La isla perdida (Gideon Crew 3)

Lincoln Child
Douglas Preston

Fragmento

cap-3

2

Gideon siguió a Eli Glinn hasta la sala Este de la biblioteca Morgan. Aun repleto de visitantes, aquel magnífico espacio resultaba sobrecogedor. Gideon no había vuelto a la Morgan desde que la restauraron, sus tesoros nunca habían dejado de tentarle, y de inmediato quedó cautivado de nuevo por los frescos de las bóvedas, las estanterías atestadas de valiosos libros, la enorme chimenea de mármol, los opulentos tapices y muebles, y la gruesa alfombra de color burdeos. Glinn, con la mano agarrotada pegada al mando de su silla de ruedas eléctrica, se desplazaba por la sala con cierta agresividad, avanzando puestos en la cola, sabedor de que la gente suele ceder su lugar a los discapacitados. En pocos segundos se situaron los primeros de la fila. Ante ellos, la gran vitrina de cristal en cuyo interior se encontraba el Libro de Kells.

—Menuda sala —murmuró Gideon mirando a su alrededor.

Sus ojos se detuvieron instintivamente en los sofisticados y visibles mecanismos de alta seguridad: guardias particularmente atentos, entrada única, cámaras que barrían el espacio desde las molduras del techo, dispositivos de detección de movimiento, infrarrojos. Además, al entrar en la estancia, había reparado en la enorme puerta deslizante de acero, capaz sin duda de sellar aquel espacio en cuestión de segundos.

Glinn resiguió con la mirada el techo abovedado.

—Impresionante, ¿verdad? Los frescos los pintó Harry Siddons Mowbray y en las albanegas aparecen los doce signos del zodíaco. John Pierpont Morgan, el fundador de la biblioteca, pertenecía a un exclusivo club que admitía solo a doce miembros, a cada uno de los cuales correspondía un signo zodiacal. Según dicen, la decoración de los signos y los demás extraños símbolos que pueden verse en el techo se refieren a acontecimientos importantes de su vida.

Gideon se fijó en la grandiosa y ornamentada chimenea de uno de los extremos de la sala. En sus intrincadas cavidades se habían instalado discretos dispositivos de seguridad, algunos de los cuales no había visto en su vida y no tenía ni idea de cómo funcionaban.

—Ese tapiz de la chimenea se tejió en los Países Bajos en el siglo XVI —continuó Glinn—. Describe uno de los siete pecados capitales: la avaricia —explicó con una risita ahogada—. Una elección interesante viniendo del señor Morgan, ¿no le parece?

Gideon dirigió la atención al cubo de cristal que contenía el Libro de Kells. Era obviamente un cristal antibalas, y no el habitual de tonos azulados, sino uno blanquecino, del tipo P6B, supuso. Antibalas y antiexplosiones, a prueba también de martillos y hachas. Gideon observó con atención la vitrina, haciendo caso omiso del fabuloso e irreemplazable tesoro que contenía. Identificó y categorizó las diversas barreras de seguridad: sensores de movimiento, de presión atmosférica, de calor por infrarrojos e incluso algo que le pareció un sensor de composición atmosférica.

Cualquier tipo de perturbación desencadenaría el cierre de la puerta deslizante de acero, y la sala quedaría sellada con el ladrón dentro.

Y esas eran solo las medidas de seguridad a la vista.

—Sobrecogedor, ¿verdad? —murmuró Glinn.

—Estoy acojonado.

—¿Cómo? —inquirió Glinn, sorprendido.

—Perdone. Se refiere usted al libro, claro. —Gideon lo miró por primera vez—. Parece interesante, sí.

—Esa es una manera de describirlo, por qué no. Sus orígenes están envueltos en el misterio. Algunos dicen que lo escribió el mismísimo san Columba sobre el año 590 después de Cristo. Otros creen que fue manuscrito e ilustrado por monjes anónimos doscientos años después, para celebrar el bicentenario del nacimiento del santo. Se comenzó en la isla de Iona, frente a la costa occidental escocesa, y más tarde lo trasladaron a la abadía de Kells, un pueblo de Irlanda, donde se añadieron las ilustraciones. Allí se conservó durante siglos, a buen recaudo de los incursores vikingos, que saquearon una y otra vez la abadía pero no lo encontraron jamás.

Gideon observó el manuscrito de cerca. Pese a su desinterés inicial, quedó fascinado por los fantásticamente complejos patrones de la página, de una profundidad casi fractal.

—La página que se muestra hoy es el folio 34r —explicó Glinn—. El famoso crismón, también llamado «monograma Ji Ro».

—¿Ji Ro? ¿Qué es eso?

—«Ji» y «ro» son las dos primeras letras del nombre de Cristo en el alfabeto griego. El relato de la vida de Jesús comienza en Mateo 1, 18. La página que contenía ese versículo suele aparecer muy decorada en los primeros evangelios ilustrados. Una de las primeras palabras de ese versículo es «Cristo», y en el Libro de Kells, las dos primeras letras de la palabra, «ji» y «ro», ocupan la página completa. —La gente empezó a arremolinarse tras ellos y Gideon sintió que alguien le empujaba levemente con el codo. Glinn continuó su explicación entre susurros—. ¡Contemple ese laberinto inextricable! En la decoración hay ocultas todo tipo de cosas: animales, insectos, pájaros, ángeles, pequeñas cabezas, cruces, flores. Por no mencionar la formidable complejidad de los entrelazados celtas... El sueño de un matemático. ¡Y los colores! ¡Los dorados, verdes, amarillos y púrpuras! Estamos ante la mejor página del manuscrito ilustrado más importante del mundo. No es de extrañar que en Irlanda lo consideren su tesoro nacional. No hay más que mirarlo, por Dios santo.

Era la primera vez que Gideon notaba algo parecido al entusiasmo en la voz de Glinn. Se inclinó un poco más hacia delante, tanto que su aliento empañó el cristal.

—Disculpe, pero hay gente esperando —dijo una voz con tono impaciente justo detrás.

Gideon quiso hacer una pequeña prueba. Colocó la palma de la mano sobre el cristal.

Al instante, saltó una grave sirena y un vigilante exclamó:

—¡No toque el cristal, por favor! ¡Señor, retire la mano!

La llamada de atención alentó al gentío impaciente.

—Vamos, hombre, deje ver a los demás —pidió otra voz, a la que acompañó un murmullo de aprobación.

Con un hondo suspiro de reticencia, Glinn accionó el control de su silla y esta se alejó con un zumbido. Gideon lo siguió. Unos momentos más tarde caminaban de nuevo por Madison Avenue, entre los coches que no se detenían y los bocinazos de los taxis. Gideon parpadeó bajo la intensa luz.

—Veamos si he entendido bien: ¿lo que quiere es que robe ese libro?

Gideon notó la mano de Glinn sobre su brazo, tratando de tranquilizarle.

—No, el libro entero no. Solo el folio que hemos visto. El número 34r.

—¿Por qué?

Glinn guardó silencio.

—¿Me ha visto alguna vez responder preguntas así? —preguntó luego con tono afable mientras aparcaba la limusina que los llevaría de vuelta a Little West con la calle Doce.

cap-4

3

Pasaron tres días. Gideon Crew salió de la piscina situada en la azotea del moderno hotel Gansevoort y se dirigió a su suite con vistas al Meatpacking District, el antiguo barrio de los carniceros. Desnudo de pies a cabeza, contemplaba los diagramas y planos que cubrían la gigantesca cama. En ellos se detallaba al milímetro el sistema de seguridad instalado en la sala Este de la biblioteca Morgan.

El préstamo del Libro de Kells por parte del gobierno irlandés a la Morgan se había gestado durante ocho años y había superado incontables dificultades. La razón principal fue que en el año 2000, cuando se expuso en Canberra uno de los folios del manuscrito, varias páginas del mismo resultaron dañadas con el roce y perdieron pigmento. La fricción entre las hojas se atribuyó a la vibración causada por los motores del avión. Desde entonces, el gobierno de Irlanda se mostraba renuente ante cualquier petición de préstamo.

James Watermain, multimillonario estadounidense de origen irlandés y fundador del Watermain Group, se había propuesto exponer el libro en su país. Watermain era conocido por su carisma y saber hacer. En efecto, logró convencer al primer ministro irlandés y, finalmente, al gobierno en su conjunto, de que prestasen el manuscrito. Eso sí, bajo condiciones muy estrictas. Una de ellas fue la renovación total de los sistemas de seguridad de la sala donde exhibirían la obra, reforma que Watermain pagó de su bolsillo.

Watermain había intentado en un primer momento exponer el manuscrito en el Smithsonian. La seguridad del museo, sin embargo, había puesto trabas al lavado de cara de los sistemas de vigilancia y protección, y al final las negociaciones cayeron en saco roto. Gideon se complació para sus adentros al oír esto. Aunque tenía recuerdos bastante desagradables de su infancia en Washington D. C. —su padre fue asesinado allí—, años más tarde había vuelto ocasionalmente a esta ciudad. La capital del país le parecía un museo al aire libre algo aburrido, por momentos soporífero, sede de monumentos bonitos y documentos de valor incalculable. Semanas antes, sin embargo, lo habían invitado a Washington para otorgarle una medalla por su reciente hazaña de Fort Detrick. Para su desesperación —quizá debido al 11-S, quizá solo por culpa de los papeleos y el inevitable aumento de la burocracia—, la que había sido antiguamente una ciudad tranquila se había convertido en una especie de campamento fortificado. La Policía Metropolitana, la Policía del Capitolio, la Policía de Parques Nacionales, la Policía del Departamento de Estado, la Policía de la Fábrica de Moneda, el Servicio Secreto, la policía «especial» (achtung!)... En total, una decena de fuerzas policiales distintas ahogaban el centro de la ciudad con su presencia: todos los agentes iban armados y al parecer todos tenían competencia para obligar a cualquier coche a pararse y detener al desafortunado conductor, o eso le había contado a Gideon un taxista ex policía. Gideon miró a su alrededor y contempló a todos aquellos agentes que sobraban y cuyas jurisdicciones se superponían. Casi creyó oler el humo del dinero que pagaba en impuestos quemándose.

