Laura y el misterio de la Isla de las Gaviotas

Fragmento

cap-1

Susana

En los ocho años que Susana llevaba viviendo en el faro era la primera vez que las gaviotas la despertaban con sus graznidos. Se levantó de la cama, un poco desorientada porque era temprano. Había tenido un sueño muy profundo, debido sobre todo a las pastillas para dormir que había tomado la noche anterior. Miró por la ventana. Desde allí podía distinguirse la Cala del Santo, uno de los lugares de la isla elegidos por las gaviotas para asentar su bandada. Algo estaba pasando: se las veía realmente alborotadas. Muchas de ellas extendían sus alas, gesto que ejecutaban cuando estaban a punto de atacar al verse en una situación de peligro. Intrigada, comenzó a vestirse con la intención de bajar a la cala y comprobar lo que ocurría.

Cogió unos vaqueros, una camisa y un jersey grueso de algodón: a pesar del buen tiempo del que habían disfrutado durante las últimas semanas, el cielo había amanecido encapotado, y era mejor prevenir.

Tenía treinta y cinco años, era morena y muy atractiva. Vestida así, con ropa de campaña, costaba imaginarla viviendo en ningún otro sitio que no fuese aquella isla. Mucha gente opinaba que llevaba una vida demasiado solitaria, pero era lo que ella deseaba. A menudo la habían oído decir que las aves eran lo único que le importaba, las únicas que seguían estando ahí, en los buenos y en los malos tiempos, estuviese sola o acompañada. Su pasión había comenzado cuando, siendo una niña, su madre la había llevado a ver Los pájaros, de Alfred Hitchcock. La película le pareció aterradora, pero al salir del cine Susana había descubierto que el lado oscuro de esos seres a los que no se prestaba atención, a los que se daba por hecho, la fascinaba. Además, había sentido cierta afinidad con las aves de la película. En ella, las causas por las que los pájaros querían exterminar a la humanidad no estaban explicadas. Puede que fuese un simple mecanismo de defensa, ya que el hombre iba a terminar arrasando el planeta y había que evitarlo de cualquier manera. O puede que estuviesen castigando a los humanos por alguna culpa atávica o milenaria de la que ellos eran absolutamente inconscientes. No lo sabía. Pero en su caso, sí que tenía muy claro por qué a veces sentía la necesidad de que todos los que la rodeaban desapareciesen. La causa era sencilla: no lo había tenido nada fácil en la vida. Un padre que se esfumó cuando se descubrió que era un estafador y que había desplumado el negocio de telas que la familia de su madre tenía desde hacía varias generaciones, fue el primero de los hitos en un camino algo complicado. A éste se añadieron las dificultades económicas derivadas de la bancarrota de la empresa, el acoso escolar que había sufrido desde siempre debido a su carácter algo huraño y retraído, y unas cuantas decepciones amorosas y relaciones frustradas.

No había pensado en ninguna de estas cosas desde que vino a vivir al faro rehabilitado que había en la isla. El estudio de las gaviotas y la correspondencia con ornitólogos que vivían en cualquier parte del planeta ocupaban la mayor parte de sus pensamientos. Por eso, mientras se miraba en el espejo del baño, terminando de arreglarse, se reprochaba que quizá todo lo que había estado ocurriendo durante las últimas semanas había sido en parte culpa suya. Si no hubiera estado tan absorbida por su trabajo de campo, podría haber percibido las señales. Y haberles prestado atención. Entonces no habría sido demasiado tarde.

Salió de su habitación, situada en la base del faro, y se dirigió a la cocina. A menudo solía subir las escaleras de caracol que conducían a la linterna para ver cómo el sol de la mañana hacía brillar el mar, pero ese día no tenía ganas: el cielo parecía anunciar tormenta y además creía que esa mañana, en vez de sentirse afortunada por vivir en la pequeña isla y poder disfrutar del panorama que se divisaba desde arriba, no haría otra cosa que mirar la costa con nostalgia, deseando volver, deseando que los seis últimos años de su vida se borraran y desaparecieran, desde el mismo momento en que Celia le propuso ir a la Isla de las Gaviotas y vivir en el viejo faro deshabitado y en desuso. Había roto la regla que se impuso como norma de vida: ocuparse únicamente de los pájaros, y ahora estaba a punto de pagar las consecuencias, como había ido descubriendo asustada las últimas semanas.

Intentando animarse, comenzó a silbar mientras fregaba los platos de la cena a la vez que ponía en el fuego una cafetera. Un pensamiento cruzó su cabeza, tan rápido que fue incapaz de atraparlo. Se trataba de algo que alguien le había dicho alguna vez acerca de los faros, pero en ese momento era incapaz de recordarlo.

Cuando el café estuvo listo, puso comida en el cuenco de Trufa, la labrador de color crema que había sido su compañía desde que la rescató de una perrera.

—¡Trufa! ¡Trufa! —llamó, hasta que cayó en la cuenta de que lo que acababa de hacer era un gesto maquinal, impuesto por la costumbre.

Su perra no iba a ir a por su comida, haciéndole fiestas y cubriéndola de lametones, como todas las mañanas. Había desaparecido hacía unas semanas, sin dejar rastro. Tras días de búsqueda, desesperada, Susana estaba convencida de algo: en una pequeña isla de quince kilómetros cuadrados no había ningún lugar donde un perro pudiera esconderse. Y no creía que hubiese podido despeñarse por ninguno de los acantilados. El animal tenía miedo de las alturas, sollozaba cada vez que Susana se asomaba a uno de ellos para observar a sus gaviotas. Se quedaba unos pasos atrás, llorando y lanzando gemidos, aterrorizada, hasta que Susana se reunía con ella. Sólo había una manera por la que Trufa se hubiera arrimado a un acantilado: que alguien la hubiera obligado. Susana estaba convencida de que alguien la había arrojado al vacío. Además, esa explicación casaba perfectamente con la serie de pequeños atentados que había sufrido durante las últimas semanas. Un día, al llegar a casa, encontró todos sus cuadernos de campo y los diarios con sus anotaciones sobre el comportamiento de las gaviotas tirados por el suelo, en completo desorden. Algunas de sus páginas habían sido arrancadas y quemadas en la chimenea. Otro día, el objeto de la rabia del misterioso atacante fueron las fotos que tenía colgadas en el salón. Muchas eran instantáneas de algunos de los pájaros que había observado y controlado años anteriores. También tenía retratos de Juan, un novio con quien mantuvo una relación durante bastante tiempo, y que, de no haber muerto en un accidente de coche, estaría ahora mismo allí con ella compartiendo sus inquietudes. El caso es que alguien había descolgado todos los retratos y los había manchado con pintura roja, que así, a primera vista, parecía sangre. En la misma incursión, el intruso había destrozado también los delicados arreglos florales que poblaban los parterres que rodeaban el faro.

Susana dio parte de los hechos a la policía y consiguió que se interrogara a las personas que residían en la isla en aquel momento, pero no sacaron nada en claro. Inquieta, mandó poner una costosísima cerradura de seguridad en la puerta de roble que servía de entrada. Y los estrechos barrotes que protegían todas las ventanas del faro impedirían cualquier intrusión. Como consecuencia, los robos y los actos vandálicos cesaron. Pero Susana no podía comprender quién podía albergar semejante rabia contra su persona: era de natural pacífica y no creía haber hecho daño a nadie en su vida, al menos conscientemente. El atacante tenía que ser alguien cercano a ella, alguien de la isla, pero ¿quién?

Nunca hubiera sospechado que la solución a ese misterio estaban a punto de proporcionársela los seres que menos imaginaba: las gaviotas.

Susana se acercó al borde del acantilado. El tiempo se estaba revolviendo después de unas semanas de calor sofocante y el viento soplaba cada vez más fuerte. No era el mejor día para andar trepando entre peñascos, pero eso no le importó. Quería saber por qué las aves estaban tan alborotadas.

Abajo, en las rocas, las gaviotas seguían moviéndose inquietas. Algo había pasado. Susana comenzó a bajar con cuidado por el sendero que conducía hasta la playa de piedra, mientras se preguntaba por primera vez en su vida, a la vista de lo ocurrido las últimas semanas, si su pasión por los pájaros merecía la pena, teniendo en cuenta todo lo que había sacrificado por ellos: retirarse a esa isla para poder estudiar a sus gaviotas en un entorno no demasiado contaminado por el hombre; pasarse gran parte del día observándolas y haciendo anotaciones en su cuaderno, hiciese frío o calor, lloviese o nevase; renunciar a vacaciones; ausentarse de bodas y bautizos de amigos que ya hacía tiempo que habían dejado de llamarla, incapaces de creerla cuando decía que su calendario dependía de las costumbres de sus aves… ¿Y qué había recibido a cambio? Nada. Se desvivía por unos seres para los que ella nada significaba.

«No», se dijo a sí misma. «Mi lugar sigue estando aquí.»

La mayoría consideraba las gaviotas como una especie de ratas voladoras, seres que se alimentan de carroña, agresivos y muy celosos de su entorno. Susana se reía del desconocimiento de la gente: no sólo englobaban bajo el término gaviota una gran cantidad de especies que no tenían nada que ver con ellas, sino que además se trataba de seres fascinantes: probablemente eran las aves más inteligentes de todas, y su organización social resultaba tan compleja que parecía imposible que no hubiese sido diseñada por una mente racional. La especie que poblaba esa isla era la Larus argentatus, el género más extendido en el hemisferio norte. A Susana no le importaba que sobre esa especie estuviese todo dicho. Consideraba que siempre se podía aprender algo nuevo. Y el tiempo le dio la razón: si el estudio que estaba llevando a cabo se revelaba verdadero podían cambiar muchas cosas.

Cuando llegó a la playa, Susana comprendió la razón de semejante alboroto. Las aguas estaban teñidas de rojo. Varias gaviotas estaban muertas sobre las rocas o flotando en el mar. Sus cuerpos presentaban infinidad de pequeñas heridas por las que todavía manaba la sangre. De inmediato supo lo que había ocurrido: otro ejemplar las había atacado, matándolas a picotazos. Y sólo conocía un ejemplar de esa bandada capaz de hacer algo así, capaz de atacar con esa ferocidad.

Le bastaron unos segundos para localizarlo. Era el único que no se movía nervioso, el único que permanecía quieto como una estatua sobre una de las rocas, mirándola fijamente, todavía con sangre seca en el pico y heridas húmedas en su plumaje. Conforme Susana se le fue acercando, no intentó asustarla extendiendo las alas o soltando graznidos enfurecidos. Permaneció inmóvil. Los dos se quedaron frente a frente durante unos segundos: la ornitóloga extendiendo sus brazos, dudando si coger el ejemplar; la gaviota mirándola desafiante, retándola a que lo hiciera.

Al final Susana bajó las manos. Esa gaviota era un ejemplar muy especial para ella: podía llegar a convertirse en una pieza clave que explicase en parte el complejo comportamiento de su especie. Lo había cogido recién salido del cascarón y lo había apartado de su bandada para integrarlo en otra. Y lo que acababa de hacer demostraba que no se equivocaba. Susana esbozó una sonrisa: no era el resultado que ella hubiera querido, esperaba que el proceso hubiera transcurrido más lento y haber recibido pequeños avisos antes de tener que presenciar esa masacre, pero lo ocurrido confirmaba todas sus teorías. Era una mujer cauta, pero no pudo evitar que la adrenalina del descubrimiento la exaltara, acompañada de un vértigo que casi le hizo perder pie al pensar en la revolución que producirían sus conclusiones en cuanto las publicara. Revolución que no se reduciría únicamente al ámbito académico. Si se extrapolaba a otros campos, podía convertirse en la solución a una de las cuestiones más enigmáticas en la historia de la ciencia médica.

Pero otro pensamiento se introdujo en su cabeza haciendo que se le helara la sonrisa en los labios. Lo que había presenciado era no sólo una pieza clave y definitiva para su investigación. También constituía la pieza final que faltaba para completar el puzle que explicaba todo lo que le había ocurrido durante los últimos meses: los robos, los actos vandálicos, la desaparición del perro.

Y también se dio cuenta de otra cosa: preferiría no haber hecho nunca ese descubrimiento.

Unas horas después Susana llegó con paso firme y decidido al lujoso hotel de dos plantas que se erguía al otro lado de la isla. Había decidido no coger el jeep, necesitaba dar un paseo para ordenar sus pensamientos. Unos siete kilómetros separaban el faro del hotel, las dos únicas edificaciones de la isla. En otros tiempos había existido una abadía, pero quedó destrozada en el transcurso de la Guerra Civil, durante un bombardeo.

Enfiló el camino de grava que atravesaba el césped que rodeaba el hotel, ignorando los saludos que le dirigían los huéspedes que descansaban en sus hamacas esperando el sol que ese día no se decidía a salir. Subió los escalones del porche y entró en el edificio. Se metió directamente en la primera puerta que había a la izquierda del mostrador de recepción.

—¿Está ahí? —preguntó a la secretaria, indicando con la cabeza la puerta del despacho en el que trabajaba Celia.

—No, está con Óscar, pero puedes esperar dentro, no tardará en volver —contestó la mujer.

Susana obedeció, fingiendo una sonrisa.

Sentada en uno de los sillones del despacho, pensó en cómo abordaría la cuestión con Celia. Se conocían desde hacía más de veinte años, nunca había habido secretos entre ellas. O eso creía Susana. No podía entender cómo Celia la había tenido tan engañada durante esos últimos años, desde que llegó a la isla, desde que le ofreció vivir en el faro después de que Juan muriera en aquel accidente, cuando Susana se quedó tan sola y devastada.

Sabía que Celia mentiría cuando le pidiera explicaciones. Pero eso no le importaba. Si mentía, lo vería en sus ojos. Pero ¿y los demás? ¿La policía? Tenía que llevarles algo, pruebas, documentos que autentificaran lo que pretendía denunciar. Se quedó mirando la mesa, puede que su amiga guardara alguno de ellos en uno de los cajones del escritorio. Se levantó, se acercó al mueble y comenzó a registrarlo. Las carpetas y papeles que fue encontrando no parecían de ningún interés aparte del estrictamente contable, pero cuando estaba a punto de darse por vencida las vio. Allí, sobre la mesa, tan a la vista que las había pasado por alto desde el principio. Las llaves de Celia. Y entre ellas, estaba la de la caja fuerte en la que guardaba sus documentos más «confidenciales». Rápidamente y confiando en que no volviera hasta dentro de unos minutos, cogió el llavero y levantó uno de los cuadros de la pared, una escena pastoral. Debajo estaba la caja fuerte. Susana la abrió con la llave correspondiente. Por suerte Celia seguía sin utilizar la combinación. Miró su contenido nerviosa. Algunos collares y pendientes guardados en un joyero, dos relojes de oro y algunas carpetas con documentos. Las hojeó deprisa hasta que descubrió una que le llamó la atención. En la portada había algo escrito, la palabra «Flautista». Susana la abrió y lo primero que vio fue una fotografía. Su corazón le dio un vuelco al mirarla. Era la prueba de todo lo que estaba pasando. Y el resto de los documentos que había junto a ella terminaba por confirmarlo. La carpeta contenía también un pequeño libro de ilustraciones infantiles en blanco y negro. No comprendió qué hacía allí, pero ahora no era el momento de averiguarlo. Oyó que Celia estaba en el antedespacho, hablando con su secretaria, a punto de entrar.

Nerviosa, cerró la caja fuerte, volvió a colocar el cuadro, dejó las llaves en su sitio y se sentó en el sofá. Ocultó el expediente debajo de su gabardina, que se había quitado al entrar, mientras decidía que no iba a decirle nada a su amiga. Había ido allí en busca de una confirmación y ya la tenía. Cuando Celia entró, Susana intentó aparentar normalidad.

—Cuando abrí este sitio se me olvidó encargar un cargamento extra de paciencia. Mis huéspedes van a terminar con la poca que me queda. Todo son quejas —le dijo su amiga con agobio mientras dejaba con fuerza una carpeta sobre la mesa. Celia llevaba un vestido ajustado de dos piezas de corte clásico y el cabello tirante escrupulosamente recogido en un moño, sin un solo pelo fuera de su sitio—. Perdona, Susana, no quiero descargarme contigo. ¿Va todo bien?

—Sí. Sólo quería saber si Santiago ha vuelto ya a tierra. Me gustaría acompañarle y aprovechar para hacer unos recados —preguntó Susana. Santiago era el dueño de una motora que hacía los viajes entre la isla y la Península.

—Le he dicho hace diez minutos que podía irse si quería —contestó Celia. Por lo general, el marino solía esperar hasta las ocho de la tarde antes de hacer su último trayecto, aunque en días borrascosos como aquél Celia le daba permiso para volver antes—. ¿Para qué quieres ir a estas horas? Tendrías que pasar la noche en tierra y esperar a volver a la isla mañana por la mañana.

—Tengo cosas que hacer…

—¿Dónde? Para cuando llegues estará todo cerrado —dijo, comprobando la hora en el carísimo reloj que llevaba en la muñeca. Celia observó cómo Susana se iba poniendo cada vez más nerviosa—. ¿Hay algo que no me has contado? ¿Qué estás ocultándome? —le preguntó sonriente, disfrutando con el embarazo de su amiga, quien permanecía en blanco, incapaz de inventarse una sola excusa. Y, de repente, los ojos de Celia se endurecieron. Una idea cruzó su mente, algo que lo explicaba todo. Susana la miró, inquieta. ¿Había terminado por descubrirla?—. Tú… has conocido a alguien, ¿verdad?

Susana tuvo que reprimir una carcajada de alivio al comprobar que su amiga había errado el tiro. Una vez que Celia olfateaba algo, era incapaz de abandonar el rastro.

—Sí, pero no es nada importante. Nos hemos visto varias veces los dos últimos meses —mintió Susana.

—¿Quién es? —El tono de Celia era inquisitivo, pero no necesariamente porque no creyera a Susana sino porque siempre necesitaba una explicación que justificara todo lo que ocurría a su alrededor. Ese afán de control exasperaba a Susana.

—Nadie que conozcas. Y no insistas, ya sabes que no me gusta hablar de esas cosas hasta no saber si la cosa va en serio.

Celia se sentó tras su mesa, no demasiado convencida por su explicación y molesta por la cerrazón de Susana.

—¿Alguna novedad en la Cala del Santo? —preguntó.

—Ha vuelto a ocurrir, exactamente de la misma manera —dijo Susana muy despacio. Los ojos de Celia casi se salieron de sus órbitas.

—¿El mismo ejemplar?

Susana asintió.

—Atacó a las otras gaviotas del grupo. Mató a cinco de ellas.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la separaste de su bandada? —preguntó ansiosa la otra.

—Unas ocho semanas, durante las que no tuvo ningún contacto con otros especímenes de fuera. —En ese momento Susana se envalentonó un poco y decidió dar una pequeña estocada—. Nunca me has dicho el porqué de tu interés por esa gaviota.

—Siempre me he interesado por tu trabajo. ¿Por qué crees que te ofrecí vivir en esta isla?

—Pero ¿por qué esa gaviota en concreto? —Hizo una pausa antes de seguir—. Creo que no soy la única que guarda secretos.

Celia sacudió la cabeza como si su amiga estuviera delirando, y, en ese momento, su vista se fijó en algo que había sobre la mesa. Sus llaves. Celia las miró extrañada. Susana comenzó a temblar. ¿Estaban en el mismo lugar donde las había encontrado al llegar? Susana no lo recordaba. Pero no iba a quedarse para averiguarlo.

—Mañana te lo cuento todo con más detalle. Lo de las gaviotas y lo de mi cita. No quiero que Santiago se vaya sin mí —dijo mientras se levantaba.

Celia se aproximó a su amiga, abandonando su suspicacia.

—Claro que sí, aunque no sé si voy a ser capaz de esperar a saber quién es ese novio misterioso tuyo.

Celia hizo un gesto para abrazar a Susana y ésta pensó nerviosa en cómo iba a ser capaz de corresponder al abrazo de su amiga sin que notara el expediente que llevaba oculto bajo la gabardina. Además estaba el hecho de que no deseaba ningún contacto físico con ella. Sujetando con fuerza la gabardina arrebujada, le dio un breve abrazo. Celia se percató del gesto forzado de Susana y, al girarse para volver a la mesa, lo vio. El cuadro inclinado ligeramente hacia la izquierda.

«Mierda», pensó Susana. Celia se acercó hasta él y lo enderezó, sumando dos y dos: las llaves cambiadas de sitio y ahora, el cuadro.

—¿Qué has hecho? ¿Me has estado espiando? —dijo, muy seria—. ¿Qué has cogido de ahí dentro?

Susana no contestó. Aferró su gabardina como si le fuese la vida en ello. Pero no fue suficiente. Celia tiró de ella con fuerza. El expediente cayó al suelo.

—No sabes lo que…

—Sí, sí que sé. Sé que me has tenido engañada todo este tiempo —le cortó Susana, poniendo de una vez las cartas sobre la mesa.

—No es lo que piensas. No quise actuar de mala fe, sólo me aproveché de las circunstancias.

—Destrozando la vida de unas cuantas personas de paso.

—¿Cómo puedes decir eso? Tienes que escucharme, es muy importante. Es mejor que dejes ese expediente donde estaba.

—¿O qué? ¿Me estás amenazando?

—No, claro que no, yo nunca te haría daño, pero hay alguien más involucrado, alguien capaz de cualquier cosa… Puede ser peligroso. Por favor, deja las cosas como están.

—Esto lo prueba todo, y además las fechas coinciden —dijo Susana sacando la fotografía y algunos documentos del expediente, enseñándoselos a su amiga. Celia los miró intentado que su cara no reflejara el escalofrío que la sacudió por dentro.

—Voy a ir a la policía, ya es hora de poner las cosas en su sitio —añadió la ornitóloga.

—Susana, no lo hagas, por favor —rogó Celia desesperada.

—¿De verdad piensas que puedo quedarme callada después de saber todo esto?

Celia suspiró, resignada.

—Siento que hayamos terminado así.

—Si lo sientes, ven ahora conmigo y entrega tú misma el expediente en comisaría. Así me demostrarás que no querías que pasara todo esto.

Celia se quedó unos segundos pensativa, y luego se sentó en su silla, sin decir nada, negando con la cabeza, frunciendo los labios.

—Lo imaginaba —dijo Susana antes de salir dando un portazo.

El ruido sacó a Celia de sus cavilaciones. Descolgó el teléfono y marcó un número.

—Tenemos un problema.

Susana salió deprisa del hotel y se dirigió al embarcadero construido en la playa, a pocos metros del edificio. Mientras se acercaba, comprobó esperanzada que todavía no era tarde: podía ver a Santiago trasteando junto a la barca, quitando los amarres y subiendo a bordo. Casi sin aliento, Susana bajó corriendo las escaleras que conducían al muelle.

—¡Santiago! ¡Espera!

El marino, un hombre robusto de unos cuarenta años, la observó mientras se aproximaba. Ya había arrancado el motor y la hélice giraba con fuerza en el agua.

—¿Susana? ¿Ocurre algo?

—Quiero que me lleves a tierra, es urgente.

—No, me temo que no voy a poder hacer eso…

—¿Qué dices? Anda, no me vengas con tonterías y ayúdame a subir.

—El tiempo se está poniendo muy mal, no me responsabilizo de llevar a nadie con la tormenta que se avecina, no quiero meterme en líos.

—¡Pero si me has llevado cientos de veces, y con mucho peor tiempo que éste! ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?

