Tu nombre después de la lluvia (Dreaming Spires 1)

Victoria Álvarez

Fragmento

Prólogo

Si la Muerte pudiera llorar, sus lágrimas serían parecidas a las de aquella criatura.

Lo supo desde que la oyó exhalar su primer gemido. Desde que las vidrieras del castillo se estremecieron por primera vez, sacudidas por las vibraciones de la voz sin cuerpo que recorría los jardines, supo que había llegado su hora. Y también que cuando la Parca acudiera a buscarle no sería un esqueleto con una guadaña al hombro. No, sería una voz, nada más que una voz…, la misma que en aquel momento estaba oyendo, rota por los sollozos que no era capaz de contener, débil y poderosa al mismo tiempo, abriéndose camino en medio de los truenos que sacudían aquella pequeña población de la costa irlandesa.

Esa noche la silueta dentada del castillo se perfilaba contra el cielo amoratado como una inmensa boca abierta. Parecía que el pánico no era patrimonio exclusivo de los seres humanos; también las casas y lo que había en ellas podían sentirlo cuando intuían que se avecinaba una tragedia. El anciano no necesitaba contemplarlo con sus propios ojos. Había notado la tensión que crecía a su alrededor desde el instante en que apoyó el pie descalzo en el suelo, aún sentado en la cama de la habitación de invitados que le habían preparado, con los ojos desorbitados por un horror al que no se atrevía a poner nombre. El mismo horror que descendía serpenteando por los muros, se deslizaba alrededor de las estrechas ventanas, se hundía en el quebradizo bordado con el que la hiedra tapizaba el castillo y se sumergía en sus cimientos.

«Vete de aquí —parecían decirle las cosas que lo rodeaban—. ¡Aún estás a tiempo de salvarte!» Hasta los muebles coreaban a su alrededor como criaturas vivas. «¡Vete!», casi le suplicaban mientras corría como un demente por el pasillo al que se abría la puerta de su habitación, bajando por la escalera que desembocaba en el vestíbulo. «¡Abandona este maldito lugar cuanto antes!»

Las manos del hombre temblaban tanto que apenas había conseguido apartar las barras y los seguros que mantenían atrancadas las pesadas hojas de roble. Pero por fin había logrado salir al exterior, y ahora corría como alma que lleva el diablo colina abajo, sin nada más que una camisa de dormir empapada en sudor a pesar de que siguieran en enero y el invierno fuera de los más desapacibles que se habían conocido en la isla.

Llovía tanto que apenas conseguía distinguir lo que tenía ante sí. Los pies se le hundían a cada momento en los charcos de barro que resbalaban hacia el pie de la colina y en dos ocasiones estuvo a punto de golpearse la cabeza con alguna rama baja. Pero no se detuvo ni siquiera entonces; sabía que si se daba prisa podría alcanzar su hogar en un cuarto de hora, y una vez estuviera dentro, abrazado a su esposa y su hija, no habría nada que temer. La voz sin cuerpo seguiría sollozando, pero lo haría para otra persona, probablemente para alguno de los miembros del clan de los O’Laoire. En el fondo era lo que se esperaba de ella. ¿Qué derecho tenía a anunciar la muerte de un hombre que no tenía en sus venas ni una gota de sangre de aquella condenada familia?

Su corazón se iba aligerando a cada paso que daba, aunque su rostro seguía pareciendo una máscara de terror. Y empezaba a pensar que lo había conseguido, que estaba a punto de escapar de su propia condena, cuando la oyó de nuevo a sus espaldas. Y esta vez fue peor porque lo que dejó escapar no fue un sollozo, sino un nombre pronunciado entre lágrimas. Era su nombre.

«Por el amor de Dios, no… ¡No he hecho nada para merecer una muerte como esta!»

Sus nudosas rodillas temblaban tanto que casi chocaban entre sí. De nuevo se hundió en el barro, y tuvo que alargar desesperadamente un brazo para agarrarse a una rama con la que consiguió ponerse una vez más de pie. Un relámpago inundó de repente de luz los jardines que rodeaban la fortaleza. En aquel momento el anciano cometió su peor error: sucumbió a la necesidad de darse la vuelta para comprobar si en efecto le seguía. Cuando lo hizo le pareció que el corazón se le detenía en el pecho. A un centenar de metros, en lo más alto de la colina, creyó reconocer los imprecisos contornos de una silueta blanca.

«Dios mío, Dios mío, no dejes que lo haga. ¡No dejes que me lleve!»

Ahora los sollozos resultaban aún más cercanos a pesar de la intensidad de la tormenta. Casi sin aliento, temblando de los pies a la cabeza, el anciano retrocedió unos cuantos pasos y comprendió que se volvería loco si seguía sosteniéndole la mirada. Entonces se volvió de nuevo para seguir corriendo colina abajo antes de que pudiera alcanzarle. Casi era capaz de sentir su aliento de hielo en la nuca, de notar la presión de sus manos cadavéricas contra las suyas. Pero ahí estaba, justo ante sus ojos: la verja de entrada a la propiedad. Aún no sabía muy bien cómo lo había hecho pero estaba a punto de conseguirlo. Tan solo unos metros le separaban de la salvación. Elevando una oración muda, apretó el paso…

Las manos que había alargado en dirección a la verja nunca llegaron a tocar los barrotes. El ardor que ascendía por su pecho, y que había atribuido a los jadeos producidos por la carrera, se transformó de repente en un dolor tan agudo que perdió el equilibrio. Aterrado, el anciano no pudo hacer nada más que abrir la boca, como si quisiera dejar escapar un alarido que no llegó a sus labios. La criatura volvía a pronunciar su nombre, esta vez mucho más cerca. El hombre no se había equivocado: la voz le había seguido para tratar de alcanzarle, deslizándose como solo podían hacerlo las almas en pena entre los retorcidos árboles para acortar la distancia que la separaba de su presa.

Tuvo suerte de que el dolor de su pecho fuera tan profundo como para impedirle darse la vuelta una segunda vez. Había caído de bruces en el barro, con los brazos aún extendidos hacia la verja y los ojos tan abiertos que parecían a punto de escapar de las órbitas. Pero aunque no pudiera moverse, sus oídos seguían atentos. Y por eso comprendió que cada vez estaba más cerca, más y más cerca, avanzando sin hacer ruido en su dirección, caminando sin darse prisa porque sabía que su presa ya no podía escapar.

Cuando se detuvo a su lado, el anciano había dejado de moverse. Los ojos del color de la tormenta de la criatura se posaron sobre su cuerpo empapado de lluvia. Parecía más frágil que nunca en medio del barro, desvalido como un niño. Un último sollozo escapó de sus labios. «Fearchar…»

I
La ciudad de las agujas de ensueño

1

La locomotora inundaba de hollín el cielo del atardecer, un trazo desdibujado de color negro sobre la acuarela del condado de Oxfordshire que podía contemplar a través de los cristales. Había realizado tantas veces aquel mismo trayecto que podría decir sin temor a equivocarse en qué momento se distinguiría cierta veleta sobre los tejados de alguno de los pueblos, o cuándo un pequeño estanque aparecería entre las ondulaciones de las colinas recubiertas todavía por la escarcha invernal. Puede que para otra persona resultara aburrido tener que presenciar tantas veces el mismo espectáculo, pero a Alexander Quills le parecía de lo más reconfortante. Era la prueba de que no tardaría en llegar a su destino. A su casa.

El traqueteo del tren que había tomado en la estación de Paddington le sumía por momentos en un agradable duermevela, al igual que el parloteo de Robert Johnson, el hombre sentado justo delante de él, que había desplegado un ejemplar de la revista Light de enero de 1903 para leerle a su amigo una noticia.

—«A pesar de su formación científica, o precisamente gracias a ella, la aportación del profesor Quills a nuestro campo de estudio no debería dejar de ser tenida en cuenta» —recitaba el hombre mientras una sonrisa se dibujaba en su cara redonda. Parecía tan orgulloso como un padre al que el maestro acaba de anunciar que su hijo ha obtenido las calificaciones más altas de la clase—. «Las teorías que nos dio a conocer hace unos días durante su conferencia en la sede londinense de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas se cuentan entre las más interesantes que se han escuchado en las últimas décadas dentro de ese glorioso templo dedicado al espiritismo, que parece haber encontrado por fin un nuevo profeta.»

Alexander no se inmutó; seguía contemplando con atención el paisaje que discurría detrás de la nebulosa de los cristales empañados. Ahí estaba de nuevo, justo donde sabía que la encontraría: una veleta de bronce con la forma de una sirena deslucida por el paso de los años y las inclemencias del tiempo.

—«Es lo que estábamos pidiendo a gritos en estos tiempos en que los hombres y las mujeres realmente necesitan apoyarse en la ciencia y la tecnología para creer en algo que los profanos considerarían increíble» —continuaba su compañero—. «Esto es lo que el profesor Quills puede aportar a la humanidad: una esperanza constatable, codificable, palpable. Más auténtica que nada que hayamos estudiado hasta ahora, porque todas las demás teorías espiritistas palidecen ante la minuciosidad de sus experimentos.»

—Podrían haberse ahorrado esa frase —comentó Alexander, apoyando la cabeza en una mano mientras sus ojos se perdían en las nubes que recorrían el cielo—. No creo que se trate de la mejor carta de presentación. Sobre todo teniendo en cuenta que no soy ningún médium.

—Mucho me temo que a las elegantes señoras que participan en sesiones de espiritismo en sus gabinetes de Mayfair y de Covent Garden les traerá sin cuidado si posees o no ese don —le aseguró su amigo, todavía parapetado tras la muralla de papel—. Lo único que les debe de importar ahora mismo es lo mucho que cambiarán las cosas si las máquinas que has presentado en Londres se acaban convirtiendo en un requisito sine qua non en cualquier reunión que se precie. Me parece que aún no eres consciente del revuelo que provocarán a partir de ahora tus pequeños artilugios. —Y dejó de peinar con los ojos la segunda columna de la noticia para leerle en voz alta a Alexander el párrafo con el que concluía—: «Vivimos en una época en que la tecnología se ha convertido en la meta a la que parecen orientarse todos los esfuerzos de la sociedad. Nuestros lectores saben tan bien como nosotros de qué manera nos hemos aferrado a la creencia ciega de que existe algo más allá del cuerpo y que la muerte no es un final. ¿Cómo no entonar un canto de alabanza a este profesor que ha llevado a cabo la unión perfecta entre la ciencia y la fe, que ha colocado los adelantos tecnológicos modernos a nuestro servicio para poner de manifiesto incluso ante los más escépticos que todo aquello en lo que hemos creído es cierto?».

Al darse cuenta de que Alexander no pensaba comentar nada, su amigo inclinó hacia delante las páginas del ejemplar del Light para observarle con cierta extrañeza. Solo entonces comprendió que lo que lo mantenía callado no era solo la modestia sino el cansancio y las ganas de llegar a casa. Habían sido unos días muy ajetreados, y aquella proliferación de reseñas, noticias y artículos que la prensa especializada había publicado acerca de su persona habría bastado para hacer perder el norte a cualquier otro. Pero no a Alexander Quills, desde luego; los pocos amigos de verdad con los que contaba sabían que nunca se le habría ocurrido meterse en aquello simplemente por ambición. Puede que en ese momento su nombre fuera el más repetido entre los miembros de la reputada Sociedad de Investigaciones Psíquicas, pero su aspecto seguía siendo el de un antiguo profesor del Magdalen College de Oxford agotado después de pasar horas corrigiendo exámenes.

También su mirada seguía siendo triste. Alexander tenía treinta y siete años, aunque parecía mayor; tal vez se debiera a unas cuantas canas que habían comenzado a poblar su barba y su cabello castaño claro, o a las leves ojeras que subrayaban los ojos azules que seguían escrutando las nubes a través de unas redondas gafas doradas. Era muy alto y delgado, y hasta el menor detalle de su fisonomía respondía al estereotipo del caballero británico. Por su elegancia tan natural y por la cadencia de su voz podría parecer un aristócrata, hasta el momento en que uno reparaba en las manchas de tinta que siempre salpicaban sus dedos. «Sigue tratando de abarcar más de lo que puede —se dijo su amigo con una repentina punzada de compasión—. Como si pudiera pasar página trabajando precisamente en esto…, ¡en una máquina para comunicarse con los muertos!»

Mientras hablaban había comenzado a caer una fina llovizna, una tenue cortina de agua pulverizada que salpicaba los cristales y que no tardaría en desaparecer en cuanto el viento arrastrara las nubes reunidas en cónclave sobre sus cabezas. Realmente lo que se decía de Inglaterra era cierto: uno podía sentarse en cualquier lugar al aire libre para asistir en apenas una hora a un desfile de las cuatro estaciones del año.

—Hace un frío de mil demonios esta tarde —se quejó Johnson sin poder reprimir un estremecimiento, cerrándose un poco más el cuello del abrigo—. Y eso que cuando me marché a Londres la semana pasada me pareció que la temperatura del vagón era de lo más agradable. ¡Casi puedo ver el aliento que sale de mi boca al hablar!

—Deja de quejarte —le contestó Alexander con una leve sonrisa—. Estoy seguro de que entrarás en calor cuando bajes del tren, Robert. O mejor dicho cuando te apartes de mí.

—Cualquiera que te oyera ahora mismo pensaría que eres la persona más amargada del mundo. Suerte que los que te hemos conocido en momentos mejores estamos dispuestos a desmentirlo.

El amigo de Alexander era de edad aproximada a la suya, aunque mucho más bajo y rechoncho, con una cara de luna llena en la que relucían dos grandes ojos grises. Hacía muchos años que se conocían, aunque su encuentro en Londres había sido completamente fortuito. Johnson estaba pasando unos días en la capital para resolver algunas cuestiones relacionadas con las obras que quería llevar a cabo en el orfanato de Reading del que era director. Alexander y él habían coincidido en la librería Hatchards y después de estar hablando cerca de una hora decidieron ir a cenar juntos. Fue entonces cuando Johnson se enteró de que su amigo había viajado a Londres para dar una charla en la sede de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas acerca de unas máquinas que había patentado recientemente y gracias a las cuales, maravilla de maravillas, podía detectarse la presencia de ectoplasmas. Lo que su amigo le contó al respecto le causó tanta conmoción que decidió prolongar su estancia unos días más para asistir a la conferencia de Alexander. Ahora, tras comprobar cómo una de las revistas espiritistas más importantes del Imperio británico se hacía eco de la fascinación que él mismo había sentido, le costaba contener su alegría y el orgullo de tener por amigo a un estudioso de tanto renombre. Cuando el tren abandonó poco a poco la estación de Slough, en la que se había detenido durante unos minutos, se inclinó hacia delante para decirle en voz más baja:

—¿Puedo preguntarte qué será lo siguiente que ofrecerás al mundo? ¿En qué está trabajando ahora mismo el famoso profesor Quills? ¿Algún artilugio parecido, algún…?

