Ninguna de nosotras tendrá compasión

Paz Castelló

Fragmento

Capítulo 1. Camila

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Camila

Alicante, marzo de 2012

El agua estaba caliente. Podía adivinarse por el vaho que había empañado el espejo del baño en pocos minutos. El cuerpo desnudo de Nora, sumergido hasta los pechos, parecía de porcelana. Sus pezones querían salir a flote y por momentos lo conseguían, para volver a bucear en paralelo, erizados y pétreos. La contemplé con fascinación, con la boca abierta de puro instinto, hasta que la lengua seca me obligó a tragar saliva. Nunca antes me había sentido atraída por una mujer, no de aquella forma al menos, ni siquiera en la imaginación de un deseo recóndito de esos que te hacen sudar en sueños. En aquel paseo por su cuerpo descubrí la mariposa que llevaba tatuada en el pubis y de la que me había hablado semanas atrás. Ella dejó escapar una sonrisa casi perversa y entreabrió las piernas ligeramente, consciente de que mi forma de mirarla era la respuesta esperada a su provocación. Entonces escribió mi nombre en su antebrazo arañando con la uña de su dedo índice, pintada de azul, a juego con su pelo.

—Camila —dijo casi jadeando—. Ca-mi-la... He pensado que quedaría precioso tatuado justo aquí, ¿no te parece? Me gusta tu nombre casi tanto como me gustas tú.

—Sin embargo, yo siempre lo he odiado —repuse sin saber muy bien cómo reaccionar—. Me lo pusieron por Camila O’Gorman. —Nora frunció el ceño confundida—. Es una vieja y triste historia. Algún día te la contaré.

—Báñate conmigo y cuéntamela ahora mientras te cepillo el pelo.

Me pareció la propuesta más sensual que me habían hecho nunca y solo imaginarlo me excitó. Pude sentir una humedad cálida y repentina invadir mi sexo y me sonrojé temiendo que ella pudiera adivinarlo. Estoy segura de que supo lo que estaba sintiendo, porque soltó una carcajada.

—Te burlas de mí, Nora —le reproché—. Me siento ridícula. Tú, tan... joven y tan segura de ti misma. Parece que siempre sabes lo que quieres y vas a por ello. Y yo, con veinte años más que tú, no sé ni qué pensar, ni qué sentir, ni qué hacer... Tengo la sensación de que estás jugando conmigo.

Nora dulcificó el rostro. Se incorporó y se puso en pie, provocando un pequeño tsunami en el agua de la bañera. Las llamas de las velas con aroma a vainilla que había colocado sobre el lavabo se contornearon como si bailaran la danza del vientre frente a nosotras. Entonces, con un gesto de la mano me pidió que me acercara. Obedecí sin rechistar, secuestrada por un deseo tan profundo como novedoso para mí. La respiración se me aceleró y pude sentir mis pechos turgentes debajo de la ropa ansiar que ella los acariciara.

—No te preocupes... —susurró a un centímetro de mi boca—, no tengas miedo. Nada de lo que hagas hará daño a nadie. Esto solo nos importa a ti y a mí. El mundo es egoísta, Camila. Lo que haya entre nosotras será nuestro y de nadie más. Solo tú y yo decidiremos qué queremos que pase. ¿Por qué te sientes culpable? ¿Qué más da los años que tengas? ¿Qué más da los que tenga yo? Solo son números. Y sí, soy una mujer y tú también lo eres, pero ¿de verdad importa eso? Yo creo que solo importa la felicidad. Mereces ser feliz, ¿no crees?

Esquivé su mirada, cargada de obscenas verdades, y me topé con la mía en el espejo, rebosante de toda una vida de mentiras. Ella me cogió la barbilla con suavidad y volvió a colocar sus labios frente a los míos. De pronto me besó con una lascivia desconocida. Cerré los ojos y me alimenté de su lengua durante unos minutos. Sabía dulce. Apenas supe cómo acompasar mi respiración a su boca y a los latidos de mi corazón, que palpitaba desbocado.

—Te deseo, Camila, ¿de verdad no me deseas tú a mí?

Aún no estaba preparada para decirle que sí, aunque todo mi cuerpo fuera una afirmación rotunda e incontestable. Así que no dije nada. No verbalicé lo que estaba sintiendo, por miedo a que salieran por mi boca palabras sin retorno, temerosa de una situación de la que quería huir y que al mismo tiempo me atraía como un imán.

Sin salir de la bañera, Camila comenzó a desnudarme. Empezó a desabrocharme la blusa con la cadencia de un deseo contenido en cada botón. Yo simplemente me dejé hacer mientras contemplaba su belleza. Estaba claro que ella tenía todo el control de la situación. Cuando terminó, dejó caer la blusa al suelo. Luego me ordenó con dulzura que me quitara los pantalones, los zapatos y los calcetines, y yo obedecí de nuevo. Después jugó con los tirantes de mi sujetador y dibujó su contorno en mi piel con la uña pintada de color azul. Sentí una bocanada de calor que nacía en lo más profundo de mi vientre. Fui yo la que decidió entonces dejar mis pechos desnudos y ligeramente lánguidos frente a los suyos, tersos y firmes. Ella me atrajo hacia su cuerpo y me invitó a meterme en la bañera vestida tan solo con mis bragas.

—Me gustas —sentenció.

Sé que lo dijo porque adivinó que me sentía vulnerable, desnuda e inexperta frente a la perfección de su cuerpo joven, que parecía esculpido por un artista, pero a mí me gustó escucharlo.

De pie, el agua nos llegaba por la pantorrilla. Conservaba una temperatura agradable. El aroma a vainilla de las velas había invadido el baño. La luz de la luna, casi llena, se colaba por la pequeña ventana y a lo lejos escuchamos pasar el tren de las diez de la noche con destino a Madrid.

—Date la vuelta —me dijo mientras me giraba hasta colocarme dándole la espalda—. Mírate. —El espejo de pared que teníamos enfrente reflejaba mi cuerpo y adivinaba el contorno del de Nora detrás de mí. Aún conservaba algo de vaho, y la tenue luz de las velas en complicidad con la de la luna suavizaba cualquier defecto. Me gustó verme.

—No dejes de mirarte —me ordenó al oído.

Nora diseminó un puñado de besos en mi espalda. Algunos solo fueron leves caricias de sus labios; otros, húmedos círculos dibujados con su lengua y los menos, pequeños bocados con la intensidad suficiente como para rozar la frontera entre el dolor y el placer. Todos me hicieron estremecer con la misma intensidad. Me dolían los pezones de tan endurecidos como estaban y hasta el espejo parecía estar excitado. Cuando llegó a las caderas, deslizó su mano derecha por mi vientre presionando sus pechos contra mi espalda. Serpenteó hasta esconderla, muy despacio, debajo de mis bragas. Entonces abrí las piernas, dándole permiso a que me explorara e hiciera conmigo lo que quisiera. Se me escapó un gemido que hizo equilibrios con su respiración jadeante pegada a mi oreja, componiendo una melodía de placer absoluto.

—Arrodíllate, estarás más cómoda —dijo.

Ambas lo hicimos. El agua caliente me empapó las bragas y Nora continuó jugando con mi clítoris con habilidad. Ella jadeaba cada vez con mayor intensidad y escuchar su placer intensificaba el mío sobremanera. La escena era un lienzo en movimiento dentro del marco del espejo. Dos cuerpos lujuriosos mezclados bajo la luz de las velas. Una sinfonía erótica cantada a capela. Quise girarme para besarla, pero no me dejó. Me agarró los pechos con la mano izquierda con avidez en un intento egoísta de abarcarlos ambos a la vez mientras continuaba masturbándome con la derecha, rítmicamente, hasta que perdí el control del tiempo y de mí misma y el placer más absoluto me poseyó por completo.

—Camila... Me gusta tu nombre tanto como me gustas tú.

Nos dejamos vencer y sumergimos nuestros cuerpos retorcidos en el agua, provocando que se desbordara. Aquel día no le conté por qué me llamaba Camila.

Capítulo 2

2

Alicante, octubre de 2011

Camila Abellán era ese tipo de mujer que no sabe lo fuerte que es. Que no grita cuando siente rabia. Que ahoga las lágrimas en la almohada cuando algo le duele para que no la escuchen llorar. Que mantiene largas conversaciones con el silencio. Que siempre quiere a alguien mucho más de lo que se quiere a sí misma y que, a pesar de todo, siempre piensa que puede querer más o mejor o de otra forma. Las hay a millones por todo el mundo; en todos los países, de todas las razas, de todas las edades. Las mujeres como Camila desconocen que tienen alas y si lo averiguan un día por casualidad, apenas intuyen que sirven para volar. No echan en falta algo que nunca tuvieron. ¿Acaso ansía un pájaro la libertad si nació en una jaula? La mayoría de ellas no tienen miedo, porque vivieron siempre al resguardo de cualquier peligro, pero tampoco tienen hambre de una vida distinta, porque su cárcel siempre ha sido su hogar, sin que ni siquiera se dieran cuenta. A las mujeres como Camila la vida suele darles una segunda oportunidad para empezar de nuevo. Un día, la puerta de la jaula se abre y las mujeres como Camila se enfrentan a un dilema: salir o quedarse dentro.

Era martes por la mañana. Para ser octubre, hacía un día precioso. Las agradables temperaturas de la primavera estaban perezosas y parecían sentirse cómodas instaladas en el otoño, como si quisieran quedarse. La gente iba y venía por las calles de Alicante, con las chaquetas en los brazos, y las terrazas de las cafeterías estaban repletas de clientes que estiraban el cuello y entornaban los ojos para atrapar el placer de un rayo de sol mezclado con el aroma de un café recién hecho. Pero aquella mañana Camila no se encontraba bien. Se había ausentado del trabajo para ir a la farmacia en busca de algún medicamento antitérmico. Sentía escalofríos e intuía que tenía unas décimas de fiebre.

—Deberías irte a casa y meterte en la cama —le recomendó la farmacéutica, una vieja amiga, mientras le envolvía una caja de paracetamol con codeína—. Tómate algo caliente y una de estas cada ocho horas. Las altas temperaturas en esta época del año no pueden traer nada bueno. Un catarro como el que has pillado hay que curarlo bien. De un tiempo a esta parte, siempre pasa lo mismo. Mañana o pasado bajarán los termómetros de golpe y se colapsarán las urgencias de los hospitales. Y, como todos los años, tendremos una epidemia. Esta ciudad no se lleva bien con los cambios de temperatura.

—Anda, no seas dramática. La culpa la tiene el cambio climático —bromeó Camila, que conocía la obsesión ecologista de la farmacéutica.

—Pues no dices ninguna tontería. Que nos estamos cargando el planeta —protestó dejando caer sobre el pecho las gafas de cerca, que se quedaron colgando de una cadena de color rosa—. Te prometo una cosa. En cuanto me jubile, me marcho a vivir con los walibri.

—¿Son familia tuya? —preguntó Camila ofreciéndole un billete de diez euros.

—¡No digas tonterías! Son una tribu australiana. —Camila soltó una carcajada a la que le siguió un ataque de tos que por poco la ahoga—. Los indígenas sí que saben de la vida. Sin estrés, sin reloj, sin contaminación y todo el día como Dios los trajo al mundo. Y luego nos llamamos a nosotros mismos seres civilizados. ¿Sabías que los hombres walibri, en lugar de darse la mano para saludarse, se aprietan el pene?

—No lo dirás en serio.

—Algunos, que no saben qué inventar con tal de estar todo el día tocándosela —bromeó bajando la voz. Camila volvió a reír—. Supongo que los hombres son hombres en todas partes —suspiró—. En fin, que el universo es muy grande, Camila. Y nosotros aquí, creyéndonos el ombligo del mundo. —La caja registradora emitió un sonido metálico—. Toma tu cambio. Y lo dicho, vete a casa y cuídate, cariño.

Decidió hacerle caso. Pensó que le vendría bien descansar y hacerse un ovillo durante un rato. Le dolía el cuerpo. Miró el reloj. Eran las doce del mediodía y Fausto no llegaría a casa hasta por lo menos las tres de la tarde. Eso si no llamaba en el último momento para avisarla de que le había surgido una comida de empresa para cerrar algún negocio de no sé qué cuenta de resultados de vital importancia. Ocurría a menudo, últimamente de manera más frecuente.

De camino a casa, le dio por pensar en Fausto, su marido. En ella. En los dos. En ese todo que en realidad nunca había dejado de ser uno más uno. Dos piezas de un mismo puzle, pero una de cada esquina. Hacía un mes que habían cumplido veinte años de matrimonio y tenían una hija en común. Un frío balance. Una cuenta de resultados. Le hubiera gustado sentir la necesidad de mandarle un mensaje o incluso de llamarlo por teléfono para contarle que había enfermado un poco y se había marchado del trabajo. Le hubiera gustado tener la certeza de que, si esa llamada se produjera, Fausto respondería como un esposo cariñoso, atento y detallista. Imaginó la escena. Ella en el sofá, envuelta en una manta, despeinada y con los ojos cristalinos por la fiebre, y Fausto en la cocina, preparándole un té verde con limón, en taza grande, como a ella le gustaba tomarlo. Incluso reprodujo en su cabeza la conversación.

—Te he traído una sorpresa, amor —diría él, aunque nunca la llamaba así—. Al venir, he pasado por delante de esa pastelería que tanto te gusta y te he comprado una de esas milhojas de crema que te vuelven loca.

Entonces Fausto le mostraría un pequeño paquete de pastelería con un hilo rojo enlazado en la parte superior que tendría escondido tras su espalda. Camila podía oler en su imaginación la canela espolvoreada en el hojaldre y sentir en sus labios el crujido de las mil hojas. Se pasó la lengua por los labios.

—Pero si la pastelería no te pilla de camino, está en la otra punta de la ciudad —contestaría ella.

—Iría al fin del mundo si fuera preciso con tal de hacerte feliz.

Imaginó que luego él la rodearía con sus brazos, todavía hecha un ovillo entre la manta, y allí mismo, en el sofá, juntos, verían cualquier serie de televisión hasta que a ella la venciera el sueño. Era pueril, lo sabía, propio de un amor adolescente, pero le hubiera encantado que algo así hubiera ocurrido al menos una vez en su vida.

—Camila, que ya eres una mujer madura —se reprochó en voz alta.

Entonces se acordó de Francesca, la protagonista de la novela Los puentes de Madison, de Robert James Waller, y quiso ser ella. Quiso serlo la primera vez que leyó el libro y todas las veces que había visto la película. Envidió a Meryl Streep por haberle robado ese personaje con el que tan identificada se sentía y, al mismo tiempo, no pudo evitar una punzada de culpa en la boca del estómago por no saber querer a Fausto tal y como era.

«Esas cosas solo pasan en las películas —se dijo a sí misma—, o en las novelas. La vida es otra cosa, Camila.» Y mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta de su casa, recitó en voz alta un pasaje del libro que se sabía de memoria.

—«Francesca, ¿crees que lo que nos ha pasado le pasa a cualquiera, lo que sentimos el uno por el otro? Ahora puede decirse que no somos dos personas, sino una sola. Y algunas personas se pasan la vida buscando eso sin encontrarlo, otras ni siquiera creen que exista» —dijo mientras dejaba las llaves sobre la bandeja del recibidor y colgaba el bolso y el abrigo en el perchero.

Un ruido extraño la sacó de su ensoñación febril. Camila se alarmó. A esas horas no había nadie en casa. Presa del pánico, solo se le ocurrió coger un paraguas con punta metálica que siempre había en el paragüero, detrás de la puerta. Agudizó el oído y avanzó sigilosamente por el pasillo. Entonces escuchó música. Venía de su dormitorio. La identificó de inmediato: era una pieza de Mozart, el compositor preferido de Fausto, Las bodas de Fígaro. «Los ladrones no se ponen banda sonora de Mozart para robar», dijo para sí. Sonrió. Se sintió ridícula y divertida al verse dispuesta a atacar con un paraguas. Miró el reloj. Eran casi las doce y media de la mañana. Aunque no era lo habitual, supuso que, por alguna razón, Fausto había vuelto a casa a una hora un tanto extraña.

Entreabrió la puerta con cuidado, pensando en sorprenderlo, y descubrió que Fausto no estaba solo. Las caderas de una joven morena de cabello largo cabalgaban a horcajadas sobre el cuerpo de su marido. Se entretenía con un movimiento cadencioso, dibujando líneas curvas de una simetría casi perfecta, mientras la melena le acariciaba la cintura como si fuera la punta de un pincel sobre un lienzo. Ella le daba la espalda a la puerta y él había abandonado la mirada en un lugar impreciso del techo. Los violines de la sinfonía de Mozart ahogaban los jadeos de ambos. El cabecero de la cama de matrimonio emitía una percusión acompasada contra la pared. Camila quiso que la ira se apoderara de ella, pero no fue así. Por alguna razón, supo que sobraba, que era el elemento discordante de aquella escena. Sintió un vacío inmenso. Ni dolor, ni rabia, ni tristeza. La profunda decepción que habitaba en ella como un parásito afloró a la superficie tras años de encierro y le cortó la respiración porque ya estaba podrida. Entonces, cerró con cuidado la puerta, sin que ninguno de los dos se percatara de su presencia, y, casi a hurtadillas en su propia casa, huyó del lugar deseando poder desaparecer, dejar de existir, y apretando muy fuerte los párpados para que ni una sola lágrima se le escapara. Abrió la puerta de su hogar como el pájaro que un día aprende a abrir la de su jaula, preguntándose si era justo que la libertad doliera tanto y diera tanto miedo y sin comprender por qué tragar verdades tenía que ser como tragar cristales. Camila cogió entonces una bocanada de aire como si fuera la primera vez que respiraba en su vida, como si estuviera recién parida. Le quemó los pulmones, pero no gritó. Porque Camila era de ese tipo de mujeres que no saben lo fuertes que son y que siempre quieren a otra persona más que a sí mismas.

Capítulo 3. Nora

3

Nora

Lugones, diez años antes

No quería quedar con nadie; de hecho, llevaba casi tres meses sin apenas salir de casa, desde aquel fatídico día en el que todo pasó, pero mi madre había insistido tanto que pensé que era mejor hacer una escapada que presenciar una escenita de las suyas en plan dramática. No la hubiera podido soportar. Pasara lo que pasara, mi madre siempre aseguraba que lo suyo era peor y, por supuesto, mucho más grave. Se hubiera podido ganar la vida como actriz de telenovelas. Tan sufridora, tan entregada a su hija y a su madre, tan víctima de la vida que le había tocado en suerte que solo le faltaba el acento venezolano para aparecer en un serial.

Me había preguntado mil veces qué me pasaba, que por qué no salía de mi cuarto, que por qué apenas comía. Me repetía una y otra vez que me estaba quedando en los huesos, que si era anoréxica o si me metía los dedos para vomitar, pues había escuchado que muchas adolescentes lo hacían. El día que más pesada se puso fue uno de principios de septiembre, creo, no estoy segura, últimamente pierdo un poco la noción del tiempo. Cogí las tijeras del costurero de la abuela, que se entretenía haciendo punto de cruz y dejando pasar las horas muertas en el sofá mientras en la tele hablaban de los famosos, y me corté a trasquilones mi bonita melena castaña. Y eso que ella no sabía que de vez en cuando me quemaba con un cigarro. No me había visto las marcas porque lo hago en la planta de los pies. Duele más porque la piel es muy fina, pero es más discreto. Tampoco sabía que había empezado a fumar, así que mejor que no saliera mucho de casa porque aprovechaba para comprar tabaco que luego me fumaba a escondidas en el váter. Por eso escuchaba tanto el sonido de la cisterna y creía que vomitaba. Cuando se ponía en plan coñazo, me daban ganas de decírselo. A veces, venía a mi cuarto, se sentaba en mi cama y me obligaba a quitarme los auriculares. Entonces me miraba fijamente, como si se le fuera la vida por los ojos, me cogía la mano, cosa que no soporto, no quiero que me toque, y me decía que era mi madre y que yo era lo que más quería en el mundo. No la creo. Mi madre no podría querer a nadie más que a sí misma, ni sentir compasión por otro ser vivo que no sea ella. Me pide que le cuente lo que sea que me pase, que confíe en ella, que me ayudará en todo y que juntas lo superaremos. Yo la miro y no pronuncio palabra. Eso la pone enferma, así que me suelta la mano con brusquedad. La frustro, y encuentro cierto placer en castigarla. Es una mentirosa. Está lista si piensa que le voy a contar lo que me pasó. Ni a ella ni a ninguna otra persona, pero menos a ella. Es asunto mío. Jamás se lo contaré a nadie.

—¡Buh! —me asustó Xulio acercándose por detrás. Lo esperaba en una cafetería de la avenida de Oviedo, tomando un refresco.

—Eres un capullo —le espeté. Él soltó una carcajada y se acomodó en una de las sillas metálicas que rodeaban la mesa del bar produciendo un estruendo que compitió en potencia con el volumen del televisor.

—¿Qué mierda te has hecho en el pelo? Joder, estás horrible. Pareces la Sinéad O’Connor esa, que está flipada de la vida.

—Definitivamente, eres gilipollas —le reproché echando mano al paquete de tabaco que llevaba en mi mochila y buscando un mechero que debía de estar en alguno de los bolsillos de mis pantalones.

El tipo del bar me dedicó una mirada de desaprobación e hizo un gesto negativo con el dedo justo cuando acababa de abrir la cajetilla. Así que me fumé las ganas de un pitillo liadas con la frustración y le di un sorbo al refresco para tragármelas.

—¿Me vas a contar qué está pasando? Tienes a tu madre de los nervios. ¡Hasta ha llamado a la mía para preguntar si yo sabía algo! Y por ahí sí que no paso. Es chungo cuando la cosa se pone en plan madres, tú me entiendes. Y ahora te veo con esos pelos, que parece que has salido de un psiquiátrico o, peor aún, que tienes piojos y te has rapado la perola...

—Solo es un cambio de imagen —dije mientras me pasaba la mano por la cabeza y podía sentir el tacto pinchudo de mi cabello. —¿Puedo cortarme el pelo como me salga de los ovarios o también tengo que pedirle permiso al mundo?

—¡Vale, vale, vale! Tus ovarios mandan —dijo mostrándome las palmas de las manos en señal de rendición—. Si no quieres contármelo, no me lo cuentes. Lo pillo. Pero que sepas que ya eres la comidilla de Lugones. Lo digo por tu bien, porque aquí, cuando te cuelgan un sambenito, ya no te lo quitas en la vida; y tú y yo ya somos muy conocidos en este pueblo. Además, no ayuda mucho que tu madre sea una cotilla y vaya por todas partes diciendo que su hija está rarísima, que algo le pasa y que no puede con el sufrimiento que le provocas. Parece una actriz de culebrones. —Sonreí.

Interrumpió la disertación el tipo del bar que se acercó a la mesa con un palillo en la comisura del labio que movía con cierta gracia, como si tuviera vida propia. Levantó las cejas para preguntar sin pronunciar palabra, mirando fijamente a Xulio y este respondió.

—Lo mismo que la señorita de la melena, por favor.

Xulio y yo éramos amigos desde siempre. Habíamos ido juntos a la guardería. Recuerdo que mi abuela siempre contaba que Xulio me había dado un mordisco cuando teníamos dos años, que me había dejado la marca de su dentadura en el moflete durante dos semanas. Yo no lo recuerdo, pero ella contaba también que yo había respondido con un empujón que lo había hecho caer de espaldas y golpearse en la cabeza con el pico de una mesa. Creo que aquello nos unió. A menudo me mostraba la pequeña calva provocada por la cicatriz y me echaba en cara, bromeando, que había querido matarlo. Más tarde, compartimos clase en el colegio y en el instituto se convirtió en mi mejor amigo. Yo era la única persona de Lugones que sabía que Xulio era gay. Cuando salía de fiesta, lo hacía siempre por Oviedo, a cinco kilómetros del pueblo, buscando el anonimato que ofrece una gran ciudad. A nuestros quince años, los secretos pesaban tanto y nos parecían tan grandes que casi era una necesidad tener a alguien con quien compartirlos. Xulio siempre decía que a los dieciocho se marcharía a estudiar a Madrid y que allí se reinventaría y sería quien quisiera ser, no la persona que todos decían que era.

Conocer su confidencia me hacía sentirme en deuda con él. Tal vez debía contarle mi secreto, pensé, pero puse en una balanza los dos y, en un segundo, decidí que el mío era inmensamente más pesado que el suyo, más tremendo, más dañino, mucho más cruel y que, por lo tanto, me concedería el derecho a guardármelo dentro. ¿Me convertía esa decisión en alguien egoísta? Pero ¿y si se lo contaba y Xulio no lo entendía? Es más, ¿y si le hacía partícipe de algo que podía comprometerlo? Cada pregunta que me formulaba traía un nuevo interrogante a mi cabeza y no era capaz de encontrar las respuestas, así que, después de que el tipo del bar le sirviera con desgana el refresco a Xulio, solo atiné a dejar escapar una pregunta en voz alta que lo dejó perplejo.

—¿Alguna vez has pensado en matar a alguien?

Capítulo 4

4

Alicante, octubre de 2011

Cuando dormía, Virgilio Bosko, soñaba a menudo con la Polonia natal de su padre, donde había pasado algún verano cuando era pequeño. Hijo de uno de los niños polacos que la Barcelona de finales de los años cuarenta acogió para su amparo por ser la descendencia de un prisionero de la Alemania de la II Guerra Mundial, su padre se casó, años más tarde, con una joven enfermera catalana, voluntaria en la Cruz Roja. Virgilio Bosko fue el único fruto de aquella relación, un niño mitad polaco, mitad español criado bajo la especial tutela de su abuelo paterno, de quien heredó no solo el nombre, sino también su pasión por la literatura.

Pero aquella noche Virgilio no soñó con Polonia, sino que volvió a tener ese sueño recurrente que, de manera intermitente, lo asaltaba muchas de las noches de los últimos cinco años. Arropado por un viejo saco de dormir que le habían regalado un día gélido los de Servicios Sociales, los cartones que habían sido el embalaje de un frigorífico no frost le hacían las veces de cama en el cajero del barrio de San Blas, en Alicante.

Por alguna extraña razón, ese sueño se había instalado en su cabeza de manera obsesiva. Después de echar el pestillo de la sucursal bancaria y colocar sus escasas pertenencias en un rincón, a Virgilio solo le quedaba esperar que la noche fuera tranquila y nadie lo molestara. Se había acostumbrado al sonido del tráfico en la avenida principal, al del camión de la basura, que emitía unos pitidos estridentes cada vez que descargaba un contenedor, a las voces de algún borracho que la soledad desperdigaba de vez en cuando por la ciudad y, lo más difícil de todo, a dormir con la luz del cajero encendida. La rutina le hacía bien, pero no siempre la encontraba como compañera de sus noches. Había gente a la que le incomodaba no poder abrir la puerta cuando pretendía utilizar el cajero. Algunos se enfurecían y golpeaban con fuerza el cristal, lo que provocaba en Virgilio un estado de nerviosismo que le impedía volver a conciliar el sueño. Hacía tiempo que se cerraba por dentro, desde que, tres años atrás, un grupo de adolescentes le mearan encima y mataran a golpes, ante su mirada horrorizada, a un cachorro de gato que Virgilio había rescatado de una camada parida en un solar en construcción. Otras veces, la policía pasaba por allí e intentaba convencerlo para que fuera al albergue, especialmente las noches de más frío, pero la ley no escrita de la calle, la que había aprendido rápidamente por puro instinto de supervivencia, decía que si abandonaba aquel improvisado dormitorio, otro en su misma situación lo ocuparía y él perdería todos los derechos adquiridos. Era entonces, cuando su rutina se veía interrumpida por algún sobresalto, cuando sus sueños se tornaban inquietantes y volvía ese sueño tan extraño que se repetía una y otra vez. Soñar era para él como volver a vivirlo y, al despertar, lejos de sentir cierto confort por aquel paréntesis en el que había vuelto a ser el mismo de su vida pasada, se mostraba perturbado y con una angustia alojada en la boca del estómago.

Podía recordar cada detalle del sueño a la perfección. Aparecía más joven, una década más o menos, bien vestido, con chaleco de punto color granate, americana marrón con coderas y pantalones de pinzas, y el cabello peinado con esmero con raya a un lado. Incluso podía oler el perfume a maderas nobles, profundo e intenso, que utilizaba entonces, cuando era el profesor Bosko y entraba, con un puñado de libros y apuntes abrazados a su pecho, en una de las aulas de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Admirado por la belleza de la arquitectura neogótica de la sala, Virgilio interrumpía unos segundos el paso para dedicarle una mirada de fascinación mientras el murmullo generalizado atenuaba su volumen al verlo entrar por la puerta del aula. Sus alumnos enmudecían y se colocaban en sus asientos, expectantes y ávidos de recibir la clase magistral del excéntrico profesor polaco de literatura, del que decían que no estaba bien de la cabeza.

Luego, en su sueño, el profesor Bosko hablaba de su compatriota, el Premio Nobel de Literatura Czeslaw Milosz, y disertaba sobre su obra El pensamiento cautivo, en la que se había especializado.

Aquel día despertó justo en ese punto, en mitad de la lectura entusiasmada y en voz alta del prólogo de la obra, que firmaba Karl Jaspers, sosteniendo con una mano el libro y alborotando el aire con la otra para darle el énfasis preciso.

—«Este libro cuestiona al hombre moderno, quien, al encontrarse vacío, suele precipitarse a una fe cuyas consecuencias son el terror en el que la destrucción escapa al control del derecho —leía con vehemencia— y esa esclavitud en la que el espíritu ya no es más que un simple instrumento.»

Abrió los ojos. Lo hizo sobresaltado, con palpitaciones en el pecho y sudoroso. De reojo, pudo verse reflejado en el cristal de la sucursal, donde lucía la fotografía de un hombre mayor que él, canoso y de aspecto saludable, forzadamente jovial, que sonreía por haber contratado un plan de pensiones, justo al lado de la publicidad de las hipotecas de interés fijo. Por alguna razón, ese sueño que se repetía una y otra vez se vio interrumpido en aquella ocasión.

Apenas había amanecido. Calculó que debían de ser cerca de las siete de la mañana. Los primeros vehículos empezaban a colapsar la avenida. Una espesa niebla le daba a la calle cierto aspecto londinense. La gente se dirigía al trabajo y la sucursal bancaria pronto abriría al público, así que se recompuso un poco, plegó con sumo cuidado el cartón del embalaje de la nevera y lo metió, junto con el saco de dormir, en una bolsa grande de supermercado. Le dolían los huesos, pero no se prestó atención. La humedad le había entumecido las articulaciones, pero de eso hacía tanto tiempo que ya ni recordaba cuándo había sido la primera vez que había sentido crujir todo su cuerpo. Suspiró profundamente y se pasó la mano por la barba para comprobar que necesitaba un buen afeitado. Decidió que ya tocaba pasar por el albergue para asearse un poco. Lo hacía de vez en cuando, normalmente una vez por semana, pero en invierno espaciaba más las visitas porque no le gustaba aquel lugar en el que pretendían cambiar su forma de vida.

Con sus pertenencias a cuestas, Virgilio hizo lo que hacía todos los días durante los últimos cinco años: caminar hasta la casa de Camila Abellán para observarla desde lejos sin ser visto; aunque, en realidad, a Virgilio, pasar desapercibido le resultaba más sencillo de lo que pudiera parecer. Hacía mucho tiempo que se había convertido en alguien invisible para la mayoría de las personas y, si tenía que elegir, prefería la indiferencia al rechazo. Pero en aquel barrio de gente pudiente, de casas unifamiliares con porche y garaje individual en el que vivía Camila, un vagabundo de aspecto descuidado y ropa vieja llamaba demasiado la atención. Por eso, escondido detrás de un seto que bordeaba la calle, frente a la casa que Camila compartía con su marido, el empresario Fausto Balaguer, Virgilio aguardaba cada mañana a que la bibliotecaria saliera camino del trabajo para acompañarla, en la distancia, durante las doce manzanas que Camila recorría a pie hasta la biblioteca. Observando sus andares, cada gesto, cada sencillo movimiento, cómo bostezaba o simplemente cómo se anudaba un pañuelo al cuello los días de frío, Virgilio intentaba atrapar, como un sabueso, el olor a limpio que ella desprendía. Mientras, para sí y en voz baja, recitaba un poema de Jaime Sabines, como un loco a quien nadie escucha.

Amor mío, mi amor, amor hallado

de pronto en la ostra de la muerte.

Quiero comer contigo, estar, amar contigo,

quiero tocarte, verte.

Capítulo 5. Camila

5

Camila

Alicante, enero de 2012

No me importó trabajar aquel día del año; al fin y al cabo, para mí era como otro cualquiera. La calle estaba distinta, lucía un aspecto desangelado, de abandono. De camino al trabajo tuve que esquivar un vómito reciente que había invadido la acera. En algunos balcones aún estaban encendidos los adornos navideños, olvidados, haciendo guiños inútiles como un viejo desdentado a su ligue de pago, de madrugada, en la barra de un bar. En la basura se amontonaban las ruinas de un fin de año resumido en un puñado de botellas vacías tiradas al lado del contenedor de vidrio, que no daba abasto para el reciclaje de tanto alcohol. Una pareja que había alargado la fiesta volvía a casa con los zapatos en la mano. Él llevaba la pajarita deshecha y ella restos de maquillaje que le daban un aspecto grotesco. Parecían salidos de una película de zombis de bajo presupuesto.

