Prólogo
Empezaba a levantarse el viento, un viento templado y húmedo que, sin duda, anticipaba lluvia. La luminosidad del cielo, aunque mostraba resistencia, se iba difuminando entre el gris de unos nubarrones que se adueñaban por momentos del espacio celeste. La oscuridad ya se había apropiado de la tierra seca, que deseaba la tormenta con sed de estío agónico, y las sombras de árboles y arbustos se habían alargado para fundirse con el resto del paisaje. Agarrada fuertemente a su hato, como si sus escasas pertenencias fueran a protegerla y no al revés, la niña procuraba no ensuciarse los zapatos desgastados. Le dolían los pies, le dolían los rasguños que la maleza había prodigado en sus piernas blancas y le dolía algo por dentro que se parecía al alma. Hacía media hora que las dos mujeres que la habían acompañado durante la primera parte del trayecto se habían despedido de ella y, a sus diez años, nunca se había sentido tan sola. Era un lugar agreste, desconocido y, por momentos, más oscuro. A veces campo abierto; otras, bosque; y siempre la amenaza de acabar perdida y sin nadie a quien recurrir.
Había sido una suerte que aquellas dos mujeres viajaran en la misma diligencia, la que había salido de León a las seis de la mañana, y se apiadaran de ella al ver sus ojos transparentes de incertidumbre y recelo. Eran hermanas y regresaban de cuidar a un pariente que, tras semanas de lucha, se había resignado a los designios de Dios y había abandonado este mundo entre toses rotas, miradas febriles y humores calientes. Quiso también la fortuna que, tras llegar a Ponferrada, las mujeres tuvieran que seguir el mismo camino que debía tomar la niña y, ante la amenaza de lo desconocido, ésta se sintiera acompañada durante los primeros pasos. Pero al llegar a La Martina, las hermanas se habían despedido y, en ese momento, la niña de cabello rojizo y rostro pecoso, la incertidumbre y el cansancio caminaban juntos en una soledad triangular y llena de inquietudes.
«Sigue el río; sigue siempre el cauce del río y llegarás a Villaverde», le había aconsejado la más joven, que también resultó ser la más habladora, pero había un no sé qué en el sonido del agua y en el serpenteo de plata que ahora se apagaba que empujaba a la niña a no acercarse demasiado a la orilla. Como si un presentimiento palpable o un cosquilleo que le electrizaba el cuerpo la alejara de ella. O tal vez era ese augurio de tormenta lo que la amedrentaba y hacía que viera las corrientes fluviales como una admonición.
Se veía obligada a caminar cada vez más despacio, ya sin luz, mientras el viento le azotaba una cara de mejillas rosadas y ojos espantados. El canto de los pájaros, que hasta hacía poco había acompañado su viaje, ya se había apagado, y los crujidos de las ramas secas hacían que la piel se estremeciera bajo sus ropas de niña pobre. Pero lo que oyó en aquel momento no fue sólo un crujido, sino algo más estremecedor que hizo que se detuviera y apretara con ansias el hato contra sí. Notó que sus piernas temblaban. Sus pupilas se dilataron, más por miedo que por curiosidad, pero aun así no consiguió distinguir la procedencia de aquellos sonidos. No debía tener miedo, no debía detenerse, tal vez todo había sido fruto de su imaginación, pero fue incapaz de dar un paso más. Procurando no hacer ruido, respiró profundamente, dejó el hato en el suelo y se colocó mejor el pañuelo anaranjado que le cubría el cabello. Sin embargo, no logró tranquilizarse, pues el sonido volvió como si hubiera alguien acechando tras unos matorrales. Deseó ser invisible, que la penumbra camuflara su silueta a ojos ajenos. Y, como si fuera una burla del destino, el cielo tronó primero para iluminarse después y la luz lo inundó todo. Fueron sólo unos instantes, pero junto a unos tojos pudo advertir el cadáver de un conejo que estaba siendo devorado por unos hurones ansiosos. Un grito se ahogó en su garganta y, aunque quiso cerrar los ojos, no pudo apartarlos de la bacanal. Ante ella, se hallaba el horror, un horror paralizante. Permaneció así, quieta, incapaz de ningún movimiento, hasta que una alarma que no pasó por su consciencia se encendió en ella y, si no su mente, sí su cuerpo, supo que tenía que huir. Apresuradamente, recogió el hato del suelo y echó a correr.
Corrió con miedo a las alimañas, a la oscuridad y a la lluvia fría que comenzaba a gotear sobre ella. Corrió sin ver, tropezando en un terreno irregular y lleno de vegetación desordenada. Y corrió sin medida, hasta llegar sin saberlo a la orilla del río y acabar, por la inercia, con su cuerpo en las aguas que tanto había temido. Fue tal la impresión que no pudo cerrar la boca. De pronto, sintió el frío en su cuerpo, las ropas se hicieron más pesadas y una repulsión al ahogo y al fango le impidió respirar por unos instantes. No sabía nadar y, aunque en ese punto apenas había profundidad, no podía saberlo. Sintió la atracción de las arenas del fondo, de un abismo oscuro y gélido y, en aquellos que podrían haber sido sus últimos estertores, se sintió perdida.
Fue el hato lo que la salvó. Por suerte, no lo había soltado al caer. La tela había formado una burbuja de aire y quedó flotando durante el tiempo justo para que ella pudiera incorporarse y alargar un brazo hacia una rama que se arqueaba sobre las aguas. Se agarró a ella con todas sus fuerzas y comenzó a avanzar con las manos, una tras otra, por aquel brazo salvador que le clavaba espinos en las palmas. Aguantó el dolor con estoicismo y, con brío, logró salir a la orilla. Se dejó caer para reponer fuerzas y, mientras jadeaba y temblaba de miedo, el hato que ya se hundía se alejaba corriente abajo.
En cuanto se levantó, algo más recuperada, se refugió de la tormenta debajo de un árbol y se quitó el pañuelo que aún cubría su cabello. Lo escurrió, y también apretó su larga trenza para que soltara el agua. Luego hizo lo mismo con su ropa. Estaba nerviosa, no sólo por el banquete de los hurones y la impresión de las frías aguas después, o por el hecho de haber estado a punto de ahogarse, sino porque sentía que había perdido su invisibilidad de un modo muy torpe.
Por mucho que estrujara sus ropas para que soltasen el agua que las impregnaba, no lograba escurrirse la sensación de que había en los árboles ojos que la observaban. Pero no podía dejarse amilanar por el miedo. Estaba sola y todo dependía de ella, así que era inútil quedarse a esperar ayuda en la intemperie de la tormenta estival. Antes de volver a ponerse en marcha, se santiguó y rezó un padrenuestro y un avemaría y pidió a la Virgen con todas sus fuerzas que el trayecto que aún quedaba fuera corto y sin sobresaltos. Ya no temblaba sólo de miedo y de frío, sino también de sugestión.
Emprendió de nuevo el camino, sin un hato al que aferrarse y sin un alma a la que encomendarse en aquella soledad forestal. Le molestaban los zapatos mojados más que las ropas y se sentía más pesada que cinco minutos atrás. Por momentos, notaba que arrastraba los pies y los matorrales continuaban atacando la piel blanca y delicada de sus piernas a cada paso que daba. Echaba de menos la protección que le habían proporcionado las dos mujeres, las regañinas de las monjas del hospicio que había dejado atrás, la voz del sereno que la despertaba en las noches leonesas que ya no regresarían, incluso echaba de menos las palizas calientes de la señora de Cuéllar, a la que había servido durante dos meses. Echaba de menos cualquier hálito humano, porque el bosque y sus olores de hojarasca agitaban en su interior unos estremecimientos que constreñían un ánimo cada vez más escaso.
Se alejó de la orilla pese a la recomendación y se adentró en la espesura en busca de un camino por el que tal vez transitara un campesino rezagado con sus mulas o un carro salvador que también hubiera sido sorprendido por la tormenta. Pero cuanto más se alejaba, más se desorientaba. «Media hora de camino hasta Villaverde», le habían dicho, «sólo media hora». Y allí, en el pueblo, tendría que preguntar por la granja de abejas del señor Hurtado, que la estaría aguardando ya impaciente. O tal vez, y cuando pensó esto una esperanza nació en ella, conmovido al ver el temporal, el hombre había salido a buscarla, pues sabía que llegaba ese día por una carta que le había enviado sor Virtudes. Esa idea la decidió a continuar buscando el camino y a dejar el río atrás. Eso y un miedo palpable a acabar de nuevo bajo las aguas que seguía acompañándola.
Con la esperanza llegó también el recuerdo de las historias de ataques de lobos, incluso de osos, que había oído contar desde su infancia. A su mente viajó la imagen de unas brujas, esas mujeres oscuras que hacían caldo en grandes ollas con huesos de niña y ancas de rana. Pero, sobre todo, la amedrentó la idea del hombre del saco, con quien había tenido varias pesadillas años atrás. Así, con esos nuevos fantasmas como compañeros y cada vez más acongojada, avanzaba con el presentimiento de que ojos amarillos se clavaban en ella o de que hocicos sensibles notaban su olor a carne joven o de que una sombra desfigurada seguía sus pasos. Avanzaba sin mirar atrás, concentrada en no desfallecer y en recortar distancias con su destino antes de que el terror la paralizara. Y avanzaba, sobre todo, consciente de que ignoraba dónde se encontraba el camino por el que podían transitar vehículos. Hubiera deseado, y temido a la vez, tener una lumbre. Deseado, para poder ver; temido, por si era vista.
En cuanto los árboles se espesaron y notó que había penetrado en zona boscosa, se sintió momentáneamente protegida. Agradeció, además, resguardarse un poco de la lluvia. Sin embargo, también era consciente de la falsedad de ese sentimiento, pues el peligro podía acechar tras cada roble, encina o alcornoque, ya que la sensación de que estaba siendo observada no desaparecía. Ralentizó el paso y hubo de caminar a tientas, tocando los troncos y las ramas bajas para no chocar con ellos, como si transitara por un pasillo forestal lleno de obstáculos. De vez en cuando se detenía y miraba hacia atrás. Y, también de vez en cuando, se sobresaltaba por crujidos fantasmagóricos y ruidos turbadores que, quería pensar, procedían de algunos animales, y se quedaba quieta y sigilosa para intentar precisar de dónde venían. El viento montaraz hacía bailar las copas de los árboles y la lluvia se filtraba entre ellas lentamente pero con determinación.
Avanzaba. Y no podría decir cuánto tiempo había pasado, pues cualquier minuto le parecía eterno, cuando descubrió que se había perdido. Avanzaba y no sabía adónde. En esos momentos, ni había encontrado ningún camino ni podía saber por dónde tenía que ir para regresar al río. Tenía la sensación de que había estado dando vueltas en círculo, de que se había internado sola en un laberinto sin salida y de que sus últimas esperanzas se habían enredado en una telaraña gigante tejida por los animales y los espíritus del bosque. Las lágrimas brotaban de sus ojos y se mezclaban con las gotas de lluvia que acariciaban, demorándose, la desesperación de su rostro. Volvió a rezar en voz baja, de forma entrecortada y entre hipidos de llanto, con la devoción de quien desea convertir la oración en una llamada de ayuda. Pero nadie respondió y la niña sintió el abandono absoluto, la carencia de refugio y la ausencia de una mano a la que agarrarse. Estornudó. Y tras el primer estornudo llegaron el segundo y el tercero. Ya sabía que iba a resfriarse y, más que temer una pulmonía, fantaseó durante unos instantes con la idea de que las monjas la arropaban con una manta y le servían un caldo caliente. Fantaseó también cuando notó que la mucosidad asomaba a su nariz e imaginó que sor Piedad, con la sonrisa que hacía honor a su nombre, echaba leños a la chimenea sólo para ella. Y, de pronto, notó que un calor, improcedente bajo aquella lluvia fría, se apoderaba de su frente. ¿Deliraba? Se le estaban agotando las fuerzas y empezaba a ser presa de un mareo hipnótico y del debilitamiento de su voluntad.
Se dejó caer sobre el suelo de barro y hojas mojadas y, por unos instantes, con la mente aún en el hospicio que había dejado atrás, pensó en quedarse dormida de un modo definitivo para dejar de luchar.
Fue el aullido de un lobo y, con él, nuevamente la sensación de estar siendo acechada, lo que la obligó a reaccionar. El miedo hizo que se levantara de inmediato y mirara a su alrededor. Oía el latido de su corazón como si fuera un sonido de alerta. No consiguió ver nada, pero el aullido se repitió y, otra vez, su cuerpo se estremeció con él como si una corriente eléctrica lo atravesara. Se frotó los ojos y la nariz con las mangas mojadas de su vestido pobre y volvió a caminar. Continuó con la obsesión de huir de los aullidos y de avanzar en línea recta para salir del bosque. Sin embargo, no había nada que la orientara, hasta que de pronto, cuando ya no lo esperaba, a lo lejos vio una luz.
Fue sólo un instante. Más que un destello de algo que se enciende y se apaga, le pareció que se había tratado de una lumbre en movimiento, pues desapareció enseguida hacia la izquierda como si hubiera sido engullida por la maleza. Había alguien cerca. Alguien que llevaba un candil o una antorcha, alguien humano. Por unos instantes, dudó de si se había tratado de su imaginación, si continuaban allí los delirios, pero no, no se había inventado esa luz, estaba convencida de que había sido real. Había alguien y debía encaminarse hacia allí para pedir ayuda. Con los ojos bien abiertos por si volvía a aparecer, avanzó hacia el lugar en el que había nacido el fulgor de su esperanza. Desesperada, aunque también confiada, intentó gritar para que la oyeran, pero sólo consiguió un sonido roto y debilitado que el ruido de la lluvia ahogó en cuanto salió de su boca.
Procuró darse prisa para alcanzar al dueño de la mano que llevaba la lumbre. Si es que la llevaba en la mano, si es que no se trataba de un candil enganchado a la parte trasera de un carro o de un carruaje que avanzaba a una velocidad que ella nunca alcanzaría. No importaba. Si así fuera, al menos habría encontrado el camino por el que transitaban vehículos de ruedas. Y ese camino ya era una referencia, una orientación en aquella maraña de extravíos y extrañezas en la que estaba sumergida. Sí, debía ir hacia allí. Y, aunque tal vez no fuera del todo así, la niña sintió que sus piernas corrían.
Poco a poco, los árboles se fueron distanciando entre ellos y la lluvia comenzó a caer otra vez con más aplomo, sin la protección ya de ramas cargadas de hojas. Estaba saliendo de la zona boscosa. Se estaba acercando al camino. Y, de pronto, un nuevo trueno se sobrepuso a cualquier otro ruido de la naturaleza y el cielo se iluminó como si quisiera lucirse en un despliegue de colores dorados y rojos. Si no hubiera sentido la amenaza, tal vez podría haber admirado la belleza de aquel incendio celeste, pero la vio allí, la amenaza, frente a ella, en forma de serpiente gigante que avanzaba con pieles de agua entre los campos del Bierzo. Se detuvo de golpe. Nuevamente el río, la orilla, el fondo fluvial devorador. Por suerte, en esta ocasión el relámpago había logrado avisarla del peligro y no había acabado otra vez en la corriente fatal. Sin embargo, la sensación de que la desorientación, los lobos, los ojos invisibles y acechantes o las aguas profundas acabarían siendo uno de sus destinos hizo que la angustia regresara a su pecho.
Pero no, no podía ser. Ahora había algo distinto. La certidumbre de que una luz se había cruzado en su camino le recordó que existía esperanza. Además, el río suponía un referente, debía superar el miedo a la orilla y avanzar en paralelo a ella. «Sigue el río y llegarás a Villaverde», recordó, y esta vez estuvo decidida a hacer caso de la recomendación. Empapada y con los zapatos llenos de barro, comenzó a caminar sin quitar ojo al lugar por el que corrían las aguas. Olvidó los rezos y comenzó a cantar:
Al corro de la patata, comeremos ensalada...
Cantaba a modo de exorcismo contra el agarrotamiento de su carne trémula, pero también para no oír los sonidos que pudieran esconderse entre los gemidos del viento o el repicar constante de la lluvia. Cantaba y continuaba avanzando. Y, entre las notas de la canción, le pareció escuchar su nombre, como si fuera un susurro entretejido en la ventisca húmeda.
Matilde, Matilde...
Alguien la llamaba. Alguien sabía que estaba allí, perdida, necesitada de ayuda y, sin embargo, no notó calor en esa voz. La niña sintió que sus dientes rechinaban y se movían como si fueran los de un roedor, incapaz de controlar el movimiento de sus mandíbulas. Sus ojos nunca habían sido tan grandes ni su piel tan blanca, como si se hubiera quedado sin sangre.
Matilde...
Otra vez su nombre. El sonido recorrió su cuerpo como en un ramo de escalofríos que se abre para abarcar todo lo que respira bajo la piel. Un nudo de ultratumba se acomodó en su estómago y se apretó contra unos pulmones que no podían ya respirar si no era entre jadeos.
De nuevo volvió a aparecer la luz. Esta vez la vio más cercana y la llama tardó algo más en desaparecer. Sólo que, en esta ocasión, la lumbre no llegó acompañada de ninguna esperanza. La niña ya no sabía si debía dirigirse hacia ella o huir. Le vino a la mente la imagen de la Santa Compaña y ya no se imaginó una única amenaza, sino una procesión de ellas que avanzaba como si la estuviera buscando. Impresionada, en un impulso telúrico se arrojó al suelo y buscó la protección de un matorral. Su cabeza topó con una telaraña que frotó su rostro durante unos momentos. La repulsión la obligó a gritar. Gritó como si un desgarro interior saliera de ella y sobrevolara con aliento helado los campos silvestres.
La niña permaneció bajo su grito envolvente durante unos segundos eternos, un grito que podía palparse, que parecía más un sonido animal que pueril. Y ese mismo grito, en el que había dibujado parte de su angustia y desesperación, fue lo que la delató. De nada había servido esconderse, acababa de descubrirse sola y lo sabía. Una sensación inveterada operó a modo de alarma. Se levantó con prisas, al tiempo que procuraba quitarse los hilos pegajosos del rostro, y comenzó a correr en busca de algún árbol tras el cual poder ocultarse. Corrió con la sensación de que un ejército de arañas se había internado entre sus ropas y se paseaba sembrando de mordiscos todo su cuerpo; sin embargo, sabía que no era ésa la mayor amenaza.
Matilde...
Volvió a oír su nombre, como si a la naturaleza se le escapara un sonido gutural, pero ahora sólo era un susurro. Parecía que la voz estaba alejándose. Y permaneció allí, agazapada junto a un tronco mientras continuaba cantando mentalmente y esperando a que la voz se fuera apagando. Tal vez creyó que podía recogerse en esa canción o sólo procuraba no ser consciente de lo que pasaba fuera de ella y, de ese modo, conseguir que no existiera nada ajeno a su propia corporeidad infantil. Cerró los ojos, en una negación de su entorno, en un intento de esquivar cualquier peligro, y apretó los puños, como si así pudiera crear un refugio en el que habitar hasta que las almas en pena, o lo que fuera que la estaba llamando, desaparecieran.
Permaneció muy quieta durante unos minutos, hasta que la realidad se impuso y recordó que debía llegar a Villaverde. Por un momento, sintió la tentación de acudir hacia la voz que pronunciaba su nombre, tal vez fuera una voz amiga, pero algo, como una intuición, le decía que no. Se hallaba en una encrucijada. Ni podía pasar la noche a la intemperie ni tampoco podía fiarse de lo que había escuchado, pues poco antes se había imaginado la voz arrulladora de sor Piedad. Así que se sacó una piedra que se había colado en uno de sus zapatos y volvió a hacer acopio de valor. Agarrada al árbol, se levantó despacio. Sin embargo, antes de decidirse a avanzar, se asomó con prudencia para calcular sus pasos y entonces fue cuando se sintió aterrada de un modo definitivo. Ante ella, unos ojos agrietados la observaban y una boca maloliente se abrió para susurrar:
Matilde...
Notó que un calor líquido caía por sus piernas temblorosas y hubiera sentido vergüenza de sus propios orines si no fuera porque la sensación de peligro y un miedo ancestral eran mucho mayores. Luego se percató, ya tarde, de que la tela de un saco atrapaba su cuerpo y alguien la golpeó en la cabeza de tal modo que le hizo perder el conocimiento.
1
Si doña Eulalia Montes no hubiera muerto aquella madrugada de agosto, la vida habría llevado a Henar Expósito hacia otros derroteros, lejos del turbio asunto que sucedería a finales de verano en el Bierzo, pero lo cierto es que doña Eulalia Montes amaneció muerta en su cama aquella mañana mientras las campanas de la catedral de León daban los cuartos antes de que saliera el sol.
Henar, que durante los últimos cuatro años de su vida había sido el lazarillo de doña Eulalia, sintió de nuevo la inseguridad de sus próximos pasos. ¿Qué haría ahora? ¿Adónde ir? Hacía unos meses, cuando la señora comenzó a enfermar, pensó que doña Remedios, una de las hijas de doña Eulalia Montes, le ofrecería la posibilidad de cuidar de su bebé, pues se hallaba en estado de buena esperanza y había hablado de que necesitaría a alguien para ayudarla con el niño. Pero, unas horas antes del funeral, Henar supo que allí no había lugar para ella. No sólo no le había ofrecido el puesto, sino que, además, la había obligado a devolver los vestidos y el ajuar que doña Eulalia le había cedido durante los años que había permanecido con ella. Desilusionada, Henar también había preguntado a sus compañeras del servicio, pero, como bien le dijo la cocinera, quien más quien menos tenía familiares a los que colocar y las penurias de cada uno no facilitaban los actos de generosidad.
Durante el funeral de cuerpo presente, al que no pudo asistir don Jaime Montes, hermano de la difunta, por encontrarse de viaje en esos momentos, Henar ya sabía que no le quedaba otra opción que regresar al hospicio en el que se había criado y preguntar si conocían a alguien que necesitara una muchacha. No sentía vocación para ser monja, y mucho menos quería perderse en las calles, pues conocía los riesgos de mendigar en una mujer. El hambre y la necesidad a veces justificaban conductas indecorosas a las que Henar temía. No sólo las advertencias de sor Piedad habían hecho mella en ella, sino, sobre todo, el hecho de observar las consecuencias en algunas de las que habían sido sus compañeras de infancia.
A mediodía recogió las escasas pertenencias que le quedaban, después de todo lo que le había obligado a devolver doña Remedios, y las metió en una vieja maleta de cartón a la que le faltaban las hebillas, por lo que tuvo que atarla con una cuerda, y luego, tras comer un trozo de morcilla con pan que le ofreció María Rosa, la cocinera, se despidió de las criadas de la señora Montes. No lloró. El hecho de haber estado tan cerca de doña Eulalia la había alejado del resto del servicio, como si la rechazaran por pertenecer a otro nivel, aunque ahora todas compadecían su suerte y se lo expresaban sin fingimiento. Siempre ha sido más fácil sentir pena por la desgracia que alegrarse por quien tiene fortuna.
Antes de marcharse, recordó cuando llegó a la casa por primera vez y se sintió embargada por una extraña nostalgia. La visión de aquel momento se le hizo presente, como si hubiera sido pocos días atrás. Recordaba que había acudido temerosa, consciente de la fama de doña Eulalia Montes, mujer formada y de carácter, y con la sospecha de que iba a resultar de trato difícil. Una persona enérgica que se había quedado ciega... Lo único que cabía esperar es que estuviera malhumorada y odiara al mundo. Tal vez desahogara sus frustraciones con ella. Había cruzado los dedos con la mano izquierda escondida en la espalda, como tenía costumbre de hacer cuando invocaba a la suerte y no quería que la vieran las monjas, mientras con la derecha agarraba la aldaba y golpeaba dos veces. Le abrió una criada entrada en años que la miró de arriba abajo, de forma descarada y casi con desdén, y le dijo que la señora ya colaboraba con la caridad, que no iba a molestarla por limosna. Henar explicó que la enviaban las monjas porque la señora la había mandado llamar, algo que sorprendió a la mujer del servicio, que cerró la puerta tras decir que iba a consultárselo. Poco después descubriría que nadie de la casa sabía de su llegada, tampoco los hijos, casados ya y que no vivían allí.
Dos minutos después, la criada había vuelto para abrir la puerta y le había permitido entrar. Nuevamente notó que la escrutaba. Nada más atravesar el portal, se había sentido intimidada al ver la opulencia del mobiliario y constatar que doña Eulalia Montes no sólo era una mujer pudiente, sino verdaderamente rica. Antes de entrar, ya había podido oler los perfumes que llegaban del jardín interior aquel día de agosto en el que tenían las ventanas abiertas y, más tarde, cuando se había asomado a una de ellas, comprobó que el colorido de las flores hacía justicia a su aroma. Doña Eulalia Montes, viuda de don Antonio Villanueva, mujer de sesenta y dos años, la esperaba en una sala de recibir. Ya no podía valerse por sí misma, aunque aún lo intentaba. Progresivamente había ido perdiendo la vista, y los lentes, por gruesos que fueran, ya no lograban paliar su incapacidad.
Para su sorpresa, Henar no encontró a una mujer decaída, sino ilusionada con las posibilidades que le otorgaba el hecho de contar con un lazarillo. Ni rigurosa ni malhumorada, la persona que estaba sentada en un sillón de estampado azul era alguien entusiasta y agradecida con la vida. Incluso se podía adivinar un punto travieso en el hecho de que hubiera ocultado a su familia que esperaba contar con la ayuda de una recogida del convento. «Mis hijos no llevan mi sangre», le confesó y, en aquel instante, Henar no lo entendió. Se adivinaba una mujer rigurosa y amante de la disciplina, pero en todo momento se mostró amable con ella y enseguida le había preguntado por su formación. Había quedado satisfecha con la respuesta y, a continuación, le había pedido que leyera algo en voz alta de un periódico que se encontraba sobre la mesa. Henar cogió El clamor público y buscó un artículo que no fuera ni demasiado corto ni extremadamente largo. Lo leyó nerviosa, pero moduló bien la voz e hizo las pausas donde estaban indicadas. Se trabó en dos palabras, aunque rectificó de inmediato en ambas ocasiones. Doña Eulalia no miró hacia ella. Su expresión parecía perdida en otros pensamientos más que en prestar atención a las palabras de la joven de casi catorce años. Aun así, había apreciado su dicción cuando la lectura terminó.
No fue de inmediato que Henar comprendió que no tendría que lavar ni planchar ni pulir la plata. Su labor allí no iba a ser de criada, sino de asistente personal y, sobre todo, de lectora. Aunque enseguida su papel fue más allá, pues, sin pretenderlo, se convirtió también en una especie de confidente, algo que no era de extrañar al encargarse de transcribir las cartas que la señora Montes le dictaba y de leerle las que recibía.
Doña Eulalia tenía una hija casada en Madrid, a la que visitaron en una ocasión en primavera y que había venido con su marido y sus tres vástagos para el funeral; un hijo que residía en Oviedo, donde había contraído matrimonio con una viuda de moral cuestionada, y una hija menor que los otros, también casada, que iba a visitarla de vez en cuando porque vivía cerca. Aunque en estas visitas lo normal era que ambas acabaran discutiendo. Doña Remedios, de ideas extremadamente conservadoras, devota fiel, dada al chismorreo y visitante habitual de médicos debido a sus frecuentes jaquecas, chocaba frontalmente con el carácter decidido y la ideología liberal de su madre. Tal vez por rebeldía, la hija había conseguido a espaldas de su madre todos los números de El Defensor del Bello Sexo, una publicación que durante 1845 y 1846 estuvo destinada a mujeres y que abogaba abiertamente por dejar al margen de asuntos políticos al sexo femenino.
A quien doña Eulalia admiraba fervientemente era a su hermano, don Jaime Montes, quien había participado, en 1823, en la defensa del castillo de Monzón contra los Cien Mil Hijos de San Luis, motivo por el cual fue encarcelado junto a Pascual Madoz y con quien, a partir de entonces, había mantenido siempre una buena amistad, incluso en aquellos momentos en los que era ministro de Hacienda y acababa de aprobar la ley de desamortización que llevaba su nombre. Las ocasiones en que don Jaime visitaba a su hermana, que no eran muchas porque él tenía negocios en el continente americano y se ausentaba durante largas temporadas, eran celebradas por doña Eulalia con gran alegrí
