte, la única certeza verdadera que tiene un ser humano. Había deseado aquello que desea todo artista: poder ser él quien la representara, y decidir el color y la tela que sería su sudario.

Cuando el hombre del rellano salió a la luz y entró en la habitación, Jerry tuvo la confirmación y supo que todas sus fantasías estaban a punto de ser superadas por la realidad. Le miró a los ojos, sin preocuparse por la pistola que empuñaba. Lo único que consiguió ver con claridad fue una mano desconocida que arrojaba un cubo de pintura negra sobre ese discutible cuadro que hasta ahora había sido su existencia.

Capítulo 3

3

LaFayette Johnson aparcó su flamante Nissan Murano en la explanada de Peck Slip y Water Street. Quitó las llaves del contacto y se agachó para coger un pequeño paquete oculto bajo el asiento del conductor. Bajó del coche y pulsó la tecla de cierre del mando a distancia. Mientras esperaba el titilar de los cuatro intermitentes, se estiró y aspiró una gran bocanada de aire. Se había levantado una ligera brisa cálida que llegaba del sur y traía un vago olor salobre; el viento había barrido las pocas nubes que hasta el día anterior habían agrisado el cielo. Ahora, sobre su cabeza, había un azul increíble que, como todas las recompensas, encerraba una exigencia. Alzando los ojos, entre los rascacielos y en las calles estrechas como aquella, solo podía verse un pequeño recuadro de cielo. En Nueva York, el sol, el cielo y el paisaje eran un privilegio de los ricos.

Y él, al fin, empezaba a serlo, gracias a ese loco degenerado de Jerry Kho. Y a lo que era y había sido. Su llamada le despertó pero no le sorprendió. La noche anterior, al verle salir del lugar en que se hallaban en compañía de ese esperpento, supo muy bien el papel que desempeñaba aquella mujer en la mente corrupta de Jerry. Él no se habría follado a esa mujer ni con la polla de otro, pero no tenía nada que objetar si su gallina de los huevos de oro necesitaba ciertas mortificaciones para crear esos engendros que personalmente le repugnaban pero de los que el público parecía ávido. Las obras de Jerry habían despertado un nuevo interés por el arte figurativo y los artistas emergentes. Volvían a aparecer coleccionistas y comenzaba a circular mucho dinero. Como si hubieran vuelto los viejos tiempos de Basquiat y Keith Haring. Y él, tal como hizo aquel viejo zorro de Andy Warhol, había acaparado uno de los caballos ganadores. Sin embargo, debía atenderle, cuidarle y mimarle como corresponde a un animal de raza. No le importaba que las ideas de Jerry fueran el producto de consumir casi todas las drogas disponibles en el mercado. LaFayette era lo bastante listo para no tener escrúpulos, y Jerry, lo bastante adulto para elegir su medio de destrucción. El intercambio le parecía, a fin de cuentas, equitativo. Él le proporcionaba cualquier sustancia que pudiera meterse en el cuerpo y, como recompensa, obtenía el cincuenta por ciento de todo lo que saliera de su cabeza.

LaFayette Johnson se guardó el paquete en el bolsillo del chándal y avanzó junto a los edificios de ladrillo visto hasta doblar a la derecha en Water Street.

Ese tramo del puente de Brooklyn estaba iluminado por el sol, pero la luz aún no había ido a rescatar de las sombras a Water Street. Sobre el puente se veían muchos coches y ya se oían los ruidos del tráfico matinal, aunque todavía no rompían el silencio de la calle.

A sus espaldas se extendía el South Street Seaport District, completamente reestructurado y lleno de tiendas y reclamos para los turistas, como el viejo mercado de pescado y el Pier 17 que se asomaba a las aguas del East River.

Siempre había encontrado algo extraño en aquella metrópolis, desde el día que llegó. Aunque Manhattan fuera una isla y Nueva York se levantara sobre la costa, resultaba difícil verla como una ciudad marítima. El océano se volvía río y el río se confundía con el océano en una continua guerra de guerrillas, como si el mar, el verdadero, desdeñara ese rincón del mundo y apenas hiciera llegar allí sus desechos. Solo las gaviotas parecían las depositarias de ese límite en continuo conflicto. De vez en cuando, hasta en Harlem era posible encontrar alguna que iba a disputar la comida a las palomas, pero nada más.

Se volvió a mirar su flamante coche nuevo, y sonrió. Pensó en los kilómetros que había conseguido poner entre él y los harapos de su infancia. Ahora, al cabo de mucho tiempo, podía al fin permitirse todos los juguetes que habría debido tener de niño.

El recuerdo, en su cabeza, estaba envuelto en humo, como si una parte de él hiciera lo imposible por borrarlo definitivamente de la memoria. Tenía dieciséis años cuando huyó del pequeño pueblo de Luisiana en el que había nacido, un lugar perdido donde la espera parecía formar parte del ADN de los habitantes. Estaban todos tan ocupados en dormitar que no lograban siquiera dormir como es debido. Solo esperaban. El verano, el invierno, la lluvia, el sol, el paso del tren, la llegada del autobús. Esperaban lo que no llegaría jamás: la vida. Three Farmers, unas cuantas casas decrépitas alrededor de una encrucijada, donde el único producto digno de mención eran los mosquitos, y la única aspiración de la gente del lugar era conseguir una jarra de limonada fresca. Acudió a su mente una frase que había oído en una película, de la cual se había apropiado: «Si fuera Dios y quisiera aplicarle una lavativa al mundo, le metería el tubo en Three Farmers...».

Recordó a su madre, envejecida antes de tiempo e impregnada del fuerte olor de la cocina cajun, con sus medias llenas de carreras, y recordó a su padre, para quien la familia solo era un lugar en el que desahogar las frustraciones y la rabia cuando había bebido demasiado. LaFayette Johnson se hartó de comer patatas y de recibir golpes; una noche en que su padre volvió a intentar levantarle la mano, le rompió los dientes con un viejo bate de béisbol y se marchó, tras robar todo el dinero que encontró en aquella hedionda pocilga que nunca había conseguido llamar «casa».

Adiós, Luisiana.

Había sido un viaje lento y largo, pero al final del camino le esperaba Nueva York.

Si hubiera obtenido la licencia se habría convertido en uno de tantos taxistas de paso por la ciudad, entre indios, paquistaníes y etnias varias. Se vio obligado a ganarse la vida, pero también él tropezó con su mina de oro. Encontró trabajo de recadero en una galería de arte de la zona de Chelsea, dirigida por un marchante llamado Jeffrey McEwan, un tipo maduro, esnob y algo afeminado, que se vestía siempre a la inglesa. Cuando le conoció, LaFayette logró a duras penas sofocar una carcajada mientras se preguntaba si aquel hombre usaba el papel higiénico como fular cada vez que iba a cagar.

La sonrisa de LaFayette Johnson se convirtió en una mueca de conmiseración mientras se dirigía, con los bolsillos llenos de droga, hacia la casa de Jerry Kho.

«Joder, qué hipócrita de mierda eras, Jeffrey McEwan.»

Aunque estaba casado, ese marica de Jeff tenía un culo en el que habría cabido un tren eléctrico, y una piel tan blanca y flácida que siempre que la tocó se estremeció de asco. Pero era rico y le gustaban los chicos guapos, jóvenes y de piel oscura. A LaFayette le gustaban las mujeres, pero poseía todos los requisitos que interesaban a su vicioso empleador. Supo enseguida que aquello podía significar un giro decisivo en su vida. Tenía una oportunidad al alcance de su mano, y debía estar atento para no desperdiciarla. Inició un juego de miradas y silencios; daba un paso adelante y retrocedía con astucia cuando parecía que podía ocurrir algo. Al cabo de unos meses, el viejo Jeffrey McEwan estaba a punto. El golpe de gracia se lo asestó LaFayette cuando, por casualidad, se dejó sorprender desnudo bajo la ducha en el cuarto de baño de la galería. El viejo maricón se volvió literalmente loco. Cayó de rodillas ante él, se abrazó a sus piernas y llorando le declaró su amor y masculló mil promesas y juramentos.

LaFayette le levantó la cabeza, le metió la polla en la boca y después le dio violentamente por el culo, obligándole a doblarse sobre el lavabo; lo mantuvo apretado con una mano sobre la espalda y le tiró de los pelos finos y rojizos con la otra para obligarle a mirar la imagen de ambos en el espejo.

El viejo McEwan, indiferente a las posibles consecuencias, dejó a su mujer y fueron a vivir en el mismo apartamento. Se hicieron socios y empezaron a trabajar juntos, al menos hasta el momento en que Jeff abandonó la escena a lo grande, tras sufrir un infarto en el vernissage de un pintor bastante cotizado, al cual representaban en exclusiva.