La gota que colmó el vaso llegó cuando más adelante encontró una multa de tráfico automatizada en el buzón de su casa: un radar lo había cazado en New York Avenue superando por poco el límite de velocidad de sesenta kilómetros por hora, y había fotografiado la matrícula de su coche. Ahora tenía entre las manos una sanción de ciento veinticinco dólares y no había manera de reclamar más que viajando de nuevo a Washington D. C. para recurrir la multa. Apenas recordaba lo que había pasado y no tenía forma de reconstruir los hechos: ¿estaba ese límite de velocidad indicado? ¿De verdad iba a más de sesenta kilómetros por hora? ¿Dónde diablos estaba exactamente New York Avenue? Habían pasado varios días. ¿Se suponía que todos los ciudadanos debían recordar algo así? Gideon decidió hacer dos cosas: primero, pagar la multa; después, no regresar al D. C. en mucho, mucho tiempo. En su opinión, los gobernantes de esa ciudad, imperecedero y hermoso símbolo de la grandeza del país, estaban obsesionados por financiar un presupuesto demasiado abultado.

O quizá a Gideon le sentaba mal volver a la urbe, dada la vida que llevaba a orillas de su arroyo truchero. En cualquier caso, no estaba dispuesto de ninguna manera a volver al Smithsonian.

Sus pensamientos regresaron al presente. Se puso a dar vueltas alrededor de la cama, preguntándose cómo habría conseguido Glinn los planos de los sistemas eléctricos y de seguridad de la biblioteca Morgan. Estos describían al detalle todos los circuitos y sensores, incluidas las especificaciones técnicas. Le venían más que bien. Nunca antes se había enfrentado a un sistema de seguridad como aquel; de hecho, jamás habría podido imaginar siquiera unos dispositivos de vigilancia y control de esa magnitud. Estaban presentes las barreras de seguridad habituales, con elementos reforzados o redundantes, unas fuentes de alimentación alternativa y todos los mecanismos que un ladrón podría esperar. Eso solo para empezar.

La sala Este era básicamente una caja fuerte. Se había construido con paredes dobles de piedra caliza de Vermont, de casi un metro de espesor. La única entrada estaba equipada con una puerta deslizante compuesta por una hoja que caía desde el techo y otra que ascendía desde el suelo en el momento en que saltaba la alarma. La sala quedaba sellada: no había ventanas, pues la luz solar era perjudicial para los libros. El techo abovedado era de hormigón armado e increíblemente grueso. El suelo era una enorme placa también de hormigón armado recubierto de mármol. En la superficie, a petición del gobierno irlandés, se habían instalado un revestimiento de acero y varios tipos de sensores.

Por la noche, la sala quedaba completamente aislada. Protegían el espacio una maraña de rayos láser, detectores de movimiento e infrarrojos de distintas longitudes de onda, que captarían hasta el mínimo indicio de calor corporal. Literalmente, ni un ratón —tal vez ni siquiera una cucaracha— podría entrar en la habitación sin ser detectado. Las cámaras filmaban día y noche, vigiladas por guardias de seguridad de élite bien entrenados y seleccionados uno a uno.

Durante el día, cuando la exposición estaba abierta al público, los visitantes debían dejar en consigna bolsos y cámaras antes de pasar a través del arco detector de metales. Había vigilantes tanto dentro como fuera de la sala y más cámaras que en un casino de Las Vegas. Se había extraído todo el aire de la vitrina que contenía el libro y, a continuación, se había inyectado argón e instalado sensores que dispararían la alarma al detectar cualquier otro gas, incluso en una proporción tan pequeña como una parte por millón. Si el libro era objeto de algún tipo de perturbación, la puerta de acero sellaría la sala tan rápidamente que ni un velocista olímpico sería capaz de salir antes de que se cerrara.

Gideon buscó puntos flacos durante varios días. Todos los sistemas de seguridad eran vulnerables y esas vulnerabilidades casi siempre se debían a fallos humanos, errores de programación e incluso a la propia complejidad de los sistemas, que a veces los hacían imposibles de comprender. Los diseñadores de aquel, no obstante, habían tenido en cuenta todas esas limitaciones. Si bien ese sistema era, en efecto, complejo, se había creado de forma modular; en ese sentido, todos sus componentes eran más bien sencillos e independientes de los demás. Los programas eran simples y algunas barreras de seguridad eran completamente mecánicas y no estaban controladas por ordenador. La redundancia era tal que aunque varios dispositivos fallasen o se vieran comprometidos, el libro no correría peligro.