Pude percibir el silencio de la biblioteca incluso antes de abrir las puertas. Me era tan familiar como una mascota que te aguarda cada día, en el mismo sitio y a la misma hora. Siempre me esperaba, casi podía olerlo. Aquel día, la biblioteca estaba más silenciosa de lo habitual. Es increíble cómo, en ocasiones, el silencio puede resultar ensordecedor. De eso sabemos mucho los bibliotecarios. Cuando solo hay silencio, no te queda más remedio que escucharte, pero en aquel momento de mi vida yo no era precisamente la persona más adecuada para darme conversación, así que me ignoré una vez más.

El sonido metálico de la cancela chirrió como un lamento cuando, tras dos vueltas de llave, tiré de ella para recogerla. «A ver si me acuerdo de engrasarla», pensé. De esas cosas domésticas solía encargarse Jon, mi compañero, pero estaba disfrutando de unas vacaciones con su mujer y sus pequeños gemelos en algún lugar acogedor de las cálidas islas Canarias.

—¿No te importa que me coja unos días para irme con la familia, verdad? —me dijo—. Necesito desconectar. ¿Irás a algún sitio estas fiestas?

—No te preocupes. Vete y pásalo bien —repuse ahuyentando cualquier expectativa con un gesto impreciso de la mano para parecer despreocupada. La palabra «familia» me había pesado como una losa—. Estoy liada con la mudanza. Se me había olvidado lo estresante que resulta cambiarse de casa y lo difícil que es meter toda una vida en unas cuantas cajas.

—Seguro que mucho menos que entretener a dos pequeñajos de dieciocho meses. Mily y yo estamos de los nervios. Creo que una noche de estas los dejamos en la puerta de un convento —bromeó—. Nos dan ganas de hacerlo a diario, te lo prometo, pero luego los miramos y son tan guapos...

Asentí. Para qué discutirle. No iba a ser yo quien le desvelara el secreto de la humanidad: que aquellas adorables criaturas crecerían demasiado rápido y se convertirían, un día cualquiera, en unos absolutos desconocidos. Sentí cierta ternura por él. Jon era un buen tipo, algo bobalicón y estereotipado, pero un excelente compañero, de los que te cubren cuando metes la pata, se desvían de su camino para acompañarte hasta el coche cuando ha oscurecido y traen dulces para compartir todos los días. Pero no se manejaba bien con los sentimientos, al menos no con los míos en aquel momento. Desde que había empezado mi proceso de separación, sus inoportunas conversaciones susurradas en la biblioteca siempre versaban sobre su bonita familia perfecta, con los gemelos y el perro de nueva adquisición. Una postal para ilustrar la portada de la revista People del mes de diciembre, con un enorme árbol de Navidad con decenas de bolas plateadas; si no fuera por Emily, su pecosa esposa de origen germano, que parecía hija biológica de un cuadro de Dalí.

Pensar en sus palabras me entristeció. Me invadió la nostalgia. Desde que mi hija Martina había cumplido los catorce años, la Navidad no había vuelto a ser lo mismo para mí, ni siquiera algo parecido. Ahora, con diecinueve, era una brillante estudiante de Economía en la prestigiosa Universidad de Columbia y vivía en Nueva York. Se había convertido en una chica cosmopolita y sofisticada, nacida para tener todo el éxito que el dinero de papá pudiera comprarle. Una joven que nada tenía en común con su madre, es decir, yo, una sencilla bibliotecaria que se había conformado con trabajar en la biblioteca de un barrio a las afueras de la ciudad. Ella adoraba a su padre, lo idolatraba, casi me atrevería a decir que sentía absoluta veneración por él. Separarme de Fausto había supuesto una afrenta para Martina, una declaración de guerra en toda regla, y en aquella batalla que nunca había pretendido ni buscado, yo estaba en el bando enemigo, en el lado de los fracasados, frente al éxito deslumbrante de padre e hija.

Sin embargo, en aquel momento en el que me sentía como una vieja planta a la que han arrancado de la tierra para plantarla en una maceta, que intentaba echar raíces, añoraba aquella vida, aquellas Navidades, ir a comprar regalos para envolverlos de ilusión, decorar la casa como cuando Martina era niña y dedicar las tardes de frío a hacer manualidades juntas, con mucha purpurina dorada que permanecía durante meses por toda la casa. Por echar, hasta echaba de menos creerme las palabras de Fausto, mi exmarido, cada vez que alzaba la copa de cava después de darle unos golpecitos al cristal con un cubierto para captar nuestra atención, una Nochebuena tras otra, para brindar «por nuestra familia perfecta». A veces me pregunto si es posible añorar una mentira. Siempre he creído que no, pero empezaba a dudarlo después de descubrir que, demasiado a menudo, la verdad es la semilla de la soledad.

Tenía las manos acartonadas por el frío. Lo primero que hice fue encender la calefacción y enchufar la cafetera que Jon y yo habíamos instalado en un rincón del cuarto de los trastos improvisando una diminuta cocina. El olor a libro mezclado con el aroma del café era uno de mis preferidos.

Nadie esperaba para entrar. Solía ocurrir con frecuencia en mi pequeña biblioteca de barrio, y muy especialmente el primer día laborable del año. Los estudiantes disfrutaban de sus vacaciones y para los jubilados que venían a leer la prensa cada día todavía era demasiado temprano. Pero, como siempre, preparé dos tazas de café. Una para mí y otra para el Catedrático. Al igual que el silencio, él también formaba parte de la biblioteca. Y como cada día, puntual a su cita, siguiendo el rastro del olor de un café humeante recién hecho como un sabueso, entró por la puerta.

—Buenos días, te estaba esperando —le dije ofreciéndole el café que abrazó de inmediato con ambas manos—. Feliz año nuevo, Virgilio. —Hice un intento de acercarme para darle dos besos, pero me evitó dando dos pasos rápidos hacia atrás. Virgilio siempre rechazaba el contacto físico.

Sin decirme nada, como cada mañana, se sentó en la mesa que había justo frente al mostrador de préstamos. A menudo, cuando levantaba la vista de la pantalla del ordenador, si miraba un poco hacia la derecha, me cruzaba con los ojos de Virgilio, que siempre me estaba observando. Durante los últimos cinco años, había sido así todos los días que abría la biblioteca. Yo sabía que se llamaba Virgilio porque un día le había pedido el documento nacional de identidad para hacerle el carnet de préstamo, pero en realidad todo el barrio lo conocía como el Catedrático.

Contaban de él que había sido un hombre brillante, un intelectual que había ejercido como profesor de literatura en alguna universidad del país y al que un día había secuestrado una enfermedad mental, convirtiéndolo en un sintecho, desposeyéndolo de cualquier cosa material, incluso de sí mismo, como a otros muchos habitantes de la calle. Recuerdo haber leído acerca de los vagabundos americanos que encontraban cobijo en la lectura, devoradores ávidos de novelas, ensayos, tratados o cualquier libro que cayera en sus manos. Marginados que encontraban en la biblioteca el cordón umbilical que los mantenía unidos a una sociedad que siempre los miraba de reojo. Lo cierto es que el Catedrático buscaba refugio entre la calidez de los libros en invierno y ahuyentaba las sofocantes temperaturas del verano, recurriendo a nuestro aire acondicionado. En sus ojos nunca pude adivinar si la historia que contaban de él era del todo cierta. Parco en palabras, la verdad era que aquel hombre misterioso no había faltado ni un solo día a su cita con la biblioteca en los últimos cinco años.

—¿Qué lees? —le pregunté para intentar iniciar una conversación. No respondió. Se limitó a mostrarme la cubierta del libro que acababa de coger de una de las estanterías—. ¡Vaya! Trópico de Cáncer, de Henry Miller, excelente elección. ¿Sabías que es una de las obras maestras del siglo XX? Al pobre Miller lo llevaron a los tribunales porque decían que su novela era demasiado obscena. Te gustará. Dicen que es autobiográfica, que le dio por escribir sus encuentros sexuales. Creo que, para su época, el bueno de Henry fue demasiado explícito. Ya ves, y ahora se venden a millones las novelas eróticas. —El Catedrático sonrió. No lo hacía muy habitualmente—. Claro, qué te voy a contar a ti —reflexioné en voz alta—, con lo que tú sabrás de literatura, ¿verdad?

El Catedrático y yo teníamos una conexión especial. Jon decía que despertaba mi instinto maternal. Tal vez tenía razón. Calculo que tendría alrededor de cincuenta y cinco años, aunque resultaba difícil precisarlo. Una vez leí que un año en la calle envejece como cinco de una vida normalizada, así que tal vez parecía más mayor de lo que realmente era. Su aspecto tampoco le acompañaba. Siempre llevaba un gorro de lana en invierno y una gorra con visera en verano. Por debajo le asomaban unos mechones de cabello gris que se juntaban con la barba de un largo variable, según los días. Sé que algunas noches, las más frías, dormía en un albergue; me lo contó Jon, que conocía a un asistente social que cubría la zona. El resto de días ocupaba el suelo de un cajero en una calle principal, metido en el cartón de embalaje de un frigorífico. A Jon no le gustaba, supongo que sentía por él cierto rechazo. A menudo me recriminaba mi cordialidad y me advertía de su posible peligrosidad.

—No lo conoces, Camila. Además de que aparece por aquí todas las mañanas y de que se lee hasta los prospectos de las aspirinas, dime, ¿qué puedes contarme de ese hombre? Es un tarado, y de esta gente nunca sabes qué puedes esperar —me dijo—. Mi amigo me contó que padece un trastorno de la personalidad, esquizo no sé qué... —Alborotó las manos.

—¿Es esquizofrénico?

—¡No, válgame Dios! —exclamó como si hubiese pronunciado una palabra maldita—. Solo es un tipo raro de cojones. Un inadaptado. Si es verdad que fue profesor universitario, se le ha tenido que ir mucho la olla para terminar así, ¿no crees? —dijo golpeándose con insistencia la sien con el dedo índice.

—A mí me parece inofensivo —repliqué.

—Las cárceles están llenas de gente que parecía inofensiva, ¿sabes? De esas que dan los buenos días a los vecinos si se los cruzan en el rellano de la escalera y que un domingo cualquiera matan a toda su familia. —El comentario alarmista de Jon me hizo sonreír.

—¿Tiene que ser un domingo?

—Sí, sí, tú ríete. Yo solo digo que no me parece bien que le des tantas confianzas. Además, me da mal rollo. Está siempre ahí, observándonos, en silencio...

—Jon, cariño, esto es una biblioteca, no querrás que se ponga a cantar —bromeé.

—Ya, claro, pero me inquieta tenerlo todos los días apalancado ahí enfrente. ¡Pero si parece una cámara de videovigilancia! Ojalá esto fuera un bar y tuviéramos derecho de admisión. Pero ya que no podemos echarlo de la biblioteca, por lo menos mantén las distancias —me advirtió en tono paternalista.

Nunca le hice caso. Siempre he pensado que alguien que ama los libros no puede ser mala persona. Además, no sabía qué cantidad de crueldad le había escupido en la cara la vida, por lo que no me sentía poseedora del derecho a juzgarlo. Así, lo nuestro se fue convirtiendo, poco a poco, con el paso del tiempo que cuece los buenos guisos muy despacio, en una extraña amistad de conversaciones escuetas, cafés matutinos a escondidas de Jon, miradas cómplices y silencios condensados entre las estanterías repletas de libros de una biblioteca de barrio.

Aquella mañana fría conocí a Nora, en la biblioteca. Apenas pasaban unos minutos de las once en el enorme reloj redondo que presidía la sala, justo sobre el centro de las escaleras que se bifurcaban a derecha e izquierda,

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