El oficio del mal (Cormoran Strike 3)

Robert Galbraith

Fragmento

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1

2011

This Ain’t the Summer of Love2

No había logrado eliminar todos los restos de sangre. Bajo la uña del dedo corazón de su mano izquierda había una línea oscura con forma de paréntesis. Empezó a sacarla, aunque le gustaba verla allí: era un recuerdo de los placeres del día anterior. Tras un minuto hurgando sin éxito, se metió el dedo en la boca y se chupó la uña sucia. El sabor ferroso le recordó el chorro que se había derramado con furia por el suelo embaldosado, salpicando las paredes, empapándole los vaqueros y convirtiendo las toallas de baño de color melocotón (esponjosas, secas y pulcramente dobladas) en unos trapos empapados de sangre.

Esa mañana, los colores parecían más intensos, y el mundo, un lugar más agradable. Se sentía tranquilo y animado, como si la hubiera absorbido, como si la vida de ella se le hubiera inyectado. Después de matarlas, te pertenecían: era una forma de posesión que iba mucho más allá del sexo. El simple hecho de saber qué cara ponían en el momento de morir entrañaba una intimidad muy superior a cualquier sensación que pudieran experimentar dos seres vivos.

Pensó que nadie sabía lo que había hecho ni lo que planeaba hacer a continuación, y eso le produjo un estremecimiento de gozo. Apoyado en la pared tibia bajo el débil sol de abril, feliz y satisfecho, siguió chupándose el dedo corazón mientras contemplaba la casa de enfrente.

No era una casa elegante, sino normal y corriente. Una vivienda más agradable, cierto, que el piso diminuto donde él había dejado la ropa del día anterior, manchada de sangre ya seca, metida en bolsas de basura negras a la espera de ser incinerada, y donde relucían sus cuchillos, que había limpiado con lejía y escondido detrás del sifón bajo el fregadero de la cocina.

Esa casa tenía un pequeño jardín delantero, una verja negra y un césped sin cortar. Dos puertas blancas, muy pegadas la una a la otra, delataban que el edificio de tres plantas estaba remodelado y dividido en pisos independientes. En la planta baja vivía una chica llamada Robin Ellacott. Pese a que él se había tomado la molestia de averiguar su verdadero nombre, seguía pensando en ella como «la Secretaria». Acababa de verla pasar por detrás de la ventana en saliente, la había reconocido por su melena.

Observar a la Secretaria era un plus, un placer añadido. Como tenía unas horas libres, había decidido ir a espiarla. Ese día era una jornada de descanso, un intermedio entre las glorias del día anterior y las del día siguiente, entre la satisfacción de lo que había hecho y la emoción de lo que sucedería a continuación.

De pronto se abrió la puerta del lado derecho y por ella salió la Secretaria acompañada de un hombre.

Siguió apoyado en la pared, mirando hacia el final de la calle y ofreciendo su perfil a la pareja de modo que pareciera que estaba esperando a alguien. Ninguno de los dos se fijó en él; echaron a andar por la calle, uno al lado del otro. Les dio un minuto de ventaja y decidió seguirlos.

Ella vestía vaqueros, una chaqueta fina y botas sin tacón. Al verla bajo la luz del sol se percató de que su pelo, largo y ondulado, era de un rubio un poco anaranjado. Le pareció detectar cierta reserva entre la pareja, que no se hablaba.

Se le daba bien descifrar a las personas. Había sabido descifrar y engatusar a la chica que el día anterior había muerto entre toallas color melocotón empapadas de sangre.

Los siguió por la larga calle residencial, con las manos en los bolsillos, caminando sin prisa como si se dirigiera a las tiendas; sus gafas de sol no llamaban la atención en aquella mañana luminosa. Una brisa primaveral acariciaba las ramas de los árboles. Al final de la calle, la pareja torció a la izquierda y se metió en una avenida muy transitada, con oficinas en ambas aceras. Los vio pasar por delante del edificio del ayuntamiento del municipio de Ealing; el sol se reflejaba en las ventanas más altas de los edificios.

El compañero de piso, amigo o lo que fuera de la Secretaria (de aspecto elegante, con la mandíbula cuadrada visto de perfil) se puso a hablar con ella. Ella le contestó escuetamente y no le sonrió.

Qué miserables, asquerosas e insignificantes eran las mujeres. Eran todas unas zorras gruñonas que esperaban que los hombres las hicieran felices. Sólo cuando yacían muertas y vacías delante de ti se volvían puras, misteriosas y hasta maravillosas. Entonces eran completamente tuyas; no podían discutir, ni forcejear, ni marcharse; eran tuyas y podías hacer lo que quisieras con ellas. Recordó el cadáver de la del día anterior, pesado y desmadejado después de que le extrajera la sangre: su juguete de tamaño natural, su muñeca.

Siguió a la Secretaria y a su acompañante por el centro comercial Arcadia, muy concurrido a esas horas, deslizándose tras ellos como un fantasma o un dios. ¿Lo veía la gente que había ido a hacer las compras del sábado, o se había transformado, desdoblado, y había adquirido el don de la invisibilidad?

Llegaron a una parada de autobús. Él se quedó cerca y fingió mirar a través de la ventana de un restaurante indio, examinar los montones de fruta junto a la puerta de una tienda de alimentación, unas caretas de cartón del príncipe Guillermo y Kate Middleton colgadas en el escaparate de un quiosco; en realidad, lo que hacía era observar a la pareja reflejada en los cristales.

Iban a coger el 83. Él no llevaba mucho dinero encima, pero estaba disfrutando tanto siguiéndola que no quería dejarlo todavía. Al subir al autobús detrás de ellos, oyó que el hombre mencionaba Wembley Central. Compró un billete y los siguió al piso superior.

La pareja se sentó en la parte delantera del autobús. Él encontró un asiento cerca de ellos, al lado de una mujer con cara de malas pulgas a quien obligó a mover las bolsas donde llevaba sus compras. De vez en cuando oía las voces de la pareja por encima del murmullo de los otros pasajeros. Cuando no hablaban, la Secretaria miraba por la ventanilla, sin sonreír. Era evidente que no quería ir a dondequiera que estuvieran yendo. Cuando la Secretaria se apartó un mechón de pelo de la cara, él se fijó en que llevaba un anillo de compromiso. Así que iban a casarse... o eso creía ella. Ocultó su sonrisa tras el cuello levantado de la cazadora.

El sol del mediodía entraba a raudales por las ventanillas salpicadas de suciedad del autobús. Subió un grupo de pasajeros que llenaron los asientos que había libres alrededor. Un par de ellos llevaban camisetas de rugby rojas y negras.

De pronto sintió como si el resplandor del día se hubiera atenuado. Aquellas camisetas con la medialuna y la estrella tenían connotaciones que no le gustaban. Le recordaban un tiempo en que él no se sentía como un dios. No quería que viejos recuerdos, malos recuerdos, mancharan y estropearan ese día feliz, pero su euforia empezaba a esfumarse. Enojado (un adolescente del grupo se fijó en él, pero apartó rápidamente la mirada, con miedo), se levantó y fue hacia la escalera.

Un padre y su hijo pequeño estaban fuertemente agarrados a la barra junto a la puerta del autobús, y esa imagen produjo una explosión de rabia en el fondo de su estómago: él debería haber tenido un hijo. O, mejor dicho: debería tener un hijo todavía. Se imaginó al niño de pie a su lado, mirándolo desde abajo, adorándolo como a un ídolo; pero lo había perdido, y el único culpable de eso era un hombre llamado Cormoran Strike.

Iba a vengarse de Cormoran Strike. Iba a arruinarle la vida.

Cuando llegó a la acera, miró las ventanillas delanteras del autobús y vio por última vez la cabeza dorada de la Secretaria. Volvería a verla antes de veinticuatro horas. Ese pensamiento lo ayudó a calmar la rabia repentina que le habían provocado aquellas camisetas sarracenas. El autobús arrancó con gran estruendo, y él se alejó dando zancadas en la dirección opuesta, tranquilizándose a medida que andaba.

Tenía un plan espectacular. Nadie lo sabía. Nadie sospechaba nada. Y había algo muy especial esperándolo en la nevera de su casa.

2. Éste no es el verano del amor.

