Codicia

Alberto Vázquez-Figueroa

Fragmento

1

—El dinero no existe.
—¿Cómo ha dicho?
—He dicho que el dinero no existe.
—¡Pues vaya! — fue el irónico comentario — . Me quita un gran peso de encima porque empezaba a pensar que simplemente había emigrado.

—Me alegra que lo vea de un modo tan optimista, pero lo cierto es que aunque no exista, no por ello desaparecerán los problemas que causa; más bien por el contrario tenderá a aumentarlos.

—¿Le importaría explicarse?
—En absoluto. Lo que llamamos «dinero» no es más que el resultado de un pacto por el que un alto porcentaje de seres humanos admiten que unos determinados símbolos (monedas, billetes o pagarés) significan riqueza, cuando en realidad ni se comen, ni se beben, ni quitan el frío. Una almendra contiene más calorías que diez doblones de oro, y la pata de su sillón arderá por más tiempo y le proporcionará más calor que mil billetes de quinientos euros.

—Cierto, pero supongo que tan sólo cambiaría de idea respecto al dinero si me encerraran en una cueva helada; en ese caso, preferiría la almendra y la pata del sillón.

—Lo cual significaría que habría roto un pacto que se remonta a miles de años.

—Podría considerarse así.
—¿Y qué ocurriría si la mayor parte de la población decidiera romper un acuerdo que les fue impuesto por sus antepasados y no por la naturaleza? A la naturaleza no hay que pagarle para que nos caliente, llueva o crezcan semillas...

—El dinero dejaría de tener razón de ser, pero continuaría existiendo.

—Como una curiosa colección de objetos, no como concepto, dado que los billetes y monedas que circulan en la actualidad no están respaldados, como antaño, por ningún activo tangible. Decir «dinero fiduciario» es tanto como decir chatarra y papeluchos, que además apenas representan una mínima parte del «dinero bancario», que resulta incluso mucho más irreal puesto que tan sólo se trata de anotaciones en libros de cuentas.

Humberto Alejandro Espinosa de Mendoza SpencerWallis observó con gesto de aburrimiento y desagrado a quien se había presentado como inspector especial de una supuesta Agencia Infraude, y tras llegar a la conclusión de que aquélla era una conversación estúpida se limitó a comentar:

—Perdone, pero no tengo la menor idea de para qué ha venido o adónde quiere ir a parar, y además sospecho que no me interesa en absoluto.

—Entiendo que no le interese porque en realidad es algo que no le interesa a los socialistas, a los capitalistas, a los fascistas y ni siquiera a los comunistas —respondió en tono tranquilo el visitante que también se había presentado como «Señor López», tal vez en compensación por la desmesurada longitud de los nombres y apellidos del dueño de la casa — . Si es que aún quedan auténticos comunistas.

—¿Y eso?
—La razón estriba en que a lo largo de la historia todos los sistemas políticos se han tropezado con un obstáculo insalvable que condena al fracaso cualquier esfuerzo: el dinero negro.

—¿El dinero negro? — repitió con evidente desinterés y de mala gana su interlocutor.

—Exactamente — señaló quien se hacía llamar López — . Se ha intentado construir un modelo de sociedad basado en una hipotética igualdad en la que cada cual debe aportar a la comunidad en proporción a lo que posee, sin detenerse a reflexionar sobre el hecho de que nadie está dispuesto a compartir lo que cree suyo, por lo que se ha apresurado a buscar eficaces mecanismos de defensa, y el resultado lógico ha sido el dinero negro.

—Siempre ha existido, al menos hasta donde yo recuerdo. —Pero no en la desorbitada proporción de ahora — fue la inmediata respuesta — . La excesiva presión fiscal, la corrupción política y el tráfico de drogas han llevado a la sociedad de la mayoría de los países considerados ricos a un callejón sin salida, ya que toda posible salida se encuentra taponada por una ingente montaña de dinero ilegal.

Humberto Alejandro Espinosa de Mendoza SpencerWallis necesitó algo de tiempo para digerir el verdadero significado de la exposición que acababan de hacerle, antes de decidirse a inquirir en el mismo tono de hastío, porque ciertamente no entendía las razones por las que le estaban condenando a escuchar una larga retahíla de lo que empezaba a considerar insensateces:

—¿De verdad cree que ese dinero constituye un problema tan serio como para afectar de forma importante el desarrollo económico de los países?

—Naturalmente, puesto que estamos hablando de cantidades monstruosas que no se reinyectan en el tejido económico proporcionándole vitalidad, sino que se convierten en un cáncer, en «dinero muerto» que permanece oculto y que a la larga no se invierte en empresas productivas creadoras de empleo y riqueza, sino tan sólo se utiliza en trapicheos especulativos destinados a facilitar la economía sumergida.

—Una teoría interesante, pero le advierto que siempre he sido un hombre pragmático y que jamás he sentido el menor interés por ningún tipo de teoría, porque con el tiempo he llegado a una amarga conclusión: todo el que tiene un culo tiene una teoría que por lo general le sirve para lo mismo: poner una gran cagada — le hizo notar el otro con absoluto descaro y sin la menor consideración — . Y le aseguro que nunca he tenido ni un euro en dinero negro, por lo que todo este asunto me aburre y me trae sin cuidado.

—Pero se trata de una realidad aterradora — insistió con fastidiosa machaconería el recién llegado — . Observe a los capitalistas de nuestro tiempo; no son, como antaño, fabricantes de tejidos, arriesgados navieros o terratenientes que necesitaban mano de obra; ahora las fabulosas fortunas las amasan banqueros y especuladores que juegan comprando y vendiendo acciones, cuyo verdadero valor alteran de un minuto al siguiente. Buscan la ganancia fácil y el resultado está a la vista: países en bancarrota y millones de parados.

—¿Tan relacionados están esos banqueros y especuladores con el dinero negro?

—Son sus principales impulsores — puntualizó el tal López, un hombrecillo absolutamente calvo y de profundos ojos grises que parecían estar grabando cada detalle de cuanto tenía a su alrededor como si pretendiera archivarlo en una especie de ordenador personal — . Por un lado, intentan ocultar sus beneficios con el fin de no pagar impuestos, y, por otro, corrompen a administradores y políticos que a su vez no pueden hacer ostentación de un dinero ilegalmente adquirido. Desde que entramos en el euro, casi un cuatro por ciento del dinero fiduciario se oculta año tras año, por lo que a este paso llegará un momento en que se guardarán más billetes de los que circulen abiertamente, y como no tomemos severas medidas al respecto alcanzaremos un punto en el que la única actividad económica visible se centrará en un desaforado «lavado» de dinero que beneficia a muy pocos.

—Admito que suena aterrador pero le repito que nada tiene que ver conmigo — fue la insistente respuesta de alguien que empezaba a estar más que harto de tan indeseada lección de supuesta economía.

—No es que suene aterrador, es que «es» aterrador — recalcó inasequible al desaliento quien había asegurado pertenecer a una desconocida agencia recaudatoria — . Y no sólo para nosotros; el problema afecta por igual a la mayoría de los países, y se sabe de casos de barcos que permanecen fondeados en puertos de paraísos fiscales con las bodegas repletas de billetes listos para ser blanqueados. En las islas Caimán se están llegando a pagar tres dólares sucios por uno limpio, y un mundo que se ve obligado a funcionar conforme a tales parámetros está condenado al frac

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados