La mitad oscura

Stephen King

Fragmento

UNO

QUE HABLE LA GENTE

1

El número del 23 de mayo de la revista People era de lo más típico.

La portada presentaba al muerto famoso de la semana, una estrella del rock and roll que se había ahorcado en la celda de una cárcel después de ser detenido por posesión de cocaína y diversas drogas asociadas. Las páginas interiores contenían el menú de costumbre: nueve asesinatos sexuales sin resolver en la despoblada mitad occidental de Nebraska, un gurú de comida sana arrestado por pornografía infantil, un ama de casa de Maryland que había cultivado una calabaza que parecía un busto de Jesucristo (siempre, claro está, que uno la mirara con los ojos entornados en una habitación en penumbra), una animosa muchacha parapléjica que se entrenaba para el maratón ciclista de la Gran Manzana, un divorcio en Hollywood, una boda de alto copete en Nueva York, un luchador que se recuperaba de un ataque cardíaco y un cómico llevado ante los tribunales por una demanda de pensión de su ex pareja.

También incluía un artículo sobre un empresario de Utah que había lanzado al mercado una nueva muñeca llamada ¡Yo Mamma! Supuestamente, ¡Yo Mamma! tenía el aspecto de «la suegra favorita (?) de cualquiera». Llevaba una  cinta incorporada que escupía frases como: «En mi casa, cuando él era pequeño, la cena no se me enfriaba nunca, querida», o: «Tu hermano nunca tiene en cuenta que estoy agotada, cuando vengo a pasar un par de semanas». El verdadero impacto de la muñeca era que para hacerla hablar, en lugar de tirar de una cuerda colocada en la espalda, había que arrear a ¡Yo Mamma! una soberana patada. «¡Yo Mamma! está debidamente acolchada, garantizada contra roturas y diseñada para no dañar paredes ni muebles», decía su orgulloso inventor, el señor Gaspard Wilmot (el cual, según mencionaba de pasada el artículo, había sido procesado tiempo atrás por evasión de impuestos; más tarde, se le retiró la acusación).

Asimismo, en la página treinta y tres de este entretenido e informativo ejemplar de la primera revista nacional de entretenimiento e información había una columna encabezada por un titular típico de People, conciso, expresivo y punzante; «BIO», decía.

—A esta revista —comentó Thad Beaumont a su esposa Liz mientras, sentados uno al lado del otro a la mesa de la cocina, repasaban juntos el artículo por segunda vez— le gusta ir al grano. «BIO.» Si no te apetece una «BIO», pasas a la página de «EN APUROS» y te enteras de lo de esas chicas que se están cargando en el corazón de Nebraska.

—Eso no tiene nada de divertido, si te paras a pensarlo —respondió Liz Beaumont, y luego estropeó la frase soltando una risita por lo bajo, tapándose la boca con la mano entrecerrada.

—No es como para echarse a reír, pero en realidad resulta bastante extraño —dijo Thad mientras empezaba a ojear el artículo de nuevo. Al mismo tiempo, se frotó con gesto ausente la pequeña cicatriz blanca en lo alto de su frente.

Como la mayoría de «BIOS» que aparecían en People, era el único artículo donde se dedicaba más espacio al texto que a las fotografías.

—¿Lamentas haberlo hecho? —preguntó Liz. Estaba  pendiente de los gemelos pero, de momento, los bebés se estaban portando de maravilla y dormían como dos ángeles.

—En primer lugar —contestó Thad—, no lo he hecho yo; lo hemos hecho juntos. «Los dos para uno, y uno para los dos», ¿recuerdas?

