El accidente de Lauren Marsh

Guillem Morales

Fragmento

1. El accidente

1

El accidente

La gente suele correr para huir de un peligro. Lauren, en cambio, corría para caer en uno.

Como cada lunes, se había levantado de madrugada, cuando aún era de noche. Después de ingerir una manzana y beber un vaso de agua, había hecho sus estiramientos de diez minutos en el suelo del salón. Los lunes siempre estaban destinados a la primera de sus tres rutinas semanales, que incluía un trote suave durante un kilómetro y el resto de la actividad a intensidades variables.

Equipada con ropa deportiva y el monitor de ritmo cardíaco para controlar el nivel aeróbico, Lauren terminó de calzarse las zapatillas y ajustó sus auriculares. Como cada mañana de los días alternos que dedicaba al ejercicio, a las cinco y media estaba lista para iniciar su recorrido por la zona residencial donde vivía.

Lauren había empezado a correr hacía cuatro años.

Se levantaba temprano, antes del alba, cuando la ciudad todavía soñaba, y se transformaba en una criatura nocturna y sigilosa que transitaba por la oscuridad mientras las ventanas de los edificios comenzaban a iluminarse. Siempre era la primera en pisar las solitarias calles. Ella estrenaba el nuevo día antes que cualquiera, con la sensación de ir siempre un paso por delante de todo el mundo, de estar ya en movimiento mientras los demás todavía dormían, de jugar con ventaja y anticiparse a los acontecimientos.

Cuando Lauren corría, sentía que perseguía sus ideales, sus ambiciones, sus sueños... Y nada podía detenerla. Ni el cansancio, ni un dolor de cabeza, ni una menstruación dolorosa o un poco de fiebre. No importaba que hiciera demasiado frío o lloviera. Daba igual que se hubiera acostado tarde la noche anterior o tuviera una reunión a primera hora, durante cuatro años nada había impedido a Lauren correr sus tres rutinas semanales.

Nada.

Ni siquiera lo que había sucedido aquella maldita noche de hacía un año, cuando la esperanza se desvaneció de su mundo y la realidad se convirtió en un infierno. Aquella noche, su corazón roto y su mente ofuscada tampoco lograron detenerla. Lauren se calzó las zapatillas y, como cada mañana, salió a correr. Corrió desencajada. Corrió llorando. Y eso la salvó de la locura.

Día tras día, semana tras semana, siguió corriendo. Pero ya no era lo mismo, porque esos momentos preciosos de soledad en el alba se habían convertido en una incomodidad permanente. Ahora el ruido de sus zapatillas resonando sobre el pavimento parecía ir detrás de sus pasos, y su propia sombra proyectada en el suelo parecía amenazar con alcanzarla. Lauren había pasado de perseguir a ser perseguida, a ser asediada por algo que no conseguía dejar atrás. Por eso Lauren ahora corría por inercia, porque aunque quisiera ya no podía dejar de correr. Atrapada en su obsesiva rutina, tenía que seguir siempre en movimiento porque le aterraba detenerse.

Y así, condenada a correr sin interrupciones por las calles desiertas de la zona residencial, Lauren abandonó el trote suave después de diez minutos y, pasando a la intensidad variable como cada mañana, aceleró.

Pero esa mañana no era como tantas otras. Porque esa mañana, en un tenebroso rincón de la zona residencial, se habían reunido las circunstancias perversas que conjuran un accidente. Y ese accidente tenía como víctima a Lauren Marsh.

El inminente siniestro tendría lugar en una de las calles más desérticas de la zona, que había sufrido hacía pocos meses la invasión de un aparatoso proyecto de obra. Una mejora de las fosas sépticas que pertenecían a uno de los edificios. Bajo la experta supervisión de la empresa Urbanis, el asfalto había sido levantado y se habían practicado nuevas excavaciones. Durante el día, la calle era una ruidosa zona en obras. Pero por la noche estaba tan pobremente iluminada que las siluetas de las enormes excavadoras, los cargadores frontales y las topadoras sobresalían de entre los escombros como titanes derrotados.

Y allí, donde la luz de las farolas apenas llegaba, en las tinieblas, se encontraba una vieja fosa inservible que había sido reutilizada temporalmente para material de desecho. En su interior se acumulaban trozos de cemento resquebrajado, bloques escarpados, cristales rotos y todo tipo de piezas descartadas. No era un pozo. Era una monstruosa boca abierta en el suelo con voraces y afilados dientes, esperando tragarse a su víctima cuando esta cayera en ella. Y, como toda amenaza que espera inmóvil y escondida a su presa, en el sitio aguardaba un silencio tenso y angustioso.

Sobre ese silencio empezó a oírse el eco de las pisadas de Lauren, resonando por la calle mientras sus pies golpeaban el pavimento una y otra vez, aproximándose a su macabro destino, cada vez más cerca del siniestro.

Sin embargo, justo al doblar la esquina, Lauren se paró de repente. Era la primera vez que se detenía durante su entrenamiento. Había sentido una punzada de dolor en la pierna. Sin dejar de jadear, se agachó y se examinó el tobillo. Le dolía. Lo movió lentamente, para asegurarse de que no se lo había torcido o que ninguno de sus tendones había sido lastimado. Solo había sido un mal gesto.

Se levantó de nuevo y fue entonces cuando observó la calle en construcción delante de ella. Por alguna razón, le pareció que estaba más oscura de lo habitual. Tan oscura que algunas partes del camino formado por las barreras de protección para los peatones ni siquiera podían verse. Durante un momento sopló un viento funesto que pareció susurrarle palabras en el oído como si tratara de advertirle. Lauren se miró el tobillo de nuevo y pensó en volver a casa. Pero desde donde se encontraba podía ver, más allá de la oscuridad, el otro lado de la calle. Y allí, esperándola, había luz.

Desechando todos sus temores, Lauren reanudó la marcha a la velocidad que su tobillo le permitió. Mientras corría por el camino destinado a los peatones y se sumergía en unas tinieblas temporales, pareció que toda la calle aguantara la respiración. Hasta que, de repente, el suelo desapareció bajo sus pies y cayó dentro de la fosa, donde le esperaba una munición de bloques cortantes.

Cuando Lauren soltó un grito agónico de dolor, la calle pareció respirar de nuevo.

2. Rutinas olvidadas

2

Rutinas olvidadas

1

Un sollozo pareció emanar del otro lado de la cama y, como un cuchillo afilado, rasgó la membrana del sueño de Cédric.

Sus ojos se abrieron alarmados y sus oídos tensos prestaron atención a la oscuridad, hasta que el sollozo se convirtió en un grito ahogado. Con el corazón todavía dormido, Cédric se abalanzó sobre la mesilla de noche. Logró encender con rapidez la lámpara, pero el pánico se apoderó de sus dedos y la volcó sin querer. La lámpara cayó al suelo y desde allí, todavía encendida, proyectó una fantasmagoría de sombras en la habitación.

Sudoroso y jadeando, Cédric observó el otro lado de la cama. No había nadie. Solo los retazos de su pesadilla. Aun así, palpó las sábanas y acarició la almohada, como si esperara descubrir en ella una presencia invisible. Pero en la habitación solo estaban él y la cama. Una cama que ahora parecía demasiado grande. La alarma del despertador volvió a sonar. Cédric la apagó enseguida. Miró la hora: las seis de la mañana.

Se dirigió a la ventana y abrió las cortinas. Contempló la ciudad. Estaba amaneciendo, pero muy lentamente, como si el día todavía quisiera retozar un poco más con la noche. Cédric observó el edificio de enfrente, cuyas ventanas se iban iluminando. Eran sus vecinos que, como cada lunes, bostezaban ante su rutina, desperezaban su letargo y arrastraban sus pasos soñolientos hasta la ducha. Cédric los conocía. A todos. Les había visto mil veces hacer lo mismo. Cada lunes. Pero este lunes era diferente porque Cédric, después de un año, volvía a despertarse con ellos.

El agua de la ducha tardó en calentarse más de lo habitual y Cédric tuvo que esperar un rato. Era incapaz de ducharse con agua fría. A causa de una hipersensibilidad, no soportaba el agua helada, ni el aire acondicionado, ni los cubitos de hielo, ni todo aquello que hiciera incrementar la permanente sensación de frío hasta el dolor. Delante del espejo, Cédric se entregó a un ritual casi olvidado: afeitarse. Se puso la crema en la cara con facilidad, pero cuando se disponía a deslizar la cuchilla por su cuello se detuvo. Su mano temblaba sin control. Era un ligero temblor, pero suficiente como para cortarse, y lo último que Cédric quería era hacerse sangre.