Existía, claro estaba, la manera de conectar y desconectar el sistema, porque todos los días se pasaba una página del libro. Pero incluso este mecanismo se había planificado en exceso. Para desconectar el sistema era necesario reunir a tres personas, cada una de las cuales conocía de memoria un sencillo código. No había llaves, contraseñas escritas ni nada que pudiera robarse. Y esas tres personas eran intocables: el propio John Watermain, el director de la biblioteca Morgan y el teniente de alcalde de la ciudad de Nueva York. Quizá alguno de ellos podría ser susceptible al soborno o a maniobras de ingeniería social, pero sería extremadamente difícil ganarse la voluntad de dos de ellos e imposible comprar a los tres.

¿Qué ocurría si uno de ellos moría? En ese caso, todo dependía de una cuarta persona: el primer ministro de Irlanda.

¿Y si se producía un incendio? Caso de declararse una emergencia, razonó Gideon, el libro tendría que ser evacuado rápidamente. Las especificaciones trataban dicha posibilidad de manera inusual. El manuscrito no se movería aunque ardiera todo el edificio, pues el cubo de cristal estaba diseñado para protegerlo del fuego. La segunda línea de defensa era un estuche ignífugo que se elevaba desde el interior del pedestal, capaz de resguardar el libro de las llamas durante un tiempo prolongado. La sala Este, además, contaba con un sistema antiincendios redundante de última tecnología que sofocaría cualquier fuego antes de que cogiera fuerza. Había además sistemas similares que protegían el libro contra terremotos, inundaciones o atentados terroristas. Lo único que la obra no podría soportar sería un ataque nuclear.

Gideon dejó escapar un largo suspiro. Se dirigió a su armario y rebuscó entre sus cajones. Era hora de vestirse para la cena. Había decidido hacerse pasar vagamente por uno de esos jóvenes millonarios enriquecidos gracias a una start-up, un personaje que le había dado buenos resultados en otras ocasiones. Sacó un jersey de cuello vuelto negro marca St. Croix, unos Levi’s gastados y unos mocasines Bass. Tenía que mezclar estilos, aunque fuera de manera sutil.

No había comido nada en todo el día, algo habitual en él. Gideon prefería una experiencia gastronómica extraordinaria marcada por la elegancia antes que tres comidas baratas. Para él, comer era más un acto ritual que de nutrición.

Volvió a consultar su reloj. Era temprano para cenar, pero después de tres días encerrado en su habitación de hotel estudiando planos no aguantaba más. Todavía no había encontrado el agujero, la grieta en el sistema de seguridad. Le bastaría incluso la más estrecha rendija, pero por el momento parecía imposible. Desde sus comienzos, cuando de adolescente empezó a robar en museos y fundaciones, había creído que no existía el sistema de seguridad perfecto. Todos tenían vulnerabilidades tecnológicas o humanas.

Llevaba toda la vida convencido de ello. Pero estaba cambiando de opinión.

«Por favor, necesito un descanso», dijo para sus adentros. Entró en el baño, se peinó el cabello húmedo y se puso un poco de bálsamo Truefitt & Hill para disipar el olor a cloro de la piscina. Salió de la suite y colgó el cartel de NO MOLESTAR.

Era una noche calurosa de agosto. La jet set estaba en las playas de los Hamptons, así que por las calles adoquinadas del Meatpacking District señoreaban los turistas jóvenes de estética moderna. El District se había convertido en uno de los barrios más de moda de Manhattan en los últimos años.

Rodeó la manzana hasta llegar al restaurante Spice Market, se sentó a la barra y pidió un martini. Bebió y se abandonó a una de sus actividades favoritas: observar a la gente que lo rodeaba e imaginar hasta el último detalle de sus vidas, desde los medios para mantenerse hasta el aspecto de sus perros. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no era capaz de concentrarse. Por primera vez en su vida, se había topado con un sistema de seguridad diseñado por gente realmente inteligente, más inteligente que él. El maldito Libro de Kells iba a ser más difícil de robar que La Mona Lisa.

Mientras pensaba en ello se fue sumiendo cada vez más en el abatimiento. Empezó a molestarle la gente que lo rodeaba, jóvenes guapos y sofisticados que bebían, comían, reían y charlaban animadamente. Imaginó que no eran personas, sino simios ruidosos enfrascados en complejos rituales de aseo. Su irritación se alivió.

Había vaciado la copa. Sabía desde hacía tiempo que era mala idea pedir una segunda. No era que tuviera un problema con el alcohol, por supuesto, pero tras dos copas solía cruzar la línea de la tercera y entonces siempre llegaba una cuarta. Después iría en busca de una de aquellas monas parlanchinas, alguna que fuese rubia y atractiva.

Pidió el segundo martini.

Tras unos sorbos, el alcohol hizo efecto y Gideon empezó a hacer las paces con el mundo. Era verdaderamente imposible robar el Libro de Kells; en su fuero interno lo sabía con certeza. Tendría que contratar él mismo a alguien para que hiciera el trabajo... con la cooperación de las tres personas que poseían los códigos. Lo cual exigiría la operación de ingeniería social más sofisticada que hubiese acometido jamás.

Aquella operación empezó a materializarse, justo en ese momento, en su mente retorcida y medio embriagada.

Le sirvieron el tercer martini y estudió a la gente que se apoyaba en la elegante barra. Al otro extremo había una mujer, no la más guapa del bar, pues tenía algunos kilos de más y llevaba gafas. Sin embargo, los ojos le chispeaban con un brillo inteligente y cáustico, algo que él encontraba enormemente atractivo en una mujer. La chica miró a su alrededor, y a Gideon le pareció que la escena que se desarrollaba en el local le divertía a ella tanto como a él.

Cogió su copa medio vacía y se acercó.

—¿Te importa? —preguntó señalando el taburete libre que había junto a ella.

La mujer le miró de la cabeza a los pies.

—Claro que no. ¿Eres informático?

Gideon rió y lanzó una mirada de autocrítica.

—No. ¿Por qué lo preguntas?

—Por el uniforme de Steve Jobs. Jersey de cuello vuelto de color negro y vaqueros.

—No me gusta perder tiempo por las mañanas eligiendo qué me voy a poner.

Ella se volvió hacia el camarero.

—Dos martinis sucios con Beefeater, hielo y dos aceitunas.

—¿Me estás invitando a una copa?

—¿Te parece mal?

Gideon se acercó a ella.

—En absoluto. Pero ¿cómo sabías lo que estaba bebiendo?

—Te estoy observando desde que has entrado.

—¿Sí? ¿A mí? ¿Por qué?

—Pareces un niño perdido.

Gideon se dio cuenta de que se estaba sonrojando. Aquella mujer era quizá demasiado observadora para él. Se sintió desenmascarado.

—¿No estamos todos un poco perdidos?

Ella sonrió y añadió:

—Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien.

Llegaron las bebidas y entrechocaron las copas.

—Por los que se pierden —brindó Gideon.

cap-5

4

El cartel de la tienda rezaba GRIGGS & WELLINGTON. LIBROS RAROS Y MANUSCRITOS. Se encontraba en una bocacalle de Portobello Road, en Londres. Era uno de esos anticuarios que habían cambiado el puesto en el mercadillo de Portobello por una tienda con escaparate, pero no había logrado aún el éxito que con tanto ahínco buscaba. Gideon entró en el local y enseguida percibió un ramalazo de estilo barriobajero del East End londinense, aunque disimulado con un impostado esnobismo británico. El propietario del establecimiento, un joven inglés vestido con un exagerado estilo Savile Row, confirmó las sospechas de Gideon nada más empezar a hablar: su engolado acento trataba de ocultar, sin conseguirlo, su origen cockney.

—¿En qué puedo ayudarle, señor?

Gideon, ataviado con un caro traje Ralph Lauren, dirigió al propietario la típica sonrisa de estadounidense idiota.

—Bueno, quería saber si era posible echar un vistazo a esa antigua página manuscrita del escaparate —explicó disimulando un falso acento texano.

—Naturalmente, señor. Se refiere sin duda al libro de horas ilustrado.

—Ajá.

El hombre abrió con una llave la vitrina y retiró la pequeña página, conservada en metacrilato. Con afectada reverencia, la colocó sobre una bandeja forrada de terciopelo negro que había sacado de detrás del mostrador y luego la situó bajo el foco que había instalado en el techo a tal efecto. Era una página del Evangelio con una historiada cenefa floral. La escena central mostraba a la Virgen María sentada bajo un arco y a un ángel que descendía del cielo. La Virgen se retiraba, atemorizada. Era una pieza exquisita en todos sus detalles.

—Una obra bellísima —murmuró el propietario—. Tiene usted buen ojo, señor.

—Cuénteme más cosas sobre ella —pidió Gideon.

—Procede de un libro de horas flamenco que data de alrededor de 1440; un libro de horas excelente, por lo demás. Excelente, sí —repitió el hombre en un susurro de veneración—. Se cree que proviene del taller del mismo maestro que creó el códice en que se detallaban los privilegios de Gante y Flandes.

—Ya veo —dijo Gideon—. Interesante.

—Es una Anunciación, como habrá usted comprobado —añadió el propietario.

—¿Cuánto cuesta?

—Esta pieza extremadamente rara tiene un precio de cuatro mil seiscientas libras esterlinas —respondió el hombre con un deje impostado, como si le desagradase hablar de dinero.

—¿Cuánto es eso? ¿Unos ocho de los grandes? —calculó Gideon inspeccionando la página de cerca.

—¿Querría examinarla con un instrumento óptico?

—¿Con un qué? Ah, sí. Gracias, sí.

Mientras Gideon observaba el manuscrito con detenimiento, el propietario de la tienda continuó con su perorata, las manos entrelazadas y el empalagoso acento reverberando contra las paredes de la minúscula tienda.

—Como probablemente sabrá —dijo dando a entender por el tono que, en su opinión, Gideon no debía de tener ni idea—, el libro de horas medieval ofrece una versión simplificada del ciclo monástico de oraciones y se usaba en el ámbito doméstico. Los libros de horas son unas de las mejores obras de arte medieval que existen. Eran enormemente costosos: en el siglo XV, este tipo de obra costaba lo mismo que una buena granja con todas sus dependencias. Solo la realeza, los nobles y los comerciantes más ricos podían permitirse un libro de este tipo. ¡Observe los detalles! Y el color. Fíjese especialmente en el azul del cielo. Se minió con un pigmento de lapislázuli molido, que en la Edad Media era más caro que el oro, pues las únicas minas de lapislázuli de la época se encontraban en Afganistán.

—De acuerdo.

—¿Es usted coleccionista? —preguntó el propietario.

—No, no. Estoy buscando un regalo de aniversario para mi esposa. Es muy devota. —Gideon dejó escapar una risa indulgente para dar a entender que él no era tan religioso.

—Deje que me presente —dijo el propietario—. Soy sir Colin Griggs.

Gideon elevó la mirada hacia el hombre, que le alargaba una mano pequeña y blanquecina, con la barbilla ligeramente levantada y la espalda muy derecha. Si aquel tipo tenía el título de sir, él era un lord, pensó. Estrechó la mano del propietario de la tienda y la sacudió con energía.

—Gideon Crew. De Texas. Lo siento, pero no tengo ningún «sir» en el nombre. Si me apura, ni siquiera un «señor» —añadió con una carcajada.

—¡Ah! Texas, el estado de la Estrella Solitaria. Tiene usted un gusto exquisito, señor Crew. ¿Quiere usted hacer alguna otra pregunta sobre la pieza?

—¿Cómo sé que es auténtica?

—Le aseguro que su autenticidad está fuera de toda duda. Garantizamos todas las piezas que vendemos. Si lo desea, puede usted someter el manuscrito al examen de un experto tras su compra. De haber la mínima duda, le devolveríamos su dinero.

—Eso está bien. Pero... Bueno, déjeme decirle que cuatro mil seiscientas libras es mucho dinero... ¿Qué tal si lo redondeamos a cuatro mil?

Sir Colin se enderezó en un forzado ademán de desagrado.

—Lo lamento, señor Crew, pero en Griggs & Wellington no negociamos.

Gideon dedicó su más afable sonrisa texana a aquel inglés esnob.

—Vamos, no entre en ese juego. Todo es negociable —dijo sacando una tarjeta de crédito—. Cuatro mil y me lo llevo.

Sir Colin relajó levemente su mueca de desaprobación.

—Imagino que podríamos hacer una excepción con alguien capaz de apreciar esta obra, como usted. Podríamos ofrecerle un precio de cuatro mil cuatrocientas libras.

—Cuatro mil doscientas.

La expresión de sir Colin daba a entender que aquel debate le era doloroso y desagradable.

—Cuatro mil trescientas.

—Trato hecho.

cap-6

5

Gideon regresó un momento al hotel para cambiarse de ropa y salió con la valiosa página en dirección a las oficinas londinenses de Sotheby’s, donde su plan tendría que superar una última prueba. Fue un tonificante paseo de casi cinco kilómetros que llevó a Gideon por algunas callejuelas fascinantes y a través de Hyde Park. Aquel espléndido día de final de verano estaba a punto de terminar y en el parque los viejos árboles hacían gala de un espléndido follaje. Las nubes navegaban por el cielo como barcos de vela y la gente se solazaba sobre el césped. Londres era una ciudad extraordinaria. Se dijo que debería visitarla más veces. Incluso podría vivir allí.

Recordó entonces su condición médica terminal y tuvo que borrar aquella idea de su mente.

Las oficinas de Sotheby’s se situaban en un sencillo edificio decimonónico de cuatro plantas, recién pintado de blanco. El personal se mostró extremadamente solícito cuando Gideon dejó ver la pequeña página del manuscrito ilustrado que deseaba presentar a subasta. Le invitaron a pasar a un escueto y ordenado despacho del tercer piso, donde le dio la bienvenida un encantador caballero entrado en carnes, con unas gafas de montura de oro, unos ojos enormes y una llamativa mata de pelo a lo Einstein. El clásico traje de tweed con chaleco y reloj de bolsillo bañado en oro evocaban un personaje dickensiano. Se le consideraba —Gideon se había informado— uno de los mayores expertos del mundo en manuscritos ilustrados.