Alexander volvió a sonreír.

—Me temo que eso aún no puedo decírtelo. Ningún científico daría a conocer los resultados de un experimento antes de estar seguro de que podrá llegar a buen término.

—Vamos, ni que se lo fuera a contar a todo Reading… Solo me gustaría que me adelantaras algo. Como comprenderás, no deja de ser un motivo de satisfacción para los antiguos muchachos que estudiaron contigo en el Magdalen College hace tantos años.

Su respuesta fue vaga:

—Lo cierto es que estoy trabajando en algo ahora mismo…, pero por el momento se encuentra en su fase embrionaria. Se trata de un proyecto mucho más ambicioso que los detectores de ectoplasmas, un aparato que tardaré muchos meses en perfeccionar, puede que incluso años. Aunque tampoco es que me preocupe tener que dedicar tanto tiempo a una investigación de este tipo. En el fondo no tengo otra cosa que hacer…

—Deberías tratar de recuperar tu antigua plaza en el Magdalen College —le aconsejó Johnson—. No creo que estas investigaciones se opongan diametralmente a tus lecciones magistrales sobre Física Energética. Y estoy seguro de que los alumnos te echan de menos más de lo que crees.

—Sabes tan bien como yo que mientras John Claypole sea rector del Magdalen no me van a permitir poner de nuevo un pie en esa institución —fue la cortante respuesta de Alexander, que de repente había dejado de sonreír.

Johnson se dio cuenta en ese momento de que su amigo jugueteaba de manera inconsciente con un anillo de oro que llevaba en la mano derecha. Los nubarrones que recorrían el cielo habían vuelto a encontrar eco en su rostro, y el hombre no se atrevió a decir nada más. Finalmente fue el profesor quien rompió aquel silencio.

—¿Cómo se encuentra tu esposa? Me imagino que estará deseando tenerte de vuelta al pie del cañón. No debe de ser fácil mantener a raya a dos docenas de niños revoltosos.

—Claro que no lo es, pero Mary Jane está más que acostumbrada. —Johnson esbozó una sonrisa cómplice—. Bien mirado, a veces me da la sensación de que es ella quien lleva los pantalones, tanto en casa como en el orfanato. Nuestros chicos la respetan más de lo que me respetarán nunca a mí. Sabe bien cómo meterlos en cintura.

Alexander apostaba a que sí. Cualquiera se atrevía a plantar cara a aquella dama tan temperamental con proporciones de ballena, que era capaz de pasar de la dulzura a la cólera en un momento pese a tener un corazón de oro.

—¿Y tu Charlotte? —siguió preguntando—. ¿Qué me cuentas de ella? ¿Cómo está?

—Enorme. —Johnson dejó escapar una risotada—. Tendrías que verla, Alexander. En unos meses será más alta que su madre. Es increíble cómo pasa el tiempo sin que uno se dé cuenta; parece que fue ayer cuando la subía en el columpio que tenemos en el jardín.

—Deberás tener cuidado a partir de ahora. Cualquier día comenzarán a rondarla…

Realmente parecía haber dado con un buen tema de conversación porque Johnson siguió hablando con devoción de las dos mujeres de su vida durante la siguiente media hora. Cuando el tren aminoró la marcha y entró en la estación de Reading, se había hecho prácticamente de noche. Su amigo se levantó con esfuerzo del asiento, dobló el ejemplar del Light y se lo colocó bajo el brazo.

—Bien, ¡por fin en casa! Más vale que vaya a recoger mis baúles antes de que los demás viajeros armen barullo. Aunque te prometo —añadió en tono más jocoso— que no tocaré tus maravillosas máquinas para tratar de saciar mi curiosidad.

—Van empaquetadas entre tantos algodones que te aburrirías antes de llegar a ellas.

El profesor le alargó una mano, y Johnson se la estrechó afablemente.

—Saluda de mi parte a Oliver cuando lo veas. Dile que venga a pasar unos días con nosotros en cuanto empiece la primavera. Nuestro orfanato no deja de ser la primera casa que tuvo, aunque hayan pasado siete años desde que se marchó de allí.

—Lo haré —prometió Alexander con una sonrisa—. Y sé que le encantará complacerte.

—Cuando nos visitó el verano pasado les contó a los chicos unas historias de terror que les entusiasmaron y casi no pegaron ojo durante una semana —comentó Robert sacudiendo la cabeza como si aún le costara creer que un muchacho que se había criado bajo su techo pudiera haber desarrollado semejante pasión por la literatura gótica—. Todo un personaje, Oliver.

El pasillo se había llenado de personas ansiosas por alcanzar el compartimento de los equipajes. Johnson abrió la puerta con ganas de unirse a ellos, aunque antes de salir se volvió una última vez hacia Alexander para decirle en voz baja:

—La invitación a Oliver se hace extensiva a ti, y no solamente porque sepa que eres su mejor amigo. Creo sinceramente que has estado solo durante demasiado tiempo. No puede ser sano dar tantas vueltas a un asunto, sin más compañía que la de uno mismo…

—Te lo agradezco, Robert. Pero como ya te he dicho tengo mucho que investigar.

—Insisto —dijo su amigo, al parecer incapaz de aceptar un «no» por respuesta—. Más te vale hacerme caso o tendrá que ser Mary Jane quien viaje hasta Oxford para buscarte.

El hombre desapareció en medio de la muchedumbre, abriéndose camino como podía entre los hombres y las mujeres que hablaban a voz en grito detrás de la puerta corredera. Al cabo de unos minutos Alexander lo vio bajar al andén. Johnson se volvió una vez más hacia el vagón, y saludó con su ancha mano abierta antes de dirigirse al exterior, donde cogería un coche de alquiler para llegar hasta el orfanato situado a las afueras de Reading.

Casi de inmediato el tren se puso de nuevo en movimiento. Alexander apartó los ojos de la silueta de Johnson y se recostó en el asiento, aprovechando que no había nadie sentado frente a él para estirar las piernas. «Tengo que admitir que me hubiera gustado tener conmigo a Oliver en este viaje. Y también a Lionel, aunque estoy seguro de que se las habría ingeniado para escandalizar al pobre Johnson cada vez que abriera la boca», pensó con un asomo de ironía.

Faltaba poco para llegar a Oxford, pero aquel rato se le haría eterno. Su compañero de viaje se equivocaba al decirle que había estado solo durante demasiado tiempo. El gran problema de Alexander Quills era que nunca conseguía estar solo… pese a lo que pudieran pensar la mayoría de las personas con las que se cruzaba cada día en su ciudad.

2

A miles de kilómetros hacia el este, cientos de reinas y princesas del Antiguo Egipto dormían arrulladas por la arena del desierto.

La luna que se elevaba aquella noche sobre el Valle de las Reinas cubría de plata unas dunas que aún conservaban parte del calor absorbido durante el día, a pesar del frío que traían consigo las tinieblas. Tres egipcios cuchicheaban acurrucados a unos cien metros de distancia de la más reciente de las excavaciones que se había emprendido en el valle. Se trataba de tres fellah, obreros que trabajaban a destajo apartando tierra para los arqueólogos occidentales y que por la noche hacían turnos para asegurarse de que ninguna persona ajena a la excavación se acercara a la sepultura. Se habían echado unas mantas raídas por encima de las galabiyas blancas, y hablaban sin desviar los ojos de la luz encendida ante la puerta de la tumba como si se tratara de esfinges de carne y hueso.