Por un momento pensó en saltarse esa parte de la rutina. Pero contempló su imagen en el espejo y su mente la contrastó cruelmente con el reflejo que recordaba de sí mismo tiempo atrás. Su pelo, antes moreno y frondoso, era ahora flácido y estaba plagado de canas. Su rostro solía tener luz y sus facciones salud. Ahora sus ojeras delataban una prolongada falta de sueño y sus pómulos hundidos, la carencia de una buena alimentación. La barba descuidada no enaltecía precisamente el conjunto. Tenía que librarse de ella. Así que Cédric sujetó con firmeza su temblorosa mano con la otra y procedió a afeitarse procurando no herirse más de la cuenta.

Se vistió sin ganas. Se hizo el nudo de la corbata cruzando el extremo ancho sobre el angosto, y durante un instante se preguntó si el procedimiento era ese o justamente el contrario. Lamentaba no haberse comprado un par de trajes nuevos. Esa había sido su primera idea, pero luego pensó que no había nada malo en los trajes que ya tenía. Se dijo a sí mismo que en un año la moda no había cambiado tanto. Pero no tuvo en cuenta que, en realidad, el que había cambiado era él. Había engordado y ahora sus dos trajes le quedaban estrechos. Cédric acabó de hacerse el nudo de la corbata, retrocedió y se contempló en el espejo. Al traje demasiado ajustado ahora se le añadía una corbata que había quedado demasiado corta. La deshizo y empezó de nuevo.

En la cocina, se tomó sus pastillas con el café, pero no desayunó. A esa hora de la mañana nunca tenía apetito. Ya comería algo durante el almuerzo con los compañeros del trabajo. De pronto, la idea de volver a verlos lo incomodó. No había sabido nada de ellos. Al principio, mantuvo el contacto con algunos a través de llamadas, de algún café, incluso de una breve visita. Pero pronto esas llamadas dejaron paso paulatinamente al silencio y luego a la más absoluta desconexión. Algunos probablemente pensaron que jamás volverían a verlo. Cédric sabía que hoy la mayoría de sus compañeros de trabajo se sentirían tan incómodos como él.

Miró el reloj de la pared. Era la hora de irse. Ordenó todos sus papeles y los puso dentro del maletín. Al cerrarlo no pudo evitar fijarse en la alianza que todavía llevaba en el dedo anular de su mano derecha. Aunque ya lo había intentado otras veces sin ningún éxito, agarró el anillo con firmeza y, haciendo la máxima presión posible, trató de quitárselo... pero no lo consiguió. Cédric se dirigió entonces a la encimera y, como de costumbre, usó el jabón a modo de lubricante. Esta vez tampoco hubo suerte. La alianza se resistía a abandonar su dedo. Miró de nuevo el reloj de la pared. No quería llegar tarde el primer día. Tenía que irse, así que se dio por vencido.

Mientras se ponía el abrigo echó una rápida ojeada al salón para cerciorarse de que no olvidaba nada. Allí, una de las paredes presentaba dos grandes agujeros donde antes había estado sujeta una estantería flotante. La estantería descansaba ahora apoyada en el bajo de la pared, con las baldas dramáticamente hacia fuera. Una de ellas estaba un poco torcida, con los tacos todavía cubiertos del yeso de la pared. Al lado de la estantería se hallaban perfectamente apilados unos cuantos libros muy pesados cubiertos por una ligera capa de polvo. Había, además, un candelabro de cerámica roto en tres pedazos, tarjetas de felicitación de Navidad y el retrato enmarcado de Cédric y de una mujer pelirroja con el cristal partido por la mitad. Antes de salir de su apartamento, Cédric anotó mentalmente por millonésima vez que algún día debería arreglar el maldito desperfecto.

2

Como el ascensor de carga estaba ocupado, Cédric utilizó las escaleras. Vivía en el cuarto piso de una antigua fábrica textil, ahora parcialmente reconvertida en un edificio de viviendas.

Danielle y él habían comprado el apartamento cuatro años antes de que este existiera, cuando la rehabilitación era solo un proyecto y su hogar una mera idea sobre el papel. Les había seducido el estilo loft, las paredes de ladrillo visto, los techos altos y los grandes ventanales, especialmente a Danielle. El precio era razonable y ninguno tenía prisa. Podían esperar. Y esperaron durante tres largos años. Al final de esos años pudieron disponer del piso, pero las obras del edificio se habían retrasado. Hasta la fecha, solo las plantas segunda, tercera y cuarta habían sido reconvertidas en los espacios modernos prometidos. Los bajos, el primer piso y la azotea todavía estaban en construcción. La empresa les había asegurado mediante un comunicado oficial que la reforma estaría terminada a finales del verano.

