1
Corre el mes de enero del nuevo año de 1794.
Esta mañana han venido a importunarme a mi habitación. Me sacaron de la cama y me pidieron que me vistiera, pues se estrenaba el Año Nuevo. La mugre y los bichos ya habían campado a sus anchas durante tiempo suficiente y ahora tocaba ahumar el aire viciado con leña menuda y rociar los suelos con agua y vinagre. Adormilado aún, me até los pantalones, me ajusté las botas y me puse el abrigo sobre unos hombros que han adelgazado tanto que la tela cuelga con holgura. Bajé las escaleras y salí a la calle por primera vez en lo que podrían ser semanas, a la luz de un día que mi estrecha ventana había reducido hasta hoy a una mera esquirla del exterior.
Los tilos del jardín llevan meses despojados de sus hojas, pero la deuda que había dejado el otoño la ha saldado ya el invierno con las primeras nevadas. Las ramas estaban ataviadas con ropajes cuyas colas cubrían el suelo hasta donde alcanzaba la vista. El sol brillaba y sus rayos destellaban en la blancura con una intensidad que dejaba lugar a otros colores. Me deslumbró tanto que me vi obligado a cubrirme los ojos. Otros enfermos se apiñaban en el hueco de la escalera o esperaban tambaleantes sobre la nieve, maldiciendo entre dientes al notar que sus zapatos iban llenándose poco a poco de humedad y de frío. No me apetecía soportar la compañía de ninguno de ellos, así que me alejé y tomé el camino que va hasta la orilla del mar, donde la escarcha impoluta me prometía una dulce soledad. El agua somera se había helado y formaba una especie de paseo a lo largo de la costa, sólo más allá podía verse el agua correr y agitarse. El aire mordía, pero los rayos del sol resultaban de lo más reconfortantes y, aunque aún no me sentía recuperado del todo, decidí dar un paseo por el hielo, que sin duda es, a estas alturas, tan grueso que llega hasta el fondo marino.
A lo lejos, a mano izquierda, las casas de la calle Skeppsbron semejaban una hilera de dientes amarillos por delante de las puntiagudas agujas de las iglesias y, más allá, se alzaba la agazapada mole del Palacio Real. En un intento por no llamar la atención de esa suerte de depredador adormecido, volví la mirada hacia el camino por el que venía y pude ver el valle en su totalidad de una forma habitualmente reservada a los navegantes.
La ciudad le ha vuelto la espalda a esta zona, llamada Danviken, y da la impresión de que el tiempo haya hecho lo mismo: aquí, los días son cortos y las noches largas. Dos colinas recortan la bóveda celeste a ambos lados y cubren de nieve la trayectoria del sol, como sabe la mayoría de los que comparten el hospital conmigo. Muchos de ellos no sufren más dolencia que la vejez: sus hijos e hijas les han preparado aquí un sitio para asegurarles una asistencia adecuada durante sus últimos años, pero nunca parecen encontrar un momento para venir a visitar a los ancianos, que no tardan en volver a la infancia debido a la desatención.
Un poco más allá, siguiendo el curso del agua en dirección a Finnboda, se alza el manicomio. Desde donde yo estaba se podían contar siete plantas dispuestas de forma escalonada en la colina, como si el edificio fuera una gran escalera destinada a un gigante. El manicomio es una fuente constante de cotilleos en los pasillos del hospital: se dice que el número de locos residentes supera con creces los que debería albergar. Muchas de las ventanas están tapiadas con tablas de madera, otras tienen barrotes. Cuando me acerqué un poco más, me pareció oír una reverberación que provenía del interior, una especie de zumbido apático que despertó mi curiosidad y me transportó de repente a los días de mi niñez, cuando un rumor parecido me empujaba inevitablemente a acercarme con sigilo a las colmenas hasta que, con el tiempo, aprendí a relacionarlo con la amenaza de afilados aguijones. Supongo que, en este caso, el sonido proviene de los locos: es el zumbido de su demencia impotente, hacinada en estancias demasiado pequeñas. De vez en cuando llegan calesas con gente de bien procedente de la ciudad que, tras dar unas cuantas monedas a los vigilantes, disfrutan de una visita a las instalaciones, horrorizándose y divirtiéndose a partes iguales con las diabluras de los dementes. Los pacientes del hospital a los que aún les quedan ánimos para dedicarse a algo así observan con atención a los visitantes que salen, y sonríen con malicia cuando los ven con el rostro demudado por lo que acaban de presenciar.
Empujado por razones que no puedo explicar con certeza, decidí dirigirme hacia allí. De color amarillo pus, como una llaga ulcerosa, el manicomio ocupa el lugar de una antigua mina de sal separada en su día de cualquier otra edificación debido a sus vapores impuros y, actualmente, por los huéspedes que alberga. En la entrada me encontré con una inscripción en la que se leían unas palabras que se grabaron en mi memoria: «Una deplorable ambición, un amor infeliz ha engendrado a los habitantes de esta casa. Quien esto lee ¡conózcase a sí mismo!» ¿Acaso estas angulosas palabras talladas en la piedra no podrían ir perfectamente destinadas a mí?
Nadie me impidió el paso y descubrí que el gran portón no estaba cerrado con llave. En cuanto lo entreabrí brotó un chorro de ruidos mezclados, esos que poco antes sólo había podido identificar como un zumbido. Ahora, en cambio, podía distinguir muchas voces, parloteos, quejidos, aullidos y risitas... En el vestíbulo, la luz era escasa y tardé un rato en distinguir a un hombrecillo que permanecía completamente inmóvil, como si hubiese estado aguardando mi llegada. Lo saludé con una leve inclinación de cabeza y él se dirigió hacia mí con pasos ávidos. Tenía una mirada intensa y sus ojos revelaban una curiosidad burlona; su voz era suave y grácil.
—¡Bienvenido! Ha llegado usted justo a la hora acordada, lo felicito por su puntualidad.
Yo no sabía de qué hablaba, y sin duda la expresión de mi rostro debió de delatar mi desconcierto, pero él continuó como si nada y, con una gentil reverencia, me señaló la escalera.
—Si es tan amable de seguirme, le mostraré las dependencias.
Al no poder negar que era la curiosidad la que me había llevado hasta allí, me pareció que lo más adecuado era hacer lo que el hombre me sugería —aunque estaba claro que me había confundido con otra persona—, así que lo seguí hasta un patio interior rodeado por cuatro paredes que, de tan altas, parecían buscar el cielo. Las esquinas del patio estaban llenas de suciedad y escombros, probablemente lanzados desde las ventanas de las distintas plantas que no estaban tapiadas con listones de madera, casi todas con los cristales rotos. En un rincón había un grupo de locos con camisas sucias que se mecían babeantes y con el rostro desencajado. Mi guía se dio cuenta de que los miraba e hizo un gesto de desdén con la mano.
—No les haga caso: son como ganado con forma humana, y no arman demasiado alboroto a menos que se los asuste. Tengo pacientes mucho más interesantes que mostrar, acompáñeme, acompáñeme.
Un par de escalones nos permitieron abandonar el patio por el lado contrario y, tras haber ascendido otro poco, mi anfitrión se detuvo junto a una puerta que daba a un pasillo, se aclaró la garganta e inició un breve discurso.
—En un principio, disponíamos aquí de veintisiete celdas, cada una de ellas pensada para albergar a un loco con cierta comodidad. No sé cómo ve usted el mundo, caballero, pero en mi opinión no es de sorprender que la demanda se mostrara enseguida mucho más elevada de lo previsto: la ciudad desprovee a las personas de su razón y los locos nos llegan en un flujo sin fin.
Entonces desatrancó el pestillo que bloqueaba la puerta, se hizo a un lado y me invitó a pasar. A los lados del largo pasillo que se abrió ante mí había sendas hileras de pesadas puertas de las que brotaba un estruendo ensordecedor: los bramidos y plañidos se mezclaban con el ruido de las manos al rascar las paredes y con los golpes de puños y muebles contra las puertas.
—Falta poco para la hora de comer. Puede que hayan perdido el juicio, pero sus estómagos no tienen ningún problema y el hambre los ayuda a calcular el paso del tiempo. —Avanzaba por el pasillo haciendo un alto de vez en cuando para señalar algún que otro detalle interesante—. Como puede usted comprobar, disponemos de puertas reforzadas, y la mayoría de las celdas cuentan también con una puerta interior aún mejor preparada para resistir los embates. Muchos de estos locos están tan alienados que no podemos siquiera dejarlos salir, de ahí que contemos con estas trampillas a través de las cuales se pueden vaciar los orinales sin que nadie tenga que entrar en la celda. Por desgracia, no todos están capacitados para aprovechar esa ventaja, de ahí el hedor resultante. Observe que incluso las estufas se proveen de leña desde el pasillo, aunque sólo podemos encenderlas durante las noches en las que el frío aprieta con más virulencia porque nuestros recursos son escasos. En este sentido, el hacinamiento ha resultado tener un lado positivo, ya que nos permite mantener las estancias a una temperatura razonable. ¿Le gustaría mirar?
En ese punto, y llevándose un dedo a los labios para indicarme que no hiciera ruido, mi acompañante abrió con cuidado una de las trampillas. Estaba a la altura de los ojos de una persona de estatura promedio, pero él tuvo que ponerse de puntillas. Tras echar una ojeada al interior de la celda, sonrió y me indicó con la mano que me acercara. Mis ojos necesitaron unos segundos para adaptarse a la oscuridad de la celda donde un hombre semidesnudo estaba ensimismado en un lerdo balanceo al compás del tintinear de los eslabones de la cadena que mantenía uno de sus tobillos sujetos a la pared. Junto a él, amarrados a las otras paredes, había otros tres, sentados sobre montones de paja, y cuando vi que los cuatro estaban sobándose los miembros erectos con las manos sucias y brillosas, me aparté de golpe movido por la repulsión.
Mi acompañante me invitó entonces a seguir caminando y me llevó hasta las estancias del fondo.
—Aquí tenemos las cámaras oscuras, por el momento reservadas a un triste grupo de internos: aquellos en los que el mal francés ha avanzado tanto que el remedio del mercurio resulta ya inútil. No se puede ver nada ahí dentro, así que lamento no poder mostrárselo; aun así, tampoco es que sea muy interesante: sólo vería narices sin tabique y otros estragos de la enfermedad, aunque sus ataques de cólera son dignos de observar cuando se sienten inspirados. Por lo demás, se han quedado todos sin palabras, literalmente hablando, pues los ápices de sus lenguas han sufrido la corrosión de la plaga.
A esas alturas, me invadía un creciente malestar y una implacable pulsión de abandonar aquel lugar dejado de la mano de Dios y regresar a la yerma playa que, de pronto, se me antojaba más envidiable que el mismísimo paraíso. Sin embargo, mi guía no hizo ademán alguno de moverse y se mantuvo quieto ante mí, como a la espera de una pregunta que finalmente decidí formularle.
—¿Qué clase de curas se les brindan a estos desgraciados?
El hombrecillo asintió fervorosamente con la cabeza, como si hubiese estado esperando el momento de contármelo.
—Tal como declara la ciencia, la locura se origina cuando el sano juicio se ve suspendido por circunstancias externas o internas, y sabemos que sólo puede recuperarse si el enfermo recibe un choque igual de rotundo que el que lo ha hecho perder la razón, por eso contamos con una manguera de cuero que puede arrojar un chorro repentino de agua fría en las celdas. Antes se les solía inocular la sarna con la esperanza de que los picores triunfaran sobre la locura, pero ahora ya está en las paredes, por lo que los internos se contagian sin necesidad de nuestra ayuda... Desde luego, tenemos otros métodos, pero creo que podemos dejarlo aquí por esta ocasión.
Es posible que esto último lo improvisara tras verme buscar apoyo en la pared por miedo a sufrir un desmayo.
Por fin se dio la vuelta para mostrarme el camino de salida, pero cuando volvimos a pasar por delante de la celda de los cuatro hombres, noté de pronto su mano en mi hombro.
—Veo que me he dejado la trampilla abierta, pero ya va bien así, pues hay una última cosa que me gustaría mostrarle. —Entonces hizo que me acercara de nuevo a la puerta, donde seguía desarrollándose la misma escena de antes—. ¿Ve usted aquel rincón de allí, al fondo, donde algunos de los caballeros han hecho sus necesidades porque el orinal estaba lleno a rebosar? —Acercó la boca a mi oreja y su voz se redujo a un leve susurro—. Es el sitio que hemos guardado para usted: pronto será ingresado, ¡lo estaremos esperando!
En ese punto me eché hacia atrás y pude ver que su boca se había retorcido en una sonrisa de escarnio que dejaba a la vista unos dientes tan escasos como afilados.
—Es usted tan joven y hermoso... de cuerpo delgado y piel de alabastro: sus compañeros de celda estarán encantados de acogerlo, eso puedo asegurárselo.
—¿Quién... quién es usted? —pregunté desconcertado.
Él entornó los ojos para mirarme con malicia.
—Pues eso cambia según el día: ayer era el mismísimo Carlos XII, perdido en los recuerdos felices de cuando conduje a mis muchachos entre las nevadas ramas de los abetos de la Mazuria polaca, donde, para nuestro gran gozo, nos dedicamos a matar bebés con los tacones de las botas delante de sus padres. Íbamos camino de la masacre de Poltava, así que, si hubiera venido ayer, podría haber oído la bala de plomo que resonaba en el interior de mi cráneo cada vez que sacudía la cabeza. ¿Hoy? Hoy mis nombres son más de los que nadie puede contar: me han llamado el Adversario, el Maligno, Belcebú, Belial, Pedro Botero... tú puedes llamarme simplemente Satanás. Te estamos esperando: sabes mejor que nadie que aquí es donde deberías estar.
No sé qué clase de réplica le habría soltado si no nos hubiésemos visto interrumpidos por una voz ajena que se alzó por encima del alboroto de las celdas.
—¡Tomas, sabes bien que no tienes nada que hacer por aquí! Te hemos repetido mil veces que no te tomes licencias sólo porque en ocasiones te dejemos tomar el aire. ¡Vuelve a tu celda inmediatamente!
Un hombre más bajito aún que mi acompañante y enfundado en una chaqueta sucia acababa de plantarse en la puerta del extremo del pasillo y se dirigía hacia nosotros a paso ligero. Mi improvisado guía se acercó un poco más mirándome con ojos ladinos.
—Me despediré con un acertijo. A menudo se dice que estoy limitado a mi reino infernal, encerrado en el infierno, ¿cómo puedo entonces hallarme aquí, entre personas de carne y hueso? Las pistas están en todas partes: recuerde todo lo que ha visto y tenga mucho cuidado cuando vuelva al mundo.
En ese momento el otro hombre, que seguramente pertenecía al personal del manicomio, llegó a nuestra altura, cogió al tal Tomas del brazo y, con el ancho rostro bañado en sudor, procuró llevárselo a rastras por el pasillo. Al ver que el loco se resistía, lo agarró por las solapas con una mano y con la otra le dio una serie de bofetadas hasta que la sangre de la nariz y las lágrimas empezaron a mezclarse en un mismo reguero que caía por su barbilla. Tomas empezó a sollozar, resignado y momentáneamente doblegado; entonces, su celador me lanzó una mirada avergonzada.
—A veces no cerramos con llave la puerta de su habitación y él sale a dar vueltas de reconocimiento por el manicomio o incluso baja hasta el hospital. Somos sólo dos los que nos encargamos del cuidado de los locos, así que le estaría sumamente agradecido si pudiera guardar en secreto este incidente. Espero que Tomas no lo haya importunado, tiene unas ocurrencias de lo más singulares.
Aliviado al haberse resuelto el malentendido, aunque afectado por lo que me había dicho Tomas, volví a salir al patio y pasé junto a los locos apáticos, que se mecían al pie de las paredes como buscando su calor. Cuando por fin salí del recinto, me quedé un momento de pie contemplando aquella tumba para vivos y de pronto fue como si el mundo afinara sus cuerdas tomando como referencia mi estado mental y anímico. Noté un cambio en la luz del día, pese a que no había ni una nube en el cielo. Alcé la vista con los ojos entornados y lo que vi me llenó de espanto, pues era como si una bestia desconocida le hubiese dado un mordisco al mismísimo sol, que parecía una rebanada de pan a la que se le han hincado los dientes. Apenas pude contener un alarido de pánico y mis rodillas empezaron a flaquear. Presa del terror más profundo, me quedé un buen rato hecho un ovillo y temblando entre la nieve, hasta que me atreví a abrir de nuevo los ojos para comprobar que la luz había vuelto. Había sido un eclipse, nada más, tal como mi preceptor trató en su día de inculcarme con tanto esfuerzo: la interposición de la luna entre el sol y la tierra, en este caso en un ángulo que hizo que no ocultara del todo el disco solar. Probablemente, aquello no duró más que unos pocos minutos.
Desanduve el camino a toda prisa siguiendo mis propias huellas. Finalmente, cerré la puerta de mi habitación tras de mí, me acurruqué sobre mi austera cama y me cubrí la cabeza con la manta. Había cometido un error al salir, un error que no volveré a cometer ni aunque intenten obligarme ahumándome con ramas encendidas. Me han pedido que tenga paciencia y me han asegurado que tarde o temprano hallarán la cura para el mal que padezco. Mientras tanto, debo mantenerme calmado y evitar la compañía de otras personas. Puede que Tomas fuera un loco, pero me ha hecho recordar mi vergüenza, la fechoría que cometí y que los ojos de mi prójimo me traen siempre a la memoria con gran dolor de mi parte. De aquí en adelante, debo resignarme a pasar las horas de luz como sumido en un letargo.
En ocasiones nos proporcionan tintura tebaica, que adormece el cuerpo y la mente, alivia la angustia y los achaques y, en mi caso, me permite sobrellevar el día inmerso en una nube en la que difícilmente puedo reconocer ni siquiera al visitante más obstinado. Por desgracia, me toca compartir con muchas otras personas estas costosas gotas diluidas en agua y sazonadas con azúcar o miel, y a menudo las reservas se agotan. (En todo caso, somos afortunados, pues he oído decir que el hospital dispone también de las dosis que en realidad le corresponden al manicomio.) He decidido fingir: los días en que no me ofrezcan gotas me meceré hacia delante y hacia atrás, o me abrazaré el cuerpo, tararearé una melodía monótona y clavaré la mirada en el vacío hasta que la paciencia de mis visitantes se agote y me dejen de nuevo en paz para que pueda recrearme en mi culpa. A esto me dedicaré hasta que llegue el atardecer y la noche, momento en que, finalmente, podré dedicarme a escribir sin que nadie me vea.
Mi benefactor me ha pedido que escriba para no olvidar los detalles de los lamentables acontecimientos que me han empujado a este deplorable estado, y puede que también para reconciliarme con las acciones que me han traído a esta yerma orilla del Báltico y al hospital de Danviken. Se me ha dicho que no soy dueño de mis propios sentidos, pero que quizá mi situación tenga remedio; que no debería culparme por algo que, más que un crimen, fue un capricho de la naturaleza. No obstante, albergo más bien pocas esperanzas.
En mi cabeza hay una tormenta desatada y en mi pecho, un vacío. Alzo las manos ante mí: son rojas y no es posible lavarlas, son las herramientas de un asesino.
Toda mi vida había carecido de amor, así que nunca imaginé cómo sería cuando llegara: hermoso pero terrible, una fiebre en la sangre, un déspota vestido de fiesta. Y tampoco imaginé lo bajo que me haría caer, como quien se despeña en un cañón oscuro del que no es posible volver a salir jamás. Si me fuera concedido un deseo, sería el siguiente: no haber amado jamás. La ausencia de amor también nos habría ahorrado todo esto: yo no estaría entre estas dos colinas dejadas de la mano de Dios y ella no estaría... Bueno, ya es suficiente: dejemos descansar la pluma. Aún no estoy preparado para escribir sobre el final de esta historia, y el principio tendrá que bastar por esta noche.
2
La mía podría haber sido una infancia sin preocupaciones, pero el destino quiso algo distinto. Nací en cuna de oro en la hacienda de mi padre, llamada Tres Rosas igual que mi familia, que la poseía de varias generaciones atrás. Estaba lejos de la ciudad y sus intrigas, y las tierras las habían explotado siempre los mismos arrendatarios, que heredaban el acuerdo a sus hijos, ninguno de los cuales se interesó jamás por la política. La situación, pues, no hacía prever ninguna dificultad.
Las cosechas eran buenas año tras año y mi padre trataba bien a los arrendatarios: era suficientemente inteligente para entender que la benevolencia con los subordinados suele acabar siendo provechosa para los negocios.
Vine al mundo siete años después de mi único hermano, Jonas. Mi madre, acostumbrada a la frivolidad y el brío de la ciudad, estaba harta de su ociosa vida en el campo, así que había vuelto a desear un hijo. Ya tenía sus años y los riesgos eran considerables, pero era una mujer valiente y con las ideas claras. Por desgracia, mi nacimiento se vio precedido por más de un aborto, lo que sin duda hizo mella en su salud. Un día, mi hermano, cuya diferencia de edad se erigió siempre como un muro entre nosotros, me contó entre susurros, sin otro afán que el de atormentarme, que estando mi madre preñada de mí había escuchado a escondidas al viejo médico de la familia aconsejarle que interrumpiera el embarazo pues, según su parecer, los años le habían arrebatado ya toda posibilidad de soportar ese trance. Su consejo era hacerlo pronto y para ello le explicó varios métodos. Según mi hermano, ella había reaccionado riéndose del médico y mandándolo al diablo, pero cuando al fin nací, casi tres semanas más tarde de lo esperado, fue a costa de su vida. Sólo una vez sentí el calor del abrazo de una madre, pero no guardo el menor recuerdo de aquel instante. Enseguida, sus brazos se enfriaron alrededor de mi cuerpo.
Mi desgraciado nacimiento marcó de forma indeleble la relación entre mi padre y yo: él ya tenía un heredero y estaba en paz, se sentía demasiado viejo para renovar su paternidad y supongo que mi sola presencia le recordaba la muerte de la esposa que tendría que haber iluminado su vejez. Puede que, además, el intercambio del hijo por la madre le pareciera desventajoso porque pronto mostré una nula aptitud para cualquiera de las destrezas que él valoraba: nunca me senté con seguridad a lomos de un caballo, en la caza solía errar los tiros más fáciles, el estoque se me escapaba de las manos al menor choque con otro acero y mi constitución me deparaba a menudo fiebres y expectoraciones que me excluían de participar en cualquier actividad aun habiendo voluntad de mi parte.
Renunció a cuidarme y me entregó a distintos tutores que convirtieron mis días en una larga hilera de deberes y frustraciones. Sólo me quedaba la noche: cuando todos dormían, me levantaba de la cama para buscar aquello que había perdido. Sobre la escalera colgaba un retrato de mi madre, con quien se decía que guardaba un gran parecido. Ayudado de un taburete descolgaba un pesado espejo que luego colocaba al pie del retrato, de modo que pudiera observarme a mí mismo y a mi madre a la vez. Luego tomaba una vela de sebo y hacía lo imposible para que su resplandor resaltara hasta la menor de nuestras semejanzas: la línea de la barbilla, la redondez de las mejillas, el arco de las cejas...
Aún no había cumplido los once cuando mi hermano se marchó para iniciar su carrera militar. Mi padre sintió mucho esa partida: estaban muy unidos y pasaban juntos la mayor parte del tiempo que él no dedicaba a sus negocios. Cazaban, montaban, practicaban el tiro, todas ellas actividades de las que yo quedaba excluido por mi edad y mi incompetencia. No recuerdo haberlo visto sonreír en ninguna ocasión desde que mi hermano se fue, salvo las pocas veces en que éste fue a visitarnos. Se encerró en sí mismo y, en los raros momentos en que no podíamos evitar encontrarnos, parecía secretamente furioso por su suerte. Aprendí a dar rodeos para no cruzarme con él en los pasillos y comencé a experimentar un creciente temor en su presencia. Él buscaba consuelo en la bodega. Sólo se mostraba menos rígido después de cumplir su deber y darme unos buenos azotes cuando yo rompía alguna de las múltiples normas de la casa. Por mi parte, en la soledad de la noche derramaba lágrimas amargas, no tanto de dolor como de resentimiento, y me iba alejando de él cada vez más.
La Pascua de aquel año, mi padre organizó una gran fiesta a la que invitó a varios de sus amigos, a algunos parientes y a los arrendatarios más acomodados. Era la primera celebración en muchísimo tiempo. Me pareció que con aquella fiesta pretendía compensar la soledad a la que se veía condenado y escapar de la vejez que lo acechaba, aunque de hecho acabó siendo su último gran intento. Durante los preparativos, percibí cierto entusiasmo en mi padre, pero enseguida llegó la noticia de que el regimiento de Jonas no quería prescindir de él ni concederle permiso para la festividad, y la chispa que se había encendido en sus ojos se extinguió de golpe. Supongo que habría preferido suspenderlo todo, pero las invitaciones ya habían sido enviadas. Durante el convite no tardó mucho en emborracharse, y su melancolía, que se iba acrecentando con cada copa de vino que tomaba, no tardó en contagiar irremediablemente al resto de los comensales.
Al atardecer, la cena estaba servida. La silla al lado de mi padre se había dejado vacía en recuerdo de mi madre. Desde mi lugar, noté que mi padre tenía la cara enrojecida y que su lengua comenzaba a trabarse. Se levantó y lloroso y propuso un brindis en honor de mi madre. En medio del silencio que acompañó sus palabras estiré el brazo para coger mi copa, parte de la cristalería decorada con el emblema de mi familia materna que mi madre había traído en el ajuar al casarse, pero calculé mal la distancia y la volqué, de tal manera que el pie se partió por la mitad. Eran unos años en los que mi cuerpo crecía a toda prisa y me costaba adaptarme al ritmo al que mis brazos y piernas se iban alargando. Mi torpeza era lo que más irritaba a mi padre y, tras romper la copa, pude ver cómo sus intensos sentimientos de pena se convertían en rabia. En un segundo se me echó encima, me alzó por el cuello y me soltó varios tortazos. Cuando algunos de los invitados lograron liberarme de sus garras implacables, abandoné el salón entre sollozos, salí corriendo por el portón, me acurruqué al abrigo de una montaña de nieve retirada con pala en el pórtico y me hice un ovillo, invisible a las miradas del personal de servicio que había salido a buscarme.
Me quedé allí un buen rato llorando hasta que un sentido cuyo nombre no conozco me hizo percibir la presencia de otra persona. Al alzar la cabeza vi que había una niña delante de mí, pálida como la nieve de alrededor y con una melena que brillaba como las ascuas bajo el caldero. Estaba tranquilamente de pie bajo la suave nevada que había empezado a caer, al parecer indiferente al frío, pese a que iba totalmente desabrigada, con un sencillo vestido de algodón. Sin decir palabra, alzó una mano y pude ver que sostenía una copa exactamente igual que la que yo había roto. Sin dejar de mirarme a los ojos, abrió los dedos y la dejó caer al suelo de piedra. Las esquirlas de cristal se perdieron entre los carámbanos de hielo que se habían precipitado desde el tejado del pórtico. Así se produjo nuestro primer encuentro.
Aquella celebración de Pascua fue la última vez que mi padre logró mostrar un pequeño resquicio de alegría. Después de aquella noche se fue sumiendo cada vez más en la tristeza.
3
La busqué como si supiera dónde encontrarla, como si estuviera dotado de un olfato que me permitiese captar el rastro de su paso y sólo tuviera que seguir mi instinto para hallar el camino correcto. Y la encontré en el bosque, cuando la primavera había deshecho la nieve y las aguas del deshielo borboteaban entre las raíces de los árboles. Un atisbo de un vestido blanco entre oscuros troncos, una tez pálida... el pelo, una llama esquiva, las extremidades delgadas como varas de mimbre...
A pesar de que mi búsqueda finalmente se había visto coronada por el éxito, al principio me quedé sin saber qué hacer y un tanto conmocionado, pues de pronto se me antojó que me hallaba ante una criatura salida del paisaje mismo: un elfo o un espíritu del bosque. De repente, ella notó el peso de mis ojos y se quedó quieta en la rama sobre la que se estaba balanceando. No huyó, pero hizo una pirueta y se dio la vuelta para luego lanzarme una mirada por encima de sus pálidos hombros. Sus ojos verdes estaban llenos de cuestionamiento y desafío. Entonces saltó del árbol y se adentró en el bosque y sentí que una fuerza inaudita me infundía el coraje suficiente para seguirla entre los árboles.
Se llamaba Linnea Charlotta, y era hija de Eskil Colling, uno de los muchos arrendatarios de las tierras que habían pertenecido a mi familia desde tiempos inmemoriales y que mi padre había recibido en herencia. Colling era un hombre emprendedor y diligente que, tras una vida afanosa, había logrado mejorar considerablemente su suerte. Conocía como nadie los secretos de la agricultura. Desde que había llegado a Tres Rosas, unos años antes, había podido aumentar su arriendo y, gracias a una gestión doméstica inteligente, su familia había prosperado y conseguido una posición. Era perspicaz y comprendía que, para quien quiere ascender, no basta sólo con trabajar duro, de modo que hacía cuanto estaba en sus manos para elevarse por encima de sus orígenes. Se comportaba más como un hombre con privilegios que como un campesino, si bien con la suficiente sutileza como para no resultar ofensivo. Su esposa e hijas vestían prendas bonitas que realzaban su belleza y él llevaba siempre el reloj con una leontina de oro y hebillas de plata en los zapatos y el pantalón. Entre los arrendatarios, Colling era el preferido de mi padre y, cuando alguien se excusaba dejando sillas libres en alguno de nuestros banquetes, eran él y su familia a quienes se invitaba a ocupar el puesto, tal como había sucedido en la celebración de la Pascua, cuando vi por primera vez a Linnea Charlotta.
En el bosque, jugábamos al escondite. Los dos éramos unos críos y nuestra amistad era sencilla y evidente, aunque no exenta de sobresaltos: Linnea era muy voluble. Su paciencia se agotaba sin previo aviso y de pronto sus ojos centelleaban, de modo que aprendí a huir para no tener que pelear. Aun así, ella siempre estaba allí al día siguiente, esperándome, algo que a menudo me sorprendía, y pronto aprendí también a interpretar la media sonrisa, la mirada afligida, el contacto aparentemente casual, la risa que seguía a un comentario anodino de mi parte, signos todos que, en su código particular, equivalían a la palabra «perdón». Volvíamos a ser amigos y ella me llevaba a lugares que de otro modo yo no habría visto jamás; porque, al igual que yo, el bosque no osaba guardarle secretos a Linnea Charlotta, que conocía el bebedero del viejo alce a orillas de la charca, el palacio de ramas que un águila había erigido en lo alto de un abeto... Yo apenas tenía nada que ofrecerle, pero lo poco que tenía era todo suyo: ella me pedía a veces que construyera un refugio y yo clavaba ramas de mimbre en el suelo y las tensaba en un arco —me tragaba las lágrimas cuando alguna se liberaba y me azotaba las mejillas—, y luego las ataba y las cubría con ramas de abeto para protegernos del viento.
¿Acaso no habría sido maravilloso poder preservar para siempre la inocencia de aquel juego infantil? Los años, sin embargo, fueron pasando y no pudimos evitar que nos cambiaran, aunque inadvertidamente. Al fin y al cabo, en Tres Rosas todo seguía igual, y el goce parecía comprimir en el tiempo los muchos días que pasábamos juntos; entre juego y juego, obviábamos los cambios de estación: el calor fundía todos los veranos en uno y la nieve de un invierno parecía caer sobre la de otro. De pronto, los dos teníamos catorce años, y ya no éramos niños. El cuerpo delgado de Linnea, que en su día apenas se diferenciaba del mío, había ido remodelándose al capricho de la naturaleza: la edad adulta se cernía sigilosamente sobre nosotros, como en una emboscada. Recuerdo muy bien el día en que una tormenta de verano nos sorprendió en medio de un prado. Mojado, el vestido de gasa de Linnea se transparentaba, y ella tuvo que cubrirse con los brazos mientras yo clavaba avergonzado los ojos en el barro. Después de aquello, comenzó a vestirse de otra manera, pero en ocasiones, en el fragor del juego, no podíamos evitar rozarnos, tras lo cual nos apartábamos a toda prisa y se hacía un silencio que ninguno de los dos sabía cómo romper.
Algunos días del mes, Linnea prefería quedarse en casa; no acudía a nuestro punto de encuentro y luego se disculpaba con diferentes excusas. También yo había crecido: era más fuerte que ella y, cuando reñíamos, me veía obligado a fingir para no evidenciarlo. Ninguno de los dos había probado todavía la manzana del árbol del bien y del mal pero, aun así, nuestro paraíso ya no era el mismo.
Su humor era cada vez más cambiante: una palabra inadecuada o un gesto desacertado podía ser la chispa que atizara la pira de su cólera; suficiente para hacerla marcharse de improviso o para que me expulsara de su bosque con ademanes propios de una reina. Era verano cuando al fin decidí desafiarla, espoleado por una obstinación que me había invadido tras pasar varias jornadas en cama con fiebre. Sus empujones fueron de pronto insignificantes para mis precoces músculos de adolescente y, cuando ella se lanzó a arañarme presa de la cólera, no pude más que echarme a reír, pues una de las malas costumbres de Linnea era morderse las uñas hasta el punto de volverlas inofensivas. Antes de que pudiera darme cuenta, me agarró la mano con la que la mantenía a distancia y me clavó los dientes, pero no como un juego, sino con tanto brío que me hizo sangre.
El grito que salió de mi garganta fue de sorpresa y dolor a partes iguales. Ella me soltó, nuestras miradas se encontraron y noté sus mejillas anegadas de lágrimas de desesperación. Con una inhalación temblorosa, se dio la vuelta y se alejó corriendo entre los abetos. A pesar del deseo que sentía de seguirla, fui incapaz de ir tras ella; me quedé allí, conmocionado, regando el musgo con gotas rojas.
Las marcas de sus dientes aún perduran en la mano con la que escribo estas palabras.
Al día siguiente, con la mano vendada y el brazo en cabestrillo a causa del dolor, me costó mucho encontrarla. El escondite que había elegido era un claro alejado, un refugio que sólo me había enseñado en una ocasión, mucho tiempo atrás. Los sollozos delataron su presencia: estaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando como un álamo al viento. Una rama que se partió bajo mi pie me descubrió y me senté en cuclillas lo más cerca que me atreví.
—¿Qué ocurre, Nea? Olvida lo de mi mano, es apenas un rasguño... no tiene importancia.
Tardó un rato en responder y, cuando lo hizo, no se volvió para mirarme.
—Tendrías que oír lo que dicen de vosotros, Erik.
En un principio no entendí a qué se refería.
—¿Quiénes?
—Mi padre está tan orgulloso de cultivar vuestras tierras que habla de la vieja hacienda Tres Rosas como si fuera una joya de valor incalculable; no: más bien como si fuese el sol mismo que calienta los campos y nada pudiera crecer en otro sitio. Así que mis hermanas chismorrean sobre el tuyo y sus compañeros cadetes como si fueran premios de un concurso cuyas reglas conocen al dedillo. Se pasan los días acicalándose y probándose vestidos bonitos, ensayando cómo sentarse elegantemente y lanzar miradas coquetas sin dejar de parecer castas, aprendiendo a bordar y a llevar una casa... Creen que todo eso les puede ser útil para atrapar a un hombre más rico que el que las engendró.
Alzó la cara, se secó los ojos y se sonó la nariz. Ni siquiera la leve hinchazón del llanto y el rubor de la tristeza conseguían que fuera menos bella.
—Y yo tengo que estar ahí sentada, escuchando sin decir una palabra. Mi padre quiere que deje de venir al bosque y me siente ante el telar, o que me ponga a estudiar el catecismo; mis hermanas me sueltan pullas sobre ti... Supongo que nos han visto juntos y me provocan porque están convencidas de que soy como ellas. Ni siquiera se plantean lo injusto que es todo esto: una nacida Colling, otro nacido Tres Rosas; una sin nada, el otro con todo. Mi padre tiene que halagaros y hacer reverencias para obtener migajas de vuestra mesa, y está tan acostumbrado que estalla de alegría cada vez que sus cumplidos dan en el blanco. No hay nada que mis hermanas ansíen tanto como llegar a mirar por encima del hombro a otras personas, igual que algunos las miran por encima del hombro ahora mismo.
Nunca la había oído hablar así.
—Pero, Nea...
No me dejó terminar.
—Yo no quiero nada de eso: sólo ser yo misma. Nunca he querido pertenecer a un hombre.
Mi desconcierto debió de transparentarse en mi rostro; cuando prosiguió, su voz era un susurro:
—Pero a ti sí quiero tenerte, Erik Tres Rosas, a ti y a nadie más. Has erradicado hasta el último de mis antiguos sueños y ya no sé qué puedo atreverme a soñar.
Una loca felicidad afloró en mí y las palabras brotaron solas:
—Yo también quiero tenerte, Linnea, a ti y a nadie más. Y sé lo que deberías soñar porque yo mismo he acariciado ese sueño una y otra vez: tú y yo delante del pastor, Linnea Charlotta, como marido y mujer.
Ella me miró con tristeza.
—No quiero pasarme el día sentada en una finca, juzgada por otros, vigilada por personas cuya amistad no es más que envidia disfrazada.
Me reí.
—Mi hermano es el heredero de Tres Rosas, mi parte se quedará en nada. Si lo que persigues es libertad aun a cambio de pobreza, es justo lo que puedo ofrecerte. —De pronto me azotó una repentina incertidumbre y la voz viril que hasta ese momento había salido de mis labios se convirtió de nuevo en el tartamudeo de un joven inquieto—. Si tú quieres...
Linnea se había vuelto a echar a llorar, pero sus lágrimas eran de otra índole.
—Sí y mil veces sí.
Y entonces me rodeó con los brazos con una fuerza inusitada. Nos quedamos así un buen rato y, cogida de mi brazo, fuimos hasta el prado que había delante de Tres Rosas.
Posó sus labios sobre los míos a modo de despedida. Yo nunca había dado un beso de amor, pero es un arte tan antiguo como el ser humano, así que me limité a cerrar los ojos y a corresponder mientras detrás de mis párpados centelleaban colores y formas desconocidos. En ese instante sentí en mi interior todo el amor que la vida me había negado hasta entonces, mis anhelos se cumplieron y por primera vez me sentí completo. Mi cuerpo se estremeció ante semejante ola devastadora, me flaquearon las rodillas y nuestras lágrimas se fundieron entre sí como lo hacían nuestros labios.
4
Mi hermano Jonas, a quien la guardia real le había concedido un permiso para ayudar en la cosecha, fue el primero en dejarme claro que mi amor por Linnea no era ningún secreto en la hacienda. Un día después de llegar, me llevó al establo con la excusa de mostrarme su caballo, se plantó delante de mí y, esbozando una media sonrisa, me dio una insidiosa palmada en el hombro.
—Hermanito, me cuentan los chicos que te has pasado los veranos retozando en la hierba con la hija de uno de nuestros arrendatarios. —Yo no dije nada, me quedé mirando fijamente el suelo mientras él seguía hablando entre risitas—: Tal vez sea una joven muy bella, pero es una campesina, Erik; no me digas que no puedes apuntar más alto. Aunque no pueda decir gran cosa de tus habilidades, reconozco que siempre has sido un muchacho atractivo. —Sentí que me ruborizaba, lo cual divirtió aún más a Jonas—. En cuanto a tu chica, las malas lenguas también dicen que es un poco rara, que guarda las distancias y se cree mejor que los demás. Algunos incluso afirman que está mal de la cabeza y me inclino a pensar que están en lo cierto, puesto que parece disfrutar de tu compañía.
Me clavó un codo afilado en las costillas para subrayar que bromeaba e insistió en que le contara los libidinosos detalles de nuestros encuentros, detalles que sólo existían en su imaginación.
Como no respondí, se dedicó a enumerarme —alzando un dedo, aunque sin dejar de reír— las indeseadas consecuencias de un romance como aquél. Las festividades de la cosecha me impidieron ver a Linnea durante unos días: tenía obligaciones que cumplir como hijo del anfitrión. Pero inmediatamente después pude comprobar que mi hermano tenía razón cuando hablaba de consecuencias indeseadas: mi padre me llamó a sus habitaciones. Me pregunté quién nos habría delatado.
Llevaba semanas sin verme a solas con él y al entrar en su gabinete me di cuenta de hasta qué punto había envejecido durante el breve y melancólico verano de aquel año: las arrugas de su rostro se habían acentuado y su espesa cabellera parecía haber perdido todo su vigor. También había adelgazado mucho, y sus mejillas, antes tersas y llenas de vida, se veían ahora hundidas y enjutas. Su cara había cambiado tanto que asustaba. Además, pese a su opulencia, su gabinete tenía ahora un aire lúgubre con aquellas gruesas cortinas que lo protegían del sol de mediodía. Me invitó a sentarme en una de las dos sillas que, según me pareció, había hecho disponer así para nuestra reunión. Antes de tomar la palabra suspiró profundamente.
—Tu preceptor me ha dicho que no estudias...
Me mantuve cabizbajo porque prefería callar antes que mentir, pero enseguida me di cuenta de que mi padre estaba decidido a ir al grano.
—Doy por hecho que te acuestas con ella.
Me ruboricé y los latidos de mi corazón comenzaron a retumbarme en los oídos.
Negué enérgicamente con la cabeza y mi padre tardó un buen rato en formular la siguiente pregunta.
—¿Por qué no?
En el silencio que siguió, tuvo tiempo de levantarse, acercarse a la ventana y quedarse de pie delante de la ranura de las cortinas con las manos entrelazadas a la espalda.
—Erik, eres el segundo hijo de la casa y ésa no es una circunstancia muy afortunada que digamos. Es tu hermano quien heredará la hacienda y se convertirá en el señor de Tres Rosas, si tú quieres continuar nuestro linaje tendrás que hacer ciertos sacrificios. Hará falta un buen partido, de eso no te quepa duda. Si tu intención es casarte, conozco a otras jóvenes cuyos padres están dispuestos a pagar una cuantiosa dote con tal de que sus nietos tengan título de conde.
Aquellas palabras me parecieron tan odiosas que casi no pude contener las lágrimas. Mi padre se dio cuenta, negó con la cabeza y, sin ocultar su disgusto, se sentó de nuevo en la silla de enfrente.
—No me malinterpretes: no estoy diciendo que debas romper tu relación con esa chica Colling. En absoluto: diviértete con ella, Erik, siembra el trigo salvaje del deseo que llevas en el corazón. Si se queda preñada, podemos permitirnos un bastardo, aunque tendremos que encontrar a un hombre con quien casarla para alejarla de aquí. Si quieres conservarla como amante no pondré ninguna objeción, pero nunca podrá ser tu esposa, Erik: ningún Tres Rosas se casará con la hija de un campesino.
Me enjugué las lágrimas antes de responder, aunque mi voz sonó un tanto infantil entre las estanterías y los elaborados tapices de aquella estancia:
—Su familia ya es lo bastante acomodada para mí.
Ahora fue mi padre quien se ruborizó, pero de cólera.
—Así que, de pronto, te parece preferible el suelo astillado de una granja a las propiedades de tu padre, ¿no? ¿Acaso crees que un colchón de paja lleno de chinches será mejor que unas sábanas de seda mientras tengas a esa chica entre tus brazos? Nunca permitiré que desdeñes los esfuerzos y sacrificios de tus antepasados, Erik, y menos aún por el capricho de un amor de juventud.
Hasta ahora, pocas veces me había atrevido a llevarle la contraria a mi padre, y siempre me había arrepentido de haberlo hecho, pero el amor que sentía por Linnea me envalentonó.
—La amo por encima de todo. Ya nos hemos comprometido y, aunque no haya sido delante del altar, estoy seguro de que Dios nos ha escuchado.
Las palabras que mi padre pronunció acto seguido salieron de su boca como el vapor de la espita de una cacerola de cobre en ebullición.
—Tu madre tuvo que pagar con su vida para darte a ti la tuya... Te quedaste en sus entrañas demasiado tiempo y, cuando por fin decidiste salir, la reventaste por dentro. ¿Cuántos años de felicidad habríamos podido vivir aún si no hubiese sido por ti? Tú me la arrebataste, Erik. ¿Y qué haces para compensar esa deuda? Pretendes arruinar tu vida por una pordiosera.
De pronto se quedó callado. Noté que procuraba recobrar la calma y, unos segundos después, su respiración se tranquilizó y sus manos parecieron relajarse. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba más tranquila:
—En diciembre cumplirás los quince: tendrás que esperar tres años para ser libre de tomar las decisiones que marcarán tu camino.
—Esperaré el tiempo que haga falta...
Él alzó la mano para hacerme callar.
—Te enviaré al sur, Erik. Tengo conocidos con negocios en la isla de San Bartolomé, una de las colonias de la Corona en las Antillas, y les pediré que busquen un puesto para ti. Cuando hayas cumplido los dieciocho, no podré impedirte que vuelvas a casa y, a lo más, podré exigirte que reflexiones si sigues encaprichado de esa joven, pero confío en que, cuando hayas visto lo que el mundo puede ofrecerte, te muestres más razonable.
Me levanté tan súbitamente que la silla salió despedida hacia atrás.
—Jamás: no pienso separarme de ella.
Me dirigí hacia la puerta, aunque las piernas apenas me sostenían. Su voz me acompañó hasta el pasillo:
—Harás ese viaje: si te niegas, no me quedará otra opción que cancelar el arriendo de su padre, así que tú decides.
Me fui corriendo a mi cuarto, consciente de que mi padre había cavado para mí un hoyo del que no había escapatoria posible. Sentí la rabia crecer incontrolable en mi interior y, entonces, un velo rojo cubrió el mundo. Cuando recobré el sentido, descubrí que los muebles de mi habitación estaban destrozados. Consternado y sin comprender, pestañeé ante aquella desolación: era como si estuviera siendo testigo de una obra de teatro en la que el telón acabara de alzarse después de que un percance hubiera impedido a los espectadores presenciar una escena entera, dejándolos sin el contexto necesario para comprender nada de lo que venía a continuación. La vergüenza me hizo agachar la cabeza. Me sangraban los nudillos y tenía los puños magullados y llenos de cardenales pero, de no ser por aquellas heridas en las manos, habría podido jurar que alguien había aprovechado la ocasión para causar aquellos destrozos mientras yo estaba desmayado.
Fue así como tomé conciencia de que la intensidad de aquel beso había entreabierto en mí una puerta tras la cual acechaba una enorme rabia contenida, preparada para liberarse de golpe cada vez que mi amor por Linnea Charlotta topara con algún obstáculo, presta a defender ese amor. Aquella rabia traía consigo una fuerza que nunca me había imaginado tener y, por desgracia para mí, no sería la última vez que saldría a la luz.
5
En cuanto me recuperé, me dirigí al bosque en busca de Linnea Charlotta, pero no la encontré en ninguno de los sitios de costumbre, así que ensillé un caballo y cabalgué hasta la granja de Eskil Colling, donde su padre me informó de que la había enviado a casa de unos familiares. Pude percibir su temor: aquel hombre veía en mí, un chico de apenas catorce años, al monstruo que amenazaba con reducir su futuro a cenizas. Comencé a deshacer el camino a lomos del caballo, con las manos vacías y lágrimas amargas corriendo por mis mejillas, pero un poco más adelante vi que la madre de Linnea me estaba esperando al borde del camino, allí donde terminaban los campos de cultivo y comenzaba el bosque. Se sentó en una piedra y me invitó a tomar asiento a su lado.
—Evidentemente, hace tiempo que me di cuenta de lo que ocurría entre mi Nea y tú. Ya entonces pensé que esto jamás podría terminar bien, pero no podía hacer nada: es una chica muy obstinada y sólo me quedaba cruzar los dedos para que la mecha de la pasión se apagara por sí sola. —Buscó mi mirada—. Durante mucho tiempo, me preocupó que ella no fuera más que un juguete para ti, una hija de campesinos con la que un señorito noble podía jugar.
—Nunca la he tocado. Quiero que se convierta en mi esposa, y me gustaría que nos diera su bendición.
Tardó en responder y, antes de hacerlo, tomó aire con fuerza y soltó un profundo suspiro.
—Ella también ha llorado, Erik. Ha llorado tanto que yo misma sentía que el corazón se me partía en mil pedazos. Cuando llegó la hora de partir, se aferró al marco de la puerta con tanta fuerza que ni siquiera un hombre adulto habría podido arrancarla de allí. Sé que tu padre te enviará lejos, pero si a él le hemos prometido que mantendríamos a Linnea Charlotta alejada de ti hasta que te fueras, a ti también puedo asegurarte algo que tal vez te sirva de consuelo: ella te estará esperando. Sé que permanecerá soltera hasta el día en que llegues a la mayoría de edad: no quiere ser de otro y nunca la hemos podido obligar a nada. El caso es que, si llegado el momento de tu regreso ambos seguís deseando ese matrimonio, contaréis con nuestra bendición.
Me abrazó y, después de despedirnos, volví a montar para regresar a la hacienda. Entonces me di la vuelta, espoleado por una idea que no quería dejar escapar.
—Si le escribo a Linnea y envío las cartas aquí, ¿se encargará de que le lleguen?
Ella titubeó un momento y finalmente asintió, yo volví a casa para escribir la primera de muchas cartas.
La fecha de mi partida se marcó para finales de octubre, lo cual me dio tiempo de sobra para hacer los preparativos necesarios. Fui a la biblioteca con la esperanza de encontrar algo sobre San Bartolomé: mi padre no tenía cabeza para la lectura, y los libros que había incorporado a las colecciones de sus antepasados eran pocos, pero tras una hora de búsqueda infructuosa me di por vencido y redirigí mis esperanzas hacia mi preceptor. Como de costumbre, Lundström estaba en su estancia, encorvado sobre un cabo de vela y un libro. Me lanzó aquella mirada de reproche tan frecuente desde que mis encuentros con Linnea habían empezado a hacer mella en mi educación, lo cual, por otro lado, había acabado pasándole factura. Hice un esfuerzo por mostrar mi arrepentimiento y hablamos escuetamente de la situación. Se relajó un poco. Huelga decir que los rumores de mi viaje habían corrido como la pólvora y él hizo lo que pudo para animarme, mostrándose además muy dispuesto a oír los detalles del encuentro con la madre de Linnea.
—¡Pues ya está, Erik! ¿Acaso podría haber algo mejor? Ella te espera sin compromiso por tu parte y, entretanto, a ti te irá bien vivir alguna que otra aventura: no conviene pasar de niño a hombre casado sin antes haber experimentado algo de lo que la vida tiene que ofrecer. De hecho, lo cierto es que me gustaría estar en tu piel: tanto Bengt Anders Euphrasén como Christopher Carlander han visitado ya San Bartolomé para recopilar ejemplares para sus investigaciones botánicas, y Samuel Fahlberg, que sigue allí, envía afanosamente sus hallazgos para beneplácito de la Academia, aunque sin duda queda muchísimo por descubrir todavía.
Cuando comencé a preguntarle más detalles, el gesto de su rostro pasó del entusiasmo infantil a la fruncida expresión del maestro, y comprendí que se estaba concentrando para recuperar de la memoria sus amplios conocimientos. Me contó que la colonia celebraba su décimo aniversario ese mismo año, después de que el difunto rey Gustavo, con gran perspicacia, les cambiara la isla a los franceses por una franquicia aduanera en el puerto de Gotemburgo: el mejor negocio que nadie podría imaginar. Era una isla entre tantas al otro lado del gran océano Atlántico, pero se decía que parecía un paraíso tropical salido de la pluma de Defoe, apropiado para producir cultivos que, si tuvieran que comprarse a otro productor, supondr