Señaló con unos golpecitos la foto de la segunda página del artículo, donde se veía a su esposa ofreciéndole una bandeja de pastelillos y a él sentado ante su máquina de escribir con una hoja en el carro. No había modo de distinguir lo que había escrito en el papel. Mejor así, posiblemente, ya que, si había algo, tenía que ser un galimatías. Escribir siempre le había resultado duro y era incapaz de hacerlo delante de nadie... sobre todo si uno de los mirones resultaba ser una fotógrafa de la revista People. A George le habría resultado mucho más fácil, pero para Thad Beaumont seguía representando un esfuerzo tremendo. Liz nunca se acercaba cuando su marido intentaba —y, a veces, conseguía— hilar unas frases. Nunca le llevaba ni siquiera un telegrama y, aún menos, pastelillos.

—Sí, pero...
—En segundo lugar...

Observó la foto de Liz con los pasteles y a él alzando la vista hacia ella. Los dos aparecían sonrientes. Las sonrisas tenían un aire muy extraño en el rostro de unas personas que, aunque agradables, no se prodigaban en pequeños detalles, como una sonrisa. Recordó la temporada que había trabajado como guía de excursiones en los Apalaches, por los estados de Maine, New Hampshire y Vermont. En aquellos lejanos días tenía por mascota a un mapache, al que puso el nombre de John Wesley Harding. No había realizado el menor esfuerzo por domesticar a John, ya que el mapache parecía haberse enamorado de él. ¡Ah!, al bueno de J. W. H. también le gustaba echar un traguito en las noches de mucho frío y a veces, cuando tomaba más de un sorbo de la botella, ponía una sonrisa parecida a aquella.

—En segundo lugar, ¿qué?



«En segundo lugar, resulta divertido ver a un hombre que ha sido candidato al Premio Nacional de Literatura y a su esposa sonriéndose el uno al otro como un par de mapaches borrachos», pensó; no pudo contener por más tiempo la risa y estalló en una carcajada.

—¡Thad, despertarás a los gemelos!

Thad intentó, sin mucho éxito, contener el ataque de risa. —En segundo lugar, parecemos un par de idiotas y me importa un pimiento —dijo por fin, estrechándola y besándola en el cuello.

En la otra habitación, primero William y luego Wendy se echaron a llorar. Liz intentó mirar a su marido con gesto de reproche, pero no lo consiguió. Era estupendo oírle reír. Tal vez porque no lo hacía con frecuencia. El sonido de su risa tenía para ella un encanto extraño, exótico. Thad Beaumont nunca había sido un hombre dado a la risa.

—Es culpa mía —dijo Thad—. Yo me ocupo de ellos. Empezó a levantarse, tropezó con la mesa y estuvo a punto de volcarla. Era un hombre atento, pero extrañamente torpe; todavía conservaba este aspecto del niño que había sido.

Liz atrapó el florero que había colocado en el centro de la mesa justo a tiempo de evitar que resbalara del borde y se estrellara contra el suelo.

—¡Francamente, Thad! —exclamó, pero también ella se puso a reír.

Thad volvió a sentarse un momento. No le cogió la mano, sino que la acarició suavemente entre las suyas.

—Escucha, cariño, ¿te importa a ti?
—No —declaró ella. Por un instante pensó en añadir: «Pero me hace sentir incómoda. No porque tengamos un aspecto ligeramente estúpido, sino porque... bueno, no sé por qué. Me hace sentir un poco incómoda, eso es todo».

Pensó en decirlo, pero no lo hizo. Le bastaba con escuchar a Thad riéndose. Tomó una de sus manos y le dio un breve apretón.

—No —repitió—, no me importa. Me parece divertido.



Si además la publicidad ayuda a vender El perro dorado cuando por fin te decidas a terminar de una vez esa novela de marras, tanto mejor.

Liz se puso en pie y, con las manos sobre los hombros de Thad, impidió que este se levantara cuando quiso imitarla.

—La próxima vez, te ocuparás tú de ellos. Ahora quiero que te quedes ahí sentado hasta que te haya pasado del todo ese impulso inconsciente de destruir mi florero.

—Está bien —asintió Thad con una sonrisa—. Te quiero, Liz.

—Y yo a ti.

Liz fue a tranquilizar a los niños y Thad Beaum

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