Cédric esquivó unos cables que asomaban por el hueco de la escalera y alcanzó a leer un nuevo comunicado colgado en una de las puertas: ¡PRÓXIMA APERTURA DE GIMNASIO Y SPA! La expresión de su rostro fue de inevitable incredulidad. Les habían asegurado que el ascensor estaría listo para las pasadas Navidades y aún seguían utilizando un viejo elevador de carga que quedaba de la antigua fábrica.

Cuando cruzó el vestíbulo del tercer piso, Cédric descubrió que dos obreros estaban utilizando el dichoso elevador para transportar material de construcción. Lo habían abarrotado de sacos de cemento y ladrillos y todavía pretendían meter dos enormes bloques de hormigón. De inmediato, Cédric pensó que lo estaban cargando demasiado, pero optó por no decir nada y siguió bajando las escaleras.

De repente, un crujido procedente del elevador lo obligó a detenerse, y un segundo chasquido le hizo volver la cabeza.

Atónito, Cédric pudo ver con una violenta sacudida el suelo del elevador hundiéndose bajo el peso excesivo. Uno de los obreros tambaleándose hacia atrás. El otro saltando para salir del elevador, pero solo consiguiendo agarrarse al suelo del piso. El elevador soltando un rugido de aire y metal y precipitándose al vacío. Cédric pudo oír el grito del hombre que estaba dentro siendo engullido. Y pudo ver la expresión de horror de su compañero, intentando salir lo más rápido posible. Vio la parte superior del elevador desplomándose sobre él como una guillotina, mutilándole parte del brazo, atrapándole la cabeza con un horrible crujido de huesos y desencajándole la mandíbula, reventándole el cráneo y esparciendo sangre y cerebro por todo el rellano...

Cédric no pudo aguantar más. Cerró los ojos... y al cabo de unos segundos los abrió de nuevo, quitándose la alucinación de encima. Observó de nuevo a los obreros, que seguían cargando el ascensor.

Se acercó a ellos.

—¿Cuánto peso? —preguntó.

Los dos hombres dejaron de trabajar.

—¿Perdón? —dijo uno.

—¿Cómo dice? —replicó el otro.

—¿Cuánto peso están cargando? —volvió a preguntar Cédric.

Se miraron entre ellos sin saber qué decir. Uno se encogió de hombros. Cédric examinó el interior del ascensor.

—Porque creo que el máximo para este tipo de elevadores es de mil kilos.

Los dos obreros parecían desconcertados.

—¿O es que pretenden hundirlo con ustedes dentro?

Ellos negaron con la cabeza.

—Si no están seguros del peso total del material que están cargando, hagan dos viajes en vez de uno. Por si acaso.

Los hombres asintieron. Y Cédric, pensando que había hecho lo que debía, siguió bajando las escaleras.

3

Como cada lunes en hora punta, el tráfico en la gran ciudad avanzaba lentamente por una jungla de semáforos que parecían tardar una eternidad en cambiar. Los peatones más ansiosos cruzaban por entre los vehículos sin esperar su turno mientras conductores con mala cara, todavía arrastrando la resaca del fin de semana, se dedicaban a lanzar imprecaciones. Una multitud se desplazaba entre gritos, teléfonos móviles, bocinas y cafés. Era el desesperante ritual de los lunes. Ahora Cédric volvía a formar parte de él. Y eso, en lugar de agobiarle, le hizo sonreír tímidamente por dentro.

Era como si, por una especie milagro, hubiera sido posible volver atrás en el tiempo para descubrir que nada había cambiado. El edificio de su oficina continuaba siendo el bloque impersonal de inspiración brutalista. La plaza de aparcamiento donde Cédric solía dejar el coche seguía parpadeando con sus luces amarillas. Incluso el ascensor que lo llevaba a la quinta planta todavía lucía esa moqueta fea que había inspirado un centenar de bromas.

Todo seguía igual. El mundo se había congelado durante un año y se había vuelto a activar de nuevo esa misma mañana.

Sin embargo, cuando Cédric emergió al vestíbulo, las enormes letras de la compañía lo paralizaron: AGENCIA DE SEGUROS CARLSON & VAUGHN. Es cierto que Cédric no había pasado por la empresa desde hacía más de un año, pero no recordaba que las letras fueran tan imponentes. Se preguntó si esa era la impresión que la compañía perseguía causar en los clientes por primera vez.

Cédric respiró hondo, como si fuera a sumergirse en aguas profundas, y se adentró en la oficina. Había decidido actuar como si nada hubiera pasado. Eso le inyectaría más confianza y le ayudaría a conservar su dignidad. Cruzaría la oficina y no se detendría hasta llegar a su despacho, que se hallaba al final del pasillo.