Había pasado ya la medianoche cuando a uno de ellos le llamó la atención un movimiento sobre la duna más cercana, una pequeña cascada de arena que resbalaba por la pendiente. El muchacho se apresuró a ponerse en pie y los demás le imitaron. Alguien se aproximaba procedente del río, azuzando al camello en el que iba montado con un Yalla! Yalla! que dejaba traslucir cierta impaciencia. No tuvieron que esperar más que unos segundos para reconocer la poderosa silueta masculina que se fue perfilando poco a poco en la cumbre de la duna. Los tres egipcios sabían perfectamente quién era por haber trabajado a sus órdenes durante casi un mes. Aquel hombre se llamaba Lionel Lennox, y era uno de los arqueólogos ingleses que el conde de Newberry, el caballero que corría con los gastos de la excavación, le había recomendado a Theodore M. Davis, el director de la misma.

Aunque no era egipcio, tenía los ojos casi tan negros como ellos, al igual que el espeso cabello cubierto por un sombrero de ala ancha. Debía de rondar los veintisiete años y era de complexión vigorosa, con unos labios carnosos y sensuales que resultaban algo extravagantes en un país como Inglaterra, donde había pasado buena parte de su vida. En aquel momento los apretaba en una mueca de mal humor, evidentemente contrariado por la presencia de los fellah. No había contado con que hubiera tanta gente en el Valle de las Reinas. «Esto va a ser una auténtica fiesta —se dijo resignadamente mientras detenía al camello al lado de los guardas—. Justo cuando necesito que no haya ojos cerca de mí…»

Masa el khayr, buenas noches —saludó al muchacho. Dejó en sus manos las riendas mientras desmontaba del animal con un suspiro de alivio. Nunca se acostumbraría a aquellos zarandeos—. ¿Hay gente montando guardia ante la sepultura?

Aiwa, mudir. Los mismos de siempre, señor —le respondió en voz baja el joven.

Lionel asintió con la cabeza. Se pasó las manos por las perneras del pantalón para limpiarse la arena que se le había adherido durante el trayecto, volviéndose hacia la luz que se distinguía a cien metros de distancia. Si eran los mismos de siempre la cosa resultaría mucho más sencilla. Lo único que hacía falta era que su historia les pareciera convincente, algo que no le preocupaba demasiado. Años de campañas amorosas le habían ayudado a desarrollar un considerable talento para la improvisación. Nada iba a salir mal aquella noche.

—No os mováis —les dijo a los guardas al cabo de unos instantes—. Dentro de un rato volveré para recoger mi camello. Debo ultimar algunos preparativos dentro de la tumba.

—Como quiera, mudir. Estaremos toda la noche de guardia en este mismo puesto.

Perfecto. Tampoco habría problemas por aquel lado; el temor supersticioso que los egipcios sentían por cualquier cosa relacionada con sus momias reales no les permitiría dar un paso más en la dirección que tomaría Lionel dentro de unos instantes.

Avanzó con deliberada calma hacia aquella luz que relucía como un faro sobre las dunas plateadas, detrás de los barrotes que Davis, el director de la excavación, había hecho colocar dos días antes a la entrada de la sepultura. Cuatro habitaciones repletas de ajuares funerarios y el cadáver de una princesa legendaria depositado dentro de unos sarcófagos recubiertos de láminas de oro debían de suponer una tentación para los saqueadores.

El joven se pasó una mano por la áspera barba de varios días mientras trataba de componer una expresión más relajada, saludando después con una sonrisa a los soldados que el director había puesto de guardia por si la presencia de los fellah no bastaba para alejar a ladronzuelos sin escrúpulos. Tres muchachos ingleses de pura cepa, ninguno mayor que Lionel, acurrucados alrededor de una pequeña lámpara de gas y de una rudimentaria cafetera de la que se escapaba el seductor aroma dulzón del ahwa mazboot recién hecho.

—Buenas noches, chicos —les saludó—. ¡Hace un frío de mil demonios!

—Y que lo diga, señor Lennox. Sabíamos que el desierto no tiene clemencia cuando se pone el sol, pero esto empieza a ser demasiado —corroboró uno de los soldados, tratando de arrebujarse más dentro de su manta y aferrando su taza de café—. ¿Le apetece un poco?

—Gracias, Davidson, pero no me lo puedo permitir. Tengo muchas cosas que hacer.

—¿Va a trabajar en plena noche? —se sorprendió otro de los jóvenes—. ¿A estas horas?

—Me temo que no tengo más remedio —rezongó Lionel—. Me envía el propio Davis después de darse cuenta de que esta tarde nos hemos dejado unas herramientas en la cámara del sarcófago. Y como mañana por la mañana llegarán las primeras autoridades que han solicitado asistir al descubrimiento, no podemos permitirnos dar una mala imagen. Sobre todo teniendo a Schiaparelli y los tipos de la Missione Archeologica Italiana merodeando todo el tiempo por aquí, tratando de descubrir lo que nos traemos entre manos antes de que aparezca publicado en los periódicos. Hay demasiado en juego.

—Me imagino que además de los del Times acudirán miembros del Servicio de Antigüedades —adivinó Davidson, el más avispado—. Y puede que gente del alto mando.

—Un puñado de políticos a los que les debe traer sin cuidado la arqueología, pero que considerarían una afrenta no ser invitados —coincidió Lionel—. Davis me ha contado hace unas horas que lo más probable es que acuda el gobernador de la zona en persona.

El joven dejó escapar un silbido, enarcando las cejas sobre sus grandes ojos claros.

—Entonces no hará falta preguntarle cómo está. Hecho un manojo de nervios, me imagino. ¡Al amanecer esto se habrá convertido en un hervidero de periodistas!

—Razón de más para que nos aseguremos de que hemos dejado las cosas en orden.

Los soldados asintieron, comprensivos. Davis no había tenido más remedio que permitir que acudiera a la sepultura cuando se lo pidió. «No pienso causar una mala impresión», le había dicho. «Avise a los soldados de que no dejen entrar a nadie más mientras recoge todo lo que hayamos olvidado. Y que sea la última vez que pasa algo así.» Lionel se había limitado a agachar la cabeza ante su superior. Sería la última vez que lo haría dado que, si todo salía como había previsto, en tres días estaría a bordo de un barco que lo conduciría del puerto de Alejandría al de Londres.

—Quédese un poco cuando acabe si no está cansado, señor Lennox —pidió Davidson.

—Sí, nos encanta escuchar sus historias. Hace que los demás arqueólogos parezcan tan tiesos como sus momias. Aún no ha acabado de contarnos la de la condesa recién casada…

Lionel no pudo contener la risa. Pobres muchachos, casi se avergonzaba de lo que se disponía a hacer a sus espaldas. Menos mal que con algo de suerte nadie se daría cuenta.

—Lo haré —prometió con su mejor sonrisa—. Pero lo mejor será que me ponga manos a la obra cuanto antes. ¿No tendréis por ahí alguna lámpara de repuesto para prestarme?

Uno de los soldados se incorporó para rebuscar en una de las bolsas de cuero que habían apoyado contra la reja. No tardó en dar con un pequeño candil, el mismo modelo que usaban ellos. Lo acercó a la otra lámpara para que prendiera y se lo alargó a Lionel.

—Buena suerte ahí dentro —le dijo después—. ¡Y tenga cuidado con las maldiciones!