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2

A rock through a window never comes with a kiss3

Madness to the Method, Blue Öyster Cult

Robin Ellacott tenía veintiséis años y llevaba más de uno comprometida. La boda debería haberse celebrado tres meses atrás, pero el fallecimiento repentino de su futura suegra había obligado a aplazar la ceremonia. Habían pasado muchas cosas en los tres meses transcurridos desde la fecha prevista de la boda. A veces se preguntaba si Matthew y ella se llevarían mejor si ya hubieran hecho los votos. ¿Discutirían menos si ella llevara una alianza de oro junto al anillo de compromiso de zafiro que le bailaba un poco en el dedo?

El lunes por la mañana, mientras se abría camino entre los escombros esparcidos por Tottenham Court Road, Robin repasaba mentalmente la discusión del día anterior. Las semillas ya estaban sembradas antes de que salieran de casa para ir al partido de rugby. Cada vez que quedaban con Sarah Shadlock y su novio Tom, Robin y Matthew acababan discutiendo, y ella lo había comentado durante la discusión, que se había gestado durante el partido y se había alargado hasta la madrugada.

—Por amor de Dios. ¿No te das cuenta de que Sarah estaba metiendo cizaña? Era ella la que no paraba de preguntarme por él, una y otra vez. No he empezado yo.

Las obras, eternas, alrededor de la estación de Tottenham Court Road habían obstaculizado el trayecto de Robin a la oficina desde que había empezado a trabajar en la agencia de detectives de Denmark Street. Tropezó con un cascote, lo cual no contribuyó a mejorar su humor, y dio unos pasos tambaleantes antes de recobrar el equilibrio. Un aluvión de silbidos y comentarios lascivos surgió de un hoyo profundo abierto en la calzada, donde trabajaban unos operarios con casco y chaleco reflectante. Ella, colorada, se apartó de la cara un largo mechón rubio cobrizo y los ignoró, e inevitablemente siguió pensando en Sarah Shadlock y en sus preguntas maliciosas e insistentes sobre su jefe.

—Tiene un atractivo muy peculiar, ¿verdad? Va como desaliñado. Pero a mí eso nunca me ha importado. ¿Es sexi en persona? Es muy alto, ¿no?

Robin se había fijado en que a Matthew se le tensaba la mandíbula mientras ella intentaba dar respuestas frías e indiferentes.

—¿Estáis vosotros dos solos en el despacho? ¿En serio? ¿No hay nadie más?

«Zorra —pensó Robin, cuyo buen carácter natural nunca se había hecho extensivo a Sarah Shadlock—. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.»

—¿Es verdad que lo condecoraron en Afganistán? ¿Sí? ¡Hala! Entonces, ¿además es un héroe de guerra?

Robin había hecho todo lo posible por silenciar el coro de admiración unipersonal de Sarah hacia Cormoran Strike, pero no había tenido éxito. Al final del partido, la frialdad de Matthew hacia su prometida era evidente. Sin embargo, su contrariedad no le había impedido bromear y reír con Sarah en el trayecto de vuelta desde Vicarage Road, y Tom, a quien Robin encontraba aburrido y obtuso, no había parado de reír, ajeno a cualquier trasfondo.

Empujada por otros peatones que también tenían que sortear las zanjas abiertas en la calzada, Robin llegó por fin a la acera de enfrente, pasó por debajo de la sombra de Centre Point, el monolito de cemento con fachada cuadriculada, y volvió a enfadarse al recordar lo que le había dicho Matthew a medianoche, cuando había vuelto a estallar la discusión.

—¿Es que no puedes parar de hablar de él? Te he oído con Sarah...

—No he sido yo quien ha empezado a hablar de él, ha sido ella. Si hubieras prestado atención...

Pero Matthew la había imitado, utilizando una entonación genérica que representaba a todas las mujeres, una voz aguda e idiota:

—¡Ay, tiene un pelo tan bonito...!

—¡Por amor de Dios, estás paranoico del todo! —había gritado Robin—. Sarah me estaba dando la lata sobre el maldito pelo de Jacques Burger, no sobre el de Cormoran, y lo único que he dicho...

—«No sobre el de Cormoran» —había repetido él con aquella voz chillona e imbécil.

Cuando Robin dobló la esquina y entró en Denmark Street, estaba tan furiosa como ocho horas atrás, cuando había salido del dormitorio y se había ido a dormir al sofá.

Sarah Shadlock, la maldita Sarah Shadlock, había ido a la universidad con Matthew y había hecho cuanto había podido por alejarlo de Robin, a quien él había dejado esperando en Yorkshire. Si Robin se hubiera enterado de que, por el motivo que fuera, nunca volvería a ver a Sarah, se habría alegrado inmensamente; pero Sarah asistiría a su boda en julio, y seguiría incordiándola cuando se hubiera casado, sin ninguna duda, y tal vez algún día intentara colarse en el despacho de Robin para conocer a Strike, si su interés era real y no sólo una forma de sembrar la discordia entre Robin y Matthew.

«Jamás le presentaré a Cormoran», pensó Robin, rabiosa, mientras se acercaba al mensajero que estaba junto a la puerta de la oficina. Tenía un sujetapapeles en una mano enguantada y un paquete rectangular en la otra.

—¿Es para Robin Ellacott? —preguntó cuando estuvo a una distancia que le permitía hablar con él.

Esperaba un envío de cámaras fotográficas desechables forradas de cartulina de color marfil que Matthew y ella pensaban regalar a los invitados el día de la boda. Últimamente su horario laboral era tan irregular que le resultaba más cómodo designar como dirección de entrega la oficina en lugar de su casa.

El mensajero asintió y le alargó el sujetapapeles sin quitarse el casco. Robin firmó y cogió el paquete alargado, mucho más pesado de lo que ella esperaba; se lo puso debajo del brazo y notó como si un único objeto, grande, se deslizara dentro del paquete.

—Gracias —dijo, pero el mensajero ya se había dado la vuelta y se había montado en la moto.

Robin lo oyó alejarse mientras entraba en el edificio. Subió taconeando por la ruidosa escalera metálica que ascendía alrededor del ascensor, fuera de servicio. La puerta de cristal lanzó un destello cuando Robin la abrió, y se destacaron las letras grabadas en un tono oscuro: «C.B. STRIKE, DETECTIVE PRIVADO.»

Había llegado antes de su hora a propósito. Estaban sobrecargados de trabajo, y Robin quería poner al día el papeleo atrasado antes de retomar su vigilancia diaria de una joven bailarina de lap-dance rusa. Oyó ruido de pasos en el piso de arriba y dedujo que Strike todavía no había bajado.

Robin dejó el paquete alargado encima de su mesa, se quitó la chaqueta y la colgó, junto con el bolso, en el perchero de detrás de la puerta; encendió la luz, llenó el hervidor de agua y lo encendió, y entonces cogió un abrecartas afilado que había sobre la mesa. Mientras recordaba la negativa categórica de Matthew a creerse que era la melena rizada del ala Jacques Burger lo que ella había admirado durante el partido, y no el pelo corto y crespo de Strike (que parecía vello púbico, no podía negarlo), clavó con furia el abrecartas en un extremo del paquete, hizo un tajo y abrió la caja.

Dentro había una pierna de mujer amputada, puesta de lado. Habían tenido que doblar los dedos del pie para que cupiera.

3. Una piedra lanzada por la ventana nunca trae un beso.

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3

Half-a-hero in a hard-hearted game4

The Marshall Plan, Blue Öyster Cult

Robin dio un grito que reverberó en las ventanas. Se separó de la mesa sin apartar la vista del objeto macabro que reposaba en ella. La pierna era lisa, delgada y pálida. Al abrir el paquete, la había rozado con un dedo y notado la textura fría y gomosa de la piel.

Acababa de silenciar su grito tapándose la boca con ambas manos cuando, a su lado, la puerta de cristal se abrió de golpe. Strike irrumpió en el despacho con su metro noventa de estatura y el ceño fruncido, la camisa abierta revelando la masa de vello negro, simiesco, de su pecho.

—¿Qué co...?

Siguió la dirección de la mirada aterrorizada de Robin y vio la pierna. Ella notó que la mano de Strike se cerraba bruscamente alrededor de su brazo y se dejó llevar al rellano.

—¿Cómo ha llegado?

—Un mensajero —contestó ella mientras Strike seguía guiándola por la escalera—. En moto.

—Espera aquí. Voy a llamar a la policía.

Strike cerró la puerta de su piso detrás de ella. Robin se quedó de pie, inmóvil, con el corazón acelerado, oyéndolo bajar otra vez la escalera. Le vino una arcada. Una pierna. Acababan de entregarle una pierna. Había subido una pierna hasta la oficina con toda tranquilidad, una pierna de mujer metida en una caja. ¿De quién era? ¿Dónde estaba el resto del cuerpo?

Fue hasta la silla más cercana, una silla barata con asiento de plástico acolchado y patas metálicas, y se sentó sin despegar los dedos de sus labios entumecidos. Recordó que el paquete iba dirigido a su nombre.

Strike, entretanto, asomado a la ventana del despacho que daba a la calle, con el móvil apretado contra la oreja, escudriñaba Denmark Street en busca de alguna señal del mensajero. Cuando volvió a la recepción y examinó el paquete abierto encima de la mesa, ya había contactado con la policía.

—¿Una pierna? —repitió el inspector Eric Wardle al otro lado de la línea—. ¿Una puta pierna?

—Y ni siquiera es de mi talla —dijo Strike, un chiste que no habría hecho de haber estado delante Robin.

La pernera derecha del pantalón, remangada, revelaba la barra de metal que reemplazaba su tobillo; estaba vistiéndose cuando había oído gritar a su ayudante. Nada más hacer ese comentario, reparó en que era una pierna derecha, igual que la que él había perdido, y que la habían cortado por debajo de la rodilla, exactamente por donde a él le habían amputado la suya. Sin despegarse el móvil de la oreja, Strike examinó el miembro más de cerca, y sus orificios nasales se llenaron de un olor desagradable, como de pollo recién descongelado. Piel de raza caucásica: lisa, pálida e impecable salvo por un cardenal antiguo, ya verdoso, en la pantorrilla, toscamente afeitada. El vello que empezaba a asomar era rubio, y las uñas, sin pintar, estaban un poco sucias. El blanco glacial de la tibia, seccionada, destacaba contra la carne circundante. Un corte limpio: a Strike le pareció probable que lo hubieran hecho con un hacha o un cuchillo de carnicero.

—¿Y dices que es de mujer?

—Eso parece.

Strike acababa de fijarse en otra cosa. En la pantorrilla, a la altura del corte había una cicatriz antigua, sin relación con la herida que la había separado del cuerpo.

¿Cuántas veces durante su infancia en Cornualles se había visto pillado por sorpresa cuando estaba de pie de espaldas al mar traicionero? Quienes no conocían bien el mar se olvidaban de su solidez, de su brutalidad. Cuando los golpeaba con la fuerza del metal frío se horrorizaban. Strike se había enfrentado al miedo a lo largo de toda su vida profesional, había trabajado con él y había sabido superarlo; pero lo que, por unos instantes, lo invadió cuando descubrió aquella cicatriz era verdadero terror, exacerbado por su carácter inesperado.

—¿Sigues ahí? —preguntó Wardle al otro lado de la línea.

—¿Qué?

Strike tenía la nariz, que se había roto dos veces, a un par de centímetros del sitio por donde estaba cortada la pierna de mujer. Estaba recordando la cicatriz de la pierna de una niña a la que nunca había olvidado. ¿Cuánto hacía que la había visto por última vez? ¿Qué edad tendría ella ahora?

—Me has llamado tú, ¿no? —insistió Wardle.

—Sí —contestó Strike, y se obligó a concentrarse—. Preferiría que te encargaras tú, pero si no puede ser...

—Voy para allá —dijo Wardle—. No tardaré. No te muevas.

Strike apagó el teléfono sin dejar de mirar la pierna. Entonces vio que había una nota debajo, con algo impreso. Entrenado en el ejército británico en procedimientos de investigación, el detective dominó la poderosa tentación de sacarla de allí y leerla: no debía contaminar las pruebas materiales. Se agachó como pudo para ver la dirección de la etiqueta pegada en la tapa de la caja.

El paquete iba dirigido a Robin, y eso no le gustó nada. Su nombre estaba correctamente escrito, a máquina, en un adhesivo blanco que llevaba la dirección de la agencia. Esa etiqueta estaba superpuesta a otra. Strike entornó los ojos, decidido a no mover la caja ni siquiera para leer mejor la dirección, y vio que en un primer momento el remitente había dirigido el paquete a «Cameron Strike», para luego pegar otro adhesivo encima que rezaba «Robin Ellacott». ¿Por qué había cambiado de idea?

—Mierda —dijo en voz baja.

Se levantó con cierta dificultad, descolgó el bolso de Robin del gancho de detrás de la puerta, cerró la puerta de cristal con llave y subió al ático.

—La policía está de camino —dijo al tiempo que le acercaba el bolso—. ¿Te apetece una taza de té?

Ella asintió con la cabeza.

—¿Con un poco de brandi?

—No tienes brandi —repuso ella. Tenía la voz un poco ronca.

—¿Has estado fisgando?

—¡Claro que no! —saltó Robin; él encontró gracioso que le indignara tanto la insinuación de que había estado husmeando en sus armarios, y sonrió—. Es que... es que no eres el tipo de persona que tiene brandi medicinal en casa.

—¿Quieres una cerveza?

Ella negó con la cabeza, incapaz de sonreír.

Después de preparar té, Strike se sentó frente a Robin con su taza. Parecía lo que era, ni más ni menos: un exboxeador corpulento que fumaba demasiado y devoraba comida basura sin medida. Tenía las cejas pobladas, la nariz, aplastada y asimétrica, y, cuando no sonreía, una expresión de enojo permanente. A Robin su pelo, negro y rizado y muy tupido, todavía húmedo después de la ducha, le recordó a Jacques Burger y a Sarah Shadlock. Parecía que la pelea se hubiera producido hacía una eternidad. Desde que había subido al ático, Robin sólo había pensado un momento en su prometido. La aterraba contarle lo que había pasado. Matthew se pondría furioso. No le gustaba que trabajara para Strike.

—¿La has... visto bien? —balbuceó tras levantar la taza de té hirviente y volver a dejarla sin probarlo.

—Sí —respondió Strike.

Robin no sabía qué más preguntar. Era una pierna cortada. La situación era tan horrorosa, tan grotesca, que todas las preguntas que se le ocurrían le parecían burdas y ridículas: «¿La has reconocido? ¿Por qué crees que la han enviado?» Y la más acuciante: «¿Por qué a mí?»

—La policía querrá que les describas al mensajero —dijo él.

—Ya lo sé. He estado intentando recordarlo todo.

Sonó el interfono de la puerta de abajo.

—Debe de ser Wardle.

—¿Wardle? —preguntó Robin sorprendida.

—Es el poli más simpático que conocemos —le recordó Strike—. No te muevas de aquí, ya le digo que suba.

Strike había conseguido granjearse la antipatía de la Policía Metropolitana a lo largo del año anterior, aunque no todo el mérito era suyo. La cobertura exagerada por parte de la prensa de sus dos éxitos más destacados como detective había irritado, lógicamente, a los agentes cuyos esfuerzos Strike había superado. Sin embargo, Wardle, que lo había ayudado con el primero de aquellos casos, había compartido con él parte de la gloria posterior, y la relación entre ambos seguía siendo bastante cordial. Robin sólo había visto a Wardle en las fotografías de los periódicos. Nunca habían coincidido en los juzgados.

Resultó ser un hombre atractivo, con una mata de pelo castaño y cejas color chocolate; vestía cazadora de cuero y vaqueros. Strike no habría sabido decir si le irritó o le divirtió la mirada escrutadora que le lanzó a Robin al entrar en la habitación: un rápido barrido en zigzag que abarcó su pelo, su silueta y su mano izquierda, donde los ojos de Wardle se demoraron un segundo en el anillo de compromiso de zafiro y diamantes.

—Eric Wardle —dijo el policía en voz baja, y acompañó sus palabras con una cautivadora sonrisa que a Strike le pareció innecesaria—. Y ella es la sargento Ekwensi.

Había llegado acompañado de una agente de raza negra, delgada, con el pelo liso recogido en un moño, que sonrió brevemente a Robin, quien sintió un consuelo desproporcionado por la presencia de otra mujer. A continuación, la sargento Ekwensi paseó la mirada por el pisito de Strike, más modesto de lo que ella había imaginado.

—¿Dónde está el paquete? —preguntó la sargento.

—Abajo —respondió Strike, y se sacó las llaves de la oficina del bolsillo—. Ahora se lo enseño. ¿Cómo está tu mujer, Wardle? —añadió mientras se disponía a salir de la habitación con la sargento Ekwensi.

—¿Y a ti qué te importa?

Para alivio de Robin, el policía abandonó aquella actitud de ligera superioridad en cuanto se sentó a la mesa, enfrente de ella, y abrió su bloc de notas.

—Lo vi junto a la puerta nada más entrar en la calle —explicó Robin cuando Wardle le preguntó cómo había llegado la pierna—. Creí que era un mensajero. Iba vestido de cuero negro, con unas franjas azules en los hombros de la cazadora. El casco era completamente negro, y llevaba la visera de espejo bajada. Debía de medir al menos un metro ochenta. Me sacaba diez o doce centímetros, sin contar el casco.

—¿Constitución? —preguntó Wardle mientras tomaba notas en su libreta.

—Creo que bastante grueso, aunque seguramente estuviese un poco inflado por la cazadora.

Sin querer, Robin desvió la mirada hacia Strike, que en ese momento entraba en la habitación.

—Es decir, no era...

—¿No era un gordo seboso como tu jefe? —sugirió Strike, que había oído sus últimas palabras, y Wardle, que jamás desaprovechaba una oportunidad para chinchar al detective, rió por lo bajo.

—Y llevaba guantes —continuó Robin sin sonreír—. Guantes de motorista, de piel, negros.

—Sí, es lógico que llevara guantes. —Wardle añadió otra nota—. Supongo que no te has fijado en ningún detalle de la moto.

—Era una Honda roja y negra —dijo Robin—. He visto el logo, ese símbolo con alas. Creo que era una setecientos cincuenta. Muy grande.

Wardle quedó impresionado y sorprendido.

—Robin sabe un huevo de coches —comentó Strike—. Conduce mejor que Fernando Alonso.

Robin habría preferido que Strike dejara de mostrarse frívolo y jocoso. Abajo había una pierna de mujer. ¿Dónde estaba el resto del cuerpo? No debía llorar. Lamentó no haber dormido más. El maldito sofá... Últimamente había pasado demasiadas noches en él.

—¿Y te ha hecho firmar el comprobante? —preguntó el inspector Wardle.

—Yo no diría que me haya hecho firmarlo —contestó Robin—. Me ha tendido el sujetapapeles, y yo he firmado sin pensar.

—¿Qué había en el sujetapapeles?

—Parecía una factura, o un...

Cerró los ojos e hizo memoria. Cayó en la cuenta de que el formulario no parecía profesional, como si lo hubiera hecho alguien con su ordenador, y se lo dijo al policía.

—¿Esperabas algún paquete? —preguntó Wardle.

Robin le explicó lo de las cámaras desechables para la boda.

—¿Qué ha hecho él cuando has cogido la caja?

—Se ha subido a la moto y se ha ido. Se ha metido por Charing Cross Road.

Llamaron a la puerta del piso con los nudillos, y la sargento Ekwensi entró con la nota que Strike había descubierto debajo de la pierna, metida en una bolsa de pruebas.

—Han venido los de la científica —le comunicó a Wardle—. Han encontrado esta nota dentro de la caja. Estaría bien saber si le dice algo a la señorita Ellacott.

Wardle cogió la bolsa de plástico y escudriñó la nota frunciendo el ceño.

—No tiene mucho sentido —dijo, y a continuación leyó en voz alta—: «A harvest of limbs, of arms, of legs, of necks...»5

—...«that turn like swans as if inclined to gasp or pray»6 —lo cortó Strike, apoyado en la cocina y demasiado lejos para leer la nota.

Los otros tres se quedaron mirándolo.

—Es la letra de una canción —dijo Strike.

A Robin no le gustó la expresión de su cara. Comprendió que aquellas palabras significaban algo para él, y que no era nada bueno. Haciendo un esfuerzo, el detective aclaró:

—De la última estrofa de Mistress of the Salmon Salt. De Blue Öyster Cult.

La sargento Ekwensi arqueó unas cejas finamente perfiladas.

—¿De quién?

—Es un grupo de rock de los setenta.

—Deduzco que los conoces bien, ¿no? —aventuró Wardle.

—Conozco esa canción —dijo Strike.

—¿Tienes idea de quién os ha enviado esto?

Strike vaciló. Mientras los otros tres lo observaban, una serie de imágenes y recuerdos, muy confusa, pasó a toda velocidad por su mente de investigador. Una vocecilla le dijo: «She wanted to die. She was the quicklime girl.»7 La pierna delgada de una niña de doce años, surcada de líneas pálidas entrecruzadas. Unos ojos pequeños y negros que parecían de hurón, entornados, cargados de odio. Una rosa amarilla tatuada.

Y entonces, rezagado detrás de los otros recuerdos, pugnando por aparecer en el cuadro, aunque tal vez fuera lo primero que a cualquier otro le habría venido a la mente, recordó un pliego de cargos donde se mencionaba el pene que habían amputado a un cadáver y enviado por correo a un informante de la policía.

—¿Sabes quién os lo ha enviado? —insistió Wardle.

—Podría ser —respondió Strike, mirando a Robin y a la sargento Ekwensi—. Preferiría que habláramos de esto a solas. ¿Ya le has preguntado todo lo que querías a Robin?

—Nos falta su nombre completo, dirección y demás —dijo Wardle—. Vanessa, ¿puedes ocuparte tú?

La sargento se acercó con su libreta. Los pasos de los dos hombres fueron apagándose por la escalera. Pese a no tener ni el más mínimo interés por volver a ver la pierna seccionada, a Robin le ofendió que la dejaran allí arriba. Habían enviado la caja a su nombre.

El espeluznante paquete seguía encima de la mesa, en el piso de abajo. La sargento Ekwensi había abierto la puerta a otros dos policías: uno tomaba fotografías y el otro hablaba por el móvil cuando el inspector y el detective privado pasaron a su lado. Ambos miraron con curiosidad a Strike, que tiempo atrás había adquirido cierta fama a la vez que se granjeaba la antipatía de un buen número de colegas de Wardle.

Strike cerró la puerta de su despacho. El inspector y él se sentaron frente a frente, uno a cada lado de la mesa del detective. Wardle se preparó para escribir en una hoja en blanco de su bloc.

—Muy bien, ¿a quién conoces aficionado a descuartizar cadáveres y enviarlos por correo?

—A Terence Malley —dijo Strike tras un momento de vacilación—. Para empezar.

Wardle no escribió nada y se quedó mirándolo fijamente por encima del extremo de su bolígrafo.

—¿Terence Digger Malley?

Strike asintió con la cabeza.

—¿De la mafia de Harringay?

—¿A cuántos Terence Digger Malley conoces? —preguntó Strike, impaciente—. ¿Y cuántos tienen la costumbre de enviar trozos de cadáver?

—¿De qué coño conoces a Digger?

—De una operación conjunta con la brigada antivicio, en 2008. Red de narcotráfico.

—¿La redada en la que lo trincaron?

—Exactamente.

—Hostia puta —dijo Wardle—. Bueno, pues ya está, ¿no? El tipo es un chiflado, acaba de salir de la cárcel y tiene fácil acceso a la mitad de las prostitutas de Londres. Ya podemos empezar a dragar el Támesis hasta que encontremos el resto del cadáver.

—Sí, pero testifiqué contra él de forma anónima. Se supone que no sabe que fui yo.

—Tienen sus métodos, ya lo sabes. La mafia de Harringay... Son como la puta Cosa Nostra. ¿Te enteraste de que Digger le envió la polla de Hatford Ali a Ian Bevin?

—Sí, ya lo sé.

—¿Y qué significa la canción? La cosecha de no sé qué coño.

—Bueno, eso es lo que me preocupa —dijo Strike, hablando despacio—. Parece demasiado sutil para un tipo como Digger, lo que me hace pensar que podría haber sido alguno de los otros tres.

4. Medio héroe en un juego cruel.

5. Cosecha de brazos, de piernas, de cuellos...

6. ...que se inclinan como cuellos de cisne, como si rezaran o se ahogaran.

7. Ella quería morir. Era la chica de cal viva.

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4

Four winds at the Four Winds Bar,
Two doors locked and windows barred,
One door left to take you in,
The other one just mirrors it...8

Astronomy, Blue Öyster Cult

—¿Conoces a cuatro tíos capaces de enviarte una pierna? ¿En serio?

Strike veía la cara de consternación de Robin reflejada en el espejo redondo junto al lavabo donde se estaba afeitando. La policía por fin se había llevado la pierna, y Strike había decidido que aquel día ya no se trabajaba más. Robin seguía sentada a la mesita de formica de la cocina-salón del detective, delante de una segunda taza de té.

—Si quieres que te diga la verdad —dijo él mientras se pasaba la maquinilla por la barbilla—, creo que son sólo tres. Me temo que he cometido un error mencionándole a Malley.

—¿Por qué?

Strike le contó la historia de su fugaz relación con aquel criminal profesional, cuya última temporada en prisión se había debido, en parte, al testimonio del detective.

—...y ahora Wardle está convencido de que la mafia de Harringay se enteró de quién era yo, pero me marché a Irak poco después de testificar, y no sé de ningún caso de un agente de la DIE a quien hayan desenmascarado tras testificar ante un tribunal. Además, esa nota con la letra de la canción no cuadra con Digger. A él no le van nada esas sofisticaciones.

—Pero ¿ha descuartizado a sus víctimas otras veces? —preguntó Robin.

—Una vez, que yo sepa. Pero no olvides que quienquiera que haya hecho esto no necesariamente tiene que haber matado a nadie —puntualizó Strike—. Esa pierna podría pertenecer a un cadáver ya existente. Podría ser un residuo hospitalario. Wardle se va a encargar de comprobar todo eso. Hasta que los forenses no le echen un vistazo, no sabremos gran cosa.

Decidió no mencionar la espeluznante posibilidad de que la persona a la que le habían amputado aquella pierna todavía siguiera con vida.

Durante la pausa que se produjo a continuación, Strike enjuagó la maquinilla de afeitar bajo el chorro del grifo de la cocina y Robin se quedó ensimismada mirando por la ventana.

—Bueno, tenías que hablarle de Malley a Wardle —dijo ella volviéndose hacia Strike, y él la miró por el espejo—. Porque si ya le envió a alguien un... ¿Qué fue exactamente lo que envió? —preguntó con cierto temor.

—Un pene —contestó Strike; se lavó la cara y se la secó con una toalla antes de continuar—. Sí, puede que tengas razón. Pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que no ha sido él. Vuelvo enseguida. Quiero cambiarme esta camisa. Me he arrancado dos botones cuando te oí gritar.

—Lo siento —dijo Robin, distraída, mientras él se metía en el dormitorio.

Echó un vistazo a la habitación donde estaba sentada tomándose el té a sorbos pequeños. Era la primera vez que entraba en el ático de Strike. Hasta ese día, lo máximo que había hecho era llamar a la puerta para darle algún recado o, en las épocas de más trabajo y menos horas de sueño, para despertarlo. En la cocina-salón había poco espacio, pero estaba limpia y ordenada. No había prácticamente nada que confiriera personalidad al ambiente: tazas desparejadas, un trapo barato doblado junto a los fogones de gas; no había fotografías ni objetos decorativos, salvo un dibujo infantil de un soldado que estaba clavado con chinchetas en uno de los módulos de la pared del salón.

—¿De quién es ese dibujo? —preguntó cuando Strike regresó con una camisa limpia.

—De mi sobrino Jack. Le caigo bien, no sé por qué.

—No digas tonterías.

—En serio. Nunca sé de qué hablar con los niños.

—Bueno, así que crees que conoces a tres hombres capaces de... —volvió a empezar Robin.

—Necesito beber algo —la interrumpió él—. Vamos al Tottenham.

Por el camino era imposible hablar debido al ruido que hacían los martillos neumáticos que todavía trabajaban en las zanjas abiertas en la calle, pero, como Robin iba con Strike, los operarios con chaleco reflectante se abstuvieron de silbar y lanzarle piropos. Por fin llegaron al pub favorito del detective, con espejos de marco dorado ornamentado, paneles de madera oscura, tiradores de cerveza de latón, una cúpula de cristal de colores y cuadros de beldades retozonas de Felix de Jong.

Strike pidió una Doom Bar y Robin un café, no le apetecía tomar alcohol.

—Bueno —dijo ella cuando el detective volvió a la mesa alta bajo la cúpula—. ¿Quiénes son esos tres hombres?

—No olvides que podría estar errando el tiro —la previno Strike, y dio un sorbo de cerveza.

—Vale. ¿Quiénes son?

—Tipos retorcidos con buenos motivos para odiarme.

En la imaginación de Strike, una niña de doce años flacucha y asustada, con cicatrices en una pierna, lo miró a través de sus gafas torcidas. ¿Era la pierna derecha? No se acordaba. «Joder, que no sea ella.»

—¿Quiénes? —insistió Robin, impacientándose.

—Dos son soldados. —Strike se frotó la barbilla recién afeitada—. Los dos están lo bastante locos y son lo bastante violentos para... para...

Un bostezo gigantesco e involuntario lo obligó a interrumpirse. Robin esperó a que el detective siguiera hablando, y se preguntó si habría salido con su novia nueva la noche anterior. Elin, exviolinista profesional y locutora de Radio Three, era una rubia despampanante de rasgos nórdicos; a Robin le recordaba a Sarah Shadlock, sólo que más guapa. Suponía que ésa era una de las razones por las que Elin le había caído antipática desde el principio. La otra era que la había oído referirse a ella como «la secretaria» de Strike.

—Lo siento —se disculpó el detective—. Anoche estuve tomando notas para el caso Khan y me acosté muy tarde. Estoy reventado. —Miró la hora y añadió—: ¿Vamos abajo a comer algo? Estoy muerto de hambre.

—Espera un poco. No son ni las doce. Quiero que me cuentes lo de esos tipos.

Strike suspiró.

—De acuerdo —concedió, y bajó la voz cuando un hombre pasó al lado de su mesa camino del servicio—. Donald Laing, de los King’s Own Royal Borderers. —Volvió a recordar aquellos ojos de hurón, el odio reconcentrado, la rosa tatuada—. Hice que lo condenaran a cadena perpetua.

—Pero entonces...

—Le redujeron la pena a diez años —aclaró Strike—. Anda suelto desde 2007. Laing no era el típico chiflado normal y corriente, sino un animal, un animal muy listo y taimado; un auténtico sociópata, creo yo. Conseguí que lo condenaran a cadena perpetua por algo que no me correspondía investigar. Laing estaba a punto de librarse de los otros cargos de los que lo acusaban. Tiene buenos motivos para odiarme, no cabe duda.

Pero no le dijo qué delito había cometido Laing, ni por qué él lo había investigado. A veces, y en especial cuando hablaba de su carrera en la División de Investigaciones Especiales, Robin se daba cuenta, por el tono de voz de Strike, de cuándo llegaba al punto más allá del cual no quería seguir hablando. Hasta entonces nunca le había insistido para que continuara. Desistió de mala gana de saber algo más de Donald Laing.

—¿Quién es el otro soldado?

—Noel Brockbank. Una rata del desierto.

—¿Rata... de qué?

—Séptima Brigada Acorazada.

El detective estaba cada vez más taciturno y pensativo. Robin se preguntó si se debería a que tenía hambre (Strike necesitaba llenar el buche cada poco para mantener un buen estado de ánimo) o si habría algún otro motivo.

—¿Bajamos a comer? —propuso ella.

—Sí. —Strike apuró su cerveza y se levantó.

El acogedor restaurante del sótano consistía en una sala con moqueta roja donde había otra barra, unas mesas de madera y paredes decoradas con grabados enmarcados. Fueron los primeros clientes en sentarse y pedir.

—¿Qué me estabas contando de Noel Brockbank? —dijo Robin para retomar el hilo después de que Strike pidiera fish and chips, y ella, una ensalada.

—Sí, él también tiene motivos para guardarme rencor —dijo Strike un tanto cortante.

No había querido profundizar en Donald Laing, y se mostraba aún más reacio a hablar de Brockbank. Tras una pausa larga, durante la que Strike mantuvo la vista fija en un punto más allá del hombro de Robin, añadió:

—Brockbank está mal de la cabeza. O eso alegó.

—¿Hiciste que lo condenaran?

—No.

Su expresión se había tornado intimidante. Robin esperó, pero al comprender que Strike no iba a revelarle nada más de Brockbank, preguntó:

—¿Y el otro?

Esa vez, Strike ni siquiera contestó. Ella creyó que no la había oído.

—¿Quién es...?

—No quiero hablar de eso —masculló Strike.

Se quedó mirando su cerveza con el ceño fruncido, pero Robin no se amedrentó.

—Quienquiera que enviara esa pierna —dijo— me la envió a mí.

—Está bien —cedió Strike, a regañadientes, tras vacilar unos segundos—. Se llama Jeff Whittaker.

Robin se estremeció. No necesitaba preguntarle a Strike de qué conocía a Jeff Whittaker. Ya lo sabía, aunque nunca hubieran hablado de él.

El pasado de Cormoran Strike estaba muy bien documentado en internet, y la prensa había echado mano de él hasta la saciedad para cubrir sus éxitos como detective. Era el hijo ilegítimo y no deseado de una estrella de rock y una mujer a la que siempre describían como una supergroupie, que había muerto de sobredosis cuando Strike tenía veinte años. Jeff Whittaker, su segundo marido, mucho más joven que ella, había sido acusado y absuelto de su asesinato.

Se quedaron callados hasta que llegó la comida.

—¿Cómo es que sólo pides una ensalada? ¿No tienes hambre? —preguntó Strike mientras se zampaba un plato de patatas fritas.

Tal como Robin sospechaba que sucedería, su humor estaba mejorando con la ingesta de carbohidratos.

—La boda —dijo ella escuetamente.

Strike no dijo nada. Los comentarios sobre su figura quedaban estrictamente fuera de los límites marcados desde el principio por el detective, quien había decidido que su relación no debía ser nunca demasiado estrecha. Sin embargo, opinaba que Robin estaba adelgazando demasiado. Según él (y el simple hecho de pensarlo quedaba también fuera de esos límites), estaba más guapa con unos kilos más.

—¿Ni siquiera piensas contarme qué pinta esa canción en todo el asunto? —preguntó ella tras unos minutos más de silencio.

Él masticó un rato, se acabó la cerveza, pidió otra y entonces dijo:

—Mi madre llevaba el título tatuado.

No quiso revelarle el sitio exacto donde estaba el tatuaje. Prefería no pensar en eso. Con todo, la comida y la bebida lo estaban ablandando: Robin nunca había mostrado un interés morboso por su pasado, y el detective consideró que ese día estaba justificado que le pidiera información.

—Era su canción favorita. Blue Öyster Cult era su grupo favorito. Bueno, mucho más que eso. Era una verdadera obsesión.

—Entonces, ¿su grupo favorito no eran los Deadbeats? —preguntó ella sin pensarlo.

El padre de Strike era el cantante de los Deadbeats. Pero de él tampoco habían hablado nunca.

—No —contesto Strike, y esbozó una sonrisa—. El viejo Johnny fue la segunda opción de Leda. A ella le gustaba Eric Bloom, el cantante de Blue Öyster Cult, pero no lo consiguió. Fue uno de los pocos que se le escapó.

Robin no sabía qué decir. Ya se había preguntado otras veces cómo debía de sentar que el colosal historial sexual de tu madre estuviera disponible en internet y que cualquiera pudiera entretenerse con él. Llegó otra cerveza para Strike, que dio un sorbo antes de continuar.

—Estuve a punto de llamarme Eric Bloom Strike —dijo, y Robin se atragantó con el agua. Él rió mientras ella tosía tapándose la boca con una servilleta—. La verdad, Cormoran no es mucho mejor, que digamos. Cormoran Blue...

—¿Blue?

—Blue Öyster Cult. ¿No escuchas, o qué?

—¡No! ¿En serio? Nunca me lo habías contado.

—¿Tú irías contándolo por ahí?

—¿Y qué significa Mistress of the Salmon Salt?

—Ni idea. Sus letras son muy estrambóticas, como de ciencia ficción. Idas de olla.

Strike oyó una vocecilla que decía: «She wanted to die. She was the quicklime girl.» Bebió más cerveza.

—Creo que no conozco ninguna canción de Blue Öyster Cult —comentó Robin.

—Seguro que sí —la contradijo él—: Don’t Fear the Reaper.

—¿Don’t... qué?

—Fue uno de sus grandes éxitos: Don’t Fear the Reaper.

—Ah, ya.

«“No temas a la Parca”... Es un título bien siniestro, y parece que se aplica a nuestra situación», pensó Robin.

Siguieron comiendo en silencio, hasta que ella, incapaz de callarse la pregunta, pero confiando en no parecer asustada, preguntó:

—¿Por qué crees que me han enviado la pierna a mí?

Strike ya había tenido tiempo para reflexionar sobre eso.

—Lo he estado pensando, y creo que hemos de considerarlo una amenaza tácita, hasta que descubramos...

—No voy a dejar de trabajar —lo cortó Robin, enérgica—. No voy a quedarme en casa. Eso es lo que quiere Matthew.

—Has hablado con él, ¿no?

Lo había llamado por teléfono mientras Strike estaba abajo con Wardle.

—Sí. Está furioso conmigo por haber aceptado el paquete.

—Es lógico que esté preocupado por ti —dijo él, no demasiado sincero. Había visto a Matthew en unas cuantas ocasiones, y cada vez le caía peor.

—No está preocupado —le espetó Robin—. Lo que pasa es que cree que ya está, que ahora tendré que dejarlo, que estoy demasiado asustada para seguir trabajando. Pero se equivoca.

A Matthew le había horrorizado la noticia, pero Robin había detectado un rastro, débil, de satisfacción en su voz, y había adivinado, aunque él no la hubiera expresado, su convicción de que ahora, por fin, ella tendría que admitir que había sido ridículo asociarse con un detective privado desharrapado que ni siquiera podía pagarle un sueldo digno. Strike la obligaba a marcarse un horario endiablado, por lo que ella tenía que hacer que le enviaran los paquetes al trabajo en lugar de al piso. («¡No me han enviado una pierna porque Amazon no pudiera entregarme el paquete en casa!», se había defendido ella, acalorada.) Y para colmo, ahora Strike gozaba de cierta fama y era una fuente de fascinación para los amigos de la pareja. El trabajo de contable de Matthew no confería tanto caché. Su novio había ido acumulando un resentimiento y unos celos profundos que cada vez le costaba más disimular.

Strike no era tan necio como para fomentar en Robin una deslealtad hacia su prometido que ella pudiera lamentar más adelante, cuando estuviera menos alterada.

—Enviarte la pierna a ti, y no a mí, fue una decisión de último momento —le dijo—. Primero escribieron mi nombre. Supongo que o bien pretendían preocuparme demostrando que conocían tu identidad, o bien intentaban asustarte a ti para que dejaras de trabajar para mí.

—Bueno, pues no pienso dejar de trabajar para ti —sentenció ella.

—Mira, éste no es momento para heroicidades. Quienquiera que sea nos está diciendo que sabe muchas cosas de mí, que conoce tu nombre y que, desde esta mañana, también sabe exactamente qué aspecto tienes. Te ha visto de cerca. Eso no me hace ninguna gracia.

—Es evidente que no das mucho valor a mis conocimientos de contravigilancia.

—Teniendo en cuenta que estás hablando con la persona que te apuntó en el mejor curso que pudo encontrar —dijo Strike— y que se leyó de cabo a rabo la empalagosa carta de reconocimiento que le plantaste en las narices...

—Entonces es que no te fías de mis técnicas de defensa personal.

—Nunca te he visto ponerlas en práctica, y ni siquiera tengo pruebas de que las hayas adquirido.

—¿Alguna vez te he mentido respecto a lo que puedo o no puedo hacer? —preguntó Robin, ofendida, y Strike se vio obligado a admitir que no—. ¡Pues eso! No voy a correr riesgos inútiles. Me has enseñado a detectar señales sospechosas. Además, no puedes permitirte el lujo de enviarme a casa. Bastantes problemas tenemos ya para cubrir los casos que estamos llevando.

Strike suspiró y se frotó la cara con sus manos grandes y velludas.

—Prohibido pisar la calle de noche —dijo—. Y tienes que llevar encima una alarma decente.

—Vale.

—Además, a partir del lunes que viene tienes lo de Radford —le recordó, y ese pensamiento lo tranquilizó.

Radford era un empresario acaudalado que quería infiltrar en su oficina a un investigador, haciéndolo pasar por empleado a tiempo parcial, para desenmascarar las presuntas actividades delictivas de un alto cargo de su empresa. Robin era, evidentemente, la única candidata, pues Strike, desde que resolvieron su segundo caso de asesinato, que había recibido mucha atención de los medios, habría sido más fácilmente reconocible. Mientras se bebía la tercera cerveza, el detective se preguntó si conseguiría convencer a Radford para que ampliara el horario de Robin. Lo tranquilizaría mucho pensar que, hasta que atraparan al perturbado que le había enviado la pierna, ella estaba a salvo en un lujoso bloque de oficinas todos los días de nueve a cinco.

Entretanto, Robin combatía el agotamiento y las náuseas. Una pelea, una noche sin dormir, la conmoción de la pierna... Y ahora tendría que volver a casa y justificar una vez más su deseo de seguir desempeñando un trabajo peligroso a cambio de un sueldo insuficiente. Matthew, quien en su día había sido una de sus principales fuentes de apoyo y consuelo, se había convertido en un obstáculo más que había que sortear.

La imagen de aquella pierna cortada, fría, en la caja de cartón la asaltó de improviso. Robin se preguntó cuándo dejaría de pensar en ella. Notó un cosquilleo desagradable en las yemas de los dedos que la habían rozado. Cerró la mano inconscientemente y apretó el puño sobre su regazo.

8. Cuatro vientos en el Bar Four Winds, / puertas cerradas con llave y ventanas con barrotes, / sólo una puerta para que entres tú, / la otra sólo es un espejo...

9788415631583-8

5

Hell’s built on regret9

The Revenge of Vera Gemini, Blue Öyster Cult
Letra de Patti Smith

Mucho más tarde, después de haberla acompañado hasta el metro, Strike volvió a la agencia y se sentó, a solas y en silencio, a la mesa de Robin, abstraído.

Había visto muchos cadáveres desmembrados, pudriéndose en fosas comunes o recién destrozados en las cunetas: miembros amputados, carne hecha papilla, huesos aplastados. Las muertes no naturales eran competencia de la División de Investigaciones Especiales, la unidad de detectives de la Policía Militar, y muchas veces su reacción refleja, y la de sus colegas, era el humor. Así era como te sobreponías cuando veías cadáveres mutilados y despedazados. El lujo de los cadáveres lavados y embellecidos, metidos en cajas forradas de raso, no era para la DIE.

Cajas. Aquella de cartón en la que había llegado la pierna parecía normal y corriente. No tenía ninguna señal que indicara su origen, ni rastros de anteriores destinatarios. Nada. Lo habían organizado todo muy bien, muy minuciosamente, con esmero; y eso era lo que lo ponía nervioso y no la pierna en sí, pese a ser un objeto repugnante. Lo que preocupaba a Strike era el modus operandi: concienzudo, pulido, casi clínico.

Strike miró la hora. Esa noche había quedado con Elin. Su novia, con la que salía desde hacía dos meses, estaba en medio de un divorcio que avanzaba con la frialdad y la intrepidez de un torneo de ajedrez de grandes maestros. Su marido era muy rico, algo de lo que Strike no se había percatado hasta la primera noche en que ella le dio permiso para ir al domicilio conyugal y se encontró en un piso enorme con suelos de parquet y vistas a Regent’s Park. Según las cláusulas de la custodia compartida, ella sólo podía encontrarse allí con Strike las noches en que su hija de cinco años no estuviera en casa; además, cuando quedaban, solían ir a los restaurantes más tranquilos y recónditos de la ciudad porque Elin no quería que su marido supiera que salía con alguien. A Strike le venía bien esa situación. Uno de los problemas recurrentes de sus relaciones era que, en las noches más normales para el esparcimiento, él solía tener que salir a seguir a las parejas infieles de otros; además, no le interesaba demasiado establecer una relación estrecha con la hija de Elin. No había mentido cuando le había dicho a Robin que nunca sabía qué decirles a los niños.

Cogió su móvil. Antes de salir a cenar todavía podía hacer unas cuantas cosas.

Su primera llamada fue a parar a un buzón de voz. Dejó un mensaje pidiendo a Graham Hardacre, su excolega de la División de Investigaciones Especiales, que lo llamara. No sabía muy bien dónde estaba destinado Hardacre a día de hoy. La última vez que habían hablado, estaba esperando un traslado desde Alemania.

Strike lamentó que su segunda llamada, a un viejo amigo a quien la vida había llevado por un camino más o menos opuesto al de Hardacre, tampoco obtuviera respuesta. Dejó otro mensaje, casi idéntico, y colgó.

Acercó un poco más la silla de Robin al ordenador, lo encendió y se quedó mirando sin ver la pantalla de inicio. La imagen que llenaba su pensamiento, contra su voluntad, era la de su madre, desnuda. ¿Quién sabía que tenía aquel tatuaje? Su marido, evidentemente, y la colección de novios que había entrado y salido de su vida, además de cualquiera que la hubiera visto desnuda en las casas ocupadas y en las sucias comunas en las que habían vivido de forma intermitente. Luego estaba la posibilidad que se le había ocurrido en el Tottenham, pero que no se había sentido capaz de compartir con Robin: que en algún momento hubieran fotografiado a Leda desnuda. Habría sido típico de ella.

Sus dedos vacilaron sobre el teclado. Llegó a escribir «Leda Strike desn», y luego lo borró, letra a letra, pulsando con furia con el dedo índice. Había lugares que ningún hombre en su sano juicio querría visitar, frases que nadie querría que quedaran registradas en su historial de internet; pero desgraciadamente también había tareas que no se podían delegar.

Se quedó mirando el cuadro de búsqueda que acababa de vaciar, donde el cursor parpadeaba sin apasionamiento, y entonces tecleó, deprisa y con dos dedos, como solía hacer: «Donald Laing.»

Había muchos, sobre todo en Escocia, pero podía descartar a cualquiera que hubiera pagado un alquiler o votado en unas elecciones mientras Laing cumplía pena en la cárcel. Tras un proceso de eliminación minucioso, y teniendo presente la edad aproximada de Laing, Strike fue centrando el foco sobre un hombre que, por lo visto, en 2008 vivía en Corby con una mujer llamada Lorraine MacNaughton. Ahora ella vivía allí sola.

Borró el nombre de Laing y lo sustituyó por otro: «Noel Brockbank.» No encontró tantos como Donalds Laing en el Reino Unido, pero llegó a un callejón sin salida similar. En 2006 había un N.C. Brockbank que vivía solo en Mánchester, pero si ése era el que buscaba Strike, los datos apuntaban a que se había separado de su mujer. El detective no sabía muy bien si eso eran buenas o malas noticias.

Se recostó en el respaldo de la silla de Robin y pasó a plantearse las consecuencias más probables de haber recibido una pierna amputada de un remitente anónimo. La policía pronto tendría que pedir la colaboración de los ciudadanos, pero Wardle había prometido a Strike que lo avisaría antes de convocar una rueda de prensa. Una historia tan extraña y grotesca sería noticia por sí sola, pero que hubieran enviado la pierna a su agencia despertaría un interés aún mayor (y pensarlo no le producía ningún placer). Últimamente, Cormoran Strike generaba mucho interés periodístico. Había resuelto dos asesinatos adelantándose a la Metropolitana, dos casos que habrían fascinado a la opinión pública aunque no los hubiera resuelto un detective privado: el primero, porque la víctima había sido una joven hermosa; el segundo, por tratarse de un extraño asesinato rodeado de rituales.

Strike se preguntó cómo afectaría el episodio de la pierna a su negocio, que tanto le había costado arrancar. No podía evitar pensar que las consecuencias serían graves. Las búsquedas de internet constituían un barómetro cruel del estatus. Dentro de poco, buscar «Cormoran Strike» en Google no llevaría a una página de resultados rebosante de encomios relacionados con sus dos casos más famosos, sino al hecho brutal de que había sido el destinatario de un miembro amputado; un hombre que tenía, por lo menos, un peligroso enemigo. Strike estaba convencido de que conocía lo suficiente al público (o como mínimo al sector inseguro, miedoso y enojado del público que le daba de comer) para saber que era improbable que se sintiera atraído por una agencia que recibía piernas cortadas por correo. En el mejor de los casos, los clientes en potencia darían por hecho que Robin y él ya tenían sus propios problemas; en el peor, que por obra de su ineptitud o su imprudencia se habían metido en un buen lío.

Estuvo a punto de apagar el ordenador, pero cambió de idea y, con aún más reticencia que con la que había empezado a buscar imágenes de su madre desnuda, tecleó «Brittany Brockbank».

Encontró a varias en Facebook y en Instagram, chicas que trabajaban para empresas que a él no le sonaban de nada y que aparecían sonrientes en los selfis.

Escudriñó las imágenes. Casi todas tenían veintitantos años, la edad que debía de tener ella. Podía descartar a las negras, pero no había forma de saber cuál de las otras, morenas, rubias o pelirrojas, guapas o feas, fotografiadas sonriendo, enfurruñadas o pilladas por sorpresa, era la que él buscaba. Ninguna llevaba gafas. ¿Sería demasiado presumida para aparecer con gafas en una fotografía? ¿Se habría operado la vista? Tal vez evitara las redes sociales. Recordó que quería cambiar de nombre. O tal vez la razón de su ausencia fuera algo más fundamental: que estaba muerta.

Volvió a mirar la hora; tenía que ir a cambiarse.

«No puede ser ella —pensó, y luego—: Que no sea ella, por favor.»

Porque si era ella, él tenía la culpa.

9. El infierno está lleno de arrepentidos.

9788415631583-9

6

Is it any wonder that my mind’s on fire?10

Flaming Telepaths, Blue Öyster Cult

Esa noche, Robin iba más atenta de lo acostumbrado en el trayecto a casa, comparando con disimulo a todos los hombres que había en el vagón con su recuerdo de aquel mensajero alto, enfundado en cuero negro, que le había entregado aquel paquete truculento. Un joven asiático, delgado, con un traje barato, le sonrió con optimismo cuando sus miradas se cruzaron por tercera vez; después de eso, Robin no apartó la vista de su teléfono, y exploró, cuando la cobertura lo permitía, el sitio web de la BBC, preguntándose, igual que Strike, cuánto tardaría la pierna en aparecer en las noticias.

Cuarenta minutos después de salir del trabajo entró en el gran supermercado Waitrose que había cerca de la estación de metro de su barrio. Tenía la nevera casi vacía. A Matthew no le gustaba hacer la compra y, pese a que durante su penúltima discusión lo había negado, ella estaba segura de que consideraba que Robin, cuyo sueldo representaba menos de una tercera parte de los ingresos de la pareja, tenía que compensar su contribución realizando aquellas tareas prosaicas que a él no le agradaban.

Los hombres solteros, trajeados, llenaban sus cestas y sus carritos con envases de comida preparada. Las mujeres trabajadoras pasaban a su lado, diligentes, y, casi sin mirar, cogían paquetes de pasta con los que preparar una cena rápida para sus familias. Una madre joven de aspecto cansado, con un bebé que no paraba de llorar en su cochecito, zigzagueaba por los pasillos como una palomilla ofuscada, incapaz de concentrarse, con sólo una bolsa de zanahorias en el cesto. Robin caminaba despacio arriba y abajo, inusualmente nerviosa. Allí no había nadie que se pareciera al hombre del traje de motorista negro, nadie que pareciera estar merodeando, fantaseando con la idea de cortarle las piernas... «Quiere cortarme las piernas...»

—¡Disculpa! —dijo una mujer de mediana edad, con gesto de enfado, mientras trataba de alcanzar un paquete de salchichas.

Robin se disculpó y se apartó, y se sorprendió al ver que tenía en la mano un paquete de muslos de pollo. Lo metió en el carrito y, presurosa, fue hacia el otro extremo del supermercado, donde, entre los vinos y licores, encontró una calma relativa. Una vez allí, sacó su móvil y llamó a Strike. El detective contestó al segundo timbrazo.

—¿Estás bien?

—Sí, claro.

—¿Dónde estás?

—En el Waitrose.

Un individuo calvo y de poca estatura examinaba el estante del jerez que Robin tenía detrás; sus ojos quedaban a la altura de los pechos de ella. Cuando se apartó, él se desplazó en la misma dirección. Robin lo fulminó con la mirada; el hombre se sonrojó y se alejó de ella.

—Bueno, supongo que en un Waitrose no te puede pasar nada.

—Mmm —masculló Robin, con los ojos fijos en la espalda del calvo, que seguía alejándose—. Mira, a lo mejor no tiene ninguna importancia, pero acabo de acordarme de que en los últimos meses hemos recibido un par de cartas raras.

—¿Cartas de colgados?

—No empieces.

A Robin no le gustaba nada que él empleara indiscriminadamente ese término peyorativo. Desde que Strike había resuelto por segunda vez un caso de asesinato de gran repercusión mediática, había aumentado de forma significativa la cantidad de cartas de bichos raros que recibían. Los remitentes más coherentes se limitaban a pedir dinero; por lo visto daban por hecho que Strike se había hecho inmensamente rico. Luego estaban los que guardaban rencores extraños que pretendían que el detective vengara; aquellos que, por lo visto, dedicaban todas sus horas de vigilia a demostrar teorías descabelladas; los que expresaban sus deseos y necesidades de forma tan incoherente e intrincada que el único mensaje que lograban transmitir era que eran enfermos mentales, y, por último («Bueno, ésos sí que están colgados», había admitido Robin), había unas cuantas personas, hombres y mujeres, que por lo visto encontraban atractivo a Strike.

—¿Dirigidas a ti? —preguntó él, que de pronto se había puesto serio.

—No, a ti.

Robin lo oía moverse por el piso mientras hablaba. Tal vez fuera a salir con Elin esa noche. Él no hablaba nunca de su relación. Si Elin no hubiera pasado un día por la oficina, Robin dudaba que hubiera llegado a enterarse de su existencia, quizá hasta que él se hubiera presentado en el trabajo con una alianza en el dedo.

—¿Qué decían? —preguntó Strike.

—Bueno, una era de una chica que quería cortarse la pierna. Te pedía consejo.

—¿Cómo dices?

—Quería cortarse una pierna —repitió ella vocalizando mucho, y una mujer que estaba escogiendo una botella de vino rosado cerca de ella la miró con cara de susto.

—Joder —masculló Strike—. Y luego protestas si los llamo colgados. ¿Crees que esa chica lo consiguió y pensó que me gustaría saberlo?

—Me ha parecido que una carta así podría ser importante —dijo Robin con gravedad—. Hay personas que quieren cortarse partes del cuerpo, es una patología reconocida, se llama... Bueno, no se llama estar colgado —añadió, anticipándose al comentario de Strike, y el detective rió—. También había otra de una persona que firmaba con sus iniciales: una carta muy larga, en la que no paraba de hablar de tu pierna y de que quería resarcirte.

—Vaya, pues si quería resarcirme, habría podido enviarme una pierna de hombre. Menudo gilipollas iba a parecer con...

—No hagas bromas —lo cortó Robin—. No sé cómo puedes bromear sobre esto.

—Pues yo no sé cómo puedes tú no bromear —replicó él sin malicia.

Robin oyó, al otro lado de la línea, un roce seguido de un ruido metálico.

—¡Estás mirando en el cajón de los colgados!

—No me parece bien que lo llames el cajón de los colgados, Robin. Es poco respetuoso con las personas afectadas por trastornos mentales que...

—Nos vemos mañana —dijo ella, sonriendo a su pesar, y colgó mientras Strike todavía estaba riéndose.

El cansancio que llevaba todo el día combatiendo volvió a invadirla mientras deambulaba por el supermercado. Lo más arduo era decidir qué comer; habría resultado mucho más fácil comprar los artículos de una lista que le hubieran dado ya hecha. Imitando a las madres trabajadoras que buscaban cualquier cosa que no requiriera mucha preparación, Robin desistió y cogió varios paquetes de pasta. Se puso en la cola de la caja y vio que estaba justo detrás de la madre joven, cuyo bebé se había cansado de llorar, por fin, y dormía como un tronco, con los puños en alto y los párpados muy apretados.

—Qué mono —dijo Robin, pensando que a la chica le vendría bien un poco de ánimo.

—Sí, cuando duerme —replicó la madre, y esbozó una sonrisa.

Robin llegó a casa agotada. Para su sorpresa, encontró a Matthew esperándola en el estrecho recibidor.

—Pero ¡si he ido yo a comprar! —exclamó al ver las cuatro bolsas de supermercado que Robin llevaba en las manos, y ella se dio cuenta de que a su novio le había disgustado que su proeza perdiera importancia—. ¡Te he enviado un mensaje para avisarte de que iba al Waitrose!

—Lo siento, no lo he visto —se excusó Robin.

Seguro que estaba hablando por teléfono con Strike. Hasta cabía la posibilidad de que los dos hubieran estado en el supermercado al mismo tiempo, pero ella prácticamente no había salido del pasillo de los vinos y licores.

Matthew fue hacia Robin con los brazos abiertos y la abrazó con lo que ella sólo pudo interpretar como una magnanimidad exasperante. Aun así, tuvo que admitir que él estaba guapísimo, como siempre, con su traje os

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