Durante el trayecto, Cédric vislumbró algunas caras conocidas. Incluso tuvo tiempo de detectar algunos cambios rápidamente. Alguien que había adelgazado, alguien que había decidido dejarse el pelo largo o alguien que estaba embarazada.

Y él también sintió las miradas de sus compañeros de trabajo. Aunque la mayoría evitaban mirarle directamente, otros no se molestaban en esconder su reacción de asombro.

—¡Cédric! Pero ¿cuándo...? —exclamó una secretaria sorprendida al cruzarse con él.

—Buenos días, Giselle —le respondió Cédric sin detenerse.

Casi podía oír el rastro de murmullos que iba dejando detrás de él. Pero los ignoró y siguió caminando hasta que consiguió refugiarse dentro de su modesto despacho. Cerró la puerta de inmediato y se apoyó contra ella como si quisiera impedir la entrada a las miradas curiosas y las lenguas indiscretas.

Con la cabeza agachada, suspiró profundamente y, cuando se sintió preparado, alzó la mirada para contemplar su despacho. La tenue luz que entraba por la ventana incidía en los gabinetes, alineados contra las paredes, ahora atestados de informes. Bajo la ventana y sobre su escritorio reconoció el teléfono, varios lapiceros y un pisapapeles. Detrás de la mesa todavía asomaba su silla ergonómica.

Se despegó de la puerta y rodeó la mesa. Depositó su mano sobre el cabecero de la silla, evaluándola. Era tal y como la recordaba. Finalmente, se sentó... pero la altura de la silla no era la correcta. Había sido modificada para una persona mucho más alta. Se dispuso a rectificarlo cuando alguien llamó a la puerta y, sin esperar respuesta, entró.

Se trataba del señor Carlson, el jefe de Cédric, un hombre de unos sesenta años, con chaleco, gafas y pajarita. A Cédric le recordaba a un personaje salido de una película de espías durante la Guerra Fría. El señor Carlson forzó una sonrisa.

—Espero que haya encontrado todo exactamente como lo dejó.

—Creo que sí —dijo Cédric, y ajustó la silla discretamente para que sus codos estuvieran a la altura de la mesa. El señor Carlson se percató.

—Siento si hay algo fuera de sitio. Hemos tenido a otra persona ayudándonos de manera temporal.

—No se preocupe. Lo entiendo perfectamente. —Cédric puso su maletín encima de la mesa.

—Y bien... —El señor Carlson mantuvo la sonrisa pero se frotó las manos, incómodo—. ¿Cómo se encuentra?

—Estupendamente. Mejor. Gracias —contestó Cédric.

—Tiene buena cara.

—He engordado.

—Engordar siempre es bueno —dijo Carlson, y bromeó a modo de distensión—. Apuesto a que le fue difícil volver a despertarse tan temprano.

—No duermo precisamente bien —respondió Cédric, tratando de seguir la broma.

Pero su comentario causó el efecto contrario y provocó un silencio largo e incómodo. Cédric se apresuró a romperlo.

—Solo quiero empezar a trabajar de nuevo, señor Carlson —dijo tratando de sonar honesto—. Y lo más pronto posible.

Como si Cédric hubiera pronunciado la palabra mágica, el señor Carlson se activó, poseído por una inesperada ráfaga de energía.

—¡Excelente! Porque tengo algo para usted. —Aleteó hacia Cédric y se posó en uno de los extremos del escritorio—. Esta misma mañana ha llamado el jefe de operaciones de Urbanis.

Cédric volvió la cabeza hacia Carlson con súbito interés.

—¿Barbier?

—Sí, Simon Barbier. Si no me equivoco, ustedes dos solían trabajar juntos, ¿verdad? —Sus cejas se arquearon esperando confirmación.

—Así es.

—Bien, pues van a hacerlo de nuevo. —El señor Carlson se quitó las gafas y empezó a limpiárselas con un pañuelo—. A primera hora de esta mañana ha habido un accidente en Century Europa.

—¿Century Europa? ¿De qué me suena? —preguntó Cédric.

—Es una zona residencial a las afueras, construida durante los setenta y olvidada al final de los noventa. Hasta que sus habitantes empezaron a quejarse de las malas condiciones y la alarmante negligencia... Desde entonces no ha dejado de estar en obras.