Lionel se llevó una mano a la frente en un remedo de saludo militar. El viento del desierto soplaba con más fuerza que nunca cuando se adentró poco a poco en el sombrío corredor, caminando con la lámpara alzada para reconocer cada uno de los minúsculos accidentes del terreno. A sus espaldas seguía oyéndose el rumor de las voces de los soldados, pero no por mucho tiempo; tras doblar la primera esquina a la derecha el silenció imperó, como si las paredes construidas miles de años antes se negaran a devolver el eco de unas palabras que sin duda debían de considerar un sacrilegio.

Lionel se detuvo en seco, respirando hondo durante unos segundos. Estaba completamente solo. El aroma a cerrado aún no se había desvanecido pese a que habían pasado dos semanas desde que despejaron el paso a la sepultura. «Es el olor que deja la muerte a sus espaldas», reflexionó mientras reanudaba sus pasos en la penumbra. «Un olor que no tiene nada que ver con la descomposición. ¡Será mejor ponerse en marcha!»

Meresamenti, ese era el nombre que se repetía una y otra vez sobre las paredes de la sepultura. La princesa Meresamenti, la hija más famosa de Neferjeperura Amenhotep, más conocido como Akenatón, el faraón hereje, el maldito, el que había querido relegar al olvido durante su reinado al antiguo dios Amón sustituyéndolo por su propia deidad.

La historia de Akenatón había hecho correr ríos de tinta, y a la de su querida hija le había sucedido lo mismo. De Meresamenti se sabían seguramente más cosas que de las demás princesas que habían nacido en la tierra de Kemet juntas, aunque hasta entonces no se hubiera podido dar con su sepultura. Y no porque los arqueólogos no se esforzaran por conseguirlo desde el mismo momento en que comenzaron a realizarse excavaciones dentro de la necrópolis tebana. Para cualquier aficionado a la egiptología se trataba poco menos que de un personaje de leyenda. Decían las crónicas de Amarna que su rostro era como un engañoso espejismo del desierto, que su sonrisa hacía pensar en la sangre supurada de una herida mortal. Y realmente había sido una maldición para todos sus amantes, pues la pasión que habían sentido por aquella princesa los había llevado a matar y morir. Su mismo nombre parecía capturar la esencia de esa mujer. La Amada del Infierno, la hembra capaz de conducir a los hombres a la perdición.

La titilante llama de la lámpara parecía insuflar vida propia a las pinturas que cubrían los muros de la tumba. En una de ellas, tan impresionante que Lionel no pudo evitar detenerse unos instantes para admirarla, estaba representada Meresamenti, sentada y contemplándose en un espejo que sostenía en la mano derecha. El joven tuvo que levantar un poco la lámpara para apreciar la riqueza de una pintura que Davis había considerado «la mayor joya de la tumba». Como le sucedía cada vez que la observaba, no pudo evitar que una descarga de sensualidad le recorriera todo el cuerpo. Sus ojos oscuros se perdieron en las curvas que se insinuaban entre los pliegues de lino de color negro, una tonalidad muy poco habitual en las pinturas funerarias, y que a ella sin embargo parecía irle como anillo al dedo. Bajo un pesado collar de oro con cuentas de vidrio asomaban sus pechos desnudos, y sobre sus cabellos resplandecía una diadema adornada con plumas de buitre. «Una auténtica lástima no haberla conocido —pensó Lionel con malicia sin dejar de observar sus senos—. Creo que he nacido en el siglo equivocado.»

Algo agitó de repente la llama del candil. Lionel se volvió en la dirección en la que sabía que se encontraba el sarcófago. La misma corriente de aire gélido, surgida de las profundidades de la tumba, rozó un mechón de su cabello. El joven chasqueó la lengua con desdén.

—Vamos, no te andes con remilgos a estas alturas —dijo en voz baja, mientras reanudaba sus pasos con la lámpara firmemente asida en la mano—. Si lo que se dice de ti en las leyendas es cierto, no creo que haya existido un solo hombre en Egipto capaz de escandalizarte…

Lionel ya había supuesto que Meresamenti se encontraría encerrada en su tumba, y no solamente como una momia colocada dentro de cuatro sarcófagos recubiertos de gruesas láminas de oro. No necesitaba las máquinas del profesor Quills para comprender que había un alma en pena rondando por aquel lugar.

«Y me pregunto qué haría Alexander si se encontrara en mi situación», pensó. Requebrar a una princesa muerta no, desde luego; lo más probable sería que le echase en cara a él su absoluta falta de respeto hacia lo sagrado. Siempre lo hacía.

Dobló una segunda esquina, bajó por un nuevo tramo de escaleras y cuando quiso darse cuenta se encontraba en la cámara funeraria. Allí yacía Meresamenti, envuelta en sus apretadas vendas y protegida por cientos de amuletos escondidos en cada pliegue. Los almendrados ojos de obsidiana incrustados en la tapa del sarcófago parecieron sonreír con refinada maldad cuando Lionel pasó por su lado, dedicándole apenas una mirada de desconfianza. A diferencia de lo que cualquier erudito pudiera pensar, lo más interesante que había en aquella cámara no era la momia de la princesa, ni las incontables piezas de su magnífico ajuar. Muy al contrario, Lionel se detuvo delante de la pared más alejada de la puerta, en la que una minuciosa representación del Juicio de Osiris presidía la composición pictórica. Aquello era lo que estaba buscando.

El joven volvió a levantar la lámpara para que derramara su luz sobre hileras y más hileras de complicados jeroglíficos que carecían de cualquier sentido a sus ojos. «Puede que en el fondo Davis tenga razón; no me vendría mal aprender a descifrar este lenguaje —tuvo que reconocer a regañadientes—. Aunque ese es el campo de Oliver, no el mío; ese muchacho habla más idiomas de los que sus amigos podríamos aprender en todos nuestros años de vida juntos. De todas maneras no necesito descifrar ninguno de los signos de El Libro de los Muertos para encontrar lo que me han encargado.» Sus pupilas recorrieron la pared una y otra vez, escrutando la superficie de un blanco amarillento hasta que se detuvieron en un símbolo situado en la parte inferior del muro, a la altura de sus pies. Le costó ahogar una sonrisa de triunfo.

A simple vista parecía un instrumento de cuerda dotado de un mango más largo de lo normal, pero Lionel sabía que era mucho más que eso. Era la manera que tenían los egipcios de representar la esencia del ser humano, las entrañas de un cuerpo, un óvalo en la parte baja alusivo al corazón con una línea vertical que trataba de emular una tráquea.

Se leía como nefer, y nefer significaba «belleza». Un concepto que a la princesa Meresamenti debía de haberle parecido, en su modesta opinión, de lo más adecuado para referirse a su cuerpo. Tanto que según una crónica que no conocía más que un puñado de personas, y que le había sido transmitida a Lionel con la mayor confidencialidad, había ordenado a sus criados que ocultaran bajo aquel símbolo su posesión más preciada.

Ninguno de los arqueólogos de la campaña de Theodore M. Davis daba crédito a esos rumores, ni sospechaba que un jeroglífico de la tumba de Meresamenti escondiera un tesoro. Y por supuesto, así seguiría siendo después de que Lionel se hiciera con él. Al posar las manos en la pared de la cámara funeraria, procurando que no se desprendieran restos de pintura, no animaba su mirada el resplandor febril de los científicos ante un nuevo hallazgo, sino la luz de la codicia.