Tras unos segundos, Santiago contestó:

—Ya te lo he dicho. No quiero meterme en líos. Y deberías hacer lo mismo.

—Santiago, por favor, no puedo quedarme aquí esta noche, es largo de explicar, pero tienes que llevarme a tierra. Es muy importante que vaya a la comisaría de Comillas.

Fue esto último lo que hizo que la balanza se decantara justo hacia el lado que Susana no quería. Santiago negó con la cabeza mientras soltaba amarras ante la mirada desesperada de ella.

—Te he ayudado siempre que lo has necesitado, di la cara por ti cuando Celia te acusó de beber —dijo ésta en un último intento.

La bebida era una costumbre de la que el marino no había podido prescindir nunca. El problema vino cuando pasó de ser un hábito solitario a un problema del que todo el mundo comenzó a murmurar y del que Celia terminó por enterarse. Ésta no quería que la persona que llevaba los huéspedes al hotel manejara la barca en estado de embriaguez. A pesar de que el marinero se justificaba diciendo que se trataba de una medida para protegerse del frío y la humedad, Celia le aseguró que si alguien volvía a verle borracho una sola vez más, o si algún huésped se quejaba de él, lo despediría. Los propósitos de enmienda de Santiago duraron menos de una semana. Y la furia de la propietaria del hotel se duplicó al enterarse de que el hombre había vuelto a las andadas. Tuvo que ser Susana, quien se sentía muy unida al marinero ya que éste siempre se había mostrado bien dispuesto a llevarla en su bote para avistar las aves en alta mar, la que mediara en el asunto y arreglara las cosas entre ellos. Le prometió a Celia que se encargaría de que Santiago fuera a Alcohólicos Anónimos, y como prueba ella misma le acompañó en sus primeras sesiones. El enfado de su amiga pareció aplacarse y, aparentemente, Santiago había dejado de beber.

Y sin embargo, esa tarde, el marino parecía otra persona, alguien a quien Susana no conocía, un extraño. Como Celia. Como todo en esa isla.

Tras unos segundos, el hombre habló.

—Te aprecio y no quiero que te pase nada, por eso no puedo llevarte. Lo siento.

Bajó la vista y, de repente, Susana se fijó en que la apartó enseguida de donde la había posado en un primer momento: el expediente que llevaba en la mano. Y entendió la negativa de Santiago: con toda probabilidad, él también sabía algo del asunto.

Susana no esperó a que Santiago maniobrase y el barco se alejara. Enfiló el muelle y subió las escaleras de madera. Miró hacia el hotel, y en la planta baja distinguió a Celia vigilándola a través de una ventana, medio oculta por la cortina de su despacho. Seguramente había telefoneado a Santiago a la pequeña caseta que había en el muelle para pedirle que no llevara a Susana. Y ahora estaba ahí, como una estatua, asegurándose de que el barco se iba sin pasajeros a bordo. Las dos mujeres se miraron desafiantes unos segundos. Luego Susana, rabiosa, dio media vuelta y se marchó.

Todavía no lo sabía, pero era la última vez que se veían.

Se estaba aproximando al faro cuando la tormenta comenzó: una fuerte lluvia le impedía ver más allá de un par de metros, y el viento le hacía perder el equilibrio al caminar. De repente, un relámpago iluminó el cielo. El trueno llegó poco después. Como hacía de pequeña para tranquilizarse y para calcular si la tormenta se estaba alejando, cuando las nubes descargaron el siguiente relámpago contó los segundos hasta la llegada del trueno.

Uno, dos, tres…

La estampida que vino a continuación fue monumental. Se preparó para el siguiente. El cielo se iluminó de nuevo.

Uno, dos…

Pero no pudo continuar contando. Un rayo descargó toda su furia sobre un haya situada a unos diez metros a su derecha. Perecía como si alguien hubiera puesto una carga de dinamita en sus ramas. Susana corrió, asustada.

En el faro, el viento azotaba las contraventanas haciendo que chocaran con fuerza contra los marcos y la pared encalada de la edificación. Tras entrar y dar tres vueltas con la llave a la cerradura de seguridad que encargó cuando comenzaron los robos, corrió a descolgar el teléfono.

No había línea.

Golpeó con los dedos varias veces en la horquilla, pero fue un gesto maquinal. En realidad, ya se lo esperaba.

Conforme se acercaba al faro, un miedo instintivo había ido creciendo dentro de ella. Celia había impedido que abandonara la isla. ¿Qué más estaba dispuesta a hacer?

Sin pensárselo dos veces, cogió el atizador que había junto a la chimenea del salón y empuñándolo a modo de arma dio una vuelta rápida por la casa. No había nadie dentro del faro, de momento estaba a salvo. A continuación procedió a cerrar por dentro todas las contraventanas, aunque comprobó molesta que la cerradura de la de la cocina estaba rota. Pero los fuertes barrotes que había en cada ventana bastarían por sí solos para impedir la entrada de cualquier visitante indeseado, así que no había nada por lo que preocuparse.

Se sentó frente a la mesa y sopesó las opciones que tenía ante sí: podía volver al hotel sin que nadie la viera e intentar llamar desde allí a la policía para entregarles el expediente, aunque eso significaría meterse en la guarida del lobo. Creía que Celia decía la verdad cuando le aseguró que ella no sería capaz de hacerle daño… Pero ¿quién o quiénes eran esas personas de las que no podía responder? ¿De verdad eran tan peligrosas? De momento, desechó esa opción.

Marcharse de la isla estaba descartado: Santiago era su única posibilidad de llegar a la costa, y ya había podido comprobar su disposición a ayudarla.

Pero tampoco podía quedarse en casa, sentada de brazos cruzados. ¿Y si intentaban atacarla esa misma noche? El faro estaba bien protegido, pero Susana recordó con aprensión lo que les ocurrió a los que vivían allí antes que ella: el antiguo farero y su familia. Por esa época el faro todavía estaba operativo, hasta que una noche la luz que percibieron los barcos que navegaban por la zona no provenía de la enorme linterna situada en la parte superior, sino de un incendio provocado por un leño que cayó de la chimenea al suelo y prendió una de las cortinas del salón. La familia entera estaba durmiendo y ninguno de sus miembros sobrevivió. El faro quedó calcinado por completo, aunque la estructura se mantuvo intacta, lo que permitió que Celia pudiera rehabilitarlo cuando Susana aceptó su oferta de ir a vivir allí. Por supuesto, de la historia de la familia abrasada viva Celia no dijo nada. Susana se enteró años más tarde, una noche en la que invitó a cenar a Santiago. Después de un par de copas, ella intentó tirarle de la lengua. La historia del faro fue la única que consiguió sonsacarle.

Un fuego acabó con los anteriores ocupantes, y un fuego intencionado podía acabar también con ella esa noche. Si se lo proponían, ésa podía ser una buena manera de sacarla del faro, con un incendio. Con la que estaba cayendo era imposible encender una cerilla, pero ¿y cuando parara? Comprendió horrorizada que estaba atrapada en esa isla, sin ningún lugar en el que esconderse o al que huir.

Resignada, se sentó en la butaca frente a la chimenea. Paseó la mirada sobre las fotos de gaviotas que colgaban en la pared.

Y, de repente, vio algo que creyó la solución.

Abrió la puerta del salón que daba a la torreta del faro y comenzó a subir la escalera de caracol. En su mano llevaba el pequeño cuadro que acababa de descolgar de la pared. Se lo había regalado Santiago para agradecerle que intercediera por él ante Celia. Lo tenía colgado más por compromiso que porque le gustara, pero ahora podía salvarle la vida. Era uno de esos cuadros decorativos en los que podían verse todas las letras del alfabeto con su correspondiente código Morse. Y justo debajo de ellas, los avisos más usados.

Con el SOS, por supuesto.

Había encontrado la manera de comunicarse con tierra. De hecho, llevaba viviendo con ella desde hacía ocho años: la luz del propio faro.

Cuando Celia rehabilitó el faro tras el incendio, también arregló los desperfectos causados en el sistema de iluminación, cambiando por otras nuevas las arruinadas lentes Fresnel que permitían que la luz de la linterna llegara a kilómetros de distancia. Durante los años que Susana había vivido en la isla no hubo necesidad de utilizarlas ni una sola vez. La construcción de un faro mucho mejor equipado en un cabo cercano de la costa dejó en desuso el faro de la Isla de las Gaviotas. Sin embargo, un técnico de la Comisión de Faros, dependiente del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, le había explicado cómo podría hacerlo funcionar en caso de una emergencia. La «clase» fue hace tanto tiempo que Susana no sabía si iba a ser capaz de recordar nada de lo que aquel hombre le dijo.

Llegó arriba casi sin aliento. Miró el panel eléctrico situado bajo la linterna. Estaba lleno de interruptores, botones y marcadores. A Susana le costó casi un minuto localizar el botón de encendido. ¿Funcionaría después de tantos años? Alargó el dedo y lo encendió.

Los marcadores del panel cobraron vida.

Y después, ¿qué? No tenía ni idea. Recordaba haber visto un libro de funcionamiento en una cajetilla de hierro situada bajo el panel. Susana la abrió y lo cogió. Comenzó a leer nerviosa, y al principio el batiburrillo de siglas, palabras técnicas y coordenadas se le antojó indescifrable: Gpd, BR, 10s 41m 25M, BV, BRV, Mok… Poco a poco, y tras hacer un esfuerzo por calmarse, pudo ir traduciendo a términos comprensibles aquel lenguaje gracias a unas tablas de correspondencia que encontró al final del libro. Lo que tenía que hacer era más sencillo de lo que parecía, una vez localizados los interruptores adecuados del panel: bastaba con elegir el tipo de destellos y de luz que quería que el faro emitiera. El plano focal del haz de luz sobre el agua y la distancia hasta la costa ya estaban introducidos en el aparato por el técnico que vino a instalarlo aquel día. Y ella sólo tenía que establecer en el panel las pausas de oscuridad y destellos de luz necesarios para que el faro emitiera el mensaje de socorro mediante el código Morse. Pudo hacerlo gracias a una tabla de señales en una de las páginas finales de la guía, agrupadas bajo las siglas Mok.

Susana activó los comandos que indicaba el manual con una mezcla de ansiedad y euforia. Y cuando finalmente la luz del faro brilló con un destello cegador, no pudo reprimir un grito de triunfo.

Se acercó a los cristales del faro dando la espalda a la luz. Vio cómo el haz luminoso traspasaba la negrura de la noche y la densidad de la tormenta. Esperaba que alguien de la costa supiese interpretar los destellos del código Morse.

En uno de los intervalos luminosos vio cómo las gaviotas de la Cala del Santo habían buscado cobijo en las cuevas y oquedades de las rocas. Algunas de ellas levantaban la cabeza, inquietas y desconcertadas por esa luz brillante que rompía su rutina nocturna.

Lo que distinguió en el siguiente destello provocó que una sensación de terror recorriera su columna vertebral: le pareció percibir algo, un borrón amarillo, a pocos metros del faro, corriendo hacia la puerta.

Fuese lo que fuese, no estaba ahí cuando la luz emitió el siguiente destello.

Un rato después Susana estaba sentada de nuevo en el salón. El viento seguía azotando el exterior del faro, como corroboraba con machacona insistencia la contraventana de la cocina. Se había acostumbrado al ruido. De hecho, era ahora su única compañía. Se había preparado una taza de café bien cargado: quería mantenerse despierta toda la noche y vigilar que nadie se acercara al faro, y que la luz de la linterna no dejase de funcionar.

Estaba hojeando intrigada el pequeño libro que había encontrado dentro del expediente del «Flautista». Era un libro de ilustraciones infantiles, pero Susana no tardó en comprobar que su contenido era bastante extraño. Se titulaba Los pequeños macabros y su autor era Edward Gorey. El ilustrador había trazado unos dibujos de aire ominoso y ambientados en la época victoriana. En cada uno de ellos, un niño moría de una manera cruel y absurda siguiendo el orden alfabético de los nombres de las víctimas:

La A es de Amy, que se cayó por las escaleras…

La B es de Basil, que fue atacado por un oso…

La C es de Clara, que se consumió…

Así hasta completar todo el abecedario. Cosa que Susana no pudo hacer, ya que algo la distrajo, obligándola a levantar la vista del libro. En uno de los intervalos de oscuridad entre destello y destello percibió una luz azulada que provenía de fuera. Susana se aproximó a la ventana, intrigada. En la extensión de tierra que había delante del faro no vio nada. Pero, de repente, apareció de nuevo la luz. No provenía de la isla: algo en el mar la emitía.

Una lancha de la policía.

Su plan había funcionado. Alguien había visto las señales. La pesadilla había terminado.

Pensó que la lancha atracaría en el embarcadero junto al hotel, y la idea de volver a atravesar la isla corriendo con ese tiempo para ir a su encuentro le pareció la más maravillosa que había tenido en la vida. Descolgó la gabardina que había dejado en el perchero de la entrada y comenzó a ponérsela cuando escuchó un crujido. Susana miró a su alrededor, intrigada. Pero no vio nada.

Y entonces sintió una presencia. Había alguien más en la casa, estaba segura.

Buscó las llaves en el bolsillo de su gabardina para abrir las cerraduras de la puerta mientras se volvía a mirar atrás. La sensación de que alguien la observaba persistía. Y, entonces, la vio. Una silueta se escondía en uno de los rincones más oscuros del pasillo. Alguien con un impermeable amarillo. Debía de tratarse de la figura que había visto corriendo hacia el faro cuando encendió la linterna en la torreta. Aunque parecía imposible, tenían que ser imaginaciones suyas. No había manera de entrar en el faro, la cerradura de la puerta seguía cerrada y los barrotes de las ventanas eran infranqueables.

Cuando intentó insertar la llave en la cerradura, los nervios la traicionaron y el llavero se le cayó al suelo. Se agachó a recogerlo cuando la silueta dio un paso hacia delante y levantó la cabeza permitiendo que Susana pudiera verle la cara escondida bajo la enorme capucha. Una cara que conocía desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué haces tú aquí? No puede ser, es imposible…

Esas palabras fueron las únicas que le dio tiempo a decir antes de que el cuchillo que empuñaba la persona del impermeable se clavara en su cuerpo repetidas veces, rompiendo tejidos y rasgando la carne, sin orden ni lógica alguna.

Susana se precipitó al suelo y se quedó mirando el libro de Gorey que había dejado caer al levantarse tan apresuradamente.

Y de repente se acordó de un pensamiento que había estado rehuyéndola todo el día, el que había tenido nada más bajar a la cocina para prepararse el desayuno mientras silbaba para animarse.

Era una advertencia que le había hecho Celia cuando entró a vivir al faro años atrás, el día que le dio las llaves.

«Hay algo que nunca debes hacer ahí dentro. Se trata de una antigua superstición que tienen los fareros, algo que puede traerte una maldición… e incluso la muerte», había dicho adoptando en broma un tono lúgubre.

Aquel día Susana había mirado extrañada a su amiga y luego al edificio que, mucho tiempo después, iba terminar siendo su tumba. Celia terminó su frase. Ninguna de las dos podía imaginar que esas palabras iban a constituir el último pensamiento que iba a tener Susana antes de morir.

«Nunca se te ocurra silbar dentro de un faro.»

cap-2

Emilia

Emilia volvió a soñar con la isla, una isla no demasiado grande y sin apenas vegetación: unos cuantos kilómetros cuadrados de hierba delimitados por acantilados y playas pedregosas. Y gaviotas, muchas gaviotas, cientos de ellas. Cubrían por entero las rocas y peñascos de las calas, y la primera vez que las vio, creyó que era nieve lo que se extendía sobre ellas. En un sueño anterior, Emilia había bajado hasta una de esas calas, pero las aves comenzaron a graznar y a extender las alas para proteger su territorio. Se despertó en el acto, asustada.

Los sueños parecían tan reales que Emilia sentía que, cuando la trasladaban a la isla, tenía el control absoluto de la situación, como si estuviera manejando un videojuego: podía ir donde quisiera y explorar el territorio del sueño a su antojo. Un edificio de aspecto imponente se elevaba en uno de los extremos de la isla, justo al lado de un pequeño embarcadero. Y en el extremo opuesto, un faro. Sin saber por qué, el faro era lo que más la atraía. En todas sus visitas soñadas a la isla intentaba llegar hasta él, pero conforme se acercaba sus pies parecían pesarle cada vez más, la respiración se le hacía más dificultosa y una especie de angustia la invadía por completo. Se despertaba aterrorizada. Emilia no entendía nada de lo que le estaba sucediendo: ¿por qué soñaba con la isla? No recordaba haber estado nunca en un sitio así. Y sin embargo, todo resultaba tan vívido… Podía oler el mar, incluso podía paladear el gusto salobre que el aire de la costa dejaba en su boca. El ruido de las gaviotas al graznar era tan real que parecía tenerlas en su habitación. Y respecto al faro, conocía hasta el último detalle de la edificación. De hecho, había podido dibujarlo varias veces. Emilia siempre llevaba consigo un pequeño cuaderno en el que trazaba pequeños esbozos a lápiz. Cualquier cosa le servía de inspiración: los árboles que rodeaban la pequeña casa de turismo rural de la que era copropietaria, la cara de alguno de sus huéspedes cuando estaba distraído, la plaza porticada del pueblo, incluso sus propias manos dibujando. Pero cuando hizo el primer dibujo del faro, algo muy extraño le ocurrió. Sus manos parecieron tomar vida propia, como si no le pertenecieran, como si alguien que no fuera ella estuviera tomando las riendas con unos hilos invisibles. Los dibujos resultantes eran los mejores que había conseguido nunca.

Un día Samuel, su socio en el negocio de la casa rural, encontró uno de los ellos.

—Oye, esto es muy bueno —le dijo.

Emilia se apresuró a quitárselo de las manos.

—¡Qué dices! Anda, por favor, dame eso, ya sabes que me da vergüenza enseñarlos —repuso Emilia, azorada.

Samuel la mantuvo a distancia con el brazo extendido, mientras ella intentaba quitárselo.

—En serio, Emilia, deberías plantearte exhibirlos, o mandarlos a algún entendido para que te diga qué hacer con ellos. Y tienes una serie entera… ¿Dónde está ese faro? Parece un lugar muy bonito.

Emilia le miró, indecisa. No le había contado a nadie lo de sus sueños. Lo había intentado muchas veces, pero algo le impedía hacerlo. Siempre que visitaba la isla intuía una sensación amenazante, de peligro, por algo que no podía precisar, como si alguien estuviera observándola en todo momento, alguien que quería hacerle daño. Estaba convencida de que si lo contaba, si intentaba averiguar la ubicación de la isla, o el porqué de esos sueños o visiones o lo que demonios fueran, la amenaza que percibía en el sueño se convertiría en algo real. Pero necesitaba desahogarse, que alguien le dijera que no tenía de qué preocuparse. Así que se decidió a hablar.

—La verdad es que no lo sé. No he estado allí en la vida. Pero sueño con ese sitio, cada vez con más frecuencia. Y lo raro es que las imágenes son tan reales que no creo que sean sueños.

—¿Qué otra cosa iban a ser? —preguntó él extrañado.

—No lo sé. Recuerdos tampoco, porque no he estado allí en la vida. Pero igual son visiones, o puede que esté haciendo viajes astrales. —Emilia se sintió avergonzada al ver la mueca escéptica de Sam—. No, no, Bogdana dice que pueden ser reales, hay casos en que…

—Bogdana puede decir misa, es una supersticiosa de cuidado, haces mal en escucharla. De ser por ella, nunca deberíamos haber montado este negocio. Dice que está levantado sobre un antiguo cementerio celta —contestó molesto Samuel, refiriéndose a la mujer rumana que llevaba sirviendo al lado de Emilia desde hacía años—. ¿Y sabes qué te digo? Que si esta casa está llena de fantasmas en régimen de pensión completa, que nos paguen.

—No te rías así de ella, la mujer cree en esas cosas, y algo de verdad habrá en todo eso.

—Estoy hasta el gorro de verla por ahí todo el día diciendo que percibe una presencia maligna en esta casa.

—Bueno, en eso no está muy equivocada. Las cosas entre nosotros no han salido como esperábamos. No nos hemos puesto de acuerdo en nada desde que abrimos el hostal.

Samuel no supo qué contestar. Volvió a mirar los dibujos. Algo en uno de ellos le llamó la atención.

—¿Quién es la mujer de la ventana?

—¿Qué mujer? No he pintado ninguna mujer.

—Sí, mira, en este dibujo. ¿Ves? En una de las ventanas de la torre, cerca de la parte superior.

Intrigada, Emilia cogió el dibujo y miró donde señalaba Samuel.

—Es un borrón, no quise dibujar nada ahí.

—Pues el borrón tiene forma y está claro que ahí hay una mujer asomada.

Emilia comenzó a asustarse al comprobar que Samuel tenía razón. Definitivamente había una mujer que miraba por la ventana. Era morena y apoyaba los brazos en el antepecho. Incluso podía verse la expresión de su cara: miraba al frente, con unos ojos fríos en los que no podía leerse nada. Emilia tuvo que disimular el miedo que le provocaba lo que estaba viendo. ¿Quién diablos era?

—Tienes… tienes razón, pero no recuerdo haberlo hecho. Es como si otra persona lo hubiera dibujado, como esa escritura automática de la que hablan los parapsicólogos. ¿Ves como todo lo que tiene que ver con ese faro es muy extraño?

Samuel se quedó pensativo unos segundos.

—Por lo menos ha provocado que tú y yo habláramos. Hacía tiempo que no charlábamos sin pelearnos —dijo cogiendo cariñosamente la mano de Emilia, quien tras un momento la retiró, algo turbada.

—Tengo cosas que hacer, hay que pensar el menú para la cena —se excusó y salió de la habitación, no sin antes coger la carpeta de dibujos que había dejado sobre la mesa.

El sueño de esa noche era distinto. Como siempre, se estaba aproximando al faro, rehuyendo las zonas donde estaban posadas las gaviotas. Y como siempre, cuanto más se acercaba a él, más le costaba andar. Pero esta vez no estaba sola: más adelante, en el mismo sendero por el que ella caminaba, había una mujer que iba casi corriendo. Y no le resultaba extraña: morena, con vaqueros y una chaqueta amplia. ¿De qué la conocía? No lo sabía, pero de pronto tuvo la intuición de que tenía algo que decirle, que tenía que avisarla de algo. Emilia aceleró el paso para alcanzarla. Le costaba un gran esfuerzo andar, pero el deseo de llegar hasta la mujer eliminaba toda resistencia.

Conforme se acercaban al faro sintió que tampoco ellas dos estaban solas, que había alguien más muy cerca, observándolas. Y, de repente, se le reveló el mensaje que tenía que decirle a la mujer: «No vuelvas al faro, no te quedes sola».

En el sueño, comenzó a llover y a tronar. La mujer corrió más rápido todavía. Un rayo descargó en un árbol cercano al camino, pero Emilia no se asustó: sólo quería alcanzar a la mujer, avisarla, protegerla. Pero fue demasiado tarde: la mujer había llegado al faro y estaba abriendo la puerta de entrada.

—¡Espera! ¡No entres! —le gritó con todas sus fuerzas.

Fue inútil: la puerta se cerró tras la mujer. «Puede que todavía haya tiempo», pensó mientras reanudaba la carrera. La luz de los relámpagos era lo único que alumbraba el camino ahora que había oscurecido. Y comenzó a notar un olor a madera quemada. «Será por el árbol alcanzado por el rayo», pensó.

Poco a poco se fue acercando al faro, cuya linterna comenzó a brillar de manera intermitente. Pudo percibir a la mujer en la torre, mirando hacia fuera.

Y algo más. Había alguien en la base, dando vueltas alrededor del faro. Una persona a quien no pudo ver bien ya que vestía un impermeable amarillo con la capucha echada. Emilia comprendió que esa persona que acechaba era el peligro del que tenía que avisar a la mujer. Inhaló todo lo que pudo para gritar con todas sus fuerzas, pero un humo denso y muy negro llenó sus pulmones haciéndole toser con fuerza, casi hasta el vómito. ¿Qué estaba pasando? El haya quemada había quedado muy atrás, no podía ser ésa la causa. El ahogo y el calor se iban haciendo insoportables, y la humareda fue envolviéndola, haciendo que sus ojos lloraran.

Fue entonces cuando Emilia despertó. En el momento de abrir los ojos cayó en algo: la mujer que había visto en el sueño era la misma que había dibujado inconscientemente en su boceto. Pero este descubrimiento pasó a un segundo plano cuando se dio cuenta con horror de que su habitación estaba en llamas.

El jefe de policía observó a la mujer sentada enfrente de él: pequeña, con el pelo despeinado y todavía vestida con ropa de dormir. Parecía muy avergonzada, como si en vez de haber estado a punto de perder la vida viniera de hacer una trastada.

—¿Y qué fue lo que sucedió a continuación? —le preguntó.

—No lo recuerdo con exactitud. Me levanté de la cama y me dirigí hacia donde creía que estaba la puerta. No podía ver nada a causa del humo.

La voz de Emilia temblaba. El agente, al mirarla, recordó un programa de televisión, una serie de abogados que había visto en la tele hacía unos años. Su argumento era algo disparatado, y su protagonista, una abogada de Boston. La serie trataba de sus casos y sus líos amorosos. Recordaba que en algunos capítulos, cuando la chica se ponía nerviosa o se avergonzaba, se empequeñecía hasta convertirse en un ser diminuto, en una liliputiense. Bien, pues Emilia parecía estar disminuyendo en la silla en la que estaba sentada y el policía pensó que iba a desaparecer entre los pliegues de la manta que la mujer que la acompañaba le había puesto sobre los hombros. Ésta sólo había dicho dos palabras desde que había entrado: un «no» cuando le ofrecieron un vaso de agua con el que aclararse la garganta y un «gracias» cuando le ofrecieron un paño húmedo con el que limpiarse la cara llena de hollín. Emilia le había dicho que la mujer llevaba trabajando para ella muchos años, ayudándola en las tareas de limpieza. El policía se dijo que limpiando la casa la mujer sería un hacha, pero que en lo que se refería a ella misma era un desastre, ya que en vez de quitarse el hollín se había embadurnado mucho más. Parecía uno de esos actores blancos que se tiznaban la cara para parecer un indígena de los que se comían a los exploradores en las películas de Tarzán. Emilia prosiguió.

—Tanteando, encontré la puerta de salida. Y fue entonces cuando me di cuenta, al girar el picaporte, de que la puerta estaba cerrada y de que no podía salir. —Ahora que estaba contando su historia era como si comprendiera por primera vez el verdadero alcance de lo que le había ocurrido: había estado a punto de morir, y su sueño de los últimos años, abrir un pequeño hotelito rural, había quedado reducido a cenizas.

—¿Cerró la puerta por dentro ayer por la noche? —preguntó el policía, muy interesado.

—Pues imagino que sí, aunque no suelo hacerlo. Soy algo claustrofóbica y nunca duermo con la puerta cerrada.

—¡Claro que no lo hizo! —soltó la mujer pintada de negro al tiempo que daba un golpe tan fuerte en la mesa que pareció que iba a partirla en dos. Su cara negra y su acento extraño de algún país del Este, que el policía no supo precisar, formaban una combinación muy extraña—. Deje de mentir, Emilia, sabe de sobra quién cerró la puerta por fuera para que usted no pudiera salir.

—Bogdana, no diga eso. No se pueden lanzar acusaciones sin tener pruebas, hay que tener cuidado.

—¡Usted es la que debería tener cuidado! ¡Si no llega a ser por mí, no estaría aquí ahora para contarlo!

—A ver, a ver, un poquito de tranquilidad y vayamos por partes. Nos quedamos en que la puerta estaba cerrada. Primero me explican cómo salieron de allí y luego me dicen quién creen que está detrás de todo esto —dijo el policía.

—La verdad es que no me acuerdo de nada más. El pomo de la puerta quemaba muchísimo, así que dejé de sacudirlo. Y luego me desmayé.

—Y ahí es donde entra usted, señora… —El policía rebuscó en sus expedientes— … Bogdana Stoica.

La mujer, tiesa como un palo de escoba, asintió.

—Yo tampoco sé cómo empezó el fuego. Lo único que sé es que me desperté cuando el incendio estaba devorándolo todo. Iba a salir corriendo, pero se me ocurrió que Emilia podría estar todavía en su habitación, así que cuando vi que la puerta estaba cerrada, la derribé y la encontré tirada en el suelo, inconsciente. La cogí y la saqué fuera de la casa.

—¿Y cómo derribó la puerta?

—De un golpe con el hombro.

—¿Y cómo consiguió sacar a Emilia de la casa? —preguntó el policía, asombrado por la fuerza hercúlea de la rumana.

—Me la puse sobre los hombros, ¿qué esperaba que hiciera? ¿Tirarla por la ventana? —contestó Bogdana como si el policía estuviera diciendo tonterías.

—¿Y por qué creen que alguien cerró la puerta por fuera? —Emilia no contestó. El policía prosiguió—: ¿Sospechan de alguno de los huéspedes?

—Pero ¡qué huésped ni qué niño muerto! —gritó Bogdana demostrando un perfecto conocimiento de los giros y modismos lingüísticos de su país de adopción—. ¡Fue Samuel Calvo, el socio de Emilia en el negocio! ¡Él quemó el hotel! ¡Él cerró la puerta por fuera para matarla! Desde que lo vi me dio mala espina, sabía que iba a pasar algo malo.

A continuación, Bogdana soltó una retahíla de palabras en rumano.

—¿Me quieren explicar eso? —preguntó el policía cuando la mujer terminó de maldecir.

Emilia suspiró antes de empezar.

—Con esto no quiero decir que él hiciera nada, pero Samuel y yo hemos tenido nuestros desacuerdos. No somos exactamente amigos, tenemos conocidos comunes. En un cumpleaños comenté mis planes de montar un negocio, de abrir un hotelito rural con encanto. Él se ofreció a ayudarme, y a asociarse conmigo llegado el caso. Las cosas fueron bien, conseguimos financiación y así empezó todo. Al principio iba sobre ruedas. Los primeros meses tuvimos muchos huéspedes: amigos, y amigos de amigos, que venían fines de semana para conocer la casa. Luego la cosa decayó un poco. Yo sabía que esto es una carrera de larga distancia, estaba preparada para esperar, estaba armada de paciencia. Pero Samuel no lo veía así. Comenzó a ponerse nervioso, hablaba de abandonar el hotel, quería vender su parte inmediatamente, a cualquier interesado. Pero no podía hacerlo: por contrato estipulamos que si uno de los socios deseaba dejar el negocio y vender su parte, debía hacerlo a un comprador al que los dos aprobáramos, alguien de confianza, para evitar hacer negocios y asociarse con un extraño. Me aferré a esa cláusula: la verdad es que le hubiera dado el dinero si lo hubiera tenido, pero hemos tenido muchos gastos. Si le entregaba la cantidad que me pedía, habría terminado.

—Lo mismo que va a tener que hacer ahora. La casa ha quedado reducida a cenizas.

Emilia intentó reprimir un sollozo al escuchar esas palabras.

—Pero todo esto no significa que él fuese el responsable. De hecho, pareció hacerse a la idea, y las últimas semanas estaba mucho más calmado —prosiguió Emilia.

Bogdana, que llevaba conteniéndose un buen rato, estalló:

—Ella no ha dicho toda la verdad. No ha contado por qué ese malnacido quería dejar la casa. Fue porque estaba enamorado de ella, y ella se negó a tener nada que ver con él. Y comenzó a acosarla hasta que ella le amenazó con denunciarle. ¡Ésa es toda la verdad acerca de ese bichejo asqueroso!

—¿Es eso verdad?

Emilia bajó los ojos avergonzada. Él no necesitó más respuesta que ésa. El policía sacó un informe de una de las carpetas que tenía sobre la mesa.

—Hay algo que deben saber. Tenemos ya unas conclusiones preliminares de los técnicos forenses. Según los informes, el incendio parece premeditado. Alguien roció con gasolina el salón y luego le prendió fuego.

Al escuchar esto, Emilia agarró con fuerza el brazo de Bogdana, como si temiera volver a desmayarse.

—Pero, sigo sin entender por qué… ¿Qué ganaba con matarme?

—¿Tenía dinero u objetos de valor en la casa?

—No.

El policía pensó unos segundos y le dio a Emilia su ordenador portátil.

—Imagino que, como socios, tendrían una cuenta conjunta en el banco. —Emilia asintió—. ¿Hace mucho que no la consulta?

—Samuel se encargaba de esas cosas.

—¿Sabe cómo acceder a ella por internet? ¿Conoce las claves necesarias?

—Sí, pero para qué… —Emilia comprendió de repente dónde quería llegar el policía. Abrió la página web de su banco y ésta le pidió las claves de acceso. Con dedo tembloroso, llevó el cursor al botón de «aceptar» después de haberlas introducido. El ordenador le indicó el saldo de su cuenta.

Todo alrededor de Emilia comenzó a dar vueltas mientras oía las palabras que el policía le dirigió cuando se acercaba a auxiliarla:

—Atraparemos a ese hijo de puta.

Roberto ofreció una taza de té a Emilia. Luego se sentó a su lado, en el sofá.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí… Es verdad que esta noche lo he perdido todo, menos la vida. Será mejor que lo vea desde esa perspectiva o me volveré loca.

Él la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la frente.

—También has aprendido otra cosa. A no fiarte de buenas a primeras del primero que pasa.

—¿Vas a soltarme un sermón esta noche? Te aseguro que es lo que menos necesito.

—No, no, lo siento. Es que nunca tragué a ese Samuel.

Emilia lo miró, interesada.

—¿Estabas celoso de él?

Roberto no contestó, avergonzado. Emilia no lo había visto así nunca, con la guardia tan baja. Parecía que ella no era la única persona afectada por lo sucedido.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Porque estabas muy ilusionada con el proyecto y no quería ser el imbécil que te aguara la fiesta.

Emilia le miró sin comprender.

—¿Cómo podías pensar eso? ¿De verdad creías que podía haber algo entre nosotros? ¡Eso es imposible! Pero si… —No pudo acabar la frase. «Pero si soy yo la que no me creo que tú y yo estemos juntos», había estado a punto de decir.

Emilia tenía una cara muy graciosa y unos ojos que parecían asombrarse de todo, pero no se consideraba especialmente atractiva. Por eso no encontraba explicación al hecho de que Roberto, guapo, rico, con mucho mundo y conversación interesante, se hubiera fijado en ella. Él había sido uno de sus primeros huéspedes en la casa rural. Trabajaba como director de marketing de una gran empresa farmacéutica, los laboratorios Acosta, y había huido el fin de semana de la gran ciudad para descansar y hacer senderismo en la sierra madrileña. En las montañas no sólo encontró paz, sino también a Emilia, de quien se sintió atraído de inmediato. Su nerviosismo y sinceridad al hablar, y la sensación que desprendía de no querer molestar, despertaron en él un sentimiento de ternura que no tardó en convertirse en algo más fuerte.

Llevaban ya varios meses saliendo. En cuanto Roberto se enteró de lo ocurrido, fue a buscarla al pueblo de la sierra donde estaba situada la casa rural, y después de que Emilia terminara su declaración ante la policía la llevó a su apartamento en el centro de Madrid. Bogdana no quiso acompañarles: Roberto no era santo de su devoción, como cualquiera que se acercara a Emilia, así que la dejaron en casa de una hermana que la rumana tenía en la capital.

—¿Han encontrado alguna pista de adónde ha podido ir ese cabrón? —le preguntó él.

—No. Su coche no estaba en el parking de detrás del hotel. Han desplegado controles en todas las carreteras de la sierra pero no creo que den con él.

—¿Por qué dices eso?

—Sam es una persona muy calculadora. Si estuvo robando dinero de la cuenta y preparó el incendio para deshacerse de mí, no creo que se haya quedado a ver las llamas y calentarse las manos.

—Precisamente por eso. Si como dices es frío y calculador, lo lógico es que no hubiera hecho nada que hiciera recaer las sospechas sobre él. Al huir, se está delatando, ¿no crees? Lo normal hubiera sido actuar como si él también hubiera estado a punto de perder la vida, y asegurarse de que tú habías muerto y actuar en consecuencia.

—Pero la policía habría descubierto lo de la llave cerrada por fuera y la cuenta vacía… No tenía salida. Desde el momento en que encendió la cerilla que provocó el incendio no tenía otra opción que huir. —Emilia se revolvió en su asiento—. Y preferiría que esta noche habláramos de otra cosa. No me gusta imaginarme a mí misma como un cadáver.

Roberto la abrazó.

—Ni a mí tampoco. Te quiero bien viva. Y por mucho tiempo.

Pasaron las semanas, que consistieron básicamente en rellenar el montón de papeleo necesario para el seguro y la policía. Algunos periodistas se interesaron por el caso y, aunque Emilia se mostraba reticente a hablar con ellos, tanto Roberto como los agentes encargados de investigar el intento de asesinato le aconsejaron conceder algunas entrevistas: si la gente se interesaba por el caso, alguien podría dar una pista sobre el paradero de Samuel.

Por primera vez en su vida, Emilia se sentía bloqueada. Muchas otras veces había tenido que empezar de cero, pero en ninguna de esas ocasiones alguien había intentado asesinarla. Y no sabía por dónde seguir. Al final Bogdana iba a tener razón cuando le decía que la mala suerte la rondaba: las desgracias la habían acompañado gran parte de su existencia, desde la muerte de sus padres en un accidente de coche cuando ella tenía doce años, pasando por los negocios frustrados, hasta culminar en su intento de asesinato.

Por eso, cuando aquel día sonó su teléfono móvil, Emilia no lo cogió: estaba cansada de malas noticias, de que le dijeran que el seguro no iba a cubrir los daños ya que el incendio fue provocado; de que la policía no encontrara pistas sobre Samuel; y de que los huéspedes que se encontraban aquella noche en el hotel estuviesen pensando en llevarla a juicio para pedirle una indemnización. Poco después, el móvil volvió a sonar. Era el mismo número, desconocido para ella. Y de nuevo volvió a ignorarlo, esta vez desconectando el teléfono. El resto de la mañana la pasó como todas las precedentes: repasando cuentas y haciendo juegos malabares con ellas para ver la manera de salir del embrollo en el que la habían metido. Roberto se ofreció a prestarle algún dinero, pero ella se negó: no quería deberle nada a nadie, ni siquiera a él. Así que cuando, al cabo de las horas, volvió a conectar el móvil, se quedó asombrada al ver que el mismo número desconocido había seguido llamando toda la mañana y había dejado varios mensajes en el buzón de voz.

Intrigada, Emilia se dispuso a escucharlos. Era la voz de un hombre, que hablaba con tono impersonal.

«Señorita Emilia Prieto, soy Javier Azurmendi, del despacho de abogados Ros y Cía. Le rogamos que se ponga en contacto lo antes posible con nosotros, referente a un asunto de suma importancia. Nuestro número de teléfono es…»

Emilia apuntó el número sin saber que ese mensaje telefónico estaba a punto de cambiarle la vida.

Cuando Emilia leyó la cifr

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