—Entiendo. —Cédric se inclinó hacia atrás—. Uno de los obreros de la construcción ha tenido un accidente.

—No exactamente. —Carlson volvió a colocarse las gafas y parpadeó—. La accidentada es una de las residentes. Estaba corriendo a primera hora de la mañana y se ha caído dentro de una de las fosas sépticas.

—Vaya. —Cédric arrugó la frente.

—Por fortuna, no ha ocurrido nada grave. Solo se ha roto una pierna. Pero necesito que alguien vaya allí, eche una ojeada, haga algunas preguntas y rellene los informes. La compañía quiere reanudar las obras lo antes posible. —El señor Carlson lo miró atentamente—. ¿Cree que podría hacerse cargo?

Cédric dibujó en su rostro lo más parecido a una sonrisa.

—Es el caso perfecto para empezar, señor Carlson.

—Eso mismo pensé —confesó el hombre devolviéndole la sonrisa, y saltando de la mesa se dirigió hacia la puerta—. Hablaré con Barbier para que le envíe por correo electrónico todos los detalles. Manténgame informado, ¿de acuerdo?

—Descuide, señor Carlson.

Justo cuando iba a salir, el señor Carlson se detuvo en la puerta.

—Ah, Cédric... —dijo. Cédric alzó la mirada—. Estamos contentos de tenerle otra vez con nosotros.

Cédric sabía que eso no era cierto, que su jefe solo trataba de ser amable, pero lo agradeció. Satisfecho, el señor Carlson cerró delicadamente la puerta.

Fue entonces cuando Cédric se percató de la ausencia del cerrojo. Lo habían quitado. Pero no se extrañó. Entendió que era una medida de precaución. Supuso que querían asegurarse de que no volviera a suceder lo que pasó la última vez que Cédric se encerró en su despacho, cuando en un acto de oscura, profunda y descarnada desesperación había intentado quitarse la vida.

3. Century Europa

3

Century Europa

1

Century Europa era una pesadilla arquitectónica. Pero todas las pesadillas fueron alguna vez el sueño de alguien. Y Century Europa había sido el sueño de un hombre llamado Théodore Dubois, un magnate de origen belga que amasó su fortuna a principios de los sesenta gracias al negocio hotelero y al creciente auge del turismo.

Dubois llegó a crear una cadena internacional de hoteles. Su imperio siguió creciendo hasta límites insospechados. Y su desmesurada ambición también. La proliferación de las primeras zonas residenciales en Europa en los setenta y la devoción que Dubois procesaba por la sociedad americana, le llevaron a la adquisición de un terreno de dieciséis hectáreas sobre el que planificó construir su propio complejo de viviendas, como ya había visto en algunas ciudades de Estados Unidos.

Para su propósito contrató a Maximilian Cartwright, un arquitecto de Nueva York amante de la arquitectura clásica, y el faraónico proyecto comenzó a erigirse. Una espectacular zona residencial compuesta por ocho enormes edificios de siete plantas de altura, cuatrocientos apartamentos de lujo interconectados por más de treinta calles, cinco áreas comunales, doce patios interiores, cinco gimnasios, cuarenta tiendas, sesenta restaurantes, tres grandes zonas de ocio con capacidad para albergar a más de mil residentes.

A la monstruosidad había que encontrarle un nombre. El señor Dubois podía haberse inspirado en los ocho planetas del sistema solar, en los nombres de los dioses de la Antigua Grecia, o simplemente en compositores de música clásica, pero ese mismo año Bélgica asumió la presidencia del Consejo de la Comunidad Europea y el Reino Unido e Irlanda ingresaron en ella. Para Dubois esto fue casi una revelación de lo que sería su obra magna como empresario y decidió bautizar el complejo residencial como «Century Europa» y los ocho edificios con el nombre de las capitales de los ocho países que en ese momento formaban parte de la consolidada Comunidad Europea. Así pues, los residentes de Century Europa podrían vivir en el edificio Londres, Dublín o París, pasear por las fincas de Copenhague o Berlín y cenar en el restaurante del pabellón de Bonn (luego rebautizado Berlín), Luxemburgo o Roma.

Después de más de un lustro de imparable construcción, hacia 1979, Century Europa por fin salió al mundo. Había llegado el momento de recuperar la inversión. Un ejército de agentes inmobiliarios especializados en negocios de lujo invadieron el mercado con un abanico de ofertas. La repercusión fue inmediata. Century Europa ocupó centenares de páginas en prensa escrita, reportajes televisivos, debates en la radio, artículos de opinión. Era el sitio que las empresas elegían para formalizar sus negocios y los famosos para organizar sus fiestas; incluso los escándalos eran más sonados en Century Europa.

De la noche a la mañana, se convirtió en el sitio exclusivo de moda. Había interminables listas de espera para comprar o alquilar alguno de sus apartamentos. Century Europa reinó en el imaginario popular a lo largo de casi una década.

Dubois había cumplido su sueño.

Pero quiso seguir soñando. Y durante los años ochenta, coincidiendo con la adhesión a la Comunidad Europea de Grecia, España y Portugal, decidió añadir al complejo residencial tres edificios más: Atenas, Madrid y Lisboa.

Después, llegaron los noventa y con la nueva adhesión a la Unión Europea de Austria, Finlandia y Suecia, volvió a repetirse lo mismo; los edificios Helsinki, Viena y Estocolmo también fueron erigidos y anexionados a Century Europa. Se había establecido un inquietante paralelismo con la Unión Europea y el complejo de Dubois crecía con ella al unísono.

Cuando en 2004 entraron los países de Europa del Este y Dubois quiso añadir más edificios al complejo, como Varsovia, Riga o Budapest, en la junta de dirección sonaron todas las alarmas. El consejo de administración mostró unánimemente su oposición más rotunda. La edad de oro de Century Europa había quedado atrás. El valor de los apartamentos había disminuido a la mitad. Ya no había lista de espera y los agentes inmobiliarios tenían que perseguir a posibles clientes con ofertas indignas. El coste de mantenimiento se había triplicado y apenas podía cubrir las necesidades. De manera asidua había averías, fallos y desperfectos que el equipo de reparación no podía asumir. A menudo, para cuadrar los números del ya de por sí exiguo presupuesto, tenían que posponer los arreglos y las reformas. Los residentes empezaban a quejarse y ya habían tramitado las primeras denuncias en los juzgados por negligencia e incumplimiento de contrato. Con este panorama, añadir más edificios al complejo no supondría beneficio alguno y el gasto arruinaría al grupo empresarial. Sería un suicidio.

Pero Dubois decidió suicidarse.

Despidió a todo el consejo de administración y a cualquier cargo directivo que se atreviera a llevarle la contraria. Hizo caso omiso de todas las advertencias. No se inmutó cuando los socios de la junta directiva dimitieron en bloque. Varsovia, Riga y Budapest se construirían y se añadirían al conjunto de Century Europa. Y a estos les seguirían en un futuro los demás países de Europa del Este.

Y fue entonces cuando el sueño se convirtió en pesadilla.

Las obras empezaron de nuevo bajo la supervisión de un arquitecto lunático que incrementó los costes de construcción a un nivel estratosférico. Ninguno de los edificios llegó a completarse. No había dinero suficiente. Se inyectó más dinero procedente del presupuesto general. La partida de mantenimiento se recortó al mínimo de manera salvaje. Las primeras grietas empezaron a aparecer en los edificios. Los apagones se sucedían con más frecuencia. El material envejecía, se resquebrajaba, se convertía en caduco o defectuoso. Century Europa era una zona en ruina permanente que amenazaba con el derrumbe. Las acciones se desplomaron en bolsa. Las denuncias y los escándalos se sucedían en los juzgados. Hubo las primeras condenas y con ellas vinieron las multas y las compensaciones millonarias. La empresa quebró. Y, finalmente, el corazón de Dubois también.

Con su muerte, había llegado el momento de recoger los pedazos y volver a unirlos. Pero reparar Century Europa era una ardua tarea que nadie quería asumir. Hasta que un par de años después el grupo empresarial Horizon compró el complejo a precio de saldo. Y así empezó el lento camino de la reforma. Las obras comenzaron a proliferar en el recinto. Las grietas a cerrarse. Los apartamentos a venderse otra vez. El proceso era agónico pero seguro. Se calculó que se tardaría unos cinco años en obtener beneficios, rehacer la totalidad del conjunto casi una década, y recuperar el prestigio llevaría al menos otra. Pero a nadie le extrañó, porque Century Europa se erigía como la absoluta demostración, el ejemplo fehaciente y la indiscutible constatación de que destruir era mucho más fácil que construir.

2

Cédric no había estado nunca en Century Europa. Siguiendo las instrucciones de Simon, usó la entrada norte para acceder al hermético recinto. El control de acceso consistía en dos guardas, con garita incluida y barrera de seguridad.