—Lo siento, preciosa. Lo siento de corazón. —Se puso de rodillas, colocando con el mayor cuidado la lámpara a su lado, y se abrió la chaqueta para sacar las herramientas que supuestamente había olvidado en la tumba y que en realidad traía consigo—. Es una pena que las cosas tengan que ser así —siguió diciendo—. No es nada personal, ya lo sabes.

Extendió una pequeña manta en el suelo, al pie de la pared, y escogió un escoplo y un mazo entre sus útiles. Sabía que tenía que ser silencioso además de rápido. Contuvo la respiración por un momento antes de descargar el primer golpe sobre el revestimiento de estuco. Pequeñas lascas blancas se desprendieron de la pared, seguidas por otras, cada vez de mayor tamaño. Lionel no pudo contener una gran sonrisa al darse cuenta de que no se había equivocado: la humedad que había estropeado algunas de las pinturas también había reblandecido las paredes, haciendo mucho más sencilla su tarea. En unos minutos el joven había abierto un agujero lo bastante grande para poder deslizar la mano en su interior. Cuando por fin lo hizo, se dio cuenta de que sus dedos tropezaban con algo.

—Aquí estás… —murmuró Lionel. Tuvo que ponerse de bruces para poder alcanzar un ángulo más adecuado, respirando hondo para tratar de tranquilizarse. Luego agarró un extremo de lo que parecía un bulto envuelto en piezas de lino para sacarlo lentamente de su escondite. No pudo evitar mirar por encima de su hombro, pero nadie había acudido alertado por los ruidos del mazo. Estaba a solas con su descubrimiento… y con Meresamenti.

Cuando por fin pudo sostenerlo entre sus manos, recordó por qué Alexander Quills le parecía el más inteligente de sus amigos. Allí estaba, justo donde el profesor había sugerido que podrían haberlo escondido, en el rincón más profundo de una tumba olvidada, esperando durante más de tres mil años a que alguien lo sacara de nuevo a la luz. El espejo que le había concedido a la princesa Meresamenti su hipnótica hermosura, el que según la leyenda siempre llevaba consigo. El que sostenía en la mano en aquella pintura que tanto había atraído la atención de los arqueólogos, incapaces de adivinar que pudiera haber algo cierto en las historias que le atribuían todo su poder.

Debía de medir unos veinte centímetros de largo, y a juzgar por el ruido que hacía al moverlo, se encontraba dentro de una caja de madera envuelta en capas y más capas de lino para impedir su deterioro. Lionel no tenía tiempo para contemplarlo con sus propios ojos. Ya lo miraría a gusto cuando lo llevara consigo a Inglaterra unos días más tarde. Sonriendo al pensar en la cara que pondrían Alexander y Oliver cuando por fin vieran el espejo, lo colocó con el mayor cuidado a su lado para proceder a tapar el agujero practicado en el muro con un poco de yeso. Todo había salido según su plan.

—Y de todas formas, no creo que lo necesites ahora mismo —siguió diciéndole al furibundo espíritu que estaba seguro de que seguía dando vueltas de un lado a otro de la cámara—. Ya has pasado a la historia como la mujer más hermosa que ha existido. ¿Qué más puedes pedir?

Al salir le costó adoptar la misma expresión relajada con la que había entrado en la tumba, pero no quería que los soldados se percataran de lo que había ocurrido minutos antes en su interior. Se aclaró la garganta mientras se dirigía a la entrada del sepulcro llevando la caja envuelta en lino dentro de su chaqueta. Al poner por fin un pie en el exterior anunció con desenfado:

—Bueno, me he entretenido más de lo que pensaba, pero me las he apañado para que todo quede inmaculado para mañana. Creo que ni siquiera Davis podrá poner un…

Iba a decir «reparo» pero la voz se le perdió en la garganta. Su pie acababa de chocar contra algo blando colocado delante de la abertura. Lionel dudó unos segundos antes de bajar un poco la lámpara que sostenía en alto. Cuando lo hizo no pudo acallar un grito.

El joven Davidson yacía boca abajo con una herida sangrante en la nuca. Parecía encontrarse aún con vida; de sus labios se escapaba un gemido tan quedo que costaba escucharlo. Sus dos compañeros habían sufrido la misma suerte, y permanecían medio recostados contra los barrotes de la entrada, la cabeza de uno reclinada en el hombro del otro. Lionel dejó escapar una maldición entre dientes. Se disponía a agacharse para tratar de auxiliar a Davidson cuando su sexto sentido le avisó de que alguien se acercaba a sus espaldas, así que se apresuró a darse la vuelta, soltando la lámpara sobre la arena.

Se quedó sin palabras al comprender que habían sido objeto de una emboscada. El muchacho al que había dejado encargado de cuidar de su camello le dirigió una mirada feroz, retrocediendo en el acto para ponerse lejos de su alcance. Sostenía una cuerda en sus manos morenas. Solo entonces reparó en que los soldados ingleses habían sido maniatados.

—¿Qué demonios significa esto? —profirió Lionel. La voz le temblaba un poco, más por la rabia que por el miedo a lo que pudiera pasar—. ¿Qué estabais tramando? ¿Ahora resulta que también trabajáis para otros?

—Me da la impresión de que ellos no son los únicos, Lennox. Ni muchísimo menos.

Lionel se volvió en el acto hacia el lugar del que procedía aquella voz, momento que aprovechó el fellah para agarrarle las muñecas. De nada sirvió que se revolviera entre sus brazos; cuando quiso darse cuenta los otros dos egipcios habían irrumpido en el charco de luz proyectado por las lámparas de gas delante de la sepultura para arrastrarle hacia el exterior. Lo empujaron hasta que cayó de rodillas sobre la arena, delante de un caballo oscuro que se había acercado poco a poco a Lionel. Al levantar la mirada se encontró con una figura ataviada de negro de los pies a la cabeza que le inspeccionaba desde lo alto de la montura. Iba envuelta en un caftán de los que solían emplear los hombres del desierto, y un pañuelo siroquero le tapaba casi por completo el rostro. Lo único que podía distinguir entre sus pliegues eran unos ojos del color de la noche clavados en los suyos.

No habría hecho falta que los fellah siguieran inmovilizándole los brazos detrás de la espalda. Lionel no habría sido capaz de moverse por mucho que lo hubiera intentado; la visión de aquel par de ojos almendrados lo había dejado reducido a la inmovilidad más absoluta por motivos que no conocía nadie más que él. La figura negra obligó a su caballo a detenerse tan cerca que el cálido aliento del animal le hizo torcer el gesto. Los pliegues del pañuelo se estremecieron por unos instantes; era evidente que se reía de él.

—No sabe cuánto lamento que tengamos que encontrarnos en unas circunstancias tan peculiares —le dijo con la mayor calma del mundo. Tenía un tono de voz curiosamente ronco, como el de alguien cuyas cuerdas vocales hubieran sido lastimadas—. Pero no me quedaba más remedio que esperar de brazos cruzados a que hiciera su parte del trabajo. Le felicito, amigo mío; doy por hecho que ha sido un éxito.

—Me temo que no tengo la menor idea de lo que está diciendo —le espetó Lionel, aparentando frialdad—. Lo único que estaba haciendo dentro de la tumba era recoger algunas…

—Algunas herramientas que había dejado olvidadas. Sí, eso es lo que les dijo a estos incautos. Es una pena que le aprecien tanto como para creer todo lo que les cuenta. Las paredes tienen oídos, incluso las que están decoradas con pinturas de miles de años de antigüedad. Sé lo que ha hecho ahí dentro.

—Entonces es que las piedras hablan, además de oír. ¿Qué rayos quiere?

Aquellos mismos ojos se estrecharon hasta quedar reducidos a dos rendijas negras.

—Ya sabe qué quiero, Lennox. Lo mismo que usted. Lo que le trajo a este lugar.

—¿El encanto milenario de la necrópolis tebana? —le contestó Lionel con ironía—. Si es así supongo que está de suerte. No tiene más que mirar a su alrededor para captar el…

Se mordió los labios cuando a una señal del jinete uno de los fellah le asestó un golpe en la nuca. Tuvo que limitarse a mirar de nuevo sus rodillas hundidas en la arena.

—No trate de jugar conmigo —le advirtió la silueta negra. Esta vez su tono de voz resultó más quedo, aunque igual de ronco—. Sé perfectamente lo que acaba de hacer dentro de la tumba de Meresamenti. No es tan estúpido como a menudo le gusta aparentar, Lennox. Ha esperado pacientemente hasta que Davis y sus hombres estuvieran totalmente embriagados por sus descubrimientos para sustraer la posesión más importante de Meresamenti. Y me trae sin cuidado quién haya podido hacerle este encargo, ni lo que le hayan ofrecido a cambio de llevarlo a Inglaterra. Yo también estoy aquí para reclamarlo como mío, y me temo que nada de lo que pueda hacer conseguirá que me vaya con las manos vacías.

Inmovilizado por los fellah, Lionel no pudo impedir que le abrieran la chaqueta y rebuscaran en su interior hasta dar con el bulto. Los ojos del jinete del desierto se encendieron como dos carbones al rojo vivo cuando se lo entregaron. Mientras el joven se revolvía inútilmente entre los brazos de sus sicarios, una mano enguantada retiró uno a uno los pedazos de lino descolorido para acabar revelando una caja de madera destinada a albergar la más preciada reliquia de Meresamenti. Tenía la forma de una cruz ansada recubierta de láminas de oro, exactamente igual que sus sarcófagos.

Cuando la mano abrió con cuidado la tapa, Lionel se sorprendió a sí mismo conteniendo la respiración. Algo relució de repente ante la luz de las lámparas de gas: un delgado disco de bronce que parecía atraer toda la claridad del lugar. La figurilla de la diosa Neftis que constituía el mango, con las grandes alas curvadas hacia arriba para adaptarse a la forma del espejo, resplandecía como si acabara de salir del taller en que había sido creada aquella magnífica pieza. Nada indicaba que hubieran transcurrido tres mil años desde el día en que la hicieron desaparecer tras la pared de la cámara funeraria de Meresamenti.

—Por fin… —susurró la voz ronca. A Lionel le pareció percibir un temblor reverencial en sus dedos cuando se curvaron alrededor del mango. Una dolorosa punzada de envidia atravesó su pecho; al final no había conseguido ser la primera persona que lo tocara tras sacarlo de nuevo a la luz—. Por fin estás aquí —siguió—. Tan hermoso como te describían en las leyendas. Y tan real como solo unos pocos sabíamos que eras.

Momentos después la caja de madera cayó en las manos del fellah que se la acababa de tender y la silueta misteriosa se guardó el espejo entre los pliegues del caftán.

—Ha sido muy amable por su parte, enormemente amable, señor Lennox. Se me ha ocurrido que tal vez le apetecería quedarse con la caja como premio de consolación. Podría servirle como una prueba de que realmente el espejo se encontraba dentro de la tumba, y además —añadió mientras alargaba un brazo como si quisiera abarcar toda la panorámica del Valle de las Reinas—, ninguna persona inteligente la dejaría tirada de cualquier manera por aquí. Le obligaría a dar una serie de explicaciones de lo más engorrosas a Davis sobre los motivos por los que no aparece en ningún inventario.

Los dos egipcios que sujetaban los brazos de Lionel le soltaron en el acto. Por fin pudo estirar los dedos, tratando de desentumecerlos con un gruñido mientras el misterioso jinete hacía una señal a los fellah para que desaparecieran cuanto antes en la noche después de dejar caer la caja sobre la arena. Pero Lionel no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados; había llegado demasiado lejos para permitir que alguien le arrebatara su premio. Cuando la silueta hizo girar a su montura deslizó sigilosamente una mano hacia su bota derecha para sacar una pequeña pistola que solía llevar escondida dentro de la caña. La aferró con fuerza mientras la alzaba hacia el jinete, preguntándose por un momento qué demonios acabaría haciendo con su cuerpo si conseguía abatirle…

Ni siquiera le dio tiempo a encontrarse en aquella tesitura. El jinete debió de captar aquel movimiento con el rabillo del ojo, porque antes de que pudiera apretar el gatillo se volvió sobre su caballo para apuntarle con su propia pistola. El disparó se oyó en todo el valle, creando ecos extraños en las colinas que lo rodeaban, y el grito que dejó escapar Lionel cuando la bala impactó contra su hombro alarmó tanto al caballo de su atacante que lo hizo encabritarse sobre las patas traseras y soltar un prolongado relincho.

Tambaleándose, el joven cayó de espaldas contra los barrotes de la reja, llevándose una mano al hombro. Los dedos que apretaba contra la camisa no tardaron en teñirse de sangre. La bala se había incrustado a la derecha de su clavícula y aquel dolor que se extendía cada vez más por su cuerpo casi le hacía jadear, perplejo y sobrecogido.

Con los ojos abiertos de par en par, se quedó contemplando cómo la negra figura le devolvía la mirada, aún con la pistola humeante en la mano, antes de guardarla de nuevo.

—Muy poco prudente por su parte —le susurró—. Por su propia seguridad, Lennox, le recomiendo que no vuelva a hacer nada parecido en nuestro siguiente encuentro. La próxima vez que nos veamos no tendré tan mala puntería. Y no es una amenaza. Es una simple predicción.

Apretó con fuerza los talones contra los flancos de su caballo para que se diera la vuelta y en cuestión de unos segundos había desaparecido junto a los fellah. Se habían llevado consigo el camello en el que Lionel había ido al Valle de las Reinas, aunque ni siquiera reparó en ello. Gimiendo por el dolor, el joven se dejó caer poco a poco sobre la arena, reclinando la cabeza contra los barrotes y mordiéndose los labios con tanta rabia que casi le sangraban.

Oyó cómo los soldados ingleses se revolvían a sus espaldas, pero no se volvió para comprobar si los tres seguían vivos. Su camisa se estaba convirtiendo en una gran mancha de sangre que no tardó en extenderse por la chaqueta. Aquella no era la primera vez que le herían en una refriega, y sabía que no era probable que muriera por un disparo en el hombro. Ninguna de esas cuestiones le angustiaba tanto como saber que un miserable se marchaba rumbo al horizonte con lo que él había encontrado en la tumba. No pudo ahogar una maldición, apretando con fuerza los párpados. El espejo de Meresamenti había desaparecido. Nadie lo volvería a admirar; sería como si Lionel no hubiera dado con su escondrijo. Casi pudo oír cómo la suave brisa que arrancaba olas de arena a las dunas del desierto traía a sus oídos el rumor de una risa silenciosa. Alguien se carcajeaba de lo que acababa de ocurrir.

«Ya has pasado a la historia como un inútil —parecían susurrar los labios invisibles y muy cercanos de Meresamenti—. ¿Qué más puedes pedir?»

3

Muy lejos de las riberas del Nilo, en el corazón del Balliol College de Oxford, un joven licenciado llamado Oliver Saunders se desesperaba delante de unos diccionarios de latín amontonados sobre la mesa de su dormitorio. En aquel momento los proverbios romanos le parecían una cuestión mucho más preocupante que un disparo en el hombro.

Llevaba más de cuatro horas sentado en aquella misma postura, lo que empezaba a dejarse sentir en sus cervicales. Los dedos de su mano izquierda jugueteaban de manera inconsciente con los mechones oscuros que le caían por encima del hombro, recogidos en una coleta tan larga que rozaba la superficie de la mesa. Con la otra mano sostenía un lapicero con el que daba golpecitos encima del papel. Labor omnia vincit improbus… «Un trabajo ímprobo todo lo vence.» Seguramente los romanos tuviesen razón, pero aquella frase no le hacía sentirse menos cansado. Le faltaba poco para cabecear de aburrimiento.

Recientemente la Sociedad Filológica de Gran Bretaña se había puesto en contacto con la Universidad de Oxford para establecer negociaciones acerca de un Diccionario de proverbios latinos que vería la luz un par de años más tarde. La universidad había aceptado colaborar en tan ambiciosa empresa, incorporando a aquel proyecto a los antiguos alumnos que hubieran conseguido las calificaciones más altas en su especialidad. A Oliver le había correspondido hacerse cargo de los proverbios de la F a la M, aunque desde hacía algunos días no dejaba de preguntarse si la posibilidad de participar en la redacción del diccionario sería una recompensa o más bien un castigo. Llevaba seis meses trabajando en ello, pero aún quedaba mucho por hacer. ¡Acababa de empezar los de la L!

Bostezó de forma tan desmesurada que sintió un chasquido en las mandíbulas. Los demás colaboradores del proyecto se habían apoderado a comienzos del curso de tres grandes mesas situadas en el primer piso de la biblioteca del Balliol College, pero Oliver prefería trabajar en su habitación. Tenía la mala costumbre de quedarse en las nubes de vez en cuando y sabía que sus compañeros lo mirarían con desdén si se percataban de su tendencia a fantasear. Allí al menos tenía la libertad de desconectar de vez en cuando, de relajarse escribiendo alguno de los relatos góticos que solía enviar a los periódicos para ganarse un dinero extra y de contemplar durante horas cómo los estudiantes deambulaban por el patio al que se abría su ventana. Era un cuarto muy pequeño, un cubículo en el que no había más que una cama contra una de las paredes, un armario casi vacío, una palangana para lavarse y, eso sí, una buena cantidad de estanterías, además de un escritorio en el que Oliver pasaba más tiempo que en ningún otro lugar del college. Y prácticamente no podía encontrarse un rincón en el que no hubiera montones de papeles manuscritos, cuadernos de anotaciones y novelas de hacía cien años que el muchacho sacaba casi a diario de la biblioteca. Debajo de su cama asomaban una docena de ejemplares del periódico Dreaming Spires, manoseados tantas veces por Oliver que daba la sensación de que su papel de mala calidad se convertiría en polvo al tocarlo.

El chico se pasó una mano por los ojos antes de seguir con lo que estaba haciendo. Litterae non dant panem. «Las letras no dan de comer.» Aquello, por mucho que les extrañase a sus profesores, no le hacía sentirse más tranquilo respecto a su futuro. «Además, esto es latín de la Edad Media —recordó mientras deslizaba el lapicero sobre el papel—. No había Virgilios ni Ovidios que pudieran romper una lanza por los poetas muertos de hambre.»

Al terminar de escribir el primer párrafo echó un vistazo al siguiente proverbio del que debía ocuparse. Litterarum radices amaras, fructus dulces. «Las raíces del estudio son amargas, pero sus frutos son dulces.» Pues ahí no había dulzura ninguna, al menos por el momento.

—Ya es suficiente por hoy —musitó Oliver, dejando el lapicero a un lado y cerrando los libros que tenía abiertos sobre la mesa—. A este paso me olvidaré de hablar inglés.

Eran poco más de las seis, pero fuera no tardaría en anochecer. Se incorporó para abrir la ventana, agradeciendo que la brisa que recorría los jardines del Balliol College le refrescase las mejillas y le revolviera el pelo. Su larga melena le había granjeado numerosas miradas de recelo por parte de algunos académicos y alguna que otra paternal reprimenda, pero Oliver no tenía tiempo ni ganas de ir a cortársela. Le gustaba el aspecto romántico que le daba, algo que también pensaban muchas de las chicas con las que se cruzaba cada día en los terrenos del colegio sin que él, siempre sumido en sus pensamientos, se percatara en ningún momento de cómo le miraban.

Todos solían decirle que pasaba más tiempo fantaseando que actuando, pero aquello le importaba tan poco como lo que pudieran pensar de su pelo. Hacía pocas semanas que había cumplido veintitrés años, aunque parecía más joven; quizá fuera la inocencia de sus cálidos ojos castaños, grandes y melancólicos, o su silueta de adolescente que aún no ha logrado convertirse en hombre. Era alto y delgado como un junco, con unas manos nerviosas que solo parecían serenarse cuando sostenía una pluma. A la izquierda de la nariz, quebrando la simetría de sus facciones, tenía un lunar, «una mancha de tinta que de pequeño se metió en mi sangre», le había dicho un día en broma a Alexander Quills.

Había algo en Oliver que siempre le hacía parecer desubicado, como si tuviera un pie puesto en una dimensión extravagante. Él tenía la teoría de que algo así debía de sucederles a todos los huérfanos. Cuando creces sin sentir que tus raíces se han enroscado en la tierra, sin tener a nadie en quien poder contemplarte para encontrar tu propio reflejo, te cuesta encariñarte con lo que te rodea. Oliver nunca había conocido a sus padres, a sus abuelos o a sus hermanos, si es que los había tenido, pero en cambio se había embarcado siendo un niño en la Hispaniola, había luchado al lado del Corsario Negro para vengar la muerte de los suyos y había remontado el Mississippi en compañía de Jim y Huckleberry Finn. Nadie podría decir que no había tenido la más feliz de las infancias.

Más tarde, Robert Johnson, el director del orfanato de Reading en el que siempre había vivido, al darse cuenta de que aquel muchachito de mirada soñadora poseía un potencial que nunca había encontrado en ninguno de sus alumnos, decidió intervenir para que recibiera una educación más completa. A Oliver le fue concedida entonces una modesta beca que le permitió acceder a la Universidad de Oxford con dieciséis años. Quiso cursar Estudios Clásicos, pese a los consejos de quienes le decían que le iría mucho mejor siendo abogado, y tres años más tarde consiguió licenciarse con un título de primera clase que le abrió las puertas al mundo de los académicos. Desde entonces había permanecido en el Balliol College, lo más parecido a una casa que había tenido después del orfanato. Y aunque nunca se lo dijera a nadie, ni siquiera a su amigo el profesor Quills, algo en su interior le advertía de que su vida acabaría en aquel lugar.

Oliver estiró los brazos por encima de la cabeza para relajar los músculos. Estaba realmente agotado aquella tarde, y no solo por las horas que había pasado trabajando en el diccionario. Lo que más le cansaba era el hecho de que se tratara de un diccionario, y no de una colaboración con Dreaming Spires. «Qué envidia me da Lionel a veces —pensó rascándose la cabeza—. A mí también me encantaría poder marcharme a Egipto para tratar de encontrar el espejo de una princesa legendaria, en lugar de pasarme las horas muertas en esta habitación sin más compañía que la de los proverbios lat

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