—¡Bueno, bueno! —saludó el hombre, que desprendía un aroma a tabaco con trazas de whisky—. ¿Qué tenemos aquí? —preguntó mientras extendía una mano gordezuela—. Soy Brian MacKilda, a su servicio.

Hablaba como si en todo momento le faltara el aliento, concluía cada frase con un resuello, como si intentara coger aire constantemente.

—Traigo un manuscrito ilustrado que me gustaría subastar.

Gideon mostró el pequeño maletín de cuero.

—¡Excelente! Veámoslo.

MacKilda rodeó el escritorio, abrió un cajón y extrajo una lupa que se apretó contra el ojo. Parpadeó repetidas veces y después ajustó y encendió una lámpara especial que vertió un chorro de luz blanca sobre una oscura bandeja de material pulido. Tomó el maletín, sacó la página que Gideon acababa de comprar, la extrajo de su funda plástica y la observó, emitiendo leves gruñidos de aprobación y haciendo gestos con la cabeza que le removían el pelo alborotado.

A continuación, la colocó bajo la luz. La examinó durante varios minutos con la lupa y mientras tanto siguió profiriendo ruidos animalescos que en todo momento evidenciaban satisfacción. MacKilda apagó la lámpara y de un cajón del escritorio sacó con semblante serio una pequeña linterna de curioso aspecto. La acercó a la página y la encendió: una luz ultravioleta iluminó la superficie, que MacKilda inspeccionó de nuevo, examinando brevemente cada uno de los puntos del manuscrito que habían llamado su atención. Los gruñidos se convirtieron de repente en resoplidos de frustración.

—Vaya por Dios... —dijo por fin—. Vaya por Dios, vaya por Dios —repitió, suspirando y resollando.

—¿Hay algún problema?

MacKilda agitó la cabeza, consternado.

—Es falso.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? ¡He pagado cuatro mil libras por esta página!

MacKilda le devolvió una mirada triste.

—En este negocio aparecen falsificaciones como setas. ¡Como setas! —insistió haciendo particular énfasis en la palabra «setas».

—Pero ¿cómo puede estar tan seguro si solo la ha mirado con esa lámpara durante cinco segundos? ¿No se pueden hacer otras pruebas?

El hombre dejó escapar un largo suspiro.

—Hay muchas pruebas, de muchos tipos. Espectroscopia Raman, fluorescencia de rayos X, carbono 14. Pero en este caso no hacen falta.

—No lo entiendo. ¿Basta con un examen de cinco segundos?

—Deje que me explique. —MacKilda tomó aire profundamente, jadeó un par de veces y luego se aclaró la garganta—. Los ilustradores de la Edad Media usaban principalmente pigmentos minerales para fabricar la tinta. Los colores azules provenían del lapislázuli molido; el bermellón, del cinabrio y el azufre. El verde se creaba a partir de la malaquita, mientras que el verdín se obtenía del cobre. Y los blancos se hacían, por lo general, con plomo, combinado a menudo con yeso o calcita. —Hizo una pausa para volver a tomar aire de manera exagerada—. El caso es que algunos de estos minerales presentan una intensa fluorescencia bajo la luz ultravioleta, mientras que otros cambian levemente de color. —Otra pausa para tomar aire—. Pero mire. —Encendió la luz negra y la acercó al manuscrito. La superficie se mantuvo oscura, apagada e inmutable—. ¿Ve? ¡Nada! —El hombre apagó la linterna—. Estos pigmentos son sintéticos, con base de anilina. No reaccionan a la luz ultravioleta.

—Pero ¡parece auténtico...! —se quejó Gideon casi suplicando—. Por favor, vuelva a examinarlo, ¡por favor! ¡Tiene que ser auténtico!

Con otro sufrido suspiro, MacKilda encendió de nuevo la linterna y observó el manuscrito durante unos minutos.

—He de reconocer que es un trabajo bastante bueno. En un primer momento no me he dado cuenta. Y el pergamino parece original. ¿Por qué un falsificador con un talento tan evidente se molestaría en crear una falsificación como esta, con pigmentos sintéticos? No lo entiendo. Supongo que vendrá de China. Antes la mayoría de las copias llegaban de Rusia, pero estamos empezando a ver algunas de Extremo Oriente. Los chinos son un poco ingenuos, de ahí lo del tinte sintético. Pero espabilarán, por desgracia. —El experto sacudió la cabeza, agitando el pelo, y devolvió el manuscrito a Gideon—. Es, sin ningún género de duda, una falsificación —insistió mientras reafirmaba su conclusión con otro leve meneo de la melena.

cap-7

6

Julia Thrum Murphy, de treinta y dos años, había conducido desde Bryn Mawr College, en Pennsylvania, donde trabajaba como profesora adjunta de lenguas románicas, para ver el Libro de Kells en el último fin de semana antes de que la pieza volviera a Europa. Era una maravillosa tarde de domingo, algo calurosa en plena ciudad. Sus temores se hicieron realidad: la cola para entrar a ver el libro era kilométrica.

En la taquilla, un aturdido empleado le informó de que para acceder a la sala Este debía esperar unos cuarenta y cinco minutos. Dentro de la sala había otra larga cola que avanzaba muy lentamente, en la que había que esperar otra media hora o incluso más.

Una hora y cuarto en total. Julia a punto estuvo de tirar la toalla y poner rumbo a The Cloisters Museum para ver los famosos tapices de unicornios. Pero al final decidió quedarse. Sabía que aquella sería su única oportunidad de ver el Libro de Kells fuera de Irlanda.

Pagó los veinticinco dólares de la entrada, dejó el bolso y la cámara en consigna, pasó por el arco detector y se puso a la cola. Iban dejando pasar conforme salía gente de la sala, y la fila avanzaba poco a poco. Por fin, tras cuarenta minutos, llegó a la cabecera de la primera cola. El vigilante le indicó con un gesto de la cabeza que entrase en la sala Este.

Dentro la cosa era aún peor. La serpiente humana se extendía retorciéndose entre los postes separadores con cinta de terciopelo, que habrían lucido espléndidamente en cualquier terminal de aeropuerto. Los espectadores tenían menos de un minuto para devorar con los ojos el libro antes de que los guardias los invitaran con amabilidad y en voz baja a seguir avanzando.

Una espera de una hora y cuarto para un minuto de placer. Recordaba un poco al sexo, pensó algo irritada mientras la larguísima cola marchaba con mucha lentitud.

Justo entonces, en una de las vueltas que hacía la fila, coincidió, por segunda vez, con un tipo de su edad; estaba unos puestos por delante de ella. El hombre le sonrió más cariñosamente de lo que la mera buena educación dictaría. Le sorprendió su belleza traviesa y la combinación de pelo azabache y ojos azules; un «moreno irlandés», como diría su madre. La sonrisa permaneció en el aire y Julia apartó la mirada. Estaba acostumbrada: tenía la suerte de que entre sus dones figurasen la inteligencia y también una grácil belleza que cuidaba a base de running, yoga y pilates. Aunque era profesora, no le atraían en absoluto la panda de hombres fofos, pagados de sí mismos y a menudo pretenciosos que trabajaban con ella en Bryn Mawr. No tenían nada de malo, pero no eran el tipo de hombres que a ella le gustaban. Al mismo tiempo, resultaba difícil encontrar a alguien con la misma capacidad intelectual fuera del ámbito académico. Se imaginaba casándose con un tipo pobre e incluso feo, pero nunca contraería matrimonio con una persona menos inteligente que ella.

Mientras Julia cavilaba, la cola seguía avanzando y ella volvió a coincidir con el hombre que le había sonreído. Cuando estuvieron uno junto a la otra, él se acercó un poco más a ella y le dijo en voz baja:

—Tenemos que dejar de vernos de esta manera.

Aunque el chiste no era demasiado original, Julia se rió. Al menos no le pareció un estúpido.

El tipo siguió adelante poco a poco. Y ella se descubrió esperando el siguiente tramo. Hasta se le aceleró el pulso. Escrutó la densa pero ordenada muchedumbre que atestaba la sala Este, buscándolo. ¿Dónde estaba? Era una locura emocionarse por un extraño cualquiera. Llevaba sola demasiado tiempo.

Y entonces todo ocurrió de repente. Un fogonazo de luz seguido de un espantoso estruendo, tan fuerte que le dio un vuelco el corazón. Se tiró al suelo entre un coro de gritos y chillidos. Pensó de inmediato: «Un ataque terrorista». Con esa idea aún en la mente, saltaron las alarmas y la sala quedó enseguida inundada por un espeso humo, totalmente opaco. Lo cubrió todo una dantesca tiniebla parduzca en la que no se veía nada. Solo se oían los histéricos e impotentes alaridos del resto de los visitantes.

Unos segundos después se oyó otro estruendo. Sonó hueco, como el roce del acero contra el acero, y le siguió el estrépito de otra explosión amortiguada.

Permaneció tumbada en el suelo, hombro con hombro con una decena de personas más, tratando de protegerse en posición fetal y cubriéndose la cabeza. Los gritos de pánico no cesaban. Ella se quedó en silencio y mantuvo la calma, lo que en cierta medida la sorprendió. Tras unos instantes, pudo oír a alguien dando órdenes —los guardias de seguridad que intentaban calmar a la gente— y escuchó las sirenas y el repentino zumbido de los sistemas de ventilación.

La niebla se disipó rápidamente y volvió la luz. Casi por arte de magia, el humo desapareció absorbido por los conductos de ventilación, que asomaban ahora en el techo, tras haberse retraído unos paneles pintados.

Los gritos fueron aminorando y Julia se i

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