UN CADÁVER EN EL ARMARIO
Si aquella tarde de agosto Alvirah Meehan hubiera sabido lo que le esperaba en su nuevo y elegante apartamento de Central Park South, no se habría bajado del avión. Pero tal y como se presentaron las cosas, en su mente normalmente aguzada no se formó indicio alguno de malos presagios cuando el avión dio una vuelta en el aire antes de aterrizar.
Después de ganar en la lotería, Willy y ella se habían aficionado a viajar, pero Alvirah siempre se alegraba cada vez que volvían a Nueva York. Contemplar los rascacielos recortados contra las nubes y las luces del puente que atravesaba el East River tenía un no sé qué de grato.
Willy le dio unas palmaditas en la mano y Alvirah se volvió a mirarlo con una sonrisa cariñosa. Pensó entonces que tenía un aspecto magnífico con su nueva americana de lino azul, a juego con el color de sus ojos. Aquellos ojos y la abundante cabellera canosa convertían a Willy en un doble perfecto e inconfundible de Tip O’Neil.
Alvirah se alisó el cabello castañorrojizo que acababa de teñirse y peinarse en Dale de Londres. Dale se había asombrado al enterarse de que Alvirah tuviese sesenta años. «Bromeas», le había dicho soltando un gritito de asombro.
En la solapa llevaba su broche en forma de sol en el que ocultaba un micrófono. Alvirah grababa las conversaciones y luego las utilizaba en los artículos que publicaba en una sección del New York Globe.
–El viaje ha sido maravilloso –le comentó a Willy–, pero no fue una aventura sobre la que pueda escribir. Lo más emocionante ocurrió cuando la reina se detuvo a tomar el té en el hotel Stafford Court y el gato del director atacó a su perro welsh gorgi.
–Me alegro de haber tenido unas bonitas y tranquilas vacaciones –dijo Willy–. Ya no soporto que arriesgues la vida para resolver crímenes.
La azafata de British Airways bajó por el pasillo de la zona de primera clase para comprobar si los pasajeros se habían abrochado los cinturones.
–Ha sido un placer hablar con ustedes –les dijo.
Willy le había contado que antes de ganar cuarenta millones de dólares en la lotería, él era fontanero y Alvirah se dedicaba a hacer limpiezas.
–Vaya –comentó la azafata a Alvirah–, me cuesta creer que fuera usted una señora de hacer faenas.
Después de aterrizar, lograron colocar su juego de maletas Vuitton en el maletero y acomodarse en el taxi en un período de tiempo asombrosamente corto. Como era normal en agosto, en Nueva York hacía un calor pegajoso y húmedo. El taxi parecía un baño turco y Alvirah pensó con añoranza en su apartamento de Central Park South, que estaría divinamente fresco. Conservaban su antiguo pisito de tres habitaciones en Flushing, donde vivieron treinta años, antes de que la lotería les cambiara la vida. Como Willy señalaba, un buen día Nueva York podía quebrar y mandarlos a paseo en vez de pagarles los cheques. Por precaución, conservaron el piso y unos ahorrillos depositados en el Citizens of Flushing Bank.
Cuando el taxi se detuvo delante del edificio de apartamentos, el conserje, de traje rojo y dorado e imponente sombrero de piel negra, abrió la portezuela.
–Se estará usted derritiendo –le comentó Alvirah–. Cualquiera hubiera dicho que no se molestarían en ponerle uniforme hasta que acabaran las obras.
El edificio estaba en plena reparación. En primavera, cuando compraron el apartamento, el agente inmobiliario les había asegurado que la remodelación estaría terminada en cuestión de semanas. A juzgar por los andamios del vestíbulo, estaba claro que el hombre había sido excesivamente optimista.
