Odio en las manos

Fragmento

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Odio en las manos

Lunes, 29 de enero de 2018

Gabinete de asistencia psicológica Animae (Quintana, 27)

Siento odio en las manos.

Cuando lo dijo, mis ojos se abrieron como platos y sus pupilas se contrajeron de golpe. No pude aguantarle la mirada. El corazón se me aceleró; notaba las pulsaciones en la garganta y en la cabeza, por dentro del cráneo, como si martilleasen en un compás de 2/4 cada una de las arterias diminutas de mis meninges. Sentí unas punzadas en el estómago y, de pronto, se me encogió, golpeado por un intenso dolor iceberg: solo percibía la punta de todo lo que estaba por llegar.

Ella aguardaba en silencio, respiraba despacio y su cuello se erguía segundo a segundo, alargándose majestuosamente, como el de las mujeres padaung de Birmania, «las mujeres de cuello de jirafa», pero sin los anillos de latón alrededor. Firme, segura y un tanto altiva.

Una calma tensa inundó la consulta. Su tono agresivo-pasivo me inquietaba y esas cinco palabras contundentes seguían retumbando en las paredes, con el eco de la rabia, la ira y la desesperación. Sus ojos se habían pintado de sentencia y los míos seguían clavados en el arma que reposaba en su cadera izquierda, enfundada y anclada a un cinturón robusto. Era un arma corta, reglamentaria, y estaba estratégicamente a la vista; ella quería que la viera y yo, sin duda, la veía. Supe entonces que mi cuerpo no se quejaba por una migraña, ni eran nervios de novata, ni siquiera se trataba de una mala resaca por las últimas copas que podría haberme ahorrado la noche anterior. Lo que me pasaba era que estaba acojonada.

—Siento odio en las manos —repitió.

Lo volvió a escupir sin titubear, sin que le temblase la voz, mirándome fijamente a los ojos. Lo dijo y, a pesar de que los músculos de su cara se movían al hablar, estaba inmóvil. Inmóvil, inexpresiva y atrapada. Como la Victoria alada de Coullaut Valera que preside el mítico edificio Metrópolis de Madrid: una alegoría de la libertad, según el autor; una auténtica contradicción, según su propia historia. Durante los enfrentamientos entre los persas y los griegos en la Primera Guerra Médica, tras la victoria de Atenas en la batalla de Maratón, hubo un soldado que consiguió correr cuarenta y dos kilómetros hasta llegar a tierras helenas y proclamar la victoria de sus tropas al grito de Niké!, para luego derrumbarse y morir.

Eso era justo lo que había venido a hacer Rosario a mi consulta.

—Siento verdadero odio en las manos. No había sido consciente hasta ahora, pero ya no puedo más, no voy a esperar a que llegue el siguiente jardalaso —repitió con el mismo tono inerte, pero ahora con un pellizco en su hablar—. Voy a matarle y yo voy a ir detrás. Esta no es vida para un niño. Esta no es vida para nadie. No es vida... Voy a meterle por verea pa’siempre.

Ella, igual que la diosa de la victoria que corona los cielos madrileños, estaba dotada de «alas». Era joven, algo más de treinta y cinco, no más de cuarenta. Contaba con un trabajo estable, a juzgar por su uniforme de policía nacional. Tenía dinero o la intención de parecerlo, había dejado —tan a la vista como su arma— las llaves de un Mercedes y un bolso de firma, de los que bien podían pagar mi alquiler unos cuantos meses. Me sorprendió su manicura impoluta en un brillante y llamativo color vino, que contrastaba con el azul marino del traje reglamentario. Era atractiva y sensual, pero sutil; con el pelo largo, peinado con esmero para ocultar, con unas suaves ondas, un rizo potente y bravo, del mismo negro tizón que sus ojos. Le notaba un pequeño deje, un quejío al hablar que, sumado al poderío de su porte, me hacía aventurarme a pensar que era cordobesa. Pero, por encima de todo, era fuerte. Llevaba apenas dos minutos con ella y ya había detectado que era tierna y sensible, pero cargada de una gran fortaleza; lo confirmaban su mirada, su voz, su presencia, su empaque, su planta, su forma de cerrar los puños, sus dientes apretados al hablar y algunos moratones que había tratado de disimular con algo de maquillaje mal extendido. Sí, sabía que Rosario era fuerte. Pero creo que la que nunca lo supo fue ella.

Porque Rosario, como la Victoria alada de la calle Alcalá, tenía alas. Pero al igual que la estatua, cubierta por más de treinta mil panes de oro de veinticuatro quilates, aunque era todo belleza por fuera, por dentro se consumía, se asfixiaba día tras día. A pesar de sus alas, Rosario no podía volar.

Me vomitaba esa podredumbre que llevaba dentro y que quemaba al salir, y yo no podía dejar de mirar el arma que aguardaba en su cadera. ¿Estaría cargada? Como aquel vómito de su dolor, un alud de dudas invadió mi mente en avalancha. ¿Debía llamar a la policía? ¿Iba realmente esa mujer a cometer un asesinato? ¿Un suicidio? ¿Ambos?

Pero el miedo me había paralizado. Permanecía petrificada ante ella. Pasaron dos minutos. Quizá tres. No hizo falta que yo reaccionara; el teléfono de Rosario sonó y, en una fracción de segundo, ella miró la pantalla y, sin contestar, cogió su bolso, sus llaves y se fue dando un portazo. No sin antes decirme desde la puerta:

—Son cucarachas del mismo calabazo.

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Encargos

Martes, 23 de enero de 2018

GlobalMedia (Gran Vía, 42)

Había olvidado el móvil en casa, algo muy raro en mí, porque nunca cierro la puerta sin asegurarme de que lo llevo conmigo; como si se tratase de una necesidad vital, una bombona de oxígeno con la que poder respirar durante las veinticuatro horas del día. «Érase una mujer pegada a un smartphone», habría escrito Quevedo si me hubiese cambiado por Góngora en un soneto 2.0. La verdad es que me sentía un tanto desnuda, nerviosa, con una ansiedad extraña que no sabía si se debía a mi adicción a las redes sociales o a un mal presentimiento.

La jornada estaba siendo agotadora, sobre todo emocionalmente. Cada vez quedaba menos para el ERE y la empresa me presionaba para que elaborara aquella lista con el nombre de los treinta trabajadores que serían despedidos. GlobalMedia, a pesar de las pérdidas de la última etapa, se mantenía líder en el sector audiovisual y la presión era máxima. Una corporación grande, con más de trescientos en plantilla (eso sin contar a los falsos autónomos, que eran cada día más, más jóvenes y en condiciones más precarias), así que el Estatuto de los Trabajadores era claro: debían ser treinta. Treinta a la puta calle. Detestaba mi trabajo en general, pero este tipo de «encargos» los odiaba por encima de todo. Me sentía como la mafia siciliana. Sí, eso era yo, una sicaria al servicio de la mafia.

¡Que esa gente llevaba toda la vida ahí, joder! En su mayoría eran empleados que superaban los cincuenta y que lo habían dado todo por la «casa», como les gusta decir a los jefes («la casa»... «la famiglia»... Oh, Dio, sembrano simili[1]). O por la casa que un día fue, porque, desde que casi cinco años antes la absorbiera el gigante

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