Por desgracia para LaFayette, el maldito marica nunca se había divorciado, y la gilipollas de la mujer se quedó con todo lo que Jeff no le había dejado expresamente en herencia a él, lo que llegaba casi al cincuenta por ciento.

Pero a fin de cuentas, no le había ido mal.

Había otra cosa que Jeff le había dejado en herencia y que en su trabajo valía más que todo el dinero del mundo: le había enseñado el valor de la cultura. LaFayette Johnson se dio cuenta de que el conocimiento era su herramienta de trabajo, y se dedicó a ello. Cuando la mujer de su amante le echó de la galería de Chelsea, ya se hallaba en condiciones de arreglárselas por su cuenta. Siguió la corriente que poco a poco desplazaba el centro de interés por el arte figurativo al barrio del Soho. Adquirió un gran local en la segunda planta de un elegante edificio en proceso de rehabilitación en Greene Street, una calle pequeña y empedrada que casi hacía esquina con Spring. Abrió la L&J Gallery con el firme propósito de ser solo socio de sí mismo. Al final, apenas le quedó el pequeño piso en el que vivía y el loft en la séptima planta de Water Street donde había instalado a Jerry.

Siguió andando a buen paso, calzado con sus Nike, hacia el portal de la casa.

Pasó ante un steakhouse, cerrado a aquella hora, y se miró en el reflejo de los escaparates; vio a un negro guapo, de unos cuarenta años, que vestía un chándal Ralph Lauren, un tío al que se le notaba que había tenido éxito. Dijo a su imagen la frase que con frecuencia le decía Jerry Kho: «Todo según los planes, LaFayette, todo según los planes...».

Pasó ante una verja medio oxidada, cerrada con cadena y candado. Del otro lado de la reja, en un patio al fondo del callejón, se entreveían unos coches maltrechos. Un cartel colgado entre el óxido invitaba a ponerles la correa a los perros.

Llegó ante el portal de Jerry, un edificio con adornos de piedra arenisca descolorida y con una escalera exterior de incendios, sobre la fachada. Buscó las llaves en el bolsillo y recordó que las había olvidado en el cuatro por cuatro. Pulsó el timbre, para asegurarse de que el idiota de Jerry le oyera, por si todavía estaba bajo los efectos de la droga.

Llamó dos veces, pero no obtuvo respuesta.

Estaba a punto de volver al coche, a por las llaves, cuando de la penumbra del zaguán emergió una figura que abrió la puerta. Era un hombre vestido con un chándal gris con la capucha puesta, que escondía su rostro y que llevaba gafas de sol.

Tenía la cabeza levemente inclinada hacia delante, y durante el breve encuentro se movió de modo que LaFayette no lograra verle la cara. Salió como si tuviera prisa, y se lo llevó por delante con cierta violencia, pero sin el menor indicio de querer disculparse. En cuanto salió por la puerta enderezó la cabeza y los hombros y echó a correr.

LaFayette lo siguió con la mirada mientras se alejaba. Notó que corría de un modo extraño, como si tuviera un problema en la pierna derecha y se viera obligado a medir el peso al apoyar el pie en el suelo.

«Loco de mierda.»

Ese fue el lapidario comentario de LaFayette Johnson contra todos los corredores, y ante aquel en particular, mientras entraba en el vestíbulo y pulsaba el botón del ascensor. La puerta se abrió de inmediato, lo que significaba que la cabina se hallaba en la planta baja. Probablemente la había utilizado el discutible atleta que acababa de salir. Deportista, sí, pero no hasta el punto de usar la escalera. O quizá el problema en la pierna le impedía bajar los escalones con agilidad...

LaFayette se encogió de hombros. Tenía muchas otras cosas en que pensar como para perder el tiempo con un vulgar y cojo aspirante a corredor de maratón. Por ejemplo Jerry, a quien debía abastecer y estimular para que trabajara a la mayor velocidad posible. Planeaba organizar una exposición en otoño y quería tener una amplia gama de opciones. Pocas cosas, pero muy representativas. Ya había organizado la visita de algunos de los coleccionistas a los que se consideraba creadores de opinión y había movido sus hilos para tener el apoyo de la prensa especializada, la que realmente contaba.

Había llegado el momento de dar el gran paso, el que le llevaría de Nueva York a todo el país y al resto del mundo. El ascensor se abrió con un crujido metálico en el rellano de la séptima planta, que ocupaba en su totalidad el apartamento de Jerry.

La pue

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