Delante de los ascensores se les unió otra pareja, un hombre alto, cincuentón, y una mujer vestida con un traje de cóctel de seda blanca, con una expresión que a Alvirah le recordó la de alguien que acaba de abrir la nevera y recibir una vaharada de huevos podridos. «Los conozco», pensó Alvirah y comenzó a barajar los recuerdos que guardaba su memoria prodigiosa. Era Carleton Rumson, el legendario productor de Broadway, y ella era Victoria, su mujer, una ex actriz que treinta años atrás había quedado segunda en el concurso de Miss América.
–¡Señor Rumson! –exclamó Alvirah esbozando una sonrisa que suavizaba un poco los rasgos de su prominente mandíbula, y le tendió la mano–. Soy Alvirah Meehan. Nos conocimos en el balneario El Ciprés de Pebble Beach. ¡Qué agradable sorpresa! Éste es Willy, mi marido. ¿Viven ustedes aquí?
–Tenemos un apartamento porque nos resulta cómodo –repuso Rumson con una sonrisa fugaz.
A regañadientes les presentó a su esposa. La puerta del ascensor se abrió en el instante en que Victoria Rumson se daba por presentada con un leve parpadeo. «Vaya pesada», pensó Alvirah al tiempo que analizaba el perfil perfecto pero arrogante, el cabello rubio claro peinado en un moño. Los años que llevaba leyendo People, US, el National Enquirer y los ecos de sociedad habían contribuido a que el cerebro de Alvirah se convirtiera en el depósito de una cantidad de información pavorosa sobre los ricos y famosos.
Cuando llegaron al piso treinta y cuatro, Alvirah había hecho un repaso de los jugosos detalles sobre Rumson. El productor era famoso por la avidez con que se le iban los ojos tras las chicas. La capacidad de su esposa de pasar por alto sus indiscreciones la habían hecho acreedora del apodo Vicky no ve maldades.
–Señor Rumson, el sobrino de Willy, Brian McCormack –dijo Alvirah–, es un estupendo autor de teatro. Acaba de terminar su segunda obra. Me encantaría que la leyera.
Rumson puso cara de fastidio y le contestó:
–El número de mi despacho está en la guía telefónica.
–En estos momentos están representando su primera obra en un teatro experimental de Nueva York –insistió Alvirah–. En una reseña han dicho que es un Neil Simon en potencia.
–Vamos, cariño –le sugirió Willy–. Estás entreteniendo a estos señores.
Inesperadamente, a Victoria Rumson se le derritió la mirada glacial del rostro y dijo:
–Cariño, he oído hablar de Brian McCormack. ¿Por qué no lees la obra aquí? Si te la envían al despacho, quedará sepultada en algún cajón.
–Es usted muy amable, Victoria –dijo Alvirah, entusiasmada–. Mañana se la haré llegar.
Al salir del ascensor y dirigirse al apartamento, Willy le preguntó:
–Cariño, ¿no te parece que has estado demasiado insistente?
–En absoluto –respondió Alvirah–. Quien no se arriesga no pasa la mar. Para mí, cuanto pueda hacer por ayudar a Brian en su carrera está bien.
Desde su apartamento tenían una amplia vista de Central Park. Cada vez que Alvirah iba al parque pensaba que hasta hacía poco tiempo consideraba una bendición las horas que hacía los jueves como mujer de la limpieza y que la casa de la señora de Chester Lollop de Little Neck le parecía un palacio en miniatura. ¡Pero cómo había abierto los ojos en los últimos años!
Habían adquirido el apartamento completamente amueblado a un agente de bolsa al que procesaron por utilizar información confidencial. Acababa de arreglarlo un interiorista que, según les había asegurado, era el furor de Manhattan. En realidad, Alvirah tenía serias dudas al respecto. El salón, el comedor y la cocina eran completamente blancos. Los sillones eran blancos y tan bajos que, para levantarse de ellos, se necesitaba una grúa; las mullidas alfombras blancas delataban la más mínima manchita; los estantes, armarios, mármoles y electrodomésticos también eran blancos y le recordaban todas las bañeras, los fregaderos y retretes que había tenido que fregar para quitarles la herrumbre.
En la puerta que daba a la terraza había una gran nota impresa.
«Después de efectuar una inspección del edificio se ha constatado que éste es uno de los pocos apartamentos en los que la barandilla y los paneles de la terraza padecen una seria debilidad en la estructura. Su terraza es segura siempre y cuando se haga de ella un uso normal, pero no se apoye en la barandilla ni permita que otros lo hagan. Las reparaciones se llevarán a cabo lo antes posible.»
–Tengo bastante sentido común para no apoyarme en la barandilla, sea segura o no –comentó Alvirah encogiéndose de hombros.
Willy sonrió tímidamente. Como padecía de vértigo y las alturas le daban un miedo horrible, nunca había salido a la terraza. Como había dicho al comprar el apartamento, «a ti te encanta la terraza, a mí la tierra firme».
Willy fue a la cocina y puso la tetera a calentar. Alvirah abrió la puerta y salió a la terraza. La recibió una ola de aire sofocante pero no le importó. Le resultaba encantador estar allí de pie viendo el parque y el brillo alegre de los árboles decorados que rodeaban el restaurante Tavern on the Green y vislumbrar en la distancia los carruajes tirados por caballos.
«Qué estupendo estar de vuelta», pensó al entrar en el cuarto mientras sus ojos expertos recorrían la sala pasando revista al resultado del servicio de limpieza semanal. Le sorprendió descubrir unas huellas digitales en la mesa bar de cristal. Maquinalmente, sacó un pañuelo y frotando con fuerza las quitó. Después se dio cuenta de que faltaba el lazo que recogía las cortinas que había junto a la puerta de la terraza. «Espero que no se lo hayan tragado con la aspiradora –pensó–; al menos yo sí era una buena mujer de la limpieza.» Recordó entonces la expresión utilizada por la azafata de British Airways. «Una señora de hacer faenas…»
–Eh, Alvirah –la llamó Willy–. ¿Ha dejado Brian alguna nota? Parece como si hubiera esperado a alguien.
Brian, el sobrino de Willy, era hijo único de Madelaine, su hermana mayor. Seis de las siete hermanas de Willy se habían hecho monjas. Madelaine se había casado a los cuarenta y tantos y justo antes de la menopausia había dado a luz a Brian, que tenía ya veintiséis años. El chico se había criado en Nebraska, escribía obras de teatro para una compañía de repertorio de la zona y hacía dos años, al morir Madelaine, se había trasladado a Nueva York. Con su rostro delgado y ansioso, su cabello rubio y rebelde y la sonrisa tímida, Brian despertó los instintos maternales inexplotados de Alvirah, quien solía comentar: «Si lo hubiera llevado nueve meses en mi vientre no podría quererlo más.»
En junio, cuando se marcharon a Inglaterra, Brian estaba terminando el primer borrador de su nueva obra de teatro y había aceptado de buen grado las llaves del apartamento de Central Park. «Es mucho más fácil escribir allí que en casa», fue su agradecido comentario. Vivía en un edificio sin ascensor del East Village, rodeado de familias bulliciosas.
Alvirah entró en la cocina y levantó la vista. Sobre una bandeja de plata había una botella de champán y dos copas. El champán, regalo del agente de bolsa encargado de la venta del apartamento, reposaba en un recipiente para enfriar el vino, lleno de agua hasta la mitad. El agente les había indicado en varias ocasiones que costaba quinientos dólares la botella y que era la marca preferida de la reina de Inglaterra.
Willy puso cara de preocupación.
–Son esas botellas tan caras, ¿no? A Brian no se le ocurriría tocarlas. Aquí pasa algo raro.
Alvirah abrió la boca para darle la razón pero volvió a cerrarla. Algo raro ocurría y su intuición le indicaba que se avecinaba algún problema.
Sonó el timbre. Era el conserje que les subía el equipaje y se deshacía en disculpas:
–Perdón que haya tardado tanto, señor Meehan, pero desde que empezaron las obras de remodelación, son tantos los vecinos que usan el ascensor de servicio que los del personal tenemos que hacer cola cuando lo necesitamos.
Willy le indicó que dejara las maletas en el dormitorio, el hombre lo hizo y luego se marchó sonriendo y con un billete de cinco dólares en la palma de la mano.
Willy y Alvirah tomaron el té en la cocina. Willy no apartaba la vista del champán.
–Voy a llamar a Brian –decidió por fin.
–Todavía estará en el teatro –dijo Alvirah, cerró los ojos, se concentró y le dio el número de teléfono de la taquilla.
Willy marcó, esperó un instante y luego colgó.
–Han puesto el contestador automático –le informó–. Han suspendido la obra de Brian. Explican cómo recuperar el dinero de las entradas.
–Pobre muchacho –dijo Alvirah con un hilo de voz–. Intenta llamar a su casa.
–También está puesto el contestador –dijo poco después–. Le dejaré un mensaje.
Alvirah sintió de repente un gran cansancio. Mientras recogía las tazas de té recordó que en hora de Inglaterra eran las cinco de la madrugada, de manera que tenía derecho a sentir que le dolían todos los huesos. Colocó las tazas de té en el lavavajillas, vaciló un instante y luego enjuagó las copas de champán y también las metió en el lavavajillas. Su amiga, la baronesa Min von Schreiber, propietaria del balneario El Ciprés donde Alvirah había ido a rejuvenecerse cuando ganó en la lotería, le había dicho que las botellas de vino bueno no debían guardarse en posición vertical. Con una esponja húmeda frotó vigorosamente la botella, la bandeja de plata y el cubo y lo guardó todo. Apagó las luces y se dirigió al dormitorio.
Willy estaba abriendo las maletas. A Alvirah le gustaba el dormitorio. Lo habían decorado para el agente de bolsa soltero y tenía una enorme cama de matrimonio, un triple vestidor, mesitas de noche lo bastante grandes para que cupieran libros, gafas y las bolsas de hielo que Alvirah se ponía para el reúma de las rodillas; junto a la ventana se veían unos cómodos butacones. Aunque le gustara, la decoración la convenció de que el famoso decorador de interiores era adicto a la lejía. Cubrecamas blanco; cortinas blancas; alfombra blanca…
El portero había dejado el bolso para trajes de Alvirah sobre la cama. Lo abrió y comenzó a sacar trajes y vestidos. La baronesa Von Schreiber le rogaba siempre que no fuera sola a comprarse cosas.
«Alvirah –le decía Min–, eres presa natural de las dependientas a las que ordenan colocar la ropa que no se vende. Presienten tu llegada cuando todavía no has abandonado el ascensor. Llevo bastante tiempo en Nueva York. Vienes al balneario varias veces al año. Ya te acompañaré a comprar ropa.»
Alvirah se preguntó si Min daría su visto bueno al traje a cuadros anaranjados y rosas que la dependienta de Harrod’s le había vendido por un precio astronómico. Estaba segura de que no.
Cargada con un montón de ropa, abrió la puerta del armario, echó un vistazo y lanzó un grito. Tirado sobre el suelo alfombrado, entre las filas de zapatos de diseño del número cuarenta, con los ojos verdes fijos en el techo, el cabello rubio rizado revuelto sobre la cara, la lengua ligeramente salida y el lazo de las cortinas alrededor del cuello, yacía el cadáver de una mujer joven y delgada.
–Por Dios –gimió Alvirah dejando caer la ropa que llevaba.
–¿Qué ocurre, querida? –preguntó Willy acudiendo a su lado–. Dios santo –dijo con un hilo de voz–. ¿Quién diablos es?
–Es… la… ya sabes. La actriz. La que interpretaba el papel principal en la obra de Brian. Ésa por la que estaba tan loco.
Alvirah cerró con fuerza los ojos, agradecida de perder de vista la mirada vidriosa del cadáver que yacía a sus pies.
–Se llamaba Fiona. Fiona Winters.
Willy la sujetó con firmeza y Alvirah se dirigió al sofá de la sala, el que daba la impresión de que las rodillas se le iban a clavar en la barbilla. Mientras su marido llamaba a la policía, se propuso pensar con claridad. No hacía falta ser muy espabilado para percatarse de que aquello podía traer serios problemas a Brian. «Debo pensar con calma –se dijo–, y recordar cuanto pueda sobre esa chica. Trataba muy mal a Brian. ¿Se habrían peleado?»
Willy atravesó la sala, se sentó a su lado y le cogió la mano.
–Todo se arreglará, cariño –dijo para tranquilizarla–. La policía llegará en unos minutos.
–Vuelve a llamar a Brian –sugirió Alvirah.
–Buena idea.
Willy marcó el número y luego le informó:
–Otra vez el maldito contestador. Dejaré otro mensaje. Intenta relajarte.
Alvirah asintió, cerró los ojos y de inmediato su mente pasó revista a los hechos ocurridos aquella noche de abril en que se estrenó la obra de Brian.
El teatro estaba atestado. Brian lo había dispuesto todo para acomodarlos en el centro de la primera fila; Alvirah se había puesto su nuevo vestido negro con lentejuelas plateadas. La obra, Puentes caídos, se desarrollaba en Nebraska y trataba de una reunión familiar. Fiona Winters hacía el papel de mujer mundana a la que aburría la compañía de su nada sofisticada familia política y Alvirah hubo de reconocer que su interpretación resultaba creíble. A Alvirah le caía mucho mejor la chica que tenía el segundo papel. Emmy Laker era pelirroja, tenía ojos azules e interpretaba a la perfección un personaje gracioso aunque soñador.
Las actuaciones merecieron la ovación del público puesto en pie; Alvirah sintió el corazón rebosante de orgullo cuando a los gritos de «¡Autor! ¡Autor!», Brian salió al escenario. Cuando le entregaron un ramo de flores, se inclinó sobre las candilejas y se lo dio a ella. Alvirah se echó a llorar.
La fiesta del estreno se celebró en el salón del piso superior de Gallagher’s Steak House. Brian reservó los asientos contiguos al suyo para Alvirah y Fiona Winters. Willy y Emmy Laker se sentaron enfrente. Alvirah no tardó en comprender por dónde iban los tiros. Brian revoloteaba alrededor de Fiona Winters como un tonto enamorado. La Winters tenía un modo increíble de desairarlo y consiguió que todos se enteraran de que provenía de una familia bien al decir: «En mi casa se quedaron de piedra cuando al regresar de Foxcroft decidí dedicarme al teatro.» Después les hizo notar a Willy y a Brian, que disfrutaban de unos bocadillos con lonchas de carne y las patatas fritas especiales de Gallagher’s, que serían probables candidatos a un infarto de miocardio. Ella jamás comía carne.
«Se dedicó a criticarnos a todos –recordó Alvirah–. A mí me preguntó si no echaba de menos limpiar casas. Me comentó que Brian tenía que aprender a vestirse y que, con nuestros ingresos, le sorprendía que no le echáramos una mano. Cuando la dulce Emmy Laker le contestó que Brian tenía cosas más importantes en las que pensar, por poco se la come.»
Una vez en casa, había comentado la velada con Willy y los dos estuvieron de acuerdo en que a Brian le quedaba mucho por aprender si era incapaz de percibir la maldad de Fiona. «Me gustaría que hiciera pareja con Emmy Laker –había dicho Willy–. Si conservara la inteligencia que le tocó al nacer, se daría cuenta de que la chica está chiflada por él. Además, esa Fiona ha vivido demasiado. Debe de llevarle a Brian al menos ocho años.»
El timbre sonó estrepitosamente. «Madre de Dios», pensó Alvirah. Ojalá hubiera podido hablar con Brian.
Guardaba un recuerdo borroso de las horas que siguieron. Mientras se le despejaba un poco la cabeza, Alvirah cayó en la cuenta de que era capaz de clasificar los diferentes tipos de representantes de la ley que invadieron el apartamento. Los primeros fueron los policías de uniforme. Después siguieron los detectives, los fotógrafos y los forenses. Willy y ella se quedaron sentados observándolos en silencio.
También acudieron unos agentes de la comisaría de Central Park South Towers.
–Esperamos que no haya ningún tipo de publicidad –dijo el presidente de la comunidad de vecinos–. Esto no es la Organización Trump.
Dos policías les tomaron declaración. A las tres de la mañana se abrió la puerta del dormitorio.
–No mires, cariño –le pidió Willy.
Pero Alvirah no pudo apartar la vista de la camilla que sacaron dos ayudantes de expresión sombría. Al menos el cuerpo de Fiona Winters iba tapado. «Que Dios la tenga en su gloria –rogó Alvirah, al volver a ver el cabello rubio alborotado y los labios apretados–. No era una persona agradable, pero sin duda no merecía morir.»
Alguien se sentó delante de ellos; un hombre de largas piernas, cuarentón, que se presentó como el detective Rooney.
–He leído sus artículos del Globe, señora Meehan –le comentó a Alvirah–, y no sabe usted cómo he disfrutado.
Willy sonrió entusiasmado, pero Alvirah no se dejó engañar. Sabía que el detective Rooney le estaba dorando la píldora para que confiara en él. Su mente trabajaba febrilmente buscando la forma de proteger a Brian. Instintivamente, se llevó la mano al broche en forma de sol y conectó el micrófono. Más tarde quería tener ocasión de repasar cuanto se dijera.
El detective Rooney consultó sus notas.
–Según su primera declaración, acaban de regresar de unas vacaciones en el extranjero y llegaron aquí alrededor de las diez de la noche. Poco después, encontraron a Fiona Winters, la víctima. Usted reconoció a la señorita Winters porque había interpretado el papel principal en la obra de Brian McCormack, su sobrino.
Alvirah asintió. Advirtió que Willy se disponía a decir algo, pero le puso la mano en el hombro para impedírselo y contestó:
–Efectivamente.
–Al parecer vieron a la señorita Winters en una sola ocasión –dijo el detective Rooney–. ¿Cómo cree usted que llegó a su armario?
–No tengo ni idea –respondió Alvirah.
–¿Quién tenía llave del apartamento?
Willy volvió a apretar los labios. En esa ocasión, Alvirah le pellizcó el brazo.
–Veamos, las llaves del apartamento… –dijo, pensativa–. Vamos a ver. El Servicio de Limpieza Un Dos Tres tiene una llave. Bueno, en realidad no la tienen; la recogen en conserjería y la dejan allí cuando terminan. Mi amiga Maude tiene otra. Vino el fin de semana del Día de la Madre para ir con su hijo y su nuera al restaurante Windows on the World. Como ellos tienen un gato y mi amiga es alérgica a los gatos, durmió en nuestro sofá. Patricia, la hermana monja de Willy, también tiene una llave. Y…
–¿Tiene su sobrino una llave, señora Meehan? –la interrumpió el detective Rooney.
Alvirah se mordió el labio.
–Sí, Brian McCormack, su sobrino, tiene una llave. –El detective Rooney alzó ligeramente la voz–. Según el conserje, ha utilizado bastante el apartamento mientras ustedes estuvieron fuera. Por cierto, si bien resulta imposible tener certeza plena antes de la autopsia, el forense estima que la muerte se produjo entre las once de la mañana y las tres de la tarde de ayer.
El detective Rooney adoptó un tono especulativo y añadió:
–Será interesante saber dónde estuvo Brian McCormack en ese período de tiempo.
Les informaron entonces que antes de que pudieran usar el apartamento, el equipo de investigación debía revisarlo a fondo en busca de huellas y pasar el aspirador para ver si encontraban más pistas.
–¿La casa está tal como la encontraron? –inquirió el detective Rooney.
–Salvo por… –empezó a decir Willy.
–Salvo por el té que nos preparamos –le interrumpió Alvirah.
«Más tarde, si se tercia, comentaré lo de las copas y el champán, pero si lo hago ahora, después no podré retractarme –pensó–. Este detective se enterará de que Brian estaba loco por Fiona Winters y llegará a la conclusión de que fue un crimen pasional. Y después, hará que todo encaje en esa hipótesis.»
El detective Rooney cerró la libreta.
–Tengo entendido que la dirección dispone de un apartamento amueblado para que puedan ustedes pasar la noche –les dijo.
Un cuarto de hora más tarde, Alvirah estaba en la cama, acurrucada contra Willy, que ya se había dormido. Se sentía muy cansada, pero le costaba relajarse en aquella cama extraña. La cosa pintaba mal para Brian. Tenía que haber una explicación. Brian era incapaz de sacar aquella botella de champán de quinientos dólares y seguro que no había matado a Fiona Winters. «Pero ¿cómo habrá ido a parar a mi armario?»
A pesar de acostarse tarde, a las siete de la mañana Alvirah y Willy ya estaban en pie. A medida que fueron superando la sorpresa de haber descubierto un cadáver en el armario, comenzaron a preocuparse por Brian.
–No tiene sentido que nos aflijamos por Brian –dijo Alvirah con un entusiasmo que distaba mucho de sentir–. Cuando hablemos con él, seguro que se aclarará todo. Veamos si podemos volver a nuestra casa.
Se vistieron rápidamente y salieron. Carleton Rumson esperaba delante de los ascensores. Estaba pálido. Las ojeras lo hacían parecer diez años mayor. Instintivamente Alvirah se llevó la mano al broche y encendió el micrófono.
–Señor Rumson, ¿se ha enterado del asesinato que hubo en nuestro apartamento? –le preguntó.
Rumson pulsó con fuerza el botón del ascensor.
–Sí, por cierto. Unos amigos del edificio nos telefonearon para contárnoslo. Algo terrible para la joven y para ustedes.
Llegó el ascensor. Cuando entraron, Rumson dijo:
–Señora Meehan, mi esposa me ha recordado lo de la obra de su sobrino. Mañana por la mañana nos marchamos a México. Me gustaría leerla hoy.
Alvirah se quedó boquiabierta.
–Ha sido muy amable por parte de su esposa haber insistido en el tema. Descuide, se la enviaremos.
Cuando Willy y Alvirah bajaron en su planta, ella dijo:
–Ésta podría ser la gran oportunidad de Brian siempre y cuando… –se interrumpió.
Delante de la puerta del apartamento encontraron a un policía de guardia. Dentro, todo tenía manchas del polvo para detectar huellas usado por los investigadores. Sentado delante del detective Rooney, con cara de asombro y aire solitario, estaba Brian. Se puso en pie de un salto.
–Tía Alvirah, lo siento. Para vosotros habrá sido horrible.
Alvirah lo encontró más envejecido. Llevaba la camiseta y los pantalones color caqui muy arrugados; de haberse vestido deprisa para huir de un edificio en llamas no habría podido aparecer más desaliñado.
Alvirah le apartó el cabello rubio que caía sobre su frente y Willy cogió la mano de su sobrino.
–¿Estás bien? –preguntó Willy.
Brian logró esbozar una sonrisa forzada y contestó:
–Creo que sí.
–El señor McCormack acaba de llegar –los interrumpió el detective Rooney–, y me disponía a informarle de que es sospechoso de la muerte de Fiona Winters y que tiene derecho a llamar un abogado.
–¿Está usted de guasa? –preguntó Brian, incrédulo.
–Le aseguro que no bromeo –repuso el detective Rooney y sacó un papel del bolsillo de su americana.
Le leyó a Brian sus derechos y luego le entregó la hoja.
–Dígame si ha comprendido el significado de lo que acabo de leerle.
Rooney miró a Alvirah y a Willy y dijo:
–Nuestros muchachos han terminado. Pueden quedarse en el apartamento. Tomaré declaración al señor McCormack en la comisaría.
–Brian, no digas nada hasta que hayamos conseguido un abogado –le ordenó Willy.
Brian meneó la cabeza y repuso:
–No tengo nada que ocultar, tío Willy. No necesito un abogado.
Alvirah besó a Brian y le dijo:
–Cuando hayas terminado, vuelve directamente.
El apartamento quedó en tal estado que Alvirah tuvo que poner manos a la obra. Le dio a Willy una larga lista y lo mandó a hacer la compra advirtiéndole que cogiera el ascensor de servicio para no toparse con los periodistas.
Mientras pasaba el aspirador, fregaba y quitaba el polvo, Alvirah tuvo que admitir que la policía no te leía tus derechos a menos que fueses un sospechoso en toda regla. Sintió un fugaz escalofrío.
Lo que más le costó fue pasar la aspiradora en el armario. Volvía a ver los ojos desorbitados de Fiona Winters mirándola fijamente. Ese pensamiento la condujo a otro. Si Fiona había sido estrangulada por alguien que le sorprendió por detrás, no habría sido hallada boca arriba.
Alvirah soltó el tubo de la aspiradora. Pensó en las huellas que había en la mesa bar. Si Fiona Winters hubiera estado sentada en el sofá, ligeramente inclinada hacia adelante, y el asesino se hubiera acercado por detrás para pasar el lazo alrededor de su cuello, ¿acaso no habría retirado la mano de ese modo?
–Dios mío –murmuró Alvirah–, apuesto a que he destruido pruebas importantes.
El teléfono sonó cuando se estaba colocando el broche en la solapa. Era la baronesa Min von Schreiber que la llamaba desde el balneario de El Ciprés, en Pebble Beach, California. Min acababa de enterarse de lo ocurrido.
–¿En qué estaría pensando esa horrible muchacha cuando se dejó matar en tu armario? –inquirió Min.
–Créeme Min, la vi una sola vez –repuso Alvirah–, cuando asistimos a la representación de la obra de Brian. La policía está interrogando a mi sobrino. Estoy preocupadísima. Creen que él la ha matado.
–Te equivocas, Alvirah –le corrigió Min–. A Fiona Winters la conociste aquí, en el balneario.
–¡En absoluto! –exclamó Alvirah–. Era de las que caen tan gordas que no se te olvidan en la vida.
Se produjo una pausa.
–Déjame pensar –pidió Min–. Tienes razón. Vino en otra ocasión con alguien y pasaron el fin de semana en el chalet. Hasta se hicieron llevar las comidas. Su acompañante era un famoso productor al que trataba de echar el lazo. Carleton Rumson, ¿te acuerdas de él, Alvirah? Lo conociste en otro momento, cuando estuvo en el balneario solo.
A mediodía, cuando regresó Carleton Rumson, los periodistas se le echaron encima y lo asediaron a preguntas.
–Sí, la señorita Winters trabajó en varias de mis producciones. No, no tenía idea de que visitara este edificio. Y ahora, si me disculpan, tengo que…
A empujones logró abrirse paso entre la multitud. Se preguntó si el día anterior habría tocado algo en el apartamento. ¿Habría dejado huellas? De sólo pensarlo, se le heló la sangre.
Alvirah entró en la sala y fue a la terraza. «Willy se pone nervioso si me ve salir aquí –pensó–. Me parece una tontería. La única precaución que se ha de tener es la de no apoyarse en la barandilla.»
La humedad alcanzaba el punto de saturación. En el parque no se movía una sola hoja. Sin embargo, Alvirah suspiró de placer. Se preguntó cómo alguien nacido en Nueva York podía vivir alejado mucho tiempo de la ciudad.
Junto con la compra, Willy le llevó los periódicos. Uno de los titulares anunciaba Asesinato en Central Park South; otro rezaba Ganadora de la lotería descubre cadáver. Alvirah leyó con cuidado las d