Cédric le mostró su identificación a uno de los guardas. Mientras este la inspeccionaba, Cédric recalcó que iba tarde y preguntó cuál era el camino más rápido para llegar al sitio del accidente. El guarda agarró un mapa de la zona y se inclinó sobre la ventana del coche.

—Puede aparcar el coche delante del edificio Berlín —le dijo—, y luego cruzar los patios interiores hasta el otro lado. Es exactamente aquí, ¿ve? —Señaló un punto en el mapa con el dedo—. No tiene pérdida. Y cruzando los patios se ahorrará rodear todo el edificio.

Cédric observó el mapa una vez más y se lo devolvió al guarda, quien lo rechazó con un gesto de la mano.

—Quédeselo. Lo necesitará —le respondió y, volviéndose, le hizo una señal a su compañero para que alzara la barrera y permitiera entrar a Cédric.

El mundo cerrado de Century Europa le dio la bienvenida. Cédric avanzó con el coche por entre calles y bloques de edificios. La arquitectura, impregnada por la estética de los setenta con reminiscencias clásicas, despertó en Cédric un incómodo sentimiento de nostalgia. El antiguo esplendor del que Century Europa había gozado era evidente, tanto por su concepción de extravagancia posmoderna como por su marcada preferencia por las formas sobre la técnica. Pero había un contraste perturbador. Mientras unos apartamentos seguían exhibiendo lujo, otros parecían literalmente abandonados y algunos incluso ruinosos. De vez en cuando la opulencia de los detalles dejaba paso a zonas en mal estado con fisuras en las paredes, grietas en el pavimento o jardines en nefastas condiciones.

Al mismo tiempo, Cédric observó las numerosas obras de reconstrucción que se estaban llevando a cabo, casi en cada edificio. Estaba claro que Century Europa se hallaba en un estado de constante reforma. Aparte de esto, no había nada de extraordinario en el complejo y, aunque Cédric no tenía grandes expectativas, halló el conjunto hasta cierto punto decepcionante por su aparente normalidad. La gente andaba por la calle, cruzaba los semáforos, paseaba el perro o hacía deporte. Century Europa era una simple prolongación de la vida que transcurría fuera de su zona cerrada.

Dejó su vehículo estacionado en el aparcamiento delante del edificio Berlín, exactamente donde le habían recomendado. Miró de nuevo el reloj. Llegaba tarde. Agarró el mapa y salió del coche, dispuesto a encontrar el lugar del siniestro cuanto antes.

Se encaminó a paso ligero a la puerta de acceso del edificio que lo llevaría directamente al otro lado a través de los patios interiores. Bajó unas escaleras y se internó en un área ajardinada, compuesta por varios caminos vallados que se cruzaban de vez en cuando formando diferentes zonas de descanso. Consultó el mapa una vez más y empezó a andar por uno de ellos.

Y entonces lo sintió. Le estaban observando. Cédric miró a su alrededor y por encima del hombro. La única gente visible, solo unos pocos, se hallaba en los balcones, fumando. Pero nadie parecía prestarle atención.

Siguiendo el mapa, pasó junto a una escultura sin brazos que le recordó a la Venus de Milo. Seguidamente, dobló una de las esquinas para torcer por una callejuela y se encontró que el paso estaba bloqueado. Uno de los muros se había derrumbado en medio del camino y el acceso se había acordonado por seguridad. Probablemente ni siquiera los guardas de la entrada estaban al corriente de que el camino se encontraba inaccesible.

Cédric chasqueó la lengua y miró el mapa de nuevo, tratando de averiguar el modo de acceder al otro lado del edificio usando otro camino. Trazó con el dedo un nuevo recorrido sobre el mapa. Luego volvió sobre sus pasos, pasó de nuevo junto a la estatua sin brazos y se metió por otro sendero vallado. Anduvo en esa dirección durante un rato, todavía con la sensación de que le estaban observando, hasta que se dio cuenta de que en lugar de acercarse al otro lado del edificio lo que hacía era alejarse.

Se detuvo. Miró de nuevo el reloj. Llegaba muy tarde. Pensó en llamar a Simon, pero aún no quería tragarse el orgullo, así que decidió obviar los atajos. Ya le daba igual. Saldría de los malditos patios y rodearía el edificio Berlín tal y como debería haber hecho desde un principio.

Regresó con paso ligero, esperando hallar de nuevo la estatua sin brazos al doblar la esquina. Pero la estatua no estaba ahí. Cédric se dio la vuelta, observando a su alrededor, y se percató de que no reconocía nada y le era imposible deducir dónde estaba.

Empe

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos